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Peces ponzoñosos y sangrientos Despues de haber manifestado á los caminantes los peligros de la tierra en la multitud de fieras y de insectos malignos, quedáran, con razon, quexosos los navegantes de aquellos rios y lagunas, especialmente los forasteros, si no les diésemos noticia de los riesgos, y peces venenosos que entre aquellas aguas se ocultan, para que con cuidado se recaten de ellos; y si no les insinuásemos el modo de librarse de ellos, y los remedios usuales para sanar, en caso de hallarse heridos. Muchos de estos daños padeciéron los primeros Españoles, que baxáron y subiéron por el Orinoco; y despues los Ingleses, en sus expediciones, con pérdida notable de Soldados, como consta de nuestras Historias, y de los Itinerarios, que ellos formáron, que se hallan recopilados por Mr. Laet; pero como el único empeño de aquellos era el descubrir minerales, pusiéron toda su mira en demarcar los rumbos del agua, y caminos de tierra, sin dexar noticias individuales de los animales que les destruian y acababan la gente; y este es el asunto de este Capítulo, no poco útil á los que han de navegar aquellos rios. Se lamentaban aquellos Españoles de que las aguas de las lagunas y anegadizos circunvecinos del —205→ Orinoco, les mataban mucha gente; pero este daño se evita ahora facilmente, si con un pañuelo doblado, ó con un girón de la capa ó de la casaca, se cuela dos, ó tres veces aquella agua ántes de beberla, de manera, que desde que se averiguó, y se usa de esta fácil precaucion, se ha evitado una infinidad de muertes: y lo creo muy bien, porque en ellos se corrompe el agua, y luego cria lama verde sobre sí, y dentro engendra multitud de sanguijuelas, renacuajos, cabezones y otros innumerables animalejos, casi imperceptibles á la vista, que transferidos al estómago, se aferran á él, y ya sea porque allí crecen, ó ya porque sin crecer mas, llevan consigo bastante malignidad; de ellos, y de la putrefaccion del agua se originaban dichas muertes. Otra precaucion conviene tener presente, y es de no vadear rio ó laguna de poca agua, ni andar por las orillas de rio grande, dentro del agua, sin llevar en la mano un baston, picando con él la arena donde se han de sentar los piés; porque todos los rios, arroyos y lagunas de tierra caliente tienen rayas cubiertas con arena: estas son unos animales redondos y planos, al modo de un plato grande, que llegan á crecer disformemente: tienen el pecho contra el suelo, y en medio de él tienen la boca, pegada siempre contra la arena ó tierra, de cuyo xugo se mantienen: en la parte inferior tienen la cola bastantemente larga, y armada con tres ó quatro puas ó aguijones de hueso firme, y de punta muy aguda; y lo restante, hasta la raiz, con dientecillos de sierra muy sutíles y firmes. Estas puyas buscan los Indios, y las encaxan —206→ con firmeza en las puntas de sus flechas de guerra, con que hacen la herida fatal ó muy dificil de curarse, por el veneno de aquellos animales. Luego que la raya siente ruido, juega su cola, y la encorva, al modo que con la suya lo executa el alacrán, y hiere á quien la va á pisar, sin advertirlo, por estar ella siempre oculta entre la arena. El que va caminando con su baston, picando el terreno por donde ha de pasar, va seguro; porque si hay rayas, al sentir el palo, se apartan. Es digno de notar que por recia que sea la herida de la raya, no arroja gota alguna de sangre; ó porque el frio de aquella pua venenosa la quaxa, ó porque la misma sangre, á vista de su contrario velozmente se retira: y esta circunstancia me excitó á hacer dos experimentos, que son los que hoy se practican ya en todas aquellas Misiones, contra las cotidianas heridas de rayas, contra las quales los Indios no habian hallado otro remedio, que morir despues de cancerada la herida. Los Españoles habian hallado alivio al agudo dolor, aplicando una tajada de queso bien caliente, pero no evitaban una llaga gravísima y peligrosa, que siempre resultaba. A los Indios adultos, rarísima vez hieren las rayas; porque con el mismo arco que llevan para flechar pescado, van picando la arena, al vadear por el agua: toda la plaga recae sobre los chicos incautos que al irse á lavar y travesear, jamás escarmientan; y aun malicio, que se alegran de las heridas, por librarso de ir á la escuela, y á la doctrina, que evitan quanto pueden, por ser tareas opuestas al humor de aquella edad. —207→Deseoso de atajar tantos daños, impelido de la reflexîon arriba dicha, al primer chico que me traxéron herido, saqué una vena que hay en el centro de los ajos, que es la que pasa á retoño quando nacen, y la introduxe por la herida de la puya: á breve rato brotó por ella tal copia de sangre, que arrojó á la dicha vena ó nervio del ajo: despues que paró la sangre, puse otra semejante, y volvió al cabo de rato á salir sangre, pero en menor cantidad; y reteniendo en mi casa al paciente, á los tres dias ya estaba sano, sin habersele inflamado la herida, ni poco, ni mucho: de modo, que se infiere, que lo cálido del ajo pone fluida la sangre coagulada con el frio del veneno; y se ve que con la misma sangre sale el veneno que la puya habia entremetido. Este experimento me dió motivo para el segundo; que fué, llenar la herida hecha por la puya de la raya, con raspadura de nuez moscada, y surtió el mismo efecto, y con las mismas circunstancias dichas ya en el experimento primero. Dexo otras noticias de las dichas rayas, y concluyo con decir lo que me causó notable armonía; y es, que haciendo anatomía de la rara hechura de una, le hallé en el vientre la matríz, no llena de huevecitos, como tienen los otros peces, sino llena de rayas, del tamaño de medio real de plata, y cada una de ellas, que pasaban de veinte, armada con sus puyas en la cola, para salir prontas á dañar desde el vientre de su madre. Otra plaga fatal es la de los guacaritos, á quienes los Indios llaman muddé, y los Españoles, escarmentados de sus mortales y sangrientos dientes, llamáron y llaman hasta hoy Caribes. Contra estos, —208→ el único remedio es apartarse con todo cuidado y vigilancia de su voracidad, y de su increible multitud, pues es tanta aquella, y tal ésta, que ántes que pueda el desgraciado hombre que cayó entre ellos, hacer diligencia para escaparse, se le han comido por entero, sin dexar mas que el esqueleto. Y es cosa digna de saberse, que el que está sano, y sin llaga ó herida alguna, puede entrar muy bien, y nadar entre innumerables guacaritos, (si sabe espantar las sardinas bravas,) seguro, y sin el menor sobresalto; pero si llega á tener algun rasguño de espina, ó de otra cosa, por donde se asome una sola gota de sangre, va perdido, sin remedio: tal es su olfato, para conocer, y hallar la sangre. Y para mayor advertencia añado, que pocos años hace, precisado á pasar el rio Cravo, un buen hombre, estando el rio muy crecido, dexó la silla de montar al otro lado, y encima del caballo en pelo se arrojó á pasar: tenia el caballo lastimado el espinazo, y al olor de aquella sangre le embistiéron los guacaritos con tal ímpetu y multitud, que por mas presto que el hombre se arrojó del caballo á nadar, cogiendo luego tierra, salió lastimado, y murió en breve: y aunque no tenia herida alguna, sus compañeros discurriéron, que á rio revuelto, llevó de aquellos animales los fatales mordiscos, que le causáron la muerte. Esto es muy creible, porque se ha reparado, que durante los ataques sangrientos, se comen los323 guacaritos unos á otros, porque por estar los mas inmediatos á la presa teñidos de sangre, dan con ellos los que van llegando de nuevo; y es muy creible, que esto es lo que sucedió al referido pasagero. —209→No ha mucho que en la Mision de Guanapalo, le lleváron al Padre Misionero de aquella gente, los Alguaciles de la doctrina, un esqueleto recientemente descarnado, de un chico de unos seis ó siete años de edad, que inadvertido se entró en el rio, con un leve rasguño, y le arremetiéron tan apriesa los guacaritos, que con haber muchos Indios presentes, nadie le pudo remediar, pues ninguno se atrevió á exponer su vida á un manifiesto peligro. Esta mala casta de guacaritos abunda en el Orinoco, en todos los rios que á él baxan, y en todos los arroyos y lagunas; y porque ellos, como queda dicho, no saben abrir brecha, si no la hallan, hay con ellos otra multitud innumerable de sardinitas de cola colorada, sumamente atrevidas y golosas, las quales, lo mismo es poner el pié en el agua, que ponerse ellas á dar mordiscos, y abrir camino á los voraces guacaritos sus compañeros. Esta es la causa, porque los Indios, quando por falta de canóa se ven precisados á vadear algun rio mediano, pasan dando brincos, y aporreando el agua con un garrote, á fin de que se espanten y aparten, así las sardinas y rayas, como los guacaritos, cuyos dientes son tan afilados, que los Indios Quirrúbas, y otros que andan sin pelo, se le cortan, sirviéndose, en lugar de tixeras, de las quixadas de los guacaritos, cuya extremidad, afianzada con una amarra, que ajusta la quixada de arriba con la de abaxo, forma las tixeras de que usan. Otro pez hay en las bocas del Orinoco, y costas de la Isla de la Trinidad, y en las del Golfo Triste, que llaman tamborete: á éste, quando cae —210→ en la red, luego le arrojan otra vez los Pescadores; porque á algunos, que incautos le han comido, luego se les ha hinchado horriblemente el vientre y han muerto. Doy las señas de él, para que sea conocido: no crece mucho, pues el mayor no llega á ocho onzas de peso; no es pez de escama, sino de pellejo; y es mas grueso de lo que pedia su longitud: tiene el lomo casi morado, y la barriga blanca. El pez espada piensa neciamente, que la canóa que pasa navegando, es algun animal que va en su alcance, y luego saca la cabeza, y en ella su espada, no de dos filos, sino de dos sierras; y da tal tajo á la débil canóa, que la pone á pique de trabucarse. Si es la canóa vieja, le suele sacar una buena astilla; y si es nueva, suele dexar la mitad de su espala encaxada en el bordo, y se va medio desarmado. El se hace respetar de todos los peces por su espada, y hasta los caymanes, manatiés y bagres procuran evitar su encuentro. ¡Quánto mas cuidado deben tener los hombres para librarse de su furiosa ira, y fatal golpe! Desde las bocas del Orinoco, por todo el Golfo Triste, hasta las bocas de los Dragos, se cria el pez manta, de quien huyen á remo y vela, así las piraguas de los Pescadores, como las de los pasageros. Se cree que es pez, aunque no tiene traza de ello: es un témpano quaxado, tan ancho, que luego que se arrima a la canóa, la cubre en gran parte, y regularmente con la canóa y la gente de ella se va á pique. No he visto este monstruo, pero navegando por aquel Golfo en los años de 1731 y 32, vi y oi el sobresalto de los marineros y pasageros, y el —211→ miedo grande que tenian de dar con una de estas mantas, que tan fieramente arropan y abarcan tanto buque, quanto parece increible. De los Buzos ó Pescadores de las pesqueras de perlas he oido á personas fidedignas, que entran al fondo con un puñal en la mano, para defenderse de dichas mantas, que al primer piquete se retiran. Bagre armado se llama otro pez, de que abundan aquellos rios, á distincion de otros bagres, de muy buen sabor al paladar, que no tienen armas, ni ofensivas, ni defensivas. Dicho bagre armado, desde los huesos en que se ajustan contra el cuerpo sus agallas, hasta la extremidad de la cola, tiene por cada costado una fila de uñas de hueso muy agudas, y parecidas á las uñas de la aguila real: nada con la velocidad de un rayo, y á los peces, caymanes, hombres, ó á qualquiera animal á que se arrima de paso, le dexa destruido, é incapáz de vivir. Sus carnes no se pueden comer, por estar todas penetradas de almizcle intolerable. El pez temblador, por otro nombre torpedo, á causa del entorpecimiento que comunica, se llama así, porque hace temblar á quantos le tocan, aunque no sea inmediatamente, sino mediante una lanza ó caña de pescar. Se parece en la hechura á las anguilas, y crece mucho mas que ellas: yo los he visto del grueso de un muslo, y de mas de una brazada de largo: solo en los lomos tiene carne muy gustosa, pero muy llena de espinas, que rematan en horqueta; y el resto de su cuerpo todo es manteca muy blanca: no tiene agallas, y en su lugar tiene dos como orejas, de color rosado, y en ellas reside la mayor —212→ actividad para entorpecer; tanto, que despues de muerto le manosean, y cortan los Indios para poner en la olla, ó para asar, sin sentir ya temblor; pero si le tocan las orejas, todavía tiemblan, y se entorpecen. Todo su cuerpo es sólido, ménos un corto geme mas abaxo de la boca, donde no se halla tripa alguna, sino solo el buche, é inmediatamente el desaguadero de las heces. En el charco ó remanso de rio, donde ellos andan, no paran, ni caymanes, ni otros peces grandes, por el miedo que les tienen. El temblador, para pescar los peces medianos, se arrima á ellos de paso, los atonta, y se los traga á su gusto; pero mas gusta de las sardinas menudas, y es curioso el modo con que las pesca. En reconociéndolas, las va siguiendo hasta cerca de la barranca, en donde hace de su cuerpo un semicírculo, fixando la cabeza y la punta de la cola contra la barranca; con que todas aquellas sardinas que tocó al formarse, y las que pretendiendo salir del semicírculo tocan con él, se quedan entorpecidas, y boca arriba, tanto tiempo, quanto ha menester para engullírselas todas: digo engullir, porque no tiene dientes. La payára es de los peces mas hermosos de aquellos rios, y de buen sabor. Algunos llegan á crecer tanto, que pesan veinte y cinco y mas libras; pero por grandes que sean, dan unos brincos de mas de una vara fuera del agua; y si alguno de los que van en canóa trae jubon, ceñidor, ó ropa colorada en el cuerpo, da la payára el salto, pégale un mordiscon, y queda colgando de la ropa que mordió. Estos peces se pescan sín cebo, y sin anzuelo, sirviendo de golosina la soga, y sus largos y agudos colmillos de anzuelo. Para pescarles —213→ atan á la punta de un palo un retazo de bayeta ó sarja colorada, y se la van mostrando, ó desde la orilla del rio, ó desde la canóa, y ellos van saltando y prendiéndose como dixe; porque á mas de su dentadura, que es larga y sutíl, los colmillos de la quixada inferior son tan largos, que por los conductos que Dios les hizo por entre la cabeza, les van á salir las puntas junto á los ojos; por lo qual cierran la boca, como con llave; y siendo ropa la que muerden, como no pueden cortarla del todo, quedan aprisionados con sus propias armas. Al contrario sucede quando de repente dan un salto, y al pobre Indio que va remando ó pescando desnudo (segun su costumbre) de improviso le arrancan un pedazo de carne de la pierna, ó de un muslo: lo que sucede muchas veces. Dexo otras plagas de animales aquáticos; así porque no son considerables; como porque no quisiera ser molesto. Resta solo tratar de los caymanes, de quienes, aunque los Autores que han escrito de la América, han dicho mucho, yo diré mas, por el largo tiempo que he lidiado con ellos, observando sus ardides, y haciendo tambien anatomía de sus entrañas: todo lo que pide Capítulo aparte, que será, no sé si mas útil, ó curioso. —214→ De los caymanes ó cocodrilos, y de la virtud nuevamente
descubierta en sus colmillos ¿Qué definicion se podrá hallar, que adequadamente comprehenda la fealdad espantosa del caymán? El es la ferocidad misma, el aborto tosco de la mayor monstruosidad, y el horror de todo viviente: tan formidable, que si se mirára en un espejo, huyera temblando de sí mismo. No puede idear la mas viva fantasía una pintura mas propia del Demonio, que retratándole con todas sus señales. Aquella trompa feroz y berrugosa, toda negra y de duro hueso, con quixadas, que las he medido, de quatro palmos, y algunas algo mas; aquel laberinto de muelas, duplicadas las filas arriba y abaxo, y tantas, no sé si diga navajas aceradas, dientes ó colmillos; aquellos ojos resaltados del casco, perspicaces y maliciosos, con tal maña, que sumida toda la corpulenta bestia baxo del agua, saca únicamente la superficie de ellos, para registrarlo todo sin ser visto; aquel dragon de quatro piés horribles, espantoso en tierra y formidable en el agua, cuyas duras conchas rechazan las balas, frustrando su ímpetu; y cuyo centro de broncas y desiguales puntas, que le afea el lomo y la cola de alto abaxo, publica, que todo él es ferocidad, saña y furor; me horrorizan de manera, que no hallo términos que expliquen la realidad de las especies, que de este infernal monstruo tengo concebidas. —215→La dicha de los hombres está en que no todos los caymanes son carniceros, ni se alimentan de otra cosa, que de pescado; bien que no siempre le tienen á mano, porque siendo como es el caymán pesado, y de tardo movimiento, temerosos, y aun escarmentados de su ferocidad los peces, se le escapan, y pasa los dias enteros sin pillar alguno: dígolo, porque habiendo desentrañado algunos despues de muertos, rara y casi ninguna vez les hallé en el estómago comida alguna: lo que todos sí tienen en el fondo del ventrículo, es un gran canasto de piedras menudas muy lisas y lustrosas, amolándose con la agitacion unas á otras. Procuré averiguar este secreto, y las causas de este lastre, y hallé, que cada Nacion de Indios tiene su opinion en la materia, y que todos tiran á adivinar, sin saberse quien acierta. El parecer que mas me quadró, es el de los Indios Otomácos, mortales enemigos de los caymanes por muy amigos de su carne, de que luego hablarémos. Dicen aquellos Indios, que quando va creciendo el caymán, va reconociendo dificultad en dexarse aplomar al fondo del rio, en cuyas arenas duerme cubierto de todo el peso de las aguas, que sobre él corren; y que guiado de su instinto, recurre á la playa, y traga tantas piedras, quantas necesita, para que con su peso le ayuden á irse al fondo, que busca para su descanso: de que se infiere, que quanto mas crece, de mas piedras necesita para su lastre y contrapeso; por lo que en los caymanes grandes, se halla, como dixe, su vientre recargado con un canasto de piedras. No ha faltado quien leyendo lo referido, de corrida y sin la reflexîon que se requiere, me atribuya —216→ á mí el parecer que yo refiero, como opinion de los Indios Otomácos, sin reparar en que allí doy por supuesto, que todos tiran á adivinar, sin saberse quien acierta. Lo que yo digo es, que el parecer de estos me quadra mas; y esto solo es afirmar, que tiene mas probabilidad, que el de otros Indios, cuya opinion no lleva camino; pero aunque fuera mio dicho parecer, no rehusára fundarlo y defenderlo de los argumentos opuestos; sobre que diré algo al paso, soltando el argumento que se me hizo, que es éste. El caymán es pescado: al pescado ha dado Dios toda la agilidad que ha menester para nadar, subir y baxar en el agua: luego el cayman no necesita de piedras para sumirse en el rio. Si quisiera negar la mayor, se acababa todo el argumento; y pudiera muy bien negar que el caymán sea pescado, porque es animal anfibio, como lo es el lobo marino, la nutria, y en las Américas el ante, que es quadrúpedo y aquatil; la higua, y cierta especie de cerdos, que llaman irabúbos, todos los quales, igualmente que el caymán viven y habitan tan alegremente en la tierra, como en el agua. Pero vengo ya en que sea pescado, y voy á la menor, que hallo falsificada en la América, no solo en el pescado que se llama coletó, torpe y miserable, que vive en las cuevas, que él mismo cava en las barrancas de los rios; y al paso que el rio mengua, va formando cuevas hácia abaxo, de donde les extraen los Indios á todo seguro; si tambien en la raya, de que ya hablé, que es pescado, y vive aplomado en el fondo de los rios de la América, cubierto ordinariamente de arena, y se arrastra, mudando sitios al crecer —217→ y menguar los rios, dexando señalados los puestos en la playa. Dios da á los vivientes sensitivos lo que han menester, de dos modos, ó real, ó virtualmente. Al pez espada se la dió formidable en la cabeza para herir y defenderse: al leon dió garras; al perro colmillos, y así á otros animales: y todo esto se lo dió su Magestad al hombre virtualmente, dándole habilidad para inventar armas, así para ofender, como para defenderse. En este mismo sentido dió Dios al caymán lo que ha menester para hundirse en el rio, dándole instinto para tragar las piedras, que necesita para ello; al modo que al gavilan, y á otras aves de rapiña, que en comiendo demasiado, no pueden levantar el vuelo, les dió aquel instinto natural, con que lanzan lo que conviene para remontarse en el ayre con menor peso. Las grullas son tardas en levantar el vuelo; y para no ser sorprehendidas, se remudan de noche, haciendo centinela; y para dispertar ésta, si acaso se duerme, levanta un pié, y entre sus garras una piedra ó un terron, que al adormecerse se le cae, y la despierta con el golpe: con que el Señor que dió este arbitrio á las grullas, dió el otro á los caymanes. Ahora insto el argumento contra el que le hizo, de esta forma, mirando el modo de volar de las grullas: la grulla es ave: á las aves dió el Criador todo lo que han menester para volar: luego vuelan sin adminículo alguno externo: y veis aquí, que ya es menester dar la misma solucion, que yo di al argumento, distinguiendo la menor, y negando la conseqüencia; porque ya que la grulla no pueda mantener en el ayre el peso de su cabeza por largo tiempo, le dió la industria de recargarla —218→ sobré la espalda de la que va delante; y luego que la delantera se fatiga, se aparta reclina la cabeza en la espalda de la última, sin lo qual ya no pudiera volar, como ni el caymán irse á fondo sin lastre de piedras. De modo, que no solamente dió el Criador á los animales, admirables industrias para su conservacion, sí tambien para nuestra enseñanza, como se ve en las repúblicas ordenadas y hacendosas de las abejas y de las hormigas. Y quien quisiere maravillarse, y alabar á Dios, vea en la Historia de la Canada ó Nueva Francia, la república que forman los castores, la vida sociable que hacen, su gobierno económico, y la formalidad y arte natural con que labran sus viviendas, para las quales unos cortan madera, otros le cargan; aquellos amasan barro, estos le cargan; y los demás, á fuer de Arquitectos, labran las viviendas. Estas y otras cosas admirables, que vemos hasta en las mas despreciables arañas, me movió á decir, que me inclinaba, é inclino á que los Indios Otomácos no van muy fuera de camino, diciendo que el caymán engulle piedras para lastre; arbitrio de que usan los Marineros, para que hundido con proporcion el navío, navegue con la seguridad, que no tuviera sin lastre: de modo, que así como quanto mayor es la embarcacion, requiere mas lastre; así quanto mas crece el caymán, mas piedras tiene en el buche: y esta es materia de hecho indubitable, no solo por haberlo visto yo, como ya dixe, sino porque es notorio en donde quiera que hay caymanes y cocodrilos, así en las Indias Occidentales, como en las Orientales. En los rios en que no hay piedras, retienen los caymanes los huesos —219→ de los animales que comen, como me aseguró del rio de Tame el Capitan Don Domingo Zorrilla, despues que hizo la experiencia: y Mr. Salmon afirma324, que en las costas de Mendanao, y de Xobo se hallan en los vientres de los cocodrillos huesos de hombres, de animales, y tambien cantidad de piedras, que tragan para llenar el estómago. Solo casualmente aprenden à cebarse en carne humana; y así en los rios donde no hay Poblaciones, y hay poco concurso de embarcaciones pasageras, solo en tres circunstancias de tiempo son de temerse los caymanes. La primera, quando por Setiembre y Octubre andan zeloso, en continuo movimiento de sus hembras. La segunda, quando puestos los huevos en hoyas, que para ellos cavan en las playas, donde con el calor del Sol y de la arena se empollan, andan la hembra y el macho remudando la guardia no léjos de la nidada. La tercera, quando salidos ya del cascarón los caymancillos, van todos juntos arrimaditos á las barrancas, nadando por la misma orilla del agua; pues entónces andan sus padres á la vista; y en éste y en los otros dos tiempos dichos, gastan infaliblemente de su sañudo humor, y embisten con furia, disparando al mismo tiempo una ventosidad é intolerable almizcle, que aturde el sentido; por lo que en los dichos tres tiempos es necesario navegar con gran cuidado, y vigilancia. —220→En los raudales furiosos de los rios, en los remolinos y peñascos donde suelen naufragar las embarcaciones, y junto á las Poblaciones, en los sitios adonde van las gentes á lavarse y á tomar agua para llevar á sus casas, en todos estos sitios hay caymanes cebados, y enseñados á comer carne humana: en aquellos remansos de agua es donde estando sumidos tienen afuera la superficie de sus ojos, acechando maliciosamente la presa; y allí es donde también perecen muchos de ellos, con las flechas de caña brava, que les disparan los Indios. La caña brava, llamada así, porque es sólida, es un veneno tan activo para los caymanes, que por poco que entre la punta de la flecha, ó por el lado de los brazuelos, ó por los ojos, que son los sitios únicos por donde son capaces de recibir herida, á poco tiempo nadan sobre el agua ya muertos. También los mata su misma voracidad, cebándoles aquellas gentes de este modo: en medio de una estaca de madera firme, atan una soga fuerte y larga; en la estaca amarran un pescado, que la tape, ó un pedazo de carne; luego concurren allí los caymanes, y el primero que llega se traga la carnada y la estaca: espera el pescador un rato, y luego con ayuda de compañeros, saca el caymán á la playa, por mas que se resista: y á esta trampa llaman tolete. De ésta misma usan en la playa seca para prenderlos sin cebo ni carnada alguna; y es una fiesta, no de toros, sino de caymanes, digna de verse. Coge el Indio el tolete ó la estaca con las puntas bien aguzadas, la toma del medio, y sale á provocar al caymán, que con mas de una —221→ vara de boca abierta contra el Sol, se está calentando: luego que el caymán ve venir contra si al Indio, le acomete en derechura con la boca abierta: á distancia competente se aparta el Indio solo un paso, y con este lance pasa el caymán de largo: no se apura el Indio; porque por tener el caymán el espinazo tieso é inflexîble, ha de hacer un gran círculo para volverse á encarar con su enemigo: éste espera la segunda, tercera y quarta embestida, y quantas quiere, evadiéndolas con la misma frescura y facilidad, hasta que de hecho suelta la soga, empuña bien la estaca, y espera al caymán á pie firme: llega éste á coger furiosamente la presa con la boca abierta: y entónces el Indio le mete intrépidamente el puño con la estaca, y todo el brazo dentro de la disforme boca, con el seguro, de que al tiempo de cerrarla, se clava el caymán la punta superior del tolete en el paladar, y la punta inferior abaxo de la boca, y así se queda cogido con toda la bocaza abierta, hecho ya juguete de los muchachos. Cúbranse de vergüenza los Circos y Anfiteatros Romanos, con sus soberbios Emperadores, que yo aseguro, que jamás viéron espectáculo de semejante valor y destreza: ni lo dicho fuera creible, sino al que lo ha visto: y para que lo crea el que lo leyere, es preciso que haga reflexîon sobre que en él solo interviene un bárbaro jugando con un bruto. Los Indios de Campeche usan el mismo divertimiento, y con mayor destreza los de Filipinas, por ser mas ligeros y ágiles aquellos caymanes con quienes juegan. Yo no he visto la niña del tigre feróz Americano con el caymán, pero los Indios que la han —222→ observado, me han referido, que estando el caymán calentándose al Sol, suele de un salto el tigre clavarle todas quatro garras, montado sobre él, quien no halla otro remedio que arrojarse al profundo del rio, para que se ahogue su enemigo: si ántes que se hunda el caymán, el tigre, como suele suceder, le ha rajado el vientre, y derramado las tripas, le saca al seco, y se lo come; pero si el caymán ligeramente ganó el fondo del rio, despues de ahogado el tigre, le saca á la playa para su regalo. Y es digno de saberse que el caymán dentro del agua muerde lo que encuentra, pero no puede comer, y sale al seco para lograr la presa; y la causa es, porque el caymán, ni tiene lengua, ni cosa equivalente; sí solo la campanilla del garguero, que es un tapon de carne informe, que le tapa el tragadero al cerrar la boca; y al abrirla queda el paso franco para el agua, que si se descuida le ahoga: por lo que coge, aprieta reciamente la presa, y luego que la siente privada de movimiento, sale con ella á la playa, y logra el fruto de su trabajo. Se recrean y regalan mucho los Indios con los huevos de caymán, y es gran fiesta para ellos, quando hallan algunas nidadas, en cada una de las quales, á lo ménos encuentran quarenta huevos tremendos, gruesos y largos, con ambas extremidades redondas: todos van al caldero, y aunque al tiempo de comerles encuentren ya empollados los caymancillos, no se afligen, porque todo lo comen brutalmente: todo quanto contienen los huevos adentro, es clara, y en su centro una mancha parda, que dicen ellos ser la parte, —223→ que ha de ser la cabeza del caymán. Y lo creo así, porque abriendo muchos de aquellos huevos ya empollados, he reconocido, que el cuerpo y cola del caymancillo, de mas de un xeme de largo, da vuelta enroscada por el circúito interior del huevo, y la cabeza queda en el medio, ó en el centro, la qual saca luego que se rompe la cáscara, y muerde con furia el palo con que se rompió el huevo, clavando reciamente los dientes afilados en el palo: así nacen armados estos feos animales. Pero como apunté, ya sean chicos, ya sean grandes los caymánes, no les valen sus armas contra la industria y temeridad de los Indios Otomácos y Guamos, que usan de sus carnes por regalo, especialmente en el Invierno y creciente del rio, quando es poco útil otra pesca: entónces salen aquellos de dos en dos, con una recia soga de cuero de manatí, y un lazo en la extremidad de ella: el uno lleva la soga, y el otro el cabo donde está el lazo; y en viendo al caymán tomando el Sol, procuran acercársele sin ser sentidos de él, hasta que al mismo tiempo que cae al rio el caymán, el Indio que lleva el lazo monta sobre él, con toda seguridad, porque ni puede volver la cabeza para morderle, ni doblar la cola para que le alcance: con el peso del Indio que carga encima, luego va á dar el caymán al fondo del rio; mas quando llega á dar fondo, ya tiene el lazo bien apretado en la trompa, y tres ó quatro lazadas añadidas, para mayor seguridad; de las quales la última es la mejor; porque asegura á las otras en el mismo pescuezo: sale afuera el Indio tan fresco como el mejor Buzo de una Armada Real, y —224→ él y su compañero tiran hácia afuera el caymán, que aunque hace con la cola sus extremos, no puede resistirse, ni evitar la muerte. Dánle un fiero garrotazo sobre los ojos, del qual queda enteramente aturdido, y ántes de darle otro golpe, mientras está vivo, le cortan y sacán del pecho la tabla de conchas, donde reside el fiero almizcle, porque si muere el caymán ántes de quitarle dicha tabla, se difunde por todo el cuerpo tanto almizcle, que apesta la carne, de modo que no puede comerla ni la gran voracidad de los Indios. Quitada aquella tabla, destrozan la carne, que es tan blanca como la nieve, tierna, y de buen gusto; y solo queda la sospecha, de que tal vez se habrá comido aquella bestia algunos hombres. De ordinario tiene mucha grasa y manteca, que guardan los Indios para sus amasijos de pan, como ya diximos; y como hay tanta abundancia de caymánes, pasan aquellas dos Naciones sus Inviernos alegremente, y con mucha abundancia de vianda. ¡Tanto como esto puede la industria humana! Como vimos en la primera Parte, el pan de los Indios Otomácos, es á lo ménos la mitad, de tierra gredosa, que naturalmente habria de dañar á los que le comen; pero sucede lo contrario, porque aquellos Indios exceden á las demás Naciones en robustéz, fuerza y corpulencia; y esto me movió á indagar ¿cómo, ó porque las otras Gentes, si por vicio comen tierra (como sucede en los de poca edad, y en las mugeres embarazadas,) luego pierden el color, se ponen entecas y enferman; y comiendo los Otomácos chicos y grandes, no solo el dicho pan, sino tambien muchos —225→ terrones de pura greda, no les causa daño alguno? Y despues de repetidas experiencias, hallé con toda evidencia, que la manteca ó grasa del caymán, limpia totalmente el estómago, sin dexar en él tierra alguna; de modo, que dándole al que se opiló con comer tierra, tres ó quatro mañanas una onza de dicha grasa en ayunas, con algo de azucar para evitar el asco, expele toda la tierra del estómago, recobra las ganas de comer, y vuelve á su nativo color el rostro: y de esto hay innumerables experiencias. Antiguamente arrojaban al rio las cabezas de los caymanes que enlazaban; pero de pocos años á esta parte tienen en ellas su mayor ganancia, porque venden á muy buen precio los colmillos, que se buscan con ansia, para enviarlos á personas de estimacion, que los reciben y agradecen como un apreciable y rico regalo, á causa de haberse descubierto en la Provincia de Caracas, ser dichos colmillos un gran contraveneno. Por esto y por lo que han experimentado ya, el que no lleva un colmillo de caymán engastado en oro ó plata, y apretado con una cadenilla á uno de los brazos, se pone en los dedos una ó dos sortijas hechas de los mismos colmillos, contra las yerbas venenosas, que los Negros esclavos suelen usar unos contra otros, y no pocas veces contra sus Amos. El descubrimiento de la virtud del dicho colmillo es moderno, y fué así: deseoso un Negro esclavo, en las haciendas de Caracas, de matar á otro, le dió ocultamente de quantos venenos y yerbas venenosas tenia noticia; y viendo que se cansaba en valde, y porfiaba en vano, porque su enemigo estaba bueno —226→ y sano, despues de sus diligencias; á fin de saber la causa, empezó á saludarle, visitarle y enviarle todos los regalos que podia, y como el otro estaba muy léjos de saber la mala intencion que habia tenido éste, correspondíale con buena amistad; y con esta ocasion un dia dixo el Negro malévolo al otro: ¿camarada, si algun mal Christiano nos quisiese dar veneno, qué remedio sabes? El otro Negro sacó el brazo, levantó la manga, y mostrándole un colmillo de caymán atado á la carne, le dixo ingenuamente: amigo, teniendo este colmillo, no hay veneno que valga. Corrió la voz, y con la experiencia el aprecio de tan buen preservativo. Al mismo tiempo, á poca diferencia, una enojada y cruel muger quiso matar á su marido, dándole á este fin varios venenos; pero estos no tuviéron fuerza, porque casualmente para guardar yesca traia siempre consigo un colmillo de caymán. El caso se hizo público en la Ciudad de Panamá: pasó la noticia á las de Guayaquil y Quito, en donde se hiciéron varios experimentos, dando tósigos á varios animales, despues de atarles al pescuezo el dicho colmillo; y el efecto fué lanzar á breve rato la carne envenenada, y quedar sin daño alguno. Con estas experiencias, se pasó después á poner sobre las mordeduras de vívoras y culebras el colmillo del caymán, y se ha visto ser el antídoto mas activo, y mas universal, como es ya notorio en las tres citadas Provincias; de modo, que hasta la mortífera ponzoña de aquellas vívoras, que llaman bejuquillo, para la qual, con gran dificultad se hallaba triaca, cede luego á la —227→ virtud de aquel colmillo, como consta de instrumento jurídico, con que se autenticó en Guayaquil semejante caso. Solo lo ya experimentado equivale á mas de lo que se afirma del Unicornio; y la pericia de los Botánicos descubrirá con el tiempo mucho mas. En fin, hay abundancia de caymanes, de la misma forma y figura; pero no son en sí bravos, aunque quando los torean mucho, los he visto enojados, y estos solo se mantienen de pescado, y son comida apetecible, y de buen gusto; de manera que quando hay babilla, que es el nombre que se da á aquel caymán, abandonan los Indios qualquier otro pescado. Modo de cultivar sus tierras los Indios, y los frutos principales
que cogen Es de fe, que con el sudor de su rostro, ó á costa de él, han de comer todos los hijos de Adán: solas las Naciones Guajiva y Chiricóa, de que ya hemos tratado, por su innata pereza, parece que procuran evadir esta inevitable pension; pero neciamente, porque por no inclinar sus hombros al cultivo de la tierra, se ven obligados á estar en una continua marcha, y caminar siempre de rio en rio, para lograr las frutas silvestres de las vegas; y por la misma causa, ni fabrican casas, ni tienen resguardo alguno contra los Soles, ni las lluvias: penalidades mucho mayores, —228→ que las que de suyo trae el cultivo de la tierra, que aunque trabajoso, da treguas al descanso, admite álgun reposo, y con la cosecha abundante hace olvidar las fatigas. No así el resto de las Naciones de que voy hablando en esta Historia; ántes bien, las que tienen noticia de los Guajivas y Chiricóas, abominan de su genio, usos y costumbres; y dicen que han aprendido aquel modo de vida de los monos, y otros animales; y aunque todos los Indios generalmente son dominados de la pereza, con todo, unas Naciones son mas inclinadas al cultivo de la tierra, otras ménos; y en todas, como ya queda dicho, el mayor peso del trabajo recae sobre las pobres mugeres, así en las taréas del campo, como en las domésticas; unas y otras mal agradecidas, y peor pagadas por sus maridos. Es muy diverso el modo, y mucho menor el trabajo que tienen en cultivar las tierras, despues que admiten Padres Misioneros, y por su medio consiguen herramientas despues de congregados á vida civil en Colonias. Los Gentiles, unos vivian, y muchos aun hoy viven escondidos entre dilatadas selvas, é impenetrables bosques; otros en espaciosos llanos, al abrigo de las vegas de los rios. Por lo que respecta á los habitadores de las selvas, yo no percibo hasta ahora cómo podia su trabajo producir fruto suficiente para su manutencion; porque para sembrar, deben primero cortar la maleza, derribar los árboles, y quemar despues uno y otro, para descubrir el terreno, que ha de recibir las semillas; y hacer toda esta faena sin herramienta, me causó siempre gran dificultad, y aun me la causa; porque jamás quedé satisfecho de lo —229→ mismo que vi, oi y experimenté. La primera vez que entré á los Gentiles silvestres, crei, en vista de su tosquedad, que seria fuerte argumento, para agregarlos á mejor sitio, el ponderarles, que allí no tenian herramientas con que rozar la tierra, y derribar los árboles; pero no fué así, porque sacando sus hachas de pedernal de dos bocas, ó de dos cortes, encaxándolas por el medio en garrotes proporcionados, me respondiéron, que con las macánas, que son sus espadas de palo duro, tronchaban la maleza, y con aquellas hachas cortaban los troncos verdes, y las mugeres iban quemando los palos secos. Pregunté, ¿quánto tiempo gastaban en cortar uno de aquellos árboles? Y me respondieron, que dos Lunas; esto es, dos meses: cosa, que con una hacha ordinaria se hace en una hora. Por eso dixe, que no percibo todavía cómo su trabajo tan lento les podia dar suficiente fruto para su singular voracidad. Pregunté mas: ¿cómo ó con qué labran aquellas hachas de piedra tan dura? y me respondiéron, que las picaban con otras piedras, y despues, á fuerza de amolarlas en piedras mas blandas, con la ayuda del agua, les daban figura, y sacaban los filos de las bocas. Jamás vi esta maniobra; pero creo, que solo á fuerza de mucho tiempo salian y salen con ella: ocupacion propia para gente ociosa. Para mover, amontonar y formar surcos en la tierra, despues de quemada la maleza, se valen de palas formadas de palo durísimo, que unos llaman aráco, otros macána, y cada Nacion, segun su lengua, le da su nombre; y con ellas cavan, por ser muy poco ménos duro aquel palo, que el hierro acerado, y de buen temple: estas palas las —230→ fabrican con fuego, quemando unas partes, y dexando otras, no sin arte, proporcion y dispendio de largo tiempo. Los Bárbaros que vivian, y los que aun viven en campos limpios, como no tienen el embarazo de arboledas y bosques, consiguen sus frutos, aunque en menor cantidad, con ménos trabajo; porque con las palas de macána, que dixe, en los sitios húmedos, levantan la tierra, de uno y otro lado del surco, tapando la paja y el heno con la tierra extraida del uno y del otro lado; y luego siembran su maiz, yuca ó manióca, y otras raices, y en todas partes gran cantidad de pimiento, que tienen de muchas especies, y algunas demasiadamente picantes, de que gustan mucho; y es el único condimento de sus comidas. Da ménos fruto el campo raso, que las vegas y bosques, porque en estos el terreno es de mas xugo, y aun por eso arroja de sí las arboledas y malezas; y la misma hojarasca que cae de ellos, y se va pudriendo, les añade fuerza. A mas de esto, aquella ceniza de las ramas que queman, y el calor que al arder concibe la tierra, la fecunda mucho, como sucede entre los Catalanes, que tapan filas de haces hechos de ramas de pino, y á su tiempo hacen arder todo el campo que han de sembrar. Al contrario los Indios que cultivan el campo limpio, como no tienen estiercol con que fomentar aquel campo de poco xugo, cogen poquísimo fruto, en comparacion de los otros. Viene á ser la diferencia, como la que hay entre los trigos de regadío, cultivados, estercolados y regados, que suben con tanta fuerza en Murcia, Cataluña y Valencia, que muchos exceden á la estatura de un hombre; y —231→ los trigos de secano, que por no tener otro beneficio, que el del arado, no dan ni la mitad del fruto que aquellos. Es cosa muy singular y notable la que observé en los anegadizos de los rios Orinoco, Meta, Apure, Casanare, Tame y otros; y es, que en lugar del junco, que de ordinario se ve en otras lagunas, en las de los dichos rios, nace, crece y madura el arroz, que brota voluntariamente la tierra húmeda, sin que nadie lo siembre, ni cultive. No conocen los Indios bozales la utilidad de tan precioso grano, pero sí las avecillas, que á bandadas concurren de todas partes á disfrutar la cosecha; sin que pueda dudarse, que sea arroz verdadero; pues no pude en ello padecer engaño; porque en el Reyno de Valencia, mi patria que es la Ribera de Xucar, es donde mas abunda. A mas de que á muchos sugetos incrédulos, estrujando las espigas entre mis manos, la evidencia de los granos limpios les quitó la duda. Y es aun mas de admirar lo que abunda en terreno cultivado, y de riego; en donde sembrado y trasplantado á su tiempo, nacen, como lo conté repetidas veces, sesenta espigas de una sola mata: siendo prueba de la fertilidad de la tierra, y de que es el arroz fruto muy connatural de aquel temperamento, el que la tierra le produce de suyo; y cultivado, le da tal aumento. Todos los Indios Otomácos, que viven cerca de las lagunas, de que hay muchas, y muy grandes, al tiempo que éstas van baxando, después de la fuerza de las aguas, van sembrando toda aquella tierra limpia, de que se retira el agua; y en ella cogen abundante fruto, porque aquella tierra holgazana y podrida es apta y prorrumpe en copiosos —232→ frutos. En el contorno de estas lagunas, siembran los dichos Otomácos, Guamos, Páos y Sarúros, una singular especie de maiz, que no se ha extendido, ni he visto en otras Naciones: llámanle en su lenguage onóna ó maíz de los dos meses; porque en los dos meses de sembrado, crece, echa mazorcas, y madura; de modo, que en el círculo del año, cogen seis cosechas de este maiz, buscando terreno á propósito; porque el temperamento es siempre uniforme, siendo esto cosa bien singular. Ni pierden palmo de tierra, porque entre el dicho maiz siembran matas de caña dulce, mucha variedad de raices gran diversidad de calabazas, y sobre todo, inmensidad de melones de agua, que són sus delicias; y son de otra especie muy diferente de los que hay en Europa, y abundan ya en las Américas. Estos melones de que hablo, son propios de aquellos Paises, y mas pequeños que los nuestros: tienen la corteza mas dura, y sus pepitas redondas, del tamaño, hechura y picante de los granos de pimienta; pero es muy particular la sandía, que llaman en su lengua gibiria, y no hallo con que comparar su suavidad, pues lo mismo es tomar un bocado de ella, que tomarle de un panal de miel. Los Gentiles que vivian, y los que viven en los bosques, aunque no tienen la semilla del maiz de los dos meses, con todo, como allí es en todo el año uniforme el temperamento, continuamente tienen maiz tierno y maduro, otro en flor, y otro naciendo; y cada uno siembra quando se le antoja, ó quando acaba de preparar la tierra, sin riesgo de que le falte la cosecha; con tal, que tenga cuidado de espantar las bandadas de papagayos, —233→ loros, periquítos, guacamayos y otras inundaciones de páxaros, que à poco que se descuiden, les destruyen las sementeras. Pero sobre todo, es preciso el mayor cuidado para defender los sembrados que hacen en las selvas, de la multitud de várias especies de monos; pues apénas se puede creer el grave daño que hacen, y la malicia con que proceden. Si reconocen desde los árboles por donde vienen, que hay centinela y no baxa ni uno de ellos á la sementera: viene y se va una multitud de ellos con tanto silencio, que si la vista no los descubre, seguro está que sean sentidos: y siendo así, que el ruido, bulla y gritería que meten en otras partes, es intolerable; para hurtar, nadie chista. Si reconocen desde los árboles por donde vienen, que hay centinela, no baxa ni uno de ellos á la sementera; pero vuelven una y muchas veces á reconocer si la hay; y quando se aseguran de que no, queda uno de ellos en la cumbre del árbol mas elevado, observando si viene alguno, y baxa todo el resto de ellos: quando logran el lance, cada uno se lleva cinco mazorcas de maiz, una en la boca, dos debaxo de los sobacos, y una en cada mano; y luego sostenidos en los dos piés, corren como un rayo á brincos, hasta ocultarse en el bosque. Si al tiempo de estar ya cogiendo las mazorcas, sale el amo de la choza, ó se aparece á un lado de la sementera, al punto empieza á gritar el mono que está de atalaya sobre el árbol, y cada qual de los monos, con lo que pudo pillar, huye con presteza: pero de los que ya estaban aviados con sus cinco mazorcas, perecen muchos en estos lances, porque son tan tenaces en retener lo que una vez han —234→ cogido, que se dexan matar, ántes de soltarlo: en este caso, al salir el Indio ó Indios con sus garrotes á perseguir los monos, los que se llevan una ó dos mazorcas, que á mas de los piés les queda una mano libre, suben á los árboles, y se escapan; pero los que por huir bien aviados, solo van dando brincos con los dos piés juntos, casi todos mueren á palos, porque los Indios corren mas, y logran cobrar parte del daño, pues los monos son para ellos gran regalo. Ello es cierto, que son tantos los monos, y tan dañinos, que si pudieran hacer daño de noche, como lo hacen las faras y otros animales nocturnos, no dexáran coger á los pobres Indios ni un grano de maiz. Por lo que mira á la tenacidad con que retiene el mono la presa que cogió, habiendo yo referido lo que acabo de escribir aquí de los monos de Orinoco y sus vertientes, á algunos Españoles de los que entran y salen á las minas de oro del Chocó, Anserma y otras, me refiriéron como cosa comun y ordinaria, que en algunas de aquellas minas, que tienen bosques à poca distancia, la vianda ordinaria de los Negros, son monos, que pillan sin mas trabajo, que el dexar á la orilla del bosque, de parte de noche, unas botijuelas, de las que de Cádiz van á dar allá llenas de aceyte, dentro de las quales ponen una porcion de maiz tostado: salido el Sol, ven los monos las botijuelas, y su vivísima curiosidad y golosina los hace baxar precipitadamente á reconocer lo que hay: meten la mano, que entra apretadamente por la boca de la botijuela, encuentran el maiz adentro, y cogen quanto pueden apañar —235→ con la mano; y como sube ya llena, y con el puño cerrado, no pueden sacarla: porfian todos para sacar sus manos, pero ninguno suelta, ni quiere soltar el maiz; y así, dándose por presos y empiezan á gritar tremendamente, con una confusion intolerable: el muchacho, que á lo léjos está de espia, conoce con los gritos, que ya han caido en la trampa, da aviso á los Negros, vienen estos con su machete ó garrote en la mano, y aunque al verlos añaden los monos esfuerzo á sus gritos, no por eso dexan el maiz que cogiéron; y como el peso de la botijuela, ni les permite subir á los árboles, ni aun caminar á su gusto, cada Negro le da un porrazo á su mono, y lleva que comer y cenar para aquel dia. No he sido, como dixe, testigo de esta trampa, con que los monos se prenden por sus mismos puños; pero tengo por fidedignas las personas citadas, á quienes oi lo referido. Vamos ya á ver como cultivan la tierra los Indios despues de domesticados, qué frutos y frutas cogen, qué pan comen, y con qué vino, ó cerveza se embriagan. Prosigue la materia del pasado Visto el modo con que los Indios Gentiles cultivaban sus sementeras sin herramienta alguna, y hoy las cultivan los que no tienen trato con los Españoles, ni con los Extrangeros, ni con otros Indios, que traten con aquellos; pasemos ya á ver, como los reducidos á vida civil, y á Misiones, cultivan sus tierras, y quan contentos están con el —236→ uso de las herramientas, que les alivían tanto el trabajo, quanto va de gastar dos meses en cortar un palo, á emplear solo una hora. Cortados ya todos los palos, que caen sobre la maleza menuda, que facilmente tienen ya de antemano rozada con machete, van cortando las ramas principales de los árboles ya derribados; y esta diligencia sirve para que aquellos árboles, que enteros tardarian á secarse tres meses, á violencia de los calores del Sol, cortadas sus ramas, se sequen, como sucede, dentro de un mes, por la fuerza con que en aquellos Paises arde el Sol. Secos ya aquellos árboles y ramas, esperan un dia claro, en que sople algun viento, y por la parte por donde viene éste, les pegan fuego por varios sitios; y por todos, al favor del viento, arde de tal modo, y toma luego tanto cuerpo el incendio, que en ménos de una hora arde todo lo preparado en ducientos pasos en quadro, y queda todo el campo lleno de ceniza, y ardiendo tal qual tronco de los mayores. Se hallan despues entre las cenizas muchas y grandes culebras tostadas; y al rigor del calor del fuego, se ven salir huyendo otras muchas mas; con que queda el terreno ménos infestado de aquella mortal plaga, y en estado de poderse cultivar. Esta maniobra en las Colonias donde hay Misionero, se hace de este modo: llegado el tiempo de desmontar, que empieza por Enero, se señala el dia para la sementera del Cacique, á que concurren de buena gana todos los Indios. La muger del Cacique tiene prevenida una comida competente para todos ellos, quienes madrugan al trabajo, y como son muchos, á mas tardar, á la una, —237→ ó á las dos de la tarde, ya tienen concluida la taréa: se lavan, y se van al convite prevenido. Concluida la comida, señala el Cacique, y nombra al Capitan, cuya tierra se ha de rozar el dia siguiente; y hechos ya todos los desmontes de los Indios casados, entran los de las pobres viudas; y finalmente se trabaja el último para la Iglesia, que se destina y consume para sustentar los niños de la escuela, y niñas huerfanas de la doctrina. Este es un medio muy bueno, para que cooperando mutuamente entre sí, tengan todos que comer, sin hacer daño á sementeras agenas; y como es funcion de bulla y de concurso, y aun de poco trabajo para cada uno de por sí, y remata en una comida decente, entran alegremente en este uso. Concluida esta faena, y una vez ya quemada la labranza, no les queda que trabajar á los Indios, segun su detestable costumbre; porque el sembrar, limpiar, coger los frutos y almacenarlos, todo pertenece ya á las pobres mugeres. «Hermanos, (les decia yo,) ¿porqué no ayudais á sembrar á vuestras pobres mugeres, que están fatigadas al Sol, trabajando con sus hijos á los pechos? ¿No veis, que pueden enfermar ellas y vuestros hijos? Ayudadles vosotros tambien. Tú, Padre, (respondian ellos,) no sabes de estas cosas, y por eso te da lástima: has de saber, que las mugeres saben parir, y nosotros no; si ellas siembran, la caña del maiz da dos ó tres mazorcas; la mata de yuca da dos ó tres canastos de raices; y así multiplica todo. ¿Porqué? Porque las mugeres saben parir, y saben cómo han de mandar parir al grano que siembran: pues siembren ellas, que nosotros no sabemos tanto como ellas». —238→ Esta es la ignorancia de aquellos pobres Bárbaros, y ésta la satisfaccion de su gran caletre, con que á los principios responden á ésta y á otras racionales reconvenciones; pero hay el consuelo, de que despues van cayendo en la cuenta, y se aplican al trabajo; van logrando las mugeres alivio, y saliendo de la dura servidumbre, en que mas que esclavas, servian á sus maridos; quedando últimamente moderado, y proporcionalmente repartido el trabajo entre marido y muger. Quando siembran el maiz, ya la yuca lleva una quarta de retoño, y entre una y otra mata de yuca siembran una mata de maiz; entre la yuca y el maiz siembran batatas, chacos, calabazas, melones y otras muchas cosas, cuyos retoños, como corren extendidos por los suelos, no impiden al maiz, ni á la yuca; ántes bien, como cubren todo el suelo, á manera de una verde alfombra, impiden que brote la tierra otras malas yerbas. No entra arado en estas sementeras, ni bueyes para arar, porque no los tienen; y aun en las partes donde hay bueyes y arados para cultivar tierras limpias, no pueden arar en estas sementeras; porque aunque arden los árboles cortados, quedan innumerables raices travadas entre sí, que no dan paso al arado, ni á los azadones. Está aquella tierra tan cubierta de hojarasca, y de vasura podrida, que facilmentse dexa abrir para recibir lo que quieran sembrar en ella. Cogida la primera cosecha de todos los frutos dichos, siembran segunda vez los mismos, y ántes de cogerlos, van interponiendo retoños de plátano, que sacan de los piés de los plátanos antiguos; de modo, que quando disfrutan la segunda —239→ cosecha, ya los plátanos están coposos. Estos platanales dan el fruto mas duradero, y mas útil de quantos los Indios siembran. Una vez arraygadas sus plantas, las unas filas de los plátanos unen sus largas y anchas hojas con las otras, formando con ellas bóvedas verdes sobre aquellas dilatadas calles. El tronco del plátano no es sólido, sino un agregado de cortezas, una sobre otra, cada una de las quales remata en una hoja de mas de vara de largo, y casi media de ancho. Después que llegó á la altura de dos estados de un hombre, desde la misma raiz va subiendo un vástago por el centro del tronco; y en quanto se asoma entre las hojas, dexa caer dos cortezas, con que sube abrigado el racimo; y muestra éste sus gajos de plátanos coronados de flor blanca, y de suave olor. Este racimo, si es de bartónes, en buen terreno, llega á pesar dos arrobas, y suele tener ochenta plátanos; los quales, verdes y asados, sirven de pan; y en la olla sirven de nabos: ya medio maduros y amarillos, sirven para los guisos; tienen el agridulce de la manzana medio madura, y sirven de pan, y en la olla dan buen gusto: y despues de maduros, son una fruta muy sabrosa, aunque pesada; y si los asan, no hay fruta mas sana en las Américas, ni tan substancial, ni tan sabrosa. Puestos los maduros al Sol, se pasan, al modo de los higos de Europa, con sabor mucho mejor que el de los higos. Antes que se lleguen á secar al Sol, los amasan las Indias con agua tibia, y su masa, que toma punto de agrio, colada despues con agua tibia en tinajas, hierve como el mosto, y resulta de ella una bebida muy fuerte, y que en poca cantidad causa embriaguez. Puestos los plátanos muy maduros á destilar, —240→ colgados sobre una vasija, de aquel xugo que va cayendo, resulta un vinagre muy fuerte y saludable: y en fin, los plátanos son en la América el socorro de todo pobre, pues sirven de pan, de vianda, de bebida, de conserva y de todo, porque quitan á todos la hambre. Mr. Salmon, en su Historia de Todo el Mundo, nuevamente dada á luz en lengua Inglesa, la que traducida ya en varias lenguas, anda en las manos de todos los325 eruditos, hablando en su Tomo segundo326 de las frutas de la Isla de Mindanao, contigua á las Filipinas, con ser un terreno tan distante del que yo voy tratando, describe los plátanos, y dice de ellos las mismas propiedades que llevo referidas, tan individualmente, como si hubiera vivido largo tiempo en las Misiones de que voy tratando, en que resplandece la liberal providencia del Criador, que en sola una planta proveyó de abundantes víveres á unas Gentes, que aunque entre sí tan distantes, son tan uniformes en una suma pobreza, y en una excesiva pereza. ¿Pero qué necesidad tienen de trabajar, si en solo el plátano hallan todo quanto han menester para comer y beber con abundancia? Y de los Mindanaos Filipinos añade el citado Autor, que despues que han logrado la fruta del plátano, aprovechan sus cortezas, sacando de ellas hebras á modo de cáñamo fino, del qual hilan y texen piezas de lienzo, de que forman sus pobres vestidos; inventiva, que no han discurrido las Gentes del Orinoco, ó si diéron con ella, no les pareció —241→ útil vestirse en un clima tan ardiente como aquel. De modo, que ya pueden deponer toda su admiracion los que quedáron sorprehendidos, al ver en la primera Parte de esta Historia327, que la Nacion Guaraúna tiene todo quanto necesita en sola la palma llamada quiteve, ó murichi328; que los Indios Maldivios del Oriente hallan lo mismo y mucho mas, en sola la palma de cocos; y el vulgo innumerable del Imperio de la China, en solo el arroz; viendo que los Mindanaos Filipinos, y las Gentes de que trato, han hallado su maná, y en cierto modo su árbol de la vida en solo el plátano. Una vez crecido y cerrado el platanal, y trabadas unas hojas con otras, forma una finca permanente, que pasa dando continuamente fruto de padres á hijos, y con poco cultivo pasa á los nietos y biznietos; no porque aquel tronco, que dió su racimo, dé jamás otros, sino porque al tiempo de madurar el racimo de la guia, ya su hijo, que retoñó de la cepa, tiene racimo en flor, y ya los otros retoños van subiendo en todas las cepas, porque en ninguna falte racimo maduro y en flor, en todo el círculo del año, que es cosa admirable. Con este motivo, y á vista de tan abundante socorro han establecido los Padres Misioneros, el que convenidos ya los Gentiles en el parage en que se han de ir agregando para formar Colonia, la primera diligencia sea desmontar y prevenir un —242→ dilatado platanal, para socorro universal de los que se han de ir agregando. Abunda tambien, como dixe, el maiz; aunque es verdad, que es tanto el que comen, quando las mazorcas tienen el grano tierno, que ellos mismos destruyen y disminuyen notablemente sus cosechas. Del maiz molido á fuerza de brazo de las mugeres, hacen panes, que envueltos en hojas, cuecen, no al horno, sino en agua hirviendo, teniendo para ello ollas muy grandes. A este pan llaman cayzú: suelen desmigajarlo quando está fresco, y amasarlo segunda vez en mucha cantidad de agua caliente: y reducidos á polvos quatro de aquellos panes antiguos, y llenos de moho, que ellos llaman subibizú, mezclan dichos polvos en aquella masa líquida, la qual puesta en tinajas, al tercer dia hierve como el mosto, y resulta una chicha ó cerveza saludable, si se toma con moderacion; y es su bebida ordinaria. Mas sana es la chicha ó cerveza, que extraen de la yuca ó raiz de manióca. Arrancan esta raiz, la tronchan del palito de que está prendida, y en el mismo sitio entierran tres ó quatro pedazos del mismo palo, los quales á los quatro dias ya están con sus retoños; y veis aquí otra mata de yuca, en lugar de la que se arrancó. Hay yuca dulce, que asada, sabe á castañas asadas, y suple muy bien en lugar de pan; hay otra yuca, que llaman braba, la que no se puede comer sino despues que pasa á cazábe. Para hacer el cazábe rallan dicha yuca, de manera que quede como aserrin; exprimen su xugo, el que es tan activo, que si le bebe alguno, sea hombre, ó sea animal, luego rebienta; pero en quanto le dan un hervor, es muy sano, y sabroso, —243→ y usan de él para dar gusto y saynete á sus guisos, y le llaman en su lengua quisáre. Amontonado el aserrin de la yuca veinte y quatro horas, toma punto, como la masa de trigo, y entónces en unos ladrillos delgados y anchos, que llaman budáre, baxo de los quales arde el fuego, van tendiendo aquella masa hecha torta, al modo de las que acá hacen los Pastores en sus cabañas: y éste es el pan mas universal de todos los Paises calientes; el que sirve en las casas, y se lleva para los viages: recien hecho, no es insípido, pero es de casi ninguna substancia, porque la que tenia la raiz de la yuca, se fué con el caldo que le exprimiéron. En el Orinoco, y en otras partes, especialmente en el Ayrico, amontonan las dichas tortas de cazabe calientes, las cubren con hojas de plátano, y despues que á fuerza de calor fermentan, las deslien en agua tibia, y puesto el caldo que resulta, en tinajas, hierve como mosto, y resulta la cerveza, que llaman berría, porque procede de berri, que es el cazabe; y es la chicha mejor que usan, y el desempeño de sus convites. En fin, de la raiz que llaman cocenecá, que equivale á batata, hacen chicha; la hacen tambien de otras raices, que llaman rajacá; y de quantas semillas siembran, de quantas raices cultivan, y de quantas frutas cogen, extraen chicha; pero entre todas especialmente la que resulta del caldo de las piñas, es fresca y muy regalada. No es árbol el que da las piñas, sino una mata parecida á las matas de pita, aunque sus hojas son ménos anchas: en lugar del vástago que arroja la pita, se corona aquella mata con una piña, que á la vista se parece mucho á las de los —244→ pinos; pero adentro no tiene piñones, sino una carne muy suave: la guia, en buen terreno, llega á pesar cinco y mas libras; y luego del pié de ella, y del pié de la misma mata, salen cantidad de retoños, cada uno de los quales se corona con su piña: y si bien éstas son menores, y llaman capérri; pero son mucho mas sabrosas, que las de las guias principales: lo singular de las piñas es, que el vástago arroja la piña, y desde la coronilla de ésta prosigue creciendo el retoño; y ya que la piña, con una suavísima fragrancia, da señas de madura, se corta; y cortado aquel retoño de su coronilla, que le servia de penacho, se siembra; y sin perder de su verdor, prende y resulta otra mata de piñas; y de cada mata se siembran tantas, quantas piñas dió, que son muchas; y así es grande la abundancia de esta rica y saludable fruta. Parece, que segun la vida andante de las Naciones Guagiva y Chiricóa, como ni siembran, ni paran en un lugar, no tendrán forma de adquirir chicha: así parece; pero ellos se han dado maña para ser tan Indios en esta materia, como todos los demás; y es el caso, que miéntras unos pescan, y otros andan en busca de venados; otros se aplican á derribar palmas, y formar en sus troncos concavidades, al modo que en la primera Parte diximos, hace los Indios Guaraúnos: pasan á otro rio, y hacen la misma diligencia; y así van andando de arroyo en arroyo, hasta que dan ya por fermentado el caldo, que ha dimanado de las primeras palmas: vuelven visitando por su turno las palmas preparadas, y hallan aquellas concavidades llenas de licor claro, agridulce, —245→ y tan fuerte, que con poca cantidad pierden el juicio, baylan, cantan, y hacen mil travesuras. Es muy digno de saberse, que entre la multitud de especies varias de palmas, que producen aquellos terrenos, crece una llamada corózo, que á la primera vista da horror, porque desde la raiz y tronco, hasta el último cogollo de sus hojas, está tan revestida de espinas, tan agudas y largas como alesnas, que no se dexa tocar por parte alguna, como si con estas armas resguardára el tesoro, que encierra en su tronco. Nace en sitios secos, y tierras arenosas: cuesta gran trabajo, y muchas heridas el derribar un solo corózo, y muchas mas abrirle concavidad en el tronco, junto al cogollo, para que en ella destile todo su xugo: éste se mantiene dulce veinte y quatro horas, y en las siguientes veinte y quatro agridulce: es muy sano; pero lo mas apreciable es, que el que está picado de calentura hetica, continuando quince dias en beber en ayunas un buen vaso de aquel xugo, que llaman vino de corózo, esto es del agridulce, queda enteramente libre de aquella maligna calentura. La especial virtud de este xugo, la averigué sin otro motivo de dársele á los tales enfermos, que el saber de cierto, que era bebida fresca y saludable; y quando reconocí este singular efecto, alabé la providencia del Altísimo, viendo que aun en los desiertos previene remedios tan exquisitos para el bien de sus criaturas. Ahora será bien que salgamos hácia las sementeras de los Indios á ver otros árboles frutales; y de paso observarémos varias yerbas, y raices, muy medicinales y provechosas; tanto, —246→ que excitan mudamente á que alabemos al sabio, y próvido Criador del Universo. Arboles frutales, que cultivan los Indios. Yerbas y raices
medicinales, que brota aquel terreno Ya vimos en la primera Parte la multitud de frutas silvestres, y saludables de que abundan los bosques, y vegas del Orinoco, Apúre, Meta, y otros rios: tanto, que los Padres Misioneros no temen engolfarse por aquellos desiertos en busca de almas, por falta de comida para sí, y para los Indios compañeros, y los necesarios para aquellos viages. Se observa, qué frutas comen los monos; huyen éstos al llegar la gente, y á todo seguro se pueden comer todas aquellas frutas de qué los monos se sustentan: si en los tales frutales no hay monos por entónces, se observa si las hormigas se aplican á morder de dichas frutas; y si ellas comen, es señal cierta de que son saludables, y sin riesgo usan de ellas. No son menos apreciables los frutales, que siembran aquellos Indios, fuera de los plátanos y piñas, de cuya bondad y abundancia hablé ya; despues de las quales, en tercer lugar deben entrar los papáyos, á qué son grandemente inclinados los Indios, de manera que por lo mismo no tienen número los que se siembran, á mas de que sin sembrarlos, en qualquier parte donde alguno come una papáya, de las semillas que caen, —247→ nacen innumerables: es árbol de tronco hueco y poco sólido, pero con el tiempo se consolida, y sube á grande magnitud: echa, no flores, sino ramilletes de flores por todo el tronco, ramas, y hasta junto al mismo cogollo, y es una hermosura ver la abundancia de fruta que da: la hechura, y tamaño de las papáyas bien cultivadas, y de buen terreno, es la misma que tienen acá nuestros melones, con sus tajadas señaladas en la corteza, que es sutíl; y son nada menos olorosas, y sabrosas, que nuestros melones buenos, pero mas sanas. Hay entre las Naciones Achagua, Saliva, y otras del Ayrico, y tambien en las Costas de Coro, y Maracayo, una especie de palma, muy singular en su figura, y utilidad. Los Europeos, que usan mucho de su fruto la llaman cachipae, y los Indios jijirri: su tronco no es muy grueso, pero es muy liso, y muy derecho, y sube á mucha altura: cada palma de estas echa dos ó tres racimos de dátiles, de la misma hechura y color de nuestras camuesas; y cada racimo, en buen terreno, llega á tener unos cien dátiles, entre los quales apénas se hallarán ocho, que tengan pepita para sembrar: las pocas pepitas que se hallan, son del tamaño de una nuez, y de la dureza de los cocos, y muy parecida á la de éstos, la carne, que dichas pepitas tienen adentro; y sembradas rara de ellas dexa de nacer. No es fruta ésta que se pueda comer, aunque esté madura, sin pasar por el fuego; porque morderla, es lo mismo que morder un membrillo á medio madurar, áspero, é insípido; pero con un hervor, que reciban al fuego, se ablandan, y tienen el mismo gusto, que el de las camuesas —248→ hervidas en la olla: no es esto lo principal, sino la gran substancia, que tienen los jijirris; tanta que el sugeto de buen estómago, á lo mas podrá comer seis de ellos, con el seguro de que aunque los haya comido por la mañana, no tendrá gana de comer en todo aquel dia. Las mugeres blancas de la Costa dicha, despues de hervidos los cachipaes, los muelen, amasan, y forman pan; pero sale mas substancial de lo que es menester: por lo que se debe tomar en corta cantidad, para evitar embarazo, y empacho en el estómago. Esta fruta tan útil y substancial, es á mi ver, la que tanto celebran algunos Diaristas, que la estancan en las Islas Marianas, y en algunas de las Filipinas329. Pero por lo dicho se ve, como la benigna providencia del Criador envia este gran socorro á otras pobres Gentes del Occidente. A mas de que en las Islas Orientales de Ternate, que comunmente se llaman Molucas, se halla con abundancia otro árbol de pan, á quien los naturales llaman sagóe, de cuya fruta usan aquellos Isleños, en lugar de pan, como afirma Mr. Salmon330; y es de creer, que así estos, como aquellos árboles, sean de la misma especie de los cachipaes, ó jijirris, de que hablé arriba. Las mismas Naciones dichas cultivan otra especie —249→ de palma pequeña, que con serlo, en la hermosura y en el gusto de sus dátiles, sobresale, y se lleva la hermosura y gallardía de todas las demás especies de palmas: trece hojas tan pobladas de cogollos arroja esta palma que se llama camuirro, que forman una maceta tan proporcionada y hermosa, que arrebata la vista: al pié de dichas hojas arroja sus racimos de dátiles, tales, que mejor se podrian llamar uvas mollares, así por la forma, como por el color y sabor; y sin duda compite ésta con las mejores frutas. No es de omitir la palma llamada vesirri, que es como las que se crian en Alicante, y son sus racimos de dátiles muy semejantes á los de éstas; pero es muy notable la singularidad, de que á excepcion de los que comen los Indios de Meta, Moco, Bichada y otras Naciones, ponen los dichos dátiles á hervir al fuego, y sacan de ellos gran cantidad de aceyte purísimo, de que usan los Indios para sus unturas, y para la comida por ser de muy buen gusto. Abunda tambien en estos parages la fruta llamada cunáma, que los Indios llaman abay, de la qual sacan aceyte, ni mas ni ménos, que el de las olivas, en el color y sabor; y sirve á los Indios para sus unturas, y á los Españoles para la comida, y para el alumbrado. Omito otros árboles frutales, y concluyo con el anoto ó achote, árbol el mas estimado de todas aquellas Naciones, porque se visten de él á su modo: la planta es muy coposa, y produce en cada cogollo un hermoso ramillete de flores medio blancas, medio encarnadas; y de cada ramillete resultan muchos racimos de frutas encarnadas, —250→ cuya cáscara es áspera y espinosa, como la primera que tienen las castañas; y así como dentro de la cáscara de las castañas maduran dos ó tres de ellas, así dentro de cada cáscara del achote maduran un sin número de granitos encarnados, como los que acá tienen las granadas silvestres. Puestas en infusion grandes cantidades de estos granos de achote, despues de bien lavados y estregados con las manos, queda el agua colorada, y al otro dia se halla al fondo toda la tintura, y el agua otra vez con su nativa claridad: derrámase el agua con tiento, y se dexa al Sol el achote ó color, que se quedó en el fondo, del qual, á medio secar, forman los Indios pelotas, que guardan para moler con aceyte, y untarse diariamente, como ya dixe. Sabiendo yo la qualidad fresca de este unto, y quan poderosa y eficazmente se defienden con él los Indios de los violentos rayos del Sol, en aquellos Paises del Equinoccio, descubrí casualmente en él un eficacísimo remedio contra todas las quemaduras y pringues, ya de aceyte, ya de grasa, ya de agua ó caldo caliente; y fué así: habiéndose pringado gravemente un doméstico mio, eché polvos de achote en aceyte de oliva, y hecho el ungüento, lo mismo fue aplicarle á la parte dolorida y lastimada, que faltar repentinamente el dolor: quedé admirado de tan pronta operacion, y despues, con el curso de largos años, se ofrecieron muchas ocasiones, en que otros Padres Misioneros, á quienes comuniqué la casualidad, y yo tambien, hemos repetido el remedio dicho, y experimentado la misma actividad y eficacia. —251→El tutúmo, árbol cultivado, y que tambien de suyo nace en las vegas, aunque no da comida, es planta muy útil; porque de sus tutúmas forman los Indios escudillas, platos, vasijas para beber y cargar agua, y para guardarla en casa. Las tutúmas en el color y figura, son muy parecidas á las sandías, y de casco tan fuerte que resiste á repetidos golpes: su carne, quando la tutúma es tierna, tomada algunas veces en la cantidad de tres onzas, es específico experimentado, para que la sangre molida ó extravenada por caidas, palos ó porrazos, no pase á formar apostemas en lo interior del cuerpo. Apartemos la vista de la hermosura de las plantas y arboledas, y fixémosla un rato en el suelo de estos dilatados campos, pues en sus yerbas y raices apénas hallarémos alguna que sea despreciable. La primera que ocurre á los pies y á la vista en aquellos terrenos, por vulgar, es la vergonzosa, en la qual no se ha conocido virtud alguna; pero ¿qué mas virtud que la leccion práctica, que da, del modo con que se deben portar las mugeres, y especialmente las doncellas? que aun por eso en muchos de aquellos Paises la llaman la doncella. Bien pueden los Físicos prevenir sus admiraciones para lo que voy á decir. Es la vergonzosa una mata, que empieza á echar ramas desde su raiz, que sobresale algo del suelo; sube la guia repartiendo ramas por todas partes, hasta la altura de una vara en alto, tan coposa, que con la multitud de las hojas que arroja por todas partes de dos en dos, no da lugar á que se vea ni el pié, ni rama alguna, por —252→ mínima que sea: su figura á modo de media naranja, y su verde claro, forman un objeto tan apacible, que arrebata la vista y la atencion: al bello verde que ostenta, corresponde en el reves de las hojas un color blanco, que descaece en pardo. Esta es la bella perspectiva de la vergonzosa; y aquí entra lo raro de ella: tóquenle con la punta del baston, ó de otra cosa, aquel poco de tronco, que apénas descubre; tocarla, y marchitarse en un cerrar y abrir de ojos toda su fresca hermosura y lozanía, todo es uno: dobla en un momento todas sus hojas unas contra otras, oculta su verdor hermoso, y se reviste, ó solo muestra en el revés de sus hojas aquel color blanco, que descaece en pardo, como si mostrára su pena, y se vistiera de luto. No pára aquí su mutacion instantánea, porque en el mismo instante en que siente el ageno contacto, y dobla sus hojas, retira su influxo de toda la multitud de cogollos que la hermoseaban, los quales desmayados y sin vigor, se inclinan torcidos hácia el suelo; de manera, que no se parece ya á sí misma en cosa alguna. Prodigio de la naturaleza me pareció siempre, y no me cansaba de ir tocando el pié de aquellas matas, para admirar mas y mas, tal y tan instantánea mutacion. Verdad es, que á mas tardar, dentro de una hora, vuelve en sí y se recobra; endereza sus cogollos, y reverdece toda su hermosura y lozanía. Hace mencion de esta yerba el Padre Rodriguez331 en su Historia del Marañón: es vulgar —253→ en Mompóx, y en muchas partes del rio grande de la Magdalena; y raro es el sitio de tierra caliente en la América Meridional, donde no se halle esta bella mata, aunque con diferentes nombres, acomodados á su propiedad. En unas partes, como dixe, se llama doncella; en otras, mírame y no me toques; y en otras se le aplican á propósito y acertadamente otros nombres semejantes, que explican su encogimiento y muestras de rubor. Gran leccion para el recato, en todas las mugeres, especialmente para las tiernas plantas. Mírense en el espejo de esta vergonzosa yerba, que al menor contacto ageno, se llena de luto, se amortigua, desfallece y parece que ya no es ella, sino muy otra. Mirad332, atended á los lilios del campo, y tomad enseñanza de su hermosura y de su candor, dixo Christo nuestro Señor, no sin grande énfasis de celestial doctrina; y á la verdad, para cumplir con su estrecha obligacion, tambien las madres de familias y las maestras, pueden y deben exôrtar á sus hijas y discípulas, cuyo cuidado está á su cargo, y cuyo bien deben por todos medios procurar, diciéndolas: venid, observad, atended y aprended de esta yerba vergonzosa; reparad, que en quanto la tocan, se da por muerta, desfallece, se desmaya y se marchita. Esta misma yerba, en las Islas Filipinas, se llama la mata vírgen, á causa de la armonía que causa á los Filipinos su recato y encogimiento; —254→ y Mr. Salmon, diligente Historiador333, citando á otros, añade: que en los escollos, que sobresalen de entre las aguas en dichas Islas, nace otra yerba, no ménos reparable que la referida; porque asegura, que luego que alguno toca aquella mata, dobla sus cogollos, y los esconde en el agua, como si se corriera y avergonzára, no solo de sentir el ageno contacto, sino aun de ser mirada con cuidado; y por eso abate y esconde lo mas gallardo de sus cogollos en el agua. ¡Oh y qué enseñanza para las tiernas bellezas, que salen á ser vistas, y se complacen en que las miren y remiren! La yerba Filipina busca el agua para su resguardo, y estas otras buscan el fuego para su peligro. La causa y raiz fisica de esta instantánea mutacion, discurro que consiste, en que aquel contacto extrínseco, con los efluvios que introduce, inmuta el fluxo natural de los sucos, que la raiz remite hasta los últimos cogollos, y hace retroceder el curso corriente de los fluidos, con que se mantiene la lozanía de la mata; y tomando su retirada hácia las raices, el desmayo de los cogollos, y el encogimiento de las hojas, es un efecto que necesariamente se sigue á la substraccion del necesario pábulo: como se ve en el desmayo, que la falta de alimentos causa en los vivientes sensitivos. Pero no es menester ir al Perú, ni á Filipinas, para que nos arrebate la atencion, y nos llene de admiracion otra planta mas recatada, mucho mas modesta y escrupulosa, que la vergonzosa —255→ de Tierra-Firme, y la que llaman vírgen en Filipinas: entremos en los jardines del Rey Christianísimo con el Padre Regnault334, y pongamos los ojos en la mata llamada sensitiva; pero nadie alargue la mano para tocarla, porque ántes de sentir el contacto, se retira, desmayan y descaecen sus hojas y cogollos, toda se amortigua, corrida y espantada de solos los efluvios, que la mano curiosa despide ántes de tocarla. No puede llegar á mas su delicadeza, circunspeccion y natural recato; y así, con mucha razon le han puesto el nombre de sensitiva. Ni es razon, que al recato, que en tantas cosas insensibles nos predica el Criador, nos hagamos nosotros sordos, é insensibles. Pero volvamos á nuestro Orinoco. Abunda entre el heno de aquellos campos, una macolla, formada de diez, ó doce hojas, á las quales por su figura les han puesto los Padres Misioneros el nombre de espadilla, ó espadin, porque aquellas hojas son remedo de éstas, en su forma, aunque no exceden lo largo de un geme: los Indios las llaman issocá que quiere decir amargura, porque realmente las tales hojas son tan amargas, que —256→ parecen ser la misma amargura alambicada: su eficacia contra el dolor de costado, sea propio, ó sea bastardo, es vivísima: seis ú ocho hojas de aquellas medio machacadas, y hervidas en cantidad competente, dan una tintura excesivamente amarga, la que bebe el doliente; y aquellas mismas hojas se aplican á la parte de las punzadas; y á la segunda, y quando mas á la tercera repeticion de este específico, cesa el dolor de costado: experiencia, que todos los dias se toca con las manos, ya en una, ya en otra de nuestras Misiones, en las quales no hay otros Enfermeros, que los mismos Misioneros. Dudó un gran Médico que vivia en Santa Fe de Bogotá: pidióme, y le remití cantidad de dichas hojas; y como llegasen secas por la gran distancia, dobló la cantidad, y despues de suficiente inf |