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 Capítulo III
De Buenos Aires hasta el Carcarañal. - Las postas.
- La campaña y sus habitantes. - Las travesías
| Leguas | | De Buenos Aires a Luján | 14 | | A Areco | 10 | | Al Arrecife | 10 | | Al Pergamino | 10 | | A la India Muerta | 16 | | A la Esquina
de la Guardia o Carcarañal | 24 | | 84 |
En el intermedio
de Buenos Aires a Luján, hay otra posta que situó
el administrador don Manuel de Basavilbaso. La salida de
Buenos Aires tiene dos rutas, ambas de carretas, para llegar
a Luján: la una, que es la más común,
está al Oeste, que se dice por la capilla de Merlo,
y la otra a la banda del Este, que llaman de las Conchas,
por un riachuelo de este nombre que baña mucho territorio.
Este camino es deleitoso y fértil en más de
ocho leguas, con quintas y árboles frutales, en que
abunda mucho el durazno. También hay muchos sembrados
de
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trigo y maíz, por lo que de día se pastorean
los ganados y de noche se encierran en corrales, que se hacen
de estacas altas que clavan a la distancia del ancho del
cuero de un toro, con que guarnecen la estacada, siendo estos
corrales comunes en toda la jurisdicción de Buenos
Aires, por la escasez de madera y ninguna piedra. Pasado
el riachuelo, que nunca puede tener mucha profundidad, por
extenderse en la campaña, causando en tiempo de avenidas
muchos atolladeros y bañados, que incomodan y atrasan
las jornadas, se encuentra un monte poco espeso de árboles,
que llaman Tala, y se dilata por el espacio de dos leguas.
El dueño tiene su casa dentro del propio monte, cerca
del camino real, en una ensenada muy agradable, y le hallé
en su patio rajando leña, sin más vestido que
unos andrajosos calzones. Dijo que tenía 85 años
y su mujer igual edad, ambos españoles y con porción
de hijos y nietos que se mantenían del producto de
la leña de aquel monte, a donde la iban a comprar
los carreteros de Buenos Aires. Esta familia se compone toda
de españoles criollos, y me dijeron que cerca de su
casa (así dicen cuando sólo dista cuatro o
cinco leguas) me dijeron, vuelvo a decir, vivía un
gallego que tenía 110 años y que sólo
en la vista había experimentado alguna intercadencia.
Todo el país de Buenos Aires y su jurisdicción
es sanísimo, y creo que las dos tercias partes de
los que
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mueren son de caídas de caballos y cornadas
de toros, que los estropean, y como no hay buenos cirujanos
ni medicamentos, son éstas las principales enfermedades
que padecen y de que mueren. Lo demás del territorio,
como sucede en todo el camino de la capilla del Merlo, es
campana de pastos, con infinidad de cardos, que sirven de
leña e incomodan y aniquilan al ganado menor. Por
esta ruta hay a Luján 18 leguas, y porque hay de rodeo
cuatro y eximirse de los bañados de las Conchas siempre
se elige aquel camino, que es el de los correos. Luján
tiene título de villa, con poco más a menos
sesenta vecinos, entre los cuales apenas hay dos capaces
de administrar justicia, y así regularmente echan
mano, para alcaldes, de los residentes del pago de Areco.
Su jurisdicción es de 18 leguas, que se cuentan desde
el río de las Conchas hasta el de Areco. A la entrada
de Luján hay un riachuelo de este nombre, que en tiempo
de avenidas cubre algunas veces el puente. El pago de Areco
tiene muchos hacendados, con un río de corto caudal
y de este nombre, con espaciosas campañas, en donde
se cría todo género de ganados; pero a lo que
más se aplican es al mular, que venden tierno a los
invernadores de Córdoba. Los caballos de su uso todos
son corpulentos y capones, y hay sujeto que tiene cincuenta
para su silla y a correspondencia toda su familia, que tienen
en tropillas de a
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trece y catorce, con una yegua que llaman
madrina, de que jamás se apartan. Esto propio sucede,
con corta diferencia, en todas las campañas de Buenos
Aires. El riachuelo tiene buenos vados y se podía
fácilmente construir puente, por caminar por un estrecho
barranco. Aquí se nombró de maestro de postas
a don José Florencio Moyano, que puede aprontar en
todo tiempo doscientos caballos. El pago nombrado el Arrecife,
dicho así por un río que tiene este nombre,
es igual al de Areco. En este pago hay una capilla y alrededor
de ella quince o diez y seis casas reunidas, y antes, a alguna
distancia, otras cinco, que componen por todas veinte familias
que se ejercitan en la cría de ganados y mulas, con
muy corta labranza. Esta capilla, y las demás que
en lo sucesivo nombraré, se debe entender anexo de
curato, en donde se dice misa los días de fiesta,
que regularmente sirven los frailes, por acomodarse mejor
a un corto estipendio. El pueblo nombrado el Baradero, a
donde asiste el cura, dista catorce leguas. En el sitio
nombrado el Pergamino hay un fuerte, que se compone de un
foso muy bueno con su puente levadizo de palos, capaz de
alojar adentro cuarenta vecinos que tiene esta población,
y son otros tantos milicianos con sus oficiales correspondientes.
Tiene cuatro cañoncitos de campaña y las armas
de fuego correspondientes para defenderse de una improvisa
irrupción
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de indios pampas, en cuya frontera está
situado el presidio, que comanda el teniente de dragones
don Francisco Bamphi, a cuya persuasión aceptó
la maestría de postas Juan José de Toro, que
era el único que podía serlo en un sitio tan
importante. Hay en el presidio cuatro soldados pagados y
tiene el Rey caballos de su cuenta y mientras se mantuviere
en este sitio oficial por Su Majestad, no faltaran los necesarios
para las postas y trajinantes. De las diez y seis leguas
que dista a la India Muerta, las tres están pobladas
a trechos con algunos criadores pobres y las trece restantes
se dicen de travesía, que sólo tienen agua
en tiempo de lluvias. Hay muchos avestruces y se encuentran
montones de huevos, que algunas veces llegan a sesenta, por
lo que me persuado que ponen algunas hembras en un propio
lugar. Empollan los machos más robustos y defienden
bien huevos y polluelos. Las veinticuatro leguas que hay
desde este sitio a la Esquina de la Guardia, a paraje nombrado
del Carcarañar, por haber vivido en él un cacique
de este nombre, no tiene más habitantes que multitud
de avestruces. En toda esta travesía no hay agua en
tiempo de seca, pero en el de lluvias se hacen unos pozos
y lagunillas, a donde bajan a beber los ganados cimarrones,
y acontece algunas veces que se llevan las caballerías
de los pasajeros, dejándolos a pie, con riesgo de
sus
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vidas. Por esta consideración se ajustó
que pagasen los correos del Rey en esta travesía ocho
reales más y los particulares diez y seis, por las
remudas de caballos. En esta esquina tiene una hacienda Fernando
Sueldo, a quien se nombró de maestro de postas y se
encontró otro teniente de dragones con cuatro soldados
pagados, que iba a establecer en sus cercanías otro
fuerte, que también cooperó a que aceptase
la maestría de postas el referido Sueldo. Los militares,
según he observado, tienen particular gracia y persuasión
para inducir al servicio del Rey, causándome una alegre
compasión ver a un hombre de honor reducido a vivir
en la estrechez de un carretón: en él tenía,
con bastante aseo, su cama; le servía de mesa un corto
baúl, en donde tenía un papel, tintero y algunos
libritos y un asiento correspondiente. Comió con el
visitador aquel día, que se detuvo allí, con
gran marcialidad, y con la misma mostró su palacio,
dando por escusa de no haberle alojado en él su concisión.
Desde este sitio a la banda del Este se divisa el río
Tercero y se entra en la jurisdicción del Tucumán,
que todos dividen en el pueblecito que está poco distante
del Oeste, nombrado la Cruz Alta, a donde no hay necesidad
de entrar. En todas estas ochenta y cuatro leguas de camino,
a excepción de las dos travesías, hallarán
ustedes vacas, corderos o pollos en abundancia, a poca costa.
Las casas de postas son las mejores,
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en donde puede descansar
a su albedrío el caminante que enfadado de la lentitud
de las carretas, se quiera adelantar con una competente cama,
que puede llevar en un caballo. El camino es llano y duro
y se puede galopar a todas horas. Las veinticuatro leguas
de esta travesía se pueden andar en ocho horas, con
sólo una remuda de caballos; pero cuidado con las
travesuras que algunos hacen por la campaña, en que
se ocultan con la yerba algunas madrigueras que hacen los
quirquinchos, bolas y otros animalitos para su habitación,
en que tropiezan los caballos y con la violencia de la carrera
causan algunas veces arriesgadas caídas a los jinetes.
Los caballos están tan hechos a andar estas travesías
en pocas horas, que sin agitarlos galopan a media rienda
voluntariamente; pero tendrá cuidado el caminante
también en medir las horas para que el sol no le moleste
mucho. La mejor para esta travesía, si no hay luna,
es la de las dos de la mañana, para tenerla concluida
a las diez del día, aunque se apee un rato a tomar
algún desayuno y remudar caballos, llevando siempre
alguna porción de agua, con lo demás que necesite,
según su gusto y complexión; y con estas advertencias,
que servirán de regla general, vamos a entrar en la
provincia de más extensión, que es la del Tucumán,
la cual se va a dividir en jurisdicciones, según el
itinerario del visitador.
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 Capítulo IV
Jurisdicción de Córdoba. - La ciudad y la
campaña. - Santiago del Estero. - El territorio y
el soldado Santiagueño
Jurisdicción de Córdoba | Leguas | | De la Esquina de la Guardia la Cabeza del Tigre | 7 | | Al Saladillo
de Ruy Díaz | 5 | | Esquina de Castillo | 9 | | Al Fraile
Muerto | 2 | | A la Esquina de Colman | 8 | | A la Esquina del Paso
de Ferreira | 3 | | A Tío Pugio | 5 | | A los Puestos de Ferreira |
3 | | A Ampira | 10 | | Al Río Segundo | 5 | | A Córdoba |
9 | | A Sinsacate | 14 | | A La Dormida | 16 | | A Urahuerta | 10 | | Al
Cachi | 7 | | 113 |
A la salida del Carcarañar, o llámese
de la Esquina de la Guardia, da principio la provincia del
Tucumán, siguiendo el camino real de los correos por
la jurisdicción de Córdoba, costeando el río
Tercero por la banda del oeste. Este río es muy caudaloso,
de aguas turbias y mansas, algo salado y con bastantes peces
que cogen los muchachos por mera
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diversión, dejándolos
a las orillas, porque sus naturales, sin embargo de que la
carne no está tan abundante como en los pagos de Buenos
Aires, no los aprovechan; ni aun los perros los quieren comer.
Por la una y otra banda está bordado de sauces, chañares
y algarrobos. Los pastos no son tan finos como los de Buenos
Aires, pero son de más fuerte alimento para los ganados.
Los caballos y bueyes son fuertes y de mucho trabajo. Una
y otra banda están pobladas a trechos de algunos pequeños
criadores, que también cogen trigo y cebada. La fruta
más común es el durazno. Muchachos, mujeres
y hombres, aunque no sepan nadar, pasan este río en
caballos, que son diestrísimos. Conducen forasteros
de la una a la otra banda en un cuero de toro en figura de
una canasta cuadrilonga, por el corto estipendio de dos reales,
sin perder casi nada el barlovento, porque los caballos son
tan diestros que siempre presentan el pecho a la corriente,
y en cada viaje llevan dos hombres con su aderezo de caballos,
pellones y maletas. Así como a la India Muerta y
al Fraile Muerto se dice comúnmente porque algún
tigre mata a una india o a un fraile, se dice también
que la Cabeza del Tigre es porque un hombre mató a
una fiera de este nombre y clavó su cabeza en aquel
sitio. El Saladillo de Ruy Díaz, y que comprende a
todos los Saladillos, se dice porque siendo comúnmente
las aguas algo saladas,
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se hacen mucho más las que
en las avenidas se quedan remansadas en algunos bajos de
arena salitrosa que, aunque corran en tiempo de lluvia, siempre
mantienen un amargo fastidioso. Igualmente se dicen Esquinas
a aquellos sitios bajos por donde el río se extiende
más y no hay bajada perpendicular para vadearlos,
como las del Castillo y de Colman. Es opinión común
que esta voz de Colman fue apellido de un inglés tan
valeroso que habiendo perdido un brazo en un combate, y después
de haberse curado, continuó sirviendo con uno solo
contra los indios, manejando la lanza y alfanje con el mismo
denuedo y asombro de amigos y enemigos. Hasta el referido
sitio nombrado el Saladillo de Ruy Díaz, son comunes
las postas de las dos rutas de Potosí, y Chile, de
que daré razón al fin de esta primera parte
por no interrumpir mi viaje. La posta situada en el Fraile
Muerto, con la distancia sólo de dos leguas, se ajustó
a pedimento de la parte y con atención a ser un pueblecito
en donde acaso será conveniente se detengan los pasajeros
para habilitarse de algunos comestibles o descansar. Con
más consideración se puso posta en el Paso
de Ferreyra, por donde regularmente se vadea el río
y se ejecutará con más seguridad con caballos
de refresco. A la Esquina de Castillo se habían cargado
las aguas, por lo que no pudieron pasar por ella las carretas.
Los correos y gentiles hombres
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a la ligera, pueden pasar
en todo tiempo por la esquina que más le acomodase
y, para mayor seguridad, tomarán razón de los
colonos más inmediatos. Antes de pasar a la banda
oriental del río, procurarán los caminantes
a la ligera llevar alguna prevención de agua para
una repentina necesidad, pues aunque esta el río próximo,
sólo en las esquinas o pasos tiene fácil descenso,
y sin embargo de que a la parte occidental y muy cerca del
camino real se presentan algunas lagunas que forman las lluvias,
no se puede sacar agua de ellas porque en toda la circunferencia,
y en más de cuatro varas, hay grandísimos atolladeros
que causan la multitud de ganados que beben en ellas. Todas
las casas, aunque estén muy próximas al río,
tienen sus pozos, sin más artificio que una excavación
y un bajo pretil de adobes. Los cubos con que se saca el
agua son de cuero crudo, que causa fastidio verlos, pero
el agua es más fría y cristalina que la del
río. Los Puestos de Ferreyra se dicen así
porque en un llano de bastante extensión tiene su
casa y varios ranchos un hacendado de este apellido, llamado
don Juan, a quien se estaba disputando la posesión.
El sitio de Ampira, hacienda y tierras propias del sargento
mayor don Juan Antonio Fernández, tiene varios manantiales
de agua perenne, dulce y cristalina, con muchos bosquecillos
muy espesos y agradables a la vista, de que es maestro de
postas su hijo don Juan José Fernández,
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con
beneplácito de su padre. Tiene buenas casas y el sitio
convida a que los pasajeros se desahoguen y descansen de
sus fatigas. Desde dicho sitio se empieza a perder de vista
el río Tercero y a las cinco leguas se presenta el
río Segundo, caudaloso y de las más cristalinas
y mejores aguas de todo el Tucumán. Su pasaje está
a las orillas de una capilla, con algunas casas en donde
se pueden proveer los caminantes y correos de algunos bastimentos
y agua hasta Córdoba, porque el río se deja
a la parte occidental, muy distante del camino, que es de
nueve leguas hasta dicha ciudad; terreno bastantemente caluroso
y en que sólo en tiempo de lluvias se hacen algunos
charcos de agua mala y cenagosa, por el mucho ganado que
bebe en ellos. Tres leguas antes de entrar a Córdoba
da principio el espeso monte hasta concluir su jurisdicción.
De sus cercanías se provee la ciudad de leña
seca en carretillas, que vale cada una cuatro reales, que
es suficiente para el gasto de un mes en una casa de regular
economía. También se sacan de lo interior del
monte palos para techar las casas y fábrica de varios
muebles. Córdoba Ciudad capital de esta jurisdicción
y residencia del obispo de toda la provincia del Tucumán,
está situada en una estrecha ensenada entre el río
Primero y el
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espeso monte, en terreno llano y arenoso. A
la hora de haber llovido se secan sus superficies de modo
que se puede salir a la calle sin incomodidad, pero se sienten
en las plantas de los pies bastantemente los vapores de la
cálida arena. La ciudad es casi cuadrada, con siete
iglesias, incluso la plaza mayor, a donde está la
catedral, que tiene una perspectiva irregular porque las
dos torres que tiene a los dos cantos de la fachada no exceden
en altura a la media naranja. El tamaño de la iglesia
es suficiente. Su pobre y escaso adorno, y aun la falta de
muchas cosas esenciales, manifiestan las limitadas rentas
del obispo y capitulares, que acaso no tendrán lo
suficiente para una honesta decencia. Es digno de reparo
que una provincia tan dilatada y en que se comercian todos
los años más de seiscientos mil pesos en mulas
y vacas, con gran utilidad de tratantes y dueños de
potreros, estén las iglesias tan indecentes que causa
irreverencia entrar en ellas, considerando por otra parte
a los señores tucumanes, principalmente de Córdoba
y Salta, tan generosos que tocan en pródigos viendo
con sus ojos casi anualmente las iglesias de los indios de
Potosí al Cuzco tan adornadas, que causa complacencia
ver el esfuerzo que hacen unos miserables para engrandecer
al Señor con los actos exteriores, que excitan mucho
a la contemplación y dan materia a los españoles
para que le den gracias y se congratulen de la feliz conquista
que han hecho
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sus antepasados. Esta silla se trasladó
a esta ciudad de la de Santiago del Estero por las razones
que se dirán en su lugar. A un lado de la catedral
está la casa del Cabildo secular, que por su humilde
fábrica manifiesta su antigüedad. En lo demás
de la ciudad hay muchas casas buenas y fuertes y, aunque
son pocas las que tienen altos, son muy elevados los techos
de las bajas y las piezas suficientemente proporcionadas.
Tienen tres conventos de frailes: de Santo Domingo, San Francisco
y la Merced, y hospital de padres Bethlemitas, que está
en los principios de su fundación. También
hay dos colegios, adonde se enseñan facultades. El
uno se dice real, cuyo rector es clérigo, y el otro
es de Monserrat, que su dirección está al cargo
de padres de San Francisco, con título de universidad,
que provee de borlas a las tres provincias del Tucumán.
También hay dos conventos de monjas: de Santa Teresa
y Santa Clara, y todos cinco con mucha fama de observantes.
En pocos lugares de la América, de igual tamaño,
habrá tantos caudales, y fueran mucho mayores si no
gastaran tanto en pleitos impertinentes, porque los hombres,
así europeos como criollos, son laboriosos y de espíritu.
Su principal trato es la compra de mulas tiernas en los pagos
de Buenos Aires, Santa Fe y Corrientes que traen a los potreros
de Córdoba a invernar, donde también hay algunas
crías, y después de fortalecidas y robustas
las conducen
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a las inmediaciones de Salta, donde hacen segunda
invernada, que no baja de seis meses ni excede de un año.
Allí hacen sus tratos con los que bajan del Perú
a comprarlas, cuyo precio estos últimos años
ha sido de siete y medio a ocho pesos por cabeza. Otros las
envían o llevan de su cuenta para venderlas en las
tabladas del Perú, donde tienen el valor según
las distancias, valiendo regularmente en la tablada de Coporaca,
inmediata al Cuzco, donde se hacen las más gruesas
compras, de treinta a treinta y cinco pesos el par. Las contingencias
y riesgos de este comercio explicaré con alguna claridad
luego que llegue a Salta. No hubo persona que me dijese,
ni a tanteo, el número de vecinos de que se compone
esta ciudad, porque ni el Cabildo eclesiástico ni
el secular tienen padrones, y no sé como aquellos
colonos prueban la antigüedad y distinguida nobleza
de que se jactan; puede ser que cada familia tenga su historia
genealógica reservada. En mi concepto, habrá
en el casco de la ciudad y estrecho ejido de quinientos a
seiscientos vecinos, pero en las casas principales es crecidísimo
el número de esclavos, la mayor parte criollos, de
cuantas castas se pueden discurrir, porque en esta ciudad
y en todo el Tucumán no hay fragilidad de dar libertad
a ninguno, y como el alimento principal, que es la carne,
está a precio muy moderado y no hay costumbre de vestirlos
sino de aquellas telas ordinarias que se fabrican
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en casa
por los propios esclavos, siendo muy raro el que trae zapatos,
se mantienen fácilmente y alivian a sus amos con otras
granjerías, y con esta su gestión no piensan
en la libertad, con la cual se exponían como sucede
en Lima. A mi tránsito se estaban vendiendo en Córdoba
dos mil negros, todos criollos de las Temporalidades, sólo
de las dos haciendas de los colegios de esta ciudad. He visto
las listas, porque cada uno tiene la suya aparte, y se procede
por familias, que las hay desde dos hasta once, todos negros
puros, y criollos hasta la cuarta generación, porque
los regulares vendían todas aquellas criaturas que
salían con mezcla de español, mulato o indio.
Entre esta multitud de negros hubo muchos músicos
y de todos oficios, y se procedió a la venta por familias.
Me aseguraron que sólo las religiosas de Santa Teresa
tenían una ranchería de trescientos esclavos
de ambos sexos a quienes dan sus raciones de carne y vestido
de las burdas telas que trabajan, contentándose estas
buenas madres con el residuo de otras agencias. Mucho menor
es el número que hay en las demás religiones,
pero hay casa particular que tiene treinta y cuarenta, de
que la mayor parte se ejercitan en varias granjerías
de que resulta una multitud de lavanderas excelentes. Se
precian tanto de esto, que jamás remiendan sus sayas
por que se vea la blancura de los fustanes. Lavan en el río,
con el agua hasta la cintura, y
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dicen por vanagloria que
no puede lavar bien la que no se moja mucho. Trabajan ponchos,
alfombras, fajas y otras cosas y, sobre todo, los varones
venden cada petaca de cuero y guarnecida a ocho reales, porque
los cueros no tienen salida por la gran distancia al puerto,
sucediendo lo mismo en las riberas del río Tercero
y Cuarto, en donde se venden a dos reales y muchas veces
a menos. Los hombres principales gastan vestidos muy costosos,
lo que no sucede así en las mujeres, que hacen excepción
de ambas Américas, y aun de todo el mundo, porque
además de vestir honestamente es su traje poco costoso.
Son muy tenaces en observar las costumbres de sus antepasados.
No permiten a los esclavos, y aún a los libres, que
tengan mezcla de negro, usen otra ropa que la que se trabaja
en el país, que es bastantemente grosera. Me contaron
que recientemente se había aparecido en Córdoba
cierta mulatilla muy adornada, a quien enviaron a decir las
señoras se vistiese según su calidad, y no
habiendo hecho caso de esta reconvención la dejaron
descuidar y, llamándola una de ellas a su casa, con
otro pretexto, hizo que sus criadas la desnudasen, azotasen,
quemasen a su vista las galas y le vistiesen las que correspondían
por su nacimiento, y sin embargo de que a la mulata no le
faltaban protectores, se desapareció, porque no se
repitiese la tragedia.
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Refiero el caso solamente para manifestar
el carácter de las cordobesas, trascendente a todo
el Tucumán. Estas, por lo general, fomentan los bandos
y son causa de tantos pleitos. Cinco ciudades tiene esta
provincia, que todas juntas no componen la de Buenos Aires,
y en todas ellas hubo recursos al gobernador y audiencia
de Chuquisaca, sobre anular la elección de alcaldes
que se hizo el año 1772. El que presidió la
elección, que se hizo en Córdoba, para aterrorizar
al partido contrario mandó acantonar muy anticipadamente
cuatrocientos hombres de a caballo, que hizo juntar de aquellas
campañas con atraso de la cosecha de trigo que actualmente
estaban haciendo. Al sargento mayor y capitán de forasteros,
porque pidieron la orden por escrito de lo que debían
ejecutar el día de las elecciones, les borró
las plazas sobre la marcha y nombró a otros, sin dar
más motivo que el que en sí reservaba, porque
con toda esta despotiquez se procede en el Tucumán,
provincia que por sí sola mantiene los abogados, procuradores
y escribanos de la ciudad de la Plata. Cinco ríos
se forman de las aguas que se descuelgan de los altos y montes
de Córdoba que, aunque tienen otros nombres, son los
más usuales y comunes el Primero, Segundo, Tercero,
Cuarto y Quinto, todos caudalosos, y sólo en los contornos
de la ciudad se ven algunas peñas y piedra suelta
en este río Primero, que
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no sirven de incomodidad
ni por ellas hacen ruido las aguas, que son claras y no causan
fastidio al paladar. Los mendocinos proveen esta ciudad mucha
parte del año de harinas y siempre de vinos, que regularmente
venden a menos precio que en Buenos Aires. Los de San Juan
de la Frontera llevan mucho aguardiente en odres. El que
llaman resacado, o de cabeza, es tan fuerte y activo que
mezclándole dos partes del común, que es muy
flojo, tiene tanta actividad como el regular de la Andalucía
y Cataluña. Aquí se hará prevención
de todo, a excepción de gallinas y pollos, hasta Santiago
del Estero o San Miguel del Tucumán. Las carretas,
regularmente, cuando salen de esta ciudad siguiendo el viaje
que llevo, no pasan de la otra banda del río, adonde
harán prevención de agua los señores
caminantes para dos días, no haciendo mucha confianza
de la botija que va en cada carreta, porque en el camino
sólo se encuentra un pozo, en tiempo de avenidas,
que enturbia mucho el ganado y no se halla agua en trece
leguas de monte muy espeso y ardiente, hasta que se encuentra
la estancia nombrada Caroya, perteneciente al colegio de
Monserrat de Córdoba, y entre ésta y Sinsacate
está la Hacienda del Rey, nombrada Jesús María,
que administra don Juan Jacinto de Figueroa, dueño
de aquella, quien se hizo cargo de dar caballos a los correos
del rey y de particulares.
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De Sinsacate iban los correos
antes por San Antonio y San Pedro, pero persuadieron al visitador
a que era mejor camino por La Dormida, porque en aquellos
sitios sólo había maestres de campo, sargentos
mayores y capitanes, con cuyo pretexto se podían excusar
a la maestría de postas. Los gobernadores del Tucumán
parece hacen granjería de esta multitud de oficiales,
que creo excede al número de los soldados que quitan,
ponen y reforman, a su arbitrio. He visto mozo de treinta
años, muy robusto, de sargento mayor reformado; por
lo que se resolvió seguir el camino de La Dormida
que dista 16 leguas de Sinsacate; y aunque hay antes varios
colonos en el Totoral y en el Simbolar, con agua perenne,
son gente de poca consideración, y la mayor parte
gauderios, de quienes no se pueden fiar las postas, por lo
que esta ha sido preciso ponerla con la distancia de 16 leguas,
como sucederá siempre que haya el mismo inconveniente.
Todo este territorio, hasta el Cachi, que es donde concluye
la jurisdicción de Córdoba, es de monte muy
espeso, haciendo a dilatados trechos unas ensenadas donde
están las haciendas y casas de algunos colonos dispersos.
A los que caminan en carretas provee el dueño de ella
de vaca cada día, a cada dos o tres, según
el número de las carretas. En las haciendas y casas
de otros habitadores venden sin repugnancia gordos y tiernos
corderos y gallinas a dos reales, y pollos, sin distinción
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de tamaños, a real. También se encuentran
algunas calabazas y cebollas, rara vez pan. Se tendrá
mucha precaución con los huevos, porque como los naturales
no los comen, ni la mayor parte de los transeúntes,
y el temperamento es ardiente, se corrompen fácilmente.
Además de los cinco ríos que dije al principio
tenía esta jurisdicción con los nombres de
1 a 5, hay muchísimos arroyos en todas las ensenadas
que proveen suficientemente de agua a varios hacendados y
otros colonos; pero como el terreno es flojo y de arena,
se suelen hallar de repente sin agua, que va a manar adonde
nunca se ha visto, volviendo otra vez a aparecérsele
en los propios sitios. En el camino que va a las Peñas,
tirando un poco al nordeste por el monte adentro, se hallan
varias veredas de ganado vacuno y caballar que se dirigen
al referido sitio de las Peñas, donde hubo población,
que se conoce por las ruinas de las casas que están
en un agradable y dilatado campo, guarnecido a trechos de
árboles muy elevados y gruesos, que desampararon por
haberse sumido de repente el agua de un río caudaloso
que pasaba muy cerca, como lo indica la gran caja. Caminamos
por ella un cuarto de legua buscando siempre la altura y
al cabo vimos con admiración un rápido y caudaloso
arroyo de agua cristalina que ocupaba todo el ancho de la
caja y sólo tenía de largo como un tiro de
fusil. Una
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legua más arriba está la parroquia
nombrada Turumba, en un competente pueblo que puede servir
de auxilio a los caminantes que necesiten proveerse de caballerías
y bastimentos. A la vuelta, que sería como a las cinco
de la tarde, encontramos porciones de ganados que iban y
venían del referido arroyo. En el sitio nombrado
Los Sauces no se encuentra agua en un cuarto de legua por
haberse resumido un río caudaloso, que tiene su nacimiento
en el pueblo de Guayascate, que está al noroeste una
legua. En el sitio nombrado Los Cocos, esta distante el agua
dos leguas y, no obstante, hay algunas chozas con chacaritas
y ganado menor. A otras dos leguas de distancia está
el río de los Tártaros, cuya agua también
se resume en la multitud de arena suelta que hay, y no se
puede proveer de ella si no se caminan dos leguas caja arriba.
Una legua más adentro reside el maestre de campo don
Pedro del Pino, hombre acomodado. Tiene oratorio en su casa
en que se dice misa los más de los días de
fiesta. El fuerte nombrado el Río Seco es sitio agradable,
con algunos colonos, y a sus orillas se aparecía de
repente un trozo de río que sólo ocupa como
media legua y se vuelve a sumir entre las arenas sin ruido
ni movimiento extraordinario. En el alto de la población
y en la plaza hay una noria muy bien construida y abundante
de agua cristalina. Un solo muchacho
—78→
la mueve y saca agua
con abundancia; pero los buenos vecinos, que llegan a 30,
tienen por más cómodo proveerse del aparecido,
que así dicen, que costear las sogas que se rompieron
de la referida noria. Es cabeza de partido, donde reside
el cura, y tiene una capilla muy buena y de suficiente extensión.
Todo el interior de la jurisdicción está lleno
de estos ríos ambulantes en donde se encuentra porción
de cochinilla sin dueño que aprovechan los diligentes
y sacan o benefician grana, que aunque no es tan fina como
la del obispado de Oajaca, en la Nueva España, es
mucho mejor que el magno de la provincia de Parinacocha y
otras de este reino, y acaso en lo interior de estos espesos,
dilatados montes, se hallarán otras producciones de
igual utilidad. No se internen en ellos mucho los caminantes
por el riesgo de los tigres y recelo de perderse en los laberintos
que hacen las muchas sendas. Santiago del Estero |
Del Cachi al Portezuelo | 9 | | A Ambargasta | 7 | | A Ayuncha | 30 | | A Chañar Pugio | 14 | | A Santiago del Estero | 8 | | A Vinará | 20 | | Son leguas | 88 | Luego que se sale de la posta nombrada El Cachi, da
principio la jurisdicción de Santiago del Estero,
territorio expuesto a inundaciones y el menos poblado
—79→
de
todo el Tucumán. Los correos siempre pasan por la
travesía de 30 leguas que hay de Ayuncha a Ambargasta,
y pagan ocho reales más por la remuda de tres caballos,
que es en el que va montado el correo, el que lleva las valijas
y el del postillón, que ha de volver los caballos.
Los pasajeros y correos de particulares, por igual número
de caballerías de remuda, pagarán dos pesos,
y a proporción en las demás que pidieren para
la seguridad y mayor brevedad. En tiempo de avenidas hay
muchos bañados que impiden la aceleración del
viaje, y por el camino de las carretas suelen formarse unos
sequiones y algunos atolladeros que cortan la marcha, siendo
preciso aderezarlos con algunos troncos y espesas ramas.
Por este camino se rodean de siete a ocho leguas, pero no
faltan ranchos que proveen de corderos, gallinas, pollos,
huevos, calabazas, sandías y otras menudencias, al
mismo precio que en la jurisdicción de Córdoba.
El río que pasa a orillas de esta ciudad, que tiene
este nombre, es caudaloso y de él se hacen tres formidables
lagunas en tierras de los Avipones, indios gentiles, y en
cuyos contornos hay copiosas salinas. En la ciudad de Santiago
del Estero estuvo la silla episcopal hasta el año
de 1690, que se trasladó a Córdoba, de recelo
de las inundaciones del río, que ya había llevado
muchas casas. Todavía se mantiene en la plaza la catedral,
que sirve de parroquia, que llaman
—80→
en estos parajes matriz,
y tiene mucho mejor fábrica que la de Córdoba.
Los vecinos que llaman sobresalientes no llegan a veinte.
Algunos invernan porciones de mulas para vender en Salta
o conducir al Perú de su cuenta, y los demás,
que están repartidos en chozas son unos infelices,
porque escasea algo la carne. El país es salitroso.
Las mujeres trabajan excelentes alfombras y chuces, pero,
como tienen poco expendio, por hacerse en todo el Tucumán,
sólo se fabrican por encargo, y la mayor prueba de
su pobreza y corto comercio es que las correspondencias de
un año en toda la jurisdicción no pasa de treinta
pesos. En la casa que fue de los regulares se pueden alojar
cómodamente todos los habitantes de la ciudad de Santiago
y su ejido, porque tiene tanta multitud de oficinas, patios
y traspatios, que forman un laberinto. Toda la gente del
Tucumán asegura que los santiaguinos son los mejores
soldados de aquella provincia y el terror de los indios del
Chaco. En tiempo de guerra tenían continuamente colgado
al arzón de la silla un costalillo de maíz
tostado, con sus chifles de agua, que así llaman a
los grandes cuernos de buey en que la cargan y que es mueble
muy usado en toda esta provincia; y con esta sola prevención
eran los primeros que se presentaban en campaña a
cualquier rumor de los enemigos. Al presente hay paces con
los más inmediatos de estos indios. En el interior
hay muchos
—81→
en número, valor y situación de
terreno, y a éstos prometió en la corte sujetar
el actual gobernador don Gerónimo Matorras, ofreciendo
poblar a su costa cuatro ciudades. Extraordinario servicio
si pudiera conducir colonos de la Flandes y cantones católicos.
Antes de salir de esta jurisdicción, voy a proponer
un problema a los sabios de Lima. Atravesando cierto español
estos montes en tiempo de guerra con los indios del Chaco,
se vio precisado una noche a dar descanso a su caballo, que
amarró a un tronco con un lazo dilatado para que pudiese
pastar cómodamente, y por no perder tiempo, se echó
a dormir un rato bajo de un árbol frondoso, poniendo
cerca de su cabeza una carabina proveída de dos balas.
A pocos instantes sintió que le despertaban levantándole
de un brazo y se halló con un indio bárbaro,
armado de una lanza y con su carabina en la mano, quien le
dijo con serenidad: «Español, haz tun»; esto es, que
disparase para oír de cerca el ruido de la carabina.
El español, echando un pie atrás, levantó
el gatillo y le encajó entre pecho y espalda las dos
balas al indio, de que quedó tendido. Se pregunta
a los alumnos de Marte si la acción del español
procedió de valor o de cobardía, y a los de
Minerva si fue o no lícita la resolución del
español.
—[82]→
—83→
 Capítulo V
Jurisdicción de San Miguel del Tucumán. Arañas
que producen seda. - La ciudad. - Descripción de una
carreta. - La manera de viajar
|
De Vinará a Mancopa | 13 | | A San Miguel del Tucumán | 7 | | Al río de Tapia | 7 | | Al Pozo del Pescado | 14 | | Son leguas | 41 |
A la salida
de Vinará, que dista 20 leguas de Santiago, da principio
la jurisdicción de San Miguel del Tucumán,
con monte más desahogado, árboles elevados
y buenos pastos, y ya se empieza a ver el árbol nombrado
quebracho, dicho así para significar su dureza, por
romper las hachas con que se pule. Por la superficie es blanco,
y suave al corte. En el centro es colorado, y sirve para
columnas y otros muchos ministerios. Dicen que es incorruptible,
pero yo he visto algunas columnas carcomidas. Después
de labrado, o quitado todo el blanco, se echa en el agua,
en donde se pone tan duro y pesado como la piedra más
maciza.
—84→
A la entrada de esta jurisdicción observé
en el camino real muchos hilos blancos de distinto grueso,
entretejidos en los aromos, y otros a distancia de más
de ocho varas, que son tan delgados y sutiles que sólo
se percibían con el reflejo del sol. Todos muy iguales,
lisos y sin goma alguna, y tan resplandecientes como el más
sutil hilo de plata. Reparé que unos animalitos en
figura y color de un escarabajo chico caminaban sobre ellos
con suma velocidad. Me apeé varias veces para observarles
su movimiento y reparé que si por contingencia alguno
de ellos era más tardo en la carrera, sin estorbarle
su curso ni detenerle, daban estos diestros funámbulos
una vuelta por debajo, semejante a la que hacen los marineros
que quieren adelantarse a otros para las maniobras que se
hacen en las vergas de los navíos. Procuré
hacer algún ruido para ver si estos animalitos se
asustaban y detenían su curso, y sólo conseguí
que lo aceleraran más. En los hilos dilatados he visto
algunos animalitos muertos en la figura de una araña
común, colgados de las patitas y del color de un camarón
sancochado. No he podido percibir si de los vivientes salía
sustancia alguna para engrosar aquel hilo. Cogí algunos
y enrollándolos en un palito reconocí tenían
suficiente fortaleza para esta operación. Don Luis
de Aguilar, criollo y vecino de San Miguel, quien nos condujo
en sus carretas desde Córdoba
—85→
a Salta, español
de muy buena instrucción y observaciones, me dijo
que aquellos animalitos eran las arañas que producían
la seda, lo que confirmó, además del dicho
de otros, don Juan Silvestre Helguero, residente y dueño
de la hacienda de Tapia y maestro de postas, sujeto de extraordinaria
fuerza y valor y acostumbrado a penetrar los montes del Tucumán,
quien añadió que eran tantos los hilos imperceptibles
que se encontraban en aquellos montes que sólo se
sentían al tropezar con ellos con el rostro y ojos.
Con estas advertencias, no solamente yo, sino los que me
acompañaban, pusimos más cuidado y algunas
veces, aunque a poca distancia, internábamos al monte,
y ya veíamos dilatados hilos, ya árboles enredados
de ellos; algunas veces ramas solas bordadas de exquisitas
labores de un hilo muy sutil, que serían dignas de
presentarse a un príncipe si las hojas no llegaran
a secarse y perder la delicada figura. Hemos visto nido grande
de pájaro bordado todo de esta delicada tela a modo
de una escofieta o escusa peinado de una madrileña.
En su concavidad vimos multitud de estos animalitos rodeados
a un esqueleto que, según su tamaño, sería
como de una paloma común o casera. También
parece que trabajan por tandas, porque en un propio tronco,
de donde salían a trabajar muchos de estos operarios,
quedaban muchos dormidos. De éstos cogí uno
con la punta de las tijeras, que se resistió moviendo
aceleradamente sus
—86→
patitas y boca, y cortándole por
el medio halle que estaba repleto de una materia bastante
sólida, blanca y suave, como la manteca de puerco.
Me pareció que los animalitos que trabajaban en hilo
dilatado, procuraban engrosarle, porque hallé algunos
más delgados que los de seda en pelo hasta finalizar
en una hebra como la de torcida de Calabria. De estos hilos
hace la gente del campo unas toquillas a cordones para los
sombreros, que sueltos se encogen y se estiran como de uno
a tres. Su color natural es como el del capullo de la seda
del gusano. En un cerco de potrero he visto muchas ramas
cortadas de los aromos guarnecidas todas de telas, ya sin
animalito alguno, que acaso desampararon por la falta de
la flor o hallarse sin jugo las hojas. No he visto en otro
árbol nido de estos animalitos, por lo que me persuado
que sólo se mantienen de la flor y jugo de los aromos
o de otras flores que buscan en el suelo, de que no he visto
hagan provisión, ni tampoco he reconocido esqueletos
sino en la figura de las arañas que he dicho haber
visto pendientes de los hilos. Una legua antes de la ciudad
de San Miguel se encuentra el río nombrado Sali. Sus
aguas son más saladas que las del Tercero. Son cristalinas
y a sus orillas se hacen unos pozos y por sus poros se introduce
agua potable. También hay otros pocitos naturales
en la ribera de muy buena agua, pero tapándose en
tiempo de avenidas,
—87→
son inútiles. Este río
se forma de 12 arroyos que tienen su nacimiento en los manantiales
de lo interior de la jurisdicción, y de todos, el
gran río de Santiago del Estero. San Miguel del Tucumán
Ciudad capital de esta jurisdicción y partenza hoy
de correos, ocupa el mejor sitio de la provincia: alto, despejado
y rodeado de fértiles campañas. A cinco cuadras
perfectas esta reducida esta ciudad, pero no esta poblada
a correspondencia. La parroquia, a matriz, está adornada
como casa rural y los conventos de San Francisco y Santo
Domingo mucho menos. Los principales vecinos, alcaldes y
regidores, que por todos no pasarán de 24, son hombres
circunspectos y tenaces en defender sus privilegios. Hay
algunos caudalitos, que con su frugalidad mantienen, y algunos
aumentan con los tratos y crías de mulas; pero su
principal cría es la de bueyes, que amansan para el
trajín de las carretas que pasan a Buenos Aires y
a Jujuy. La abundancia de buenas maderas les facilita la
construcción de buenas carretas. Con licencia de los
señores mendocinos voy a hacer la descripción
de las del Tucumán. Descripción de una carreta
Las dos ruedas son de dos y media varas de alto, puntos
más o menos, cuyo centro es de una maza gruesa
—88→
de
dos a tres cuartas. En el centro de ésta atraviesa
un eje de 15 cuartas sobre el cual está el lecho a
cajón de la carreta. Este se compone de una viga que
se llama pértigo, de siete y media varas de largo,
a que acompañan otras dos de cuatro y media, y éstas,
unidas con el pértigo, por cuatro varas o varejones
que llaman teleras, forman el cajón, cuyo ancho es
de vara y media. Sobre este plan lleva de cada costado seis
estacas clavadas, y en cada dos va un arco que, siendo de
madera a especie de mimbre, hacen un techo ovalado. Los costados
se cubren de junco tejido, que es más fuerte que la
totora que gastan los mendocinos, y por encima, para preservar
las aguas y soles, se cubren con cueros de tara cosidos,
y para que esta carreta camine y sirva se le pone al extrema
de aquella viga de siete y media varas un yugo de dos y media,
en que se unen los bueyes, que regularmente llaman pertigueros.
En viajes dilatados, con carga regular de 150 arrobas, siempre
la tiran cuatro bueyes, que llaman a los dos de adelante
cuarteros. Estas tienen su tira desde el pértigo,
por un lazo que llaman tirador, el cual es del grosor correspondiente
al ministerio, doblado en cuatro y de cuero fuerte de toro
o novilla de edad. Van igualmente estos bueyes unidos en
un yugo igual al de los pertigueros, que va asido por el
dicho lazo. Estas cuarteros van distantes de los pertigueros
tres varas, poco más o menos, a correspondencia de
la picana, que llaman
—89→
de cuarta, que regularmente es de
caña brava de extraordinario grosor a de madera que
hay al propósito. Se compone de varias piezas y la
ingieren los peones, y adornan con plumas de varios colores.
Esta picana pende como en balanza en una vara que sobresale
del techo de la carreta, del largo de vara y media a dos,
de modo que, puesta en equilibrio, puedan picar los bueyes
cuarteros con una mano, y con la otra, que llaman picanilla,
a los pertigueros, porque es preciso picar a todos cuatro
bueyes casi a un tiempo. Para cada carreta es indispensable
un peón, que va sentado bajo el techo delantero, sobre
un petacón en que lleva sus trastes, y sólo
se apea cuando se descompone alguna de las coyundas o para
cuartear pasajes de ríos y otros malos pasos. Además
de las 150 arrobas llevan una botija grande de agua, leña
y maderos para la compostura de la carreta, que con el peso
del peón y sus trastes llega a 200 arrobas. En las
carretas no hay hierro alguno ni clavo, porque todo es de
madera. Casi todos los días dan sebo al eje y bocinas
de las ruedas, para que no se gasten las mazas, porque en
estas carretas va firme el eje en el lecho, y la rueda sólo
es la que da vuelta. Los carretones no tienen más
diferencia que ser las cajas todas de madera, a modo de un
camarote de navío. Desde el suelo al plan de la carreta,
o carretón, hay vara y media y se sube por una escalerilla,
y desde el plan al
—90→
techo hay nueve cuartas. El lecho de
la carreta se hace con carrizo o de cuero, que estando bien
estirado es más suave. Las carretas de Mendoza son
más anchas que las del Tucumán y cargan 28
arrobas más, porque no tienen los impedimentos que
estas, que caminan desde Córdoba a Jujuy entre dos
montes espesos que estrechan el camino, y aquéllas
hacen sus viajes por pampas, en que tampoco experimentan
perjuicio en las cajas de las carretas. Los tucumanos, aunque
pasan multitud de ríos, jamás descargan, porque
rara vez pierden el pie los bueyes, y si sucede es en un
corto trecho, de que salen ayudados por las cuartas que ponen
en los fondos, a donde pueden afirmar sus fuertes pezuñas.
Los mendocinos sólo descargan en tiempo de avenidas
en un profundo barranco que llaman el desaguadero, y para
pasar la carga forman con mucha brevedad unas balsitas de
los yugos, que sujetan bien con las coyundas y cabestros.
También se hacen de cueros, como las que usan los
habitantes de las orillas del río Tercero y otros.
Esta especie de bagajes está conocida en todo el
mundo por la más útil. En el actual reinado
se aumentó mucho en España con la composición
de los grandes caminos. Desde Buenos Aires a Jujuy hay 407
leguas itinerarias, y sale cada arroba de conducción
a ocho reales, que parecerá increíble a los
que carecen de experiencia. Desde la entrada de Córdoba
a Jujuy
—91→
fuera muy dificultoso y sumamente costosa la conducción
de cargas en mulas, porque la mayor parte del camino se compone
de espesos montes en que se perderían muchas, y los
retobos, aunque fuesen de cuero, se rasgarían enredándose
en las espinosas ramas, con perjuicio de las mercaderías
y mulas que continuamente se imposibilitaran, deslomaran
y perdieran sus cascos, a que se agrega la multitud de ríos
caudalosos que no pudieran atravesar cargadas, por su natural
timidez e inclinación a caminar siempre aguas abajo.
A los bueyes sólo les fatiga el calor del sol, por
lo que regularmente paran a las diez del día, y cada
picador, después de hecho el rodeo, que es a proporción
del número de carretas, desunen sus cuatro bueyes
con gran presteza y el bueyero los junta con las remudas
para que coman, beban y descansen a lo menos hasta las cuatro
de la tarde. En estas seis horas, poco más o menos,
se hace de comer para la gente, contentándose los
peones con asar mal cada uno un buen trozo de carne. Matan
su res si hay necesidad y también dan sebo a las mazas
de las ruedas, que todo ejecutan con mucha velocidad. Los
pasajeros se ponen a la sombra de los elevados árboles
unos y otros a la que hacen las carretas, que por su elevación
es dilatada; pero la más segura permanente, y con
ventilación, será pareando dos carretas de
modo que quepa otra en el medio. Se atraviesan sobre las
altas toldas dos o tres picanas y sobre ellas se extiende
—92→
la carpa o toldo para atajar los rayos del sol y se forma
un techo campestre capaz de dar sombra cómodamente
a ocho personas. Algunos llevan sus taburetitos de una doble
tijera, con sus asientos de baqueta o lona. Este género
lo tengo por mejor, porque, aunque se moje, se seca fácilmente,
y no queda tan tieso y expuesto a rasgarse como la baqueta,
porque estos muebles los acomodan siempre los peones en la
toldilla, a un lado de la caja, de la banda de afuera, por
lo que se mojan y muchas veces se rompen con las ramas que
salen al camino real, de los árboles de corta altura,
por lo que el curioso podrá tomar el partido de acomodarlos
dentro de su carreta o carretón, como asimismo la
mesita de campaña, que es muy cómoda para comer,
leer y escribir. A las cuatro de la tarde se da principio
a caminar y se para segunda vez el tiempo suficiente para
hacer la cena, porque en caso de estar la noche clara y el
camino sin estorbos, vuelven a unir a las once de la noche
y se camina hasta el amanecer, y mientras se remudan los
bueyes hay lugar para desayunarse con chocolate, mate o alguna
fritanguilla ligera para los aficionados a aforrarse más
sólidamente, porque a la hora se vuelve a caminar
hasta las diez del día. Los poltrones se mantienen
en el carretón o carreta con las ventanas y puerta
abiertas, leyendo u observando la calidad del camino y demás
que se presenta a la vista. Los alentados
—93→
y más curiosos
montan a caballo y se adelantan a atrasan a su arbitrio,
reconociendo los ranchos y sus campestres habitadores, que
regularmente son mujeres, porque los hombres salen a campear
antes de amanecer y no vuelven hasta que el sol los apura,
y muchas veces el hambre, que sacian con cuatro libras netas
de carne gorda y descansada, que así llaman ellos
a la que acaban de traer del monte y matan sobre la marcha,
porque en algunas poblaciones grandes, como es Buenos Aires,
sucedía antes y sucedió siempre en las grandes
matanzas, arrean una punta considerable, desgarretándola
por la tarde, y tendidas en la campaña o playa aquellas
míseras víctimas braman hasta el día
siguiente, que las degüellan y dividen ensangrentadas;
y a ésta llaman carne cansada, y yo envenenada. La
regular jornada de las tropas del Tucumán, que así
llaman, como en otras partes, una colección de carretas
que van juntas, es de siete leguas, aunque por el tránsito
de los muchos ríos he regulado yo que no pasan de
cinco, un día con otro. Los mendocinos hacen mayores
jornadas porque su territorio es escampado con pocos ríos
y muchas travesías, que llaman así a los dilatados
campos sin agua. Para éstas, y en particular para
la de Corocoro, tienen varias paradas de bueyes diestros,
que llaman rocines. El resto del ganado marcha a la ligera
y los rocines sacan las carretas cargadas sin beber muchas
veces en 48 horas, con la prevención de que
—94→
si el
desaguadero lleva poca agua, tampoco la beben, porque conocen
que está amarga e infeccionada, y, al contrario, el
ganado bisoño, que aunque le arreen con precipitación
siempre bebe, de lo que se experimentan algunas enfermedades
y, a veces, mortandades considerables. En estas travesías
sólo se para por la siesta, si apura mucho el sol,
por lo que es preciso que los criados se prevengan de fiambres
para la noche, aunque lo más seguro es adelantarse
por la tarde llevando algunos palos de leña y lo necesario
para hacer la cena, con atención que estos diestros
bueyes caminan mucho y con brevedad por la tarde, noche y
mañana, procurando también informarse del sitio
a donde van a remudar para que haya tiempo suficiente para
acomodar los trastos de cocina y demás sin atraso
del carretero, no fiándose mucho de los criados que
como por lo regular son negros bozales, pierden muchos muebles
que hacen notable falta. Algunos caminantes llevan caballos
propios, que compran por lo general a dos pesos cada uno.
Este es un error grande, porque por la noche se huyen a sus
querencias o los estropean los rondadores. Lo más
seguro es ajustarse con el dueño o mayordomo de la
tropa, a quien rara vez se le pierde caballo y muchas veces
se le aumentan con los que están esparcidos por el
campo y agregan los muleros por género de represalia.
—95→
Así como algunos admirarán la resistencia
de los bueyes rocines de Mendoza, se asombrarán del
valor de los del Tucumán viéndolos atravesar
caudalosos ríos presentando siempre el pecho a las
más rápidas corrientes, arrastrando unas carretas
tan cargadas como llevo dicho y que con el impulso de las
olas hacen una resistencia extraordinaria. A la entrada manifiestan
alguna timidez, pero no retroceden ni se asustan de que las
aguas les cubran todo el cuerpo, hasta los ojos, con tal
que preserven las orejas. Si no pueden arrastrar la carreta,
la mantienen de pecho firme hasta que pasan a su socorro
las cuartas, a las que ayudan con brío, y al segundo,
tercero y cuarto tránsito se empeñan con más
denuedo y seguridad, alentándolos los peones, que
invocan por sus nombres. Si se enredan con las cuartas lo
manifiestan con pies y manos para que el peón les
quite el impedimento, y, en fin, ha sido para mí este
espectáculo uno de los más gustosos que he
tenido en mi vida. Al principio creí que aquellos
pacíficos animales se ahogaban indefectiblemente,
viéndolos casi una hora debajo del agua y divisando
sólo las puntas de sus orejas, pero las repetidas
experiencias me hicieron ver la constancia de tan útiles
animales y el aprecio que se debe hacer de su importante
servicio. Cuando va un pasajero dentro de carretón
o carreta, se rebaja un tercio de la carga por su persona,
cama, baúl de ropa y otros chismes. En las carretas
que llevan
—96→
carga sola no se hace puerta por la trasera,
pero va abierta por delante para el manejo y reconocimiento
de las goteras y otros ministerios. Es muy conveniente,
y casi preciso, que los señores caminantes se informen
de las circunstancias de los carreteros, porque éstos
se dividen regularmente en tres clases. La primera comprende
a los hombres más distinguidos de Mendoza, San Juan
de la Frontera, Santiago del Estero y San Miguel del Tucumán.
Los primeros establecieron este género de trajín
para dar expendio en Buenos Aires y Córdoba a los
frutos sobrantes de sus haciendas, como vinos, aguardientes,
harinas, orejones y otras frutas, fletando el resto de sus
buques a pasajeros y particulares, a un precio muy cómodo.
Casi siempre se reduce el importe de estos frutos a efectos
de la Europa para el gasto de sus casas y particulares comercios;
pero como el valor de lo que conducen en veinte carretas
se regresa en una o dos, fletan las demás al primer
cargador que se presenta, por el precio contingente de la
más o menos carga y número de carretas. Los
segundos son aquellos que tienen menos posibles, y regularmente
andan escasas las providencias, con atraso de los viajes;
y los terceros son gente de arbitrio. Piden siempre los fletes
adelantados y muchas veces al tiempo de la salida se aparece
un acreedor que lo detiene, y se ven obligados los cargadores,
no solamente a pagar por ellos, sino a suplir las necesidades
del
—97→
camino y otros contratiempos, por lo que es más
conveniente y seguro pagar diez pesos más en cada
carreta a los primeros. Los tucumanos son todos fletadores,
pero también hay entre ellos las referidas tres clases.
Los de Santa Fe y Corrientes conducen a Buenos Aires toda
la yerba del Paraguay del gasto de la ciudad y sus inmediaciones,
hasta el reino de Chile, desde donde se provee todo el distrito
y jurisdicción de la Audiencia de Lima. Estos carreteros,
desde Buenos Aires fletan para todas partes, porque no tienen
regreso a los lugares de su domicilio, y, por lo general,
son unos pobres que no tienen más caudal que su arbitrio,
que se reduce a trampas, exponiendo a los cargadores a un
notable atraso. Con estas prevenciones y otras que dicta
la prudencia, se pueden hacer ambos viajes con mucha comodidad,
teniendo cuidado siempre se tolden bien las carretas y carretones
para preservarse de las goteras, mandando abrir dos ventanillas,
una en frente de otra, a los costados para la ventilación,
y que caigan a la mitad del lecho, por donde entra un aura
tan agradable que da motivo a despreciar la que se percibe
debajo de los árboles y refresca el agua notablemente.
Cuidado con las velas que se encienden de noche, porque con
dificultad se apaga la llama que se prende al seco junco
de que están entretejidas las carretas. De este inminente
riesgo están libres los carretones, y también
tienen la ventaja de que no
—98→
crían tantos avichuchos,
principalmente en la provincia del Tucumán, que es
cálida y algo húmeda. Las linternas son precisas
para entrar y salir de noche, así en las carretas
como en los carretones, y también para manejarse fuera
en las noches obscuras y ventosas, y para los tiempos de
lluvia convendrán llevar una carpita en forma de tijera
para que los criados puedan guisar cómodamente y no
se les apague el fuego, no descuidándose con las velas,
pajuela, eslabón y yesca, que los criados desperdician
gratuitamente, como todo lo demás que está
a su cargo, y hace una falta irreparable. Vamos a salir de
la jurisdicción de San Miguel. El oficio de correos
de esta ciudad lo tiene en arrendamiento don José
Fermín Ruiz Poyo, y se hizo cargo de la maestría
de postas don Francisco Norry, vecino de ella. Antes de llegar
a la hacienda nombrada Tapia está la agradable cañada
de los Nogales, dicha así por algunos silvestres que
hay en el bosque. En lo interior hay excelentes maderas,
como el quebracho y lapacho, de que comúnmente hacen
las carretas, por ser nerviosa y fuerte. También hay
otro palo llamado lanza, admirable para ejes de carretas
y lanzas de coches por ser muy fuerte, nervioso y tan flexible
que jamás llega a dividirse, aunque le carguen extraordinario
peso. Hay tanta variedad de frutas silvestres, que fuera
prolijidad nombrarlas, y desde los Nogales hasta el río
de Tapia, que es caudaloso y con algunas piedras, y de allí
a la
—99→
orilla del río nombrado Vipos, es el camino
algo estrecho y molestoso para carretas de tanto peso, y
sólo a fuerza de cuartas se camina. Estas se reducen
a echar dos a cuatro bueyes más, que sacan de las
otras carretas, y así se van remudando, y a la bajada,
si es perpendicular, ponen las cuartas en la trasera de la
carreta para sostenerla y evitar un vuelco o que atropelle
y lastime a los bueyes pertigueros. El río de Vipos
también es pedregoso y de mucho caudal, y a una legua
de distancia está el de Chucha, también pedregoso
y de aguas cristalinas, y se previene a los señores
caminantes manden recoger agua de un arroyo cristalino que
está antes del río de Zárate, que por
lo regular son sus aguas muy turbias y sus avenidas forman
unos sequiones en el camino real, en el espacio de medio
cuarto de legua, muy molestos a los que caminan a caballo.
A las catorce leguas del río de Tapia está
la villa de San Joaquín de las Trancas, que apenas
tiene veinte casas unidas, con su riachuelo, en que hay bastante
pescado. En el pozo de este nombre, que dista tres cuartos
de legua, está la casa de postas al cargo de don José
Joaquín de Reyna, dueño del referido sitio,
que es muy agradable porque tiene varios arroyos de agua
cristalina, y entre ellos un gran manantial, que desagua
en la campaña y forma el arroyo o riachuelo de las
Trancas.
—100→
Al sitio en que está situada esta posta
se nombra generalmente el Pozo del Pescado, porque antiguamente
hubo mucho en él, pero al presente se halla uno u
otro por casualidad. Es voz común que se desapareció
en una grande inundación y que fue a hacer mansión
al arroyo de las Trancas, en donde actualmente hay muchos.
Lo cierto es que de las aguas de este pozo y de los demás
se forma el arroyo que pasa por aquella villa. Aquí
da fin la jurisdicción de San Miguel del Tucumán,
que es la menor en extensión de la gran provincia
de este nombre, pero en mi concepto es el mejor territorio
de toda ella, por la multitud de aguas útiles que
tiene para los riegos, extensión de ensenadas, para
pastos y sembrados, y su temperamento más templado.
—101→
 Capítulo VI
Jurisdicción de Salta. - El territorio y la ciudad.
- El comercio de mulas. - Las ferias. - Ruta de Salta al
Perú. - Otra ruta de Santa Fe y Corrientes
| Del Pozo del Pescado al Rosario | 13 | | A la estancia de Concha | 10 | | Al río del Pasaje | 15 | | Al fuerte de Cobos | 16 | | A Salta | 9 | | A las Tres Cruces | 9 | | Son leguas | 72 |
Inmediato al Pozo del Pescado da principio
ésta, y al medio cuarto de legua está el paso
del río nombrado Tala, de bastante caudal, sobre piedra
menuda, pantanoso en sus orillas, por lo que es preciso repasarle
dos o tres veces con los bueyes y caballerías para
que se fije el terreno y no se atollen las ruedas de las
carretas. Pasado el río se camina un dilatado trecho
entre dos montes tan espesos que sólo ofrecen el preciso
paso a una carreta, hasta llegar a un espacioso llano como
de cinco leguas. Antes de llegar a la hacienda nombrada
el Rosario,
—102→
propia de don Francisco Arias, se encuentran
dos sitios nombrados el Arenal y los Sauces, en donde hay
casas y alguna provisión de bastimentos, como corderos,
gallinas y pollos, que ya empiezan a tener doblado precio
del de las tres jurisdicciones que dejamos atrás.
En el Rosario, que dista trece leguas del Pozo, del Pescado,
se situó la primera posta de esta jurisdicción,
y dará caballos el mayordomo de la hacienda. Hay pulpería,
y deteniéndose algún tiempo se amasará
pan, porque no lo hay de continuo. A una legua de distancia
está el caudaloso río con el nombre del Rosario,
de que comúnmente usan los naturales, aplicándole
el de la hacienda más inmediata. Este mismo río
tiene distintos nombres, y según los sitios por donde
pasa, como otros muchos del Tucumán y aunque es muy
caudaloso es fácil de vadear por explayarse mucho.
Forma en el medio unas isletas, muy agradables por estar
guarnecidas, como sus bordes, de elevados sauces. Así
esta hacienda, como las demás que siguen hasta Jujuy,
tiene sus potreros con varios arroyos de agua cristalina.
Hay muchos que tienen una circunferencia de más de
seis a ocho leguas, cercados de montes algo elevados, de
grandes sequiones de agua, y en muchas partes de estacones
y fajina que se corta de la multitud de árboles, suficiente
a encerrar las mulas tiernas, por ser muy tímidas.
—103→
Sigue el río nombrado de la Palata, después
de haber pasado la estancia de don Miguel Gayoso, que tomó
el nombre del río, que regularmente corre en dos brazos
fáciles de vadear. Antes y después de este
territorio hay varias ensenadas, al Este y Oeste, de Simbolar
e ichales. Simbolar es una especie de pasto conque engorda
mucho el ganado, muy semejante, en la caña y hojas,
a la de la cebada, aunque no tan gruesa. Hay cañas
que llegan a tres varas de alto y por espiga tienen unos
racimos de espinitas que llaman cadillos. Otras no crecen
tanto ni engrosan, y sus espigas son parecidas al heno de
Galicia y Asturias. Con esta paja, que es muy flexible y
bastante fuerte, se entretejen las carretas en toda la provincia
del Tucumán. A las cinco leguas de la Palata está
el río nombrado las Cañas, de poco caudal,
y la gran hacienda nombrada Ayatasto, con un caudaloso río
de este nombre y medio cuarto de legua de las casas de don
Francisco Toledo. Tiene de largo al camino real cuatro leguas,
con llanos de bastante extensión, muy agradables por
la abundancia de pastos y bosques de que están guarnecidos.
Se mantienen en dicha hacienda 4000 cabezas de ganado vacuno,
500 yeguas y 100 caballos, independientes de las crías
y ganado menor, todo del referido Toledo, aunque cuando pasé
por ella estaba muy deteriorada por haberla abandonado con
un pleito que tuvo con el gobernador, y en la ausencia
—104→
que
hizo a Buenos Aires por algún tiempo le robaron la
mitad del ganado, y, en particular, todas las crías
que estaban sin su hierro, porque así en esta provincia
como en la de Buenos Aires se elige un tiempo determinado
para que concurran los criadores a recoger sus ganados y
herrarlos, y así el que es omiso o tiene poca gente,
recoge menos crías con doblado número de vacas
y yeguas, sucediendo lo contrario al diligente que se presenta
primero en campaña, para aumentar una especie de saco
permitido tácitamente entre los criadores. Al fin
de la hacienda de Toledo, y en su pertenencia, al tránsito
del río nombrado Mita, de bastante caudal y suelo
pedregoso, está avecindado don Francisco Antonio Tejeyra
y Maciel, lusitano, casado con doña María Dionisia
Cabral y Ayala, española, natural de Salta. El referido
hidalgo y los ascendientes de su mujer son de los primeros
pobladores de esta frontera. Tienen nueve hijos, casi desnudos,
muy rubios y gordos, porque el buen hidalgo siempre mantiene
la olla al fuego, con buena vaca, carnero, tocino y coles,
que coge de un huertecillo inmediato. Provee a los pasajeros
de buenos quesos, alguna carne, cebollas y otras cosas que
tiene en dicho huertecillo muy bien cultivado y nos aseguraron
que en su arca se hallarían más prontamente
200 pesos que 50 en la de Toledo.
—105→
Ocho leguas de distancia,
caminando al Este, está el pueblo nombrado Miraflores,
que ocupan algunas familias de indios Lules, descendientes
de los primeros que voluntariamente abrazaron la religión
católica, manteniéndose siempre fieles vasallos
de los Solipsos, aun en tiempo de las guerras de los indios
del Chaco. Tuvo 600 familias y multitud de ganados y varios
comestibles. El temperamento de aquel sitio dicen que es
admirable. Allí hace sus compras de comestibles el
portugués y trae sazonados tomates, de que me dio
algunos, encargándome mucho hiciese memoria de él
y de su familia en mi diario, como lo ejecuto puntualmente,
por no faltar a la palabra de honor. Dicen que el referido
pueblo está hoy casi arruinado. Del Rosario a la
hacienda nombrada Concha, por haber tenido este apellido
el primer poseedor y fundador de ella, hay 10 leguas. Antes
de llegar a las casas se pasa un río de bastante caudal,
que conserva el nombre de Concha; pero la hacienda es actualmente
de don Juan Maurín, de nación gallego. La mayor
parte de su territorio, y en particular los contornos de
las casas, es de regadío perenne, capaz de producir
cuanto se sembrase; pero sólo cultivan escasamente
lo necesario para la mantención de su familia, reservándose
todo lo demás de la buena hacienda para crías
de caballos e invernadas de algunas mulas. Aquí se
pueden proveer los pasajeros de lo necesario hasta Salta,
porque
—106→
aunque hay algunas hacenduelas en sus intermedios,
no se encuentra en ellas más, que algunos trozos de
vaca. También se informarán del estado en
que se halla el vado del caudaloso río nombrado Pasaje,
para esperar en las casas de Maurín hasta el tiempo
de su tránsito, por no exponerse a las incomodidades
que se experimentan en el rodeo, que está media legua
antes del Pasaje, cuyas aguas corren siempre muy turbias,
sobre arena. A la banda del Este del rodeo, a la derecha,
como se entra en él, se buscará una vereda
por el monte adentro, y a pocos pasos se verá un corral
cercado de troncos y más adelante, como a un tiro
de fusil, hay un hermoso ojo de agua dulce y cristalina y
una figura de peines que se forman de las aguas que descienden
de un altillo, y de esta agua se pueden proveer para algunos
días, reservándola sólo para sí
en paraje que no la desperdicien los peones, que se acomodan
bien con la del río y que sirve a todos para cocidos
y guisados, porque no tiene más fastidio que el de
su color turbio y algo cenagoso. Es digno de reparo el que
a una banda y otra de este río no se vean mosquitos
ni se sientan sus incomodidades en tiempos de lluvias y avenidas,
y que sólo se aparezcan en los de seca. Don Juan
Maurín se obligó a poner un tambo a la entrada
del río para proveer de víveres a correos del
rey y pasajeros y tener caballos de refresco para vadearle
—107→
con toda seguridad, y por esta pensión y beneficio
le asigné dos pesos más de gratificación
por cada tres caballos, o cuatro para el Rey y al doble para
los particulares; y lo mismo, bajo de las propias condiciones
y circunstancias, se concedió a don José Fernández,
que había de recibir las postas en la otra banda y
volverlas a la vuelta, pasando el río, hasta el tambo
de Maurín, y en caso de no cumplir ambas condiciones
servirá cada uno su posta por el precio común
reglado. Antes de llegar al fuerte de Cobos se encuentran
varios arroyos que descienden de una media ladera pedregosa,
de aguas casi ensangrentadas, que causa pavor a la vista.
Me detuve un rato a contemplarlas hasta que llegaron las
carretas, y reparando que todos los peones descendían
a beberlas, supe que eran las mejores de toda la provincia
del Tucumán, para enfermos y sanos. Con todo eso me
resolví solamente a gustarlas y no encontré
en ellas particularidad, hasta que el dueño de las
carretas me aseguró que en Cobos las beberíamos
muy cristalinas, porque aquel color fastidioso lo tomaban
de la tierra colorada por donde pasaban, de que me aseguré
viéndolas en su origen, y con la declaración
del dueño del fuerte y toda su familia bebimos todos
en abundancia y nadie sintió novedad alguna, pero
si advertí que toda la familia, a excepción
de la mujer dueña del sitio, estaban enfermos.
—108→
El
fuerte de Cobos se erigió hace 80 años para
antemural de los indios del Chaco. Está al pie de
una ladera, nueve leguas distante de Salta. Hoy es casa de
la hacienda de doña Rosalía Martínez,
que posee varias tierras y un potrero en su circunferencia.
Esta señora salteña es casada con don Francisco
Xavier de Olivares, nacido en la ciudad de Santiago de Chile.
La casa está tan arruinada que me costó algún
cuidado subir la escalera que conduce a los altos, en donde
tienen su habitación, de donde no podía salir
el marido por estar medio baldado, a pesar de las prodigiosas
aguas que bebía. La madama no manifestaba robustez
en su semblante y delicado cuerpo, que es de regular estatura,
pero me causó admiración ver su cabello tan
dilatado, que llegaba a dos varas y una ochava, y me aseguró
que una prima suya, que residía en Salta, le tenía
de igual tamaño. No tenía esta señora
otra gala de que hacer ostentación, y aún esta
no pasaba de los límites de lo largo de sus hebras.
En los montes y potreros de esta circunferencia hay también
arañas negras y gusanos de seda, con otras producciones.
Esta noticia va sobre la buena fe del señor don Francisco
de Olivares, que me pareció hombre instruido en extravagancias,
sobre otros puntos. El camino desde Cobos a Salta es algo
fragoso para carretas y muy molesto en tiempo de aguas, y
así, sólo por precisión se hace, como
nos sucedió a nosotros, y allí
—109→
cumplió
el carretero como si hubiera pasado hasta Jujuy por el camino
regular. El pasajero que no tuviere necesidad de entrar en
esta ciudad tomará postas en Cobos, hasta Jujuy, en
cuyo intermedio no se han situado, por no ser camino de correos,
por la precisión de entrar en Salta Con el título
de San Felipe el Real. Es ciudad célebre, por las
numerosas asambleas que en ella se hacen todos los años,
en los meses de Febrero y Marzo, de que daré razón
brevemente. Está situada al margen del valle de Lerma,
en sitio cenagoso y rodeada toda de un foso cubierto de agua.
Su entrada se hace por una calzada tan infeliz que no llega
a cubrir el barranco, que aunque no tiene mucha extensión
ni profundidad, la impide a todo género de bagajes
en tiempo de lluvias, en el cual no se puede atravesar la
ciudad a caballo porque se atascan en el espeso barro que
hay en las calles, y así los pasajeros, en el referido
tiempo de lluvias, tienen por más conveniente, y aún
preciso, atravesar la ciudad a pie, arrimados a las casas,
que por lo regular tienen unos pretiles no tan anchos y tan
bien fabricados como los de Buenos Aires, pero hay el impedimento
y riesgo de pasar de una a otra cuadra. El valle, si no me
engaño, tiene cinco leguas de largo y media de ancho.
Todo es de pastos útiles y de siembra de trigo, y
se riega todo
—110→
con el surco de un arado. Sus colonos son
robustos y de infatigable trabajo a caballo, en que son diestrísimos,
como todos los demás de la provincia. La gente plebeya
de la ciudad, o, hablando con más propiedad, pobre,
experimenta la enfermedad que llaman de San Lázaro,
que en la realidad no es más que una especie de sarna.
Los principales son robustos, y comúnmente los dueños
de los potreros circunvecinos, en donde se hacen las últimas
invernadas de las mulas. El resto es de mercaderes, cuya
mayor parte, o la principal, se compone de gallegos. Las
mujeres de unos y otros, y sus hijas, son las más
bizarras de todo el Tucumán, y creo que exceden en
la hermosura de su tez a todas las de la América,
y en particular en la abundancia, hermosura y dilatación
de sus cabellos. Muy rara hay que no llegue a cubrir las
caderas con este apreciable adorno, y por esta razón
lo dejan comúnmente suelto o trenzado a lo largo con
gallardía; pero en compensativo de esta gala es muy
rara la que no padezca, de 25 años para arriba, intumescencia
en la garganta, que en todo el mundo español se llama
coto. En los principios agracia la garganta, pero aumentándose
este humor hace unas figuras extravagantes, que causan admiración
y risa, por lo que las señoras procuran ocultar esta
imperfección con unos pañuelos de gasa fina,
que cubren todo el cuello y les sirven de gala, como a los
judíos el San Benito, porque todos
—111→
gradúan
a estas madamas por cotudas, pero ellas se contentan con
no ponerlo de manifiesto ni que se sepa su figura y grados
de aumento, porque la encubren entre los pechos con toda
honestidad. Todas y todos aseguran que esta inflamación
no les sirve de incomodidad ni que por ella hayan experimentado
detrimento alguno, ni que su vida sea más breve que
la de las que no han recibido de la naturaleza esta injuria,
que sólo se puede reputar por tal en los años
de su esplendor y lucimiento. Toda la ciudad está
fundada, como México, sobre agua. A una vara de excavación
se halla clara y potable. Hay algunas casas de altos, pero
reparé que los dueños ocupan los bajos y alquilan
los altos a los forasteros, que son muchos por el trato de
las mulas y se acomodarían mejor en los bajos, por
excusarse de la molestia de subidas y bajadas, pero sus dueños
no hacen juicio de la humedad, como los holandeses. No hay
más que una parroquia en toda ella y su ejido, con
dos curas y dos ayudantes. Tiene dos conventos, de San Francisco
y de la Merced, y un colegio, en que los regulares de la
compañía tenían sus asambleas en tiempo
de feria. No se pudo averiguar el número de vecinos
de la ciudad y su ejido, pero el cura rector, que así
llaman al más antiguo, me asegura, y puso de su letra,
que el año de 1771 se habían bautizado 278
párvulos. Los 97 españoles y los 181 indios,
mulatos y negros, que en el
—112→
mismo año habían
fallecido, de todas estas cuatro castas, 186, por lo que
resulta que en dicha ciudad y su ejido se aumentaron los
vivientes hasta el número de 92. Por este cálculo
no se puede inferir la sanidad y buen temperamento de la
ciudad. Yo la gradúo por enfermiza, y no tengo otra
razón más que la de no haber visto ancianos
de ambos sexos a correspondencia de su población.
En ella regularmente reside el gobernador con título
de capitán general, desde donde da sus providencias
y está a la vista de los movimientos de los indios
bárbaros, que ocupan las tierras que se dicen el Chaco,
de que se le da noticias por los capitanes que están
de guarnición de aquellas fronteras. Administra los
correos, con aprobación general, don Cayetano Viniegra,
de nación gallego y casado con una señorita
distinguida en nacimiento y prendas personales. El principal
comercio de esta ciudad y su jurisdicción consiste
en las utilidades que reportan en la invernada de las mulas,
por lo que toca a los dueños de los potreros, y respecto
de los comerciantes, en las compras particulares que cada
uno hace y habilitación de su salida para el Perú
en la gran feria que se abre por el mes de Febrero y dura
hasta todo Marzo, y esta es la asamblea mayor de mulas que
hay en todo el mundo, porque en el valle de Lerma, pegado
a la ciudad se juntan en número de sesenta mil y más
de cuatro
—113→
mil caballos para los usos que diré después.
Si la feria se pudiera efectuar en tiempo de secas sería
una diversión muy agradable a los que tienen el espíritu
marcial; pero como se hace precisamente dicha feria en el
rigor de las aguas, en un territorio estrecho y húmedo,
causa molestia hasta a los mismos interesados en ventas y
compras, porque la estación y el continuo trajín
de sesenta y cuatro mil bestias en una corta distancia, y
su terreno por naturaleza húmedo, le hace incómodo
y fastidioso. Los que tienen necesidad de mantenerse en la
campaña, que regularmente son los compradores, apenas
tienen terreno en que fijar sus tiendas y pabellones. Para
encerrar las mulas de noche y sujetarlas parte del día,
se hacen unos dilatados corrales que forman de troncos y
ramazón de los bosques vecinos, que lo una noche y
parte del día son comunes; pero en sólo una
noche y parte del día hacen estos animales unas excavaciones
que dejan dichos corrales imposibilitados para que les sirvan,
sin perjuicio grave del dueño, y así los mudan
cada dos o tres días para que sus mulas no se imposibiliten
para hacer la dilatada jornada, hasta el centro del Perú.
Casi todos los muleros, en cuya expresión se entienden
los arreadores y dueños de las tropas, estaban en
el error de que las mulas padecían y experimentaban
la epidemia del mal de vaso, de que se imposibilitaban y
moría un considerable número. Otros que
—114→
no
tenían práctica entendían que era mal
del bazo. Unos y otros se engañaban, porque según
las experiencias, se ha reconocido que las mulas que habían
invernado en potreros cenagosos, se les ablandaban mucho
los cascos, porque inclinándose estos animales mucho
a comer en los parajes húmedos, buscando los pastos
verdes, se habituaban a residir en ellos. Al contrario sucedía
en los potreros secos y pedregosos, por donde pasaban las
aguas que beben y buscan los pastos en los altos cerros y
campañas secas, que son los potreros más a
propósito para las invernadas, para que las mulas
se hagan a un ejercicio algo penoso y que se les endurezcan
los cascos y estén robustas y capaces de hacer viaje
hasta lo más interior del Perú. El motivo de
que algunos muleros pensasen de que el mal del vaso era contagioso,
provino de que experimentaban que en las primeras jornadas
se les imposibilitaban veinte o treinta mulas, y que, consiguiente,
iban experimentando igual pérdida, sin prevenir que
por naturaleza, o por más o menos humedad del potrero,
tenían más o menos resistencia, y así
lo atribuían a mal contagioso, no reparando que otras
mulas de la misma tropa no participaban del propio perjuicio,
pisando sus propias huellas, caminando juntas, comiendo los
mismos pastos y bebiendo de las propias aguas. Sabido ya
el principal motivo porque se pierden muchas mulas en el
violento arreo de la salida de Salta
—115→
hasta entrar en los
estrechos cerros del Perú por el despeo de las mulas,
es conveniente advertir a los tratantes en ellas que no solamente
se despean las que invernaron en potrero húmedo, sino
todas las criollas de la jurisdicción, las que comúnmente
también se cansan por no estar ejercitadas en el trabajo,
por lo que a las criollas de Buenos Aires y chilenas que
han pasado a Córdoba, y de estos potreros a los de
Salta, llaman ganado aperreado, que es lo mismo que ejercitado
en trabajo violento, y es el que aguanta más las últimas
jornadas. También se cuidará mucho de que el
capataz y ayudante sean muy prácticos en el conocimiento
de los pastos, que no tengan garbancillo ni otra yerba mala.
En los contornos de Mojo suele criarse mucho que apetecen
y comen con ansia las mulas, pero brevemente se hinchan y
se van cayendo muertas, gordas, sin que se haya encontrado
remedio para este mal. Esta yerba nombrada el garbancillo,
y otras peores, no solamente es patrimonio de algunos particulares
territorios, sino que se aparece de repente en otros, y siempre
en sitios abrigados, de corta extensión. Algunos ignorantes
piensan también que estas mortandades nacen y se aumentan
de la unión estrecha que llevan entre sí las
mulas, y que se contagian unas a otras, porque ven que un
día mueren por ejemplo veinte, al otro diez, y al
siguiente y demás hasta el
—116→
número de aquellas
que comieron en cantidad el garbancillo, sin reflexionar
en la más o menos robustez o más o menos porción.
Lo cierto es que causa lástima ver en aquellas campañas
y barrancos porciones de mulas muertas, habiendo observado
yo que la mayor parte arroja sangre por las narices, ya sea
por el efecto de la mala yerba o por los golpes que se dan
a la caída. Algunas suelen convalecer, deteniendo
las tropas a descansar algunos días en paraje de buen
pasto o rastrojales, pero éstas son aquellas que solamente
estuvieron amenazadas del mal, porque comieron poco de aquellas
yerbas o fueron tan robustas que resistieron a su rigor maligno.
Aquí iba a dar fin al asunto de mulas, pero mi íntimo
amigo don Francisco Gómez de Santibáñez,
tratante años ha en este género, me dijo que
sería conveniente me extendiese más, tratando
la materia desde su origen, poniendo el costo y gasto de
arreos, invernadas y tabladas en donde se hacen las ventas.
Me pareció muy bien una advertencia que, cuando no
sea muy útil, no puede desagradar al público
en general. Dicho amigo y el dictamen de otros me sacó
de algunas dudas y me afirmó en las observaciones
que hice yo por curiosidad. No me pareció del caso
borrar lo escrito o posponerlo y así sigo el asunto
por modo retrógrado, o imitando los poemas épicos.
—117→
En la gran feria de Salta hay muchos interesados. La mayor
parte se comporte de cordobeses, europeos y americanos, y
el resto de toda la provincia, con algunos particulares,
que hacen sus compras en la campaña de Buenos Aires,
Santa Fe, Corrientes y parte de la provincia de Cuyo; de
modo que se puede decir que las mulas nacen y se crían
en las campañas de Buenos Aires hasta la edad de dos
años, poco más, que comúnmente se llama
sacarlas del pie de las madres; se nutren y fortalecen en
los potreros del Tucumán y trabajan y mueren en el
Perú. No por esto quiero decir que no haya crías
en el Tucumán o mulas criollas, pero son muy pocas,
respecto del crecido número que sale de las pampas
de Buenos Aires. Los tucumanos dueños de potreros
son hombres de buen juicio, porque conocen bien que su territorio
es más a propósito para fortalecer este ganado
que para criarlo, y los de las pampas tienen justos motivos
para venderlo tierno, porque no tienen territorio a propósito
para sujetarlo desde que sale del pie de la madre. Las que
se compran en las referidas pampas, de año y medio
a dos, cuestan de doce a diez y seis reales cada una, regulando
los tres precios: el ínfimo, a doce reales; el mediano,
a catorce, y el supremo, a diez y seis, de algunos años
a esta parte, pues hubo tiempo en que se vendieron a cinco
reales y a menos cada cabeza, al pie de la madre. Esta propia
regulación observaré
—118→
con las que se venden
en Córdoba y Salta, por ser las dos mansiones más
comunes para invernadas. Las tropas que salen de las campañas
de Buenos Aires sólo se componen de seiscientas a
setecientas mulas, por la escasez de las aguadas, en que
no pueden beber muchas juntas, a que se agrega la falta de
montes para formar corrales y encerrarlas de noche, y para
suplir esta necesidad se cargan unos estacones, y con unas
sogas de cuero se hace un cerco para sujetar las mulas, a
que se agrega el sumo trabajo de doce hombres, que las velan
por tandas, para lo cual son necesarios cuarenta caballos,
que cuestan de ocho a diez reales cada uno. Aunque el comprador
eche más número de caballos, no solamente no
perderá, aunque se le mueran y pierdan algunos, sino
que ganará porque en Córdoba valen a dos pesos
y se venden a los vecinos y dueños de potreros, que
los engordan de su cuenta y riesgo, para venderlos y lucrar
en la siguiente campaña. También puede el
comprador que va a invernar echarlos de su cuenta a los potreros,
pero este arbitrio no lo tengo por favorable, porque los
peones que rodean y guardan las mulas estropean estos caballos
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