 El rayo de luna
Yo no sé si esto es una
historia que parece cuento o un cuento que parece historia; lo que puedo decir
es que en su fondo hay una verdad, una verdad muy triste, de la que acaso yo
seré uno de los últimos en aprovecharme, dadas mis condiciones de
imaginación.
Otro, con esta idea, tal vez hubiera
hecho un tomo de filosofía lacrimosa; yo he escrito esta leyenda que, a
los que nada vean en su fondo, al menos podrá entretenerles un rato.
I
Era noble, había nacido entre
el estruendo de las armas, y el insólito clamor de una trompa de guerra
no le hubiera hecho levantar la cabeza un instante ni apartar sus ojos un punto
del oscuro pergamino en que leía la última cantiga de un
trovador.
Los que quisieran encontrarle, no lo
debían buscar en el anchuroso patio de su castillo, donde los
palafreneros domaban los potros, los pajes enseñaban a volar a los
halcones, y los soldados se entretenían los días de reposo en
afilar el hierro de su lanza contra una piedra.
-¿Dónde está
Manrique, dónde está vuestro señor? -preguntaba algunas
veces su madre.
-No sabemos -respondían sus
servidores:- acaso estará en el claustro del monasterio de la
Peña, sentado al borde de una tumba, prestando oído a ver si
sorprende alguna palabra de la conversación de los muertos; o en el
puente, mirando correr unas tras otras las olas del río por debajo de
sus arcos; o acurrucado en la quiebra de una roca y entretenido en contar las
estrellas del cielo, en seguir una nube con la vista o contemplar los fuegos
fatuos que cruzan como exhalaciones sobre el haz de las lagunas. En cualquiera
parte estará menos en donde esté todo el mundo.
En efecto, Manrique amaba la soledad,
y la amaba de tal modo, que algunas veces hubiera deseado no tener sombra,
porque su sombra no le siguiese a todas partes.
Amaba la soledad, porque en su seno,
dando rienda suelta a la imaginación, forjaba un mundo
fantástico, habitado por extrañas creaciones, hijas de sus
delirios y sus ensueños de poeta, tanto, que nunca le habían
satisfecho las formas en que pudiera encerrar sus pensamientos, y nunca los
había encerrado al escribirlos.
Creía que entre las rojas
ascuas del hogar habitaban espíritus de fuego de mil colores, que
corrían como insectos de oro a lo largo de los troncos encendidos, o
danzaban en una luminosa ronda de chispas en la cúspide de las llamas, y
se pasaba las horas muertas sentado en un escabel junto a la alta chimenea
gótica, inmóvil y con los ojos fijos en la lumbre.
Creía que en el fondo de las
ondas del río, entre los musgos de la fuente y sobre los vapores del
lago, vivían unas mujeres misteriosas, hadas, sílfides u ondinas,
que exhalaban lamentos y suspiros, o cantaban y se reían en el
monótono rumor del agua, rumor que oía en silencio intentando
traducirlo.
En las nubes, en el aire, en el fondo
de los bosques, en las grietas de las peñas, imaginaba percibir formas o
escuchar sonidos misteriosos, formas de seres sobrenaturales, palabras
ininteligibles que no podía comprender.
¡Amar! Había nacido para
soñar el amor, no para sentirlo. Amaba a todas las mujeres un instante:
a ésta porque era rubia, a aquélla porque tenía los labios
rojos, a la otra porque se cimbreaba al andar como un junco.
Algunas veces llegaba su delirio hasta
el punto de quedarse una noche entera mirando a la luna, que flotaba en el
cielo entre un vapor de plata, o a las estrellas que temblaban a lo lejos como
los cambiantes de las piedras preciosas. En aquellas largas noches de
poético insomnio, exclamaba: -Si es verdad, como el prior de la
Peña me ha dicho, que es posible que esos puntos de luz sean mundos; si
es verdad que en ese globo de nácar que rueda sobre las nubes habitan
gentes, ¡qué mujeres tan hermosas serán las mujeres de esas
regiones luminosas, y yo no podré verlas, y yo no podré
amarlas!... ¿Cómo será su hermosura?...
¿Cómo será su amor?...
Manrique no estaba aún lo
bastante loco para que le siguiesen los muchachos, pero sí lo suficiente
para hablar y gesticular a solas, que es por donde se empieza.
II
Sobre el Duero, que pasaba lamiendo
las carcomidas y oscuras piedras de las murallas de Soria, hay un puente que
conduce de la ciudad al antiguo convento de los Templarios, cuyas posesiones se
extendían a lo largo de la opuesta margen del río.
En la época a que nos
referimos, los caballeros de la Orden habían ya abandonado sus
históricas fortalezas; pero aún quedaban en pie los restos de los
anchos torreones de sus muros, aún se veían, como en parte se ven
hoy, cubiertos de hiedra y campanillas blancas, los macizos arcos de su
claustro, las prolongadas galerías ojivales de sus patios de armas, en
las que suspiraba el viento con un gemido, agitando las altas hierbas.
En los huertos y en los jardines,
cuyos senderos no hollaban hacía muchos años las plantas de los
religiosos, la vegetación, abandonada a sí misma, desplegaba
todas sus galas, sin temor de que la mano del hombre la mutilase, creyendo
embellecerla. Las plantas trepadoras subían encaramándose por los
añosos troncos de los árboles; las sombrías calles de
álamos, cuyas copas se tocaban y se confundían entre sí,
se habían cubierto de césped; los cardos silvestres y las ortigas
brotaban en medio de los enarenados caminos, y en dos trozos de fábrica,
próximos a desplomarse, el jaramago, flotando al viento como el penacho
de una cimera, y las campanillas blancas y azules, balanceándose como en
un columpio sobre sus largos y flexibles tallos, pregonaban la victoria de la
destrucción y la ruina.
Era de noche; una noche de verano,
templada, llena de perfumes y de rumores apacibles, y con una luna blanca y
serena, en mitad de un cielo azul, luminoso y transparente.
Manrique, presa su imaginación
de un vértigo de poesía, después de atravesar el puente,
desde donde contempló un momento la negra silueta de la ciudad, que se
destacaba sobre el fondo de algunas nubes blanquecinas y ligeras arrolladas en
el horizonte, se internó en las desiertas ruinas de los Templarios.
La media noche tocaba a su punto. La
luna, que se había ido remontando lentamente, estaba ya en lo más
alto del cielo, cuando al entrar en una oscura alameda que conducía
desde el derruido claustro a la margen del Duero, Manrique exhaló un
grito leve y ahogado, mezcla extraña de sorpresa, de temor y de
júbilo.
En el fondo de la sombría
alameda había visto agitarse una cosa blanca, que flotó un
momento y desapareció en la oscuridad. La orla del traje de una mujer,
de una mujer que había cruzado el sendero y se ocultaba entre el
follaje, en el mismo instante en que el loco soñador de quimeras o
imposibles penetraba en los jardines.
-¡Una mujer desconocida!...
¡En este sitio!..., ¡A estas horas! Esa, esa es la mujer que yo
busco -exclamó Manrique; y se lanzó en su seguimiento,
rápido como una saeta.
III
Llegó al punto en que
había visto perderse entre la espesura de las ramas a la mujer
misteriosa. Había desaparecido. ¿Por dónde? Allá
lejos, muy lejos, creyó divisar por entre los cruzados troncos de los
árboles como una claridad o una forma blanca que se movía.
-¡Es ella, es ella, que lleva
alas en los pies y huye como una sombra! -dijo, y se precipitó en su
busca, separando con las manos las redes de hiedra que se extendían como
un tapiz de unos en otros álamos. Llegó rompiendo por entre la
maleza y las plantas parásitas hasta una especie de rellano que
iluminaba la claridad del cielo... ¡Nadie! -¡Ah!, por aquí,
por aquí va -exclamó entonces-. Oigo sus pisadas sobre las hojas
secas, y el crujido de su traje que arrastra por el suelo y roza en los
arbustos; -y corría y corría como un loco de aquí para
allá, y no la veía. -Pero siguen sonando sus pisadas
-murmuró otra vez;- creo que ha hablado; no hay duda, ha hablado... El
viento que suspira entre las ramas; las hojas, que parece que rezan en voz
baja, me han impedido oír lo que ha dicho; pero no hay duda, va por
ahí, ha hablado... ha hablado... ¿En qué idioma? No
sé, pero es una lengua extranjera... Y tornó a correr en su
seguimiento, unas veces creyendo verla, otras pensando oírla; ya notando
que las ramas, por entre las cuales había desaparecido, se
movían; ya imaginando distinguir en la arena la huella de sus propios
pies; luego, firmemente persuadido de que un perfume especial que aspiraba a
intervalos era un aroma perteneciente a aquella mujer que se burlaba de
él, complaciéndose en huirle por entre aquellas intrincadas
malezas. ¡Afán inútil!
Vagó algunas horas de un lado a
otro fuera de sí, ya parándose para escuchar, ya
deslizándose con las mayores precauciones sobre la hierba, ya en una
carrera frenética y desesperada.
Avanzando, avanzando por entre los
inmensos jardines que bordaban la margen del río, llegó al fin al
pie de las rocas sobre que se eleva la ermita de San Saturio. -Tal vez, desde
esta altura podré orientarme para seguir mis pesquisas a través
de ese confuso laberinto -exclamó trepando de peña en peña
con la ayuda de su daga.
Llegó a la cima, desde la que
se descubre la ciudad en lontananza y una gran parte del Duero que se retuerce
a sus pies, arrastrando una corriente impetuosa y oscura por entre las corvas
márgenes que lo encarcelan.
Manrique, una vez en lo alto de las
rocas, tendió la vista a su alrededor; pero al tenderla y fijarla al
cabo en un punto, no pudo contener una blasfemia.
La luz de la luna rielaba chispeando
en la estela que dejaba en pos de sí una barca que se dirigía a
todo remo a la orilla opuesta.
En aquella barca había
creído distinguir una forma blanca y esbelta, una mujer sin duda, la
mujer que había visto en los Templarios, la mujer de sus sueños,
la realización de sus más locas esperanzas. Se descolgó de
las peñas con la agilidad de un gamo, arrojó al suelo la gorra,
cuya redonda y larga pluma podía embarazarle para correr, y
desnudándose del ancho capotillo de terciopelo, partió como una
exhalación hacia el puente.
Pensaba atravesarlo y llegar a la
ciudad antes que la barca tocase en la otra orilla. ¡Locura! Cuando
Manrique llegó jadeante y cubierto de sudor a la entrada, ya los que
habían atravesado el Duero por la parte de San Saturio, entraban en
Soria por una de las puertas del muro, que en aquel tiempo llegaba hasta la
margen del río, en cuyas aguas se retrataban sus pardas almenas.
IV
Aunque desvanecida su esperanza de
alcanzar a los que habían entrado por el postigo de San Saturio, no por
eso nuestro héroe perdió la de saber la casa que en la ciudad
podía albergarlos. Fija en su mente esta idea, penetró en la
población, y dirigiéndose hacia el barrio de San Juan,
comenzó a vagar por sus calles a la ventura.
Las calles de Soria eran entonces, y
lo son todavía, estrechas, oscuras y tortuosas. Un silencio profundo
reinaba en ellas, silencio que sólo interrumpían, ora el lejano
ladrido de un perro; ora el rumor de una puerta al cerrarse, ora el relincho de
un corcel que piafando hacía sonar la cadena que le sujetaba al pesebre
en las subterráneas caballerizas.
Manrique, con el oído atento a
estos rumores de la noche, que unas veces le parecían los pasos de
alguna persona que había doblado ya la última esquina de un
callejón desierto, otras, voces confusas de gentes que hablaban a sus
espaldas y que a cada momento esperaba ver a su lado, anduvo algunas horas,
corriendo al azar de un sitio a otro.
Por último, se detuvo al pie de
un caserón de piedra, oscuro y antiquísimo, y al detenerse
brillaron sus ojos con una indescriptible expresión de alegría.
En una de las altas ventanas ojivales de aquel que pudiéramos llamar
palacio, se veía un rayo de luz templada y suave que, pasando a
través de unas ligeras colgaduras de seda color de rosa, se reflejaba en
el negruzco y grieteado paredón de la casa de enfrente.
-No cabe duda; aquí vive mi
desconocida -murmuró el joven en voz baja sin apartar un punto sus ojos
de la ventana gótica;- aquí vive. Ella entró por el
postigo de San Saturio... por el postigo de San Saturio se viene a este
barrio... en este barrio hay una casa, donde pasada la media noche aún
hay gente en vela... ¿En vela? ¿Quién sino ella, que
vuelve de sus nocturnas excursiones, puede estarlo a estas horas?... No hay
más; ésta es su casa.
En esta firme persuasión, y
revolviendo en su cabeza las más locas y fantásticas
imaginaciones, esperó el alba frente a la ventana gótica, de la
que en toda la noche no faltó la luz ni él separó la vista
un momento.
Cuando llegó el día, las
macizas puertas del arco que daba entrada al caserón, y sobre cuya clave
se veían esculpidos los blasones de su dueño, giraron pesadamente
sobre los goznes, con un chirrido prolongado y agudo. Un escudero
reapareció en el dintel con un manojo de llaves en la mano,
restregándose los ojos y enseñando al bostezar una caja de
dientes capaces de dar envidia a un cocodrilo.
Verle Manrique y lanzarse a la puerta,
todo fue obra de un instante.
-¿Quién habita en esta
casa? ¿Cómo se llama ella? ¿De dónde es? ¿A
qué ha venido a Soria? ¿Tiene esposo? Responde, responde, animal.
-Ésta fue la salutación que, sacudiéndole el brazo
violentamente, dirigió al pobre escudero, el cual, después de
mirarle un buen espacio de tiempo con ojos espantados y estúpidos, le
contestó con voz entrecortada por la sorpresa:
En esta casa vive el muy honrado
señor D. Alonso de Valdecuellos, montero mayor de nuestro señor
el rey, que herido en la guerra contra moros, se encuentra en esta ciudad
reponiéndose de sus fatigas.
-Pero ¿y su hija?
-interrumpió el joven impaciente;- ¿y su hija, o su hermana; o su
esposa, o lo que sea?
-No tiene ninguna mujer consigo.
-¡No tiene ninguna!... Pues
¿quién duerme allí en aquel aposento, donde toda la noche
he visto arder una luz?
-¿Allí? Allí
duerme mi señor D. Alonso, que, como se halla enfermo, mantiene
encendida su lámpara hasta que amanece.
Un rayo cayendo de improviso a sus
pies no le hubiera causado más asombro que el que le causaron estas
palabras.
V
-Yo la he de encontrar, la he de
encontrar; y si la encuentro, estoy casi seguro de que he de conocerla...
¿En qué?... Eso es lo que no podré decir... pero he de
conocerla. El eco de sus pisadas o una sola palabra suya que vuelva a
oír, un extremo de su traje, un solo extremo que vuelva a ver, me
bastarán para conseguirlo. Noche y día estoy mirando flotar
delante de mis ojos aquellos pliegues de una tela diáfana y
blanquísima; noche y día me están sonando aquí
dentro, dentro de la cabeza, el crujido de su traje, el confuso rumor de sus
ininteligibles palabras... ¿Qué dijo?... ¿qué dijo?
¡Ah!, si yo pudiera saber lo que dijo, acaso... pero aún sin
saberlo la encontraré... la encontraré; me lo da el
corazón, y mi corazón no me engaña nunca. Verdad es que ya
he recorrido inútilmente todas las calles de Soria; que he pasado noches
y noches al sereno, hecho poste de una esquina; que he gastado más de
veinte doblas en oro en hacer charlar a dueñas y escuderos; que he dado
agua bendita en San Nicolás a una vieja, arrebujada con tal arte en su
manto de anascote, que se me figuró una deidad; y al salir de la
Colegiata una noche de maitines, he seguido como un tonto la litera del
arcediano, creyendo que el extremo de sus holapandas era el del traje de mi
desconocida; pero no importa... yo la he de encontrar, y la gloria de poseerla
excederá seguramente al trabajo de buscarla.
¿Cómo serán sus
ojos?... Deben de ser azules, azules y húmedos como el cielo de la
noche; me gustan tanto los ojos de ese color; son tan expresivos, tan
melancólicos, tan... Sí... no hay duda; azules deben de ser,
azules son, seguramente; y sus cabellos negros, muy negros y largos para que
floten... Me parece que los vi flotar aquella noche, al par que su traje, y
eran negros... no me engaño, no; eran negros.
¡Y qué bien sientan unos
ojos azules, muy rasgados y adormidos, y una cabellera suelta, flotante y
oscura, a una mujer alta... porque... ella es alta, alta y esbelta como esos
ángeles de las portadas de nuestras basílicas, cuyos ovalados
rostros envuelven en un misterioso crepúsculo las sombras de sus doseles
de granito!
¡Su voz!... su voz la he
oído... su voz es suave como el rumor del viento en las hojas de los
álamos, y su andar acompasado y majestuoso como las cadencias de una
música.
Y esa mujer, que es hermosa como el
más hermoso de mis sueños de adolescente, que piensa como yo
pienso, que gusta como yo gusto, que odia lo que yo odio, que es un
espíritu humano de mi espíritu, que es el complemento de mi ser,
¿no se ha de sentir conmovida al encontrarme? ¿No me ha de amar
como yo la amaré, como la amo ya, con todas las fuerzas de mi vida, con
todas las facultades de mi alma?
Vamos, vamos al sitio donde la vi la
primera y única vez que le he visto... ¿Quién sabe si,
caprichosa como yo, amiga de la soledad y el misterio, como todas las almas
soñadoras, se complace en vagar por entre las ruinas, en el silencio de
la noche?
Dos meses habían transcurrido
desde que el escudero de D. Alonso de Valdecuellos desengañó al
iluso Manrique; dos meses durante los cuales en cada hora había formado
un castillo en el aire, que la realidad desvanecía con un soplo; dos
meses, durante los cuales había buscado en vano a aquella mujer
desconocida, cuyo absurdo amor iba creciendo en su alma, merced a sus
aún más absurdas imaginaciones, cuando después de
atrevesar absorto en estas ideas el puente que conduce a los Templarios, el
enamorado joven se perdió entre las intrincadas sendas de sus
jardines.
VI
La noche estaba serena y hermosa, la
luna brillaba en toda su plenitud en lo más alto del cielo, y el viento
suspiraba con un rumor dulcísimo entre las hojas de los
árboles.
Manrique llegó al claustro,
tendió la vista por su recinto y miró a través de las
macizas columnas de sus arcadas... Estaba desierto.
Salió de él
encaminó sus pasos hacia la oscura alameda que conduce al Duero, y
aún no había penetrado en ella, cuando de sus labios se
escapó un grito de júbilo.
Había visto flotar un instante
y desaparecer el extremo del traje blanco, del traje blanco de la mujer de sus
sueños, de la mujer que ya amaba como un loco.
Corre, corre en su busca, llega al
sitio en que la ha visto desaparecer; pero al llegar se detiene, fija los
espantados ojos en el suelo, permanece un rato inmóvil; un ligero
temblor nervioso agita sus miembros, un temblor que va creciendo, que va
creciendo y ofrece los síntomas de una verdadera convulsión, y
prorrumpe al fin una carcajada, una carcajada sonora, estridente, horrible.
Aquella cosa blanca, ligera, flotante,
había vuelto a brillar ante sus ojos, pero había brillado a sus
pies un instante, no más que un instante.
Era un rayo de luna, un rayo de luna
que penetraba a intervalos por entre la verde bóveda de los
árboles cuando el viento movía sus ramas.
Habían pasado algunos
años. Manrique, sentado en un sitial junto a la alta chimenea
gótica de su castillo, inmóvil casi y con una mirada vaga e
inquieta como la de un idiota, apenas prestaba atención ni a las
caricias de su madre, ni a los consuelos de sus servidores.
-Tú eres joven, tú eres
hermoso -le decía aquélla;- ¿por qué te consumes en
la soledad? ¿Por qué no buscas una mujer a quien ames, y que
amándote pueda hacerte feliz?
-¡El amor!... El amor es un rayo
de luna -murmuraba el joven.
-¿Por qué no
despertáis de ese letargo? -le decía uno de sus escuderos;- os
vestís de hierro de pies a cabeza, mandáis desplegar al aire
vuestro pendón de ricohombre, y marchamos a la guerra: en la guerra se
encuentra la gloria.
-¡La gloria!... La gloria es un
rayo de luna.
-¿Queréis que os diga
una cantiga, la última que ha compuesto mosén Arnaldo, el
trovador provenzal?
-¡No! ¡No! -exclamó
el joven incorporándose colérico en su sitial;- no quiero nada...
es decir, sí quiero... quiero que me dejéis solo... Cantigas...
mujeres... glorias... felicidad... mentiras todo, fantasmas vanos que formamos
en nuestra imaginación y vestimos a nuestro antojo, y los amamos y
corremos tras ellos, ¿para qué?, ¿para qué?, para
encontrar un rayo de luna.
Manrique estaba loco: por lo menos,
todo el mundo lo creía así. A mí, por el contrario, se me
figuraba que lo que había hecho era recuperar el juicio.
 La cruz del diablo
| Que lo crea o no, me importa bien poco. | | | | Mi abuelo se lo narró a mi padre; | | | | mi padre me lo ha referido a mí, | | | | y yo te lo cuento ahora, | | | | siquiera no sea más que por pasar el rato. | | |
|
I
El crepúsculo comenzaba a
extender sus ligeras alas de vapor sobre las pintorescas orillas del Segre,
cuando después de una fatigosa jornada llegamos a Bellver,
término de nuestro viaje.
Bellver es una pequeña
población situada a la falda de una colina, por detrás de la cual
se ven elevarse, como las gradas de un colosal anfiteatro de granito, las
empinadas y nebulosas crestas de los Pirineos.
Los blancos caseríos que la
rodean, salpicados aquí y allá sobre una ondulante sábana
de verdura, parecen a lo lejos un bando de palomas que han abatido su vuelo
para apagar su sed en las aguas de la ribera.
Una pelada roca, a cuyos pies tuercen
éstas su curso, y sobre cuya cima se notan aún remotos vestigios
de construcción, señala la antigua línea divisoria entre
el condado de Urgel y el más importante de sus feudos.
A la derecha del tortuoso sendero que
conduce a este punto, remontando la corriente del río y siguiendo sus
curvas y frondosos márgenes, se encuentra una cruz.
El asta y los brazos son de hierro; la
redonda base en que se apoya, de mármol, y la escalinata que a ella
conduce, de oscuros y mal unidos fragmentos de sillería.
La destructora acción de los
años, que ha cubierto de orín el metal, ha roto y carcomido la
piedra de este monumento, entre cuyas hendiduras crecen algunas plantas
trepadoras que suben enredándose hasta coronarlo, mientras una vieja y
corpulenta encina le sirve de dosel.
Yo había adelantado algunos
minutos a mis compañeros de viaje, y deteniendo mi escuálida
cabalgadura, contemplaba en silencio aquella cruz, muda y sencilla
expresión de las creencias y la piedad de otros siglos.
Un mundo de ideas se agolpó a
mi imaginación en aquel instante. Ideas ligerísimas, sin forma
determinada, que unían entre sí, como un invisible hilo de luz,
la profunda soledad de aquellos lugares, el alto silencio de la naciente noche
y la vaga melancolía de mi espíritu.
Impulsado de un pensamiento religioso,
espontáneo e indefinible, eché maquinalmente pie a tierra, me
descubrí, y comencé a buscar en el fondo de mi memoria una de
aquellas oraciones que me enseñaron cuando niño; una de aquellas
oraciones, que cuando más tarde se escapan involuntarias de nuestros
labios, parece que aligeran el pecho oprimido, y semejantes a las
lágrimas, alivian el dolor, que también toma estas formas para
evaporarse.
Ya había comenzado a
murmurarla, cuando de improviso sentí que me sacudían con
violencia por los hombros.
Volví la cara: un hombre estaba
al lado mío.
Era uno de nuestros guías
natural del país, el cual, con una indescriptible expresión de
terror pintada en el rostro, pugnaba por arrastrarme consigo y cubrir mi cabeza
con el fieltro que aún tenía en mis manos.
Mi primera mirada, mitad de asombro,
mitad de cólera, equivalía a una interrogación
enérgica, aunque muda.
El pobre hombre sin cejar en su
empeño de alejarme de aquel sitio, contestó a ella con estas
palabras, que entonces no pude comprender, pero en las que había un
acento de verdad que me sobrecogió: -¡Por la memoria de su madre!
¡Por lo más sagrado que tenga en el mundo, señorito,
cúbrase usted la cabeza y aléjese más que de prisa de esta
cruz! ¡Tan desesperado está usted que, no bastándole la
ayuda de Dios, recurre a la del demonio!
Yo permanecí un rato
mirándole en silencio. Francamente, creí que estaba loco; pero
él prosiguió con igual vehemencia:
-Usted busca la frontera; pues bien,
si delante de esa cruz le pide usted al cielo que le preste ayuda, las cumbres
de los montes vecinos se levantarán en una sola noche hasta las
estrellas invisibles, sólo porque no encontremos la raya en toda nuestra
vida.
Yo no puedo menos de
sonreírme.
-¿Se burla usted?...
¿Cree acaso que esa es una cruz santa como la del porche de nuestra
iglesia?...
-¿Quién lo duda?
-Pues se engaña usted de medio
a medio; porque esa cruz, salvo lo que tiene de Dios, está maldita...
esa cruz pertenece a un espíritu maligno, y por eso le llaman
La cruz del diablo.
-¡La cruz del diablo!
-repetí cediendo a sus instancias, sin darme cuenta a mí mismo
del involuntario temor que comenzó a apoderarse de mi espíritu, y
que me rechazaba como una fuerza desconocida de aquel lugar;- ¡la cruz
del diablo! ¡Nunca ha herido mi imaginación una amalgama
más disparatada de dos ideas tan absolutamente enemigas!... ¡Una
cruz... y del diablo!!! ¡Vaya, vaya! Fuerza será que en llegando a
la población me expliques este monstruoso absurdo.
Durante este corto diálogo,
nuestros camaradas, que habían picado sus cabalgaduras, se nos reunieron
al pie de la cruz; yo les expliqué en breves palabras lo que acababa de
suceder; monté nuevamente en mi rocín, y las campanas de la
parroquia llamaban lentamente a la oración, cuando nos apeamos en el
más escondido y lóbrego de los paradores de Bellver.
II
Las llamas rojas y azules se
enroscaban chisporroteando a lo largo del grueso tronco de encina que
ardía en el ancho hogar; nuestras sombras, que se proyectaban temblando
sobre los ennegrecidos muros, se empequeñecían o tomaban formas
gigantescas, según la hoguera despedía resplandores más o
menos brillantes; el vaso de saúco, ora vacío, ora lleno, y no de
agua, como cangilón de noria, había dado tres veces la vuelta en
derredor del círculo que formábamos junto al fuego, y todos
esperaban con impaciencia la historia de
La cruz del diablo, que a guisa de postres
de la frugal cena que acabábamos de consumir se nos había
prometido, cuando nuestro guía tosió por dos veces, se
echó al coleto un último trago de vino, limpiose con el
revés de la mano la boca, y comenzó de este modo:
Hace mucho tiempo, mucho tiempo, yo no
sé cuánto, pero los moros ocupaban aún la mayor parte de
España, se llamaban condes nuestros reyes, y las villas y aldeas
pertenecían en feudo a ciertos señores, que a su vez prestaban
homenaje a otros más poderosos, cuando acaeció lo que voy a
referir a ustedes.
Concluida esta breve
introducción histórica, el héroe de la fiesta
guardó silencio durante algunos segundos como para coordinar sus
recuerdos, y prosiguió así:
-Pues es el caso que, en aquel tiempo
remoto, esta villa y algunas otras formaban parte del patrimonio de un noble
barón, cuyo castillo señorial se levantó por muchos siglos
sobre la cresta de un peñasco que baña el Segre, del cual toma su
nombre.
Aún testifican la verdad de mi
relación algunas informes ruinas que, cubiertas de jaramago y musgo, se
alcanzan a ver sobre su cumbre desde el camino que conduce a este pueblo.
No sé si por ventura o
desgracia quiso la suerte que este señor, a quien por su crueldad
detestaban sus vasallos, y por sus malas cualidades ni el rey admitía en
su corte, ni sus vecinos en el hogar, se aburriese de vivir solo con su mal
humor y sus ballesteros en lo alto de la roca en que sus antepasados colgaron
su nido de piedra.
Devanábase noche y día
los sesos en busca de alguna distracción propia de su carácter,
lo cual era bastante difícil después de haberse cansado, como ya
lo estaba, de mover guerra a sus vecinos, apalear a sus servidores y ahorcar a
sus súbditos.
En esta ocasión cuentan las
crónicas que se le ocurrió, aunque sin ejemplar, una idea
feliz.
Sabiendo que los cristianos de otras
poderosas naciones se aprestaban a partir juntos en una formidable armada a un
país maravilloso para conquistar el sepulcro de Nuestro Señor
Jesucristo, que los moros tenían en su poder, se determinó a
marchar en su seguimiento.
Si realizó esta idea con objeto
de purgar sus culpas, que no eran pocas, derramando su sangre en tan justa
empresa, o con el de trasplantarse a un punto donde sus malas mañas no
se conociesen, se ignora; pero la verdad del caso es que, con gran
contentamiento de grandes y chicos, de vasallos y de iguales, allegó
cuanto dinero pudo, redimió a sus pueblos del señorío,
mediante una gruesa cantidad, y no conservando de propiedad suya más que
el peñón del Segre y las cuatro torres del castillo, herencia de
sus padres, desapareció de la noche a la mañana.
La comarca entera respiró en
libertad durante algún tiempo, como si despertara de una pesadilla.
Ya no colgaban de sus sotos, en vez de
frutas, racimos de hombres; las muchachas del pueblo no temían al salir
con su cántaro en la cabeza a tomar agua de la fuente del camino, ni los
pastores llevaban sus rebaños al Segre por sendas impracticables y
ocultas, temblando encontrar a cada revuelta de la trocha a los ballesteros de
su muy amado señor.
Así transcurrió el
espacio de tres años; la historia del
mal caballero, que sólo por este
nombre se le conocía, comenzaba a pertenecer al exclusivo dominio de las
viejas, que en las eternas veladas del invierno las relataban con voz hueca y
temerosa a los asombrados chicos; las madres asustaban a los pequeñuelos
incorregibles o llorones diciéndoles:
¡que viene el señor del
Segre!, cuando he aquí que no sé si un día o una
noche, si caído del cielo o abortado de los profundos, el temido
señor apareció efectivamente, y como suele decirse, en carne y
hueso, en mitad de sus antiguos vasallos.
Renuncio a describir el efecto de esta
agradable sorpresa. Ustedes se lo podrán figurar mejor que yo pintarlo,
sólo con decirles que tornaba reclamando sus vendidos derechos, que si
malo se fue, peor volvió; y si pobre y sin crédito se encontraba
antes de partir a la guerra; ya no podía contar con más recursos
que su despreocupación, su lanza y una media docena de aventureros tan
desalmados y perdidos como su jefe.
Como era natural, los pueblos se
resistieron a pagar tributos que a tanta costa habían redimido; pero el
señor puso fuego a sus heredades, a sus alquerías y a sus
mieses.
Entonces apelaron a la justicia del
rey; pero el señor se burló de las cartas-leyes de los condes
soberanos; las clavó en el postigo de sus torres, y colgó a los
farautes de una encina.
Exasperados y no encontrando otra
vía de salvación, por último, se pusieron de acuerdo entre
sí, se encomendaron a la Divina Providencia y tomaron las armas: pero el
señor llamó a sus secuaces, llamó en su ayuda al diablo,
se encaramó a su roca y se preparó a la lucha.
Ésta comenzó terrible y
sangrienta. Se peleaba con todas armas, en todos sitios y a todas horas, con la
espada y el fuego, en la montaña y en la llanura, en el día y
durante la noche.
Aquello no era pelear para vivir; era
vivir para pelear.
Al cabo triunfó la causa de la
justicia. Oigan ustedes cómo.
Una noche oscura, muy oscura, en que
no se oía ni un rumor en la tierra ni brillaba un solo astro en el
cielo, los señores de la fortaleza, engreídos por una reciente
victoria, se repartían el botín, y ebrios con el vapor de los
licores, en mitad de la loca y estruendosa orgía, entonaban
sacrílegos cantares en loor de su infernal patrono.
Como dejo dicho, nada se oía en
derredor del castillo, excepto el eco de las blasfemias, que palpitaban
perdidas en el sombrío seno de la noche, como palpitan las almas de los
condenados envueltas en los pliegues del huracán de los infiernos.
Ya los descuidados centinelas
habían fijado algunas veces sus ojos en la villa que reposaba
silenciosa, y se habían dormido sin temor a una sorpresa, apoyados en el
grueso tronco de sus lanzas, cuando he aquí que algunos aldeanos,
resueltos a morir y protegidos por la sombra, comenzaron a escalar el cubierto
peñón del Segre, a cuya cima tocaron a punto de la media
noche.
Una vez en la cima, lo que faltaba por
hacer fue obra de poco tiempo: los centinelas salvaron de un solo salto el
valladar que separa el sueño de la muerte; el fuego, aplicado con teas
de resina al puente y al rastrillo, se comunicó con la rapidez del
relámpago a los muros; y los escaladores, favorecidos por la
confusión y abriéndose paso entre las llamas, dieron fin con los
habitantes de aquella guarida en un abrir y cerrar de ojos.
Todos perecieron.
Cuando el cercano día
comenzó a blanquear las altas copas de los enebros, humeaban aún
los calcinados escombros de las desplomadas torres; y a través de sus
anchas brechas, chispeando al herirla la luz y colgada de uno de los negros
pilares de la sala del festín, era fácil divisar la armadura del
temido jefe, cuyo cadáver, cubierto de sangre y polvo, yacía
entre los desgarrados tapices y las calientes cenizas, confundido con los de
sus oscuros compañeros.
El tiempo pasó; comenzaron los
zarzales a rastrear por los desiertos patios, la hiedra a enredarse en los
oscuros machones, y las campanillas azules a mecerse colgadas de las mismas
almenas. Los desiguales soplos de la brisa, el graznido de las aves nocturnas y
el rumor de los reptiles, que se deslizaban entre las altas hierbas, turbaban
sólo de vez en cuando el silencio de muerte de aquel lugar maldecido;
los insepultos huesos de sus antiguos moradores blanqueaban el rayo de la luna,
y aún podía verse el haz de armas del señor del Segre,
colgado del negro pilar de la sala del festín.
Nadie osaba tocarle; pero
corrían mil fábulas acerca de aquel objeto, causa incesante de
hablillas y terrores para los que le miraban llamear durante el día,
herido por la luz del sol, o creían percibir en las altas horas de la
noche el metálico son de sus piezas, que chocaban entre sí cuando
las movía el viento, con un gemido prolongado y triste.
A pesar de todos los cuentos que a
propósito de la armadura se fraguaron, y que en voz baja se
repetían unos a otros los habitantes de los alrededores, no pasaban de
cuentos, y el único más positivo que de ellos resultó, se
redujo entonces a una dosis de miedo más que regular, que cada uno de
por sí se esforzaba en disimular lo posible, haciendo, como decirse
suele, de tripas corazón.
Si de aquí no hubiera pasado la
cosa, nada se habría perdido. Pero el diablo, que a lo que parece no se
encontraba satisfecho de su obra, sin duda con el permiso de Dios y a fin de
hacer purgar a la comarca algunas culpas, volvió a tomar cartas en el
asunto.
Desde este momento las fábulas,
que hasta aquella época no pasaron de un rumor vago y sin viso alguno de
verosimilitud, comenzaron a tomar consistencia y a hacerse de día en
día más probables.
En efecto, hacía algunas noches
que todo el pueblo había podido observar un extraño
fenómeno.
Entre las sombras, a lo lejos, ya
subiendo las retorcidas cuestas del peñón del Segre, ya vagando
entre las ruinas del castillo, ya cerniéndose al parecer en los aires,
se veían correr, cruzarse, esconderse y tornar a aparecer para alejarse
en distintas direcciones, unas luces misteriosas y fantásticas, cuya
procedencia nadie sabía explicar.
Esto se repitió por tres o
cuatro noches durante el intervalo de un mes, y los confusos aldeanos esperaban
inquietos el resultado de aquellos conciliábulos, que ciertamente no se
hizo aguardar mucho, cuando tres o cuatro alquerías incendiadas, varias
reses desaparecidas y los cadáveres de algunos caminantes
despeñados en los precipicios, pusieron en alarma a todo el territorio
en diez leguas a la redonda.
Ya no quedó duda alguna. Una
banda de malhechores se albergaba en los subterráneos del castillo.
Éstos, que sólo se
presentaban al principio muy de tarde en tarde y en determinados puntos del
bosque que aun en el día se dilata a lo largo de la ribera, concluyeron
por ocupar casi todos los desfiladeros de las montañas, emboscarse en
los caminos, saquear los valles y descender como un torrente a la llanura,
donde a éste quiero, a éste no quiero, no dejaban títere
con cabeza.
Los asesinatos se multiplicaban; las
muchachas desaparecían, y los niños eran arrancados de las cunas
a pesar de los lamentos de sus madres, para servirlos en diabólicos
festines, en que, según la creencia general, los vasos sagrados
sustraídos de las profanadas iglesias servían de copas.
El terror llegó a apoderarse de
los ánimos en un grado tal, que al toque de oraciones nadie se
aventuraba a salir de su casa, en la que no siempre se creían seguros de
los bandidos del peñón.
Mas ¿quiénes eran
éstos? ¿De dónde habían venido? ¿Cuál
era el nombre de su misterioso jefe? He aquí el enigma que todos
querían explicar y que nadie podía resolver hasta entonces,
aunque se observase desde luego que la armadura del señor feudal
había desaparecido del sitio que antes ocupara, y posteriormente varios
labradores hubiesen afirmado que el capitán de aquella desalmada gavilla
marchaba a su frente cubierto con una que, de no ser la misma, se le asemejaba
en un todo.
Cuanto queda repetido, si se le
despoja de esa parte de fantasía con que el miedo abulta y completa sus
creaciones favoritas, nada tiene en sí de sobrenatural y
extraño.
¿Qué cosa más
corriente en unos bandidos que las ferocidades con que éstos se
distinguían, ni más natural que el apoderarse su jefe de las
abandonadas armas del señor del Segre?
Sin embargo, algunas revelaciones
hechas antes de morir por uno de sus secuaces, prisionero en las últimas
refriegas, acabaron de colmar la medida, preocupando el ánimo de los
más incrédulos. Poco más o menos, el contenido de su
confusión fue éste:
Yo -dijo- pertenezco a una noble
familia. Los extravíos de mi juventud, mis locas prodigalidades y mis
crímenes por último, atrajeron sobre mi cabeza la cólera
de mis deudos y la maldición de mi padre, que me desheredó al
expirar. Hallándome solo y sin recursos de ninguna especie, el diablo
sin duda debió sugerirme la idea de reunir algunos jóvenes que se
encontraban en una situación idéntica a la mía, los cuales
seducidos con la promesa de un porvenir de disipación, libertad y
abundancia, no vacilaron un instante en suscribir a mis designios.
Éstos se reducían a
formar una banda de jóvenes de buen humor, despreocupados y poco
temerosos del peligro, que desde allí en adelante vivirían
alegremente del producto de su valor y a costa del país, hasta tanto que
Dios se sirviera disponer de cada uno de ellos conforme a su voluntad,
según hoy a mi me sucede.
Con este objeto señalamos esta
comarca para teatro de nuestras expediciones futuras, y escogimos como punto el
más a propósito para nuestras reuniones el abandonado castillo
del Segre, lugar seguro no tanto por su posición fuerte y ventajosa,
como por hallarse defendido contra el vulgo por las supersticiones y el
miedo.
Congregados una noche bajo sus
ruinosas arcadas, alrededor de una hoguera que iluminaba con su rojizo
resplandor las desiertas galerías, trabose una acalorada disputa sobre
cual de nosotros había de ser elegido jefe.
Cada uno alegó sus
méritos; yo expuse mis derechos: ya los unos murmuraban entre sí
con ojeadas amenazadoras; ya los otros, con voces descompuestas por la
embriaguez, habían puesto la mano sobre el pomo de sus puñales
para dirimir la cuestión, cuando de repente oímos un
extraño crujir de armas, acompañado de pisadas huecas y sonantes,
que de cada vez se hacían más distintas. Todos arrojamos a
nuestro alrededor una inquieta mirada de desconfianza: nos pusimos de pie y
desnudamos nuestros aceros, determinados a vender caras las vidas; pero no
pudimos por menos de permanecer inmóviles al ver adelantarse con paso
firme e igual un hombre de elevada estatura completamente armado de la cabeza
al pie y cubierto el rostro con la visera del casco, el cual, desnudando su
montante, que dos hombres podrían apenas manejar, y poniéndole
sobre uno de los carcomidos fragmentos de las rotas arcadas, exclamó con
voz hueca y profunda, semejante al rumor de una caída de aguas
subterráneas:
-Si alguno de vosotros se atreve a ser
el primero mientras yo habite en el castillo del Segre, que tome esa espada,
signo del poder.
Todos guardamos silencio, hasta que,
transcurrido el primer momento de estupor, le proclamamos a grandes voces
nuestro capitán, ofreciéndole una copa de nuestro vino, la cual
rehusó por señas, acaso por no descubrir la faz, que en vano
procuramos distinguir a través de las rejillas de hierro que la
ocultaban a nuestros ojos.
No obstante, aquella noche
pronunciamos el más formidable de los juramentos, y a la siguiente
dieron principio nuestras nocturnas correrías. En ella nuestro
misterioso jefe marchaba siempre delante de todos. Ni el fuego le ataja, ni los
peligros le intimidan, ni las lágrimas le conmueven. Nunca despliega sus
labios; pero cuando la sangre humea en nuestras manos, como cuando los templos
se derrumban calcinados por las llamas; cuando las mujeres huyen espantadas
entre las ruinas, y los niños arrojan gritos de dolor, y los ancianos
perecen a nuestros golpes, contesta con una carcajada de feroz alegría a
los gemidos, a las imprecaciones y a los lamentos.
Jamás se desnuda de sus armas
ni abate la visera de su casco después de la victoria, ni participa del
festín, ni se entrega al sueño. Las espadas que le hieren se
hunden entre las piezas de su armadura, y ni le causan la muerte, ni se retiran
teñidas en sangre; el fuego enrojece su espaldar y su cota, y aún
prosigue impávido entre las llamas, buscando nuevas víctimas;
desprecia el oro, aborrece la hermosura, y no le inquieta la
ambición.
Entre nosotros, unos le creen un
extravagante; otros un noble arruinado, que por un resto de pudor se tapa la
cara; y no falta quien se encuentra convencido de que es el mismo diablo en
persona.
El autor de esas revelaciones
murió con la sonrisa de la mofa en los labios y sin arrepentirse de sus
culpas; varios de sus iguales le siguieron en diversas épocas al
suplicio; pero el temible jefe a quien continuamente se unían nuevos
prosélitos, no cesaba en sus desastrosas empresas.
Los infelices habitantes de la
comarca, cada vez más aburridos y desesperados, no acertaban ya con la
determinación que debería tomarse para concluir de un todo con
aquel orden de cosas, cada día más insoportable y triste.
Inmediato a la villa, y oculto en el
fondo de un espeso bosque, vivía a esta sazón, en una
pequeña ermita dedicada a San Bartolomé, un santo hombre de
costumbres piadosas y ejemplares, a quien el pueblo tuvo siempre en olor de
santidad, merced a sus saludables consejos y acertadas predicciones.
Este venerable ermitaño, a cuya
prudencia y proverbial sabiduría encomendaron los vecinos de Bellver la
resolución de este difícil problema, después de implorar
la misericordia divina por medio de su santo Patrono, que, como ustedes no
ignoran, conoce al diablo muy de cerca y en más de una ocasión le
ha atado bien corto, les aconsejó que se emboscasen durante la noche al
pie del pedregoso camino que sube serpenteando por la roca; en cuya cima se
encontraba el castillo, encargándoles al mismo tiempo que, ya
allí, no hiciesen uso de otras armas para aprehenderlo que de una
maravillosa oración que les hizo aprender de memoria, y con la cual
aseguraban las crónicas que San Bartolomé había hecho al
diablo su prisionero.
Púsose en planta el proyecto, y
su resultado excedio a cuantas esperanzas se habían concebido; pues
aún no iluminaba el sol del otro día la alta torre de Bellver,
cuando sus habitantes, reunidos en grupos en la plaza Mayor, se contaban unos a
otros, con aire de misterio, cómo aquella noche, fuertemente atado de
pies y manos y a lomos de una poderosa mula, había entrado en la
población el famoso capitán de los bandidos del Segre.
De qué arte se valieron los
acometedores de esta empresa para llevarla a término, ni nadie se lo
acertaba a explicar, ni ellos mismos podían decirlo; pero el hecho era
que gracias a la oración del santo o al valor de sus devotos, la cosa
había sucedido tal como se refería.
Apenas la novedad comenzó a
extenderse de boca en boca y de casa en casa, la multitud se lanzó a las
calles con ruidosa algazara y corrió a reunirse a las puertas de la
prisión. La campana de la parroquia llamó a concejo, y los
vecinos más respetables se juntaron en capítulo, y todos
aguardaban ansiosos la hora en que el reo había de comparecer ante sus
improvisados jueces.
Éstos, que se encontraban
autorizados por los condes de Urgel para administrarse por sí mismos
pronta y severa justicia sobre aquellos malhechores, deliberaron un momento,
pasado el cual, mandaron comparecer al delincuente a fin de notificarle su
sentencia.
Como dejo dicho, así en la
plaza Mayor, como en las calles por donde el prisionero debía atravesar
para dirigirse al punto en que sus jueces se encontraban, la impaciente
multitud hervía como un apiñado enjambre de abejas. Especialmente
en la puerta de la cárcel, la conmoción popular tomaba cada vez
mayores proporciones; ya los animados diálogos, los sordos murmullos y
los amenazadores gritos comenzaban a poner en cuidado a sus guardas, cuando
afortunadamente llegó la orden de sacar al reo.
Al aparecer éste bajo el macizo
arco de la portada de su prisión, completamente vestido de todas armas y
cubierto el rostro por la visera, un sordo y prolongado murmullo de
admiración y de sorpresa se elevó de entre las compactas masas
del pueblo, que se abrían con dificultad para dejarle paso.
Todos habían reconocido en
aquella armadura la del señor del Segre: aquella armadura, objeto de las
más sombrías tradiciones mientras se la vio suspendida de los
arruinados muros de la fortaleza maldita.
Las armas eran aquéllas, no
cabía duda alguna: todos habían visto flotar el negro penacho de
su cimera en los combates que en un tiempo trabaran contra su señor;
todos le habían visto agitarse al soplo de la brisa del
crepúsculo, a par de la hiedra del calcinado pilar en que quedaron
colgadas a la muerte de su dueño. Mas ¿quién podría
ser el desconocido personaje que entonces las llevaba? Pronto iba a saberse, al
menos así se creía. Los sucesos dirán cómo esta
esperanza quedó frustada, a la manera de otras muchas, y por qué
de este solemne acto de justicia, del que debía aguardarse el completo
esclarecimiento de la verdad, resultaron nuevas y más inexplicables
confusiones.
El misterioso bandido penetró
al fin en la sala del concejo, y un silencio profundo sucedió a los
rumores que se elevaran de entre los circunstantes, al oír resonar bajo
las altas bóvedas de aquel recinto el metático son de sus
acicates de oro. Uno de los que componían el tribunal, con voz lenta e
insegura, le preguntó su nombre, y todos prestaron el oído con
ansiedad para no perder una sola palabra de su respuesta; pero el guerrero se
limitó a encoger sus hombros ligeramente, con un aire de desprecio e
insulto que no pudo menos de irritar a sus jueces, los que se miraron entre
sí sorprendidos.
Tres veces volvió a repetirle
la pregunta, y otras tantas obtuvo semejante o parecida
contestación.
-¡Que se levante la visera!
¡Que se descubra! ¡Que se descubra! -comenzaron a gritar los
vecinos de la villa presentes al acto-. ¡Que se descubra! Veremos si se
atreve entonces a insultarnos con su desdén, como ahora lo hace
protegido por el incógnito!
-Descubríos -repitió el
mismo que anteriormente le dirigiera la palabra.
El guerrero permaneció
impasible.
-Os lo mando en el nombre de nuestra
autoridad.
La misma contestación.
-En el de los condes soberanos.
Ni por esas.
La indignación llegó a
su colmo, hasta el punto que uno de sus guardas, lanzándose sobre el
reo, cuya pertinacia en callar bastaría para apurar la paciencia a un
santo, le abrió violentamente la visera. Un grito general de sorpresa se
escapó del auditorio, que permaneció por un instante herido de un
inconcebible estupor.
La cosa no era para menos.
El casco, cuya férrea visera se
veía en parte levantada hasta la frente, en parte caída sobre la
brillante gola de acero, estaba vacío... completamente vacío.
Cuando pasado ya el primer momento de
terror quisieron tocarle, la armadura se estremeció ligeramente y,
descomponiéndose en piezas, cayó al suelo con un ruido sordo y
extraño.
La mayor parte de los espectadores, a
la vista del nuevo prodigio, abandonaron tumultuosamente la habitación y
salieron despavoridos a la plaza.
La nueva se divulgó con la
rapidez del pensamiento entre la multitud, que aguardaba impaciente el
resultado del juicio; y fue tal alarma, la revuelta y la vocería, que ya
a nadie cupo duda sobre lo que de pública voz se aseguraba, esto es, que
el diablo, a la muerte del señor del Segre, había heredado los
feudos de Bellver.
Al fin se apaciguó el tumulto,
y decidiose volver a un calabozo la maravillosa armadura.
Ya en él, despacháronse
cuatro emisarios, que en representación de la atribulada villa hiciesen
presente el caso al conde de Urgel y al arzobispo, los que no tardaron muchos
días en tornar con la resolución de estos personajes,
resolución que, como suele decirse, era breve y compendillosa.
-Cuélguese -les dijeron- la
armadura en la plaza Mayor de la villa; que si el diablo la ocupa, fuerza le
será el abandonarla o ahorcarse con ella.
Encantados los habitantes de Bellver
con tan ingeniosa solución, volvieron a reunirse en concejo, mandaron
levantar una altísima horca en la plaza, y cuando ya la multitud ocupaba
sus avenidas, se dirigieron a la cárcel por la armadura, en
corporación y con toda la solemnidad que la importancia del caso
requería.
Cuando la respetable comitiva
llegó al macizo arco que daba entrada al edificio, un hombre
pálido y descompuesto se arrojó al suelo en presencia de los
aturdidos circunstantes, exclamando con lágrimas en los ojos:
-¡Perdón, señores,
perdón!
-¡Perdón! ¿Para
quién? -dijeron algunos-; ¿para el diablo que habita dentro de la
armadura del señor del Segre?
-Para mí -prosiguió con
voz trémula el infeliz, en quien todos reconocieron al alcaide de las
prisiones-, para mí... porque las armas... han desaparecido.
Al oír estas palabras, el
asombro se pintó en el rostro de cuantos se encontraban en el
pórtico, que, mudos e inmóviles, hubieran permanecido en la
posición en que se encontraban Dios sabe hasta cuándo, si la
siguiente relación del aterrado guardián no les hubiera hecho
agruparse en su alrededor para escuchar con avidez.
-Perdonadme, señores
-decía el pobre alcaide-, y yo no os ocultaré nada, siquiera sea
en contra mía.
Todos guardaron silencio y él
prosiguió así:
-Yo no acertaré nunca a dar
razón; pero es el caso que la historia de las armas vacías me
pareció siempre una fábula tejida en favor de algún noble
personaje, a quien tal vez altas razones de conveniencia pública no
permitía ni descubrir ni castigar.
En esta creencia estuve siempre,
creencia en que no podía menos de confirmarme la inmovilidad en que se
encontraban desde que por segunda vez tornaron a la cárcel
traídas del concejo. En vano una noche y otra, deseando sorprender su
misterio, si misterio en ellas había, me levantaba poco a poco y
aplicaba el oído a los intersticios de la cerrada puerta de su calabozo;
ni un rumor se percibía.
En vano procuré observarlas a
través de un pequeño agujero producido en el muro; arrojadas
sobre un poco de paja y en uno de los más oscuros rincones,
permanecían un día y otro descompuestas e inmóviles.
Una noche, por último,
aguijoneado por la curiosidad y deseando convencerme por mí mismo de que
aquel objeto de terror nada tenía de misterioso, encendí una
linterna, bajé a las prisiones, levanté sus dobles aldabas, y, no
cuidando siquiera -tanta era mi fe en que todo no pasaba de un cuento- de
cerrar las puertas tras mí, penetré en el calabozo. Nunca lo
hubiera hecho; apenas anduve algunos pasos; la luz de mi linterna se
apagó por sí sola, y mis dientes comenzaron a chocar y mis
cabellos a erizarse. Turbando el profundo silencio que me rodeaba, había
oído como un ruido de hierros que se removían y chocaban al
unirse entre las sombras.
Mi primer movimiento fue arrojarme a
la puerta para cerrar el paso, pero al asir sus hojas, sentí sobre mis
hombros una mano formidable cubierta con un guantelete, que después de
sacudirme con violencia me derribó bajo el dintel. Allí
permanecí hasta la mañana siguiente, que me encontraron mis
servidores falto de sentido, y recordando sólo que, después de mi
caída, había creído percibir confusamente como unas
pisadas sonoras, al compás de las cuales resonaba un rumor de espuelas,
que poco a poco se fue alejando hasta perderse.
Cuando concluyó el alcaide,
reinó un silencio profundo, al que siguió luego un infernal
concierto de lamentaciones, gritos y amenazas.
Trabajo costó a los más
pacíficos el contener al pueblo que, furioso con la novedad,
pedía a grandes voces la muerte del curioso autor de su nueva
desgracia.
Al cabo logrose apaciguar el tumulto,
y comenzaron a disponerse a una nueva persecución. Ésta obtuvo
también un resultado satisfactorio.
Al cabo de algunos días, la
armadura volvió a encontrarse en poder de sus perseguidores. Conocida la
fórmula, y mediante la ayuda de San Bartolomé, la cosa no era ya
muy difícil.
Pero aún quedaba algo por
hacer; pues en vano, a fin de sujetarla, la colgaron de una horca; en vano
emplearon la más exquisita vigilancia con el objeto de quitarle toda
ocasión de escaparse por esos mundos. En cuanto las desunidas armas
veían dos dedos de luz, se encajaban, y pian pianito volvían a
tomar el trote y emprender de nuevo sus excursiones por montes y llanos, que
era una bendición del cielo.
Aquello era el cuento de nunca
acabar.
En tan angustiosa situación,
los vecinos se repartieron entre sí las piezas de la armadura, que acaso
por la centésima vez se encontraba en sus manos, y rogaron al piadoso
eremita, que un día los iluminó con sus consejos, decidiera lo
que debía hacerse de ella.
El santo varón ordenó al
pueblo una penitencia general. Se encerró por tres días en el
fondo de la caverna que le servía de asilo, y al cabo de ellos dispuso
que se fundiesen las diabólicas armas, y con ellas y algunos sillares
del castillo del Segre, se levantase una cruz.
La operación se llevó a
término, aunque no sin que nuevos y aterradores prodigios llenasen de
pavor el ánimo de los consternados habitantes de Bellver.
En tanto que las piezas arrojadas a
las llamas comenzaban a enrojecerse, largos y profundos gemidos parecían
escaparse de la ancha hoguera, de entre cuyos troncos saltaban como si
estuvieran vivas y sintiesen la acción del fuego. Una tromba de chispas
rojas, verdes y azules danzaba en la cúspide de sus encendidas lenguas,
y se retorcían crujiendo como si una legión de diablos,
cabalgando sobre ellas, pugnase por libertar a su señor de aquel
tormento.
Extraña, horrible fue la
operación en tanto que la candente armadura perdía su forma para
tomar la de una cruz.
Los martillos caían resonando
con un espantoso estruendo sobre el yunque, al que veinte trabajadores
vigorosos sujetaban las barras del hirviente metal, que palpitaba y
gemía al sentir los golpes.
Ya se extendían los brazos del
signo de nuestra redención, ya comenzaba a formarse la cabecera, cuando
la diabólica y encendida masa se retorcía de nuevo como en una
convulsión espantosa, y rodeándose al cuerpo de los desgraciados
que pugnaban por desasirse de sus brazos de muerte, se enroscaba en anillas
como una culebra o se contraía en zigzag como un relámpago.
El constante trabajo, la fe, las
oraciones y el agua bendita consiguieron, por último, vencer al
espíritu infernal, y la armadura se convirtió en cruz.
Esa cruz es la que hoy habéis
visto, y a la cual se encuentra sujeto el diablo que le presta su nombre: ante
ella, ni las jóvenes colocan en el mes de Mayo ramilletes de lirios, ni
los pastores se descubren al pasar, ni los ancianos se arrodillan, bastando
apenas las severas amonestaciones del clero para que los muchachos no la
apedreen.
Dios ha cerrado sus oídos a
cuantas plegarias se le dirijan en su presencia. En el invierno los lobos se
reúnen en manadas junto al enebro que la protege, para lanzarse sobre
las reses; los bandidos esperan a su sombra a los caminantes, que entierran a
su pie después que los asesinan; y cuando la tempestad se desata, los
rayos tuercen su camino para liarse, silbando, al asta de esa cruz y romper los
sillares de su pedestal.
 Tres fechas
En una cartera de dibujo que conservo
aún llena de ligeros apuntes, hechos durante algunas de mis excursiones
semiartísticas a la ciudad de Toledo, hay escritas tres fechas.
Los sucesos de que guardan la memoria
estos números, son hasta cierto punto insignificantes. Sin embargo, con
su recuerdo me he entretenido en formar algunas noches de insomnio una novela
más o menos sentimental o sombría, según que mi
imaginación se hallaba más o menos exaltada y propensa a ideas
risueñas o terribles.
Si a la mañana siguiente de uno
de estos nocturnos y extravagantes delirios hubiera podido escribir los
extraños episodios de las historias imposibles que forjo antes de que se
cierren del todo mis párpados, esas historias, cuyo vago desenlace
flota, por último, indeciso en ese punto que separa la vigilia del
sueño, seguramente formarían un libro disparatado, pero original
y acaso interesante.
No es eso lo que pretendo hacer ahora.
Esas fantasías ligeras y, por decirlo así, impalpables, son en
cierto modo como las mariposas, que no pueden cogerse en las manos sin que se
quede entre los dedos el polvo de oro de sus alas.
Voy, pues, a limitarme a narrar
brevemente los tres sucesos que suelen servir de epígrafe a los
capítulos de mis soñadas novelas; los tres puntos aislados que yo
suelo reunir en mi mente por medio de una serie de ideas como un hilo de luz;
los tres temas, en fin, sobre que yo hago mil y mil variaciones, las que
pudiéramos llamar absurdas sinfonías de la
imaginación.
I
Hay en Toledo una calle estrecha,
torcida y oscura, que guarda tan fielmente la huella de las cien generaciones
que en ella han habitado; que habla con tanta elocuencia a los ojos del
artista, y le revela tantos secretos puntos de afinidad entre las ideas y las
costumbres de cada siglo, con la forma y el carácter especial impreso en
sus obras más insignificantes, que yo cerraría sus entradas con
una barrera, y pondría sobre la barrera un tarjetón con este
letrero:
«En nombre de los poetas y de
los artistas, en nombre de los que sueñan y de los que estudian, se
prohíbe a la civilización que toque a uno solo de estos ladrillos
con su mano demoledora y prosaica.»
Da entrada a esta calle por uno de sus
extremos un arco macizo, achatado y oscuro, que sostiene un pasadizo
cubierto.
En su clave hay un escudo, roto ya y
carcomido por la acción de los años, el en cual crece la hiedra,
que agitada con el aire, flota sobre el casco que lo corona como un penacho de
pluma.
Debajo de la bóveda y enclavado
en el muro, se ve un retablo con su lienzo ennegrecido e imposible de
descifrar, su marco dorado y churrigueresco, su farolillo pendiente de un
cordel y sus votos de cera.
Más allá de este arco
que baña con su sombra aquel lugar, dándole un tinte de misterio
y tristeza indescriptible, se prolongan a ambos lados dos hileras de casas
oscuras, desiguales y extrañas, cada cual de su forma, sus dimensiones y
su color. Unas están construidas de piedras toscas y desiguales, sin
más adornos que algunos blasones groseramente esculpidos sobre la
portada; otras son de ladrillos, y tienen un arco árabe que les sirve de
ingreso, dos o tres ajimeces abiertos a capricho en un paredón
grieteado, y un mirador que termina en una alta veleta. Las hay con traza que
no pertenece a ningún orden de arquitectura, y que tienen, sin embargo,
un remiendo de todas que son un modelo acabado de un género especial y
conocido, o una muestra curiosa de las extravagancias de un período del
arte.
Éstas tienen un balcón
de madera con un cobertizo disparatado; aquéllas una ventana
gótica recientemente enlucida y con algunos tiestos de flores, la de
más allá unos pintorreados azulejos en el marco de la puerta,
clavos enormes en los tableros, y dos fustes de columnas, tal vez procedentes
de un alcázar morisco, empotrados en el muro.
El palacio de un magnate convertido en
corral de vecindad; la casa de un alfaquí habitada por un
canónigo; una sinagoga judía transformada en oratorio cristiano;
un convento levantado sobre las ruinas de una mezquita árabe, de la que
aún queda en pie la torre; mil extraños y pintorescos contrastes,
mil y mil curiosas muestras de distintas razas, civilizaciones y épocas
compendiadas, por decirlo así, en cien varas de terreno. He aquí
todo lo que se encuentra en esta calle: calle construida en muchos siglos;
calle estrecha, deforme, oscura y con infinidad de revueltas, donde cada cual
al levantar su habitación tomaba un saliente, dejaba un rincón o
hacía un ángulo con arreglo a su gusto, sin consultar el nivel,
la altura ni la regularidad; calle rica en no calculadas combinaciones de
líneas, con un verdadero lujo de detalles caprichosos, con tantos y
tantos accidentes, que cada vez ofrece algo nuevo al que la estudia.
Cuando por primera vez fui a Toledo,
mientras me ocupé en sacar algunos apuntes de San Juan de los Reyes,
tenía precisión de atravesarla todas las tardes para dirigirme al
convento desde la posada con honores de fonda en que me había
hospedado.
Casi siempre la atravesaba de un
extremo a otro, sin encontrar en ella una sola persona, sin que turbase su
profundo silencio otro ruido que el ruido de mis pasos, sin que detrás
de las celosías de un balcón, del cancel de una puerta o la
rejilla de una ventana, viese, ni aun por casualidad, el arrugado rostro de una
vieja curiosa o los ojos negros y rasgados de una muchacha toledana. Algunas
veces me parecía cruzar por en medio de una ciudad desierta, abandonada
por sus habitantes desde una época remota.
Una tarde sin embargo, al pasar frente
a un caserón antiquísimo y oscuro, en cuyos altos paredones se
veían tres o cuatro ventanas de formas desiguales, repartidas sin orden
ni concierto, me fijé casualmente en una de ellas. La formaba un gran
arco ojival, rodeado de un festón de hojas picadas y agudas. El arco
estaba cerrado por un ligero tabique, recientemente construido y blanco como la
nieve, en medio del cual se veía, como contenida en la primera, una
pequeña ventana con un marco y sus hierros verdes, una maceta de
campanillas azules, cuyos tallos subían a enredarse por entre las
labores de granito, y unas vidrieras con sus cristales emplomados y su
cortinilla de una tela blanca, ligera y transparente.
Ya la ventana de por sí era
digna de llamar la atención por su carácter; pero lo que
más poderosamente contribuyó a que me fijase en ella, fue al
notar que cuando volví la cabeza para mirarla, las cortinillas se
habían levantado un momento para volver a caer, ocultando a mis ojos la
persona que sin duda me miraba en aquel instante.
Seguí mi camino preocupado con
la idea de la ventana, o mejor dicho, de la cortinilla, o más claro
todavía, de la mujer que la había levantado, porque,
indudablemente, a aquella ventana tan poética, tan blanca, tan verde,
tan llena de flores, sólo una mujer podía asomarse, y cuando digo
una mujer, entiéndase que se supone joven y bonita.
Pasé otra tarde, pasé
con el mismo cuidado; apreté los tacones, aturdiendo la silenciosa calle
con el ruido de mis pasos, que repetían, respondiéndose, dos o
tres ecos; miré a la ventana, y la cortinilla se volvió a
levantar.
La verdad es que realmente
detrás de ella no vi nada; pero con la imaginación me
pareció descubrir un bulto, el bulto de una mujer, en efecto.
Aquel día me distraje dos o
tres veces dibujando. Y pasé otros días, y siempre que pasaba, la
cortinilla se levantaba de nuevo, permaneciendo así hasta que se
perdía el ruido de mis pasos, y yo desde lejos volvía a ella por
última vez los ojos.
Mis dibujos adelantaban poca cosa. En
aquel claustro de San Juan de los Reyes, en aquel claustro tan misterioso y
bañado en triste melancolía, sentado sobre el roto capitel de una
columna, la cartera sobre las rodillas, el codo sobre la cartera y la frente
entre las manos, al rumor del agua que corre allí con un murmullo
incesante, al ruido de las hojas del agreste y abandonado jardín, que
agitaba la brisa del crepúsculo, ¡cuánto no
soñaría yo con aquella ventana y aquella mujer! Yo la
conocía; ya sabía cómo se llamaba y hasta cuál era
el color de sus ojos.
La miraba cruzar por los extensos y
solitarios patios de la antiquísima casa, alegrándolos con su
presencia como el rayo del sol que dora unas ruinas. Otras veces me
parecía verla en un jardín con unas tapias muy altas y muy
oscuras, con unos árboles muy corpulentos y añosos, que
debía de haber allá en el fondo de aquella especie de palacio
gótico donde vivía, coger flores y sentarse sola en un banco de
piedra, y allí suspirar mientras las deshojaba pensando en...
¿quién sabe? Acaso en mí. ¿Qué digo acaso?
En mí seguramente. ¡Oh! ¡Cuántos sueños,
cuántas locuras, cuánta poesía despertó en mi alma
aquella ventana mientras permanecí en Toledo!...
Pero transcurrió el tiempo que
había de permanecer en la ciudad. Un día, pesaroso y cabizbajo,
guardé todos mis papeles en la cartera; me despedí del mundo de
las quimeras, y tomé un asiento en el coche para Madrid.
Antes de que se hubiera perdido en el
horizonte la más alta de las torres de Toledo, saqué la cabeza
por la portezuela para verla otra vez, y me acordé de la calle.
Tenía aún la cartera
bajo el brazo, y al volverme a mi asiento, mientras doblábamos la colina
que ocultó de repente la ciudad a mis ojos, saqué el lápiz
y apunté, una fecha. Es la primera de las tres, a la que yo llamo la
fecha de la ventana.
II
Al cabo de algunos meses volví
a encontrar ocasión de marcharme de la corte por tres o cuatro
días. Limpié el polvo a mi cartera de dibujo, me la puse bajo el
brazo y provisto de una mano de papel, media docena de lápices y unos
cuantos napoleones, deplorando que aún no estuviese concluida la
línea férrea, me encajoné en un vehículo para
recorrer en sentido inverso, los puntos en que tiene lugar la célebre
comedia de Tirso
Desde Toledo a Madrid.
Ya instalado en la histórica
ciudad, me dediqué a visitar de nuevo los sitios que más me
llamaron la atención en mi primer viaje, y algunos otros que aún
no conocía sino de nombre.
Así dejé transcurrir en
largos y solitarios paseos entre sus barrios más antiguos la mayor parte
del tiempo de que podía disponer para mi pequeña
expedición artística, encontrando un verdadero placer en perderme
en aquel confuso laberinto de callejones sin salida, calles estrechas,
pasadizos oscuros y cuestas empinadas e impracticables.
Una tarde, la última que por
entonces debía permanecer en Toledo, después de una de estas
largas excursiones a través de lo desconocido, no sabré decir
siquiera por qué calles llegué hasta una plaza grande, desierta,
olvidada al parecer aun de los mismos moradores de la población, y como
escondida en uno de sus más apartados rincones.
La basura y los escombros arrojados de
tiempo inmemorial en ella, se habían identificado, por decirlo
así, con el terreno, de tal modo, que éste ofrecía el
aspecto quebrado y montuoso de una Suiza en miniatura. En las lomas y los
barrancos formados por sus ondulaciones, crecían a su sabor malvas de
unas proporciones colosales, cerros de gigantescas ortigas, matas rastreras de
campanillas blancas, prados de esa hierba sin nombre, menuda, fina y de un
verde oscuro, y meciéndose suavemente al leve soplo del aire,
descollando como reyes entre todas las otras plantas parásitas, los
poéticos al par que vulgares jaramagos, la verdadera flor de los yermos
y las ruinas.
Diseminados por el suelo, medio
enterrados unos, casi ocultos por las altas hierbas los otros, veíanse
allí una infinidad de fragmentos de mil y mil cosas distintas, rotas y
arrojadas en diferentes épocas a aquel lugar: donde iban formando capas
en las cuales hubiera sido fácil seguir un curso de geología
histórica.
Azulejos moriscos esmaltados de
colores, trozos de columnas de mármol y de jaspe, pedazos de ladrillos
de cien clases diversas, grandes sillares cubiertos de verdín y de
musgo, astillas de madera ya casi hechas polvo, restos de antiguos artesonados,
jirones de tela, tiras de cuero, y otros cien y cien objetos sin forma ni
nombre, eran los que aparecían a primera vista a la superficie, llamando
asimismo la atención y deslumbrando los ojos una mirada de chispas de
luz derramadas sobre la verdura como un puñado de diamantes arrojados a
granel, y que, examinados de cerca, no eran otra cosa que pequeños
fragmentos de vidrio, de pucheros, platos y vasijas, que, reflejando los rayos
del sol, fingían todo un cielo de estrellas microscópicas, y
deslumbrantes.
Tal era el pavimento de aquella plaza,
empedrada a trechos con pequeñas piedrecitas de varios matices formando
labores, a trechos cubierta de grandes losas de pizarra, y en su mayor parte,
según dejamos dicho, semejante a un jardín de plantas
parásitas o a un prado yermo e inculto.
Los edificios que dibujaban su forma
irregular, no eran tampoco menos extraños y digno de estudio.
Por un lado la cerraba una hilera de
casucas oscuras y pequeñas, con sus tejados dentellados de chimeneas,
veletas y cobertizos, sus guardacantones de mármol sujetos a las
esquinas con una anilla de hierro, sus balcones achatados o estrechos, sus
ventanillos con tiestos de flores, y su farol rodeado de una red de alambre que
defiende los ahumados vidrios de las pedradas de los muchachos.
Otro frente lo constituía un
paredón negruzco, lleno de grietas y hendiduras, en donde algunos
reptiles asomaban su cabeza de ojos pequeños y brillantes por entre las
hojas de musgo: un paredón altísimo formado de gruesos sillares,
sembrado de huecos de puertas y balcones tapiados con piedra y argamasa, y a
uno de cuyos extremos se unía, formando ángulo con él, una
tapia de ladrillos, desconchada y llena de mechinales, manchada a trechos de
tintas rojas, verdes o amarillentas, y coronada de un bardal de heno seco,
entre el cual corrían algunos tallos de enredaderas.
Esto no era más, por decirlo
así, que los bastidores de la extraña decoración que al
penetrar en la plaza se presentó de improviso a mis ojos, cautivando mi
ánimo y suspendiéndolo durante algún tiempo, pues el
verdadero punto culminante del panorama, el edificio que le daba el tono
general, se veía alzarse en el fondo de la plaza, más caprichoso,
más original, infinitamente más bello en su artístico
desorden que todos los que se levantaban a su alrededor.
-¡He aquí lo que yo
deseaba encontrar! -exclamé al verle; y sentándome en un
pedrusco, colocando la cartera sobre mis rodillas y afilando un lápiz de
madera, me apercibí a trazar, aunque ligeramente sus formas irregulares
y estrambóticas para conservar por siempre su recuerdo.
Si yo pudiera pegar aquí con
obleas el ligerísimo y mal trazado apunte que conservo de aquel sitio,
imperfecto y todo como es, me ahorraría un cúmulo de palabras,
dando a mis lectores una idea más aproximada de él que todas las
descripciones imaginables.
Ya que no puede ser así,
trataré de pintarlo del mejor modo posible, a fin de que, leyendo estos
renglones, puedan formarse una idea remota, si no de sus infinitos detalles, al
menos de la totalidad de su conjunto.
Figuraos un palacio árabe, con
sus puertas enforma de herradura; sus muros engalanados con lilas hileras de
arcos que se cruzan cien y cien veces entre sí y corren sobre una franja
de azulejos brillanles: aquí se ve el hueco de un ajimez partido en dos
por un grupo de esbeltas columnas y encuadrado en un marco de labores menudas y
caprichosas; allá se eleva una atalaya con su mirador ligero y airoso,
su cubierta de tejas vidriadas, verdes y amarillas; y su aguda flecha de oro
que se pierde en el vacío; más lejos se divisa la cúpula
que cubre un gabinete pintado de oro y azul o las altas galerías
cerradas con persianas verdes, que al descorrerse dejan ver los jardines con
calles de arrayán, bosques de laureles y surtidores altísimos.
Todo es original, todo armónico, aunque desordenado; todo deja entrever
el lujo y las marañas de su interior; todo deja adivinar el
carácter y las costumbres de sus habitadores.
El opulento árabe que
poseía ese edificio lo abandona al fin; la acción de los
años comienza a desmoronar sus paredes, a deslustrar los colores y a
corroer hasta los mármoles. Un monarca castellano escoge entonces para
su residencia aquel alcázar que se derrumba, y en este punto rompe un
lienzo y abre un arco ojival y lo adorna con una cenefa de escudos, por entre
los cuales se enrosca una guirnalda de hojas de cardo y de trébol; en
aquél levanta un macizo torreón de sillería con sus
saeteras estrechas y sus almenas puntiagudas; en el de más allá
construye un ala de habitaciones altas y sombrías, en las cuales se ven
por una parte trozos de alicatado reluciente, por otra artesones oscurecidos, o
un ajimez solo, o un arco de herradura ligero y puro, que da entrada a un
salón gótico severo e imponente.
Pero llega el día en que el
monarca abandona también aquél recinto, cediéndole a una
comunidad de religiosas, y éstas a su vez fabrican de nuevo,
añadiéndole otros rasgos a la ya extraña fisonomía
del alcázar morisco. Cierran las ventanas con celosías: entre dos
arcos árabes colocan el escudo de su religión esculpido en
berroqueña; donde antes crecían tamarindos y laureles, plantan
cipreses melancólicos y oscuros; y aprovechando unos restos y levantando
sobre otros, forman las combinaciones más pintorescas y extravagantes
que pueden concebirse.
Sobre la portada de la iglesia, en
donde se ven como envueltos en el crepúsculo misterioso en que los
bañan las sombras de sus doseles, una andanada de santos, ángeles
y vírgenes, a cuyos pies se retuercen, entre las hojas de acanto,
sierpes, vestigios y endriagos de piedra, se mira elevarse un minarete esbelto
y afiligranado con labores moriscas; junto a las saeteras del murallón,
cuyas almenas están ya rotas, ponen un retablo, y tapian los grandes
huecos con tabiques cuajados de pequeños agujeritos y semejantes a una
tabla de ajedrez; colocan cruces sobre todos los picos, y fabrican, por
último, un campanario de espadaña con sus campanas, que
tañen melancólicamente noche y día llamando a la
oración, campanas que voltean al impulso de una mano invisible, campanas
cuyos sonidos lejanos arrancan a veces lágrimas de involuntaria
tristeza.
Después pasan los años y
bañan con una veladura de un medio color oscuro todo el edificio,
armonizan sus tintas y hacen brotar la hiedra en sus hendiduras.
Las cigüeñas cuelgan su
nido en la veleta de la torre; los vencejos en el ala de los tejados; las
golondrinas en los doseles de granito, y el búho y la lechuza escogen
para su guarida los altos mechinales, desde donde en las noches tenebrosas
asustan a las viejas crédulas y a los atemorizados chiquillos con el
resplandor fosfórico de sus ojos redondos y sus silbos extraños y
agudos.
Todas estas revoluciones, todas estas
circunstancias especiales, hubieran podido únicamente dar por resultado
un edificio tan original, tan lleno de contraste, de poesía y de
recuerdos, como el que aquella tarde se ofreció a mi vista y hoy he
ensayado, aunque en vano, describir con palabras.
Yo lo había trazado en parte en
una de las hojas de mi cartera. El sol doraba apenas las más altas
agujas de la ciudad, la brisa del crepúsculo comenzaba a acariciar mi
frente, cuando absorto en las ideas que de improviso me habían asaltado
al contemplar aquellos silenciosos restos de otras edades, más
poéticas que la material en que vivimos y nos ahogamos en pura prosa,
dejé caer de mis manos el lápiz y abandoné el dibujo,
recostándome en la pared que tenía a mis espaldas y
entregándome por completo a los sueños de la imaginación.
¿Qué pensaba? No sé si sabré decirlo: Veía
claramente sucederse las épocas, derrumbarse unos muros y levantarse
otros. Veía a unos hombres, o mejor dicho, veía a unas mujeres,
dejar lugar a otras, y las primeras y las que venían después,
convertirse en polvo y volar deshechas, llevando un soplo del viento la
hermosura, hermosura que arrancaba suspiros secretos, que engendró
pasiones y fue manantial de placeres: luego... qué sé yo... todo
confuso, veía muchas cosas revueltas, y tocadores de encaje y de estuco
con nubes de aroma y lechos de flores; celdas estrechas y sombrías con
un reclinatorio y un crucifijo; al pie del crucifijo un libro abierto, y sobre
el libro una calavera; salones severos y grandiosos, cubiertos de tapices y
adornados con trofeo de guerra, y muchas mujeres que cruzaban y volvían
a cruzar ante mis ojos; monjas altas, pálidas y delgadas; odaliscas
morenas con labios muy encarnados y ojos muy negros; damas de perfil puro, de
confinente altivo y andar majestuoso.
Todas estas cosas veía yo, y
muchas más de esas que después de pensadas, no pueden recordarse;
de esas tan inmateriales que es imposible encerrar en el círculo
estrecho de la palabra, cuando de pronto di un salto sobre mi asiento y
pasándome la mano por los ojos para convencerme de que no seguía
soñando, incorporándome como movido de un resorte nervioso,
fijé la mirada en uno de los altos miradores del convento. Había
visto, no me puede caber duda, la había visto perfectamente, una mano
blanquísima, que saliendo por uno de los huecos de aquellos miradores de
argamasa, semejantes a tableros de ajedrez, se había agitado varias
veces como saludándome con un signo mudo y cariñoso. Y me
saludaba a mí; no era posible que me equivocase... Estaba solo,
completamente solo en la plaza.
En balde esperé la noche,
clavado en aquel sitio y sin apartar un punto los ojos del mirador;
inútilmente volví muchas veces a ocupar la oscura piedra que me
sirvió de asiento la tarde en que vi aparecer aquella mano misteriosa,
objeto ya de mis ensueños de la noche y de mis delirios del día.
No la volví a ver más...
Y llegó al fin la hora en que
debía marcharme de Toledo, dejando allí, como una carga
inútil y ridícula, todas las ilusiones que en su seno se
habían levantado en mi mente. Torné aguardar los papeles en mi
cartera con un suspiro; pero antes de guardarlos escribí otra fecha, la
segunda, la que yo conozco por la fecha de la mano. Al escribirla, miré
un momento la anterior, la de la ventana, y no pude menos de sonreirme de mi
locura.
III
Desde que tuvo lugar la extraña
aventura que he referido, hasta que volví a Toledo, transcurrió
cerca de año, durante el cual no dejó de presentárseme a
la imaginación su recuerdo, al principio, a todas horas y con todos sus
detalles; después con menos frecuencia, y por último, con tanta
vaguedad, que yo mismo llegué a creer algunas veces que había
sido juguete de una ilusión, o de un sueño.
No obstante, apenas llegué a la
ciudad que con tanta razón llaman algunos la Roma española, me
asaltó nuevamente, y llena de él la memoria salí
preocupado a recorrer las calles, sin camino cierto, sin intención
preconcebida de dirigirme a ningún punto fijo.
El día estaba triste, con esa
tristeza que alcanza a todo lo que se oye, se ve y se siente. El cielo era de
color de plomo, y a su reflejo melancólico los edificios parecían
más antiguos, más extraños y más oscuros. El aire
gemía a lo largo de las revueltas y angostas calles, trayendo en sus
ráfagas, como notas perdidas de una sinfonía misteriosa, ya
palabras ininteligibles, clamor de campanas o ecos de golpes profundos y
lejanos. La atmósfera húmeda y fría helaba el alma con su
soplo glacial.
Anduve durante algunas horas por los
barrios más apartados y desiertos, absorto en mil confusas
imaginaciones, y contra mi costumbre, con la mirada vaga y perdida en el
espacio, sin que lograse llamar mi atención ni un detalle caprichoso de
arquitectura, ni un monumento de orden desconocido, ni una obra de arte
maravillosa y oculta, ninguna cosa, en fin, de aquellas en cuyo examen
minucioso me detenía a cada paso, cuando sólo ocupaban mi mente
ideas de arte y recuerdos históricos.
El cielo cerraba de cada vez
más oscuro; el aire soplaba con más fuerza y más ruido, y
había comenzado a caer en gotas menudas una lluvia de nieve deshecha,
finísima y penetrante, cuando sin saber por dónde, pues ignoraba
aún el camino, |