 La educación de la mujer
Concepción Arenal
 I.- Relaciones y diferencias entre la
educación de la mujer y la del hombre
Nos fijaremos bien en la diferencia que
hay entre
educación e instrucción. Un
hombre puede ser muy instruido y estar muy mal educado, y estar muy bien
educado y no ser muy instruido.
Esto nos indica que si la educación
no debe prescindir de la inteligencia, no se dirige exclusivamente a ella, sino
a todas las facultades que constituyen el hombre moral y social; a los impulsos
perturbadores para contenerlos, a los armónicos para fortificarlos, a la
conciencia para el cumplimiento del deber, a la dignidad para reclamar el
derecho, a la bondad para que no se apure contra los desventurados. La
educación procura formar el carácter, hacer del
sujeto una
persona con cualidades
esenciales generales, de que no podrá
prescindir
nunca y necesitará siempre si ha de ser
como debe. Al educador del joven no le importa saber si el educando será
un día militar o magistrado, ingeniero o albañil; su
misión es formar un hombre recto, firme y benévolo, y que lo sea
constantemente en la posición social que le depare la suerte o él
se conquiste; cualquiera que sea, su firmeza, su rectitud y su benevolencia son
indispensables, si ha de conducirse bien, al frente de un regimiento o
presidiendo un tribunal. Los accidentes, las exterioridades, las apariencias,
podrán variar; pero las condiciones esenciales que la educación
perfecciona son las mismas, cualquiera que sea la posición social del
que las tiene.
Cuando estas condiciones, esenciales son
deficientes en alto grado, se ven grandes señores, ricos capitalistas,
hombres inteligentes e instruidos, de los cuales se burlan gente ignorante y
hasta los criados, que los desprecian por su falta de carácter; no es
raro que este desprecio se convierta en dominio más o menos ostensible,
y que hombres muy medianos manejen al que les es infinitamente superior por la
posición social y por la ciencia, pero al que falta carácter,
personalidad, aquello que es esencial para todo hombre, que la educación
debe fortalecer y que no da el conocimiento de los astros ni de los
microbios.
Si la educación es un medio de
perfeccionar moral y socialmente al educando; si contribuye a que cumpla mejor
su deber, tenga más dignidad y sea más benévolo; si
procura fortalecer cualidades esenciales, generales siempre, aplicables
cualquiera que sea la condición y circunstancias de la persona que forma
y dignifica; y si la mujer tiene deberes que cumplir, derechos que reclamar,
benevolencia que ejercer, nos parece que entre su educación y la del
hombre no debe haber
diferencias.
Si alguna diferencia hubiere, no en
calidad, sino en
cantidad de educación, debiera hacer
más completa la de la mujer, porque la necesita más. No
entraremos aquí en la cuestión de si tiene
inferioridades, pero es evidente que tiene
desventajas naturales; y agregando a
éstas las sociales, que, aunque no son tantas como eran, son
todavía muchas, resulta que, si no ha de sucumbir moralmente bajo el
peso de la existencia, si no ha de ir a perderse en la frivolidad, en la
esclavitud, en la prostitución, en tanto género de prostituciones
como la amenazan y la halagan, necesita mucha virtud, es decir, mucha fuerza,
mucho carácter, mucha personalidad. La mujer, para ser persona, ha
menester hoy y probablemente siempre (porque hay condiciones naturales que no
pueden cambiarse), para tener personalidad, decimos necesita ser
más persona que el hombre y una
educación que contribuya a que conozca y cumpla su deber, a que conozca
y reclame su derecho, a dignificar su existencia y dilatar sus afectos para que
traspasen los límites del hogar doméstico, y llame
suyos a todos los débiles que piden
justicia o imploran consuelo.
Esto no es pedir una cosa imposible,
puesto que hay mujeres de éstas en todos los pueblos civilizados, y en
los más cultos muchas. La educación de la mujer tiene un gran
punto de apoyo en su fuerza moral, que es grande, puesto que, en peores
condiciones, resiste más a todo género de concupiscencias e
impulsos criminales. Verdad es que esto lo niegan algunos autores, pero sin
probar la negativa, porque no es prueba la prostitución, cuya culpa
echan toda sobre las mujeres, como si no fuera mayor la de los hombres, por
muchas causas que no debemos aquí analizar, ni aun enumerar.
La fuerza moral de la mujer se revela en
la mucha necesaria para el cumplimiento de sus deberes que exigen una serie de
esfuerzos continuos, más veces desdeñados que auxiliados por los
mismos que los utilizan. Cuando el hombre cumple un deber difícil,
recibe aplauso por su virtud; los de las mujeres se ignoran: sin más
impulso que el corazón, sin más aplauso que el de la conciencia,
se quedan en el hogar, donde el mundo no penetra más que para infamar;
si hay allí sacrificio, abnegación sublime, constancia heroica,
pasa de largo: sólo entra cuando hay escándalo.
Se alega que la
frivolidad natural de la mujer es un
obstáculo insuperable para darle una personalidad sólida, grave,
firme.
Confesemos humilde y razonablemente que
todo lo que decimos
todos respecto a la mujer debe tomarse, hasta
cierto punto, a beneficio de inventario, es decir, a rectificar por el tiempo;
porque, después de lo que han hecho los hombres con sus costumbres, sus
leyes, sus tiranías, sus debilidades, sus contradicciones, sus infamias
y sus idolatrías, ¿quién sabe lo que es la mujer, ni menos
lo que será? Su frivolidad es natural, dicen, pero la afirmación
parece más fácil que la prueba. De todos modos, no por eso debe
dejar de combatirse; natural es el robo y se pena; las cosas se califican por
buenas o por malas, y la mayor propensión a éstas sólo
indica la necesidad de medios más enérgicos para corregirlas.
Pero, hay que repetirlo, el natural de la mujer ha venido a ser un laberinto,
cuyo hilo no tenemos.
Lo que se ha dicho de la vanidad, que se
coloca
donde puede, es aplicable a otros defectos: la
actividad de la mujer, imposibilitada de emplearse en cosas grandes, se emplea
en las pequeñas, sin que tal vez éstas tengan para ella un
atractivo especial; juzgando por el resultado, se hace
subjetivo lo que es
objetivo y no se ve que lo pueril no
está exclusiva mente en la cosa que halaga la vanidad, sino en la
vanidad misma, que puede ser tan frívola buscando aplausos para un
discurso en el Parlamento, como para un rico traje de última moda. No
hemos asistido (ya se comprende) a ninguna recepción de Palacio; pero
hemos visto a veces en la calle a los que a ellas iban, y bajo el punto de
vista de la frivolidad, no nos parecía que hubiese diferencia esencial
entre las bandas, las cruces y los bordados de los hombres, y los encajes, las
cintas y las flores de las mujeres.
Dejando al tiempo que resuelva las cosas
dudosas, lo que nos parece cierto es que los esfuerzos deben dirigirse a
satisfacer las necesidades más apremiantes, y que la más
apremiante necesidad de hoy, para el hombre como para la mujer, es la
educación, que forma su carácter, que los convierte en persona.
La persona no tiene sexo: es el cumplimiento del deber, sea el que quiera; la
reclamación de un derecho, sea el que fuere; la dignidad, que puede
tenerse en todas las situaciones; la benevolencia, que, si está en el
ánimo, halla siempre medio de manifestarse de algún modo.
Pensamos, por lo tanto:
Que la educación debe ser la misma
para el hombre que para la mujer;
Que es más urgente aún
respecto a la mujer, porque, siendo para ella la personalidad más
necesaria, está más combatida por las leyes y por las
costumbres;
Que la falta de personalidad es un
obstáculo para su instrucción y, adquirida, para que la
utilice;
Que, por más que se ilustre, si no
se educa, si no tiene gravedad y dignidad, si no es un carácter, una
persona, aun los que sepan mucho menos que ella procurarán y hasta
lograrán hacerla pasar por marisabidilla;
Que no hay más que un medio de que
las mujeres sean respetadas, y es que sean respetables: lo cual no se
conseguirá con sólo tener instrucción si no tiene
carácter. Hay momentos y países en que la cuestión, como
suelen serlo las sociales, es circular; a la mujer no se la respeta porque no
es respetable, y no es respetable porque no se la respeta. Cuando esto sucede,
es difícil, pero no imposible, que la mujer se blinde, por decirlo
así, con una sólida personalidad; pero si lo consigue ha de dar
por bien empleado el trabajo que le costó, y sabrá cuánto
vale tener en sí
algo que no esté a merced de
nadie.
Como, en nuestra opinión, no debe haber diferencias
esenciales entre la educación del hombre y de la mujer, las relaciones
en la esfera educadora han de ser necesariamente armónicas.
 II.- Medios de organizar un buen sistema de
educación femenina y grados que ésta debe comprender.-
Cómo pueden utilizarse los organismos que actualmente la representan en
punto a cultura general
Dados los pocos recursos pecuniarios e
intelectuales con que cuenta la educación de la mujer, y la
indiferencia, si no la prevención, desfavorable con que el
público la mira, sería en vano pedir fondos para crear muchas y
bien organizadas escuelas; lo único práctico nos parece
introducir en las actuales algunas modificaciones, o siquiera la idea de que,
si es preciso instruir a la mujer, no es menos necesario educarla, para que
moralmente sea una persona y socialmente un miembro útil de la
sociedad.
Ya se concede que hay que educar a la
mujer lo necesario para que sea buena esposa y buena madre. Y
¿cuál es lo necesario para eso? No está bien determinado y
aparece con la vaguedad de las cosas que no se ven claramente, ni pueden verse,
porque no tienen existencia real. En efecto; la buena esposa y la buena madre
es una ilusión si se prescinde de la
buena persona, y la buena persona es ilusoria
si se prescinde de la personalidad.
Es un error grave, y de los más
perjudiciales, inculcar a la mujer que su misión única es la de
esposa y madre; equivale a decirle que por sí no puede ser nada, y
aniquilar en ella su yo moral a intelectual, preparándola con absurdos
deprimentes a la gran lucha de la vida, lucha que no suprimen, antes la hacen
más terrible los mismos que la privan de fuerzas para sostenerla:
cualquiera habrá notado que los que menos consideran a las mujeres son
los que más se oponen a que se las ponga en condiciones de ser personas,
y es natural.
Lo primero que necesita la mujer es
afirmar su personalidad, independiente de su estado, y persuadirse de que,
soltera, casada o viuda, tiene deberes que cumplir, derechos que reclamar,
dignidad que no depende de nadie, un trabajo que realizar, e idea de que la
vida es una cosa seria, grave, y que si la toma como juego, ella será
indefectiblemente juguete. Dadme una mujer que tenga estas condiciones, y os
daré una buena esposa y una buena madre, que no lo será sin
ellas. ¡Cuánta falta le harán, y a sus hijos, si se queda
viuda! Y, si permanece soltera, puede ser muy útil, mucho, a la
sociedad, harto necesitada de personas que contribuyan a mejorarla, aunque no
contribuyan a la conservación de la especie. La falta de personalidad en
la mujer esteriliza grandes cualidades de miles de solteras o viudas, y no es
poco el daño que de su falta de acción benéfica
resulta.
Los que dirigen, auxilian o influyen en
los establecimientos de enseñanza de la mujer deberían procurar
que su educación concurriera eficazmente a formar su carácter, no
contentándose con que saliesen de la escuela alumnas instruidas, sino
aspirando al mismo tiempo a que fueran personas formales.
Convendría inculcar repetidamente
la obligación del trabajo, tarea perseverante, útil,
reproductiva, y no frívolo pasatiempo; del trabajo que dignifica,
contribuye a la felicidad, consuela en la desgracia y es un deber que,
cumplido, facilita el cumplimiento de todos los otros. Con decir esto no se
dirá nada nuevo, pero se recordará mucho olvidado y más no
practicado en un país en que, respecto a las mujeres de las clases bien
acomodadas, no se tiene generalmente idea de que deben trabajar porque no
necesitan
ganarse la vida. Prescindamos, que no es poco
prescindir, de que estos propósitos de holganza van unidos a los
proyectos de que la vida la ganará un marido que no viene, o que hubiera
sido mejor que no viniese. ¿La vida se reduce a comer? Todo el que no
tenga de ella tan bajo concepto, comprenderá que la vida que no sea
solamente material, y con riesgo de ser brutal, la vida de la conciencia, de la
inteligencia, del corazón, no puede ser obra del trabajo de otro, y
tiene que
ganársela uno mismo.
«El que no trabaja que no
coma», ha dicho San Pablo. Muchos comen que no trabajan, pero ninguno que
no trabaja es persona; es
cosa, que anda descalza o en coche, cubierta de
galas o de andrajos, pero
cosa siempre. La persona es una actividad
consciente y útil; todo lo demás son cosas que, según las
circunstancias, podrán ser más o menos perjudiciales, pero que lo
son siempre para sí y para los demás, porque en el combate de la
vida no hay neutralidad posible; hay que decidirse por el bien o por el
mal.
Contribuiría mucho a formar el
carácter serio de la mujer y consolidar su personalidad el que se
interesara y tomase parte activa en las cuestiones sociales.
¡Cómo! ¡Meterse ella en el intrincado laberinto de la oferta
y la demanda, de la concurrencia y el proteccionismo y el libre cambio, de las
relaciones del trabajo y el capital, etc.!
No es necesario que entre en estas
cuestiones, o que entre
todavía; pero todas ellas tienen una
fase muy sencilla que no necesita estudiarse y que basta con sentirla: esta
fase es el dolor sin culpa, y ¡ay! casi siempre sin consuelo.
¿Quién más que la mujer puede y debe darlo?
Los hombres que han calificado el sexo de
piadoso no llevarán a mal, antes deben aplaudir, que tenga piedad de los
que sufren y procure consolarlos.
Hay una huelga: los patronos ven
exigencias injustas de los obreros; éstos, tiranías crueles de
los patronos; las autoridades, una cuestión de orden público; los
egoístas indiferentes, un tumulto que turba su sosiego; brotan odios,
injurias, calumnias, abusos de la fuerza, excesos iracundos de la debilidad
desesperada. Y ¿no hay más que eso? Sí; esos miles de
hombres, que resuelven no trabajar para mejorarlas condiciones del trabajo,
tienen miles de hijos que carecen de pan desde el momento que su padre no gana
jornal, y en su miserable vivienda está la fase más terrible de
la cuestión: el sufrimiento de los inocentes, porque los niños lo
son, tengan o no culpa los padres. Lo más terrible de las huelgas (donde
no hay fuertes cajas de resistencia, como sucede en España) no
está en los tumultos de las calles y de las plazas; está en casa
del obrero, donde la miseria tortura e inmola sin ruido, porque el llanto de
las débiles criaturas no se oye. La mujer debe oirlo, debe resonar en su
corazón; y la huelga, signifique para los hombres lo que significare,
razón o absurdo, justicia o iniquidad, será para ella
dolor inmerecido. Y ¿no le
llevará algún consuelo?
En todo problema social hay una fase
dolorida; y suponiendo que sea la única que puede entender la mujer,
tiene, por desgracia, bastante extensión para ocupar su actividad
bienhechora. Todo el bien que en este sentido haga, se convertirá en un
medio de perfección.
Nada más propio para dar gravedad
al carácter y consistencia a la personalidad que la contemplación
compasiva de tantos dolores como entraña esa cuestión de
cuestiones que se llama la
cuestión social.
Cuando se sabe lo que pasa en las prisiones, en los hospitales, en
los manicomios, en los hospicios, en las inclusas; cuando se ven miles de
niños preparándose al vicio y al crimen en la mendicidad, y
cruelmente maltratados si no llevan el mínimo de limosna que sus
verdugos les exigen; cuando se compara el precio de las habitaciones y de los
comestibles con el de los jornales, que tantas veces faltan; cuando se
considera este cúmulo abrumador de dolores que no se consuelan, de males
a que no se busca remedio, ocurre preguntar: ¿Dónde están
las mujeres?
Algunas están donde deben, pero son
pocas; tan pocas, que su actividad benéfica se pierde en la inercia
general. ¿Por qué así? Por muchas causas que aquí
no podemos analizar, ni enumerar siquiera, limitándonos a comprobar el
hecho, de una desdichada evidencia.
No lo condenamos en nombre de ideas
atrevidas, ni de novedades peligrosas; no se trata de cuestiones intrincadas,
de problemas difíciles, de derechos controvertidos, de aptitudes
dudosas; se trata de practicar las obras de misericordia, ni más, ni
menos.
Esta práctica, que no debe ser
alarmante aun para los que son hostiles a la ilustración de la mujer,
contribuiría eficazmente a su educación, como lo prueba la
experiencia en los países en que las mujeres, tomando gran parte, y muy
activa, en las obras benéficas, fortalecen en este trabajo piadoso altas
dotes que sin él se debilitarían, y ennoblecen y consolidan su
carácter.
No podemos tratar aquí de
cuánto influiría para el bien en las cuestiones sociales el que
la mujer tomase parte en ellas consolando los dolores que son su causa o su
consecuencia; debemos limitarnos a decir y repetir que la desgracia que se
conoce, se compadece y consuela, enseña, eleva y fortalece mucho; es
decir, que es un grande elemento de educación.
 III.- Aptitud de la mujer para la enseñanza.-
Esferas a que debe extenderse
La mujer es paciente, afectuosa,
insinuante; no le falta perspicacia; si convenientemente se la educa e
instruye, comprenderá y aun adivinará, si el discípulo
atiende, se distrae o se cansa, hasta dónde entiende ésa y
encontrará medios de que aprenda lo que es capaz de aprender; es decir,
que consideramos a la mujer con aptitud para la enseñanza.
¿Hasta dónde deberá
enseñar? Hasta donde sepa; su esfera de acción pedagógica
debe coincidir exactamente con su esfera moral a intelectual, y aun creemos que
las cosas que sepa
tan bien como el hombre las
enseñará
mejor que él.
 IV.- Aptitud de la mujer para las demás
profesiones.- Límites que conviene fijar en este punto
A un Congreso pedagógico no se
puede mandar un libro para que le discuta; las sesiones son pocas, los asuntos
muchos, la discusión está absolutamente limitada por el tiempo;
todo lo cual impone la necesidad de un laconismo más propio para dar
definiciones de lo que se sabe o se cree saber, que para explicarlo. Por otra
parte, la ilustración de los congresistas suple las explicaciones que no
necesitan; con indicaciones basta.
Los Padres de aquel Concilio que
suscitaron la duda de si la mujer tenía alma, no sospechaban que en la
guerra separatista de los Estados Unidos de América, cuando los
federales mal dirigidos estaban en una situación muy comprometida, los
sacó de ella y les dio el triunfo el plan de campaña de una
mujer, que adoptaron los hombres, aunque ocultando su origen femenino para no
desacreditarlo. Tampoco los susodichos Padres hubieran imaginado que en la
Exposición de Chicago, para las grandes construcciones de la
Exposición femenina, veinticuatro arquitectas habían de presentar
planos,
muchos notables, todos buenos (dice un
periódico profesional inglés redactado por hombres); ni que en el
tercer Congreso de Antropología criminal que acaba de celebrarse en
Bruselas, su Vicepresidente, al hacer el resumen de los trabajos, dijera:
«Madama Tarnowski, en un concienzudo estudio de los órganos de los
sentidos en las mujeres criminales, nos ha demostrado que sabe aplicar con toda
exactitud los principios de la
experimentación fisiológica
más ardua; séame permitido felicitarla y darle gracias por haber
venido a nuestra reunión, y presentarla como ejemplo a sus colegas del
sexo fuerte.»
Hay todavía gentes que casi
están a la altura de los Padres aludidos; por otra parte, el mundo
intelectual de la mujer puede decirse que es un nuevo mundo, vislumbrado
más que visto, donde cualquiera que sepa mirar comprende que hay mucho
que ver, pero donde todavía se ha visto poco.
Por de pronto, y para la práctica,
podrían bastar algunos breves razonamientos.
¿Todos los
hombres tienen aptitud para
toda clase de profesiones?
Suponemos que no habrá nadie que
responda afirmativamente.
¿Algunas mujeres tienen aptitud para
algunas profesiones?
La respuesta no puede ser negativa sino
negándose a la evidencia de los hechos.
¿El hombre más inepto es
superior a la mujer más inteligente?
¿Quién se atreve a responder
que sí? Resulta, pues, de los hechos que hay hombres, no se sabe
cuántos, ineptos para ciertas profesiones; mujeres, no se sabe
cuántas, aptas para esas mismas profesiones; y si al hombre apto no se
le prohíbe el ejercicio de una profesión porque hay algunos
ineptos, ¿por qué no se ha de hacer lo mismo con la mujer?
¿Se dirá que la ineptitud es en ella más general? Aunque
esto se probara, no se razonaría la opinión ni se
justificaría el hecho de vedar el ejercicio de las facultades
intelectuales al que las tenga. Supongamos que no hay en España
más que una mujer capaz de aprender medicina, ingeniería,
farmacia, etc. Esa mujer tiene tanto derecho a ejercer esas profesiones como si
hubiese diez mil a su altura intelectual: porque el derecho, ni se suma ni se
multiplica, ni se divide; está
todo en todos
y cada uno de los que lo tienen, y entre las
aberraciones jurídicas no se ha visto la de negar el ejercicio de un
derecho porque sea corto el número de los que puedan o quisieran
ejercitarle.
El médico,
como hombre, ¿tiene derecho a ejercer su
profesión? ¿Se le autoriza para ejercerla en virtud de su sexo, o
de su ciencia. ¿Qué se pensaría del que, sin haber
estudiado quisiera recetar u operar, y dijese al enfermo: «yo no
sé medicina, ni cirugía, pero le curaré a usted porque soy
hombre?» Se pensaría en enviarle a un manicomio; y si el hombre,
no por serlo, sino por lo que sabe, puede ejercer una profesión, a la
mujer que sepa lo mismo que él ¿no le asistirá igual
derecho?
No creemos que pueden fijarse
límites a la aptitud de la mujer, ni excluirla
a priori de ninguna profesión, como no
sea la de las armas, que repugna a su naturaleza, y ojalá que repugnara
a la del hombre. Sólo el tiempo puede fijar esos límites, que en
el nuestro se han dilatado tanto en algunos países.
Decíamos más arriba que,
para la
práctica podrían bastar algunos breves
razonamientos; debemos decir más bien
para las necesidades del discurso, porque la
práctica ofrece obstáculos de todo género que no se vencen
con razones. Las leyes, la opinión de los hombres, la que muchas mujeres
tienen de sí mismas, el no hallarse con bastante fuerza (se necesita
mucha) para luchar con la desaprobación y con el ridículo, con
resistencias de afuera y de casa, todo contribuye a limitar la esfera de
acción intelectual de la mujer, a limitarla de hecho, aunque en
teoría no se le pongan límites.
No se crea por lo dicho que en los
establecimientos exclusivos para la enseñanza de la mujer deseamos que
haya cátedras de metafísica, filosofía del derecho y
cálculo infinitesimal. Todo lo contrario; quisiéramos que esta
enseñanza fuese encaminada a facilitar y perfeccionar la práctica
de profesiones fáciles, de artes y oficios lucrativos, de que hoy
están excluidas las mujeres, y lo quisiéramos por muchas
razones.
1.ª Porque hoy, aunque no se exprese
así, la enseñanza de la mujer viene a ser la enseñanza
de la señorita; y debe procurarse que
todas las clases participen de los beneficios del saber, cada una en la medida
y dirección que le conviene.
2.ª Porque en todo es regla de
razón empezar por lo más fácil; y es más
fácil preparar una joven para que sea relojera, pintora de loza,
telegrafista, tenedora de libros, etc., etc., que enseñarle
ingeniería o medicina.
3.ª Porque, viendo que los
establecimientos de enseñanza de la mujer dan resultados de esos que se
llaman
prácticos, que proporcionan medios de
vivir y de amparar a su familia a muchas jóvenes que hubieran sido una
carga sin la instrucción recibida, esto contribuirá muy
eficazmente a conquistar la opinión pública en favor de la
enseñanza de la mujer.
4.ª Porque esta dirección,
encaminada a facilitar y perfeccionar las profesiones fáciles y los
oficios y artes de aplicación, contribuiría a combatir muchas
preocupaciones respecto a los trabajos que pueden o no hacerse
decorosamente.
5.ª Porque, vistos los resultados que
dan los Institutos de segunda enseñanza, debe evitarse que tengan
ninguna semejanza con ellos los establecimientos para la instrucción de
la mujer.
Y ¿dónde podrá
adquirir la mujer los conocimientos especiales y superiores para esas
profesiones cuyo ejercicio no hay derecho a negarle? Muchos de esos
conocimientos, muchos más de lo que se cree, puede adquirirlos en su
casa, porque es con frecuencia bastante ilusorio el auxilio que presta un
profesor cuando no sabe mucho ni tiene buen método, o, aunque lo tenga y
sepa, se dirige, más que a discípulos, a
oyentes (cuando atienden), por ser tanto su
número que no es posible individualizar, ni enseñar a estudiar, y
el profesor poco más puede hacer, si lo hace, que un libro sobre el
mismo asunto que con atención, sosiego y economía de tiempo se
leyera en casa. Además, consultando a personas competentes se puede
estudiar en los libros mejores; si las circunstancias favorecen, se puede
buscar un maestro que enseñe; mientras que, catedrático, hay que
tomar el que dan, que no siempre es el mejor.
Con la enseñanza privada, sin
más intervención oficial que los exámenes, hay ahora
facilidades para que las mujeres puedan hacer estudios superiores; respecto a
los que exigen la asistencia a los establecimientos públicos, esperamos
que los hombres se irán civilizando lo bastante para tener orden y
compostura en las clases a que asistan mujeres, como la tienen en los templos,
en los teatros, en todas las reuniones honestas, donde hay personas de los dos
sexos.
¡Sería fuerte cosa que los
señoritos respetasen a las mujeres que van a los toros Y faltaran a las
que entran en las aulas!
V.- La educación física de la
mujer
Donde, como acontece en España, la
educación física del hombre está descuidada, la de la
mujer ha de estarlo más, y tanto, que respecto a ella no hay sólo
descuido, sino dirección torcida.
Las mujeres del pueblo se debilitan por
exceso de trabajo, las señoras por exceso de inacción; y los que
sin salir de la errónea rutina aspiran a que sean buenas madres, no lo
consiguen ni aun bajo el punto de vista fisiológico.
Las mujeres del pueblo que se debilitan
por exceso de trabajo son las que trabajan en el campo, en las minas,
machacando piedra, etc.
Hay otros trabajos que no parecen
excesivos porque no exigen gran esfuerzo muscular, y suelen ser los más
enervantes y fatales a la salud, ya porque obligan a una vida sedentaria, ya
porque la trabajadora, encerrada en su estrecha vivienda o en una
fábrica, no tiene siquiera la compensación de respirar aire puro
como la mujer de los campos. La miseria estrecha tan de cerca a la trabajadora
sedentaria, le impone condiciones tan terribles en la hora presente, que al
educador le es más fácil enseñar cómo la falta de
higiene acaba con su vida, que evitar que la aniquile y la mate. Esto hoy.
¿Y mañana? Mañana
podría comprenderse el absurdo de que los hombres aprendan un oficio y
las mujeres no; ellas que, con menos fuerza muscular, necesitan, y pueden
suplirla con la destreza, y por falta de educación industrial
están condenadas a ser siempre
braceras.
La educación física de la
mujer del pueblo no puede intentarse sin hacer su trabajo más productivo
por medio de su instrucción industrial y de su mayor
consideración social: porque debe notarse que a veces la misma obra, y
aun
mayor, se paga
menos porque es una mujer la que la hace. El
difícil remedio de este grave mal es asunto de discusión
pedagógica, en cuanto la dignificación de la mujer de una clase
influye indirectamente en el bien de todas, y porque la instrucción en
general, y la industrial en particular, contribuiría a que la mujer,
menos abrumada por la miseria, pudiese tener higiene y recibir educación
física.
Esta educación respecto a la mujer
de las clases acomodadas no halla imposibilidad material, pero sí
grandes dificultades, que oponen la rutina y la ignorancia, y un cúmulo
de preocupaciones que consideran la debilidad física como una parte de
las gracias y de los atractivos de sexo. Si una niña que conserva
aún el instinto de conservación quiere ejercitar sus
músculos con alguna energía, se la reprende, diciéndole
que esos juegos
son de muchachos; las niñas han de jugar
de modo que no se rompan el vestido (tan fácil de romper), ni se
despeinen, etc. Han de pasear como en procesión, andar acompasadamente
con los brazos colocados de cierto modo y poco menos rígidos que los de
un cadáver. Cuando es ya señorita y no ya al colegio, no sale de
casa sino a misa y a paseo, y esto pocas veces, porque no tiene quien la
acompañe, porque hay que hacer visitas, recibirlas, prepararse para ir
al teatro o a alguna reunión, dar la lección de piano,
estudiarla, concluir una labor para un día determinado, o una novela
prestada que hay que devolver, etc., etc. ¡Y qué paseo! Sale
tarde, no va al campo a respirar el aire libre, sino donde hay gente, y cuanta
más mejor; no hace apenas ejercicio, y la molesta el calor, el
frío, el viento, la lluvia, todo. Ya perdiendo el gusto natural de
ejercitar las fuerzas, de arrostrar la intemperie, debilitándose y
haciéndose completamente sedentaria; así llega a ser madre de
hijos más débiles que ella, sus nietos lo serán aún
más todavía, y la degeneración es indefectible y visible
para cualquiera que observe. Con la inacción física o intelectual
se quiere tener buenas madres, y se tienen mujeres que no pueden criar a sus
débiles hijos ni saben educarlos.
Muchos defectos físicos e
intelectuales de la mujer se han convertido en el ideal de la belleza, al menos
para un número de personas que, según todas las apariencias,
constituyen una gran mayoría. Los que comprenden la necesidad de la
educación física de la mujer y la quieren, tienen que luchar con
fuerzas muy superiores en número; pero no deben desalentarse, porque
todo progreso empieza con la lucha de pocos contra muchos.
Entre varios medios que pueden ponerse en
práctica hay uno propio de la Pedagogía, con el concurso de
ciencias auxiliares. En las escuelas normales primero, y después en
todas, debería enseñarse a la mujer la importancia de la higiene,
siendo una parte esencial de esa higiene el ejercicio ordenado de sus
músculos, y, acomodándose a las circunstancias, establecer alguna
especie de gimnasia.
Lo aprendido en las escuelas sería
letra muerta, al menos por mucho tiempo, si fuera de ellas no recibía un
apoyo eficaz con la publicación de libros y de cartillas que
generalizaran conocimientos, de que hoy carecen aun las personas muy ilustradas
en otros conceptos.
Para disipar ignorancias, vencer rutinas y
contrarrestar hábitos nada sería tan eficaz como la
asociación, que da medios de que el individuo aislado carece y que, en
la resistencia como en el ataque, agrupa las fuerzas y las multiplica.
Debe anotarse que a tantas causas como
conspiran contra la salud y la robustez en las sociedades modernas, hay que
añadir, heredada de las antiguas, una muy poderosa: el desprecio, casi
el horror del cuerpo como materia vil, de que debe prescindirse en lo posible
para no ocuparse más que del alma. Los ascetas no sabían, y
muchos que no lo son ignoran hoy, que el mayor enemigo del alma es un cuerpo
débil.
Si se ha dicho
mens sana in corpore sano, bien se
dirá «carácter débil en cuerpo enfermizo»; y
los trastornos, puede decirse los estragos, del histerismo serían tan
raros como hoy son frecuentes si se atendiese a la educación
física de la mujer.
La educación de la mujer
Concepción Arenal
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