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 Capítulo II
Reinado del Rey Carlos en Nápoles
Tranquila ya la Italia, se
dedicó el Rey Carlos a ir corrigiendo los abusos que había
radicado en favor de los Barones la tolerancia de una feudalidad que los
Soberanos distantes consentían con estudio, para estar más
seguros del pueblo, teniéndole más sujeto. Procuró:
1.º, asegurar una cesión clara del Emperador; 2.º, abatir la
independencia de los feudos; 3.º, hacer conocer a Roma que no debía
ni podía considerarle como dependiente. El Marqués Tanuci
trabajó con mucha inteligencia y acierto en esta última parte. De
resultas de un Congreso que tuvieron en Florencia los Duques de Montemar y
Noailles y el General Wachtendonk, se hicieron a fin de Diciembre
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en Pontremoli, en la Lunigiana Florentina, los canges de todas las
cesiones convenidas, y que quedan dichas en el tratado de Viena; pero el Rey
Carlos protestó contra la cesión y alodiales de la Casa de
Médicis, y continuó estas protestaciones en Viena y Florencia,
hasta el año de 1761, en que casó, como se verá, su hija
Doña María Luisa con el Gran Duque de Toscana.
Asegurado ya entonces de la
conservación de sus conquistas, redobló su actividad para
corregir abusos que oprimían al pobre, ensoberbeciendo y haciendo
difícil de gobernar a la grandeza. La Iglesia había
también, por su lado, extendido su jurisdicción e inmunidades
más allá de lo que debía; pero el Rey obró con
firmeza contra todos los que se oponían a sus justas miras, y
logró corregir los abusos y establecer leyes sólidas que
impidiesen su regreso. Aumentó en aquel año más de 3
millones de ducados napolitanos (de 17 reales y medio de España);
restableció los arsenales y la marina; puso en forma la biblioteca
Farnesina que trajo de Parma, con mas de 5.000 ducados napolitanos de gasto. A
vista de este ardiente celo del nuevo Soberano, le dio la ciudad un don
gratuito de un millón de ducados, que aceptó,
concediéndole todas las prerrogativas que pudo y no eran contrarias a
los derechos de su soberanía, ni al bien y tranquilidad de sus
súbditos.
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Los pueblos de Sicilia, que, desde que
Carlos V fue a Messina victorioso de vuelta de su expedición de
Túnez, no habían visto a otro Soberano, lograron ver al Rey
Carlos, cuyas sienes coronaron en Palermo el día 3 de Julio de 1736,
Corona que había adornado la frente del célebre Federico II de
Suabia y de Alfonso de Aragón. La alegría y la magnificencia
fueron cual lo exige un espectáculo tan nuevo y agradable, cuyo objeto
era digno de todo amor, admiración y respeto. De vuelta de Sicilia,
estuvo el Rey expuesto a perecer en un arroyo al ir de Nápoles a la casa
de Bovino; pero el postillón, cuyo caballo cayó, condujo medio a
nado al de varas hasta la orilla, y salvó la importantísima vida
de aquel digno Monarca, de quien la humanidad debía aún recibir
tantos beneficios.
Mientras que el Rey se hallaba en
Sicilia, hubo un alboroto entre los paisanos y las tropas españolas y
napolitanas acuarteladas en Roma y Veletri, que pudo haber traído
consecuencias muy serias. Aquellos se fortificaron en Veletri, escogiendo 16
capitanes de los más ricos del país para mandarlos. Las tropas
los atacaron el 7 de Mayo; mataron más de cuarenta, y los hicieron pagar
40.000 escudos. Otros atacaron a Ostia, amenazaron a Palestrina y sacaron
15.000 escudos de contribución por vía de castigo. Los Cardenales
Aquaviva y Belluga, Ministros de
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España en Nápoles,
se retiraron a sus Cortes, y les siguieron todos los españoles y
napolitanos residentes en el Estado pontificio, a pesar de los esfuerzos que
hizo el Papa para impedirlo, y que quedasen a lo menos los Prelados y
eclesiásticos. El Nuncio Valenti Gonzaga, que iba a Madrid, se detuvo en
Bayona. El Papa nombró, según costumbre, una junta de Cardenales,
y envió plenos poderes al Cardenal Espinelli, Arzobispo de
Nápoles, para tratar de ajuste. Creció en Roma el tumulto y los
temores, de modo que se doblaron las guardias y cerraron cinco puertas de la
ciudad. Dio el Papa cuenta de todo al Rey Luis XV e imploró con ardor la
protección de la Corte de Viena. El Cardenal de Fleury trató esto
como un nublado pasajero que se llevaría el mismo aire que le
había formado. La Corte de Viena, al contrario, respondió dando a
entender los motivos de resentimiento personal que tenía con el Papa por
su predilección por los españoles y sus intereses; pero
concluía que, no obstante éstos, como Rey de romanos y protector
de la Iglesia, enviaría un numeroso cuerpo de tropas para sostenerle,
ordenando a su Ministro en Roma lo hiciese saber así al Embajador de
Francia que allí se hallaba, no dudando haría lo mismo S. M.
C.ma, como igualmente obligado a defender la Santa
Sede. Efecto de esta declaración fue mandar el Rey de Nápoles
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salir inmediatamente de los Estados del Papa las tropas
españolas y napolitanas que habían quedado en ellos. Llevaron
consigo los paisanos principales motores del tumulto de Veletri, que, habiendo
pedido perdón a los Cardenales Aquaviva y Belluga, y padecido algunos
días de arresto, consiguieron al fin su libertad, dando al mundo en este
acto de humillación, tan distante de los antiguos triunfos y violencias
del pueblo romano, un nuevo ejemplo y un testimonio de la vicisitud de las
cosas humanas.
La Reina Isabel envió a su hijo
millón y medio de pesos para rescatar varios feudos enajenados de la
Corona en tiempo de los Virreyes, a fin de aumentar así sus rentas y el
esplendor de su nueva Corte. Con el mismo fin, presentó a S. M. un
Abate, que se dice se llamaba Genovesi, un estado de las exorbitantes rentas
que poseían las manos muertas. Proponía se señalasen 4
carlines a cada religioso y religiosa, para su manutención, y 6 a los
Superiores: que se hiciese también asignación fija a los
Canónigos, asignando un feudo para fábricas y culto, e
incorporando los bienes a la Corona.
Un país acabado de conquistar,
y la inmediación a Roma, hacía más difícil una
innovación de esta especie, no obstante que la pluralidad del Consejo
aprobase la mayor parte del plano,
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y para tratarle se envió
a Roma a monseñor Galliani el Menor.
Fundado éste en un Breve dado
en Salerno a 5 de Julio de 1098 por el Papa Urbano II, en el onceno año
de su Pontificado, a favor de Rugiero, Conde de Calabria y Sicilia,
solicitó de la Corte de Roma lo siguiente:
1.º El derecho de conferir
Obispados y Beneficios en el reino. 2.º La exclusiva en el
Cónclave, y los demás privilegios de los otros Príncipes
católicos. 3.º Fijación del número de sacerdotes,
frailes y monjas que debían gozar de las franquicias que pagarían
los que excediesen de él. 4.º Que las herencias destinadas a manos
muertas pasasen al Real Fisco. 5.º Que el Nuncio y su Tribunal de la
Nunciatura se pusiesen en el mismo pie que en las otras Cortes, y que aquellos
no ejerciesen jurisdicción alguna sobre los eclesiásticos,
seglares y regulares. A todo se negó la Corte de Roma, no obstante que
todas las ciudades del reino de Nápoles representaron aparte en los
mismos términos, pidiendo pagasen al Rey los bienes eclesiásticos
un diezmo, y que se fundiese toda la plata de las iglesias que no fuese
necesaria, para aumentar la circulación en el reino.
La espantosa erupción del
Vesubio, acaecida en 19 de Mayo del año antes, es igual a la que cuenta
Plinio, pues la lava de betún corrió doce
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millas, y
llegó hasta el mar, y la cantidad de cenizas fue tal, que
obscurecía la luz del día. Los curiales romanos y los frailes lo
atribuyeron a castigo del cielo por las innovaciones que el nuevo Monarca
pensaba hacer sobre sus bienes; pero éste, con la misma eficacia que
socorría a los que habían padecido en la erupción,
perdonando todos los tributos, enviaba nuevas Órdenes a Roma, con varios
títulos e instrumentos fehacientes hallados en los archivos
públicos, que acreditaban más y más la justicia de los
derechos que reclamaba.
Nombró S. M. Virrey de Sicilia
al Príncipe D. Bartolomeo Corsini, que, con esto, y viéndose
morir, y deseando acabar el Papa paz con todas las potencias católicas,
se prestó a composición. Pasó a Madrid monseñor
Altoviti a llevar el capelo al Infante D. Luis, hermano del Rey Carlos, y fue
admitido el Nuncio Valenti, que estaba detenido en Bayona.
El 12 de Mayo el Cardenal Aquaviva,
como Embajador del Rey de Nápoles, recibió en el Quirinal la
investidura del reino bajo la denominación de Carlos VII de las dos
Sicilias. En esta ocasión se renovó la Bula antigua, dada de
resultas del peligro en que la Santa Sede se vio en tiempo de Federico II de
Suabiapor haber unido al Imperio el reino de las dos Sicilias, dando la
exclusión de esta dignidad al Rey Carlos.
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Pero si las
circunstancias (reinas del Universo) lo hubieran exigido, se hubiera
tergiversado la Bula, como sucedió en tiempo de los dos Emperadores
Carlos V y VI de este nombre. Firmado este solemne acto de todos los
Cardenales, lo llevó a Nápoles el Abate Storace, y volvió
a recibirse en ella como Nuncio monseñor Simonetti, retirado en Nola, y
se miró como un triunfo el que el Papa recibiese entonces la investidura
y la hacanea que le presentó, en nombre del nuevo Monarca, el
Condestable Colona.
El Conde de Fonclara pasó a
Nápoles a tratar el matrimonio del Rey Carlos con la Archiduquesa
María Ana, hija segunda del Emperador, pero éste dispuso se le
prefiriese la Princesa María Amalia de Sajonia, hija del Elector Augusto
II, Rey de Polonia, y sobrina del Emperador, y el 9 de Mayo se desposó
con ella en Dresde el Príncipe Federico Augusto, su hermano, en virtud
de poder del Rey Carlos.
El 13 salió para Italia de
incógnito, y el 29 halló en Palma Nueva la comitiva de su esposo,
mandada por el Duque de Sora, D. Cayetano Buoncompagni, Mayordomo mayor de
ella.
En Venecia la cumplimentó
Antonio Mocenigo, nombrado a este fin como Embajador extraordinario del Senado.
En Padua le salió al encuentro el Duque de Modena, Francisco III. En
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Ferrara halló al Cardenal Mosca, enviado a este fin como
legado
adlatere de S. S.
La Corte de Roma reconoció al
Rey Carlos como Soberano de las dos Sicilias, en los mismos términos que
Eugenio II en 1437 a Renato el Bueno, y le concedió el nombramiento de
algunos Beneficios y Obispados consistoriales. Le concedió la misma Bula
de la Cruzada que en 1509 había concedido Julio II al Rey D. Fernando el
Católico, a fin de estimular al Rey Carlos a formar una marina contra
los moros, que pondría en más seguridad las costas del Papa que
cuando no la había, en tiempo del dominio alemán, que se
contentaba con pagar un tributo a los barbarescos, lo cual no sucedió en
tiempo del virreinato del Duque de Osuna, que llego a poner en la mar 30 buques
de guerra napolitanos.
La nueva Reina de Nápoles
llegó el 19 de junio a Gaeta, donde el Rey la esperaba, y el día
siguiente 22 llegaron a la ciudad de Nápoles, donde hicieron su entrada
pública el 3 de julio con la mayor magnificencia.
S. M. instituyó entonces la
Orden de San Jenaro, patrón de Nápoles, cuyo número
fijó entonces a sesenta caballeros.
No tomó parte el Rey en la
guerra declarada entre España e Inglaterra en 1739, y esta última
potencia envió a Nápoles por ministro a
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Mr. Pelham,
para observar y entretener la amistad.
El Rey se ocupaba en su Consejo con
todo tesón: 1.º, en hacer un tratado con la Puerta, y, si
podía, con las demás potencias berberiscas, para asegurar su
tráfico y navegación; 2.º, en la reforma de
administración de las Aduanas y arreglo de los impuestos interiores del
reino; 3.º, arreglo de las tarifas de los puertos; 4.º, en el fomento
de manufacturas de todas clases; 5.º, en hacer tratados de comercio con
las otras naciones y en solicitar del Rey de España permiso para
establecer una compañía que traficase en América;
6.º, en atraer a su reino a los extranjeros útiles, y aun a los
judíos, con el libre uso de sus religiones respectivas; 7.º, en
hacer un canal de comunicación desde el Mediterráneo al
Adriático; 8.º, en el establecimiento de un Consulado y
cónsules; 9.º, en permitir la libre extracción de los granos
sobrantes. A este fin hizo limpiar el puerto de Nápoles, que estaba casi
abandonado; hizo caminos al puerto y la Magdalena, formó el arsenal e
hizo fundir cañones para armar los buques.
Federico II, en 1220, había
hecho venir a Nápoles a los judíos, que expelió Carlos V
en 1540, y el Rey Carlos los volvió a llamar en virtud de un edicto de
13 de Febrero de 1739. Esto dio mucho que decir a los curas y frailes, y se
vieron
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muchos pasquines, entre los cuales uno decía:
Infans Carolus, Rex Judaorum. El Rey
obró con firmeza y prudencia: restituyó S. M. los empleos a todos
los que los habían tenido en el anterior Gobierno, y mandó volver
al reino a todos los Barones ausentes y a los feudatarios de la Corona, so pena
de ciertas sumas considerables que redundaban en beneficio del Real Erario. Dio
varios privilegios a los vasallos, que los apartaba de los tribunales de los
Barones, cuya tiranía feudal necesitaba moderarse a un infinito punto,
que aún en el día habría que rebajar bastante de ella.
Don Josef Finocehieti pasó a
Constantinopla, y trató y concluyó con el Marqués de
Villanueva y el Conde de Boneval el Tratado de paz con la Puerta, donde
llevó luego por 50.000 escudos de regalo el Príncipe de
Francavila. La Puerta envió al Rey un Embajador extraordinario. Aquel
año dio a luz la Reina una Infanta, que murió poco
después.
La muerte de Clemente XII fue
favorable a los asuntos de Nápoles. Sucesor fue el Cardenal
Próspero Lambertini, Arzobispo y nativo de Bolonia, que tomó el
nombre de Benedicto XIV, que siempre se repetirá con admiración y
pena. Su talento y su prudencia supieron concluir las disensiones entre las dos
Cortes vecinas. Concedió facultad al Rey para cargar un 4 Por 100
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sobre todos los bienes eclesiásticos, lo cual
ascendía a cerca de un millón de ducados. A más de esto,
para reemplazar el antiguo tribunal llamado de la Monarquía de Sicilia,
que Clemente XI y Benedicto XIII habían abolido, erigió otro,
compuesto de cuatro Asesores, dos eclesiásticos y dos seculares,
presidido por un eclesiástico, y en él se juzgaban todas las
causas mixtas o comunes a personas de ambos Estados.
La muerte del Emperador Carlos VI,
acaecida en 20 de Octubre de este año de 1740, puso en gran
consternación la Europa, y agitó en ella varias pretensiones a la
herencia de sus vastos Estados. Su hija María Teresa, gran Duquesa de
Toscana, había sido reconocida por sus pueblos heredera legítima
de su padre; pero otros varios Príncipes le disputaban esta ventaja. El
primero fue Carlos Alberto, elector de Baviera. Alegaba éste el derecho
de representación de su abuela Ana de Austria, primera llamada, en falta
de varones, a la sucesión de aquella rica herencia por el Emperador
Fernando I, hermano de Carlos V. Augusto III, Rey de Polonia, Elector de
Sajonia, estaba casado con la hija primogénita del Emperador Josef I,
hermano mayor de Carlos VI, y pretendía como más inmediato al
último poseedor; pero, hembra por hembra, este derecho no parece
podía perjudicar al de la hija de este, y que, en caso de retroceder a
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buscar el llamamiento de hembra por la extinción de los
varones, debía subirse hasta hallar la primera, suprimiendo el mayorazgo
de una sucesión regular, puesto que admitía las hembras.
María Teresa alegaba el testamento de su padre, llamado
Pragmática sanción que la llamaba expresamente. Su tía la
Archiduquesa, Reina de Polonia, le oponía otra pragmática, hecha
por Leopoldo, padre de los Emperadores Josef I y Carlos VI, la cual
anuló éste, y decía que si pudo anularla a favor de su
hija, también podía anularse la suya, para poner en vigor la
anterior; pero esta misma razón era contraria a la Reina de Polonia,
pues por ella debería retrocederse de anulación en
anulación hasta hallar la que se hizo a favor de la primera hembra
llamada para la sucesión de aquellos dominios.
Viendo Felipe V que se trataba de
alegar, sea como fuese, se presentó también como representante de
los derechos de la Reina María, cuarta mujer de Felipe II, hija del
Emperador Maximiliano II, de la que descendía, y para estar más
en estado de alegar y sacar partido de sus derechos, que alarmaron mucho a toda
la Europa, se propuso apoderarse de los Estados austriacos de la
Lombardía y colocar en ellos a su hijo el Infante D. Felipe.
Pasaron, pues, a Italia las tropas
españolas, a las órdenes del Duque de Montemar, y desembarcaron
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en los puertos de Orbitelo y otros, pertenecientes a la Corona de
Nápoles. El Rey de Nápoles llamó al Duque de
Castropiñano, que estaba de Embajador en París, para mandar el
ejército auxiliar, que su padre le había prevenido pusiese en
estado de unirse al nuestro.
La Toscana, que amaba más el
Gobierno español que el de los Príncipes de Lorena, tuvo un
momento de esperanza de salir de éste; pero la Corte de Francia, que, en
cambio de la Toscana, había adquirido la Lorena, que deseaba conservar,
como unida a su reino, aseguró a la Corte de Viena que estuviese
tranquila en esta parte, pues se había asegurado de la Corte de Madrid.
El Rey de Nápoles aseguró también al Papa, y así
las tropas aliadas tuvieron el paso libre por sus dominios.
La Francia veía con celos en
Italia la extensión del poder de la Casa de España, y así,
aunque habla dado 12.000 hombres para sostener los derechos del Elector de
Baviera, y concedido el paso por la Provenza a parte del ejército
español, se negó absolutamente a dar socorro al Infante D.
Felipe, que en el fondo no quería ver dueño del Milanés y
del Parmesano y Mantuano, siendo Rey de Nápoles su hermano Don
Carlos.
El Cardenal de Fleury, Ministro
prudente y pacífico, quería evitar una guerra de pura enemistad
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de su nación contra la Casa de Austria; pero las intrigas
le obligaron al fin a empeñarse, contra su voluntad, en ella.
Parecíales a los franceses había llegado el momento de aspirar a
la Monarquía universal, de abatir a la Casa de Austria y de sacar de
ella más ventajas aún que Enrique IV y Luis XIV. Marcharon, pues,
dos ejércitos a sostener las pretensiones que el Elector de Baviera
formaba sobre la Bohemia y la Austria, y entre tanto el Rey de Prusia atacaba
la Silesia, alegando para su posesión antiguos derechos que
pretendía tener la Casa de Brandemburgo. María Teresa, superior a
todo, tomó un partido, fundado en el conocimiento del corazón
humano, que es el primer resorte del que debe gobernar, y fiada en su hermosura
y en el carácter de la nación húngara, se
transfirió a Hungría, y se presentó a la nobleza con su
hijo el Emperador Josef II en sus brazos, diciéndoles venía a
buscar entre ellos un refugio. Fue tal la conmoción que ocasionó
este acto de generosa confianza en aquel pueblo noble y belicoso, que, sacando
los sables todos los circunstantes, exclamaron diciendo:
Moriamur pro Rege nostro Maria
Theresa. Este sin duda es el acto más grande y el momento
más brillante y tierno de la vida de esta augusta Soberana, que no lo
olvidó nunca, y manifestó a los húngaros su gratitud
conservándolos en la entera posesión de todos
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sus
privilegios, a que son tan adictos, como nación que se siente y aspira a
ser libre conservándolos. Su hijo, como que estaba en menor edad, no
pudo sentir todo el afecto de la generosidad de aquellos vasallos, y así
atropelló sus regalías sin consideración ninguna; pero su
sucesor Leopoldo II las ha restablecido, conociendo las ventajas que puede y
debe sacar de ellas. Se armaron, pues, inmediatamente, empeñando a que
los imitasen a los panduros, ulanos, valacos y demás naciones sus
vecinas, cuyos aspectos y trajes aumentaban su ferocidad, de la cual no
habían antes hecho uso los Emperadores.
El Elector de Baviera perdió en
poco tiempo sus conquistas. El Rey de Prusia hizo su paz particular en Breslau
el 22 de Junio, por medio de la adquisición de la Silesia inferior y de
una parte del Condado de Glatz. El Rey de Polonia siguió en breve el
ejemplar de la Prusia, e hizo la paz, y destruidos los ejércitos
franceses por la escasez, enfermedades, deserción, descontentos y por la
mala inteligencia que reinaba entre todas las tropas confederadas, como sucede
regularmente, dieron tiempo a la Reina María Teresa para ocuparse de sus
posesiones de Italia.
El gran Duque de Toscana, esposo de
María Teresa, se declaró neutro en esta guerra, para no
comprometer su ducado, y que pudiesen tener lugar
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por este medio
las seguridades de invasión que hemos visto le había dado el
Cardenal de Fleury Montemar obró con lentitud, y dio lugar al General
Traun, Gobernador de Milán, para reunirse al socorro que le vino por el
Tirol y a las tropas sardas que el Rey Carlos Manuel III, que se declaró
en esta ocasión por la Casa de Austria, daba para sostenerla.
Político fino y buen general, supo este Soberano conocer siempre sus
verdaderos intereses entre las Casas de Borbón y Austria, y aplicarse al
partido que podría serle más ventajoso a ellos, según las
circunstancias, haciendo conocer a ambos la importancia de su alianza a causa
de la posesión intermedia entre ambos Estados.
Penetraron las tropas austriacas y
sardas hasta Módena, y obligaron al Duque Francisco de Este a retirarse
de sus Estados por no haber querido separarse de la neutralidad que
había adoptado, y así sus Estados pagaron la subsistencia de este
ejército. El Papa auxilió a la Reina de Hungría, de cuyo
primogénito, nacido en 3 de Marzo de 1741, había sido padrino, y
le permitió exigir un diezmo sobre los beneficios eclesiásticos
de sus posesiones de Italia.
No obstante que las tropas
españolas y napolitanas eran superiores a las enemigas, Montemar, que
las mandaba, siempre se iba retirando, y salió de la Romanía y
del Boloñés, de
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modo que llegó a sospecharse
y decirse lo que no podría creerse de él, y es que
procedía de acuerdo con el Rey de Cerdeña y el Cardenal de
Fleury. Su llamada a la Corte desvaneció estas calumnias y dio motivo a
creer tenía orden de ella para no arriesgar una batalla. Le
sucedió en el mando del ejército el Conde de Gages, flamenco,
oficial de guardias walonas, que se hizo amar y respetar de todos por su
dulzura, prudencia y talento militar.
El Infante D. Felipe intentó un
desembarco en las costas de Génova; pero lo impidieron los ingleses, y
tuvo que pasar el invierno en Chamberi, abandonado por el Rey de
Cerdeña, para atender a la defensa de sus posesiones de Italia,
más útiles que aquella de Saboya, de que apenas saca anualmente 2
millones de libras.
Negaron los suizos el paso a las
tropas españolas que querían introducirse en el Milanés, y
los venecianos armaron 20.000 hombres para hacer respetar su neutralidad. Lo
mismo hacía el Rey Carlos, creyendo que dar un socorro a su padre no le
hacía perder la calidad de neutral. Pero los ingleses y holandeses,
aliados de los austriacos, no lo pensaron así y proyectaron un
desembarco en las costas de Sicilia, donde creían aún contar con
algunos parciales, y que, por este medio, distraerían del Milanés
y Lombardía las tropas de España. El Rey de Polonia
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representó a favor de su hija la Reina de Nápoles, y se
suspendió la expedición.
Con todo, el 18 de Agosto de 1742, se
presentaron delante de Nápoles seis navíos de guerra ingleses y
cuatro bombardas, y su comandante Martín notificó al Ministro, en
nombre de su Soberano, que si, dentro de una hora precisa, no se le
prometía retirar las tropas napolitanas del ejército
español y observar en lo sucesivo una total neutralidad, tenía
orden de bombardear la ciudad. Todos los napolitanos mostraron gran deseo de
vengar esta injuria, ofreciéndose a quemar la escuadra inglesa; pero el
Rey, que sabía el mal estado de defensa en que se hallaba, no pudiendo
exponerse a ello, creyó necesario retirar sus tropas y aplicarse a la
reparación de sus castillos y a la defensa de sus costas, para estar en
adelante en estado de no sufrir semejantes humillaciones. A este fin,
pasó S. M. a reconocer y hacer fortificar las costas del
Adriático, e hizo acampasen en San Germán los 12.000 hombres que
había retirado de la Lombardía para estar prontos a defender sus
costas cuando y donde se necesitase, sin que, por más que su padre, el
Rey de España, le instase a hacer volver marchar las tropas a
incorporarse con las suyas, quisiese S. M. condescender en ello, para no
apartarlas de su principal objeto.
Sirvieron oportunamente estas tropas
para un
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objeto tan importante como imprevisto. Un navío
genovés que venía del golfo de Lepanto con lana y granos
entró en Mesina el 20 de Marzo, con pasaporte falso que decía
haber salido del puerto de Brindis, e introdujo en aquella ciudad la peste que
traía a su bordo. No se hizo alto al principio en el gran número
de enfermos que traía, y, faltando las primeras precauciones, se dio
tiempo a que las que después se tomaron fueran ya inútiles, y
todo lo que pudo lograrse (y no fue poco), con la actividad y celo de las
providencias del Soberano, fue enterrar la peste en las dos ciudades de Messina
y Regio, e impedir se comunicase al resto de la Italia y acaso a una gran parte
de la Europa. Estas dos ciudades padecieron tanto, que desde el 15 de Mayo al
15 de Julio se calculan 44.000 hombres perdidos de esta cruel enfermedad, no
obstante el esmero con que el general irlandés, Conde de Mahoni,
obedeció todas las órdenes de su piadoso Soberano.
Entre tanto, la Italia contaba cinco
ejércitos en diferentes partes. El del Infante D. Felipe, que ocupaba la
Saboya, y el sardo, que se le oponía al paso de los Alpes. El resto,
unido a los austriacos de la Lombardía, hacia frente al ejército
español, mandado por el Conde de Gages, que había ocupado
nuevamente el Boloñés. El quinto ejército era el que el
Rey D. Carlos
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tenía para la defensa particular de sus
Estados. La Alemania estaba también ocupada por otros ejércitos,
y la Europa entera en espectativa de las resultas de tan terribles
aparatos.
El 2 de Febrero de 43 pasó el
Conde de Gages sin oposición el Panaro para atacar al ejército
austriaco-sardo. Avisado éste a tiempo (a lo que se dijo) por el
Marqués Davia, noble bolonés, adicto a la Reina de
Hungría, se preparaba a recibirle en Campo Santo, donde se dio la famosa
batalla de este nombre, por la cual ambos partidos cantaron el
Te Deum, como sucede muchas veces,
después de haber sufrido los dos una pérdida considerable. Los
españoles se retiraron a los ocho días a Bolonia, y siguieron
hasta el reino de Nápoles, donde entraron y se acuartelaron el 16 de
Marzo. Avisó el General al Rey Carlos que, recelando que los enemigos
venían a atacar al reino de Nápoles, había creído
deber venir a su socorro. Aunque S. M. no podía dejar de conocer en el
fondo la importancia de este servicio, se vio de nuevo empeñado por la
palabra de su neutralidad, que había reiterado a la Inglaterra.
Aprobó al fin la resolución del General español, y
mandó adelantar un cuerpo napolitano sobre los Estados del Papa, para
mantener más la neutralidad, retardando la llegada de las tropas
austriacas.
Aunque parecía que éstos
deberían dirigirse
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hacia la Lombardía para socorrer
al Rey, de Cerdeña, que se hallaba solo contra el ejército del
Infante D. Felipe, la conquista del reino de Nápoles era un objeto
preferente, y el Príncipe de Lobkowitz marchó al frente de sus
tropas para emprenderla.
A vista de esto, creyó el Rey
Carlos que, viéndose amenazado en su propio reino no obstante la
neutralidad que había observado, y que por ella los enemigos de la
España habían estado comerciando, sacando de sus Estados los
socorros que no se daban a españoles y que éstos tenían
que traer con riesgo de su país, le era ya imposible dejar de tomarlas
armas para defensa de sus vasallos. Así lo declaró en un
Manifiesto que envió a todas las Cortes de Europa. Después
nombró un Consejo de Regencia, a la cabeza del cual puso a D. Miguel
Reggio, y resolvió pasase la Reina a Gaeta, plaza fortificada, con la
Infanta Doña María Josefa Antonia, que había nacido en 20
de Enero en aquel año de 43. Los napolitanos representaron al Rey que
sus pechos servirían de defensa la más fuerte contra los enemigos
de la Reina; pero S. M. agradeció su lealtad, e insistió en lo
mandado, apoyándolo en el estado de preñez en que se hallaba la
Reina. Los encargó la sumisión al Consejo de Regencia, y, para
darles pruebas de su entera confianza, mandó poner en libertad en
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aquel momento crítico a todos los que estaban presos en el
Tribunal de inconfidencia, como conocidamente adictos a la Casa de Austria y
protectores de sus intereses. Este acto de generosidad y grandeza de
ánimo denota bien la nobleza del que le supo hacer en tan delicadas
circunstancias. Se puso S. M. en marcha con su Ministro el Duque de
Montealegre, el Marqués del Hospital, Embajador de Francia, el
Príncipe de Santo Buono y otros de su comitiva. Llegado a Chieti el 24
de Marzo, tomó el mando del ejército hispano-napolitano, que
mandaba bajo sus órdenes el Conde de Gages, y obligó a todos los
Señores del Abruzzo a que le siguiesen en la campaña.
Hizo cubrir S. M. el paso de San
Germán, que era el más expuesto, pues ya el ejército
austriaco se hallaba a las puertas de Roma, donde el miedo hizo se les diese la
mejor acogida. El Cardenal Aquaviva había propuesto algunos años
antes formar un cuerpo itálico confederado, a cuya cabeza estuviese el
Papa, a imitación del cuerpo germánico, de que es jefe el
Emperador; pero este proyecto era bueno para los antiguos romanos, que
nacían con las armas en la maño, y no para sus nietos, que han
sustituido a los cascos, las corazas y las lanzas, las mitras, las casullas y
los hisopos, y así, siguiendo su sistema, dicen siempre, y dicen bien:
Viva quien
—62→
vence; y aun así se dan los pobres
por muy dichosos en el día si les dejan lo que es suyo.
Reunidos los dos ejércitos
español y napolitano en Celano y Sora, el Duque de Castropiñano,
que, con el Conde de Gages, mandaban bajo las órdenes del Rey, camparon
el 15 de Mayo en los Estados del Papa, y el Rey se aposto en Frosinone sobre el
Garillano, cubriendo de este modo el reino de Nápoles; pero sin exponer
una acción general. A este fin se aposto todo el ejército en las
inmediaciones de la ciudad de Veletri, cuya elevada situación le era muy
ventajosa. Efectivamente, conociéndolo así el General
alemán Lobkowitz, no se atrevió a atacarle, aunque le
había seguido con esta idea, y campó en Genzano y Nemi. Para
cortar al ejército hispano napolitano la comunicación con el
reino de Nápoles, había dispuesto le auxiliase por mar el General
inglés Matews; pero éste se detuvo a inquietar las costas de
Provenza, y llegó tarde a las de Italia. Los Generales Novati y Gorani,
alemanes, vadearon el Trento. Uno se dirigió a Aquila y el otro a
Collalto, donde estaban los almacenes de los españoles, Los
húsares pasaron a Civitela, cuyo gobernador les precisó a
retirarse; pero Teramo, ciudad abierta, se rindió sin resistencia.
Publicó allí luego el General alemán un Manifiesto, que
introdujo e hizo correr en el reino de Nápoles, cuyos ciudadanos,
—63→
indignados de el, enviaron por cuerpos diputaciones al Rey para
renovarle su fidelidad inalterable. Las guarniciones de Pescara y el Abruzzo se
reunieron, y obligaron a los destacamentos austriacos a abandonar sus
conquistas, no obstante las voces que habían esparcido y escrito al
ejército del Rey de Cerdeña de que los ánimos estaban
dispuestos a favor de la Reina de Hungría, y que miraban como segura la
conquista del reino de Nápoles. La mentira siempre sale a la cara,
más o menos tarde.
Estaban atrincherados los dos
ejércitos; el alemán en la Fayola y Monte Espino, y el
hispano-napolitano en el monte de los Capuchinos de Veletri, separados por un
profundo valle, en que había diarias escaramuzas, con las cuales
contenía el Rey a los alemanes e impedía una acción
general, que era a lo que aspiraba.
Cansado ya de esta guerrilla,
sugirió el General Braun a Lobkowitz emprendiese una sorpresa como la
que en 1702 había practicado en Cremona el famoso Príncipe
Eugenio, y, apoderándose del Rey, Duque de Módena y principales
Oficiales, acabar de este modo la guerra, haciéndose árbitros por
este medio de las condiciones de la paz. Adoptó el General el
pensamiento, y el 11 de Agosto, una hora antes del día, atacó con
6.000 hombres la ciudad por diversos parajes. El Marqués del Hospital
fué el
—64→
primero que avisó al Rey, que, igualmente que
el Duque de Modena, pudieron pasar al campamento. Los alemanes se
entretuvieron, como siempre, en el saqueo, que fue crecido, y éste dio
tiempo a los españoles y napolitanos a reunirse y echarlos de la ciudad,
y a defender las trincheras de los Capuchinos, no obstante los repetidos
ataques que hizo en ella el Príncipe Lobkowitz, que las atacó con
9.000 hombres. Las guardias walonas, los irlandeses, el regimiento de Castilla
(hoy Inmemorial del Rey), de que he sido catorce años coronel, y las
milicias napolitanas de la tierra de Labore hicieron prodigios de valor. Se
cree que los alemanes perdieron 2.000 hombres, y los españoles y
napolitanos 4.000, 11 banderas y muchos bagajes y utensilios; pero lograron la
más completa victoria, puesto que, después de haber sido
sorprendidos, rechazaron completamente al enemigo, resistieron los ataques
reiterados de las trincheras y frustraron su empresa de la conquista del reino
de Nápoles, obligándolos al fin a retirarse a Viterbo el 7 de
Octubre, después de haber pasado los dos ejércitos en su misma
posición los meses de Septiembre y Octubre.
El calor había reducido a
15.000 hombres el ejército imperial, que siguió el del Rey Carlos
con 18.000, para coronar más su victoria. Los romanos vieron
tranquilamente desde sus murallas
—65→
la marcha de estos dos
ejércitos que se perseguían, espectáculo tan nuevo,
desagradable e inesperado para los actuales romanos, cuanto había sido
familiar a los antiguos.
La gran alma del rey Carlos no
podía dejar de sentir una cierta atracción que le arrastraba a
avistarse con el inmortal Benedicto XIV, y esto, más que la curiosidad
de ver la antigua capital del mundo, le hizo desear entrar en ella. Fue el
Príncipe de Santo Buono a hacer saber al Papa que el Rey deseaba verle
al día siguiente, 3 de Noviembre. Estaba el Rey alojado en la villa
Patrici, donde vinieron a cumplimentarle, en nombre de S. S., los Cardenales
Valenti y Colonna, el uno Secretario de Estado y el otro Mayordomo del Santo
Padre, y fueron también todos los ministros extranjeros residentes en
Roma.
Se transfirió el Rey, rodeado
de sus guardias, al palacio de Montecavallo, y se apeó a la puerta del
jardín que corresponde a la sala real. Allí lo recibieron el
maestro de ceremonias y demás oficiales de Palacio, que lo condujeron a
la sala del Café, en que lo esperaba el Papa. Este se adelantó a
abrazar al Rey luego que abrieron las dos hojas de la puerta de la sala en que
estaba sentado, sin darle tiempo a arrodillarse, y duró la conferencia
más de media hora, después de la cual toda la comitiva
besó el pie a S. S. El
—66→
Rey volvió a montar a caballo,
paseó las calles de Roma, vio a San Pedro y el palacio del Vaticano,
donde comió en público, descubriéndose desde el
balcón el ejército austriaco, que estaba acampado en el monte
Mario, inmediato a Roma, y, tomando el coche del Cardenal Aquaviva, y seguido
de otros cuatro, se encaminó a Veletri, habiéndole saludado la
artillería del castillo de Sant'Angelo, no obstante de estar
incógnito bajo el título de Conde de Puzzoli.
Para remunerar a los habitantes de
Veletri de lo que habían padecido, les concedió el comercio libre
en sus Estados, sin pago de alcábalas, y estableció un fondo para
la celebridad de la fiesta del Corpus.
El 4, día del Santo de su
nombre, marchó a Gaeta, y tuvo el gusto de abrazar a la Reina, su
esposa, aquella misma tarde, y de conocer a su, nueva hija, la Infanta
Doña María Josefa, que actualmente vive en Madrid, y que
había nacido durante su ausencia.
Al día siguiente se
dirigió a Nápoles, donde fue recibido como correspondía a
un Príncipe, que, al amor que había inspirado y a la fidelidad
que había excitado en su pueblo, reunía ahora la nueva calidad de
ser su libertador y de haber rechazado y alejado de sus fronteras a sus
enemigos.
El ejército austriaco se
retiró de Viterbo y Perusa
—67→
a la Lombardía, y el
General Gages, que le seguía, pasó el invierno en el ducado de
Urbino, para atacar a la primavera la Toscana y pagar a los austriacos lo que
habían querido hacer con él en el reino de Nápoles, y a
este fin tenía preparado un Manifiesto. La Corte de Francia se opuso,
por la razón arriba dicha, de la Lorena, y Gages pasó a la
Lombardía, llevando consigo, como auxiliares, las tropas
napolitanas.
El 20 de Enero de 1745 murió en
Munik, de edad de cuarenta y siete años, el Emperador Carlos de Baviera,
agobiado de males y del peso de la Corona imperial, que lo será siempre
para todo Príncipe que no sea muy poderoso, pues sólo da el
dominio de una ciudad y una corta renta que trae consigo, cargas muy excesivas.
Pensó la Francia, y aprobó el rey Carlos, le sucediese su suegro
Augusto III, Rey de Polonia, elector de Sajonia, y, para conseguirlo,
ofreció a su Ministro, Conde de Bruel, seis Círculos en Bohemia,
y el capelo al confesor de la Reina; pero todo fue inútil, pues, a vista
del ejemplo del antecesor, prefirió el Príncipe la tranquilidad
de sus Estados a un esplendor aparente y de más peso que utilidad. A
más de que, habiendo dado a la Reina de Hungría 20.000 hombres,
como auxiliares, contra el Rey de Prusia, que sin razón justa
había tomado las armas,
—68→
calculó le convenía
más tener por aliada que por rival a la Casa de Austria, y, renunciando
a la dignidad imperial, como lo había hecho su antepasado Federico el
Grande, coetáneo de Carlos V, dio, pues, su voto al gran Duque de
Toscana, Francisco Esteban de Lorena, esposo de María Teresa y
co-regente de sus Estados, que, aunque le faltaron los votos de la Prusia y del
Elector palatino, fue elegido. Emperador el 13 de Septiembre, y se dice que su
mujer fue la primera que gritó
¡Viva! en su proclamación.
Este objeto ocupó enteramente
la atención de María Teresa, y así los españoles
hicieron rápidos progresos en la Lombardía, y se apoderaron de
Parma, Plasencia y Milán, cuya residencia parece se dedicaba al Infante
D. Felipe. Pero la conservación de la Corona imperial, y la paz
concluida con la Prusia en Dresde a 25 de Diciembre, dejo desocupada a la nueva
Emperatriz, que dedicó de nuevo su atención al solo objeto que le
quedaba a que atender, que eran sus Estados de la Lombardía. Bajaron a
reforzar el ejército que se hallaba en aquel país las tropas de
Bohemia, que antes hacían frente al Rey de Prusia. Entonces se
verificó lo que el Conde de Gages había predicho de la Reina
Isabel Farnesio, que desde su gabinete quería dirigir las operaciones de
la guerra; esto es, que el ejército era poco, y que no pudiendo cubrirse
—69→
con él tanta extensión de terreno, sería
preciso abandonarle, acaso con pérdida. Así fue. La sorpresa de
Asti, en cuya ciudad había 5.000 franceses descuidados, fue la primera
acción de esta campaña. Después el General español
se vio obligado a abandonar el Milanés y a atrincherarse bajo los muros
de Plasencia, donde le atacó y venció el 16 de junio el
Príncipe de Lichtenstein, tomando gran número de prisioneros y
varias banderas, cañones ymorteros.
Con todo, conservó Gages la
posesión de la plaza hasta la mitad de Agosto, en que, habiéndose
introducido la mala inteligencia entre el General español y el
francés, Mariscal de Maillebois, el ejército de las operaciones
debía necesariamente resentirse de ello. El General Bota, alemán,
presentó nueva batalla el 10 de Agosto, junto al río Tidone, al
ejército hispanogalo-napolitano, que la perdió, y no tuvo mejor
suerte en las inmediaciones de Turín. Esto le forzó a hacer una
retirada precipitada, que el Rey de Cerdeña pudiera haber impedido en
Voghera; pero
a enemigo que huye puente de plata, y
así evitó políticamente la ocasión, pues, como
Príncipe hábil, conocía su situación, y vela
debían naturalmente resentirse sus Estados del alimento del poder de la
Casa de Austria en Italia, y que lo mejor era acabar la guerra.
Las intrigas de Corte echaron sobre el
General
—70→
de Gages las desgracias que hemos dicho había
previsto como indispensables y como una consecuencia precisa de las
órdenes de la Reina, que nunca podía esperarse quisiese parecer
la culpable. Así se sacrificó a un General, cuya
reputación tiene por testigos la Europa entera y todos los que
estuvieron bajo sus órdenes. Los Príncipes pueden dar y quitar
los empleos, pero no son dueños de la opinión pública, que
(sin que llegue a sus oídos, por desgracia) vuelven contra sí,
sin conocerlo, las más veces que no quieren escucharla. Fue, pues,
llamado a Madrid, y vino a relevarle en posta el Marqués de la Mina.
Poco después de su llegada,
vino la noticia de haber muerto de un accidente de apoplegía el Rey
Felipe V, de edad de sesenta y dos años, que espiró entre los
brazos de la Reina, su esposa, habiendo muchos atribuido esta desgracia a la
impresión que hicieron en él las repetidas desgracias de su
ejército de Italia.
Esta inesperada novedad causó
todo el dolor que puede considerarse en el ánimo del Rey Carlos y del
Infante D. Felipe, su hermano. Mandaba ya ejército el nuevo Mariscal
General Mina, el cual, sin oír los consejos de su antecesor,
abandonó precipitadamente la Italia, dejando descubierto el genovesado,
que se había declarado por la Casa de Borbón. En consecuencia,
—71→
tomó el Rey de Cerdeña casi toda la ribera de
Poniente, y los austriacos se acercaban a sus murallas. Pidieron los genoveses
auxilio a las Cortes de Madrid y París, y perdón a las de Londres
y Viena, ofreciendo a los austriacos dos puertas de la ciudad, a título
de capitulación provisional, y el pago exacto de la contribución
que se les impusiese. Pidieron 16 millones, de los cuales pagaron desde luego
8, pidiendo plazo para los otros 8, lo que se les negó en 30 de
Noviembre, exigiendo a más mantuviesen los nueve regimientos que
ocupaban el Burgo de San Pedro de Arenas.
Hostigados los genoveses de tanta
violencia, deseaban con ansia el momento de la venganza, que consiguieron en
breve. Meditaban los austriacos una irrupción en Provenza, para la cual
sacaban de Génova los cañones y municiones, que hacían
arrastrar al pueblo. Un oficial dio un día un palo a un paisano, y esto
fue la señal de la venganza. Todos se amotinaron, tocaron a rebato, y en
breve se reunieron de las inmediaciones más de 30.000 hombres, armados a
su modo, y arrojaron de la ciudad al General Bota y a su tropa, que se vio
precisada a huir precipitadamente por la Boqueta, habiendo dejado más de
4.000 prisioneros, sin los muertos. El Príncipe Doria mandó el
destacamento que le obligó a huir.
—72→
Esta sorpresa influyó en la
expedición de Provenza de modo que los alemanes se vieron obligados a
repasar el Var, río que la divide del Piamonte. Expelidos los austriacos
de la Provenza, quisieron volver sobre Génova, mandados por el General
Schulemburg; pero la Francia y el rey Carlos, que estaba amenazado de nuevo por
el acantonamiento de más de 12.000 hombres de caballería
austriaca, que estaba en el Modenés y Parmesano, socorrieron a los
genoveses. Los mismos ingleses, interesados en que la costa estuviese en poder
de una débil República, y no de la Casa de Austria, que si la
tomaba no la cedería tan fácilmente, hacían la vista gorda
al paso de los convoyes, que impidieron, con sus socorros y con las tropas galo
hispanas que pasaron a Génova, los nuevos designios de los alemanes, por
más que éstos deseaban reparar su vergonzosa retirada.
Asegurada ya Génova,
intentó el ejército galo-hispano penetrar de nuevo en Piamonte;
pero habiendo atacado imprudentemente el caballero de Belle-Isle, hermano del
General, el 19 de Julio las trincheras del collado llamado de la Asieta, entre
Esilles y la fortaleza de Fenestrelles, perdió la vida, igualmente que
más de 12.000 hombres, que los generales austriacos Bricherasco y
Colloredo vencieron con pocos más de 6.000.
—73→
El rey Carlos, receloso de un nuevo
ataque, y no tan unido con su medio hermano el Rey de España D.
Fernando, retiró de Provenza sus fatigadas tropas, para restablecerlas y
cubrir sus dominios.
El nuevo Rey de España
insinuó, a principios de julio, a su madrastra, madre del Rey Carlos,
escogiese, fuera de la Corte, una ciudad para su residencia, y S. M.
prefirió el Sitio de San Ildefonso, que había edificado su
difunto marido, y en cuya Colegiata se había mandado enterrar. Esto
denotaba la frialdad y deseo de separarse de la guerra de Italia y de adoptar
un sistema de unión con la Inglaterra, análogo al que entonces
tenía con Portugal, y que estaba apoyado por la nueva Reina portuguesa,
doña María Bárbara, que tenía la mayor parte en el
Gobierno, y con quien tenía mucha influencia D. Benjamín Keene,
un político fino que había vivido mucho en España y en
Portugal, y que acabó sus días de Embajador de Inglaterra en
Madrid. Este era el alma de esta negociación. El Rey Carlos, de acuerdo
con el Ministerio francés, pudo contrarrestarla, y D. Fernando
declaró no abandonaría la causa de sus dos hermanos en Italia, ni
se separaría del sistema del Rey padre, estrechando más los
vínculos entre ellos y la Corte de Francia.
El nacimiento del primogénito
del Rey Carlos,
—74→
a quien dio el título acostumbrado de Duque
de Calabria, dio nuevo motivo a acreditarlo. S. M. C. le declaró Infante
de España, con la pensión anual de 40.000 duros, y envió
como su Embajador extraordinario a Nápoles al Duque de Medinaceli, que
fue su padrino, en nombre de su Soberano, y se le puso el nombre de Felipe.
Sólo le vivían entonces al Rey sus dos hijas Doña
María Josefa y Doña María Luisa, hoy Emperatriz de
Alemania, que fueron las que le acompañaron a España.
Quiso Dios ejercitar la paciencia del
rey Carlos y hacer brillar sus virtudes, y, para probarle, cuando estaba lleno
de consolación, después de haber libertado por dos veces su reino
de los desastres de una guerra, y que ya había asegurado la
sucesión de varón en su Corona, tuvo a bien afligirle del modo
más sensible para un buen padre, cuya calidad sentía
íntimamente en su corazón este Soberano, que jamás
olvidó que era un hombre como los otros. Así lo acreditaba
siempre, y aun decía a menudo, y sobre todo cuando se trataba del
cumplimiento de su palabra:
Primero Carlos que Rey, sentencia digna de
imprimirse en bronce.
Estaba, pues, un día el ama del
tierno Infante en una disputa muy altercada, que la había puesto en
agitación la bilis, cuando de repente la llamaron para dar de mamar al
niño, que se había
—75→
dispertado; subió
aceleradamente, sin dar tiempo a calmar su cólera, y desde este
día en adelante empezó a enfermar la criatura y a padecer de
accidentes epilépticos. Discúrrase el pesar de los padres y los
medios que emplearían para aliviarle. Después de mucha
mutación de amas, vino al fin una cuya leche parece le era más
análoga, y el niño empezaba a sentir alivio. Los padres no
sabían qué hacerse con esta mujer; pero cuando menos se pensaban,
le vino la idea de irse con su marido, y por más que el Rey la
ofreció y la pidió, hasta llegarse a poner de rodillas delante de
ella, según se me ha asegurado, no hubo forma de ceder. Viendo esto el
Rey, y teniendo presente la máxima que queda dicha arriba, dijo,
penetrado del dolor que se puede creer:
Que se vaya, pues que nada, le basta; pero que
no le hagan ningún mal. Así lo mandó el Rey, y
así lo hicieron todos, menos su marido, que, llegada a su casa, la dio
su merecido, como que había perdido su fortuna y, la de toda su familia
con una acción que sólo puede tener excusa en la locura. Tal era
en todas ocasiones el dominio que el Rey tenía sobre sí
mismo.
Los napolitanos han sido siempre
enemigos del Santo Oficio de la Inquisición, y en tiempo del Rey D.
Fernando el Católico y de Carlos V, se rebelaron porque quiso
introducirse en el reino, y, sólo para evitarlo en lo sucesivo, se
estableció
—76→
una junta o consejo, llamada
Diputación contra el Santo Oficio,
que debía vigilar y oponerse al primer indicio de que se quisiese formar
este Tribunal. Una sentencia, dada por el Cardenal Spinelli, Arzobispo de
Nápoles, contra tres eclesiásticos, dio motivo a que dos de ellos
acudiesen a, dicha junta denunciando la providencia del Arzobispo, como
dirigida a introducir el Tribunal de la Inquisición, diciendo visaba a
ello desde el año de 1739, y el Tribunal representó a S. M. que
el pueblo amenazaba una sublevación. El Rey Carlos, dotado desde la cuna
del don de prudencia y oportunidad, no obstante de haberse criado en
España con las ideas del respeto y de la necesidad del Santo Tribunal,
que sostuvo luego cuando vino a reinar a su patria, conoció
cuánto deben respetarse en cada país sus costumbres, y aun las
preocupaciones del pueblo, y así, oído por S. M. el dictamen del
Tribunal de Santa Clara, que es el equivalente al Consejo de Castilla en
España, expidió en 29 de Diciembre una orden a la
Diputación del Santo Oficio, desterrando a los Canónigos que
habían tenido parte en la decisión, y reprendiendo al Vicario del
Arzobispo por haber quebrantado las leyes del Estado en la formación de
los autos. Mando que uno de los clérigos encerrados se enviase a
Cápua, a las órdenes de su Arzobispo, y que a los otros dos se
—77→
les diese libertad; que se anulase y absolviese todo lo
perteneciente al Tribunal de la Fe existente en el arzobispado; que se
despidiesen todos sus miembros, y rompiese el sello, y quitase la
inscripción de
Sanctum Officium, grabada en
mármol sobre la puerta principal, y que se notificase así a todos
los Arzobispos y Obispos del reino, para que supiesen cómo debían
proceder en adelante en este punto. Poco después hizo el Rey que el
Cardenal Arzobispo Spinelli hiciese dejación del arzobispado de
Nápoles, en el que le sucedió el Cardenal Sersale. El Papa
envió a Nápoles al Cardenal Lanti para ver si podía
moderar la providencia del Rey, pero no logro nada. Esta resolución
oportuna y firme aquietó enteramente los ánimos, y dio al Rey
mayor crédito y dominio sobre el espíritu de los napolitanos, que
se veían sostenidos en todos sus privilegios y en sus ideas religiosas
del modo que las creían más útiles.
Lo más singular de esto es que
en los archivos de la Curia episcopal se hallaban Ministros con el nombre de
Santo Oficio, con que los mismos napolitanos honraban a varias personas
condecoradas; que muchos autos de los Obispos, pertenecientes a asuntos de fe,
tenían el título del Santo Oficio; que desde el año de
1581 a 1589 se hallaban varias abjuraciones; que, a más de esto, en toda
causa de herejía se acudía
—78→
a aquel Tribunal, y lo
que es más aún, y no podía ocultarse a nadie, que
aún en el tiempo del Emperador Carlos VI, la mañana de San Pedro
salían de este
Tribunal vergonzante del Santo Oficio, con
toda solemnidad, muchas cestas con hechicerías y cosas semejantes, que
se quemaban en una grande hoguera inmediata a la Catedral, delante de la cual
pasaba esta procesión, y no obstante la pretendida oposición al
Tribunal, nadie lo advertía, ni receló del peligro que
había de que al fin parasen aquellos principios en una
Inquisición descubierta y autorizada en toda forma, y, sin la
representación de los dos curas, hubiera llegado a verificarse con el
tiempo. Esto prueba cuán fácil de engañar es el pueblo, y
que rara vez se mueve en ciertos asuntos si no le excitan. Los napolitanos
llenaron de bendiciones a su Soberano, y le dieron un donativo voluntario de
300.000 ducados de aquella moneda para acreditárselo y acudir a los
gastos que podrían ocasionar las tropas puestas en las fronteras, y que,
no obstante de no pasarlas, servían para imponer y precaver toda
invasión de la parte de los austriacos y para acudir en caso necesario
al socorro del ejército galo-hispano, que estaba hacia el Var y
Villafranca.
Cansadas y abatidas las potencias
beligerantes de tan larga guerra, se convocó para hacer la paz el
Congreso de Aquisgran; pero al mismo
—79→
tiempo cada cual agenciaba
secreta y separadamente sus intereses. Los franceses, dueños de los
Países Bajos austriacos, se resistían a volverlos; pero la ruina
de su marina y la pérdida de Cabo Bretón les obligaba a hacer
sacrificios. Para forzarlos a ello, se pusieron de acuerdo la Inglaterra,
Austria y Holanda, y persuadieron a la Emperatriz de Rusia, Isabel, a enviar
40.000 rusos a las orillas del Rhin y de la Mosela. No podía dejar de
aceptar un proyecto que lisonjeaba tanto su amor propio, y sus tropas marcharon
al degüello para satisfacerle, resultando de ello que en 30 de Abril de
1748 se firmaron improvisadamente los preliminares de la paz entre la Francia,
Inglaterra y Holanda, y las Cortes de Viena y Turín tuvieron que acceder
a ellos. Sus principales artículos fueron los siguientes:
1.º Restitución general de
todas las conquistas de Europa y América.
2.º Cesión de los Estados
de Parma y Plasencia a favor del Infante D. Felipe y su línea por una
porción de dinero, con reversión del primero a la Emperatriz
María Teresa y su línea, y del segundo al Rey de Cerdeña,
en falta de sucesión de dicho Infante, o de su pase a la Corona de
Nápoles, a que se quería se transfiriese, si el Rey Carlos
llegaba a pasar a la Corona de España. Contra esto protestó
formalmente
—80→
este Soberano en el Congreso de Niza, pretendiendo no
podía permitir la exclusión de sus hijos menores en favor de su
hermano y su línea, tanto más que la Reina acababa de aumentar su
familia con el Infante D. Carlos (hoy Carlos IV de España), que
nació en 12 de Noviembre de aquel año.
3.º Que el Duque de
Módenay la República de Génova entrasen en quieta y
pacífica posesión de sus Estados respectivos.
4.º Que el Rey de Prusia
conservase la parte que había tomado en la Silesia y el de
Cerdeña la cedida en el Milanés.
5.º La España
confirmó el terrible contrato del asiento de negros con los ingleses,
que por él eran los únicos que podían introducirlos en las
colonias españolas, restricción dura de que, a Dios gracias, se
ha salido ya, y además hubo que hacerles algunas promesas secretas de
privilegios en el comercio de la América española.
Concluida ya la paz, los soldados,
acostumbrados a correr países, se cansaron de estar tranquilos en el
suyo, y hubo una deserción muy grande de las tropas de Nápoles
que se retiraban a la ciudad de Benevento, en el Estado del Papa. El Rey
envió tropas a bloquear y pedir los desertores. El Papa resistió
su entrega; pero al fin hubo de ceder, y hacer, por medio del Marqués de
la Roca, que envió a Nápoles, un
—81→
convenio para la
restitución en lo sucesivo, a cuyo fin residiría siempre en
Benavento un oficial napolitano.
Habíanse introducido en el
reino un gran número de francmasones, que hacían continuamente
nuevos prosélitos. El misterio de sus juntas y el secreto inviolable de
que hacían juramento en su recepción, los había hecho
siempre sospechosos al Gobierno, y no sin razón. Los acusaban de
enemigos declarados de los reyes, y aun de la religión, y, como tales,
había fulminado contra ellos una Bula Clemente XII, que confirmó
con este motivo Benedicto XIV. Prescindo de la verdad de esta acusación;
lo cierto es que el secreto es sospechoso, y que lo que en el día sucede
en Francia hace ver que los principales de los francmasones, que son los
únicos que están en el secreto, y los de otras sectas derivadas
de ellos, son el origen y el móvil oculto y verdadero del trastorno
general que se padece en este desgraciado reino. Los demás, no iniciados
a fondo, lo ignoran, y entran de buena fe por el atractivo de la
diversión, de un socorro mutuo con que los lisonjean y que esperan en
todas ocasiones, y de una facilidad de introducirse y de hallar amigos en todas
partes, sobre todo en los viajes, por medio de las señas de
reconocimiento establecidas a este fin, y empeñados inocentemente, parte
por curiosidad, parte por
—82→
estas razones, aumentan el número
y el crédito a los que no conocen, y con dificultad pueden desistir
cuando algunos llegan a apercibirse del mal y desearían separarse.
¿Cómo es posible que sin
una preparación muy combinada y anterior se viese desde luego una
uniformidad semejante de opiniones en todo el reino de Francia, y un deseo
apostólico de propagarlas en el universo? ¿En qué otra
cosa puede tener su origen esta afectada igualdad, esta manía de
llamarse todos hermanos, como si fuera una descubierta, y como si nuestra santa
bien entendida religión no nos lo enseñara así, y no
hubiera sido la primera a establecer esta fraternal caridad en todo el
género humano, sin que el abuso que han hecho algunos de las verdaderas
máximas pueda ser suficiente para contradecir esta verdad? No pretendo
acusar positivamente a los buenos e inocentes francmasones; pero es muy de
temer que algunos hayan abusado de este instituto para forjar siempre con
él los fundamentos de un sistema destructor de todo principio de
sociedad y orden, y no faltan documentos que lo confirman y que encierran, con
máximas de la sociedad, todas las que los innovadores de Francia
establecen contra la religión y la monarquía. Entre otras, hay un
manuscrito verdadero, que se halla entre mis papeles, que lo acredita
así, y que se cogió en una
—83→
logia (o sociedad) masónica,
sorprendida en Venecia en estos últimos años.
Como quiera que sea, pensándolo
así el rey Carlos y deseando precaverlo en tiempo y tranquilizar el
pueblo, que, estimulado por los predicadores, se preparaba a insultarlos,
defendió semejantes juntas con penas muy, graves, y el Rey actual
imitó últimamente a su padre en 1776.
Mientras que el Rey cuidaba de atajar
el estrago político que creía poder resultarle de la tolerancia
de confraternidad francmasónica, sobrevino otro estrago real, que
amenazaba una pronta ruina. El 23 de Octubre de 1750 se sintió en
Nápoles un fuerte terremoto, a que sucedió el 25 una terrible
erupción del Vesubio, que arrojó mucha lava, piedra y ceniza. El
daño se extendió más de cuatro millas, y el Rey no
omitió, como siempre, ni dinero, ni cuidado para aliviar a los
desgraciados.
Concluyóse y publicóse
en Aranjuez el 14 de junio de 1752 un tratado de amistad y concordia entre las
Casas de Austria, España y Cerdeña, a que convidaron al Rey
Carlos, haciéndole ver era el modo de asegurar sus posesiones de Italia.
Este Monarca, que no había asentido a la cesión de sus derechos a
los bienes de la Casa de Médicis en favor de la de Lorena, no se convino
a ello, y recurrió a la Corte de París,
—84→
donde
envió al Marqués Caracciolo para tratar este negocio. El modo de
conciliar todos los intereses fue tratar el matrimonio del Archiduque Leopoldo,
hijo segundo de la Emperatriz, con la Infanta Doña María Luisa,
hija segunda del rey Carlos (cuyo matrimonio ocupa hoy el solio del Imperio de
Alemania), cediendo este a favor de su línea sus derechos a la Casa de
Médicis, y otra hija de la Emperatriz se destinaría a esposa del
heredero de la Corona de Nápoles. Así se ha verificado
después, y la Italia debe a la prudencia y previsión del rey
Carlos los cuarenta años de paz de que goza, y que no parece pueda
interrumpirse por ahora, a vista de la moderación del Emperador y de la
de los demás Príncipes actuales de la Europa.
Cuando Carlos V, después de la
pérdida de Rodas, cedió a la Orden de Malta la isla de este
nombre, que poseía como Rey de las dos Sicilias, se conservó por
este título el tributo anual de un halcón y la elección y
patronato del obispado, para el cual le propondría el Gran Maestre tres
sujetos. La Casa de Austria había abandonado un privilegio que, no
siendo lucrativo, no la interesaba mucho a aquella distancia; pero el nuevo Rey
pensó de otro modo, y quiso rehabilitarlo. A este fin mandó al
Obispo de Siracusa pasase a visitar la isla. Envió Vicarios que le
precediesen; pero no fueron admitidos, y en
—85→
las dos tentativas que
él mismo hizo posteriormente tuvo igual suerte, y le amenazaron en la
segunda con el canon si ponía el pie en tierra. Acudió el gran
Maestre al Papa y a todas las potencias de Europa reclamando su derecho de
posesión; pero sólo el primero se prestó a intervenir en
el asunto, y los malteses enviaron a este fin un Baylío a
Nápoles. Su Santidad decía no quería atacar el derecho
primitivo del Rey; pero exigía alguna consideración, en virtud
del abandono de él por más de doscientos años, etc. S. M.
S. no dio cuartel, amenazó y se apoderó de las encomiendas del
reino, cortó la comunicación de Sicilia con Malta, y, falta
ésta de apoyo y aun de víveres, por la inmediación de
Cerdeña a que recurrió, logró el Rey con su tesón
arreglar este punto, y, por la intermisión del Papa, restituyó
las encomiendas y abrió de nuevo la comunicación interrumpida con
la isla de Malta.
Se suscitó otro nuevo altercado
entre las Cortes de Roma y Nápoles. El Papa había concedido una
pensión de 6.000 escudos a favor del Infante D. Fernando, sobre el
arzobispado de Monreal en Sicilia, que decía el Papa ser
infra y el Rey
ultra tertium. De esta disputa
resultó se negase en 1753 el envío deja hacanea; pero el Duque
Ceresano compuso con el Papa se presentase un memorial en nombre del Rey
solicitando
—86→
la pensión por tres años, la que se
concedió, y luego se presentó la hacanea, como los demás
años.
Termináronse inesperadamente el
día 1.º de Mayo de 1756, en virtud de un tratado de alianza,
llamado de Versalles, las rivalidades que reinaban entre las dos Casas de
Borbón y de Austria desde el matrimonio de Maximiliano I con
María de Borgoña. El Príncipe de Kaunitz se hallaba
entonces de Embajador en París. Este digno y raro Ministro hace treinta
y cuatro años lo es del Emperador durante tres reinados, y
merecerá siempre la fama póstuma, por su rectitud, prudencia y
judiciaria, que no son capaces de obscurecer las singularidades y nimiedades de
su carácter. Era Ministro de Estado en Francia el Abate, hoy Cardenal,
de Bernis. Supo el Embajador austriaco empeñar de modo a este Ministro y
a la Marquesa de Pompadour, favorita de Luis XV, que consiguió la
conclusión de este Tratado, en que se guardó el mayor secreto,
pero que el Embajador de España D. Jaime Masones, de quien se
habían guardado, como de otros, descubrió originalmente antes que
nadie. Era este Embajador de carácter franco, amable, alegre y seguro en
el trato, de modo que todos le buscaban y hablaban con confianza, sin mirarle
con aquella reserva que inspira regularmente un Embajador, cuyo carácter
olvidó
—87→
él mismo en el trato, sin faltar al decoro
del empleo. Convidado un día a comer amistosamente en casa del Cardenal,
en compañía de Kaunitz, se puso a dormir en su silla
después de la comida a su acostumbrado, y, contando con esto, el
Cardenal y el Embajador del Emperador se entregaron a su asunto. Masones
oyó algo entre sueños, y, despertándose, sin abrir los
ojos, cogió toda la conversación, y despachó la noticia a
España. Como allí se había ya empezado este proyecto, en
virtud del Tratado de 52, de que arriba se ha hablado, no desagradó el
ver aún más aseguradas las posesiones de Italia, lo cual no
dejaría también de influir en un Abate Ministro, que sin duda no
perdía de vista el capelo, y estaba interesado en ello como
Cardenal.
Esta anécdota es buena de
saber, para hacer conocer a los Embajadores cuán útil les es
proceder con una natural franqueza, para adquirirse la confianza, y para que no
olviden los Ministros que, aunque en esta ocasión no tuvo malas resultas
su descuido, en otras podría tenerlas, y el no precaverse aún de
los que duermen. Yo supe igualmente otro secreto, no de esta importancia, en el
Pardo, del Marqués de Esquilace, que, creyéndome dormido,
habló del Marqués de la Corona, D. Francisco Carrasco, de sus
proyectos de enviarle a América, y me enteré
—88→
del fin
y de la suma resistencia del Marqués, que al fin logró no ir, sin
haberlo dicho a nadie hasta ahora. Uno de los motivos que obligaron a hacer
este Tratado fue precaverse contra una invasión de la Casa de Austria,
si, como se recelaba, llegaba a encenderse una guerra en el Continente, la que
ya hacía años se hacían en las Antillas y el Canadá
los ingleses y, los franceses. Estos recelos llegaron a verificarse, y el rey
de Prusia invadió inopinadamente la Sajonia, de que se apoderó,
excitado por la Inglaterra, que se alió con ella para vengarse de la
frialdad con que la Corte de Viena no sólo había rehusado tomar
interés por ella para debilitar y distraer las fuerzas de la Francia,
sino que había concluido un Tratado que le separaba de ella. A vista de
esta inesperada invasión, salieron a la defensa del rey de Polonia,
Elector de Sajonia, la Rusia, la Suecia, la Francia, el Cuerpo germánico
y la Casa de Austria, y todos pusieron sus tropas en campaña. Mr. de la
Gallissonniére batió completamente en el Mediterráneo al
Almirante inglés Bing, hijo del que en 1718 combatió y
venció la escuadra española junto a Mesina. Este Almirante fue
decapitado por sentencia a bordo de su nave capitana, y, de resultas del
combate, tomó el Mariscal Duque de Richelieu la plaza de Mahón e
isla de Menorca.
El Rey de Nápoles se mantuvo
enteramente
—89→
neutral; pero socorrió con dinero a su suegra la
reina de Polonia, detenida con su familia en Dresde. Los ingleses se quejaron a
la Corte de Nápoles de que pasaban marineros y obreros a Mahón al
servicio de los franceses, faltando en esto a la neutralidad. S. M.
respondió lo ignoraba, y, no tenía parte en ello; pero que,
aunque la tuviese, no podía impedir a sus súbditos
pasar a servir donde les acomodase, indiferentemente a Francia, Inglaterra u
otra parte, a lo cual no quedaba qué replicar.
Era general la guerra por mar y por
tierra. La América y todas las partes del mundo se resentían de
ella, y, la Alemania era su principal teatro en Europa. Llegó el rey de
Prusia a Praga; pero el General Daun le obligó a retirarse él, y
el General Haddichy los rusos pusieron por otra parte a contribución su
Corte de Berlín.
En estas críticas
circunstancias, favorables acaso para la nueva posición en que se iba a
hallar el rey, Carlos, murió en Villaviciosa, castillo distante
sólo dos leguas de Madrid, a los cuarenta y seis años de su edad,
el rey, de España D. Fernando, su hermano, que había subido al
trono en 1746, y de cuyos dominios era el inmediato heredero.
Fue este Príncipe muy amado de
sus vasallos, porque era de carácter dulce y agradable, aunque
—90→
de
aspecto más presto serio que risueño; español de
corazón, observante de la religión, amante de la paz y lleno de
virtudes y buenas calidades. Se dedicó al restablecer lo que tantos
años de guerras habían destruido en el reino. Fomentó sus
fábricas, se redujo y economizó de sus gastos, dio una nueva
existencia a la marina e hizo, por dirección del celebre general de
Marina, D. Jorge Juan, tan conocido en las Academias científicas de
Europa, los diques de Cartagena, los primeros que se han construido en el
Mediterráneo, donde no hay, mareas, y los construyó
también en el Ferrol, haciendo de planta uno y otro arsenal, que son de
los mejores de Europa. Hizo venir constructores ingleses. Estableció la
fábrica de telas de Talavera de la Reina, y la de San Fernando, que se
transfirió luego a Guadalajara. Empezó el canal de Castilla.
Concluyó el camino del puerto de Guadarrama, distante nueve leguas de
Madrid, y donde tenían todos los viajantes que desarmar los coches y
pasarlos a lomo, haciendo una caravana o cabalgata, tan propia de los desiertos
de la Arabia o del Kanchiatka, como indecente a las inmediaciones de la capital
del Monarca de la España y de casi toda la América. No debe
quitarse al Marqués de la Ensenada la parte de gloria que le toca, tanto
en esto como en haber enviado a toda Europa viajantes de
—91→
todas
clases y estado pagados por la Corte para perfeccionarse en sus respectivas
profesiones.
Para dar una idea justa de este
Ministro he formado la nota primera, a que debe acudirse.
Gobernó Fernando
pacíficamente por diez años el reino, al cabo de los cuales
perdió en Aranjuez, el 28 de Agosto de 1758, a su esposa la reina
Doña María Bárbara de Portugal, a quien amaba tiernamente.
Este pesar se apoderó de su ánimo, y, acostumbrado a vivir
siempre acompañado y, servido en su interior por las personas que
servían a la Reina, con quien pasaba casi todo el día, se
halló aislado sin su antigua compañera, y la tristeza, a que era
algo propenso, empezó a apoderarse de él y privó a la
España de este amado Príncipe el día 10 de Agosto del
año siguiente de 1759. Las circunstancias particulares de su enfermedad
se hallarán en la nota segunda.
Luego que murió este Soberano,
se despachó un correo en toda diligencia a Nápoles para anunciar
a su hermano el rey Carlos tan importante noticia, y, para llamarle a la
sucesión del trono de su padre, a que era el primer llamado, por falta
de sucesión de sus dos hermanos mayores el rey Luis I y Fernando VI.
Luego que pasaron los funerales de este Monarca, se hizo en todo el reino la
proclamación de su sucesor, bajo el título de Carlos III.
Ejecutó
—92→
esta ceremonia en Madrid el E. S. Conde de
Altamira, como Alférez mayor de la villa, con toda la solemnidad
acostumbrada, arrojando medallas con el cuño del nuevo Rey.
Apenas que el nuevo Rey Carlos
recibió esta noticia, reexpidió el correo, confiriendo la
regencia del reino a su madre ínterin llegaba a Madrid. El único
movimiento de placer que tuvo este Monarca en aquel momento, fue el de poder
dar al mundo una prueba del cariño y respeto que había conservado
siempre a su madre, y aliviarla por esta satisfacción de lo que
necesariamente habría sufrido en los doce años que pasó en
San Ildefonso, donde la adulación a los nuevos Soberanos hacía
que poco a poco se fueran olvidando de ella, y, que pocos o nadie la
visitasen.
Esta Soberana, aunque al principio
solía allí salir a los jardines, había ya muchos
años que el único movimiento que hacía era de su pieza de
dormir a la inmediata, en que pasaba el día sentada en una silla
poltrona. La extraordinaria distribución de horas que el rey Felipe, su
marido, había tenido en los últimos años de su vida, se
había ya hecho en S. M. una costumbre, y, así hacía del
día noche y de la noche día. Se levantaba a la una o las dos.
Oía Misa (con permiso particular) a las tres y media. Comía a las
ocho de la noche, cenaba a las cinco de la mañana,
—93→
y se
acostaba a las siete. Era preciso seguir siempre la ilusión de su
método de vida, y, tanto en verano como en invierno, las luces
ardían a la hora en que se acostaba, y se encendía el velador en
verano a las ocho de la mañana, para que ardiese mientras dormía,
como pudiera hacerse a las doce de la noche. Todos los sirvientes tenían
gran cuidado de no decir «esta mañana» a las seis de ella;
la noche anterior debía durar,
a lo menos de palabra, hasta que S. M. se
acostaba, y se enfadaba si no se hablaba con arreglo a este sistema.
Cualquiera creería que,
después de doce años de semejante vida, no podría S. M.
emprender un viaje de catorce leguas de mal camino, con un puerto como el de la
Fonfría, sin mucho cuidado y precauciones, y en silla de manos; pero
esto del mando, para el que tiene la suerte de gustar de él, es la
pasión más dominante y el remedio más seguro de todos los
males. Apenas recibió la Reina la noticia y poderes para la regencia, se
puso en coche, y en un día se halló en Madrid, habiendo hecho
todo el viaje sin el menor quebranto. Tanto puede en el hombre la fuerza de la
imaginación y el gusto o pesar con que se hacen las cosas.
Después de haber dado el Rey
una regenta o Reina gobernadora (cuyo título tomó) a sus nuevos
Estados, se dedicó a establecer el gobierno
—94→
o
sucesión de los que le era preciso dejar en Italia. Según la
convención de Aranjuez, arriba citada, había llegado el caso de
que pasase a Nápoles el Infante D. Felipe, Duque de Parma y su rama, y
de distribuir sus Estados como allí se convino; esto es, el Parmesano a
la Emperatriz Reina y el Placentino al rey, de Cerdeña. Si la Europa se
hubiera hallado en paz, sin duda se hubiera alterado en esta ocasión (no
obstante la protestación del rey Carlos contra esta división), y
la Italia hubiera vuelto a ser el teatro de la guerra que estaba encendida en
Alemania y se hallaba en su mayor fuerza, y esta circunstancia facilitó
segunda vez al Rey los medios de ser él en el día el conservador
de la paz de Italia, y de poder asegurar probablemente por mucho tiempo su
tranquilidad, cortando este pretexto de interrumpirla y arreglando la
sucesión importante del reino de Nápoles.
A este fin, pudo conseguir que,
imponiendo en el Banco de Génova, a favor de la Emperatriz Reina y del
rey de Cerdeña, un capital, cuyo rédito igualase a la renta anual
libre de los Estados que debía heredar el Infante Don Felipe,
renunciasen dichos Soberanos a su favor y de su línea la propiedad de
aquellos países, a que por el tratado de Aranjuez tenían derecho
en este caso. Convínose además entonces el matrimonio del
Emperador Josef II, primogénito
—95→
de la Emperatriz
María Teresa, con la Infanta primogénita de Parma, Doña
Isabel, que supo hacerle feliz, y que su esposo no olvidó y amó,
y echo menos después de su muerte, hasta el día de la suya.
Si el heredar un trono como el de
España sería en lo general para cualquiera nacido para reinar un
motivo de gozo y complacencia, para el rey Carlos (salvo el gusto de ver a su
madre y a su hermano el Infante D. Luis) fue un motivo de pesar y de amargura.
Había vivido desde los diez y seis años en un país tan
delicioso y ameno como la Italia, y sobre todo Nápoles, de cuyo clima y
situación hemos visto ya lo que decía el gran Federico II.
Había sido el conquistador y el regenerador de aquel reino, y era el
primer Soberano que, después de siglos, habían visto aquellos
pueblos, dominados y tratados como colonias por los vireyes de unos
príncipes remotos. La dulzura del clima, el amor de sus vasallos, que le
miraban y amaban como a un padre, la ninguna necesidad de mezclarse en las
disputas de los otros príncipes de Europa, todos estos eran, para un
Monarca filósofo, cristiano, ajeno de ambición, y que
conocía la gravedad del peso que traía consigo la nueva corona y
el dilatado Imperio de la América, otros tantos motivos de reflexiones y
de pesar. A ellos se añadía otro aún mayor, que era el ver
el estado
—96→
de incapacidad en que se hallaba su hijo
primogénito D. Felipe, y la necesidad absoluta en que se veía de
hacerlo constar públicamente a todas las potencias de Europa. A este
fin, mandó hiciesen los médicos un examen público del
estado de su hijo, con todas las formalidades necesarias, y que le declarasen
jurídicamente incapaz no sólo de reinar, sino de toda
razón, por hallarse enteramente estúpido, de resultas de un total
desconcierto de la imaginación, ocasionado por una repetición de
accidentes epilépticos, que le continuaron desde los once meses de su
edad, y con los cuales le vi yo en Nápoles en 1772. Amaba mucho la
música, y se divertía en ponerse una cantidad de guantes, que
llamaba la
manona, y que se echaba al hombro como un
fusil, y así pasó hasta su muerte, que fue en 19 de Septiembre de
1777.
Considere cualquiera que sienta lo que
es ser padre, lo que padecería en semejante acto el corazón de
aquel hombre Monarca, sobre todo acordándose del lance del ama, que
parece hubiera podido, y no quiso curarle, como queda referido arriba.
El 29 de Septiembre llegó a
Nápoles la escuadra española, que iba a buscar a SS. MM. y su
real familia. Se componía de 16 navíos de línea y algunas
fragatas, a las órdenes del Marqués de la Victoria, D. Juan
Navarro, que había empezado
—97→
a servir en la
infantería, y se halló como capitán de granaderos en la
toma de Barcelona, al principio de este siglo.
Señaló S. M. el 6 de
Octubre para su embarco, y aquella mañana hizo pública
cesión de su reino a favor de su hijo tercero Fernando y su
línea, declarando la imbecilidad de su primogénito Felipe (a
quien dejó en Nápoles con su hermano) y destinando a su hijo
segundo Carlos y su línea para el trono de España. Tengo en mi
casa un cuadro que representa este solemne acto, que no puede ser más
glorioso. Ver al Rey Carlos, conociendo su corazón, separarse para
siempre de dos hijos, y rodeado de vasallos fieles, que miraba como si todos lo
fuesen y le amasen como a padre, llorando una separación que los
más miran como eterna, sin que le quede otro arbitrio para consolarlos
que el de redoblar su dolor y unir sus lágrimas a las suyas, es el
espectáculo más tierno para un alma sensible. Pero, por otro
lado, el verse circundado de vasallos de tantos pueblos, cuyos corazones posee,
disponiendo tranquilamente de la sucesión de unos estados tan
considerables como los de España, Nápoles y Parma, mientras que
los demás Príncipes de Europa despedazaban mutuamente sus
vasallos, sin haber casi sacado fruto de siete años de guerra, es un
espectáculo majestuoso y único, de que acaso no
ofrecerá
—98→
ejemplo la historia. Pero Dios crió el alma
grande de Carlos para cosas grandes y, para hacer felices a muchos.
La víspera de esta augusta
ceremonia había creado S. M., como Rey de España, varios grandes
de España y caballeros del Toisón y de San Jenaro, cuya
nominación se quiso conservar por una fina política hasta la
mayor edad del Rey. Llegada la hora, subió S. M. al trono,
acompañado de dichos señores, Embajadores y Ministros extranjeros
y del reino, de los Barones de él y de los representantes de la ciudad
de Nápoles, teniendo a su lado al nuevo Rey de Nápoles, D.
Fernando, su hijo. Leyó en alta voz el Marqués Tanucci,
secretario de Estado, el acto de cesión, que se halla íntegro en
la nota tercera. Después el Rey empuñó la espada, y,
dándola a su hijo, le dijo:
Esta debe ser la defensa de tu religión y
de tus vasallos, y todos juraron inmediatamente al nuevo Rey.
Nombró después S. M. el
Consejo de Regencia para durante la menor edad del Rey, que duró ocho
años. Los nombrados fueron: su ayo, el Príncipe de San Nicandro,
el Marqués Tanucci y D. Antonio del Río, Secretarios de Estado,
Guerra y Marina, y D. Carlos de Marco, que lo era de Gracia y Justicia.
Concluida esta augusta ceremonia, el
Rey Carlos no volvió a aparecer como Soberano. El
—99→
Marqués de la Victoria vino a tomar la orden para el embarco, y, no
obstante las repetidas representaciones que le hizo del mal tiempo, de que no
sería posible salir y de las que le reiteró sobre que no
debía ir toda su familia en un buque, porque era exponerla toda de una
vez a un acaso de la mar, S. M. sólo le respondía:
Victoria, a las tres y juntos. Al fin,
tanto le insistió, que S. M., en tono algo serio, le dijo:
Victoria, ya he dicho que a las tres y juntos.
Dios sabe las veras con que lo he pedido por la salud de mi hermano, y, el
ningún deseo que tenía de, poseer sus inmensos bienes. S. D. M.
ha querido vaya a España; él cuidará de nosotros, y se
hará su santa voluntad. El embarco se hizo a las tres en punto, con
viento contrario, y con toda la familia en un navío. Por la noche se
puso el viento favorable, y fue tan feliz el viaje como se verá en
adelante.
Quedaron los napolitanos penetrados de
dolor viendo partir al restaurador de su reino y de su libertad, que amaban
tiernamente, y cuyo amor ha pasado de padres a hijos, pues aún el
día de hoy pronuncian con ternura el nombre de Carlos los mismos
napolitanos, que sienten no haberle conocido, y que le llaman
il nostro Carlucio. Su hijo, dotado
de un corazón como el de su padre, les recuerda su memoria, y los
gobierna con igual dulzura, de modo que es amado de sus vasallos y de cuantos
tienen la fortuna de
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