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—[187]→ Desde la Paz de 63 hasta la, conclusión de
la Primera expedición, de Argel Hecha y ratificada la paz en 63, aplicó el Rey Carlos todo su cuidado en reparar las grandes pérdidas que había hecho en sólo seis meses de guerra, sobre todo en su marina, y desde luego empezaron a construirse gran número de buques, no sólo en los tres arsenales de Cartagena, Cádiz y Ferrol, sino también en el de la Habana, cuya plaza se ha fortificado a toda costa, de modo que no hay en Europa fortificación más magnífica que la de la Cabaña y la del Morro, que la defienden. Los habitantes de la Luisiana repugnaban pasar al dominio español, y para reducirlos hizo S. M. pasase a ella el Mariscal de campo D. Alejandro O Reilly, que lo consiguió, y cuya conducta —188→ aprobó el Consejo de Indias, bien que sobre ella hay variedad de opiniones, y que, por de contado, todas o la mayor parte de las de los franceses no le son favorables. Este General llevó consigo varios ayudantes, para establecer allí y en la Habana algunos regimientos de milicias, que puso en un excelente pie. No olvidaba el Rey Carlos ninguno de los ramos que podían interesar la felicidad de sus pueblos y la conservación de sus legítimos derechos, y, aunque ningún Príncipe, ni a un particular, podía excederle en el debido respeto y veneración al jefe supremo de la Iglesia, con todo, se oponía con dignidad cristiana a todo lo que, sin faltarle, creía contrario a su legítima potestad secular, como lo había ya acreditado en Nápoles, y lo hizo confirmar en el caso siguiente. El Inquisidor general, D. Ramón Quintano Bonifaz, que había sido el último confesor del Rey Fernando el VI, de acuerdo con el Nuncio de Su Santidad, hicieron prohibir en Madrid la lectura de un libro intitulado Verdades cristianas, que la Congregación del Indice había prohibido en Roma. S. M. reconvino por ello al Nuncio y al Inquisidor, y publicó un decreto, por el cual prohibía en lo sucesivo la publicación y ejecución de todo Breve o Bula pontificia de que no tuviese antes conocimiento S. M. y su Consejo, —189→ y en que no se hubiese puesto el regio Exequatur, exceptuando sólo de esta regla los Breves de penitenciaría. Se prohibió al Inquisidor general publicar ningún Breve pontificio sin dicho Exequatur; se le mandó no pudiese prohibir libro alguno sin informar antes a S. M., por el Ministro de Gracia y justicia, para saber su dictamen, y se le previno que, antes de condenarlo, llamase, amonestase y oyese a los autores, para no condenarlos sin saber lo que querían decir, si eran culpables o inadvertidos, o si podían modificarse sus proposiciones sin hacerles perder la obra, porque muchas de ellas, de la mayor utilidad, quedan enteramente ignoradas en España, donde, expurgadas, pudieran ser muy útiles. Ninguna puede haber más difícil de purificar que la Historia filosófica del comercio de América, escrita por el Abate Raynal. En él se encuentra la quinta esencia de cuantas máximas filosóficas e irreligiosas están esparcidas en las obras más clásicas de esta clase, procurando confirmarlas todas con ejemplos, y acompañados de entusiasmo irreligioso y de un fuego de imaginación tan violento, que parece que el objeto de la obra es más predicar la irreligión y la incredulidad que instruir sobre conquistas y comercio de la India. Con todo, este libro infernal se halla expurgado y traducido al castellano por el señor Duque de Almodóvar, bajo el nombre —190→ de Eduardo Malo de Luque, lo cual no deja duda de que si hubiese muchos que quisieran sujetarse e imitar su celo patriótico, podría la nación tener varios conocimientos, de que carece por esta falta de cuidado prolijo. Hallábase ya el Príncipe de Asturias D. Carlos en los diez y siete años de su edad, y S. M. pensó era ya conveniente darle estado casándole con su prima hermana Doña María Luisa (hoy reinante), hija de su hermano el Duque de Parma. Trató al mismo tiempo de efectuar el casamiento de la Infanta Doña María Luisa (hoy Emperatriz) con el Archiduque Pedro Leopoldo, y por medio de D. Francisco Orsini, Conde de Rosemberg, Embajador del Emperador en Madrid, y del Conde de Mahoni, que lo era del Rey Católico en Viena, se concluyó este matrimonio. Hizo el señor Conde de Rosemberg su entrada pública para pedir a la Infanta, y estuvo alojado tres días por la corte, según costumbre, en la casa del Conde de Benavente, calle de Segovia, y cortejado con comida, refresco y cena, a que estuvieron convidados todos los Embajadores, Ministros y señores de la corte. Hubo las funciones públicas acostumbradas, y en los fuegos de una de las tres noches sucedieron varias desgracias, porque habiendo querido los guardias walonas hacer retroceder las gentes, empezaron —191→ a caer algunos, y sobre los primeros los otros que querían retirarse, de modo que este acaso turbó algo la celebridad del día. Estipulóse en el contrato matrimonial que el Archiduque Leopoldo sería Soberano del gran Ducado de Toscana, y que fijaría su residencia en Florencia, como Gobernador, mientras viviese el Emperador su padre. El Rey de España le cedió con esta condición todos los bienes de la Casa de Médicis. El Archiduque Josef repugnaba se nombrase a su hermano Leopoldo Gran Duque de Toscana mientras viviese su padre, en cuyo caso (decía) quedaba el un Príncipe sin estados, y con sólo el título de Rey de romanos, que no da nada; pero para cortar esta dificultad, su madre le declaró para este caso la misma asociación y la regencia de que gozaba su marido, con lo cual quedó cortada esta dificultad, por consejo del Príncipe Kaunitz, Ministro tan recto como prudente, experimentado y hábil. Concluidas las fiestas, se puso en marcha la Infanta Archiduquesa, acompañada del Embajador Rosemberg, que se había desposado con ella por poderes. El Duque de Santisteban fue, como Mayordomo mayor, acompañando a S. A., como jefe de la casa que iba para servirla. Embarcóse la real comitiva en Cartagena, donde la esperaba una lúcida escuadra, y haciéndose a la —192→ vela para Génova, desembarcó S. A. en aquel puerto el 17 de Julio. Se habían dado anticipadamente los avisos competentes, y pedido el beneplácito a la República, y, en consecuencia de él, se hallaba ya en Génova la Infanta de Parma, Doña María Luisa, con su familia, y también la comitiva alemana que debía encargarse de la nueva Infanta Archiduquesa. Un suceso desgraciado interrumpió la alegría de tan feliz enlace. El Duque de Parma, que había venido a Alejandría, donde se había avistado con el Duque y Duquesa de Saboya, su hermana y cuñado, murió casi repentinamente, unos dicen que de una caída de un caballo, que le arrastró, habiéndole quedado el pie en el estribo, y otros de resultas de males habituales que hace tiempo padecía, y que hubiera podido evitar; pero lo que se dijo fue que las viruelas le habían arrebatado, a fin de hacer menos cruel el modo de la pérdida a una hija que acababa de padecer el pesar de separarse de su padre probablemente para siempre. Despidiéronse las dos primas, y la nueva Archiduquesa se dirigió a Inspruk con la familia alemana que había venido a buscarla. Allí la esperaba su esposo, la Emperatriz María Teresa y su marido, el Archiduque Josep, ya Rey de romanos, y toda la familia, y Señores de la Corte —193→ de Viena. La hermosura, la franqueza y el agrado de la Infanta María Luisa se hizo dueña desde el primer momento de todos los corazones, y sus virtudes han ido aumentando y confirmando cada día más el amor y el respeto de cuantos la conocen. La Emperatriz, sobre todo, halló en ella un atractivo, que ni pudo ni hubiera querido resistir. El Archiduque, su esposo, no anunciaba entonces una naturaleza muy robusta, y más presto parecía estar tocado del pecho. La Emperatriz se lo dijo a la Infanta, recomendándole le cuidase, y S. A., con su franqueza natural, le respondió: Pierda V. M. cuidado; yo se lo cuidaré respuesta que le agradó infinito. Efectivamente, cumplió su palabra, pues cada día se fue mejorando, y su dilatada prole no deja duda del buen estado de su salud. En medio del gozo general a que todos estaban entregados, una nueva desgracia (la tercera ya en estas bodas) turbó este general contento y llenó de amargura todos los corazones. Acometió al Emperador Francisco, la tarde del 18 de Agosto, un accidente epiléptico, de que falleció, con lo cual se separó inmediatamente la Real familia. El nuevo Emperador Josef I y su madre marcharon a Viena, y los Grandes Duques se retiraron a Florencia, donde fueron recibidos con la alegría que corresponde a un pueblo que hacía muchos años carecía de la vista —194→ de sus Soberanos y de las ventajas de una Corte. Tanta continuación de malas noticias había afligido el ánimo del Rey Católico, y para calmarse necesitaba se verificase la feliz llegada de su sobrina y nueva hija la Princesa de Asturias, que es la segunda de la Casa de Parma que ocupa el trono de España en este siglo. Salió S. M. a recibirla desde San Ildefonso, donde se hallaba, a Guadarrama, y la condujo a su palacio, en que tuve la honra de hacerle mi corte al apearse del coche. Su corta edad de catorce años no cumplidos no permitía estuviese aún formado su cuerpo; pero su espíritu lo estaba más allá de lo que correspondía a su edad. El talento y cuidado de la Marquesa de Griñy, que había sabido educar a su desgraciada hermana, esposa del Emperador Josef I, no había omitido nada para sacar igual fruto de sus tareas con su augustísima hermana. Su gracia, su tino y su viveza nada dejaban que desear, y prometían todo lo que después nos ha acreditado y acredita la experiencia. Fue recibida esta amable Princesa con el mayor gozo, y la Reina madre fue la que tuvo más parte y más complacencia que nadie viendo llegar una nieta de la Casa de Parma y de la de Borbón, que venía para ocupar un día el trono de España. Pasó S. M. desde la Granja al Escorial, y de allí a Madrid, como todos los años. Hizo S. A. su entrada —195→ pública a Atocha, y hubo magníficas funciones para celebrar su arribo. Entre ellas, la más lucida fue la de las tres cuadrillas de a caballo, compuesta cada una de 48 caballeros con sus volantes, lacayos y caballos de mano correspondientes. De una de ellas (de que yo era), que iba vestida a la española antigua, era padrino el Duque del Infantado. De otra, vestida a la húngara, el Duque de Medinaceli, y de otra, vestida a la americana, el Conde de Altamira. Cada padrino, precedido de un gran número de volantes, lacayos y caballos de mano, marchaba delante de su cuadrilla, y entrando todas en la Plaza Mayor por diferentes puestos, ocuparon sus respectivos sitios; hizo cada una sus escaramuzas, corrieron después parejas y se retiraron, habiendo merecido un general aplauso. Lo más magnífico y extraño de esta función fue que cada padrino hizo todo el gasto de su cuadrilla, que el que menos subió a 500.000 reales, sin más insinuación que un mero papel de aviso, en que el Ministro les avisaba que S. M. les había elegido para dirigir dichas cuadrillas. Si las diversiones de la Corte de Francia hubieran costado tan poco al Real Erario, no se hubiera visto forzada a reunir sus Estados generales ni a sufrir las resultas de ellos. El Marqués de Squilace, Ministro de Guerra y Hacienda, tenía toda la confianza del Rey —196→ en este ramo. Su genio franco y generoso le había adquirido muchos amigos en el ejército hispano-napolitano cuando le había seguido en calidad de proveedor. Logró, por medio de la favorita, Duquesa de Castropiñano, de quien he hablado arriba, y a quien no podía estar mal tener un Ministro de Hacienda generoso que fuese su hechura, se le nombrase en Nápoles para este empleo, que el Rey le confirió después en España. Se había casado en Barcelona con una hija de un oficial, tan pobre como bien nacida, llamada Paternó; pero de un carácter muy altivo y, codicioso, que aumentó cada día, como sucede ordinariamente con todos los vicios. No es inútil esta disgresión sobre el carácter del Ministro y de su esposa. El conocimiento del carácter e inclinaciones de las Personas con quien se debe tratar y el de las que los rodean, es el primer paso para entablar, dirigir y concluir bien los asuntos, y aun las más veces, para calcular con acierto de antemano los efectos de las empresas más arduas, por lo que pueden dar de sí las personas a quienes se fían. Preguntaba un negociador todas las mañanas al ayuda de cámara del Ministro (que era muy obstruido y aprensivo), antes de entrar a hablarle, si había ido al retrete, y arreglaba su conversación o silencio al efecto diario de su estómago, que era la llave maestra del bueno o mal humor del Ministro. —197→ La bondad natural del Marqués de Esquilace, su deseo del acierto, de quitar abusos y de aumentar las rentas del Rey, junto al poco fondo de conocimientos que tenía en el ramo de la Hacienda, que sólo sabía por práctica, hizo que diese oídos a varías de aquellas personas que regularmente se llaman proyectistas, y que, estudiando el humor del Ministro, solo buscan el modo de adaptarse a sus ideas para hacer su fortuna particular, sin reparar el modo ni en los perjuicios públicos que pueden producir sus operaciones. Entregado sin conocimiento a estos hombres, se dio el Marqués a una inquisición odiosa de todos los privilegios antiguos, en términos que, sin merecerlo, se echó sobre sí el odio de muchas personas poderosas, que, por otra parte, aumentaban el genio y la conducta de la Marquesa su mujer. El falso principio, demasiado común en algunas Monarquías, de hacer que el pan y los comestibles de primera necesidad se mantengan más baratos en la capital que en el resto del reino, había atraído a Madrid un gran número de gentes ociosas de todas las provincias de España, que se había aumentado aún más de lo regular por la carestía que en aquella ocasión había en todo el reino. El origen de esta conducta es el temor de perder la tranquilidad pública en la corte y de impedir que los clamores del pueblo que la —198→ componen lleguen a oídos del Monarca. El Marqués había dado unas providencias extremadamente violentas para hacer venir granos de todo el reino, a costa de sumas considerables y de grandísima incomodidad y pérdida de los conductores, violentados en parte, y cuyos clamores aumentaban el número de los descontentos, que parecían comprarse con el mismo dinero que el Rey gastaba diariamente para mantener el pan a un precio moderado. Por otro lado, se había dado una providencia violenta para prohibir los sombreros redondos o gachos y las capas de los embozados, permitiéndolas sólo de un cierto largo y sin embozo. Los alguaciles destinados para hacer obedecer esta orden, abusando de su ministerio, como sucede demasiado a menudo, atacaban las gentes en las calles, los cortaban ellos mismos las capas, los sacaban multas y cometían otras tropelías, con las cuales agitaron el sufrimiento del público. Séase por esto sólo, o (como algunos pretenden) porque había quien, aprovechándose de esta buena disposición, tenía particular interés en excitar un movimiento popular, lo cierto es que en la tarde del día 23 de Marzo de 66, domingo de Ramos, dos embozados se hicieron insultar e insultaron en la plazuela de Antón Martín; se defendieron, y fue la señal de reunirse la gente y de empezar el motín. Una multitud de pueblo —199→ se acercó a Palacio y a la casa del Marqués de Squilace, gritando ¡Viva el Rey y muera Squilace! Este desgraciado Ministro había ido aquel día a comer a San Fernando con varios amigos, y a no haber tenido aviso de lo que sucedía, hubiera venido en derechura a su, casa donde hubiera sido la víctima de todo aquel pueblo que clamaba contra él. El Marqués se dirigió a Palacio, y la Marquesa a casa del Ministro de Holanda, Mr. Doublet...3, su amigo, que había ido al campo con ellos, y no hubo particular rumor en aquella noche, pues aunque quisieron ir a quemar la casa al Marqués, un hombre sensato tuvo la fortuna de contenerlos, diciendo a la multitud no era suya, sino de un honrado español, el Conde de Murillo. Al día siguiente 24 continuó el alboroto, y la Marquesa tuvo tanta frescura y presencia de espíritu, que, atravesando la multitud, se entró disfrazada en su casa, oyó en ella dos misas, recogió sus diamantes y se retiró. Continuaban los gritos contra el Marqués, y aumentaba el tropel en Palacio, cuyas primeras puertas quería forzar el público, que obligaba a todos a desarmar sus sombreros a tres picos y a ponerlos redondos, de modo que yo he visto atravesar así la plaza de Palacio al Nuncio Palavicini, —200→ que lo era entonces en Madrid. Los guardias de Corps y las guardias de infantería española y wallona estaban formadas en el arco de Palacio y en las demás puertas exteriores para detener al pueblo; pero habiendo éste querido forzar el arco, tuvieron que hacer fuego. Aunque éste fue dirigido de modo que más sirviera de espanto que de daño, el poco que se hizo enardeció infinito al pueblo, sobre todo contra las guardias walonas, que miraban con encono desde el suceso desgraciado de las fiestas de la boda del Príncipe, de que se ha hecho mención más arriba. Por más que el Duque de Arcos, capitán de cuartel, y otros procuraron calmarlos, el furor aumentaba, y sobre todo contra las walonas, y por fin, a eso de las cinco de la tarde, se vio precisado el Rey a salir al balcón grande del centro de Palacio y permitir entrasen unos cuantos a la plaza para hablarle y pedir lo que deseaban. Yo, que no me aparté de allí en todo el día, salí con S. M., y sólo había entre él y yo el Confesor mientras estuvo oyendo las proposiciones que un caleseruelo, con chupetín encarnado y sombrero blanco (que no se borrará de mi imaginación en toda mi vida), le estaba haciendo desde abajo, como orador escogido por el pueblo; la exposición de todas sus proposiciones, reducidas a la diminución del precio del pan —201→ y de otras cosas, y sobre todo al retiro de Esquilace y de las guardias walonas. S. M. se convino a todo; pero continuando aún el tumulto, y manifestando el pueblo desconfianza porque no se les había prometido sino de palabra, tuvo S. M. que volver a salir al balcón segundo de su cámara, inmediato al gabinete del despacho, que es el segundo de toda la fachada principal del lado del campo, y desde allí volvió a ratificar lo mismo, autorizándolo y escribiéndolo abajo el padre Cuenca, Misionero de plaza, Religioso del convento de San Gil, que para calmar al pueblo se había puesto a predicar y, pudo inspirarle confianza. Empezó el Rey, inmediatamente a cumplir lo que había prometido, haciendo se retirasen las guardias walonas del patio interior de Palacio. Calmados entonces los espíritus, empezaron a reunirse los predicadores que se habían esparcido por las calles para contenerlos, y, pasaron por delante de Palacio algunos Rosarios en acción de gracias, para hacer ver se había restablecido la tranquilidad. No creyendo S. M. conveniente a su decoro el permanecer por más tiempo en Madrid, y deseando castigar a sus habitantes, determinó retirarse a Aranjuez aquella misma noche, y habiendo dado todas las providencias con el mayor secreto, salió con toda su Real familia por las bóvedas de Palacio, y tomando los coches —202→ fuera de la Puerta de San Vicente, se dirigió a Aranjuez, donde había hecho marchar las guardias walonas para su guardia. Como los callejones bajos eran estrechos, fue preciso cortar las varas a la silla de la Reina madre, que usaba siempre de ella, para que pudiese pasar. Pero con todo, salió e hizo su viaje como los demás, aunque dicen que nada omitió para empeñar al Rey a que no lo ejecutase. Apenas se supo en Madrid, la mañana del 25, la evasión del Rey, que el alboroto empezó con más fuerza, y tomando varias armas de los inválidos, marchaban ya formados, y mataron y arrastraron a un pobre guardia walón; pero en lo demás no cometieron desorden, y aseguran lo pagaban todo puntualmente por medio de varios capataces, a quienes estaban subordinados. Esto y otras cosas de que no puedo hablar, por no estar instruido con certeza en ellas, han dado motivo a decir era un plan premeditado y sostenido por algunas personas poderosas, que por este medio querían precaver su ruina, que preveían hace tiempo. Pero echando un velo sobre estos recelos, por falta de instrumentos para ponerlos en claro, seguiré la mera narración de los hechos públicos. Querían las gentes ir a Aranjuez a traer al Rey, y detenían a cuantos iban allá. Por fin, el Ilmo. Sr. D. Josef de Rojas y Contreras, Obispo —203→ de Murcia y presidente del Consejo, pudo conseguir calmarlas, enviando a Aranjuez un correo, diputado del pueblo. Se restableció el orden, sobre todo luego que se supo había ya marchado el Marqués de Squilace a embarcarse para Nápoles en Cartagena, la tarde del día de la llegada del Rey a Aranjuez. D. Miguel de Muzquiz (después Conde de Gausa), hombre honrado, cortesano, noble, pero sagaz, y que había servido toda su vida en la secretaría de Hacienda, cuyo manejo conocía a fondo, fue elegido por sucesor del Marqués de Squilace, elección que le cogió bien de nuevo, y de que hubiera querido excusarse, pues, prefiriendo a todo su descanso, se había ya retirado de la plaza de primer oficial, que ocupó con aceptación muchos años. D. Gregorio Muniain, Comandante general de Extremadura, sucedió al Marqués en el Ministerio de la Guerra. S. M. había mandado cortar los puentes del Tajo para contener a los que viniesen de Madrid, y de resultas del Consejo de Estado que se tuvo para tratar de lo que convenía hacer, despachó S. M. un correo al señor Conde de Aranda, que era entonces Capitán general de Valencia, para que viniese luego a Madrid, y, nombrándole Presidente del Consejo de Castilla y Capitán general de la provincia de Castilla la Vieja, comandancia creada para su persona, —204→ puso en él toda su confianza para el restablecimiento del orden, y reconcentrando en él el poder judiciario y militar, le dio todos los medios necesarios para corresponder a su confianza. La firmeza, la dulzura y la maña que empleo el Conde para calmar los espíritus y para atraer los ánimos, le hizo amar y respetar igualmente de todos. Distribuyó Madrid en cuarteles, estableciendo alcaldes de barrio paisanos, alternando, como carga concejil, los cuales, a más de los alcaldes de Corte, y bajo su dirección, vigilasen sobre la tranquilidad de sus cuarteles y respondiesen de ella. Hizo nombrar síndicos personeros en todo el reino, que fuesen los abogados del público y mirasen por sus intereses. Llamó sucesivamente los Grandes, títulos, cuerpos y gremios para asegurarse por escrito de su modo de pensar, y hacer responsable a cada uno del proceder de sus criados y dependientes por éste y otros medios. Hizo venir de guarnición tres regimientos de infantería y uno de caballería, y entre ellos el de Castilla o Inmemorial del Rey, de que el Conde había sido Coronel, si de que lo he sido yo catorce años. Restableció en Madrid un orden, una tranquilidad y una paz no conocida hasta entonces, y al cabo de pocos meses logró ver entrar de nuevo sin el menor temor, los mismos guardias —205→ walonas que el Rey se había visto precisado a hacer salir poco antes. El grande objeto de la reforma de los sombreros gachos lo consiguió el nuevo Presidente con declarar que sólo el verdugo podría usar de esta clase de sombrero gacho, con lo cual cada cual se dio prisa a no confundirse con él; y no los hay en Madrid, cuando ahora se usan mucho en otras partes. A la verdad que el sombrero redondo, no acompañado con el embozo exagerado, y no siendo disformes sus alas; es más análogo a su uso y al nombre que por él se le da, que no un sombrero de tres picos, que ni hace sombra, ni preserva del agua. La asiduidad con que el Conde asistía diariamente al Consejo desde las ocho de la mañana; la constancia con que era el primero a las Cámaras y a todas las juntas particulares; la paciencia con que daba audiencia siempre que entraba y salía de su casa, y cuando iba y venía de comer, que quiere decir seis veces al día; la facilidad con que aún en otras horas le hallaban los que le necesitaban con urgencia; la dulzura con que los oía, y el interés que parecía tomar en los asuntos de cada uno, le adquirió una confianza colectiva de cuantos acudían a él, que acaso no tendrá ejemplo en un empleo como el suyo. Sobre el disgusto que el suceso referido causó —206→ en el ánimo generoso del Rey, tuvo S. M. en Aranjuez el gran pesar de perder, en el mes de Julio, a su amada madre, cuya muerte no sería extraño hubiese acelerado el alboroto de Madrid y, sus resultas. Esta Soberana, llena de talento, tuvo siempre mucha influencia en el Gobierno, y su amor a sus hijos y la ambición de verlos todos Príncipes coronados, hizo empeñarse a España en algunas guerras, que hubiera podido excusarle en parte. La desgracia de su muerte hizo que el haberse dirigido S. M. en derechura desde Aranjuez a San Ildefonso, sin pasar por Madrid como otros años, pudiese colorarse, sin que pareciese, como lo era en el fondo, un despego o enojo contra Madrid, lo cual hubiera bastado para hacer infructuosas todas las medidas juiciosas del señor Conde de Aranda. Algunas personas de las más inmediatas al Rey votaban con tesón por que S. M. no volviese a poner allí los pies, y que transfiriese su Corte a otra parte. Unos votaban por Valencia y otros por Sevilla; pero el tesón y las providencias del Conde de Aranda disuadieron uno y otro, y es muy cierto que a él solo debe en el día Madrid ser aún la Corte del reino de España. El tumulto de Madrid, que se imitó con más fuerza en Zaragoza, dio motivo y medios para echar de España una Sociedad que, aunque había hecho mucho bien al reino, tenía en él muchos —207→ enemigos, y entre ellos el Duque de Alba, que hacía años le tenía declarada la guerra, y, sobre todo, el Ministro de Gracia y Justicia, don Manuel de Roda, que le tenía una aversión grandísima. Empezóse, pues, a tratar este importante punto con el mayor secreto entre los Secretarios de Estado y el Conde Presidente, y éste, como buen político y conocedor del corazón humano, para distraer la gente y tenerla divertida, propuso y consiguió del Rey el poner baile de máscara público en Madrid durante el Carnaval de 67, de modo que se establecieron primero en el Coliseo del Príncipe y luego en el de los Caños del Peral, compuesto de nuevo a este fin. A más de ocupar de este modo el público, daba al Rey el Conde una prueba de la tranquilidad de Madrid y de la seguridad con que disponía de él. Mientras los vinos bailaban, el mismo Conde, que las más veces estaba en el teatro, dos horas después de haber salido de la máscara, se ocupaba en el grandísimo asunto de la expulsión de los Jesuitas, que se efectuó en virtud de una orden de S. M. de 27 de Febrero, pasada al Conde de Aranda. Jamás se ha visto providencia más bien combinada, más uniforme, ni más secreta; de modo que los Colegios, que estaban ocupados la noche del 31 de Marzo, se hallaron vacíos la mañana —208→ siguiente y en camino todos sus miembros. El señor Conde y dos de sus edecanes, D. Joaquín Oquendo y D. Antonio Cornel, a quienes hizo antes jurar el secreto más profundo, lo trabajaron todo, y S. M. firmó todas las órdenes para los Gobernadores de América, poniendo en ellas de su puño: El Gobernador me responderá del secreto. Se enviaron órdenes e instrucciones circulares a todas las cabezas de los pueblos del reino en que había Casa de Jesuitas, encargando el secreto bajo las penas más severas. Fueron investidas todas las Casas del reino la noche del 31 de Marzo al 1º de Abril con tropa, que se apoderó inmediatamente de las torres para evitar tocasen a rebato. Llamaron al Rector y le intimaron convocase la Comunidad al refectorio, donde se les leyó el decreto. Cada cual volvió a su aposento acompañado de tropa, recogió los libros de devoción, chocolate, ropa y dinero propio, y reunidos de nuevo, tomaron los coches y calesas que les esperaban a la puerta. Se embarcaron todos en Cartagena para Civitavechia, y el Papa, que ignoraba su arribo, rehusó recibirlos, y los desembarcaron en Córcega, donde padecieron no poco, hasta que se compuso pasasen a los Estados de Su Santidad, que nada perdían en este ingreso de gente que llevaba para mantenerse. Así salieron de España, en 1767, después del tumulto de 66,los Jesuitas, que —209→ en 1759 habían sido expelidos de Portugal, después del asesinato intentado contra el Rey don Josef I, y que, en 1761, habían salido por la segunda vez de Francia. Toca a los Soberanos y a sus Ministros decidir si el respeto a la religión y al trono se han aumentado o disminuido desde entonces. Yo sólo debo decir, en honor de la verdad, que me crié con ellos, por orden y a expensas del Rey, como se ha visto en la Introducción, y que cuantas máximas me enseñaron se fundan en uno y otro, y en verter por su defensa la última gota de mi sangre, si quiero vivir y morir con honor y gozar de gloria en este inundo y en el otro, sin que jamás les haya oído nada que directa o indirectamente lo contradiga. Todos los innovadores de la nueva Asamblea Nacional de Francia (no en general la más afecta a la religión ni a los Soberanos) son, o jóvenes que no han alcanzado la educación de los Jesuitas, o sujetos que no han sido criados por ellos, o tal cual de los expelidos de su Sociedad. Así lo había yo observado, y me lo han hecho observar varios miembros sensatos de la misma Asamblea, indiferentes por todo espíritu de partido y adictos sólo al de la razón. Todo se ejecutó, y ni en España ni en América hubo la menor oposición y resistencia, no obstante el poder del pretendido Rey Jesuita del Paraguay, Nicolás, y de las proporciones —210→ que aquella soledad, extensión de dominios y, plena subordinación de los indios a los Misioneros ofrecían para la inobediencia y la fuga. Todos obedecieron, y he oído al mismo Conde de Aranda admirarse de esto y de no haberse encontrado, no obstante la sorpresa, un solo Jesuita arrestado en toda España. Esta Sociedad tenía, entre otras muchas, dos máximas utilísimas: la una era echar fuera los que veía no eran para ella; y la otra destinar a cada uno para lo que le dictaba su genio. Aunque en la ejecución de las órdenes de la conducción hubo algunos comisionados que no trataron como debían a los Padres, fueron pocos, y desobedecieron en ello a sus positivas instrucciones. He oído decir al Conde no tuvo parte, ni aprobó el desembarco en Córcega ni en los Estados del Papa, y que había propuesto otro medio para que el dinero de su subsistencia no saliese de España. Como quiera, no se oyó, y el odio puede más que la razón y la justicia. El número de los expulsos se calcula entre cinco y seis mil; pero pongámoslos a 5 000, son: a peseta, 1.825,000 reales, sólo del Rey, al año, sin contar los demás socorros que los enviasen sus parientes y particulares, que no será mucho si se calcula a 400.000 reales. Véase si merecía o no consideración el evitar esta extracción por un número tan dilatado de años. Creo que no diré —211→ mucho si, a vista de este cálculo, limito a 2 millones de duros el ingreso que por este medio se habla proporcionado a los Estados del Papa. Tanto la moderación y obediencia dicha, cuanto la que han acreditado en Italia los individuos de esta Sociedad, y el celo con que, aunque maltratados y echados de su patria, sin recurso de regresar a ella, se han empleado en defenderla e ilustrarla con sus escritos, prueba a lo menos que la educación que recibían en este Cuerpo sus individuos no era ni desobediente ni ingrata. El Rey Carlos, que varias veces decía que era primero Carlos que Rey, expresión bien digna de su corazón y de su humanidad, había sido educado por esta Sociedad, y no le era desafecto, y así aseguran dijo a su salida que Carlos había sentido mucho lo que el Rey se había visto precisado a hacer. No es dudable que las razones que le darían serían sin réplica, pues le he oído decir, hablando un día con el Prior de El Escorial sobre la responsabilidad del mando: Tiene razón, Padre, yo creo habré errado muchas veces; pero puedo asegurarle, como si estuviera en el tribunal de Dios, que jamás he hecho sino lo que he creído lo más justo y útil. La efusión de ánimo y el espíritu de humildad con que lo dijo valía tanto como un sermón. No pudimos dejar de enternecernos los que se lo oímos decir con el mismo candor que nos hubiera edificado —212→ en el más humilde paisano, y S. M. ni mentía ni conocía la hipocresía. El Nuncio Palavicini, primo del Marqués de Grimaldi, Ministro de Estado, había tenido alguna sospecha de que querían hacer tomar alguna providencia con los Jesuitas, y preguntó sobre esto al primo, olvidado de que le respondería como Ministro. Efectivamente, éste le tranquilizó enteramente, y él escribió en consecuencia a su Corte; pero a la mañana siguiente justamente supo la expulsión, y de resultas del pesar, estuvo a las puertas de la muerte. S. M. dio cuenta de esta providencia a el Santo Padre en su carta de 31 de Marzo. Las Cortes de Nápoles y Parma siguieron luego el ejemplo de la de España. Expelidos de Parma los Jesuitas, a quienes no sin razón llamaba Benedicto XIV sus tropas ligeras, porque marchaban siempre con anticipación para sostener la autoridad pontificia, creyó M. Du Tillot, Marqués de Feliño, podría sacar más fácilmente partido de la Corte de Roma y moderar algunos abusos que se habían introducido en ella, en perjuicio de la autoridad legítima de los Soberanos. En consecuencia de esto, expidió una ley prohibiendo a los súbditos del Duque de Parmapudiesen llevar a países extranjeros los asuntos empezados en sus tribunales; que todos los beneficios y pensiones eclesiásticas debían —213→ darse precisamente a sus vasallos y no a otros, y, últimamente, que ninguna Bula, Breve o carta dirigida por la Santa Sede pudiese tener cumplimiento en sus Estados sin preceder su examen y tener el libre Execuatur, del Soberano. La Corte de Roma, sumamente exasperada entonces contra los Príncipes de la Casa de Borbón por la expulsión de los Jesuitas, halló una ocasión de descargar sus iras contra la Corte de Parma, a quien, como la más débil, tocó la suerte ordinaria de las que lo son; esto es, la de pagar por los otros, como hemos visto en esta misma historia sucedió a Portugal en la guerra de 62. El piadoso Papa Clemente XIII, que era de un carácter débil y de avanzada edad, ofrecía piadosamente sus trabajos a los pies del Crucifijo y se deshacía en continuo llanto. Pero el Cardenal Torregiano, Ministro de Estado, hombre violento y, sumamente adicto de los Jesuitas, dejándose llevar de su carácter, y no teniendo presente el espíritu del siglo, quiso combatir con lanzas las baterías de cañones, y, calculando mal la fuerza de sus armas, obligó al Papa a publicar un Breve, en que declaraba nulo y de ningún valor el edicto del Duque de Parma, como contrario a la libertad e inmunidad eclesiástica, amenazando con excomunión a todos los que hubiesen tenido parte en él, sin excepción de persona ni dignidad, los cuales no podrían —214→ ser absueltos de la excomunión sino por el Papa in articulo mortis, a no retractarse inmediatamente. Afligió mucho esta resolución la piedad natural del joven Príncipe de Parma, cuyos parientes, más poderosos que él, creyeron deber venir a su socorro. Entre tanto, publicó el Duque un Manifiesto para justificar su conducta y hacer ver a la Europa sus justos derechos, en apoyo de los cuales citaba los reglamentos establecidos en el Imperio, Piamonte y Toscana relativamente a las manos muertas, sin que por ellos hubiese procedido la Corte de Roma en los términos que lo hacía ahora. Las Cortes de Madrid y de Versalles apoyaron en Roma con toda fuerza por sus Ministros este Manifiesto, y para dar más valor a sus razones, el Rey de Francia hizo ocupasen interinamente sus tropas Aviñón y el Condado Venesino, poseído por la Santa Sede en virtud de una pretendida compra hecha por ésta en 1347 a la Reina Juana I de Nápoles, que era de la Casa de Austria. Lo mismo ejecutó por su parte el Rey de Nápoles con las ciudades de Benevento y Pontecorvo, que son las únicas que la Santa Sede conservaba en sus dominios. El ánimo de las dos Cortes no era ciertamente privar al Papa de sus posesiones; pero sí persuadirle, por este medio a revocar el Breve expedido contra Parma. La Corte de Roma se mantenía firme, alegando —215→ a su favor varias razones, fundadas en los derechos que pretendía darle la famosa Bula In coena Domini, llamada así porque se leía voz alta en las iglesias la mañana del Jueves Santo. Examinada con atención dicha Bula por orden de S. M. C., se reconoció había sido la causa en tiempo de Gregorio XIII y Felipe II de varias discusiones acaecidas entre las Cortes de Roma y de Madrid, que llegaron a términos de haberse visto precisado el Nuncio del Papa a retirarse de esta última. Se vio también que los Reyes Carlos I y II y Felipe III, IV, y aun V, habían intentado varias veces evitar el cumplimiento de dicha Bula. Varios Obispos de España (cuya firmeza, fundada en la virtud, puede servir de ejemplo a los de toda la cristiandad) creyeron deber representar, exponiendo al Rey las razones que les parecían ser las más poderosas en favor de la Bula. El Obispo de Cuenca, hombre de ejemplar virtud, y hermano del Marqués de Sarria, coronel de guardias españolas, que había mandado el ejército de Portugal, arrebatado de su celo, escribió una carta al confesor de S. M., quejándose en los términos más fuertes de la providencia relativa a la Bula. El Rey respondió a esta carta, con fecha de 17 de Agosto. El Obispo de Cuenca fue llamado a Madrid, y compareció como reo en el Consejo que, con —216→ el título de extraordinario, se estableció, y que tenía en su casa, igualmente que la Cámara, el Presidente Conde de Aranda, para tratar de los asuntos de los Jesuitas. Como el Obispo de Cuenca era muy adicto a ellos, lo mismo que todos los de su casa, y...4 su carta, apoyada por su virtud, nacimiento y concepto, era un ejemplo que pudiera haber producido alguna mala resulta en tiempo en que aún existía la memoria y las cenizas del alboroto de Madrid, se tuvo por conveniente hacer este acto de autoridad, poco común, sobre todo en España, en la persona de un Obispo, para cortar por este medio en tiempo las consecuencias y los proyectos que podían suponerse al gran número de apasionados que tenían los Jesuitas, cuyas cartas de hermandad se recogieron a todos los particulares que las conservaban. Yo sé de uno que llevó la suya al mismo Conde de Aranda, después de haberle cortado las figuras de los Santos que estaban en la orla. El Conde lo vio; no le gustó nada; pero tampoco dijo una palabra al que se la presentó, que es el que lo escribe. Lo que ganó la Corte de Roma con su obstinación fue que Portugal, Venecia y todos los Estados de la Lombardía siguiesen el ejemplo de la Corte de España y prohibiesen igualmente —217→ que ella en sus Estados la lectura de dicha Bula. Había ajustado el Rey Católico el matrimonio de su hijo el Rey de Nápoles, D. Fernando IV, con la Archiduquesa María Josefa, hija del Emperador Francisco I y de María Teresa de Austria; pero habiendo muerto en Viena de viruelas esta Princesa, el Duque de Santa Elisabeta, su Embajador en aquella Corte, pidió para su Soberano a la Archiduquesa María, actualmente Reina de Nápoles, cuyo matrimonio se celebró a últimos de Mayo de 68. Llegó esta Soberana a Nápoles acompañada de su hermano y cuñada, el gran Duque y Duquesa de Toscana, y fue recibida con todas aquellas demostraciones de alegría correspondientes y propias del amor que profesaban a su nuevo Monarca Fernando, en quien veían un vivo retrato de las virtudes y amabilidad de su padre el Rey Carlos, cuyo nombre sabemos pronuncian siempre con ternura los napolitanos, que no pueden dar un paso sin encontrar un monumento que les recuerde su beneficencia y la regeneración y libertad que recobraron por su medio. El Rey padre había ya declarado la mayor edad de su hijo Fernando y separádose de su tutela, la cual, con arreglo a la costumbre establecida en la Casa de Borbón, debe cesar a los diez y seis años, excepto en Francia, donde hasta ahora ha —218→ terminado a los catorce. En el día, por un decreto de la Asamblea Nacional, inserto en la Sección 2.ª, capítulo II de la Constitución, presentada y, aprobada por S. M. en 14 de Septiembre de este año de 91, queda fijado el término de la menor edad a los diez y ocho año, cuya innovación no parece deber ponerse en las de la clase que exigen modificarse. Casi al mismo tiempo declaró el Rey, la mayor edad de su sobrino y pupilo el Duque de Parma, Fernando I, dándole por esposa a la Archiduquesa Amalia, hermana del gran Duque de Toscana y de la Reina de Nápoles. Por este medio consiguió el Rey Carlos hacer más bien a la Italia que el que le habían hecho antes que él la mayor parte de los Príncipes que han reinado en ella, proporcionándole una paz durable. Empezó por dar nueva existencia a los reinos de Nápoles y Sicilia, que por tantos siglos habían sido el objeto de guerras sangrientas, pasando de conquistador en conquistador, según lo exigía la dura ley, de las armas. Había conservado la soberanía independiente de la distinguida Casa de los Médicis, dejando íntegra la de Parma a su hermano D. Felipe, y para consolidar todo lo que había hecho, reunió los ánimos con los matrimonios del Rey de Nápoles, del Gran Duque de Toscana y del Duque de Parma, y combinó los intereses de las dos Casas rivales —219→ de Borbón y Austria, que por tanto tiempo se habían disputado aquellas ricas y deliciosas posesiones. Nada hubiera quedado que desear al Rey, si algunos incidentes, que no son aquí del caso, no hubieran impedido se verificase el matrimonio proyectado del Duque de Parma con la heredera de Módena y Masa, esposa del Archiduque Leopoldo, Gobernador de Milán, Princesa de un mérito raro; pero la Casa de Austria, siempre feliz por sus alianzas, tuvo la fortuna de hacer esta apreciable adquisición. Por ella, desde Viena a las fronteras del Estado pontificio, puede el Emperador enviar citando quiera un ejército, que sólo tendrá que atravesar las siete postas que hay desde Halla a Mántua sobre terreno que no sea o suyo o de sus aliados, a cuyo fin se ha abierto un nuevo camino desde, los Estados de Módena a Pistoia, sin pasar por el Boloñés. El Tratado de alianza entre la Francia y la Casa de Austria asegura también la tranquilidad de la Italia, y puede decirse ser ésta su mayor utilidad, que lo es mayor para la Casa de Borbón de España e Italia y para el Papa y demás Estados de Italia que para la Francia sola. El Cardenal de Bernis, que lo hizo, no olvidó en esto los intereses de su dignidad. ¡Quiera Dios que la ambición exagerada de algún Príncipe no descomponga algún día estas prudentes y pacificas medidas, por las cuales —220→ deberían todas las ciudades de Italia consagrar un monumento de gratitud a la memoria del Rey Carlos! Los franceses se apoderaron en este tiempo de la isla de Córcega en virtud de un convenio hecho con la República de Génova, lo cual disgustó no poco a la Inglaterra, que con menos motivos ha solido suscitar guerras en la Europa. El estado de gloria a que habían llegado sus armas después de la guerra concluida en 62, parece debía hacerla temer con más fundamento; pero no fue así. Agobiados los ingleses con el peso de la deuda contraída para conseguir sus victorias, y, ensoberbecidos con ellas, descuidaron un poco su marina, y el lord Graffton, primer Ministro, no quiso aumentar la inmensa deuda de su nación. Hallábase en guerra la Rusia y la Turquía, de resultas de las turbulencias acaecidas en Polonia por la elección del Rey Estanislao Poniatoski, noble polaco, a quien la Emperatriz (con quien había tenido particular e íntima amistad en su viaje de Rusia) hizo subir al trono. Esta elección excitó varias competencias entre los señores poloneses, sus compatriotas, que dominados después de varios años por príncipes extranjeros, no podían ya sufrir el ver la Corona sobre las sienes de un igual, y convenirse en que ocupase tranquilamente el trono. Por esta razón, —221→ en la última Constitución, adoptada en este año de 91, han declarado la Corona hereditaria de la Casa reinante de Sajonia, sin exclusión de las hembras, prefiriendo un dominio extraño y la posibilidad de ser elegidos Reyes, a sujetarse nunca a otro noble. No obstante todas las dificultades, la preponderancia de la Rusia, que trataba despóticamente a la Polonia, estableciendo en ella tropas a su arbitrio hasta en la misma capital, como si fuera una provincia suya, consiguió para su amigo, con la fuerza y la maña, el objeto que se proponía. Receloso el Rey Carlos de que esta agitación de la Rusia y la nueva adquisición de la Francia pudiesen producir algún movimiento en la Europa, se aplicaba a consolidar en el ejército la nueva disciplina prusiana, que estableció desde luego que llegó al reino, nombrando a este fin a D. Martín Álvarez y a D. Alejandro O-Reilly, que habían hecho como voluntarios la guerra de Alemania con el Mariscal Broglio, Ayudantes generales del ejército, empleo creado nuevamente para ellos con objeto de revistar todos los cuerpos y establecer en ellos una disciplina uniforme. Trabajaba también S. M. con todo ardor en el restablecimiento de la marina, que logró poner, y dejó a su muerte, en el pie más respetable que ha visto España, como lo comprueba el estado de ella el —222→ año de 88, que se halla exacto en la nota 5.ª La agricultura, las artes y el comercio ocupaban igualmente el celo de nuestro Monarca, y como la expulsión de los Jesuitas había hecho salir del reino más de 5.000 individuos, pensó en reemplazarlos, restituyendo a la agricultura un número superior al de los expulsos que fuese útil a la nación por otro término. Las montañas de Sierra Morena, pobladas en tiempo de los moros, se hallaban casi desiertas muchos años hace y reducidas a bosques espesos, en que sólo se encontraban pastores, lobos y facinerosos y muy pocas casas y, lugares, a grande distancia unos de otros. El camino real que conduce desde Madrid a Cádiz atraviesa dichos montes, y desde el lugar de El Viso, en la Mancha, hasta Bailén, que son ocho leguas muy largas, no se encontraban más que dos malas ventas, llamadas de Miranda y de Bailén, en que los venteros daban la ley, a su arbitrio, y se entendían, o por miedo o por convención, con los bandidos que infestaban el camino, y que, emboscados entre los árboles y matorrales, sorprendían a los viajantes, sin ser vistos por ellos sino cuando los atacaban. Para pasar las montañas desde El Viso hasta la venta de Miranda era menester descargar los coches, y que las personas y los fardos pasasen sobre caballerías. Entre Córdoba y Ecija, por donde pasa también —223→ el camino de Cádiz, sólo se encontraba la venta de La Parrilla, y estas ocho leguas eran tan expuestas como las que arriba hemos dicho. Consideró, pues, S. M. no podía colocar los nuevos colonos en parajes que fuesen más útiles que estos dos. Resolvió, pues, establecer en ellos varios pueblos, dando el nombre de Carolina al principal, de las poblaciones del lado de Bailén, y de Carlota, al de las poblaciones que hay entre Córdoba y Ecija. Nombró S. M. para el establecimiento y dirección de estas poblaciones a D. Pablo Olavide, caballero limeño que se hallaba en Madrid, y a quien S. M. había conferido últimamente, a proposición del señor Conde de Aranda, la dirección del Real Hospicio de San Fernando, en que dio pruebas de su celo e inteligencia. D. Carlos Turriegel, antiguo oficial prusiano, hizo la contrata para traer 6.000 colonos, a fin de establecer con ellos las nuevas poblaciones. Llegaron a Málaga a principios del verano, y deseando emplearlos y sacar de ellos utilidad desde luego, los transfirieron inmediatamente a Sierra Morena para que la desmontasen. La mayor parte de estos colonos eran artesanos, vagabundos o malos labradores, y los mejores eran los que se hallaban depositados en Francia para pasar a la Cayenne, los cuales, mantenidos —224→ sin hacer nada durante el tiempo de su demora en Francia, se habían ya acostumbrado a la ociosidad. De semejantes colonos, venidos de países muy fríos o poco templados a establecerse en el rigor del verano en un clima tan ardiente como el de la Sierra Morena, no podían esperarse muy rápidos progresos. Sofocados por el calor, recurrían al vino, cuya fuerza no conocían, y abrasados con uno y otro, cada día se aumentaba el número de los enfermos, y aun de los muertos, y he visto familias compuestas de nueve personas de que sólo quedaba una. La necesidad de remediar este mal, en que no tuvo parte el Intendente, obligó a éste a hacer precipitadamente una contrata para fabricarles a toda prisa las casas, que debieran haber estado hechas antes de que viniesen. Fabricadas a toda prisa estas, sólo para salir del día y por contrata, se arruinaban a poco tiempo de hechas, y los pasajeros, que sólo veían las ruinas sin profundizar la causa de ella, murmuraban contra el establecimiento y lo desacreditaban en la Corte. No faltaba también en ella, y aun en las mismas poblaciones, quien trabajase en lo mismo y aun en arruinarlas. El Embajador del Emperador no podía ver con indiferencia aquella emigración de alemanes, y de acuerdo con un capuchino alemán, que era confesor en la Carolina, trabajaban para destruir todo lo que se hacía, —225→ y para hacer se restituyesen a su patria los pobladores, como lo hicieron muchos. Como el objeto era introducir gente de fuera para aumentar la población del reino, se prohibió desde luego en el reglamento se admitiese a ningún español en las nuevas poblaciones. Aunque esta providencia parece conforme al objeto, yo creo que si se hubieran escogido en toda España familias pobres y honradas que no tienen que comer ni que hacer, no hubiera sido menor el aumento de población que se deseaba. Efectivamente, entre muertos, desertores e inútiles, apenas quedó un tercio de toda aquella gente, venida a grande costa. A vista de esto, fue preciso abrir la mano y permitir la introducción de españoles, los cuales y los extranjeros que vinieron en edad de poderse acostumbrar al clima, son los que verdaderamente han prosperado en él y llevado las poblaciones al buen estado en que se hallan en este año de 91, y que podrá verse en la nota 6.ª Estas dos partes del camino de Andalucía, que eran antes lo que se ha visto, son en el día un jardín delicioso; a cada paso ofrecen un nuevo motivo de alabar y bendecir la memoria del Rey Carlos que, para no dejar nada que desear, mandó hacer un camino que atraviesa la sierra, y por el cual se va como por una sala, sin tener que salir del coche ni descargar, como —226→ antes, que aún los coches sin carga pasaban con riesgo de hacerse mil pedazos, aún sin volcar, por las piedras y vaivenes. D. Pablo Olavide trabajó con el mayor celo e inteligencia en este útil establecimiento, de que es muy sensible se retirase a los once años de emprendido. El demasiado celo y el ardor de su carácter exaltaba su imaginación de modo que, dejándose arrastrar de varias ideas filosóficas de perfección imaginaria, y no permitiéndole la franqueza de su carácter disimular ni contemporizar con nada, decía con franqueza cuanto pensaba, igualmente en los asuntos de religión que los demás. El capuchino, que le observaba y que seguía sus instrucciones, no dejó de sacar partido de esta poca reflexión de Olavide (que aún mucho antes había sido notado de demasiado libre en sus opiniones religiosas), y, entre él y otros dieron con Olavide en la Inquisición, donde tuvo el dolor de verse sentenciado en un autillo público y depuesto de la Orden de Santiago que tenía. Pasado algún tiempo en cumplimiento de su penitencia, logró venir a Francia, donde vive tranquilo e incógnito bajo el nombre de Conde de Pilos, entregado enteramente a la devoción, que es lástima no hubiese adquirido en España para mayor honor suyo y aumento de las poblaciones que estaban a su cargo, y que nunca puede olvidar. —227→En 1769 murió el Papa Clemente XIII, a quien sucedió Clemente XIV, llamado Ganganelli, religioso Mínimo, que poco tiempo antes había sido hecho Cardenal, y a quien en la entrada de su predecesor obligó un soldado a bajar de la trasera de un coche en que estaba puesto para verla mejor. ¿Quién le diría entonces el papel que haría él mismo en la entrada siguiente? Era Ganganelli nativo de Rimini, en la Romania, hombre de talento y virtud, y se propuso en su conducta seguir los pasos del gran Benedicto XIV. Amaba los Soberanos, y conociendo los límites de su poder y el de la Iglesia, aspiraba sólo a conservar a cada uno lo que le correspondía. Estas calidades distinguidas y poco comunes fueron la causa de que, no obstante de ser el único Religioso que había en el Sacro Colegio, fuese elegido para el Pontificado en un tiempo en que el crédito de las Religiones había decaído en toda Europa. Parece que ésta, conociendo el mérito del Cardenal Ganganelli, y que nadie mejor que él, como Religioso, podía conocer a fondo los abusos que había que corregir en las Religiones, quiso fiarse enteramente de su probidad, sin recelo de que el espíritu de partido le hiciese faltar a ella. Efectivamente así lo acreditó en todo el tiempo de su Pontificado. Empezó éste por reconciliarse con la Corte de Portugal y las de la Casa —228→ de Borbón, y por declarar reservada a si la causa de la beatificación del venerable Palafox, Obispo de los Ángeles, en que el P. Osma (Don Joaquín Eleta), Religioso Descalzo de San Pedro de Alcántara, después Obispo de Osma y confesor de S. M., tomaba y hacía tomar al Rey un particular y directo interés. Los Jesuitas, de quien Palafox no fue nunca apasionado, habían trabajado constantemente en impedir fuese adelante su causa, y este paso de Ganganelli fue un precursor del descrédito y desgracia de este cuerpo. El Rey Carlos mostró una satisfacción particular en la elección de este Pontífice, en que tuvo la mayor parte, y le escribió una carta con fecha 20 de junio de 69, sumamente expresiva, en respuesta del aviso que le dio de su exaltación al Pontificado, dándole en ella expresamente las gracias por la resolución que había tomado en la causa de Palafox, como podrá verse extensamente en la copia de dicha carta, que se halla en la nota 7.ª Hecha la paz del año de 63, pensó el caballero de Bougainville, oficial francés, hacer una especulación particular en una de las islas Malvinas o d`Egmond, situadas entre los 50 y 51 grados de latitud sobre las costas meridionales de América, con ánimo de establecer allí una pesquería de bacalao, y de ballena. Ayudado, pues, —229→ por su pariente M. d'Arbouland de Risbourg, director de postas, que le adelantó el dinero necesario, hizo en ellas un establecimiento en el año de 1764. No parece posible ignorase M. de Bougainville que la España y la Inglaterra no podrían ver con indiferencia un establecimiento francés en aquellos parajes, que desde el viaje del Almirante Anson había sido un objeto de especulación para los ingleses, y a los cuales la España tenía un derecho, de que no usaba mientras otras potencias no se estableciesen allí, por no aumentar y dilatar más sus posesiones, y por ser estas islas un terreno arenisco que sólo ofrece el abrigo de un puerto, cuya manutención no compensaría la poca utilidad que de él podría resultar a la navegación española. Con todo, Bougainville llevó adelante sus ideas, y el tiempo ha demostrado había tomado de antemano sus medidas para no arriesgar nada en el primer desembolso, y para acreditarse y adelantar por este medio en la marina. Habiendo reclamado el Rey Carlos sus derechos sobre aquellas islas, la Corte de Francia los reconoció inmediatamente, y dio orden al caballero Bougainville para que, pasando al Río de la Plata, hiciese entrega formal a los españoles del establecimiento que en ellas había hecho. Salió Bougainville de Nantes a bordo de la fragata La Boudeuse, el 15 de Noviembre de 1766, y entró en el Río de —230→ la Plata en 31 de Enero del año siguiente. El objeto del viaje de Bougainville no era sólo la entrega de estas islas, sino que aprovechó de esta ocasión para sus adelantamientos, y, después de haberla hecho, debía continuar su vuelta del mundo, pasando el cabo de Hornos y restituyéndose a Europa por el de Buena Esperanza, como puede verse en detall en su libro intitulado: Voyage autour du monde par la frégate du Roi «La Boudeuse» et la flúte «l'Etoile», impreso en París por Le Breton, año de 1771. Llevaba a su bordo Bougainville, como voluntario, al Príncipe de Nassau, que se ha distinguido después en Gibraltar a bordo de las baterías flotantes, y en el Báltico y el Mar Negro contra los suecos y turcos en servicio de la Rusia. Salió Bougainville de Montevideo el 28 de Febrero siguiente en conserva de dos fragatas y una tartana española, al mando de D. Felipe Ruiz Puente, capitán de navío, nombrado por Gobernador de las Malvinas, de las cuales tomó posesión, en nombre del Rey Católico, el día I.º de Abril del mismo año. El Rey Carlos, no obstante de que, reconocido por el Rey de Francia su legítimo derecho a dichas islas, no debía, según todas las leyes del derecho público, hacer ningún reembolso a Bougainville por los gastos que se le habían originado en aquella usurpación involuntaria, quiso, con pretexto de tomar —231→ el corto número de barcos, víveres y municiones que en ellas había, reembolsar a Bougainville de la suma que dijo haber expendido hasta el día de su entrega, y que ascendía a 603.000 libras tornesas, comprendido el interés del 5 por 100, que, por un exceso de generosidad, reembolsó también S. M. Así lo confiesa el mismo Bougainville en una nota de su obra que se halla al pie de la página 46. Celosos los ingleses de este nuevo establecimiento, enviaron en el año de 69 fuerzas suficientes para destruirle, a las órdenes del capitán Hunt, que se estableció al otro lado de la isla, en un paraje que denominó el puerto d'Egmont. Pasando de allí a reconocer el establecimiento español, intimó a su Gobernador lo abandonase en el término de seis meses, alegando el derecho anterior de descubierta. Sabedor de esto el Gobernador de Buenos Aires, D. Francisco Bucareli, por los avisos y protestas hechas por nuestro Gobernador de aquellas islas, envió inmediatamente, a las órdenes de D. Francisco Madariaga, fuerzas superiores a las de los ingleses, para obligarles a salir de allí, como efectivamente lo hicieron en el año siguiente de 70. Luego que lo supo la Corte de Londres, reclamó con toda fuerza una satisfacción y el reintegro de la posesión en que se hallaban de aquella isla, alegando siempre el derecho de descubierta —232→ y la afrenta hecha al pabellón británico. Hallábase en Londres de Embajador de España, el Príncipe de Maserano, y de Encargado de negocios en Madrid por la Corte de Inglaterra, el caballero James Aris, condecorado en el día con el título de lord Malmesburi, y ambos pasaron las correspondientes memorias sobre este asunto.5 Deseaba la Inglaterra evitar una nueva guerra, por las razones arriba dichas, y así se explicó en términos más moderados que suele usar en sus negociaciones, pues veía que la España aprontó en muy poco tiempo 52 navíos de línea y la Francia 63, cuando gran parte de los ingleses se hallaban abandonados y podridos. Con todo, las circunstancias políticas que ayudaron con su dinero en la Corte de París, les dieron un momento de esperanza de que podrían separar aún la España de la Francia y caer sobre la marina de esta potencia. Hallábase en el Ministerio el Duque de Choiseul, y muerta ya la Marquesa de Pompadour, favorita de Luis XV, Madame Du Barry, que se apoderó de su corazón, intrigaba para poner al Duque d'Aiguilión. en lugar del Duque de Choiseul. Este, que lo previó, y que sabía la —233→ parte que la Corte de Londres tenía en esta intriga, lisonjeándose de que la caída de Choiseul era un medio seguro para evitar que la Francia se declarase por nosotros, empeñó a la Corte de España a que cediese a las solicitudes de la Inglaterra, no obstante de que ésta, fundada en las esperanzas dichas, había ya tomado otro tono, mandando retirar de Madrid al caballero Aris. La Corte de Madrid envió también orden al Príncipe Maserano para que saliese de Londres; pero como tenía una plena confianza en el Duque de Choiseul, previno al Embajador que, no obstante dicha orden, se atuviese a lo que le propusiese últimamente el Ministro francés, atendidas las circunstancias. Como el Duque de Choiseul conocía el objeto de las nuevas pretensiones y tono de la Inglaterra, previno a Maserano suspendiese su marcha, como lo hizo. El Caballero Aris tenía entonces en Madrid una pasión que le hacía muy dura la separación de la Corte, y así, aunque se retiró de ella, no pasó de un lugar inmediato, y desde él venía oculto todas las noches a cenar con su amiga y conmigo, que lo era de ambos. Sin duda que en sus despachos no omitiría nada de cuanto pudiese conducir a calmar su Corte y a proporcionarle la continuación de su residencia en la nuestra y la conclusión en ella de la negociación de que se trataba, la cual conocía debía servirle de un particular —234→ mérito. Así fue, pues viendo la Corte de Londres que, no obstante el haber salido de Madrid su Encargado de los negocios, no se retiraba el Príncipe de Maserano, envió inmediatamente a aquél el título de Ministro plenipotenciario, y con él se presentó de nuevo Aris a la Corte para concluir la negociación, como lo hizo el 21 de Enero de 71, desaprobándose para con la Inglaterra la conducta de Bucareli, a quien por otro lado se dio la llave de Gentil hombre, para hacerle ver que esta desaprobación había sido sólo un efecto necesario de la política. Se convino también en que se abandonarían las islas, como se verificó en 74. Repugnaba el Rey de España desarmar sus navíos, y aún hacía pasar muchas tropas a Andalucía después de acabada ya la negociación, asegurando constantemente a los ingleses, bajo palabra de honor (de que era tan celoso), que no se dirigían contra ellos sus intenciones; pero al fin tuvo que desistir de ellas y dilatar hasta el año de 75 el desembarco de Argel, que era el objeto secreto de ellas. A la verdad, merece considerarse con reflexión la parte que han tenido dos mujeres en esta negociación, para no olvidar nunca la que tienen en todas las personalidades y los incidentes que parecen serles enteramente extraños. En el mes de Septiembre de 71 dio felizmente —235→ a luz la Princesa de Asturias el primer varón, de que fue padrino el Papa Ganganelli. Deseando la piedad del Rey y el amor a sus vasallos perpetuar la memoria de este feliz suceso, estableció, en obsequio de la Virgen de la Concepción, Patrona de España, la Real y distinguida Orden española de Carlos III, con la divisa de una banda azul celeste y dos bordes blancos, y en el escudo la imagen de la Concepción con la cifra de Carlos III, y un lema que dice Virtuti et merito. Esta Orden es igual en dignidad a la del Tolsón; pero se diferencia de ella en que, a imitación de la del Sancti Spiritus, estableció el Marqués de Grimaldi, que tuvo la dirección de ella, se hiciesen unas pruebas ridículas de cuatro generaciones, que no vienen bien con el título de Virtuti et merito, ni con el nacimiento que es natural tengan los que, se admiten en ella, antes de haber constituido por sí los servicios personales capaces de adquirirla con un título nada inferior al accidente de la cuna. Tiene, a más de las grandes cruces, otras pequeñas pensionadas, que se dan no sólo a los militares, sino a toda clase de personas6. Las conquistas de los rusos contra los turcos eran tan rápidas, que, acercándose aquellos demasiado a la Hungría y a la Transilvania, estuvo —236→ muy adelantado un Tratado entre las Cortes de Viena y Constantinopla, cediendo ésta a aquélla Belgrado y una parte de la Valaquia, con tal que enviase 6.000 hombres contra los rusos a la Moldavia. El Emperador José II, deseoso de conocer, y aun de hacerse conocer del gran Rey de Prusia Federico (que le conocía bien a fondo sin haberle visto), se avistó con él en Náis en Silesia y en Neustad en Moravia, donde tuvieron varias conferencias. En ellas propuso Federico al Emperador una triple alianza con la Rusia, cuyo objeto principal debía ser el apropiarse, bajo varios pretextos y derechos antiguos, algunas provincias limítrofes de la Polonia, siendo el Rey de Prusia el que, por su situación, ganaba más en este engrandecimiento. No tuvo efecto por entonces el pensamiento, porque la Emperatriz Reina le repugnaba. En esta ocasión fue cuando el Rey de Prusia hizo al General Laudon un elogio, el mayor y más lacónico y oportuno que puede hacérsele, y que en la boca de un Rey general como Federico, no tiene precio. Retirábase, como siempre, el Mariscal con su singular modestia al tiempo de ponerse a la mesa, y notándolo el Rey de Prusia, no obstante que sabía no era aún Feldmariscal, y que con menos méritos que él lo era el General Lascy, favorito del Emperador, que —237→ estaba allí presente, le llamó en alta voz, diciéndole: Venez, venez, M. le Maréchal (que así le llamaba constantemente, sin serlo), j'aime mieux vous voir à côte de moi qu'en face. El buen Laudon no sabía dónde esconderse, pues su modestia y su mérito se disputaron siempre la preferencia. No por eso desistió el Rey de Prusia de la idea de la partición de la Polonia, y, guardándola para mejor ocasión, creyó ser oportuna para su cumplimiento la que le presentaban las circunstancias actuales del Tratado que quería hacer el Emperador con la Puerta, instigado por la Francia, a vista de los progresos de las armas rusas. Instruido, pues, el Rey de Prusia por su Ministro en Constantinopla del Tratado que se premeditaba, dio parte inmediatamente a la Emperatriz de Rusia, renovando su proposición de alianza y adquisición premeditada de las provincias de Polonia. La Emperatriz dio su consentimiento, en vista del cual, por más que difería el suyo la Emperatriz Reina de Hungría, cuyas tropas, inmediatas a la Polonia, estaban allí para defenderlas y sostener su tranquilidad contra los confederados, se vio precisada la religión de esta última Soberana (a lo que decía) a condescender en las nuevas adquisiciones que le proponían la Rusia y la Prusia, por ser éste el único medio que tenía para conservar sin efusión —238→ de sangre el equilibrio necesario entre sus Estados y los de estas dos potencias, cuyas ventajas serían demasiado considerables si la Emperatriz Reina no hubiese aumentado también sus dominios. No obstante la justa sorpresa e indignación que este inesperado robo político produjo en los Gabinetes de la Europa, todos fueron espectadores pacíficos de tan singular escena, y aunque el Rey Carlos conoció la irregularidad de ella y hubiera querido poderla impedir, como tan contraria a su recto modo de pensar y de proceder, ni la distancia ni los Medios le permitían hacerlo solo, de lo cual le pesó no poco, y nada ganó en su concepto con este paso la Corte de Viena. El nombre de la Inquisición infundía tanto respeto y temor en España, que por él y por la independencia total de sus juicios había ido extendiendo insensiblemente su jurisdicción, comprendiendo en ella varios delitos, que no eran directamente contra la fe, cuya conservación es el único objeto de aquel Santo Tribunal. Uno de los puntos sobre que extendió su jurisdicción fue el de la poligamia, fundándose sin duda en el desprecio que por ella se hace del Sacramento del matrimonio, lo cual supone falta de creencia en él, y, por consiguiente, falta de fe, por la cual se creía el Tribunal autorizado a atraer a sí las causas de esta especie. Pero si así fuese, —239→ habría pocos Mandamientos y Sacramentos por cuya infracción no estuviesen en el caso de ser juzgados por la Inquisición los que los quebrantasen. El proceso de un desgraciado soldado inválido, que había contraído un segundo matrimonio, viviendo su primera mujer, dio motivo a que S. M. tomase providencia en esta, parte. El Tribunal militar había tomado conocimiento de su causa, y, reclamada ésta por la Inquisición, resultó la competencia de jurisdicciones. En vista de ella, resolvió S. M. continuase su proceso el Tribunal militar, declarando mixtos éste y otros delitos, cuyo conocimiento y juicio debería pertenecer en adelante, hasta su conclusión, al tribunal que hubiese empezado la causa, con arreglo a lo que sobre esto previenen las leyes del reino, sobre cuya inobservancia reconvino al Inquisidor general, D. Manuel Quintano Bonifaz, Arzobispo de Farsalia. Hízole también entender se limitase a no mezclarse sino en los delitos de herejía y apostasía, como únicos de su competencia, y que cuidase de proceder en lo sucesivo con el más escrupuloso examen y la más madura reflexión al arresto de los reos, que sólo por el exponían su reputación y la de sus familias en el concepto general y modo de pensar de España. Advirtió al Inquisidor sería responsable a S. M. de la infracción de estas leyes. —240→Las monedas que quedaban de en tiempo de Carlos II ofrecían alguna dificultad en la circulación y se hallaban ya muy usadas, y así, mandó S. M. se llevasen todas a las casas de moneda para refundirlas sin pérdida de los interesados, haciendo otra nueva de mayor bondad y hermosura. En este tiempo recibió S. M. la agradable noticia de haber dado felizmente a luz la Reina de Nápoles una niña, de que fueron padrinos su abuelo el Rey Carlos y la Emperatriz Reina de Hungría. Nombró S. M. para hacer las funciones de tal en su Real nombre al Excelentísimo Sr. D. Antonio Ponce de León, Duque de Arcos, Capitán de la compañía española de guardias de Corps, cuya generosidad y magnificencia igualaban a su nobleza y excelentes calidades. Apenas fue nombrado, que solicitó facultad Real para tomar a censo sobre sus Estados cuatro millones de reales, a fin de poder desempeñar con el debido esplendor la comisión honrosa que S. M. se había dignado confiarle. Salió de Madrid para Nápoles a principios de julio de 72, acompañado del Marqués de Cogolludo, primogénito del Duque de Medinaceli; del Marqués de Peñafiel, primogénito del Duque de Osuna, casado con la Condesa Duquesa de Benavente; del Marqués de Guevara, primogénito —241→ del Conde de Oñate, y de D. Pedro de Silva, Coronel del regimiento de África, hermano del Marqués de Santa Cruz. Hallándome yo anticipadamente viajando en Italia, me reuní con ellos en Nápoles a principios de Septiembre, para acompañar a mi íntimo amigo el Duque en sus funciones, y le seguí después hasta Turín, donde nos separamos, retirándose el con su comitiva a España, y quedándome yo a continuar mis viajes. El nombramiento del Duque fue a últimos de junio, y el día 8 de Septiembre había ya hecho su entrada pública en Nápoles y la ceremonia del bautizo. No es fácil formarse una idea justa de la magnificencia, la generosidad y el gusto que reinó en las repetidas funciones que dio el Duque, haciendo brillar la grandeza de ánimo de su Soberano y la suya. Los Reyes de Nápoles le hicieron la honra de asistir dos veces a su casa, en que sólo podían echar menos la persona augusta de su padre, aunque tan dignamente representada. El Duque fue tratado como Embajador extraordinario, y no quedó honra ni distinción alguna que no se le hiciese, dándole SS. MM. personalmente las mayores pruebas de confianza y cariño. Pusiéronse a la Princesa recién nacida (casada en el día con el Archiduque Francisco, heredero de la Casa de Austria) los nombres de María Teresa Carlota. El Duque de —242→ Arcos llevó para ella, en nombre de su abuelo, una vajilla de oro para el uso de su mesa, y para su augusta madre un collar de gruesas perlas orientales y una caja con diamantes sueltos. Hizo este señor acuñar a su costa monedas de oro y plata, en memoria de este feliz suceso, con esta inscripción: Ob Primam Regiam Prolem=Gratulatio Missilia Populo Napolitano 1772. El día de su entrada las arrojó al pueblo mezcladas con dinero que repartía con generosidad siempre que salía de casa, de modo que el día que salimos de Nápoles, que fue el 16 de Octubre, le vino acompañando una multitud de pueblo casi hasta la primera posta. S. M. confirió al Duque el grado de Capitán general a su llegada al Escorial. Expelidos los Jesuitas de España, Francia, Portugal y de las demás Cortes Borbónicas, los muchos apasionados que habían dejado conservaban siempre las esperanzas de su restablecimiento, y obrando conformemente a ellas, sostenían sus opiniones. Ellos, y no menos que ellos los que las contradecían, turbaban la tranquilidad, sin aclarar las opiniones, por medio de sus continuas disputas, en que desfogaban su encono. Deseoso S. M. de terminarlas, y valiéndose de este nuevo medio para la extinción de toda la sociedad, sus enemigos, que habían logrado expelirlos de España, hicieron ver al Rey —243→ que el carácter personal del Papa, la inclinación y respeto que profesaba a su Real persona y las obligaciones que le tenía, ofrecían una ocasión, la más oportuna que podía presentarse para conseguir su intento. La muerte de Monseñor Azpuru, Ministro del Rey en Roma, facilitó aún más la ejecución de este proyecto. Nombró, pues, S. M. para efectuarlo al Mariscal de Campo Conde de la Baña, hombre de talento, probidad e instrucción. Era hermano del Príncipe de Maserano, Capitán de la compañía italiana de guardias de Corps, que se hallaba entonces de Embajador en la Corte de Londres. Partió el Conde de esta Corte para la de Roma; pero a su paso por la de Turín murió de un accidente de apoplegía. Nada perdió en ello, no obstante sus buenas calidades, la comisión a que estaba destinado. Requería ésta una cierta clase de instrucción peculiar y una maña y una destreza particular, que difícilmente conocen los militares que no se han versado en los tribunales. Mejoróse, pues, la elección, recayendo por muerte de la Baña en D. Josef Moñino, Fiscal del Consejo de Castilla, cuyo talento, dulzura y elocuencia atractiva le habían distinguido siempre entre los abogados y los consejeros, que le llamaban el melifluo Bernardo. —244→Pasó, pues, a Roma, revestido del carácter de Ministro plenipotenciario, y, aunque al principio halló muchos obstáculos que vencer, y yo lo vi en Roma muy disgustado, todo lo superó su maña, espera y observación continua, y, haciéndose dueño del corazón del Papa, consiguió al fin de él la Bula de extinción total de la Compañía de Jesús, publicada con fecha de 21 de julio de 1773. Conociendo Clemente XIV la mucha influencia de los Jesuitas, no se determinó a tomar esta providencia sin asegurarse antes por experiencias repetidas de que su cumplimiento no alteraría la tranquilidad pública. A este fin, empezó por hacer varios procedimientos contra algunos particulares, haciéndolos arrestar, y aun conducir presos durante el día, y mandando hacer varias visitas ruidosas y de aparato a los Colegios, todo con ánimo de asegurarse del espíritu del público y sólo expidió la Bula cuando vio que todas estas medidas anticipadas no alteraban la tranquilidad pública. Esta providencia tan seria e importante se tomó sin que precediese a ella ninguna consulta ni formalidad (a lo menos pública), y los Jesuitas, que habían sido siempre los defensores de la suprema autoridad, y aun de la infalibilidad del Papa, fueron al fin la víctima de uno de los mayores actos de aquella. —245→Todos los Príncipes de la Europa se conformaron uniformemente en su extinción en que nada perdían en el momento sus intereses pecuniarios, bien que no me parece habían ganado nada en ella los políticos. Yo supe esta noticia por el Rey de Prusia, Federico, que me la dio un día estando en sus ejercicios militares en Náis, añadiéndome que ahora se restituirían al Papa Aviñón y Benevento. Tuvo el Rey Carlos en estas circunstancias el gran pesar de perder al Infante, de quien hemos visto había sido padrino el Pontífice. Así éste como todos los demás golpes los más sensibles, los llevaba con tiña resignación cristiana y edificante, y su respuesta regular cuando le daban alguna noticia de esta especie era levantar los ojos al cielo, bañados en lágrimas, diciendo: Dios me lo ha dado, Dios me lo quita; hágase su santísima voluntad. Después continuaba su distribución ordinaria sin alterarla en nada, procurando (bien que sin conseguirlo) ocultar su justo dolor y hacerse superior a él. El Emperador de Marruecos, con quien S. M. había concluido la paz, creyó verse obligado por su religión a interrumpirla. Tomó para ello el pretexto de no poder, como musulmán, permitir en sus dominios ningún establecimiento católico, y que así le era preciso atacar los presidios que nosotros teníamos en ellos. Añadía que —246→ como éste no era más que un cumplimiento de sus preceptos religiosos, no había razón ninguna para que no estuviésemos en paz por mar, aunque tuviésemos la guerra por tierra. Esta idea singular y nueva se parece a la de los niños que, creyéndose más maliciosos que los que no lo son, se figuran poderlos engañar. El Emperador, niño en política, pero con algunos principios de ella y de comercio, quería no interrumpir el suyo, y a este fin uso de la estratagema pueril que se ha dicho arriba, y que se trató como tal. Acometió, pues, por tierra con un ejército formidable los presidios de Melilla y el Peñón de Vélez; pero defendidos valerosamente, el primero por D. Juan Sherlol: y el segundo por Don Florencio Moreno, tuvieron los moros que levantar el sitio con mucha pérdida al cabo de cuatro meses, enviando al Rey Embajadores para renovar el tratado de paz, para el cual había ido antes a Marruecos, en calidad de tal, el Teniente general de marina D. Jorge Juan, de quien queda ya hecha mención, haciendo a su conocido mérito la justicia que merece. Muchos creen que esta irregular conducta del Emperador de Marruecos fue sugerida, por la Corte de Londres para ocupar la España, a fin de impedirla pudiese dar socorro a sus colonias de América, que empezaban ya a sublevarse. A —247→ la verdad que la conducta que ha tenido posteriormente la Inglaterra en otras ocasiones parece más propia para confirmar que para desvanecer estas sospechas, e indican han adoptado como un principio de su política el inquietarnos y ocuparnos en África siempre que necesiten distraernos de otros objetos. Deseoso el Rey de extender nuestro comercio en Levante, y de facilitar a todos sus súbditos el de nuestras Américas, quitando a Cataluña y a las demás provincias españolas que baña el Mediterráneo los obstáculos que los corsarios barbarescos ponían a su comercio, y, por consiguiente, al fomento de su industria, había pensado, como hemos visto arriba, sujetar a los argelinos, que son los más poderosos, por la fuerza de las armas, y precisarlos a pedir la paz. A, este fin, mando S. M. armar en Cartagena una escuadra de ocho navíos, ocho fragatas, 24 javeques y algunas galeotas y bombardas, con los buques mercantes necesarios para transportar 20.000 hombres de desembarco, con todo lo necesario para él, y que consta por menor en la nota 10.ª7. Mandaba la escuadra D. Pedro de Castejón, después Marqués González de Castejón y Ministro —248→ de la marina, y las tropas de desembarco el Teniente general Conde de O-Reilly. Sali&oac |