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Capítulo IV
Que comprende desde la guerra, empezada en 79,
hasta la paz, concluida en 1783
AQUÍ llegamos a una
época de la vida del Rey Carlos cuyas resultas han tenido y
tendrán una grande influencia en la futura suerte de los Imperios y del
género humano. Quiero hablar de la guerra última de
América, de que resultó la independencia de las colonias
inglesas, reconocidas hoy bajo el nombre de Estados Unidos de
América.
La descubierta del Nuevo Mundo produjo
desde su principio una alteración total en el comercio, política,
y aún me atrevo a decir en la religión del antiguo. El vasto
campo que ofrecía a su industria aquel nuevo hemisferio, aumentó
y extendió por todas partes el espíritu de comercio, y el deseo y
la necesidad de aumentar
—294→
las manufacturas, alteró los
precios con la abundancia del dinero.
Esta novedad dio consideración
y existencia en la Europa a algunas potencias que hasta entonces no
habían casi figurado en ella, y cambiando así su sistema general,
ha llegado el comercio a tener tanta influencia en la política, que
desde entonces, estableciendo ya un cierto equilibrio entre los dominios de
Europa, y disminuido, en ella por su civilización el espíritu de
guerra y conquistas y los objetos de ellas, ha sido y será el
móvil de la mayor parte de sus guerras.
Por otra parte, los conocimientos
adquiridos con esta descubierta y las sucesivas a ella han dado motivo a que
los filósofos, que, abusando de este respetable nombre, no se conforman
a poner límites a su imaginación en el asunto sagrado de la
religión, calculen, combinen, hablen y escriban en términos
capaces de seducir y de debilitarla, y aun destruirla en los que no
están bien imbuidos y convencidos de la verdad de los principios divinos
en que se funda.
Esta influencia ha sido indirecta
hasta ahora, mientras aquellos vastos dominios han podido ni maravillosamente
contenerse a una distancia tan grande en los términos de meras colonias
sujetas a las potencias europeas; que, verificada en aquellas una igual
industria y populación
—295→
que en éstas, les
serían muy superiores en fuerzas. Pero en el día en que han
empezado a erigirse allí Estados libres, independientes de Europa, con
un terreno indefinido para poder extender su populación por medio de
propietarios industriosos, con unas leyes fundadas, no en el antiguo Derecho
romano, en que se reconocía la esclavitud, sino en los principios
más humanos, en que, desconocida aquella, se peca en el extremo
contrario, es más que probable sea directa y eficaz la influencia de
este Nuevo Mundo en el sistema gubernativo del antiguo.
De resultas de las últimas
guerras intestinas de Inglaterra del siglo pasado, pasaron a establecerse y
poblar aquellas colonias de América varias familias que quedaron
descontentas después de ellas. El mayor número de éstas
eran de presbiterianos enemigos de la Monarquía y de toda
jerarquía eclesiástica y secular, a quienes parecía una
sujeción y esclavitud aun el mismo Gobierno y religión anglicana,
mirado hasta ahora en Europa como el modelo de la libertad.
Era casi imposible que unas colonias
fundadas por personas imbuidas en estos principios, pudiesen con ellos
permanecer a, aquella distancia sujetos voluntariamente a un Gobierno que se
decía libre y que profesaba los principios de libertad. Esta dependencia
sólo podía durar mientras su industria y su comercio no
consolidase
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su existencia, o mientras estas colonias no se
considerasen como tales, teniendo un Parlamento particular, como el de Irlanda,
o enviando al de Inglaterra diputados, en los mismos términos que lo
hacen la Escocia y las provincias y ciudades de la Inglaterra.
Sería un delirio en un padre
pretender gobernar de un mismo modo a sus hijos cuando, llegados al estado de
virilidad y robustez, salen de su menor edad, que cuando estaban en los
principios de ella. Para esto es preciso tener hijos insensibles e impotentes,
y, cuando no, es indispensable que el padre les diese todo lo necesario, o que,
asociándolos al gobierno de su casa, conviniese cada uno en lo que le
era preciso, con conocimiento de los bienes de ella. Esta comparación
demuestra claramente que la independencia de las colonias inglesas de
América tenía en su mismo origen y en el Gobierno que, contra su
sistema de libertad, quería dominarlas, el principio irresistible de la
separación o independencia, que tarde o temprano debía
verificarse. Por otra parte, hace ver, a pesar de lo que pretenden los que no
combinan las situaciones y antecedentes, que la América española
no debe seguir el ejemplo de la inglesa, pues siendo enteramente distinto su
origen, su Gobierno y su sistema, no deben ser sus resultas las mismas sin que
todo eso mude. Adquirida su posesión,
—297→
juste vel injuste, por la fuerza de
las armas; establecidas bajo reglas (buenas o malas, sobre lo cual hay mucho
que decir, que tampoco es aquí del caso), las cuales, cortando los
vuelos a su industria, las hace enteramente dependientes de la España, y
aun, si bien se mira, de la Europa entera, que tiene interés en que lo
sea; gobernada por una Monarquía e imbuida en los principios de ella;
dirigida en lo general por españoles, que ocupan los primeros empleos y
que tienen en España su origen, familia e intereses; conformes en un
mismo sistema de religión, igual al de la Monarquía de que
dependen, todos estos principios fundamentales de las posesiones
españolas de América, digo, son unos obstáculos reales e
inherentes de la situación de nuestras colonias, que, aunque no sean
invencibles, son unas bases enteramente opuestas a las que causaron y debieron
necesariamente causar la independencia de las colonias de América.
Me dirán, sin duda, que el
tiempo puede vencer estos obstáculos. No lo niego, y la humanidad en
general nada perdería en ello, despojada (si es posible) de la
política. Pero el genio indolente de los naturales del país es un
obstáculo casi invencible que impide los progresos de su industria y de
sus luces, sin lo cual no puede absolutamente verificarse lo que se pretende, y
—298→
así, aun cuando suceda, es probable pasen muchos
años antes de que se verifique.
Los ingleses, más ambiciosos
que prudentes y precavidos, habían dejado tomar demasiado cuerpo a sus
colonias, sin limitar medio alguno para ponerlas en un estado de poder, no
reflexionando en sus resultas. Había llegado éste a tal punto,
que puede decirse debió la Inglaterra a los socorros que le
suministraron durante la guerra de 57 las gloriosas conquistas de la Isla Real,
Terranova, Canadá, la Martinica, la Habana, la Granada, las Caraibes, la
Guadalupe y las Floridas, que fueron sus conquistas en la América en
aquella guerra hasta la paz de 63. Suministraron en ella los americanos a la
Inglaterra 25.000 hombres de tropas, y mantuvieron 800 corsarios, para los
cuales y el servicio de la marina inglesa tenían 30.000 marineros.
Aunque los ingleses se aprovecharon
gustosos en aquella ocasión del poder de las colonias, conocieron con
todo podría serles ya dañoso si éste aumentaba a
proporción en lo sucesivo. Ensoberbecida, pues, la Inglaterra con la
gloriosa paz que le proporcionaron sus victorias, pensó le era preciso
cortar los vuelos a sus colonias, y servirse de ellas para ayudarla
también a pagar la inmensa deuda de 500.000 libras esterlinas con que se
hallaba al tiempo de la paz, y aunque a los principios no cesaban de alabarlas
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el Rey y el Parlamento, y aun de suministrarles medios para la
extinción de su deuda, mudó después de sistema.
Tenía cada colonia una
Charte o reglamento particular para su
gobierno, por la cual gozaban de varios privilegios y exenciones, concedidas
para fomentarlas en los principios. Según ellas, la gran Bretaña
sólo podía exigir dones gratuitos, que repartían entre
sí según les parecía. El Lord Granville quiso, en virtud
de un decreto de 4 de Abril de 64, arreglar un establecimiento de imposiciones,
para aumentar por este medio las rentas de la Inglaterra y disminuir, al mismo
tiempo a las colonias los medios de acrecentar su poder. No dejó de
tener esta idea partidarios en Inglaterra, cuyos propietarios creyeron
disminuirían sus actuales cargas en lo sucesivo partiéndolas con
los americanos. Por otra parte, los negociantes veían también con
gusto se contuviesen los progresos del comercio de América, que poco a
poco hubiera podido hacerse independiente del suyo.
Estaban cercados los americanos basta
la paz de 63, al Norte, por los franceses, establecidos en el Canadá; al
Mediodía, por los españoles, dueños de las Floridas, y al
Poniente, por los indios, y así miraban como necesaria la
protección de los ingleses contra aquellos vecinos poderosos. Pero
libres de ellos después de la paz
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de 63, por medio de la
cesión de la Florida y del Canadá, se vieron ya mano a mano con
los ingleses. Consideraron que los españoles y franceses, sus antiguos
vecinos, que miraban antes como enemigos, podrían ahora transformarse en
sus aliados para ayudarles a disminuir el gran poder que habían
adquirido los ingleses en la América, y que estas potencias no
podrían ver con indiferencia. Así lo anunció M. Vaudreuil,
Gobernador del Canadá, en el año de 1760, en que se vio forzado a
rendirse a los ingleses. Cuando escribió al Ministerio la pérdida
de aquella provincia, añadió podría ser ésta en lo
sucesivo de mayor utilidad que desventaja a la Francia, porque de ella
resultaría sin duda a los ingleses, si la conservaban, la pérdida
de sus poderosas colonias de América, cuya opulencia les daba tantas
ventajas en las guerras de América sobre todas las demás
potencias que tenían allá posesiones. Siendo el estado de estas
últimas enteramente pasivo (digámoslo así) en cuanto a lo
militar, pues sólo tienen lo muy preciso pará su defensa regular
en sus posesiones ultramarinas, debiéndoles venir de Europa los socorros
extraordinarios para ella, las colonias inglesas son mucho más
difíciles de atacar, por estar situadas en el continente, teniendo en si
una fuerza activa capaz no sólo de defenderse, sino de dar a los
ingleses los socorros que hemos visto
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les facilitaban por este
medio una superioridad incalculable sobre las demás potencias, obligadas
a traer desde Europa todas sus fuerzas militares. Con todo, si los ingleses,
aun después de haberse dejado cegar por la ambición al tiempo del
engrandecimiento de sus colonias, no hubieran procedido en los términos
que lo hicieron cuando éstas se hallaban ya poderosas, y libres de las
potencias extranjeras que las rodeaban, es probable hubieran podido aún
conservarlas, a lo menos por algún tiempo, acabando por partir con ellos
las nuevas adquisiciones que podían ir haciendo juntos en el seno
mejicano y en el continente de la América y sus islas sobre los actuales
dueños de aquellas apetecibles y vastas posesiones, que, tarde o
temprano, serán las víctimas precisas de esta alteración
política.
Pero no fue así: los ingleses
se dejaron llevar de un espíritu monárquico, y quisieron dirigir
por él aquellas provincias, tan distantes de la Inglaterra, como de
poder aceptar semejantes principios con el espíritu exageradamente
republicano que hemos visto reinó en ellas desde su primer origen.
Conocieron, pues, las colonias su
fuerza y su nueva situación política, y viéndose ya con
tres millones de habitantes, animados todos del mismo espíritu de
independencia, creyeron poder
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resistir a aquella distancia, con
las dificultades que hay para internar en el país a unos republicanos
que menospreciaron y aborrecieron en aquel momento, porque conocieron
claramente querían la libertad sólo para sí y la
esclavitud para sus hermanos.
Despreciando, pues, el decreto sobre
las nuevas imposiciones, de 4 de Abril de 64, de que queda hecha mención
arriba, y el posterior de 22 de Febrero de 65, en que se establecía el
papel sellado, hubo un alboroto muy violento en Boston en el mes de Agosto de
aquel mismo año, y de resultas de él resolvieron
unánimemente no volver a recibir mercancía alguna inglesa de las
que tenían nuevos derechos, y negaron la obediencia a los expresados
decretos, al del té y al establecimiento de las Aduanas que intentaron
ponerse en virtud de decreto de 29 de junio de 67.
Continuaba siempre, no obstante esto,
el Gobierno inglés en querer tratar desde Europa a sus colonias como si
(con menos fuerza) se hubieran hallado situadas entre la Irlanda y la Escocia,
en la posición de la isla de Man. Daba, pues, sus instrucciones,
consiguientes a este falso sistema, a todos sus Gobernadores militares, que,
con pretexto de proveer a la propia seguridad de las colonias, y de enviar
fuerzas al Canadá y a las dos Floridas, hacían venir tropas e
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ingenieros, que alojaban en las casas de los habitantes, que lo
repugnaban, como no acostumbrados a ello.
El espíritu de partido y de
discordia, que cada día hacía nuevos y mayores progresos entre
los dos bandos royalista y americano, producía un disgusto y enemistad,
de que difícilmente podían dejar de resentirse las providencias
judiciales y aún gubernativas, concurriendo por este medio ellas mismas
a exasperar los ánimos.
Convencidos, pues, los americanos de
que la Inglaterra estaba enteramente resuelta a sujetarlos a toda costa,
dominándoles como Soberana, tomaron finalmente su partido.
Preparados los espíritus a la
independencia, y tomadas para ella las medidas convenientes en los Congresos y
juntas particulares, y formados por los sucesos acaecidos desde el año
de 64 al de 74, se juntó en éste por la primera vez en Filadelfia
el Congreso general de los doce Estados unidos, que habían enviado a
él sus diputados. Fue su presidente Pleyton Randolph, que, en
señal de confederación e igualdad, partió en partes
iguales con los diputados de las doce provincias una corona cívica.
Había venido a América
el General Gage con algunas fuerzas, y tomado el mando de las americanas el
General Lee, que con sus tropas se
—304→
apoderó el 14 de
Diciembre del puerto de Portsmouth, que tomó por asalto.
Constante siempre en su sistema,
declaró el Rey rebeldes a los bostonienses, y se abrió la primera
campaña formal entre los ingleses y los anglo-americanos el año
siguiente de 75.
Pusieron en campaña este
año los americanos 25.000 hombres, destinando otro cuerpo escogido de
4.000 para la guardia del Congreso, establecido en Filadelfia. Nombraron por
Generalísimo de todas sus fuerzas al famoso Washington, y los ingleses
enviaron a los generales Howe, Bourgoyne y otros.
Tomaron los americanos en aquella
campaña a Ticonderoga. Rechazaron en 16 de junio al General ingles Howe
en Bunkershill, y los vencieron en otros parajes, sin que bastase para
intimidarlos las quemas de Lexington, la de Norfolk y otras varias que hicieron
los ingleses en aquella campaña.
Habían reunido para la
siguiente fuerzas sumamente considerables, y nunca vistas en aquellas remotas
regiones, en las cuales toda empresa de esta especie sólo puede ser
momentánea, por su mucho coste, y por la dificultad de reemplazar las
pérdidas desde Europa. Debe, pues, considerarse como uno de aquellos
esfuerzos que se exigen en la naturaleza en una fuerte enfermedad, por medio de
uno de aquellos remedios
—305→
violentos que se dan a muerte o a vida.
Así lo calcularon sin duda desde luego los ingleses, conociendo que una
guerra larga en aquella distancia hubiera sido imposible de sostener, y
tendría consecuencias peores que la misma pérdida de las
colonias, y, por consiguiente, pusieron todas sus esperanzas en un golpe
fuerte, capaz de producir una decisión pronta. Lo mucho que costó
a la España la pérdida de los Países Bajos y la del
Portugal por una obstinación mal calculada, aun hallándose en el
continente de Europa, era una lección que no debía olvidar una
nación tan calculadora como la inglesa.
Tenían, pues, en América
los ingleses, al principio de la campaña de 76, 31.000 hombres de tropas
nacionales, 18
(sic) alemanas, 2.000 de tropa de marina,
nueve compañías de artillería, 13 navíos de
línea, 27 fragatas y 242 bastimentos menores, necesarios para obrar en
lo interior de los ríos. Los americanos contaban 428.000 hombres de
milicias, más robustos y acostumbrados a las fatigas y clima del
país que disciplinados militarmente; pero resueltos, y unidos en un
mismo espíritu y voluntad.
No se hallaban los americanos con
fuerzas marítimas capaces de presentarse a los ingleses, y por lo mismo,
el plan que se formó el General Washington fue retirarse de la costa,
evitar las acciones generales, y hacer una guerra de
—306→
puestos,
para ir acostumbrando en ella a su tropa al fuego y disciplina militar, de que
carecían.
El General Arnauld, americano,
entró en el Canadá, y, aunque se mantuvo en él
algún tiempo, tuvo al fin que retirarse. Los ingleses fueron rechazados
en este año de Charlestown, y ganaron la batalla de Saratoga, en que fue
rechazado y hecho prisionero el cuerpo numeroso del General Bourgoyne.
Hubo en este año otras varias
acciones particulares, que, igualmente que las de los dos años
siguientes de 77 y 78, pueden verse detalladas en el libro intitulado
Essáis historiques et politiques sur les
anglo-americains, por Mr. D'Auberteuil, impreso en Bruselas en 1782, y en
L'Histoire impartiale des
événemens militaires et politiques de la dernière
guerre, impreso en París en 1785.
A vista de los sucesos de esta
campaña de 76, creyeron los americanos deber declarar formalmente su
independencia total de la Inglaterra, y lo ejecutaron el día 4 de
julio.
Pasó a América en este
año de 76 el Marqués de la Fayeta, señor francés
que, aunque de edad de veinte años, tenía una imaginación
exaltada, valor, serenidad de espíritu y una ambición
desmesurada, dirigida siempre únicamente a su fin, sin detenerse en los
medios de conseguirle.
La Corte de Francia, que veía
con gusto las
—307→
discordias de América, y deseaba, con poca
previsión, contribuir secretamente a su independencia, hacía
imprimir y correr indiscretamente en Francia, y sobre todo en París,
varios impresos para excitar los ánimos a favor de la causa de los
americanos y prepararlos para que se empeñasen con gusto en ella si lo
exigían las circunstancias. No había tocador ni chimenea en que
no se viesen brochuras relativas a la libertad americana, y el
Laboureur de Pensilvanie y Les Memoires de
Beauniarcháis, y otros semejantes, eran el objeto de la lectura y de las
conversaciones de todas las damas y personas de la sociedad, que,
entusiasmadas, según costumbre, de estas nuevas ideas, por ser las de
moda, deseaban y se figuraban cada uno estar al lado del General Washington
para defender su ofendida libertad y la de sus compatriotas. En el año
de 75, en que yo estuve por la segunda vez en París, no se podía
salir de casa ni presentarse en ninguna parte, sin haber leído antes
salteados unos cuantos párrafos de estas dos obras, para poder entrar en
la conversación. De este modo, trayendola con maña a lo que se
había leído, oyendo de los otros lo que ellos habían
hojeado, y dando a entender con una risa oportuna se sabía lo que no se
había visto, se hacía un gran papel y se pasaba por un hombre
instruido y enterado de todos los asuntos. Por desgracia, este método,
—308→
demasiado común en París en todas las materias, da
y mantiene el crédito de instrucción y talento a muchas personas
que no le merecen, porque todo su arte consiste en citar la instrucción
y noticias de los otros, y en saber hacer a tiempo y con gracia su retirada en
el momento en que conocen va a descubrirse que no son sino superficiales.
El Marqués de la Fayeta y otros
oficiales franceses, seducidos con estas ideas y con la gloria que les
resultaría de ser los protectores de la libertad americana, pasaron como
voluntarios a defenderla. Desaprobólos la Corte en el público, al
paso que secretamente aplaudía y auxiliaba su resolución.
Un joven intrigante, pero de mucho
talento y atrevido, llamado Caron de Beaumarcháis, logró pasar a
América con instrucciones secretas para establecer las bases de un
Tratado entre la Francia y las nuevas Colonias declaradas independientes.
Era éste hijo de un relojero
francés, y tenía una hermana casada en Madrid, en
compañía de la cual estaba otra soltera. El establecimiento que
quería proporcionar a ésta, obligó a Beaumarcháis a
venir a la Corte de España. Tuvo allí un lance ruidoso con otra
persona también de talento, llamada D. José Clavijo, autor de un
papel periódico intitulado
El Pensador. La penetración
—309→
y viveza de Beaumarcháis se propuso, a. su regreso a
París, fundar en su país, sobre el débil principio de un
lance en que no salió lucido, las primeras bases del crédito que
adquirió después en él y de la fortuna que le
resultó.
De todo saca partido el que reflexiona
y conoce el genio de las naciones y de los particulares con quienes tiene que
hacer. Este estudio es sumamente necesario para vivir en el mundo.
Questo libro del mundo è grande assai;
stà sempre aperto è non si legge mai, dice el proverbio
italiano, y toda la historia del mundo tiene su origen en el carácter de
los hombres y en sus pasiones, que son el resultado de él.
Su genio, demasiado inquieto y
ambicioso, no podía sujetarle a la carrera de su padre, ni a las cortas
esperanzas que podía fundar en ella. Así lo dijo muy
oportunamente en París a una señora que, queriendo bajar su
orgullo en una sociedad numerosa en que se hallaba, recordándole sus
principios, le dio a este fin un reloj muy rico que tenía,
diciéndole delante de todos le
hiciese el gusto de ponérselo, porque
estaba atrasado. Conoció Beaumarcháis su intención, y
recibiéndolo con gran modo, lo abrió, y, al tiempo de estarle
componiendo, lo dejó caer maliciosamente en el suelo, y
recogiéndole con gran priesa y pesadumbre aparente, dijo a la
señora:
Ah! Madame, que je suis malheureux! Mes
parents m'ont toujours bien
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dit que j'étois trop vif et que
je ne vaudrois jamais rien pour exercer leur talent. Je suis faché,
madame, que vous ne vous en soyez pas aperçu comme eux.
Quedó así castigada y corrida la ofensora y victorioso el
ofendido. Esto prueba la viveza y descaro de la persona de quien se trata.
Retirado, pues, de Madrid de resultas
del lance con Clavijo, pensó formar sobre él una novela, adornada
a su modo, en términos que interesase y divirtiese la ligereza de los
parisienses, sobre todo de las damas, adornándola a su arbitrio de
lances particulares capaces de excitar el
sentiment, y otras palabras semejantes,
cuyo electo exterior sabía le era necesario para que interesase su obra,
y lograr así hacerse conocer ventajosamente en el público.
Efectivamente, logró lo que deseaba, y a esta primera novela se
siguieron después otros escritos, a que la gracia y ligereza de su pluma
dieron todo el crédito que le era necesario, y a que únicamente
aspiraba con ellos.
Empezó por este medio a ganar
mucho dinero, que empleó después en hacer especulaciones en las
Colonias de América, aumentando así su caudal. Pudo
también introducirse y lograr protección en Palacio, con motivo
de enseñar a tocar el arpa a Mad. Adelaïde, tía del Rey, y
para que se vea la osadía y atrevimiento de este mozo, conviene referir
el hecho siguiente. Un
—311→
día que, queriendo esta Princesa
gratificarle, le dio una caja en que estaba su retrato, tuvo la imprudencia de
decirle:
Il ne manque ici que le portrail du
maître, lo cual indignó, como era debido, a esta
Princesa. Logró, pues, por medio de su caudal y protección, pasar
a América con la comisión secreta que arriba se ha dicho. Se
formó así una renta pingüe, e hizo una gran casa y
jardín enfrente de la Bastilla, que le ha costado más de 500.000
libras, y encima de la cual ha puesto últimamente, para mayor seguridad,
porque temía la insultasen:
L'an premier de la liberté,
inscripción que hace ver su patriotismo, que cuando es útil
adopta, como adoptaría lo contrario por poco que le conviniese.
Como su único fin era hacer su
fortuna, le era indiferente el que, por conseguirla, se empeñase la
Francia en una guerra que le costó un millar y 400 millones de libras
(esto es, dos millares y 600 millones de reales de vellón), y que esta
deuda y los principios de independencia que aprendieron allí los
franceses haya sido el origen inmediato de su actual revolución y de los
males que de ella resulten a la Francia.
A la verdad, que siempre que paso por
dicha casa de Beaumarcháis, me estremezco al considerar los efectos que
trae consigo la ambición de un particular mal dirigida; y si este efecto
produce en mi dicha casa, sin ser francés, no
—312→
extrañaría la quemase uno que lo fuese, y que, arrebatado de su
patriotismo, se dejase llevar de las ideas que éste podría
inspirarle; pero le salva lo poco que son los que reflexionan y profundizan las
cosas.
En este mismo año de 74 paso de
América a París el famoso Franklin, que fue el principal motor y
director de la conducta de su patria. Había empezado éste por
trabajar en una imprenta, y adquirido por este medio el gusto del estudio, hizo
grandes progresos en la física, y adquirió en ella y en el arte
de gobernar un concepto que (con justicia o sin ella en esta última
parte, de lo cual prescindo) inmortalizará su memoria.
El entusiasmo con que hemos visto se
miraban en Francia los asuntos de América, aumento aún más
con la llegada de Franklin, e hicieron con él las mayores
demostraciones, teniéndose por dichosas las damas más lindas,
jóvenes y petimetras, el día que le tenían a su lado o que
les hacía alguna distinción.
Con tales principios, era
difícil no consiguiese en breve su intento, y así se firmaron los
preliminares del Tratado con la Francia en 17 de Septiembre de 77,
concluyéndose éste enteramente en 26 de Febrero de 78.
En este año continuó la
guerra en América, y los americanos tuvieron, entre otras ventajas,
—313→
la de ganar la batalla de Monmouth, en cuya victoria tuvo la
mayor parte el caballero Thomás Mauduit, mi amigo, que, haciendo pasar
seis cañones por un terreno fangoso que los enemigos creían
impenetrable, los tomó por el flanco, obligando a los ingleses a
retirarse precipitadamente. Este oficial hizo distinguidos servicios en la
guerra de América, y posteriormente en esta revolución de la isla
de Santo Domingo. En premio de ellas le habían dado el regimiento de
infantería de Puerto Príncipe, cuyos soldados, después de
haberle amado como padre, le asesinaron el día 4 de Marzo de este
año de 91, seducidos y engañados por un partido de facciosos, de
que ha sido la víctima, como puede verse más por menor en el
extracto que he escrito de su vida, haciéndole imprimir con su
retrato.
Hállase de ello un testimonio
auténtico en la página 36 del tomo II de
L'Histoire impartiale des
événemens militaire et politiques de la dernière
guerre, citado más arriba.
El Doctor B. Rusb dice, entre otras
cosas, en una carta, hablando del caballero de Mauduit lo que se hallará
en la nota 21.ª
Concluido ya, como hemos visto, el
Tratado de alianza entre los franceses y americanos, y reconocida por aquellos
su independencia, era preciso obrasen aquéllos con arreglo a él.
—314→
El carácter francés es
naturalmente ligero, inquieto, ambicioso y dominantes y el día de hoy es
lo mismo que lo defina César cuando decía de ellos:
Nimium feroces ut liberi sint; nimium superbi
ut serviant. Son muy pocos los individuos que no lo acrediten
así, aún en los países extranjeros, queriendo dar en ellos
el tono y la ley; y esto, los mismos infelices peluqueros y artistas, que se
ven obligados a salir para buscar su subsistencia. Así me lo dijo en una
ocasión, hablando de esto, mi tía la Duquesa de Rohan (que Dios
haya):
Nos françois ne vont pas voir les
autres pays; ils n'y vont que pour se faire voir. Por consiguiente,
sería difícil que el Gobierno no se resintiese de estas
calidades. Cualquiera que lea con reflexión la historia de Francia,
verá que ellas han sido la causa de las continuas divisiones y
discordias intestinas del reino. Verá también que, sujetos bajo
el Gobierno firme del Cardenal de Richelieu, aunque por medio de él y
del sistema que estableció se reunió y tranquilizó en su
interior la Francia, empezó su Gabinete a ejercitar su predominio e
intriga sobre las demás Cortes de la Europa. Autorizábanse a
hacerlo por su posición, que decían les obligaba
á prévenir les
événemens pour ne pas se voir obligés à être
entraînés par eux. De esto ha resultado que nada se
hacía en la Europa en que no tuviesen parte activa, siendo París
el centro de
—315→
las negociaciones, como lo había sido Roma en
el tiempo que los Papas disponían a su arbitrio de los Imperios.
La Francia fue la que sostuvo las
revoluciones de Holanda y Portugal contra la España. Ella ha apoyado
últimamente la segunda de Holanda en este año de 87, igualmente
que la de América, y así, era preciso fuese la primera que
reconociese, como lo hizo, su independencia. No es, pues, extraño ni
injusto que, habiendo protegido tanto el espíritu de ella, se vea
reducida en el día a ser la víctima de sus resultas.
Instruidos los ingleses de la conducta
de la Francia, se prepararon a tratarla como enemiga, e hicieron salir una
escuadra, compuesta de 25 navíos de línea, a las Órdenes
del Almirante Keppel. Los franceses armaron a toda prisa la suya en Brest, y su
comandante, el Conde de Orvilliers, hizo adelantar algunas fragatas que,
cruzando en la Mancha, reconociesen los movimientos de la escuadra enemiga.
Se encontró la inglesa con las
dos fragatas francesas la
Licorne y la
Palas, sobre las cuales tiraron con bala,
pretendiendo debían bajar el pabellón; pero no habiéndolo
hecho, y sí respondido con una descarga de fusilería, se vieron
forzadas por la escuadra a rendirse, y las condujeron como presas a
Porsmouth.
Otra fragata inglesa, llamada la
Aretusa, se
—316→
encontró
el 17 de Junio con la francesa llamada la
Belle Poule, mandada por Mr. Clocheterie.
Intimado éste por el Comandante de la fragata inglesa de venir a
presentarse al Comandante de su escuadra, lo rehusó, diciendo que la
comisión que tenía no le permitía perder tiempo. Entonces,
queriendo el inglés obligarle a ejecutarlo por la fuerza, se
empeñó a tiro de pistola un combate el más sangriento, que
obligó a la fragata inglesa a retirarse, tan maltratada, que ya no
respondía al fuego del enemigo, siéndole imposible a la francesa
el perseguirla sin caer en medio de la escuadra inglesa. Esto le obligó
a retirarse al puerto de Brest, donde fue recibida con los aplausos debidos al
valor y buena conducta de sus jefes y marinería.
Noticioso Keppel de que las fuerzas
que se preparaban en Brest eran muy superiores (pues la escuadra francesa se
componía de 33 navíos, y la suya sólo de 23),
resolvió retirarse a la rada de Santa Elena el día 27 de Junio,
habiendo dejado en crucero dos navíos y tres fragatas, que condujeron a
Porsmouth dos buques mercantes franceses, con pretexto de llevar cargamento a
la América. Estos buques persiguieron a la fragata francesa la
Efigenia, que, en su retirada, atacó
e hizo prisionera a la inglesa la
Libely.
Este pronto regresó de Keppel
excitó mucho disgustó en el pueblo inglés, que culpaba, no
al
—317→
General, sino al Ministerio, por haber hecho salir la
escuadra, exagerando antes la superioridad de sus fuerzas, para obligarles a
retirarse vergonzosamente pocos días después por la reconocida
inferioridad de ella. Estas hostilidades dieron ocasión, como siempre,
de escribir varios papeles, inútiles para comprobar cuál de las
dos partes había sido la agresora, lo cual justifican bastante los
mismos hechos referidos arriba. Pero aun cuando por ellos parece no queda duda
de haber sido los ingleses los agresores, tomando la cosa en su origen, los
verdaderos agresores fueron sin duda los que, reconociendo la independencia de
unos vasallos rebeldes, y tratando con ellos, fueron los primeros que faltaron
directamente a la buena fe y buena inteligencia debida a la Inglaterra, con
quien estaban en plena paz.
El día 8 de julio salió
finalmente de Brest la flota francesa, compuesta de 31 navíos de
línea, seis fragatas, dos brulotes y dos bastimentos pequeños, y
se reforzó luego con un navío y cuatro fragatas. El Almirante
Keppel volvió a hacerse a la mar, reforzado ya hasta: el número
de 30 navíos.
Avistáronse las dos escuadras
durante cinco días, en los cuales se separaron de la francesa algunos
navíos, y así quedó ésta inferior en número
a la inglesa. No obstante esto, habiéndose
—318→
empeñado
en un combate las dos escuadras el día 27, en la altura de Ouessand, fue
éste sumamente reñido, y los ingleses perdieron en él
más de 1.500 hombres, y se retiraron, muy maltratados, por la noche, a
repararse a Porsmouth, habiendo apagado sus faroles para poderlo ejecutar
tranquilamente. Mr. D'Orvilliers conservó el campo de batalla hasta el
día siguiente, y se retiró el 29 a Brest a repararse igualmente
de lo que había padecido.
Este reñido combate, en que los
dos partidos cantaban la victoria (como se ha visto varias veces), no tuvo otra
consecuencia que la de reemplazar sangrientamente un Manifiesto tranquilo que
autorizase la declaración de guerra con un rompimiento de hecho, en que
padeció mucho más la humanidad sin utilidad ninguna. Tanto en
Londres como en París fue muy bien recibida la noticia de esta
pretendida victoria; pero cuando llegaron posteriores y más verdaderos
detalles del programa, se cambió el regocijo en crítica, dolor y
sentimiento. El duque de Chartres (hoy de Orleans), que, como voluntario,
había ido en la flota, llevó a Versailles este aviso, y fue
recibido allí y en París con el mayor entusiasmo en el primer
momento. Cesó después éste, mudándose en una
opinión bien diferente que hacía poco honor a la conducta
personal del Duque de Chartres, a la cual se
—319→
atribuía el
no haber sido batidos los ingleses. Sea de esto lo que fuese, lo cierto es que
se dio al Duque de Chartres el mando general de las tropas ligeras, lo que
prueba a lo menos que había dado pocas esperanzas para la carrera
marítima, y que no eran mucho mayores las que podían fundarse
sobre él para la carrera de tierra, ni para el mando de los
ejércitos, a que su nacimiento parecía destinarle. Parece que un
premio semejante, después de un combate de mar, era sólo el
efecto de la necesidad de acreditar al público, en honor al Duque, que
S. M. y la marina reconocían en dicho Príncipe más valor
personal que calidades para el mando.
Dicen que acaeció precisamente
en aquel tiempo en Londres, entre dos cocheros, en Ludgate-Hill, una de
aquellas peleas que se ven frecuentemente en aquella ciudad, y que el
público dijo ser un mal remedo del combate de Ouessand. Después
de un largo rato de combate, uno de los campeones dio al otro una puñada
que le echó en el arroyo. Queriendo entonces sacar partido de su
situación, determinó quedarse allí tranquilo descansando.
Dijo al otro uno de los espectadores
que por qué no le hacía levantar
para continuar la pelea o confesar que estaba batido. El que quedó
en pie, que también estaba cansado de pelear, respondió
que estaba esperando a que se levantase su
compañero para continuar la pelea como hombre
—320→
de bien. (Es de notar que no es permitido,
según las leyes establecidas por estos combates, tocar al que cae en el
suelo ínterin no se levanta.) Entretanto, vino la noche, y entonces cada
cual se retiró a la taberna más inmediata a contar su victoria.
Después de frescos, y de decir que, en estando convalecidos,
volverían a medir sus fuerzas, el uno se fue a su casa por el camino
más corto, y el otro perdió el camino, sin saber adonde estaba
hasta que se vio a la puerta de la suya.
A la verdad que es muy doloroso dar un
combate tan sangriento para que lo mejor que resulte de él sea una
chanza de esta especie. Con todo, tuvo un efecto directo y favorable para los
ingleses, pues habiéndose retirado después de él la flota
francesa, pudieron entrar libremente sus navíos mercantes que
venían de la India, y cuya carga excedía del valor de
millón y medio de libras esterlinas.
Por otra parte, la Francia hizo ver a
la Europa que, aun con fuerzas inferiores, no debía temer el presentarse
a la marina inglesa.
Luego que, verificado el combate de
Ouessand, no quedaba ya duda ni interpretación que dar a las intenciones
de la Francia, empezó ya la Corte de Versailles a reclamar abiertamente
los socorros estipulados por el Pacto de familia. Acababa de llegar a Madrid
como Embajador
—321→
de Francia el Conde de Montmorin, que había
relevado en ella al Marqués de Ossun, el cual había más de
veinte años se hallaba de Embajador cerca del Rey Carlos, a quien
había acompañado en calidad de tal desde Nápoles. Como
este amable Soberano se aficionaba a las personas que trataba, y que,
además de esto, la edad y aspecto respetable de este Embajador
prevenía a su favor y agradaba al Rey, le vio S. M. partir con
sentimiento, tanto más, que recelaba hubiese en su retiro personalidades
e intrigas de la Corte de Francia, diametralmente opuestas a su personal
carácter.
El Conde de Montmorin, a quien el Rey
de Francia profesaba una particular inclinación por haber sido su
menino, tenía entonces poco más de treinta años, y
sólo había estado empleado en Alemania en la pequeña Corte
de Coblentz, de donde el mismo Rey le sacó para la Embajada de
España. Estos antecedentes, y la poca representación exterior de
su persona, hicieron que el Rey, que naturalmente no gustaba de ver caras
nuevas, hallase dificultad en acostumbrarse a la suya en lugar de la del viejo
Ossun, y así tuvo Montmorin un noviciado algo duro, y que hacía
más difícil el logro de su principal comisión, que era
empeñarnos en la guerra. Había también algo de
política de nuestra parte en tratarle con frialdad, para adormecer
—322→
más por este medio al Embajador de Inglaterra, Mylord
Grantham, y hacerle ver nuestra repugnancia a prestarnos a entrar en guerra
contra los ingleses, apoyando la revolución de sus Colonias.
Tenía tanta más razón para creerlo, que la
separación y el establecimiento de un Imperio independiente en el
continente de la América debía ser más dañoso para
la España que para ninguna otra potencia de la Europa.
Rehusó, pues, la España
cuanto pudo el entrar en esta guerra, y, entre otros argumentos que hizo a la
Francia para disuadirla, uno de ellos parece no admitía réplica.
Decía, pues: o las Colonias tienen por sí fuerzas suficientes
para separarse de la Inglaterra, o no. En el primer caso, no necesitan de
nuestro socorro, y nosotros podemos evitar el dar a la Inglaterra un justo
motivo de queja para lo sucesivo, como lo haríamos declarándonos
abiertamente por sus Colonias. Tanto éstas, como la Gran Bretaña,
quedarán suficientemente debilitadas después de haber sostenido
una guerra, de la cual resultará la separación, a que la Francia
aspira. Si, al contrario, la Inglaterra logra sujetar las Colonias, las
reconquistará arruinadas, y además de lo que se debilitará
ella misma para conseguirlo, en vez de serle de la utilidad de antes, ofendidas
por la humillación actual, se exaltará más, en vez de
apagarse, su natural espíritu de
—323→
independencia, y
serán un objeto de carga y de continua discusión para la
Inglaterra, que necesitará mantenerlas en sujeción por una fuerza
enteramente contraria a su constitución. De esto deberá resultar
indispensablemente un continuo contraste y guerra intestina que los devore y
debilite recíprocamente por mucho tiempo.
Con todo, los franceses tenían
tomado su partido, como se ha visto, y habían contado, como siempre,
arrastrarnos a él. Todo lo que pudo lograr la Corte de España fue
entretener y dilatar la negociación que entabló con la
Inglaterra, para dar tiempo a que entrase libre en Cádiz, como
efectivamente sucedió, la flota que se esperaba de América.
El Marqués de Almodóvar,
a quien yo relevé en la Embajada de Portugal, pasó de ella a la
de Londres, para acreditar más las intenciones pacíficas de la
España.
Tenía ésta
también otro poderoso motivo para retardar su declaración de
guerra. Había muerto en aquellas circunstancias en Alemania, sin dejar
sucesión, Maximiliano Josef, Elector de Baviera, cuyos Estados
debía heredar, como pariente más inmediato, el Elector Palatino.
Reconociendo éste desde luego los derechos que el Emperador
pretendía tener sobre una gran parte de sus nuevos Estados, contigua a
los suyos, hizo con él un pacto a los cuatro días de la
—324→
muerte de su predecesor. Celoso, y con razón, el Rey de
Prusia, de este aumento de poder de su rival, movió secretamente por
medio del Coronel Goertz al Duque de Dos Puentes, para que, como inmediato
heredero del Palatino, se opusiese abiertamente a dicho pacto y pidiese auxilio
a la misma Prusia para sostener sus derechos o impedir el engrandecimiento de
la Casa de Austria, en perjuicio del equilibrio del Imperio. Escribió,
pues, una carta al Rey de Prusia, que
—325→
sólo esperaba este
título para autorizarse a salir a campaña, como lo hizo,
poniéndose a la frente de 100.000 hombres, a que se unieron 20.000
sajones.
El día 5 de Julio entraron los
prusianas en Bohemia por dos partes diferentes: la una por Sajonia, a las
órdenes del Rey, y la otra por la Silesia, a las órdenes del Gran
Príncipe Enrique de Prusia. Fue tal la conducta del respetable y
experimentado General Laudon, que mandaba el ejército del Emperador,
que, apostado ventajosamente sobre el Elba, le fue preciso al Príncipe
Enrique abandonar la Bohemia, sin poder verificar su reunión premeditada
con el ejército del Rey de Prusia. Pasóse el verano sin que
ocurriese particular acción. Las tropas ligeras hicieron varias
incursiones en Sajonia, y Laudon hubiera tomado a Dresde, si las órdenes
de la Emperatriz madre, María Teresa, que sólo aspiraba a la paz,
no se lo hubiesen impedido.
Las operaciones militares del invierno
sólo se verificaron en el Condado de Glatz, donde el General Wurmser se
distinguió contra los prusianos, y asaltó y deshizo en
Habelschwerdt el cuerpo que mandaba el Príncipe de Hesse-Philipstad, que
se vio precisado a rendirse a los austriacos, dejándoles dueños
de la ciudad, almacenes y establecimientos que en ella tenían.
La Francia y la Rusia debían
por sus Tratados particulares dar respectivamente socorro al Emperador y a la
Prusia. Pero como por una parte no veían resultarles interés
directo en la decisión de esta disputa, y por otra la Francia aspiraba a
hacer la guerra a la Inglaterra, y los tártaros de Crimea amenazaban a
la Emperatriz, ésta y el Rey de Francia tuvieron por conveniente
preferir el ser mediadores a obrar como auxiliares. Conviniéronse, pues,
en un armisticio las dos potencias beligerantes, y se entabló la
negociación de paz en Teschen. Rehusaba el Emperador prestarse a ninguna
de las proposiciones que se le hacían, sobre lo cual estuvo para romper
con su madre. Esta le envió al Gran Duque de Toscana, que había
hecho venir de Italia a este fin, conociendo la influencia que tenía
sobre el espíritu de su hermano. Le recibió S. M. I. con bastante
frialdad; pero al
—326→
fin cedió a sus razones, y más
aún a las instancias de su madre, y se firmó la paz el día
15 de Mayo. Por ella restituyó el Emperador una parte de lo que
había tomado en Baviera, reservándose la que hay entre el Danubio
y el Inn, la ciudad de Salzburg, que une el Tirol con la Austria superior, y
las de Braunau y Schärding, siendo la Francia y la Rusia garantes del
cumplimiento del Tratado.
Desembarazada ya la Francia del justo
recelo que teñía la España de verla empeñada a un
mismo tiempo en una guerra de mar y de tierra, pudo ya el Rey Carlos tomar
decididamente su partido y dar en consecuencia sus órdenes positivas al
Embajador, Marqués de Almodóvar, que se hallaba en Londres.
Mandóle retirarse de aquella Corte luego que hubiese entregado el
Manifiesto de la declaración de guerra, y lo ejecutó en 16 de
junio de 79.
El 23 de aquel mismo mes salió
de Cádiz la escuadra española, a las órdenes del Teniente
general D. Luis de Córdoba, compuesta de 33 navíos de
línea, a los cuales debían unirse en la altura del Ferrol otros
ocho, mandados por Don Juan de Arce. Hubo algún retardo en esta
reunión por falta de inteligencia en las señales, a que dijeron
haberse añadido otros motivos particulares y personales que se
atribuyeron a dicho Arce; pero justificado éste, recayó la culpa
—327→
sobre el Mayor de la escuadra, Thomaseo, a quien se quitó
este encargo, que desempeñó después con el mayor acierto y
distinción mi amigo D. José Mazarredo, que se ha acreditado como
un oficial del mayor mérito, no sólo en la escuadra
española, sino en la combinada y en la enemiga.
No obstante el retardo, el 21 de Julio
se reunió toda la escuadra española, compuesta de 40
navíos de línea, y el 23 se incorporaron 24 navíos de la
escuadra de Córdoba a los 26 que tenía Orvilliers, quedando
Córdoba con 16 en el cuerpo de reserva.
El día 6 de Agosto se hizo en
Ouessant la reunión total de ambas escuadras, que se dividieron de este
modo:
El cuerpo principal de la escuadra
reunida constaba de 45 navíos de línea, a las órdenes del
General Conde d'Orvilliers. Córdoba mandaba sus 16 navíos
españoles, que formaban un cuerpo de observación, y Mr. de la
Touche Treville otros cinco, que formaban una escuadra ligera. Orvilliers
estaba en el centro, Guichen a la derecha y Gaston a la izquierda de la
línea de batalla. Reinó constantemente la mayor armonía y
buena inteligencia entre los oficiales y marinería, que parecían
de una misma nación y creo puede decirse no ha habido jamás dos
escuadras más unidas. La permanencia de esta
—328→
buena
inteligencia, que es de desear dure, será siempre el mayor enemigo de la
Inglaterra.
El Almirante Hardy, que mandaba la
escuadra inglesa, aunque tenía más número de navíos
de tres puentes, y que sus buques eran más uniformemente veleros, se
hallaba con todo con 23 navíos y 1.500 cañones de menos que la
escuadra combinada. Por consiguiente, le era imposible empeñar un
combate, y sólo debía limitar sus operaciones a procurar evitarle
y a proteger la entrada de los crecidos y ricos convoyes que esperaba su
comercio, y a defender las costas de Inglaterra, sobre las cuales se amenazaba
un desembarco.
Había, efectivamente, en los
puertos del Havre, Honficur y Saint Malo un cuerpo de tropas, a las
órdenes de Mr. de Vaux, conquistador de Córcega. Estaba dividido
en cuatro columnas, cada una de 12 batallones, y la vanguardia debía
componerse de la legión de Lauzun y de seis batallones de granaderos y
cazadores, a las órdenes del Conde de Rochambeau. Dos regimientos de
artillería, dos batallones del regimiento de París, destinados a
servirla, 400 húsares y 400 dragones de los regimientos de la
Rochefoucauld y de Noailles debían completar este ejército, para
cuyo transporte se hallaban prontos en los puertos 500 buques. A más de
éstos, había también en Dunquerque los necesarios
—329→
para conducir un cuerpo de 18.000 hombres, que, a las órdenes
de mi tío el Duque de Chabot, estaba destinado a auxiliar las
operaciones del ejército de Mr. de Vaux.
Todos estos gastos y preparativos
fueron inútiles, y hay quien dice no tuvieron nunca otro objeto que el
de ocupar toda la atención de los ingleses en la defensa de su isla,
para impedirles pudiesen reforzarse en América, donde quería
darse el golpe de la independencia.
El 14 de Agosto entró en la
Mancha la escuadra combinada, que sufrió en ella temporales bastante
fuertes. Se presentó delante de Plimouth, donde causó su vista la
mayor inquietud, no dudando que, instruidos del mal estado en que se hallaba la
plaza, iban a verificar un desembarco para arruinar aquel rico arsenal, que era
el mayor golpe que podía darse a la Inglaterra, destruyendo por este
medio su marina. El Conde Robert de Paradès, embarcado a bordo de la
escuadra francesa, hombre de la mayor actividad e intrepidez, había
tenido medios de introducirse en Inglaterra y de facilitarse inteligencias en
Plimotith y sobre las costas meridionales de aquella isla. El que lea las
Memorias secretas que escribió a su
salida de la Bastilla, no podrá ver sin dolor que con fuerzas tan
considerables se perdiese una ocasión única de abatir a poca
costa el orgullo inglés. Estas
Memorias
—330→
se han impreso en el
año de 1789, y merecen leerse para admirar lo que puede la inteligencia
y actividad de un hombre en esta parte.
El Almirante Hardy se vio obligado por
el tiempo a caer sobre las islas Sorlingas, y sabiéndolo el 25 los
Generales de la escuadra combinada, se dirigieron a atacarle. El 31 llegaron a
avistarse las escuadras; pero la destreza de Hardy, la ligereza uniforme de la
marcha de sus buques y una equivocación de la escuadra combinada,
sumamente dichosa para él, hizo que el día 3 de Septiembre
pudiese llegar a la rada de Santa Elena, anclando al día siguiente en
Spithead. La escuadra combinada entró toda en Brest desde el 12 al 14 de
aquel mes, y así tuvieron los ingleses la fortuna de que llegasen a
salvamento 303 buques del convoy de la Jamaica, 280 de las Antillas y II
navíos que venían de Bengala y de la China, sobre los cuales
estaba el comercio de Inglaterra en la inquietud que era regular, a vista de
las fuerzas enemigas que se hallaban en la Mancha. Es difícil de perder
en menos de dos meses tantas buenas ocasiones de hacer a poca costa un gran
mal, a su enemigo. El único fruto de este crucero fue la toma del
navío inglés de guerra de 64
El Ardiente, mandado por el Capitán
Felipe Boteler, con 523 hombres de tripulación. Salió éste
de Plimouth, y creyendo ser la escuadra francesa
—331→
la del General
Hardy, caminaba hacia ella con confianza; pero, atacado por el caballero de
Marigny, que mandaba la fragata la
Juno, a quien se unió después
el Barón de Mengaud, Comandante de la
Gentille, obligaron al navío
inglés a rendirse, y, conducido a Brest, pudo, después de una
corta reparación, salir incorporado a la escuadra francesa, bajo el
mando del mismo caballero de Marigny, que le había apresado.
Era muy considerable el número
de enfermos de la escuadra francesa, siendo sumamente corto el de la
española. Algunos, y, entre otros, el autor de la
Historia imparcial, citada arriba, quieren
atribuir esta diferencia a que, siendo frescas las provisiones de la escuadra
francesa y saladas las nuestras, estaban aquellas más expuestas a la
corrupción; pero yo he oído a muchos oficiales imparciales que la
verdadera causa de esto fue el mayor aseo y cuidado que hay en nuestros
navíos de airearlos y regarlos a menudo con vinagre. Como he confirmado
por la experiencia que en general el interior de las casas francesas son
sumamente puercas, no extrañaré lo sean aún más sus
navíos, donde se necesita doble cuidado para mantener la limpieza y
pureza de aire.
El Conde de Orvilliers, que
había perdido a su hijo de enfermedad en esta campaña, afligido
con esta pérdida, y con la culpa que injustamente
—332→
le
atribuían del poco suceso de la campaña, pidió su
dimisión, y dejó el mando de la escuadra al Conde Duchaffault,
que en el combate de Ouessant habla tenido también el dolor de ver caer
muerto a sus pies de un balazo a un hijo suyo. La actividad de este General
hizo que a últimos de Octubre volviese a salir al mar la escuadra, bien
que en menor número, a causa de los enfermos; pero reforzadas las
tripulaciones con las de los buques que quedaron en el puerto. Con todo, la
escuadra combinada era siempre superior a la inglesa, la cual fue a visitar a
Porsmouth el lord Sandwith, mandándole se hiciese a la vela al primer
viento favorable. Pero esta nueva salida no tuvo resulta alguna, y
adelantándose la estación, se retiró nuevamente al puerto
la escuadra inglesa.
Después del combate de Ouessant
enviaron ya los franceses a América una escuadra, que salió de
Tolón a las órdenes del Conde d'Estaing; pero combatida por los
vientos contrarios, tardó mucho en poder desembocar el Estrecho de
Gibraltar, sin lo cual acaso los primeros socorros de la Francia hubieran sido
suficientes para decidir favorablemente la suerte de las Colonias. Continuaban,
pues, en ellas las hostilidades, y si los colonos, aún estando solos,
habían sido suficientes para contener a los ingleses, el socorro de un
aliado poderoso como
—333→
la Francia los hacía mucho más
temibles. Los sucesos fueron varios; pero los americanos sacaban ventaja de los
favorables, sin descaecer por los adversos. Como el entrar en el pormenor de
los hechos de esta guerra exigiría una obra sola, y sería ajeno
de mi objeto, me remito en el particular a las dos citadas más arriba,
en que podrán hallarse, y trataré únicamente por mayor de
los que pertenezcan a la España.
Hallábase de Gobernador de la
Luisiana Don Bernardo de Gálvez, sobrino del Marqués de Sonora,
Ministro de Indias, mozo de valor y de excelentes calidades, y queriendo dar
muestras de uno y otro, envió una expedición, que se
apoderó de los fuertes de Natchez, Misilimakinac, Panmure (?) y
Batonrouge, situados sobre las orillas del Mississipi, por cuyo medio se
internó mucho por este río, y aumentó la España un
terreno considerable y sumamente fértil, facilitando al mismo tiempo el
comercio de pieles. Además de esto, frustró Gálvez por
este medio los proyectos que tenían contratados el General Campbell y el
Brigadier Stuard, los cuales se descubrieron más claramente por las
cartas que se interceptaron, en que se vio las maniobras secretas que
hacían para levantar a los indios contra los españoles.
Por otro lado, D. Roberto Rivas,
Gobernador interino de la provincia de Yucatán, pensó en
—334→
destruir todos los establecimientos que los ingleses
habían hecho indebidamente en la bahía de Honduras, abusando del
art. 16 del último Tratado de paz, en que se les había permitido
el corte del palo de campeche y las chozas meramente necesarias para hacerle,
pero sin establecimiento formal ni fortificación. Mientras Rivas se
apoderaba de las que allí tenían, el Coronel Darlimple y Lutrel
salieron de la Jamaica para apoderarse, como lo hicieron, del puerto de San
Fernando de Omoa, que es la llave de la bahía de Honduras, y la
comunicación en tiempo de guerra de la provincia de Guatemala y de toda
aquella parte, por cuya razón se había fortificado a toda costa.
Fiado en esto Rivas, obró sin la debida precaución, y no creyendo
pudiesen venir a atacar aquel puesto, no lo dejó suficientemente
reforzado cuando marchó a su expedición de Honduras. Aunque
sólo se hallaron 8.000 pesos fuertes en las cajas de Omoa, se calcula
había tres millones de pesos en los registros que allí se
tomaron, sin contar los frutos de América, ni 250 quintales de plata
labrada que había ido de Europa. Luego que supo Rivas esta desgracia, se
dirigió a marchas forzadas para rechazar a los ingleses, que tuvieron
que abandonar su conquista pocos meses después, clavando los
cañones. No se utilizaron éstos tampoco de las riquezas que
tomaron,
—335→
pues el navío Leviathan, en que las cargaron,
pereció en una en una tempestad, en que se perdió también
un rico convoy que pasaba de Jamaica a Europa, escoltado por el navío de
guerra
el Carolte. Los ingleses tomaron el
navío
San Carlos, de 50 cañones, que
pasaba de Cádiz a Cartagena de Indias, cargado de cañones y
municiones de guerra.
Animado Gálvez con sus primeras
conquistas, pensó extenderlas, apoderándose del fuerte de la
Mobila y Pansacola. El primero capituló el día 10 de Marzo del
80; pero fue preciso suspender hasta el año siguiente la toma del
segundo, porque la empresa era más difícil. Entretanto, los
ingleses se apoderaron del fuerte de San Juan, que les abría la
comunicación con el nuevo reino de Granada; pero Don Roberto Rivas, el
Teniente coronel D. Francisco Piñeiroy D. Josef Urrutia lograron
desalojarlos enteramente, y con muy poca pérdida, de toda la provincia
de Campeche, tomándoles 300 esclavos, 10 goletas y otras 40
embarcaciones menores, y haciéndoles otros daños, que,
según su evaluación, ascendieron a un millón de duros.
Una de las principales ventajas que se
propuso lograr el Rey Carlos en esta guerra fue la recuperación de
Mahón y Gibraltar. La honradez y hombría de bien de este Monarca
le habían inspirado constantemente el deseo de restituir
—336→
a
la nación, siempre que lo pudiese, estos dos importantes puestos, que
había perdido al principio del siglo por poner la Corona sobre las
sienes de su padre. Si el amor que le profesaba le hizo desde luego que
llegó a España mandar pagar las deudas a los particulares, no es
extraño desease pagar a la nación entera la que conocía
había contraído en su obsequio. Resolvió, pues, atacar por
mar y tierra la plaza de Gibraltar, a cuyo objeto destinó 26 batallones
de infantería y 12 escuadrones de caballería, a las
órdenes del Teniente general D. Martín Álvarez de
Sotomayor, confiando el bloqueo por mar al jefe de la escuadra, D. Antonio
Barceló, que, a haberse declarado unos días antes la guerra,
hubiera podido apresar varios socorros que entraron en la plaza, que fue
embestida a últimos de Julio de 79.
S. M. lo hizo saber a todas las
potencias de la Europa, intimándoles sería tomado como de buena
presa cualquiera buque que, pasando el Estrecho, se le viese dirigir su rumbo a
Gibraltar. Con todo, se experimentaba en ella mucha falta de víveres y
municiones, por lo cual, y aun más probablemente por conocer la
superioridad de su situación, molestaron muy poco a los principios los
trabajos de los sitiadores, que llegaron hasta unas 500 toesas de la plaza.
—337→
Mandaba en ella el General Elliot,
cuya reputación era muy conocida, y que por su constancia, frugalidad y
demás calidades, reunía cuantas podían apetecerse para la
crítica situación en que se hallaba. Tenía bajo sus
órdenes 5.000 hombres, la mayor parte hanoverianos. Si Gibraltar hubiera
sido una plaza situada en un peñasco escarpado por todos lados, pero
reducido al circuito de una fortificación regular, hubiera cedido sin
duda a los esfuerzos de los sitiadores; pero la situación de esta plaza
la hace absolutamente inconquistable, a no mediar una traición de parte
de los que están dentro, o uno de aquellos inesperados sucesos de la
fortuna que ni pueden preveerse ni calcularse.
Hállase la ciudad de Gibraltar
situada al pie de la montaña de este nombre, abrigada y defendida por
toda ella. Está coronada de baterías, colocadas algunas en
galerías hechas dentro del mismo monte, donde se está enteramente
al abrigo de la bomba, y aun del cañón, que dirigido de abajo
arriba, no puede hacer el efecto que debiera, El General Elliot es quien
más ha trabajado en esta especie de obras. La altura de más de
1.500 pasos de perpendicular que tiene esta montaña hace que sus
baterías dominen enteramente los sitiadores, sobre los cuales tiran poco
menos que perpendicularmente. Los sitiadores sólo pueden acercarse a la
plaza
—338→
por una lengua de arena que la une al continente, y que
dificulta mucho los trabajos de la trinchera.
Esta montaña tiene más
de tres millas de largo desde la Puerta de Tierra de la plaza hasta la punta de
Europa, de modo que no se trata sólo de tomar una plaza regular, aun la
más fortificada, sino un espacio de terreno en el cual su
extensión permite plantar verduras, tener ganados, y buscar otros mil
arbitrios contra la escasez, que no pueden hallarse en una plaza reducida
sólo a su recinto. A más de esto, la facilidad de la pesca es
otro recurso no común en las demás plazas. Su situación en
medio del mar hace que descubierta y aireada aquella extensión de
terreno, los sitiados que pueden pasearse y tomar el aire libremente, no
están expuestos a las enfermedades y miseria que proporciona tantas
ventajas a los sitiadores la falta de estos recursos
(sic). Tienen también otro,
único en su especie, que es el estar tranquilos y al abrigo de la bomba
en las cuevas que a este fin tienen hechas en la montaña, donde, o no
llegan, o las ven caer tranquilamente como si fuese una fiesta de
pólvora. La fuerza de las corrientes del Estrecho y de los vientos que
entran por él, ofrecen también un medio único, sobre los
generales que proporciona la incertidumbre de la mar, para que puedan con
facilidad
—339→
introducirse por ella los socorros, sin que todas las
escuadras del mundo sean capaces de impedirlo enteramente. Efectivamente, no
obstante la infatigable actividad de la escuadra nuestra que apresó
más de 300 buques, el cálculo que hacían los negociantes
de Lisboa, donde yo me hallaba, era que de cada tres buques entraba uno, y bajo
este pie se arreglaban para asegurarlos, y ganaron muy buenos reales. Esto
mismo prueba la actividad de nuestra escuadra, pues se ve hizo cuanto puede
hacerse en aquella situación.
Tenían los navíos de
guerra y corsarios ingleses, y, sobre todo, los buques destinados a la
comisión furtiva de Gibraltar, un asilo seguro en los puertos de
Portugal, particularmente en los del Algarbe, de donde salían con viento
hecho, seguros de que nadie podría impedirles la entrada en la plaza Los
Cónsules ingleses del Algarbe, y sobre todo el de Tavira, enviaban
continuamente barcos portugueses con refrescos y víveres a la plaza, de
los cuales tomamos algunos. El Ministerio portugués hacía la
vista gorda a su salida, coloreada siempre con falsos pretextos, por no
disgustar a los ingleses; pero al mismo tiempo se manifestaba muy sentido, y
convenía en que se tratase con todo rigor a los que apresásemos
haciendo este tráfico.
Todo esto prueba la infinidad de
razones poderosas
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y peculiares que hay para considerar como
inconquistable a Gibraltar. Esta plaza hubiera podido sin duda adquirirse, si
desde luego que declaró la España la guerra, hubiera dirigido sus
fuerzas contra la Jamaica que, hallándose entonces desproveída,
hubiera sido una conquista segura y fácil, y por su restitución
hubieran dado los ingleses diez Gibraltares.
Hubo en este año de 79 en la
Mancha varios encuentros particulares que hicieron mucho honor a la marina
francesa, entre los cuales el más distinguido fue el que tuvieron la
fragata francesa
La Surveillante, mandada por el Caballero
Couëdic, teniente de navío, y la inglesa
La Quebec, mandada por el capitán
Jorge Farmer. Ambas eran de 30 cañones de a 16 y 12 libras de bala, y
cruzaban para observar los movimientos de su escuadra, teniendo cada una
consigo un cuter. Se atacaron las dos fragatas el día 6 de Octubre, y
empezó el combate con una andanada a metralla que disparó la
fragata inglesa a la francesa, estando a un tiro corto de pistola de ella, de
modo que sus vergas se tocaron varias veces en el combate, que duró
más de tres horas. Desarboló enteramente la fragata inglesa a la
francesa, que poco después hizo lo mismo con aquélla,
echándose inmediatamente sobre ella al abordaje. Una de las granadas que
echaron los franceses para prepararse a él, pegó
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fuego a un depósito de pólvora que tenían los ingleses en
la proa, y sin la actividad infatigable de la marinería francesa, se
hubiera comunicado el fuego a su fragata, cuyo bauprés se hallaba
enredado en el cordaje de la inglesa. De 300 hombres que tenía,
perecieron 257, y entre ellos su capitana Farmer, no habiendo podido salvar los
franceses más que 43 hombres, a los cuales tuvieron la noble generosidad
de darles su libertad luego que llegaron a Brest el día 8 de Octubre,
considerando no debían ser prisioneros unos hombres tan valerosos. El
Capitán Couëdic tuvo tres heridas, la una de ellas en el
estómago, que se creyó mortal; pero aun estando así, se
mandó transportar al alcázar, y desde allí mandó el
abordaje. Tuvo la fragata francesa 36 hombres muertos y cerca de 100 heridos.
Los dos cuters trabaron igualmente combate, y Mr. de Roquefeuille, que mandaba
el francés, había ya apresado a su enemigo, cuando tuvo que
abandonarle para venir al socorro de
La Surveillante que estaba enteramente
desarbolada, y que remolcó así hasta Brest.
Inquieta y cuidadosa la Inglaterra de
la conservación de Gibraltar, y conociendo que la exactitud de nuestro
bloqueo por mar y tierra no permitía fuesen suficientes los socorros
furtivos que podían introducirsele, resolvió enviar un convoy
considerable, sostenido por una escuadra
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que protegiese su entrada
a toda costa. Destinó para mandarla al Almirante Rodney que en la guerra
pasada había conquistado la Martinica.
Hallábase entonces dividida la
escuadra española, de la cual 20 navíos se habían quedado
en Brest a las órdenes del Teniente general D. Miguel Gastón,
habiéndose restituido a Cádiz D. Luis de Córdoba con el
resto de ella que se hallaba maltratada por los temporales, y necesitaba
absolutamente repararse, para poder volver a salir a la mar. La escuadra
combinada se hizo a la vela desde Brest el día 1º. de Enero para
cortar el paso a la escuadra inglesa, destinada al socorro de Gibraltar; pero
se vio tan combatida de los vientos contrarios, que le fue preciso volver a
tomar puerto el día 3 de Febrero, sin haber podido encontrar a los
ingleses que a fines de Diciembre habían ya salido de la Mancha.
Encontró el Almirante
inglés el día 8 de Enero a76 leguas del Cabo de Finisterre un
convoy español que salía de San Sebastián cargado de
municiones y pertrechos navales, destinados para la escuadra de Cádiz, y
se apoderó de él sin resistencia.
Este feliz suceso fue un presagio de
otros mayores que le sucedieron.
Hallábase D. Juan de
Lángara cruzando con
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13 navíos entre los Cabos de
Espartel y de San Vicente para observar la escuadra inglesa, y después
de varios días de niebla, se encontró entre Cádiz y el
Cabo de Santa María con la escuadra inglesa de Rodney, que la niebla le
impidió ver hasta tenerla ya encima.
Desde Septiembre estaban todas las
Gazetas anunciando la venida de esta escuadra, y su lista de 14 navíos,
que yo la había remitido a la Corte desde Lisboa, y avisados sus
refuerzos, y así no he podido nunca alcanzar la razón que
pudieron tener para exponer un corto número de buques a unas fuerzas muy
superiores. Para observación, bastaban fragatas, cuters y otras
embarcaciones veleras; y para resistir, no era suficiente aquella escuadra, y
así aun cuando ésta tuviese orden de retirarse, vista la
superioridad de fuerzas de la Inglaterra, no era del caso exponerla a no
poderlo hacer, o por la niebla, que fue la que impidió el reconocerla
bien, o por otras tantas casualidades inevitables, de las infinitas que ofrece
la inconstancia y poder despótico del mar. Formó Lángara
como pudo su línea de combate, y se disponía él; pero a
vista de la superioridad de Rodney, que tenía más de 20
navíos de línea, después de tomado por medio de las
señales el dictamen de los capitanes de su escuadran, opinaron
éstos por una pronta retirada al puerto más inmediato. Los
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navíos ingleses, más veleros que los
españoles pudieron darles caza, obligando a II de ellos a tener que
batirse en retirada. Apenas empeñado el combate, se voló el
navío español
Santo Domingo, el cual, desarbolado por el
viento, iba atrasado de los otros. Su capitán Mendizábal, que
pocos meses antes había estado en Lisboa, estándonos paseando en
el jardín, y diciéndole
yo no me volviese a entrar allí sin un
navío de guerra inglés, lo menos, me respondió:
Esté usted seguro que a mí no me
tomarán los ingleses, porque o yo los tomo, o me han de hacer saltar
antes que rendirme. Es lástima se verificase tan pronto su
profecía, por un acaso, y que a lo menos la pérdida de este
valeroso y honrado vizcaíno no fuese después de un combate
más glorioso y útil.
El navío
El Fénix, en que iba D. Juan de
Lángara (que fue herido en este combate) se vio obligado a rendirse a la
superioridad de fuerzas, después de haberle desarbolado, y sólo
entraron en Cádiz cuatro navíos, de los once que hablan
combatido; pero empeñados en la costa dos de los siete tomados, los
ingleses, que no la conocían bien, se vieron precisados a pedir a los
españoles les salvasen; pero estos se rehusaron a hacerlo ínterin
no los pusiesen en libertad, como lo hicieron, declarándose sus
prisioneros, por ser el único medio que les quedaba para salvar sus
personas y los buques, que los oficiales españoles
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entraron felizmente en Cádiz. Continuó Rodney felizmente en su
ruta, y entró glorioso y triunfante en Gibraltar, desde donde
destacó cuatro navíos de guerra a Mahón con provisiones y
caudales.
Observaron algunos la rara casualidad
de que todos los navíos salvados tenían nombres de Santos, pues
el
Santo Domingo se voló, y así
no quedó en poder del enemigo, que sólo tomó los que
tenían nombres profanos. Respetando como es justo la piedad que en si
encierra esta reflexión, yo prefiero no se den a los buques nombres de
Santos, pues aun cuando a cada uno se le quisiese dar en su interior un
protector particular, cuya imagen fuese la de su Capilla, como las maldiciones
y juramentos de la gente de mar es su lenguaje corriente, si un navío se
atrasa, se adelanta o hace algo que no conviene, llueven contra él las
maldiciones y las indecencias que, aunque dirigidas en el interior sólo
contra el navío, son proferidas en realidad contra el título que
tiene, sin exceptuar el de la Santísima Trinidad, de la
Concepción, etc., etc., lo cual es una irreverencia (aun perdonando la
blasfemia), que no contribuirá ciertamente como mérito a que el
Santo protector esfuerce con Dios su interposición a su favor.
Reparada la escuadra española
de las averías ocasionadas el año antecedente por los temporales,
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y deseoso el Rey Carlos de hacer ver que la pérdida de los
navíos de Lángara no podía desanimarle, tomó
medidas más vigorosas para continuar la guerra. Hizo salir con destino a
América una escuadra de 12 navíos y 8 fragatas que a las
órdenes de D. Josef Solano, se hicieron a la vela desde Cádiz,
escoltando un convoy de 42 velas, cuya carga se evaluaba en 20 millones de
pesos duros. Este prudente General sabía que las escuadras inglesas de
América estaban todas en observación para caer sobre esta gran
presa que, a más de su riqueza, era de la mayor importancia, por
componerse la mayor parte de su carga de socorros militares para la
continuación de la guerra y la defensa del reyno del Perú. La
sugestión de los ingleses había fomentado en él la
discordia, queriendo hacer valer los derechos de los Incas, antiguos soberanos
del país. Pretendía ser descendiente de ellos un cierto Tupa
Amaro que se puso a la cabeza de los rebeldes, y que hizo mucho daño en
el país antes de que pudiesen conseguir los españoles apresarle y
castigarle como merecía, según se verá más
adelante.
Para salvar el General Solano este
rico convoy, le condujo por un nuevo rumbo, por el cual los ingleses no
podían ciertamente esperarlo.
El Almirante Rodney, que había
salido de Gibraltar el 13 de Febrero con 22 navíos y dos fragatas,
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sin que D. Luis de Córdoba que se hallaba en Cádiz,
pudiese salir a tiempo para cortarle el paso, se había reunido a
principios de Abril en las Barbadas con la escuadra del Almirante Parquer, a
fin de estar más seguro de poder atacar a Solano con ventaja. No
obstante esto, logró este General burlar enteramente su Vigilancia, y
que llegase el convoy a salvamento. Así pudo efectuarse el 19 de Junio
la reunión de su escuadra con la francesa, mandada por Mr. de Guichen,
componiéndose por este medio la combinada de 35 navíos de
línea, y llegando las tropas de tierra de ambas naciones en aquellos
dominios a 16.000 hombres con el refuerzo que había llevado Solano a las
órdenes de D. Victorio de Navia. Por esta razón cuando el Rey le
honró con el título de Castilla, escogió oportunamente la
denominación, de Marqués del Real Socorro, como lo merecía
la importancia del servicio que había hecho a la España con la
salvación de éste.
Aunque D. Victorio de Navia, hijo del
gran Marqués de Santa Cruz, oficial del mayor mérito y
circunstancias, llevaba el mando de las tropas españolas de
América, como se hallaba allá D. Bernardo de Gálvez,
después Conde de Gálvez, sobrino de D. Josef Gálvez,
Ministro de Indias, lo dispuso de modo éste, que el mando se dio a su
sobrino que se hallaba de Teniente
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de Granaderos del Regimiento
de Sevilla seis años antes, en la expedición primera de Argel, a
la salida de la cual se hizo Mariscal de Campo a D. Victorio. Éste se
restituyó a España, sin hacer nada, por el efecto de una
injusticia que aumentó su mérito por la moderación con que
la sufrió, y confirmó la opinión que merecía la
ambición y vanidad del Ministro que la hizo a favor de un sobrino que,
por lo demás, tenía mérito y excelentes calidades para el
mando y para las circunstancias de la reunión de las tropas
españolas y francesas. No habiendo hecho marchar a Navia, se hubieran
hecho brillar igualmente las buenas calidades de Gálvez, sin ofuscarlas
con una injusticia escandalosa. Todos los oficiales franceses que he conocido
de los que han estado en aquellas circunstancias en Santo, Domingo, hacen mil
elogios del Conde de Gálvez, y de sus buenas calidades sociales y
militares.
Había dilatado D. Bernardo
Gálvez hasta este año el sitio de Panzacola, y para él
hizo venir de la Habana los refuerzos necesarios, y aunque los primeros
tuvieron la desgracia de padecer una tempestad que los separó e hizo
perecer mucha gente, con todo, la que quedó fue suficiente para hacer la
importante conquista del puerto de Panzacola, sus fuertes y terreno dependiente
de ellos.
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Rindióse la plaza el 9 de Mayo
de 81, después de doce días de trinchera abierta, y a los sesenta
y uno del desembarco hecho en la isla de Santa Rosa. Se hicieron en ella 1.700
prisioneros de tropa, y más de 1.400 negros. Mandaba la plaza el
Vicealmirante Chester, Comandante de la Provincia, y bajo él, el
Mariscal de Campo Cambell.
Aunque el país es en sí
poco poblado e inculto, la posición del puerto era sumamente importante
para los ingleses, por estar a la entrada del seno Mexicano; a más de
que la Jamaica sacaba de allí muchos artículos de
consideración, como índigo, algodón, peletería y
palo de tinte, de modo que en el año anterior el valor de las
exportaciones había ascendido a 122.000 libras esterlinas, y el de las
importaciones a 150.000. Esta pérdida fue muy sensible para los
ingleses, y luego que llegó a Londres la noticia, hubo en la ciudad por
más de 300.000 libras esterlinas de pérdida. El Teniente general
don Josef Solano, hoy Marqués del Socorro, auxilió con sus
fuerzas marítimas esta expedición en que D. Bernardo de
Gálvez hizo ver su intrepidez, siendo el primero que, no obstante las
dificultades que le oponían algunos marinos, entró con una
fragata en el puerto de Panzacola, para probar la posibilidad de hacerlo. En
memoria de esta acción le concedió S. M. poner en sus
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armas una fragata con un lema análogo a ella. En este sitio
murió a la cabeza de mi regimiento
Inmemorial del Rey mi sucesor D. Luis
Rebolo, hombre de excelentes calidades, y que amaba con entusiasmo la carrera
militar, como lo prueba el hecho siguiente. Era Sargento mayor de mi
Regimiento, y yo deseaba lograr para él algún buen retiro
proporcionado a su mérito, pues estaba ya algo pesado para el empleo.
Proponiéndoselo un día que paseábamos juntos, se
volvió a mí con gran viveza, diciéndome:
Eso no, mi Coronel, retiro no; yo he de morir al
pie de mis banderas, y si pierdo los dos pies y las dos manos, haré que
me pongan en la trinchera por salchichón. (No lo hubiera sido malo
a la verdad, porque era bien gordo.) Esta expresión original prueba el
celo y amor que este honrado Oficial tenía a su carrera. Hablaba de ella
continuamente, y llevaba constantemente consigo un retrato del Cid Campeador,
debajo del cual había puesto estos versos:
| Héroe español, a ti solo | | | | en tus virtudes y hazañas | | | | pretende imitar Rebolo. | | |
|
Una partida de indios emboscada, le
proporcionó la suerte que tanto deseaba; pero tuvo el disgusto de morir
sin tener antes la satisfacción de saber se había logrado la
conquista que le costaba la vida, y que hubiera sacrificado con
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doble gusto por su Rey y por su patria, como lo deseaba.
Habían gastado los ingleses
desde el principio de la guerra más de 10.000 libras esterlinas en
fortificar a Panzacola, cuyos nuevos castillos apreciaron los ingenieros
españoles en más de millón y medio de pesos fuertes.
Halláronse en la plaza 143 cañones, 6 obuses y 40 pedreros, con
muchas municiones de guerra y boca.
El 18 de Agosto se apoderó
igualmente Gálvez de San Agustín de la Florida, con lo que
quedaron dueños de aquellas provincias los españoles, y la
Georgia descubierta a las invasiones que quisiesen hacer en ella.
También se apoderó de las islas Bermudas otra expedición
española enviada a este fin a las órdenes del Teniente general D.
Antonio Cajigal. Tomaron igualmente los españoles el fuerte de la
Concepción, que está a la entrada del río de San Juan.
El gran número de corsarios que
cubrían los mares produjo el mismo efecto que por la necesidad de
mantenerse suele producir frecuentemente la demasiada concurrencia, esto es, la
mala fe y falta de observancia a las reglas en su tráfico.
Aumentábase, pues, cada día el número de las presas
injustas, en perjuicio conocido del libre comercio de las potencias neutras.
Como los navíos de guerra y los Almirantazgos, particularmente el de
Inglaterra, sostenían en
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lo posible sus corsarios,
resultaba de esto una disputa continua entre las Cortes, que proporcionó
a la Francia un nuevo medio de contener a la Inglaterra.
Trabajaba ésta todo lo posible
en Rusia para que la Emperatriz se declarase a su favor, y efectivamente,
empezó a hacer un armamento a vista de las instancias de mi amigo
Harris, de quien tengo hablado arriba, refiriendo la respuesta que dio en esta
ocasión al Ministro Panine.
La política, que nunca duerme,
y que acierta siempre que estudia el carácter de las personas con quien
tiene que hacer, y siempre que sabe dirigirle oportunamente a sus fines,
propuso a la Emperatriz, en vez de una declaración de guerra costosa y
expuesta, un objeto de gloria digno de satisfacer sin riesgo alguno su amor
propio, y el más oportuno para empeñarla y hacerla creer daba la
ley a la Europa, y dominaba los mares, aun sobre la misma Inglaterra, que se
había creído hasta entonces dueña absoluta de ellos. Este
fue el de una neutralidad armada de todas las Potencias neutrales, a cuya
cabeza se hallaría la Emperatriz, y cuyo objeto fuese reprimir los
excesos con que las mismas Potencias beligerantes interrumpían el libre
comercio de las neutras. Un objeto tan digno de la grandeza de ánimo de
la Emperatriz, fue adoptado
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inmediatamente por S. M. I. con el
mayor gusto. Adhirieron a este Tratado la Suecia, la Dinamarca y la Holanda, a
que después se unieron también en señal de
aprobación, y para darle más fuerza, el Emperador Josef II, el
Rey de Prusia y el Rey de Nápoles. El Rey Carlos dio también la
suya en una carta entregada por el Conde de Floridablanca al Conde de
Zenowieff, Ministro de Rusia en Madrid.
Armó, pues, la Rusia 15
navíos y I0 la Suecia, la Dinamarca y la Holanda. Publicó la
Emperatriz la alianza por medio de un Manifiesto, y los Artículos del
Tratado eran los siguientes: |