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-219- Donde se da cuenta del famoso torneo del
castillo
Cubierto de sus armas se echó afuera don Quijote, mandando a su escudero ensillar sobre la marcha a Rocinante. Una vez a caballo el valeroso manchego, se le vio comparecer en la liza, alto el morrión, calada la visera, gentil y denodado como el doncel de don Enrique el Doliente. Hallábanse ya los justadores en la arena, y el rey de armas les repartía el sol y el campo, divididos en dos cuadrillas, todos a cara descubierta. «Quien quiera que seáis, caballero, dijo el juez del torneo a don Quijote, obligado estáis a descubriros, porque tal es la condición de la batalla. -Soy contento de ese capítulo», respondió don Quijote; y alzando el encaje puso de manifiesto su rostro largo y enjuto, con aquel su bigote sublime que consistía en ocho pelos de más que mediana longitud. Echó en torno suyo una mirada soberana y fue reconociendo sucesivamente a los campeadores. El primero que se le ofreció a la vista fue Gaudencio Calderara Musolungo, caballero milanés, montado en un soberbio alazán que con ojos sanguíneos y feroces estaba pidiendo entrar en combate. Vestía este caballero calzas atacadas, jaqueta de grana sobre el jubón, ostentando en las vueltas un camisón de bordados primorosos. De su cinto pendía una larga vaina de metal blanco, que chacoloteaba contra el estribo en sonoros, marciales golpecitos. Mostrósele en seguida Jacques de Lalain, uno de los -220- más preciados justadores franceses; y luego el más preciado de todos, Beltrán Claquin, Guesclin o Duguesclin, que todo es uno. Gobierna éste un bridón castaño obscuro, de canilla negra y ancho casco, crin revuelta en pomposo desorden, cola prendida en el anca a modo de penacho, atusada militarmente; jaquimón, petral y grupera de grandísimo precio por las chapetas de oro con que están taraceados. El broquel del señor Duguesclin trae empresa y mote, cual conviene a los caballeros provectos, con las armas de Francia, pues el dicho caballero representa a esta nación en el torneo. Sobre su calzacalzón de raja se descuelgan las faldas de la loriga, cuyas láminas están despidiendo mil diminutas centellas, según que varían de viso con los movimientos del belicoso caballo. Vio luego al inglés Jeremías Oberbory, rígido caballero que manifiesta su adustez, bien así en la persona propia como en la montura, sin más adornos que los de la sencilla naturaleza, la cual enamora de suyo y prevalece cuando es fuerte y grandiosa. Reconoció después a los alemanes Boukebourgo y Exterteine; a los españoles Alfarán de Vivero y Mosén Diego de Valera; al portugués Late Jiménez de Oporto, gran señor que llena la plaza con su entono, haciendo quiebros sobre un cuatralbo hermoso. Las armas de este lusitano son sinoples, sinople igualmente su vestido, sin más que una pluma azul en el capacete a modo de graciosa disonancia. Ofreciose luego a la vista de don Quijote Juan de Merlo, caballero en un corcel de mediana alzada, no muy gordo, negro como la cola de armiño, cuyos ojos despiden llamas. Este paladín se encontró de vista con el de la Mancha, y al ojo se concertaron los dos para combatirse. Vio en seguida un moro a la jineta, arrogante por demás en su apostura, que todo lo miraba como señor natural de vidas y haciendas. Es el rey Gradaso, quien trae a Durindana colgando de un talabarte de cuero de lobo marino. El soberbio pisador de este pagano es blanco: sus ancas desaparecen bajo una gualdrapa carmesí, paramentada de argentería morisca, y gruesas -221- borlas de entorchados de plata bajan hasta los corvejones. El jinete lleva sobre los hombros un capellar sujeto al cuello con un gafetón de oro, y está sofrenando a la continua a su fogoso animal que solicita la batalla con grandes manotadas que da en el suelo, resoplando belicosamente. El barón Ornobasso de Caprino hace armas con nombre de «El caballero de las Tinieblas»: dos alas negras, abiertas sobre el escudo de fondo azul con veros blancos, son la empresa. El mote: Muor mentre se lieto. Timoteo Ghirlandayo Montelupo tiene parte en la jornada bajo el nombre de «El caballero de la Esperanza». Verdes son sus armas; la empresa de su escudo, un árbol con gruesos pomos amarillos; al pie del árbol, una zorra que está mirando hacia arriba. El mote dice: Eh, quando sia quel giorno! Francesco Eremitano Pietrasanta, alboloñés de pro, monta un caballo árabe, cuyo cuello está erguido como el de la jirafa. Nació este noble bruto en los campos tartéseos de una yegua de esas que conciben del céfiro y dan hijos veloces como el viento. Francesco Eremitano Pietrasanta se denomina «El caballero del Triunfo». Sus armas son gules; su broquel tiene por empresa un león que está sesteando a la sombra de una palma; el mote reza: Sodi tu che vinci. Entre los caballeros franceses reconoció además don Quijote a Jacques de Xalán. Las armas de este paladín son jaldes como las de Laucareo, esto es, amarillas, el color de los celos y la desconfianza: la empresa, una ninfa de dos caras: el mote: Bien fol est qui s'y fie. Alfarán de Vivero y Mosén Diego de Valera montan cada uno un gran tordillo cuyo pecho tiembla cual provocativa cuajada. La cerviz forma un arco robusto; la crin, repartida en dos mitades, cae a un lado y otro, larga y abundosa; las manos son negras hasta las rodillas; el casco, limpio, ancho; la cola, crespa, larga hasta la tierra. Los dos españoles hacen armas con una misma empresa, dos gemelos unidos por un vínculo de oro. El mote es: Honni soit qui mal y pense. -222-Otros señores había en el palenque, pero don Quijote no se detuvo a mirarlos, satisfecho de tales adversarios cuales había visto uno por uno. El rey de armas y los mariscales dividieron los bandos, mantenedores aquí, aventureros allí, arrostrados con silencioso denuedo hasta cuando se oyese la señal de acometer. La señora doña Engracia de Borja y don Prudencio Santiváñez habían hecho lo posible por evitar semejante juego; pero don Alejo y sus amigos se empestillaron en que se había de llevar adelante la demostración guerrera, y no hubo forma de cambiar el reporte con otro menos peligroso. Cuando don Alejo de Mayorga quería una cosa, la quería fuertemente, como Marco Bruto. Sus pretensiones se mostraban a sus padres o sus tíos con ruegos y caricias, pero ruegos y caricias de consistencia tal, que no dejaban resquicio a la contradicción. Doña Engracia había propuesto se dispusiese un sarao en vez del torneo: su sobrino resolvió el sarao tras el torneo. No hallando modo la señora de frustrar ese temible alarde, puso a lo menos el artículo de que ninguno de los justador es había de usar de sus armas propias, sino de las que ella les proporcionara. Mandó, pues, hacer unos rejones que sirviesen de lanzas, y aun esos con zapatilla, a fin de evitar el derramamiento de sangre. Las señoritas tomaron sobre sí el adorno de las armas, y las adornaron efectivamente con cintas de colores varios, distinguiéndose cada una según la solicitud de su corazón y la osadía de su voluntad. Hallábanse todas en un tablado construido al propósito, y a cual más puesta en orden, servían de estímulo al valor de los combatientes. «Caballero, dijo el rey de armas, llegándose a don Quijote; no es de buena caballería servirse de armas superiores a las del enemigo: tenido sois de arrimar la vuestra lanza formidable y proveeros de una igual en un todo a la de los otros campeadores. -Así es la verdad, respondió el hidalgo: no se dirá que don Quijote de la Mancha salió con la victoria merced a la superioridad de las armas. Rugero echó en un pozo el escudo encantado que le había servido para vencer a tres andantes; no usaré yo, por tanto, de esta mi buena lanza. A ver acá la que se me destina, -223- que para el buen campeador todas son unas». Y tomando el rejoncillo que se le presentaba, lo requirió despacio, y dijo: «Por mi vida, caballeros, gran ridiculez y mengua será que tales hombres cuales aquí nos vemos depongamos nuestras armas por estos bolillos de vieja. Echadme acá una almohadilla de salvado por escudo, y las gafas verdes para complemento de la armadura. ¿Vamos a correr sortija o a dar una batalla? -Para el buen paladín toda arma es buena, respondió el rey Gradaso. Yo juro por Mahoma y su alfanje de dos hojas llamado Sufagar, envasaros con este que llamáis bolillo de vieja, de tal suerte, que entrándoos él por los espacios intercostales, os salga media vara por las espaldillas.
dijo Michele Papadópoli, señor de la Punta de La Motta, y añadió: Yo hago el mesmo juramento, con la adehala de sacarle uno de sus riñones en la punta de mi bolillo. -A mí me bastará un mondadientes para sacaros todos los vuestros, respondió don Quijote. No gastemos prosa y vengamos a las manos, si no sois malos y falsos caballeros». Aventose el rey Gradaso sobre don Quijote, diciendo en alta voz: «¡Don follón y mal nacido, pagar heis con la vida esta insolencia!». Juan de Merlo se interpuso y dijo: «Nadie sea osado a usurparme lo que a mí solo me pertenece y atañe: tengo ofrecida al diablo el alma de don Quijote, y mi promesa he de cumplir aunque huya él y se esconda en las rendijas del infierno. -¡Deteneos, paladines!, gritó Brandabrando, tirándose adelante. Desde muy antes de ahora me debe la vida este caballero, que se la vengo perdonando diariamente por pura conmiseración. Mas llegado es su día y acaban todas las cosas para él, que ya es demasiado compadecer a tan mortal enemigo. -Eso sería donde no estuviese Duguesclin, dijo éste abalanzándose a la lid. De fuero se me debe la batalla, pues nada más corriente que el restaurador de la caballería francesa las haya -224- con el de la española. Os intimo, caballeros, que os hagáis atrás dejándome barba a barba con tan poderoso contrario. -En buenhora sean venidos todos éstos, dijo don Quijote, a quienes, si no fuera amenguar mi acción y aplebeyar la victoria, llamaría de cobardes y alevosos. -Yo solo he de castigar este desaguisado, dijo Late Jiménez de Oporto, echándose al centro de esa belicosa muchedumbre. No estoy hecho a sufrir semejantes alusiones, y así me hieren los insultos comunes como los personales. ¡Oh, mi señora Rosinuña de Lisboa, agora me amparad y me acorred y me creced el corazón, para que yo saque a la luz del mundo la sandez y e atrevimiento del que no reconociere y confesare la supremacía de la vuestra fermosura! Mirad por vos, mal caballero, o sois muerto sin confesión. -Vos sois quien la necesita», respondió el manchego, y abrió la batalla con un tajo tan desmedido, que si el arma fuera un alfanje, allí quedara el portugués para la huesa. En esta sazón los farautes soltaron las bridas y gritaron: «¡Legeres aller, legeres aller, é fair son deber!». Y rompiendo las trompetas en una entonación guerrera, principió esa escaramuza, que no le fuera en zaga a las más famosas de los tiempos caballerescos. Hacía mucho que don Quijote de la Mancha tenía olvidado que todo era puro simulacro, y se andaba por ahí en medio de la folga repartiendo golpes a Dios y a la ventura, con tal ardimiento, que iba sacando de sus quicios a los mantenedores, los cuales principiaban a volver palo por palo, y muy de veras. «¿Dónde está ese rey Gradalso?, decía; y vos, hermano Papadópoli, ¿por qué os metís entre los vuestros? ¡Mostrad la cara, Juan de Merlo, vencedor en tantas justas!». Y menudeaba fendientes y reveses tan bien asentados, que más de cuatro paladines tenían ya sus burujones en la cabeza, a pesar del yelmo, si bien éste era de la propia fábrica y hechura del de don Quijote. Los más estropeados, que eran Late Jiménez de Oporto, Juan de Merlo, el rey Gradaso y Michele Papadópoli, empezaron a mostrar su cólera, arremetiendo y parando con enojo manifiesto. El juez del torneo -225- vio que la cosa olía a chamusquina, saltó al palenque, y echando el bastón a la arena, declaró concluida la batalla. Como en don Quijote nada podía más que los usos y reglas caballerescos, fue el primero en contenerse. Bien quisieran los otros asentarle algunos porrazos de adición; pero como ya él no mostraba acometer, todo golpe hubiera sido caer en mal caso y en una nueva cólera suya. Paráronse los campeadores sofrenando a los corceles que bailaban cubiertos de espuma en un bélico jadear muy del gusto de don Quijote, quien tenía por suya la victoria. Es evidente, por lo menos, que ese día repartió muy buenos palos, llevando también algunos de primera clase. Apeados todos y retraídos en sus aposentos a descansar y curarse los chichones, doña Engracia envió a nuestro caballero una chaquetilla de terciopelo verde con briscados de seda y una escarcha de plata muy bien distribuida. No regocijó tanto al noble manchego esta fineza, cuanto el presente que después le trajo una doncella cuyo embozo dejaba ver apenas la pupila rutilante. Era el obsequio un pañuelo no más grande que un lavabo, con bordaduras, en medio de las cuales se estaba exhibiendo un corazón herido de una flecha. Al pie de este hermoso emblema, en caracteres rojos, el nombre de su dueña: «Secundina». Tuvo el trapo don Quijote por pañuelo de finísima batista, y llevado del agradecimiento buscó en la faltriquera una onza de oro con qué regalar a la joven Quintañona; pero ni él la halló, porque no la había guardado, ni la muchacha diera tiempo, según huyó veloz por esos corredores. «Mira si nos quieren bien, Sanchito, dijo a su escudero, y si nos envían corazones heridos de saetas». Sancho Panza admiró escandalosamente la buena fortuna de su amo, y le enteró de que el castillo estaba rebosando en sus alabanzas. -226- De las razones y las contradicciones que amo y
criado tuvieron después de la batalla
«Ignoras quizá, dijo don Quijote a su escudero, aludiendo al regalo de doña Engracia, que el propio honor alcanzó Gutierre Quijada después que hubo hecho armas con Miser Pierres, señor de Habourdín, bastardo del conde de San Polo. Pagado de su gallardía el duque de Borgoña, juez de la justa, le llevó a comer, le puso a la derecha, y luego le envió a su aposento un vestido de muchas orfebrerías aforrado de pieles de garduña. Otro tanto hizo el rey de Bohemia con don Fernando Guevara, cuando éste venció en la ciudad de Viena a Miser George de Bouropag: enviole un joyel de gran precio «y dos trotones muy especiales», como lo puedes ver en la Crónica de don Juan II, donde más largamente se contiene. Unas veces ofrecen los reyes mantos de púrpura a los vencedores; otras, túnicas de brocados de tres altos; otras, vajillas de oro de muchos marcos. El toque está en merecer cualquiera de estos regalos, amigo Sancho Panza. ¿Has visto cuál puede ser esa amable Secundina? Según pienso y entiendo, después de Dulcinea, no hay otra más hermosa en el mundo. Fíjate en esa mano, en la cual no sabe uno lo que admirar más, si la pequeñez, si la blancura, si la suavidad, si la gracia con que se mueven y juegan esos dedos coronados de sonrosadas uñas. -La de mi señora Dulcinea no era -227- tan mona, respondió Sancho, sino como un aventador y más que medianamente carrasposa. Los dedos gruesos, pero no muy largos: en la uña del pulgar se pudiera ver la cara un gigante, sin la roña que la cubría. -Tú sabes, replicó don Quijote, que Dulcinea estaba encantada cuando la encontramos: aunque por dentro era ella, por fuera parecía una grosera labradora. ¿Mas cómo dices eso cuando el encanto no obraba sino para mí y tú la viste en su propia forma, puesto que la conociste? -Para mí no estaban encantadas sino las manos, señor don Quijote, habiendo querido el maligno encantador echar sobre el amo toda su malicia, y sobre el criado una parte de ella. -Tus jocosidades no siempre tienen la sal en su punto, maleante y sofístico escudero, dijo don Quijote: al que le encantan le encantan de pies a cabeza, con manos y todo; y al que le apalean le apalean sin poner aparte ninguno de sus miembros, según lo puedes ver por tus ojos y sentir por tus costillas. ¿Ni en las ocasiones más propias para demostrarme el respeto que me debes, has de dejar de ponerme por delante tu necedad o tu superchería? ¿Quieres que las uñas de mi señora Dulcinea sirvan de espejos donde se miren gigantes, como Polifemo, cuya cara no alcanzaba a reproducirse sino en el mar? ¿Y su mano es ancha como un aventador, monigote fementido? ¿Y áspera, no carrasposa, baratero? ¿Y sus dedos rehechos y ñudosos, espía de ladrones? ¡Yo os haré ver que el ancho, ñudoso y carrasposo sois vos, señor tunante». Y le hizo ver, en efecto, eso y algo más con un gentil porrazo en la cabeza. El bueno de Sancho estaba muy hecho a llevar palos; pero cuando se los daba su señor, venía como a resentirse, con decir que de ese modo le pagaba sus servicios, Sancho Panza era humilde; su amo, de buen natural y generoso: de amo a criado nunca hubo más de palo y medio, y cuando más llegaron a dos. Era de condición el caballero, por su parte, que, pasada la culera, de buena gana hubiera abrazado a su escudero, y en haciéndole un grave daño habría vertido lágrimas. Hay hombres que se inflaman y caen sobre los que los irritan: la pólvora no es más violenta; pero son capaces de resarcir con la camisa de sus -228- carnes los golpes que acaban de dar. Me atengo al hombre volado que se enciende a cada instante, y no al aborrecedor sombrío que oculta la cobardía tras la calma y está haciendo fermentar la venganza debajo de la paciencia. «Murmura de mí, bellaco, dijo don Quijote; omite el cumplimiento de tus deberes; escóndete el rato del peligro; reclama el botín de guerra como cosa tuya; mas no pongas tu lengua viperina en la señora a quien yo sirvo, porque te he de matar. ¿No sabes, mal nacido, que las damas de los andantes, por fuerza han de ser conjuntos de perfecciones, mujeres aparte, creadas ex profeso para ser queridas y servidas por estos que nos decimos y somos andantes caballeros? ¿Quieres que la principal, la llamada sin par por antonomasia, tenga las manos y las uñas que dices, cuando nada pone más de manifiesto lo ilustre de la sangre que esa nobilísima parte del cuerpo humano? Ahí tienes a Oriana, ahí a Carmesina, ahí a Polinarda, ahí a la reina Bricena, ahí a la linda Magalona: mira si son manos de aventadores las suyas, o manecitas admirables, azucenas por el color, jazmines por la pequeñez, terciopelo por la suavidad, y saca por ahí lo que deben ser las de Dulcinea. Cuando se las viste como dices, no estaban ellas encantadas, sino tus ojos obscurecidos con telarañas, basura y otras inmundicias. De hoy para adelante, señor bueno, so pena de la vida, habéis de pensar y creer que no hay en toda el haz de la tierra princesa, reina o emperatriz que tenga mano más pulida, limpia y graciosa, ligera y bien proporcionada, que Dulcinea del Toboso. -Más vale mala avenencia que buena sentencia, señor don Quijote, respondió Sancho: con vuesa merced no tengo pleito. Pensaré y creeré de bonísima gana lo que vuesa merced dice; pero llanamente, como a mí se me entienda, y no por antimonasia ni otros rodeos, porque todo lo echaré a perder. Cosa del diablo fue el haber yo visto así a mi señora Dulcinea: prometo verla en lo adelante con mano de azucena, pie de lirio, boca de alabastro y más finezas concernientes a las señoras andantes. -La belleza requiere que los labios sean sonrosados, volvió a decir don Quijote; cuando se te ofrezca delinear un difunto, -229- puedes servirte del alabastro para la boca. -Y cuando a vuesa merced se le ofrezca poner en alguna parte el cabo de su lanzón, no busque la persona de quien le quiere bien, para echarlo ahí como si lo hiciera adrede. Sin haber sido del torneo he sacado mi ración en la cabeza, mi aflicción en el corazón. -Y guárdate de la quitación, respondió don Quijote, la cual puede ser de más consideración, por la sencilla razón de que un baladrón como tú, que no pierde ocasión de manifestar su mala intención respecto de la dama de su patrón, trae la cabeza en continua disposición de recibir sobre ella el asta de mi lanzón. Tú eres gente de ración y quitación... Pero no haya más; y desdoblando la hoja, dime: ¿Se te trasluce cuál de las infantas del castillo es la que ha puesto en mí los ojos? Corazón herido de saetas, corazón apasionado, Sancho. A tales arbitrios suelen acudir las doncellas de pro, a fin de insinuarse con los caballeros cuya imagen tienen en el pecho; y la mensajera es parte esencial de los amores: testigos, la dueña Quintañona, Darioleta, Floreta, Placerdemivida, la viuda Reposada y otras. Ayúdame a descubrir a esa misteriosa enamorada, si bien ella misma tendrá buen cuidado de darse a conocer, pues amor que da la seña no tardará en llegar. Esta pasión sublime obra como el fuego, Sancho: su alimento es el aire, tira siempre hacia la luz; y aunque a veces arde escondida, no hace sino tomar cuerpo en la obscuridad; luego se la ve romper hacia afuera y esparcirse en grandes llamas. Los ojos son ventanas del alma, dicen; son también tirabuzones, amigo Sancho: como vea yo reunidas a las princesas, de una mirada le arranco su dulce secreto a esta bella Secundina. -Una vez descubierta, ¿qué piensa hacer vuesa merced?, preguntó Sancho. -Nada, respondió don Quijote: ¿parécete que sería digno de mi lealtad ponerme a sacar en limpio secretos de doncellitas melindrosas? Bueno fuera andar correspondiendo a todas, cuando con ser sabedor del achaque amoroso de esta divina incógnita me parece que ofendo y pospongo a la sin par. Dulcinea. Lo que ahora ocupa mi ánimo no es la cuita de esa doncella, sino el acabar de una vez con el rey Gradaso y hacer del todo mía la deseada -230- Durindana. ¿Qué suerte habrá corrido el moro? Si mal no me acuerdo, le descargué encima tal mandoble, que será maravilla no le haya dividido hasta el suelo, con caballo y todo. -Él fue, respondió Sancho, el que viendo por tierra su cabeza se agachó, la tomó y la besó, con mucho amor, en la mejilla. Las baladronadas del jayanazo, señor, nos daban mucho que temer por la vida de vuesa merced; pero, como dicen, gato maullador, nunca buen cazador. Bien muerto está: ni me debe, ni le debo. Duerme Juan y yace, que tu asno pace; y el muerto a la fosada y el vivo a la hogaza. -Mal ajeno de pelo cuelga, Sancho, dijo don Quijote: sigue adelante en tus refranes; camino llevas de agotar, no solamente la colección de don Íñigo López de Mendoza, sino también las de Mosén Dimas Capellán, el Racionero de Toledo, y el Pinciano o sea el Comendador Griego. No olvides los retraeres del Infante Juan Manuel, ni los adagios que las viejas dicen al huego, del Arcipreste de Hita. Si en vez de ese hormiguero de adagios y refranes te hubieras metido en la cabeza algunos preceptos relativos a la caballería andante, el día de hoy te hallaras en potencia propincua de ceñir la corona real. Pero yo tengo mis barruntos de que con tu modo de hablar estomagas y enojas a los encantadores, quienes están retardando cuanto pueden el fausto acontecimiento de mi propia coronación. Ahora dime, pedazo de estuco, ¿se te entiende cachiforrarme con la pamplina de la cabeza de Gradaso? Deja que yo te eche al suelo la tuya, y como aciertes a besarte tú mismo en la mejilla, aquí te armo caballero, y de camino te doy el título de sumiller de la Cava, sin contralor que revea tus actos ni te llame a residencia. Si estoy en lo cierto, San Dionisio fue quien tomó del suelo su cabeza y la besó, después que un esbirro se la hubo echado abajo. Tú no has oído campanas, y aplicas mal y por mal cabo a los acontecimientos actuales tus confusas reminiscencias. Déjalas dormir en el endiablado revoltijo de tu memoria y no me batanees con tus necedades. Si a dicha tiene aún el circasiano la cabeza sobre los hombros, nada habrá perdido por haber esperado». Salió don Quijote en demanda de Gradaso, cuando ya no había -231- más Gradaso que don Alejo de Mayorga, quien se andaba por ahí hirviendo entre los suyos. «Caballeros, preguntó, ¿sabréis decirme en dónde para aquel soberbio rey del Asia con quien me combatí ahora ha poco? -El señor Gradaso barruntó, sin duda, las nuevas intenciones de vuesa merced, respondió el conde de Mayorga, y se ha puesto en cobro a pesar de sus heridas. Una de a jeme en el pecho, señor; otra en la cabeza, abierta por la comisura, desde la orilla de la frente hasta el occipucio, pasando por el sincipucio. Otra en la garganta, por donde podía entrar y salir un cocodrilo. -¿Hacia dónde y cómo huyó el moro?, volvió a preguntar don Quijote. -Hacia el Oriente, señor, en una jirafa que hendía el aire como un sacre. Creo yo que la fuga la tomó por su cuenta una sabidora llamada Zirfea, quien se lo llevó a curarle las heridas en los montes de la luna. -Esta es la costumbre de los encantadores que me persiguen, dijo don Quijote: hurtarme el enemigo a quien tengo a punto de muerte, Pero ya veremos si el señor Gradaso muere o no a mis manos, con jirafa y todo. Ahora sepamos lo que mandáis, señores, que me parto. -No diga tal vuesa merced, respondió el conde de Mayorga: las damas no tienen otro empeño que el de festejar a vuesa merced. esta noche con un baile que para el efecto están disponiendo. Verá aquí la flor y nata de la caballería, portentos de hermosura y prodigios de habilidad en la danza. -¿Eso hay?, volvió a decir el caballero: no quiera el cielo que don Quijote de la Mancha falte a la cortesía, rehusando el obsequio de tan hermosas y principales señoras». Y se quedó una noche más en el castillo, para satisfacción de Sancho Panza y gusto de los estudiantes. -232- Donde se da cuenta del baile de Doña Engracia
de Borja, y se delinean algunas de las damas que a él
concurrieron
Las damas del castillo, con todos sus alfileres, estaban fulgurantes esa noche; los jóvenes, de tiros largos, y don Quijote de la Mancha metido en sus gregüescos, secas, estiradas las piernas, y un tanto quebradizas; con una cara de santo por lo flaco, de vista en cuchara por lo prolongado, de emperador por lo grave y señoril. Buena cuenta con no reírse tenían las señoras; pero así como el hidalgo volteaba las espaldas, no había contener la que les atormentaba el pecho. Graciosas e invencioneras las muchachas, no les faltó arbitrios para ilusar a don Quijote, tomando, a imitación de los justadores, nombres altisonantes y caballerescos que halagase n sus oídos. Alda de Sansueña es una joven de singular hermosura, que llama la atención, por la cabellera especialmente, rara en el color como en el caudal, y por el donaire con que la trae derramada sobre los hombros y la espalda en gruesos chorros. Nuestra madre Eva no cultivó más linda mata de pelo, ni con el suyo se hubiera rodeado y cubierto los blancos miembros tanto como esta Alda de Sansueña, la cual en verdad no se llama sino Elena Cabanillas. A su lado está Lippa de Boloña, obscureciendo a su compañera con la luz de esos ojos que resplandecen cual dos carbunclos -233- negros. Ésta lleva traje de raso blanco con largos torzales de hilo de oro, salpicada la chaqueta de estrellitas azules; la chaqueta, por donde quieren escaparse las dos gordas palomas retenidas apenas en su cárcel. «Elena, dijo a su amiga a media voz, ¿te casaras con don Quijote? -No digo que no, como tú te casases con Sancho: así vendrías a llamarte Jóvita Ponce de Panza. -¿Y el de León dónde me dejas? -Ponlo al fin y serás Jóvita Ponce de Panza de León. -No suena tan mal como de burro, ni tan bien como Elena Cabanillas de la Mancha», concluyó doña Jovita, y se echaron a reír las dos hermosas. Lida Florida, señora de Cambalú, sigue a Lippa de Boloña en ese coro de ángeles femeninos. En otra cosa consiste su belleza que en lo vivo de la mirada y en lo activo de las maneras: sus ojos son azules, cargados de tan poética melancolía que harto dan a conocer una tierna pesadumbre. Deslumbrara la blancura de su tez, si no acudiera la sangre a sus mejillas y las pusiera como bañadas de rosa. Cuando se ruboriza esta joven, una llama divina desciende del trono de las Gracias y la hace arder en las más delicadas sensaciones. Viene en seguida Oliva de Sabuco, niña tan alegre y picotera como apacible y silenciosa la enamorada Lida. Mas a su izquierda tiene una buena pareja, porque en el reírse, el moverse y el hablar no le cede una mínima la señora Chimbusa. ¡Chimbusa! ¡Y cómo le hacía bailar en la uña al mal aconsejado que se llegaba a requebrarla! Sólo don Alejo de Mayorga tiene el aguante necesario para no sucumbir a esas carcajadas en las cuales resuenan el desdén, la fisga, el sarcasmo, porque la tal Chimbusa es de las que hacen algunas víctimas antes de serlo ellas mismas, y Dios sabe de qué tonto! No es tan tierna que no debiera tener un cariño, por no decir dos; pero se había propuesto no amar a nadie, y hasta entonces se estaba saliendo con la suya, bien por dureza natural de corazón, bien porque el capricho labraba cierta insensibilidad facticia que la mantenía en sus trece. ¡Pobre Chimbusa!... El amor tardío suele mostrarse de repente con toda su madurez: en llegando su fermentación a -234- lo sumo, revienta sin dar lugar a nada. Estas pasiones son las temibles: toman de sorpresa, exigen, ejecutan y muchas veces dejan en tiempo limitado tristes despojos de la que se prometía larga edad florida. Mejor es amar desde un principio, poco a poco, si puede ser, para ir acostumbrándose a la enfermedad de los dioses, sin hurtar el cuello al yugo de ese pequeño rey absoluto, a cuyo imperio no hay quien se sustraiga. «Marqués, dijo la señora Chimbusa al de Huagrahuigsa, que se asomaba por ahí, gustaría yo de ver bailar a don Quijote. Oliva se ofrece a darme esta satisfacción sirviéndole de pareja. Sea vuesa merced servido de transmitir este deseo al caballero andante. -¡No hay tal!, respondió doña Oliva de Sabuco; Petra es la empeñada en bailar con él: yo no quiero sino ver un pie de jibado a estos dos elegantes. Don Quijote y Chimbusa, el uno para el otro». Y soltó una sonora argentina carcajada, que llenó de armonía la sala. El marqués se tuvo por muy dichoso de hallar pronta escapatoria, so pretexto de ir por el hidalgo, pues le huía a esta Chimbusa como a Judas. Y no porque no le tuviese notable afición, siendo como era la bellaca fea de tal naturaleza que se la hubiera llevado sobre cuatro bonitas. El marqués tenía para sí que era correspondido con usura; mas satisfecho de ser amado a la distancia, y vivamente deseado por la dama, dejaba para mejores tiempos el coronar su dicha (la de ella). La linda Magalona y Floripés estaban juntas, y ante ellas don Quijote, hincada una rodilla en tierra, empeñadísimo en aludir a los amores caballerescos de estas enamoradas princesas14. «Güi de Borgoña, dijo a Floripés, ha sido siempre un buen caballero, tan digno de ser esposo de vuesa merced, como amigo mío, por la constancia y el valor con que defendió la torre donde fue acogido por vuesa merced, junto con los otros pares de Francia. ¿En dónde para el día de hoy tan famoso caballero? -235--Nos hemos reconciliado con mi padre el Almirante, respondió Floripés; mi marido y señor se fue no ha mucho a verse con él en Guirafontaina, de donde le esperamos antes de un año. Si vuesa merced nos favoreciese con permanecer unos once meses en este castillo, el señor Güi, mi esposo, tendría mucho gusto de conocer al tan nombrado don Quijote de la Mancha. -Once años me quedara, replicó el caballero, por estrechar en mis brazos a tan famoso paladín y tan buen enamorado, si las obligaciones de mi profesión no urgieran por la partida». Aquí rompió la música, y los jóvenes se tiraron al centro, cada cual con su compañera. Loco era don Quijote y muy loco en ciertas cosas; advertido, empero, hasta sabio en otras: no bailó ni le pasó por el pensamiento el buscar pareja, y se rehusó con vigor a las excitaciones de los pisaverdes. La gravedad de su estado, la circunspección de su edad le hicieron mantener un porte digno; y mientras bailando a todo su poder se hacían pedazos los mancebos, él se dejó estar en una esquina de la sala, grave, alto, casi adusto. Cintia de Guindaya, señora de elevada estatura y admirables proporciones, no se manifiesta visiblemente gorda; pero la imaginación de los que la contemplan sabe si son redondos, maravillosamente torneados esos miembros, cuya rubicundez no se detiene sino en el blanco leche de ese divino cuerpo. Cintia baila como Diana, garbosa y púdica, con empeño, pero con modestia. De ella no hubiera dicho el antiguo poeta latino: «Sempronia baila mucho mejor de lo que conviene a una mujer juiciosa y honesta». Cintia de Guindaya pasó a la vista de don Quijote, deslumbrándole como un relámpago; y en efecto, era tan bella, que el bueno del hidalgo estuvo a pique de tenerla por su señora Dulcinea del Toboso, cuando no era sino una cierta Estela Montesdeoca. Tras ésta vino Prusia Fincoya, morena de infernal hermosura, que había dado en qué merecer a más de un pretendiente a su mano. Digo infernal, porque se la amaba de prisa y con furor, -236- sin esos preliminares de las pasiones comunes, afición, tristeza, vaga esperanza y más afectos indecisos que el corazón experimenta cuando se ha de amar con mesura. Agravio hubiera sido para la tal Fincoya quererla de ese modo: ella prende un vivo fuego en el cual es preciso consumirse. Súplicas fervorosas lágrimas ardientes, pasos inconsiderados; celos, iras, desesperaciones, locuras y suicidios: tales son las ofrendas que se han de depositar en las aras de ese ídolo tan perverso como hermoso -237- Donde se prosigue la materia del capítulo
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Vueltas las damas cada una a su lugar, se vio a don Quijote ir discurriendo entre ellas por dar quizá con la apasionada Secundina. Una de sus interlocutoras le dijo ser Lindaraja Salahonda, princesa de Chanchirico, para servir a su merced. No demuestra ser muy honda la princesa, antes parece hallarse en camino de salvación, según lo flaco y amortiguado del rostro. Desentendida de sus años, ésta, que pudiera ser dos veces madre, se entromete con las jóvenes, escogiendo siempre las más frescas y bonitas. Gusta de traerse bien y dar la moda, sin perder ocasión de mostrarse a los caballeros para tener el gusto de desdeñarlos con mil dengues de buen tono. Los enamorados que han pasado por sus horcas caudinas son un juicio; sus novios, todos los elegantes y hombres de consideración; mas pedir su mano es poner una pica en Flandes. Pasó don Quijote sin deshacerse en cortesías, y llegó adonde estaba otra morena hirviendo en la movilidad de su temperamento. Esta es la bella Pecopina, cuyo influjo sobre sus amigas es igual, por lo menos, al dominio que ejerce sobre la gente masculina. Si el amor se encarnara en cuerpo de mujer, tomara el suyo de los pies a la cabeza. Chiquita, no hasta ser defectuosa; desparpajada, no hasta la desenvoltura; viva, parlera, no hasta la importunidad: ni bella ni bonita, sino de las que se llaman donosas, esto es, mujer -238- en quien prevalece la gracia, aunque no puede jactarse de la perfección de sus facciones. Gracia, la tiene Pecopina para derramarla a chorros: junto con esto la exquisita sensibilidad de corazón y la delicadeza de los afectos la vuelven una de las mujeres más amadas del mundo. Su cuerpo, eso sí que es primoroso: pecho alomado, dividido en dos redondas prominencias hombros tan atrevidos que están forzando el escote; brazo anticatólico, brazo de Venus, en el cual la blancura, la gordura, la redondez se dan la mano. Se ríe la bella Pecopina, mas no es feliz, ni es fácil que lo sea una de naturaleza como la suya, compuesta del fuego de la imaginación y el de la sangre, poesía en forma de lava hirviente, que está pasando y repasando sobre el alma. Le pareció bien la damisela a don Quijote, y llegándose a ella con muestras de suma cortesía, le preguntó si era de la que tenían a su devoción un caballero andante. «Holgárame de haber conocido a cierto paladín ahora ha diez años, respondió la hermosa, y no me estuviera consumiendo en el desamor. Exasperose don Quijote al verse en esta nueva ocasión con perjuicio de su dama, y como quien no cae en la cuenta pasó adelante, mientras la señora Chimbusa, gran amiga de la bella Pecopina, se vino para ella y le preguntó: «¿Qué arrumacos te hizo? Desde allá oí sus chicoleos. Debes de estar muy satisfecha. -Tanto como la que más, respondió la bella Pecopina; pero con celos de una cierta Dulcinea, llamada Petra Padilla o señora Chimbusa. -No tengas cuidado, repuso Chimbusa: guárdate tú don Quijote, que aún no parece el mío». Y risa que se morían. Pidieron los mancebos la gallarda, al paso que las señoras se decidieron por los gelves, ofreciendo que después se bailaría la Madama Orleáns y aun la pavana. Onoloria del Catay, antes que todas, se echó a la arena; y por el dios Cupido que bailó como para embeleso de los inmortales. Presta, leve, aérea, iba y venía agitando el piececito en mudanzas varias, concorde todos los miembros en sus graciosos movimientos. La mariposa que está volando y revolando sobre las flores, iluminada por el -239- sol matinal, no es más vivaz y alegre ni presenta a la luz con más ufanía los matices de sus alas. Baila Onoloria, la sangre se le encrespa al ejercicio, y el vaivén del corazón le anima el rostro, de tal manera que en el bermejor celestial de esas mejillas pueden arder los serafines. Encendidos sus labios, prenden fuego en el pecho de sus admiradores, fuego que corre al centro y hace dulces destrozos. Esta Onoloria del Catay es bella como una Gracia, honesta como una Musa, y en faltándole un punto al respeto debido, terrible como una Gorgona. Su nombre es Isolina Benjumea; cuando le tocó ponerse uno caballeresco para el sarao, tomó el de la dama de Lisuarte, añadiendo el del famoso imperio del Catay, por que le sonase mejor a don Quijote. Doralice Blancaflor no es menos que su a latere ni en hermosura de cuerpo ni en delicadeza de corazón: no hay sino que ésta no es como Onoloria, bondadosa y afable, casi humilde en el mirar y el hablar, con esa humildad empapada en amor, debajo de la cual dormita la fiereza de la virtud; Doralice pone la monta en dominar a los hombres por el señorío, cuando no tira a matarlos con el desdén. Alta, grave, la sonrisa no se le presenta en los labios sino en forma de menosprecio; y cuando habla es como dueña de vidas y haciendas. La Doralice del baile, en su casa y fuera de ella, se llama Dolores Fernán Núñez. Ahora viene Olga, viene y baila, y el cadencioso movimiento de sus miembros cautiva hasta el oído, siendo así que el dulce error de la afición es creer que de esa persona embelesante brota una suave música. Olga baila y todo el mundo la contempla seducido, admirándola las mujeres, adorándola los hombres, sin que la aborrezca nadie. Privilegio es de la inocencia no despertar envidia ni en las que presumen de bellas y no sufren competidora en la hermosura. Concluida esta danza, acometió don Quijote a felicitar a las señoras, y de una en otra se llegó a una muy bien puesta que estaba ahí en voluptuosa sofocación dejando evaporar el cansancio. Díjole ésta que era Doñalda, con lo cual prendió el fuego en la imaginación del caballero andante, pues ese nombre le reducía -240- a la memoria las hazañas y las desdichas de uno de los mejores paladines.«Si vuesa merced es Doñalda, dijo, ¿será la mujer de Roldán el encantado, dueño de la insigne Joyosa del bel cortar? -Soy la misma, respondió la dama. Vuesa merced me ve aquí llena de indignación por hallarse entre nosotras esa pizpereta de Angélica la Bella, quien trae a mi marido, de algún tiempo a esta parte, fuera de sus casillas. ¿Pudiera vuesa merced hacer que mi esposo volviera a quererme? Aquí tiene vuesa merced a mi amiga la infanta Lindabrides, a quien un caballero andante ha enderezado el tuerto que le hacía Claridiana, su rival, con hacer que su amante vuelva a sus primeros amores. -Éste es el caballero del Febo, repuso don Quijote, quien tenía el mal gusto de desdeñar a la hermosa infanta Lindabrides por esa ojinegra de Claridiana. Lo que es hacer que el ingrato don Roldán vuelva a querer a vuesa merced, no está en las atribuciones de la caballería ni en la fuerza de mi brazo. -¿Luego vuesa merced no tiene una maga protectora, dijo Doñalda, de esas que poseen el secreto de prolongar y renovar el amor, mediante ciertos filtros, pociones o bebedizos de que sólo ellas tienen conocimiento? Urganda la Desconocida hace que Amadís de Gaula viva gimiendo a los pies de Oriana, y le prolonga la juventud, a fin de que la venturosa Oriana le tenga siempre en sus fuertes años. -Urganda la Desconocida, respondió don Quijote, la sabia Ardémula, Melisa, la reina Falabra, Dragosina, amiga de Esferamundi, Camidia, la maga Filtrorana, la dueña Fondovalle y otras muchas han poseído esos filtros, pociones o bebedizos que vuesa merced recuerda; pero de esto a que yo le reconquiste el corazón de su infiel caballero, no va poco. Lo que se podrá haces será que yo le busque, desafíe, mate y corte la cabeza. -¿La cabeza? ¡Oh, no señor! ¡Oh, no señor!», estaba diciendo Doñalda cuando ya don Quijote había pasado adelante, y un grupo de caballeros proponía que se bailara un Rey Alfonso. Rompió la música, tiráronse al centro señores y señoritas, bailaron hasta no más, se cansaron otra vez, y se acabó la fiesta. -241- De la despedida que de los señores del
castillo hizo nuestro aventurero
Rocinante y el rucio, aderezados ya, estaban a la puerta del castillo, y Sancho Panza averiguándose con las alforjas, las cuales, gracias a doña Engracia, las tenía rebosando de pollos, cecina, bizcocho y otras curiosidades muy del gusto de ese buen escudero. No había para el ocupación más grata que la de acomodarlas, ni rato más alegre que el de abrirlas. De gula, no comía, pero no le desagradaba mojar un mendrugo en un caldero de gallinas; y en viniéndole a la mano un tercio de capón, daba tan buena cuenta de él, que no había cuándo porfiar que lo concluyera. «Si el buen Sancho, dijo don Prudencio Santiváñez, no tuviese algún motivo especial de amor a su rucio, se le podría trocar dicha alimaña con un cuartago de no mal talante y mucha fortaleza que tengo en mis caballerizas. Según entiendo, el rucio viene a hacer una como disonancia con el tan poderoso caballo de su amo; cosa impropia, además, de la profesión caballeresca. Aún sería de reflexionar si no se le diese una adehala por servir a escudero tan principal. -Con la adehala me contento, respondió Sancho. Lo que en el capillo se toma, con la mortaja se deja, señor: el rucio es mi hermano de leche, juntos hemos crecido, juntos hemos vivido, juntos hemos de morir. No porque ayer fui gobernador y mañana he de ser conde, me he de poner a repudiar a mi compañero. Con mi rucio me entierren, -242- señores: si algo quieren darme, agradeceré la merced. -Advierta el gran Sancho, dijo el marqués de Huagrahuigsa, que al es cuerpo de un don Quijote de la Mancha no le conviene ir en tar humilde caballería como un asno: yo soy de parecer que se lo cambie, a pesar suyo, con el cuartago consabido, pues nunca se ha visto que personas de tanta pro y fama como él anden el borricos. -Vuesa merced no está en lo justo, respondió el capellán, quien se hallaba también presente: «El rey pobre, el rey pacífico, el rey salvador entrará en Jerusalén montado en un asno», predijo Zacarías. Y montado en un asno entró en Jerusalem el rey pobre, el rey pacífico, el rey salvador. ¿Ha de ser cabalgadura despreciable la autorizada y preferida por el Rey de mundo? Calle vuesa merced, y deje que este hombre siga su camino sobre su jumento, aunque no sea sino por lo que tiene de humilde y cristiano. -Por lo que tiene de cristiano, sea, replicó el marqués; mas por lo de aventurero, ha de montar en caballo ¿Dígame vuestra reverencia las personas de alto lugar que han ido a jumentillas, ni entre los antiguos, si no fue nuestro Señor Jesucristo, y eso únicamente por darnos ejemplo de humildad. -De nuevo se engaña vuesa merced, volvió a decir el capellán el asno ha sido caballería de corte, lujo y boato en los mejores tiempos. ¿Pues veamos en qué montaban los jueces de Israel. Los cuarenta hijos de Abdón y sus treinta nietos iban delante de él, caballeros sobre setenta asnos gordos, lucios, vivos, cuyo: escarceos no podían ser mejorados ni por los corceles de Mesopotamia. Jair, junto con sus treinta hijos, señores de otras tanta: ciudades, montaban en burros soberanos, como puede verle vuesa merced en la Sagrada Escritura. ¿Póngaseles herradura: de plata a esos buenos pollinos, gualdrapa de púrpura sobre el pelo negro, y díganme si un magnate puede andar mejor montado? -Vuesa paternidad lo afirma, y aun cuando sea ex fide aliorum, así debe de ser, contestó el marqués. Mas todavía querría yo que el buen Sancho, que no es Abdón ni Jair, anduviese de hoy para adelante en un rocín mediano, porque no viniese a rivalizar con los jueces de Israel y perderse por la soberbia. -243- -Para mi santiguada, respondió Sancho, que no he de ir a echar en tierra de una embestida las costumbres de mis mayores, quienes no montaron nunca sino en burros. -Pues yo soy de parecer, dijo a su vez el conde de Mayorga, que no solamente se le debe cambiar su rucio a Sancho, sino también su Rocinante al señor don Quijote. ¿Qué dice vuesa merced de una buena cebra, animal que se traga cien leguas por hora, adecuadísimo, por tanto, para las aventuras que requieren velocidad? Y no se piense que semejante vehículo sea desautorizado en el mundo caballeresco: tienda vuesa merced la vista y vea cómo
No por falta de rocín; luego los más famosos caballeros han preferido la cebra al caballo. -Tan lejos está el rey Marcín, respondió don Quijote, de ser famoso caballero, como de ser preferible al caballo aquel animalucho que menciona vuesa merced, el cual en resumidas cuentas no pasa de silvestre; alimaña notable tanto cuanto por la graciosidad de su cuerpo y aquel ordenado artificio con que la madre naturaleza quiso hermosear su piel, dividiéndola en fajas negras y amarillas. Mas dígame vuesa merced ¿cómo una cabalgadura buena solamente para la huida ha de convenir a ese cuyo asunto es acometer, pelear a pie firme y vencer? Si alguna vez me encontrase yo en el peligro de haber de retirarme, mandaría barrenar mis naves y darlas a la banda, como ya lo hicieron Agatocles y nuestro esclarecido Hernán Cortés. Digo que mataría con mi mano a Rocinante, a fin de que no me pasase por la cabeza la idea de huir ni retirarme. El que Marcín se hubiese encomendado a la velocidad de una cebra, no es ejemplo que puede seguir un caballero. -Si yo insinué esa especie, replicó don Alejo, fue porque me pareció digno de un paladín como vuesa merced el montar un animal raro, casi fabuloso; bien como la reina Falabra andaba caballera en un -244- lobo sin cabeza, y como otros grandes y famosos caballeros han montado en grifos, unicornios, hicocervos, jirafas y otras maravillas. Mire vuesa merced al gigante Mordacho con cuánta gallardía y gentileza va a horcajadas sobre «un oso guarnido con unos cueros muy duros, que él puesto encima parecía más fiera cosa de ver y más espantable que el infierno. En la cabeza lleva el citado Mordacho un yelmo hechizo con agujeros enormes por los cuales saca las orejas. Su armadura es de huesos y costillas de sierpe, más fuertes y difíciles de hender que el acero mejor templado. El oso es muy grande y desemejable; y cada vez que el jinete le pone en los ijares las uñas de león que lleva por espuelas, da tan grandes saltos y bramidos, que a todos atruena y pone susto». Por aquí puede ver el señor don Quijote cuan natural sería que su merced jinetease una linda cebra de los desiertos del África, si ya no prefiriese el lobo sin cabeza de la reina Falabra. -Yo sé por dónde veo las cosas, respondió don Quijote; a mí me incumbe y atañe el saber lo que prefiero. Ni el oso de Mordacho, ni el lobo de la reina Falabra, ni el camello de la mágica Almandroga, ni cuantos hicocervos, jirafas, grifos, hipogrifos y demonios hay en el mundo, le llegan al tobillo a este mi buen compañero y amigo. Vengan los Alejandros sobre sus Bucéfalos, los julios Césares sobre sus corceles de uña partida y cara de toro, los Rui Díaz sobre sus Babiecas, los Rugeros sobre sus Frontinos, los Astolfos sobre sus Rabicanes; vengan todos juntos: aquí está don Quijote de la Mancha sobre Rocinante. -Ese corcel, dijo el barón de Cocentaina, debe de provenir de un enlace y cruzamiento extraordinarios, para que sea tan singular por su origen como por sus prendas. Estos grandes e ilustres caballos suelen tener su genealogía propia y diferenciarse de los demás esencialmente. Bucéfalo, aquel gran Bucéfalo que vuesa merced acaba de nombrar, ¿cómo y de quién nació?
-245- Si el mío fuese hijo de una dromedaria, sería dromedario, respondió don Quijote: como descienda del más poderoso semental de los cotos de Andalucía y de la más fina yegua cordobesa, estoy contento. Y ahora sí que es la de vámonos, señores: mandar y adiós». Al tiempo que montaba a caballo, como las damas del castillo estuviesen por los corredores, se llegó don Quijote al señor de Mayorga y en tono de reserva le dijo: «Vuesa merced sea servido de indicarme la que entre esas hermosuras se llama Secundina. -¿Secundina?, respondió el conde; ahí la tiene vuesa merced». Y le enseñó una moza entre los pinches de la casa, que agrupados por ahí estaban a ver partir a los andantes. Era la tal una mujer baja de cuerpo, achaparrada, que traía a cuestas una muy buena joroba y metí a hasta no más el un ojo en el otro. Atónito la estaba mirando don Quijote, al tiempo que el señor de Mayorga alzó la voz y dijo: «Secundina, el señor don Quijote de la Mancha se te encomienda, y aun desea le hagas la gracia de llegarte luego para un asunto de importancia». Entre pasmada y obediente echó a andar la moza. Como don Quijote la viese aproximarse cojín cojeando, arrimó las espuelas a su caballo y se partió. -246- De lo que les sucedió a don Quijote y Sancho
Panza, mientras andaban descaminados por Sierra Morena
Dos días habían andado los aventureros sin que les hubiera sucedido cosa digna de memoria, y se hallaban por las faldas de Sierra Morena, solos y sin camino. Don Quijote se figuraba ver dentro de poco, ya una doncella andante puesta a mujeriegas sobre un león, ya un jayán que se llevaba consigo una princesa, ya un enano que le traía una embajada amorosa. «¡Por las cinco llagas de Nuestro Señor Jesucristo y los Dolores de María Santísima, dijo por ahí una voz cascada y muerta de hambre, una caridad a este pobre ciego!». A Sancho Panza se le fue la sangre a los zancajos: las palabras no podían ser más católicas; pero en nada confiaba cuando se hallaba en semejantes despoblados. Un hombre, acurrucado al pie de un árbol, con un perrito pastor a los pies, era quien había pedido la limosna. «Sancho, dijo don Quijote, la ocasión de hacer un bien es siempre un buen agüero: las obras de misericordia son préstamos que hacemos al Señor. Abre esas alforjas y provee para quince días a este desdichado. -Le daré, respondió Sancho, mas no para quince días. Si de hoy a mañana no salimos de estos andurriales, en Dios y en mi ánima que tengamos nosotros mismos que hacer de ciegos. -Tan buena cuenta has dado de la repostería, Sancho? Haces bien, amigo: el día que hay, come a tu sabor, y no te dure un mes lo que alcanzaría apenas para una semana. Da lo -247- que puedas a este ciego; no manda otra cosa la ley de Dios; pero lo que des, dalo de corazón. Sin buena voluntad, no hay caridad: los que dan por fuerza, labran para el demonio; los que por orgullo, están condenados». Sancho estaba ya en tierra abriendo las alforjas con loable empeño, y mientras desperdigaba una gallina, dijo a su amo: «Yo no doy por orgullo ni por fuerza; mas no doy para quince días. Tome este cuarto, hermano ciego, y este jirón de cecina: cómalos a nombre del escudero Sancho Panza, encomendándole a la Virgen. -Ella os lo pague, mi buen señor, respondió el mendigo recibiendo a tientas lo que se le ofrecía: si las oraciones de un pobre pueden con el cielo, allá irán a parar vuesas mercedes. -Miren si discurre bien el esguízaro, dijo Sancho: comed y rezad, hermano, y no hagáis como los que maman y gruñen. ¿En dónde habéis aprendido tan buenas razones?
respondió don Quijote. Puede uno ser pobre y ciego, y hablar como don Santos de Carrión. -Como don Santos, sea, dijo Sancho: ¿ahora qué dice vuesa merced si en este pradecico, al lado de este bienaventurado, les diésemos nosotros también un tiento a las alforjas? -No dices mal, respondió don Quijote, ¿pero tendremos agua por aquí? -Y pura y dulce, dijo el ciego: ¿no la oye vuesa merced a cuatro pasos?». Don Quijote puso el oído y alcanzó un blando susurro que de entre unos árboles salía. Es un arroyo, dijo: el licor más saludable del mundo. -Y el más barato, repuso Sancho. Pero no me hubiera resentido con mi señora doña Engracia de Borja, si nos hubiera acomodado con unos dos frascos de Alaejos y dos de Rivadavia. En verdad que uno viene como a convertirse y santificarse con una copa de Valdeiglesias tras un bocadillo astringente como esta longaniza. -No te aficiones a la bebida con tal fuerza, tornó a decir don Quijote, que vengas a emborracharte sin beber, como si realmente hubieras -248- bebido. ¿Qué más da que uno robe o viva deseando robar? ¿Serás menos libidinoso si vives muriendo de día y de noche por la mujer de tu prójimo, que si de veras vinieres a corromperla? De este modo, tan borracho eres si andas siempre con la mira puesta al beber, como cuando efectivamente bebes. Y no te resientas; tú sabes el refrán que dice: A mozo roncero, amo severo. -Vuesa merced me fiscaliza los pensamientos, dijo Sancho, y me condena por ellos como a pecador conflicto y confeso. -Si eres conflicto, replicó don Quijote, serás también conflexo: si eres confeso simplemente, pecador de ti, te habrás de allanar a ser convicto. Sancho, Sancho, ¡y qué bien dicen: El hijo de la cabra, de una hora a otra bala! ¿Cuando yo te creía perito en nuestra lengua, como efecto de las lecciones que te vengo dando, salimos con que la cabra tornó a balar el día menos pensado? Hijo malo, dicen, más vale doliente que sano. Pero como también se suele oír por ahí: Al hijo de tu vecino límpiale las narices y mételo en tu casa, yo te limpio las tuyas y te meto en mi casa. El pie del dueño, estiércol para la heredad: sírvante de estiércol estas mis razones: fecúndate, da un fruto de bendición, gallego viejo. -Acertádole ha Pedro a la cojugada, que el rabo lleva tuerto, dijo Sancho. ¿Dónde están las lecciones que vuesa merced me viene dando? Lo que hace es acomodarme ropa limpia de cada lunes y cada martes, y buscarme la lengua para los... batanes. El hijo de la gata, ratones mata, señor; y quien tuviere hijo varón, no llame a otro ladrón. ¡Y son pocos los refranuelos que nos ha echado el señor don Quijote! Vuesa merced se lo lleva en el pico a este escuderillo en esto de los refranes. El hijo del asno, dos veces rebuzna al día: pícame, Pedro, que picarte quiero. El viejo desvergonzado hace al niño osado. Y ¡montas! si yo tomo de memoria las lecciones de mi señor. Quien con lobos se junta a aullar se enseña. Hijo fuiste, padre serás; cual la hiciste, tal la habrás. -En día infausto hube de nacer, dijo don Quijote interrumpiéndole, para verme hoy bajo la influencia de tu genio fatídico; y en hora menguada me vino a los labios eso del pie del dueño, que fue a remover en tu cabeza el montón de sabandijas que tú -249- llamas refranes. Si me los quisieras vender a carga cerrada, sin reservar ni uno solo para tu uso, te diera yo por ellos todos mis bienes de fortuna, y con gusto me quedara en la calle. -Los hijos de Marisabidilla, cada uno en su escudilla, tornó Sancho a decir; nosotros somos esos hijos; pues cada uno en su escudilla y a su casa; que como mi hijo entre fraile, mas que no me quiera nadie. -¿Vuelves a los hijos, don hijo de tu madre?, gritó don Quijote. Quemadas sean tus palabras, Sancho siete veces brujo. ¡Oh, y cuándo será el día que yo te vea con el palo codal, arrepentido de tus refranes! Cuenta y razón conserva amistad: ven acá, Sancho: aquí hemos de formular, firmar y acabar un contrato de los que nacen de estos principios: Doy para que des, doy para que hagas; hago para que des, hago para que hagas; y sírvanos de testigo este buen ciego. Tú das el no decir expresión proverbial, adagio o cosa que huela a refrán, ni en artículo de muerte, aun cuando sepas que has de entregar el alma al diablo. Yo doy el redoblarte tu salario, el hacer condesa a Sanchica, y además una de las tres pailas grandes que heredé a mi señora madre. -Póngase una nota, respondió Sancho, y séllese y rubríquese; es a saber, que si mi alma viniere a verse en peligro de condenación, he de echar cuantos refranes fuere menester para salvarla. -Cuando tus pecados te llevaren a ese trance, los dirás, repuso don Quijote; pero no tantos ni tan escabrosos que a causa de ellos recaigas en la cólera divina. -Vieja escarmentada, arregazada pasa el agua, dijo Sancho. Venga esa pieza del doy para que des, y fírmese. Pero ha de haber otra excepción: cuando vuesa merced me hurgare la memoria y me incitare el apetito con alguno de esos refranillos que suele aflojar como quien no dice nada, doy por rota la escritura y vuelvo de hecho al uso corriente de mis refranes. Cuando uno venga de perilla, lo he de soltar también. -¡Que no te dé una fiebre pútrida, judío!, dijo el caballero exasperado. Si todos los casos en que te puede venir el vómito de refranes los pones fuera de la regla, ¿qué dejas para tu compromiso? -Paso por todo, respondió Sancho; no se hable más. He oído, señor don Quijote, que para que el testamento sea macho -250- son necesarios siete testigos; y no tenemos sino dos: el ciego y su lazarillo o su perro. -¡Aquí no hacemos testamento macho ni hembra, zopenco, zopencón!, dijo don Quijote. Para la friolera en que nos hemos concertado, con uno hay de sobra. -A la buena de Dios, repuso el escudero, y que vuesa merced no olvide el aumento de mi salario, ni el hacer condesa a Sanchica. -Es cosa mía, respondió don Quijote, y añadió: La caridad descuenta las culpas de la codicia: mira, Sancho, el pobre ciego, que está como si no hubiera pasado bocado por él: favorécele con media docena de bizcochos y una lonja de tocino, que no te serán negados el día del finiquito. Lo que das al pobre, no lo echas en el agua: semilla es que produce en abundancia. O más bien, en el agua lo echas; pero, según las divinas letras, allá abajo, cuando menos acuerdes, lo volverás a coger. No digas al pobre: ya te di; el hambre no pasa sino para volver, y en su rotación dolorosa va gastando las ruedas de la vida. La limosna es credencial para con el Señor, documento de que Él hace mucho caso. Si tienes un pan, da la mitad al pobre; si dos, dale uno entero. -¿Si tengo veinte panes, dijo Sancho, le habré de dar los diez al ciego? ¿Y mis hijos? -Yo sé muy bien que la caridad principia desde casa, respondió don Quijote; pero sé también que en este axioma hacen pie los avarientos y egoístas para fomentar su tacañería. Tus hijos serán hijos de judas, si llevan a mal que socorras con un pan al indigente. -¡Sanchica de mi alma!, exclamó Sancho; y levantándose conmovido: Tomad, hermano, dijo al ciego, estotro bocado; y no se os olvide pedir a Dios por los caminantes. Mirad para vuestro perro este osecillo no tan limpio. -Dos días no hemos yantado, respondió el pobre: nada de lo que me proporcione la misericordia divina por mano de vuesas mercedes, será por demás. La muquición es la vida, señor. -¿Eh?, preguntó don Quijote; ¿la muquición? -Así llamamos los pobres al pan de Dios, respondió el ciego. -Así lo llaman los ladrones, dijo Sancho; y al comer llaman muquir. ¿Sois de la pega, hermano? -Como hay Dios que soy hombre de bien; ¿ni cómo he de robar con estos ojos anochecidos? -¿Y qué diablos -251- hacéis por aquí?, preguntó don Quijote. Estos parajes no son ricos en caridad: para vivir y para morir, el hombre necesita de sus semejantes, y más uno como vos. El camino real, un puente, la puerta de un mesón os convendrían primero que estas soledades. -Venga a las ancas de mi rucio, hermano, dijo Sancho: yo le dejaré en sitio tal, que sobre el pan le caigan algunos cuartos, si no son reales. Ahora dígame vuesa merced, señor don Quijote, si este ciego tiene derecho a mis diez panes, ¿no puedo, por la misma razón, traspasarle algunos centenares, y aunque sean millares, de ciertos tres mil y trescientos que tengo que... darme? -De ninguna manera, respondió don Quijote: Merlín el encantador previno que fuese cosa exclusivamente tuya. No me hables de esto, si no quieres dar al traste con la paz que hemos firmado, y ve por agua, que harto la he menester». Sancho Panza, hallando mal templada la guitarra, puso punto en boca y se internó en la espesura. Siguiole don Quijote hasta cierta distancia, y arrimándose a un árbol se quedó a esperarle, tomado de sus pensamientos caballerescos. El ciego se alzó pasito, con mucha cautela y diligencia se llegó al asno, se apoderó de las municiones de boca, con alforjas y todo, y sacando de la faltriquera una botellita, le vertió su contenido en las orejas. Viendo que no había otra cosa manual con que cargar, se retrajo pian pianino, y luego se disparó por esos campos, de modo que no le alcanzara la Santa Hermandad si de propósito dieran tras él todas sus cuadrillas. Tardó Sancho en volver, hasta el punto de enojar a don Quijote, cuyas meditaciones no suelen ser muy tenaces; se puso el caballero a darle voces, cuando el escudero asomó inundado en gozo, con un animalejo en los brazos, cual si trajera una maravilla. «¡Maldito seas de Dios y sus santos!, le dijo don Quijote. ¿Qué traes ahí, un corvezuelo? -¡Corvezuelo! ¡Mi padre!, respondió Sancho: es un animalito nunca visto, que venderé como una raridad en el primer pueblo adonde lleguemos. ¿Quién no me dará ocho o diez reales por esta piedra preciosa? Mírelo y remírelo vuesa merced, y dígame si en los días de su vida ha visto cosa más linda. -Apuesto diez -252- contra uno, dijo don Quijote, a que te has pillado un zorro, y zorro es el que estás apretando contra el seno, cuando te figuras poseer el animal del carbunclo o el ave del Paraíso. Suelta ese asco, villano, y huye de mi presencia: tú no tienes ni la sal ni el agua del bautismo». Tras que el pobre escudero estaba cubierto de un hedor mortal, tomó su lanza don Quijote y le asentó los dos mejores garrotazos que en su vida hubiesen dado el uno y recibido el otro. Mohíno y corrido Sancho, acudió a las alforjas, las que solía cubrir con un gabán de remuda, para ver de cambiarse lo apestado. «¡Que me maten, gritó, como el ciego no haya sido ciego fingido, de los que roban con el nombre de la Virgen en los labios, y asesinan encomendándose a los santos del cielo! ¿Dónde están las alforjas, señor don Quijote? ¡Mal año en mí y en toda mi parentela, y que me vea yo comido de perros! -Que te veas comido de perros, dijo don Quijote, no me parece mal: ¿cómo discurriste para traerme aquí tu animalito maravilloso, Sancho pagano, Sancho moro? A fe que primero que se te vaya esa ambrosía, te habrás de quitar la escama y todavía has de quedar como una junciera. -Si no quieren desesperarme, no se hable más de esto, respondió Sancho: he de vivir mil años, y no he de acabar de maldecir mi suerte. ¿Dígame vuesa merced cómo nos desayunamos hasta cuando Dios sea servido ponernos en una venta o un mesón? -Decir pudieras castillo o palacio, replicó don Quijote; por lo demás, no te dé cuidado: en defecto de pollos rellenos y roscas de Utrera, nos han de sobrar por estos campos raíces comestibles y hierbas saludables. Si la necesidad apura, ¿qué hay sino tomar una infusión de verónica y quedar reanimados y entonados para muchos días? Llora menos por tus alforjas y monta sobre el rucio. -¿Cuánto va a que el bellaco del ciego le ha puesto azogue en los oídos a mi burro?, dijo Sancho. Mire vuesa merced la vivacidad con que se está haciendo el brioso, como si fuera un corcel de guerra. -La cosa es muy factible, respondió don Quijote; esa suele ser maña de gitanos». -253- Qué fue lo que don Quijote y su escudero
hallaron al salir de un bosque
No a mucho andar cerró la noche. Vívidas las estrellas estaban guiñándose amorosamente, repartidas por el firmamento en espléndido desorden. Estas amables solitarias gustan de vivir lejos unas de otras; pero se comunican entre ellas por medio de esa mirada inocente con que se insinúan con el poeta, cuando él las contempla en sus gratos y a un mismo tiempo melancólicos devaneos. Recién nacida la luna, apenas si hacía figura en el cielo con sus cuernecillos untados de luz, visible como un recorte de uña, descendiendo al horizonte. Habíase don Quijote engarabatado más de una vez en las ramas de los árboles; Sancho Panza traía por su parte el un ojo no tan católico, de un pasagonzalo con que una de ellas le saludó muy atentamente. El miedo tan sólo podía contrarrestar la impaciencia del escudero; y su impaciencia era, en cierto modo, oposición a su miedo. La obscuridad, la soledad se lo comían vivo; y de la cuita de su alma no le sacaban instantáneamente sino los tropezones del rucio, los papirotazos de las ramas, los golpes que iba recibiendo en los troncos de aquel bosque o selva feroz, que allá para sí él calificaba de infame. «No hay forma de pasar adelante, dijo don Quijote, aun cuando estaba lejos de reconocerse -254- mortal: de nada nos sirven esos altos luminares en medio de esta espesura endemoniada. Apéate, Sancho, y veamos cómo nos abarracamos por aquí hasta el reír del alba. -Al puerco y al yermo mostrarles la soga, respondió Sancho. No digo nada, señor, sino que me estoy muriendo de miedo, y que voy a encomendarme de todo corazón a nuestro Señor Jesucristo. Te acuerdas de Santa Bárbara mientras dura la tronada, volvió a decir don Quijote. No hace una hora que te encomendaste a todos los diablos del infierno, y ahora te vas a encomendar a Jesucristo. Cuando de veras te pones en manos de Dios, ten por cierto que Él te las alarga; pero si te acoges a su misericordia tan solamente urgido por el miedo, tus plegarias caen en vacío: su voluntad no se rinde a una dedada de miel, ni a Él se le enquillotra con marrullerías fingidas. Él ve en medio de la obscuridad, oye el silencio, te escudriña las entrañas y te saca viva la intención. Si haces la seráfica en tanto que dura el peligro, y vuelves a las andadas, serás el portugués que le hacía ofrenda de su burro hasta cuando pasaba el río». Habíanse ya desmontado los andantes. Puesto el freno del caballo al arzón, libre de sus aparejos el rucio, dejáronlos que ramoneasen por el bosque, mientras ellos ganaban la sombra de una encina y se sentaban muy de propósito. «Si no estás en estado de gracia, continuó diciendo don Quijote, toda oración el por demás: irás un año con la cruz a cuestas sin que el Señor dé señales de haberte oído. No podrás pensar hoy en cosa de más provecho que en hacerte un poco allá, y como quien no dice nada, darte una buena mano a buena cuenta... -Durillo soy para ese negocio, tornó Sancho a decir; pero fuera peor que no tuviera en donde recibirlos; y vuesa merced sabe el acioma de «más da el duro que el desnudo». -A trueque de no dejarte pasar el axioma, dejaré pasar esta falta a nuestro contrato. El que acabas de proferir no es acioma ni axioma, sino refrán mondo y lirondo. Ahora ven acá, don Jácaro; ¿de cuando acá se te ocurre salir poniendo dificultades en el asunto de los tres mil? -255- ¿No es materia admitida y consentida, y aun pasada en autoridad de cosa juzgada? Pero tú eres de los que no ocultan en la noche sus proezas, y llaman al sol para testigo de sus obras, También yo soy de ese gremio, amigo Sancho; y así no te constriño por ahora, como te ratifiques en la promesa de solventarte lo más pronto que pudieres. -Cuando he menester el brazo para cosas de más importancia, repuso el escudero, no me azoto ni de día ni de noche. -Cosas de más importancia que ésa no hay, dijo don Quijote: si la deja a un lado porque a él le parece baladí, yo le haré ver al señor disertador que primero es el azotarse que el hablar, primer o el azotarse que el comer, primero el azotarse que el dormir. Si andas tan moroso en el cumplimiento de tu deber, me veré en la necesidad de añadir mil y quinientos al principal, a título de daños y perjuicios. Additum supra pacti pretium. -El amo bravo hace al mozo malo, señor don Quijote. Podrá vuesa merced entrarme a sangre y fuego; pero si me se acordar, los azoticos de por fuerza no tienen virtud ninguna en el doy para que des, que vuesa merced sabe. Gota a gota el mar se agota, señor; y poco a poco hila la vieja el copo. Cinco me tengo dados, cinco me daré mañana, cinco cuando Dios quiera; y cuando vuesa merced menos acuerde, tenemos a nuestra señora Dulcinea haciendo pinicos delante de nosotros. Al año tuerto el huerto, señor; al tuerto tuerto, la cabra y el huerto; al tuerto retuerto, la cabra, el huerto y el puerco. El año es tuerto retuerto para vuesa merced, y vuesa merced no quiere acudir a la cabra, al huerto ni al puerco. -¡El tuerto retuerto y el puerco repuerco eres tú!, gritó don Quijote con mucha cólera. ¿Dónde están las estipulaciones que hemos firmado, mohatrero? ¿Es ta es tu palabra nunca desmentida, farandulero? ¿Así cumples tus compromisos y contratos, embustero? Con estos refranes de judas has de hacer al fin un mal público, obligando a Su Majestad a dar una pragmática por la cual se los prohíba en todo el reino. ¡Maldito seas tú, y lo sea toda tu descendencia, Sancho fariseo, y que yo te vea pidiendo limosna! Te has echado el alma a la espalda, y por detrás de tus feroces inextricables refranes -256- te subes a mayores. ¿Por qué motivo se nos había de presentar Dulcinea haciendo pinicos en forma de una mamoncita que estuviera empezando a dar los primeros pasos? Eres un trasgo, Sancho; pero el día que quieras echarme una albarda, ha de ser el último de los tuyos. Duerme, bendito, duerme y no hables. Por huir de tus necedades y embustes me fuera a dar a las antípodas andando para atrás, a fin de que no pudieras seguirme por las pisadas». Sancho creyó ver en estas expresiones algo más que un remusguillo de amenaza, y sin chistar ni mistar, duerme, Sancho, duerme, niño, cogió el sueño de tan buena gana, que se llevó la noche hasta cuando los pajaritos empezaban a llenar de música la frondosidad de los árboles, gorjeando a modo de saludar al Creador, que comparecía en el horizonte, ataviado con los colores de la aurora. Don Quijote de la Mancha había también dormido su poco, después de un largo velar en sus pensamientos: sintiéndose recuerdo, rió que por entre la espesura de las ramas se iban filtrando lentamente los rayos de la luz matinal, mientras la noche, medio desvanecida, se retiraba de la tierra. Aquí fue donde Sancho Panza abrió los ojos, por la primera vez sin que su amo le despertase, y en un largo, escandaloso desperezo se puse a cantar unas como seguidillas picarescas que sabía de muy atrás. «¿Villancicos tenemos?, dijo don Quijote; ¿son éstas tus plegarias, Sancho? -Al abrir los ojos, señor, digo lo que hallo de pronto en mi memoria, y hago cuenta que me encomiendo a Dios. -¿Así pues, cuando amaneces dándote al demonio, replicó don Quijote, haces cuenta que a Dios te encomiendas? -Eso no, señor; al diablo no me doy sino bien entrado el día: de mañana tengo fresca el alma, claro el entendimiento, y la cólera no se atreve a salir de su caverna, porque la frescura y la inocencia de la madrugada se le oponen. ¿Quién ha de llamar al enemigo al reír la aurora por engangrenado que tenga el corazón? -Sancho admirable, repuso don Quijote, tu árida inteligencia es a las veces florentísima y da frutos lujuriantes. La cólera no se atreve a salir de su caverna porque la frescura e inocencia de la mañana se le -257- oponen: sin más que esto serías coronado en Roma, cual otro Francisco Petrarca. Echa el freno a Rocinante, apareja tu jumento, y vamos al encuentro del día, que debe ser cabal fuera del bosque». Aderezó Sancho las caballerías, montaron amo y mozo, y a buen paso salieron al campo libre, dejando atrás el que de noche había parecido lóbrega desmesurada selva, cuando no era sino un manchón de árboles achaparrados. De buen humor venía Sancho; pero ¡oh instabilidad de las cosas del mundo!, toda su animación, su placer espontáneo se vinieron a tierra con el espectáculo que de súbito se les mostró a la vista: era un cuerpo humano colgado a toca no toca en un árbol y muchos cuervos sentados en las ramas vecinas. Sancho se quedó medio muerto, y hubiera dado al través consigo si la voz de su amo no le reanimara diciendo: «Este, sin duda, fue un bandolero a quien la Santa Hermandad colgó y asaeteó donde le echó mano, sin que fue se necesario llevarlo a Peralvillo. No te mueras, Sancho, y mira lo que Dios y el rey hacen de los malvados. El varón ínclito tiene desnudo el brazo hasta el hombro: si no me engaño, son letras esas que están trazadas en el pellejo. «Ignacio Jarrín»: su nombre. Tal suele ser la costumbre de estos señores: unos se puntean en el cutis el nombre de su coima; otros, como éste, el suyo propio. Vente tras mí, Sancho; de estos objetos, los menos». Echó a andar don Quijote, su escudero a las espaldas, desapareciendo este buen cristiano debajo del montón de cruces que iba haciéndose en el cuerpo unas sobre otras. «El pobre del hombre, dijo don Quijote, muere como ha vivido. ¿Piensas, buen Sancho, que ese miserable habrá sido el espejo de las virtudes? Los vicios, los crímenes hicieron en su alma los mismos estragos que las gallinazas han hecho en su cuerpo. Asesinato, robo, traición, atentados contra el pudor son bestias feroces que devoran interiormente a los perversos. Ignacio Jarrín... O yo sé poco, o éste es aquel famoso ladrón que dio en llamarse Ignacio de Veintemilla. En el primer lugar adonde lleguemos nos darán noticia de este ajusticiado». -258-Comentario Don Quijote encontró ya un bandido colgado en un árbol. En las varias ocasiones que he repasado estos Capítulos, he cambiado o suprimido todo lo que pudiera parecer imitación de otras escenas de Cervantes: ahora no me es posible; y sin ánimo de imitar, dejo en pie este pasaje, por fuerte necesidad de la justicia. Tenía yo que imponer a ese malandrín un castigo digno de su vida, y nada más puesto en razón que hacerlo ahorcar. La Santa Hermandad estaba facultada para la ejecución inmediata de los delincuentes excepcionales en donde los echara mano, sin llevarlos a Peralvillo, que era el ahorcadero general. «Le perseguiré más allá de la tumba, decía sir Philipp Francis, hablando de un ministro perverso, y le cubriré de infamia en la eternidad misma». Sir Philipp Francis tenía en la memoria la ferviente recomendación que Polibio hace a las generaciones venideras, de no dejar un instante en reposo la sombra de Marco Antonio e ir agarrochándola hasta el fin de los siglos. Vayan estos ejemplos para los que, probablemente, pensarán que me propaso en la aplicación de las leyes inmortales de la moral y la justicia. Como quiera que sea, el criminal se queda en su picota, y ésta no es imitación directa del Quijote, pues ahorcados en árboles se hallan muchos en las novelas clásicas españolas de los siglos decimosexto y decimoséptimo. En el Persiles, de Cervantes mismo, vuelve el lector a tropezar con un ahorcado en un árbol. Los autores, jueces terribles, a las veces, suele castigar a los malvados con infamia perpetua: cosa justa y debida. -259- Donde se ve si le faltaban aventuras al bravo don
Quijote
Andado habían hasta las doce, sin encontrar alma viviente, hora en que desembocaban en el camino real. Los primeros con quienes toparon fueron una vieja, dos muchachas y un mozo hercúleo, muy listo y despierto. No hubiera sido posible que don Quijote dejara de preguntarles quiénes eran y adónde iban. La vieja respondió que la necesidad de sus negocios la llevaba con su hijo y sus sobrinas a un pueblo a cuatro leguas de allí. Mientras don Quijote estaba hablando con las mujeres, Sancho se había desmontado sin decir palabra, y arremetiendo con el mozo le asió por el pescuezo y se echó a gritar: «¡Favor al rey! ¡Aquí de la Justicia!». El hombre, que se vio tratar así de un bonachón como ése, le tomó por los fondillos, y volteándolo patas arriba holgadamente, dio con él de cabeza en el suelo. Como don Quijote embistiese lanza en ristre al enemigo de su escudero, mostró el perillán las herraduras con tal presteza, que ni sobre hipogrifo le alcanzara el valeroso manchego. Con todo, apretó el caballero las espuelas, y se iba tras el fugitivo, cuando sus pecados, o los de Rocinante, hicieron que éste se fuese de bruces, dando con el jinete por las orejas en el polvo. Como el barragán no anduviese a gran distancia, volvió sobre el caído y se puso a darle mil vueltas sobre el mismo, poniéndole, cuándo boca arriba, cuándo boca abajo, en rotación asaz curiosa y divertida, -260- y se alejó sin gran miedo de esos valerosos señores. Don Quijote le estaba llamando y desafiando en muy fuertes razones: «¡Non fuyas nin te escondas, cautivo! ¡Conoce tu pecado, malandrín!». Alcanzó a ponerse en pie, después de mucho trabajo, montó como pudo, y con gentil continente, lleno de valor y poderío, se fue para donde habían quedado la vieja, su comparsa y su buen escudero. Hallolos asidos a una maleta, mochila o fardel, bregando las mujeres por defender esa quisicosa, y Sancho por arrancársela, con la más extraña porfía. «Sepamos de lo que se trata y lo que significa este concurso de manos, dijo. -Este hombre, respondió la vieja, o más bien este demonio, quiere hacerse pago con nuestro ajuar de no sé qué alforjas que le han robado el año de cuarenta. -«Ningún home, dijo don Quijote, con los estatutos de la caballería, faga algravio a viuda, dueña ni doncella fijodalgo, aunque ellas estén contra él; ca non es de los fuertes el fascer sentir su poder a esos seres débiles y para poco. Las hay que son a las veces ariscas; mas por ende non ha el caballero de tornar en tiranía lo crescido de sus fuerzas». ¿De qué proviene, Sancho, que a un Panza en gloria como tú, le halle yo tan belicoso? ¿Es batalla campal? ¿Es asalto de ladrones? -No es sino rendevicación de mi hacienda, respondió Sancho. -La justicia, replicó don Quijote, es siempre muy buena cosa en sí, e de que debe el rey siembre usar. Admírame que tan en olvido pongas las Siete Partidas de nuestro sabio don Alfonso. No reivindicas, sino rendevincas tu hacienda: vaya en gracia; mas no es justo que lo que te robó el gitano paguen las gitanas. Suelta esa joya y vente luego adonde tendrás en abondo objetos harto más preciosos que éste por el cual suspiras. -Deme vuesa merced licencia, volvió Sancho a decir, para hacer cala y cata del contenido, o aquí me caigo muerto de resentimiento. -Si tanto puede la curiosidad contigo, haz lo que deseas; ni será tan egoísta esta buena señora que se rehúse a satisfacerte a costa de tan poco. -Primero me han de ver el cuerpo que registrar mi argamandijo, respondió la vieja. Bonita soy yo; y ¡montas!, que el caballero nos lo manda. -¿Esas tenemos?, dijo don Quijote: manifestad -261- al punto las entrañas de ese mueble, señora vieja, so pena de ir cortadas las faldas por vergonzoso lugar». Una de las muchachas tuvo miedo al ver cómo se enojaba esa estantigua de don Quijote, y con mucho despejo y desenvoltura intervino diciendo: «Por amor a este caballero, hágase lo que él manda. Ese gesto es de persona de mucho modo. Ni será dicho que nosotras en vida o en muerte negamos el gusto que nos piden, o que llevamos cosas robadas dentro de esta maletilla. -En un corazón estamos, agregó la vieja; eso pido, y que estos señores vayan contentos. Abre, hija, abre; no tengas vergüenza de nuestros bienes de fortuna; que ama las hadas, malas bragas». Abierta aquella bolsa, lo primero con que dio Sancho fue un mazo de barbas que le admiraron, así por la longitud como por el color. «A las barbas con dineros, honra hacen los caballeros, dijo. ¿Cuánto le producen a vuesa merced estas barbas, señora madre? -¿Producir?, respondió la vieja; me cuestan un ojo de la cara. -¿Pagáis por ellas?, preguntó don Quijote. ¿A qué género de contribución o pontazgo están sujetas? -Qué más pontazgo que las lágrimas que me hacen derramar cada vez que las miro, señor caballero. A falta de tierras, títulos ni bienes de otra clase, mi marido, que en Dios descanse, el rato de morirse las arrancó a posta por que no se dijera que nada me había dejado. -¿Son benditas estas barbas?, preguntó Sancho a su vez. -Lo serán, hermano, respondió la gitana, tan luego como topemos un sacerdote que nos las bendiga. -Nada menos merecen, repuso el escudero, que bendición episcopal». Y echándoselas a las quijadas vio que le sentaban de perlas; y sin más averiguación se las guardó en el bolsillo. «Ahora veamos, dijo, lo que contiene este bote. -Son mudas o afeite de rostro, buen hombre. Afeita un cepo y parecerá un mancebo. No seréis vos quien meta la mano en este sagrado; yo iré sacando cosa por cosa, y vuestra curiosidad será satisfecha. Peines, pinzas para los vellos impertinentes, cejas de repuesto, carmín para los labios, espejo de camino. Este cajetín es de lunares, para cuando convengan: leche de vieja, agua de perfecto amor, enjundia de avestruz, sebillos, -262- vinagrillos... -La hermosura de estas doncellas, dijo don Quijote interrumpiéndola, bien merece estos adminículos: ten qué ocasión los benefician, señora madre? -Esto es lo que sobra, señor; a lo menos ellas no pueden decir que por mí falta para que vivan contentas. -Ya comprendo, volvió a decir don Quijote: vos sois la aguja que las guía en el maremágnum de sus bailes, sus donaires y aun embustes. ¿Qué otra cosa contiene esta caja de Pandora?». Sancho Panza metió los cinco dedos y sacó un frasquito rojo. «Sangre de drago, dijo la vieja. -De murciélago, corrigió Sancho, y siguió haciendo la revista: un jeme de soga de ahorcado; un cabo de cera verde; un envoltorio de ceniza de romero, ¿o son los polvos de la madre Celestina? -¡Jesús!, respondió la vieja, ¡yo polvos de la madre Celestina!... Esa muñequilla es el cisquero de mis hijas, de la cual se sirven para sus dibujos. No se hagan malos juicios, y déjennos estos señores con nuestras chilindrinas». Diciendo esto echó la llave a la que don Quijote había llamado caja de Pandora, y le pidió su bendición para seguir adelante. «Buena manderecha, dijo el caballero: mirad como no topéis con el Santo Oficio, y haced que os llame Dios, buena mujer. -Como él me venga a ver, la puerta estará franca», respondió la vieja; y haciendo una cortesía, así ella como las muchachas, se alejaron a paso menudo y aprisa. No habían andado quince varas cuando la señora mayor volvió al mismo trotecillo a don Quijote, y dijo: «Si vuesa merced fuere curioso de saber su porvenir, mis hijas se lo dirán de pe a pa: en la uña tienen el arte de leer lo futuro, y por Dios que no se yerran. -Vengan luego, respondió don Quijote: ¿cuál es el ramo de adivinaci&oa |