«Juan Ramírez detuvo el caballo y se quedó contemplando el paisaje con las pupilas deslumbradas por la luminosidad meridiana.
Lleno de sombras, resonante por el despeñarse de la cascada, húmedo por la evaporación de las aguas, el estrecho desfiladero terminaba bruscamente en un altozano, atalaya que abría sobre el valle.
Los árboles desaparecían, las montañas se separaban a ambos lados, para luego, en línea recta, encajonar la vega: en la perspectiva se unían en una niebla azul. De ese fondo en que se escalonaban los volcanes blancos, las cordilleras pardas y las montañas verdegueantes, bajaba el río en una lonja de plata que a ratos esplendía al sol, que a ratos se ocultaba entre matorrales. En las cercanías del desfiladero se enanchaba el río llenando la cuenca formada por las montañas próximas y una laguna oval, de aguas quietas, profundas, reflejaba el cielo moteado de nubes blancas». |