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Caballero

Guido Rodríguez Alcalá



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Al Lazarillo de Tormes, respetuosamente



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ArribaAbajoPrólogo

Con la ignorancia generalizada en estos últimos tiempos, pocos saben que el general de división don Bernardino Caballero, de la vieja casa española de los Caballero de Añazco, llegada al Paraguay en los primeros tiempos de la colonia y terrateniente desde entonces, nació en Ybycuí en 1839, un año antes de la muerte de don José Gaspar Rodríguez de Francia, apellidado por los paraguayos El Supremo y Ser sin Ejemplar, a quien sucedió en la primera magistratura de la República don Carlos A. López, sucedido a su vez por su propio hijo, el glorioso Francisco Solano López, Mariscal Presidente del Paraguay, a quien le cupo el honor de dirigir las fuerzas paraguayas en contra de los ejércitos del Uruguay, la Argentina y el Brasil en la sangrienta guerra conocida como de la Triple Alianza (1864/70).

Cortado por el sable de un brasilero, pinchado por la lanza de un segundo, perforado por el plomo de un tercero, el Mariscal Presidente rindió el espíritu después de haber defendido su Patria, palmo a palmo, en contra del invasor extranjero.

Pero su sacrificio no fue estéril, ya que el ejemplo fue recogido por numerosos héroes que crecieron a su lado, como el general de división don Bernardino Caballero, quien sirvió a su Patria como segundo del Mariscal Presidente, como político y primer mandatario, como diplomático avezado y como miembro de las principales empresas del país.

Una vida plena, sacrificada, heroica que no fue, sin embargo, plenamente valorada en su momento, porque la patria ingrata lo mandó al destierro dos veces, una en 1910, dándome así la ocasión de conocer al legendario centauro de Ybycuí durante su exilio en Buenos Aires.

Allí fue que surgió la idea de escribir este libro, cuyo tema, el mencionado centauro, merecería, por lo menos, un Menéndez y Pelayo para su tratamiento. Sin embargo, ocurre que lo óptimo atenta contra lo bueno, y si esperamos el Homero que cante las glorias del general Caballero, éste se morirá antes de haber relatado sus memorias. Esa es la razón por la cual me atreví a escribir esta biografía del héroe que, dentro de todo, tiene un gran interés -no por mérito del cronista, sino por   —8→   el del entrevistado-. El general Caballero es el espejo de los caballeros paraguayos; comprenderlo a él es comprender la forma en que aquellos viven con dignidad y mueren con orgullo. Por eso considero indispensable la lectura de mi obrita, terminada cuando me llega la noticia del fallecimiento del general en Asunción, con los honores fúnebres que le rindió el ejército brasilero.

Dos personas más calificadas que yo han emprendido la tarea de biografiar al centauro. En primer lugar, el distinguido publicista paraguayo don Juan E. O'Leary, discípulo del egregio nacionalista francés don Charles Maurras; la serie de entrevistas que le hizo al general, sin embargo, todavía no ha sido publicada en un libro. En cuanto al segundo biógrafo, se trata nada menos que del barón de Río Branco, hijo del ministro plenipotenciario brasilero en el Paraguay, vizconde de Río Branco. El primer indicio que tuve de estas memorias fue una carta del vizconde, donde él decía: Caballero está dando preciosos apontamentos para uma Memoria que meu filho lhe vae escrever, porque elle nao o sabe fazer, que nos sera muito util. Este indicio se transformó en certeza cuando el mismo general me confirmó que le había dictado sus memorias a Río Branco, dada la amistad que tenía con el padre y el hijo. Lamentablemente, esa misma amistad hizo que el barón no tomase en serio su trabajo, que quedó inconcluso.

Una razón de más para publicar estas mis memorias, que van del ingreso del héroe al campamento de Cerro León (Paraguay) como recluta en 1864 hasta su ingreso en el palacio de S.A. I don Pedro II (Brasil) como prisionero de guerra y huésped en 1870, ya terminada la Guerra de la Triple Alianza. Si puedo, voy a publicar otro libro con el resto, con énfasis en la presidencia del centauro (1880/1886); el problema, en todo caso, es cómo publicar un segundo libro después del revuelo que causará el primero en el Paraguay, debido a la forma directa, honesta e implacable en que el general Caballero dice las cosas, lo que puede molestar a muchos.

EL CRONISTA

Buenos Aires, 1 de marzo de 1912.





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ArribaAbajoParte I

Mis primeros pasos o de Matto Grosso a Uruguayana (1864-1866)


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ArribaAbajoCapítulo I

Donde recién comienza la historia, con el relato de cómo el mariscal Francisco S. López se enojó conmigo, el entonces alférez Bernardino Caballero


-¿Qué le dijo Benigno?

-Cuando me hizo llamar yo venía muy contento; beso las manos a V.E., le saludé muy campante; jamás imaginé que sería tanto, que me lo tendría enfrente mirándome de arriba abajo como podía mirar cuando estaba enojado y nos hacía temblar a todos y a mí con mayor razón porque tenía poca experiencia en los enojos de mi jefe el Mariscal.

-Alférez Caballero, usted debe repetirme, palabra por palabra, lo que le dijo mi hermano Benigno.

Don Benigno era hermano del Mariscal Presidente, pero ellos se llevaban mal y por eso no le habían dado ningún cargo, a pesar del parentesco; hasta se dice que don Benigno conspiraba contra su hermano el Presidente, y por eso fue que él no quiso dejarlo solo en Asunción cuando él se vino de la capital a nuestro campamento. Porque lo que le cuento pasaba en Paso de Patria, allá por marzo del 66, y la situación era muy grave; los aliados querían invadirnos (se preparaban para eso del otro lado del río) y como si fuera poco teníamos conspiraciones en nuestro propio campo y entonces las Ordenanzas Militares se aplicaban literalmente y todos estábamos muy nerviosos, de Mariscal para abajo, porque al mismísimo general Robles y a otros jefes los habían castigado muy duro. Hasta don Benigno tenía que cuidarse, porque comenzaron a culparlo de estar medio metido en la conspiración; quiero decir no del todo pero sí de alguna manera por esa su actitud sospechosa que despertaba las sospechas; como yo era amigo de don Benigno -como de toda la familia del Presidente- ahora comenzaban a sospechar de mí también, porque nos habían visto hablar muchas veces entre los dos, aunque era natural si éramos amigos.

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Conste que yo tenía la conciencia tranquila, porque quería a mi jefe el Mariscal López y nunca había conspirado para nada ni nada parecido. Pero, por lo visto, alguien fue a decirle algo al Mariscal y eso es lo que lo tenía furioso conmigo, pensando que hablaba mal de él con su propio hermano Benigno, que después lo arrestaron por sus comentarios peligrosos en tiempos de guerra. Si a él lo arrestaron por decir que el Mariscal era un cobarde, ¿por qué no irían a arrestarme a mí? Y lo que es peor, si a don Benigno lo arrestaban y nada más, conmigo tendría que ser peor, porque no soy hermano de S.E. Quiero decir, por ejemplo, ir ante un tribunal militar, donde me juzguen Isidoro Resquín, Silvestre Aveiro y gente de esa, que siempre tratan de encontrar culpables para probar que son muy buenos investigadores o para hacérselo creer a la gente a costillas del prójimo.

Con don Benigno López había chimentado un poco, cierto, pero nada malo... -Algo que no puede comprender si nunca ha estado en guerra es que lo peor resulta tener el enemigo enfrente- lo suficiente para saber que está cerca y puede caerle en cualquier momento, pero lo insuficiente para saber exactamente cómo es, cuántos, con cuántos cañones, etc. Llega un momento en que usted prefiere que le caigan aunque le ganen en vez de estar soportando la incertidumbre esa antes de una pelea. Bueno, el problema es que usted no puede saberlo, al menos si es alférez como era yo, porque los secretos son para los superiores, pero las consecuencias para usted si pierde. Usted tiene que pagar con su cabeza y con la de su propia familia, y usted ha de saber que en Paso de Patria estábamos con nuestra gente; yo, por ejemplo, tenía allí a mi madre y mis hermanas... Y sabíamos todos cómo trataban ellos a nuestros prisioneros: en Yatai, por ejemplo, los uruguayos los degollaron; los brasileños se los llevaron al Brasil para venderlos como esclavos; los argentinos los obligaron a servir en su ejército, a pelear en contra de su propio país, nuestro querido Paraguay. Y entonces, imagínese usted qué pasa si los aliados cruzan el Río Paraná, si se nos vienen encima con todo lo que tienen, si nos ganan, en una palabra, ¿qué va a pasar con nosotros?... Esa era la pregunta que repetíamos en nuestras conversaciones con don Benigno, queríamos saber cómo andaba la guerra, porque lo que decía El Semanario nonos convencía del todo, así que tratábamos de saber un poco más por nuestra cuenta, es natural. Eso es lo que hablábamos con don Benigno, pero, por lo visto, le fueron a mi jefe con el chisme de una conspiración, y entonces sospechaba que yo tenía que saber y que le decía que nada por cómplice; eso es lo que debía creer, porque estaba tan furioso conmigo, él que siempre me había tratado tan bien.

En realidad, estábamos un poco nerviosos todos en nuestro campamento, y es que cuando nosotros los invadimos pensábamos que ya ganábamos   —13→   la guerra, pero después tuvimos que volver dejando buena parte de nuestro ejército en el Brasil y la Argentina. Era un poco al revés de lo que nosotros pensábamos, y para colmo ahora eran ellos que querían invadirnos, y parecía no más que invadían de veras, porque eran muchos más y con una flota formidable, mientras nosotros apenas sí teníamos chatas y canoas. En parte nos deprimía un poco, porque la guerra parecía perdida por culpa de los generales que traicionaron al Mariscal López. Claro que no era la culpa del Mariscal, sino de sus colaboradores, pero igual no más la guerra estaba perdida -por lo menos así pensaban muchos-, y eso creaba un ambiente muy desagradable en nuestro campamento.

Cierto que el Mariscal nos levantaba un poco el ánimo con esas incursiones en el campamento enemigo, porque cada vez les matábamos unos cuantos, incluso muchos. Yo recuerdo esa vez que un sargento negro volvió de la Argentina con una bolsa llena de cabezas, creo que siete, y el Mariscal le premió con un ascenso y las cabezas fueron colocadas sobre una mesa con un letrero que decía que fue un solo paraguayo y esas cosas así nos daban confianza... Durante el mes de enero, de febrero, hasta marzo, nuestros hombres pasaban el Paraná todos los días; iban en grupos de 200 a 1.000 y en unas tristes canoas, a pesar de que los encorazados brasileros estaban cerca, pero esos no hacían nada y nos dejaban pasar y repasar el río para hacerles guerrillas del otro lado. Cada tarde se hacían las partidas en nuestros campamentos y el Mariscal les hablaba como sabía hablar y ellos le decían que estaban dispuestos a matarlos a todos (no era por hablar no más) y de allí salían para embarcarse en sus canoas y el general Díaz los hacía acompañar con bandas de música y la Madama Lynch les repartía cigarros. Después volvían, siempre de buen humor y con pocas pérdidas, pero prisioneros casi no solían traer. Es que cuando agarraban uno lo concluían allí mismo, a pesar de que el Mariscal les decía que también necesitábamos alguno. O sea que el espíritu militar era excelente; cada paraguayo valía por dos o tres de ellos, y eso era lo que veían todos los días, cuando incursionaban en territorio argentino, y por eso justamente que el Mariscal los mandaba, para que vayan cobrando confianza y experiencia.

Pero con todo nos trabajaba...

Porque, al final de cuentas, los que estaban del otro lado eran como 50.000 en Corrientes y unos 12.000 en Candelaria (para desembarcar en Encarnación) y nosotros no llegábamos a 30.000 en Paso de Patria. Bueno, eso no importaba tanto, porque dos a uno podíamos pelearles; el problema era la artillería, porque la de ellos toda rayada, mientras que la nuestra lisa (en algunos casos cañones de la Colonia). Cierto que   —14→   tampoco tenía tanta importancia: al fin y al cabo nuestros artilleros, como el general Bruguez, eran capaces de meterles una bomba por la tronera de sus encorazados, y el teniente Fariña se bastaba para salir por el Paraná con una chata de un solo cañón y tener en jaque a toda la flota brasilera que tiraba sin acertar ni una vez (esto salió en unos dibujos que circularon en Europa, nuestra chata contra todos ellos, una vergüenza). Incluso, le voy a decir que los aliados enemigos creían que teníamos artilleros europeos, ¡porque tirábamos tan bien! ¡Pero qué europeos, paraguayos no más y con cañones viejos, pero que acertaban sin usar la mira!

El único problema entonces eran sus encorazados.

Porque esa clase no teníamos nosotros, apenas si buques mercantes artillados, y nuestra artillería de costa apenas si llegaba a artillería de campaña, quiero decir que el calibre no era suficiente, y entonces cuando cañoneábamos la flota perfectamente inútil; no podíamos hundirles sus barcos... Durante la guerra no le hundimos uno solo aparte del Río de Janeiro, pero ese fue con una mina... Quiero decir que ellos dominaban el río, los ríos. Por lo menos que podían hacerlo, porque en 1865 ya podían llegar directamente hasta Asunción, pasando por delante de Humaitá que no era fortaleza como pensaban ellos... ¡Imagínese el problema que nos creaban entonces! Ellos llegaban a la Asunción en uno o dos días por agua y nos dejaban a nosotros en Paso de Patria liquidados, porque ese campamento de Paso de Patria era militar no más. Todas nuestras comunicaciones y nuestras armas y víveres llegaban de la capital, donde había quedado en el gobierno el vicepresidente Sánchez, porque el Mariscal se había venido al frente, dejándolo a él como presidente. O sea que no teníamos nada, que si tomaban la capital nos dejaban cercados, completamente inútiles en la frontera del país mientras ellos agarraban la sartén por el mango... Eso es lo que el Mitre andaba maliciando, por eso le dijo al almirante Tamandaré que vaya y destruya no más esa fortaleza de Humaitá que era de adobe, pero Tamandaré no quiso hacerle caso, y entonces se quedaron los aliados bloqueados frente a nuestras trincheras en el sur, en vez de seguir adelante como debían (desde su punto de vista)... Eso es lo que el Mariscal sabía demasiado bien (aunque no nos contaba a nosotros) y por eso su carácter andaba terrible, y no era para menos, porque podía perder allí mismo la guerra, y eso es lo que un militar menos quiere... Pero que podía perder no quiere decir que perdió allí mismo, como usted sabe; un hombre inteligente como mi jefe era capaz de engañar al enemigo, y por eso llenó el río Paraguay de damajuanas que los otros confundían con torpedos y se quedaron quietos por dos años.

Porque, ocurre, mi amigo, que la guerra no es una cuestión de fuerza, sino de moral. Inútil que usted sea más grande si tiene miedo. Y eso   —15→   sabía muy bien el Mariscal. Sabía que los otros eran más y con más cañones y con barcos encorazados que nosotros no teníamos ni podíamos ya recibir porque ellos controlaban el Río de la Plata con su flota y ese era el único camino, porque por el norte, por Bolivia, prácticamente no existía, o sea que por el Pacífico no había caso. Para colmo se incautaron un cargamento de cañones que nos venía de la Europa, ellos que para importar no tenían problema, porque a cada rato iban renovando su parque. Y el parque no era todo, sino que también las comunicaciones, porque crédito también podían recibir y recibían de la Inglaterra que les pagó la guerra, mientras que nosotros nos quedamos encerrados desde el primer momento.

Pero ese no fue nuestro problema, en el fondo, porque todo se puede suplir con la moral, con la fuerza del soldado paraguayo, como dijo mi jefe. Lo que nos perjudicó de veras fueron los traidores, que había por adentro y por afuera, porque en Buenos Aires los exiliados fundaron esa Legión Paraguaya, un ejército que guaúnte peleaba contra López y no la Patria. Esos son los que nos llenaban nuestro campamento de propaganda, que le decían a la gente que tenía que desertar, que había que hacer la paz, que el Mariscal era un tirano. Culpa de ellos fue esa conspiración de San Fernando, que trató de matarlo al Mariscal; esa y muchas más, como le voy a contar después. Y entonces usted ve que, con tantas cosas, el Mariscal no podía ocuparse del todo del enemigo, por lo menos como quería ocuparse. Estos bribones me dan más trabajo que los brasileros, solía decir y con razón...

Pero volvemos al comienzo:

Usted sabe que la guerra de la Triple Alianza (o sea del Brasil y la Argentina y el Uruguay) contra nosotros, comenzó como una guerra contra el Brasil no más. Porque el Brasil invadió el Uruguay y el Mariscal entonces le mandó una nota diciéndoles que respete a los vecinos, pero el Emperador le contestó de mala manera, y entonces nosotros les invadimos el Matto Grosso (allá por diciembre/64), una expedición en la que estuve y que le cuento después. Pero los brasileros siguieron invadiendo no más el Uruguay, y entonces el Mariscal tuvo que invadirlos también por Río Grande del Sur. Mandó a ese Lacú1. Estigarribia con sus 12.000 y pico hombres para que salga de la Encarnación y marche sobre Río Grande y de ser posible sobre el Uruguay, que era nuestro aliado, donde había unos 6/7.000 soldados brasileros. Lacú salió de la Encarnación y al principio todo parecía bien, porque avanzaba sin que nadie le diga nada, y se metió en territorio brasilero tranquilamente, y llegó hasta la villa de Uruguayana, que los macacos abandonaron cuando lo vieron llegar. Desde allí le dijo al Mariscal que no sabía qué hacer, que esperaba sus instrucciones. Y el Mariscal no estaba muy seguro; al fin y al   —16→   cabo él se había quedado en Asunción porque confiaba en Estigarribia, pensó que un teniente coronel era capaz de descubrir sus objetivos militares con un poco de inteligencia. Pero Lacú no sabía, entonces el Mariscal, finalmente, le dijo que vuelva a Asunción, donde pensaba decirle cuatro cosas. Pero Lacú le contestó que no podía, que lo tenían cercado en la Uruguayana; lo cercaron porque se dejó cercar, para tener un pretexto de entregarse como se entregó y después de eso se fue en el Brasil, donde se pasó por el resto de la guerra, viviendo de la plata del Emperador ese.

No lo puedo decir cómo quedó el Mariscal con la noticia.

Era por setiembre/65, él nos reunió a todos para contarnos y yo estaba también, porque todavía era muy nuevo pero López me favorecía mucho y me hacía escuchar las cosas de los oficiales superiores. Entonces mi jefe habló, conmovido, condenando a Estigarribia Esperaba que algunos jefes tomaran la palabra, expresando la indignación del ejército. Pero, todos sorprendidos y perplejos, vacilaban y callaban estupefactos.

López, que estaba muy excitado desde que recibió la noticia, se enfureció del silencio y dijo: «Veo que no les causa sensación esta desgracia nacional que debíamos de deplorar hondamente. Salgan todos inmediatamente», y como vacilaban, repitió sus órdenes a gritos.

Y dirigiéndose al Mayor Francisco Luis González le dijo: «Yo lo he visto... le agradezco» Es que a este jefe se le habían caído las lágrimas al oír el relato.

No vaya usted a creer que López era tan rabioso, lo que pasa es que sus problemas eran muy grandes...

Porque la historia de Estigarribia no era la única; también estaba la del general Robles, otro que se entregó al enemigo, y justamente cuando nuestra guerra ya no era solamente contra el Brasil, sino también contra el Uruguay y la Argentina. Bueno, esto también lo ponía nervioso, y aquí debo decirle que ustedes se portaron muy mal, muchacho, ustedes los argentinos... tengo que decírselo porque la historia es objetiva que le dicen y nadie debe ofenderse... Sí, ya sé que usted es distinto; es de los mozos patriotas que están surgiendo ahora, como los que habemos también en el Paraguay, los que respetan a sus héroes... Porque la generación anterior, o sea la que queda entre la suya y la mía, es insoportable: no quería ni oír hablar de la guerra; pero ahora vienen ustedes para poner las cosas en su lugar, me parece muy bien...

Entonces le digo con confianza que su presidente Mitre fue un bandido, porque cuando el Mariscal le pidió permiso, Mitre le dijo que no, guaúnte2por la neutralidad, pero en realidad porque era cómplice del   —17→   Pedro II, ya andaban en tratativas, y entonces no quería que nuestro ejército pase por la Argentina para invadir el Brasil... Por eso fue que el Mariscal le declaró la guerra también a la Argentina; para colmo de males, el Uruguay se nos da la vuelta, porque mientras marchábamos para socorrerlos ellos deciden aliarse con el Brasil en contra nuestra y firman ese Tratado de la Triple Alianza, una verdadera vergüenza.

¡Y para colmo tienen el cinismo de decir que el Mariscal López provocó la guerra!

Menos mal que la verdad se va sabiendo poco a poco; se sabe que el Emperador lo odiaba al Mariscal López y lo demás, como se lo puede explicar nuestro gran historiador, don Juan E. O'Leary. Pero para no desviarnos tenemos que seguir con el general Robles.

Robles fue el que el Mariscal López envió para invadirla Argentina; otro que se aprovechó que su generalísimo estaba lejos para pactar con el enemigo. Porque nada más fácil que la misión de Robles; a él lo mandaron con 25.000 hombres (que en el momento era muchísimo) para invadir Corrientes, que en ese momento era muy fácil, porque los correntinos y paraguayos siempre habían sido amigos, y más de la mitad estaba con nosotros y hasta se creó un gobierno provisorio en la provincia esa que no quería saber de Buenos Aires.

Así que Corrientes era fácil, y en el medio quedaba la provincia de Entre Ríos, o sea entre Corrientes y Buenos Aires. Tampoco podía ser tan difícil, porque allá teníamos un amigo, el Urquiza ese, compadre de López, que lo había invitado para el bautismo de su hijo. Con Urquiza también habíamos tenido buenas relaciones; él también se había peleado con Buenos Aires con nuestro apoyo (lo mismo que Corrientes); entonces el asunto era trabajarlo un poco. Parece que le había prometido al Mariscal ayuda contra Buenos Aires en caso de guerra; ahora se había echado atrás (tampoco le ayudaba a Mitre) y en ese caso había que convencerlo o en todo caso invadirlo porque nuestro ejército era más grande, e incluso más grande que el de Buenos Aires, que no tenía más de 6.000 hombres cuando Robles invadió la Argentina.

Pero Robles se pasó perdiendo su tiempo; no movió un dedo para ayudarlo a Estigarribia cuando el enemigo lo rodeó; no movió un dedo para aprovechar la sorpresa, porque usted sabe que en abril del 65, cuando Robles invadió la Argentina, nuestro ejército era el más grande del Río de la Plata, y con eso podíamos arrollarlos, pero el señor Robles anduvo escribiéndose cartas con los jefes aliados (lo mismo que Estigarribia) y con eso les dio tiempo a organizar un ejército como de 60.000 entre abril y octubre del 65, y con ese ejército era ahora que se habían acampado cerca de Corrientes y nos querían invadir el Paraguay, después   —18→   de haber rendido a Estigarribia en setiembre y haber corrido a Robles en octubre.

Es que con Robles estaba repitiéndose el mismo cuento que con Estigarribia: así como Estigarribia se quedó en Uruguayana sin hacer nada, Robles se había quedado por Corrientes sin tomar Buenos Aires, y mientras tanto los aliados se le venían acercando paso a paso, y entonces el Mariscal lo envió al coronel Resquín para que se haga cargo del cuerpo de Robles y para que a Robles lo devuelva encadenado al Paraguay. Resquín era mejor que Robles, sin ser tampoco demasiado bueno, pero cuando asumió la comandancia se dio cuenta de que ya era tarde, porque los correntinos ya habían perdido el entusiasmo y no nos ayudaban como al empiezo, y además que no teníamos suficientes caballos, y que los soldados se nos morían de frío y desertaban (por culpa de la conducción de Robles) y que en esas condiciones lo mejor era volver al Paraguay.

Entonces se volvieron, hacia fines de octubre, gracias a la cortesía de la flota brasilera que controlaba el río Paraná y que los dejó pasar sin molestarlos -dice que porque el río estaba muy bajo. Volvieron los que quedaban en la División del Sur, que tampoco eran tantos, pero volvían enfermos y con mala gana, y eso le preocupaba mucho al Mariscal.

Entonces usted tiene que sumar el descontento, más las enfermedades y la carne medio podrida que nos daban (por culpa de los proveedores), más el agua sucia de los esteros (que también nos causaba la disentería), más las otras enfermedades y las bombas que nos mandaban los encorazados y cañoneros aliados, más la murmuración de la propia familia López y la traición de los diplomáticos extranjeros que se habían puesto contra el Paraguay; tiene que considerar todo eso para comprender por qué el Mariscal se había puesto tan enojado conmigo y pensaba que su hermano Benigno y yo habíamos estado hablando mal de él.



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ArribaAbajoCapítulo II

Continuación del capítulo anterior


¿Por qué desconfiaba el Mariscal López de su hermano don Benigno?

Esa es una buena pregunta, pero para contestarla debo explicar algunas cositas de la familia López, y entonces hacemos marcha atrás; tenemos que ponernos allá por 1860, cuando el presidente don Carlos A. López se iba poniendo viejo y nadie sabía todavía quién podía ser su sucesor (algo que recién se supo en 1862, cuando murió don Carlos y se leyó su testamento).

Naturalmente, más de uno quería ser presidente, porque el Paraguay de entonces era un país tranquilo, disciplinado, con mucha plata en la caja del Fisco y muchas posibilidades para el futuro... Eso parece raro ahora, porque la guerra nos liquidó, pero antes de eso teníamos muchas cosas: esa fundición de hierro de Ybycuí, donde se hacían nuestros cañones y otras armas; esos astilleros donde hacíamos nuestros barcos; fábricas de pólvora y otras cosas más que ahora ni por desgracia tenemos, porque terminaron con la guerra... También teníamos el telégrafo y el ferrocarril, nuestra flota mercante; en eso les pasábamos a nuestros vecinos, porque de uno a uno podíamos ganarle al Brasil o a la Argentina. Y no le hablo de la paz porque ya sabe usted que mientras los otros vivían peleándose, nosotros tranquilos: en 50 años, habíamos tenido solamente dos presidentes (Francia y don Carlos)...

Como ve, un país fácil de gobernar; muchos querían el cargo.

El problema era quién:

Porque el señor presidente don Carlos López tenía tres hijos para eso: Francisco, Venancio y Benigno. En realidad tenía dos -tratándose de la presidencia, que no podía dejársela a cualquiera- porque Venancio, el pobre, no pensaba más que en divertirse, por eso quedó descalificado. Él pues se había hecho esa casa tan linda en la calle Colón, en las afueras, para vivir lejos de su familia que estaba en el centro y además   —21→   por un problema logístico, como se comentaba: las mujeres galantes estaban en la calle Colón. Tanto se divirtió don Venancio que terminó con el mal francés y entonces para consolarlo su hermano lo nombró Comandante General de Armas de la Asunción, un cargo que sonaba mucho y no daba mucho mando, pero él se entretenía con sus uniformes tan brillantes haciendo desfilar la tropa a su mando de un lado para otro de la ciudad y haciendo salvas con unos cañones que habían servido de postes en Buenos Aires que un día reventaron matándole dos artilleros y mandando su bala sobre una escuela -pero por suerte sin matar a nadie.

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Don Benigno era muy diferente; casi le voy a decir que el más inteligente. En realidad, uno no sabía con cuál quedarse. Porque hablaba cinco minutos con él y después era capaz de secundarlo en todo. Pero después hablaba de lo mismo con Francisco y terminaba pensando lo contrario, pero sí se encontraba de vuelta con Benigno volvía a su punto de partida. Y ese era un poco mi problema, porque yo era amigo de la familia, y hablaba con el uno y con el otro para aprender de la gente más leída que yo, pero muchas veces me quedaba desorientado.

Del Mariscal le voy a decir que también tenía sus cualidades de presidente porque se había estado ensayando para la presidencia desde chiquito... Resulta que las lenguas infames dijeron que era un bastardo y entonces para probar lo contrario don Carlos lo trataba como a su hijo propio, e incluso le daba más mando que a los otros, porque a los 18 años lo hizo general y le encargaba una serie de asuntos del gobierno, como la fortaleza de Humaitá -que la hizo muy bien para un mozo de su edad. También por eso, para que se calle la gente, don Carlos lo envió a las Europas allá por 1854, creo que; se fue con José María Aguiar, que volvió tan culto como Francisco. Lástima que mi jefe volvió también con una inglesa (o irlandesa, es lo mismo), esa Madama Lynch, que por supuesto no le gustaba nada al viejo Presidente, y parece que por eso estuvo a punto de nombrarlo presidente a Benigno, pensaba que una divorciada era un mal ejemplo, pero después se decidió a nombrarlo a Francisco para la presidencia y entonces él se hizo presidente en 1862.

Don Venancio no dijo nada porque lo nombró coronel, y le daba igual que lo ascienda don Benigno o don Francisco -total, él no quería ser presidente. Pero Benigno sí quería, y las convenció a las dos hermanas de que tenía razón, y como las dos hermanas se casaron bien -una se casó con Saturnino Bedoya, ministro de Finanzas y otra con el general Barrios, ministro de Guerra- y para colmo eran de un temperamento terrible, la convencieron a la madre, doña Juana Pabla Carrillo de López, de que Benigno tenía que ser presidente, y entre todos organizaron   —22→   una conspiración con el ministro norteamericano y el cónsul francés para echarlo a don Francisco y poner en la presidencia a don Benigno...

Eso es lo que viene después, pero se lo cuento ahora para que comprenda un poco los problemas de mi jefe... Conste que en el 66 don Benigno no conspiraba todavía; la conspiración explotó más tarde, en el 68, pero conviene que lo vaya sabiendo...

... Me parece que tiene razón...

O sea que la cosa no era solamente familiar... Era también familiar, eso me consta, porque yo, que era amigo de la familia, me iba en casa de los López y les oía hablar mal del Presidente, y entonces no sabía si callarme (porque era mi jefe) o discutirles (porque estaba en casa ajena y don Venancio era mi superior en el ejército)... Eso me consta... Pero también está lo que usted dice: la historia del algodón. La guerra esa de la... ¿sucesión?... lo que sea, el nombre no cambia la cosa. Pero fue en los Estados Unidos, allá por el 60, y entonces hubo quien quería plantar en nuestro país, porque en el norte los negros estaban alzados. Entonces vinieron los gringos, y había los que pensaban que nuestro futuro de nuestro país era el algodón, quitarle el mercado a los Estados Unidos, y entonces decían que no valía la pena gastar tanta plata en el ejército porque el comercio era el futuro, y protestaban porque el general López aumentaba el ejército... Ese es el problema de siempre, los militares y los civiles. Los dos nos necesitamos el uno al otro, porque si no hay plata no se puede pagar el ejército, pero si no hay ejército tampoco se puede trabajar porque cualquier italiano anarquista viene a dinamitarle su fábrica. O sea que tenemos que estar aliados porque nos necesitamos, y eso es justamente lo que yo hice después, allá por 1880, cuando me eligieron presidente del Paraguay, pero claro que no tenía un criticón como don Benigno para complicar las cosas y que los ministros me respondían. Quiero decir que no tuve los problemas del Mariscal, por suerte. Por eso pude poner cada cosa en su sitio, o si quiere cada persona en su lugar, que es lo que hace falta... Eso porque el ejército me respetaba, porque soy militar, y los civiles me respetaban, porque no soy un militar militarista. Y también los vecinos, porque para 1880 ustedes ya se había calmado, y entonces los extranjeros que venían era para trabajar y poner dinero, y así fue que entraron en el Paraguay todas esas grandes compañías extranjeras y hasta Carlos Casado S.A. que nos movieron un poco la economía, que desde 1870 había quedado trancada por el esfuerzo y los perjuicios de la guerra... Conste que fue una idea mía eso de venderles las tierras, porque teníamos demasiadas que nadie quería trabajar y con el dinero de la venta comenzamos a recibir moneda que hicimos para trabajar para adelantar el país... Pero son cosas   —23→   que le voy a contar después, si continuamos mis memorias; aquí solamente tiene que anotar que yo fui el continuador del Mariscal López -a mi manera- y que cuando me tocó la presidencia era más fácil que en 1862...

Yo pienso que los problemas de familia se pueden arreglar por las buenas, pero el problema del Mariscal era que no tenía quien, o sea una persona que pueda intervenir para arreglarlos. Porque el general Díaz era un gran hombre, era muy leal a nuestro Presidente, pero más militar que político, y con don Benigno no se podía ver; él decía que don Benigno era un engreído porque nunca le hablaba en guaraní; don Benigno pensaba que el otro era un guarango porque no hablaba castellano. También ocurre que Díaz murió demasiado pronto, como murió también el general Aquino y otros que eran ciento por ciento fieles, y entonces el Mariscal se quedó muy solo y ya no había nadie para mediar... ¿La Madama Lynch? No, esa sí que no. Porque la familia López no la podía ver, y le voy a decir en confianza (no para que escriba) que a la Lynch no la queríamos demasiado, y que como compañera del Mariscal era más bien un estorbo. No digo que era mala, pero era una mujer muy orgullosa, que no conocía nuestras costumbres, y quería imponernos por la fuerza todo lo que se le antojaba. Por eso no la queríamos, aunque ella tenía mucha influencia sobre él. Es que el Mariscal era un romántico, y por una mujer era capaz de perder la cabeza, y de eso se aprovechaba la Lynch y no lo dejaba gobernar, y hasta le hacía pasar un papel ridículo porque le convencía de que tenía que quedarse encerrado en su casamata y lejos del frente de operaciones, mientras que el general Díaz caminaba sobre el parapeto de nuestras trincheras diciendo que la pólvora de los cambá3 no mataba a nadie y entonces comenzaron a decir que Díaz era más valiente que el propio Mariscal. Todo por culpa de la Lynch, porque el Mariscal no le tenía miedo a nadie ni a nada, pero se dejó convencer por ella y para darle el gusto se quedó en la Asunción en vez de marchar a la cabeza de la División del Sur para invadir a los vecinos. No era indispensable, porque tenía telégrafo para mandar a sus jefes, pero le hubiera convenido porque aprovecharon su quedada en Asunción para decir que se quedó por miedo.

Por culpa de la Madama y del obispo Manuel Palacios, otro que tenía sus cosas. Durante mucho tiempo fue el favorito de mi jefe, hasta que al fin el Mariscal se dio cuenta. Pero mientras tanto ya le había desprestigiado su gobierno, por todos los malos consejos que le dio. Por ejemplo la vez aquella que izaron la bandera argentina a media asta, y todos en Paso Pucú nos preguntamos qué podía ser, hasta que el obispo le dijo ha de ser que murió el general Mitre -él tenía que ser   —24→   el de la mala idea. Le dijo también que consiga prisioneros, y el Mariscal le hizo caso, y entonces fueron nuestros espías a robarse un soldado del campamento aliado. El obispo con Resquín se hicieron cargo del interrogatorio, y el argentino ese terminó diciendo que había muerto no más el general Mitre, y todos festejamos, y hasta salió la noticia en El Semanario... Una verdadera vergüenza, porque no era cierto, y resulta no más que entre Resquín y Palacios lo apuraron tanto al pobre prisionero que tuvo que confesar lo que ellos querían: que murió Mitre. Pero confesó obligado, así que el gobierno paraguayo se desprestigió de balde.

Para que vea lo que era el obispo...

Sí, Resquín era lo que diríamos hoy el jefe del Estado Mayor, y le tenía mucha envidia a Luis Caminos, que venía a ser el número dos del Estado. Después venía esa yacaniná4Aveiro, el número tres, que por supuesto que se entendía con Resquín porque eran del mismo palo... Al pobre Caminos le hacían la vida imposible: imagínese que una vez Caminos quiso saber cómo andábamos de tropa (tenía derecho a saber, al fin y al cabo) y le pidió los datos a Silvestre Aveiro, su subordinado, que no le quiso dar. Entonces le exigió esa información que Aveiro terminó dándosela, pero después se lo contó a Resquín, y Resquín se lo contó al Mariscal, y el Mariscal le dijo a Caminos que la próxima vez lo hacía fusilar... Así que los efectivos del ejército solamente los sabían tres personas: el Mariscal, Resquín y Aveiro; Aveiro en el lugar de Caminos, porque a él no le dejaban ver las cosas que le dejaban al yacaniná. A pesar de la antigüedad. Y todo por culpa del coronel Isidoro Resquín, que le tenía envidia a todo el mundo, y le había calumniado al pobre Caminos.

Entonces cuando el Mariscal me llamó para increparme, para decirme que le cuente todo lo que hablé con don Benigno, yo supuse allí mismo que era un cuento de Isidoro Resquín, aunque tampoco sabía muy bien hasta dónde el chisme, y eso me tenía muy preocupado... Porque si la cosa seguía, si empeoraba, tenían que mandarme a una corte marcial, y allí precisamente iban a estar Resquín con el Aveiro, malo como esa víbora.

  —25→  

imagen

Escenario principal de la guerra en territorio paraguayo.



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ArribaAbajoCapítulo III

De la conversación que había tenido con don Benigno López


En general uno no tiene ganas de ser fusilado, en especial cuando se tiene 26 años como su servidor el entonces alférez Caballero, que había hecho una brillante campaña en el Matto Grosso brasilero, cansándome de sablear esos esclavos, y que ahora tenían arrestado por una vyreza5, que si uno quería buscarle la vuelta podía convertirse en algo grave. Porque imagínese si por ahí relacionaban esas nuestras conversaciones con don Benigno López con la rendición de la Uruguayana, la traición del general Robles, la Legión Paraguaya, las deserciones y el resto todas esas cosas que si uno quiere puede juntar, al menos si se dedica a eso como yacaniná Aveiro, Isidoro Resquín, monseñor Palacios y los que vivían de eso porque no podían vivir de otra cosa, porque de pelear no sabían nada y entonces usaban de más la lengua, diciendo lo que el Mariscal quería oír o lo que ellos creían que el Mariscal quería oír. Porque él era un hombre bueno, que no quería castigar a nadie y castigaba no más por obligación y no por gusto, como dijeron esos legionarios, que dijeron que él hacía con los paraguayos lo que no podía hacer con los brasileros... Porque equivocaciones hubo, en algunos casos, pero todo por culpa de los colaboradores de López, que aprovechaban el poquitito de autoridad que se les daba para abusar, como la vez aquella que tomábamos mate en la Mayoría y viene un sargento a decirle: En cumplimiento de la orden de Su Excelencia hemos ejecutado a la rea traidora Francisca Garmendia. Y S.E. casi se muere, porque la orden había sido de cualquiera menos de él, pero ya era demasiado tarde para resucitarla.

Y bueno, una de estas equivocaciones es lo que me hubiera fastidiado demasiado; especialmente por una tontería...

¿La conversación?

Se la cuento si quiere...

  —28→  

Era un 8 de enero. Don Benigno y yo conversábamos bajo un tarumá6, hasta el árbol recuerdo, cuando vemos pasar al ex comandante Robles fumando el cigarro que el Mariscal le hizo llegar como cortesía in artículo mortis. Se lo veía pálido pero de continente digno; nosotros nos quedamos más pálidos que él y nos santiguamos. Después lo vimos meterse en un bosquecito de palmas; después sentimos la descarga y nos persignamos.

-¿Sabe por qué lo fusilan?

-Sí. He leído en El Semanario...

-El Semanario dice una cosa, Caballero, pero los hechos son otra.

-¿Lo cree usted, don Benigno?

-Todo el mundo lo sabe, usted también. El Semanario dice que ganamos la guerra, pero el hecho es que nos corrieron del Brasil y la Argentina y que ahora ellos se disponen a atacarnos. ¿Eso le parece ganar?

-Don Benigno, es ahora que ellos están perdidos, como dice El Semanario.

-Sí, eso es abrir el paraguas antes de llover, Caballero; decir que están perdidos porque se alejan de sus bases y se internan en un terreno desconocido. Pero la verdad es que ahora pueden llegar directamente hasta Asunción, y no tenemos forma de impedirlo porque controlan el río y porque Humaitá es la única fortaleza sobre el río pero no es fortaleza porque la construyó mi hermano a los veinte años, y en vez de hacerla de piedra la hizo de adobe.

Así era siempre; no perdía una oportunidad de hablar mal del hermano. Y entonces yo no sabía dónde meterme: estaba mal que le permita hablar así y estaba mal que le contradiga porque era mayor que yo y hermano de S.E. Y para colmo no tenía yo esa soltura de lengua para cambiar la conversación cuando convenía, como hacía mi jefe cuando le pedían la libertad de un preso.

-¡Pero don Benigno, usted vio cómo los corrimos en Corrales!

-Podemos pelear muy bien, Caballero, pero aunque cada uno de nosotros mate cinco, ellos todavía tienen ventaja... Y aunque se queden del otro lado del río, y nada más que eso, este país está fundido porque nos bloquean el comercio; no podemos exportar y tenemos que utilizar todos nuestros hombres y nuestro dinero para contenerlos.

Mucho mejor hacer la paz.

-Usted dirá, don Benigno, quizás no esté de acuerdo. Pero, de todos modos, ¿no le parece incorrecto lo que hizo el general Robles?

  —29→  

-Robles no hizo nada, Caballero, sencillamente porque no pudo hacer... Lo mandaron al sur con un ejército grande, es cierto, pero se olvidaron de darle caballos, suponiendo que podía robarlos en la provincia de Corrientes. Una suposición compartida por los correntinos, que se encargaron de ocultar sus caballos cuando llegaron los paraguayos. Lo mandaron sin ponchos ni abrigo, suponiendo que no haría frío; pero el invierno es duro en la Argentina, y cuando llegó a Goya se le estaban muriendo 60 hombres por día congelados. Lo mandaron suponiendo que tendría las comunicaciones expeditas con el Paraguay; pero en el mes de junio nos destruyeron la flota en el Riachuelo, y con la escuadra brasilera en el río, es un milagro que no haya sido totalmente cercado y destruido. Lo mandaron sin decirle claramente qué tenía que hacer; si tomar Buenos Aires, Montevideo o Rosario; en esas condiciones se pasó esperando las cartas que le enviaba el Mariscal desde Asunción, que llegaban siempre atrasadas. ¿Qué tiene de sorprendente que haya perdido casi la mitad de sus hombres, y que con eso hayamos perdido la guerra?

-Pero don Benigno, ¡usted olvida que se escribía con los aliados!

-Esas cartas nadie las ha visto, Caballero. Y aunque existan, no prueban absolutamente nada. Robles estaba a la cabeza de nuestro mayor ejército y en la Argentina cuando Francisco lo hace llamar; todos sabíamos perfectamente para qué Robles vuelve. ¿Le parece que se pasó al enemigo?

-Debe ser que no pudo escaparse, don Benigno... Pero mire, si era tan patriota, ¿por qué no lo ayudó a Estigarribia?

-Porque entre los dos cuerpos de nuestro ejército había 300 kilómetros de lagunas y pantanos; sencillamente imposible... En todo caso, la culpa fue de mi hermano Francisco, por dividir su ejército en dos columnas para que el enemigo acabe con una y después con la otra. Porque a eso íbamos; si nos quedábamos en la Argentina, nos deshacían el resto de la División del Sur.

El tiempo y la experiencia me enseñaron que don Benigno se equivocaba. Pero en el momento no supe qué decirle, porque discutir con él resultaba imposible, por su asombrosa facilidad de palabra. Él le podía demostrar que lo blanco era negro, y no era un muchacho de campaña como yo quien podía demostrarle sus equivocaciones... De paso, le confieso que también quedé muy deprimido, porque en el momento él me hizo creer que la guerra iba perdida, y que nuestro jefe el Mariscal nos haría morir a todos -eso también me había dicho don Benigno. Que en el fondo era una irreverencia, casi diría una conspiración (aunque tampoco era), pero tampoco podía decirle nada al Mariscal   —30→   López. Porque las familias son como la Triple Alianza, quiero decir como nuestros vecinos, que durante 50 años se pasaron peleándose y pidiéndonos que participáramos; cuando finalmente intervenimos a favor del Uruguay, todos se unen en contra de nosotros. Y algo parecido iba a pasar si le contaba al Mariscal Presidente lo que su hermano andaba comentando... Imagínese que nos pongan en un careo; don Benigno podía negar tranquilamente todo y entonces era su palabra contra la mía. Y lo que es peor: don Benigno podía hablar con sus hermanas y la señora Carrillo, y entonces entre todos lo trabajaban al Mariscal que cómo era posible que un extraño se permitiera decir tal cosa en contra de su propio hermano, etcétera, y ala larga salía perdiendo yo.

Por esa razón no le dije nada al Mariscal cuando me preguntó qué me había dicho Benigno. O sea, le dije pero no le dije lo que él quería saber, porque le dije que de mujeres (en parte cierto) pero mi jefe no se creyó el asunto para nada, y entonces me sacó de su PC con cajas destempladas, ordenándome guardar arresto en mi tienda, que era precisamente lo que hacía en esos tristes días de marzo/66, mientras oía el cañoneo de la flota brasilera que se preparaba a atacarnos, y sin que la nuestra pudiera oponerse para nada, porque sencillamente ya no existía desde la batalla de Riachuelo (junio/65).



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ArribaAbajoCapítulo IV

De la destrucción de nuestra flota en la batalla fluvial de Riachuelo (11-VI-65) y de mi participación en ella


En una situación como la mía uno se pone a revisar su cabeza como revisa un altillo donde ha guardado más cosas de las que recuerda: desde diarios viejos hasta sus condecoraciones de la guerra. Y entonces comienzan a aparecer cosas increíbles: desde basura hasta cosas de valor. Yeso era lo que me pasaba durante las semanas que permanecía arrestado en mi tienda en ese campamento de Paso de Patria, porque recordaba lo bueno y lo malo, y entre todo eso recordaba la batalla esa de Riachuelo, donde la flota brasilera acabó con nuestra pobre flota de guerra.

En realidad, nosotros no teníamos flota, lo que se dice flota, porque nuestros barcos eran más bien mercantes artillados y cascajos de segunda, que servían para patrullar el río pero no para enfrentar los barcos de los otros, que tenían cañones más potentes y cascos más resistentes... Así fue que comenzamos la guerra, totalmente a merced de la armada brasilera, que de poder podía subir directamente hasta Asunción y terminar con todo: todo por culpa de nuestros agentes en Europa (también se lo dije) que en vez de comprarnos los encorazados que necesitábamos se comieron la plata y transaron con los brasileros, porque los buques que se habían mandado hacer por encargo nuestro, terminaron en manos de los brasileros... Estas son maniobras de las que no quisiera hablar, porque se trata de personas muertas; pero si, como me está diciendo, el propio Alberdi se encargó de declararlo traidor, entonces le puedo decir que el culpable fue Cándido Bareiro. Se lo digo yo aunque hayamos fundado entre los dos el famoso partido colorado y aunque Bareiro haya sido, precisamente, el que murió en 1880, dejándome la presidencia... No, el vicepresidente no era yo sino Saguier, el traidor ese, pero de eso vamos a hablar después... Por ahora conténtese con saber   —32→   que la guerra comenzó bastante mal para nosotros, porque no teníamos los barcos ni podíamos traerlos, porque el enemigo controlaba el río y se incautó de nuestros pedidos de armas que llegaron durante la guerra.

La situación era muy grave, casi diría sin solución.

Pero el Mariscal López no era un hombre cualquiera, y fue por eso que decidió solucionar el problema de una manera muy inteligente: quitándoles los barcos de guerra a los otros -a los brasileros-, porque la flota era de ellos. Eso era muy fácil, porque los brasileros estaban anclados cerca de Corrientes, en un lugar llamado Riachuelo, y se trataba no más de acercárseles sin hacer ruido para abordarles los barcos por sorpresa; una vez que los teníamos abordados (sin estropearlos, por supuesto) ya teníamos una flota de guerra; con la flota de guerra, el río (o los ríos) eran nuestros; si los ríos eran nuestros, la victoria era nuestra. ¿Se da cuenta de lo inteligente que era el Mariscal? Bueno, él lo llamó al capitán Meza y le dio el comando de la flota paraguaya, que tenía que salir de Humaitá por la noche y atacarlos por la madrugada... Sí, Humaitá, porque en ese momento el Mariscal estaba en Humaitá; recién en noviembre/65 fue que se mudó a Paso de Patria...

La persona ideal para esa empresa hubiera sido Herreros, pero como Herreros había muerto en Matto Grosso descargando un depósito de pólvora, tuvieron que darle el mando a Meza, un hombre algo mediocre pero de buena voluntad, que recién se presentó frente a la flota brasilera a las 9 de la mañana; menos mal que los negros esos estaban anclados y con los fuegos apagados, porque o sino nos hubieran destruido hasta el último hombre. También favoreció a los nuestros la artillería del general Bruguez, que tenía apostadas sus baterías sobre la orilla de enfrente del Paraná, y que desde allí les hacía llover bala a los macacos que cuando vieron nuestros barcos frente a frente se murieron de miedo; el único que tuvo un poco de iniciativa fue un maquinista brasilero, que hizo lo que tenía que hacer: echarle leña al fuego... El jefe de la flota se puso pálido de miedo, no sabía qué hacer... Quiero decir el subjefe, porque el jefe en realidad era el almirante Tamandaré, que se andaba divirtiendo en Buenos Aires, y que recién se encargó de sus marineritos en marzo/66.

Estos son detalles que supe después, porque al momento de la batalla yo estaba con mi jefe en Humaitá, pero él no me había dicho ni una palabra, porque entonces era todavía muy nuevo en el ejército, y también porque el Mariscal era muy discreto. Tenía que serlo, porque en nuestro campamento había espías y entonces hablaba muy poco de la guerra y de sus planes; ni siquiera con Isidoro Resquín solía hablar de eso. La noche antes yo había estado en una fiesta como edecán del Mariscal... mejor dicho, una recepción oficial.

  —33→  

¿No le dice nada?

Es que la juventud moderna está perdiendo el sentido de las buenas costumbres, una cosa que resulta tan necesaria... Porque por más hombre que sea un hombre, siempre tiene que tener ese sentido de la buena educación; lo cortés no quita lo valiente. Valientes éramos nosotros, eso todo el mundo lo sabe, pero cuando íbamos a una fiesta, todo el mundo tenía que portarse como gente fina. El Mariscal era muy exigente en eso, y hasta al mismo Díaz le exigía hablar en castellano, y eso que Díaz era el único oficial que podía hablarle como quería a López. Algunos dicen que exageraba, sobre todo cuando se ponía a hablar francés con Cochelet y la Madama, pero dentro de todo nos enseñó muchas cosas, porque antes de eso todo el mundo masticaba su naco7 y escupía en el suelo, hasta las señoras, y López con la Madama Lynch les fueron enseñando un poco a civilización, sobre todo cuando abrieron ese su Club Nacional, tan lindo en sus espejos dorados y alfombras como en Francia. ¡No sabe cuánto le costó al principio! Porque nadie quería usar las salivaderas sino en la misma alfombra, y en especial esas abuelitas que no tenían nada que hacer, venían no más a acompañar a sus nietas y se pasaban en los corredores chimentando y masticando sus po guazú y de tanto en tanto polleando para cualquier lado, hasta que el Mariscal puso un cabo de guardia para pegarle un grito a la que ensuciaba el piso con su tabaco mascado... O sea que también tenía que ser muy exigente, y si las costumbres cambiaron fue gracias a él, que no permitía las ordinarieces.

Por eso que el capitán Meza no se atrevía a pasar en la pieza aquella vez que le voy contando, o sea la víspera del Riachuelo. Esa fiesta donde estaba de edecán del Mariscal, y bastante nervioso porque yo era nuevo.

-Excelencia, el capitán Meza desea hablar con usted.

-Hágase cargo, alférez Caballero.

-Con su perdón de usted, Excelencia, pero quiere hablar solamente con usted.

-Entonces hágalo esperar.

Me parece que dijo eso para hacerle creer a la que estaba con él que ella le importaba más que el resto, porque en eso mi jefe era un maestro; a cada una le hacía creer que era la única. Y no sé cómo hacía, porque solía ir a la fiesta con dos o tres, como esta vuelta, que se fue con la Lynch y la Pesoa y encima una tercera, que ahora le hacía la corte disimuladamente. Pero también ha de ser por el capitán Meza, un perfecto pesado. Él siempre pidiendo más botones para el chaleco de sus soldados o más sal para la sopa o cualquier otra cosa, así que cuando lo veíamos   —34→   llegar salíamos corriendo, y hasta el mismo Mariscal se hacía el tonto. Así que tuvo que esperar no más el capitán Meza, y yo que era muy nuevo no sabía si decirle que pase o no, aunque estaba lloviendo. Menos mal que se cansó después de un rato y se fue, pero antes me dijo:

-Caballero, no se olvide de mandarme los garfios.

Me lo dijo de una forma muy especial, me parece que él pensaba que yo sabía, pero por supuesto que no sabía nada. Para colmo, el Mariscal se retiró de la fiesta bien acompañado, así que no le pude preguntar nada de los garfios, y me quedé encargado de decirle a la Madama Lynch que mi jefe se iba a su PC para planear una batalla.

Ella no me creyó ni un poquito; más bien creyó que yo lo estaba apañando (como siempre pensaba). Pero al final tuvo que creerme, porque al día siguiente por la tarde comenzamos a sonar el zafarrancho de combate, y nuestros artilleros se dispusieron a recibirlos con bala encadenada y bombas; comienzan a tirar de veras, hasta que los del barco comienzan a quejarse diciéndonos en guaraní que no los matemos, y entonces comprendimos que volvían los nuestros, pero con la oscuridad y con la niebla no podíamos verlos. Por eso les matamos unos cuantos, que fue una lástima porque los brasileros ya los habían matado bastante, porque esa había sido, justamente, esa batalla de Riachuelo que le dije, donde los brasileros nos destruyeron la flota, así que volvieron muy pocos a Humaitá.

Entre los más maltrechos el capitán Meza, que desciende de su barco todo agujereado en una camilla que a cada rato echan esos marineritos lastimados que lo llevan.

Sus últimas palabras son para mí.

-¡Hijo de la gran puta!

El Mariscal llega un poco más tarde y tengo que contarle, con el debido permiso para repetirle esas palabras sucias que no nos permitía.

-¡Indigno de un soldado paraguayo!

Creo que si Meza no moría, López lo hacía fusilar como al general Robles, porque nos causó demasiado perjuicio. No es lo que nos hizo perder nuestros barcos únicamente; también volvió sin los barcos enemigos, que es lo que se le había encargado, y con eso perdimos el control del río, y aunque volvimos a asaltar los acorazados en canoas dos veces más, teníamos no más que fracasar esas dos veces, con muchas pérdidas, porque después de la chambonada de Meza ellos ya estaban alertas y no se dejaban sorprender.

-Digame, Caballero, ¿ese atarantado de Meza no le pidió los garfios de abordaje?

  —35→  

-En ningún momento, Excelencia.

No le estaba mintiendo, porque lo que Meza me pedía eran garfios y no de abordaje, así que yo no podía comprender luego; él tenía la obligación de hablar más claro. O sea que la culpa era de él, pero lo mismo me quedó un sentimiento como de culpa, porque soy una persona responsable, pero por suerte me enteré después que igual no más tenía que fallar porque los barcos de los negros tenían sobre su borda redes de abordaje, así que ni con ganchos y todo los podían abordar.



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ArribaAbajoCapítulo V

De la volubilidad de la fortuna


Ese asunto de Riachuelo me tenía preocupado, porque si querían buscarle tres pies al gato podían echarme la culpa a mí y entonces pasaba a la historia como el hombre que destruyó la flota paraguaya. Todo por pura envidia, porque como decía monseñor cuanto más asciende uno, más pueden verle los demás el culo, y mayor es su tentación de patearte en ese lugar. Cierto que todavía yo no había ascendido tanto, pero ya se veía que me esperaba una carrera brillante, y eso le molestaba a cierta gente, como le voy a contar.

Para comenzar, mi entrada en el ejército.

Yo entré en el cuartel de Cerro León como recluta en abril de 1864, cuando el Mariscal (o sea el general) López preparaba su ejército porque ya maliciaba que los vecinos lo querían invadir, y como nos contó el obispo en su latín, si haces la guerra haces la paz (eso fue cuando Monseñor decidió acompañar al Presidente, y se vino con S.E. al campamento militar, dejando la capital, y se mandó un discurso que nos dejó muy entusiasmados, porque en esa época todavía monseñor era un patriota).

Mi entrada, al comienzo, no tenía nada de especial. O sea lo contrario, porque para darte un puesto te hacían leer una hoja de El Semanario, para ver si leías o no, porque a los que ya leían los mandaban directamente de cabos en vez de reclutas, y todos preferían de cabos, porque los cabos en nuestro tiempo andaban siempre con su bastón en la mano, y podían darte dos golpes sin decir el por qué ni para qué. Que a la larga resultaba mejor para la disciplina, pero cuando uno recién llegaba le tenía miedo, y entonces prefería entrar de cabo, sobre todo porque el diario ese no tenía dibujos y la letra era muy chica, así que me costaba y el paí8se puso nervioso y me dijo que estaba engañando al ejército porque no leía nada; un cura muy nervioso. En realidad no era tanto, y después me salvó la vida en la batalla de Avay, pero se portaba así para impresionar a los reclutas desde el primer momento, porque si le ven a usted cara de flojo, ya no se arregla más. Pero me mandó a los gritos   —38→   a ponerme el uniforme de soldado raso, y menos mal que me mandaron a la caballería, que le gustaba tanto al Mariscal.

Porque después vino a recorrer el campamento el entonces general Francisco López, que no era muy alto pero le gustaban los soldados altos, y yo en primera fila, porque tengo como 1,90 y preguntó quién era, nos hacía revista. Y yo le contesté marcialmente:

-Bernardino Caballero, listo para morir por la patria.

Y allí mi pobre madre se puso a llorar, y entonces reparó que mi madre estaba, ella con la familia, porque en el ingreso al cuartel siempre era así, sobre todo cuando un hijo único como yo se mete en el cuartel y las demás son mujeres... También ocurre que el Mariscal conocía a mi familia, aunque de nombre, porque no éramos gente del montón sino bien. O sea que se pusieron a conversar allí, cuando hacían la revista militar, y entonces el Mariscal le dijo a mi mamá:

-Señora, usted puede volver tranquila a su hogar. Su hijo, a mi lado, está llamado a una brillante carrera. Yo velaré por él, y le aseguro que pronto le dará motivos de sentirse orgullosa.

Resulta que más adelante nosotros llegamos a tener mayor confianza con el Mariscal, o sea no solamente yo sino la familia en general, porque mi hermana Asunción se casó con el comandante Julián Insfrán, que era de la escolta presidencial, y entonces Asunción le preguntó cómo había sabido aquella vuelta que yo llegaría a general, y el Mariscal le dijo que un militar siempre reconoce a un militar, es una simpatía natural que se nota al principio.

Y tiene que ser así.

Porque desde el primer comienzo ya me dieron un trato especial, y no precisamente favoritismo sino que vieron que yo montaba bien a caballo, que era respetuoso, y enseguida me ascendieron a cabo pero ya me trataban como oficial: el cabo Caballero recibía tratamiento de oficial y merecía consideraciones especiales de sus superiores. Sólo algunos días permaneció confundido en el anonimato de las filas. El recluta pasó a ser instructor de sus compañeros, recibiendo él, por su parte, instrucciones particulares, con singular aprovechamiento. Esoes del libro de O'Leary, El centauro de Ybycuí, que vamos a ver si se apura en publicar porque yo ya estoy apurado; a los 71 no se tiene demasiado tiempo por delante.

Pero publicado o no, el asunto es que resulta cierto; así mismo es como dice O'Leary. También es cierto que de cabo pasé a sargento, y eso fue con una recomendación especial, porque el coronel Isidoro Resquín recibió unos sargentos recomendados cuando marchó a Matto   —39→   Grosso, como cuenta O'Leary. No solamente eso, sino que también el Mariscal me dio una libretita para controlar un poco al ejército, y eso le molestaba al comandante Resquín, que me tenía envidia...

Bueno, el asunto es que allá por diciembre/64 salimos de la Asunción con banda de música y nos embarcamos en el puerto. De allí llegamos hasta Concepción, de donde el coronel Barrios siguió hacia el norte por agua, y les tomó una serie de fortines a los brasileros, mientras que nosotros salíamos de Concepción por tierra, quiero decir la columna de Resquín, y también los hicimos correr de lo lindo, porque cada vez que nos veían llegar, los enemigos salían corriendo. Fue como un ensayo militar, que necesitábamos, porque los enemigos en serio estaban hacia el sur, en el Uruguay, pero el Mariscal nos mandó hacia el norte para que nos ensayemos un poco y de paso para capturarles esos enormes depósitos de pólvora que tenían en Matto Grosso, y que nos fueron tan útiles.

Comprendo que usted hace la historia, y que quiere saber toda la verdad. Pero queda muy mal que uno hable de uno mismo, así que solamente le voy a decir una cosa: que el comandante Resquín no me quería pero que lo mismo me ascendieron. Es a mi favor, pero al fin de cuentas se trata de la historia...

Entre las brillantes acciones en las cuales me tocó participar, estaba esa del Río Desbarrancado, porque los brasileros que eran menos, echaron abajo el puente y se pusieron a hacernos gestos indecentes del otro lado, pero yo me di cuenta de que podíamos saltar (aunque peligroso) y comenzamos a saltar con nuestros caballos al otro lado y les matamos unos cuantos y yo capturé una bandera, pero sin que el coronel Resquín me felicite para nada.

De todos modos ganamos la campaña; para abril del 65, el asunto estaba terminado, prácticamente, y gracias a eso el Mariscal pudo seguir adelante, con la invasión de la Argentina y el Brasil a partir de abril. Yo ya no estuve en esa porque seguía en el norte, en el Matto Grosso, hasta que el Mariscal nos hizo presentarnos en el cuartel de Humaitá, donde él estaba entonces.

Y allá nos fuimos en junio/65, mi coronel Resquín y yo; los dos le dimos parte al Mariscal López. El primero, por ser más antiguo, y por supuesto que le contó solamente la parte que le convenía, por eso fue que el Mariscal, después, me dijo que le pase mi informe, para controlar la verdad. Y yo, que tenía mi libretita que me había dado el Mariscal para anotar todo, le conté que una vez, o sea esa vez del Río Desbarrancado, el coronel Resquín se bañaba en un río mientras que nosotros peleábamos; también le conté otras cosas, y mientras le contaba el coronel   —40→   se ponía de más en más rabioso, pero al terminar me dijo el Mariscal:

-¡Muy bien! ¡Así me gusta! Ha hablado usted con la franqueza y con la lealtad que deseaba. Es usted el hombre que me había imaginado, sea siempre así y contará con toda mi protección. Queda ascendido a alférez y pasa a ser uno de mis ayudantes.

Desde ese momento pasé a la Mayoría del Mariscal; él me tenía mucha consideración. El problema fue cuando llegó su cumpleaños, el 24 de julio, porque todo el mundo le regalaba algo y yo no sabía qué. Cierto que teníamos propiedad, y que desde allí me mandaban carne, mandioca y esas cosas, pero era demasiado argel regalarle en su día unas cuantas bolsas de papas, algo diferente tenía que ser, por lo menos para la fiesta. (Aunque de mandar mandábamos siempre alguna vaquita para el ejército, algunas canastas de provistas, porque los proveedores hacían faltar las cosas y entonces siempre se apreciaba alguna ayuda). Porque el 24 de julio todo el mundo se esmeraba: desde las cinco de la mañana ya comenzaban a sonar las salvas y la gente ya esperaba en la puerta de su residencia el turno para visitarle; era una fila larguísima de gente que se pasaba todo el día dándole la mano y al final el hombre tenía que remojar sus manos en agua caliente porque le dolía de tantos apretones.

También estaban los diarios, que no se quedaban atrás, y el que sabía escribir un poco no perdía la ocasión de lucirse:

¡EL EXMO. SEÑOR MARISCAL LÓPEZ!

He aquí un nombre ante el cual la imaginación humana queda absorta en la más dulce y profunda contemplación, sin bastarle las alas de su rápido e infinito vuelo a remontar la inmensidad de su eclíptica luminosa.

¡EL MARISCAL LÓPEZ! es el más grande y portentoso destello de la Divinidad representado en el hombre. Su conspicua personalidad, es el más grande luminar que por vez primera ha visto la tierra bañar sus ámbitos.

No es posible, pues, encontrar palabras que expresen cumplida ni medianamente su significado, ya que su grandeza no tiene grados de comparación, porque en la vida de la humanidad no hay un sólo punto sobre que establecerla.

¿Qué decir entonces, que satisfaga la medida del deseo de decir qué es el MARISCAL LÓPEZ, en estos felices momentos que su glorioso natalicio precipita y acumula sobre la mente los recuerdos de su   —41→   vida? Nada más, que decir. ¡EL MARISCAL LÓPEZ!, que es la palabra sublime, la voz mística que contiene en sí la conjunción de las ideas las más bellas y las más grandes que brotan del alma y del corazón a su eléctrico contacto.

¿Cuál es aquel que no siente las más gratas emociones, ya no sólo al pronunciar, sino al escuchar ese nombre sagrado?

¿Cuál es aquel que no encuentre colmada su vida de los inestimables beneficios que ha derramado pródigamente en ella el MARISCAL LÓPEZ?

¿Cuál es aquel que no levante su admiración hacia el MARISCAL LÓPEZ contemplándole por su Genio, por sus talentos y sus virtudes como un hombre providencial?

Y, ¿quién es aquel que, viviendo en el MARISCAL LÓPEZ, no se encuentre animado de una dulce satisfacción y de un santo regocijo, no se ocupe en buscar los medios más vehementes de ofrecerle en este día un testimonio de gratitud y de su amor?

¡Ah! ¿pero quién aquel que por grandes y felices que sean esos medios, cree haber dado cima a su deseo?

Entonces usted ve cómo eran elocuentes, y cómo todos trataban de lucirse el 24 de julio, pero yo no tenía más que los frutos de mi granja, porque dinero en efectivo había poco entonces, y de cualquier manera era muy difícil comprar nada (digamos un regalito) porque todo se vendía a precio de oro, andaban muy sin vergüenzas con la guerra.

Yo me rompí la cabeza, pero no tenía más que el reloj de oro del marqués aquel. Porque resulta que cuando invadimos Matto Grosso llegamos en una de esas a una estancia donde había un brasilero marqués o conde, y los muchachos comenzaron a confiscar lo que había adentro -incluso algunos requecheaban9. Y yode golpe veo ese reloj de oro, pero no quería tocarlo porque las Ordenanzas Militares españolas daban pena de horca al que le encontraban un alfiler del enemigo en el bolsillo -el saqueo prohibido si no es con autorización. Así me estaba dudando hasta que el fin me digo que valía la pena, porque al final de cuentas en aquel momento no estaba seguro si iba a seguir con vida o no, y siempre se quiere un recuerdo, por lo menos para mandárselo a la familia en caso de fallecimiento. Pero después ese Resquín se pone a revisarnos uno a uno, y a mí con mayor razón, y menos mal que no se le ocurrió revisar la bota porque estaba perdido.

Así que me salvé por un pelo.

  —42→  

Y desde entonces guardaba mi reloj con mucho cariño, porque las cosas que más cuestan son las que más se quieren, y cuando llega el 24 de julio pienso que es mi único regalo para el Mariscal López... Cosas que se hacen de mozo, porque cuando se piensa dos veces se ve que resulta peligroso... Pero de todos modos le entregué mi reloj; me quedé blanco y medio cuando me preguntó de dónde, justamente en presencia de Resquín, pero si se tiene que armar la buena, me dije, que se arme. Así que le conté no más la pura verdad, y Resquín estaba a punto de recordar las Ordenanzas Militares y los cuatro tiradores (en Paraguay no se ahorca a nadie)... Lo que vale en la vida es la honestidad, mi amigo, usted verá. Porque al Mariscal le encantó mi franqueza, dijo que todo estaba bien con tal de perjudicar a los cambá.



  —43→  

ArribaAbajoCapítulo VI

De la visita que me hizo el obispo Manuel Antonio Palacios mientras estaba arrestado


Cuando lo vi entrar al obispo Palacios me puse muy contento; todavía no sabía lo malo que era y me pareció que venía de puro bueno... de paso, me ofrecí a confesarme, porque al fin y al cabo soy creyente y también porque me convenía un poco. Entonces le dije al obispo la pura verdad: le dije que me gustaba mucho mi carrera, que quería seguir así pero que, lamentablemente, me habían castigado y no sabía por qué. Monseñor entonces me preguntó si no era cierto que don Benigno me había dicho que el Mariscal era un cobarde, y que la invasión en la Argentina se perdió porque el Mariscal se había quedado en Asunción jugando al dominó con él (con monseñor). Yo le contesté que de ninguna manera; que nosotros no hablábamos de política. Entonces me preguntó de qué hablábamos; le dije que de mujeres. Entonces me preguntó de quienes, bajo el secreto de confesión, y yo le conté algunas aventuritas del campamento, que le divirtieron bastante; parecía muy divertido, y en una de esas me comentó: «Eso le va a gustar muchísimo a S. E.» ...No, no se lo puedo contar, es una dama muy conocida y que todavía vive, yo no hablo mal de las mujeres... Bueno, aprovechando que tenía que verse con López, yo le encargué que le diga, también, que yo estaba listo para cualquier servicio, y eso es lo que hizo, justamente.

Porque cinco minutos después de salir el obispo me dicen que el Mariscal quiere verme, y entonces me presento y él me da una carta. Parecía como en los buenos tiempos, porque el encargado de llevar sus órdenes secretas era yo. También me indicó el camino para llevar la carta, pero cuando comencé a meterme casi me meto del todo, y si no era por unos baqueanos, que andaban por ahí seguía sobre la montura de mi caballo, que debe de andar hundiéndose en ese pantano que no tenía fondo... Así que tuve que volver con las manos vacías, y el Mariscal se enojó mucho al verme de vuelta; tan enojado estaba el que no le pude   —44→   decir que me había indicado mal el camino... Aunque tampoco sé si no era a propósito, para castigarme un poco, ¡vaya a saber las cosas que le dijo ese obispo!

Usted no puede entender eso porque no lo conoció...

Yo tampoco lo entendía en el momento, pero después me di cuenta de lo que era... Para colmo era un tipo muy simpático y muy inteligente, así que lo tenía conquistado a López.

Menos mal que después lo reemplazó el padre Maíz.

Sí, el padre Maíz andaba en desgracia para la época que le estoy contando, y fue después que comenzó a subir, que lo sacó de su puesto al obispo Palacios, aunque a Maíz no pudieron nombrarlo obispo durante la guerra (aunque López quería)...

La historia venía de atrás.

De allá por 1862, cuando el presidente era todavía don Carlos, y en Asunción se veían dos jóvenes con futuro: el general Francisco López, que todo el mundo veía presidente; el presbítero Fidel Maíz, que todo el mundo veía obispo. ¿Pero qué pasa? En setiembre del 62 muere don Carlos, y don Francisco ocupa el lugar de su padre, pero Fidel Maíz se va a la cárcel. ¿El motivo? Las maniobras del cura Manuel Antonio Palacios, que no era nadie y que lo envidiaba a Fidel Maíz, un hombre superior. Entonces le hacen un proceso y le prueban (todo se puede probar cuando uno quiere) que leía los libros de los franceses ateos y que enseñaba indecencias a los alumnos del seminario y que hacía de todo con las señoritas... Una mentira enorme, porque Maíz era el único cura que respetaba a las mujeres; a los demás las señoras no los dejaban solos con sus hijas... Pero Palacios era muy ladino para fabricar las pruebas, así que al pobre Maíz tuvieron que mandarlo no más al encierro, y así quedó como tres años, hasta que comenzaron a necesitar un hombre leído para escribir en nuestros diarios y también por un problema que teníamos con el Vaticano, porque nos querían poner bajo el mando del monseñor de Buenos Aires a toda la iglesia paraguaya. Para eso hacían falta discursos en latín y todo el resto, entonces le levantaron el encierro a Maíz, poquito a poco.

Hasta que un buen día llega mi mamá con un artículo de El Semanario para que yo se lo lea:

EXPRESIÓN DE GRATITUD

¡O gracia! ¡O insigne gracia de perdón y libertad que me ha concedido el Exmo. Sr. Mariscal don Francisco S. López!

  —45→  

¿Quién sino un FRANCISCO SOLANO LÓPEZ, lleno de dulzura y de indulgencia, y empleando con la más sorprendente habilidad todos los recursos de la ciencia más íntima del corazón humano, del conocimiento más profundo de todos los ramos de la ciencia; sea religiosa y moral, histórica y social, filosófica y jurídica, canónica y civil, sagrada y profana, podía hacer que donde abundara el pecado, abundara mucho más la gracia; que del mismo modo que dominó el pecado hasta la muerte, del mismo modo puede reinar la gracia hasta la vida eterna!

Roguemos continuamente por esta preciosa existencia que no puede reemplazarse, sea preservada por los siglos de los siglos. Que su nombre inmortal vibre continuamente en nuestros labios; que su gloriosa imagen viva siempre en el fondo de nuestras meditaciones. Pensemos en ÉL, pensemos con ÉL, pensemos por ÉL; no durmamos, no nos despertemos sino bajo la dulce y vivificadora influencia y bajo la benéfica y refrigerante sombra de FRANCISCO SOLANO LÓPEZ, que es tan justamente la gloria, el honor y la alegría de su patria, su única y entera esperanza...!

San Bernardo acostumbraba decir que no había placer en leer o conversar, si no estaba continuamente invocando el dulce nombre de Jesús, que Jesús es miel en la boca, melodía en el oído y alegría en el corazón. No vacilo en decir otro tanto, por mi parte, tratándose de AQUEL que ocupa su lugar en nuestro pueblo...

¡Ah! FRANCISCO S. LÓPEZ es para mí más que para ningún otro paraguayo verdadero PADRE Y SALVADOR; y por lo mismo es también para mí muy especialmente el objeto único de las nuevas afecciones de mi corazón convertido. Que ÉL se digne mirar siempre propicio a su hijo pródigo posternado a sus pies.

Campamento en Paso Pucú, Noviembre 27 de 1866.

FIDEL MAÍZ

La verdad que los curas no me interesan mucho... Pero este caso lo recuerdo bien, por mi difunta madre, que cuando le leí el artículo se puso muy contenta porque lo respetaba mucho al Fidel Maíz (como las demás señoras)... Después pasé por la comandancia, y allí me encontré con el general Díaz, él, que siempre decía lo que pensaba, que le decía al obispo que con una carta tan linda Maíz le estaba ganando de mano, y que para no perder tendría que escribir otra todavía mejor. El obispo no quería demostrar, pero se veía bien que estaba bien pichado.



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ArribaAbajoCapítulo VII

De mi rehabilitación con el Exmo. Señor Mariscal López, coincidente (más o menos) con la invasión del Paraguay por los ejércitos de la Tripleza Alianza (16. IV. 66)


Usted está escribiendo para la historia, mi amigo, y para que todo se entienda no tiene importancia repetir, así que le repito que ahora estamos en marzo/66, cuando me tenían a mí encerrado en mi tienda y sin saber qué pensaban hacer con mi pobre persona.

1866 era un año que comenzaba mal, así como 1865 comenzó bien...

Porque 1865 lo comenzamos invadiendo el Matto Grosso, donde les ganamos sin ninguna dificultad, y lo continuamos bastante bien, invadiendo la Argentina y el Brasil en el mes de abril, sin mucha oposición. Pero a partir de allí comenzaron los problemas, porque en el mes de junio nos quedamos sin flota (Riachuelo); en el mes de setiembre sin Estigarribia (Uruguayana) y en el mes de octubre sin Corrientes -tuvimos que retirarnos de la Argentina y corriendo, porque o sino el resto de nuestro ejército se perdía como en Uruguayana. Aunque a veces pienso que hubiera sido mejor dejarlo allá, para que les contagien a ellos todas las enfermedades que nos contagiaron a nosotros: la disentería, la neumonía, el sarampión, la varicela. Y no le hablo ya de las ideas raras, de la indisciplina, de las deserciones. Entonces fue por compasión que el Mariscal López lo hizo fusilar al general Robles. Quiero decir, no solamente por haber destruido el mejor ejército que teníamos y que sin haber peleado mucho volvió por la mitad; fue también porque o sino tenía que diezmar nuestra División del Sur, y resultaba mucho más decente ajusticiar un general para que el soldado entienda que la cosa va en serio -en vez de tener que contarlos de a diez y hacer el juego de las pajitas más cortas y más largas como tuvimos que hacer en Curuzú.

Conste que 1865 no se cerró tan mal, porque nuestra División del Sur (el resto) cruzó el río Paraná a vista y paciencia de los brasileros.   —48→   También es cierto que 1866 no comenzaba del todo mal, porque el almirante Tamandaré siguió en Buenos Aires hasta marzo, y recién desde entonces comenzó a molestarnos con sus barquitos, por eso los cañoneos que se oían todo el día. Porque aunque éramos menos, no los dejábamos en paz; todos los días salía por el río el teniente Fariña con su chata artillada para volverlos locos; también el general Bruguez hacía puntería de tanto en tanto, metiéndoles una bomba por la tronera de un acorazado y matando a veinte.

El único problema es que yo no podía ver el espectáculo encerrado en mi tienda y me ponía nervioso el ruido del cañón. Cuando usted se mueve, cuando está en combate, a usted ya no le importan los tiros; tiene demasiadas cosas de qué ocuparse. Pero cuando está quieto y en una tiendita donde no hay lugar, entonces los ruidos lo enloquecen aunque no sea cobarde. También me enloquecía el olor a muerto, porque los soldados se nos morían como 300 al día por las enfermedades que trajeron de Corrientes, y como el terreno es bajo y cavando un metro ya le sale agua, no se podía enterrarlos ni echarlos río abajo para que no los vean los aliados, y entonces se amontonaban hasta que tuviésemos tiempo de quemarlos, y mientras tanto el aire era un infierno.

Por eso fue que mamá, cuando vino a visitarme, me encontró tan flaco. Yo ni me esperaba la visita cuando sentí la discusión en la puerta:

-¡Pero chiquilín sinvergüenza, con quién te parece que estás tratando!

Yo estaba incomunicado, a decir verdad, pero el guardia no quiso discutir y la dejó entrar. Venía con María de la Cruz y unas bananas, dice que para trancar la diarrea.

Nos pusimos todos muy contentos, pero después comenzamos a llorar:

-Bernardino, te van a mandar...

-¿Adónde, mamá?

-Te van a mandar, mi hijo, te van a mandar...

Tardó media hora en calmarse para explicarme que a la isla esa. Porque debe saber que una de las ocurrencias del negro Tamandaré fue justamente artillar un banco en el medio del Río Paraná; un banco que no servía para nada, pero que le pusieron cañones y brasileros encima y entonces nos tentaba el amor propio. Una operación arriesgada, por eso ella no quería que me manden (sabía que me pusieron en la   —49→   lista). Yo le dije que no se preocupara, pero ella insistió que no y que no; que no debía irme.

Pero no sabía cómo; no sabíamos cómo, hasta que llegó Basilia después de pelearse con el guardia que finalmente la dejó entrar, y entonces ella dio con la idea:

-¡El general Díaz!

En realidad no era Díaz, sino la Madama Lynch; mis hermanas eran muy amigas con ella. Y como ella tenía confianza con Díaz, podía pedirle que no me pusiera en esa lista para el asalto, porque el comandante tenía que ser Díaz, justamente...

Usted sabe que se habían hecho muy amigos desde el tiempo en que Díaz era de la Policía y la llevaba a la Madama a la casa del entonces general López, que todavía no era presidente y que le tenía mucho respeto al presidente de esa época, su señor padre. Porque el viejo don Carlos no quería saber nada de la Madama Lynch; él se quejaba de que lo mandó a su hijo Francisco a Europa para estudiar y para esos asuntos diplomáticos y que lo único que ganó fue que el hijo se le estropeara en la Francia, que es luego el país de las malas costumbres, porque volvió Francisco de la Europa con esa inglesa divorciada (decía don Carlos), en vez de casarse por paraguaya como todo el mundo. Eso por lo menos decía don Carlos, un señor muy bravo cuando quería ser. Fíjese que cuando muere la hijita de López con la Madama Lynch, don Carlos no le deja que le dé a su nombre, así que la enterraron en la Recoleta como Corinne Lynch, donde todavía está la pobrecita. Y don Carlos tampoco no quería que la gente de la sociedad trate con ella. Ni le permitía ir en los bailes cuando estaba él, a no ser después de las doce, cuando el Presidente ya se había retirado. Tampoco les permitía que vivan juntos, y allí fue que Díaz les hizo un favor de amigo que no podían olvidar: Díaz se encargaba de llevar a escondidas a Madama Lynch a la casa de Francisco en coche y de traerla de vuelta a la casa de ella. Desde luego que así se arriesgaba, si el Presidente sabía perdía su carrera, pero justamente por eso era un gran favor, y después -o sea durante la guerra- Díaz era el jefe que más le respetaba, el único que podía decirle lo que quería al Mariscal, porque a ningún otro le permitía hablarle así...

Bueno, entonces mis hermanas hablan con la Madama y ella, que tenía confianza con José Eduvigis, le pide ese favor. Y entonces cuando se reúnen en el comando, el Mariscal le dice que me ponga en la lista de los asaltantes, pero Díaz que no porque no sé nadar.

-Entonces que se ahogue por flojo.

-Con flojos no tomamos esa isla.

  —50→  

Así que me dejaron esa vuelta, y le quiero decir que por suerte... Ocurre que según parece, hubo quien se equivocó, porque los brasileros se alertaron y nos mataron mucha gente; casi todos. O sea que mamá tenía no más razón, porque si me iba yo también moría, y entonces hice bien en quedarme en la tienda -al fin y al cabo soy de caballería y en el agua no tengo nada que hacer.

Así me salvé de una buena, pero también ocurre que ser rechazado por el general Díaz podía ser una mancha en mi carrera, y entonces tuve una idea que me la dio María de la Cruz, ella parece que lo entendía bien al Mariscal porque era muy psicóloga. Ella me dijo que, igual no más, me presente en la tienda de López como voluntario y eso fue lo que hice, como le conté ya al maestro Juan O'Leary, que alguna vez lo ha de contar en su libro:

... sin esperar más entró resuelto en el salón y fue a colocarse en primera fila.

Solano López, que lo vio entrar, se detuvo a preguntarle qué hacía allí y como había abandonado su arresto.

Nada consiguió con súplicas y explicaciones. Recibió la orden de retirarse. Pero no se dio por vencido. No quiso regresar a su casa a continuar en la desesperación de su larga y desesperante prisión sin hacer una última tentativa. Esperó que la reunión se disolviera. El Mariscal quedó solo, siguiendo preocupado su paseo a lo largo de la sala. En una de sus idas y venidas, ya al obscurecer, vio frente a él, cuadrado, al teniente Caballero. Y en seguida este breve diálogo:

-¿Pero qué hace usted aquí? ¿No le he ordenado que vaya a seguir guardando arresto? ¿Qué es lo que pretende?

-Perdone, señor. Estoy desesperado. Permítame ir en la expedición que se prepara.

-¿Quiere ir a morir? ¡No! Vaya a guardar arresto. Y no me moleste más.

El Centauro volvió a su prisión.

Al día siguiente, 10 de abril de 1866, tenía lugar el asalto al banco, en que nos cubrimos de gloria, pero con dolorosas pérdidas.

Después de esto, el mismo Enrique Solano López le llevó su espada y le anunció que su padre había ordenado su libertad.

Y en seguida fue dueño otra vez del noble corazón de su jefe, que olvidó todo, para seguir amándole con creciente ternura.

Exactamente así. Y de paso, usted debería conocer a O'Leary, Raúl, porque usted necesita dirección y él puede convertirse en su maestro.   —51→   Con una recomendación del maestro, usted podría conseguirse algún empleo como bibliotecario en Asunción, y allá puede dedicarse de lleno a sus escritos paraguayos... De paso, usted tendría que aclarar una cuestión que es muy importante, ya que se trata de una cuestión histórica. Quiero decir la explicación. O sea por qué cuando yo tenía suerte, digamos cuando yo ascendía, la Patria se iba para abajo... ¿Cómo explicarle...? Vamos, tomemos por ejemplo este punto que le estoy contando: a mí me liberaron hacia el 16 de abril, o sea justamente cuando la Patria andaba de mala suerte, porque los aliados invadieron nuestro territorio. Una situación verdaderamente inconveniente... Y después siguió siendo más o menos igual, porque durante todo el tiempo que tuvimos ejército a mí me tenían en la Mayoría, y recién comenzaron a darme mando de tropa cuando se nos estaban acabando los soldados, cuando comenzamos a mandar al frente a las mujeres y a las criaturas de 10 años y a los viejos de 75... Una misión complicada, casi le diría que me mandaban al frente para perder, y que lo único que podía hacer es perder bien. No sé por qué tuve esa suerte... Y lo raro del caso es que a mí todo me salió bien, porque me volví más culto con la guerra, me hice de amigos influyentes, me dieron condecoraciones y todo eso. Sin embargo, a veces me angustiaba ser heroico; yo hubiera preferido pelear y volver con todos mis soldados, con o sin tanto heroísmo, en vez de llevar al campo 4 a 5.000 hombres y volver con nada... Como le digo, esta es una cuestión muy importante, muy profunda, que ustedes los historiadores tienen que explicar. Yo no la entiendo, pero tampoco tengo la obligación, porque soy un hombre de acción y no un letrado...

Pero volviendo a nuestros negros, ellos desembarcaron el 16 de abril y sobre el Río Paraguay, los desgraciados, un poco más arriba de la confluencia con el Río Paraná. A la cabeza estaba el mariscal Osorio, ese a quien después le arregle las cuentas. Pero de momento no pudimos pararlos, porque los habíamos estado esperando por el lado de Itapirú, esa nuestra batería que con sus dos cañoncitos tanto dolor de cabeza les daba, que quedaba como a una legua de nuestro campamento de Paso de Patria.

¡El Mariscal no podía creer cuando se lo contaron!

Pensó que era un error de los bomberos10, pero cuando vio que era cierto, les mandó una carga para dejarlos tranquilos; allí les matamos unos cuantos, y eso que se mandó una partida pequeña. El 17 hubo otro combate y el 18 se apoderaron de Itapirú, que les dejamos tomar porque allí no había nada, porque los cañones ya los habíamos llevado. De allí siguieron avanzando hacia nuestro campamento; Thompson opinaba que era mejor dejarlos venir y esperar el ataque desde nuestras posiciones   —52→   bien atrincheradas, dice que; si nos quedábamos ahí podíamos causarles muchas bajas sin sufrir demasiado. Pero ese inglés se olvida de un detalle que no podíamos prever al elegir ese punto para nuestro campamento: la creciente del Río Paraná, que les permitió a ellos ponerse justo delante con sus barcos de artillería pesada, y entonces tuvimos que abandonar el campamento. Nos fuimos más al norte, al otro lado del Estero Bellaco Norte, y esa posición nos resultó muy buena porque nos quedamos mucho tiempo y de allí no nos movíamos...

Entonces los acorazados brasileros se nos pusieron enfrente para comenzar a bombardearnos en la tarde del día 19. Ya podían haber comenzado   —53→   allí mismo, pero nos dieron tiempo, muy amablemente. Nos dieron tiempo hasta el otro día, el 20.

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Desembarco aliado en Paraguay (16.IV.66) y repliegue del ejército paraguayo de Paso de Patria hacia el norte (plano de Thompson).

Ese mismo día por la mañana temprano, me encuentro con la Madama Lynch bastante nerviosa, que me pregunta dónde estaba López, que yo no sabía. Y es que el hombre ya tenía marchado hacia el norte, hacia el Estero Bellaco, pero a mí no me había pedido permiso ni tenía por qué informarle a ella, al fin y al cabo un secreto de estado que ni el mismo Resquín sabía.

Resquín estaba bastante nervioso porque el Mariscal no le había dejado instrucciones y entonces se sentía un poco postergado; al fin y al cabo era el jefe del Estado Mayor. Después comenzaron a bombardearnos, justo en el momento en que el Mariscal nos mandó un mensajero diciéndonos que estaba bien allá arriba y que nos reunamos con él; tuvimos que hacer a evacuación.

Lo más difícil fue el depósito de pólvora, sobre todo porque también había una bodega llena de licores que decidimos dejarla, pero para no regalar al enemigo nos decidimos a terminarla en el momento para los que tuvieran interés.

Yo no tomé ni un trago, siempre fui así, pero cuando más ocupado estaba en mi trabajo, veo un soldado que comienza a decirme indecencias y entonces veo todo rojo, como el toro.

-Caballero, ¿usted quiere hacernos volar a todos?

-¡Pero me está insultando, mi coronel Resquín!

-¡Guarde su pistola le digo!

El borracho continuaba:

-¡Suerte que tiene usted por sus hermanas tan lindas!

Gracias a Dios que me contuve.

El tipo seguía paseándose tranquilamente, fumando un cigarro robado de la despensa del Mariscal. Finalmente, alguien tuvo la buena idea de mostrarle otra botella de jerez desde el patio, y entonces salió para seguir fumando y bajarse su segunda botella fuera del polvorín.

Allí decidí aprovechar para vengarme.

-¡Caballero! Deje en paz a ese borracho que tenemos que vaciar este depósito y estamos bajo fuego.

Claro, Resquín se estaba vengando de la denuncia que le hice frente al Mariscal López... Pero tampoco se salió con la suya, porque al borracho aquel lo fusilaron por las indecencias que había dicho contra el honor del Mariscal y de mis dignas hermanas.





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