Capitanes valientes
(Una historia del Banco de Terranova)
Rudyard Kipling
Por la puerta del fumadero, expuesta al viento, entraba a bocanadas la niebla del Atlántico del Norte, en tanto que el gran paquebote seguía navegando, avisando con su sirena a la flota pescadora.
-Este pequeño Cheyne es la peste de a bordo -dijo cerrando la puerta de un puñetazo un pasajero vestido con un gabán afelpado y rizoso-. ¡Maldita la falta que hace aquí! ¡No es poco impertinente!
Un alemán de blancos cabellos alargó la mano para tomar un sándwich, y dijo entre dientes:
-Como este mozalbete hay muchos en América, ¡no le estarían mal unos cuantos azotes!
-¡Bah! En el fondo no es mala persona, y más que todo, es digno de ser compadecido -arguyó un habitante de Nueva York, tendido, cuan largo era, en los cojines, debajo de la húmeda claraboya-. Desde que dejó la nodriza, ha ido rodando de hotel en hotel. Esta mañana hablé con su madre, que es una mujer encantadora, pero no pretende educarle. El chico va a Europa a completar su educación.
-Educación que aún no ha empezado -observó un filadelfiano, apelotonado en un rincón-. Este muchacho dispone de doscientos dólares al mes, y todavía no tiene dieciséis años.
-Por las minas de hierro de su padre, ¿verdad? -puntualizó el alemán.
-Sí; por las minas, por los bosques de cedro y por los buques. Su padre tiene una casa en San Diego y otra en Los Ángeles; posee una media docena de ferrocarriles, la mitad de las cortas de madera en la vertiente del Pacífico, y deja que su mujer gaste dinero -repuso el filadelfiano-. Esta pasea de un lado a otro a su hijo y a sus nervios, tratando de inquirir lo que pueda gustarle: Florida, Adirondacks, Lakewood, Hot Springs, Nueva York, etc. Por el momento, el chico está a la altura de un cazador de segunda clase, pero cuando regrese de Europa será un santo objeto de horror.
-Pero ¿no cuida el padre de él? -preguntó el del gabán.
-El viejo cuida solamente de amontonar escudos y no quiere molestarse en otra cosa. Dentro de algunos años comprenderá su error. Es una lástima, porque el chico es de buena índole y podría sacar buen partido de él.
-¡Azotes! ¡Azotes! -replicó el alemán.
Volvió a abrirse la puerta y entró, esbelto e impetuoso, un jovencito de apenas quince años, con un cigarrillo colgado del labio. Su cara amarilla y arcillosa prevenía poco en su favor, y su mirada era una mezcla de desconfianza, de reto y de malicia. Vestía un chaquetón de color cereza, knickerbockers, medias encarnadas y zapatos de ciclista, ciñendo un casquete de franela encarnada sobre la nuca.
Después de haber silbado entre dientes, mientras atalayaba a la reunión, dijo con voz chillante:
-Afuera no se ve gota. Se pueden oír las maniobras de los barcos pesqueros en torno de nosotros. ¡Tendría que ver que echáramos a pique alguno!
-¡Cierra la puerta, Harvey! -gritó el neoyorquino-. Ciérrala y quédate afuera. ¡Maldita la falta que haces aquí!
-Es inútil prohibirme que haga lo que me dé la gana -respondió el muchacho con aire resuelto-. ¿Acaso me ha pagado usted el pasaje, mister Martín? Tengo el mismo derecho para estar aquí que cualquiera de ustedes.
Y tomando los dados de un juego de chaquete, se puso a jugar con ellos, pasándolos de la mano derecha a la izquierda.
-Señores -acabó diciendo-, aquí se está muy triste; ¿qué os parece si organizáramos una partida de poker?
Como nadie le contestó, echó una bocanada de humo, balanceó las piernas y tocó el tambor con los dedos sucios, sobre la mesa. Enseguida, sacó del bolsillo un fajo de billetes de cinco dólares y empezó a contarlos.
-¿Cómo está vuestra mamá? -le preguntó alguien-. No la he visto en el lunch.
-Supongo que estará en su camarote. Cuando viaja en el mar, casi siempre está enferma. Voy a dar a la doncella de a bordo quince dólares para que la cuide bien; porque yo no voy a verla sino cuando se me apura. ¡Todo, menos sentar plaza de enfermero! ¡Caramba! ¡Es la primera vez que viajo por mar!
-Harvey, es en balde que te excuses.
-No me excuso. Es la primera vez que navego y, salvo el primer día, no me he mareado. No señor.
Diose en el pecho un golpe triunfante con el puño y continuó contando billetes.
-Eres una máquina de gran precio, con una buena marca de fábrica -bostezó el filadelfiano-. Por poco que pongas de tu parte, llegarás a honrar a tu país.
-Lo sé. Soy americano, y esto basta. Lo demostraré cuando llegue a Europa. ¡Puf! Mi cigarrillo se ha apagado. No quiero fumar la pacotilla que vende el steward. ¿Cualquiera de ustedes tendría un verdadero cigarrillo turco?
En esto apareció el primer maquinista: rojo, sonriente y enteramente mojado.
-Dígame, Mac -le gritó Harvey en tono regocijado-; ¿cómo va esto?
-Como de costumbre -le contestó el otro con gravedad-. Los jóvenes siempre tan corteses con los mayores y los mayores siempre dispuestos a estimar esta cortesía.
Una risa apagada salió de uno de los rincones de la sala. El alemán sacó su petaca y dio a Harvey un cigarrillo negro y destripado.
-Esto es la canela del tabaco, amiguito -le dijo-. Tienes que probarlo y me darás la razón.
Harvey encendió el tarugo con aire fanfarrón, sintiéndose ascendido un grado más en la escala social.
-Es preciso algo más para que me maree -dijo, ignorando que encendía un terrible Weelingstogie.
-Eso lo veremos -replicó el alemán-. ¿Dónde estamos en este momento, mister Macdonald?
-Aquí, precisamente, o muy cerca, señor; Shaefer -repuso el maquinista señalando un punto en el mapa-. Esta tarde llegaremos al Gran Banco; pero ya estamos entre la flotilla pescadora, y vamos camino del Estrecho.
-¿Te enternece mi cigarrillo, eh? -preguntó el alemán a Harvey, viéndole con los ojos lagrimeantes.
-¡Es una delicia! -respondió el joven apretando los dientes-. Voy a dar un vistazo a fuera, porque parece que andamos más despacio, y preguntaré la causa al timonel.
Harvey salió dando tumbos por el puente, hasta la barandilla más próxima. Se sentía muy desgraciado; pero vio al steward del puente que amarraba juntas las sillas, y como delante de él se había vanagloriado de no marearse nunca, su orgullo le hizo mantenerse en pie y pasear el puente hasta el salón de segunda clase, que terminaba en lomo de tortuga.
El puente estaba desierto y se arrimó cerca del palo trinquete. Allí no pudo más y se doblegó agónico, porque el tarugo infernal, unido al vaivén de las olas y a la vibración de la hélice, parecían arrancarle el alma. Le pareció que la cabeza se le hinchaba; que bailaban chispas delante de él; que su cuerpo disminuía de peso y que sus talones flotaban a merced del viento. Iba perdiendo el conocimiento por efecto del mareo, y un balanceo del barco le levantó por sobre la baranda, hasta el reborde del lomo de tortuga. A esta sazón, una bocanada gris y melancólica salió de la niebla, y apoderándose de Harvey, le llevó en la dirección del viento.
Le despertó el ruido de uno de esos cuernos con que se anuncia la comida; ni más ni menos que en la Escuela de Verano, de la que fuera alumno en los Adiroadacks. Poco a poco fue acordándose que era Harvey Cheyne, ahogado en pleno océano; pero se sentía incapaz de coordinar dos ideas. A sus narices llegaba un olor nuevo; una especie de humedad viscosa le hacía estremecer por la espalda, y todo él estaba empapado de agua salada. Cuando abrió los ojos, reparó que estaba en la superficie del mar; que le asaltaban olas como montañas de plata; que estaba tendido en un montículo de pescado medio muerto, y que su mirada se fijaba en un amplio dorso humano, vestido con un jersey azul.
-Está visto -se dijo el joven-. Estoy muerto y me veo en presencia de un alma en pena.
Dio un suspiro y el fantasma volvió la cabeza, mostrando un par de pequeños anillos de oro entre los bucles del negro cabello.
-¡Ah! ¡Ah! ¡Esto va mejor! -dijo-. Seguid echado como hasta aquí, que así vamos más aprisa.
Con brusca sacudida de los remos, presentó la proa del barco vacilante a un mar sin espuma, que levantaba sus veinte pies de agua, para echarlos por la otra borda en el abismo. Pero la ascensión de esta montaña líquida no interrumpió la conversación del gabán azul.
-Ha sido buena obra haberos recogido, y buena suerte que vuestro barco no me haya topado. ¿Cómo caísteis aquí?
-Estaba enfermo, mareado -contestó Harvey-, y no pude evitarlo.
-Os vi caer en el mar en el preciso momento que yo soplaba el cuerno para evitar el choque con vuestro barco. Os creí triturado por la hélice, pero derivasteis hacia mi lado y yo os pesqué con una red; de modo que por esta vez estáis salvo.
-¿Dónde estoy? -preguntó Harvey desconcertado.
-Estáis conmigo; con Manuel, que así me llamo. Procedo de la goleta We're Here, de Glocester, y vivo en esta ciudad.
El desconocido parecía tener dos pares de manos y una cabeza de bronce, porque no contento con soplar en un gran caracol, tenía que estar necesariamente de pie, inclinándose según la inclinación del plano del bote, para enviar su llamada gutural y penetrante a través de la niebla. Harvey no pudo apreciar el tiempo que duró este incidente, porque yacía de espaldas, aterrado por el aspecto de las olas. Creyó oír un cañonazo, el sonido de un cuerno y gritos. Vio otra embarcación al lado de la en que iba; ruido de voces, y unos hombres vestidos de impermeables le bajaron a un agujero negro y móvil, donde le dieron una bebida caliente y le quitaron la ropa. Harvey se quedó dormido.
Cuando despertó, esperó oír el primer toque de campana que avisaba para el almuerzo en el steamer, y se extrañó del nuevo camarote que ocupaba. Al incorporarse, vio que este consistía en una especie de nicho triangular, alumbrado por una lámpara, colgante de una enorme viga cuadrada.
Una mesa triangular, al alcance de la mano, se extendía del ángulo que formaban las paredes de proa al mástil de mesana. En el extremo, tras una marmita, estaba sentado un muchacho, de la misma edad que Harvey y de cara encendida, en la que guiñoteaban dos ojos grises. El tal iba vestido con un gabán azul y botas altas de caucho.
A lo largo de los camarotes, a derecha e izquierda, colgaban calzados iguales, un gorro viejo, medias de lana e impermeables embreados, negros y amarillos. El recinto estaba infectado de olores diversos. Los impermeables despedían un olor tan espeso, que se destacaba entre las distintas emanaciones de pescado frito, de grasa quemada, de pintura, de pimienta y de tabaco; estando todo el ambiente saturado, además, por el olor característico de un barco y del agua salada.
Harvey notó con disgusto que la cama en que estaba no tenía sábanas, las que estaban suplidas por una tela de colchón llena de remiendos y costuras. Notó también que el movimiento del barco no era el mismo que el del vapor, sino que botaba y saltaba en el agua como potro atado con una cuerda. Al oído de Harvey llegaba el ruido del agua, en tanto que las maderas gemían y restallaban. Todo esto le puso triste, e hízole acordarse de su madre.
-¿Estáis mejor? -le preguntó el grumete sonriendo-. Un poco de café, ¿eh?
Y le acercó una taza de hojalata llena de un brebaje que azucaró con melote.
-¿No hay leche? -demandó Harvey mirando a todos lados, como si esperase ver a una vaca.
-No -contestó el grumete-. No la habrá hasta mediados de septiembre. Pero el café no es malo; lo he hecho yo.
Harvey bebió silencioso, mientras el otro le ofrecía un plato lleno de pedazos fritos de puerco, que aquel devoró ávidamente.
-He puesto a secar vuestra ropa. Por cierto que se ha encogido bastante y que no se parece a la que vestimos los de aquí. ¿Queréis volveros para ver si no os habéis hecho daño?
Harvey se estiró en todas direcciones, sin que se notara ninguna descalabradura.
-Muy bien -dijo el grumete-; ahora, tranquilizaos y subid al puente. Papá quiere veros. Yo soy su hijo, me llamo Dan y hago el oficio de ayudante de cocina y de todo lo demás que a los hombres les parece mal hacer. Aquí no hay más grumete que yo, desde que Otto murió; era un sueco que apenas tenía veinte años... ¿Cómo fue que cayerais de a bordo con tiempo tan calmoso?
-No era calmoso -replicó Harvey con tono burlón-; era tormentoso, puesto que yo estaba mareado. Supongo que habré saltado por la borda.
-Ayer por la noche hubo mar gruesa, como de ordinario. Si a esto llamáis tempestad, prepararos a verlas peores. ¡Pronto! Papá espera.
Corno tantos otros jóvenes desgraciados, Harvey no había recibido en su vida una orden o mandato sin que la acompañara de lacrimosas explicaciones sobre las ventajas o desventajas de la obediencia. La señora Cheyne temía lastimar a su hijo y quizá consistiese en esto la postración nerviosa que la aquejaba. Harvey no podía comprender ahora que se le obligara a hacer algo por el gusto ajeno, y así lo declaró.
-Vuestro papá puede bajar aquí, si tanto le urge verme. Quiero que me lleve pronto a Nueva York. Se le pagará.
Dan abrió tamaños ojos al oír esto, y corriendo a la escotilla gritó:
-¡Papá! Dice que podéis bajar vos, si tanto os urge. ¿Lo oís, papá?
Llegó la respuesta con un vozarrón que Harvey nunca había oído de pecho humano.
-Envíamelo, Dan. ¡Tiene gracia!
Dan se rio solapadamente y tiró a Harvey sus zapatos de ciclista, medio combados. En el timbre de la voz venida del puente había algo que amansó al señorito y le hizo obedecer. Se consoló con la idea de asombrar al patrón con la opulencia de su casa, y, más adelante, con la historia de su salvamento, que le haría un héroe entre sus amigos de la ciudad. Subió al puente por una escala perpendicular, y tropezando con una docena de obstáculos compareció ante un hombre pequeño, completamente afeitado, de cejas grises, que estaba sentado en un escalón que daba paso al castillo de popa.
-Buenos días, o buenas noches. Joven, habéis hecho casi la vuelta del cuadrante.
Tal fue el saludo.
-Buenos días -contestó Harvey.
No le gustaba oírse llamar «joven»; como aquel que acaba de librarse de la muerte, esperaba una muestra de simpatía. Su madre sufría todas las agonías imaginables cada vez que le veía con los pies húmedos, y este marino apenas le mostraba compasión.
El mar parecía una inmensa balsa de aceite, en la que se movían una docena de barcos de pesca. La goleta, de vela triangular, estaba aferrada al ancla, y excepto el hombre que tenía delante Harvey, no se veía en el puente a nadie más.
-Veamos ahora vuestra historia -repuso el patrón-. Hay que convenir que hay Providencia. ¿Cómo os llamáis? ¿De dónde procedéis, aunque supongo que de Nueva York? ¿A dónde ibais, por más que supongo también que a Europa?
Harvey dio su nombre, el del vapor en que iba, y relató su naufragio en breves palabras, atropelladas con la demanda de que le trasladaran a Nueva York, donde su padre pagaría lo que fuera.
-¡Hum! -dijo el hombre afeitado, sin conmoverse por la petición de Harvey-. Pobre concepto formamos de un joven que cae de un paquebote en tiempo de calma, y menos cuando da por excusa que estaba mareado.
-¡Excusa! -exclamó Harvey-. ¿Creéis que por capricho me dejé caer en vuestro puerco cuchitril?
-Joven, no constándome cuáles pueden ser vuestras ideas respecto a bromas, no puedo juzgar; pero en vuestro lugar, yo no insultaría al barco que la Providencia designó como instrumento de vuestra salvación. Esto es un sacrificio, y esto, además, hiere mis sentimientos. Soy Disko Tropp, del We're Here de Glocester, que según parece no conocéis.
-No os conocía, ni me importa -replicó Harvey-. Os agradezco mi salvamento y lo demás; pero más os agradecería que rae llevarais a Nueva York, pagándoos bien.
-Esto quiere decir... ¿Qué?
Troop avivó sus ojos azules, de mirada blanda y desconfiada.
-En dólares y centenes -añadió Harvey, satisfecho de producir efecto-. En hermosos dólares y en centenes -repitió hundiendo la mano en el bolsillo y tentándose el pecho, según su manera de hacer el gran señor-. Habéis hecho el mejor trabajo de vuestra vida pescándome a mí. Soy el hijo único de Harvey Cheyne.
-Vuestro padre tiene suerte -repuso secamente Disko.
-Si no sabéis quién es Harvey Cheyne, sabéis poco. Ahora, media vuelta a la goleta, y despachemos.
Harvey estaba en la persuasión de que media América sabía y envidiaba la fortuna de su padre.
-Os complaceré, sí o no. Entretanto, hay que aguantar, amiguito.
-¡Pobre mujer, pobre mujer! Cuando os vuelva a ver lo olvidará todo. Somos ocho en la goleta y si volviéramos atrás, perderíamos la temporada. Admitiendo que yo consintiera, mis compañeros se opondrían.
-Mi padre lo arreglaría todo...
-Sería mucho arreglar, porque la pesca de una temporada es el pan de ocho hombres. Cuando le veáis, allá para el otoño, estaréis mejor de salud. Andad a ayudar a Dan. Como dije, se os darán diez dólares y medio por mes y los víveres correspondientes.
-Es decir, ¿que habré de lavar ollas y cacerolas y un montón de cosas? -preguntó Harvey.
-Y mucho más. No hay que alborotarse por esto, amiguito.
-No lo haré. Mi padre os dará lo bastante para comprar este puerco barco de pesca -y Harvey dio una patada contra el puente- si me devolvéis sano y salvo a Nueva York; fuera de que ya os habéis cobrado ciento cuarenta dólares.
-¿Cómo? -dijo Troop algo turbado.
-¿Que cómo? Demasiado bien lo sabéis. Y por añadidura queréis obligarme a un trabajo doméstico hasta el otoño. Os declaro que no. ¿Lo oís?
Troop miró un rato el extremo del palo mayor, en tanto que Harvey desahogaba su cólera.
-¡Silencio! -dijo al fin-. Yo sé medir mis responsabilidades.
Dan se adelantó furtivamente y cogió a Harvey por un codo.
-No tentéis a papá -le dijo-. Le habéis llamado ladrón dos veces, y esto no lo consiente de nadie.
-¡No quiero! -gritaba Harvey, sin hacer caso del aviso.
Troop meditaba tranquilamente.
-Quiero ser benigno con vos y no hacer bilis. ¿Me comprendéis? Diez dólares y medio como segundo grumete de la goleta, más los víveres; aprenderéis el oficio y os curaréis de la cabeza. ¿Sí o no?
-No -replicó Harvey-. Llevadme a Nueva York, si no...
Harvey oyó a Dan soltar la carcajada; a Dan que estaba ocupado en el palo mesana, y la sangre se le agolpó a la cara.
-Se os pagará bien. ¿Cuándo creéis que llegaremos a Nueva York?
-No tengo nada que hacer en Nueva York, ni tampoco en Boston -replicó Disko-. Es posible que veamos Easter Point allá para septiembre, y que vuestro papá, del que siento no haber oído hablar, me dé diez dólares por vuestro empeño. O que no me dé nada.
-¿Diez dólares? ¡Vaya! Mirad, yo...
Harvey se registró el bolsillo para sacar el fajo de billetes, pero lo único que encontró fue una cajetilla de cigarros, húmedos de agua.
-Esto no sirve y daña los pulmones -dijo Disko-; tiradlo al agua.
-¡Me han robado! -exclamó Harvey colérico.
-¿De modo que será preciso esperar a ver a papá para recompensarme?
-Me han robado ciento cuarenta dólares -repitió iracundo Harvey, hurgándose las faltriqueras-. ¡Devolvédmelos!
En la fisonomía del viejo Troop se operó un cambio curioso.
-Joven, ¿de qué podían aprovecharos a vuestra edad ciento cuarenta dólares?
-Eran mi gasto de un mes -replicó Harvey dándose tono.
-¡Oh! ¡Oh! Mucho dinero es para una mensualidad. ¿No se os recuerda haber chocado contra algo cuando caísteis de a bordo? Por ejemplo: haberos rasguñado la frente contra una escotilla. El viejo Hasken, del East Wind, tropezó con un cesto y fue a dar de cabeza contra el palo mayor, y tres semanas después el viejo Hasken pretendía que el East Wind era un acorazado para la destrucción del comercio, y, en consecuencia, declaró la guerra a Sable Island, con pretexto de hacerla a los ingleses. Cosiéronle en una camisa de fuerza, dejando al descubierto la cabeza y los pies, y ahora está en Essex, jugando con muñecas.
Harvey echaba espumarajos de rabia, pero Tropp siguió consolándole:
-¡Os compadezco, por ser tan joven! Creo que lo mejor será no hablar más de dinero.
-¡Claro! ¡Como que me habéis robado!
-Sea, si esto os consuela. En cuanto a que os devolvamos a vuestro hogar, cosa que no podemos hacer, ahora no estáis presentable, y nosotros hemos venido al Banco para ganarnos la vida. Nosotros no vemos la mitad de cien dólares en un mes, ni en todo el tiempo que emplearemos hasta septiembre en tocar tierra.
-¡Y no estamos más que en mayo! -suspiró Harvey-. Yo no puedo resignarme a estar aquí, nada más que porque vosotros necesitéis pescar. No puedo, ¿lo oís?
-Razón tenéis, mucha razón. Nadie os obliga a estar ocioso. Hay un sinfín de cosas que podéis hacer; puesto que Otto se ahogó, creo que por una racha de viento que se le llevó. Habéis venido para reemplazarle de un modo providencial para nosotros. Temo, sin embargo, que no serviréis para gran cosa.
-Yo os la puedo deparar buena, a vos y a toda la tripulación, cuando lleguemos a tierra -respondió Harvey con un guiño; añadiendo vagas amenazas a propósito de «piratería», a las que Troop contestaba riéndose y diciendo:
-Basta de habladurías. Estáis a bordo del We're Here, abrid el ojo; ayudad a Dan en lo que se ofrezca y os daré, aunque no lo ganéis, diez dólares y medio al mes, o lo que es lo mismo, treinta y cinco al fin de la pesca. El trabajo os serenará la cabeza y podréis decirnos entonces lo que queráis sobre vuestro papá, vuestra mamá y vuestro dinero.
-Mi madre va en el steamer -dijo Harvey con los ojos llenos de lágrimas-. Llevadme en seguida a Nueva York.
No pudo decir más, porque un puñetazo que Troop le arrimó a las narices, le tendió sobre los imbornales, en tanto que el otro le contemplaba tranquilo.
-Dan -acabó por decir a su hijo-; no estaba prevenido en contra de este joven cuando le vi a bordo, porque no hay que hacer juicios temerarios. No te dejes llevar de juicios temerarios, Dan. Ahora estoy disgustado con él, porque está claro que tiene alborotada la cabeza. No es responsable de los insultos que me ha largado ni de sus historias de dinero. Trátale bien, Dan, si no quieres que te caliente. Las pequeñas hemorragias despejan la cabeza. Lava esto...
Troop bajó con gravedad al camarote en que estaban las literas de él y de los hombres de más edad de a bordo, dejando a Dan que consolara al infortunado heredero de treinta millones de dólares.
-Ya os advertí -dijo Dan- lo que era papá, y tenéis vuestro merecido. ¡Bah! No hay que tomar a pecho las cosas. (Las espaldas de Harvey se movían con espasmos de gemidos). Yo sé lo que es esto. La primera vez que papá me castigó, fue en mi primer viaje.
Y también la última.
-¡Ah! -gemía Harvey-. Este hombre se ha vuelto loco o está ebrio y... yo no puedo hacer nada.
-No digáis esto de papá -corrigió Dan en voz baja-. Aborrece el alcohol, y en cuanto a locura, dirá que el guillado sois vos. ¿Por qué habéis llamado ladrón a mi padre?
Harvey se aquietó en su asiento, se enjugó la nariz ensangrentada y contó la historia del manojo de billetes de banco que le faltaban.
-Yo no estoy loco -acabó por decir-; pero vuestro padre no ha visto nunca más de un billete de cinco dólares a la vez, mientras que el mío podría con la renta de un día comprar este barco.
-No sabéis lo que vale la We're Here. Nuestro padre debe tener un montón de dinero. ¿Cómo lo ha ganado? Papá dice que los locos exageran lo que dicen.
-Lo ha ganado en las minas y en otros negocios del Oeste.
-He leído algo de estas cosas. ¿Es en el Oeste donde se trabaja armado de una pistola y montado en un poney, como en el circo? Se llama el Oeste salvaje y tengo entendido que las espuelas y las bridas de estos colonos son de plata maciza.
-Sois un ignorante, Dan. Mi padre no necesita de caballos; cuando quiere viajar toma su car.
-¿Un lobster car?
-No, su vagón propio. ¿No habéis visto nunca un coche reservado?
-He visto uno en el Depósito de la Unión -contestó Dan con modestia-, en Boston, con tres negros que limpiaban la escotilla con la escoba. (Dan quería decir que limpiaban los cristales). Pertenecía a Slatin Beeman; pero este es propietario de casi todos los ferrocarriles de Long Island, y aún se pretende que ha comprado la mitad de Nuevo Hampshire y la ha circunvalado con una línea de defensa, llena de leones, tigres, osos, búfalos, cocodrilos y otras bestias de esta calaña. Slatin Beeman es un millonario y yo he visto su coche.
-Pues bien; mi padre es lo que se llama un multimillonario, y tiene dos coches suyos. Uno se llama Harvey, en honor mío; el otro, Constancia, por mi madre.
-¡Juradlo! Papá no me deja jurar nunca; pero se me figura que vos podéis hacerlo. Antes de continuar quiero que me digáis que queréis morir antes que mentir.
-¡Naturalmente! -contestó Harvey.
-No basta esto. Decid: «Quiero morir si no digo la verdad».
-Quiero morir aquí mismo -añadió Harvey- si digo algo que, por pequeño que sea, no sea verdad.
-Incluso los ciento cuarenta dólares de los que oí hablabais a papá, y por cuya causa casi os traga como la ballena a Jonás.
Harvey protestó avergonzado. Dan era, a su manera, un joven muy espabilado; así que en diez minutos de preguntas, se convenció de que Harvey no mentía, a lo menos, con exageración; aparte que este se había comprometido a decir la verdad, con el más temible juramento que se emplea entre jóvenes, y allí estaba lleno de vida, con la punta de la nariz encarnada, en disposición de contar maravilla tras maravilla.
-¡Magnífico! -dijo Dan convencidísimo, cuando Harvey acabó el inventario del coche-vagón bautizado con su nombre-. Os creo, Harvey -añadió con una sonrisa de placer-; por esta vez papá se ha equivocado.
-Sí, sí, a buen seguro -repitió Harvey, que meditaba un pronto desquite.
-Papá se enfurecerá, porque aborrece engañarse en sus juicios.
Dan se apoyó hacia atrás, agazapándose sobre las piernas.
-¡Oh, Harvey, no lo echéis a perder todo siguiendo lo mismo con mi padre!
-No tengo ganas de que me caliente de nuevo; pero me la debe.
-No he oído decir nunca que nadie se haya cobrado de mi padre. Lo que no debéis dudar es que os sentará la mano otra vez. Cuanto más crea haberse equivocado, más serán los golpes. ¿De modo que dos carros de viaje, uno bautizado con vuestro nombre y otro con el de vuestra madre, y doscientos dólares semanales en el bolsillo, y, a pesar de esto, abofeteado por no querer trabajar por diez dólares y medio al mes? ¡Tiene gracia!
Dan no pudo contener la risa.
-¿Tengo o no, razón? -dijo Harvey, que creyó haber encontrado una simpatía.
-No la tenéis y debéis enmendaros. Poneos a mi lado con la cabeza baja, que yo os aliviaré la carga. Papá me abruma de trabajo, porque soy su hijo, y detesta los favoritos. Comprendo que estéis furioso contra él; yo lo he estado más de una vez. Pero papá es un hombre justo, y toda la flotilla le tiene en este concepto.
-¿Justo, eh? -repitió Harvey mostrando su nariz ultrajada.
-Esto no es nada. Ha servido para descongestionaras la cabeza, y papá lo hizo por vuestra salud. Sin embargo, yo no puedo tener relaciones con un hombre que piensa que yo o papá, o no importa quién de la goleta, es un ladrón. Nada tenemos de común con la chusma que bulle en los muelles; somos pescadores que navegamos juntos hace más de seis años. Tened esto presente. Ya os dije que papá no me permitía jurar; llama a esto vanos juramentos y patochadas; pero si yo pudiera contarle lo que me habéis dicho sobre vuestro padre y la fortuna que posee, le hablaría de vuestros billetes de banco. Ignoro lo que contenían vuestros bolsillos cuando sequé vuestra ropa, porque no la registré; pero puedo deciros, sirviéndome de vuestras mismas palabras, que ni yo ni papá, y nadie más había a bordo, ha tocado a nada de lo que trajisteis encima, y no sabemos nada de lo referente al dinero. Os doy mi palabra. Así pues...
La sangría de la nariz había, probablemente, aclarado las ideas de Harvey, o tal vez la soledad del mar, porque ahora dijo:
-¡Está bien!
Bajó los ojos con aire contrito.
-Me parece, Dan, que no me he mostrado muy agradecido para quien me salvó del agua.
-¡Bah! No estabais en vuestros cabales cuando hablasteis.
-Mejor hubiera hecho en pensar que había perdido mis billetes -se dijo Harvey-, en lugar de tratar de ladrones a los de a bordo. ¿Dónde está vuestro padre?
-En el camarote. ¿Qué queréis de él?
-Lo vais a ver -contestó Harvey.
A grandes pasos se dirigió hacia la escalera del camarote, donde se destacaba el reloj del buque, frente a la rueda del timón. Troop, en el camarote pintado de color chocolate y amarillo, estaba atareado con un cuaderno de notas, sirviéndose de un lápiz negro, que a cada paso mojaba con la lengua.
-No he obrado bien -dijo Harvey sorprendido de su propia humildad.
-¿Qué ocurre? -preguntó el patrón-. ¿La habéis tomado con Dan, eh?
-No, vengo únicamente por vos.
-Aquí estoy para escuchar.
-Pues... he venido para poner las cosas en su punto -dijo Harvey con resolución-. Cuando uno se ve salvado de un naufragio...
Su garganta se estrangulaba.
-¿Eh, eh? Por este camino ya parecéis otro -observó Troop.
-No debía haber empezado insultando...
-Es verdad -repuso Troop sonriéndose.
-Vengo, pues, a deciros que estoy apenado de lo que hice.
Otro atragantamiento de la voz.
Troop se levantó lentamente del cofre en el que estaba sentado, y tendió una mano larga de once pulgadas.
-Ya adiviné que esto os haría bien, y eso me prueba que no me engañé en mis juicios. (Una risotada llegó de pronto a su oído). Rara vez me equivoco.
La mano de once pulgadas apretó la de Harvey, al punto de oprimirla hasta el codo.
-Ya daremos más nervio a esto antes de separarnos, joven; pero suceda lo que suceda, no pienso mal de vos. No erais responsable de lo que hablasteis. Portaos bien, y no lo pasaréis mal.
-Os encuentro pálido -dijo Dan cuando Harvey subió al puente.
-Pues a mí no me lo parece -contestó el otro, encendido hasta las orejas.
-No quise decir esto. Oí a papá. Cuando confiesa que no piensa mal de un hombre, es que se hace su amigo. Aborrece engañarse en sus opiniones; ¡oh!, pero una vez que se ha formado una opinión, antes abatiría su bandera ante un inglés que daría el brazo a torcer. Me satisface que todo se haya arreglado bien. Papá tiene razón cuando dice que no puede devolveros. En esta pesca nos ganamos todos la vida. Los tripulantes van a estar de regreso dentro de media hora, más pronto que los tiburones a la vista de una ballena muerta.
-¿Para qué?
-Para cenar. ¿Acaso no os señala la hora vuestro estómago? Tenéis que aprender un montón de cosas.
-Así lo creo -respondió Harvey en tono amargo, mirando el embrollo de cordajes y de roldanas encima de su cabeza.
-Es un primor -observó Dan entusiasmado, siguiéndole con la mirada-. Esperad a que se largue la vela mayor y que navegue hacia casa nuestra goleta. De todos modos hay mucho trabajo que llenar.
Y apuntó a un gran cesto abierto entre dos mástiles.
-¿Para qué sirve esto? -preguntó Harvey.
-Esto lo tenemos que llenar yo, vos y otros; ahí va el pescado.
-¿Vivo? -preguntó Harvey.
-No. En cuanto está muerto se le aplana y se sala. En la sentina hay treinta toneladas de sal.
-¿Dónde está el pescado?
-En el mar, pero vendrá al buque. La noche que vinisteis aquí había ya cuarenta.
Y señaló una especie de cerco de madera en frente del castillo de popa.
-Será menester que vos y yo llenemos esto a oleadas cuando no las haya. Quiera Dios que se llene esta noche. He visto al barco hundirse medio pie debajo el pescado para limpiarlo, en tanto que nosotros estábamos de pie en las tablas, por mucho sueño que tuviéramos. ¡Ya vienen!
Dan miró por encima la pavesada y vio media docena de lanchas bogando hacia el buque, en un mar luciente y tranquilo.
-Nunca he visto la mar tan baja -dijo Harvey-. ¡Esto es magnífico!
El sol, en el horizonte, cubría el agua de púrpura y rosa y encendía luces de oro en el lomo de las olas, sembrando las concavidades de sombras azules y verdes. Parecía que cada una de las goletas pesqueras trajeran hacia sí, con invisibles hilos, sus respectivas lanchas, que se llovían al impulso de los remos como juguetes mecánicos.
-Han trabajado de firme -dijo Dan mirándolos a cegarritas-. Manuel no tendrá sitio para un pescado más. Se desliza en el agua como una hoja de nenúfar llevada por la corriente.
-¿Quién es Manuel? Me extraña cómo podéis conocer a la gente desde tan lejos.
-El último bote al sur. Es el que os encontró la noche pasada -dijo Dan apuntando con un dedo-. Manuel boga a la moda de los portugueses; no podéis menos de reconocerle. Al este de él se encuentra Pen. Diríase que está cargado de saleratus. Al este también, y en la misma línea, llega Long Jack, el jorobado. Es un irlandés, de Galway, que vive en South Boston, distrito favorito de sus paisanos; por otra parte, muy buenos reclutas para un barco. Más lejos, hacia el norte, está Tom Platt, a quien pronto oiréis cantar. Ha sido marinero en el Ohio, el primero de nuestra flota en doblar el cabo de Hornos. Menos cuando canta, casi no habla de otra cosa, y en la pesca se siente muy inspirado. ¡Atención! ¿No os lo decía?
Un murmullo, que parecía melodioso, venía, en efecto, por el norte, y Harvey oyó esta vieja canción americana:
Venga el mapa, el triste mapa,para ver dónde estos montes se encuentran;las nubes se amontonan en sus cimas,las nieblas se arrastran a sus pies.
-¡Lleno hasta las bordas! -dijo Dan soltando la risa-. Si nos envía O Capting, entonces se llenará hasta hundirse.
El murmullo continuaba:
Ahora, capitán,te ruego con afán,que al morir no me entierrenen la iglesia o en el claustro.
-Doble golpe de Tom Platt. Mañana os contará todo lo relativo al viejo Ohio. ¿Veis una lancha azul detrás de él? Es mi tío, el hermano de mi padre, y si le fue mal en el Banco, estad seguro que se lo hará pagar al tío Salters. Ved cómo boga a tientas. Apostaría mi parte que viene picado.
-¿Picado, de qué? -preguntó Harvey, que empezaba a interesarse.
-De fresas, de limones y pepinos -plantas marinas venenosas parecidas a estas frutas-. Sí; está picado hasta los codos. Este hombre tiene mala suerte. Ahora nos pondremos en las palancas para izarlos a bordo. ¿Es verdad lo que me dijisteis, que no habíais trabajado en vuestra vida? Esto debe ser aburrido.
-Voy a probar a trabajar en lo que sea -contestó resueltamente Harvey-, aunque no lo entienda.
-¡Coge esta palanca! ¡Detrás de ti!
Harvey empuñó una cuerda y un garfio de hierro que colgaba de uno de los estays del palo mayor, mientras Dan halaba de otro, cogido a lo que él llamaba un balancín, en el momento que se acercaba Manuel con su bote cargado.
El portugués se sonreía de un modo que Harvey aprendió a conocer después, y con la ayuda de una horca de mango corto, fue echando el pescado en el puente.
-¡Doscientos treinta y uno! -gritó.
-Dadle el gancho -dijo Dan.
Harvey pasó el gancho a Manuel y este lo hizo pasar por un nudo de cuerda a la proa de la lancha; cogió la palanca de Dan, la afianzó en el tambor de atrás y trepó a la goleta.
-¡Tira! -gritó Dan.
Así lo hizo Harvey, asombrado de la facilidad con que se izaba el bote.
-Sujeta bien, para que no se quede en las barras de la gavia -dijo riendo Dan.
Harvey sujetó bien, porque la lancha estaba encima de su cabeza.
-Empuja de lado -gritó Dan.
Así lo hizo Harvey, en tanto que Dan desvió la pequeña embarcación hasta que esta tocó suavemente en el puente, detrás del palo mayor.
-Vacía no pesa nada. Lo has hecho bien para tratarse de un principiante. Cuando hay marejada cuesta más trabajo.
-¡Ah! ¡Ah! -dijo Manuel, alargando una mano morena-. Ahora va mejor que ayer a la misma hora.
-Os estoy muy agradecido -balbuceó Harvey.
Instintivamente llevó la mano al bolsillo de los billetes, pero se acordó que no tenía dinero que ofrecer. Cuando trabó más amistad con Manuel, ante la idea de la falta que pudo cometer, se avergonzaba en el fondo de su litera.
-No hay que agradecerme nada -dijo Manuel-. No podía dejaros ir a la deriva alrededor del Banco. Ahora sois pescador. ¡Oy-dá!
Dobló el cuerpo adelante, luego atrás, con fuertes contracciones para quitarse el calambre.
-Hoy no he limpiado el bote. Tuve mucho que hacer. Danny, hijo mío, límpialo por mí.
Harvey se adelantó, pareciéndole que era lo menos que podía hacer por el hombre que le había salvado la vida.
Dan le echó un balde y él se dobló sobre el bote, para limpiarlo con cierta torpeza, pero con buena voluntad.
-Quita los bancos, que resbalan en sus ranuras -dijo Dan-. Echa un balde de agua y ponlos en la cala. No dejes nunca un banco suelto, porque cualquier día te puede hacer falta. ¡Aquí está Long Jack!
Un reguero brillante de pescado vino de otro bote al puente de la goleta.
-Manuel, coge la palanca; voy a fijar las tablas. Harvey, apártate de la lancha de Manuel. La de Long Jack se encajará adentro.
Harvey dejó su ocupación y vio el fondo de un bote encima de su cabeza.
-Lo mismo que un juego malabar, ¿no es verdad? -dijo Dan cuando el bote cayó dentro del otro.
-Le va tomando tanta afición, como un pato al agua -dijo Long Jack, un irlandés de Galway, de barbilla gris, labio superior prominente, y que movía el torso lo mismo que el portugués Manuel.
Se oía por la escotilla gruñir a Disko, y también el ruido que hacía chupando el lápiz.
-¡Ciento cuarenta y nueve y medio!... ¡Que Dios te confunda, Discóbulo! -dijo Long Jack-. Me mato por llenar tus bolsillos. No importa; mi pesca no vale nada al lado de la de Manuel.
Se oyó un ruido sordo. Era otro bote que acostaba a la goleta con su botín de pescado.
-¡Doscientos tres! Veamos al huésped.
El que así hablaba era un irlandés, y su cara tenía la particularidad de estar cruzada oblicuamente, del ojo izquierdo a la comisura derecha de los labios, por una cuchillada.
No viendo más que hacer, Harvey se dio a lavar con su balde cada bote que llegaba; quitaba los bancos y los ponía en las respectivas calas.
-Pronto ha cogido el trote -dijo el hombre de la cuchillada, que no era otro que Tom Platt, contemplando a Harvey-. Hay dos maneras de hacer las cosas: una, a la moda de los pescadores, otra...
-Como hacíamos nosotros en el Ohio -interrumpió Dan, atravesando rápidamente el grupo de los pescadores con una gran tabla con pies-. ¡Quitaos de aquí, Tom Platt, y dejadme poner las mesas!
Apretó una de las extremidades de la plancha entre dos muescas en los bordajes, quitó el larguero de un puntapié y bajó la cabeza al tiempo de evitar el bofetón que le enviaba el marino.
-Ni más ni menos que como se hacía a bordo del Ohio, Danny -dijo Tom Platt riéndose.
-Pues se hacía mal, porque todavía falta -contestó Dan-. ¡Tirad de delante! ¿No veis que tengo prisa?
-Danny, tú te pasas el día durmiendo sobre el cable -dijo Long Jack-. Eres el colmo del descaro, y me persuado que antes de una semana vas a pervertir a nuestro huésped.
-Se llama Harvey -observó Dan, blandiendo dos cuchillos de forma extraña, los que puso con gracia sobre la mesa; dobló la cabeza y miró el efecto.
-Creo que esto hace cuarenta y dos -dijo una voz áspera, al otro lado de la borda.
Todos se echaron a reír, mientras otra voz respondía:
-Entonces tengo mejor suerte, porque yo tengo cuarenta y cinco.
-Cuarenta y dos o cuarenta y cinco. Perdí la cuenta exacta.
Eran Pen y el tío Salters, que contaban su pesca. Sus dos lanchas se balanceaban una al lado de la otra y golpeaban el flanco de la goleta.
-¡Paciencia! -decía el tío Salters, retrocediendo ante el agua, que saltaba con ruido-. ¿Cómo un cultivador, como sois vos, se hace pescador?
-Señor Salters, me hice marinero a causa de una dispepsia nerviosa, y creo que vos mismo me lo aconsejasteis.
-¡Así os ahoguéis en el Hoyo de la Ballena vos y vuestra dispepsia nerviosa! -rugió Salters-. ¿En qué quedamos? ¿Son cuarenta y dos o cuarenta y cinco?
-Lo he olvidado, señor Salters. Contemos.
-No veo cómo pueden ser cuarenta y cinco. Cuenta con cuidado, Pen.
En esto Disko Troop salió de su camarote.
-Salters, tira tu pescado en seguida -dijo con tono autoritario.
-No estropeéis la cuenta, papá -dijo Dan-. Los dos están empezando.
-¿Pues no los está ensartando de uno en uno? -gritó Long Jack al ver a Salters, que se dedicaba a hacer esto, mientras que en la otra lancha Pen contaba una hilera de capas de pescados.
-Es la pesca de otra semana -acabó diciendo con displicencia.
Manuel empujó con el codo a Dan. Este se fue a la palanca, y echándose la mitad del cuerpo fuera, deslizó el garfio de la popa, en tanto que Manuel mantenía sólidamente el bote por la proa.
Los demás tiraron con bríos y trajeron a bordo lancha, hombre, pescado y todo.
-Uno, dos, cuatro... nueve -dijo Tom Platt haciendo la cuenta con mirada experta-. ¡Son cuarenta y siete, Pen!
Dan dejó arriar la palanca y así pudo bajar el marinero de la lancha, entre el torrente de su pescado.
-Me he equivocado en mi cuenta -decía Salters.
Pero sin dejarle protestar fue izado a bordo.
-¡Cuarenta y uno! -dijo Tom Platt-. ¡Me ha vencido un cultivador del campo, Salters!
-La cuenta no está justa -repuso este yendo al depósito común del pescado-; estoy cosido a picaduras.
En efecto, sus manazas estaban hinchadas y veteadas de rojo y blanco.
-Creo que hay gente que iría a buscar cotufas en el golfo, aunque fuera buceando -observó Dan hablando a la luna, que acababa de salir.
-También los hay -contestó el tío Salters- que se alimentan del jugo de la tierra, durmiendo, y que se burlan de su propia sangre.
-¡A la mesa! ¡A la mesa! -gritó a bordo una voz no oída hasta entonces por Harvey.
Disko Troop, Tom Platt, Long Jack y Salters, obedientes a aquella voz, marcharon adelante. Little Pen se inclinó sobre su torniquete cuadrado de alta mar y sobre las hileras de bacalao amontonado. Manuel se tendió cuán largo era en el puente, y Dan desapareció en la cala, donde Harvey le oyó golpear barriles con un martillo.
-Es la sal -dijo al volver-. En cuanto hayamos cenado, haremos el tocado al pescado. Tú echarás a papá. Tom Platt y él arruman juntos, y les oirás discutir. Tú y yo somos el segundo turno. Manuel y Pen la juventud y la belleza del barco.
-No deja de ser una ventaja -observó Harvey-. Tengo hambre.
-En un minuto acaban. ¡Hum! Esta noche pinta bien. Papá embarcó un buen cocinero, aunque no quiera su hermano. ¿Se ha cogido buena pesca, eh? (Señalaba con el dedo los depósitos donde se apilaban los bacalaos).
-Manuel, ¿cuánta agua tenías?
-Veinticinco brazas -respondió el portugués con voz adormecida-. El pescado muerde pronto y bien. Uno de estos días lo veréis, Harvey.
La luna seguía su curso sobre el tranquilo mar, mientras los mayores de edad de a bordo comían en popa. El cocinero no tuvo necesidad de gritar: «Segundo turno». Dan y Manuel bajaron por la escotilla y se sentaron a la mesa antes que Tom Platt, el último y el más circunspecto de los mayores, acabara de limpiarse la boca con el revés de la mano.
Harvey siguió a Pen, y se sentó ante un cubo de hojalata lleno de lenguas y de vejigas de bacalao, mezcladas con pedazos de tocino y patatas fritas, una tajada de pan caliente y café negro y fuerte. Por hambrientos que todos estuvieran, esperaron a que Pen dijera el benedicite en tono solemne. Tras esto engulleron de firme y en silencio, hasta que Dan, tomando aliento, preguntó a Harvey qué tal le iba.
-Estoy lleno, pero aún puedo con el último bocado.
El cocinero era un negro corpulento, pero negro azabache. Se diferenciaba de los vistos hasta entonces por Harvey en que no hablaba, contentándose con sonreír e invitar con un gesto mudo a repetir los bocados.
-Ya ves, Harvey -dijo Dan golpeando la mesa con el tenedor-, que sucede como te dije. Los jóvenes y hermosos como tú, yo, Pency y Manuel somos la segunda tanda, y comemos cuando la primera ha concluido. Ellos, los viejos, se confortan el vientre viniendo los primeros, sin merecerlo. ¿Verdad, doctor?
El cocinero hizo señal de que sí.
-¿No puede hablar? -preguntó en voz baja Harvey.
-Lo bastante para salir del paso. Su lengua materna es muy difícil. Procede del interior del Cabo Bretón, donde los cultivadores hablan el escocés a secas. Cabo Bretón está lleno de negros cuyos padres se refugian allí durante la guerra de Secesión y hablan como los cultivadores en algarabía.
-No es el escocés -dijo Pen-; es el galaico, según he leído en un libro.
-Pen lee siempre. Casi todo lo que dice es que lo ha leído, menos cuando cuenta su pescado.
-¿Acaso tu padre les deja decir el pescado que traen, sin contarlo él?
-¿Por qué no? No vale la pena de mentir por algunos bacalaos miserables.
Siempre más y nunca menoscada vez que nos limpiemos.
atronó Long Jack por la escotilla.
Con esto, el turno segundo se echó arriba.
La sombra de los mástiles y del aparejo, con la vela de capa que nunca se amainaba, se movía de derecha a izquierda, en el claro de la luna, sobre el puente que movía el oleaje; y el pescado apilado a popa lucía como un montón de plata liquida. Oíanse pisadas y ruido de arrastres producidos en la cala por Disko y Tom Platt, que andaban entre los cofres de sal. Dan pasó una horqueta a Harvey y le llevó al extremo de la primera mesa, donde el tío Salters tocaba impaciente el tambor con el mango de un cuchillo. A sus pies tenía un balde de agua salada.
-Ten cuidado que el tío Salters te haga saltar un ojo -dijo Dan a Harvey-. Yo voy a sacar sal de la cala.
Y desapareció por la escotilla.
Pen y Manuel, hundidos hasta las rodillas en el depósito de la pesca, blandían cuchillos abiertos. Long Jack, con un cesto a sus pies y mitones en las manos, estaba frente a Salters, en la misma mesa, mientras Harvey contemplaba la horqueta y el balde.
-Hi! -gritó Manuel bajándose y cogiendo a un bacalao, pasándole un dedo por una agalla y otro dedo por el ojo.
Lo extendió en el borde del receptáculo; la hoja del cuchillo despidió un brillo, acompañado del ruido de un desgarro, y el pez, rajado de la garganta a la cola, con una cortadura a cada lado del cuello, cayó a los pies de Long Jack.
-Hi! -repitió este, haciendo una cuchara con la mano enguantada.
El hígado del bacalao cayó en el cesto. Otro retorzón y otra mano en cuchara, arrancaron la cabeza y los menudos, y el pez, vacío, resbaló en las manos del tío Salters, que soplaba con aire feroz. Por un nuevo desgarro, la espina dorsal voló por encima del vivero, y el bacalao, sin cabeza, sin tripas, abierto en canal, cayó en el balde, salpicando de agua salada a Harvey, que miraba la escena con asombro.
Pasado el primer grito, los hombres guardaron silencio. Los bacalaos se agitaban en el vivero como si aún tuvieran vida, y mucho antes que Harvey volviera de su asombro ante la maravillosa destreza de la operación, su balde se volvió a llenar.
-¡Echa! -gritó el tío Salters, sin volver la cabeza.
Harvey echó dos o tres pescados a la vez abajo de la escotilla.
-Hi! Tíralos a brazadas, no sueltos -gritó Dan-. El tío Salters es el mejor cortador de toda la flotilla. Corta un bacalao como quien abre las hojas de un libro.
Porque es el caso que en este día el buen Salters, para matar el rato, se entretenía en cortar las hojas de una revista. El cuerpo de Manuel, todo encorvado, guardaba la inmovilidad de una estatua; moviendo solo los brazos, afanado en el pescado. Litte Pen se afanaba de igual modo, pero le faltaban fuerzas, y Manuel le ayudaba de cuando en cuando.
Una vez Manuel lanzó un alarido, porque se había herido un dedo con un anzuelo. Esta clase de anzuelos están fabricados con un metal blando, lo que permite volver a enderezarlos cuando ya han servido; pero sucede a menudo que el bacalao se libra de él, aunque vuelva a ser cogido, por cuya causa los pescadores de Glocester odian a los pescadores franceses.
En la cala, el desgrane de la sal en bruto, con la que se frotaba la carne cruda, resonaba como el chirrido de una rueda de molino, juntamente con el ruido de los cuchillos en el vivero, con el aplaste de las cabezas arrancadas, de los hígados y de los despojos, y el golpe final de la caída de los cuerpos grandes, abiertos y todavía húmedos, en los cubos de agua.
Al cabo de una hora, Harvey hubiera dado cualquier cosa por descansar; porque el bacalao fresco y húmedo pesa más de lo que parece. Dolíale la espalda a fuerza de echar bacalao tras bacalao por la escotilla; pero comprendiendo que formaba parte de una tripulación de hombres laboriosos, se despertaba su orgullo y no cejaba en su tarea.
-¡Un cuchillo! -gritó el tío Salters.
Pen se dobló entre los pescados; Manuel se inclinó hacia atrás, y Long Jack se apoyó en el bordaje. Apareció el negro cocinero, como una sombra, recogió un montón de espinas y de cabezas, y se retiró.
-Despojos para almorzar y sopa de cabezas -observó Long Jack.
-¡El cuchillo! -repitió Salters, blandiendo el arma plana y encorvada del degollador.
-¡Mira a tus pies, Harvey! -dijo Dan desde abajo.
Harvey vio una media docena de cuchillos puestos en un armero, en el marco del depósito. Los distribuyó a la reunión, recogiendo los ya mellados.
-¡Agua! -pidió Disko Troop.
-La barrica está delante y la escudilla al lado. ¡Pronto, Harvey! -repuso Dan.
Esta barrica sirve de depósito de agua en el puente y se llena con la cisterna de a bordo.
En un instante, Harvey volvió con una escudilla llena de agua limpia y destilada; verdadero néctar, que desató la lengua a Disko y a Tom Platt.
-Así es el bacalao -dijo Disko-. No es ningún higo de Damasco y menos plata en barras, Tom Platt. Así te lo tengo dicho desde que navegamos juntos.
-Que son siete campañas -replicó Platt tranquilamente-. Pero un buen lastre nunca está de más. Si tú hubieras visto cuatrocientas toneladas de hierro colocadas en...
-Hi!
A este grito de Manuel se reanudó el trabajo, que no paró hasta que el vivero quedó vacío. En cuanto todo el bacalao quedó abajo, Troop subió al camarote con su hermano, bordeando hacia popa; Manuel y Long Jack se fueron hacia proa; Tom Platt esperó solo el tiempo que necesitaba para arreglar el depósito, antes de eclipsarse a su vez. Medio minuto después, Harvey oyó resonar en el camarote unos ronquidos formidables, y con la boca abierta contemplaba a Dan y a Pen.
-Esto ha ido algo mejor que otras veces, Danny -dijo Pen con los párpados cargados de sueño-, pero creo que es mi deber ayudar a la limpieza.
-Ni por mil quintales de pescado quisiera tener tu conciencia -replicó Dan-. Entra, Pen. Tu oficio no es el de grumete. Trae un balde de agua, Harvey. ¡Eh!, Pen, antes de dormir, pon esto fuera. ¿Puedes aguantar el sueño hasta entonces?
Pen levantó el pesado cesto de hígados de bacalao, que vació en una barrica cuya tapa en charnelas iba amarrada al castillo de popa, y en seguida desapareció en su camarote.
-Ahora les toca a los grumetes limpiar a bordo -dijo Dan-, y hacer la primera guardia en tiempo de calma.
Dan hizo a gran prisa el baldeo; desmontó la mesa, la enderezó, poniéndola a secar a los rayos de la luna, y limpió los ensangrentados cuchillos con un tapón de estopa, afilándolos después con una pequeña rueda de amolar; en tanto que Harvey, por indicación suya, tiraba por la borda despojos y espinas de pescado.
Al primer tiro que echó al agua, se levantó sobre el tranquilo mar una sombra de blanco plateado, exhalando un suspiro sibilante y agorero. Harvey retrocedió horrorizado, dando un grito, mientras Dan se echaba a reír.
-Es una orca -dijo-; un cetáceo goloso de las cabezas de pescado. Se yergue, como has visto, sobre su cola cuando tiene hambre, y realmente parece un fantasma.
Un horrible hedor a pescado podrido llenó el aire, no bien el espectro blanco se hundió, agitando el agua del mar con grandes burbujas oleosas.
-¿No habías visto a ninguna orca erguida en su cola? Pues las verás a centenares en adelante. Bueno es tener un grumete a bordo. Otto era demasiado viejo, y, además, era sueco, motivo por el cual él y yo nos pegábamos con frecuencia. Lo peor era que hablaba y yo no le entendía. ¿Tienes sueño?
-Yo duermo en pie -contestó Harvey, inclinando hacia adelante la cabeza.
-Cuando se está de cuarto, no se debe dormir. Espabílate y anda a ver si el farol de a bordo arde y alumbra bien. Ahora estás tú de guardia.
-¡Bah! ¿Qué puede sucedemos ahora, con esta luna tan clara?
-Las cosas se improvisan, dice papá. Con buen tiempo, buen sueño y sin saber cómo, a lo mejor nos parte por medio un paquebote y diecisiete oficiales de marina, galoneados, levantan la mano para jurar que los faroles de a bordo estaban apagados y que había una espesa niebla. Harvey, yo te he cobrado afición, pero si te vuelvo a ver adormilado, te despertaré con un trato de cuerda.
La luna, testigo en el Banco (de Terranova) de tantas cosas extrañas, vio a un joven esbelto, en knikerbockers y en jersey encarnado, dando pasos inciertos a bordo de una goleta de setenta toneladas; yendo detrás de él, con una cuerda de nudos a manera de sayón, un mozalbete que bostezaba, vigilándole.
La rueda del timón gemía al moverla el balanceo del barco parado. En la vela mayor gemía la brisa, el cabrestante crujía, y harto del espectáculo, Harvey reclamaba, amenazaba, imploraba, acabando por llorar de firme, mientras Dan preconizaba las ventajas de la vigilancia, haciendo restallar la cuerda con que amenazaba al bisoño.
Por fin, el reloj del camarote dio las diez, y al décimo toque, Little Pen se encaramó al puente.
Encontró a dos jóvenes, o mejor a dos fardos, junto uno al otro, tan profundamente dormidos, que los empujó, rodando materialmente hasta sus literas.
Fue el sueño de plomo que aclara el espíritu, la vista y el corazón, y que pone al muerto de hambre delante el desayuno.
Vaciaron un gran plato de peltre lleno de una sopa de pedazos de pescado muy jugoso, que eran los despojos que el cocinero había cogido la noche anterior. Limpiaron los platos y las cacerolas del turno de los mayores, idos a la pesca; cortaron pedazos de tocino para la comida del mediodía, llenaron las lámparas, sacaron carbón y agua para el cocinero e inspeccionaron la cala donde se quedaban las provisiones de a bordo. Fue otro día alegre y tranquilo, con el que Harvey se llenó de aire sano los pulmones.
Otras goletas estaban a la vista en la noche, y el mar estaba cubierto de velas y de botes. A lo lejos, en el horizonte, el humo de algún vapor, cuya quilla permanecía invisible, empañaba el límpido aire, y del lado Este, las velas de un navío que empezaban a hincharse, señalaban un marco cuadrado. Disko Troop fumaba, apoyado en el techo del camarote, mirando a los barcos a la vista o la pequeña girándola del palo mayor.
-Cuando papá está así -cuchicheó Dan a Harvey- es que medita algo importante. Apostaría mi paga y mi parte, que vamos a navegar pronto. Papá conoce el bacalao y la flotilla sabe que papá lo conoce. ¿Ves llegar uno a uno, a estos barcos y dar vueltas en torno de nuestra goleta? Uno es el Prince Leboo, un barco de Chatham. El otro con un remiendo en su vela de mesana y un foque nuevo, es el Carrie Pitman de West Chatham. No hace más que ir a la deriva, porque no hay ancla que pueda sujetarle. Cuando el humo se levanta en pequeños anillos, es que papá estudia el pescado. Si en este momento le habláramos, se pondría furioso. La última vez que le distraje me tiró una bota, que por poco me descalabra.
Disko Troop miraba avante, con la pipa en los dientes y con ojos que parecían no ver. Como lo decía su hijo, estudiaba el pescado, poniendo su conocimiento y su experiencia del Banco en relación con el número de bacalao en aquellas aguas. Admitía la presencia de otras goletas, como homenaje a su superioridad de pescador, pero quería retirarse y anclar en otro sitio, él solo, hasta subir a la Virgen para pescar en las calles de esta ciudad que rumorea sobre las aguas.
Esto es lo que pensaba Troop, calculando, además, el tiempo que hacía, las tempestades, las corrientes, los recursos alimenticios y otros arreglos domésticos, poniéndose desde el punto de vista de un bacalao de veinte libras. Él mismo se convirtió durante una hora en otro bacalao, de un modo sorprendente. Luego se retiró, sin dejar la pipa.
-Papá -le abordó Dan-. Hemos concluido nuestra faena. ¿Podemos salir un poco? Hace buen tiempo para la pesca.
-Quita a este su gabán cereza y sus zapatos de color de pan quemado. Dale otra ropa de más sentido común.
-Papá está contento; esta es la prueba -dijo Dan satisfecho, llevándose a Harvey al camarote, mientras Troop tiraba una llave por los escalones-. Papá guarda unos vestidos de reserva en un lugar que él sabe, porque mamá dice que yo soy un descuidado.
Registró en un baúl, y en menos de tres minutos Harvey se trajeó con un par de botas de goma, que le subían a medio muslo; con un pesado jersey azul, arremangado en los codos, de un par de mitones y de un zurrón.
-Ahora, ya pareces una persona -dijo Dan-. ¡Vámonos!
-No te alejes mucho -dijo Troop-. Ponte a mi alcance. Si alguien te pregunta lo que yo pienso hacer, di la verdad: que no sabes nada.
A popa de la goleta estaba un pequeño bote encarnado, con el título Hattie S. Dan atrajo el cable y saltó ligero en las tablas del fondo, cayendo Harvey pesadamente detrás de él.
-¡Buena manera de entrar en un bote! -exclamó Dan-. Si hubiera marejada, te ibas seguramente a pique. Es preciso que aprendas a moverle.
Dan, sujetando los toletes, tomó el luchadero de proa y miró hacer a Harvey. Este había remado como las señoritas en los estanques de Adisondak; pero hay diferencia entre los toletes de níquel bien equilibrados y unos remos livianos, con otros remos de ocho pies. Harvey sudaba la gota gorda, y la embarcación no se movía.
-¡Corto, rema corto! -dijo Dan-. Si no metes bien el remo en el agua, volcamos. ¡Ahora me toca a mí!
El pequeño bote estaba limpio como un juguete. A un lado llevaba una pequeña ancla, dos cántaros de agua y como unas setenta brazas de cuerda. En uno de los ruedos de este cordaje había una trompeta de hojalata al lado de un mazo de feo aspecto, de un bichero y de un palo más corto. Un par de cañas de pescar con plomos muy pesados y anzuelos dobles, todo muy bien enmadejado, estaban al alcance de la mano de Harvey.
-¿Dónde está la vela y el palo? -preguntó este, porque sus manos empezaban a tener ampollas.
Dan soltó la risa.
-Los botes de pesca no precisan ir a la vela; hay que empujarlos. ¿No quisieras tener uno tuyo?
-¡Bah! Si se los pidiera a mi padre, tendría uno y también dos.
Había estado muy ocupado hasta entonces para acordarse de su familia.
-Es verdad. Olvidaba que tu padre es millonario; pero lo que es tú no lo pareces ahora. En cambio sabes lo que es un bote y cómo se maneja. ¿Crees que tu padre te daría uno para que lo tuvieras de juguete?
-No me extrañaría. Sería la única cosa por la que no le he molestado.
-¡Ya! Ya se ve que eras un niño mimado y que malgastabas el dinero. No cortes el agua así, Harvey; rema corto porque las olas...
¡Crac! El puño del remo dio a Harvey debajo de la barbilla y le quitó cuatro dientes.
-Eso iba a decirte, pero no me diste tiempo -observó Dan.
Harvey volvió a la faena con las mandíbulas doloridas y el cejo fruncido.
-No vale la pena de preocuparse por nada, dice papá -continuó Dan-. Es culpa nuestra cuando no podemos gobernarlas. ¡Ea!, probemos aquí; Manuel nos dará la profundidad.
El portugués se balanceaba a una milla de allí, pero no bien Dan levantó el remo y lo agitó tres veces con el brazo izquierdo.
-Treinta brazas -dijo, poniendo cebo salado al anzuelo-. Afuera los plomos. Ceba como yo, Harvey, y no enredes tu hilo.
El hilo de Dan ya funcionaba mucho antes que Harvey descubriera el secreto de poner el cebo y lanzar los plomos. El bote derivaba tranquilamente. No valía la pena de anclar, antes de asegurarse que el lugar era bueno.
-¡Ya estamos! -gritó Dan.
Un chorro de agua mojó las espaldas de Harvey, en tanto que un hermoso bacalao caía a bordo, agitando la cola.
-¡El muckle, Harvey; el muckle, Harvey! ¡Pronto!
Evidentemente, el muckle no podía ser la trompeta, y Harvey comprendió que era el mazo. Dan aturdió al pescado antes de echarlo a la cala, y arrancó el anzuelo con la ayuda de un palo corto.
Harvey notó que su cuerda pesaba y la recogió con prisa.
-¡Son algas! -exclamó.
El anzuelo se había agarrado a un montón de ovas, rojas de un lado y blancas de otro y de tallo viscoso y hueco.
-No las toques; sacúdelas...
El aviso venía tarde, porque Harvey las había arrancado del anzuelo para contemplarlas.
-Oh là là! -empezó a gritar, como si hubiera tocado ortigas.
-Ahora ya sabes lo que son estas ovas, que llamamos «fresas». Dice papá que únicamente se debe palpar el pescado con las manos desnudas. Restriégate contra la madera y vuelve a cebar, Harvey. Para esto ganas sueldo.
Harvey se sonrió a la idea de que ganaba diez dólares y medio al mes, y se preguntó qué hubiera dicho su madre al verle doblado en un bote de pesca, en alta mar; ella que sufría horriblemente cada vez que le veía en el lago Saranac. De paso, Harvey se acordó que tenía costumbre de reírse de sus aprensiones. De pronto, la cuerda le dio un tirón de las manos, de un modo tan rápido, que le cortó los dedos, aun a través de los mitones de lana que los protegían.
-Es un logy -dijo Dan-. Dale juego según su fuerza. Yo te ayudaré.
-No, no quiero -contestó Harvey, doblándose sobre la cuerda-. Es mi primer pescado. ¿Acaso es una ballena?
Dan miró al agua y empuñó el mazo, por si acaso. Algo de color blanco y forma oval se agitaba en el agua de esmeralda.
-Apostaría la mitad de mi paga a que pesa más de cien libras. ¿Sigues en la idea de traerlo tú solo?
Harvey sudaba la gota gorda y estaba sofocado, parte por el esfuerzo que hacía tirando del pez, parte por la emoción, y casi no veía, deslumbrado por la luz del sol que rielaba en el agua. Después de una faena de cerca de veinte minutos, en la que el pez se debatía contra los dos muchachos, al fin fue sacado del agua e izado a bordo.
-¡Buen principio! -dijo Dan enjugándose la frente-. ¡Vaya una presa!
Harvey miró al enorme pez con orgullo indescriptible. En los mercados había visto ejemplares así; pero nunca se le había ocurrido cómo podían llegar allí. Ahora lo sabía, a costa de su trabajo.
-Si papá estuviera aquí -dijo Dan recogiendo el cordel-, leería en esta señal como en un libro. El pescado va haciéndose más ralo, y tú has cogido el pez más grande de esta campaña. ¿Viste la pesca de ayer? Nadie cogió lo que tú. Por esto anda caviloso mi padre, que es más profundo que el Agujero de la Ballena.
Seguía hablando cuando sonó un pistoletazo a bordo del We're Here, y se izó en los aparejos de proa un cesto de patatas.
-Lo que yo te decía. Es la llamada a toda la tripulación. Cuando papá interrumpe la pesca, por algo será. Recoge el cordel, Harvey, que vamos de regreso.
Ya estaban cerca de la goleta cuando oyeron gritos descompasados que lanzaba Pen a media milla de distancia. El hombrecito corría alrededor de un punto fijo, tal que parecía una gigantesca pulga de agua. Se doblaba atrás, adelante, con rara energía, y a cada maniobra suya, su bote giraba como una peonza.
-Debemos ir en su ayuda -dijo Dan.
-¿Qué pasa? -preguntó Harvey.
Era aquel un mundo nuevo para él, y tenía que hacer humildemente preguntas a cada paso.
-Pasa que se le ha agarrado el ancla. Pen las pierde todas. Ya ha perdido dos en esta campaña, esto que se trata de fondos arenosos; y papá dice que en la primera que pierda, le dará la kelleg, lo que desesperaría a Pen.
-¿Qué es la kelleg? -inquirió Harvey, creyendo que se trataba de algún suplicio como el de la «cala», en la antigua marina; es decir, bajar a un hombre al agua atado de pies y manos y seguir arrastrado a popa del barco.
-La kelleg es una piedra grande, que sirve de ancla. Con este presente, toda la tripulación se reiría de Pen, y este lo recibiría como un perro cuando le atan una olla a la cola.
-¡Qué es esto, Pen! Otra vez comprometido. Deja de porfiar y coge la cuerda recta de arriba abajo.
-No se menea -contestó Pen sofocado-. No se menea, y esto que yo lo he probado todo.
-¿Qué significa esta chanfaina que has hecho a proa? -dijo Dan señalando un amasijo de remos y de cuerdas.
-¡Oh! Esto es un cabestrante español -contestó Pen con orgullo. El señor Salters me enseñó cómo se hacía; pero a pesar de todo, no funciona.
Dan se dobló cuanto pudo para ocultar la risa, dio una y dos sacudidas a la cuerda, y sin más requilorios, el ancla subió arriba.
-Iza, Pen; si no volverá a caer.
Dejáronle mirando asombrado las tres uñas trágicas de la pequeña ancla, cubiertas de algas marinas, mientras se confundía en cumplimientos a sus ayudantes.
Cuando estuvieron a distancia de él, dijo Dan:
-Ahora que me acuerdo, Pen está algo guillado. No es que sea peligroso, pero no está en sus cabales. ¿Me entiendes?
-¿Es verdad esto, o es opinión de tu padre? -preguntó Harvey mientras le daba a los remos, que por cierto manejaba ya con más soltura.
-Papá no se engaña. Pen es una especie de loco, o si se quiere un idiota inofensivo. Verás. Hubo un predicador que se llamaba Jacob Boller, que según me contó papá, vivía con su mujer y cuatro hijos en un rincón de Pensilvania. Este Jacob llevó toda su familia a un mitin al aire libre y pasó la noche en Johstown. ¿Has oído hablar de Johstown?
Harvey se quedó pensativo.
-Sí, sí. Pero no sé cuándo. Es un nombre que me suena como Ashtabula.
-Los dos recuerdan grandes catástrofes; por esto te acuerdas, Harvey. Pues bien; la noche que Pen y los suyos pasaron en el hotel, la ciudad de Johstown fue inundada por las aguas del dique, y las casas se derrumbaron por el aluvión. He visto los grabados, y me horroricé. Pen vio ahogarse a todos los suyos, y desde este momento se trastornó, y sin darse cuenta de lo que le había sucedido, se dio, como un alma en pena, a ir por todas partes riéndose, alelado. No se daba cuenta de lo que era ni de lo que había sido, y así es como cayó en manos del tío Salters, en Alleghang City. Mi madre tiene la mitad de su parentela en Pensilvania, y el tío Salters pasa los inviernos haciéndoles visitas. Viendo la chifladura de Pen, lo adoptó o cosa así, y lo llevó al Este, donde le procuró trabajo en una granja.
-Por esto le oí la otra noche llamar «cultivador» a Pen, cuando chocaron los botes. Tu tío Salters, ¿es también cultivador?
-No hay agua bastante de aquí al cabo Hatteras para lavar la tierra que mi tío lleva en sus botas. Es y morirá colono, pero a su manera, porque yo le he visto sacar agua de una cisterna, y hacer funcionar el grifo acariciándole como la ubre de una vaca. Pues bien; Pen y él trabajaron juntos de colonos en una granja, hasta que Salters la vendió esta primavera a un papanatas de Boston, que quería levantar una quinta de recreo, y pagó bien. Después, nuestro guillado anduvo errante hasta el día que los de su confesión, que son los moravianos, descubrieron lo que era y escribieron al tío Salters. Nunca he sabido bien lo que trataron, pero sí que Salters se encolerizó. Es partidario del episcopado; pero, por una vez, se ha portado como si estuviese bautista, y declaró que no entregaría a Pen a ningún moraviano de Pensilvania, ni de otra parte. Vino a encontrar a papá, trayéndose a Pen de remolque, y declaró que a los dos les convenía pescar, por motivos de salud. Creía que los moravianos no vendrían a buscar a Jacob Boller o sea Pen, en el Banco de Terranova. Papá accedió, porque Salters había ejercido la pesca treinta años seguidos, antes de que le diera por inventar abonos con patente, y obtuvo plaza en nuestra goleta. A Pen le prueba esta vida, pero teme papá que cualquier día se acuerde de su mujer y de sus hijos y de Johstown, y entonces morirá. No se te ocurra hablar nunca de Johstown, ni de nada de lo relativo a Jacob, porque el tío Salters te tiraría al mar.
-¡Pobre Pen! -murmuró Harvey-. Nunca hubiera dicho que el tío Salters se tomase tanto interés por él.
-Yo también quiero a Pen; todos le queremos -repuso Dan-. Por esto he querido contarte su historia.
Ya estaban junto a la goleta, mientras los otros botes venían más atrás.
-Es inútil izar los botes a bordo hasta después de comer -gritó Troop desde el puente de la goleta-. Ante todo poned las mesas, muchachos.
-Esto es más profundo que el Agujero de la Ballena -dijo Dan guiñando el ojo cuando se disponía a obedecer aquella orden-. Mira aquellos barcos que están a la vista; todos esperan a ver lo que hace papá. ¿Lo ves, Harvey?
-Para mí todos son iguales.
En efecto; para un terrícola todas las goletas pescadoras parecían ser una misma.
-Sin embargo, no es así. Este barco amarillo y feo, con el bauprés estivado de este lado, es el Hope of Prague. Tiene por patrón a Nick Brady, el hombre más roñoso del Banco. Mucho más lejos está el Day's Ege, que pertenece a los dos Jerauld. Es de Harwich, anda bien y tiene suerte. Los otros tres, por la banda, son el Margie-Smih, la Rosa y la Edit. Es probable que mañana veamos la Abbie, ¿verdad, papá?
-Mañana no verás más barcos, Danny -contestó Troop-. (Cuando Troop llamaba Danny a su hijo era señal que estaba contento). Hijos míos, hay mucha gente aquí; hay que mudarse.
Miró al vivero y vio que el pescado que habían traído era muy pequeño. Excepto el pez de Harvey, ningún otro pasaba de quince libras.
-Estoy vigilando el tiempo -sentenció al fin Disko.
-Lo que es yo no veo ningún indicio -declaró Long Jack escudriñando el amplio horizonte.
Media hora después, la bruma del Banco cayó allí «entre pescado y pescado», como ellos decían, barriéndolo todo y esfumándolo en el agua incolora. Los pescadores se lanzaron a la maniobra. Long Jack y el tío Salters metieron las barras del cabestrante en sus alvéolos y empezaron a izar el ancla. Manuel y Tom ayudaron; la vela se hinchó y Troop la sujetó a la barra.
-Iza el foque y la mesana -dijo.
-Vámonos a favor de la niebla -gritó Jack amarrando sólidamente la escota del foque, mientras los otros hacían subir los anillos de la mesana.
Crujió el tajamar de la goleta cuando esta, tomando viento, hendió aquella bruma gris y aturbonada.
Detrás de esta niebla hay viento -dijo Troop.
Todo esto asombraba a Harvey más de lo que parece; siendo lo más extraño que su oído no percibía ningún ruido, menos alguna que otra vez que oía decir al patrón:
-Bien, hijo mío.
-¿Dónde vamos? -preguntó Harvey a Platt.
-A pescar y fondear, como lo verás antes de una semana. Comprendo tu extrañeza, por lo que ves, pero vivir para ver. ¿Quién me hubiera dicho a mí, Tom Platt...?
-Esto vale más que catorce dólares por mes y una bala en el vientre -dijo Troop desde el timón-. Arría un poco la escota de foque.
-Seguramente vale más esto -repuso Tom-; pero de ello no nos dábamos cuenta cuando manejábamos la cabria del Gemsbok, a lo largo de Beaufort Harbour, con la amenaza de Fort Macon atrás, y una tempestad por delante. ¿Dónde estabais entonces, Disko?
-Aquí mismo, o en los alrededores -respondió este-, procurando ganarme la vida en el agua y evitando a los rebeldes independientes. (Aludiendo a la guerra de Secesión). Creo, Tom, que cogeremos buen viento antes de entrar en Eastern Point.
Se oía ahora a los lados del barco una incesante charla, mezclada con los ruidos de la maniobra en la que estaban todos; todos menos el tío Salters, que estaba sentado restregándose sus manos picadas.
El timón viró de un modo imperceptible a impulsos de las manos de Disko. Minutos más tarde la cresta silbante de una ola azotó al barco en línea diagonal, cogió al tío Salters y le mojó de pies a cabeza. El hombre se levantó de donde estaba, y al cambiar de sitio le cayó otra ola encima, y cuando se refugió junto al palo mayor, recibió otro remojón en las rodillas.
Harto de tanto contratiempo se llevó a Pen consigo, y juntos abandonaron el puente.
-Se van a llenar de café y jugar al chaquete -dijo Dan a Harvey-. Tenemos para una eternidad; porque nada hay más aburrido que un banquero (pescador del Banco de Terranova) cuando no está de pesca.
-Me satisface que digas algo Danny -gritó Long Jack, que por allí andaba buscando una distracción-. Me había olvidado que tenemos un forastero a bordo. Que aprenda la vida de a bordo. Enséñale tú.
-Esto no me incumbe a mí -repuso Dan-; papá me enseñó con un rebenque en la mano.
Durante una hora, Long Jack tomó por su cuenta a Harvey y le fue enseñando, como él decía, las cosas que en el mar debe conocer todo hombre, así esté ciego, ebrio o dormido. Pocos atractivos hay en una goleta de setenta toneladas, pero Long Jack tenía el don de la claridad. Cuando quería llamar la atención de Harvey sobre las drizas de pico, incrustaba sus falanges en la nuca del muchacho y le obligaba a mirar medio minuto. Insistía generalmente en la diferencia que hay entre proa y popa, frotando la nariz del discípulo, grabándole, por decirlo así, la dirección del rumbo.
Más fácil era la lección cuando estaba libre el puente; por más que allí había sitio para cada cosa menos para un hombre. Avante, el cabrestante y su aparejo, con la cadena y los cables de cáñamo, con los que tropezaban los pies; atrás, las berlingas de mesana y el encerado del viveco llenaban todo el espacio que dejaban libre las bombas y los baldes para el baldeo. Esto sin contar los botes encadenados a popa, y las cuerdas de la vela, que cortaban el barco en dos partes, obligando a cuantos andaban por el puente a doblar el espinazo al pasar de un lado a otro.
Como siempre, Tom Platt intervenía, sazonando sus explicaciones con alusiones a velas y mástiles del Ohio, su viejo barco favorito.
-No hagas caso de lo que te dice -decía Jack a Harvey-. Tom Platt, no haces más que embrollar las ideas a este joven con tus fantasías del Ohio.
-No aprenderá nada en una goleta como esta -sostenía Tom Platt-. Déjame que le imbuya algunas nociones generales. Mira, Harvey, la navegación a vela es un arte, como te lo demostraría si te pudiera llevar a la gavia de mesana del...
-Vas a marearle con tus discursos. ¡Silencio, Tom Platt! Dime, Harvey, después de lo que yo te he explicado, ¿cómo cobrarías un rizo en el mesana? Reflexiona para contestar.
-Cobraría esto hacia adentro -dijo Harvey, doblando el dedo en la dirección del viento-; luego pasaría la cuerda que me habéis mostrado últimamente...
-¡Vaya una explicación!
-Calma, Jack -decía Platt-, está aprendiendo y no sabe los nombres. Sigue, Harvey.
-Juntaría la polea a la palanca de rizo y entonces dejaría...
-¡Traería la vela! -corrigió Tom con la angustia de un profesional.
-Cogería las drizas de pico...
-Tócalas con la mano -dijo Jack.
Harvey obedeció.
-Haría que este cabo de cuerda, o mejor dicho, que el garfio llegue a coger la antena. La sujetaría del cuadro que habéis dicho y luego izaría las drizas.
-Te has olvidado de pasar la amura de la puntura, pero con el tiempo aprenderás. Cada cuerda de a bordo tiene su razón de ser. ¿Comprendes? No sabes los cientos de dólares que te meto en el bolsillo enseñándote a conducir un buque de Boston a Cenlers, diciendo que es Long Jack quien te lo ha enseñado. Ahora, muchacho, voy a darte un repaso, nombrando cada cuerda y tú las tocarás a medida que yo las nombre.
Así fue, pero Harvey, que se sentía muy fatigado, lo hacía con tanta lentitud que Jack perdía la paciencia.
-Cuando seas amo de un barco -dijo Tom Platt con ceño-, podrás descansar. Hasta entonces, procura coger las órdenes al vuelo.
El ejercicio había movido la sangre de Harvey, especialmente el último movimiento. En medio de todo, era un joven muy despejado, hijo de un hombre inteligente y de una mujer nerviosa, dotado de un carácter resuelto que una mala educación había dado la terquedad de la mula. Miró a los otros y vio que Dan no se veía, lo que le hizo creer que las lecciones que recibía le eran provechosas, y por tanto, apechugó con ellas.
Su misma vivacidad de espíritu le hizo entender a las claras que nadie, como no fuera Pen, se permitiría la más pequeña burla con él. Long Jack fue nombrando media docena de cordajes, y Harvey moviéndose en el puente como una anguila en el reflujo.
-¡Muy bien! -dijo Manuel-. Después de cenar te enseñaré una goleta pequeña que yo hago con todos estos cordajes. Así aprenderemos todos.
-Papá dice que hará bastante en ganar la comida a bordo, antes de bajar al agua. Esto es mucho para Harvey. Ya le iré enseñando en otro cuarto de vigilancia que hagamos juntos.
-¡El sebo! -gruñó Disko, tratando de ver a través de la bruma que humeaba a bordo de la embarcación.
No se podía distinguir nada a diez pies de la proa; pero a bordo seguía la procesión de las olas que se amontonaban unas tras otras.
-Ahora voy a enseñarte algo que no sabe Long Jack -gritó Tom Platt a Harvey, sacando de un cofre de popa un plomo de sonda, muy deforme, agujereado por un extremo.
Tomó un platillo de sebo de carnero, untó con él la concavidad y se dirigió hacia adelante.
-Te voy a enseñar como se hace volar el Pichón Azul, Chuú.
Disko imprimizó a la rueda un movimiento que enderezó la marcha de la goleta, mientras Manuel, ayudado de Harvey, con gran orgullo de este, traía el foque por un cabo de afuera. El plomo cantó una canción profunda y sonora, cuando Platt le hacía girar sin descanso.
-¿Qué haces, hombre? -dijo Jack con impaciencia-. No estamos a veinticinco pies de Fire Island, con bruma. No vamos a tragarnos el mar.
-No tengas celos, Galway.
El plomo lanzado hizo plof en el mar, a distancia, cuando la goleta continuaba su marcha enderezándose lentamente.
-El sondaje es un grave asunto, aunque no lo parezca -dijo Dan-, y muchas veces no hay más indicación que lo que avisa el plomo. ¿Qué os parece, papá?
La fisonomía de Disko se iluminó. Su habilidad y su reputación estaban ligados al ascendiente que ejercía en la flotilla, y tenía fama de conocer el Banco con los ojos cerrados.
-Sesenta, si no me engaño -respondió a su hijo echando una ojeada a la pequeña brújula que estaba en bitácora.
-¡Sesenta! -certificó Tom Platt izando la sonda.
La goleta siguió su marcha.
-¡Leva! -dijo Disko al cabo de un cuarto de hora.
-¿Qué es lo que creéis? -murmuró Dan.
El cual miró a Harvey con orgullo, pero este a su vez se sentía tan orgulloso por sus lecciones aprendidas que no se dejó impresionar.
-Cincuenta -dijo Troop-. Creo que estamos en la grieta del Banco Verde, sobre el viejo Cincuenta-Sesenta (La región del Gran Banco da muchas brazas de profundidad).
-¡Cincuenta! -rugió Tom Platt, al que apenas se veía a través de la bruma.
-Ceba, Harvey -dijo Dan bajándose para tomar una caña de pesca a torniquete.
La goleta, con su vela delantera batiente, parecía andar confusamente en la niebla. Los hombres esperaron, viendo a los grumetes que empezaban a pescar.
-¡Euhhh! (Los hilos de Dan se tendieron en las muescas y cuchillados del arrecife). Ayúdame, Harvey, que ha caído uno gordo. ¿Cómo pudo saber papá...?
Halaron juntos y remolcaron un bacalao de veinte libras, con los ojos a flor de cabeza, y que se había tragado el anzuelo hasta el estómago.
-Está plagado de cangrejos pequeños -dijo Harvey volviéndole.
-Disko, tenéis ojos en la quilla -proclamó Long Jack.
El agua saltó al peso del ancla, y todos corrieron a los hilos de pescar.
-¿Sirven para comer? -preguntó Harvey ansioso cuando pasó otra merluza cubierta de cangrejos.
-¡Ya lo creo! Cuando están así es porque han formado tropas a millares, y cuando pican como ahora es que tienen hambre. No te ocupes del cebo, porque morderán el anzuelo desnudo.
-¡Es asombroso! -exclamó Harvey, viendo que afluía el pescado, confirmándose lo que decía Dan-. ¿Por qué no se pesca desde a bordo siempre en vez de hacerlo con botes?
-Puede hacerse, mientras no se lava la cubierta del barco. Entonces las cabezas y los despojos escaman al pescado hasta la bahía de Fundy. La pesca en barco no es considerada productiva, a menos de llevar a bordo un práctico como papá. Creo que esta noche vamos a pescar con trawl. (Con cuerda provista de anzuelos). Esto es más duro para los riñones que pescando con los botes.
Era, en efecto, un trabajo abrumador, porque en el bote el agua lleva el peso del bacalao hasta el último minuto, y, como quien dice, uno se topa con el pescado, en tanto que la altura de la goleta sirve de peso muerto al izar, y el cuerpo queda agobiado con la fuerza que hay que hacer. Así y todo, aquello fue una famosa partida de placer que duró hasta que el montón de bacalao se hizo voluminoso.
Cesó la pesca cuando las víctimas dejaron de morder.
-¿Dónde están Pen y el tío Salters? -preguntó Harvey sacudiendo de su capote encerado las materias viscosas y arrollando su cuerda, a imitación de lo que hacían los demás.
A la luz amarilla de la lámpara, puesta en el árbol de la cabria, con la mesa rebajada y suelta, enteramente inconscientes de la existencia del pescado y del estado del tiempo, los dos hombres estaban sentados, jugando al chaquete, gruñendo el tío Salters, a cada instante, a cada jugada de Pen.
-¿Qué pasa? -preguntó Salters viendo a Harvey que con la argolla de cuero en la mano llamaba al cocinero desde lo alto de la escalera.
-Montones de pescado. ¿Cómo va la partida? Pen abrió la boca embobado.
-No es culpa suya -dijo secamente Salters-; Pen está sordo.
-¿El chaquete, no es así? -dijo Dan cuando Harvey volvía tambaleándose con el café humeante en un cubo de hojalata-. Esto nos va a librar de la limpia del pescado esta noche. Papá es justo y les echará esta carga.
-Y mientras ellos hagan esto, dos jóvenes que yo conozco, cebarán algunas cuerdas -declaró Disko, que estaba oyendo.
-¡Hum! Papá, yo preferiría limpiar.
-No lo dudo, pero no será así. ¡A la limpieza! Pen echará el pescado, en tanto que vosotros dos cebaréis.
-¿Por qué? ¡Con cien truenos! Estos pícaros grumetes no me avisaron que había empezado la función -dijo Salters sentándose a comer-. Dan, ahí está mi cuchillo con la hoja mellada.
-Si cuando tiran el ancla no os dais por avisado, os recomiendo que alquiléis un grumete a vuestro servicio -repuso Dan en la obscuridad, entre los paquetes de cordeles de pesca amarrados a popa-. Harvey, ¿quieres ir abajo y traer cebo?
-La carnaza fresca será mejor, según van las cosas -repuso Disko.
Quería decir que debían cebar con los despojos escogidos del bacalao, a medida que se limpiaba el pescado; lo que suponía ahorrarse ir al fondo de la cala y arañar en los bañiles del cebo. Los baldes estaban llenos de cuerda bien arrollada, con gruesos anzuelos de distancia en distancia; y para probar cada anzuelo y cebarlos, así como para hacer que la cuerda se soltara libremente desde el bote, se necesita pericia.
Dan salía del paso en la obscuridad, apenas sin mirar, mientras que Harvey se cogía los dedos en los anzuelos y maldecía su mala suerte, siempre que estos se le escapaban, como las agujas de hacer media en manos de una vieja.
-Yo ayudaba a cebar en tierra antes de aprender a andar -le decía Dan-. De todos modos es un trabajo fastidioso. ¡Eh!, papá, ¿cuántos cubos comprendéis que harán falta?
-Lo menos tres. ¡Despachad pronto!
-Figúrate que cada cubo contiene trescientas brazas de cordel -dijo Dan a su amigo-. Hay bastante para pasar la noche. ¡Ay! Qué desgraciado soy. (Y se llevó el dedo a la boca para chupárselo). Dígote, Harvey, que no hay bastante dinero en Gloucester para alquilarme y embarcarme en un trawler. (Barco de pesca, a la cuerda). Ello será un progreso; pero, aparte de esto, es el más ingrato de los oficios.
-Pues lo que estamos haciendo ahora no es otra cosa que la verdadera pesca al trawl -objetó Harvey con ironía-. Tengo los dedos destrozados.
-¡Bah! Esto es uno de los condenados experimentos de papá. No pesca al trawl, a menos que no tenga buenas razones para ello. Por eso ceba como ahora.
Pen y el tío Salters hicieron la limpia según Disko lo ordenara; pero los grumetes no ahorraron gran cosa con ello, porque apenas se llenaron los cubos, Tom Platt y Long Jack, que venían de explorar con una linterna el interior de los botes, quitaron aquellos, los llenaron con cebos de trawl pintados, e hicieron pasar la embarcación en lo que Harvey consideraba un mar excesivamente fuerte.
-Van a ahogarse. Mira, el bote está cargado como un vagón de mercancías.
-Volveremos -dijo Jack-, y caso de que vosotros no nos esperéis, seréis responsables si se nos enreda la cuerda.
El bote se elevó sobre la cresta de una ola, y en el momento que parecía imposible evitara un choque contra el flanco de la goleta, se deslizó por encima de la ola y desapareció en la húmeda sombra.
-Agárrate a este y procura tirar fuerte -dijo Dan, pasando a Harvey el cordón de una campana que colgaba detrás del cabrestante.
Harvey tocó enérgicamente la campana, porque se comprendía responsable de dos vidas. Pero Disko, atareado en repasar un cuaderno de bitácora en el camarote, cuando subió para cenar, pareció burlarse de la ansiedad del joven.
-No hace mal tiempo -dijo Dan-. Vamos, tú y yo podríamos ir a echar el trawl. Los otros se fueron lejos, precisamente para no enredarse con nuestro cable. No tienen necesidad de campana.
-¡Ding! ¡Dang! ¡Dong!
Harvey continuó el campaneo por espacio de media hora, con leves interrupciones. Oyó vociferar y dar tumbos a bordo, y Manuel y Dan se precipitaron a los garfios de la palanca del bote. Jack y Platt hicieron juntos su aparición en el puente, con la mitad del mar en sus espaldas, según ellos decían, y el bote les siguió por el aire, para caer en el puente con sordo ruido.
-Esto va bien, amiguito -dijo Platt a Dan.
-Vamos a tener el gusto de que nos acompañéis en el festín -dijo Jack, vaciando de agua sus bofas a cada gambada de elefante-. Queremos honrar al segundo turno con nuestra presencia.
Y los cuatro, balanceándose, se fueron a cenar. Harvey se hartó de sopa de pescado y de buñuelos; en seguida cayó dormido en el momento que Manuel sacaba de un baúl una hermosa reproducción, larga apenas de dos pies, de la Lucy Holmes, su primer barco, y se preparaba a enseñar su cordaje. Tan siquiera movió los dedos cuando Pen le empujó al camarote.
-Debe ser cosa muy triste para su padre y su madre -dijo Pen, contemplando la cara del joven-, si creen que ha muerto. ¡Perder un hijo!
-¡Sal de aquí, Pen! -dijo Dan-. Vete a popa a jugar tu partida con el tío Salters. Di a papá que si le es igual, yo haré el cuarto de Harvey. No puede más.
-Es un buen chico -dijo Manuel, quitándose las botas y desapareciendo en las tinieblas de la litera inferior-. Creo que hará un buen marinero. No veo que esté tan loco como dice tu padre, Dan.
Dan se echó a reír, pero la risa acabó en ronquido.
Afuera, la bruma se espesaba y soplaba el viento, mientras los viejos hacían su cuarto de vigilancia. Las horas sonaban claras en el camarote; la atrevida proa del barco, en su lucha con las olas, se hundía a cada arfada; por los imbornales entraba y salía el agua. Los dos grumetes dormían, en tanto que Disko, Jack, Platt y Salters, cada cual por su turno, iban a popa a mirar la rueda y a proa a ver si el ancla estaba segura; o bien a inspeccionar las luces de a bordo entre la niebla.
Cuando Harvey despertó, el primer turno estaba a la mesa, pronto a almorzar. La puerta del cuarto estaba entreabierta y cada pulgada de la goleta hacía un ruido.
La mole del cocinero se balanceaba a popa, en la minúscula cocina, a la luz del hornillo, y ollas y cacerolas, incluso el aparador de madera, se entrechocaban ruidosamente a cada balanceo. Poco a poco, el bauprés cortaba las olas. Harvey le veía hender el agua y seguía el ruido apagado del cable en el escobén, el gruñido de la cabría y otros mil ecos que la goleta repetía a cada movimiento.
-¡Vamos bien! -dijo Jack-. Aquí no tenemos competencia de otros barcos, y además no hay nada que hacer. ¡Buenas noches, todos!
Pasó como una serpiente de la mesa a su litera y se puso a fumar. Tom Platt siguió su ejemplo, ganó el alto de la escalera para hacer su cuarto, y el cocinero lo aprestó todo para el segundo turno de mesa.
Dan y Harvey salieron de sus camarotes como los otros entraron: sacudiéndose y bostezando. Comieron hasta hartarse. Luego Manuel llenó su pipa de un tabaco horrible, se sentó entre dos reparos y dirigió tiernas y lánguidas miradas al humo.
Dan, tendido cuan largo era, se las entendía con un acordeón de teclas doradas, cuyo diapasón subía o bajaba según las arfadas de la goleta. El cocinero, arrimado al armario en que guardaba los buñuelos, pelaba patatas, sin quitar la vista de la hornilla, para que no lo apagara el agua.
La atmósfera circundante desafiaba toda descripción.
Harvey examinó lo que había sido, se asombró de no sentirse enfermo de muerte, se metió en su litera como el sitio más cómodo y seguro; en tanto que Dan hacía oír las primeras notas de una canción americana de café-concierto con tarda corrección, como lo permitían los salvajes bandeos del barco.
-¿Cuánto va a durar esto? -preguntó Harvey a Manuel.
-Hasta que la goleta esté un poco más tranquila y podamos nadar para poner las cuerdas. Quizá esta noche, quizá mañana o dentro de dos días. ¿No te agrada?
-Hace una semana, me hubiera dado vértigo; ahora, me voy acostumbrando.
-Os haremos, dentro de poco, un pescador hecho y derecho. En vuestro lugar, cuando llegásemos a Glocester, iría a encender dos velas de cera por tan buena fortuna.
-¿Dos velas? ¿A quién?
-A la Virgen de nuestra iglesia, en la montaña. Es la patrona de los pescadores. Por esto hay tan pocos portugueses que se ahogan, entre nosotros.
-Según esto, ¿eres católico romano?
-Soy de la isla Madera. Siempre hago arder dos cirios o tres cuando llego a Glocester, después de una campaña de pesca. La buena Virgen no me olvida nunca.
-Yo no opino igual -intervino Platt desde su litera, con la cara iluminada por la luz de una cerilla, con que encendía la pipa.
-Pues yo hago como Manuel -dijo Jack-. Hace cosa de diez años, formaba parte de la tripulación de un barco de South Boston. Habíamos pasado el escollo de Minot con viento nordeste de primera clase, y me decía a cada instante: «Si llego a saltar en tierra, probaré mi agradecimiento a los santos». Estoy ahora aquí, como podéis ver, y he regalado el modelo de aquel barco, que me costó un mes de trabajo, al cura, que lo ha colgado como exvoto en el altar. Tiene más mérito dar un modelo, que es como una obra de arte, que ofrecer dos velas. Estas se pueden comprar a carretadas, mientras que un modelo prueba a los santos que uno se ha tomado trabajo en mostrarse agradecido.
-Como sois irlandés, creéis en estas cosas -dijo Platt, apoyándose en el codo.
-¿Qué sería de mí, si no creyera?
-Pues bien, Enoch Fuller hizo otro modelo del Ohio y lo regaló al Museo de Salem, pero no lo ofrendó como exvoto...
Había materia para una discusión interminable, como se acostumbra entre pescadores, sin que al final nadie pruebe nada; pero Dan cortó la discusión entonando esta canción:
El escombro de dorada espaldasaltó en el aire;tomó un rizo en la vela.
Long Jack coreó:
Sopla la brisa;cuando ella sopla, soplemos todos.
Dan siguió con su acordeón:
El bacalao saltó en el airey ha saltado a los obenquespara echar la sonda.Sopla la brisa...
Tom Platt parecía que registraba algo. Dan se animó y cantó más alto:
El cangrejo saltó en la arenay con donaire,dio una volteretaen el aire.
La enorme bola de caucho de Tom Platt atravesó la escena y dio en el brazo a Dan. Había guerra declarada entre Platt y el grumete, desde que Dan había descubierto que cada vez que cantaba esto, al echar la sonda, Platt se enfurecía.
-Ya sabía que te tocaba en lo vivo -dijo Dan desviando el proyectil-. Si no te gusta mi música saca tu violín. No voy a estar acostado todo el día oyendo a ti y a Jack discutir sobre cirios. El violín, Platt, de lo contrario, enseñaré otra tonada a Harvey.
Tom Platt abrió un cofre y sacó un violín blanco y viejo. La mirada de Manuel se iluminó, y él a su vez sacó de un escondrijo otro instrumento, en forma de guitarra, con cuerdas de metal.
-Vamos a tener un concierto -dijo Jack regocijado-. Un verdadero concierto de Boston.
En esto apareció Disko.
-Llegáis a tiempo Disko. ¿Cómo se porta la goleta?
-Ya lo veis.
El choque y los balanceos del barco acaban de hacerle tropezar con unos cofres.
-Cantamos para hacer la digestión del almuerzo. Ahora os toca a vos hacerlo, Disko -dijo Jack.
-No sé más que dos canciones viejas, y ya las habéis oído.
Tom Platt cortó estas excusas, templando en un tono plañidero, que se parecía a las lamentaciones del viento y al crujido de los mástiles. Con los ojos fijos en las vigas del techo, Disko empezó a tararear esta antigua endecha:
Un famoso paquebote, famoso entre los famosos,el «Intrépido» se llama y viene de Nueva York.A su lado, los demás paquebotes valen pocoporque a todos el «Intrépido» les gana a todo vapor.Ahora en el Río Mersey, el «Intrépido» se hallaen cuanto salga al mar libre...esperando que a la mar le lleve el remolcador:(Coro)
Es el vapor de Liverpool: ¡guíale Señor!El «Intrépido» se lanza al Banco de Terranovadonde el agua es muy profunda y el fondo es un arenal,y los peces van diciendo, nadando a su alrededor:(Coro)
Es el vapor de Liverpool, ¡guíale Señor!
Tras esta canción vinieron otras, acompañadas por el acordeón y el violín. En seguida tocó el turno a Platt y luego a Harvey, que se sintió muy halagado de formar parte en este concierto. Todo lo que podía recordar eran algunas coplas de El paseo del patrón Ireson, canción de Whittier, que aprendiera en la escuela volante de Adirondacks.
Parecía que tal tonada venia muy a propósito ahora, pero apenas la indicó, Disko le cortó el resuello, dando una patada en el suelo, y diciendo:
-No sigas, joven...
-Debí habértelo advertido -dijo Dan-. Esto le revienta a papá.
-¿Por qué? -preguntó Harvey desconcertado.
-Porque todo en esta canción, desde el principio al final es falso, y Whittier se equivocó. Conozco la historia de Ireson y te la contaré.
-Por centésima vez -dijo en voz baja Jack.
-Ben Ireson era patrón de la Betty, y venía al Banco de Terranova. Esto era antes de la guerra de 1812. Encontraron la Activa, de Porland, cuyo patrón era Gibbons, vecino de esta última ciudad; la Activa hacía agua pasado el faro del Cabo Cod. Hacía una tempestad horrible y la Betty capeaba el temporal. Resultó que Ireson pretendía que era una locura aventurar el barco en un mar así; pero como sus hombres no le hicieran caso, les propuso ir de conserva con la Activa, hasta que el mar se calmara un poco. Negándose a quedarse a la vista del Cabo, izaron la escandalosa y salieron mar adentro, y Ireson con ellos.
La gente del Marblehead se enfurecía contra él porque no había querido correr el riesgo, y porque al día siguiente, pasado el riesgo y la mar en calma, algunos marineros de la Activa fueron salvados por unos pescadores de Truro. Llegaron a Marblehead con la historia de que Ireson había deshonrado su ciudad; y los tripulantes de Ireson, temiendo ir contra la opinión general, se volvieron contra él y afirmaron que era responsable de todo. No es que las mujeres le emplumaran, como se dice, pero sí que una turba de hombres y chiquillos le subió a un bote y le llevó en volandas por la ciudad, escarneciéndole.
Ireson les dijo que algún día les pesaría de ello. En efecto, los hechos le dieron cumplida razón; porque vino el poeta e infamó a los de Marblehead, con el recuerdo de la injusta afrenta que infirieron a Ireson.
Esto no podías saberlo tú, Harvey, y por eso te lo cuento, para que te enteres y no te hagas eco de juicios temerarios y de calumnias.
Harvey, que no había oído hablar tan por extenso a Disko, se sintió avergonzado; por más que Dan para consolarle le dijo que un chico no podía saber más que lo que le enseñaban en la escuela, y que la vida era corta para descubrir tanta mentira como corre por el mundo.
Manuel atacó un aire extraño con una especie de bandurria, tan ruidosa como discordante, y cantó en portugués la Niña inocente, que terminaba con un palmoteo. Disko quiso envidar el resto, y haciéndole todos coro, cantó:
Abril pasó, se derritió la nievey hay que salir a remolque de New Bedford.Los ballenerosningún año vemosespigar el trigo.
Aquí el violín tocó un rato solo, y luego todos cantaron:
Espiga dorada.ramo de mi amadaespiga doradate dejo plantada;tú serás el pancuando vuelva al lar.
Esta canción casi hizo llorar a Harvey, sin saber por qué. Lo peor fue cuando el negro cocinero, dejando caer las patatas, tendió las manos para coger el violín, y de espaldas contra un armario, tocó algo que parecía muy triste, acompañado de una canción que nadie entendió, y que él entonaba con los ojos húmedos de emoción.
Harvey hízose todo oídos para oírle mejor, y entre los chirridos de la madera y el ruido del agua, la trova del negro se fue extinguiendo como un lamento.
-Esto me pone la carne de gallina -dijo Dan-. ¿Qué diablos de canción es esta?
-La canción de Fin Mac Coul, cuando se iba a Noruega -contestó el cocinero.
Su inglés no era gutural, sino chillante, como si saliera de un fonógrafo.
-Yo he estado en Noruega -dijo Jack-, pero nunca oí ruido tan desagradable.
-Cantemos algo alegre -repuso Dan.
El acordeón preludió el aire ruidoso de esta barcarola:
Veintiséis domingos van,que no hemos visto tierra;con mil quinientos quintales de sal,entre Queereau y Grand.
-¡Para! -vociferó Tom Platt-. Tanta sal nos va a traer un Jonás.
-¿Qué es esto? -preguntó Harvey-. ¿Qué es un Jonás?
-Un Jonás es todo aquello que trae mala suerte: un hombre, un grumete, también un cubo y otras cosas. En dos campañas tuvimos dos Jonás, que no podíamos descubrir; era un cuchillo de hender. Hay Jonás de todas clases. Jim Bourke lo fue hasta el día que se ahogó en las Georges. ¡Nunca me hubiera embarcado con Bourke, así me muriera de hambre! -continuó Tom Platt-. Era un Jonás de la peor especie. Ahogó cuatro hombres en su bote, que brillaba como el fósforo por las noches.
-¿Creéis en esto? -preguntó Harvey, acordándose de lo que el mismo Platt dijera sobre los cirios y los modelos-. Hemos de tomar lo que se presenta.
Un murmullo de desaprobación se oyó en todos los concurrentes.
-Lo que dices, Harvey -replicó Disko-, está bien fuera de bordo, pero no embarcado. No te burles de los Jonás.
-De todos modos, Harvey no es un Jonás. Al otro día que le cogimos, tuvimos muy buena pesca -interrumpió Dan.
El cocinero echó la cabeza atrás y soltó una extraña carcajada.
-¿Vas a darnos otra vez la lata? -le gritó Jack.
-Sí -replicó Dan dirigiéndose al negro-. Harvey es nuestra mascota, y desde que le pescamos, pescamos más.
-¡Oh, sí, sí! -exclamó el cocinero-; no lo niego, pero la pesca aún no ha terminado.
-¿Por qué lo dices? ¿Tienes que decir algo de él?
-Nada; pero llegará el día que él será tu amo, Danny.
-¿No hay más? -replicó Dan, complacido-. No lo será por nada del mundo.
-¡Amo! -repitió el cocinero señalando con el dedo a Harvey-. ¡Criado! -designando a Dan.
-¿Y cuándo sucederá esto? -preguntó Dan, riendo.
-Dentro de algunos años, y yo lo veré. Amo y criado... Criado y amo.
-¿De dónde diablos has sacado esto? -demandó Tom Platt.
-De mi mollera. Lo he visto pintado en ella.
-¿Cómo? -preguntaron todos a un tiempo.
-No lo puedo decir; pero será como he dicho.
El negro inclinó la cabeza y siguió pelando patatas, sin que le pudieran sacar más palabras.
-De todos modos, mucha agua ha de pasar por sobre el puente antes que Harvey sea mi amo -observó Dan-. Estoy contento que el cocinero no haya hecho de él un Jonás. Lo que yo digo es que el tío Salters es el rey de los Jonás de la flotilla, especialmente en lo que atañe a él mismo, y temo que su mala influencia se propague como la viruela. Debiera tripular el Carrie Pitman, que es el Jonás de los barcos.
Oyéronse algunos golpes en el puente.
-Es el tío Salters con su suerte -dijo Dan.
-Ya ha aclarado -avisó Disko desde afuera.
Todos subieron precipitados para respirar una bocanada de aire fresco. La bruma se había disipado, pero en pos de ella rodaba un mar alborotado. La goleta bogaba, por decirlo así, por entre profundos fosos, que, mudando de equilibrio continuamente, la hacían de pronto subir a la cresta de una montaña de agua y bajar en seguida a las profundidades, en tanto que el viento mugía en sus antros. Tan pronto una ola se deshacía en un manto de espumas, tan pronto se sucedían otras blancas y grises, como una visión ante los ojos de Harvey.
Cuatro o cinco preteles, en alas de la tempestad, giraban en círculo y chillaban rasando la proa. Por un rato estuvieron a la vista, hasta que el viento los arrebató a otro lado.
-Me parece que veo vacilar algo allá abajo -dijo Salters, señalando al nordeste.
-Será algún barco de la flotilla -contestó Disko, oteando el horizonte a proa mientras esta hendía el abismo-. La mar va calmándose aprisa. Dan, haz el favor de ver cómo está la boya del trawl.
Dan, a pesar de sus grandes botas, trepó a los obenques, se agarró a las barras de la cofa y paseó su mirada hasta que vio la minúscula mancha de boya negra, distante cosa de una milla.
-Está sin novedad -contestó-. Hacia el norte se viene con el viento una embarcación que debe ser otra goleta.
Esperaron media hora más, mientras que el cielo se aclaraba a girones, dando paso a un sol que teñía el agua de color verde oliva. Entonces se enderezó un extremo del palo de mesana, se hundió y desapareció, mostrando a popa mascarones tallados en madera, a la antigua usanza marinera. Las velas estaban tintas de encarnado.
-¡Un barco francés! -gritó Dan.
-No, no es francés -replicó Disko-. ¿Salters, ves algo?
-Tengo ojo. Es el tío Abishai.
-¿Puedes afirmarlo?
-Es el rey de los Jonás -afirmó Tom Platt.
-¡Oh, Salters, Salters!; mejor fuera que estuvieras durmiendo.
-Cómo podía yo saber... -replicó el pobre Salters, condoliéndose del encuentro.
La embarcación aquella parecía más bien otro buque fantasma, según lo sucia y maltratada que iba. El alcázar de popa, a estilo antiguo, tenía cuatro o cinco pies de alto, y los aparejos flotaban enredados y llenos de nudos, como las algas a la entrada de un puerto. Corría con el viento con espantables balanceos, con un palo desarbolado tendido en el puente. Llevaba el bauprés levantado, como el de una fragata, pero sujeto con grapas de hierro para desafiar la peor embonada, y cuando se dejaba ver en toda su masa, asentada en su ancha popa, parecía a una vieja, despeinada y borracha, contendiendo con una joven.
-Es Abishai -dijo Salters-, que va cargado de ginebra y de gente de Judique, escapando a los juicios de la Providencia, que le persigue, sin alcanzarle hasta ahora. Vuelve de Miquelón, a donde fue a buscar cebo.
-Pronto la dará empleo -observó Jack-, porque su aparejo no es para un tiempo así.
-¡Oh! Si no fuera este, ya lo hubiera hecho tiempo ha -replicó Disko-. Diríase que se prepara a pasarnos encima. Di, Platt, ¿no es verdad que se hunde por delante más de lo necesario?
-Sí. Es su manera de lastrar, no va muy segura. Pronto tendrá que recurrir a las bombas.
La extraña aparición batió el aire, viró de bordo con una especie de estremecimiento de todo su aparejo y se puso a sotavento, al alcance de la voz.
Una barba gris se asomó a la borda y una bronca voz aulló algo que Harvey no pudo entender. Pero la cara de Disko se contrajo.
-Arriesgaría la última de sus planchas para traer malas noticias. Dice que tenemos mal viento. Yo creo que él lo tiene peor. ¡Abishai! ¡Abi... shai!
Movió la mano de arriba abajo, como imitando el gesto de mover una bomba y señaló adelante.
-¡Vete a tomar aire! -vociferó Abishai-. Un fuerte golpe de viento. ¡Sí! Será vuestro último viaje, camastrones de Glocester. No volveréis a Glocester. ¡No volveréis!
-Loco de atar, como de costumbre -dijo Tom Platt-. Hubiera preferido no encontrárnoslo.
La goleta viró fuera del alcance de la voz, en tanto que la barba gris aullaba no se sabe qué a propósito de un hombre muerto que llevaba a proa. Harvey se estremeció, porque pudo ver la suciedad de a bordo y la tripulación de torvas miradas de aquel buque fantasma.
-¡Es un infierno flotante! -dijo Jack.
-Es un trawler -explicó Dan a Harvey-, y se ocupa en recoger cebo a lo largo de la costa Sud y Este, hacia abajo. (Señalaba hacia las bahías de Terranova). Es un hatajo de hombres muy groseros, y Abishai lo es más que todos. ¿Viste su barco? Tiene más de setenta años y es la última carraca de Marblehead. Ya no se construyen armatostes así. No es que Abishai tenga relaciones con Marblehead. Va errante por todas partes, agobiado de deudas, pescando al trawl y vociferando, como oíste. Sigue siendo un Jonás incorregible. Se hace dar alcohol por los barcos de Fecamp, porque hace sortilegios y se vale de malas mañas. Creo que está loco.
-No vale la pena de recoger el trawl esta tarde -dijo Platt con amargura-. El encuentro de este hombre nos trae desgracia. Daría mi parte de ganancia por verle en las antenas del Ohio, con cien rebencazos en el cuerpo.
La carraca bailaba en el mar como un hombre ebrio y todos la seguían con la mirada.
De pronto, el cocinero gritó con su voz de fonógrafo:
-¡Está agonizando! ¡Se está acabando! Soy yo quien lo digo. ¡Mirad!
La goleta navegaba en un manchón de sol líquido, a una distancia de tres o cuatro millas. La mancha se diluyó y se borró, y la goleta desapareció al mismo tiempo que la luz. Cayó envuelta en un abismo de olas y luego no se vio nada más de ella.
-¡Tragada por el remolino! -gritó Disko saltando a popa-. Borrachos o no, debemos socorrerles. Vira corto y pica ancla. ¡Pronto!
Harvey se vio echado en el puente por el choque que siguió a la maniobra del foque y de la mesana, que consistió en virar a pico sobre el cable, arrancar el ancla con una sacudida para ahorrar tiempo, e izarla andando. Es un arranque brutal al que se apela en cuestiones de vida o muerte, y la pequeña We're Here se quejaba como un ser humano. Llegaron al sitio donde el buque de Abishai había desaparecido, y hallaron dos o tres cubos de trawl, una botella de ginebra, un bote desfondado y nada más.
-Dejad esto -gritó Disko, por más que nadie había pretendido recoger tales despojos-. No quiero tener a bordo ni una cerilla que haya pertenecido a Abishai. Supongo que la goleta se ha hundido. Estaría haciendo agua desde hace una semana, y nadie se ocupó de dar a las bombas. Es otro barco perdido por haber zarpado con la tripulación borracha.
-¡Alabado sea Dios! -dijo Long Jack-. Estábamos obligados a socorrerles si hubieran estado en la superficie del agua.
-Lo mismo opinaba yo -repuso Platt.
-Lo preveía, lo preveía -sentenció el cocinero-. Se llevó la mala suerte con él.
-Creo que la flotilla se alegrará cuando lo sepa -agregó Manuel-. Si fuéramos contra el viento y el barco abriera sus junturas...
Extendió la mano con un gesto indescriptible mientras que Pen se sentaba a popa, gimiendo de horror y compasión, por lo que había visto. En cuanto a Harvey, sin poder figurarse que había visto la muerte sobre las aguas del mar, se sentía angustiado.
Dan subió a la cofa, y Disko gobernó de modo que estuvieran al alcance de los cebos del trawl, cuando ya la bruma iba a sombrear el mar.
-No se necesita mucho para irnos de este mundo -fue todo lo que dijo a Harvey-. Acuérdate de esto, y no lo olvides, joven. Este es el efecto de la bebida.
Después de la comida, el mar estaba más tranquilo para pescar de lo alto del puente.
Pen y el tío Salters pusieron todo su empeño, y la pesca fue abundante, como hermoso el pescado.
-Seguramente que Abishai se ha llevado la mala sombra con él -dijo Salters-. El viento no ha variado. ¿Cómo está el trawl? De todos modos, yo me río de las sugestiones.
Tom Platt insistía para que se izara el ancla, a fin de fondear en otro lado, pero el cocinero dijo:
-Está roto el ensalmo. Ya lo veréis en la primera ocasión. Lo sé muy bien.
Estas palabras agradaron de tal suerte la vanidad de Jack, que triunfando de la repugnancia de Platt, los dos salieron juntos a pescar.
Recoger un trawl significa traer uno de los lados del bote, quitar el pescado y volver a cebar los anzuelos para echarlos al mar; algo semejante a la faena de poner y quitar ropa a secar en un tendedero. Es una faena larga y asaz peligrosa, porque la interminable cuerda que agobia el bote puede hacerle volcar en un guiño de ojo.
Pero cuando oyeron And now to thee O Captain!, salir de la bruma como un gruñido, la tripulación del We're Here tomó ardimiento. El bote bien cargado, se acercó con prontitud, y Platt gritó a Manuel que le ayudara a descargar.
-Por esta vez rompimos la hechicería en dos partes -dijo Jack hundiendo su horqueta en el pescado.
Harvey estaba con la boca abierta ante la destreza con que el bote, no obstante la marejada, había escapado al peligro.
-La primera parte fue todo calabazas -continuó Jack-. Platt quería izar el trawl y acabar de una vez; pero yo dije: «Opino que el cocinero es zahorí», y entonces vino la segunda parte en forma de grandes pescados. Pronto, Manuel, tráenos un cubo de cebo. Esta tarde estamos de suerte.
Los peces mordieron los anzuelos nuevamente cebados. Platt y Jack, sacudiendo metódicamente el trawl de alto abajo, en toda su longitud, hundían la proa del barco con el peso de la cuerda, que limpiaban de algas y cohombros de mar, a las que llamaban «calabazas». De una sacudida contra las tablas desprendían el bacalao recién cogido; luego volvían a cebar y cargaban el bote de Manuel.
Así siguieron haciendo hasta la caída de la tarde.
-No quiero arriesgarme -dijo entonces Disko- en este lugar del naufragio. Trae los botes y después de cenar limpiaremos el pescado.
La tal limpieza fue de órdago, pues cayeron tres o cuatro orcas como la que pescó Harvey. Duró hasta las nueve, y por tres veces se rio Disko viendo a Harvey echar a la cala el pescado hendido.
-¿Sabes que cumples como un valiente? -le dijo Dan cuando afilaban los cuchillos, después que los hombres se fueron a dormir-. Ha habido bastante marejada esta noche y no te he oído quejarte.
-Es que estaba muy ocupado -contestó el joven dándole un cuchillo-. Pero ahora voy notando el movimiento.
La goleta se debatía entre las olas recamadas de plata. Cuando retrocedía a la tensión del cable, parecía desperezarse como un gato, y levantaba turbonadas de agua, que entraban en los escobenes, con ruido de cañonazos. Parecía decir: «Siento no poder estar más tiempo aquí. Me voy al norte». Lo demás parecía expresarlo con impaciente pantomima, como un perrito que muerde la cuerda que le sujeta, o como una vaca picada por un tábano, según tomaba los caprichos del mar.
-Mírala como habla -dijo Dan-. Se parece a Patrick Henry.
La goleta seguía balanceándose como gesticulando, al mover su cabo de foque de babor a estribor, y parecía decir: «Dadme la libertad o la muerte».
Al fin se aquietó en un remanso de la luna, haciendo una reverencia con aire orgulloso, mientras la rueda del timón chirriaba burlándose de ella.
Harvey se echó a reír.
-Ni más ni menos que si se tratara de una persona -dijo.
-Es tan sólida como una casa y tan seca como un arenque -observó Dan entusiasmado, en el momento que un golpe de mar le hacía ir de bruces en el puente-. Mírala, mírala en este momento. Sería menester que vieras uno de estos desgraciados mondadientes levar el ancla en la punta, con quince brazas de agua.
-¿Mondadientes?
-Llamamos así a los barcos nuevos para la pesca del haddock y del arenque. Delgado como un yacht a proa, con bauprés en punta y una popa soberbia. Tengo entendido que Burgess hizo los modelos de tres o cuatro de ellos. Papá no es partidario de esta clase de barcos a causa de sus balanceos y sacudidas, pero ganan mucho dinero. Papá sabe buscar el pescado, pero es enemigo del progreso, no anda con el tiempo. ¿Viste alguna vez el Elector, de Glocester? Es una perla, y también un mondadientes.
-¿Cuestan mucho, Dan?
-Montañas de dólares. Quince mil, quizá. Llevan dorados y cuanto se puede imaginar.
Y como hablándose a sí mismo, añadió:
-Creo que yo le llamaría también Hattie S.
Este tema empleó muchas conversaciones entre Dan y Harvey. Aquel contó a este que su ensueño era tener un haddoker, construido por Burgess, y al que daría el nombre de su bote, Hattie.
Resultaba que Hattie, la verdadera, según comprobó Harvey por una fotografía que le mostró su amiguito, era una muchacha de catorce años, que despreciaba a los jóvenes y se complacía en zarandear el corazón de Dan. Esta confidencia, bajo promesa de un solemne secreto, hízola el grumete en la obscuridad de la noche y de la bruma sofocante.
El timón guiñaba tras ellos, el puente gemía y afuera mugía el mar sin descanso.
Se afianzaba la amistad entre ambos grumetes, pero así y todo, una vez se enzarzaron a puñetazos, tal, que Pen hubo de interponerse entre ellos. Harvey, físicamente, era desigual a Dan, así que, valiéndose de su superior educación, procuró aventajar al otro por este lado.
Esto sucedía en el momento que acababa de ser curado de una serie de diviesos entre los codos y los puños, en el lugar que el jersey húmedo corta la carne. El agua salada le escocía grandemente, pero cuando aquellos se maduraron, Dan los trató con la navaja de afeitar de Disko, asegurando que ya estaba convertido en un verdadero banquero, porque los forúnculos eran las señales de la casta que reclamaba.
En su cualidad de joven, y de joven atareado, no se rompía la cabeza para pensar. Sentíase hondamente afligido cada vez que pensaba en el sentimiento que tendría su madre; aspiraba a verla y contarla su asombrosa vida nueva y el modo brillante con que le desempeñaba.
Otras veces prefería no pensar cómo soportaría ella la supuesta suerte de su hijo. Pero un día que estaba discutiendo con el cocinero, porque este había acusado a él y a Dan de robar buñuelos, se le ocurrió que esto era preferible a ser amonestado por extraños en el «fumadero» de un paquebote.
En la goleta pescadora formaba parte de todos los planes, tenía su sitio en la mesa y en las literas y terciaba en las conversaciones los días de mal tiempo, en que los de a bordo le oían contar sus cuentos de hadas, de vidas en tierra. En dos días se hizo cargo que si hablaba de su vida anterior nadie, como no fuera Dan, le prestaba crédito. Por esto imaginó un amigo, un joven del que él había oído hablar, que en Toledo (Ohio), manejaba un drag en miniatura, tirado por cuatro poneys, y dirigía cotillones en bailes a los que asistían niñas de quince años no completos, con papás forrados de oro los bolsillos.
Protestaba Salters diciendo que esta era una diversión pecaminosa y peligrosa; pero Harvey le dejaba hablar; sus críticas acabaron por darle ideas totalmente nuevas sobre los rigodones, los cigarrillos de boquilla dorada, sortijas, perfumes, champagne, juegos de cartas y comodidades de hotel. Poco a poco fue cambiando de tono, cuando hablaba de su amigo, al que Jack había bautizado el Cordero sin sesos, el Bebé dorado, Vandepoot (otro Rotschild) con nodriza y otros apodos. Con los pies en sus botas de mar, sobre la mesa, inventó otras historias sobre pijamas de seda y plastrons importados expresamente para su amigo.
Harvey íbase adaptando al medio en que estaba, teniendo una mirada escrutadora y el oído aguzado al menor pliegue de frente o a la más mínima palabra de su alrededor.
No tardó mucho tiempo en saber dónde guardaba Disko el viejo octante verde gris, que ellos llamaban hog yoke. Lo tenía en el jergón de su camarote. Cuando tomaba la altura del sol y con la ayuda del almanaque del Viejo Colono, tomaba la latitud, Harvey de un salto bajaba al camarote para escribir el cálculo y la fecha, con la ayuda de un clavo, en el bermellón de la bitácora. Ni el primer maquinista de un vapor, ni otro cualquiera con treinta años de servicio, tenía el aire marinero con que Harvey, después de escupir cuidadosamente por la borda, anunciaba la posición de la goleta y quitaba el octante a Disko.
El referido Hog yoke, un mapa marino de Eldrilge, El almanaque del colono, El piloto de la costa, de Blunt, y El navegante, de Bowditch, eran todos los instrumentos de que se valía Disko para rumbear, además de la sonda, su ojo de reserva. Harvey casi mató a Pen con este último instrumento, la primera vez que Platt quiso enseñarle a hacer volar el pichón azul; y aunque él no tuviera bastante fuerza para resistir un sondeo sostenido, con algo de mar, Disko la empleaba de buena gana en tiempo de calma, con un plomo de siete libras.
Como decía Dan:
-No es el sondaje lo que pide papá, sino las muestras. Engrasa bien, Harvey.
Harvey untaba bien con sebo el hueco situado en la base del plomo y traía con cuidado la arena, concha, fango y cuanto fuera, que Disko tocaba, olía y así formaba su opinión. Como se dijo anteriormente, Disko pensaba como un bacalao; gracias a esta mezcla de instinto y de experiencia guiaba la goleta de fondeadero en fondeadero, siempre con pescado; como un jugador de ajedrez, con los ojos vendados, juega sobre el tablero, que no ve.
Pero el tablero de Disko era el Gran Banco; un triángulo de 250 millas por cada lado; una inmensidad de aguas rodantes, empaquetada de niebla húmeda, atormentada por tempestades, con hielo a la deriva, sembrado de velas pescadoras y cortado por algunos trasatlánticos.
En los días que trabajaban con bruma. Harvey se ponía a la campana; pero así que se familiarizó con la obscuridad salió en compañía de Tom Platt, con el corazón alegre. Si la bruma no se disipaba, el pescado mordía, y nadie es capaz de sumirse en el terror sin esperanza seis horas seguidas.
Harvey se consagró a sus cuerdas y al tenedor o bichero, según lo indicaba Tom. Ganaron la goleta al remo, guiados por la campana y el instinto de Tom, mientras que la bocina de Manuel resonaba cerca de ellos con leve son. Era la experiencia de un mundo distinto de la tierra firme; y por primera vez, desde un mes, Harvey soñó con planchas de agua móviles y humeantes, en torno del bote, con cordeles que se enredaban, con la atmósfera que se confundía con el mar a diez pies de su mirada. Algunos días después se vio afuera con Manuel en un sitio que se estimaba de cuarenta biazas de profundidad, pero el cable del ancla dio todo lo suyo. Harvey se estremeció de espanto ante la idea de haber perdido el contacto con la tierra.
-Es el Agujero de la Ballena -pronunció Manuel recobrando el ancla-. Esto gusta a Disko. ¡Regresemos!
Volvieron a fuerza de remo a la goleta y vieron a Platt y los demás que se burlaban del patrón, que una vez más les había llevado a la boca del estéril abismo de la Ballena, el agujero vacío del Gran Banco. Fuéronse a través de la bruma a fondear en otro sitio, y esta vez, cuando Harvey dejó el bote de Manuel, se espeluznó de espanto. Una blancura evolucionaba en la otra blancura de la niebla, con un hálito parecido al de una tumba, y borboteaba el agua como un gruñido. Tal fue como se presentó el temible iceberg de verano en el Banco.
Harvey se agazapó en el fondo de la lancha, mientras Manuel le miraba sonriente.
Hubo, sin embargo, días claros, apacibles y cálidos, en los que la pesca parecía más bien la perezosa ocupación del pescador de caña, y se mataban las medusas a flor de agua, a golpes de remo; y hubo también días de ligeras brisas, en los que Harvey aprendió a llevar la goleta de un fondeadero a otro.
No pudo menos de estremecerse la primera vez que con las manos en la rueda del timón sintió responderle la quilla y deslizarse entre las aguas con la vela de mesana empujando hacia el azul del horizonte. Esto era realmente magnífico, a despecho de Disko, quien pretendía que una serpiente se hubiera roto los riñones siguiendo su estela.
Como siempre, la roca Torpeya estaba de cerca del Capitolio. Navegaba a sotavento, con el foque desplegado, y Harvey ponía la goleta al viento para demostrar ante Dan su maestría en náutica, cuando ¡pan!, la mesana pasó al otro lado, hizo un girón al foque y Harvey hubo de aprender ahora a servirse de la aguja y del pulidor. Dan se congratuló de ello, porque en su aprendizaje tuvo el mismo tropiezo.
Como todos los jóvenes, Harvey se dio a imitar a cada uno de los mayores que le rodeaban, hasta que combinó el modo particular de doblarse Disko en la rueda, el braceo de Jack al recoger las cuerdas de pesca, el manejo del remo por Manuel con la espalda encorvada, y el paso marinero de Tom Platt en el puente.
-Es de notar cómo se aplica -decía Jack una tarde de niebla en que Harvey, apoyándose en el cabestrante, hacía de serviola-. Apostaría mi ganancia a que él mismo se traga la comedia y se cree un marinero atrevido.
-Así empezamos todos -contestó Platt-. Los grumetes se creen hombres, hasta que llegan a serlo, y después siguen con nuevas pretensiones. Yo hice mi primer cuarto de guardia creyéndome más lince que Ferragut. (Almirante americano nacido en Mahón, de las Islas Baleares). Dan está también poseído de ideas análogas. Contémplale un instante tomando el pelo al negro de la cocina. Creo que por esta vez se ha equivocado Disko. ¿Cómo pudo decirnos que el joven Harvey estaba guillado?
-Lo estaba -repuso Disko-, lo estaba como un estornino, cuando lo recogimos a bordo; desde entonces se ha enmendado mucho. Yo le he corregido.
-Pues sigue contándonos maravillas -arguyó Platt-. La otra tarde nos habló de un tipo de su edad que guiaba un cochecito de cuatro poneys por las calles de Toledo, en el Ohio, y que daba convites a jovencitos como él. Bromas como esta se le ocurren a docenas.
-Las sacará de su magín -gritó Disko desde su camarote, donde estaba abismado en su cuaderno de bitácora-. Es evidente que todo esto él lo inventa. Solo sirve para engañar a Dan.
-¿No os han contado nunca lo que Simeón Pedro Calhonn decía cuando se le puso en la cabeza casar su hermana Hitty con Loring Serauld? -dijo Salters, que se secaba a estribor.
Tom Platt echó una bocanada de humo con desdeñoso silencio, porque era del Cabo Cod y sabía aquel cuento lo menos hacía veinte años.
El tío Salters lo contaba riéndose.
-Simeón Calhonn decía, a propósito de Loring, que era un caballero; pero que así y todo, era imbécil.
-Mejor fuera que dejaras hablar a quien conoce mejor la historia de sus paisanos -observó Platt.
-No tengo pretensiones de orador -rearguyó Salters-; solo quise decir que la moraleja es aplicable a Harvey: es un caballerete con título de chifladura, por más que tenga apariencia de rico.
-¡Qué divertido sería navegar con una tripulación en la que todos fueran como Salters! -observó Jack-. ¡Un agricultor metido a pescador de bacalao!
Todos se rieron en el puente, a costa de Salters, menos Disko, que seguía con la boca cerrada y repasaba el cuaderno de viaje.
He aquí lo que se leía en las últimas páginas:
«17 julio.- Hoy, bruma espesa y poco pescado. Hondeo norte. El día acaba lo mismo.
18 julio.- Amanece con bruma. Algo más de pescado.
19 julio.- Amanece con ligera brisa NE, y buen tiempo. Fondeo al Este. Mucha pesca.
20 julio.- Hoy, domingo, amanece con bruma y vientos ligeros. El día acaba lo mismo. Total de pescado cogido esta semana: 3.478».
No se trabajaba en ningún domingo, día que se destinaba al aseo personal, si hacía buen tiempo, y en los que Pen cantaba algunos himnos religiosos. Una o dos veces sugirió la idea de si podría remontarse a lanzar un sermón; pero el tío Salters se le abalanzó y casi le ahoga diciéndole que no era predicador y que no debía pensar en esas cosas.
-Se acordaría de la catástrofe de Johstown y Dios sabe lo que sucedería -explicó Salters a los demás.
Hubieron, pues, de reducirse a oírle leer en voz baja un libro llamado Josefo; un viejo mamotreto encuadernado en cuero, con el moho de cien viajes, muy sólido y muy parecido a la Biblia, pero con historias de batallas y de sitios, y todos le escuchaban sin pestañear. Por lo demás, Pen era un hombre taciturno, que se pasaba días enteros sin decir palabra, aunque jugara al chaquete, oyera cantar canciones y riera sucedidos.
Cuando trataban de distraerle, decía:
-No es que desprecie la compañía; es que no tengo nada que contar. Me siento la cabeza totalmente vacía. Casi he olvidado cómo me llamo.
Y se volvía a mirar a Salters, con la sonrisa de quien espera algo.
-Sí; Pensilvania Pratt -le gritaba Salters-; veo que también vas a olvidarme a mí.
-¡Nunca, jamás! -contestaba Pen con aire resuelto-. Pensilvania Pratt, sí; esto es -repetía maquinalmente.
Otras veces era Salters el que se olvidaba y le cambiaba el nombre, y Pen, siempre satisfecho y creído de lo que le decía.
Pen, particularmente, se mostraba muy afectuoso con Harvey, al que compadecía como a un joven de cerebro desequilibrado, y cuando Salters notó esta predilección, se mostró satisfecho.
Salters distaba mucho de ser un hombre amable. Se creía tener la dirección de los grumetes, y la primera vez que hizo subir a Harvey, en un día de calma, al tope del palo mayor, acompañado de Dan, por si le daba un vértigo, fue para hacerle colgar las botas de mar del propio Salters, en señal de burla para la goleta más próxima. Harvey no se permitía ninguna familiaridad con Disko, aun cuando este le mandase como al resto de la tripulación: «¿Queréis hacer esto o aquello?»; o bien: «Creo que sería mejor», y así por el estilo. En sus labios afeitados y en el pliegue de sus labios había algo que imponía al joven.
Disko le enseñó a leer el mapa, lleno de alfileres y de huellas de dedos, y que según aquel valía más que cualquiera otra publicación oficial, y con el lápiz le llevaba de fondeadero en fondeadero, por todo el rosario de los bancos: el Have, Western, Banquereau, San Pedro, Green y Grand, abundantes en bacalao. Le enseñó también el principio que regía el uso del hog yoke.
En esto Harvey aventajaba a Dan, porque había heredado de su padre una cabeza organizada para los números, y la idea de sacar una información a uno de los débiles rayos del sol de Terranova, solicitaba toda su atención. Como decía Disko, debiera haber empezado a los diez años.
Dan podía cebar la cuerda o poner la mano a cualquier aparejo en la obscuridad; y aun en el caso que Salters tuviera un grano en la mano, proceder a la cura con maestría. Con solo la impresión del viento en la cara, gobernaba en cualquier tiempo, prestándose a los caprichos de la goleta. Cumplía tan maquinalmente como cuando trepaba a las gavias, y su bote formaba parte integrante de su voluntad y de su cuerpo. Nunca hubiera podido comunicar su ciencia a Harvey.
Cuando hacía mal tiempo, cuando se veían obligados a guarecerse en el puente o sentarse en los cofres del camarote, y se oía rodar y chirriar, en el silencio de los cuatro tabiques de madera, plomos, anillos de reserva y armellas, mejoraba el ambiente social en la goleta.
Disko hablaba de viajes a caza de la ballena, entre 1850 y 1860; las hembras desventradas junto a sus ballenatos, su agonía en las aguas negras y agitadas y los chorros de sangre a cuarenta pies de altura; los barcos volanderos; los cohetes, que a veces bombardean a la tripulación; el desuello y la puesta de los pedazos en los calderos; y el terrible episodio del 71, cuando doscientos hombres se vieron desamparados en el hielo durante tres días. Pero más extraordinarias eran las historias del bacalao.
Long Jack se sentía inclinado a lo sobrenatural. Tenía el privilegio de encantarles con sus historias fantásticas. Ya eran los yo-hoes de la bahía de Monomoy, que se burlaban de los solitarios buscadores de ostras; los corredores de arenas y los errantes de las dunas, que se enterraban poco a poco; el tesoro oculto de la isla de Fuego, que guardan los hombres de Kidd, célebre pirata; los navíos que bogan en la niebla, rectos al Truro; el puerto del Maine, donde solo un extranjero puede echar el ancla dos veces en cierto lugar, a causa de las tripulaciones muertas, que salen a media noche, sacuden el ancla a proa y atormentan al hombre que turbó su reposo.
Harvey estaba creído que la costa Este de su país natal, a partir del sud del monte Desierto, únicamente estaba poblado por gentes que en verano llevaban allí sus caballos y habitaban en quintas de recreo, ricamente amuebladas. Tomó a chacota las historias de los aparecidos y se limitó a oír sin chistar.
Tom Platt, cuando le tocaba el turno de hablar, refería su interminable viaje alrededor del cabo Hornos en el viejo Ohio. Contaba cómo se metían en el cañón las balas rojas, cómo se manejaba el escobillón y el estopín, y de qué modo los grumetes del buque enemigo los incitaban al combate. Refería historias de bloqueos, de largas semanas el ancla en un mismo sitio, sin más distracción que la ida y venida de los steamers que se repostaban de carbón; historias de tempestades y de frío, frío que obligaba a la tripulación a machacar el hielo sobre los cables y el aparejo, en tanto que en la cocina las hornillas estaban más rojas que las bombas y los hombres bebían chocolate en cubos.
Platt no conocía nada del vapor, porque había abandonado el servicio cuando este se implantó. Lo admitía en tiempo de paz como un invento de carácter especial, y todos sus amores se iban tras los fragatones de diez mil toneladas y sus grandes velas.
En cuanto a Manuel, su parla era lenta y acariciadora; hablaba de las lindas muchachas de Madera, lavando la ropa en los arroyos, a la luz de la luna, a la sombra móvil de los bananeros; o bien leyendas de santos, relatos de danza y de combates extraños en los puertos helados de Terranova, en los que se hace provisión de cebo.
Salters hablaba con preferencia de agricultura, porque si bien leía e interpretaba el Josefo, su misión en este mundo era probar el valor de los abonos verdes, especialmente del trébol sobre los fosfatos. Tal era su inquina contra los fosfatos, que sacaba de su litera libros grasientos de Orange Judd (sociedad editorial agrícola), y los leía a Harvey, para quien todo esto sonaba a griego.
Pen mostraba tanto sentimiento cuando Harvey se burlaba de las lecturas de Salters, que el joven dejó de hacerlo y se mantuvo en correcto silencio.
Todo esto hacía mucho bien a Harvey.
El cocinero, como es natural, no tomaba parte en las conversaciones. Por regla general, no hablaba más que en los casos absolutamente necesarios; pero a veces se sentía inspirado y hablaba, mitad en galaico, mitad en inglés, por más de una hora. Se mostraba muy comunicativo con los dos grumetes, sin desmentir nunca su profecía: que Harvey sería un día el amo de Dan, y que él mismo sería testigo de esto. Hablábales del transporte de comunicaciones en invierno, por el camino del cabo Bretón; del convoy de perros que va a Coudray, y del steamer Artic, que rompe el hielo entre el continente y la isla del príncipe Eduardo. Luego les relataba historias, que le contara su madre allá en tierras donde el agua no se hiela nunca; y decía que cuando se muriese, iría su alma a reposar en una blanca y tibia bahía de arena, sombreada de palmeras de pencas cimbradoras. Esto les parecía extraño a los grumetes, tratándose de un hombre que en su vida había visto una palmera.
Aparte de esto, en cada comida preguntaba a Harvey, y solo a Harvey, si le gustaban los platos. Los grumetes respetaban el juicio del cocinero y este tenía en mucho la opinión de Harvey.
En tanto que Harvey absorbía por todos sus poros nuevos conocimientos y bebía salud a cada bocanada de aire, la goleta seguía su camino en el Banco, y las pilas de pescado amontonado llegaban cada vez más altas en la sentina. Todos los días eran iguales en el promedio de la pesca.
Se deja suponer que un hombre de la reputación de Disko Troop se vería espiado, «casi ahogado», como decía Dan, por sus vecinos; pero él tenía una rara habilidad para esquivarlos en la obscuridad de la bruma. Disko evitaba la compañía, por dos razones. La primera porque quería entregarse solo a sus experimentos; la segunda, porque era opuesto a las mezcolanzas de una flotilla casi internacional.
Esta flotilla estaba compuesta, principalmente, de barcos de Glocester, de Pincetown, de Harwit, de Chathan y de los puertos del Maine; pero las tripulaciones eran exóticas. El peligro engendra el descuido, y cuando se añade la ganancia, hay mucha exposición a accidentes de una flotilla dispersa, semejante a un rebaño apresurado de carneros que no obedece a un pastor común.
-Que los dos Jerauld los guíen -decía Disko-. Nosotros estamos obligados a estar un momento entre ellos en los bancos del Este, pero si la suerte ayuda, el tiempo será corto, Harvey; el sitio en que ahora estamos no es considerado como un buen lugar de pesca.
-¡De veras! -respondió Harvey, que estaba atareado sacando baldes de agua, para la limpieza-. Entonces valdría la pena tantear otro sitio mejor.
-El paraje que yo deseo ver, no tantear, es Eastern Point -declaró Dan-. Papá, supongo que no estaremos más de dos semanas en los bancos. Tú, Harvey, encontrarás la compañía que quieras. Es el momento en que se empieza a trabajar. Se acabó el descanso en horas fijas. Un bocado cuando se tiene hambre y la litera cuando no hay medio de tenerse derecho. Ha sido un bien que no te hayamos recogido un mes más tarde, porque no te hubiéramos entrenado para la Virgen Antigua.
Por el mapa de Eldridge comprendió Harvey que la Virgen Antigua y otros bancos de extraños nombres, eran el eje del crucero y que, ayudando la suerte, acabarían por emplear la sal de a bordo; pero al ver las pequeñas dimensiones del banco de la Virgen se preguntó cómo podría Disko dar con él, aun valiéndose del hognyoke y de la sonda. Más tarde averiguó que Disko era capaz de salir de este empeño y de otros más difíciles.
En el camarote estaba colgado un gran cuadro negro, de cuatro pies por cinco, cuya utilidad no comprendió Harvey, hasta que después de algunos días de bruma cegadora oyó el estridente sonido de una sirena que se manejaba con el pie; una máquina de grito discordante como el de un elefante enfermo.
Estaban entonces en un fondeadero, llevando el ancla a remolque para ahorrar faena.
-Una vela cuadrada que pide auxilio -dijo Jack.
Por entre la niebla aparecieron las velas rojas y húmedas de un barco, y la goleta de Disko dio tres tañidos de campana, según los usos del mar.
En el mayor de los dos barcos se vieron en las gavias hombres que llamaban a gritos.
-¡Un francés! -dijo Salters, en tono desdeñoso-. Un barco de Miquelón que llega de San Malo.
-¡Eh! -gritó Piatt burlándose-; backez-vous, backez-vous! Standey avayez! ¡Mucho bueno! ¿Sois de San Malo, eh?
-¡Ah, ah! Mucho bono. Sí, sí. Clois-Poulet! ¡San Malo y Miquelón! -gritaron en el otro barco agitando gorros de lana, con grande algazara.
-¡El cuadro! ¡El cuadro! -dijeron todos a una.
-Sube el cuadro, Dan. Me extraña la manera como los franceses llegan a cualquier parte. Verdad es que América es muy larga. Les basta saber que están entre los grados 46 y 49.
Dan dibujó con greda unas figuras en el cuadro aquel que vimos en el camarote y lo colgaron en las gavias del palo mayor, mientras el barco pedía merci a coro.
-Me parece mal dejarles sin avío -dijo Salters.
-¿Aprendiste el francés desde el último crucero? -le preguntó Disko-. No quisiera que nos tiraran piedras de lastre oyéndote injuriar a los barcos de Miquelón, como lo hiciste a la altura del Have.
-Decía Harmon Rush que este era el medio de hacerles subir. Hablando nos entendemos. A todos nos va faltando el tabaco. Harvey, ¿sabes francés?
-Sí -contestó el joven con resolución-. Y empezó a decir: Ohé! Dites donc! Arretez-vous! Attendez! Nous sommes venant pour tabac!
-¡Ah!, tabac, tabac -gritaron ellos.
Y se echaron a reír.
-Dimos en el blanco -dijo Platt-. Pichemos un bote al agua. Yo no tengo diploma de francés, pero hablo una jerigonza que creo sacará de apuros. Ven Harvey, y nos servirás de intérprete.
La algarabía y la confusión subieron de punto cuando Platt y Harvey fueron izados en el barco francés. La cámara del patrón estaba plagada de estampas de la Virgen de Terranova, como ellos la llamaban.
Harvey comprendió que su francés le servía de poco, y hubo de limitarse a movimientos de cabeza y a hacer muecas. Tom Platt movía los brazos desesperadamente. El capitán le ofreció un vaso de buena ginebra y la tripulación le trató como un hermano. Entonces empezó el trato.
Los franceses tenían tabaco, mucho tabaco americano, que no había pagado derechos en Francia.
Harvey concertó con Disko y el cocinero cambiar por latas de cacao y vasos de galleta. Esto parecía el reparto de un botín de piratas; pero el caso es que Platt salió bien provisto de pigtail (tabaco en cuerda), y de tabletas de tabaco de fumar o de mascar.
Con esto, los alegres marineros se alejaron entre la bruma, y lo último que Harvey oyó fue este estribillo coreado:
En la casa de mi tíahay un bosque muy ameno,donde canta noche y díael ruiseñor placentero.¿Cuánto darías, hermosaporque aquí te lo trajera?Yo daría QuebecSorel y Saint-Denis.
-¿Cómo puede ser que mi francés no haya cuajado y a vos os hayan entendido por signos? -preguntaba Harvey a Platt a bordo de la goleta.
-¿Conversación por signos? Lo es, y también un lenguaje más antiguo que el francés. Los barcos franceses están llenos de francmasones.
-¿Sois francmasón?
-¿No te parece que tengo todo el aire de serlo? -repuso el antiguo marinero de guerra llenando su pipa.
Harvey tuvo cómo meditar en otro nuevo misterio del mar.
Lo que más admiraba a Harvey era el supremo descuido con que algunos buques se arrojaban a través del inmenso Atlántico. Los barcos de pesca, según Disko, no tenían por qué encomendarse a la cortesía de los otros; pero se creían deber ser más atendidos por los grandes vapores de la travesía.
Estas reflexiones vinieron a causa de otra entrevista interesante con un barco viejo, grande y pesado, lleno de tablas en el puente, destinado al transporte de ganado, y que apestaba como mil establos. Con la ayuda de una bocina, un oficial les llenó de injurias, porque el navío se debatía desesperadamente en el agua, en tanto que Disko se zafaba con su goleta.
-¿Acaso merecéis otra cosa? Surcáis los mares salpicando el camino con despojos de cerdo, con la menor consideración a los demás y con los ojos puestos en vuestras tazas de café.
Parece ser que el capitán del otro barco oyó estos dicterios de Disko; pero se limitó a decir:
-Hace tres días que no hablamos con ningún buque. Es imposible guiar el barco sin ver la ruta.
-Pues para mí no es imposible -retrucó Disko-. ¿Para qué os sirve la sonda? ¿Os la habéis tragado? ¿Es que no podéis conocer el fondo, o es que el ganado estorba mucho?
-¿Con qué lo alimentáis? -preguntó Salters con gran seriedad, porque el olor de los cerdos despertaba en él al colono-. Dicen que se pierden muchos en la travesía. Se les alimenta bien con bagazo espolvoreado...
-¡Diantre! -dijo un tropero en jersey encarnado, que miraba desde a bordo-. ¿Qué asilo de locos es este que se ve suelto?
-Joven -repitió Salters de pie en los obenques de mesana-, dejad que os diga, antes de que estéis más lejos, que yo...
El oficial que estaba en el puente se quitó la gorra con una cortesía exagerada.
-¡Dispensad! -dijo-; lo que yo pido es que se me informe sobre el camino. Ninguna falta me hace un curso de agricultura.
-Nos han puesto en ridículo, Salters -dijo Disko montando en cólera.
No queriendo sostener más conversación, dio la latitud y la longitud, y viró la goleta.
El capitán tiró un paquete de periódicos a bordo de este, y dijo, mientras avisaba al maquinista:
-Lo dicho: es un hospital flotante de locos.
-¿Habrá imbéciles? -dijo Disko-. Me ves enseñando el camino por estas aguas, y sales con tu agricultura condenada. ¿Cuándo pondrás cada cosa en su lugar?
Harvey, Dan y los demás estaban a popa cambiando guiñadas y brincando de risa; pero Disko y Salters se zahirieron hasta cansarse. Salters pretendía que un buque de ganado era una granja móvil; Disko insistía en que sobre todo estaba la decencia del pescador. Jack soportó en silencio este pugilato; pero en la mesa, después de cenar, hubo de decir:
-¿De qué sirve criar bilis por estos puntillos de honra?
-Porque contarán el caso y se reirán a costa nuestra -contestó Disko-. ¡Bagazo espolvoreado!...
-De sal... naturalmente -replicó Salters leyendo los informes agrícolas de un periódico de Nueva York, de hacía una semana.
-Esto hiere mi dignidad...
-No lo veo así -replicó Jack, metido a conciliador-. Oíd, Disko. Nosotros no hemos tenido la delicadeza de darles la altura, y, además, hablarles de la alimentación del ganado. ¿Cómo pueden olvidar esta deferencia que no hubieran tenido con ellos un trasatlántico?
Dan tocó por debajo de la mesa con el pie a Harvey, que se ahogaba de risa.
-Si tú me hubieses mandado callar, Disko, lo habría hecho, no por convicción, sino para dar ejemplo a estos gaznápiros.
V señalaba a los dos grumetes.
-Ya lo ves, Harvey, nosotros dos hemos de pagar siempre los platos rotos. ¡Siempre los pícaros grumetes! De todos modos, yo no hubiese interrumpido al espectáculo que daba Salters.
-Conste -dijo Disko a modo de apotegma- que las cosas deben venir a cuento en todas ocasiones.
La luz de un nuevo argumento iluminó la mirada de Salters, que estaba desmigando tabaco para su pipa. Viendo lo cual, Jack procuró atajar la nueva discusión diciendo:
-Sí, es importante saber poner las cosas en su punto. Por esto Steining envió a Counahau de patrón de la Marilla D. Kuhn, en lugar del capitán Newton, que por estar atacado de reuma no podía embarcar. Counahau el Navegante, como nosotros le llamábamos.
-¡Nick Counahau! Este no iba nunca a bordo sin un cargamento de ron en su declaración de mercancías -dijo Platt-. Tenía costumbre de huronear en las oficinas marítimas de Boston, esperando que el buen Dios le hiciera capitán de un remolcador, en recompensa de sus méritos. Sam Coy, en la Atlantic-Arenal, le dio mesa durante un año y más, a causa de sus historietas. Counahau murió hace quince años.
-Hace diecisiete. Murió el año en que se construyó el Gaspar Mac Veagh; pero nunca podía poner las cosas en su punto. Steining le empleó por la misma razón que el ladrón toma un hierro ardiendo, por necesidad. Todos valen en el Banco, y Counahau enganchó una tripulación a cual más malos. En cuanto al ron que trajinaba, hubiera podido flotar en este líquido la Marilla. Dejaron el puerto de Boston con rumbo al Banco, con un viento nordeste que les empujaba con fuerza. Hay que creer que el cielo velaba por ellos, porque emplearon mucho tiempo y muchas cuerdas antes de ver el fondo de un tonel de quince jalones. En esto se empleó una semana, según cómputo de Counahau. En todo este tiempo el viento sopló de popa, y la Marilla seguía su derrotero. Entonces Counahau tomó el kogyoke, y gracias a esto y al mapa, y a pesar del alcohol que tenía en la cabeza, vio que estaban al sur de Sable Island; pero no encontraban con quien hablar. Desfondaron otro barril y siguieron el mismo ángulo de derrota. Tampoco veían algas, ni gaviotas, ni goletas; mas de pronto se acordaron que habían salido de algún punto hacía días, y que estarían en el Banco. Echaron la sonda y hallaron sesenta brazas. «Os he traído al Banco -dijo Counahau a sus hombres-, y cuando toquemos treinta brazas nos iremos a acostar. Counahan es un valiente. ¡Counahau el Navegante!».
A otras sondas encontraron noventa brazas. Entonces Counahan dijo: «¡O la cuerda se ha alargado o el Banco ha desaparecido!». Cobraron la sonda, y sentados en el puente se pusieron a contar los nudos. La Marilla seguía navegando. De pronto toparon con un barco, al que preguntaron si estaban a la vista barcos de pesca.
-Hay toda una línea de ellos en la costa de Irlanda.
-¡Vete al diablo! ¡Qué tengo que ver con la costa de Irlanda!
-Entonces, ¿qué hacéis aquí? -dijo el otro.
-¡Sangre de Cristo! ¿Dónde estoy, pues?
-A treinta y cinco millas O S O del cabo Clear, si os parece bien -repuso el encontradizo.
Counahau dio un brinco de cuatro pies, siete pulgadas, medido por su cocinero.
-¿Si me parece bien? -repuso, fiero como Artabau-. ¿Por quién me tomáis? ¿Treinta y cinco millas del cabo Clear y catorce días de Boston? ¡Sangre de Cristo! ¡Es un buen record!
Se comprenderá la bilis que tragaron sus hombres. La tripulación estaba compuesta de hombres de Cork y de Kerry, provincias de Irlanda, a excepción de uno de Maryland, que pidió regresar y fue tildado de rebelde. Llevaron la Marilla a Skibbereeu y durante una semana estuvieron de busca. Zarparon de nuevo y tardaron treinta y dos días para llegar al Banco. Esto fue en otoño y los víveres faltaban. Counahau llevó la Marilla a Boston y lo demás le importó un comino.
-¿Y qué dijo la casa de comercio? -preguntó Harvey.
-¿Qué había de decir? El pescado estaba en el Banco y Counahau en el muelle T, hablando de su record al Este. Con esto se contentaron. Todo esto provino por no haber puesto la tripulación y el ron, cada uno en su lugar, y después por haber confundido Skibbereeu con Queereau. ¡Descanse en paz Counahau el Navegante! Era un hombre atrevido.
-Cierta vez que yo estaba en la Lucy Holmes -dijo Manuel con su apacible voz-, sucedió que en Glocester no nos querían el pescado. Atravesamos el mar y pensamos venderlo en Fayal, de las Azores. Pero el viento refrescó y no sabíamos por dónde íbamos. Pronto descubrimos tierra y notamos calor. Llegaron dos negros en un brick. Les preguntamos dónde estábamos y nos responden. ¿Qué creéis que nos respondieron?
-Las Canarias -dijo Disko.
Manuel hizo un gesto negativo.
-Cabo Blanco -dijo Platt.
-No, peor que esto. Estábamos debajo de Bisagos y el brick era de Liberia. Así y todo, vendimos bien el pescado.
-¿Pero una goleta como esta, puede hacer la travesía a África? -preguntó Harvey.
-Y doblar el cabo de Hornos, si la cosa vale la pena y hay víveres para ello -contestó Disko-. Mi padre condujo su barca de cincuenta toneladas hasta las montañas de hielo de la Groenlandia el año en que la mitad de nuestra flotilla trataba de perseguir el bacalao hasta allí. Y lo que es más, se llevó a mi madre con él, creo que para enseñarla cómo sabía ganarse el dinero. Los hielos les envolvieron y yo nací en Disko. Como es natural, yo no me acuerdo de nada de esto. Cuando el hielo cedió, allá en la primavera, regresamos y me dieron el nombre del paraje. Fue una mala pasada jugada a una criatura, pero todos estamos destinados a cometer errores en la vida.
-¡Verdad es! ¡Verdad! -dijo Salters, meneando la cabeza-. Todos estamos destinados a cometer errores; por esto diré a los dos grumetes, aquí presentes, que después que uno se ha equivocado, lo mejor es confesar el error.
Long Jack lanzó una formidable mirada a toda la reunión, salvo a Disco y Salters, y se terminó el incidente.
Fuéronse después al norte, de fondeadero en fondeadero, con las lanchas fuera casi todo el día, siguiendo a lo largo del borde oriental del Banco, con treinta o cuarenta brazas de agua y pescando sin parar.
Aquí fue donde, por primera vez, Harvey encontró uno de los mejores cebos para el bacalao: el pulpo. Una noche muy obscura, durante hora y media, provisto cada pescador de un pedazo de plomo pintado de encarnado y llevando en la base inferior un círculo de alfileres encorvados, como las ballenas de un paraguas entreabierto, cogió buena cantidad de pulpos, los cuales, al ser cogidos, manchan con su tinta el agua y la cara del pescador. Era de ver a los hombres volver bruscamente la cabeza a cada chorro de esta tinta negra.
El bacalao es sumamente goloso de los tentáculos de este pescado, y debido a esto, al día siguiente la pesca del primero fue abundantísima.
La goleta encontró la Carrie Pitman, a la que comunicó su hallazgo. La Carrie manifestó el deseo de hacer un cambio, y en su virtud, ofreció siete bacalaos por un buen pulpo, pero Disko no aceptó la oferta, y el otro buque se alejó descontento, para fondear a media milla de allí, con la esperanza de pescarlo también.
Disko no pronunció palabra hasta después de cenar; a esta hora envió a Dan y Manuel a flotar el cable de la goleta y anunció su intención de ir a acostarse con la hacha. Dan repitió todo esto a un bote de la Carrie, el cual quiso saber por qué flotaban el cable, cuando el fondo no era de roca.
-Papá dice que no arriesgaría un chinchorro en un radio de cinco millas en torno vuestro -dijo Dan.
-¿Por qué no se va? ¿Quién se lo impide? -preguntaron los de la lancha.
-Porque es lo mismo que si vosotros le hubierais tomado la ventaja del viento, cosa que no sufriría de ningún buque; esto sin hablar de una embarcación como la vuestra, que no hace más que ir a la deriva.
-En este crucero no ha derivado ni una milla -replicaron los otros.
La Carrie tenía la mala fama de romper el apresto de su ancla.
-¿Entonces, cómo es que fondeáis? -repuso Dan-. Ahora es el mejor momento de andar. Si la Carrie no deriva, ¿qué diablos hacéis ahí parados?
-¡Vuélvete a la escuela, Dan Troop! ¡Organillero, mono de Glocester! -le insultaron los otros.
-Waterproofs! Waterproofs! -gritó Dan, que sabía que uno de los tripulantes había trabajado en una fábrica de Waterproofs en el invierno anterior.
Cambiáronse otros dicterios y se separaron.
-Ya sabía en qué había de parar esto -decía luego Disko a bordo-. Ya ha hecho cambiar el viento el encuentro con este aborrecido barco. Rondará toda la noche, y cuando nos vayamos a dormir, saldrá a la ventura. Dichosos nosotros si nos vemos rodeados de barcos; pero yo no estoy dispuesto a levar ancla por un barco de Chatham. Puede seguir donde está.
El viento, que se había vuelto, se movió al ponerse el sol, soplando de un modo más continuo. No había bastante mar para mover la palanca de un bote; sin embargo la Carrie no obedecía más que a sí misma.
Dan y Harvey estaban de guardia y oyeron a bordo del otro barco un ruido como el crack-crack de un revólver que se carga por la boca.
-¡Gloria! ¡Gloria! ¡Aleluya! -cantó Dan-. Ya se va durmiendo, como hacía en Quereau.
Si se hubiera tratado de otro barco, Disko no habría hecho caso; pero tratándose de la Carrie, cortó el cable en el momento que esta se venía sobre la goleta, dejándole el espacio absolutamente necesario. Disko no tenía intención de gastar una semana en recobrar su cable y dejó que la Carrie pasara de largo, entre las burlas de todos.
-¡Vayan ustedes con Dios! -decía a los tripulantes del barco huido.
-¿Vais al Ohio, a alquilar una muda? -decía el tío Salters.
-¿Queréis que os preste el ancla de mi bote? -agregaba Long Jack.
-¡Quita el timón y échalo al fango! -gritaba Tom Platt.
-¡Vaya! ¡Vaya! -entonaba la voz chillona de Dan-, ¿se ha declarado en huelga la fábrica de Waterproofs?
-¡Virad las drizas de timón y clavadlas en el fondo! -gritaba Harvey.
Manuel corrió a popa para soltar la suya.
-¡Jona Morgan, toca el órgano! ¡Ah! ¡Ah! ¡Ah!
Y movía el ancho pulgar de su mano, con un gesto de desprecio y de irrisión; en tanto que Pen se cubría de gloria cantando con silbidos:
-¡Despacio! ¡Hsssh!
Pasaron el resto de la noche balanceándose en su cadena, y perdieron media tarde en recobrar el cable. Los grumetes opinaron que todo esto y más, estaba bien empleado, a trueque del gustazo que se habían dado insultando al Carrie.
Al día siguiente vieron gran número de velas que bordeaban lentamente de E N E a oeste; pero en el preciso momento que esperaban llegar a los bancos de la Virgen, la bruma se cernió sobre ellos y hubieron de echar el ancla, entre el tintineo de campanas invisibles.
No pescaban; pero de vez en cuando una lancha encontraba a otra entre la niebla y los hombres cambiaban noticias e impresiones.
En la noche de aquel día, poco antes de amanecer, Dan y Harvey, que habían dormido a sus horas, se escaparon de sus camarotes para ir a robar buñuelos. No había razón para que los tomaran de ocultis, pero así les sabían mejor los buñuelos y hacían rabiar al cocinero. El calor y el olor de la cocina les echaron al puente con su botín y tropezaron con Disko en la campana.
Disko encargó a Harvey que la siguiera tocando.
-Me parece que oigo algo -le dijo-. Suceda lo que suceda, los acontecimientos no me cogerán descuidado.
En efecto, se oía un vago rumor al través de la bruma, y Harvey lo atribuyó a la sirena de un vapor. Ya sabía lo que esto quería decir en aguas del Banco. Con horrible claridad le asaltó el recuerdo de un joven con jersey rojo cereza, ignorante y precipitado, que cierta vez había declarado que sería magnífico de ver como un steamer echaba a pique a un barco de pesca. Ese joven disfrutaba de un camarote reservado con baño caliente y baño frío, y gastaba diez minutos todas las mañanas en hacer su lista de comida en una tarjeta de borde dorado. El mismo joven estaba ahora de pie a las cuatro de la mañana, vestido con una chaqueta embreada, procurando por su propia vida, tocando una campana más pequeña que la otra con la que el stewart del paquebote anunciaba el primer almuerzo. Muy cerca avanzaba una proa de acero, alta de treinta pies, con la velocidad de veinte millas por hora.
Lo peor era que en el steamer iban pasajeros dormidos en camarotes secos y tapizados, ignorantes de que habían echado a pique un barco antes del almuerzo.
Pensando en todo esto, Harvey daba que le daba a la campana de alarma.
-Muy bien -le decía Dan que sonaba también la trompa de Manuel-; ya disminuyen la velocidad de la marcha. ¡Escucha!
-¡Aououou-vouou-voup! -gritaba la sirena.
-¡Din-dan-din-dan! -sonaba la campana.
-¡Graa-uuch! -roncaba el cuerno.
Mientras tanto, cielo y mar se confundían en una niebla lechosa.
De pronto, Harvey se sintió cerca de un gran cuerpo moviente y se sorprendió al ver de frente el borde húmedo de una proa de navío, que como una fortaleza, parecía iba a desplomarse sobre la goleta. Un gentil penacho de agua se rizaba delante y mostraba, al levantarse, una larga escala de números romanos, XV, XVI, XVII, XVIII y así sucesivamente, en una luminosa pared color salmón. Hendió por delante con un chasquido tenebroso; desapareció la escala; una línea de ventanillas con cierres metálicos alumbró el paso; un chorro de vapor alcanzó las manos de Harvey, que tenía levantadas en actitud de rezar; una tromba de agua caliente barrió el borde de la goleta, haciéndola tambalear con la rotación de la hélice, y al final de todo un poderoso paquebote se desvanecía en la bruma.
Harvey se sentía dispuesto a perder el conocimiento o a caer enfermo, o ambas cosas a la vez, cuando oyó un ruido semejante al de una maleta al caer en la acera, acompañado de una voz lejana que gritaría: «¡Deteneos! ¡Nos habéis echado a pique!».
-¿Se refiere a nosotros? -preguntó a Dan.
-No; se trata de un barco que está más lejos. Toca la campana y vamos a ver.
Dan echó al agua un bote, y en medio minuto todos, a excepción de Harvey, Pen y el cocinero, estaban fuera de bordo. El palo de un mástil de mesana pasaba a la deriva, a proa de la goleta. Un bote vacío, pintado de verde, se pegó al casco de la misma, y a continuación se vio un cuerpo humano, vestido de jersey azul y con la cara vuelta al agua.
Pen cambió de color y retuvo el aliento, conmovido. Harvey tocó desesperadamente la campana, creyendo todavía en el peligro de un choque inminente, y corrió al encuentro de Dan, cuando los ausentes volvieron.
-La Jennie Cushman -dijo Dan con risa nerviosa-, ha sido cortada en dos y hecha astillas a menos de un cuarto de milla de aquí. Papá ha salvado al patrón, pero falta el hijo de este. ¡Oh! Harvey, es una cosa que apena. He visto...
Inclinó la cabeza y sollozó, en tanto que los otros traían a bordo a un hombre de alguna edad.
-¿Por qué me habéis salvado? -gruñó el extranjero-. Disko, ¿por qué me has recogido?
Disko puso su pesada mano en la espalda de aquel hombre, que con mirada vaga y labios temblorosos, contemplaba a los tripulantes de la goleta.
En esto tomó la palabra Pen. Sus rasgos se metamorfosearon y como por encanto, el hombre semi-idiota se convirtió en un varón inspirado.
-El Señor lo dio, el Señor lo ha quitado -dijo-. Alabado sea el nombre del Señor. Yo fui y sigo siendo el ministro del Evangelio. Dejadme este hombre.
-¿De veras lo sois? -preguntó el náufrago-. Entonces, rogad para que me sea devuelto mi hijo. Rogad para que se me devuelvan un barco de nueve mil dólares y mil quintales de pescado. Si me hubierais dejado, mi viuda habría sido recogida por la Previsión, porque no sabe ganarse la vida; al paso que ahora tendré que contarla...
-No hables más, Jason Olley -le interrumpió Disko-. Lo mejor es que te acuestes.
A un hombre que ha perdido su hijo único, el trabajo de un verano y sus medios de existencia, en treinta segundos, es difícil tratar de consolarle.
-Todos son de Glocester, ¿no es así? -preguntó Platt.
-¡Qué importa! -dijo Jason, mesándose la barba mojada-. Pasearé a los bañistas este otoño por los alrededores de East-Glocester.
Y subió pesadamente a bordo, cantando:
Dichosas las aves que cantan y vuelanen torno de tus aras, ¡Excelso Dios!
-Ven conmigo; ven abajo -decía Pen, como si le mandara.
Las miradas de los dos hombres sostuvieron una lucha de algunos segundos.
-No sé quién sois, pero os oigo -dijo Jason-. Quizá así pueda recobrar algo... de mis nueve mil dólares.
Pen le guio al camarote, cerrando la puerta tras de él.
-Ya no es Pen -exclamó el tío Salters-, es Jacob Boller, que se acuerda de Johstown. Jamás he visto ojos como estos en cabeza humana. ¿Qué habrá que hacer ahora? ¿Qué es menester que yo haga?
Pudo oírse la voz de Pen y la de Jason a un tiempo. A poco, Pen habló solo y Salters se quitó el sombrero porque le pareció oírle predicar.
De pronto, Pen apareció en lo alto de la escalera, con gruesas gotas de sudor en la cara, y contempló a la tripulación.
-No nos conoce -dijo Salters-. Hay que rehacerlo todo, incluso el chaquete. ¿Qué me dirá?
Pen habló como si dirigiera la palabra a extranjeros.
-He rezado -dijo-. El mundo tiene fe en la plegaria. He rogado por el hijo de este hombre. Los míos se ahogaron a mi vista, lo mismo que mi mujer y otras personas. ¿Puede un hombre mostrar más sabiduría que su Creador? Yo no he rezado nunca para que recobren la vida, pero sí recé para que este náufrago recobre su hijo, y lo recobrará.
Salters dirigió a Pen una mirada imploradora, a ver si se acordaba de lo pasado.
-¿Cuánto tiempo he estado loco? -preguntó súbitamente Pen.
-Pen, tú no has estado nunca loco; pero sí algo distraído.
-Yo he visto derrumbarse las cosas antes de que alumbrara el incendio. No me acuerdo de más. ¿Cuánto tiempo hace de esto?
-¡No puedo soportar esto! -gritó Dan-. ¡No puedo!
Harvey se sintió también emocionado.
-Cerca de cinco años -contestó Disko con voz temblona.
-De modo que en todo este tiempo he estado bajo la custodia de alguien. ¿Quién era este?
Disko señaló a Salters.
-No, no -exclamó el colono, retorciéndose las manos-. Pen, tú te has ganado bien el sustento, y soy yo quien te debe dinero, además de mi parte en este barco.
-Sois buena gente. Se ve en vuestras caras. Pero...
-¡Santa Madre de Dios! -murmuró Jack-. ¡Pensar que nos ha acompañado en todos los cruceros! Está completamente embrujado.
La campana de otra goleta hirió el oído de todos, y a seguida una voz que decía, a través de la bruma:
-Ohé, Disko! ¿Tienes noticias de la Jennie Cushman?
-Han encontrado a su hijo -dijo Pen-. Ved aquí la mano del Señor.
-Jason está recogido a bordo -contestó Disko-. ¿Hay más náufragos?
-También nosotros hemos encontrado uno entre los restos de unas tablas. Tiene la cabeza hendida.
-¿Quién es?
-Creo que es el joven Olley -respondió la voz lejana.
Pen levantó las manos y dijo algo en alemán. Harvey hubiera jurado que sobre su frente brillaba una brillante aureola.
La voz lejana siguió diciendo:
-¡Decidnos! La otra noche os burlasteis atrozmente de nosotros.
-Ahora no estamos en situación de repetir -contestó Disko.
-Lo sé. Hablando en verdad, nosotros cazábamos cuando hemos topado con Olley.
Los tripulantes de la We're Here se echaron a reír, porque vieron que se trataba de la Carrie Pitman.
-¿No valdría más que nos enviarais el viejo a bordo? Venimos a coger cebo y un equipo de ancla. Supongo que no le necesitáis y nosotros sí, porque el condenado trabajo del cabrestante emplea muchos hombres. Está casado con la tía de mi mujer.
-Puedo daros todo lo que necesitáis, en mi barco -dijo Troop.
-Lo más urgente es una buena ancla; el joven Olley empieza a mostrarse inquieto y agitado. ¡Enviadnos al viejo!
Pen sacó al viejo Olley del estupor en que le había sumido la desesperación, y Tom Platt le transbordó en una lancha. Fuese sin dar las gracias y sin darse cuenta de lo que pasaba. La niebla lo envolvía todo.
-Ahora -dijo Pen en actitud de sermonear, con el cuerpo envarado, como una espada que va a entrar en la vaina, con los ojos apagados y la voz cambiada-; ahora, señor Salters, ¿os parece bien que echemos una partida de chaquete?
-Precisamente... precisamente es lo que os iba a proponer -contestó Salters con presteza-. Es asombroso, Pen, cómo lees el pensamiento ajeno.
Pen siguió dócilmente a Salters.
-¡Leva ancla! ¡Dejemos de una vez estas puercas aguas! -gritó Disko.
En un santiamén fue obedecido.
-Ahora que ha pasado todo -preguntó Jack-, ¿qué diablos creéis que significa esto?
Iban navegando empapados por la bruma. Disko, que estaba en el timón, contestó:
-Lo que saco en limpio es que hemos hecho un servicio inútil.
-Hemos salvado uno de los náufragos -dijo Harvey.
-Por esto -repuso Dan-, Pen ha vuelto en sí. La fuerte impresión le ha hecho recordar a Jacob Boller y a Johnstown. Consolando a Jason, él mismo se puso a flote. Esto es lo que yo saco en consecuencia al final de la partida.
Todos convinieron en que Disko tenía razón. En esto apareció Salters.
-¿Cómo está Pen? -le preguntaron.
-Duerme como un plomo. Se acostó como un niño. Veremos cuándo se despierta. ¿Os habéis fijado en su propensión a predicar? Realmente ha hecho devolver al océano el joven Olley. Yo creo en su sinceridad. Jason estaba orgulloso de su hijo, y por esto ha supuesto que Dios le castigó por adorar a los falsos ídolos.
-Los hay tan necios o más -observó Disko.
-Esto cambia de especie -replicó Salters-. Pen no estaba bien calafateado, y lo que yo hice fue cumplir mi deber con él.
Esperaron tres horas a que Pen despertara, por más que todos sentían hambre. Al fin se presentó aquel, tranquilo e inmutable, sin acordarse de nada. Declaró que creía haber soñado. Preguntó a todos por qué estaban tan callados, pero nadie le contestó.
Disko hizo trabajar a todos sin compasión los tres o cuatro días que siguieron a este episodio. Cuando no podían salir en las lanchas les hacía apilar en la cala del barco las provisiones, a fin de que quedara más espacio para el pescado.
La estiva fue emplayada con gran tino, de manera que la carga aliviara a la goleta. La tripulación iba recobrando su antiguo buen humor, y porque Harvey «se mostraba melancólico como un gato, por cosas que no podía impedir», según palabras de Jack, este le propinó un chicotazo para corregirle.
La verdad es que la imaginación del joven trabajó mucho en estos días sombríos; decía a Dan lo que pensaba y Dan era siempre de su opinión, hasta para limpiar de buñuelos la despensa.
Una semana después, los dos grumetes casi hicieron volcar la Hattie S. (la lancha de Dan) en una furiosa tentativa para apuñalar un tiburón con una bayoneta atada a un bastón. El feroz escualo se arrimó al bote como una orca, y fue maravilla que los jóvenes escaparan ilesos.
Después de haber jugado a la gallina ciega entre la bruma, llegó una mañana en que Disko gritó desde el castillo de proa:
-¡Ea, muchachos! ¡Ya llegamos!
En toda su vida olvidará Harvey el espectáculo. El sol estaba encima del horizonte, que no habían visto despejado en una larga semana, y su rojiza luz hería las velas de tres flotillas de goletas al ancla; una al norte, otra al oeste, y la tercera al sur.
Entre todas sumarían un centenar, de todas formas y construcciones posibles, saludándose y haciéndose mutuas reverencias. De cada embarcación se desgranaban los botes como abejas de una colmena repleta; y el clamoreo de las voces, el ruido de las poleas y del cordaje y de los remos llenaban la superficie del mar en algunas millas. Las velas tomaban todos los colores; negro, gris perla y blanco, a medida que iba subiendo el sol; y nuevos barcos emergían de la bruma, allá por el sur.
Las lanchas se juntaban en grupos, se separaban, juntábanse y apartábanse de nuevo, siguiendo todas la misma dirección, mientras los marineros silbaban, gritaban y cantaban, y el agua se ensuciaba con los montones de detritus echados por las bordas.
-¡Es una ciudad! -decía Harvey.
-Más pequeñas las he visto, porque aquí nos juntamos mil hombres. Allá abajo está La Virgen.
Señaló un espacio de mar verdosa, en el que no se veía ninguna lancha.
La We're Here dio la vuelta a la escuadrilla del Norte, saludando Disko con la mano a todos sus amigos, y fondeando con la corrección de un yacht de carrera al final de la temporada. La flotilla del Banco tiene por costumbre dejar pasar en silencio una buena maniobra; pero se burla en grande de quien lo hace mal.
-¡Eh! Tom Platt, ¿vienes a cenar esta noche? -gritaban desde el Enry Glay.
-¿Habéis gastado la sal? -decían los del King Philip.
De una parte a otra volaban preguntas y respuestas por el estilo. Algunas tripulaciones se encontraban pescando con botes en la bruma, y como en ninguna parte se charla más que entre la flotilla del Banco, todos estaban enterados del salvamento de Harvey, y preguntaban si se ganaba ya el jornal. Las cabezas calientes se divertían con Dan, quien por su parte no tenía trabas en la lengua y se desquitaba con lindos apodos.
Los compatriotas de Manuel se entendían con este en su lengua; hasta al silencioso cocinero se le veía hablar en galaico con otro negro de la flotilla.
Después que hubieron echado el cable, los botes fueron a juntarse a distancia de una milla, en tanto que las embarcaciones de alto bordo se balanceaban a prudente distancia, como madres que vigilan su pollada.
Entrando en esta confusión de barcas, Harvey oyó todos los dialectos hablados desde el Labrador hasta Long Island, incluso el portugués, el napolitano, el sabir, el francés y el galaico; con canciones y juramentos de todas clases.
A Harvey le parecía que él era el punto céntrico de todas las miradas, y por primera vez en su vida se sintió intimidado entre aquellas caras feroces de variable expresión, según las oscilaciones de los botes. Un oleaje apacible, como la respiración de un monstruo en descanso, una ola que tendría seiscientos metros de extensión entre su cresta y su profundidad, levantaba sobre su lomo una enfilada de lanchas de variados colores. Por un instante quedaban suspendidas, como una línea en el cielo, mientras los hombres blandían los brazos y se llamaban. Momentos después desaparecían las bocas abiertas, los brazos levantados y los pechos desnudos, y sobre otra ola surgía otra nueva fila de personajes como los actores de cartón de un teatro infantil.
A Harvey le interesaba el espectáculo.
-Vigila -le dijo Dan agitando una red-. Cuando yo te diga: «¡Coge!», lo harás. Puede llegar una bandada de pescadillas de un momento a otro. ¿Dónde vamos a ponernos, Tom Platt?
Empujando por aquí, apartándose por allá, y zafándose por todas partes; saludando por un lado a los viejos amigos, y por otra refunfuñando con los enemigos, el comodoro Platt conducía su flotilla de botes a sotavento de todos, e inmediatamente tres o cuatro lanchas izaron sus anclas con intención de ponerse al abrigo de los compañeros de Platt.
Vino un bote fuera de su puesto con velocidad tan excesiva, que se veía al tripulante soltar cuerda a toda prisa.
-¿Qué ocurre? -preguntó Harvey viendo al bote correr al sur con la velocidad del rayo.
-Que lo arrastra una ballena -contestó Dan-. ¡Coge, Harvey, ya están aquí!
Alrededor de ellos el mar cubría como por una nube, y se ensombrecía; luego sobrevino una inundación de pequeños peces de plata, y en un espacio de cinco o seis acres saltaba el bacalao, como la trucha en mayo. Detrás del bacalao se veían tres o cuatro masas negruzcas que partían el agua con grandes hervideros.
Entonces, entre gritos y llamadas, cada bote trató de izar su pequeña ancla para llegar al banco de los pequeños peces; se enredó con la cuerda del vecino y entre improperios por la tardanza, echó la red furiosamente en el agua; mientras que el abismo hervía como una botella de soda al destaparse, y hombres, bacalao y ballenas perseguían de consuno al banco de pececillos.
Harvey se vio casi lanzado de bordo por el mango de la red de Dan. En medio de todo este salvaje tumulto, vio, y jamás lo olvidó, el ojo fijo y malicioso, algo así como el ojo de un elefante de circo, de una ballena casi a flor de agua y que, según Harvey, le guiñaba el ojo.
Tres barcos vieron a estos cetáceos enredarse en sus amarras y fueron remolcados a una distancia de media milla antes de que pudieran picar cables.
Luego, el banco de peces se alejó, y cinco minutos después ya no se oía más que el golpe de los plomos de pesca en las embarcaciones, el aleteo del bacalao y el ruido de los mazos, a medida que los hombres iban aturdiendo el pescado.
Fue una pesca milagrosa. Harvey pudo ver al bacalao brillar en el agua y nadar lentamente en tropel, mordiendo el cebo al compás que nadaba. La ley del Banco prohíbe severamente más de un anzuelo por cuerda, cuando los botes están en La Virgen o en los Bancos del Este; pero las embarcaciones estaban tan cerca una de otra, que los anzuelos se enredaban, de suerte que Harvey tuvo discusiones, a causa de esto, con un barbudo terranova y con un vocinglero portugués.
Peor que la confusión de las cuerdas de pesca era, bajo el agua, la confusión de los pequeños cables de las lanchas. Cada tripulante había fondeado donde le pareció, yendo a la deriva y remando en torno de su punto fijo. Cuando el pescado mordía menos aprisa, todos querían levar ancla para ocupar mejor terreno; sucediendo que muchos se amontonaban en un mismo sitio.
En el Banco es crimen incalificable cortar el cable de otro; así y todo, este crimen se perpetró, sin que se descubrieran los culpables. Tom Platt sorprendió a un hombre del Maine en actitud de hacerlo y lo derribó con un golpe de remo; lo mismo que Manuel a un compatriota suyo.
El cable de Harvey fue cortado, como el de Pen, y hubieron de ser trasladados en lanchas de descarga para llevar el pescado a la goleta, conforme los otros botes se iban llenando. Otros bancos de pececillos aparecieron en el crepúsculo y volvió a empezar el clamoreo salvaje de los pescadores. Sobrevino la noche y todos se volvieron a remo, para proceder a la limpia del bacalao, a la luz de las lámparas de petróleo, en los parques de a bordo.
El montón era enorme, tanto, que el sueño les sorprendió en medio del trabajo.
Al siguiente día, muchas embarcaciones pescaron en La Virgen, y Harvey pudo hundir sus miradas en la hierba de esta roca aislada que se levanta a menos de veinte pies sobre el nivel del mar.
El bacalao se amontona allí en legiones, refocilándose en las algas. Cuando mordía, mordían todos a la vez, y lo mismo cuando dejaban de hacerlo. Hacia mediodía, hubo un momento de calma, que los botes aprovecharon en busca de una diversión.
Dan señaló la llegada del The Hope of Prague, y como los botes de este venían a juntarse con los demás, los acogieron con estas chuflas:
-¿Cuál es el hombre más avaro de la flotilla? Trescientas voces respondieron alegremente:
-¡Nick Bra-ady!
Esto resonó como un canto de órgano.
-¿Quién ha robado las mechas de lámpara?
-¡Nick Bra-ady! -volvieron a contestar de los barcos.
-¿Quién es el que ha hecho hervir cebo salado en lugar de sopa?
El coro repitió el mismo nombre.
Sin embargo, Brady no es que fuese avaro, pero tenía fama de tal y la flotilla se aprovechaba de ello. Luego descubrieron un hombre de un barco de Touro, que seis años antes fue convicto del crimen de servirse de un aparato de pesca con cinco anzuelos, un scrowger como lo llamaban, y por esto fue bautizado por Scrowger Jim. Aunque se escondió por algún tiempo en las Georgias, cuando se presentó ahora fue recibido con todos los honores debidos.
Los pescadores le corearon al unísono:
-¡Jim! ¡Oh, Jim! ¡Jim! ¡Scrowger Jim!
Y cuando un hombre de Beverly, poeta a sus horas, cantó: «El áncora de la Carrie no vale un ochavo», las embarcaciones encontraron nuevo tema de regocijo. A cada goleta le llegó su turno. ¿Tenía alguna un cocinero sucio o descuidado? Pues se le dedicaban canciones a él y a su cocina. ¿Un marinero había birlado tabaco a su compañero? Se le mentaba en público y su nombre lo llevaban los ecos.
Los juicios infalibles de Disko, el barco de marea que Long Jack vendiera años antes, la amiguita de Dan, la mala suerte de Pen con las anclas de su bote, las opiniones de Salters sobre los abonos, los pecadillos de Manuel en tierra, el aire de señorito con que Harvey manejaba el remo, todo se descubría en público, y a medida que la bruma caía sobre ellos en pliegues argentados, bajo el sol, las voces parecían las de un tribunal de jueces invisibles pronunciando sentencias.
Las lanchas andorrearon, pescaron y altercaron hasta el momento en que la mar, engrosándose, las obligó a ponerse al abrigo del peñón. Alguien pretendió que si el mar seguía batiendo La Virgen, esta se vendría abajo. Un marinero del Galway y su sobrino lo negaron, y a remo ganaron el peñón. En vano les gritaron que volvieran. A medida que las olas se iban amontonando hacia el sur, iban levantado las lanchas cada vez más alto en la niebla, para dejarlas caer en un agua sucia, aspirante y en torbellinos, pirueteando aquellas alrededor del ancla, a un pie o dos de la invisible roca. Era desafiar a la muerte por simple jactancia. Todos veían esto en silencio menos Jack, que, ganando la vez a sus compatriotas, cortó tranquilamente el cable.
-¿No lo veis golpear? -dijo señalando al peñón-. ¡Remad, por vuestra vida! ¡Remad!
Los marineros juraron y quisieron discutir, mientras que la embarcación iba a la deriva; pero la ola siguiente tropezó, como una persona que da un traspiés en la alfombra. Se oyó un gemido profundo, seguido de un creciente rugido, y La Virgen echó dos anchas fajas de agua espumante, blanca y lúgubre, por encima del mar sin profundidad. Entonces todas las embarcaciones aplaudieron a rabiar a Jack y los hombres del Galway se convencieron del peligro a que se exponían.
-¿No es verdad que está hecho con elegancia? -dijo Dan, dejándose balancear como una foca en su elemento-. ¿Cuánto tiempo necesita el mar para batir el peñón, Tom Platt?
-Lo bate y va picando una vez cada quince minutos. Harvey, has visto lo más asombroso del Banco, y sin Long Jack habrías presenciado muchas muertes.
Un alegre rumor se oía a la parte donde la bruma era más espesa y las goletas hacían sonar las campanas. Una gran barca avanzó con precaución fuera de la niebla y fue acogida con aclamaciones y gritos de «¡Venid, querida!», de parte del clan irlandés.
-¿No tienes ojos? Es un barco de Baltimore que va turalado -dijo Dan-. Supongo que es la primera vez que el patrón encuentra la flotilla en este camino.
Era un barco de ochocientas toneladas y de hermosa construcción. Llevaba cargada la escandalosa y su mastelero batía indeciso con el poco viento que soplaba. Este barco, vacilante, con su popa blanca y dorada, tenía el aire de una mujer que se arremanga la falda para pasar una calle con barro, entre las bromas de algunos pícaros. Por lo demás, esta era su situación: sabíase en la vecindad de La Virgen, había oído el bramido de la rompiente y pedía instrucciones para el camino.
He aquí algunas muestras de las que oyó, a bordo de algunas embarcaciones:
-¿La Virgen? ¿Cuál? ¡Vuélvete a casa para quitarte la jumera!
-¡Vuélvete, tortuga!
Media docena de voces entonaron un coro, en tanto que la barca hendía entre las espumas del agua.
-¡Caaaa! ¡Que te quemas!
-¡A estribor, a estribor! ¡Os abocáis al peligro!
-¡No, no; a babor, a babor!
-¡Todos a las bombas!
-¡Abajo el foque y mano al bichero!
Con avisos tan opuestos unos de otros, el patrón de la barca se enfadó y dijo perrerías. Inmediatamente se suspendió la pesca para contestarle, y hubo de oír mil chanzas a propósito de su barco y de su arribada.
Se le preguntó si estaba asegurado; dónde había robado el ancla, que suponían pertenecer a la Carrie; llamaron al barco un zancajo, le acusaron de echar basuras al agua para alejar el pescado, le ofrecieron remolque a cuenta de su mujer, y un bote se acercó audazmente, y levantándose un marinero dio una palmada en la popa de la barca gritando:
-¡Adiós, viejecita!
El cocinero de a bordo le derramó encima un cubo de cenizas, y el otro contestó con cabezas de bacalao. La tripulación bombardeó con pedazos de carbón de la cocina a los botes forasteros, y estos amenazaron con vengarse. Habrían ayudado a la barca si realmente la hubieran visto en peligro, pero como la vieron al abrigo de La Virgen la dejaron hacer, hasta que cansada de sufrir más, aquella tomó el viento que pudo y se alejó.
En toda esta noche La Virgen rugió formidablemente, y a la otra mañana apareció la mar bravía, y la flotilla caló los masteleros, preparándose para la pesca. Hasta las diez no se echó ninguna lancha afuera. A esta hora, los dos Jerauld, del Day's Eye, dieron el ejemplo.
En un minuto la mitad de las embarcaciones salieron a entrevistarse en medio de olas como montañas; pero Disko retuvo sus hombres en la goleta para la limpia del pescado. No le parecía prudente desafiar al mar, y como la tempestad iba en aumento, se conformó con recibir a bordo sendas rociadas. Los grumetes estaban con linternas al pie de las palancas de los botes, los hombres prontos a acudir al riesgo y vigilando el mar alborotado.
De la obscuridad salió un grito agudo;
-¡Lanchas! ¡Lanchas!
Cinco veces, durante su cuarto de vigilancia, Harvey y Dan tuvieron que suspenderse de brazos, piernas y con los dientes, a cuerdas y mástiles, para dejar pasar las olas que barrían el puente. Una lancha fue hecha pedazos y la mar envió a un tripulante con la frente partida de un golpe. Cuando las olas vertiginosas empezaron a empenacharse de blanco, otro marinero, con cara de espectro, se encaramó a bordo, pidiendo noticias de un hermano.
En este día se sentaron a la mesa de la goleta, a almorzar, siete bocas de más: un sueco, un patrón de Chatham, un grumete de Haucok (Maine), un marinero de Duxbury y tres de Biddeford.
Al otro día se procedió a un llamamiento nominal de la flotilla, y renació la calma al saber que en ninguna embarcación faltaba nadie; salvo dos portugueses y un viejo de Glocester, que se ahogaron, y algunos heridos y contusos. Dos goletas habían roto sus cables y se habían ido al garete en dirección sur.
Murió también el hombre que había hecho el cambio de tabaco con los compañeros de Harvey, quien pudo ver los funerales con ayuda del catalejo de Disko, y en la quietud de la noche oyó algo así como un himno fúnebre que venía de lejos:
El bergantínen el que voyrueda y se inclinapara irse a fondo;virgen Maríarogad por mí.¡Adiós, patria mía,Quebec, adiós!
Tom Platt se enteró del caso. Fue que una ola había arrollado al marinero al pie del bauprés rompiéndole los riñones. La nueva de su muerte se hizo pública, y como el finado no tenía parientes, se puso a pública subasta todo cuanto le pertenecía, desde el gorro de punto hasta su cinturón de cuero, con el cuchillo en la vaina.
Todo esto se exhibió en pública exposición, de manera que Dan y Harvey, que estaban en su lancha, acudieron a la almoneda a fuerza de remos. Dan compró el cuchillo, que tenía un curioso mango de cobre. Cuando quisieron regresar a bordo, entre la llovizna y los latigazos del mar, temieron haber olvidado las cuerdas de pescar. Así, pues, siguieron bogando en el seno de la bruma blanca que, como siempre, cayó de improviso.
-Hay una mala corriente aquí para que nos confiemos -dijo Dan-. Echa el ancla, Harvey, y pescaremos un rato. Pon el plomo más grueso. En un agua como esta no están de más tres anzuelos.
Un pequeño borboteo de agua prodújose por delante como si una corriente del Banco tirara de la cuerda del bote en línea recta; lo cierto es que los grumetes no veían nada en ninguna dirección. Harvey se dobló sobre su torniquete, con ínfulas de marinero consumado. La niebla ya no le infundía terror, y así pescó tranquilamente, notando que el bacalao picaba bien.
En seguida, Dan sacó el nuevo cuchillo de la vaina, y probó el filo en la madera del bote.
-Es un dije -observó Harvey-. ¿Cómo has podido comprarlo tan barato?
-A causa de las supersticiones de estos franceses, que por nada del mundo quieren usar las armas de un muerto. ¿No reparaste cómo todos se echaron atrás cuando yo ofrecí precio?
-Pero tratándose de una venta no se despoja al muerto. Es un negocio.
-Sí, es verdad; pero en materia de superstición no cabe discutir. Es una de las ventajas que trae vivir en un país de progreso.
Y Dan se puso a silbar.
¿Por qué el hombre del Maineno acude a la subastay en otra cosa dinero gasta?
-¿El Maine? ¡Psh! Allí la gente no tiene bastante dinero para pintar sus casas. Además, tengo entendido que este cuchillo hizo su oficio allá en Francia, según me dijeron a bordo; quiero decir que mató a alguien.
-¿Matar? -replicó Harvey consternado.
-Dame el mazo, Harvey.
Harvey acercó su pesca, volvió a cebar, tiró la cuerda, y Dan prosiguió.
-Sí, mató a uno, y aunque esto supe yo, ardí en ganas de adquirirlo.
-Pues ignoraba este detalle. Te lo compro por un dólar... por dos. ¿Quieres?
-¿De veras? ¿Tanto te gusta? -repuso Dan-. Pues hablándote con franqueza, lo compré para ti, para regalártelo; solo que no te dije nada esperando ver qué tal lo tomarías. Tómalo, Harvey, te lo doy de buena gana; somos compañeros de lancha y puedes disponer de esto y de todo lo mío.
Y le entregó el cuchillo con la vaina y el cinturón.
-Pero, Dan...
-Tómalo. A mí no me sirve. Deseo que tú lo tengas.
La tentación era demasiado fuerte.
-Dan, eres un gran corazón. Lo conservaré toda mi vida.
-Me agrada oír esto -contestó Dan complacido.
Luego, cambiando de tema:
-Apostaría a que tu cuerda ha cogido algo.
-Sí, creo que se ha enredado -respondió Harvey forcejeando.
Pero antes de probar a arrancarla se puso el cinturón con el cuchillo, y con cierto orgullo oyó el ruido que hacía la vaina al chocar con el bote.
-¡Diantre! -exclamó-; la cuerda parece estar en un fondo de algas en vez de ser de arena.
Dan se inclinó afuera para ver en qué consistía.
-No es un fondo de algas. Da una o dos sacudidas y cederá la cuerda. Mejor será que la cobremos para ver lo que es.
Tiraron juntos, atando a los toletes cada rollo de cuerda, y notaron que subía un peso blando, pero enorme.
-Vaya una pesca -gritó Dan-. ¡Iza!
Pero su alegría se trocó en un grito de horror, porque lo que el mar entregaba era... el cuerpo del francés muerto y sepultado dos días antes.
El anzuelo le había enganchado por debajo del sobaco derecho, y ahora se balanceaba, rígido y horrible, con cabeza y espaldas encima del agua. Tenía los brazos pegados al cuerpo, pero la cara estaba comida.
Los dos grumetes cayeron despavoridos en la cala del bote, y así estuvieron en tanto que el cadáver oscilaba sostenido por la cuerda.
-Lo trajo la marea -dijo Harvey tembloroso y palpándose el cinturón.
-¡Por Dios, Harvey! -gimió Dan-. Despacha de una vez. Tú tienes la culpa de que le hayamos cogido. ¡Devuélvelo al mar!
-¡No quiero! ¡No quiero! -gritó Harvey-. No puedo encontrar la argolla.
-¡Pronto, Harvey, desengancha tu cuerda!
Harvey se enderezó en su asiento para quitarse el cinturón, de cara al cadáver; pero Dan se adelantó, y con su cuchillo cortó la cuerda, mientras Harvey tiró al agua el cinturón con el cuchillo.
El cuerpo cayó en el agua, haciendo plop, y Dan, con precaución, se levantó sobre las rodillas, más blanco que la bruma.
-Ha venido por él -dijo-. Otra vez vi otro muerto cogido en un trawl, pero no me impresionó como este. Parece haber venido expresamente.
-Quisiera no haberte tomado el cuchillo, porque así habría venido en tu cuerda.
-Lo mismo da, Harvey. Parece que hemos envejecido diez años. ¿Viste su cabeza?
-¿Si la he visto? No la olvidaré jamás. Pero dime, Dan; ¿crees que vino expresamente? ¿No pudo traerle la marea?
-¿La marea? Vino por sí mismo, Harvey. Lo sepultaron a seis millas al sur y ahora estamos a dos millas del barco donde murió. Me dijeron que lo cargaron con braza y media de cadena.
-Ahora me pregunto, ¿qué pudo hacer con el cuchillo allá en Francia?
-Algo malo, no lo dudes. Supongo que está obligado a llevarlo con él hasta el juicio final. ¿Qué haces con el pescado?
-Lo tiro al mar -contestó Harvey.
-¿Por qué? Nosotros no lo hemos de comer.
-No importa. Me ha bastado verlo, mientras me desataba el cinturón. Puedes guardar tu pesca, si quieres.
Dan, sin decir palabra, echó también al agua el pescado que había cogido.
-Creo que lo mejor que podemos hacer es retirarnos. Diera un mes de paga porque se levantara esta niebla. En esta obscuridad se ven cosas y se oyen lamentos que no pasan en tiempo claro. Tengo el consuelo que el muerto se habrá alejado.
-¡Cállate, Dan! En este momento estamos encima de él. ¡Ah, cuánto pagaría por verme sano y salvo a bordo, aun a trueque que el tío Salter me dé un chicotazo!
-No tardarán en venir a buscarnos. Pásame la trompeta.
Dan empuñó la trompeta de hojalata, pero hizo una pausa antes de soplar.
-Toca -le dijo Harvey-. No tengo ganas de pasar aquí la noche.
-El caso es saber cómo tomará el muerto esto; porque recuerdo de un marinero que no se atrevía a tocar el cuerno, para llamar a los botes, porque su patrón había muerto a un grumete en un acceso de embriaguez, y desde entonces el grumete seguía como un espectro a la embarcación, gritando: «¡Botes! ¡Botes!».
-¡Las lanchas! -gritó una voz apagada en la niebla.
Los grumetes se encogieron de nuevo, y la trompeta cayó de las manos de Dan.
-No te acobardes -dijo Harvey-, es el cocinero.
-Precisamente él tiene la culpa del cuento que acabo de contarte.
-¡Dan! ¡Danny! Ohé, Dan! ¡Harvey! ¡Harvey! Ohé, Haaarveey!
-¡Estamos aquí! -cantaron a coro los dos muchachos.
Oían los remos, pero no podían ver nada hasta que el cocinero llegó a ellos.
-¿Qué ha ocurrido? -les preguntó-. Al llegar a bordo, llevaréis azotes.
-Esto es lo que deseamos y por lo que suspiramos -afirmó Dan-. Todo cuanto nos suceda a bordo, serán tortas pintadas para nosotros, con tal que lleguemos. Hemos tenido una compañía muy desagradable.
Dan contó la historia, mientras el negro les pasaba una amarra.
-Sí; el muerto vino por su cuchillo -sentenció el cocinero después de oírle.
La goleta se antojó el más delicioso y confortable abrigo del mundo a los dos grumetes, cuando a ella llegaron conducidos por el cocinero, nacido y criado entre la niebla. Del camarote salía un halo caliente de luz y de proa un buen olor de cocina; todo lo cual elevaba al séptimo cielo, según Disko y compañeros, robustos y animados, y esperando a los tardones.
Pero el cocinero era un maestro en punto a estrategia. Antes de amarrar los botes, calmó los ánimos con la relación de cuanto había acontecido a Dan y Harvey, de tal modo, que cuando estos subieron a bordo, fueron recibidos como héroes y todos les abrumaron a preguntas. Pen soltó un sermón sobre la locura de creer en supersticiones, pero tuvo contra él a toda la reunión, que más bien opinaba como Jack, quien soltó por su boca las historias más macabras de aparecidos a media noche.
Bajo la influencia de este ambiente, nadie, a excepción de Salters y Pen, osó hablar de idolatría, cuando el cocinero, poniendo una vela encendida en una tabla, a popa de la embarcación, más un pastel de flor de harina y agua y un pellizco de sal, lo puso todo a disposición del francés muerto, por si se le ocurría volver. Dan encendió la vela, por ser él quien había comprado el cinturón, y el cocinero gruñó y murmuró palabras mágicas todo el tiempo que la lucecilla se mantuvo encendida en la flotante tabla.
-¿Qué opinas acerca del progreso y de las supersticiones? -preguntó Harvey a Dan, cuando, hecha su guardia, fueron a acostarse.
-¡Bah! Soy el primer enamorado del progreso, pero cuando sucede que un marinero de San Malo, después de muerto, se aparece a dos pobres muchachos por un cuchillo de treinta sueldos, entonces creo todo lo que el cocinero quiera contarme. Desconfío de los extranjeros, muertos o vivos.
A la mañana siguiente, todos, menos el cocinero, se sentían algo avergonzados de las ceremonias de la víspera, y trabajaron el doble, sin aludir a lo hecho.
La goleta luchaba con armas iguales con la Parry Norman, a cuál de las dos hacía más aprisa su último carguío, y la lucha fue tan enconada, que la flotilla apostó tabaco en pro de una o de otra. Todo el mundo trabajó en las cuerdas de pescar hasta más no poder, empezando antes de amanecer y terminando cuando ya no se veía. Se recurrió al cocinero para echar el pescado y se empleó a Harvey para pasar la sal, en tanto que Dan ayudaba a la limpia.
La casualidad hizo que un marinero de la Parry se hiciera una lesión, cayendo del castillo de proa y la goleta de Disko lo recogió.
Harvey se preguntaba cómo podían embarcar más pescado, porque a Disko y a Platt todo se les iba en apilar bacalao, nivelando la masa con grandes piedras tomadas del lastre, y siempre quedaba «otro día de trabajo». Disko no cejó hasta que se acabó la sal. Entonces desplegó la gran vela.
Esto fue a las diez de la mañana. A cosa del mediodía todo estaba a punto para zarpar; se baldeó el puente, se izó el pabellón, honor discernido al primer barco que deja el Banco, y, levada el ancla, la goleta se puso en movimiento.
A bordo llevaba correspondencia de toda la flotilla, pero como algunos no la mandaron, Disko alardeó paseando triunfalmente su goleta en medio de todos. Era el quinto año que allí se mostraba como el primer marino del Banco, y todos le hicieron el debido homenaje, echándole los morosos paquetes de cartas atadas a pedazos de carbón, dándole encargos para los armadores y las familias de Glocester; en tanto que el acordeón de Dan y el violín de Platt sonaban alegremente, y las velas se agitaban como la mano de un hombre que da la despedida.
Harvey se dio cuenta en seguida de la diferencia que iba entre la goleta de Disko, bogando de uno en otro fondeadero, con la misma goleta en viaje de retorno. Con poca brisa volaba, no obstante el enorme peso que llenaba la cala.
Disko tenía a la gente ocupada en economizar las velas, y cuando estas fueron desplegadas como las de un yacht de regata, a Dan le tocó esperar en la gavia, entre espantosos balanceos. En los momentos de tregua, daban a las bombas, porque el bacalao amontonado destilaba una salmuera perjudicial al resto del cargamento.
A partir del instante en que cesó la pesca, Harvey pudo contemplar el mar desde otro punto de vista. La goleta aplomaba en su línea de flotación, y guardaba estrecha relación con lo que la rodeaba. Se veía poco del horizonte, menos cuando a aquella subía una ola; y lo más común era que se abriera camino entre abismos grises, negros o glaucos y hervideros de espumas. Tan pronto se libraba de un mal paso, como parecía precipitarse voluntariamente en otro.
Las personas más indiferentes a todo no pueden menos de fijar su atención en los detalles de la vida a bordo, mucho más cuando esta es continua mucho tiempo. Por esto Harvey, que no era indiferente, ni mucho menos, a los grandes espectáculos de la naturaleza, empezó a aprender el lenguaje de las olas que ruedan sobre sí mismas con incesante estrépito; el curso de los vientos que se abren paso a través del espacio, amontonando un tropel de nubes de reflejos cárdenos; la espléndida ascensión del rojo sol; el repliegue y amontonamiento de las brumas matinales, como murallas que se retiran una tras otra; el deslumbramiento del mediodía; el beso de la lluvia que cae en miles de millas cuadradas, tenue y sostenida; el gris de las cosas a la caída de la tarde, y los millones de arrugas del mar al claro de la luna, cuando el pico de mesana parece apuntar solemnemente en medio de las estrellas, y Harvey bajaba a pedir al cocinero una galleta.
Pero lo más divertido era cuando los dos grumetes, juntos en el timón, bajo la vigilancia de Tom Platt, manejaban la goleta, haciéndola tomar el viento en mar tranquila. Las planchas del combés gemían contra el mástil, rechinaban las escotas, las velas se llenaban de rumores; y cuando la embarcación se deslizaba en una concavidad, tropezaba como una mujer que se enreda los pies en su bata de seda, volviendo a salir con el foque mojado hasta la mitad, y recta hacia los altos faros gemelos de Thatcher's Islands.
Dejaron el gris frío de los mares del Banco, vieron los barcos cargados de madera para Quebec, por los estrechos de San Lorenzo, y los bricks de Jersey que llegan cargados con sal de España y de Sicilia. Pasado el banco de Artimon les favoreció un viento nordeste, que les llevó frente al faro oriental de Sable Island; dieron vista a Western y Have, y al llegar al borde septentrional de las Georgias encontraron aguas más profundas, y la goleta navegó más confiada.
En estos días Dan hizo esta confidencia a Harvey.
-El próximo domingo pagarás a un grumete para que eche agua por ti. Supongo que seguirás a nuestro lado mientras te recoge tu familia. ¿Sabes lo que vale más que el placer de llegar a puerto?
-¿Un baño caliente? -repuso Harvey, que tenía las cejas blancas de tantas desolladuras.
-No lo niego, pero yo creo que vale más una camisa de dormir. En todo este tiempo de regreso no he hecho más que soñar con una camisa de dormir. Con ella se pueden desentumecer las piernas. Mi madre me tiene preparada una muy bien lavadita y plegada. ¡Lo que vale tener casa, Harvey! Corremos ahora con viento caliente, y desde aquí me parece oler los brotes del laurel. Quizás lleguemos a tiempo de cenar en casa. ¡Orza a babor un poco!
Las velas vacilantes batieron y se hincharon en el aire tibio, y sobre un mar en calma, oleoso y azul. Al final sobrevino la lluvia, se amontonaron las olas, y el trueno y los relámpagos anunciaron la locura de agosto. Los de la goleta aguantaron el chubasco sobre el puente, regostándose con su próxima llegada a los lugares.
Ya se veía la tierra. Un barco de Glocester que pescaba en aquellas aguas, se acercó a ellos, poniéndose al habla.
-¿Cómo va? -preguntó el vigía-. Wouverman os espera, Disko. ¿Qué noticias hay de la flotilla?
Disko habló cuatro palabras y pasó de largo, mientras la tempestad de verano hacía de las suyas, y los relámpagos surcaban los cuatro puntos cardinales. A su resplandor apareció el circo de montañas que rodea el puerto de Glocester, Teu Sound Island y los depósitos de pescado; al mismo tiempo que la línea almenada de las casas, y hasta la más pequeña mancha de agua; en tanto que la goleta entraba con precaución a favor de la media marea, y que la sirena de boya roncaba detrás de ella.
La tempestad se fue desvaneciendo en tiras azulencas, grandes y espaciadas, acompañadas de un trueno final parecido al estampido de una batería de cañones. El aire removido tembló bajo las estrellas, y todo quedó en silencio.
-¡La bandera, la bandera! -gritó Disko.
-¿Qué ocurre? -preguntó Jack.
-La bandera a media hasta, por Otto.
-Lo había olvidado. ¿Tiene parientes en Glocester?
-La muchacha con la que debía casarse en este otoño.
Jack puso la pequeña bandera a media asta en memoria de Otto, barrido de a bordo por un ventarrón a la altura del Have, tres meses antes.
Disko se enjugó los ojos y condujo su goleta al desembarcadero de Wouverman, dando órdenes en voz baja, mientras la goleta daba la vuelta a los remolcadores amarrados en la obscuridad de la noche.
Dominando la obscuridad y el misterio de su marcha, la rodeaba el continente con sus miles y miles de gente dormida, el olor de la tierra refrescada por la lluvia y el ruido familiar de una locomóvil que estaba soltando vapor en su garaje. Todas estas cosas le llegaban al alma a Harvey, que estaba de pie junto al palo mesana.
Luego se oyó el alerta del vigilante de un faro flotante, y la goleta entró en un callejón sin salida de tinieblas, alumbrado por una linterna a cada lado. Alguien se adelantó, tiró una cuerda y amarraron a un muelle silencioso flanqueado de grandes docks techados de palastro y vacíos.
Tras esto, cesó todo ajetreo en la goleta.
Harvey se sentó cerca de la rueda del timón y sollozó como un niño. Una mujerona que estaba esperando en el muelle saltó a bordo y besó a Dan en las mejillas; era la madre de Dan, que había visto el barco a la luz de los relámpagos. La mujer reparó poco después en Harvey, cuando Disko le contó su historia.
Al romper el día todos fueron a casa de Disko, y hasta que el telégrafo funcionó para dar parte a su familia, Harvey se consideró como el joven más desgraciado de América.
¡Cosa curiosa! Ni a Disko ni a Dan les pareció mal que llorara Harvey.
Wouverman no aceptó los precios de Disko, que seguro de haber tomado la delantera en una semana a los demás barcos pesqueros no se impacientó, sino que él, lo mismo que sus compañeros, se fueron a pasear por las calles. Jack vio parar el tranvía de Rocky Neck, pero no quiso subir porque pretendía ir de balde. En este tiempo Dan callejeaba, dándose tono y escupiendo por un colmillo.
-Dan -le dijo su padre-, si sigues así tendré que corregirte. Desde que hemos saltado a tierra te encuentro demasiado impertinente.
-Ya lo corregiré yo -remachó el tío Salters.
Este y Pen se alojaron de huéspedes en casa de Troop.
-¡Oh!, ¡oh! -dijo Dan yéndose con su acordeón al pequeño patio de atrás, pronto a escalar la pared si el enemigo se acercaba-. Papá, usted es libre de juzgar como quiera, pero recuerde que ya se lo advertí. No será culpa mía si usted se ha engañado. En cuanto a usted, tío Salters, es otra cosa. Dan Troop verdecerá como un laurel, porque no me atengo a mí solo.
Disko fumaba con la dignidad de un capitán en tierra, calzados los pies con unas soberbias pantuflas hechas de una alfombra.
-Te vas volviendo tan guillado como el pobre Harvey. Todo se te va en cuchichear, en dar patadas debajo de la mesa y en alborotar la casa.
-Cosas veredes, papá -replicó Dan.
Este y Harvey fueron en tranvía a East-Glocester, desde donde ganaron a pie el faro, entre bosques de laureles, y aquí se tendieron bajo unos tejos.
Harvey había enseñado un telegrama a Dan, haciéndole jurar el secreto, hasta que la bomba estallara.
-La familia de Harvey -dijo Dan, sin pestañear, después de la cena-. Pues bien, supongo que no será gran cosa, porque si lo fuera ya habríamos oído hablar de ella a estas horas. Su padre es un comerciante cualquiera, allá en el Oeste. Es posible que os dé la importante cantidad de cinco dólares, papá.
-¿No te lo dije? -repuso Salters-. Dan ten cuidado, no exageres.
Cualesquiera que sean sus preocupaciones, un multimillonario, como todo hombre de trabajo, debe estar a la altura de su negocio. Harvey Cheyne, padre, se trasladó a fines de junio al lado de su esposa, que estaba medio loca, soñando día y noche en su hijo ahogado en las aguas del océano. Por más que la había rodeado de médicos y de enfermeros expertos, de masajistas y hasta de amigos fieles que curan por la persuasión, mistress Cheyne seguía en el mismo estado, no cesando de gemir, o pasándose horas enteras hablando de su hijo.
No tenía ninguna esperanza. ¿Quién se la podía ofrecer? Su único consuelo era la seguridad que los que se ahogan no sufren; y su marido tenía que vigilarla, temiendo que ella se diera la misma muerte.
En cuanto a él no demostraba su pena, y tal vez no se dio cuenta perfecta de la pérdida de su hijo, hasta el día que se resolvió abandonar los negocios.
Siempre había acariciado la idea que un día, cuando habría puesto en orden sus asuntos y su hijo saliera del colegio, llamaría a este a su lado y le llevaría a sus posesiones. Entonces, según la idea de todos los padres laboriosos, este joven sería su compañero, su asociado, que continuaría con más empuje las grandes empresas en que él estaba metido. Pero ahora, aquel hijo se había ahogado en el mar como un simple marinero sueco de los que Cheyne empleaba en sus grandes buques cargados de té; la esposa estaba moribunda; él mismo se veía a merced de legiones de mujeres, médicos, criadas y señoras de compañía, sin ánimo para nada, ni para seguir sus especulaciones.
Había llevado a su mujer a su nuevo palacio de San Diego, recién construido, donde ella y su servidumbre ocupaban un ala lujosa del edificio; y Cheyne en una terraza, entre un secretario y una copista mecanógrafa, que al mismo tiempo era telegrafista, hacía fuerzas de flaqueza dictando ciertas órdenes. Entre cuatro ferrocarriles del Oeste se había declarado una guerra de tarifas en la que se suponía interesado a Cheyne, una ruinosa huelga se extendía en sus aserraderos del Oregon y en la Legislatura de los Estados de California preparaban contra él una guerra abierta.
En cualquier otro tiempo, Cheyne hubiera aceptado la batalla y roto él mismo las hostilidades, alegre y confiado. Ahora no, ahora estaba sentado con el cuerpo postrado, con el chambergo de fieltro cabalgando sobre la nariz, descuidado en el vestir, con la mirada absorta en sus botas, o bien en los juncos chinos que se balanceaban en la bahía y contestando con un insaciable «sí» a las preguntas del secretario que abría el correo del sábado.
Cheyne se preguntaba lo que costaría dejarlo todo y retirarse de los negocios. Estaba asegurado por sumas enormes, podía adquirir anualidades regias, y entre una de sus tierras del Colorado y una pequeña sociedad en Washington o en las Carolinas del Sur, olvidaría sus planes ambiciosos. Por otro lado...
El tictac de la copista le detuvo en sus cavilaciones. La joven mecanógrafa miraba al secretario, que, a su vez, había palidecido.
Pasó a Cheyne un telegrama que cursaban de San Francisco:
«Recogido por goleta de pesca We're Here al caer del vapor. Muy divertido en Banco, de pesca. Buenos todos. Esperando en Glocester, donde Disko Troop; dinero o giro telegráfico. Telegrafíen qué hacer y cómo está mamá. -HARVEY N. CHEYNE».
A Cheyne se le cayó el papel de las manos, dobló la cabeza sobre el cilindro del bufete cerrado y dio un fuerte suspiro. El secretario corrió en busca del doctor de mistress Cheyne, que al acudir encontró al millonario ya repuesto y paseándose por la terraza.
-¿Qué pensáis de esto? ¿Será posible? No puedo comprender... -decía Cheyne sollozando.
-Pues yo lo comprendo perfectamente -replicó el doctor-. He perdido siete mil dólares por año. Esto es todo.
El médico pensó en que había abandonado la clientela de Nueva York por atender a los Cheyne, y devolvió el telegrama dando un suspiro.
-¿Opináis -le dijo Cheyne- que debemos participárselo a mi mujer? Pudiera ser una impostura.
-¿Por qué? -repuso el doctor con calma-. No hay duda que se trata de vuestro hijo.
Entró una doncella de servicio parisiense, y con la prisa de una sirvienta que está en una casa solo por el cebo de un buen sueldo, dijo:
-Mistress Cheyne ruega al señor que vaya a verla en seguida. Cree que el señor está enfermo.
El dueño de treinta millones de dólares dobló la cabeza humildemente, para seguir a Susana, y con voz aguda gritó, desde el descanso de la escalinata de madera blanca:
-¿Qué pasa? ¿Qué ocurre?
A poco se oyó un alarido, que repercutió en toda la casa, cuando Cheyne dejó escapar la noticia.
-El único aforismo médico que en las novelas tiene alguna apariencia de verdad es que la alegría no mata, miss Kencey.
-Lo sé, pero por ahora tenemos mucho que hacer.
Miss Kencey era de Mihraukee, muy parca en palabras, y como sentía alguna inclinación por el secretario, comprendió que este estaba aterrado. El cual secretario miraba con atención un gran mapa de América, colgado en la pared.
-Milvom, lo atravesamos en línea recta. El coche particular... recto por... Boston. Anotad los empalmes -decía Cheyne de lo alto de la escalera.
-Es lo que yo pensaba.
El secretario se volvió a la copista y sus ojos se encontraron (premisas de una historia que no tiene que ver nada con nuestro relato). Ella le dirigió una mirada de interrogación, porque no confiaba en sus recursos. El secretario le hizo señal que se dirigiera al Morse, así como un general lleva sus brigadas al combate. Luego, a la manera de un músico, se pasó la mano por los cabellos, miró al techo y reanudó su trabajo, en tanto que los dedos de miss Kincey llamaban a las estaciones telegráficas.
-K. H. Wade, Los Ángeles. ¿La Constancia está en Los Ángeles, verdad, miss Kencey?
-Sí.
Miss Kencey hizo signo afirmativo entre los tictac, en tanto que el secretario miraba su reloj.
-¿Estáis? «Enviad Constancia, car particular, aquí, y arreglaos para salir de aquí el domingo, a tiempo para alcanzar el «Nueva York Limited», en la calle Dieciséis, Chicago, martes próximo».
¡Click-click-click!
-¿No hay manera de arreglarlo mejor?
-Mi plan da sesenta horas de aquí a Chicago. No se ganaría nada con calentar una locomotora especial, al este de esta ciudad. Además, «concertad con Lake Shore and Michigan Pouthern para tomar Constancia en Nueva York Central, and Hudson River Buffalo en Albany, y B. and A. del mismo Albany a Boston. Indispensable que yo esté en Boston miércoles mañana. Aseguraos, que nada estorba. Telegrafío también a Caunif, Toncey y Barnes». Firmad, Cheyne.
Miss Kencey hizo un sí con la cabeza, y el secretario continuó:
-Caniff, Toncey y Barnes: «Caniff, Chicago. Servíos llevar mi car Constancia de Santa Fe, calle Dieciséis, martes próximo tarde, Sur New York Central por Albany»... ¿Conoce usted Nueva York, mis Kencey? Iremos uno de estos días. Seguid. «Llevad el car de Buffalo a Albany Sur Limited martes tarde». Esto es para Toncey.
-Sé todo esto sin haber estado nunca en Nueva York -dijo la miss, encogiéndose de hombros.
-Perdón... Ahora, miss, las mismas instrucciones a Barnes, de Albany a Boston. Saliendo a las tres de la tarde, llegaremos a las nueve y cinco de la tarde del miércoles. De este modo Wade está a cubierto de todo, por más que el mudar las direcciones se paga.
-¡Es maravilloso! -declaró miss Kencey, con una mirada de admiración.
Era el género de hombre que ella comprendía y admiraba.
-No está mal -repuso Milsom modestamente-. Otro que no fuera yo, habría perdido treinta horas y empleado una semana en concertar el asunto de que Cheyne vaya directamente a Santa Fe, recto por Chicago.
-Pero, a propósito del Nueva York Limited Chauncey Depew, con ser quien es, no ha podida enganchar su car -sugirió la miss.
-Es verdad, pero aquí no se trata de Chauncey sino de Cheyne, que puede enfadarse.
-En este caso, haríamos bien en telegrafiar al hijo. No olvidéis este detalle.
-Voy a consultarlo.
Cuando el secretario volvió con el mensaje de Cheyne a su hijo Harvey, para que este se encontrara en Boston a tal hora, encontró a miss Kencey en comunicación con Los Ángeles, de donde decían: «Preguntamos saber porque, porque... Malestar general se manifiesta y cunde...».
Diez minutos después, Chicago llamó a miss Kencey, en estos términos: «Si cataclismo ha de venir, ruego advertir amigos con tiempo...».
Pero lo más chusco de todo fue otro telegrama de Topeka, por el que un deudor de Cheyne pedía una prórroga de plazo.
El multimillonario Cheyne se rio ferozmente del miedo que en el mundo de los negocios había levantado su curso de telegramas.
-Creen que voy a llevarlo todo a punta de lanza. Dígales, Milsom, que en estos momentos no se trata de conminar a nadie, y cuente la verdad. Será bien que usted y miss Kencey se vengan con nosotros, aunque es probable que no me ocupe de negocios en el camino.
Miss Kencey hizo funcionar el telégrafo, mientras el secretario dictaba: «Hacemos la paz».
En virtud de esta frase, a dos millas de allí, en las salas directivas, los representantes de sesenta y tres millones de dólares en intereses de ferrocarriles, diversamente administrados, pudieron respirar libremente.
Cheyne volaba al encuentro de su hijo único, tan milagrosamente salvado. Hombres rudos que habían desenvainado el cuchillo para defender su vida financiera, le volvieron a envainar y le desearon buena suerte.
Fue una semana de mucho trabajo para los telégrafos. Los Ángeles llamaba a San Diego y a Barstow para que los mecánicos de la Southern California estuvieron prontos en sus cabañas solitarias; Barstow pasó la consigna al Atlantic and Pacific, y Alburquerque lo comunicó hasta Chicago.
Tratábase de acelerar en estas 2.350 millas una locomotora en combinación car, con el car particular Constancia. El tren había de adelantarse a otros 170 trenes, sea para encontrarles, sea para pasarles adelante; y era preciso avisar a los expedidores y a los viajeros de cada tren. Eran menester dieciséis locomotoras, dieciséis maquinistas y dieciséis fogoneros, que empleasen dos minutos y medio para cambio de máquinas, tres para hacer agua y dos para carbón, porque Harvey Cheyne tiene prisa, repetían los partes telegráficos.
Recorriendo cuarenta millas por hora, se hizo el trayecto de San Diego a Chicago, poniendo a prueba el celo de todos los jefes de línea.
El domingo al amanecer salieron de San Diego.
-No creo que sea necesario que te pongas el sombrero y los guantes -dijo Cheyne a su mujer-. Mejor harías en acostarte y que te acompañe el médico. De buena gana jugaría contigo una partida de dominó, pero es domingo.
-Te daré gusto. Pero si me quito el sombrero me parece que no llegamos nunca al fin del viaje.
-Procura dormir un poco, y sin pensarlo llegaremos a Chicago.
La cuesta que subía el tren por las tierras incultas de Mohave no permitía acelerar la velocidad. El calor del desierto sucedió al calor de las montañas al doblar al este por las Agujas y el río Colorado. El car rechinaba en la sequedad extrema y en el día deslumbrante, y había que poner hielo en el cuello de mistress Cheyne para reanimarla. Pasado Ash Fork, hacia Flagstaff, se extienden bosques y canteras. Un turbión de polvo envolvía el convoy.
El equipo de la combinación car, jadeante y en mangas de camisa, bebía los vientos por complacer al multimillonario, que no hacía más que hablar de su hijo, contando cómo el mar se lo había devuelto. El personal del tren le oía complacido y compartía su alegría, al mismo tiempo que se interesaba por el estado de mistress Cheyne.
Esta, en su tocador, no hacía más que quejarse e importunar a su marido para que fueran más aprisa. De este modo dejaron atrás los arenales y las rocas quemadas de Arizona, y, a poco, el ruido de las cadenas del tren y de los frenos neumáticos anunciaron la llegada a Coolidge, cerca de la línea divisoria del continente americano.
Tres hombres atrevidos y experimentados, a fuerza de brazos y de fatiga levantaron el car Constancia hasta lo alto del gran terraplén, de Alburquerque a Glorieta, y por el Springer, aún más alto, hasta el túnel del Ratón, en la línea del Estado. De aquí bajaron a la Santa, donde otearon el Arkansas y se abrieron camino por una bajada, hasta Doge City; y aquí Cheyne adelantó una hora su reloj, en relación con el meridiano.
Poco era lo que se hablaba en el car. El secretario y la copista estaban sentados juntos en los almohadones del cordobán, cerca del espejo de observación, a la cola del tren, viendo huir como una ola los postes telegráficos, los árboles y todo.
Cheyne iba y venía nervioso, con un cigarro apagado en los labios, en medio de aquel lujo extravagante de la combinación car.
Por la noche, las lámparas eléctricas iluminaron este palacio del dolor, repleto de fausto, y avanzaron a través de un desolado vacío. Tan pronto oían el glu-glu de un depósito de agua y la voz gutural de un chino al choque de los martillos que probaban las ruedas de acero Krupp, como el vuelco del carbón en el ténder, o un choque en retroceso cuando pasaban volando ante otro tren que esperaba su paso.
Las miradas de los viajeros ora se hundían en grandes abismos, ora se empinaban a las cumbres, vecinas de las estrellas; la escena cambiaba de aspecto a cada kilómetro, subiendo y bajando colinas, para llegar al fin de la llanura.
En Dodge City, una mano desconocida echó en el interior del car un número de un periódico que traía una interviú con Harvey. Este se había entrevistado, sin duda, con un repórter avispado, que telegrafió la interviú a Boston. La prosa magnífica del relato infundió ánimo a mistress Cheyne, que ya no dudaba se trataba de su hijo.
La única palabra ¡aprisa! fue transmitida a los maquinistas en Nickerson, Tropeka y Marcelina, donde las rampas son suaves. Ciudades y pueblos se iban multiplicando al paso, porque estaban ya en centros civilizados.
-No puedo ver el cuadrante; me duelen los ojos. ¿Qué hacemos?
-Lo más que podemos -respondía Cheyne a su mujer-. Es inútil llegar antes del Limited. Tendríamos que esperarle.
-Me es igual. Lo que necesito es la sensación de que vamos andando. Siéntate y cuéntame las millas.
Cheyne se sentó y la descifró el cuadrante, es decir, un número de millas que sirve de recorrido, que el car de setenta pies no varió en su avance por desiertos y montañas. Sin embargo, esta velocidad no era suficiente para mistress Cheyne, y este calor, el implacable de agosto, le daba vértigo; las agujas del reloj no se movían, y ¿cuándo, ¡oh!, cuándo llegarían a Chicago?
En Fort Madison cambiaron de máquina, y Cheyne pagó a maquinistas y fogoneros lo que merecían según él, amén de una espléndida gratificación a todos los empleados del servicio que habían demostrado interés en servirle. El último equipo tomó la responsabilidad de acelerar la marcha del viaje en Chicago, porque mistress Cheyne cada vez se mostraba más impaciente.
Para el hombre del Oste americano Chicago y Boston están juntas, a cuya ilusión ayuda el enlace de los ferrocarriles. El Limited llevó en torbellino el car Constancia a Búfalo; y en brazos de la New York Central and Hudson Rives lo trasladó a Albany, donde la otra compañía, la Boston and Albany, completó el viaje de un océano al otro.
Tiempo total: ochenta y siete horas y treinta y cinco minutos; o sea, tres días y quince horas y media.
Harvey les esperaba.
Tras una emoción violenta, la mayoría de las personas, en especial los jóvenes, quieren comer. Se festejó la vuelta del hijo pródigo con las cortinas corridas en el vagón, mientras que los trenes rugían alrededor.
Harvey comió, bebió y se extendió en sus aventuras, casi sin respirar, y cuando tenía una mano libre, la madre se la cogía para acariciarla. La vida en el mar le había engrosado la voz; la palma de sus manos se había vuelto ruda y rasposa; tenía las muñecas señaladas con cicatrices de clavos, y sus botas de goma y su jersey azul olían a bacalao.
El padre, acostumbrado a juzgar a los hombres, le miraba con atención. Se dio cuenta que conocía muy poco a su hijo; lo único que recordó fue de un muchacho pálido y descontento, que se complacía en dar rabietas a sus papás; uno de estos mozalbetes que hacen la delicia de los salones de los hoteles y que se divierten con los camareros, menos cuando les insultan. Ahora este joven pescador se le presentaba serio y formal, mirándole con firmeza y serenidad y hablando en tono firme, pero respetuoso. Había también en esta voz algo que parecía prometer que el cambio sería duradero y que el nuevo Harvey seguiría el mismo.
-Alguien lo ha corregido -pensó Cheyne-. Constanza no lo hubiera permitido nunca. En Europa no lo hubieran educado mejor.
-Pero ¿cómo no dijiste a este hombre, a Disko Troop, quién eras? -repetía la madre cuando Harvey contó por segunda vez su historia.
-¿Disko Troop, querida mamá? Es el mejor hombre de los marinos. Dudo que haya quien se le parezca.
-¿Por qué no le dijiste que te llevara a tierra? Ya sabes que papá le hubiera indemnizado diez veces.
-Lo sé; pero él creía que yo estaba perturbado. Lo que siento es haberle tratado de ladrón porque no encontré los billetes de banco en mi bolsillo.
-Un marinero los encontró cerca del palo de la bandera aquella noche -dijo mistress Cheyne.
-Ahora me lo explico todo. El caso es que cuando declaré solemnemente a Troop que yo no trabajaría a bordo de su barco, me asestó un puñetazo en la nariz, y te aseguro que eché más sangre que un cerdo cuando lo degüellan.
-¡Pobre hijo! ¡Deben haberte maltratado mucho!
-No estoy seguro de esto. Pero aprendí a ganar.
Cheyne se cruzó de piernas satisfecho, porque así era como él quería a su hijo.
-Troop -siguió contando Harvey-, me daba diez dólares y medio al mes; hasta ahora me ha pagado la mitad. Yo me hice camarada de Dan y me puse a trabajar. No diré que yo haga el trabajo de un hombre, pero puedo manejar una lancha tan bien como Dan, y en la niebla no pierdo la vista. Puedo cumplir cuando no hace demasiado viento, es decir, mamá, puedo gobernar un barco, cebar un trawl, conozco el cordaje. Te enseñaré cómo se puede clarificar con un pedazo de escama de pescado. ¡Vaya, querida mamá, no te puedes imaginar el mucho trabajo que se puede hacer por diez dólares y medio al mes!
-Hijo mío, yo empecé ganando ocho y medio -observó Cheyne.
-¿De veras, papá? Nunca me lo habías dicho.
-Porque no me lo preguntaste, Harvey. Ya te lo contaré más por extenso otro día. Toma esta aceituna rellena.
-Troop dice que lo más interesante en el mundo es saber cómo el prójimo se gana la vida. Es muy agradable encontrarse con una mesa bien provista. Nosotros no comíamos mal en el Banco; la primera marmita era la de nuestra goleta. Disko nos daba una alimentación de primer orden. Ya dije que Dan era mi camarada. Luego viene el tío Salters, con sus abonos y su lectura de Josefo. Este sigue persuadido que yo estoy guillado. Hay un Pen, que este sí está chillado de veras. No conviene hablarle de la catástrofe de Johnstown, porque si no... Es indispensable que trabéis conocimiento con Tom Platt, con Long Jack y con Manuel. ¡Ah!, este Manuel es quien me salvó la vida. Siento que sea portugués. No puede conversar por extenso, pero es un músico excelente. Me encontró en el momento que yo me iba a la deriva y me pescó en el agua.
-Lo que me extraña es que no se haya resentido tu sistema nervioso -dijo mistress Cheyne.
-¿Por qué, mamá? Si he trabajado como un caballo, comido como un ogro y dormido como un tronco.
Esto era demasiado para mistress Cheyne, quien recordó las visiones que había tenido: de un cadáver flotando en el agua. Fuese a su departamento, y Harvey se arrimó a su padre para contarle la deuda que había contraído.
-Confía en mí, Harvey. Yo haré por la tripulación todo cuanto pueda. Según te explicas, es buena gente.
-La mejor de la flotilla pescadora de Terranova. Puedes informarte en Glocester, papá. Pero Disko está en la persuasión que me he curado de la cabeza. Dan es el único a quien hice confidencia de ti, de nuestros cars particulares y lo demás; pero no estoy seguro que me haya prestado crédito, en absoluto. Mañana quiero asombrarlos. ¿Se puede llevar el Constancia a Glocester? Mamá parece que no está en estado de proseguir el viaje, pero queda un día de por medio, porque mañana tengo que limpiar el pescado. Wouverman nos tomó el bacalao a cuatro dólares veinticinco centavos el quintal, por haber sido los primeros que llegamos del Banco.
-Entonces, ¿cómo dices que mañana tienes que trabajar?
-Se lo he prometido a Disko. Estoy en la báscula. He traído las cuentas de las pesadas -y sacó un cuaderno grasiento, que desternilló de risa a su padre-. Faltan, según mi cálculo, unos doscientos noventa o trescientos quintales.
-Paga un sustituto -dijo Cheyne por ver lo que diría su hijo.
-No puedo. Soy el pesador de la goleta. Troop dice que tengo mejor cabeza que Dan para los números. Troop es hombre de una justicia asombrosa.
-Pero supongamos que no puedo trasladar el car esta tarde, ¿cómo te arreglas?
Harvey dio una mirada al reloj, que señalaba las once y veinte.
-En este caso -dijo-, dormiré aquí hasta las tres y tomaré el tren de las cuatro, que es de carga. Los pescadores de Terranova tienen paso libre en él.
-No me parece mal. Pero yo creo que nuestro car puede llegar tan pronto como el tren de carga. Ahora, Harvey, harás bien en acostarte.
Harvey se tendió en el sofá, sacudió sus botas y se durmió antes que su padre tirara del cordón de la luz eléctrica. Cheyne se sentó para contemplar aquel rostro juvenil, que descansaba con el brazo echado detrás de la cabeza; y entre otras cavilaciones, le asaltó la idea de si tal vez había descuidado sus deberes de padre.
-¿Sabe uno cuándo corren los mayores riesgos? -se preguntó-. Esto hubiera sido peor que ahogarse. No siendo esto así, yo no soy bastante rico para pagar a Troop.
La mañana trajo por las ventanas el hálito de la brisa del mar. El car fue remolcado en una vía lateral, junto a los vagones de carga que iban a Glocester, y Harvey pudo volver al trabajo.
-Vamos -dijo su madre- a ver si se nos cae otra vez y se ahoga de veras.
-Iremos con él, y en tal caso, le echaremos una cuerda. Tú no le has visto nunca trabajar para ganarse el pan.
-¡Qué absurdo! Como si alguien pudiera creer...
-Pues el hombre que le paga, lo ha creído, y no está desprovisto de razón.
Se apearon entre los almacenes, tapados con encerados, de los pescadores, hasta el depósito de Wouverman, frente al cual se balanceaba la We're Here, con su pabellón del Banco y su tripulación trabajando como castores a la alegre luz de la mañana.
Disko estaba junto a la panera de peces, observando a Manuel, Pen y Salters, que daban a la palanca. Dan levantaba con la grúa de a bordo los cestos cargados, a medida que Jack y Platt los iban llenando, y Harvey, con el cuaderno en la mano, representaba los intereses del patrón ante el comisario de la báscula, en el muelle salpicado de sal.
-¿Estáis ya? -gritaban las voces de abajo.
-¡Iza! -gritaba Disko.
-Hi! -exclamaba Manuel.
-¡Ya! -repetía Disko balanceando el cesto.
Después se oía la voz fresca y sonora de Harvey, comprobando el peso.
El último pescado se había pesado ya, cuando Harvey, dando un salto sobre Disko, llegó al puente de la goleta, gritando:
-Doscientos ochenta y siete, y la cala vacía.
-¿Cuánto es el total, Harvey? -preguntó Disko.
-Ochocientos sesenta y cinco. Tres mil seiscientos setenta y seis dólares y cuarto. ¡Lástima que yo no vaya a la parte!
-Casi, casi lo has merecido, Harvey. ¿Quieres llegarte a la oficina del muelle para llevar la cuenta?
-¿Quién es este muchacho? -preguntó Cheyne a Dan, que ya estaba acostumbrado a que muchos desocupados le hicieran preguntas en el muelle.
-Es una especie de sobrecargo -contestó Dan al millonario-. Lo recogimos en aguas del Banco, cuando se estaba ahogando. Según él, se cayó de un vapor trasatlántico. Ahora está hecho un pescador.
-¿Y gana lo que come?
-¡Ya lo creo! Papá, aquí hay quien pregunta si Harvey se gana la comida. ¿Queréis subir a bordo? Pondremos una escalera para la señora.
-Aceptamos con gusto. Constancia, esto no puede hacerte daño, y, además, verás por ti misma.
La misma mujer que ocho días antes no podía levantar la cabeza, se dejó retrepar a bordo de la goleta, atiborrado el puente de basura y de barro.
-¿Acaso os interesáis por Harvey? -preguntó Disko.
-¡Mucho que sí!
-Es un buen chico, al que no hay necesidad de repetir dos veces una misma orden. Ya saben ustedes cómo nos lo encontramos. Creo que por entonces sufría una especie de afección nerviosa, algo así como tocado de la cabeza. Ya está curado. Pueden ver el camarote. No está en orden, pero puede verse el estado de cuentas que Harvey llevaba.
-¿Dormía aquí? -preguntó mistress Cheyne, sentándose en un cofre amarillo y mirando consternada las literas en desorden.
-Aquí no. Su sitio estaba delante, señora. Excepto cuando él y mi chico hacían escapatorias para quitar buñuelos, o hacían ruido en las horas de dormir, en lo demás no tengo ninguna queja de él.
-Además -añadió Salters, haciendo acto de presencia-, Harvey se permitía colgar mis botas en la bola del palo mayor y no era todo lo respetuoso que debiera con los que sabían más que él. Pero de esto tiene la culpa mi sobrino Dan.
Dan, que estaba avisado por Harvey de lo que iba a ocurrir, andaba nervioso por el puente.
-¡Tom! -sopló por una escotilla a Platt-. Mucho cuidado con lo que se habla. Los que están en el camarote son los padres de Harvey, y nadie se ha enterado.
-¡Por el humo de mi pipa! -dijo Jack, apareciendo en el puente, manchado de sal y de escamas de pescado-. ¿Crees que es verdad la historia del niño mimado que tiene coche de cuatro caballos?
-Siempre lo he creído -replicó Dan-. Venid a ver cómo papá puede engañarse alguna vez.
Se acercaron y pudieron oír a Cheyne que decía:
-Me alegro que tenga buen carácter porque... es mi hijo.
A Disko se le abrió la boca; Long Jack miraba embobado a mister y mistress Cheyne.
-He recibido el telegrama de mi hijo en San Diego, hace cuatro días, y hemos atravesado América para venir aquí.
-¿En car particular? -preguntó Dan.
-Sí, en car particular -repuso el millonario.
Dan lanzó a su padre una mirada de las más irrespetuosas.
-Entonces -dijo Jack-, ¿es verdad lo que nos contaba de un tiro de cuatro poneys, que él manejaba como suyo?
-Sí, cuando vivíamos en Toledo -contestó mistress Cheyne.
-Ohé, Disko! -dijo Jack, por todo comentario.
-Me engañé en mis juicios -observó Disko, sentenciosamente-. He de confesaros, mistress Cheyne, que yo había tomado por loco a vuestro hijo. ¡Como hablaba de dinero de un modo tan extraño!
-Ya me lo ha dicho.
-¿Y no os ha contado que en cierta ocasión le hice soltar sangre por las narices? -repuso Disko, con ansiedad.
-¡Oh! Sí -replicó Cheyne-. Creo que esto le ha hecho más bien que todo lo del mundo.
-Lo creí necesario, sino no lo hubiera hecho. Sentiría que creyerais que en mi goleta se trata mal por costumbre a los grumetes.
-Nunca lo creí, mister Troop.
Mistress Cheyne acababa de escrutar todas las caras. La de Disko, de amarillo-marfil, sin barba; la de Salters, con su collar de barba a la campesina; la simplona, de Pen; la sonriente, de Manuel; la placentera, de Jack, y la acuchillada de Tom Platt. Todas esas fisonomías eran rudas; pero con el buen sentido de una madre se levantó con las manos extendidas.
-Decidme, ¿quién de vosotros...? -preguntó con gemidos-. Quiero daros las gracias a todos y bendeciros.
-Esto me paga centuplicado -declaró Jack.
Disko los fue presentando de uno en uno, con todos sus pelos y señales. El capitán de uno de esos barcos que van a China no lo hubiera hecho mejor, y mistress Cheyne balbuceó palabras de agradecimiento. Casi se echó en brazos de Manuel cuando conoció que él era el que encontró a Harvey.
-¿Podía dejarle yo que se perdiera a la deriva? -decía el pobre Manuel-. Cualquiera hubiera hecho lo mismo que hice yo. Topamos con un buen chico, y yo me felicito que sea hijo vuestro.
-Tengo entendido que tenía a Dan por camarada -agregó la señora.
Dan estaba ya muy encarnado; pero cuando oyó estas palabras, y sobre todo, cuando la señora le besó delante de todos, su rubor llegó al carmesí.
Tras esto llevaron a mistress Cheyne a que viera la litera donde dormía Harvey. En la cocina vio al negro cocinero limpiando el hornillo, que la saludó con una inclinación de cabeza, como si la estuviera esperando; y por final de la visita, la señora tuvo que resignarse a oír la vida que se hacía a bordo y a ver la mesa grasienta en la que se servía la comida.
Mistress Cheyne oía y veía todo con la risa en los labios y el llanto en los ojos.
-Después de esto, ¿quién se atrevería a servirse de nuestra goleta? -dijo Jack a Tom-. Casi, casi la han convertido en una catedral.
-¿En una catedral? -replicó Tom Platt-. ¡Oh! Si esta escena hubiera ocurrido en otro barco mejor que este, se podría formar doble fila para que estos señores bajaran a tierra. Aquí no tendrá más remedio la señora que bajar la escalera como una gallina. Debíamos subirnos a las vergas y hacerle honores.
-¿De modo que Harvey no estaba loco? -preguntó Pen a Cheyne.
-De ningún modo, a Dios gracias -replicó el millonario con benignidad.
-Debe ser terrible estar loco -repuso Pen-. Menos el perder un hijo, no conozco nada más terrible. Demos gracias a Dios porque os devolvió el vuestro.
-¡Ahó! -gritó Harvey lanzando a todos desde el muelle una mirada feliz.
-¡Me equivoqué, Harvey, me equivoqué! -gritó Disko alzando una mano-. Me equivoqué en mis juicios. Es inútil hacerme cargos. Cumpliste todo lo que te obligaste a hacer, casi tan bien como si yo te hubiera educado...
-Menos con un car particular -añadió Dan maliciosamente.
-Venid todos que os lo enseñe -dijo Harvey.
Cheyne se quedó hablando con Disko; pero los otros fueron en procesión hasta el garaje, con mistress Cheyne a la cabeza. Ante esta invasión, la doncella de servicio se asustó, hasta que Harvey desplegó ante todos los esplendores del Constancia. Los marineros admiraron en silencio el terciopelo bordado, los puños y tramos de plata cincelada, el cuero tallado, los espejos, las maderas preciosas, el bronce, el acero forjado, etcétera.
-Ya os lo dije -repetía Harvey-, ya os lo dije.
Era su desquite final.
Mistress Cheyne mandó servir una comida; y para más satisfacción, ella en persona sirvió a todos. Los hombres que están acostumbrados a comer a bocados mientras brama la tempestad en el mar, tienen costumbres de mesa de una limpieza y de un refinamiento extraordinarios. Mistress Cheyne no ignoraba este detalle, pero quedó sorprendida al comprobarlo ahora.
Hubiera deseado tener a Manuel como mayordomo, en vista de la delicadeza con que manejaba la vajilla de plata y el delicado cristal. Tom Platt evocó los días del Ohio y las maneras de los potentados que comían con los oficiales. Long Jack, como buen irlandés, se distinguió por su algazara entre todos.
En el camarote de la goleta, Cheyne y Disko seguían hablando y fumando.
Comprendía Cheyne que estaba con un hombre a quien no le podía ofrecer dinero; aparte de que lo hecho por Disko no se pagaba con todo el oro del mundo. Así, pues, mostrándose discreto, entabló preliminares.
-Yo nada he hecho por vuestro hijo, como no sea hacerle trabajar y enseñarle cómo se maneja el hog yoke -decía Disko-. Tiene doble inteligencia para los números que mi hijo.
-A propósito -dijo Cheyne-, ¿qué pensáis hacer de Dan?
Disko se quitó el cigarro de la boca, y en un amplio gesto de la mano señaló la vuelta del camarote.
-Dan es un chico muy aferrado a la banda, tanto, que no puedo resolver nada sobre él. Le dejaré esta pequeña embarcación cuando me toque recoger velas.
-¡Hum! ¿No habéis estado nunca en el Oeste, mister Troop?
-Una vez estuve con un barco en Nueva York. No me sé manejar en los ferrocarriles; Dan, tampoco. A los Troop no nos prueba más que el agua salada.
-Pues yo le puedo ofrecer toda el agua salada que necesite, hasta que sea patrón.
-Pues yo creía que vos erais el rey de los ferrocarriles. Así me lo tiene dicho Harvey.
-Poseo una línea de barcos de té, entre San Francisco y Yokohama. Son seis barcos de hierro de mil setecientas ochenta toneladas cada uno.
-¡Caramba! Esto no me lo dijo nunca Harvey, porque si no le hubiera hecho más caso que contándome maravillas de ferrocarriles y de coches con caballos.
-No lo sabía. Pues sí, mister Troop. Soy el amo de la antigua línea Morgan y Mac Quade.
-Entonces conoceréis a Airheart, que salió de aquí hará seis o siete años, y es el segundo del San José. Lo que deseo saber es si me prestaríais a Dan por uno o dos años, a ver si podemos hacer de él un segundo. Lo confiaríais a Airheart.
-Es expuesto encargarse de un joven tan novicio.
-Yo sé de un hombre que ha hecho más por mí.
-Es diferente. Examinemos el asunto, si os parece -replicó Disko-. Yo no puedo recomendar a Dan porque es mi hijo. Sé que las costumbres del Banco no son las de los cargadores de té, pero puede aprenderlas. Sabe gobernar como ningún otro grumete, pero en cuanto a navegar...
-Airheart proveerá a esto. Hará uno o dos viajes como grumete y le encarrilaremos. Suponiendo que le retengáis este invierno, enviaría yo por él a principio de primavera. El Pacífico está muy lejos de aquí.
-¡Bah! Para los Troop lo mismo nos da un mar que otro.
-Quise deciros que cuantas veces queráis ver a vuestro hijo, no tenéis más que avisármelo, y yo me cuidaré del transporte. No os costará ni un centavo.
-Si os queréis tomar el trabajo de acompañarme un trecho, iremos a casa a consultarlo con mi mujer. Me he equivocado tan estúpidamente en mis juicios, que todo me está pareciendo un sueño.
Llegaron a la casa de Disko. Una casa de mil ochocientos dólares, blanca, con el patio delantero, una lancha vieja floreada de capuchinas, y un mirador, con los cerrojos echados, que era un museo de cosas encontradas en el mar. Allí estaba sentada una mujer robusta, grave y silenciosa, con los ojos blandos, de quien por costumbre espía en el mar el regreso de los seres queridos.
Cheyne le manifestó a lo que venía, y ella dio su consentimiento con cierta pena.
-Mister Cheyne -dijo-, al año perdemos en Glocester unos cien hombres, entre jóvenes y viejos. He llegado a odiar el mar, como si fuera un ser vivo. Dios no lo ha hecho para que los hombres vayan a él a echar el ancla. ¿Vuestros vapores van rectos a su destino y vuelven lo mismo de dónde partieron?
-Mientras los vientos lo permiten. Yo doy una prima para las travesías que hacen el mejor recorrido. El té se perjudica estando en el mar.
-Mi hijo, cuando era pequeño, tenía costumbre de jugar a tener tienda, y yo creí que al ir creciendo, seguiría con esta afición. Pero está visto que prefiere manejar una lancha.
-Se trata de barcos que están construidos de hierro -observó Disko-. Acuérdate de lo que la hermana de Airheart te lee, cuando recibe sus cartas.
-No le tengo por mentiroso, pero es temerario como todos los marinos. Si Dan es gustoso, yo no tengo inconveniente, mister Cheyne. No impediré que se vaya.
-Mi mujer detesta el mar -añadió Disko-. En cuanto a mí, no tengo bastante educación para mostraros mi agradecimiento.
-Perdí a mi padre, mi hermano mayor, dos sobrinos y mi cuñado, en el mar -dijo la mujer-. ¿Cómo se puede amar a quien lo quitó todo?
Cheyne se sintió aliviado cuando Dan entró y aceptó con placer su ofrecimiento. La proposición era un camino abierto hacia brillantes mejoras; pero, por el momento, lo que halagaba a Dan era la visita a puertos lejanos y los cuartos de guardia que mandaría en grandes buques.
Mistress Cheyne había tomado aparte al incomprensible Manuel para hablarle sobre el salvamento de Harvey. Manuel parecía no tener inclinación al dinero. Al fin declaró que aceptaría cinco dólares, para comprar con ellos un regalo a la novia.
-¿Para qué quiero dinero, si gano fácilmente mi comida y mi tabaco? ¿Queréis, de todos modos, dármelo? Ya os diré la manera.
Y presentó un sacerdote portugués, que iba provisto de una lista de viudas indigentes, tan larga como su sotana. Mistress Cheyne no simpatizaba con la fe de este religioso, pero por complacer a Manuel, le llenó la bolsa.
Manuel corrió en seguida a comprar un pañuelo para su prometida.
Salters se marchó por algún tiempo al Oeste con Pen, sin dejar las señas. Le asustaba la idea de que estos millonarios se interesaran por su compañero. Por esto ponía tierra de por medio, yendo a visitar sus lejanos parientes.
-No te dejes adoptar nunca por gente rica, Pen -decía a este, cuando iban en el vagón-. Si en este viaje te olvidas de tu apellido, que es Pratt... Acuérdate que perteneces a Salters Troop, y espérame en cualquier parte que sea. No vayas errante a mezclarte con quienes tienen los ojos cubiertos de grasa, como dice la Sagrada Escritura.
Otra fue la conducta del cocinero de la goleta. Con su ropa en un pañuelo, se vino a servir al car Constancia. Lo que menos le importaba era el sueldo; su sueño dorado, que en él era una revelación, consistía en seguir para siempre a Harvey.
Se trató de convencerle, de disuadirle; pero el millonario Cheyne acabó por recibirlo, presumiendo que algún día Harvey necesitaría un criado de confianza, y en tal caso, un voluntario vale por cinco mercenarios. Quedó aceptado, pues, el cocinero Mac Donald, conviniéndose en que lo llevarían a Boston y de aquí al lejano Oeste, si persistía en su propósito.
Con la Constancia se fueron los últimos atributos de su soberanía de millonario, y Cheyne pudo entregarse a los encantos de una actividad ociosa.
Glocester era una ciudad nueva en un país nuevo, y Cheyne formó el proyecto de «apoderarse» de ella, como antes lo hizo de todas las ciudades, desde Snohomish hasta San Diego, en esta parte del mundo. Se ganaba dinero a lo largo de esta calle tortuosa, que era mitad depósito y mitad centro de aprovisionamiento de buques; y como profesional, quiso ver de qué modo se brujuleaba allí.
Le manifestaron que de cinco conservas de pescado servidas en el primer almuerzo, en Nueva Inglaterra, cuatro venían de Glocester; y le abrumaron con estadísticas de barcos, equipos, capital empleado, sal, embalaje, oficinas, seguros, primas, pérdidas y ganancias. Habló con los dueños de las grandes flotillas, con cuya comparación los «patronos» eran una especie de asalariados, y cuyas tripulaciones estaban compuestas, en su mayoría, por suecos y portugueses.
Conferenció con Disko, que era uno de los pocos propietarios de su barco, e hizo nuevas combinaciones numéricas. Instalado en una de las cabinas del muelle, entre los revendedores de la marina, hacía mil y mil preguntas con la curiosidad incansable de un hombre del Oeste, hasta el punto que las gentes del muelle se preguntaban a dónde iría a parar el nuevo cliente. De allí se trasladó a las oficinas del Seguro Mutuo y pidió explicaciones acerca de ciertos signos misteriosos que se trazaban todos los días con yeso en un tablero negro; lo que fue causa de que se le viniera encima la turba de secretarios de cada una de las sociedades para ayuda de la viuda y de los huérfanos del pescador, fundadas en la ciudad; cada uno de por sí mendigando a porfía y procurando batir el record a otra sociedad.
Cheyne se desprendió de ellos, endosándoselos a mistress Cheyne.
Esta vivía en un boarding house, cerca de Eastern Point, especie de pensionado que dirigían las mismas internas, y cuyos moradores parecían conocerse íntimamente entre sí hacía años, levantándose a media noche para hacer tortillas con queso, si les apretaba el hambre. Al segundo día de su estancia allí, mistress Cheyne quitó sus «solitarias» antes de bajar a desayunarse.
-Es gente buena y sencilla -confesó a su marido.
-No veo la sencillez -contestó él, mirando los tejos detrás de los manzanos, de los que colgaban las hamacas...- ¿Lo pasáis bien aquí?
-No veo hace tiempo a Harvey; siempre está a vuestro lado. Por lo demás, estoy mejor de los nervios.
-Harvey está en camino de ser un joven asombroso. Hasta ahora no me había percatado que yo tenía un hijo. ¿Necesitáis algo, querida amiga? Bien. Vamos a dar un vistazo al muelle.
Harvey no se separó en estos días del lado de su padre, con el que conversaba largo y tendido. El joven vio ahora, con admiración, la facultad asombrosa que tenía su padre de llegar al fondo de los asuntos nuevos como si los conociera de antiguo.
-¿Cómo les hacéis cantar a todos, sin que vos soltéis prenda? -le preguntaba Harvey.
-Vaya por cuando me dejaba sonsacar. Ahora conozco a los demás y me conozco a mí también. Los hombres, cuando se les habla de asuntos propios, le creen a uno de su cuerda.
-Del mismo modo que me tratan a mí en el muelle. Disko ha publicado a los cuatro vientos que yo he ganado bien mi paga.
Harvey enseñó sus manos callosas y se las restregó con fuerza.
-Ya se van ablandando -dijo con melancolía.
-Déjalas así por algunos años, mientras completas tu educación. Ya tendrás tiempo de endurecerlas.
-Así lo creo -contestó el joven con entusiasmo.
-Esto depende de ti, Harvey. Puedes seguir arrimado a las faldas de tu madre preguntándole por sus nervios y demás zalamerías.
-¿Acaso lo estoy haciendo ahora? -preguntó Harvey con inquietud.
Su padre le respondió con solemnidad:
-Ya sabes que no puedo hacerte hombre, si no te allanas a mis consejos. Puedo dirigirte a ti solo; pero no tengo la pretensión de gobernar a dos: a ti y a tu madre. Para esto la vida es corta. Hasta ahora he tenido la culpa de tu abandono. Bien es verdad que hasta ahora no he hecho gran cosa, ¿verdad?
-¡Hum! Disko opina... Decid: ¿En cuánto tasáis lo que os cuesta mi educación, en números redondos?
-Nunca lo he calculado, y puesto a calcularlo, lo mismo pueden ser cuarenta mil que sesenta mil dólares. Los jóvenes de hoy día cuestan caros.
Harvey sintió cierta satisfacción al pensar que su educación había costado tanto dinero.
-Y todo este capital, ¿creéis que ha sido echado al agua?
-Puesto a interés, Harvey. Así lo espero.
-Computando en treinta mil los treinta dólares que he ganado no representan más que mil doscientos por cien dólares. ¡Es muy poco!
Aquí Harvey meneó la cabeza con gravedad.
Cheyne se rio en grande.
-Disko ha sacado más provecho de Dan desde que este tuvo diez años; esto que Dan solo va a la escuela la mitad del año.
-¡Ah! ¿Ibas a parar a esto?
-A lo que voy a parar, papá, es que no me siento orgulloso de mí en este momento, y que merezco unos puntapiés.
-No puedo hacer esto, querido.
-En este caso mía es la falta, y procuraré enmendarme.
Cheyne sacó un puro del bolsillo del chaleco, cortó la punta con los dientes y lo encendió. Padre e hijo se parecían mucho; porque si la barba tapaba la boca de Cheyne, Harvey tenía la nariz aguileña de su padre, sus ojos negros y sus pómulos estrechos y salientes.
-Desde hoy -dijo Cheyne- puedes seguir costándome de seis a ocho mil dólares por año, hasta el día que seas elector, en que serás un hombre. Entonces podrás vivir a mis expensas, gastando treinta o cuarenta mil dólares, aparte de lo que tu madre te dé, más un ayuda de cámara y un yacht; o bien un rancho de fantasía, en que puedas criar un stock de trotadores o jugar a las cartas con los compañeros.
-¿Como Lorry Tuck?
-Sí, o como los dos hijos de Vitré o el hijo de Mac Quade. La California está llena y aquí se ve una muestra de los ricos del Este.
Un yacht deslumbrante, a vapor, con popa de ébano y camarotes niquelados, con toldo rayado de rosa y blanco, entraba en el puerto, ostentando el pabellón de algún club de Nueva York. Dos jóvenes, vestidos a la marinera, jugaban a los naipes cerca de la claraboya del salón; y dos mujeres, con sombrillas roja y azul, miraban y reían ruidosamente.
-Se divierten a su manera -dijo Cheyne-. Yo puedo ofrecerte esto y dos veces más, Harvey. ¿Te conviene?
-Me estoy fijando en la manera que arrían una canoa desde bordo -contestó Harvey-. Para no hacerlo mejor que ellos, me quedaría en tierra.
-¿Quedarte en tierra, o qué?
-Yacht y rancho, y vivir a expensas de papá, y arrimarme a mi madre cuando tenga quebraderos de cabeza.
-Si es así te tomo conmigo, hijo mío.
-¿A diez dólares por mes? -agregó Harvey guiñando un ojo.
-Ni un centavo más de lo que merezcas, y no cobrando hasta dentro de algunos años.
-Prefiero empezar barriendo el despacho, y empezar ganando algo...
-Lo comprendo. Todos hemos pasado por esto. Pero podemos alquilar todos los barrenderos que hagan falta. Yo mismo cometí el error de empezar demasiado pronto.
-Treinta millones de dólares valen la pena de haberse equivocado. Yo me arriesgaría por otro tanto.
-Perdí y gané. Te lo voy a contar.
Cheyne se acarició la barba y sonrió, esparciendo la mirada sobre el mar tranquilo. Tomó la palabra, sin dirigirse directamente a Harvey, el cual comprendió que su padre iba a contarle la historia de su vida. Hablaba en voz baja, igual, sin gestos ni matices de voz. Era una historia que hubieran pagado a buen precio muchos periódicos; la historia de cuarenta años, que al mismo tiempo era la del nuevo Oeste, que aún está por escribir.
Empezaba por un muchacho huérfano, abandonado sobre el caballo en Tejas, que fantástico y con cien cambios de existencia o cien vidas diferentes, fue de un sitio a otro, a ciudades que se levantaban en un mes; que desaparecían en salvajes aventuras en campos más salvajes aún, y que ahora son pueblos con calles adoquinadas. La historia englobaba la construcción de tres líneas férreas y la destrucción reflexiva de una cuarta línea. Hablaba de vapores, de territorios comunales, de bosques, de minas; todo esto poblado, creado, desmontado, cavado por hombres cosmopolitas. Refería las alternativas de riqueza gigantesca, pasadas ante ojos que no podían ver o escapadas por un simple retraso o accidente de viaje; y al través de tanto cambio escénico, perdido a veces a caballo, a veces a pie; tan pronto rico o pobre, simple marinero, contratista de obras públicas, propietario de boarding house, periodista, ingeniero, viajante, agente de fincas, propietario de minas, especulador, boyero o deshollinador; pero siempre alerta y buscando la gloria y el provecho propio y de su país.
Cheyne habló de la confianza, que nunca le había abandonado, aun cuando se veía al borde del abismo; la confianza que nace del conocimiento de los hombres y de las cosas. Se extendió, como si hablara consigo mismo, en el valor y el recurso, verdaderamente extraordinarios, que en todo tiempo había encontrado en él. El hecho era de tal evidencia en el espíritu del hombre, que ni siquiera cambiaba el tono de la voz. Describió cómo había hundido a sus enemigos o les perdonó, en la medida que le habían perdonado o hundido a él en su infortunio; cómo había suplicado, lisonjeado, intimidado a unidades, compañías y sindicatos, todo esto por su propio bien; de qué modo se había perdido por montes y barrancos, trazando un camino de hierro de pacotilla; y, finalmente, la tranquilidad con que oía a las comunidades que se entretenían en hacerle tiras.
Esta historia tuvo absorto a Harvey, con la mirada fija en su padre, mientras que el crepúsculo se acentuaba y que el cabo encendido del cigarro alumbraba las mejillas surcadas de arrugas y las espesas cejas del narrador. Al joven le parecía ver una locomotora frenética a través del campo en obscuridad; pero una locomotora con el don de la palabra, y sus palabras exaltaban el alma del niño.
Acabó Cheyne tirando la punta del cigarro, y padre e hijo siguieron sentados en la obscuridad, al borde del agua que lamía el muelle como una lengua.
-Esto no se lo he contado a nadie -dijo Cheyne.
Harvey suspiró.
-Esto es lo que yo he sido. Ahora te diré lo que nunca he sido. Esto no te ilustrará gran cosa, pero no quiero que llegues a mi edad sin estar advertido. Sé manejar los hombres y no soy un imbécil en lo relativo a mis negocios; pero... pero... no puedo rivalizar con el hombre que ha aprendido. Me he formado por aluviones, aquí y acullá, y esto se transpira en mi persona.
-Pues nunca lo he reparado -observó Harvey.
-Ya lo irás notando, Harvey. Ya lo notarás así que salgas del colegio. Lo que te digo lo observo en la mirada de muchos que piensan soy un ladrón que amontona dinero. Puedo aniquilarlos, pero no puedo herirles en el centro de su vida. No quiero decir que estén muy altos, sino que yo estoy lejos. Ahora, Harvey, puedes aprender. No tienes más que apropiarte de todo el saber que te rodea y vivirás entre gente que hacen lo mismo. Algunos lo harán con miles de dólares de renta; tú lo harás con millones. Aprenderás la Ley lo suficiente para salvaguardia de tus bienes, cuando yo me muera, tendrás que anudar lazos sólidos con los que te puedan ser útiles en los negocios, y sobre todo, habrás de hacer gran provisión de esta ciencia clara y vulgar que se aprende consultando con la almohada. Nada vale como esta filosofía a solas. Ya lo verás, Harvey.
-¡Buena me espera! -repuso este-. ¡Cuatro años de colegio! Creo que mejor hubiera hecho en escoger el yacht y el ayuda de cámara.
-No te pese, hijo mío. Colocas tu capital en un negocio que te reportará los mejores dividendos; reflexiona y mañana me darás la respuesta. ¡Vamos! La cena nos está esperando.
Como no se trataba de una conversación de negocios, Harvey no tuvo necesidad de referir nada a su madre y Cheyne hizo lo propio. Pero mistress Cheyne comprendió algo de lo que pasaba, y se sintió celosa. Había desaparecido el niño que saltaba a su lado y en su lugar estaba el joven de rasgos varoniles, extrañamente silencioso, que prefería hablar con el padre. Comprendió ella que se trataba de negocios y de cosas, fuera de sus atenciones. Si alguna duda tenía de ello, se aseguró cuando Cheyne, de vuelta de Boston, le trajo otra sortija con diamantes.
-¿Qué estáis conspirando los dos? -preguntó ella con débil sonrisa, mientras miraba al trasluz la sortija.
-Nada de particular, mujer; Harvey es un niño que no va con rodeos.
No los daba, en efecto. Había firmado un tratado por su propia cuenta. Los ferrocarriles le interesaban tan poco como los cortes de bosques, las minas y la propiedad territorial. Si por algo suspiraba, era por la inspección de los buques de vela recién comprados por su padre. Prometiéndole esto, él se obligaba a ser un modelo de aplicación y de conducta en su vida de colegio por tres o cuatro años. En las vacaciones le sería permitido iniciarse en todos los detalles relativos a la línea de navegación, desde los papeles más confidenciales de su padre hasta el remolcador de San Francisco.
-Negocio concluido -declaró Cheyne, para terminar-. Antes de salir del colegio habrás cambiado de opinión veinte veces, pero si te mantienes dentro de límites razonables y no enredas mucho las cosas, antes de veintitrés años te haré el amo. ¿Te parece, Harvey?
-No, papá. En todo veo que hay mucha concurrencia y Disko me tiene dicho que la gente de una misma sangre debe unirse. Sus subordinados no discuten nunca con él, y a esto atribuye sus grandes entradas. La We're Here sale el lunes para las Georgias. Allí estará poco tiempo, ¿verdad?
-Creo que también debíamos irnos nosotros. Tengo descuidados mis asuntos entre los dos océanos y es tiempo de anudarlos. Lo hago con sentimiento, porque hace veinte años que no me he tomado vacaciones como las de ahora.
-Pero no nos iremos sin ver partir a Disko -repuso Harvey-, y el lunes es día de asueto. En tal caso, dejemos pasar la fiesta.
-¿Qué fiesta es esta? He oído hablar de ella en boarding house.
-Creo que consiste en una especie de representación, con cantos y danzas, organizada por los bañistas. Disko se interesa mucho por ella, porque se hace una colecta para las viudas y los huérfanos. Disko es independiente, ya lo habréis observado.
-Sí... Sí. ¿De modo que es una fiesta local?
-Es la Asamblea de verano. Se leen en voz alta los nombres de los marineros que se ahogaron o perdieron en la última etapa; se pronuncian discursos, se recitan versos, y demás. En pos de esto, los secretarios de las sociedades de socorros mutuos reparten lo recogido. Según Disko, la verdadera fiesta es en primavera, cuando no hay bañistas.
-Comprendo -dijo Cheyne-. Asistiremos al acto y después nos iremos.
-Iré a ver a Disko para que lleve a su gente antes de hacerse a la vela. Convendrá, seguramente, que yo vaya con ellos.
-¿De veras? -dijo Cheyne-. ¿De modo que te consideras como...?
-Como un terranova pur sang -le gritó Harvey por la espalda, subiendo a un tranvía eléctrico.
Cheyne prosiguió su camino, ensimismado en sus deliciosos sueños del porvenir.
Disko no tenía nada que ver con las reuniones públicas en que se hacía un llamamiento a la caridad; pero en vista que Harvey declaró que la fiesta perdería todo su encanto para él si los tripulantes de la goleta no asistían, el patrón de la We're Here fijó sus condiciones.
Disko tenía entendido que «una mujer de teatro», de Filadelfia, debía tomar parte en el espectáculo, y pensó que podría proporcionarles la canción Skipper Ireson's Rude. A él tanto le importaban las mujeres de teatro como los bañistas, pero la justicia es la justicia, y prometió asistir.
Con este consentimiento por delante, Harvey volvió a East-Glocester y empleó medio día en explicar a una actriz de renombre el encargo del pescador.
Cheyne sabía, por antigua experiencia, de qué modo irían las cosas; pero todo lo que era reunión pública encerraba un verdadero alimento espiritual para este hombre. Vio los tranvías eléctricos apresurarse entre la niebla del calor matinal, llenos de mujeres con tocado de verano, de hombres de rostro pálido, con sombreros de paja; la pila de bicicletas en el exterior del local; la ida y venida de los empleados.
Mistress Cheyne tenía, como su marido, la costumbre de estas asambleas, a fuerza de viajar por el Oeste, y ahora comparaba unas con otras. Los pescadores empezaban a mezclarse con la multitud, alrededor de la Casa Ayuntamiento; portugueses de caras azuladas, con sus mujeres destocadas o todo lo más envueltas en un chal; gente de la Nueva Escocia y de otras provincias marítimas; franceses, italianos, suecos y dinamarqueses; y por todas partes mujeres enlutadas, que se saludaban con gravedad, porque este era su día.
Concurrían asimismo ministros de diversas creencias o pastores de congregaciones, desde los pastores de iglesia hasta los exmarinos luteranos de barba enmarañada. Asistían los propietarios de servicios de goletas, que aportaban a las sociedades una gran parte de contribución, y pequeños personajes cuyos pobres barcos estaban hipotecados; banqueros y agentes de seguros marítimos; capitanes de remolcadores y de barcos cisternas, grueros, ajustadores, descargadores, saladeros, constructores y toneleros, y el resto de la demás población de los muelles.
Cheyne había trabado conocimiento con uno de los directores de la fiesta, quien le preguntaba:
-Mister Cheyne, ¿qué os parece de nuestra ciudad? Supongo que habréis visto estas cosas en el Oeste. ¡Si hubierais visto la fiesta que celebramos cuando nuestro CCL aniversario de existencia!
-Oí hablar de ella. Lo que me extraña es que no tengáis en la ciudad un hotel de primera clase.
-Es verdad, esto deja dinero, pero...
El empleado municipal interrumpió el diálogo para acomodar al patrón de un barco de cabotaje de Portland, que, medio alumbrado, le pasó la pesada mano en la espalda, pidiendo que le señalara asiento.
-¡He! La ciudad está seca como un hueso y apesta cien veces más que la última vez que me embarqué...
-Carsen -le contestó el empleado-, se conoce que no os habéis desayunado. Ya discutiremos más tarde sobre esto. Sentaos aquí y reflexionad en lo que tenéis que decirme, hasta que yo vuelva.
-¿Qué me importan vuestras peroratas? -replicaba el otro-. En Miquelón el vino Champagne está a dieciocho dólares la caja y...
Los primeros acordes de un órgano hicieron callar al buen hombre.
-Es nuestro órgano nuevo -dijo con orgullo el empleado a Cheyne-. Nos cuesta cuatro mil dólares. Para pagarlo tendremos que gravar las patentes el año venidero. No todo lo han de hacer los pastores de iglesia. Mi mujer ha enseñado a cantar a los huérfanos, y estos se levantan ya para hacerlo. ¡Hasta luego, mister Cheyne!
Altas, sonoras y diáfanas se hacían oír ya las voces de los niños, cubriendo los últimos murmullos de la reunión.
«¡Oh, vosotras, obras del Señor; bendecid al Señor, alabadle y exaltadle por siempre!».
Las mujeres, de un extremo al otro del hall, se inclinaban adelante para mirar, en tanto que los sonidos repercutían en el aire. Mistress Cheyne empezó a notar que respiraba mal, viendo tantas viudas juntas, e instintivamente buscó con la mirada a Harvey. Este había encontrado a sus compañeros de la goleta en el auditorio, y estaba entre Disko y Dan. Salters, junto con Pen, que habían regresado la noche anterior, le hicieron una acogida poco benévola.
-¿Aún no se han ido vuestros padres? -le preguntó Salters-. ¿Qué hacéis aquí, joven?
«¡Oh, vosotras, obras del Señor; bendecid al Señor, alabadle y exaltadle por siempre!».
-¿Acaso no está en su derecho? -contestó Dan a Salters-. Para esto estuvo con nosotros en el Banco.
-Pero no con esta ropa -gruñó Salters.
-¿Quieres callarte, Salters? -dijo Disko-. Ya te ha vuelto la bilis. Quédate donde estás, Harvey.
El orador de tanda, que era otro de los pilares de la municipalidad, tomó ahora la palabra. Dio a todos la bienvenida en Glocester y alabó la ciudad sobre todas las del universo. Se extendió acerca de las riquezas marítimas de la misma y trajo a cuenta el número de víctimas del deber en el año en curso. Citó los nombres de los muertos, que ascendían a ciento diecisiete. (Las viudas aguzaron la vista y el oído, y se miraron entre ellas). Glocester no podía alardear de tener manufacturas o molinos poderosos. Sus hijos trabajaban por lo que el mar quería darles, y todos sabían que ni las Georgias ni el Banco eran dehesas de pasto. Lo mejor que debían hacer los de tierra, era venir en ayuda de viudas y huérfanos; y a la vuelta de algunas consideraciones en general, aprovechó la ocasión de dar las gracias, en nombre de la ciudad, a cuantos, penetrados del sentimiento del bien público, aportaban su concurso a aquella fiesta.
-Detesto el aspecto mendicante del discurso -opinó Disko-. Esto no nos favorece ante la opinión pública.
-La gente que es previsora no aprovecha la ocasión -replicó Salters-; es natural que un día haya de avergonzarse de pedir. Ten esto presente, Harvey. Bien están las riquezas, pero si las malgastas en el lujo...
-Peor es perder todo lo que se tiene -añadió Pen-. ¿Qué queda que hacer en tal caso? Leí en un libro la historia de un barco en que todos se ahogaron, menos uno, el cual me contó...
-¡Tonterías! -interrumpió Salters-. Lee menos, Pen, y cuida más de tu negocio, y así podrás pagar tu manutención.
Harvey, empujado en la turba de pescadores, empezó a sentir escalofríos en todo el cuerpo; tenía frío, por más que el día era sofocante...
-¿Es esta la actriz de Filadelfia? -le preguntó Disko Troop mirando al estrado.
La artista no empezó por la canción que la señalara Harvey, sino por una especie de poema cuyo argumento era un puerto de pesca, llamado Brixham, y de una flotilla de trawlers dispuesta a pescar, en tanto que las mujeres, para guiarla, encendían fogatas en el muelle con todo lo que encontraban a mano.
Tomaron la manta de la abuela,tomaron la cuna del niño,preguntándose todas a un tiemposi encendían un fuego de alegríao encendían una pira funeral.
El auditorio se sentía subyugado por la voz de la cantatriz; y cuando esta cantó el naufragio de los tripulantes y cómo las mujeres recogieron los cuerpos a la luz de las hogueras, hubieran podido oírse las respiraciones de los asistentes.
Cuando terminó se la aplaudió poco, porque las mujeres buscaban sus pañuelos y muchos hombres lagrimoteaban.
-Oír esto valdría un dólar en cualquier teatro -observó Salters-. Hay quien puede permitirse este lujo. Para mí es dinero malgastado. Lo que no comprendo es que el capitán Bart Edwardes haya recalado aquí.
-No hay medio de impedirlo -declaró un desconocido-. Es un poeta y tiene que soltar sus versos.
Lo que no decía es que el tal capitán Bart había importunado para recitar cinco años seguidos un trozo de su composición en la fiesta de Glocester. La bonhomía del poeta, endomingado ante el auditorio, le ganaba las simpatías antes de abrir la boca. Por esto se aguantó sin chistar treinta y siete coplas, en las que se describía la pérdida de la goleta Joan Askeu, por un golpe de viento en las Georgias, aclamándosele cuando terminó la tirada de versos.
Un periodista de Boston pidió copia del poema épico, al mismo tiempo que una interviú; de suerte que el mundo no pudo ofrecer más al capitán Bart, exballenero, constructor de buques, patrón pescador y poeta a los setenta y tres años de edad.
-Yo opino que es un hombre de buen sentido -añadió el incógnito-. He tenido ocasión de repasar el manuscrito y me consta que es obra suya.
-Si Dan no empleara mejor su mano le azotaría -repuso Salters-; sin negar que para un hombre del Marne es mucha gloria la suya.
-¿Qué tienes Harvey? -dijo Dan-. Estás callado y con mal color. ¿Te sientes mal?
-No sé lo que tengo -contestó el joven-. Siento como si por adentro fuera más grande que por afuera. Tengo plomo en el estómago y escalofríos en la espalda.
-Será dispepsia... ¡Bah! Nosotros acabaremos de oír la lectura y en seguida nos iremos para aprovechar la marea.
Las viudas, que sabían lo que iba a venir, se apiñaron como soldados que van al asalto de una posición. El elemento femenino de los bañistas, que reían a causa del asombroso poema del capitán, volvió la cabeza al notar que se hacía silencio. Los pescadores irrumpieron hacia adelante, y el empleado, que había hablado con Cheyne, subió al estrado para dar lectura a una lista de las pérdidas del año, divididas por meses. Los siniestros del último mes de septiembre eran casi todos de solteros y extranjeros. La voz del lector resonaba en el silencio del hall.
«9 septiembre.- Goleta Anderson, perdida en las Georgias.
Reuben Pitman, patrón, cincuenta años, soltero, de la ciudad.
Emilio Street, diecinueve años, soltero, de la ciudad.
Oscar Stauberg, soltero, veinticinco años, de Suecia.
José Welsh, treinta años, de San Juan de Terranova».
-No, de Augusta, en el Maine -enmendó una voz en la sala.
-Se embarcó en San Juan -observó el lector.
-Lo sé. Pero es de Augusta. Es mi sobrino. El lector rayó al margen de la lista y prosiguió:
«27 septiembre.- Orvin Dollar, treinta años, casado, ahogado en lancha pasada la punta East».
Aquí, una de las viudas dio un respingo en su asiento, retorciéndose de dolor. Mistress Cheyne, testigo de la escena, se volvió a mirar y ahogó un gemido. La madre de Dan acudió en socorro de la desventurada.
El lector siguió la lista. Los meses de enero y febrero eran abundantes en siniestros.
«23 febrero.- Goleta Hope; Roberto Beavon, veintinueve años, natural de Rubnico, Nueva Escocia».
La viuda de este se encontraba en la sala. Se oyó un grito sordo, como el chillido de un animal doméstico, y se la llevaron medio desvanecida. Creía en la vuelta de su marido, porque la defunción no estaba aún constatada, y ahora que era oficial, Harvey pudo ver cómo la subían a un coche que llamó un policía.
-Me quitáis diez viajes a la estación -dijo el cochero al guardia-. Pero no importa; subid. Para otra vez no me apuntarás si me ves con los faroles apagados, ¿eh?
Pasado este incidente, el lector siguió su interminable lista, llegando al
«10 mayo.- Goleta We're Here. Otto Svendson, veinte años, soltero, de la ciudad».
Se oyó otro grito sordo, desgarrador.
-No debía haber venido -murmuró el compasivo Jack.
Harvey había oído la voz, y lo demás fue para él como alucinaciones. Disko se inclinó a hablar a su mujer que estaba sentada junto a mistress Cheyne y tuvo que ayudarle porque se sentía mal.
-No sé lo que me pasa -decía la señora.
-Anímese usted. Su hijo tampoco se siente bien -decía la mujer de Disko-, pero esto sucede cuando los chicos están creciendo. Podemos salir, si os parece. Venid, querida señora. Nuestro deber como mujeres es cuidar de los hombres.
Disko y sus compañeros atravesaron entre la multitud, como una guardia de honor, llevándose a Harvey a que respirase aire libre en una antesala.
-Se parece a su madre -fue la única observación que hizo la señora Troop, al ver a la madre cuidando a su hijo.
-¿Cómo te pudiste imaginar que aguantara esta emoción? -dijo indignado mistress Cheyne a su marido-. No debíamos haber venido aquí. Esto es estúpido. Con poner la lista en los periódicos bastaba... ¿Estás mejor, hijo mío?
Todo esto llenaba a Harvey de vergüenza.
-Creo que estoy mejor -contestó, haciendo un esfuerzo para animarse-. Algo que almorcé y se me ha indigestado.
-El café, tal vez -dijo Cheyne, sin que se alterara un solo músculo de su fisonomía.
-Creo que haríamos bien en irnos al muelle -observó Disko-. El aire repondrá a Harvey y a su mamá.
Si bien Harvey declaró que ya se sentía del todo bien, esto no fue verdad hasta que vio la goleta de Disko en el desembarcadero del muelle. La veía con orgullo y con pena, porque el pequeño buque se preparaba a zarpar. Mistress Cheyne se contentaba con llorar, mientras la mujer de Troop la consolaba como a una niña.
La tripulación subió a bordo, ayudando Harvey a desatar la amarra para que la goleta maniobrase en libertad. El joven encargó a Dan que cuidara de las botas de mar del tío Salters y del ancla del bote de Pen. Long Jack recomendó a Harvey que no olvidara las lecciones marítimas que le había dado; pero todas las bromas se estrellaban ante las dos mujeres desconsoladas, y mucho más cuando la goleta iba adelantando en aguas del puerto.
-Iza el foque -gritó Disko poniéndose al timón cuando la goleta tomaba viento.
-Nos volveremos a ver, Harvey. ¿Cuándo? No lo sé; pero me acordaré mucho de ti y de tus padres.
Quedó fuera del alcance de la voz, y los de tierra se sentaron para verla salir.
Mistress Cheyne no cesaba de llorar.
-¡Bah!, querida señora -le decía la de Troop-; se os oprimirá el corazón con llorar tanto. Dios sabe que yo tengo también mis razones para llorar y no lo hago.
- XIII -
Han pasado algunos años y estamos en la otra orilla de América.
Un joven sube, a través de la espesa bruma del mar, por una calle en la que se engolfa el viento y que flanquean casas suntuosas, hechas de madera imitando la piedra. Frente a él, al pararse ante una verja de hierro, venía a caballo otro joven, y ambos entablaron este diálogo:
-¡Ola, Dan!
-¡Ola, Harvey!
-¿Qué dices de bueno?
-Creo que en este viaje llegaré a ser esta especie de animal que llaman un segundo de a bordo. ¿Y tú, qué tal te fue en el colegio?
-Así, así. La vida de colegio no puede compararse de ningún modo con la del viejo We're Here; pero para otoño quedaré en libertad.
-Es decir, que te ocuparás de nuestros vapores.
-Y de nada más... Espera, Dan, que te suba el ancla un poco. ¿Quieres entrar?
Harvey se apeó del caballo y Dan entró con él.
-Tomé el tranvía para venir aquí -le dijo el antiguo grumete-. ¿Pero dónde tienes al negro cocinero? Lo he de ahogar, porque me abruma con sus chacotas.
Se oyó una risa medio triunfal, y apareció el excocinero de la goleta para recoger el caballo en que vino Harvey, porque no consentía que nadie más que él cuidara de las cosas del amo.
-¿Aquí hay niebla como en el Banco, verdad? -le preguntó Dan en tono conciliador.
Pero el negro, dotado de segunda vista, no creyó deber responder hasta el momento que, dando a Dan un golpecito en la espalda, le apuntó al oído, por centésima vez, la antigua profecía:
-Amo... criado. Criado y amo. Acordaos, Dan Troop de lo que os dije en la We're Here.
-Sí, no voy a negar lo que parece que así va siendo -contestó Dan-. ¡Ah! Nuestra goleta era una alhaja, y, de un modo u otro, yo debo mucho a ella y a papá.
-¡Yo también! -añadió Harvey Cheyne.
FIN