Mazurcas
Las mazurcas de Chopín difieren notablemente de sus polonesas en lo que concierne a la expresión. El carácter no tiene semejanza alguna. Es otro medio en el cual los matices delicados, difuminados y cambiantes sustituyen al rico y vigoroso colorido. La impresión puramente individual, constantemente diferenciada, sucede aquí al impulso único y concordante de todo un pueblo. El elemento femenino (y afeminado), en lugar de quedar apartado en una penumbra algo misteriosa, luce en primera línea y adquiere, incluso en primer plano, una importancia tan grande que los otros desaparecen para dejarle lugar, o al menos no le sirven más que de acompañamiento. Ya no son aquellos tiempos en que para decir que una mujer era encantadora se la llamaba reconocida (wdzieczna); en que la palabra encanto derivaba de la gratitud (wdzieki). La mujer ya no aparecía como protegida sino como reina: no parecía ser sólo la mejor parte de la vida, era la vida entera. El hombre es ardiente, orgulloso, presuntuoso, pero entregado a los vértigos del placer. Sin embargo, ese placer no cesa jamás de ser mezclado de melancolía. Los aires nacionales modulan estos dos tonos en la música y en las palabras, que van casi siempre unidas. Ambas reproducen esta oposición de un efecto extraño y atrayente, causado, en la realidad, por esta necesidad de alegrar el espíritu (Cieszycbide), que incita a buscar un aturdimiento encantador en las gracias de la mazurca y en sus furtivas ficciones. Las palabras cantadas en su melodía tienen, además, el privilegio de aliarse más íntimamente que otros aires de danza a la vida de los recuerdos. Voces frescas y sonoras las han repetido muchas veces en la soledad, en las horas matinales, en los alegres placeres. ¿No han sido tarareadas en los viajes, en los bosques, en una barca, en los instantes en que inopinadamente nos sorprende la emoción, cuando un encuentro, un cuadro, una palabra inesperada viene a iluminar de un brillo imperecedero a nuestro corazón, horas destinadas a centellear en nuestra memoria, a través de los más lejanos años y las más sombrías regiones del porvenir?
Chopín se apoderó de estas inspiraciones con rara fortuna, para añadirlas todo el valor de su trabajo y de su estilo. Tallándolas en mil facetas ha descubierto todas las luces escondidas en estos diamantes; reuniendo hasta la última partícula los ha montado en rutilantes aderezos. ¿De qué otra manera hubieran sido más facilitados o mejor ambientados sus recuerdos personales sirviéndole para crear poemas, fijar escenas, describir episodios, desarrollar motivos que han de resonar más allá del suelo en que se formaron y pertenecer desde entonces a esos tipos idealizados que el arte consagra en su reino y su lustre resplandeciente?
Para comprender de qué manera resultaba apropiado este cuadro a los sentimientos que Chopín ha sabido dar con un teclado irisado, es preciso haber visto bailar la mazurca en Polonia; únicamente allí se puede recoger lo que esta danza encierra de altivo, tierno, provocador. El hombre elegido por su pareja se apodera de ella como de una conquista que le enorgullece y la hace admirar a sus rivales antes de llevarla en un abrazo efusivo y voluptuoso, a través del cual se advierte todavía la expresión despectiva del vencedor y la vanidad tímida de aquella cuya belleza logra la gloria de su triunfo. Pocos espectáculos son tan atrayentes como este de un baile de aquel país, cuando la mazurca, una vez comenzada, lejos de ofuscar la atención por la multitud de personas que se cruzan en sentidos diversos, no se fija más que en una sola pareja de igual belleza lanzándose en el espacio. El caballero acentúa entonces sus pasos como para un desafío, abandonando por un instante su pareja, para contemplarla mejor, vuelve a cogerla con apasionamiento, o bien da vueltas sobre sí mismo como loco de alegría y atacado de vértigo. Algunas veces dos de éstas salen al mismo tiempo y los hombres cambian de pareja, y también ocurre que entra un tercero batiendo las manos para quitar alguna de ellas a su caballero. Entonces las reinas de la fiesta son reclamadas sucesivamente por los jóvenes más brillantes, que solicitan el honor de darles la mano.
Mientras que el vals y el galop aíslan a los bailarines y no ofrecen más que un cuadro confuso a los concurrentes; mientras que la contradanza es una especie de asalto al florete, en el que se ataca y se defiende con la misma indiferencia, en que se despliegan gracias negligentes a las cuales sólo responden con indolentes galanteos; mientras que la vivacidad de la polca, encantadora -convenimos en ello-, resulta bastante equívoca; que los fandangos, las tarantelas, los minuetos, son pequeños dramas amorosos de caracteres diversos, que no interesan más que a los ejecutantes, en los cuales el hombre no tiene por objeto sino el de realzar el valor de la mujer, y el público no tiene más papel que el de seguir bastante indiferente las coqueterías cuya obligada pantomima no les es dedicada: en la mazurca, por el contrario, es también parte y el papel del hombre no cede en importancia ni en gracia al de su pareja.
Los largos intervalos que separan la aparición sucesiva de las parejas, son aprovechados para la conversación, y cuando les llega su turno pasa de ellos al público. Ante éste se muestra el hombre envanecido de la que ha conseguido obtener preferencia; a él debe ella rendirle homenaje y pretender complacerle, puesto que son sus sufragios los que, reflejando sobre su caballero, resultan para él la más halagadora de las coqueterías. En el último instante ella parece entregárselos a él con entusiasmo lanzándose en sus brazos para reposar, movimiento susceptible, más que los anteriores, de mil matices, que saben darle la benevolencia y dedicación femenina después del ímpetu apasionado hasta el más descuidado abandono.
¡Cuántos momentos diferentes también durante las vueltas en el salón de baile! Comenzando primero con una especie de vacilación tímida, la mujer se balancea como el pájaro que va a emprender su vuelo; deslizándose algún tiempo con un solo pie, corta, como una patinadora el hielo, el parquet del salón; después corre como una niña y toma de repente todo su ímpetu. Sus párpados se abren entonces y cual una divina cazadora, la frente alta, el seno palpitante, los saltos elásticos, cruza el aire como la barca cruza las ondas pareciendo jugar con el espacio. Vuelve en seguida su coqueta marcha, se fija en los espectadores, envía algunas sonrisas, algunas palabras a los más favorecidos, tiende sus bellos brazos al caballero que viene a recogerla y empieza de nuevo sus pasos nerviosos, que la transportan con una rapidez prodigiosa de un extremo al otro del salón. Se desliza, corre, vuela; el cansancio colora sus mejillas, ilumina su mirada, inclina su talle, aminora su marcha hasta que fatigosa, agotada, se desploma muellemente y cae en los brazos de su pareja, que cogiéndola con mano vigorosa la suspende durante unos instantes en el aire antes de terminar la embriagadora danza.
Las más diversas figuras llegan para variar esta carrera triunfal que nos da alguna Atalante tan bella cual la soñaba Ovidio. En una primera cadena comienzan por darse la mano todas las parejas, y alineándose en un gran círculo cuyo corto movimiento nubla la vista, traza una corona en la que cada mujer es una sola flor de su especie, y en que, semejante a un negro follaje, los trajes uniformes de los hombres relevan los colores variados. Todos juntos se lanzan en seguida con una centelleante animación y una celosa rivalidad, desfilando ante los espectadores como una revista, cuya conmemoración no cedería en interés a aquellas, que Homero y el Tasso hacen de sus armadas prontas a formar en frente de batalla. Al cabo de una hora o dos se reforma el mismo círculo para terminar la danza y los días en que la diversión y el placer esparcen entre todos una exaltada alegría, que crepita como un fuego de sarmiento en tan impresionables organizaciones, se repite de nuevo la última pasada general, cuya acelerada marcha no permite suponer la menor sospecha de cansancio ni en las mujeres más delicadas, como si sus miembros poseyesen las obedientes e infatigables ligerezas del acero (sic)(5).
Todas las mujeres tienen en Polonia, por un don innato, la mágica ciencia de esta danza. Las menos felizmente dotadas aciertan a encontrar atractivos improvisados. La timidez y la modestia vienen a ser ventajas tanto como la majestad de aquellas que no ignoran ser las más envidiadas. ¿No es así, por lo mismo, que tal danza es entre todas la más castamente amorosa? Los que la bailan no se abstraen del público sino que dirigiéndose a él le dan un sentido en el que reina una mezcla de ternura íntima y de mutua vanidad, tan llena de decoro como de atractivo.
Chopín ha extraído lo desconocido de la poesía, que sólo estaba indicado en los temas originales de las mazurcas polonesas. Conservando su ritmo ha ennoblecido la melodía, engrandecido las proporciones e intercalado claroscuros armónicos tan nuevos como los motivos a los cuales los adaptaba, para plasmar en tales producciones, que amaba, hasta hacernos ver en ellos cuadros de caballete, las innumerables emociones tan diversas que agitan los corazones mientras que dura la danza y sobre todos estos largos intervalos en que el caballero tiene derecho a un sitio junto a su dama que no abandona.
Coquetería, vanidades, fantasías, inclinaciones, elegías, pasiones e iniciaciones sentimentales, conquistas de las que puede depender el bienestar y la complacencia de otro, todo se encuentra. Pero cuánta equivocación supone el hacerse una idea completa de los infinitos grados sobre los cuales se detiene la pasión, o en cuáles alcanza su marcha ascendente recorrida en más o menos tiempo, con tanto abandono como malicia, en este país en que reina la mazurca desde los palacios hasta las chozas: en este país en que las cualidades y los defectos propios de la nación son tan caprichosamente distribuídos que, siendo en su esencia los mismos poco más o menos en todo, varían y se diferencian de una manera tan inopinada en sus mezclas que a menudo llegan a ser desconocidas. Así resulta una diversidad excesiva en los caracteres caprichosamente amalgamados, lo que añade a la curiosidad un acicate que no tiene en otras partes, hace de cada nueva relación una picante investigación, y presta significación a los menores incidentes. No hay aquí nada indiferente, nada inadvertido y nada trivial. Los contrastes se multiplican entre estas naturalezas de una movilidad constante en sus impresiones, de un espíritu fino, penetrante y siempre despierto, de una sensibilidad que alimentan las desgracias y los sufrimientos, viniendo a traer días inesperados sobre los corazones, como luces de incendio en la oscuridad. En este país, además, el azar puede acercar estrechamente a aquellos que la víspera eran extraños. La experiencia de un minuto o de una palabra separa corazones largo tiempo unidos; las confianzas repentinas aquí son forzadas e incurables desconfianzas llevadas en secreto. Según la frase de una mujer espiritual: «Se representa con frecuencia la comedia, para evitar la tragedia». Sin cesar se hace oír lo que no se quisiera haber pronunciado. Las generalidades sirven para acerar la interrogación disimulándola, y dan lugar a las respuestas más evasivas como se escucharía el sonido producido por un objeto para reconocer el metal. Se aboga por otro en apariencia cuando uno mismo es el que está en causa y las adulaciones pueden no ser otra cosa más que exigencias disimuladas.
Además, una atención tan incesantemente forzada, acabando por abrumar la natural expansión, una ligereza cansada y sorprendente antes de que se haya aclarado la indiferencia desesperanzada se alía como para ironizarla, a las más espirituales finezas, la existencia de los más justos pesares, a su más poético sentimiento. Pero escapa a las espontáneas y fáciles apreciaciones, siendo tanto real como aparente, y reservándose extrañas réplicas, que la hacen tomar, con razón o sin ella, por una especie de velo tupido, que bastaría rasgarlo para descubrir más de una calidad distinta y extraña bajo sus pliegues. De esta suerte resulta que la elocuencia no es más que jugar con fuego, que hace caer el falso brillo como una rueda de fuegos artificiales, sin que el calor del discurso tenga nada de serio, así como otras veces bromas dichas por descuido resultan tristemente serias. Las alegrías intempestivas siguen de cerca a los recogimientos ásperos e indómitos y nada queda absolutamente superficial, aunque nada tampoco quede exento de un barniz artificial. Allí, pues, donde la compensación es, un arte ejercitado en su más alto grado y que absorbe una enorme parte de tiempo de todo el mundo, hay pocos que no dejen a cada uno el cuidado de discernir en los propósitos alegres o tristes que oyen al detalle a un personaje, el cual puede pasar en un minuto de la risa al dolor, haciendo igualmente difícil el reconocer la sinceridad en uno u otro caso.
En estos fugaces estados de ánimo, las ideas, como los bancos de arena movibles de ciertos mares, raramente son encontradas en el mismo lugar en que se las dejó. Eso solo bastaría para prestar un relieve particular a las conversaciones más insignificantes, como nos lo han demostrado algunos hombres de esta nación, que se han hecho admirar de la sociedad parisiense por su maravilloso talento en esgrimir la paradoja, en la cual todo polaco es más o menos hábil, según que tenga más o menos interés o agrado en cultivarla. Pero este inimitable verbo que les impele a cambiar constantemente la apariencia, la verdad y la ficción, a disminuirla siempre disfrazada la una en la otra, como piedras de toque tanto más seguras cuanto menos sospechadas son: este verbo que en las más miserables ocasiones derrocha con una prodigalidad desenfrenada un prodigioso espíritu, como Gil Blas empleaba para encontrar el medio de vivir un solo día tanta inteligencia, como la que el rey de España necesitaba para gobernar sus reinos; este ingenio impresiona tan penosamente como los juegos en que la maestría inusitada de los famosos ilusionistas indios hace volar y resplandecer en los aires una cantidad de armas afiladas y cortantes que, al menor descuido, resultarían instrumentos de muerte. Alternativamente ocultan o llevan la ansiedad, la angustia, el temor, cuando posiciones complicadas pueden encontrar un peligro en toda imprudencia, en toda inadvertencia, en toda inconsecuencia y en cualquier individuo oscuro y olvidado una poderosa ayuda. Puede surgir un interés dramático en las más indiferentes entrevistas y dar instantáneamente las facetas menos previstas a toda relación. Flota sobre las menores de ellas una vaga incertidumbre que no permite nunca fijar los contornos, definir las líneas, reconocer la exacta y futura valoración, lo que las hace a todas complejas, indefinibles, inaprensibles, a la vez impregnadas de un culto y vago terror, de una insinuante adulación, ingeniosa para rejuvenecerse, de una simpatía que quisiera a menudo escapar a estas presiones; triples móviles que se entrelazan en los corazones con confusión de sentimientos patrióticos, vanos y amorosos.
Al igual, ¡qué emociones se concentran en las fortuitas aproximaciones a que lleva la mazurca, que rodea de prestigio las menores veleidades del corazón, y hacen hablar a la imaginación las más rápidas, las más fútiles, los más distantes encuentros! ¿Y cómo podría ser de otro modo en presencia de mujeres que dan a la mazurca esta inimitable suavidad que en los demás países en vano se esfuerzan en conseguir? ¿Por que no son incomparables las mujeres eslavas?; hay entre ellas algunas cuyas cualidades y virtudes son tan absolutas que las hacen semejantes a todos los siglos y a todos los países; pero tales apariciones son raras siempre y en todas partes. Para la mayoría es una originalidad llena de variedad que les distingue. Mitad almea, mitad parisiense, habiendo quizá conservado de madre a hija el secreto de los filtros ardientes que poseen los serrallos, seducen por languideces asiáticas, llamas de huríes en los ojos, indolencias de sultana, revelaciones de ternuras indecibles, gestos que acarician sin enardecer, movimientos cuya lentitud embriaga, posturas deprimidas que destilan un fluido magnético. Seducen por esta ligereza de talle que no conoce la cortedad y que la etiqueta no llega jamás a remontar; por estas inflexiones de voz que destrozan y hacen brotar lágrimas de lo más profundo del corazón; por estos repentinos impulsos que recuerdan la espontaneidad de la gacela. Además, inteligentes, instruidas, comprendiendo con rapidez, hábiles para servirse de lo que saben, extrañamente dispuestas a la adivinación de los caracteres, son, sin embargo, supersticiosas y delicadas como las bellas e ignorantes criaturas a las que adora el profeta árabe. Generosas, intrépidas, entusiastas, de una piedad exaltada, amando el peligro y amando el amor, en el cual piden mucho y dan poco, son, sobre todo, apasionadas de renombre, y de gloria. Gustan del heroísmo; quizá no se encuentre ninguna que temiera pagar demasiado caro una acción brillante, y, sin embargo, digámoslo con un piadoso respeto, muchas de ellas, misteriosamente sublimes, dedican a la oscuridad sus más bellos sacrificios, sus más santas virtudes. Pero por ejemplares que sean los méritos de su vida doméstica, jamás, mientras que dura su juventud (que es tan larga como prematura), ni las miserias de la vida íntima, ni los secretos dolores que destrozan estas almas demasiado ardientes para no ser más frecuentemente heridas, abaten la maravillosa vivacidad de sus emociones, que saben comunicar con la infalibilidad de la chispa eléctrica. Discretas por naturaleza y posición, manejan con una increíble destreza el arma del disimulo; sondean las almas ajenas y no dan, en cambio, sus propios secretos. A mentido callan las más nobles, con esa soberbia que ni siquiera se digna mostrarse. El desdén interior que tienen hacía aquellos que no las adivinan, les asegura esa superioridad que las hace reinar con tanto arte sobre todos los corazones que ellas saben embrujar, adular, domeñar, adherirse y que dominan hasta el día en que apasionándose con toda su alma, saben también compartir y desafiar la muerte, el destierro, la prisión, las penas más crueles, siempre fieles, siempre tiernas, inalterablemente entregadas siempre.
Conjunto irresistible que fascina y honra y que Balzac ha esquematizado en líneas de antítesis, encerrando los más preciosos inciensos dirigidos a esta «hija de una tierra extranjera, ángel por el amor, demonio por la fantasía, niña por la fe, vieja por la experiencia, hombre por el cerebro, mujer por el corazón, gigante por la esperanza, madre por el dolor y poeta por su sueño.»(6)
Los homenajes que las polacas han inspirado siempre fueron fervorosos, porque todas ellas tienen una poética comprensión de un ideal que hacen abrillantar en su trato, como una imagen que pasara incesantemente por un espejo invitando siempre a alcanzarla. Despreciando el insípido placer demasiado fácil de gustar solamente, querrían el de hacerse admirar de aquellos que las aman; novelesco alimento de sus deseos, que van alternativamente en ocasiones desde la vida mundana y el claustro, en que pocas de ellas no hayan pensado amargamente algunas veces en refugiarse.
En donde semejantes mujeres son soberanas, ¿qué febriles palabras, qué desesperaciones, qué esperanzas, qué ilusiones, qué embriagadores encantos no se habrán sucedido en las cadencias de estas mazurcas que vibran cada una en el recuerdo de toda polaca, como el eco de alguna pasión desvanecida, o de alguna declaración sentimental? ¿Cuál será aquella que no haya terminado una mazurca con las mejillas más encendidas de emoción que de cansancio? ¿Qué de lazos inesperados, formados en los largos bis a bis, en medio del gentío, al son de una música que hace revivir ordinariamente algún nombre guerrero, algún recuerdo histórico unido a las palabras y ligado para siempre a la melodía? ¡Qué de promesas se cruzan, qué de adioses difíciles se han dicho! ¡Cuántos amores empezaron y terminaron la misma noche entre aquellos que, no habiéndose visto jamás, no habrían de volverse a ver y no podrían olvidarse! ¡Qué tristes afecciones, no pudieron revelarse más que en estos instantes únicos, en que el mundo admira la belleza más que la riqueza, la bella fisonomía más que el rango! ¡Qué de destinos desunidos por la riqueza y el rango no pudieron aproximarse más que en estos encuentros periódicos, brillantes de triunfo y de alegrías ocultas! ¡Qué de diálogos insinuados con despreocupación, prolongados con ironía, interrumpidos con emoción y continuados con palabras sobreentendidas, en las que se pone de manifiesto la finura y delicadeza eslavas, han llegado a profundos vínculos! ¡Qué de confidencias han sido esparcidas en los pliegues desenrollados de esta franqueza que va de desconocido a desconocido, cuando se está libre de la tiranía de los cumplidos obligados! ¡Qué de palabras engañosas y burlonas, qué de votos, qué de deseos, qué de vagas esperanzas fueron negligentemente echadas al viento, como el pañuelo de la bailarina en la mazurca... y que no han sido recogidos por los torpes!
Ya hemos dicho que quizá sea necesario conocer de cerca a los compatriotas de Chopín para tener la intención de los sentimientos inherentes a sus mazurcas, como en muchas de sus otras composiciones. Casi todas están llenas de este mismo vaho amoroso que planea como un fluido ambiente a través de sus preludios, sus nocturnos, sus in promptus, en que se trazan una a una todas las fases de la pasión: señuelos encantadores de la coquetería; uniones insensibles de las inclinaciones; caprichosos festones que dibuja la fantasía; mortales depresiones de alegrías descoloridas que nacen moribundas, flores de luto como esas rosas negras que entristecen por el mismo perfume de los pétalos, que el menor aliento hace caer de sus frágiles tallos; luces sin reflejos que alumbran las vanidades engañadoras, semejantes al brillo de ciertos bosques muertos que relucen en la oscuridad; placeres sin pasado ni porvenir, encantados en los casuales encuentros; ilusiones, gustos inexplicables, tentadores a la aventura, como esos sabores agridulces de los frutos inmaturos que gustan a pesar de su acidez; conatos de sentimientos cuya gama es interminable y a los cuales presta una real poesía la nativa elevación, la belleza, la distinción, la elegancia de aquellos que las experimentan.
En la mayor parte de las baladas, valses, studios, de Chopín, lo mismo que en las piezas que acabamos de citar, se contiene perfumada la memoria de una de estas fugitivas poesías que él idealiza algunas veces hasta llegar a las fibras tan tenues y delicadas que no parecen propias de nuestra naturaleza sino próximas al mundo alado y develarnos las indiscretas confidencias de Titania, de Arieles, de la reina Mab, de todos los genios del aire, del agua y de las llamas, sujetos, ellos también, a las más amargas decepciones y a los más insoportables hastíos.
Tanto son estas piezas fantásticas y alegres como los pataleos de algunas sílfides amorosamente contrariadas; tanto, aterciopelada y tornasolada como la piel de una salamandra; tanto profundamente desalentadas, como almas en pena que no encuentran las caritativas oraciones necesarias para su salvación. Otras veces se impregnan de una desesperanza tan gris, tan inconsolable, que se creyera seguir una tragedia de Byron y contemplar el abatimiento supremo de Jacobo Foscari no pudiendo sobrevivir a su destierro. Hay como espasmos de sollozos ahogados; las hay también espirituales y maliciosas, en las cuales son exclusivamente atacadas las teclas negras del piano y hacen recordar la alegría de Chopín que, al igual, no atacaba más que los resortes superiores del espíritu, amoroso de aticismo como él era, retrocediendo ante la jovialidad vulgar, la risa grosera, el brutal regocijo, como delante de esos animales más abyectos aún que venenosos, cuya vista causa la más repugnante impresión a ciertas naturalezas sensitivas y doloridas.
En la mayor parte de sus mazurcas reina una extrema diversidad de motivos e impresiones. Varias están entremezcladas de resonancias de espuelas, pero en las más se distingue sobre todo el imperceptible roce de crespones y gasas bajo el soplo ligero de la danza; el ras-ras de los abanicos, el ruido del oro y los diamantes. Algunas parecen pintar el placer valeroso, pero de honda ansiedad, como de un baile en vísperas de un asalto; se oyen a través los ritmos de la danza, los suspiros y los adioses desfallecientes en que encubre los llantos. Otras parecen revelar las angustias, las penas y los disgustos secretos que se llevan a las fiestas, en que el ruido no llega a ensordecer los clamores del corazón. En otras se percibe como una especie de terrores ahogados; temores, presentimientos de un amor que lucha y que sobrevive devorado por los celos, que se siente vencido y convirtiéndose en piedad desdeñando el odio. Fuera es un tumulto, un delirio, en medio del cual pasa y vuelve a pasar una melodía anhelante, sacudida como las palpitaciones de un corazón que se pasma y se rompe y se muere de amor. También de fuera nos vienen lejanas charangas, como lejanos recuerdos de gloria. Las hay en que el ritmo es tan indeterminado, tan fluido como el sentimiento con que dos jóvenes amantes contemplan una estrella solitaria en el firmamento.
En una sobremesa, nos encontrábamos sólo tres: Chopín había tocado durante largo tiempo, y una de las mujeres más distinguidas de París se sentía cada vez más invadida por un piadoso recogimiento semejante al que produciría la vista de piedras mortuorias sembrando los campos de Turquía, cuyas umbrías y parterres prometen de lejos al viajero sorprendido un riente jardín. Ella le preguntó de dónde procedía el respeto involuntario que inclinaba su corazón ante monumentos cuya apariencia no presentaba a la vista más que objetos dulces y graciosos y qué nombre daría al sentimiento extraordinario que encerraba en sus composiciones como desconocidas cenizas en urnas soberbias de un alabastro tan trabajado. Vencido por las lágrimas que humedecían tan bellas pupilas con una sinceridad rara en el artista receloso sobre cuanto se refiriese a las íntimas reliquias que él encerraba en la brillantez de sus obras, le respondió que su corazón no le había engañado en su melancólica tristeza, porque cualesquieran que fuesen sus pasajeros regocijos, no se substraía, sin embargo, jamás a un sentimiento que formaba en cierto modo el fondo de su corazón y para el que no encontraba fuera de su propio idioma la debida expresión, toda vez que no teniendo equivalente la palabra polaca zal, que repetía frecuentemente como si su oído estuviese ávido de este vocablo, que, encierra toda la escala de sentimientos que produce un pesar intenso, desde el arrepentimiento hasta el odio, frutos benditos o envenenados de esta agria raíz.
¡Zal! ¡Extraño sustantivo de una rara diversidad y de una más extraña filosofía! ¡Susceptible de diferentes regímenes, encierra todos los enternecimientos y todas las humildades de un pesar resignado y silencioso, mientras que su régimen directo se aplica a los hechos y a las cosas, inclinándose, por decirlo así, con dulzura ante la ley de una fatalidad providencial. Pero tan pronto como se dirige al hombre, cambiando de fisonomía y tomando el régimen indirecto, significa el fermento del rencor, la agitación de los reproches, la premeditación del desquite, la amenaza implacable sentida en lo más profundo del corazón expiándola o alimentándose de una amargura estéril.
En verdad, el zal colora siempre con un reflejo tanto plateado, tanto ardiente todo el conjunto de las obras de Chopín. Nunca está ausente de sus más dulces ensueños, de aquellos en que Berlioz, este genio shakesperiano que alcanza todos los extremos, ha entrevisto también divinas coqueterías. Zalamerías que pertenecen exclusivamente a las mujeres de esas comarcas semiorientales, con las cuales los hombres son mecidos por su madre, mimados por sus hermanas, encantados por sus amantes y que después hacen que les parezcan groseras o insípidas las coqueterías de otras mujeres y exclamar con orgullo perfectamente justificado: ¡Niema aik Polka! (nada igual a las polacas).(7) El secreto de estas divinas zalamerías hace de estos seres adorables, únicos que pueden responder a los sueños pasionales de los poetas que, como Chateaubriand, se forjan una diablesa y una encantadora durante los ardientes insomnios de su adolescencia. Y no encuentra parecido a sus imposibles visiones «de una Eva inocente y caída, ignorando todo, sabiendo todo, virgen y amante a la vez»(8), más que en una polaca de dieciséis años, «mezcla de odalisca y de valquiria... Corazón femenino vario en edad y belleza, antigua sílfide realizada... Nueva flor...»(9) Libertada del yugo de las estaciones y que Chateaubriand temió volver a ver. Divinas zalamerías, generosas y avaras a la vez, imprimiendo al corazón conquistado la ondulación indecisa y mecida de una nave sin remos y sin aparejos.
Chopín hacía encantadoramente esta trepidación en sus ejecuciones, por las cuales conseguía siempre ondular la melodía como un esquife sobre el seno de la ola poderosa. En sus escritos indicó, desde luego, esta manera, que daba un sello tan particular a su juego por la palabra de Tempo rubato: tiempo sustraído, entrecortado, medida sutil, abrupta y lánguida a la vez, vacilante como la llama bajo el soplo que la agita. Después dejó de incluirla en sus publicaciones, convencido de que si se tenía inteligencia había de adivinarse esta regla irregular. Todas sus obras igualmente deben ejecutarse con esta especie de balanceo acentuado y prosodiado del que es difícil alcanzar el secreto si no se le ha oído a él mismo frecuentemente. Parecía deseoso de enseñar esta manera a sus numerosos alumnos, sobre todo a sus compatriotas, a los cuales quería comunicar su método de ejecución con preferencia a los demás. Aquéllos, o más bien aquéllas, las recogían, con esta actitud que ellas quieren para todo cuanto se refiera al sentimiento y a la poesía, y una comprensión innata de su pensamiento les permitía seguir todas las fluctuaciones de su ola azulada.