Individualidad de Chopín
Una curiosidad natural se une a la biografía de los hombres que han consagrado su talento a glorificar nobles sentimientos en obras de arte, donde brillan como espléndidos meteoros ante los ojos de la muchedumbre sorprendida y encantada. Ésta lleva voluntariamente a sus nombres las impresiones admirativas y simpáticas que producen de las que quisiera formar inmediatamente un símbolo de nobleza y grandiosidad, estando inclinada a creer que aquellos que saben expresar de tal manera y hacer hablar así sus sentimientos, no conocen otros. Pero a esta benévola prevención, a esta presunción favorable se añade necesariamente la necesidad de verla justificada por sus héroes y ratificada por sus vidas. Cuando se ve en las producciones toda la exquisita delicadeza reveladora del sincero sentir del poeta, aquello de dulce inspiración, adivinar con tan rápida intuición lo que oculta el orgullo o el temeroso pudor, o la amarga melancolía; pintar el amor tal como lo sueña la adolescencia y cómo desilusiona más tarde cuando se ve su genio dominar tan grandes situaciones, elevarse con calma por cima de todas las peripecias del humano destino, encontrar en los lazos de sus nudos enredados hilos que las deslíen altiva y victoriosamente, planear por cima de todas las grandezas y de todas las catástrofes, ascender hacia las cimas que no alcanzan ni las unas ni las otras. Cuando se le ve poseer el secreto de las más suaves modulaciones de la ternura y la más augusta sencillez del valor, ¿cómo no se preguntaría si esta maravillosa adivinación es el milagro de una sincera creencia en tales sentimientos, o bien una hábil abstracción del pensamiento, a juego del espíritu?
Indagamos. ¿Podría ser de otra manera? ¿En qué han diferido de las vulgares las existencias de estos hombres tan atraídos por lo bello? ¿Cómo obraba esta soberbia de la poesía cuando estaba sometida a las realidades de la vida y a sus intereses materiales? ¿Cómo quedaban exentas de las acrimonias y enmohecimientos que envenenan ordinariamente estas inefables emociones del amor? ¿En qué quedaban fuera de esta evaporación y de esta inconstancia que acostumbran a no contar con ellas? ¿Se averigua si aquellos que han experimentado tan nobles indignaciones han sido siempre equitativos? ¿Si aquellos que han exaltado la integridad no han comerciado nunca con su conciencia? ¿Si aquellos que han ensalzado el honor no se han intimidado nunca? ¿Si aquellos que han hecho admirar la fortaleza no han transigido nunca con sus debilidades?
Muchos tienen interés en conocer las transacciones aceptadas entre el honor, la lealtad, la delicadeza y ventajas, las ganancias que no se adquieren más que por su costa por aquellos a quienes ha sido dada la misión de cultivar nuestra fe y nuestra adhesión a los nobles y grandes sentimientos, haciéndoles vivir en el arte mientras que no tuvieran otro refugio, pues para muchos estas transacciones sirven para probar con evidencia que hay imposibilidad o falta de sentido al rehusarlas. Igualmente, cuando ejemplos de desgracia vienen a traer un deplorable apoyo a sus palabras, ¡con qué prisa llaman a las más bellas concepciones del vano simulacro! ¡De qué sabiduría se valen predicando las doctrinas sabiamente premeditadas de una melosa arisca hipocresía, de un perpetuo y secreto desacuerdo entre los discursos y las consecuencias! ¡Con qué cruel alegría citan estos ejemplos a las almas inquietas y débiles, cuyas aspiraciones juveniles, o las convicciones y las fuerzas decrecientes procuran sustraer a estos tristes pactos! ¡De qué fatal desaliento son atacadas éstas ante las violentas alternativas, las seductoras insinuaciones que se presentan a cada vuelta en el camino de la vida, al soñar que los corazones más ardientemente seducidos por lo sublime, los más iniciados en las susceptibilidades de la delicadeza, los más conmovidos por las bellezas del candor han renegado, sin embargo, por sus actos de los objetos de su culto y de sus cantos! ¡De qué dudas angustiosas son sobrecogidos y devorados ante estas flagrantes contradicciones! ¡Y qué ironías desbordan por sus sufrimientos aquellos que repiten que: La Poesía es lo que hubiera podido ser... y que se complacen en renegar de ella por esta negación, tan culpable!, puesto que la Poesía no es la sombra de nuestra imaginación proyectada y agrandada desmesuradamente sobre el plano huidizo de lo imposible: puesto que «la Poesía y la Realidad» (Dichtung und Wahrheit) no son dos elementos incompatibles destinados a codearse sin penetrarse jamás, según la confesión del mismo Goethe, el cual decía de un poeta contemporáneo «que habiendo vivido para crear poemas, había hecho de su vida un poema» (Er lebte dichtend und dichtete lebend), porque Goethe era demasiado poeta él mismo para no saber que la poesía no existe sino porque encuentra su eterna realidad en los más bellos instintos del corazón humano.
Tanto como la nobleza, el genio obliga, hemos dicho en otra ocasión(13). Si el ejemplo de la fría austeridad o del rígido desinterés de algunos caracteres basta a la admiración de las naturalezas tranquilas y reflexivas, ¿dónde tomarán sus ejemplos las organizaciones más apasionadas e inquietas a las que todo medio apagado les resulta insípido y que buscan vivamente bien las alegrías del honor, bien los placeres comprados a cualquier precio? Tales organizaciones se liberan voluntariamente de las autoridades seniles. Declinan su competencia. Las acusan de acaparar el mundo en provecho de sus frías pasiones; de querer disponer los efectos de causas que les escapan; de proclamar leyes en esferas en las que no pueden penetrar. Vuelven hacia otros la interrogación de sus miradas; preguntan a aquellos que han bebido en la hirviente fuente del dolor que mana al pie de terrenos escarpados en que el alma construye un nido. Pasan de largo ante la silenciosa gravedad de aquellos que practican el bien sin exaltación por lo bello. ¿Tiene la juventud ardiente tiempo para interpretar los silencios y resolver sus problemas?
Los latidos de su corazón son excesivamente precipitados para dejarle una clara visión de los sufrimientos ocultos, de los combates misteriosos, de las luchas solitarias que forman algunas veces el tranquilo golpe de vista del hombre de bien. Las almas agitadas apenas conciben la tranquila sencillez del justo, la heroica sonrisa del estoicismo. El entusiasmo, la emoción le son necesarios. La imagen les persuade, la metáfora les da una convicción, las lágrimas les sirven de prueba y prefieren la conclusión por impulso a la fatiga de los argumentos. Vuélvese con ávida curiosidad a los poetas y los artistas que les han emocionado por sus imágenes, arrastrado por sus metáforas, entusiasmados por sus arrebatos. A ellos es a quienes piden la última palabra de estos arrebatos y de estos entusiasmos.
¿En estas horas desgarradas o en medio de la tormenta llegan a ser un pesado e inoportuno tesoro, capaz de hacer zozobrar si no se les tira por la borda al abismo del olvido a quien habiendo cruzado sus peligros, no ha evocado cuando les amenazaba un cruel naufragio, sombras y manes gloriosos para informarse punto han sido vivas y sinceras sus aspiraciones? ¿Para informarse con un discernimiento ingenioso lo que no era más que un divertimiento, una especulación del espíritu, y lo que formaba un constante hábito de sus sentimientos? A tales horas es cuando tampoco huelga el denigramiento; se apodera ávidamente de las flaquezas, de las faltas, de los olvidos de aquellos que las han mancillado con sus debilidades sin haber omitido ninguna. Recogen para sí este botín, compulsan estos hechos y se arrogan un derecho de desdén hacia la inspiración, a la que no conceden más objeto que el de proporcionarnos diversiones, negándole el poder de guiar nuestras acciones, nuestras resoluciones, nuestra conformidad o nuestra desaprobación. El desdén burlón y cínico sabe acechar la historia. Dejando caer el buen grano, recoge cuidadosamente la cizaña para repartir su negra simiente por las páginas brillantes donde flotan los más puros deseos del corazón, los más nobles sueños de la imaginación, y pide con la ironía de la victoria: ¿Qué es este puro candeal que no hace germinar sino el hambre? ¿Qué representan estas vanas palabras que no engendran sino sentimientos estériles? ¿A qué estas excursiones en un terreno donde no se recoge fruto alguno? ¿Qué valor tienen estas emociones y estos entusiasmos que no llegan más que al cálculo del interés y sólo encubren los intereses del egoísmo?
¡Con qué arrogante irrisión acierta a aproximar y pone de vista el noble ímpetu y la indigna condescendencia del poeta! ¡El bello canto y la culpable ligereza del artista! ¡Que superioridad no se arroga él, y sobre los laboriosos méritos de las buenas gentes, que considera como crustáceos destinados a no conocer más que la quietud de una organización pobre, y sobre los pomposos enorgullecimientos de aquellos a quienes se diría superiores y que no llegan siquiera a repudiar tan bien como éstos la prosecución del bienestar material, de las satisfacciones de la vanidad y de los goces inmediatos! ¿Qué ventajas no se atribuye en la concordancia lógica de sus prosecuciones con sus negaciones? ¡Cómo triunfa reflexivamente de las vacilaciones, de las incertidumbres, de las repugnancias de aquellos quienes quisieran creer posible todavía la reunión de sentimientos vivos, de impresiones apasionadas, de dones de la inteligencia, del sentido poético, con un carácter íntegro, una vida intacta, una conducta que no desmiente jamás el ideal poético!
¿Cómo no ser afectado, entonces, con la más noble de las tristezas, todas las veces que uno es obstine en un hecho que nos muestre al poeta desobedeciendo las inspiraciones de las musas, estos ángeles de la guarda del talento, que le enseñarían también a hacer de su vida el más bello de sus poemas? ¡Qué desastrosos escepticismos, qué lamentables desfallecimientos, qué dolorosas apostasías arrastran tras de sí estas caldas del genio. Y, sin embargo, sería sacrílega la voz que confundiese estas desviaciones en un mismo anatema, con las humillaciones de la bajeza o el impudor jactancioso! ¡Sería un sacrilegio! Porque si la acción del poeta ha desmentido a veces su canto, ¿no es más bien que su canto ha renegado de su acción? ¿Y no podrá su obra contener más eficaces virtudes que fuerzas malhechoras en acción? El mal es contagioso, pero el bien es fecundo. Suavizando sus convicciones ante las ventajas indignas de su atención, el poeta no ha glorificado menos los sentimientos que le condenaban y que, penetrando en sus obras, le han dado una acción de una extensión más vasta que la de su vida privada. Estas obras ¿no han consolado, serenado, edificado más almas que las fluctuaciones que hayan podido abatir su triste existencia? El arte es más poderoso que el artista; sus creaciones tienen una vida independiente de su voluntad vacilante, porque son una de las manifestaciones de la inconmovible belleza y más duradera que ella misma; ellas pasan de generación en generación, intactas e inmarcesibles, encerrando una virtual facultad de redención para su autor.
Si ha sucedido que algunos entre ellos de los que han inmortalizado sus aspiraciones y su sensibilidad, otorgándoles el imperioso ascendiente de una irresistible elocuencia han ahogado, sin embargo, esas aspiraciones y abusado de esta sensibilidad, ¡cuántos son los que han sido secretamente confirmados, alentados y fortalecidos en una bella conducta por las obras de su genio! La indulgencia no sería tal vez sino justicia para ellos; ¡pero qué duro se hace el reclamar justicia!, ¡cómo contraría tener que prohibir lo que se quería adinerar, excusar cuando sólo se quería venerar!
Qué dulce orgullo pone el amigo y el artista en rememorar una carrera en la cual no hay ninguna distancia que hiera, ninguna contradicción que merezca indulgencia, ningún error que exija elevarse de la corriente para encontrar su excusa, ningún extremo que haya que lamentar como consecuencia de un exceso de causas. Con qué dulce orgullo nombra a uno de aquellos que han probado que no es sólo reservado a las naturalezas apáticas a las que no seduce ninguna fascinación, que no atraen ningún espejismo, que no son susceptibles de ninguna ilusión, que se limitan sencillamente a las estrictas reglas, a las abstinencias rutinarias de las leyes establecidas, el pretender a esta elevación de alma a la que no somete ningún fracaso, que no se desmiente en ningún instante. A este título, el recuerdo de Chopín será doblemente querido de los amigos y los artistas que ha encontrado en su camino, como de estos amigos desconocidos que adquiere por sus cantos de poeta; como de los artistas que, sucediéndole, se glorificaran de ser dignos de él.
En ninguno de sus numerosos repliegues ha encubierto el carácter de Chopín un solo movimiento, un solo impulso que no fuese dictado por el más delicado sentimiento del honor y la más noble cordialidad de los afectos. Y, sin embargo, jamás fue naturaleza alguna más dada a justificar irregularidades, salidas de tono, ásperas singularidades. Su imaginación era ardiente, sus sentimientos llegaban hasta la violencia; su organización física era débil y malsana. ¿Quién puede profundizar los sufrimientos originados por tales contradicciones? Han tenido que ser crueles, pero jamás dio el espectáculo, siempre guardó el secreto; lo ocultó a todas las miradas, bajo la impenetrable serenidad de una resignación altiva.
La delicadeza de su constitución y de su corazón le impusieron el femenino martirio de torturas jamás confesadas y dieron a su destino algunos trazos de los destinos femeninos. Excluido por su salud de la arena palpitante de las actividades ordinarias, sin gusto por ese bordoneo inútil en que algunas abejas se juntan a tanto zángano, derrochando la superabundancia de su fuerza, se creó un alvéolo al margen de los caminos demasiado frecuentados. Ni aventuras, ni complicaciones, ni episodios, han influido en su vida, que ha simplificado, aunque rodeado de circunstancias difíciles para lograr tal resultado. Sus sentimientos y sus impresiones formarán los acontecimientos más notables e importantes para él, que los cambios y los accidentes de fuera. Las lecciones que dio constantemente, con asidua regularidad, fueron como su tarea doméstica y diaria cumplidas con conciencia y satisfacción. Expansionó su alma en sus composiciones como otros la expansionan en la oración: vertiendo en ellas todas esas efusiones del corazón, esas tristezas inexpresadas, esas penas indecibles que las almas piadosas vierten en sus plegarias con Dios. En sus obras decía lo que no se dice sino de rodillas; esos misterios de pasión y de dolor que han permitido al hombre comprender sin palabras, porque no le ha sido dado expresarlas con ellas.
La inquietud que Chopín empleó en evitar, que se nos permita esta palabra, el zig-zag de los contornos de la vida, de limpiar lo superfluo, los desmenuzamientos en parcelas informes y sin objeto, han alejado los numerosos incidentes. Algunas líneas vagas envuelven su imagen como una humareda azulada desapareciendo bajo la mano que quisiera tocarla y seguirla. No se ha mezclado a ninguna acción, a ningún drama, a ningún nudo, a ningún desenlace. No ha ejercido influencia decisiva sobre ninguna existencia. Su voluntad nunca ha usurpado ningún deseo; no ha enlazado ni oprimido ningún espíritu por la dominación del suyo. No ha ejercido despotismo alguno sobre ningún corazón, no ha posado su mano conquistadora sobre ningún destino; no buscaba nada, hubiera desdeñado el pedir cualquier cosa. Como el Tasso podía decir: «Brama assai, poco spera, e nulla chiedc». Pero igualmente escapaba de todos los lazos, a todas las amistades que hubieran querido enlazarle tras de sí e impulsarle hacia tumultuosas esferas. Presto a darlo todo, no se daba él mismo. Es posible que supiera qué abnegación exclusiva, qué adhesión sin restricción ninguna hubiera sido digno de inspirar, de comprender y participar. Es posible que pensara, como algunas almas ambiciosas, que el amor y la amistad ni son todo, ni son nada. Es posible que le haya costado más esfuerzo el aceptar la participación que lo que le costara el de no aflorar estos sentimientos y no conocer más que un ideal desesperado. Si ha sido así, nadie lo ha sabido completamente, porque él nunca hablaba ni de amor de amistad. No era exigente como aquellos otros cuyos derechos y justas exigencias sobrepasan con mucho lo que habría de ofrecérsele. Sus más íntimas relaciones ni penetraban nunca en este recinto sagrado donde habitaba su alma, ausente del resto de su vida; reducto tan disimulado, que apenas podía sospecharse.
En sus relaciones y conversación, parecía no interesarse sino en lo que preocupaba a los demás; se guardaba de sacarlos de su personalidad para llevarle a la suya propia. Si daba poco de su tiempo, no se reservaba en cambio nada del que concedía. Lo que hubiera soñado, deseado, querido, conquistado. Si su blanca y afilada mano hubiera podido enlazar cuerdas de bronce a las cuerdas de oro de su lira, nadie se lo ha preguntado nunca, ni en su presencia se lo hubiera podido permitir. Su conversación versaba poco sobre temas emocionantes, resbalaba por cima, y como era poco pródigo de sus instantes era absorbido fácilmente por los detalles del día; tenía cuidado de no permitir extralimitarse en digresiones que pudieran relacionarse con él. Su individualidad no se prestaba nunca las investigaciones de la curiosidad, las indagaciones ni las estratagemas escrutadoras. Agradaba demasiado para hacer reflexionar. El conjunto de su persona era armonioso y no se prestaba a ningún comentario. Su mirada azul era más espiritual que soñadora; su sonrisa dulce y fina no se hacía amarga. La finura y transparencia de su piel, seducía a la mirada, sus cabellos rubios eran sedosos, su nariz ligeramente curvada, sus modales distinguidos y sus maneras tan aristocráticas que, involuntariamente, se le trataba en príncipe. Sus gestos eran graciosos y múltiples, el timbre de su voz siempre sordo, a menudo apagado, su estatua más bien baja, sus miembros débiles, toda su apariencia hacía pensar en esas clemátides meciendo sobre tallos de una increíble finura sus copas tan divinamente coloreadas, pero de un brillo tan vaporoso que el menor contacto las destroza.
Llevaba al mundo la igualdad de humor de las personas que no sufren ninguna contrariedad porque no se dan a ningún interés. De costumbre estaba alegre; su espíritu cáustico descubría rápidamente el ridículo mucho más allá de la superficie que advierten todos; desplegaba en la pantomima un ingenio raro, inagotable; se divertía frecuentemente en reproducir con bufonescas improvisaciones, las fórmulas musicales y los tic particulares de ciertos virtuosos, en repetir sus gestos, sus movimientos, en imitar sus fisonomías con un talento que comentaba en un minuto su completa personalidad. Sus facciones se hacían entonces incognoscibles, las hacía pasar por las más extrañas metamorfosis, pero, incluso imitando lo feo y grotesco, no perdía nunca su gracia innata. La mueca no conseguía afearle y su alegría resultaba tanto más picante cuando que la sujetaba a límites con un perfecto buen gusto, excluyendo cuanto pudiera traspasarlo. En ninguno de los instantes de la más franca familiaridad empleaba, palabras de mal gusto, una vivacidad fuera de lugar podía no chocar.
Por una absoluta exclusión de cualquier comentario, que pudiera referirse a él, por una discreción completa sobre sus propios sentimientos, lograba simplemente dejar esa impresión tan preferida del vulgo, la de una presencia que encanta sin que haya que temer el que se quede con todo lo favorable y que haga que sucedan a las expansiones de sus alegrías atrayentes, las tristezas que imponen confidencias melancólicas y las fisonomías ensombrecidas, estas reacciones inevitables en las naturalezas de las que se puede decir: Ubi mel ibi fel; y aun cuando el vulgo no pueda rechazar un cierto respeto a los sentimientos dolorosos que causan estas reacciones, aunque tengan para ellos el atractivo de lo desconocido y que les incite en cierto modo a la admiración, no lo aprecian más que a distancia, huye su aproximación incómoda para sus reposos, tan pronto a pasmarse en su descripción como a apartarse de su vista. La presencia de Chopín era, pues, siempre festejada; y llevaba de tal manera a cuanto no fuese él, que su personalidad intima quedaba aparte, inabordada e inabordable bajo esta superficie cortés y deslizante en la que era imposible tomar pie.
Aunque raras veces, hubo, sin embargo, algunos instantes en que le hemos sorprendido profundamente emocionado. Le hemos visto palidecer, ponerse lívido hasta el punto de reflejar tintes verdes y cadavéricos. Pero en sus más vivas emociones quedaba concentrado. Era entonces, como de costumbre, avaro de las palabras que denotaran sus sentimientos. Un minuto de recogimiento sustraía siempre el secreto de su primera impresión. Los movimientos que se sucedían, cualquiera graciosa espontaneidad que acertaba a dar, eran siempre el efecto de una reflexión y de una voluntad que dominaba el extraño conflicto de energías morales y debilidades físicas que en él se encontraban. Este imperio constantemente ejercido sobre la violencia de su carácter, recordaba la superioridad melancólica de los seres que buscan su fuerza en la reserva y el aislamiento, sabiendo la inutilidad de las explosiones de sus cóleras y demasiado celosos del misterio de sus pasiones para traicionarlas gratuitamente.
Sabía perdonar noblemente, ningún dejo de rencor quedaba en su corazón contra las personas que le habían ofendido; pero como estas ofensas penetraban en lo hondo de su alma, fermentaban en vagas penas y sufrimientos interiores de tal manera que mucho después de que sus causas se hubieran borrado de su memoria sentía aún secreto malestar. Aparte de eso, en fuerza de someter sus sentimientos a lo que le parecía deber ser para ser bien, llegaba hasta agradecer los servicios ofrecidos, por una amistad mejor intencionada que bien informada, que contrariaba su oculta susceptibilidad. Estos desaciertos de la torpeza son, sin embargo, los más difíciles de soportar para las naturalezas nerviosas condenadas a reprimir la expresión de sus arrebatos y llevadas, por ende, a una irritación sorda, que no deriva nunca de sus verdaderos motivos y que engañaría mucho, no obstante, a quienes la tomaran por una rareza inmotivada. Pero como faltar a lo que consideraba la más correcta línea de conducta fuese una tentación a la cual no hubiera podido resistir, porque probablemente no se le presentó nunca, se guardó de descubrir ante las individualidades más vigorosas, y por eso únicamente más bruscas y tajantes que la suya, las irritaciones que le hacían sufrir con su contacto y sus relaciones.
La reserva de sus conversaciones se extendía a todos los temas, los cuales llevan el fanatismo de las opiniones. Únicamente por aquello que no hacía en la estrecha circunscripción de su actividad, se llegaba a prejuzgar. Su patriotismo se reveló en la dirección que tomó su talento, en la elección de sus amistades, en las preferencias por sus alumnos, en los servicios frecuentes y considerables que gustaba rendir a sus compatriotas; pero no recordamos que tuviese placer en expresar sus sentimientos en tal respecto. Si hablaba algunas veces sobre las ideas políticas tan constantemente discutidas en Francia, tan vivamente atacadas, tan calurosamente defendidas, era más bien para señalar lo que encontraba de falso y erróneo, que para hacer valer otras. Llevado a continuas relaciones con los hombres políticos más destacados de nuestros días, supo limitar las relaciones entre ellos y él en una buena acogida individual completamente ajena e independiente de la conformidad de opiniones.
La democracia representaba ante sus ojos una aglomeración de elementos demasiado heterogéneos, excesivamente atormentados de una exagerada potencia salvaje, para serle simpática. Hace más de veinte años que la llegada de las cuestiones sociales fue comparada a una nueva invasión de los bárbaros. Chopín se sentía particular y penosamente atacado de cuanto esta asimilación tenía de terrible, desesperaba de obtener de los Atilas modernos la salud de Roma; de preservar al arte de sus destrucciones y devastaciones como a sus monumentos, sus costumbres, la civilización en una palabra, la vida elegante, perezosa y refinada que cantó Horacio. Seguía de lejos los sucesos con una perspicacia de golpe de vista que no hubiéramos podido imaginar, la cual le hizo predecir aquello que no imaginaban los mejor informados. Si se le escapaban observaciones de este género no las desarrollaba nunca. Sus frases cortas no llamaban la atención más que cuando los sucesos las habían justificado. Su buen, sentido lleno de fineza le había persuadido de antemano de la perfecta vacuidad de la mayor parte de los discursos políticos, de las discusiones teológicas, del las digresiones filosóficas, y así llegó a practicar desde joven la máxima favorita de un hombre infinitamente, distinguido, al que con frecuencia hemos oído repetir una palabra dictada por la sabiduría misantrópica de sus viejos años, palabra que asombraba entonces a nuestra inexperiencia impaciente, pero que después nos ha impresionado por su triste exactitud: «Ustedes se persuadirán un día, como yo -decía el marques Julio de Noailles a los jóvenes a quienes honraba con sus bondades y que se dejaban llevar al calor de inocentes debates sobre sus opiniones-, que no hay medio de hablar de lo que sea con quien sea.»
Sinceramente religioso y adherido al catolicismo, Chopín no abordaba jamás esta cuestión, guardando sus creencias sin ostentarlas aparatosamente. Se le podía conocer largo tiempo sin tener una noción exacta de sus ideas sobre este punto. Il mondo va dá sé, parecía decirse para consolar su mano ociosa y reconciliarla con su lira. Muchas veces le hemos contemplado largos ratos en medio de conversaciones bulliciosas y animadas, de las que se excluía por su silencio. La pasión de los conversadores le dejaba en el olvido; pero, por nuestra parte, hemos dejado varias veces de seguir el hilo de sus razonamientos para fijar nuestra atención en la figura de Chopín, que se contraía imperceptiblemente cuando temas que se relacionan con las condiciones primeras de nuestra existencia, se debatían ante él con tan enérgicos arrebatos, por lo que hubiéramos llegado a creer que nuestra suerte había de decidirse por ellos instantáneamente. Entonces se nos aparecía como un pasajero a bordo de un barco al que la tempestad agita sobre las olas, contemplando el horizonte y las estrellas, soñando en su lejana patria, siguiendo las maniobras de los marineros, contando sus faltas y callándose por no tener la fuerza suficiente para alcanzar uno de los cordajes de la vela.
En un solo caso se apartó Chopín de su silencio premeditado y de su acostumbrada neutralidad. Rompió su reserva por la causa del arte, sobre la cual únicamente no abdicó en ninguna circunstancia el derecho de declarar explícitamente su juicio, sobre el cual se aplicó siempre con persistencia para extender la acción de su influencia y de su voluntad. Era como un testimonio tácito de la autoridad que como gran artista sentía legítimamente y creía poseer en estas cuestiones que hacía relevar de su competencia y de su llamada, sobre las cuales no dejó duda alguna nunca en cuanto a su manera de enfocarlas. Durante algunos años puso un ardor apasionado en sus defensas; más tarde, habiendo disminuido el interés de su objeto por el triunfo de sus ideas, no buscó ninguna otra ocasión para colocarse derechamente a la cabeza de un bando determinado. En este caso único en el que tomó parte en un conflicto de partido, dio pruebas de convicciones absolutas, tenaces e inflexibles, como todas aquellas que, siendo vivas, salen raramente a la luz.
En 1832, poco después de su llegada a París, se formó una nueva escuela tanto en música como en literatura y se produjeron jóvenes talentos que sacudieron con brillo el yugo de antiguas fórmulas. La efervescencia política de los primeros años de la revolución de julio, apenas sofocada, prendió con toda vivacidad sobre las cuestiones de literatura y arte que acapararon la atención y el interés de los espíritus. El romanticismo estuvo a la orden del día, y se combatió encarnizadamente en pro y en contra. No hubo tregua alguna entre quienes no admitían que pudiese escribirse de otra manera que como se había escrito hasta entonces, y aquellos que querían que el artista fuese libre de escoger la forma para adaptarla a su sentimiento, y pensaban que encontrándose en concordancia con éste, la regla y la forma han de ceñirse necesariamente al sentimiento que se quiere expresar según las diferentes maneras de sentir que exigen siempre una manera diferente de traducirse. Los unos creían en la existencia de una forma permanente, cuya perfección representa lo bello absoluto y juzgaban cada obra según este punto de vista preestablecido; pero admitiendo que los grandes maestros habían llegado hasta los últimos límites del arte y a la suprema perfección, no dejaban a los artistas que les sucedían otra gloria que la de esperar aproximarse más o menos, por la imitación, frustrándoles incluso la esperanza de igualarles, no pudiendo llevarse jamás el perfeccionamiento de una técnica hasta el mérito de la invención. Los otros negaban que lo bello pudiese tener una forma fija y absoluta; pareciéndoles, a medida que se manifestaban las formas diversas en la historia del arte, como tiendas colocadas en el camino del ideal: altos monumentos que el genio alcanza de época en época y que sus inmediatos herederos deben sobrepasar. Los unos querían encerrar en cercos simétricos de las mismas proporciones las inspiraciones de tiempos y naturalezas lo más desemejantes; los otros reclamaban para cada uno de ellos la libertad de crear su modo, no aceptando otra regla que aquella que surge de las relaciones directas entre el sentimiento y la forma, a fin de que ésta sea adecuada a aquél. Los modelos existentes, por admirables que fuesen, no parecían haber agotado todos los sentimientos de que, puede apoderarse el arte y todas las formas que puede emplear. No deteniéndose en la excelencia de la forma, sólo la buscaban en cuanto que su irreprochable perfección es indispensable a la completa revelación del sentimiento; porque no ignoraban que el sentimiento queda truncado siempre que la forma, quedando imperfecta, intercepta el brillo como un velo opaco. Sometían así a la inspiración poética el trabajo de oficio, sometiendo a la paciencia y al genio de imaginar en la forma lo necesario para satisfacer las exigencias de la inspiración, rechazando a sus adversarios el reducir la inspiración al suplicio de Procusto, no admitiendo que ciertos modos del sentimiento fuesen inexpresables en las formas anteriormente determinadas, desposeyendo así al arte, de antemano, de todas las obras que hubieran intentado introducir nuevos sentimientos revestidos de nuevas formas, sacadas del desarrollo siempre progresivo del espíritu humano, de los instrumentos y de los recursos materiales del arte.
Aquellos que veían devorar insensiblemente las llamas del talento a las viejas maderas carcomidas, se sumaban a la escuela musical de la cual era Berlica el representante mejor dotado, el más resuelto y el más osado; Chopín se alió completamente y fue uno de aquellos que puso más perseverancia para liberarse de las serviles fórmulas del estilo convencional, tanto como para repudiar las charlatanerías, que no hubieran sustituido los viejos abusos más que con nuevos abusos.
Durante los varios años que duró esta especie de campaña del romanticismo, de donde surgieron ensayos con resultados magistrales, Chopín permaneció invariable tanto en sus predilecciones como en sus repulsiones. No admitió el menor atenuante con ninguno de aquellos que, según él, no representaban suficientemente el progreso y no probaban una sincera adhesión hacia él, sin deseo de explotación del arte en provecho del oficio, sin perseguir efectos pasajeros de éxitos por sorpresa para la sorpresa del auditorio. Rompió lazos que había contraído con respeto, cuando se sentía cohibido por ellos y retenido en demasía a la orilla por las amarras cuya vetustez reconocía. Por otra parte, se rehusó obstinadamente a formar con los jóvenes artistas, cuyos éxitos, exagerados a su modo de ver, exageraban sus méritos. No concedía la más ligera alabanza a lo que no creía ser una conquista efectiva para el arte, o una seria concepción de la misión de un artista. No quería ser preconizado ni por los unos ni por los otros con la ayuda de estos manejos, de estas concesiones que se hacen las diversas escuelas en la persona de sus jefes y que han introducido en medio de las rivalidades, de las usurpaciones, de las decadencias y de las mezclas de los diversos estilos en las diferentes ramas del arte, negociaciones, tratos y pactos semejantes a aquellos que forman el fin y los medios de la diplomacia, tanto como los artificios y el abandono de ciertos escrúpulos que le son inseparables. Rehusando el apoyar sus producciones con cualquier socorro accesorio para forzar su acogimiento, mostraba lo bastante que se fiaba de sus bellezas para hacerlas apreciar por si mismo y no procuraba precipitar ni facilitar su aceptación inmediata.
Él dio a nuestros ensayos, a nuestras luchas de entonces, tan llenas de incertidumbre todavía y que encontraban más sabios echados para atrás que gloriosos adversarios, el apoyo de una convicción tranquila e inconmovible, de una estabilidad de carácter a prueba de paciencia y de engaños, de una rara inflexibilidad de voluntad, al mismo tiempo que el auxiliar eficaz que lleva a una causa el mérito de las obras que puede reivindicar. Chopín acompañó sus atrevimientos con tal encanto, medida y saber, que quedó justificada, la confianza en su genio por la pronta admiración que inspiró. Los sólidos estudios que había hecho, las costumbres reflexivas de su juventud, el culto en el cual fue educado por la belleza clásica, le preservaron de perder sus fuerzas en tanteos malogrados y de medianos éxitos, como le ha sucedido a más de un partidario de las nuevas ideas. Su constante paciencia para elaborar y ultimar sus obras le ponía al abrigo de las críticas que envenenan los disentimientos amparándose de las victorias fáciles e insignificantes, debidas a la omisión y a la negligencia del descuido. Ejercitado desde el principio a las exigencias de las reglas, habiendo producido incluso obras bellas, en las cuales se había contenido, no las desechaba sino con el propósito de una perfección reflexiva. Siempre avanzaba, en virtud de su principio, sin dejarse arrastrar por la exageración ni seducir por las transacciones, descuidando voluntariamente las fórmulas teóricas para perseguir solamente sus resultados. Menos preocupado de las disputas de escuela y de sus términos que de darse la mejor de las razones, aquella de una obra conseguida, tuvo la dicha de evitar las enemistades personales y los acomodamientos enfadosos.
Con las apariencias más modernas, más sencillas, menos estáticas, Chopín tenía por el arte el respetuoso culto que le ofrendaban los primeros maestros de la Edad Media. Como para ellos, el arte era para él una bella, una santa vocación. Como ellos, estaba orgulloso de haber sido llamado y llevaba una religiosa piedad. Este sentimiento se reveló a la hora de su muerte en un detalle cuya significación nos la explican mejor aún las costumbres de Polonia. Por una menos extendida en nuestros tiempos, pero que sin embargo subsiste aún, los moribundos escogían a menudo las vestiduras con las cuales se hacían envolver, y que para algunos eran preparadas con bastante anticipación. Los más raros, los más íntimos pensamientos se expresaban o se denunciaban así por primera vez. Los hábitos monásticos eran frecuentemente elegidos por personas mundanas, los hombres preferían o rechazaban el uniforme de su cargo, según se uniesen a él recuerdos gloriosos o penas. Chopín que, entre los primeros artistas contemporáneos, fue el que dio menos conciertos, Chopín, no obstante, quiso ir a la tumba con el traje que se ponía para ello. Un sentimiento natural y profundo, manado de una fuente inagotable de entusiasmo por su arte, ha dictado sin duda este último voto, cuando habiendo cumplido escrupulosamente los últimos deberes del cristiano, dejaba todo aquello de la tierra que no podía llevarse al cielo. Mucho tiempo antes de la proximidad de la muerte había legado a la inmortalidad su amor y su fe en el arte, y ha dejado esta vida testimoniando, una vez más, y como de costumbre, por un símbolo mudo, la convicción que había guardado intacta durante toda su vida. Ha muerto fiel a sí mismo, adorando en el arte sus místicas grandezas y sus más místicas revelaciones.
Retirándose, según lo hemos dicho, de la corriente de la sociedad, Chopín llevaba sus solicitudes y sus afectos al círculo de su familia y a los conocimiento de su juventud. Siempre conservó sin interrupción, relaciones frecuentes con ellos, que cultivaba con gran cuidado. Su hermana Luisa le era la más querida, y una cierta semejanza de naturaleza y de espíritu y la inclinación de sus sentimientos les aproximó todavía de modo más particular. Ella hizo varias veces el viaje de Varsovia a París para verle y pasó en París junto a su hermano los tres últimos meses de su vida para rodearle de sus solícitos cuidados.
Chopín mantenía una correspondencia regular con los suyos, pero solamente con ellos. Una de sus singularidades consistía en no escribir cartas a nadie más, y pudiera creerse que había hecho voto de no dirigirse, nunca a extranjeros. Resultaba curioso verle recurrir a todos los expedientes para librarse de la necesidades de redactar la más insignificante esquela. Varias veces prefirió atravesar París de una punta a otra para rehusar una comida o dar parte de ligeras informaciones mejor que ahorrarse el trabajo escribiendo algunas líneas. Su letra era desconocida de la mayor parte de sus amigos. Se dice que se apartaba de tal costumbre en favor de sus bellas compatriotas, algunas de las cuales poseían varias cartas de su puño y letra escritas en polaco. Esta infracción a lo que hubiera podido tenerse por una regla suya, se explica por el placer que tenía en hablar ese idioma, que empleaba con preferencia con los suyos, con los cuales gustaba traducir las locuciones más expresivas. Dominaba muy bien el francés, como los eslavos en general, y por su origen francés le había sido enseñado con especial esmero. Pero se avenía mal, reprochándole ser poco sonoro al oído y de un carácter frío. Esta manera de juzgarlo está, por otra parte, bastante extendida entre los polacos, quienes se sirven de él con una gran facilidad, lo hablan mucho entre ellos, algunos mejor que su propio idioma, pero se quejan sin embargo, quienes no lo conocen, de no poder dar en otra lengua que la suya los matices etéreos y los cambiantes del pensamiento. Es, tanto la majestad, como la pasión, como la gracia, lo que, en su opinión, falta a las palabras francesas. Si se les pregunta el sentido de un verso, de una palabra citada por ellos en polaco, «¡oh!, es intraducible», es inevitablemente su primera respuesta dada al extranjero. En seguida vienen los comentarios que sirven sobre todo a comentar la exclamación y a marcar todas las finezas, todos los sobreentendidos, todos los contrarios encerrados en esta palabra: «¡intraducibles!». Hemos citado algunos ejemplos, los cuales, unidos a otros, nos llevan a suponer que esta lengua tiene la ventaja de imaginar los sustantivos abstractos y que en el curso de su desarrollo ha debido al genio poético de la nación el establecer entre las ideas una aproximación sorprendente y justa para las etimologías, las derivaciones y los sinónimos. Resulta como un reflejo coloreado, sombra o luz proyectada sobre cada expresión, y pudiera decirse también que hacen vibrar en el espíritu el sonido correspondiente de una tercera, que modula inmediatamente el pensamiento en un acorde mayor o menor. La riqueza de la lengua permite siempre la elección de la tonalidad, pero la riqueza puede llegar a ser una dificultad y no sería imposible el atribuir el uso de lenguas extranjeras, tan extendido en Polonia, a la pereza de espíritu y de estudio que quiere escapar a la fatiga de una habilidad de dicción indispensable en una lengua llena de repentinas profundidades y de un laconismo tan enérgico que la trivialidad es insostenible y la vaguedad difícil. Las asonancias de sentimientos mal definidos son incomprensibles en el fuerte nervio de su dramática; la idea no puede surgir de una pobreza singularmente desusada, mientras que quede por debajo de los límites del lugar común, exige una rara precisión de términos para no resultar barroca en extremo. La literatura de este país debe tal vez a este carácter del idioma el tener más obras maestras, en proporción con el número de sus autores, que otros países. Se siente uno maestro cuando se atreve a manejarlo.
En sus relaciones con sus padres, Chopín ponía una gracia encantadora. No contento con limitar a ellos toda su correspondencia, aprovechaba su estancia en París para procurarles mil sorpresas que dan las novedades, las bagatelas, los infinitamente (sic) pequeños, infinitamente bonitos, cuyo primor hace el encanto. Buscaba todo lo que él creía podía ser recibido con gusto en Varsovia y juntaba a sus cartas incesante envíos. Se interesaba mucho en que se conservase estos objetos, como para estar presente entre aquello, a quienes los destinaba. Por su parte, ponía gran estima hacia todas las pruebas de su afecto. Recibir noticias suyas o demostraciones de su recuerdo, era para él una alegría; no la compartía con nadie, pero se le notaba en el cuidado que ponía por todos los objetos que le llegaban de su parte. Los menores de ellos le resultaban preciosos, y no solamente no permitía servirse de ellos a los demás, sino que le contrariaba visiblemente que se les tocase.
La elegancia material le era tan natural como del espíritu y se acusaba tanto en los objetos que pertenecían como en sus maneras distinguidas. Le gustaban mucho las flores. Sin acercarse a la brillante riqueza con que algunas de las celebridades de París decoraron sus casas en esta época, sabía guardar en este punto, como en su toilette, entre lo excesivo y lo demasiado poco, la instintiva línea del comme il faut.
Sin confundir su tiempo, su pensamiento, sus pasos con los de nadie, la sociedad de las damas le resultaba preferible, por lo que obligaba a menos relaciones subsiguientes. Pasaba voluntariamente veladas enteras jugando al Colin-Maillard con jóvenes, contándoles historietas que les hiciesen reír con esa risa de perla de la juventud, más dulce que el canto del ruiseñor. El campo y la vida de Château le convenían. Era ingenioso para variar las diversiones y multiplicar los episodios regocijantes. Además, gustaba trabajar allí, y varias de sus mejores obras escritas en tales momentos, encierran quizá el recuerdo de sus días mejores.