Juventud de Chopín
Chopín nació en Zelazowa-Wola, cerca de Varsovia, en 1810. Por una rara casualidad en los niños, parece que en sus primeros años no guardó el recuerdo de su edad y que la fecha de su nacimiento no se fijó en su memoria sino por un reloj que le dio la señora Catalani en 1820, con ésta inscripción: «La señora Catalani a Federico Chopín, a los diez años de edad.» El presentimiento del artista reveló tal vez al niño la presencia de su porvenir. Nada de extraordinario hubo en toda su infancia, cuyo desenvolvimiento interior atravesó probablemente pocas fases y tuvo escasas, manifestaciones. Como era débil y enfermizo, la atención de su familia se concentró sobre su salud. Desde entonces, sin duda, tomó la costumbre de esta afabilidad, de esta especial gracia, de esta dirección sobre cuanto le hacía sufrir, nacida del deseo de tranquilizar las inquietudes que ocasionaba. Ninguna precocidad en sus facultades, ningún signo precursor de un notable desarrollo, revelaron en estos primeros años una futura superioridad de alma, de espíritu o de talento. Se veía a este pequeño ser sufriendo y sonriendo, siempre paciente y alegre y se apreciaba tan justamente su voluntad de no ser ni caprichoso, ni taciturno, que satisfacía sin duda el aprecio de estas cualidades, creyendo que entregaba su corazón sin reservas y manifestaba el secreto de todos sus pensamientos. Pero hay almas que al entrar en la vida son como ricos viajeros llevados por la suerte en medio de simples pastores, colmándoles, mientras que viven con ellos, de dones, relativamente nulos para su propia opulencia, su sin embargo, para maravillarles y repartir la dicha en el seno de sus pobres costumbres. Estas alma dan en afectuosas expansiones tanto o más que las que le rodean: satisfacen, se supone que han sido generosas, mientras que en verdad sólo han sido poco expansivas y poco pródigas de sus tesoros.
Las costumbres que Chopín conoció primero y entre las cuales creció como en una cuna sólida y blanda, fueron las de un interior unido, tranquilo, ocupado; estos ejemplos de sencillez, de piedad y de distinción le fueron siempre los más dulces y más queridos. Las virtudes domésticas, las costumbres religiosas, las piadosas caridades, la modestia rígida le rodearon de una atmósfera pura, donde su imaginación tomó esa blandura tierna de las plantas que nunca fueron expuestas al polvo de los grandes caminos.
Desde muy pequeño inició los estudios musicales. A los nueve años empezó, siendo muy pronto confiado a un apasionado discípulo de Sebastián Bach, Ziwna, que dirigió sus estudios durante largos años, según la enseñanza más clásica. Es de suponer que cuando se dedicó de lleno a los estudios musicales no ofuscaban sus ojos ni las esperanzas de sus familiares ningún prestigio de vanagloria, ninguna fantástica perspectiva. Se le hizo estudiar seriamente y a conciencia con el fin de que fuese algún día maestro sabio y hábil, sin inquietarse demasiado de la mayor o menor resonancia que pudieran obtener los frutos de estas lecciones y de estas labores de sus deberes.
Desde bastante joven fue llevado a uno de los primeros colegios de Varsovia, gracias a la generosa e inteligente protección que el príncipe Antonio Radziwill prestaba siempre al arte y a los jóvenes talentos, que reconocía con un golpe de vista de hombre y artista distinguido. El príncipe Radziwill no cultivaba la música como simple diletante; fue un compositor notable. Su bella partitura de «Fausto», publicada hace algunos años y que la Academia de Canto de Berlín ejecuta en épocas fijas, nos parece bastante superior, por su íntima unión, al genial poema, a las otras tentativas que fueron hechas para llevarlo a la música. Subviniendo a los muy escasos medios de la familia de Chopín, el príncipe le hizo el don inapreciable de una alta educación, en la que nada fue descuidado. Desde su entrada en el colegio hasta la terminación completa de sus estudios, siempre fue el príncipe quien, con su elevado espíritu, comprendía todas las exigencias de la carrera de un artista, quien pagó su pensión por la intervención de un amigo, Antonio Korzuchowski, el cual desde esta época conservó con Chopín, hasta sus últimos días, la relación de una constante amistad.
Hablando de este período de su vida, nos complacemos en citar las encantadoras líneas que pueden serle aplicadas más justamente que otras páginas en las cuales se ha creído percibir su parecido, pero en ellas no sabríamos encontrarlo más que en esas proporciones falseadas que formarían una silueta dibujada sobre un tisú elástico, que se hubiera desviado por dos movimientos contrarios.
«Dulce, sensible, exquisito en todo, tenía a los quince años todas las gracias de la adolescencia reunidas a la gravedad de la edad madura. Seguía delicado de cuerpo como de espíritu. Pero esta ausencia de desarrollo muscular le valió el conservar una belleza, una fisonomía excepcional, que no tenía, por decirlo así, ni edad ni sexo. No tenía el aire viril y atrevido de un descendiente de esta raza de antiguos magnates, que no sabían más que beber, cazar y guerrear; no era tampoco la gentileza afeminada de un querubín color de rosa. Era algo como esas criaturas ideales que la poesía de la Edad Media hacía servir de ornamento en los templos cristianos. Un ángel bello de rostro como una mujer triste, puro y esbelto de forma como un joven dios del Olimpo y para coronar este conjunto, una expresión a la vez tierna y severa, casta y apasionada.»
«Ése era el fondo de su ser. Nada era más puro y más exaltado al mismo tiempo, que sus pensamientos, nada más tenaz, más exclusivo y más minuciosamente dedicado que sus afectos. Pero este ser no comprendía más que lo idéntico así mismo, el resto no existía para él más que como una especie de sueño enfadoso del que trataba de sustraerse viviendo en medio del mundo. Siempre perdido en sus ensueños, la realidad le desagradaba. Cuando niño no podía tocar un instrumento cortante sin herirse; de hombre no podía encontrarse frente a otro diferente a él sin molestarse con esta contradicción viviente.»
«Lo que le preservaba de un antagonismo perpetuo era el hábito voluntario y pronto inveterado de no ver ni oír en general, lo que le disgustaba, sin tocar a sus afectos personales. Los seres que no pensaban como él se presentaban a sus ojos como especie de fantasmas y como era de una cortesía encantadora, podía tomarse como una benevolencia amable, lo que no era en él sino frío desdén, digamos, aversión insoportable.»
«No ha tenido nunca una hora de expansión sin desquitarla con varias horas de reserva. Las causas morales han sido muy ligeras, muy sutiles para ser recogidas a simple vista. Hubiera hecho falta un microscopio para leer en su alma, donde penetraba tan poca luz de los vivos.»
«Es muy extraño que con semejante carácter pudiese tener amigos. Tenía, sin embargo, no solamente los de su madre, que estimaban en él al hijo de una noble mujer, sino también jóvenes de su edad que le querían ardientemente y que eran queridos por él. Tenía de la amistad una alta idea y en la edad de las primeras ilusiones creía con fe que sus amigos y él, educados aproximadamente de la misma manera y en los mismos principios, no cambiarían nunca de opinión y no llegarían a encontrarse en desacuerdo radical.»
«Era exteriormente tan afectuoso por su buena educación y su gracia natural, que tenía el don de agradar incluso a aquellos que no le conocían. Su figura atractiva prevenía en favor suyo; la debilidad de constitución le hacía interesante a las mujeres; la natural y fácil cultura de su espíritu, la dulce y deliciosa originalidad de su conversación, le ganaban la atención los hombres esclarecidos. En cuanto a aquellos de un temple menos fino, gustaban de su exquisita cortesía y eran tanto más sensibles cuanto no concebían, en su franca simplicidad, que era el ejercicio de un deber en el que la simpatía no entraba para nada.
«Si ellos hubieran podido penetrarle hubieran dicho que era más amable que amante; y en lo que les concernía hubiera sido verdad. ¿Pero cómo hubieran adivinado eso cuando sus raras adhesiones eran tan vivas, tan profundas y tan poco recusables?»
«En el detalle de la vida era de un trato encantador. Todas las formas del acogimiento tomaban en él una gracia inusitada, y cuando expresaba su gratitud lo hacía con una emoción profunda que pagaba la amistad con usura.»
«Se imaginaba cada día que se iba a morir y en este pensamiento aceptaba los cuidados de un amigo y le ocultaba el poco tiempo que juzgaba que podría disfrutarlo. Tenía un gran valor externo, y si no aceptaba con la inconsciencia heroica de la juventud la idea de una próxima muerte, acariciaba al menos la espera con una especie de amarga voluptuosidad.»(14)
A estos primeros tiempos de su juventud se remonta la inclinación que sintió por una joven que no cesó nunca de profesarle un sentimiento impregnado de piadoso homenaje. La tempestad que en uno de los pliegues de sus ráfagas lanzó a Chopín lejos de su país como un pájaro soñador y distraído, sorprendido sobre las ruinas de un árbol extraño, rompió este primer amor y desheredó al desterrado de una esposa solícita y fiel al mismo tiempo que de una patria. No volvió a encontrar la dicha que había soñado con ella al encontrar la gloria en la cual quizá no hubiera todavía soñado. Era bella y dulce esta joven, como una de estas madonas de Luini cuyas miradas están llenas de grave ternura. Quedó tranquila pero triste, y la tristeza creció, sin duda, en su alma pura cuando supo que ninguna dedicación del mismo género que la suya vino a endulzar la existencia de aquel a quien hubiera adorado con una sumisión ingenua, una piedad exclusiva, con este abandono inocente y sublime que transforma a la mujer en ángel.
Aquellas colmadas por la naturaleza, de dones de genio funestos y bellos, son forzadas a no descuidar las inquietudes de su gloria por las de su amor, tienen probablemente el derecho de poner límites a las abnegaciones de su personalidad; pero puede suceder que se lamenten las divinas emociones debidas a su adhesión absoluta en presencia de los más brillantes dones del genio; porque esta ingenua sumisión, este abandono del amor que absorbe a la mujer, su existencia, su voluntad y hasta su nombre, en los del hombre que ama, es lo que puede solamente autorizar a este hombre a pensar cuando deja la vida, que la ha compartido con ella y que su amor le ha aportado, lo que ni el amante de ocasión ni el amigo de casualidad hubiera podido darle: el honor de su nombre y paz de su corazón.
Impensadamente separada de Chopín, esta joven fue fiel a su memoria, a todo lo que quedaba de él. Rodeó a sus padres de su filial amistad, y el padre de Chopín no quiso que el retrato que hubo dibujado en días de esperanza fuese nunca sustituido en su casa por ningún otro aunque fuese debido a un pincel maestro. Bastantes años después hemos visto las mejillas pálidas de esta mujer entristecida colorearse lentamente como enrojecería el alabastro delante de una luz mortecina, cuando contemplando este retrato se cruzaba su mirada con la del padre.
El encantador y fácil carácter que Chopín manifestaba en el colegio le hizo pronto querer de sus compañeros, en particular del príncipe Boris Czetwertynski y de sus hermanos. Cuando llegaban las fiestas y las vacaciones, iba con frecuencia a pasarlas con ellos en casa de su madre, la señora princesa Luis (sic) Czetwertynska, que cultivaba la música con verdadero sentimiento de buen gusto y que pronto supo descubrir al poeta en el músico. Quizá fuese la primera que hizo conocer a Chopín el encanto de ser comprendido al mismo tiempo que escuchado. La princesa era hermosa todavía y poseía un espíritu simpático unido a otras altas cualidades; su salón era uno de los más brillantes y solicitados de Varsovia. Chopín encontró en él con frecuencia las mujeres más distinguidas de la capital y allí conoció esas seductoras bellezas de celebridad europea y que en Varsovia tenían gran fama por el brillo, la elegancia, la gracia de su sociedad. Por mediación de la princesa tuvo el honor de ser presentado en casa de la princesa de Lowicz; en su casa le pusieron en contacto con la condesa Zamoyska, la princesa Radziwill, la princesa Teresa Jablonowska, todas encantadoras, a las que rodeaban otras bellezas menos ilustres.
Bien joven todavía, parecía sentir su propio ritmo personal según los acordes de su piano. En esas reuniones, que hubieran podido pasar como asambleas de hadas, pudo sorprender muchas veces quizá rápidamente desvelados en el torbellino de la danza los secretos de esos corazones exaltados y tiernos; pudo leer sin pena en estas almas que se inclinaban con atractivo y amistad hacia su adolescencia, y pudo fácilmente aprender de qué mezcla de levadura y de pastel de rosa, de salitre y de lágrimas angélicas, es compuesto el ideal político de su nación. Cuando sus dedos distraídos corrían por el teclado y extraían súbitamente algunos acordes conmovedores, podía entrever cómo se deslizan los llantos furtivos de sus jóvenes seducidas, de las abandonadas; cómo se humedecen los ojos de los jóvenes amorosos y celosos de gloria. ¿No sucedió que alguna jovencita al pedirle un simple preludio apoyó su brazo sobre el instrumento para sostener su cabeza soñadora, dejándole adivinar en su mirada el canto que exhalaba su corazón? ¿No se dio el caso de que un grupo semejante de ninfas enloquecidas le rodearan de sonrisas que le enseñaron a ponerse al unísono con sus alegrías, para obtener de él algún vals de vertiginosa rapidez? Allí vio desplegar en la Mazurca las castas gracias de sus magníficos compatriotas y guardó un recuerdo imborrable del prestigio de sus impulsos, y de su moderación.
De vez en cuando contaba con aparente negligencia, pero con esa involuntaria y sorda emoción que acompaña el recuerdo de nuestras primeras ilusiones que había comprendido, desde luego, todo lo que las melodías y los ritmos de las danzas nacionales podían contener y expresar de los sentimientos, los días en que veía esas bellas hadas en cualquier fiesta de gran magnificencia, compuestas y adornadas con estos deslumbramientos y esas coqueterías que hacen palpitar (freler) todos los corazones a su fuego, avivan, ciegan y desgracian el amor; sustituyendo por las suntuosidades de telas de Venecia, las muselinas de la India que los griegos hubieran dicho también que estaban tejidas de aire: por los orgullosos ramilletes de sus aderezos, las rosas perfumadas y las camelias de sus estufas y que le parecía que al son de la orquesta, por perfecto que fuese, rozaban menos rápidamente el suelo; que su risa le parecía menos sonora, su mirada de un brillo menos radiante y su cansancio mayor que en las noches en que la danza se improvisaba, porque había electrizado repentinamente al auditorio. Si le electrizaba es que sabía repetir en sonidos jeroglíficos, pero de fácil comprensión para los iniciados, los que había entreoído de las murmuraciones discretas y apasionadas de los corazones que podrían compararse a los fresnillos, estas plantas cuyas flores están siempre rodeadas de un gas tan sutil como inflamable. Había visto relucir fantasmas ilusorios y celestes visiones en este aire tan enrarecido y había adivinado qué enjambre de pasiones zumban sin cesar, como estas pasiones flotan en las almas y cómo están siempre dispuestas a medirse entre ellas, a sobreentenderse, a herirse, sin que sus movimientos y sus trepidaciones lleguen en ningún instante a perturbar la bella euritmia de las gracias exteriores, la quietud imponente y simple de la apariencia. Así fue como aprendió a gustar y tener en alta estima las maneras nobles y mesuradas cuando van unidas a una vivacidad de sentimiento que la delicadeza preserva del hastío, que la previsión impide enranciarle, que prohíbe a la conveniencia hacerse tiranía, al buen gusto de degenerar en rigidez y no permite jamás a las pasiones parecerse, como sucede a menudo fuera, a estas vegetaciones pedregosas y calcáreas duras y frágiles, tristemente llamadas flores de hierro: Flos-ferri.
Estos primeros encuentros con un mundo en que la regularidad de las formas no encubría la petrificación del corazón, acostumbraron a Chopín a creer que las conveniencias y el decoro, en lugar de ser una máscara uniforme encubriendo bajo la simetría de las mismas líneas el carácter de cada individualidad, no servía más que para contener las pasiones sin ahogarlas, a quitarles la crudeza de tono que las desnaturaliza, el realismo de expresión que las rebaja, la despreocupación que las vulgariza, la vehemencia que estraga, la exuberancia que cansa y para enseñar a los «amantes de lo imposible» a esforzarse en reunir todas las virtudes que el conocimiento del mal hace brotar, a todas aquellas que hacen «olvidar su existencia hablando a lo que ama»(15). Estas primeras visiones de su juventud, a medida que se hundían en la perspectiva de los recuerdos, ganaban aún más en gracias ante sus ojos, en encantos, prestigios y fascinándole más que cuanto ninguna realidad contradictoria pedía destruir y desmentir esta fascinación secretamente escondida en un rincón de su memoria y de su imaginación, hacía siempre más invencible su repulsión hacia esa libertad de modales, ese brutal imperio del capricho, esa obstinación en vaciar la copa de la fantasía hasta la hiel, esta fogosa persecución de todas las aventuras y de todos los disparates de la vida que se encuentran en ese círculo extraño y constantemente móvil que se ha dado en llamar la Bohemia.
Y como se ha visto muchas veces cuando surge un poeta o un artista que resume en sí el sentido poético de un pueblo o de una época y representa en sus creaciones, de una manera absoluta, los tipos que persigue y quisiera realizar, Chopín fue este poeta para su país y para la época en que nació. Resumió en su imaginación, representó por su talento, el sentimiento poético más extendido e inherente a su nación. Polonia tuvo muchos cantores, tiene algunos de primera categoría que pueden contarse como de los primeros poetas del mundo. Más que nunca se esfuerzan sus escritores en hacer resaltar las fases más notables y gloriosas de su historia y de su espíritu, los extremos más salientes de su país y de sus costumbres. Pero Chopín, difiriendo de ellos en que no tenía un propósito premeditado, los sobrepasó, tal vez, en originalidad. No ha querido, no ha buscado tal resultado; no se ha creado ideal a priori. Se acordó de esas glorias patrióticas sin partido deliberado de transportarse al pasado; comprendió y cantó los amores y las lágrimas contemporáneos sin analizarlos por anticipado. No estudió ni se ingenió para ser un músico nacional. Es posible que se hubiera asombrado al oírse calificar de tal. Como los verdaderos poetas nacionales, cantó sin propósito limitado, sin elección preconcebida, lo que le dictaba más espontáneamente la inspiración, y así es como surgió de sus cantos, sin cuidados y sin esfuerzo, la forma más idealizada de las emociones que habían aniñado su niñez, embellecido su juventud que se desprendió bajo su pluma, el ideal -si se me permite decirlo así- real entre los suyos, el ideal verdaderamente existente al que todo el mundo en general y alguno en particular se aproximan por algún lado. Sin pretenderlo, reunió en haz luminoso impresiones confusamente sentidas por todos los de su patria, diseminadas de modo fragmentario en los corazones y vagamente entrevistas por algunos. ¿No es debido a ese don de reproducir en una fórmula poética que seduce la imaginación de todos los países, los contornos indefinidos de los sentimientos esparcidos, pero con frecuencia encontrados entre sus compatriotas en lo que se reconoce a los artistas nacionales?
Puesto que ahora se ocupan, y no sin razón, en recoger con algún cuidado las melodías indígenas de diversas comarcas, nos parecería menos interesante todavía prestar alguna atención al carácter que puede afectar al talento de ciertos autores, inspirados más particularmente que otros por el genio nacional. Hay pocos hasta ahora cuyas composiciones notables salgan de la gran división establecida entre la música italiana y la música alemana; pero es de presumir que con el inmenso desarrollo que este arte parece destinado a alcanzar en nuestro siglo (renovando quizá para nosotros la era gloriosa de los pintores del cinque cento) aparecerán autores cuyas obras llevarán el sello de una originalidad extraída de las diferencias de organización, de raza y de climas; es de presumir que en la música, como en las demás artes, se podrán reconocer las influencias de la patria sobre los grandes maestros y distinguir en sus producciones el reflejo del espíritu de los pueblos, más completo, más poéticamente verdadero y más curioso de estudiar que en los esquemas borrosos, incorrectos, inciertos y vacilantes de las inspiraciones populares.
Chopín podrá ser calificado en el número de los primeros músicos que hayan individualizado en ellos de esta manera el sentido poético de una nación, el ritmo de las polonesas, mazurcas y krakowianas, con muchos de sus escritos que ha calificado de manera semejante. Si se hubiera limitado a multiplicarlos, no hubiera hecho más que reproducir constantemente el mismo contorno, el recuerdo de una misma cosa, de un mismo hecho, reproducción que pronto hubiera resultado fastidiosa, no sirviendo más que para propagar una forma que resultaría en seguida monótona. Si su nombre queda como el de un poeta esencialmente polaco, es por cuanto no ha empleado esta forma más que para estrechar una manera de sentir más general en su país que en otros y porque la expresión de los mismos sentimientos se encuentra siempre en todas las formas que ha elegido. Sus preludios, sus estudios, sus nocturnos sobre todo, sus scherzos y sus conciertos; sus más cortas composiciones, igual que las más considerables, respiran el mismo género de sensibilidad expresada en diversos grados, modificada y variada de mil maneras, pero siempre una y la misma. Autor eminentemente subjetivo, Chopín ha dado a todas sus producciones una misma vida y ha animado todas sus creaciones de su vida misma. Todas sus obras están ligadas por una unidad de la que resulta que sus bellezas como sus defectos son siempre consecuencia de un mismo orden emocional, de un exclusivo modo de sentir, primera condición del poeta para que sus cantos hagan vibrar al unísono todos los corazones de su patria.
Bien hubiéramos deseado hacer comprender aquí, por analogía de palabra y de imagen las impresiones que responden a esta sensibilidad exquisita al mismo tiempo que irritable, propia de los corazones ardientes y volubles, a las naturalezas altivas y cruelmente heridas. Nos envanecemos de haber acertado a encerrar tanta llama etérea y fragante en los estrechos límites de la palabra. ¿Será posible, sin embargo, el cumplimiento de tal fin? ¿No parecerán las palabras torpes, mezquinas, frías y áridas tras las potentes o tan suaves conmociones que otras artes pueden hacernos sentir, y no se ha dicho con razón, que de todas las maneras de expresar un sentimiento, la palabra es la más insuficiente? No nos envanecemos de haber alcanzado en estas líneas ese trazo de pincel necesario para recordar lo que Chopín ha pintado con tan inimitable ligereza de matiz, porque todo es sutil, hasta la fuente de las cóleras y los arrebatos; ahí desaparecen los francos impulsos, simples, espontáneos antes de exteriorizarse, pasando al través del filtro de una imaginación fértil, ingeniosa y exigente que las ha complicado y ha modificado el trazo. Todas ellas reclaman perspicacia para ser alcanzadas, delicadezas para ser descritas. Recogiéndolas y describiéndolas con arte infinito y un cuidado en extremo fino, es como Chopín ha llegado a ser un artista de primer orden. Igualmente sólo estudiándole extensa y esmeradamente, persiguiendo con constancia su pensamiento a través de sus multiformes ramificaciones, es como se llega a comprenderle del todo, a adivinar suficientemente con qué talento ha logrado hacerla como visible y palpable sin entorpecerla ni congelarla.
Estaba tan íntima y únicamente penetrado de los sentimientos de los tipos más adorables que creía haber conocido en su juventud, de estos sentimientos que quería confiar al arte, enfocaba a éste tan invariablemente de un mismo y único punto de vista, que sus predilecciones de artista no podían dejar de resentirse de ello. En los grandes modelos y las obras maestras del arte buscaba únicamente lo que correspondía a su naturaleza. Lo que se le aproximaba le gustaba; lo que se alejaba apenas obtenía un juicio imparcial. Soñando y reuniendo en sí mismo las cualidades, casi siempre opuestas, de la pasión y la gracia, poseía una gran seguridad de juicio que le preservaba de un mezquino particularismo; pero no se detenía ante las más grandes bellezas y los más grandes méritos cuando éstos se oponían a los puntos de vista de su concepción poética. Cualquiera que fuese la admiración que tenía por las obras de Beethoven consideraba que ciertas partes de ellas adolecían de alguna rudeza; su estructura era excesivamente atlética para que le complaciera; sus cóleras le parecían demasiado rugientes, entendía que la pasión está demasiado unida al cataclismo; la médula del león que se encuentra en cada período de sus frases, le resultaba una materia excesivamente sustancial y los seráficos y rafaelescos perfiles que aparecen en medio de las potentes creaciones de este genio se le hacían por momentos casi penosas por un contraste tan marcado.
A pesar del encanto que reconocía a algunas de las melodías de Schubert, no escuchaba con gusto aquellas cuyos contornos eran demasiado agudos para su oído, donde el sentimiento está al desnudo, en que se siente, por decirlo así, palpitar la carne y crujir los huesos bajo el abrazo del dolor. Todas las rudezas salvajes le inspiraban alejamiento. En música, tanto como en literatura y como en la vida misma, lo que se acercaba al melodrama le era insoportable. Rechazaba el lado furibundo y frenético del romanticismo; no soportaba los gritos de efectos y de excesos delirantes. «A Shakespeare sólo lo aceptaba con fuertes restricciones; encontraba sus caracteres demasiado estudiados sobre lo vivo y hablando un lenguaje excesivamente crudo; le gustaban más las síntesis épicas y líricas que dejaban en sombras los mezquinos detalles de la humanidad.
Es por lo que hablaba poco y escuchaba menos, no queriendo formular sus pensamientos o recoger los de otros más que cuando habían alcanzado una cierta elevación.»(16)
Esta naturaleza tan constantemente dueña de si misma, tan plena de delicadas reservas, para la cual la adivinación, lo entrevisto, el presentimiento, ofrecían ese encanto de lo indefinido, tan caro a los poetas que saben el fin de las palabras interrumpidas y de los pensamientos truncados, tal naturaleza -repetimos- no podía experimentar sino un malestar como de escándalo ante el impudor de lo que no dejaba nada por descubrir, nada a comprender el más allá. Y nosotros pensamos que si le hubiera sido necesario pronunciarse en este punto, habría confesado que para su gusto no era permitido el expresar los sentimientos más que con la condición de dejar adivinar lo mejor. Si aquello que se ha convenido denominar lo clásico en el arte le parecía que imponía restricciones demasiado metódicas, si rechazaba el dejarse esposar por este sistema convencional, si no quería encerrarse en la simetría de una jaula, era por elevarse hacia las nubes, cantar como la alondra más cerca del cielo azul, no tener nunca que descender de esas alturas y no darse al reposo sino sosteniéndose en las regiones elevadas como el pájaro del paraíso, del que decían antiguamente que no disfrutaba del sueño más que con las alas extendidas, mecido por el soplo del espacio en lo alto de los aires, donde suspendía su vuelo; pero rechazaba tan obstinadamente el hundirse en las guardias de los bosques para tomar nota de los aullidos y de los vagidos que lo llenan, como el explorar los desiertos horrorosos trazando senderos que el viento pérfido arrastra con ironía sobre el paso del temerario que prueba a formarlos.
Todo lo que en la música italiana es tan franco, tan luminoso, tan desprovisto de afectación al mismo tiempo que de ciencia; todo lo que en el arte alemán lleva el sello de una energía vulgar aunque poderosa, le gustaba igualmente poco. A propósito de Schubert dijo un día: «Que lo sublime era envilecido cuando le sucedía lo común o lo trivial.» Humell, entre los compositores de plano, era uno de los autores que leía con más gusto y Mozart representaba para él su tipo ideal, el poeta por excelencia, porque condescendía menos que ningún otro en franquear los grados que separa la distinción de la vulgaridad. Prefería precisamente a Mozart, lo que le hizo incurrir en este reproche de su padre que le decía después de haber asistido a una representación de «Idomeneas»: no tiene razón al no poner nada para orejas largas (sic). La alegría de Papageno encantaba la de Chopín; el amor de Tamino y sus misteriosas pruebas le parecían dignos de haber ocupado a Mozart; Zerlina y Mazetto le divertían por su refinada ingenuidad comprendía las venganzas de Donna Anna, porque ellas ponían más velos sobre su luto. Y, sin embargo, su sibaritismo de pureza, su aprehensión del lugar común eran tales que, incluso en el Don Juan, incluso en esta obra inmortal, descubría pasajes de los que le hemos oído lamentar faltas. Su culto por Mozart no era por eso disminuido sino como entristecido. Conseguía olvidar lo que le repugnaba, pero reconciliarse con ello le parecía imposible. ¿No experimentaba en esto las dolorosas condiciones de esas superioridades de instinto, irrazonadas, implacables, de las que ninguna persuasión, ninguna demostración, ningún esfuerzo llegan jamás a obtener ni siquiera la indiferencia por aquello de un espectáculo antipático y de una aversión tan invencible que es como una especie de idiosincrasia?
Cuando hubo terminado sus años de colegio y sus estudios de armonía con el profesor José Elsner, que le enseñó las cosas más difíciles de aprender, las más raramente sabidas: a ser exigente consigo mismo y tener cuenta de las ventajas que sólo se obtienen a fuerza de paciencia y de trabajo, sus padres quisieron hacerle viajar para que conociera las bellas ejecuciones de las grandes obras. A este efecto hizo cortas estancias en varias ciudades de Alemania. En 1830 había abandonado Varsovia para una de esas excursiones momentáneas, cuando estalló la revolución del 29 de noviembre.
Obligado a quedarse en Viena, se hizo oír en algunos conciertos; pero durante este invierno, el público vienés, tan inteligente de costumbre, tan fácil a todos los matices de la ejecución, a todas las finezas del pensamiento, estuvo distraído. El joven artista no produjo allí toda la sensación a la que tenía derecho de esperar. Dejó Viena con el proyecto de marchar a Londres, pero fue inmediatamente a París con el propósito de detenerse poco tiempo. En su pasaporte, visado para Inglaterra, había hecho poner: «Pasando por París.» Estas palabras encerraban su porvenir. Muchos años después, cuando parecía más aclimatado, naturalizado en Francia, decía todavía riéndose: «Yo no estoy aquí más que de paso.»
A su llegada a París dio varios conciertos, en los que fue vivamente admirado, tanto por la sociedad elegante como por los jóvenes artistas. Todavía recordamos su primera aparición en la sala Pleyel, donde los aplausos más atronadores parecía que no bastaban a nuestro entusiasmo, frente a este talento que revelaba una nueva fase en el sentimiento poético y tan felices innovaciones en la forma de su arte.
En contra de la mayor parte de los jóvenes que llegan por primera vez, no experimentó por un instante el deslumbramiento y la embriaguez del triunfo, lo aceptó sin orgullo y sin falsa modestia, no sintiendo ninguno de estos halagos de una vanidad pueril que experimentan los de éxitos improvisados. Todos los compatriotas que se encontraban entonces en París le hicieron la más afectuosa acogida: frecuentó con intimidad la casa del príncipe Czartoryski, de la condesa Plater, de la señora de Komar, de sus hijos, la princesa de Beauveau y la condesa Delfina Potocka, cuya belleza, la gracia indescriptible y espiritual hicieron uno de los tipos más admirados en los salones elegantes. A ella le dedicó su segundo Concierto, aquel que contiene el adagio, que ya hemos mencionado. La belleza etérea de la condesa, su talento y su voz encantadora le encadenaban con la más admirativa fascinación. Esta vez era la que habría de vibrar por última vez en su oído y confundir para él los más dulces sonidos de la tierra con los primeros acordes de los ángeles.
Veía a muchos jóvenes polacos; Fontana, Orda, que parecía llamado a un porvenir brillante y le mataron en Argelia a los veinte años; los condes de Plater, Grzymala. Ostrowski, Szembeck, el príncipe Casimiro Lubomirski, etcétera. Las familias polacas que después llegaban a París deseaban relacionarse con él. Siempre continuó frecuentando con preferencia un círculo, compuesto en su mayor parte de sus compatriotas. Por conducto de éstos no sólo estaba al corriente de lo que sucedía en su patria, sino en una especie de correspondencia musical con ella. Se deleitaba en que le enseñasen los aires, las nuevas canciones que traían los que llegaban para visitar París, y cuando las palabras de estos aires le gustaban, les añadía con frecuencia una melodía que se popularizaba rápidamente en su país, sin que el nombre de su autor fuese siempre conocido. Llegando a ser considerable el número de estos pensamientos debidos a la sola inspiración del corazón, Chopín pensó en los últimos tiempos en reunirlos para publicarlos. No tuvo nunca lugar y quedaron perdidos y dispersos como el perfume de las flores que cruza los lugares deshabitados para embalsamar un día los senderos del viajero desconocido que lleva la casualidad. Nosotros hemos oído en Polonia alguna de estas melodías que le han sido atribuidas y que serían verdaderamente dignas de él; pero ¿quién osaría ahora hacer un distingo incierto entre las inspiraciones del poeta y las de su pueblo?
Chopín se mantuvo largo tiempo a distancia de las celebridades más salientes de París; su brillante cortejo le azoraba. Por su parte, inspiraba menos curiosidad que aquellas, porque su carácter y sus costumbres tenían más verdadera originalidad que excentricidad aparente. Tenía, por otra parte, irónicas respuestas para quienes probasen explotar indiscretamente su talento. Un día al salir del comedor, un anfitrión mal informado le mostró un plano abierto, habiendo tenido la simplicidad de esperar y prometer a sus convidados como un raro postre algunos trozos ejecutados por él. Pudo advertir que de contar con ellos sin previo asentimiento se cuenta dos veces. Chopín rehusó primero; cansado al fin por una insistencia persistente en exceso, dijo con su voz más apagada como para ironizar más su palabra: «¡Ah! ¡Señor, si no he comido apenas!»