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ArribaAbajo- III -

Demasiada historia


Para mayor seguridad, es bueno, no acumular demasiada historia.



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ArribaAbajoDormir la lluvia

La lluvia lavó la tierra hasta dejarla cansada.

Su mirada se hace corta para tanto campo. «Siempre choca con la raya del fondo», suele decir Clemencia. Los zapallos, de doble propósito -para secarse y sostener las planchas de zinc-, están hinchados de agua. Un ruido seco se escucha cuando revientan. Después, van cayendo en pedazos.

Es mucha lluvia. Los días se van guardando, se estiran lentos y todo el cuerpo se vuelve pesado, como los zapallos.

Dos bueyes rumian el heno, sin apuro, al fondo del corredor, y sacuden alguna mosca insistente con ese temblor que mueve el sitio preciso.

Clemencia abre la puerta. Sigue mirando la inmensidad estancada. «Los días parecen salidos del mismo molde», murmura.

Vuelve a entrar. «Hay que dormir la lluvia», dice, y se acuesta.

Es una pieza grande, con varias camas. A veces se aloja algún campesino de paso. Otras, el padre se acuerda y pasa, y ocupa su puesto por uno o dos días.   —98→   Entonces Clemencia y sus dos hermanos son mandados afuera «a acompañar a los bueyes», como dice el hombre mientras reafirma su condición de dueño.

Después, parte.

A veces Clemencia «llora su propia muerte», como dice, encerrada en esa pieza que huele a lluvia y el campo que huele como pieza.

Otras, la camina hasta donde resistan sus piernas, queriendo sacudírselas como los bueyes las moscas.

Su madre vive su existencia sorda. Ya no le interesan ruidos o temblores ni las visitas del hombre. Tampoco se resiste.

Su sonrisa ha quedado escondida en el espejo del ropero grande donde se guarda todo lo que está en uso y también lo que se ha dejado de usar. Nada se tira.

Es una costumbre de tiempo heredada.

Clemencia cree que ya no tiene remedio. Le ocurre todos los años. Sufre la lluvia y espera esperanzada la tregua, esa tregua que viene lenta, como apagándose, hasta que la última gota, sin deshacerse, brilla por unos instantes.

Entonces hay que lanzarse a tirar en ese mismo campo esa fuerza detenida, limitada por el cuerpo, a punto de explotar.

Y remueve y remueve la tierra traspirando sacudidas que la inquietan.

Hace un tiempo que las siente. La persiguen día y noche.

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Antes le daban tregua, como la lluvia. Se han vuelto permanentes «como las enfermedades de vieja», piensa, y cree en verdad que algo le pasa, pero entonces la fuerza, no tendría tanta...

De noche traspira como en el campo.

Es como si el viento estuviera también estancado.

Puertas y ventanas están abiertas, sin embargo...

Inútil hablar con su madre sorda.

Se mira al espejo. Cree ver una sonrisa oculta que no es la suya.

Últimamente cree y piensa, piensa y cree, y la cabeza está tan hinchada como los zapallos.

También siente, siente que algo va a pasar, debe pasar antes de que prendan las plantas y recojan las semillas, antes que se preparen de nuevo para las lluvias.

Clemencia se alista para lo que no sabe. Duerme con los ojos abiertos. Despierta apretándolos para que no duela el golpe.

Esa noche sintió el temblor de bueyes, el ruido del campo, el relincho de un caballo, la cadena de enganche.

La puerta estaba abierta, como todas las noches. Costumbre de campo.

Sintió el cuerpo sobre el suyo, el aliento fuerte de hombre malgastado, malgastándola, humedad sin   —100→   lluvia, el dolor sucio de campo y caballo, de gota que revienta.

Apretó los dientes mirando las otras camas. Todos dormían.

Quebró el grito sin lanzarlo.

Casi pudo ver los pedazos aún tibios rebotar contra el suelo o la oscuridad, no supo de seguro, pero los sintió, igual que el dolor.

Pensó en esa muñeca que una vez tuvo -regalo usado de alguien-, toda desajustada: cabeza, brazos, piernas, como ella ahora.

No supo si era sueño el suyo, o eso que se parece a la muerte pero no dura tanto.

Cuando despertó, llovía, llovía en forma extraña, antes de tiempo.

Era una lluvia sin apuro, lenta, con el sol persiguiéndola. Se le marcaron las piernas cuando se paró.

Afuera, todo seguía igual.

El hombre se quedó dos o tres días, como de costumbre.



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ArribaAbajoCuando seas grande

Como muchas cosas que se traen de nacimiento, lo suyo era así de antiguo pero en esa época no tan notorio por más que hay recién nacidos de todos los tamaños y pesos, y da más o menos lo mismo que mida unos centímetros de más o de menos, o pese en esa misma proporción, «porque después se arreglan las cosas».

Siempre lo han dicho, por más que a nadie se le hubiera ocurrido preguntar sobre la duración de ese «después».

Pero era indudable que en algún momento tenía que llegar, por la firmeza y convicción con que se decía, y los años o los tiempos no han cambiado ese augurio inserto en tan pocas palabras.

Probablemente para no desprender la duda que llevaba impresa y que era dominio tanto de quien lo decía como del que estaba escuchando.

Todo era fácil de solucionar con un cabeceo involuntario a fin de evitar el encuentro de ojos y armarse de paciencia para esperar el «después».

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Pero Benigno parecía no preocuparse por la angustia de los demás, entregándose en pequeñas cantidades casi invisibles; en las juntas familiares de airosos padres y madres que iban con el centímetro a cuestas enunciando el número exacto de crecimiento mensual del niño, que rara vez bajaba de 4 o 5 -con algunos casos espectaculares que doblaban esa cantidad y se mantenían en cauteloso silencio, porque tampoco, en fin...-, Santina apenas iba moviendo los labios o masticando algún resto de algo, con tal de que el medio centímetro de Benigno pasara sin que se dieran cuenta, y la verdad es que era como para no darse cuenta.

Quizás desde aquella época lejana Benigno tuvo adversión a los números, y a veces los vomitaba en forma de sopa, porque también decían eso: «con tanto vómito, cómo va a crecer el pobre niño».

Lo que nunca se pudo decir de Benigno es que fue creciendo o desarrollándose; más bien era todo un proceso al revés que hacía temer que, en cualquier momento, iba a buscar el lugar de donde había salido a fin de desaparecer para siempre y que nadie tuviera más que ver con él.

Pero sólo algunas voces exageradas llegaban a esa predicción mientras Benigno, tranquilo, ocupando el lugar necesario, encontraba la forma de llegar adonde nadie podía, posesionándose de sitios intensamente deseados.

¡Quién como él para deslizarse entre piernas y más piernas, algunas no muy indicadas!

Pero tampoco era cuestión de ser demasiado «fijado» si era un obstáculo del que salía mejor parado   —103→   que cualquier otro, y ver el corso de carnaval en primera fila, casi al lado de las comparsas, alejado del apretujamiento en esas noches tan calurosas de febrero mientras los de las competencias de 4 o 5 centímetros debían ser colgados como monos de los hombros de los papás, no tan airosos como en esos certámenes verbales sino deshaciendo grasas bajo esas cargas movedizas, verdaderos pulpos con brazos y piernas abrazados en un cariño asfixiante.

Pero, aparte del carnaval, existía una obligación diaria, invento de quien sabe qué torturado que, en el límite de su resistencia, gritó a pleno pulmón: «¡que se creen las escuelas!»

Y aparecieron las escuelas, en donde soldados blancos destacaban cabezas bien peinadas que sobresalían del pupitre y podían ser vistas por el comandante situado al frente de la sala.

Benigno hablaba poco, no porque no supiera.

Lo hacía en la soledad de su presencia, para no olvidarse, logrando sonidos redondos que llegaran al oído y no sucediera, de pronto, que las palabras empezaran a encogerse hasta desaparecer por falta de uso y el oído perdiera la costumbre de escuchar, como los que de pronto ve en esos seres tan alejados de su tamaño que tejen con las manos las palabras para entenderse.

Porque era fácil que sucediera.

Si la maestra no podía verlo, ¿cómo iba a preguntarle?

Era casi comprensible.

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Y en esa espera de varias horas, tragando respuestas que se las sabía de memoria, llegaba a su casa indigestado de palabras hasta el punto de no querer hablar.

Se le ocurrió pensar si los niños se compran o venden por kilo, por eso de pesarlos al nacer, pero quizás eso también era parte de lo que sabría después.

Entonces llegó a sus oídos una frase que le sonó extraña, prometedora, una verdadera caricia.

La decían, eso sí, en forma descuidada, como desprendida de otra, parte o sobra, no estaba seguro, pero lo llenaba de ilusión eso de «cuando seas grande».

Y él tenía el intenso deseo de llegar a serlo.

Se colgaba por largo tiempo de las barras de ejercicio «para estirar el cuerpo», según decía, «para forzarlo a cumplir con sus obligaciones».

Pero eran tan altas, hechas para otros cuerpos, que se cansó del uso de una escalera de tres peldaños para poder alcanzarla.

Trató de olvidarse de su pequeñez resaltante, de esa diferencia de tamaño que le daba una visión distinta como si perteneciera a un mundo en el que había sido puesto equivocadamente.

Fue peor cuando el espejo reveló características que iban acomodándose para nunca más ser cambiadas, porque de eso sí se dio cuenta.

Santina, su madre, se paseaba en el silencio de la culpa, y el choque de su silencio con el de Benigno iba produciendo una sensación de taladro a punto de llegar al lugar preciso.

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El padre, ignorando cualquier responsabilidad en el asunto, prefería pasar más tiempo afuera que dentro de la casa.

Eso que llaman «tiempo» fue mirado como tren a la distancia, y la distancia iba disminuyendo el tamaño del tren.

El espejo acentuaba formas sin que hubieran pasado por cambios, de esos lentos que conducían a lo que hubiera querido llegar Benigno.

Un día, se encontró como sombrero sobre el cual alguien se hubiera sentado por descuido.

Y supo, como se saben muchas cosas, por convencimiento sin vueltas, que se le había acabado el gusto de la espera.

Nadie volvió a saber más de Benigno.

Tampoco preguntaron.

Después de todo, era visible a medias.

Santina y su padre ahondaron el silencio, y en esa sepultura se perdió el recuerdo de Benigno.

La verdad es que fue un alivio.

Claro que, cuando el viejo payaso de resorte se despereza en los rincones menos esperados de la casa, justo al paso de Santina o su marido, nada se logra con movimientos apresurados en el aire ni rascadas de cabeza en el lugar donde la sospecha ubica la conciencia.



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ArribaAbajoRiña de gallos

Catalino Bobadilla se las arreglaba bastante bien con un solo ojo, hasta el punto de no recordar -según decía- si la falta le venía de nacimiento o de más adelante, o si fue el hábito de mirar con un solo ojo hasta que el otro perdió fuerza por falta de uso como suele suceder, sin que la razón anote cuenta. Tampoco era cuestión de afirmar que lo tenía debajo de ese parche de pirata, y Catalino no era dado a las confidencias, ni siquiera en «comienzo de noche atacada por eclipses aventureros» -como llamaba a los oscurecimientos repentinos- que exigían todas sus agudezas ocultas, concentradas en su visión parcial.

La falta del ojo derecho lo volvió zurdo, porque así se compensan las cosas», y la relación cruzada era parte de su orgullo; claro que la zurda le daba problemas de alcance por error de orientación y, cuando quería hurgar el lado correspondiente de la nariz, la mano se le iba hacia el otro lado, y lo mismo sucedía con el ojo, haciéndole pasar malos momentos por esa tendencia a caminar tirándose a la derecha, gastando un costado del zapato más que el otro,   —108→   trastabillando cuando le convenía para que se condolieran sin llegar a sentir lástima, porque la diferencia era visible y todo lo visible captaba con mayor sensibilidad que nadie.

«De la falsedad más absoluta» calificó la ofensa de Emiliano Ramos, porque había que ser «falto de honor, de sentimiento, de corazón» para levantar ese tipo de testimonio, imposible de aceptar o creer, porque uno no apuesta así no más un ojo en una riña de gallos después de haber perdido hasta los calzoncillos largos, de franela doble, comprados por prescripción médica para evitar enfriamientos internos aunque, cuando lo azuzan «no se atreve, no se atreve» y la gente deja caer la quijada y aparece la lengua goteando el deseo de que la cosa se caldee, y los gallos piden guerra y uno no tiene nada más para apostar, recurre a lo que nadie espera o se imagina; pero, decir que el ojo se le había ido con un picotazo y que siguió mirando hasta perderse en la garganta del gallo, era demasiado cuando los testigos sobran, pero a veces los billetes corren y los testigos olvidan que son testigos, y la memoria se inclina por pendientes enredadas y se dice lo que la cifra impone, por un poco de compromiso y otro poco por necesidad, porque hay necesidades que no tocan fondo precisamente o, si tocan, saltan como resortes y en el camino recogen otras, y se es débil y se tiene familia y, después de todo, qué importancia tan grande puede tener el destino de un ojo y encima ojo de casado con mujer   —109→   e hijos, la vida hecha, y la mujer ni siquiera tiene tiempo de fijarse con tanto trabajo, y el parche se lo saca para cambiarlo por otro en forma solitaria, sin ayuda, y Catalino Bobadilla no se descuida ni suelta elástico ni por casualidad. Pero Emiliano Ramos se las tenía con él y llegó a decir que la falta de ojo en el hombre era de cuidado, hasta de temer, «porque, usted sabe, no hay que poner las palabras en fila para entenderlas»; y bastó la confidencia y el compadre «estos oídos no escuchan y, cuando cierro la boca, es contrato de llave y candado» para que se esparciera lo dicho, sin olvidar nombre o hacer diferencia de sexo, hasta que el desubicado de siempre, «Gumersindo debía ser», se lo dijo a Catalino Bobadilla, afirmando con la cabeza, rogándole que no dijera a nadie más. Y fue el comienzo de la mala racha porque Catalino se encendió entero -como arsenal que tienta al fósforo- diciendo que se lo iban a pagar, que en adelante eran otras las cosas que se apostarían a los gallos, y Emiliano Ramos fue el primero, el adecuado para desmanchar la ofensa, y el desafío marcó fecha y premio mientras cerraba los dos ojos y entregó el premio a Catalino anotando la pérdida, y la mujer de Emiliano tuvo que reconocer que lo de no tener un ojo nada tenía que ver con lo demás; pero Catalino no quedó conforme y siguió desafiando, y el honor era el honor, y cada cual aceptó por turno la culpa en cadena hasta que se puso en duda la suerte de Catalino para esas peleas de gallos, y de nuevo se movieron las lenguas y se levantó polvo, y se dijo que su gallo estaba cebado, que no podía ser de otro modo, que era la fuerza del ojo   —110→   tragado de Catalino la que ganaba el premio, y se armó en grande en la plaza mayor el último domingo de la temporada, porque quien más o quien menos sufrió la angustia de entregar premio y recibirlo de vuelta a sabiendas del deterioro, y se tiró la masa sobre el gallo abriéndole el vientre con su propio espolón sin encontrar rastro del ojo de Catalino. Entonces le sacaron el parche para ver si no se le había ido para adentro con esas emociones de domingo, pero el ojo estaba en su lugar, y el parche «locura de mal nacido, no hay donde perderse», dijeron, pero no era así, nada más que ilusión, ilusión de «pirata de tierra», como dijo para defenderse, y fue todo lo que alcanzó a decir.

Quedó tendido en la arena ensangrentada, con su gallo moviendo aún la cresta, mientras la mujer corría desde la casa con la pata de palo en alto como testimonio de defensa, una pata vieja y carcomida que guardaba encima del ropero, que le calmaba las ganas cuando su furia recorría mares imaginarios.



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ArribaAbajoUn tomate redondo redondo

Sentado en medio de la fila de la basura, dejó de hurgar; sostenía en la mano un muñeco de plástico, de esos que necesitan llenarse de aire para mantenerse firmes.

Soplaba con fuerza el niño, tapando con una mano el agujero por donde el aire se escurría. Estaba pálido y ni siquiera el esfuerzo había logrado teñir sus mejillas. Pero sonreía. El muñeco también. Parecía contento de que lo hubieran encontrado. La madre, con medio cuerpo metido en la bolsa de desperdicios, buscaba. Era una tarea de tiempo completo, organizada, y el resultado puesto sobre la vereda en montones separados: reusable, comible, apto para ser vendido y, el resto, sin ubicación en alguno de los montones.

La madre llamó la atención del niño pero el niño estaba distraído.

Hacía tiempo que un regalo como ese no pasaba por sus manos.

Y pensar que estuvo a punto de no prestarle atención, tan doblado estaba el conejo sobre sí mismo.

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Cuando lo extendió, lo oyó desperezarse. Con gran cuidado alisó sus orejas, patas, todo sobre la vereda.

¿Dónde se había hecho ese boquete que no lo dejaba incorporarse?

Un tomate había buscado refugio en el estómago abierto. El niño metió la mano y lo sacó. «Lo habrán tirado por descuido», pensó. «Está entero».

Miró a su alrededor. Nadie lo estaba observando.

Hizo desaparecer el tomate entero dentro de su boca.

«Vamos, se nos hace tarde y queda mucho por recorrer», gritó la madre, arrastrando al mismo tiempo una bolsa grande y los gruesos pies que sobresalían de las zapatillas que alguna vez tuvieron color y marca.

El niño no quiso arrastrar el conejo. «Puede dolerle», piensa, «y con la herida es suficiente».

La tarde empezaba a cerrarse con un cansancio pesado. La mujer sacó una botella de algún pliegue del vestido, echó la cabeza hacia atrás, alcanzando a ver el encendido de las estrellas antes de que el líquido terminara de perderse en su garganta.

«Qué puede importarme», dijo para sí misma. «Eso está muy lejos; acá no brilla nada».

El paso se hace incierto y la mano no controla el ir y venir de la botella. Se sienta en una esquina. El niño la imita. Es como una sombra. La mujer se pone a gritar al aire causas y consecuencias, razones y pretextos, mientras el niño esconde la cabeza. Es tarde y no pasa mucha gente. El niño saca el conejo roto y lo mira en forma distinta. Ya no le gusta   —113→   tanto, no como cuando lo encontró. Busca entre las ropas de su madre y vuelve a convertirse en sombra.

Parece agua, pero es fuerte y quema.

«Olor a enfermo», dice, mientras se limpia de una sola pasada la boca y la nariz que gotea como la boca; hasta los ojos gotean.

Se quedan dormidos.

El agujero del conejo ahora lo siente el niño muy adentro, en su propia carne. Sueña con el tomate, redondo, resbaladizo, suave; no quema. Despiertan cuando el sueño se ha evaporado, pero queda el olor y la lengua carcomida que pide algo más. Pero los órganos se acomodan en un intento por sobrevivir. Entonces busca de nuevo la botella pero tropieza con la mano de su madre, y ambos se revuelcan en el deseo que envuelve furias incontenidas. Y la botella se convierte en compañera de recorrido y se le habla con palabras que sólo ella entiende, palabras revueltas, a medias, inconclusas. Y la vereda es la casa, el descanso, el encuentro con otras botellas y nuevas sombras que van perdiendo el nombre y cruzan rápidamente el tiempo para hacerlo más corto.

Así llegó el niño, con sólo pasar frente a muchas escuelas, a completar su educación. Cuando lo hizo, el cuerpo se puso asopado y algunos dientes se cansaron de estar en línea recta, como esperando algo. Así que rompieron filas.

La madre ya no pudo seguir arrastrando las zapatillas que en el camino fueron dejando la suela.

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Se consiguieron una carretilla y, en ella montada, se creyó propietaria.

Veía las cosas de distintos colores y era feliz.

Pronto dejaron de estar solos: bocas parecidas, con los labios demasiado rojos y deformados, se unieron para empujar el bulto que reía dentro del transporte improvisado. Comparsa sucia, solitaria, de rebeldías acurrucadas.

La botella era cada vez más grande.

Se sorteaban las calles, sin reglamentos, y la dirección se perdía en un punto resbaladizo que apenas se insinuaba a lo lejos cuando la inconciencia iba golpeando como martillo la nuca.

El hombre no se dio cuenta; los demás tampoco.

Dieron mucho vuelo al carro, quizás, y la carcajada del grupo cortó el ruido quejumbroso del tren.

Las cabezas se fueron con el tren.

Cuando regresaron, el bulto al otro lado de las vías tenía la barriga abierta.

El hombre del tren creyó ver la redondez de un tomate, pero, no podía ser...



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ArribaAbajoPara mayor seguridad

Preguntó si podía quedarse a pasar la noche, por eso que dicen, usted sabe... los campos hablan... siempre a oscuras porque el hombre le asusta, lo llena con sus problemas a pleno sol, problemas que traspiran y le llega más susto... entonces, con las sombras viene el desquite.

A veces el desquite toma forma, un puro contorno o una luz de linterna andante a la que se le ve sólo la punta..., o vela encendida que no es vela, no, sino anima blanca que paga el noviciado, y esas son peores; aún tienen todo el diablo encima, por jóvenes, y corren con tanta fuerza que no hay cristiano que se les escape o compadre que de pronto no quede tieso.

Después dicen que son «muertes accidentales o confusas», sí señor, y empiezan a buscar culpables.

Siempre aparece alguno a quien cargar el bulto, y acusan y acosan hasta que dice sí no más.

Es lo que esperan para pegar el palo y seguir sembrando el campo con esas luces que no necesitan focos, fuegos fatuos, o como se llamen.

Aparecen como aparecidos y desaparecen igual, como de no creer, y tienen su propia movilización,   —116→   tanto el tieso como los otros, caballos alimentados en forma especial que funcionan de noche como si durante el día estuvieran recargándolos, y se arman verdaderas batallas.

Es peor cuando los árboles toman partido; se ponen a soplar de uno u otro lado -para avivar el fuego quizás- y, cuando la cosa se pone brava, se vuelven tormenta y da que pensar...

Cuando el susto no es tan grande uno imagina ventiladores, como los que dicen que usan en el cine; pero, ¿quién los ha visto si uno no va al cine? A veces las cosas se aprenden de oídas si se es bueno para aprender, como decía su madre la última vez que la vio, porque el tiempo se desparrama y cuesta juntarlo...

Cuando se hace el paquete, ya resulta demasiado...

«Lleva el caballo», me dijo; pero, ¿qué haría ella después, sola, en esa lejanía que ni tiene nombre?

Partí antes de que llegaran los que buscan culpables y los encuentran, porque para eso están...

El rumor de la venida llega, y uno quisiera no existir, pero existe.

Entonces le viene el miedo.

Si son especialistas.

Uno no quiere dejar de existir ya que la cosa está hecha, pero es como convertirse en ánima, la pura verdad, pero de ánima que pena de día como   —117→   de noche, ánima sin descanso, porque escapar es más difícil que lo otro.

Parece que ya estuvieran encima, pisando los talones de uno.

Llegan a doler, como comidos por calambres, y eso esperan, sí, que uno no pueda ya correr y caiga, pero les llevo ventaja, le digo; el susto me pega en la espalda, en los ojos, se mete por cualquier lugar abierto, y si los cierro, usted comprende...

El hombre respondió que sí, que vaya no más al granero, que se encargará de despistarlos si los otros se presentan, que vaya tranquilo y cierre los ojos para ahuyentar el miedo.

Así hizo Jovino Díaz, agachando la cabeza para agradecer, pero es distinto con caballo en el campo; hasta las ánimas lo respetan...

Pronto estuvieron preguntando, como saben preguntar.

Al hombre se le llenaron los ojos de puro susto.

Los hizo entrar, porque es costumbre.

Ataron los caballos con tres vueltas de lazo, un lazo bien cerrado para que dure.

Caminaron con paso lento.

Paso que no era de paso.

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Se sentaron con tranquilidad, con harta tranquilidad...

Al hombre le corría la sangre sin encontrar acomodo, caliente y fría a un mismo tiempo, con fuerza de mar o de cansancio, o de atropello...

Buscó dos vasos que sonaron el encuentro entre los dedos de la mano derecha, mientras la otra cargaba la botella para ocasiones especiales.

El hombre no se sentó, por respeto, pero cargó un vaso para él, para que no crean que no estaba con ellos, y se lo tiró a la garganta de un solo vuelco, igual que ellos, lagrimeando sin quererlo porque no sabía qué otra cosa hacer.

Quedó parado con el vaso limpio, volviendo a llenar los otros con esa caña buena que salía cosecha por medio, guardada para acompañarse en las noches sin luna cuando el frío hace aullar a los lobos.

No había forma de engañarlos... engaño y desprecio podía ser lo mismo.

La caña suspiró como todo lo que termina, un suspiro miedoso...

Se culpó por no tener más que esa botella.

Siguió parado en la espera, los brazos caídos colgando sumisión.

Golpearon la mesa... el hombre debía saber...

Trajo carne salada, pero no comió con ellos. No era tanta.

«El apuro puede aguantar la noche», dijeron.

Sintió humedad fría pero siguió parado toda la noche, visto por ojos abiertos o cerrados, no estaba   —119→   seguro, hasta que un gallo hizo temblar el aire, corte prematuro de un día demasiado temprano para cualquier cosa.

Tuvo ganas de negar con la cabeza, sólo con la cabeza, por si acaso...

Le faltó fuerza, sí, eso fue, la caña, la noche parada, el canto del gallo, la sangre inconsciente, el peso de la sangre, del pantalón...

La mano se levantó, como espantapájaro de un solo brazo.

Señaló sin quererlo, como cuando se hacen las cosas por miedo.

El miedo fue uno solo, el de Jovino Díaz, pero bien pudo ser el suyo si no hubiera levantado el dedo, la mano, en fin, todo el brazo, para mayor seguridad...



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ArribaAbajoVuelo de picaflor

(La tortura es una forma de poder)



Nos levantamos, con el cansancio de comienzo de domingo, cuando el sol empezó a molestar por esa parte de la persiana que nunca pudo cerrar del todo.

Algunos bostezos sonoros, acompañados de estiramientos de brazos, se hicieron sentir en las habitaciones que convergían en el cuadrado de descanso y llevaban al piso de abajo.

Fue una sola voz la que dio la alarma, la que detuvo el cuerpo en el primer escalón, y el dedo apuntó hacia la lámpara de tres luces y colores y formas distintas, de las cuales una sola, la de color miel, se encendía.

Aparecieron cabezas que se miraron, y luego cuerpos en actitud de ojos de sorpresa para escuchar un ruido que fue formando un temblor de varios colores, y un pico, indignado con la lámpara, arremetía sin mayores consecuencias.

«Es un picaflor», dijo una voz.

«Se llama colibrí», agregó otra.

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«¿Quién lo dejó entrar?», preguntó alguien.

«Hay que hacerlo salir»; «abran las ventanas»; «puede morir con esos golpes que se da»; «si tuviéramos una red»; «el taburete que está en el baño; quizás...», hasta que «¡déjenlo tranquilo!», rugió una voz grande.

Zumbaba en un revoloteo raro, hipnotizado por la lámpara, encaprichándose con el color miel.

«Se cree una abeja», dijo un cuerpo de tres años.

El desayuno fue tomado con apuro.

El colibrí seguía rondando el interior, desesperado por la falta de árboles, de espacio, confundido por luces que no conocía. La apagaron.

«Traigan una linterna».

Era una linterna pobre, tímida, una vela de pilas en verdad.

Quisieron dirigir al picaflor pero este ni se dio cuenta cuando la apagaron. La lucha por el derecho de ser el primero en el baño quedó postergada.

«¡Tan torpe el animal!», empezó a subir la rabia.

Alguien hizo ruido en la terraza golpeando tapas de ollas, siendo acallado por el grito: «¡no es una serpiente!»

Un conjunto de manos se elevó en el aire para formar corriente y enganchar en ellas al volador.

«Cada cual a lo suyo», dijo la voz grande, y se dispersaron manos y ojos y batas de levantar en un arrastre con desgano.

A mediodía no se observaba cambio alguno.

«Tendrá hambre», insistió el de tres años.

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«¿Y si se acostumbra a la lámpara?», dijo otra de más edad, siendo aplastada por una avalancha de miradas más antiguas aún.

«Nadie se acostumbra al encierro; ¡ja!», salió de algún lado, y todos juraron que nadie dijo nada.

Alrededor de las cinco de la tarde el drama seguía sin solución.

«Las tardes de otoño siempre están apuradas. Si oscurece, estamos fritos», comentó la empleada que se agregó al grupo. «Es mal augurio, igual que el Halley», dijo, envolviéndose las manos con el delantal.

Todavía recuerda. También que, para estar acostado, se necesita una cama, no una mesa con la luz metida en los ojos y los ojos en esa luna inmensa que enceguece. Lámpara de tres luces debiera ser.

«No es un hospital», piensa, acelerando la memoria.

Tampoco está enfermo.

No él, que puede dar un salto y meter la pelota y toda la mano en la red. Entrenamiento tres veces por semana, sudando el juego peleado, corrido, pero juego al fin. Levantarse temprano, dejar que el agua fría lo despierte, la mejor forma, la única quizás para ese sueño de cuerpo entero.

El colibrí pegado a la lámpara. No, no es eso. Es zumbido en el tímpano, escozor que no puede rascar. Está atado. Aprieta los ojos, los suelta y sigue viendo   —124→   lo mismo. No todo el tiempo es igual. Cuando no está el colibrí, unas caras deformes caen sobre la suya con aliento a fuerza, aliento insoportable que se completa con el accionar de una mano velluda -un orangután puede ser- que levanta una palanca y toda la cama tiembla con él, como si el picaflor estuviera adentro. Está atado para no caer. Pura consideración.

«¡Entró un picaflor, entró un picaflor!»

«Se dice colibrí».

«No es una serpiente», dijo Mirka, con seriedad de abuela.

Le lloran los ojos después del temblor de cama.

Cuando tiene suerte, deja de sentir y se hunde en el pozo de tierra del fondo del patio, donde «no arruinen el jardín», escucha.

«Está atontado de tanto golpear el pico contra la lámpara».

Es una luz que llega a atontar.

«¡Abran las ventanas para que salga!»

¿Para qué habrán abierto las ventanas? Siente frío, frío de adentro para afuera que vuelve a meterse porque no hay salida.

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Las voces hablan y el olor a cigarrillo le da vuelta el estómago, no, no es estómago, es mondongo nauseabundo con olor a vacío.

Hay comida, mucha comida en la mesa del domingo, comida arrastrada porque es domingo y el tiempo no importa, pero también es otoño y las tardes están apuradas.

«Cierren las puertas para que no escapen las tardes». El colibrí, ¿qué pasará con el colibrí? Recorre su órbita, se embota. Terminará acostumbrándose al encierro.

«¿Quién dijo eso? ¡Que lo repita si se atreve!»

Vinicio siente caer las hojas; lo van cubriendo. No, no son hojas, es el escozor, ese temblor de piel, el entregarse de brazos atados como una cosa. Hay un aglutinamiento de gente que lo empuja, lo empujan para que ellos puedan salvarse.

Tampoco puede ser.

Esas edades ya pasaron.

De nuevo el remezón.

Se aprieta los dientes... no sirve de nada. Grita, como gritan todos. No debe hacerlo. Puede asustar al pájaro. Pero si él también está asustado y tiembla un aleteo parecido.

Lo acosan con preguntas.

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Vinicio dice que nada sabe del colibrí, sí, sí, es lo que ellos dicen, cómo no lo admitió antes, es un infiltrado, un espía, lo que quieran, los malditos pueden tomar formas distintas.

«Quiero repetir la sopa». Lucha con los fideos que escapan... escapar...

«Tanto tiempo encerrado que olvidó de dónde viene el viento». Chocó contra una puerta el estúpido pájaro. Le dieron respiración boca a boca, le sobaron el lomo para que siguiera aleteando; no hubo caso...

Le golpean la cara para que reaccione y Vinicio abre los ojos, pero ya no ve nada, sólo manchas; se siente aliviado y los cierra; ni siquiera puede apretarlos.

Lo más grave es que se le está borrando el colibrí; caen los colores, siente algo de aire tratando de entrar por la nariz; debe ser la respiración boca a boca...



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ArribaAbajoDemasiada historia

El tiroteo comenzó en medio de la noche.

Por el ruido era fácil darse cuenta si rebotaba en el aire o se perdía en la blandura de algún cuerpo.

El sonido era cercano, explotando a veces en el mismo oído.

A ras del suelo, la curiosidad hacía levantar cabezas y volverlas a bajar al ver el resplandor correr en distintas formas y direcciones.

Parecían fuegos artificiales en ese cerro lleno de árboles, pero faltaba la alegría de las risas, los gritos de júbilo.

Era lunes, el día que se arrastra más perezoso que los demás.

El fin de semana no fue mejor. El aire estaba estancado y olía igual.

Zito sacudió la cajetilla vacía, hurgando el fondo con rabia. Luego la arrugó, tirándola del mismo modo.

El día se insinuaba como el anterior, parejo en la tensión. Era como una carga lenta de batería agotada.

El suministro de los servicios estaba en relación directa con el comportamiento de los hechos. A las   —128→   diez de la noche la oscuridad era de cuerpos y almas. El mercado negro de la luz no había sido pensado aún.

«Si se pudiera apagar la mente, o dejarla por lo menos en cuarto menguante», dice Zito.

Nadie responde.

Planearon el asalto juntos, pero era Zito el de la última palabra.

«En pueblo chico nada es posible ocultar», suena la voz ronca de Elizardo.

«Estoy seguro de que nadie habló», afirma Carmelo.

El silencio cerró la conversación.

«Acá estamos seguros. Ya sabrán cómo despistarlos».

Llevan varios días de encierro, pero les parece que sigue siendo lunes.

«Es mal día para cambiar las cosas».

«Si no se trataba de tanto cambio... parecían todos de acuerdo... que de acá iba a partir la cosa... que apenas sintieran los primeros disparos estarían con nosotros... No sé qué pasó», dice Carmelo.

«Nunca falta el que pone pie en dos fiestas... esto no sucedió porque sí... lo teníamos pensado, hasta el último detalle...»

«¿Dónde quedó Solano?»

«Lo habrán agarrado al pobre».

«A ese nadie lo agarra».

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«No digas tonterías. Era el más entusiasmado».

La frase siguió sonando.

«Hay que moverse», dijo Zito.

«¿Moverse adónde?»

«A cualquier lado. Hay que separarse».

Zito empezó a cruzar la habitación y a descruzarla con verdaderas zancadas, llevando y trayendo un viento nervioso con la camisa abierta. Todos estaban traspirados de encierro. La posibilidad de una ducha se les hacía tan ilusoria como un vuelco inesperado.

Al correr de las noches, el tiroteo fue cediendo.

Parecía haber un cansancio por lado y lado, una tregua repartida.

El sobresalto comenzaba al despuntar el día, como si la luz fuera a dejar el escondite al descubierto. Querían sacar a uno, sólo a uno, de la silla que había calentado por tanto tiempo, la que tenía hasta el contorno de las asentaderas.

«Quebrando la pirámide por el vértice se desmorona la torre», decían.

«Hay pirámides hechas de concreto, de comienzo a término», dijo de pronto uno de ellos, y cayó en redondo como verdad sin respuesta, sin ánimo de discutirla.

«Es cuestión de seguir en el intento, de darle duro, una detrás de otra hasta que por lo menos aparezcan grietas».

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«Ese Solano se me apareció en sueños, calzando botas de charol, aplastando cuanto bicho se le pusiera en el camino».

«Pertenece al movimiento ecologista», rió alguien, pero el resto no lo hizo. «Eso del sueño es cosa seria cuando se está espirituado y cualquier ruido tiene piernas».

Se prepararon para partir.

Saldrían arrastrándose, a intervalos irregulares.

Zito primero, para husmear el peligro.

La puerta, apenas entreabierta, arañó su cuerpo.

Alcanzó a arrastrarse unos metros, casi creyendo que todo había terminado, que la cosa quedaba ahí...

Vio altas y brillosas como en el sueño, reluciendo de abajo arriba a Solano con sus botas, con cara de sabelotodo, de «a quién se le ocurre», de «hay que saber de qué lado atrincherarse».

Los demás no necesitaron arrastrarse para salir.

«Conque el que dirige se coma el polvo es suficiente», rió Solano con ese diente de oro que hacía más terrible su risa.

«Eso de jugar a ser soldado no resulta», dijo, «¡hay que serlo!», rugió, como rugen todos cuando llevan las riendas.

Parecía un ensañamiento el de Solano, del que se alimentaba con placer, eso de que lo sirvan hasta en los más bajos menesteres día a día.

Duró «largo y tendido», como se dice, lo suficiente para curarse de confianzas a destajo, a corazón abierto.

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Pero le llegó el turno a Solano de caer en desgracia, para gracia de muchos. Se le agradecieron los servicios prestados y lo prestado hay que devolver con igual agradecimiento y los pantalones hechos mierda.

Siguió paseando las botas altas hasta que el charol se resquebrajó.

Zito y los otros volvieron a intentarlo, en menor escala, entrando y saliendo de encierros obligados. Ya lo llevaban demasiado adentro como para que dejaran de molestarlos.

Elizardo se retiró amigablemente del grupo. «Los años van dejando huella», dijo.

Zito sigue con la misma bandera, sintiendo que es cierta la frase de Elizardo, sintiendo rabia por esa herrumbre que agarra a la gente, a las cosas, y las deja con la paciencia acabada por exceso de ella.

Carmelo partió. «Es mejor el sol ajeno que el que uno no puede disfrutar», afirmó.

Zito tiene una arruga marcada a ambos lados de la boca, comenzando en la nariz.

Afirma que no es arruga sino una risa preparada para el gran día, porque «de verdad, dígame compadre ¡hasta cuándo seguiremos escribiendo esta historia!»



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ArribaEspecificación clara

«Necesita sello fiscal: uno de 50 y otro de 20», le dicen a Marco Antonio.

«Tengo tres de 20 y uno de 10», responde aliviado.

«No le sirve porque no hay espacio para poner tantos. La especificación es clara», le contesta la funcionaria.

Marco Antonio mira el pasaporte.

Piensa diferente, pero está del lado del mostrador que no decide.

«¿Dónde puedo comprarlos?»

Le dicen en donde.

El tiempo está amenazante. Si las nubes llegan a desplazarse más rápidamente que él, no habrá forma de terminar el trámite en el día porque, cuando llueve, es mejor dar paso a la lluvia y no interferir con su entusiasmo.

Camina sin mirar el cielo.

Debe cambiar ese pasaporte lo antes posible. Debió cambiarlo.

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La mañana es rápida. Se corren horas de calor que agrietan la paciencia, la desaguan y corre por la frente, y forma hilos deslizantes entre la camisa y el cuerpo; los ojos se llenan bajo los lentes oscuros y el aspecto de trapo estrujado se refleja en la foto carnet de tres por cuatro en colores, debe ser en colores, y nada tiene que ver con la foto anterior, la del documento vencido, entonces la funcionaria va a preguntar, tiene que preguntar, para eso está, tiene cara de pregunta con signo y todo, y también tiene respuesta.

Funciona sin necesidad de interlocutor: un desamparado que sólo estira el brazo con lo que le piden y pone ojos de querer complacerla.

Marco Antonio se mira en la foto.

El tiempo ha actuado con gran oficio.

Casi no es el mismo.

Sabe que la funcionaria preguntará si es él el de la foto, y tendrá que sonreír sintiendo que algo se le derrite por dentro, miedo desatado por preguntas, esperando que decida levantar la mano en cámara lenta para estampar el sello que libera.

Vuelve a tomar la calle.

Las nubes descienden y se apresuran, marcha de nubes parece. Eso de filas y marchas y orden encuadrado distorsiona últimamente el desarrollo de sus pensamientos corrientes.

Una mujer, con un niño en brazos, avanza en sentido contrario. «¿Qué pasará con ella si llueve?», piensa de paso. «¿Y el niño?» Una bolsa le cuelga de un hombro. Está descalza. Tiene aspecto chorreado sin   —135→   lluvia, es flaca, cabello largo, liso, puro ojos de cansancio retenido, demorado.

La mujer queda atrás.

«Poco se le parece», dice la funcionaria levantándose con la foto, desapareciendo detrás de una puerta cerrada que empuja, puerta cerrada importante.

«Tendrá que repetir la foto», dice; «mientras tanto le tomaré los datos: ¿nombre del padre? ¿Apellido paterno del padre? El materno también. ¿Dónde nacieron?»

«Del Hijo y del Espíritu Santo», murmura Marco Antonio.

«¿Qué dice?», se agrieta la funcionaria.

«Estaba distraído», contesta Marco Antonio.

Deletrea apellidos fáciles, escribe en el papel los otros. «Es una mezcla de continentes», dice, queriendo dar conversación, hacerla hablar para que no pregunte tanto; pero lo quiere saber todo, una radiografía, no, un «scanner», una intromisión íntima, injerencia extranjera, pero es distinta la injerencia interna, los tuétanos para afuera, darle vuelta como un guante, un calcetín, un resto de hombre.

«Vuelva dentro de ocho días».

«Es sólo para renovar, lo necesito con urgencia». Apela a todo su atractivo, ríe con cada ojo por separado, los vuelve a juntar y apoya al descuido una mano sobre el escritorio cruzando las piernas. Error. El escritorio es la representación gráfica del poder.   —136→   Marco Antonio se da cuenta y deshace su alcance teatral. La mujer no se inmuta.

«¿Podrá ser un poco antes?», pregunta hecho una alfombra.

«No le puedo asegurar. Traiga la foto y después veremos».

La funcionaria baja la cabeza y continúa escribiendo lo que siempre escriben. Queda sorda para futuras preguntas.

Marco Antonio sale. Ni siquiera es capaz de darse vuelta y dejar la espalda ofensiva como última imagen para la mujer. Sólo retrocede, igual que ante la realeza.

En la calle ha empezado a llover.

Piensa en esa joven con el niño en brazos, sin pretender encontrarla. Sin embargo está ahí, parada en la esquina, ausente, extraña a gente, nubes o apuros en distintas direcciones, o documentos vencidos.

Marco Antonio quiere hablarle para que sepa que alguien se interesa, pero ella no parece oír; acuna suavemente a la criatura y Marco Antonio se da cuenta que la criatura está muerta.

Saca un billete de su bolsillo y lo muda al de la mujer. «Nada tiene arreglo, a nadie le preocupa», piensa, queriendo abrazarla, ponerle al tanto de derechos, enumerar cifras; pero repite frases repetidas, la presiona de ojo a ojo para que le llegue lo que siente, lo que sufre, lo que no puede hacer por ella, la necesidad de «compartir puertas de salida, sólo de salida», como le dice, y la toma del hombro para llevarla a algún lado, pensando rápido, recorriendo la memoria,   —137→   pero no se le ocurre, como sino le funcionara la cabeza, y ella lo mira, da vuelta y se pierde, como si nunca hubiera existido.

Ya no corre la prisa anterior.

Tiene una semana de espera, de angustia, porque se dan tiempo para pasarle a uno por un cedazo (expertos en la materia) mientras la bilis va llenando lugares por los que nunca entra, y los hilos se acortan por la desesperación de toda espera hasta que se le enroscan a uno alrededor del cuello, cordón umbilical moderno, derecho de algunos cuando los de otros están en receso, cesantes. Debe apurarse, quizás algún resquicio de esos que aún no han sido mentados, un golpe bajo, un gol en su propio arco...

«Debo juntarme con los muchachos», se angustia Marco Antonio, «pero es mejor que me las arregle solo, sin conexiones, para que no escarben y encuentren, por más que no haya nada que encontrar».

Al octavo día, Marco Antonio vuelve. Lleva la foto, los sellos fiscales reglamentarios, el cinturón de castidad, no, qué locura, ¡las cosas que se le ocurren!

«Le tendré que tomar de nuevo los datos», dice la funcionaria, «se extravió el expediente». «¿Nombre?», pregunta, pero Marco Antonio tiene ese claro mental que le viene de vez en cuando, un ahogo del cerebro, una fuga del contenido, unas ganas desaprovechadas por el control excesivo, y la mira como si no la estuviera viendo, como si respondiera a los otros   —138→   de memoria. «Pájaro loco», dice con toda calma, «treinta años, más cuatro de encierro, tres de persecución, cuatro de espanto callejero diario y no sé cuántos de angustia. Haga usted la cuenta», le dice, y esta vez se da vuelta y le da la espalda y lo de más abajo, y desaparece para buscar algún paso no registrado en el mapa para cambiar de tierra y nacer de nuevo, por más que sabe que la tierra huele diferente en cada lugar y el olfato está hecho de costumbre, y la costumbre lleva tiempo, y eso se agota y, al final, uno quiere volver a nacer donde nació.







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