El lenguaje usado para la narración de leyendas y cuentos tiene un
sentido sólo en nuestra civilización occidental. Concibe el relato
como una progresión de hechos que tienen coherencia entre sí porque
se narran sucesivamente y poseen un hilo conductor que los
encadena. No siempre ni en todas partes fue así: más de un cronista
americano habló de la presunta dificultad que a su entender tenían
los indios para expresar correctamente sus mitos y creencias. Según
tales cronistas los relatos no tenían sentido y parecían hechos de
retazos aislados e inconexos. Algo semejante a nuestros sueños, de
cuyas imágenes parece que nos queda siempre una sensación de
instantaneidad, de fogonazo que ilumina durante un momento una
estancia para volver a dejarla en la oscuridad. Los mitos en las
culturas indias eran, sin embargo, el reflejo de un estado natural,
de una religiosidad sin dogmas; eran relatos orales entregados como
versiones y comentarios de cosas que pasaban o habían pasado, de lo
que se decía que aconteció o había de suceder y quien lo relataba
lo revivía o lo imitaba. No pretendían, por tanto, ser verdades
inapelables sino imágenes que se recreaban oralmente y se renovaban
y transformaban constantemente, como las posturas de un animal
cazador o las formas de las nubes en el cielo. Los temas, desde
luego, eran los mismos que nos preocupaban a los occidentales (el
fin del mundo, la multiplicidad del universo, la fragilidad del ser
humano, el interés por los otros o el respeto al entorno), pero sus
concreciones, lejos de revestirse de seriedad, eran fugaces y
cambiantes. Su coherencia no radicaba en la cohesión de los hechos
entre sí, sino en la relación de esos hechos con la propia
existencia, con la propia mentalidad. Muchas culturas indígenas
(indígena en realidad significa “nacido allí”) todavía conservan,
en hermosos relatos entregados cuidadosamente por la tradición
oral, el recuerdo de ideales épocas pasadas denominadas
genéricamente como “tiempo de los sueños” o más sutilmente edad de
la poesía, es decir períodos de tiempo en que la imaginación y la
memoria superaban a la realidad en la mentalidad humana.