Acerca del uso de minerales en la medicina popular existe una gran
tradición que se fija desde la Edad Media en libros y tratados como
el Lapidario que manda reunir y traducir Alfonso X con todos los
conocimientos sobre el tema acumulados en distintas culturas hasta
su época. De la lectura de textos como el Lapidario se pueden
extraer dos conclusiones básicas: el enorme repertorio de
conocimientos teóricos que tenían los alquimistas anteriores al
Renacimiento y el escaso nivel de la medicina práctica. Nos
remitiremos a algunos ejemplos: al hablar el autor del Lapidario de
la piedra que llaman ceraquiz, tras describirla y definir sus
propiedades, concluye: “Tiene tal virtud que impide el parto de
este modo: que si la ataren en cuero de cordero que sea degollado
con cuchillo de acero fino, y la colgaren sobre la natura de la
mujer, la estorbará que pueda parir de ningún modo, así que
conviene que se la quiten al tiempo del parto, si no, por fuerza
habrá la mujer de quebrar o morir”. Hablando en otro lugar de la
virtud de la piedra bedunaz, determina: “que si de ella molieren
como un cuarto de dracma y la mezclaren con algún líquido y la
metieren al leproso por las narices, sana a la primera vez, si la
lepra no fuere tan fuerte que haya quitado algún miembro, pues esto
no se puede recobrar por la virtud de la piedra”. Finalmente, de
otra piedra a la que llaman çulun, dice: “Cuando es quemada, hacen
de ella medicina muy buena que retiene y enfría mucho y por tanto
es buena para las postemas calientes, señaladamente para aquella
que llaman carbunclo… Si la hacen polvos y los frotan sobre las
encías sana las cavaduras que haya en ellas y también la comezón de
la boca… Aún tiene otra virtud muy extraña: que si la molieren y la
amasaren con vino e hicieren de ella como una bellota y la pusieren
en la natura de la mujer, impídele empreñar”.
Las piedras, en ocasiones, tenían calificativos, como las de Santa
Lucía (que en el País Vasco se usaba para colocarla sobre los ojos
enfermos y que era en realidad un fósil de erizo de mar) o las de
Santa Casilda, un aragonito o carbonato de cal, que se consideraba
eficaz contra los flujos. La piedra del águila o de San Juan, que
es un nódulo de limonita, evitaba los abortos y favorecía el parto.
La piedra del rayo libraba de las exhalaciones y por eso la
llevaban los pastores en sus zurrones; la creencia era que el rayo,
al caer en la tierra, se sepultaba profundamente y tardaba siete
años en aflorar en forma de piedra con propiedades extraordinarias.
La piedra de leche, por ejemplo, suele ser una piedra de creta
blanca o un pequeño hacha de sílex de aquellos usados en períodos
prehistóricos, a los que se les aplicó después alguna virtud que
perpetuara su valor; su principal cualidad era proporcionar una
lactancia sin problema a madres y recién nacidos.