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Abajo

Efectos especiales

Sara Karlik



Cubierta

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«El futuro nos tortura y el pasado nos encadena. He ahí por qué se nos escapa el presente.»


G. FLAUBERT                






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ArribaAbajo- I -


ArribaAbajoLugar de ánimas extrañas

Tenía un modo peculiar de escupir, como preparado para cada ocasión, con ruidos y largos especiales, de forma más cargada o liviana según la impresión que quisiera hacer.

«Es cuestión de dar a cada cosa su importancia y su tiempo», se decía. Mascaba cigarro de «no más de tres vueltas», explicando que después de ese ejercicio el escupitajo estaba listo para ser lanzado.

No era hombre mal parecido. Más bien mal construido, es decir, no todo en él era derecho o bien puesto. Manos demasiado anchas o grandes, el cabello protegiendo grasosamente la nuca, venas enormes jugando en la garganta mientras hablaba o movía el cigarro, las orejas de alas anchas que impedían el calce de un sombrero normal y, el resto, bastante desaprovechado. Sobre todo los ojos, que nada tenían que ver con él, pues Modesto Obligado no era hombre para hablar o escribir con ellos, unos ojos alertas como si los hubieran extraído de una adivina o fueran herencia de algún familiar con delirio de vidente.

Era hombre de noches anudadas, de esas que se estancan sin ganas de continuar, o era su actitud de retardo la que cansaba al tiempo, su caminar también tardío como si temiera encontrarse con tropezones imprevistos.

En ese lugar las cosas eran arregladas con escupitajos y, quien más quien menos, se preciaba de su dominio.

Las lenguas tenían hendiduras extrañas, canales de salida o aberturas de fuegos consumidos.

  —12→  

Modesto Obligado se presentó, con antecedentes indiscutibles, a la espera de que Filomeno Ovelar reconociera, de una vez por todas, su superioridad y maestría.

Pero algo le estaba pasando últimamente a Modesto Obligado. Tal vez la quebrazón de la lengua se volvía demasiado profunda por tanto esfuerzo, reteniendo restos que hacían pobre el desalojo.

Aun así, a sabiendas de esa anomalía, Filomeno Ovelar traía temor encima. Los últimos días los había pasado entrenando la lengua, bebiendo infusiones de hierbas frescas que sólo crecen a orillas de los arroyos, preparadas por Presentación Leal, medio india medio maga, quien conocía el arreglo para cada cosa.

Pero Presentación Leal andaba con escapes de memoria desde la última regla ocurrida años atrás y Filomeno Ovelar temió que la mezcla de hierbas sufriera engaños de agregados o mermas y la mujer equivocara el arreglo. Tuvo una hinchazón pasajera de lengua que lo obligó a estar un día entero sin poder lanzar «la bala», como decía.

Modesto Obligado estaba en su mejor momento, a pesar del fuego en un costado del labio, «pura tensión de estómago nervioso», que no le permitió, esa mañana, el lanzamiento recto del escupitajo.

Consideró innecesario recurrir a Presentación Leal, optando por aplicarse hojas de plátano para aliviar el calor.

El poblado seguía de cerca la situación.

Después de la riña de gallos, la competencia de escupitajos era otra parte importante de las actividades de días festivos.

El anuncio estaba puesto en puntos visibles de modo que los viandantes pudieran ver y desviar sus rutas para asistir al evento. La lluvia del día anterior   —13→   había desteñido algunos carteles, pero bastaban los restos del anuncio para conocer el programa.

Daba la impresión de que la misma tierra iba poniéndose a punto -igual que carne de cocimiento lento- para la competencia. Algo había en el aire, choque de corrientes o corrientes persiguiéndose, algo extraño sólo envuelto en percepciones de difícil encuadre.

El asueto de los gallos tensaba la noche.

Las lenguas estarían remando boca arriba y boca abajo para formar río.

El desafío recorría árboles y portones -murallas alineadas en posición de espera- mientras la noche aspiraba su término para que la cosa se inicie. Uno a uno los interiores de las casas se apagaron y los ruidos fueron mordidos por la quietud.

Modesto Obligado no encontraba espacio para su cuerpo, flotaba más bien dentro de él, sin animarse a fijarlo, a detenerse y frenar la circulación excesiva de su sangre.

Presentación Leal le aseguró que no guardaba resentimiento ni había tomado partido a pesar de haber sido ignorada por Modesto la bondad de sus virtudes. Aun así, Modesto no podía controlarse. Era la primera vez que era puesta en duda su calidad de escupidor.

Modesto Obligado durmió un resto de noche con la ventana abierta en cierto ángulo para recibir un tajo de luna, lo necesario para paliar las sombras. Sus sobresaltos cambiaron de lugar el tajo, asustándolo con su juego perseguidor.

Filomeno Ovelar, cargado de tisanas, las aguas del mundo produciéndole un cansancio de cuerpo e hinchazón de vientre sin que las paredes de su boca salivaran de más. La espera estropeaba la agilidad de la lengua. La revolvía en círculo, recorriendo dientes,   —14→   abriendo la cavidad para estirarla y recogerla, chasquearla igual que un látigo buscando al animal indefenso.

Tomando la tijera, se cortó parte del largo bigote, orgullo de años de crecimiento despacioso, para facilitar el salivazo.

Le preocupaba la pesadez de su cuerpo. Se levantó apenas la luz de afuera formó línea con el fondo del espejo de sobremesa, un espejo manchado donde afeitaba su cara por partes, buscándose en distintas posiciones para no equivocarse.

Creyó que había dormido más noches que las dormidas, por más que la barba era la misma de cada amanecer.

Sintió el «hacha en la espalda», como decía cuando su cuerpo despertaba con dolores de cama.

Ya no había restos de luna y el cielo, con su brazo convexo, ahuecaba miradas que no podían ir más allá.

Vislumbró el comienzo de la batalla con cada golpeteo de su corazón, el combate tensando las cuerdas de su ancestro guerrero. Ya no era él, Filomeno Ovelar, conocido de sí mismo a cualquier hora. Le hubiera gustado que ese día fuera como cualquier otro, sin que los lobos aullaran vientos o los buitres probaran alas para enlazar al perdedor. Un cuchillo de hielo derretido le bajó por el interior, primero por las vértebras de la columna para luego punzarle el centro del estómago. No pudo saber si eso ocurría porque estaba listo para la asamblea de buitres o era al revés.

Se vistió lentamente para no olvidar el lugar de cada cosa, para no dejar prenda sin presa. Envolvió el vientre en la faja negra, un poco corta en relación con otras veces. El día estaba fraguando. Cerró con fuerza la puerta para no tentarse y volver a entrar y   —15→   se puso en camino, mascando lengua y tabaco para alistarse.

Modesto Obligado llevaba cansancio encima.

Al contrario de Filomeno Ovelar, la noche había sido poca, una lanza rápida, desmembrándola, aligerando tiempo.

Miró el serpenteo del maíz, el campo ajeno a lo que iba a acontecer, la tierra sin techo, los animales deshaciendo cuadrados de heno, y tuvo ganas de seguir pasando días iguales a los que habían pasado.

Pero era hombre de palabra, sin necesidad de firma.

Salió, dejando la puerta abierta, porque no era mucho lo que iba a demorar.

Modesto Obligado y Filomeno Ovelar se vieron de lejos, caminando en la misma dirección.

Fueron acercando distancia sin animarse a seguir viéndose, sabiéndose cerca mientras el camino compartido se escurría con cada paso, se entregaba para que apuraran el asunto.

Cuando llegaron, la marca había sido puesta: una línea hundida en la tierra con un fierro. Al fondo, a una distancia de algunos metros, un paredón salpicado con escupitajos antiguos de épocas de campeones desaparecidos.

El pueblo no había formado bandos ni caído en apuestas desgastantes. Era la tradición limpia de tintes la aglutinadora de gente. Era el mantenimiento de un deporte en vías de extinción.

Modesto Obligado concentró fuerzas para anular pensamientos debilitadores, hinchó el pecho, preparó la boca y lanzó como bala la escupida que rebotó en el muro con un ruido sordo.

El vientre de Filomeno Ovelar estaba demasiado hinchado o la faja muy ceñida. Antes de llenar su   —16→   turno tuvo que correr a cercanías apropiadas en busca de alivio. Parte de sus fuerzas se le fue en las cercanías. Aun así remeció el muro con el golpe.

Los veedores dieron fe del empate.

Se impuso una segunda vuelta.

Siguió una tercera, luego una cuarta.

Cuando llegaron a la 13ª, Modesto Obligado dijo que con ese número no tenía tratos.

Filomeno Ovelar insistió en que no era de hombre apoyarse en supersticiones cuando fallaban las fuerzas.

Para entonces, los buitres paseaban, olfateando el aire.

No podía haber saliva que durara tanto.

Filomeno carraspeó, la cara se le puso roja, después morada y, con sonido de desgarre, como catapulta lanzó un charco de sangre, barriendo marcas anteriores.

No quedó ganador para recordar.

Modesto Obligado se retiró sin conseguir la consagración.

El nombre de Filomeno Ovelar no volvió a ser mencionado: no tenía derecho de cambiar la esencia del evento. El pueblo entero condenó el desarrollo inaudito. «Reemplazar escupitajo por sangre», murmuraron.

El paredón siguió en pie porque nadie se animó a insinuar que lo demolieran.

«Es lugar de ánimas extrañas», se justificaban.

Algunos niños aprovechan el manchón de sangre para probar puntería con sus hondas.

Lo raro es que, de tanto insistir, del manchón caen plumas.



  —17→  

ArribaAbajoOjo con dos caras

Tenía una mirada de perfil, de esas que llegan de un solo golpe y cortan de puro miedo.

Tal vez era un hombre acabado desde el comienzo, un espía equipado de ese modo para desorientar la normalidad imperante.

Pero, mirándolo detenidamente por un momento, dejaba de sorprender y el ojo se introducía en los que observaban y las caras perdían su exceso.

Llegó, como llegan los que detienen pasos igual que tiros certeros, apareciendo de improviso, poniéndose en evidencia por su calidad de extraño, extranjero, extra... No, nadie habló de eso, nadie tenía modo de comparar con conocimientos de primera mano o fuente confiable.

Se pensó en formar un vacío a su alrededor y que el mismo vacío lo impulsara a retomar el paso en el punto del camino que cortó para entrar en el pueblo. Quedaron las marcas, como si se hubiera sacado los zapatos para confundir. Pero no hubo quien quisiera hacer viento, formar el remolino que lo llevara.

Tal vez eran dos hombres obligados a andar juntos, castigo de serpiente sorprendida en algún paraíso.

Tal vez sobraban caras y los ojos eran escasos en el momento de formarlo, o era un cíclope llevado a su máxima expresión como experimento de su pueblo.

Fue peor que inundaciones o sequías, que truenos conocidos de nacimiento, que temblores de tierra ocasionales para remover estados de conciencia sin actualizar.

  —18→  

Todo eso estaba inscrito en la memoria, así como las pestes de varios colores, la muerte temporal de los campos, la angustia del hambre, la huelga del ganado, la resistencia de los árboles a buscar alturas, el sabotaje del sol, la corrupción de la luna. Todo, menos la mirada de un ojo con el apoyo de dos caras.

«Hay que consultarlo con el general», coincidieron como solución.

Pero había un problema: el general estaba invisible.

Algunos afirmaban haberlo visto bordeando vidrios oscuros en el asiento posterior de un vehículo también oscuro.

El general tampoco tenía memoria, o su memoria no era la misma que la de individuos corrientes. Tenía su propio sol, su luna personal, ganado adiestrado, desconociendo angustias de mentes ociosas que fustigan el recuerdo y lo convierten en enfermedad de herencia impuesta.

Y esos anteojos que cambiaban la forma y color de objetos y hombres, y el olfato que permitía la entrada de fragancias especiales, y los oídos, internos y externos, sin preocupación por deudas inventadas por la malicia ancestral de gente ingrata y desconsiderada, y el gusto insertado en la boca gruesa de órdenes dadas sin manoseo de intermediarios, verdaderas salvas de festejo constante con niñas púberes que continuaban púberes por manejo excesivo de sus pertrechos por tiempo extenso. El desgaste ya lo había trepado, produciendo un escozor que daba que hablar.

No, no era posible molestar al general.

Se pensó en el tonto del lugar. Pero tampoco era confiable por ser tonto para uno y otro lado en su llevar y traer vientos nuevos y usados,   —19→   tonto en el descuido de dejar caer restos a medio camino.

La mujer del general, quizás.

Pero, ¿quién podría acercarse a ella en su encierro penitente por desborde descomunal de carnes que la obligaban a estar colgada de una hamaca suspendida del techo (suficientemente resistente) para evitar el roce de sillas que le producían escaras pestilentes?

Además, era difícil que desde esas alturas pudiera dar crédito a enajenaciones de gente simple.

Alguien mencionó al ciego, quien tenía los oídos y otras cualidades tan afinadas que era difícil que algo se le escapara. Pero el ciego dijo que en su oráculo no aparecía personaje semejante al que se nombraba y que él tenía su prestigio intacto para «riesgos sin partida conocida».

Había que actuar con rapidez antes de que el hombre del ojo con dos caras tuviera tiempo de reproducirse, cambiando caracteres fáciles de reconocer en fotografías de registros fichados.

Se contaba (por fortuna) con un loro encargado de dar el pronóstico del tiempo, de total confianza del general, el cual, orondo en su balancín sobre la única antena del lugar puesta sobre la oficina de entradas y salidas, presencias y ausencias, remesas y recibos, despachos urgentes y de los otros, enviados especiales y obligados, juicios en tabla y por entablar, pasajeros en tránsito y transitados y otros rubros, el único loro conocido sin cara y con ojos verticales y horizontales, capaz de enviar recados en clave Morse al general con sólo picotear la antena, hacía las veces de bufón para entretenerlo.

Pero, de tanto estar alerta y al acecho, así como a cualquiera se le duerme la pierna, al loro se le durmió un ojo y, por aproximación, el otro. El tercero   —20→   no tuvo más remedio que hacer causa común. El ala de un helicóptero de control interno y permanente lo había despojado del cuarto ojo en un acercamiento imprevisto.

El pueblo quedó en la oscuridad de la noticia.

Por órdenes irrebatibles, el loro fue censurado sin aviso previo, lo que no cambió la expresión de caras acostumbradas a la aceptación de hechos de consumo corriente.

El miedo engendró nuevas pesadillas.

La falta de control hizo temer desórdenes no conocidos.

La hamaca de la mujer del general fue reforzada para evitar atentados. El mismo general tomó precauciones, aumentando la oscuridad de los vidrios de su automóvil, haciéndose más invisible.

El paso de ganso se reemplazó (temporalmente) por el trote, por ser de más fácil manejo.

Los cambios exigieron un incremento del gasto público que fue, automáticamente, compensado con el aumento de «aportes voluntarios» para estabilizar la situación.

Pero seguía inquietando la presencia del extraño en calles y paseos, quien aumentaba progresivamente las horas de su desplazamiento. Caminaba sin perder hombre o mujer en quien apoyar el ojo, en observación que iba prolongándose aun en su ausencia. Se cerraban puertas de calle para aislar vecinos y habitaciones y separar parentescos.

Se huyó de la palabra por la peligrosidad de su significado. En un acto de adhesión al orden, por iniciativa del general -con la bandera flameando la libertad de vientos inalcanzables- se quemaron frases consideradas de doble significado por los resquicios que formaban al pasar por bocas desdentadas, por las   —21→   cuales era posible insertar más letras y nuevas acepciones.

Un manto de silencio cubrió las cenizas.

Después del acto, con los últimos acordes del himno nacional que escapaban de un disco activado en forma manual por el loro, la procesión de cabezas bajas, como después de recibir la ostia, regresó a sus casas.

Todo pareció haber vuelto a su cauce normal.

Fue entonces cuando empezó a inquietarse el tonto del pueblo.

Corrió el rumor de que sus desplazamientos nocturnos (bastante sospechosos) hacían competencia al del ojo con dos caras, insistiéndose, sin embargo, en que el deambular de cada cual era diferente y no se habrían producido encuentros.

Se habló de un renacimiento clandestino de la palabra (de responsabilidad total del tonto) por medio de una prensa manual en la privacidad de un sótano.

Fuerzas, también invisibles, recorrieron sótanos registrados para verificar rumores.

Pero el sótano del tonto era tan clandestino como su tontera.

Las calles empezaron a llenarse de leyendas que parecían un enloquecimiento de palabras, originando una persecución del tonto de parte de fuerzas activas y pasivas para salvaguardar situaciones enraizadas.

Se produjo una confusión sólo comparable con los síntomas de difícil diagnóstico, la que movió al único médico del lugar a extirpar apéndices a la mitad de la población como medida de saneamiento.

Las bocas volvieron a pronunciarse, teniendo que recurrir a ejercicios para reubicar expresiones caídas en el olvido.

  —22→  

Un verdadero caos se apoderó de la población.

Preocupaba la ausencia del tonto, causante del desbande de cuerpos, del abandono del silencio, de cuanto ocurría.

Pero el asunto estaba muy avanzado para nuevos retrocesos.

En un acto de extrema rebelión, la mujer del general fue puesta a media asta. Luego, un voluntario, cortó las cuerdas de donde colgaba la hamaca, con machete de filo en su punto, en espera del momento.

No hubo interés en observar el desparramo.

El desbande se hizo inatajable.

En ese instante, con ayuda de vientos, se conoció la noticia: el tonto había logrado introducirse en los terrenos del general. En medio del recinto principal, oscurecido por cristales sombreados, en total abandono de sus fuerzas de seguridad que ya habían huido buscando la propia, estaba sentado el hombre del ojo y dos caras.

No parecía el de siempre, con el cuerpo empobrecido por un empequeñecimiento repentino, jibarizado por sus mismos desbordes.

No podía ser el mismo.

El tonto no se atrevió a tocarlo, temiendo que fuera a deshacerse con el contacto.

Se acercó, sin embargo, para verlo de cerca y constatar su estado: extendiendo la mano, retiró la careta monstruosa. Debajo apareció un hombre, o quizás ni siquiera eso; estaba harto acabado para parecer hombre, pero no había duda de que era el general. Conservaba aún la mirada de águila, o tal vez era sólo acumulación de locura. Después, con el brazo en alto, el tonto salió a mostrar el disfraz añoso.

Afuera, empezaba a aclarar.



  —23→  

ArribaAbajoPor descuido

La boca se le abrió en un grito y el brazo libre corrió hacia cualquier parte del cuerpo de Teófila mientras Modesto, inclinándose, remecía la silla apoyada en la pared y con apuro chupaba el exceso del mate, abriéndose a un tiempo la camisa para sobar la piel enrojecida por el agua hirviendo.

Ella no se dio cuenta ni supo qué le había pasado.

No era momento de disculpas, sino de desaparecer con los pies descalzos, como un susurro en el viento, como le habían enseñado, como era necesario para no contradecir la costumbre.

En su camino liviano recordó la frase de la abuela «no todos los ojos abiertos ven ni los cerrados duermen» que decía, en su actitud de estatua, en el diario contemplar del tiempo. Se le cruzó en su mente con la suavidad de pies desnudos, por descuido, por necesidad, como advertencia.

Con la tetera cargada se acercó de nuevo. Modesto le entregó el mate. Él no estaba hecho para «segundas partes», como decía.

Teófila dejó la tetera en el suelo y estuvo de vuelta casi con la misma acción, con el revuelto de agua y almidón que empezó a poner sobre el vientre de Modesto con la suavidad de la culpa.

«Te va a pesar, india inútil», dijo, porque debía hacerlo «para separar terrenos», como le gustaba concluir.

Después llamó al caballo por su nombre, el que se acercó con el cuerpo estirando la rienda.

  —24→  

Montó con un solo movimiento, hincando las espuelas, volviéndose sombra.

Teófila observaba detrás de un pilar de madera del corredor.

El miedo se le hacía ansiedad, montando sin caballo por su interior hasta cerrarle la garganta.

Le gustaba Modesto, ese patrón joven que le hacía temblar el mate hasta el punto de quemarlo por descuido, o buscando quemarle para después bajar los ojos en arrepentimiento hasta cerrarlos e imaginar cosas, sólo imaginarlas, porque cómo se iba a fijar él en sus ojos abiertos o cerrados, aunque algo debía de tener la frase para que la abuela la repitiera tanto, a cualquier hora, como un rezo, moviendo las manos para repartirla en el viento.

Pero la abuela no estaba para preguntarle. Con ella se había criado después de que a su madre la mandaron a otro lado, otra estancia, «porque se le había ocurrido llenar el vientre con semilla de otro costal». Y ella no entiende, porque no hubo explicación. Cuando quiso preguntar, la abuela ya no estaba.

Se había ido con los ojos abiertos, así no más, dejándola con noches sin sueño y sueños que se encabritaban cuando por fin los ojos podían cerrarse por fuera y por dentro, como cortina doble.

Y siente celos hasta del caballo de Modesto, pero ¡a quién puede importarle!

«Nacieron casi juntos», escuchó una vez decir, pero a Modesto le dejaron la madre.

A veces Teófila la mira con rabia, con los ojos bien abiertos, hasta que deja de verla.

Dicen que la van a aparcar para que siga habiendo gente que ayude en la estancia. Pero eso de aparear le parece de animales, o por lo menos así   —25→   escucha cuando ocurre; y piensa, por pensar, que a lo mejor Modesto no va a dejar que le hagan una cosa así, por eso de haber crecido juntos.

Quizás le ocurra lo que a su madre, pero entonces también la mandarán lejos y dejará de verlo.

Que sea cualquier cosa, con tal de quedarse.

El caballo llegó pesado, con dos cuerpos encima: Modesto y alguien más, una mujer; y Teófila empezó a fijar la mirada, como lo hacía la abuela.

Fue cayendo en un ensimismamiento que a nadie preocupó, porque eran «cosas de la herencia».

Esa noche hubo fiesta y todos estaban contentos.

Teófila se acostó tarde.

Cuando sintió abrirse la puerta pensó que por fin Modesto, que el trago, que la necesidad, y se olvidó de la otra mujer, de todo, y ya no hubo tiempo de cerrar los ojos sin dormir cuando sus manos reconocieron al hombre gastado.

Despertó con dolor en el alma.

Afuera todo estaba igual.

Gritó con fuerza para sacarse la rabia de adentro.

Un gallo a lo lejos le hizo eco, rasgando el día.

Fue a la cocina y preparó el mate.

El agua estaba muy caliente...



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ArribaAbajoCon la tierra en la boca

No es una frase tomada así no más, al vuelo, entre otras que también estaban volando... Tampoco una imagen para dar idea de un suceso ni hambre repentina sin derecho a discernimiento.

Es solamente la historia de Zoilo Cabrera, el que tuvo nombre antes de abrir los ojos porque la artesana sabía cuál iba a ser el día exacto y lo marcó con un recuadro en esos calendarios que traen el santoral.

Lo registraron como nacido varios años antes porque el calendario era antiguo...

Y así pisó la vida Zoilo, con esa edad traída de otros lares por decisión acertada de Fermina -creyente en los días y sus nombres o en los nombres de los días-, viejo por error y por nombre, por creencia, por olvido, en ese lugar llamado Fondo del Mundo, quizás puesto por sus habitantes o traído de alguna excursión sin recuerdo.

Zoilo se levantó del suelo como un resorte vencido, haciendo varios intentos como probando el acto de nacer, manteniendo la cara arrugada bastante tiempo sin que fuera necesario o posible medirlo, hasta que vino la gran lluvia, de ésas que parecen paradas en la tierra, y lavó su cara hasta dejarla lisa.

Nadie se extrañó de que así fuera.

Las cosas se aprendían por convencimiento, porque así debían ser, y no era preciso buscar una explicación porque no se conocían dudas que pudieran imaginar preguntas...

El rumor era aceptado como parte de esa forma de ser y, si decían que Zoilo se alimentaba de tierra,   —28→   algo de cierto iba moviendo las lenguas pues no en balde Fermina trabajaba día y noche en el horno de barro, formando toda clase de figuras extrañas, revolviendo la mezcla en el hoyo profundo que había cavado, con la sospecha en los ojos buscando al culpable de la merma mientras «es la tierra que chupa su parte», decían; y la pérdida quedó así, con esa explicación a medias que era aceptada pues la otra mitad «se la lleva el cielo», concluía el razonamiento. Y no dejaba de ser verdad pues los vientos descendían en escalera, haciéndose más fuertes en los últimos peldaños, hurtando lo que encontraban a su paso, en forma invisible, como si fueran fantasmas.

En Fondo del Mundo los nacimientos no eran frecuentes; por lo general se anunciaban de alguna manera.

Decían que era debido a que las lluvias tampoco venían a menudo y no todos los rostros podían ser alisados, y se convertían en viejos y era difícil que los viejos tuvieran hijos y fueron tomando esa costumbre, la de ser viejos.

Cuando el cansancio de las arrugas iguales en caras repetidas se hacía intolerable, nacía algún Zoilo Cabrera, asegurando así la supervivencia de Fondo del Mundo.

Fermina vivía sola, con recuerdos esparcidos a lo largo de su cuerpo y con nombres que eran parte de ellos, por más que algunas letras se las habían llevado las ánimas, ésas que viven con la gente de campo; pero, haciendo un esfuerzo, conquistaba la memoria.

Pero ni los nombres o los hombres correspondientes pudieron hacer brotar su tierra estéril.

Por eso fabricó el horno y metió adentro restos de esos empeños silenciosos, para que no dijeran que era incapaz de dejar descendencia ni que los sueños   —29→   iban reblandeciendo su cabeza, o se burlaban de ella con esas afirmaciones de que ella misma no era más que un ánima.

Las figuras de Fermina eran puestas en la puerta de la choza al lado del camino para llamar la atención de algún paseante, aunque el solo nombre del lugar parecía ahuyentarlos.

Pero la espera también era costumbre para Fermina, Zoilo y el pueblo.

No faltó un gringo, de esos que recorren el mundo buscando cosas raras que las llaman «exóticas», quien en un descuido de ojos atentos al camino, se fijara en esas representaciones oscuras, sonrientes o arrugadas, daba igual.

Se llevó la de la cara lisa porque Fermina le dijo que era especial.

El gringo se enganchó de nuevo en el camino, con Zoilo en la mochila, ajustando la amarra para que no pudiera caerse.

El recorrido fue largo, por más que Zoilo no pudo recordar cuánto duró porque el recuerdo no era costumbre en el lugar.

Se dio cuenta, eso sí, de que habían llegado.

También reconoció que, después de muchas pruebas, fue puesto «en un lugar especial», porque eso oyó decir al gringo, aunque la luz directa y brillante se le hizo insoportable.

Cuando quedó solo empezó a arrugársele la cara, lo que no era de extrañar, metido en una vitrina a la que ni por casualidad podía llegar la lluvia.

Fue lo primero que impresionó al gringo, obligándolo a poner una cara distinta y arrugar la frente, lo que a su vez dejó impactado a Zoilo, quien no podía arrugarse por partes.

  —30→  

El gringo cerró y abrió varias veces los ojos, pero Zoilo seguía igual, y terminó pensando que Fermina lo había engañado, entregándole una de las tantas figuras arrugadas.

Cuando quiso mostrar su adquisición a otros gringos, Zoilo no estaba en la vitrina, por lo menos en la que lo había puesto. Lejos de las luces, se le ocurrió cerrar los ojos para evitar el lagrimeo, pero fue demasiado tarde y el torrente, casi como lluvia, alisó la cara.

Con los ojos cerrados y la cara lisa no impresionó a los amigos del gringo, quien, en el colmo de la desesperación y la rabia, se tiñó de un rojo parecido al de Zoilo, pero nunca igual.

Al día siguiente la figura no se encontraba en vitrina alguna, pero sí restos de un polvillo rojo encima de los muebles y en algunas partes del piso.

En el colmo de la furia you, son of a bitch, escuchó Zoilo desde el dormitorio donde se había instalado cómodamente, al tiempo que el gringo irrumpía enardecido y lo tomaba de la misma manera para volverlo a meter en la mochila y amarrarlo entre enough is enough que Zoilo no pudo entender porque no le dio tiempo de aprender, por más que hubiera sido igual porque tampoco el tiempo le era conocido.

El gringo retomó el camino para volver a Fondo del Mundo.

Le pareció que hundía los pies en las marcas de sus mismas pisadas, pero al revés, y también que el camino se alargaba o que él marchaba sin avanzar.

Las pisadas repercutían en el aire, pero no era eco, sino un sonido que acentuaba su soledad, desprendiendo el miedo de la piel.

  —31→  

Llegó al lugar, así creyó, pero no estaba el cartel, el inmenso cartel que, junto con las figuras raras, había desviado su mirada del camino.

Tampoco estaba la choza de Fermina y el silencio se desprendía de árboles viejos, arrugados, secos por la falta de lluvia.

El gringo no pudo continuar porque no había camino para seguir.

Buscó con la mano la mochila y a Zoilo en ella, pero sólo sintió el dolor fuerte en el pecho y nada más.

Nadie pudo explicar, cuando por fin lo encontraron, qué hacía un gringo en esos parajes con una mochila llena de tierra roja.

Algunos tuvieron tema para hablar del «espía americano», y las historias siguieron aumentando hasta convertirlo en «doble espía».

Después de todo, nada era tan simple como parecía ser y ellos, los de Fondo del Mundo, nada tontos como para creerlo.



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ArribaAbajoSodoma y Gomorra

Era una soledad tal que podría decirse era muda. No daba para más, ni siquiera para hacer comparaciones o hablar de ella para aliviar el peso.

No se decía que la gente era «de carne y hueso», sino «gente de tierra».

Los movimientos reemplazaban al idioma y se podía llegar a verdaderos acuerdos con un bajar o subir de ojos que indicaba lo mismo en la cantidad a transar.

Si las cejas se volvían oblicuas y los ojos tomaban la misma forma, había que buscar otro camino para concretar el asunto; y ahí empezaban a poner las manos detrás de las espaldas para sacarlas con fuerza de efecto, de rabia, de querer terminar y no seguir con el cansancio arrastrado.

Delfina pensó que ella iba a incentivar inclinaciones enunciadas quizás en qué época sin necesidad de expertos en la materia.

Le había ido bien.

Era el momento de ampliar el negocio, buscar «nuevos mercados» -como leía en la prensa- pues lo suyo era de consumo fácil, necesario, un adelanto para cualquier lugar «en vías de desarrollo».

Le gustaba usar frases, especialmente ésas. Una forma de elevar su vocabulario, causar impresión, manifestar conocimiento.

Tener una sucursal era el camino hacia la importancia y a Delfina no le molestaba que este camino fuera seco, fantasmal o vertiginoso.

«Las necesidades no tienen clima ni suelo», decía con   —34→   esa voz de dos cajetillas de cigarrillos al día. El problema iba a ser cómo repartirse para estar en dos lugares porque «no hay forma de reemplazar el ojo del dueño», era bien sabido, y ella acostumbraba a calar fino y profundo; lo había aprendido entre humo y humo.

Delfina partió a «reconocer terreno».

Ninguna aventura estaba totalmente acabada para ella y, si bien su figura -hecha de revoques de ajuste, con arreglos adecuados en algunas partes para dialogar con el tiempo- era más apropiada para el romanticismo de la diligencia, ella había enterrado el romanticismo, con diligencia y todo, hacía ya bastante tiempo.

Su andar comenzó temprano, con un titubeo de tacos altos, hasta que supo sacar partido de los tacos y equilibrarse con la mirada bien puesta, decidida a desarmar fuerzas trajeadas.

Cuando comenzaron a llamarla «señora», sus ajetreos le hicieron descartar los tacos y decidirse por «algo más cómodo» en su puesto de observación detrás de la mesa de entrada, desde donde repartía números para que esperaran turno.

«Por orden y sin apuro», decía, como para sofocar algunas efervescencias impacientes.

«Esta es una mancha borrada», dijo al recoger el pueblo en un parpadear de asombro; y así fue conocido por su obra y gracia.

La miraron como miraban al circo cuando equivocaba el camino y hacía un alto en el pueblo, porque nadie iba porque sí.

Pero Delfina tenía ojos por doquier, y eso la hacía ver todo, olfateando con ese instinto innato para detectar lo provechoso.

Le quedaban restos de glorias pasadas y secretos escondidos en varones respetablemente acomodados.

  —35→  

El pueblo empezó a «desmancharse».

«Si Delfina se instala para siempre, hará llover», a firmaban, pero como a negocio en marcha, le pica la competencia, no tardó Melba -con nombre apropiado de elección- en prender también luces rojas. Y le llevaba ventaja, con ese cuerpo ondulado por muchas manos pero firme y joven aún.

Se instalaron con poca diferencia de tiempo.

Delfina se quedó hasta que el negocio pudo funcionar a tintineo continuo de caja.

No fue fácil pues hubo que ceder en algunos aspectos a regañadientes, pero también con buen ojo.

Cada negocio se especializó en lo suyo, en una separación imposible de evitar.

Delfina quedó con los casos más difíciles, por edad y presencia, mientras Melba, corriendo a la par de sus protegidas, era una atracción incluso para poblados colindantes.

Se afirmaba que con ella no sería difícil hacer feriado de todo el calendario.

Se corrían y descorrían cortinas en ambos lugares a un tiempo, en un acuerdo tácito, y cada cual hacía de este modo el cálculo de las ganancias de la otra.

La sequedad de la tierra fue haciendo más profundos los declives y subidas del rostro de Delfina, tomando partes del cuello, de los brazos, quizás por contagio.

Se quedó en el lugar después de idas y venidas agotadoras. Fue la primera en instalar un ventilador de techo con aspas que daban vueltas arrastradas por una corriente pobre, y miraron con recelo el aparato que secaba el sudor y quién sabe qué otra cosa...

Algunos clientes asiduos desertaron, diciendo que algo raro les ocurría.

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Melba no daba abasto.

Fue cuando, de lejos, pudo verse un remolino de polvo envuelto en viento que se acercaba al pueblo, agrandándose hasta reventar en tormenta y cubrir todo con tierra.

Después vino la lluvia, imposible de imaginar en esos lugares, y se quedó lavando costumbres asentadas.

Una especie de modorra tomó a las casas que permanecieron cerradas para no ver tanta agua.

Algunas carretas quedaron a medio camino con los bueyes hundidos en el barro hasta encontrar lenta sepultura.

«Sodoma y Gomorra», dijo alguien, a modo de exclamación, impresionado por esa desolación mojada.

Se tuvo la sospecha de que, en adelante, el descenso sería cosa normal hasta quedar igual que los bueyes, como castigo del cielo por el desenfreno que les había durado tan poco.

Muchas caras cambiaron por culpa de estaciones aguadas que se sucedieron sin cambio.

Delfina no era capaz de sacar la cara.

«Todo iba bien hasta que ella llegó», se dijo.

La culpa no podía ser igual para Melba «porque llegó después», murmuraban.

Delfina fue tragando miedo hasta que, en un atardecer más oscuro, por la parte trasera de la casa cargó sus cosas y se llevó al grupo en silencio, sorteando la tierra ablandada para no detenerse ni voltear la cabeza hasta que nada le quedara de ese pueblo en la espalda.

Nadie supo después qué fue de ella.

Nadie quiso preguntar, por las dudas.

Melba abrió la puerta en el momento que salió el sol como si hubieran pactado el acuerdo.

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Esa fue una buena señal.

Casi tomaron la casa por asalto cuando terminó de caer la última gota, lo que coincidió con la partida de Delfina.

Propusieron marcar la fecha con algo memorable.

Alguien sugirió que «Santa Melba» era lo justo, y el acuerdo se firmó con aplausos mientras el recuadro del calendario era bordeado de rojo.

Melba tuvo su edad de oro, llenando la caja de manivela que cada vez era accionada con mayor rapidez.

Duró muchos años así, sin hacer mejoras en la casa, a media luz para evitar despilfarros, acortando los encuentros, provocando un verdadero agotamiento de las niñas en lo que ella llamaba «el hogar».

El incendio fue espectacular y requirió de todas las manos del pueblo, pero el agua, en baldes acarreados con apuro, se perdía en el trayecto. Al final, de brazos caídos, completamente entregados, observaron el derrumbe crepitante.

Cuando sólo quedó el humo saliendo de restos irreconocibles, una especie de altar con la imagen de Delfina, atravesada por alfileres, milagrosamente intacta, sonreía ante el asombro general.

El lugar fue cercado para evitar filtraciones de espíritus no convencidos.

Hasta las miradas tomaban otro rumbo, pero siempre hacia adelante, cuando la casualidad paseaba algún cuerpo cargado de coraje, porque lo de Sodoma y Gomorra seguía inquietando esas pieles curtidas donde las historias debían ser enterradas para que no volvieran a repetirse.



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ArribaAbajoEl nuevo señor Filártiga

Casiano Filártiga tenía caras diferentes para momentos distintos. «Prestaba la cara», sin que se pudiera saber con exactitud el contenido de ella. Iba fijando la mirada en su interlocutor, con gran seriedad, asintiendo a cuanto decía sin articular palabra, yéndose por vías propias para arreglar su mundo personal.

Dicen que así hizo fortuna, a boca silenciosa, aprovechando lo aprovechable de cada uno de esos discursos de encuentros callejeros.

Era soltero, una situación que se extendía más allá de edades establecidas por la costumbre, por más que la codicia de algunos ojos femeninos -que veían en Casiano la seguridad de una vida ya realizada- de pronto lo ponían en peligro aparente, agregando rumores que no lograban desarticular su estudiado rostro inexpresivo.

Muchos hubieran querido saber qué pasaba detrás de esa cara y, en la ignorancia de respuestas, la sospecha urdía toda clase de suposiciones: que había estado casado, que la mujer desapareció en forma extraña, que dejó un hijo, que en cualquier momento terminaría con esa cara de ausente, resultado de un problema muscular que no tiene arreglo, y otros comentarios de igual tenor con aparente falta de asidero. Por último, era su cara.

Su rostro no podía calificarse de atractivo: las líneas seguían por trayectos precisos formando la nariz -quizás demasiado corta para tanto hombre-, frente angosta, orejas desplegadas como para frenar cualquier corriente de aire, los ojos sin clasificación   —40→   específica, el cabello raleado y la boca escondida bajo un bigote exuberante.

Toda una estampa hecha de agregados y descuentos propios del uso diario.

Parecía estar conforme consigo mismo, lo cual era una característica más que aumentaba el caudal de las suposiciones, ya bastante abultado.

A nadie se le ocurrió que la reserva de Casiano pudiera deberse a asuntos de justicia, a compromisos de silencio, a culpas indebidas, a proteger y protegerse adoptando esa actitud que hacía hablar a los demás.

A nadie.

¿Qué podía suceder de extraño o fuera de lo usual en ese lugar tan conocido, de propiedad común, de caras corrientes, de gente de todos los días, de eventos programados por conductas tradicionales?

No faltó, sin embargo, quien se molestara con ese hombre tan medido. «Debe de haber algo fuera de lugar, un tornillo que desarme el mecanismo», se le dio por pensar a Elpidio Ponce, dándole vuelta el pensamiento como remolino de tormenta.

«A Elpidio las cosas le resultan, de puro terco, decían. Y con esa mirada de medio campo que abarcaba cuerpos y distancias, empezó a rondar a Casiano, tropezándose con él en su camino, apareciendo por casualidad en los mismos lugares, saludándole a voz arrastrada «buenos sean sus días, don Casiano», buscando el efecto, entorpeciendo su paso con el suyo en el acercamiento adelantado o retenido para tomar el mismo ritmo.

Elpidio tenía la ventaja de la edad, la fuerza en su apogeo, la calma del que quiere cercar, acusar, la superioridad del que persigue; alguna envidia quizás.

Era diferente de Casiano. Hablaba a boca llena, con modales desencajados, suelto de sentimiento, débil   —41→   de corazón, «listo para lo que venga» en su propio decir.

Casiano empezó a desviar sus pasos cuando la silueta de Elpidio cerraba el fondo de una calle o el cruce de una esquina, a palpitar con todo el cuerpo al verlo salir de pronto de la oscuridad de algún zaguán, a traspirar llevándose el pañuelo a los ojos para evitar verlo, a apurar el paso tan controlado, a caer en un desconocimiento de su propia persona por ese malestar en aumento que lo iba desubicando y le hacía perder pie o cabeza.

Disminuyó salidas, dando lugar a interrogantes que buscaron solución de boca en boca.

Casiano pensó en ausentarse, en cambiar de lugar. «Después de todo, no firmé contrato por vida», pensó en silencio, y agregó, también en silencio: «uno no se cambia de lugar como de traje». Pensó en los días por venir pero, para los de adelante, «había que llegar primero».

Era Elpidio el que se ausentaba de tanto en tanto, por esa necesidad inquieta de cambio, de caras distintas, de lugares puestos para conocer», como decía.

Regresaba con la «cuerda gastada», demorando días en recuperarse, sin precisar cuánto había durado su ausencia. Pero Casiano sí llevaba cuenta de sus presencias y ausencias.

Herminia Ortigoza murió de un día para otro, sin enfermedad o edad que lo justificara. Tuvo, eso sí, un sacudón fuerte en pleno sueño que la dejó encogida en medio de la cama revuelta.

Decían que Elpidio era hijo suyo, por más que ella aseguraba que era de una hermana mal nacida   —42→   y mal muerta, herencia aceptada cuando las explicaciones se hacían difíciles.

Elpidio la llamaba por su nombre, aunque la sentía por nacimiento.

Nada estaba claro en la relación entre ellos ni había razón para aclararlo, una forma de vivir la vida sin ahondar en sus profundidades, un acomodo para cada gusto.

El día que murió Herminia, Elpidio pasaba por una de sus ausencias, sin forma de ubicarlo.

Casiano llegó a la casa pues las muertes, más que los nacimientos, eran de preocupación común, como si un acuerdo obligara a atestiguar el viaje inapelable; una forma de acompañar el miedo del que partía o de disminuir el temor de otras esperas.

Quizás por ese mismo miedo Casiano no se sentó. Erguido, pasó por la habitación en que era velada, sin mirarla, saliendo de igual modo.

En el codo de la esquina tropezó con Elpidio. Estaba seco, sin residuos colgantes, sin humaredas de aliento traicionero. Se miraron, o quizás se midieron para observarse mejor.

«Tu madre ha muerto», le dijo en plena calle, a plena luz, casi una ofensa para ese comienzo de día, para el cielo sin paños encubridores.

Era la primera vez que Casiano lo interpelaba, y era muy duro para ser la primera vez.

«Y usted, ¿qué tiene que ver con ella?», devolvió la palabra Elpidio, como para igualarse.

Quedaron mirándose. Luego, cada cual tomó su rumbo.

Casiano Filártiga se casó poco después.

Los rumores abanicaron lenguas; algunas iban más allá de suposiciones, enlazando fechas, sumando   —43→   cifras, haciendo toda clase de gimnasia cerebral para asociar a Casiano, Herminia y Elpidio.

La menos enterada, por comodidad de la ignorancia, fue la esposa. Lloró los meses que alcanzaron a estar casados y siguió llorando al escuchar al juez, enfundado en su traje de ocasión, quien la puso al tanto de la escuálida suma a la que el difunto la hacía acreedora.

«Una venganza», dijeron. «Nunca le gustaron las mujeres».

El resto fue para Elpidio quien, sin entender a fondo las rarezas de Casiano, se mudó a la casa de éste por su expresa voluntad y no tardó en pasearse del mismo modo, volviéndose tan huraño como aquél, escuchando el «cada vez se le parece más», irónico y casual, que dejaban caer a su paso.

No hubo gran sorpresa cuando Elpidio agregó el apellido Filártiga al suyo «porque las cosas hay que saber agradecerlas», explicó, pero sí confusión y más de un mal rato para Elpidio porque a algunos se les dio por llamarlo, no muy de frente, claro, «el nuevo señor Filártiga».

Esos mismos afirmaron que era otra de las rarezas de Casiano, que él nunca se las pudo, que se casó para tapar la olla antes de que subiera el hervor, que de la guerra volvió cojeando de partes innombrables, que fue pura suerte la de Elpidio, un premiado por error, un hijo de... Y de nuevo las suposiciones llenaron bocas, lo único posible de llenar en ese lugar presunto dado a las conjeturas, condicionado gratuitamente por descuidos voluntarios o de los otros, donde los atributos eran desconocidos, pasto de ganado, insuficientes para saciar a ociosos de profesión.



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ArribaAbajoGanar altura

Sí, era cosa de locos: subidos a lo alto de un peñasco dos de ellos, los más jóvenes.

Habían conquistado las alturas en el atropello de la sangre, en la alucinación de su empuje, y lanzaron la cuerda; eso fue lo peor.

Lo azuzaron como a un animal sin ganas, a picarlo con palabras hechas espuelas, a cambiarle el nombre, en fin, a joderlo, como bien se dice a veces.

El día iba metiéndose en el cansancio del cuerpo y los restos del asado seguían humeando, retorcidos, sin recibir el interés de nadie, como condenado sin rostro.

Teodoro probaba el equilibrio de sus piernas. Parecían azotadas, soportando un gran peso. «Siempre dije que mucho asado entorpece el gusto del vino. ¡Denme otra botella!», grita, balanceándose como trapo, como muñeco, como idiota.

La mujer le habla a los ojos, buscando el fondo del entendimiento; pero hay viento y gritos, otros gritos, y los de encima del peñasco -a cinco metros por lo menos-, aunque igualmente llenos de modorra roja, se las pueden e incitan a los demás para que también lleguen a probarse, midiendo fuerzas en receso.

Teodoro acomoda el poncho, lo recoge y sube una pierna tomado de la cuerda.

Resbala la piedra en la suela y cae el pie.

Intenta con el otro.

«Se han combinado, los muy idiotas».

Enrosca la soga en la mano encaprichada, afirma un pie por fin y el otro lo sigue y se cuelga del aire,   —46→   pesándolo, hiriendo la transparencia con su desmolde, porque es eso, nada que ver con figura de hombre, sólo un corte vertical. «Si repruebas es mejor que no vuelvas a casa», recuerda, y el vino pesa, carga cada miembro, y arriba gritan, le tocan la hombría, lo más sagrado, y él está en la mitad y la mujer levanta los brazos para atajarlo, pero no lo alcanzan, y el corazón fuerza el paso corriendo locuras jóvenes con la resistencia gastada.

Teodoro rebota los ojos en el suelo, alza la cabeza, mira las risas amigas pero no ve caras; sólo risas sostenidas como notas que alteran los nervios.

La mujer se desgañita y el hombre se columpia entre risas, voces desgarradas, aire imposible de aprehender, sudor de esfuerzo. Le corre y no tiene manos para detener el hormigueo.

«Siempre te quedas en la mitad de todo; esta vez no, esta vez no», piensa, porque le galopa el cansancio y la voz se estanca en la boca seca, reseca, «un poco más, un poco más», obliga al cuerpo y éste a la piedra, maldiciéndola, piedra resbaladiza que se empecina en no ayudar. «No te quedes en medias aguas, cruza el río», es una voz sin boca, sin recuerdo; «el menor esfuerzo», lo llaman, mientras pasea su aislamiento blanco en la escuela blanca, inmaculada, río fangoso de arrastre.

Sin pensar, o pensar pensando, se desliza, golpea la piedra con el cuerpo blando, se aparta, vuelve a trepar. «Si es sólo un palo enjabonado, los premios cuelgan arriba, ya falta poco».

Levanta la cabeza y los ve inclinados, esperando, y el miedo desata el vino y corre descolorido entre sus piernas. «Siempre esperan, esperan, y uno tiene que cumplir antes de que se venza el plazo, antes que lo venza a uno, siempre antes...»; y pega el brinco,   —47→   pateando la piedra, consumiéndola a trancos de siete leguas, y llega, arrastrándose, abriendo los brazos, estirándolos para cubrir ese reposo duro, plano, sin sentido, sintiendo aún el círculo de una danza insana, máscaras bárbaras, amigos bárbaros; y él, siguiendo el juego como única actitud acostumbrada, desciende sin cuerda, caracol interminable que hipnotiza, que drena el oído hasta dejarlo limpio de sonidos.





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