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Fue en esos días que estaba muy preocupada por nacer cuando se supo que el «zorzal» había quedado en silencio.
Dicen que los rincones y las esquinas lloraron, que los zaguanes y conventillos enmudecieron, y se pensó que quizás fue una señal, una premonición de quién sabe qué cataclismo.
Se habló de que un exceso de sentimiento -demasiado peso para una sola persona- había bajado los extremos de sus ojos, calentando la tristeza que era visible en su rostro.
Y eso de «volver», como tantas veces lo dijo cantando, como promesa de tiempos por pasar, no se produjo.
Es posible que haya cosas que no puedan adelantarse con tanta seguridad.
Eran otras épocas.
Las emociones se estiraban con otros hilos, las novias de blanco hacían honor al color, se lloraba a pleno pulmón por las cosas que valían la pena, las vacunas servían su propósito y los dientes asomaban derechos sin necesidad de aparatos extraños, el alcanfor lo curaba todo y también el caldo de gallina. La radio chorreaba una música de sonido no muy puro, lo que no tenía importancia porque era el elemento aglutinante en la casa o quizás el pretexto para alargar la noche, masticando palabras hasta que iban quedando secas de puro ejercicio mientras yo luchaba por nacer, sin posibilidad de escoger el momento, presionada por un hecho sin prórroga de plazo, justo cuando —120→ terminaba esa guerra mediterránea del 35 entre dos países a prueba, mientras mi mamá cantaba a pecho lleno (en vez de gritar), sin ser Malena, uno de esos tangos de ojos y sombras, de peinados a la gomina, de traje con chaleco y zapatos con polainas, de mujeres dejadas de lado por otras más nuevas, de qué sé yo qué más.
Así que nací con el grito del tango, gritando yo también, rompiendo un día cualquiera de ese año que nos privó del zorzal.
Y ninguno posterior fue igual, porque la ausencia exige una comparación, y la comparación muerta no puede defenderse y gana por eso mismo.
Fui creciendo de a gota, como medicina peligrosa que requiere control, y tuve esa edad, también peligrosa, en la que quise pararme sobre la parte menos resbaladiza del globo y probar mis cuerdas llamando: «¡che, papusa, oí!», buscando alguien que escuchara el grito prometedor «el día que me quieras» en ese café de mala muerte donde nadie prestaba nada, menos aún el oído, donde las rondas iban pescando vasos y se perdía cuenta, donde la riña era corolario obligado, donde el percal estaba en veda, donde el cuerpo despertaba antes de tiempo porque se era una «mina» a tajo abierto y «mineros» había muchos... Pero el capricho me hizo nacer y seguí por esa senda, la del capricho, apoyada por dedos acusatorios.
Quizás fue el último fragor de la guerra -la que coincidió con mi nacimiento- y el comienzo de la otra -la grande, en la que tantos ojos se cerraron y el mundo siguió andando- que me hicieron más entusiasta del tango porque, entre lágrimas y percantas que abandonaban a uno en lo mejor de su vida, se decían las cosas con un canto desde adentro que, al —121→ pasar por la garganta, pulsando cuerdas de distinto calibre, ya no sonaba tan terrible.
Los vestidos se hicieron más largos o más cortos y las piernas se mostraron en la misma medida al tiempo que Gardel insistía, desde quién sabe qué capa subterránea, «mecen en sus cunas nuevas esperanzas» -en pleno silencio de esa noche larga; y es probable que haya sido el paquete entero el que permitió que el alma no sucumbiera con los cuerpos y algo quedase flotando, por más que insistía en que «la golondrina un día su vuelo detendrá».
Cuando las faldas descubrieron las rodillas, el tiempo ya había hecho de las suyas en mi cuerpo, pero aparecieron los pantys que afirmaban las carnes para evitar la indiscreción de las luces, y seguí cantando esas canciones somnolientas con voz recalentada por el humo, voz de rastrillo o rallador, cansada de la lentitud de noches sin término, viviendo oscuridades que iban tiñendo las ojeras del mismo color, casi una representación viva de mujer que había sido, colgada de una esquina, equilibrando el pasado porque lo demás se esfuma, en una espera sin remezones hasta confundirse con la entrega, la capitulación, el término de otra guerra que se cierra sin condiciones... Pero funciona aún la nostalgia y algunos despertares no son tan sombríos, sobre todo si es domingo y el sol puede secar la ropa tendida de ventana a ventana sobre ese callejón con gente de conventillo que grita, que parlotea, que se queja, que manda a la mierda a otra gente para sentirse aliviada sin necesidad de ostia, que abre zaguanes que buscan calor y en el fondo se forme una bufanda -de seda, claro está- los poros se levanten, porque aún se eriza la piel cuando el hombre canta desde un disco castigado, y se necesita que siga haciéndolo porque hay que atajarse —122→ de algo cuando lo demás... Pero, no hay demás, sólo el hombre que abre y cierra la cortina del escenario, el mismo que comenzó con una sin cargarse de tantos años, que grita: «¡nena, ponéte la sonrisa y salí que el público te llama!», con ironía en toda la hilera de dientes, y salgo, «fané y descangayada», con los tacos que me parecen más altos que otras veces y lloro con una risa -porque, quién puede darse cuenta de la diferencia- mientras desempaño la mente y recuerdo que, después de todo, «la vida tiene cuerpo de mujer».
—123→
Se dejó caer como quien viene de paso, tocando el timbre con sonrisa tranquila, esperando del mismo modo.
Claudia asomó la cabeza sin ganas de caminar el largo pasillo de la entrada, con la mano en alto lista para negar con el gesto cualquier ofrecimiento de vendedor callejero.
Tuvo que acercarse.
En un portugués que quería emparentarse con el castellano, el joven preguntó por Hernán.
Claudia conocía sólo a un Hernán, el amigo de sus hijos, pero ya no estaba en el país.
«¿Hernán qué?», preguntó.
«Hernán Pedrozo», contestó el joven.
«Sí, es el que conozco, pero no vive aquí».
«Pensé que lo iba a encontrar. Cuando estuvo en Brasil me dio esta dirección para que lo ubicara; pero tenemos otra», dijo, al tiempo que una sombra se le despegaba de la espalda. Era una joven con el cutis maltratado por problemas del crecimiento.
«Buenas tardes», dijo.
Claudia contestó, sin adelantar mucho entusiasmo.
Había algo en el aire que no le gustaba.
De todos modos, no podía pasar por descortés, así que abrió el portón.
«¿Podemos hacer una llamada?», preguntó él, quien parecía el de las decisiones.
«Pasen», dijo Claudia.
El joven hizo la llamada con la mochila puesta.
—124→«Hace frío», dijo, restregándose las manos, mirando a Claudia.
La comunicación fue corta, casi con monosílabos.
«¿Cómo podemos llegar al centro?», preguntó el joven. Ella se lo dijo.
«¿Será posible dejar las mochilas para no cargar con ellas? Estamos viajando hace varios días».
Claudia pensó que ese no era problema suyo.
No supo de dónde le salió el «claro».
Los acompañó hasta el portón y volvió a llavearlo.
La vista de las mochilas en el suelo la inquietó.
«Dentro de un rato regresan y se las llevan», pensó. «No quiero meterme en problemas cuando Leandro está de viaje».
«¿Qué hacen estas mochilas acá?», preguntó Pedro al regresar del colegio. Lo mismo hizo Andrea, luego Paula, quien sentenció: «Tengo la sensación de que veremos las mochilas durante varios días». Claudia levantó la cabeza de un solo golpe.
Era la hora de la comida cuando regresaron los jóvenes. Claudia los presentó a sus hijos y de inmediato se enfrascaron en una conversación que iba en vías de prolongarse.
Antes de darse cuenta, estaban sentados con nosotros en la mesa.
«¿Cómo les fue?», preguntó Claudia.
«Bueno», dijo él, quien se llamaba Ricardo, la persona que iba a alojarnos también está fuera del país».
Terminó la cena sin mayores altibajos.
Era cerca de las diez de la noche.
Claudia se levantó para buscar algo en la cocina.
Pedro la siguió.
—125→«Mami, ¿no podrían quedarse a pasar la noche?»
«Bien sabes que a tu papá no le gustan estas cosas. De todos modos no sabemos ni quiénes son».
«Pero dijeron conocer a Hernán. Además, la pieza del fondo está vacía».
«Imagínate, yo, protegiendo a un joven y a una niña que viajan solos. A lo mejor se escaparon de sus casas».
Claudia sabía que iba a decir que sí.
Guiomar y Ricardo se quedaron.
La pieza quedaba fuera de la casa y ni siquiera tenía baño, así que a las nueve de la mañana siguiente tocaron el timbre y preguntaron si podían bañarse.
Era natural que desayunaran.
Después, la conversación fue tomando familias, cayendo en la intimidad de la relación de la pareja con miras a una boda a largo plazo, según afirmaron. Claudia no preguntó cuán largo era el plazo pero sí si estarían de regreso para almorzar.
«Son simpáticos», comentó después con la empleada.
A la hora del almuerzo llamaron para decir que se les estaba haciendo tarde y preferían quedarse en el centro.
«Son delincuentes, secuestradores, quizás qué más pueden ser, mujer», le dijo a Claudia una amiga que la llamó esa mañana al enterarse de la historia.
«Tienes una imaginación galopante», contestó Claudia.
«No sabes en qué te están metiendo», vaticinó la amiga.
Guiomar era callada pero firme en su forma de hablar. Antes de cenar pidió permiso para llamar a —126→ sus padres. «Soy hija única», dijo, como excusándose. «Van a pagar allá la llamada».
Claudia levantó antenas. «Debe ser el contacto», pensó; «tendrá un código para comunicar que ya están en terreno».
La llamada de la amiga y el desconocimiento aceleraron sus latidos.
Después, durante la cena, era un manojo de miedo.
Mientras Guiomar y Ricardo estaban al lado del teléfono, Claudia hizo gestos a Pedro para señalarle que la cosa tenía que terminar. Pedro la llevó a un lado. «Mami, son unos pocos días, no tienen dinero; piensa que nosotros también nos largamos de ese modo cuando nos tienta la aventura...»
Ella no respondió. Era su forma de decir que sí, pero sin comprometerse.
Al otro día, Ricardo entró en la casa, solo (Pedro le había dado su llave). Dijo que Guiomar no se sentía bien, «algún desorden estomacal», precisó.
«Lo único que me falta», pensó Claudia, «un aborto en mi propia casa; vendrán sus padres, seré culpable de encubrimiento. Dios mío, quizás son delincuentes peligrosos, Bony y Clyde, amor a punta de escopetas, el aire se llenará de balas, habrá plomo para todos...»
Lo peor es que dijeron que les gustaba mucho el país, que se habían tomado un año para recorrer distintos lugares y conocer con tranquilidad.
«Es el colmo; yo ando corriendo para calzar un día con otro y ellos se toman un año».
Claudia estaba a punto de reventar, pero nada había en la conducta de los jóvenes que pudiera reprochar. Llegaban al atardecer y no volvían a salir.
Al día siguiente era el cumpleaños de Claudia. Guiomar entró en la mañana, ya repuesta, con una —127→ caja de bombones. Claudia casi tuvo un ataque de conciencia, pero un resto emancipado levantó la sospecha de que podían estar rellenos con alguna droga.
«El chocolate me cae mal», pensó decir, pero la cara de Guiomar parecía trasparente a pesar de los pequeños pozos del cutis, así que tomó la caja, «gracias», la abrió y ofreció uno a Guiomar. Ella, sonrió e hizo un ademán cómico señalando la cara. Claudia tomó uno e hincó el diente en la punta: no pasó nada. Llegó a la mitad y retrocedió: el licor cayó al suelo. «Menos mal», pensó, «ahí estaría la droga», pero no le dio largas al pensamiento y terminó el chocolate. Se sentó para esperar el efecto. Guiomar estaba entre divertida y extrañada.
«¿Se siente mal?», preguntó.
Claudia hizo un movimiento indefinido con la cabeza. En ese momento el timbre del teléfono tembló el aire.
Todos corrieron a descolgarlo. Lo tomó Claudia.
Era Ricardo. Quería hablar con Guiomar.
Claudia interrogó con la mirada. Guiomar explicó que no querían molestar tanto y Ricardo había partido temprano para hacer algunas averiguaciones sobre hospedaje.
«Mentira», pensó Claudia a punto de sentir los efectos de la droga.
Guiomar colgó casi de inmediato. «No encuentra algo que podamos pagar».
«Pero, ¿cuál es el problema si ya están acá?», preguntó Claudia con la duda y la ironía hecha ojos.
«Bueno...», balbuceó Guiomar.
«Me siento mal, muy mal», alcanzó a decir Claudia, disponiéndose a un desmayo. «Tengo que saber la verdad de algún modo».
El timbre de la calle.
—128→Todos corren.
Claudia regresa del desmayo.
Dos hombres en el portón dan vuelta un llavero en las manos.
«Son ellos», piensa Claudia. «Interpol, policía de narcóticos, ley antisubversiva, cae familia entera que protegía a escapados de la justicia».
Llegan al portón en patota.
«Tenemos una oferta por la casa», dicen.
Ella recuerda lo del aviso en el diario, pero regresa a la casa. Los otros despiden a los hombres.
El teléfono de nuevo. Ricardo otra vez. Que encontró una pieza, que viene a buscar a Guiomar.
«Tienen que esconderse, seguro», piensa Claudia.
Pedro la mira con reproche.
No dejará que se vayan. Tiene que llamar a la policía. Otra vez el teléfono. Es la amiga. Que hay dos prófugos con las características de los que están en su casa. Claudia recuerda que no dio a su amiga ninguna característica. Cuelga sin terminar la conversación, busca una aspirina, come otro chocolate y se dirige a la pieza del fondo.
Guiomar está juntando sus cosas. «No volveré a leer los diarios ni hablar con amigas», dice, enfáticamente, mientras hace ademán de quitar a Guiomar la mochila, pero ella se resiste. Se entabla una lucha y la mochila avanza y retrocede, gana y pierde en un ir y venir de rabia. Claudia se espanta cuando escucha un «tic tac» extraño, un «tic tac» sin tiempo preciso, más bien «tac» que «tic». Claudia ya se siente levitar en el aire pero la explosión tarda como si jugara con su aguante o paciencia, hasta que el cierre de la mochila revienta y vuela el contenido. Un viejo despertador queda tiritando en el suelo hasta que Claudia lo silencia con un pisotón.
—129→
Cuando las piernas no pudieron más en su lucha con el vello ensortijado rubio-pelirrojo, te pusieron pantalones largos. Pasaste a ser «joven», como se los llamaba entonces, y todas las veces que alguien se dirigía a ti con ese término pasaba lo mismo: una llama carmesí cubría tu rostro y las palabras eran tragadas, como las aspirinas.
Ocurría generalmente a los quince años (eso del cambio del largo del pantalón) pero a ti te lo pusieron un año antes por el metro setenta y lo demás. Se alejaba así la posibilidad de que tu padre te dijera: «te daré una patada en el trasero» por cualquier comportamiento fuera de lugar o de línea. Sólo: «te daré una patada».
Era parte de la transformación que muchas cosas sufrirían en adelante.
Eso de ser «casi hombre» o «ya no eres un niño» cargaba la espalda de responsabilidades imprecisas, resumidas en un levantamiento de cejas que más bien eran signos de sorpresa.
Se te ocurrió pensar cuál sería el siguiente paso, si una metamorfosis detrás de otra iría cambiando tu aspecto o eso del pantalón sería lo más importante que te iba a suceder.
Te costó acostumbrarte y muchos espejos tuvieron que sufrir actitudes extrañas, poses diferentes para que empezaras a sentirte cómodo dentro de esos «embudos individuales», como se te ocurrió llamarlos.
—130→Tu madre te dio un breve discurso sobre los riesgos de los que había que alejarse para no terminar con las rodillas perforadas y las asentaderas brillosas.
Era la época en que los parches no eran adhesivos ni venían redondeados homogéneamente. Un mal paso y uno quedaba con la condena impresa hasta que se presentara la oportunidad de un pantalón nuevo.
Eso significaba el alejamiento de la cancha de fútbol, la que se armaba en cualquier barrio donde hubiera un número suficiente de varones. Para esos momentos había que ser previsor y no dejar todos los pantalones cortos en herencia al hermano que seguía en línea directa. La reserva era importante.
Pero, te acuerdas bien -con esa «memoria de elefante» que era tu mejor cualidad, decían, pero que recién de grande lo entendiste- del día en que, paseando con el traje de lino blanco -habitual entonces-, la corbata calzando la nuez, los zapatos de los domingos y la colonia de tu padre -la inglesa, que después no la podías soportar-, no te diste cuenta de cómo se te montó el indio cuando en el espacio entre tus ojos e Isabel se cruzó Joaquín y ella, entre niña y mujercita halagada hasta las trenzas, dio una mejilla sonriente -con su correspondiente ojo- a cada uno a cada lado, moviendo la cabeza sin precisar el alcance de las primeras emociones sentimentales de pantalones largos.
En plena plaza, con la retreta tocando «Sobre las olas», terminaste con el blanco del traje en un abrir de rodillas que dejó ver el raspón correspondiente.
Empezaste a usar, para salir, el pantalón azul del colegio con la chaqueta blanca, cuando esas combinaciones no estaban aún de moda.
¿Te acuerdas?
—131→Eso sí, hubieras querido tener los zapatos de dos colores que eran el último grito, las terminaciones más perfectas para cualquier «embudo» que se respetara.
Para eso había que esperar, pues también estaba en relación con la edad. Se necesitaba un asentamiento de voz exenta de chillidos ocasionales; una espera de dos a tres años.
Entonces los usaste, a pesar de que la moda ya estaba pasando de largo.
Te morías por la bufanda a lo Gardel, pero te daba vergüenza. Era casi una petulancia, pero querías sentirla, envolverte el cuello y torcer los ojos para ver, en tu fantasía, la fila de niñas desvanecerse hasta quedar apiladas a tu paso.
Lo hiciste.
Te la compraste en esa casa antigua, «El Gato Negro», donde todo se veía en semipenumbra, con un constante olor a húmedo, fresco. Sólo te la ponías delante del espejo y después la guardabas con cuidado en el fondo de un cajón para que nadie la viera.
La tienes todavía. Sólo que dejó de ser blanca.
Seis mesadas te costó.
Pocos tenían automóvil entonces. Se caminaban las calles sin llegar a horario a parte alguna, porque las calles tenían gente y la gente se conocía.
Con los automóviles se ajustaron los relojes, se midieron velocidades, se llegaba a tiempo, se empezó a saludar con la mano desde el vehículo o a caminar las calles sin detenerse.
Se transformaron las costumbres.
Aun así ¡qué no hubieras dado por ponerte un automóvil, bajar la ventanilla y sacar la cabeza para que te vieran!
—132→Te olvidaste de los calcetines hasta las rodillas, «medias tres cuarto». Llegaban hasta casi coincidir con la basta del pantalón corto, una caricatura de hombre a medio hacer. Cubría el vello, eso sí, pero esa botamanga ancha no impedía que en invierno se te congelara el interior.
Era una sucesión de penas para alcanzar el trofeo de ratificación de la hombría. Pruebas de resistencia, quizás.
A lo mejor hubieras preferido seguir con esos bucles que te hacía tu madre por la angustia de no haber tenido una niña. Te peinó así hasta los seis o siete años, cuando la equivocación de los demás empezó a ponerte en aprietos.
Queda esa foto con el traje de marinero. La tomaron como último testimonio fallido del deseo de tu madre. Después te cortaron el cabello «a la garzón», mucho antes de que se convirtiera en moda femenina.
Se acabaron muchas cosas. ¿A quién le interesan ahora las retretas o que alguna vez las calles fueron empedradas?
Ni qué decir de las pelotas de trapo, por más que ese invento superó al plástico y a la goma.
Eran otros... no, no te pongas sentimental ni nostálgico. Es sólo «la vida», como decía Chejov, porque para él una zanahoria no era más que eso, sin necesidad de explicación; y la vida igual. Del mismo modo te miras los cabellos grises y piensas en lo que fue y en lo que no llegó a ser, te pasas la mano por la cara y notas que los dedos se hunden en algunas partes. «Son cosas del tiempo, más bien», terminas como broche de balance general sin estar muy seguro, con ese leve sentimiento de «aquello fue mejor» sin darte cuenta de que lo aprendido se pisa con mayor seguridad. Esa es la diferencia.
—133→Son esos sueños de vuelta de rueda y empuje de pies. Basta un minuto y se me viene lo de atrás para adelante, y lo de adelante... bueno... ¡Qué tarde se ha hecho!
Hay sueños de café, de banco de plaza, de cine, de consultorio de dentista, pero ninguno puede compararse con los de sillón.
Se levanta, se pone el abrigo y sale para cortar el viento con su cuerpo. «Tanto sillón adormece las piernas», murmura, cerrando la puerta.
—[134]→ —135→
¡A quién se le podía ocurrir meterse en el negocio de caballos! Al tío Federico, por supuesto. Daba la impresión de saberlo todo, o tal vez se metía en empresas extrañas para aprender. Con esa sonrisa que bajaba del costado derecho de la boca, manteniéndola oblicua, uno no podía saber qué pretendía. Creo que era algo así como una fascinación por la duda, por el desafío porque sí, sin lugar a pensamientos posteriores.
Compró el caballo a sola vista. «Tiene mirada sincera», dijo. Cuando se presentó en la casa prendido de las riendas, diciendo que por un tiempo lo tendría en el jardín de atrás, la tía Maru, con esa voz que le salía «de los intestinos», según la familia -cuyo significado lo comprendí de grande- dijo: «el caballo o yo». Pero el tío había nacido caballero y guardó silencio de caballero. Le hubiera faltado el bigote y quizás un apoyo en un bastón de adorno con empuñadura elegante.
A la tía Maru la conoció justamente sobre un caballo. Tal vez por eso le pareció alta y delgada. Las cosas cambiaron cuando se bajó torpemente y el tío Federico tuvo que sostenerla para evitar un espectáculo vergonzoso. De todos modos, lo fue para esa época pues, como dibujos animados, salieron la abuela y la madre de detrás de arbustos de utilería y, antes de que el tío pudiera reaccionar, le vendieron lo que había estado sobre el caballo.
Quizás por eso quedó con una afición no concretada, la que, sin embargo, no alcanzó la categoría de —136→ trauma porque tampoco era la época. Si me hubiera contado una de sus tantas historias que escapaban a toda imaginación, si hubiera dicho que la ganó a la tía Maru en un juego de dominó -su pasión de siestas tórridas en «La Estrella»-, le hubiera creído.
Hacía vivir cualquier hecho no ocurrido con el solo requisito de pasar por su boca. Cuando, en el colmo de la excitación, torcía los ojos -cada cual hacia su extremo opuesto- para después hacerlos converger en el tabique de la nariz, no se necesitaba más para redondear una niñez consumada.
El caballo no sólo fue terminando con las flores plantadas por la tía Maru sino que, en paseos majestuosos, a cabeza y cola levantada, dejaba caer -como salida de un molde- la bosta cuyo olor iba levantando capas y capas de ira desconocidas en la tía Maru; y, si bien Federico insistía en la calidad insuperable del abono, Maru lo rechazaba, igual que al animal.
No eran tiempos de alimentos balanceados para animales -tampoco de puertas de servicio-, de modo que Federico encargó, recuerdo, media camionada de alfalfa que hubo que hacerla entrar por la puerta principal -la única- con desesperación de Maru pues, como si el tío se lo hubiera propuesto, la alfalfa llegó después de haberse baldeado el piso.
Temprano en la mañana, Federico salía a caminar con el caballo. Regresaba montado sobre la bestia, conversando con ella como si fuera un miembro más de la familia. Se llegó a comentar en el vecindario que el tío Federico no era muy normal. Creo que Maru pensaba lo mismo.
La tía tenía un arma que manejaba en cualquier tipo de guerra: la risa. Era una risa con sabor a nada, entre nerviosa e histérica, sin atisbos de contento. Pero parecía conformar al tío, o quizás darle —137→ pie para sus evasiones incomprendidas. Cuando sugirió que al caballo le faltaba pareja, a Maru casi hubo que ponerle camisa de fuerza. Pero no volvió a colocar al tío en la disyuntiva de la elección porque empezaba a sospechar algunas cosas.
Federico trajo un segundo caballo que entró, orondamente, dejando una estela de doble apariencia reflejada en el brillo del piso.
Hubo que deshacer el gallinero para acomodar a los caballos, en medio de un griterío infernal, mezcla de las quejas de Maru, del relincho de las bestias y de las plumas de pollos y gallinas que volaban junto con el cacareo por el allanamiento inesperado y el despojo de propiedad. Después de todo, no había casa que se respete que no tuviera su gallinero en ese entonces.
Los pequeños columpios de apoyo de las aves se desarmaron y, después de un andar ofendido por el patio y sus alrededores, buscaron las ramas del árbol de aguacate para pasar la noche. Un ave rebelde se ubicó sobre el lomo de uno de los caballos, sin pestañear.
El tío se encargaba personalmente de darles de comer y de cepillar con cuidado su piel hasta conseguir un lustroso acabado. Pidió media camionada más de heno, con lo cual el jardín quedó disfrazado de caballeriza. Los estaba preparando para una carrera que iba a realizarse por primera vez en el estadio de la ciudad.
Nadie imaginó que los vientos podían jugarle una mala pasada, torcerse para arrear con todo el frío traído de lugares alejados como si fuera castigo por su inclinación por los caballos. Primero estornudaron en forma de relincho, después empezó a caérseles un —138→ líquido blanco de los ojos y la nariz hasta que se echaron sobre un montón de alfalfa sin ganas de comer.
Nunca había visto al tío tan desesperado.
Hablaba pronunciando sólo dos palabras: «inversión» y «pérdida». Se trasladó, con un colchón viejo, al establo improvisado, olvidándose durante varios días de la tía. Se había llevado el despertador para cumplir con el horario de las medicinas.
Pero no hubo caso.
Los amigos más íntimos se reunieron para darle su apoyo cuando sacaron a los caballos, arrastrándolos a lo largo del patio y del zaguán para ubicarlos en la carreta. El tío se sentó al lado del pescante. No sé a donde los llevó. Cuando regresó, no tenía los ojos desviados ni la boca oblicua. No era la primera vez sino una más en su larga cadena de perderlo todo.
El gallinero volvió a ocupar su lugar y las aves descendieron del árbol de aguacate.
Unos días después, el tío partió. Se instaló en la primera ciudad al otro lado de la frontera «para hacer lo que venga y desde cero», como dijo, partió solo. Después mandaría a buscar a la tía Maru, «cuando se le calmara la rabia».
Al pasar el tiempo, sin que «la rabia se le calmara», la tía juntó sus cosas y fue a reunirse con Federico, a pesar de que a ella no le gustaban los comienzos desde cero.
Esto fue hace mucho, cuando sus años no eran tantos y los míos podían contarse con los dedos.
A veces, un relincho ocasional de caballos -que aún recorren las calles de algunos lugares- me tuerce —139→ violentamente la cabeza y, por más que me digo que no puede ser, el tío Federico está sobre uno de ellos, poniendo bizcos sus ojos e inclinando la boca; y río como caballo porque ¿quién más que yo sabe que todo puede ser con semejante tío?
—[140]→ —141→
He atravesado la barrera del sonido. Así llamo a esas decenas que conforman la mitad de lo que no me animo a mencionar pero que siempre se escribe en números romanos.
A veces el descuido hace que cambie la posición de esas cifras y me resulta tan insignificante como la imagen de un pájaro con las alas plegadas.
«Enfrentar» y «asumir» son dos vocablos de moda que rellenan, en forma inteligente o asertiva, cualquier frase moderna.
Claro que el que enfrenta asume -pienso-, siempre que sea «puntual». Ahí sencillamente cerramos la boca y abrimos los ojos de nuestro interlocutor.
Regreso a esos años ingenuos, ignorantemente ingenuos, con horas marcadas para dormir y levantarse, puertas de tranca puesta para que los asaltantes de niñas púberes no puedan trasponerlas al filo de la noche.
Vuelvo a esas miradas que parecían caer de las ventanas y azotarse contra el pasto, iniciando carreras de cien millas para descubrir sospechas y ser presurosamente acalladas por el «fru-fru» de labios maduros.
Y el menor saber era causante de estupores cuya prolongación duraba lo necesario para asentar lo recién aprendido.
Eran etapas tan marcadas como las horas, sin posibilidad de saltarlas, por causa de esas cuidadoras de lo que se debe hacer o no, quienes hacían imposible cualquier truco.
—142→«A menor conocimiento mayor provecho», parecía ser el axioma difícil de probar.
De cuando en cuando, algún libro -introducido a pesar de la censura- causaba fiebres visibles, de ésas que vienen con su tinte propio y adornan caras que querrían estar debajo de algún mueble.
«Son cosas del crecimiento», eran frases que encendían algo más que la cara, haciendo tragar esas palabras imposibles de decir que ahora sirven para unir otras, aunque con el significado disminuido.
Eran quizás «otros tiempos», por más que bastaba observar esa repetición encadenada quién sabe a qué dioses o designios para empezar a dudar de lo que se dice como al descuido, como pasando de largo.
Entonces las abuelas eran tales por fecha, por época por imagen, por antiguas, por comodidad... Eran el trampolín para pasar por encima de madres muy ocupadas en el vestuario de los hijos en varias medidas, en los quehaceres diarios, en la cotidiana mediterraneidad de sentimientos manifestados de ese modo.
El «pregúntale a la abuela» hacía ganar tiempo cuando la respuesta era escasa o inapropiada y las palabras preferían el encierro, por estériles...
La vuelta atrás parece necesaria en algún momento, como apoyo, búsqueda o cuestionamiento de lo conocido.
Veo que no se desprenden efectos que continúen alguna acción dejada en suspenso. Es una reconfirmación de lo ya vivido, experimentado, patrimonio hecho de conocimientos algunas veces decepcionantes. Es la cosa que no puede ser compuesta, porque no tiene arreglo.
Aun así, hay una especie de placer mórbido en querer seguir vadeando esas aguas estancadas.
—143→La meditación termina en forma abrupta bajo el signo del presente, un tiempo que corre parejo con la edad, imposible de acelerar o detener, una prueba de paciencia frente a esa orilla sólo vislumbrada en medio de un borrón que detiene igual quela bolilla «no va más», y el aguijón está puesto en todo momento y los brazos listos para bracear esa bruma.
Y se cae en redes de sirenas que ostentan cristales multicolores con la forma del mundo, llenando deseos incontrolados de conocer cualquier verdad antes de la hora.
Con pasos débiles, como enfermo sin cura, camino lo que falta -porque siempre sigue faltando algo hasta la caída de las manecillas por descompensación del mecanismo.
La vuelta atrás es un problema de evasión del mecanismo, creo.
Se plantan semillas y cosechan réplicas de uno mismo en una programación de cifras que van en camino de ser manipuladas y archivadas, hasta con número de serie, para mejorar el servicio y facilitar el pedido.
Quizás sea bueno no enterarse de cómo serán las futuras cosechas.
Veo algunas réplicas mías en meditación idéntica, sonando en reverso, echando de menos esos cuadrúpedos inteligentes que, según dicen, nos precedieron.
No habrá «tarzanes» al otro lado de esa línea, sino robots empeñados en la búsqueda de algún resto de árbol para poder columpiarse.
Volveremos a esas extensiones sin límite de ojos, buscando algún semejante que justifique nuestra presencia.
Pienso si las abuelas también han pasado por lo que llamo «el cruce de la barrera» -la del sonido-, —144→ por más que es un trasponer silencioso, casi con miedo de perturbar lo que ya duerme sin remedio.
Me doy cuenta de la caída en un juego solitario que ha sido probado en alguna oportunidad por quien más o quien menos.
Quisiera revolver una gran olla puesta sobre el fuego con todo lo que sé adentro y que en el punto de ebullición vayan saliendo mensajes al aire, como en las tiras cómicas, con los números precisos para saber en qué cuadrado poner el pie en esa rayuela que tendrá que ser jugada.
Desde ese cruce, veo que funciona el laboratorio y salen «efectos especiales» de una ficción que ya no parece tal.
Creo estar salvada por esa parte indígena que pusieron en mi cocción original.
Recuesto el cuerpo en un «tótem» que sonríe y veo, más allá, alguien que fuma una pipa larga como queriendo llegar quién sabe a qué extremos con sus señales; y tiene cara de «tótem» también.
Los tambores resuenan en esa elevación hueca, artificio de algún mago creyente, y me van sumiendo en las alturas de cierto letargo.
Me duermo pensando en qué lugar voy a despertar.
—145→
«La dejé acá, encima de la cómoda, no ésta, la otra, más alta». Martina mira el lugar vacío. «Había que pagar la cuenta, tiene vencimiento».
«Quizás la tormenta de anoche...», dice Bernarda.
«A ventanas cerradas no funciona el viento», contesta Martina.
«No hay necesidad de que te pongas así».
«Claro que no. Sólo que no será fácil vivir en la oscuridad, dormir en ella sabiendo que no se la puede interrumpir».
«No es para tanto».
Martina no responde. Juega altos y bajos con la cabeza, con el cuerpo, revuelve papeles, bate polvo acumulado, vacía carteras nuevas y usadas, encuentra lo que no busca, cosas perdidas hasta en la memoria.
«El papel desapareció».
«¿Estás segura de que tenía fecha?»
«¿Hablas en serio? ¿Has visto alguna cosa que no tenga fecha? ¡Mírate al espejo!»
«Cuando te pones así eres inaguantable».
«Para que reacciones de una vez por todas y te des cuenta de que existe lo que se llama orden. A lo mejor no lo pusiste donde dices».
«¿Estás insinuando que algo me falla?»
«A ti no se te puede decir nada».
Martina se lanza en una verdadera batida de limpieza, un movimiento de techo asuelo, de pared a pared, buscando. Desdobla papeles arrugados, se interna —146→ de brazo entero en el tarro de basura, se agita en varias velocidades.
«Por lo menos no te pongas en el paso», choca con Bernarda en el corredor.
Martina desaparece en la despensa. «Hace tiempo que nadie se preocupa de este lugar», cuela la frase por la puerta a medio abrir. «Hay cosas que se han terminado, otras que hay en exceso. ¿Es que no puedes llevar un control de esto por lo menos?»
Bernarda no contesta.
«¿Me oyes?»
«Te oigo».
«Podrías intentar una respuesta».
«Mea culpa, mea culpa».
«Eso se dice sin ironía».
«Martina, me sacas de quicio».
«Ahora yo tengo la culpa; todo porque no te gusta que te señalen tus faltas».
«¿Qué faltas?»
«Bernarda, por favor, compórtate. Hace tiempo dejaste de ser una niña».
«Soy mucho menor que tú. ¿Crees que jugando con eso de la edad me vas a confundir? Tengo memoria de varios animales juntos, no sólo de elefante».
«¡Vaya la novedad!»
«No te burles».
«No me burlo. Pero entonces, ¿dónde está el papel?»
«Tú lo escondiste; lo haces siempre, lo hacías antes. Bien que recuerdas que la pianola dejó un día de funcionar y mamá la abrió para encontrarla atascada con papeles chicos, grandes; todo por ponerme en aprietos».
«La pianola dejó de funcionar porque los ratones hicieron su cueva adentro».
—147→«Mamá habló de papeles».
«Sólo para conformarte y que terminaras con ese llanto que ya duraba días; los ojos se te habían cerrado por la hinchazón. Parecías un sapo a punto de volar en explosión irremediable.»
«A ofensiva, nadie te gana. ¿Encontraste el papel?»
«Lo estoy buscando, lo puedes ver».
«¿Estás segura de lo del vencimiento?»
«Por supuesto. Estaba bien claro: pagar entre el 7 y el 9».
«Esas son las terminaciones que siempre buscas para los billetes de lotería».
«Una coincidencia, Bernarda, una coincidencia».
«Pero si tú no crees en las coincidencias. Las llamas: «lo que debe ser, la fatalidad de cada día».
«No son palabras mías. Las tomé prestadas. Mamá las solía decir».
«¿Has buscado bajo los colchones?»
«No estamos jugando al cinto escondido; se trata de un recibo importante. Nos pueden cortar los ojos».
«Sólo la luz, Martina; no es lo mismo».
Bernarda se distrae en la ventana. «Esa mujer de al lado está de nuevo con visitas raras. Es como si hiciera un muestreo de hombres de distintas edades. Seguramente no tiene problemas de vencimientos, de papeles, de todo eso que vuelve difícil el despertarse. Es como chocar con obligaciones».
«Bernarda, deja a la vecina y sigamos con lo del papel».
«Parece contenta. Mira, nada de labios fruncidos. Tiene la boca roja, grande, con ganas de tragarse el mundo de un solo bocado. Reparte besos como si le sobraran. ¿Se puede querer a tantos a la vez, Martina? Mamá decía que con uno bastaba; es una vacuna para toda la vida, afirmaba. Nunca se pintó los labios o —148→ la cara y la risa la llevaba para adentro, como vergüenza del corazón».
«Ya caíste en tu nostalgia de ventana abierta. Ven, nos falta revisar la pieza de costura».
«No, Martina, me cansé. Dejemos ya esto. Mañana nos toca lo del teléfono, pero esta vez serás tú la que lo deja descolgado y yo te lo hago ver. Pero mira, ¡sí parece procesión de 8 de diciembre!».
«Cierra la ventana, Bernarda. No nos conviene el fresco de esta hora».
Bernarda afirma el pestillo y corre la cortina. Retiene un borde y sigue observando a la mujer de al lado. «Esas son las que pervierten a los hombres, los pierden hasta que se destrozan por dentro y por fuera», cree escuchar.
Martina ya está en la mecedora.
Bernarda ocupa la suya y ambas se mueven a un mismo ritmo, distrayendo el tiempo, recortándolo en figuras como las de papel, hasta el juego siguiente.
—149→
Salgo a la puerta de calle para ver correr el raudal que cubre el pavimento.
Las veredas quedan ocultas después de esas lluvias que caen sin pudor, como desborde pasional de esas 11.000 vírgenes, si alguna vez existieron.
Llevan gran velocidad. Parecen ríos fuera de lugar.
«Cuidado, puedes desembocar en el mismo puerto», viene una voz del fondo, pasando por el patio y luego el zaguán. «La última vez arrastró un automóvil con todos sus ocupantes. Nunca más aparecieron».
La casa tiene un umbral ancho, un poco más alto que la vereda. Para entrar en el zaguán hay que bajar un peldaño. A veces el agua lo sobrepasa y las corridas parecen espanto de desquiciados que, al final, no impiden que todo se moje en esa lavada general. Se necesitan varios días de buen sol para que se pueda volver a respirar en seco.
Los sueños se vuelven húmedos y las sábanas, frías, conducen el tiritón hasta que los ojos se abren en un relámpago imprevisto.
Se hace difícil imaginar que pueda caer tanta agua.
Son lluvias que hay que vivirlas, extendiendo los brazos para que las gotas grandes, que caen borroneadas, se incrusten fríamente en los poros, produciendo una sacudida de cuerpo que repercute en el corazón.
No funcionan los barcos de papel.
Quizás no resisten tanto peso.
—150→Después, cuando allá en lo alto cierran la llave, se levanta una brisa fresca y se busca algún chaleco, para seguir parado en la puerta, mirando sólo un punto del raudal -que aún continúa violento- mientras corre el pensar y colma el alma, compitiendo con el desborde.
Muchos vecinos hacían lo mismo.
Una conversación cruzada hasta donde llegara la voz, era parte del fin del aguacero.
Así, después del tema de las inundaciones caseras, venía el de las vacunas y enfermedades infantiles para terminar en comparaciones de notas de colegio y en el mayor o menor rendimiento del alumno en la escuela del barrio.
La lluvia era un modo de vida, una necesidad social, un encuentro obligado por el cese indispensable de cualquier otra actividad del momento.
La doctora Mernes, en línea oblicua a nuestra casa, se instalaba de cuerpo entero en el balcón, vestida con su delantal blanco en compañía de su sobrina, ambas contemporáneas. Se decía que su influencia era tal que de puro miedo la sobrina no se había casado, y los pretendientes que llegaban eran compartidos a la luz del día, en pleno balcón.
Era una mujer de sonrisa presente y ojos oscurecidos por cejas espesas, ocultas quién sabe en qué peldaño antiguo, una enciclopedia de aconteceres del barrio afirmados por movimientos de la cabeza de Niní, la sobrina irremediable.
Parecían unidas por un cordón sin posibilidad de soltarse, en un barrio donde siempre hay más ojos de los necesarios, y Niní cayó bajo algún par de enfoque preciso, diurno y nocturno, insistiendo en que la hinchazón de su vientre era bastante natural, lo que se ratificó con su ausencia.
—151→«Se fue a Europa», dijo la doctora Mernes, sin caer en cuenta de la lejanía de ese continente en aquella época o juzgar necesaria otra explicación.
Niní no regresó, porque a veces la cara no es suficiente para enfrentar algunos hechos.
Nadie se enteró del verdadero lugar de destino donde pagaba su pena.
Frente a nuestra casa habitaba Franca, profesora de piano, con su hermana Fedora, funcionaría pública sin conocimiento de música, pero quien, sin embargo, corregía de oído cualquier traspié de los alumnos.
Uno no sentía miedo al no llevar la lección estudiada. En una sala, siempre en penumbra, con muebles oscuros que se iban mimetizando con esa penumbra en cómoda asociación, el piano parecía irrumpir como resultado de algún encantamiento. Franca entraba después de una espera del alumno de por lo menos diez minutos, inundando la pieza y el piano con esa colonia comprada por litro y repartida en frascos pequeños de distintas marcas francesas.
Cuando el olfato lograba la abstracción del aroma, recién era posible concentrarse en el teclado.
Algunas notas del piano, demasiado antiguo, tenían el sonido tan desgastado que daba igual reemplazarlo por otro y, en general, la fuerza era necesaria para arrancar alguna respuesta del instrumento dormido.
Los sábados, al calor de los casi cuarenta grados a la sombra de los árboles del jardín y en la modorra de ojos a punto de caer en sopor incontrolable, eran dictadas, de un libro maestro, las clases de teoría que quedaban escritas prolijamente pero nunca aprendidas.
Fedora intervenía para reprender la falta de atención, haciéndonos saltar con su voz marcada por la soltería y la desesperanza.
—152→Franca tuvo una hija; en momentos de nostalgia sacaba el álbum de fotografías en sepia para certificar su condición de casada, con traje de novia y todo. El marido desapareció un día, tentado por un barco con la proa vuelta en dirección a tierras exóticas. Llegaron cartas que el tiempo destiñó, resquebrajándose el papel por falta de oxigenación.
Qué pasó entre la doctora Mernes y Franca y Fedora nunca salió a luz, a pesar del entrenamiento de los postigos de entonces, con una parte movediza que incitaba incluso a los de principios inamovibles, pero no se volvieron a dirigir la palabra a pesar de la costumbre marcada por los aguaceros.
Más allá, siempre en la vereda de enfrente, la familia Jericó, todas bordadoras profesionales y solteras, también de profesión. Franceses de nacimiento, se movían dentro del silencio susurrante de su idioma, parecido al del continuo frotar de telas extensas al pasar por los bordados de esas máquinas que no llegaron a conocer el descanso.
Eran dos hermanas y un hermano casado; la convivencia los igualó de tal forma que, de niña, siempre los creí hermanos a todos. Gozaban, en familia, el espectáculo de las calles y veredas anegadas y nunca dieron pie, ni siquiera por descuido, para que se hablara de malos hábitos en ellos o de falta de decencia. Era tranquilizante verlos al final de la tarde, en otra costumbre consumida por el tiempo, sentarse en la vereda en esos sillones de mimbre, de respaldo alto, para frenar el trajín del día. Daban la impresión de haberse trasladado con una parte de su tierra de origen.
A los Stefan los teníamos al lado; ellos rara vez participaban en los encuentros callejeros por disposición expresa del padre, cuidador a rebenque puesto —153→ tanto de la estirpe como de la virginidad de las cuatro hijas.
Un nexo más estrecho que con los demás vecinos se estableció entre los Stefan y los Hernández, una especie de religión comulgada a la misma hora y del mismo modo, quizás buscando -la parte Stefan- esa tranquilidad y paz superiores de las que estaban impregnados los Hernández y que salía de alguna manera por el zaguán angosto, envolviendo a los transeúntes.
Pocas veces tuve la oportunidad de ver de cerca, en la intimidad interior, el desarrollo de esa forma especial de vida difícil de calificar; más bien podría llamarse «un todo de partes iguales», siempre iguales, llevando una existencia iniciada con marcas y caminos conocidos. Al igual que los Jericó, tenían el culto de la armonía de sonidos y las consonantes encontraban la vocal apropiada, sin aspavientos.
En la casa de los Hernández -a quienes algunos llamaban «predicadores del silencio», o «depositarios de la religión»- he aprendido cánticos y rezos, totalmente ajenos a los míos, con los que caía en sueño, cantándolos a voz en cuello.
Pero pocos buscaban al Morochón fuera de las necesidades obligadas. La despensa -como ya se comenzaba a denominar al almacén- era el primer golpe de vista apenas nuestra puerta era abierta. El olor del «maíz pichingá», en salto constante, era su mejor propaganda.
Amplio de formas, de cara, de ojos, de todo, parecía una torta aplastada por falta de levadura. Era persona para «tratos de almacén y nada más», como alguien dejó escapar en un descuido de boca o de lengua. Por sus características especiales y su eterna sonrisa, le llamábamos (los niños del barrio) «el —154→ tótem riente». El vocabulario se le había detenido por falta de uso, por el trabajo comenzado antes de tiempo. Después dijo: «todo se pierde cuando el momento se acaba», y siguió con su pequeña empresa.
Era, sin duda, un barrio interesante, de naturaleza circunscrita por la época.
Otros vecinos se pueden mencionar solamente pues sus puertas rara vez eran abiertas, quizás para evitar dar paso a confianzas indeseadas. Los automóviles llegaban, a través de grandes portones accionados por manos invisibles, hasta el fondo de la casa donde recién descendían sus ocupantes.
Como risa divina, el señor Winka y su familia.
El señor Winka era mecánico dental y se conocía con nuestra familia desde antes, es decir, antes de llegar a América con los mismos blasones de pobreza. Se daba con todos, lo quisieran o no, con esas maneras venidas de otros lugares donde sufrió en cuerpo, y alma. «¡Como para seguir arrastrando penas!», decía. «Terminaría envuelto en esas camisas que cuesta desatar». Así que, ajeno a linajes o «situaciones económicas nómades», repartía su buen humor, su bondad, mostrando los dientes bordeados en oro.
Al final de la calle, justo frente a la de doble tráfico «cuidado al cruzar», cuando íbamos a la escuela pasábamos por la tostaduría de los Poletti, llena con el ruido infernal de grandes máquinas y el aroma incitante del café y la cocoa repartidos generosamente por el barrio.
La compra era otra cosa. Funcionaba a balanza implacable, sin inclinaciones ventajosas para el cliente, bajo la mirada sin pestañeo de la abuela Poletti.
La casa de los Arza estaba más alejada, pero en la misma cuadra. Era la que me hubiera gustado cambiar por la nuestra.
—155→Puesta en un trono, al final de una escalinata de innumerables peldaños, no tenía problemas de inundaciones; sus habitantes observaban el desplazamiento mundano de los raudales como desde un palco.
Con las ventanas siempre cerradas, daban la impresión de no enterarse del vaivén cotidiano de la gente, del clima; sin embargo, lo sabían todo por esos canales antiguos: murmullos arrastrados por remolinos de voces.
También tenían su golpe de realidad con el almacén del italiano, justo al lado de la casa que ocupaba toda la esquina.
«A postigos cerrados se escribe la historia», decía la bisabuela cuando pasaba una temporada con nosotros. Era para asustar a la misma lluvia su protuberancia repartida en forma irracional. Después, cuando la conciencia reemplazó a esos estados insoportables de niñez sabelotodo, fue remanso para tantas cosas...
El barrio fue sufriendo los deterioros de la edad, el movimiento natural de habitantes que son empujados por el avance del comercio y la ampliación de la ciudad, como si algún raudal imaginario presionara la voluntad.
Muchos murieron «en sus trincheras», si se puede decir. No hubieran podido resistir más trasplantes.
Ahora son extraños los que miran desde ventanas sin postigos, como si de pronto la intimidad hubiera decidido retirarse a lugares menos visibles.
Pienso que son descendientes de los otros y me pregunto sus nombres. No, son extraños que viven en casas que desconozco, demasiado arrugadas para ser las mismas.
Me miran del mismo modo y tengo la sensación de que nada me queda allí por hacer.
—156→Creo que si les contara que alguna vez el raudal cubrió veredas y se internó en las casas, que allí viví y fui testigo, que la gente, que las cosas... me mirarían sin comprender.
Es extraño, pues las lluvias siguen cayendo con la misma intensidad...
Recojo una flor campanilla, morada, de esas que caen del árbol por el peso de otras, como lo hacía mi abuela, y pienso, pienso si no soy en verdad ella.