 | El escritor de costumbres no escribe
exclusivamente para esta o aquella clase de la sociedad, y si le puede suceder
el trabajo de no ser de ninguna de ellas leído, debe de figurarse al
menos, mientras que su modestia o su desgracia no sean suficientes a hacerle
dejar la pluma, que escribe imparcialmente para todos. Ni los colores que han
de dar vida al cuadro de las costumbres de un pueblo o de una época
pudieran por otra parte tomarse en un cálculo determinado y reducido; la
mezcla atinada de todas las gradaciones diversas es la que puede
únicamente formar el todo, y es forzoso ir a buscar en distintos puntos
las tintas fuertes y las medias tintas, el claro y oscuro, sin los cuales no
habría cuadro.
La cuna, la riqueza, el talento, la
educación, a veces obrando separadamente, obrando otras de consuno, han
subdividido siempre a los hombres hasta |
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lo infinito, y lo que se llama en general la sociedad es un amalgama de mil
sociedades colocadas en escalón, que sólo se rozan en sus
fronteras respectivas unas con otras, y las cuales no reúne en un todo
compacto en cada país sino el vínculo de una lengua común,
y de lo que se llama entre los hombres patriotismo o nacionalismo. Hay
más puntos de contacto entre una reunión de
buen tono de Madrid y otra de Londres o de
París, que entre un habitante de un cuarto principal de la calle del
Príncipe y otro de un cuarto bajo de Avapiés, sin embargo de ser
éstos dos españoles y madrileños.
Sabiendo esto el escritor de costumbres no
desdeña muchas veces salir de un brillante
rout, o del más elegante sarao, y
previa la conveniente transformación de traje, pasar en seguida a
contemplar una escena animada de un mercado público o entrar en una
simple horchatería a ser testigo del modesto refresco de la capa
inferior del pueblo, cuyo carácter trata de escudriñar y
bosquejar. |
 | ¡Qué de costumbres diversas
establecidas en una atmósfera, que en otra inferior, ni aun
sabiéndolas se comprenderían! El título de este
artículo, sin ir más lejos, es verdadero griego para la inmensa
mayoría que compone este pueblo. No harán, pues, un gesto de
desagrado nuestras elegantes lectoras cuando nos vean explicar la
significación de nuestro título; esta explicación no es
ciertamente para ellas; pero nosotros no tenemos la culpa si su extraordinaria
delicadeza y si su civilización llevada al extremo que forma de ellas un
pueblo aparte, y pueblo escogido, nos pone en el caso de empezar por traducir
hasta las palabras de su elegante vocabulario cuando queremos dar cuenta al
público entero de los usos de su impagable sociedad.
El que la voz
álbum no sea castellana es para
nosotros, que ni somos ni queremos ser
puristas, objeción de poquísima
importancia; en ninguna parte hemos encontrado todavía el pacto que ha
hecho el hombre con la divinidad ni con la naturaleza de usar de tal o cual
combinación de sílabas para explicarse; desde el momento en que
por mutuo acuerdo una palabra se entiende, ya es buena; desde el momento que
una lengua es buena para hacerse entender en ella, cumple con su objeto, y
mejor será indudablemente aquella |
 | cuya elasticidad le permita dar entrada a mayor número de
palabras exóticas, porque estará segura de no carecer
jamás de las voces que necesite: cuando no las tenga por sí, las
traerá de fuera. En esta parte diremos de buena fe lo que ponía
Iriarte irónicamente en boca de uno que
estropeaba la lengua de Garcilaso Que si él hablaba lengua castellana, yo hablo la lengua que me da la gana.
Pasando por alto este inconveniente, el
álbum es un enorme libro, en cuya forma
es esencial condición que se observe la del papel de música. Debe
de estar, como la mayor parte de los hombres, por de fuera encuadernado con un
lujo asiático, y por dentro en blanco; su carpeta, que será
más elegante si puede cerrarse a guisa de cartera, debe ser de la
materia más rica que se encuentre, adornada con relieves del mayor
gusto, y la cifra o las armas del dueño; lo más caro, lo
más inglés, eso es lo mejor; razón por la cual
sería muy difícil lograr en España uno capaz de competir
con los extranjeros. Sólo el conocido y el hábil
Alegría podría hacer una cosa que
se aproximase a un
álbum decente. Pero en cambio es
bueno |
 | advertir que una de las
circunstancias que debe tener es que se pueda decir de él: «Ya me
han traído el
álbum que encargué a
Londres». También se puede decir en lugar de Londres,
París; pero es más vulgar, más trivial. Por lo tanto,
nosotros aconsejamos a nuestras lectoras que digan «Londres»: lo
mismo cuesta una palabra que otra; y por supuesto, que digan de todas suertes
que se lo han enviado de fuera, o que lo han traído ellas mismas cuando
estuvieron allá la primera vez, la segunda o cualquiera vez, y aunque
sea obra de
Alegría.
¿Y para qué sirve, me
dirá otra especie de lectores, ese gran librote, esa especie de misal,
tan rico y tan enorme, tan extranjero y tan raro? ¿De qué
trata?
Vamos allá. Ese librote es, como el
abanico, como la sombrilla, como la tarjetera, un mueble enteramente de uso de
señora, y una elegante sin
álbum sería ya en el día
un cuerpo sin alma, un río sin agua, en una palabra, una especie de
Manzanares. El
álbum, claro está, no se lleva en
la mano, pero se transporta en el coche; el |
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álbum y el
coche se necesitan mutuamente: lo uno no puede
ir sin lo otro; es el agua con el chocolate; el
álbum se envía además con
el lacayo de una parte a otra. Y como siempre está yendo y viniendo, hay
un lacayo destinado a sacarlo; el lacayo y el
álbum es el ayo y el niño.
¿De qué
trata? No trata de nada; es un libro en blanco. Como una bella conoce de
rigor a los hombres de talento en todos los ramos, es un libro el
álbum que la bella envía al
hombre distinguido para que éste estampe en una de sus inmensas hojas,
si es poeta, unos versos, si es pintor, un dibujo, si es músico, una
composición, etc. En su verdadero objeto es un repertorio de la vanidad;
cuando una hermosa, por otra parte, le ha dispensado a usted la lisonjera
distinción de suplicarle que incluya |
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algo en su
álbum, es muy natural pagarle en la
misma moneda; de aquí el que la mayor parte de los versos contenidos en
él suelen ser variaciones de distintos autores sobre el mismo tema de la
hermosura y de la amabilidad de su dueño. Son distintas fuentes donde se
mira y se refleja un solo Narciso. El
álbum tiene una virtud singular, por la
cual deben apresurarse a hacerse con él todas las elegantes que no lo
tengan, si hay alguna a la sazón en Madrid; hemos reparado que todas las
dueñas de
álbum son hermosas, graciosas, de gran
virtud y talento y amabilísimas; así consta a lo menos de todos
estos libros en blanco, conforme van tomando color.
Como el caso es tener un recuerdo, propio,
intrínsecamente de la persona misma, es indispensable que lo que se
estampe vaya de puño y letra del autor: un
álbum, pues, viene a ser un
panteón donde vienen a enterrarse en
calidad de préstamos adelantados hechos a la posteridad una
porción de notabilidades; a pesar de que no todos los hombres de
mérito de un
álbum lo son igualmente en las edades
futuras. Y como por una distinción de exquisito precio, la amistad
participa del |
 | privilegio del
mérito, de poner algo en el
álbum, y como se puede ser muy buen
amigo y no tener ninguna especie de mérito, un
álbum viene a ser frecuentemente
más bien que un panteón, un cementerio, donde están
enterrados, tabique por medio, los tontos al lado de los discretos, con la
única diferencia de que los segundos honran al
álbum, y éste honra a los
primeros.
Sabido el objeto del
álbum, cualquiera puede conocer la causa
a que debe su origen: el orgullo del hombre se empeña en dejar huellas
de su paso por todas partes; en rigor, las pirámides famosas
¿qué son sino la firma de los Faraones en el gran
álbum de Egipto? Todo monumento es el
facsímile del pueblo que le
erigió, estampado en el grande
álbum del triunfo. ¿Qué es
la historia sino el
álbum donde cada pueblo viene a
depositar sus obras?
La Alhambra está llena de los
nombres de viajeros ilustres que no han querido pasar adelante sin enlazar con
aquellos grandes recuerdos sus grandes nombres; esto, que es lícito en
un hombre de mérito, confesado por todos, es risible en un desconocido,
y conocemos un sujeto que se ha puesto en |
 | ridículo en sociedad por haber estampado en las paredes
de la venerable antigüedad de que acabamos de hablar, debajo del letrero
puesto por Chateaubriand: «Aquí estuvo también Pedro
Fernández el día tantos de tal año». Sin embargo, la
acción es la misma, por parte del que la hace.
He aquí cómo motiva el
origen de la moda del
álbum un autor francés, que
escribía como nosotros un artículo de costumbres acerca de
él el año II, época en que comenzó a hacer furor
esta moda en París:
«El origen del
álbum es noble, santo, majestuoso. San
Bruno había fundado en el corazón de los Alpes la cuna de su
orden; dábase allí hospitalidad por espacio de tres días a
todo viajero. En el momento de su partida se le presentaba un registro,
invitándole a escribir en él su nombre, el cual iba
acompañado por lo regular de algunas frases de agradecimiento, frases
verdaderamente inspiradas. El aspecto de las montañas, el ruido de los
torrentes, el silencio del monasterio, la religión grande y majestuosa,
los religiosos humildes y penitentes, |
 | el
tiempo despreciado y la eternidad siempre presente, debían de hacer
nacer bajo la pluma de los huéspedes que se sucedían en la
augusta morada altos pensamientos y delicadas expresiones. Hombres de gran
mérito depositaron en este repertorio cantidad de versos y pensamientos
justamente célebres. El
álbum de la Gran Cartuja es
incontestablemente el padre y modelo de los
álbums.»
Esta afición, recién nacida,
cundió extraordinariamente; los ingleses asieron de ella; los franceses
no la despreciaron, y todo hombre de alguna celebridad fue puesto a
contribución; el valor, por consiguiente, de un
álbum puede ser considerable; una
pincelada de Goya, un capricho de David, o de Vernet, un trozo de
Chateaubriand, o de lord Byron, la firma de Napoleón, todo esto puede
llegar a hacer de un
álbum un mayorazgo para una familia.
Nuestras señoras han sido las
últimas en esta moda como en otras, pero no las que han sabido apreciar
menos el valor de un
álbum, ni |
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es de extrañar: el libro en
blanco es un templo colgado todo de sus trofeos; es su
lista civil, su presupuesto, o por lo menos el
de su amor propio. Y en rigor, ¿qué es una bella sino un
álbum, a cuyos pies todo el que pasa
deposita su tributo de admiración? ¿Qué es su
corazón muchas veces sino
álbum? Perdónennos la atrevida
comparación, pero ¡dichoso el que encuentra en esta especie de
álbum todas las hojas en blanco!
¡Dichoso el que no pudiendo ser el primero (no pende siempre de uno el
madrugar) puede ser siquiera el último!
El
álbum no se llama nunca «el
álbum», sino «mi álbum»; esto es esencial. En
rigor las señoras no han tomado de él más que la parte
agradable: todos los inconvenientes están de parte de los que han de
quitarle hoja a hoja la calidad de
blanco. ¡Qué admirable fecundidad
no se necesita para grabar un cumplimiento, por lo regular el mismo, y siempre
de distinto modo, en todos los
álbums que vienen a parar a manos de
uno! Luego, ¡hay tantas mujeres a quienes es más fácil
profesar amor que decírselo! ¡Cuánta habilidad no es
menester para que comparados después |
 | estos diversos depósitos no pueda picarse ningún
amor propio! ¡Qué delicadeza para decir galanterías, que no
sean más que galanterías, a una hermosa de la cual sólo se
conoce el
álbum!
Si éste es el mueble indispensable
de una mujer de moda, también es la desesperación del poeta, del
hombre de mérito, del amigo. Siempre se espera mucho del talento, y
nunca es más difícil lucirle que en semejantes ocasiones.
Nosotros, para tales casos, si en ellos
nos encontrásemos, reclamaríamos siempre toda indulgencia, y no
concluiremos este artículo sin recordar a las hermosas que cada una de
ellas no tiene más que un
álbum que dar a llenar, y que cada poeta
suele tener a la vez varios a que contribuir.
Revista Mensajero, n.º 64,
3 de mayo de 1835. Firmado: Fígaro. |