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ArribaActo quinto


Escena I

 

ELISA, sola

 
ELISA.
¿En dónde le hallaré?... ¿Dónde mis pasos
dirigiré en su busca?... ¡Desdichada!
¿Qué intento?... ¡Ay infeliz!... ¿Por qué la suerte
rompió el terrible yugo que enlazaba
tu amado cuello, ¡oh Dios!, para entregarte
de estos verdugos a la atroz, venganza?...
Tal vez no existes ya...; tal vez la mano
que en la paterna sangre se empapara
habrá hundido, sañuda, el hierro impío
en tu seno, ¡ay hermano!, yo la causa
fuí de tu perdición. ¡Destino adverso!
¡Y el pueblo lo consiente?... ¿Y Aquitania
sufre tranquila que en su seno sea
sacrificado su señor? ¡Oh alta
justicia de los cielos!, ¿lo toleras?...
¡Traidores!... ¿Dónde voy, desventurada?...
A morir con Reynal... Mas ¿quién se acerca?...
¿Yo sola en este sitio?... ¿Do me arrastran
mis desdichas?...


Escena II

 

LINSER y ELISA

 
LINSER.
Señora.
ELISA.
¿Quién? ¡Oh espanto!
LINSER.
¿Dónde, infelice, vais?... ¿De vuestra estancia
cómo osasteis salir?... Con tal peligro,
¿qué esperáis alcanzar?...
ELISA.
¡Ay Linser!... Nada,
nada me arredra. Di: ¿vive mi hermano?
Sólo salvarle...
LINSER.
Detened la planta.
Escuchadme, señora: yo, yo he sido
de este infortunio, sin querer, la causa.
Yo..., ¡Elisa!..., ardo en amor; el pecho mío
es un volcán, cuya espantosa llama
me devora...; yo os amo, y negros celos
en mí vertieron su ponzoña insana.
Perdonadme un error...; yo vuestro escudo
seré. Mi brazo y mi tajante espada
de vuestro hermano son... Mas, ¡ay!, al menos
mirad sin ceño mi pasión, no ingrata
burléis de mi dolor...; yo la existencia
defenderé de vuestro hermano.
ELISA.
Basta
no más, hombre cruel; tú, partidario,
satélite del bárbaro que osara
tanto delito cometer, ¿pretendes
engañarme a la par con tus palabras?
¿Qué fe, dime, tener puedo en tu brazo,
en tus ofertas, di, qué confianza?
LINSER.
Señora, ¡oh Dios!..., aunque mi negra suerte
con ese monstruo bárbaro me enlaza,
jamás, jamás, ministro de sus iras,
en sangre vi mis manos salpicadas.
Si no pude oponerme a sus furores,
nunca los aplaudí. La ardiente rabia
de una sospecha vil me hizo perverso.
Me hizo vil delator..., mas a tus plantas
perdón imploro ya.
ELISA.
Y aunque tus manos
en la inocente sangre no mancharas,
dime: ¿a la usurpación nos has cooperado
y a la opresión y engaño de la patria,
hollando la lealtad y la justicia?...
LINSER.
¿Y qué en lidiar contra el poder lograra?
ELISA.
Ser bueno y virtuoso: el que sostiene
del malvado el delito, y medra, y calla,
es también delincuente.
LINSER.
En desagravio
la libertad, la vida, la venganza
de Reynal..., ¡ay!..., Eudón, Eudón, ¡oh cielos!
¿si habrá escuchado acaso mis palabras?...
ELISA.
Ese temor es un delito.


Escena III

 

ELISA, LINSER y EUDÓN

 
ELISA.
¿Adónde,
tirano, vas..., adónde?... ¿Aún no te sacias
de crímenes?... Si sangre sólo anhelas,
sangre de tu familia malhadada,
vierte la mía, cruel. Hunde en mi seno
con risa fiera la brillante daga.
EUDÓN.
¿Me pensabas burlar, altiva joven?
¿Cómo salir osaste de tu estancia?
¿Qué intentas, infeliz?... Esfuerzos vanos
contra de mi poder. Ya tu esperanza
rendida está a mis pies... ¿En quién confías?
¿De quién socorro, por ventura, aguardas?
ELISA.
Del Cielo vengador; ¡monstruo, asesino!
EUDÓN.
¿Qué osaste pronunciar?... Tiembla, insensata.
ELISA.
El crimen tiemble, la inocencia nunca.
EUDÓN.
¡Eh!... ¡Basta de altivez, desventurada!
En mi poder estás, y está en prisiones
el mal aconsejado que intentaba
arrancarme del trono... ¡Miserable!...
Su juvenil arrojo, ¿qué lograra?...
ELISA.
¡Cielos..., cielos!... ¿Lo veis?...
EUDÓN.
¿Qué me detengo
en escuchar inútiles plegarias?
Tu hermano va a morir.
ELISA.
¿Qué escucho? ¡Cielos!
¡Oh Dios!... ¡Monstruo!
EUDÓN.
Terrible le amenaza
este puñal.  (Saca un puñal.)  ¿Lo ves?...
ELISA.
¡Qué horror!... ¡Soldados,
aquitanos, venid..., libradle!...
EUDÓN.
¡Calla!
¿Qué logran tus acentos impotentes,
que en estos altos artesones vagan
y se pierden sin fruto?... La voz mía
tan sólo se obedece en Aquitania...
Mas ¿por qué tardo? En su iracundo pecho
escóndase este acero al punto... Nada,
nada le puede ya salvar...
ELISA.
¡Ay triste!
¡Señor..., saciad en mí tan ciega rabia!
Ensangrentad, ensangrentad la diestra
antes en este seno... A vuestras plantas
vedme rendida, sí; dadme la muerte,
dádmela, por piedad... ¿Qué os acobarda?...
¿Qué teméis a Reynal? ¿Entre prisiones
no le tenéis seguro?... ¿Ya no enlazan
su cuello juvenil, sus tiernos brazos,
las hórridas cadenas?... ¿Y no basta?
Hundidme a mí con él en la honda sima,
de ella jamás el desdichado salga,
pero que viva al menos, y, entre tanto,
sed el dueño absoluto de Aquitania,
sin abrigar temor. Mas si os ahoga
sed a sangre, bebed la de su hermana.
¿Qué os detiene?...
EUDÓN.
¿Qué es esto?... ¿Me abandona
mi esfuerzo a la impresión de sus palabras?
ELISA.
Herid, herid..., cruel.
EUDÓN.
Escucha, Elisa:
¿quieres la vida de Reynal?... Lograrla
tan sólo a ti te es dado.
ELISA.
¡Señor!... ¡Cielos!...
¿Yo salvarle?... ¡Gran Dios!
EUDÓN.
Sí; se desarma
mi cólera violenta a tu atractivo.
Ven al momento, júrame en las aras
tu amor y fe, y el nudo de himeneo
enlace para siempre nuestras almas,
y vivirá Reynal.
ELISA.
¿Qué pronunciaste?...
¡Oh vil verdugo!... ¡Oh fiera sanguinaria!...
¿Yo mi diestra enlazar con esa diestra
de la paterna sangre salpicada?...
¡Qué horror! ¿Yo unirme a ti? ¡Cielos! ¡Malvado!
¡Parricida!... ¡Jamás! ¡Cuál me gritara
desde el mudo silencio de la tumba
de mi padre infeliz la sombra airada!...
Antes rotas las bóvedas celestes
contra mí lancen su tremenda llama...
No, padre, no; ¡jamás!
EUDÓN.
¿Jamás?... Pues muera.
ELISA.
¡Justo Dios!... Socorredle.
EUDÓN.
Elige, ingrata.
O mi mano, o su muerte ¿No respondes?
¿Brillan tus ojos de furor? ¿Y callas?...
Muera, pues tú lo quieres... Linser, toma,
toma este acero, corre, en las entrañas
del infeliz Reynal húndelo al punto.
De tu amistad confío mi venganza.
Vuela, no tardes.
ELISA.
¡Ay Linser!... ¡Oh cielos!
Espérate, verdugo.
EUDÓN.
Linser, marcha.


Escena IV

 

EUDÓN y ELISA

 
ELISA.
¡Linser..., Linser!... Ministro de un tirano,
¿cómo no has de albergar lodo y falacia?
¡Ay hermano infeliz!... Cruel... ¿No temes
la justicia de Dios?... ¿No te acobarda
tanto delito?... Di, ¡feroz verdugo!...:
¿No ves el mar de sangre en que naufragas?...
Linser..., traidor... Reynal..., Reynal..., tu vida...
Sí..., vive..., vive a costa de tu hermana...
Vamos, monstruo, al altar. ¿Qué más pretendes?
A mi hermano infeliz, por piedad, salva.
EUDÓN.
¡Qué tarde!... Tal vez ya no será tiempo...
Elisa, Elisa... ¡Ay Dios!
ELISA.
Sí...; corre..., llama
a Linser... ¿No adviertes... qué alarido?
EUDÓN.
¿Qué terrible rumor...?
ELISA.
¡Ay, vuela!...
EUDÓN.
Aparta.
¿Qué nueva confusión...?
ELISA.
¿Que ya no existe?...
EUDÓN.
¿Qué estruendo...? ¿Quién se acerca? ¡Cielos, guardias!
¿Ya la fortuna airada me abandona,
y el brazo eterno sobre mí descarga?


Escena V

 

EUDÓN, ELISA y LINSER, que sale herido en brazos de los guardias

 
EUDÓN.
Linser... ¿Qué miro?... ¡Cómo!
LINSER.
Sí, malvado;
ya el Cielo vengador sus rayos lanza;
de haber sido tu amigo me castiga,
y al sueño eterno tu amistad me arrastra.
ELISA.
¿Y Reynal?...
LINSER.
Escuchadme: a la honda cueva
donde era su prisión me aproximaba,
no a cumplir tus decretos sanguinarios,
sino a cumplir, ¡oh Elisa!, mi palabra,
cuando escucho alaridos horrorosos,
que Reynal y Reynal sólo clamaban,
y al punto miro al pueblo enfurecido
las puertas quebrantar del alto alcázar
con Arnaldo y Linel, que a su cabeza
su arrojo alientan, su furor exaltan.
Penetraron los fosos y rastrillos,
arrollando do quier tus fieles guardias,
y al verme a mí, «¡Mirad, mirad su amigo!»,
gritan, y esgrimen las terribles armas,
y no aprovecha el ruego ni la fuga,
que en pos de mí la multitud se lanza,
y me hiere y prosigue furibunda
en busca de Reynal...
EUDÓN.
¿Qué escucho?... ¡Oh rabia!...
LINSER.
Elisa, perdonadme; mi delito
es haber sido débil... Ya me falta
la fuerza... ¡Ay Dios!...
EUDÓN.
Llevad a ese infelice
do lejos de mi vista rinda el alma.
No escuchemos de un débil moribundo
la lastimera voz.

 (Se lo llevan parte de los guardias.) 



Escena VI

 

EUDÓN, ELISA y GUARDIAS

 
EUDÓN.
Vuestras espadas
en mi defensa son, fieles soldados.
Si los viles cobardes que guardaban
las puertas no supieron en mi auxilio
cómo debieran manejar la lanza,
vosotros, que sois nobles, que a mí solo
debéis riqueza, honor, poder y fama,
ayudadme a humillar el desenfreno
de esa plebe infeliz, que está engañada
por un necio impostor...
ELISA.
Y qué, ¿aun le insultas?...
Teme el poder de Dios, que te amenaza.
EUDÓN.
Quita, y no más mi cólera provoques,
ELISA.
¿Intentas resistir?... ¿Dó te arrebata
tu cólera?... ¿Aún más sangre?... Cede, cede
a la justicia... Evita la venganza
del pueblo y de Reynal... Huye... Yo ofrezco
conseguir el perdón...
EUDÓN.
¡Perdón!... ¡Oh infamia!
Muerte, muerte no más. Aún el Destino
nuevos triunfos tal vez grato me aguarda.
Mas ya se acercan..., ¡oh furor!... Soldados...


Escena VII

 

EUDÓN, ELISA, GUARDIAS, REYNAL y ARNALDO.

 
 

PUEBLO

 
 

Entran más guardias huyendo del pueblo

 
ELISA.
¡Justo Dios!...
REYNAL.
Esperad; a la venganza
tan sólo basto yo.
EUDÓN.

 (Se esconde entre sus guardias.) 

Guardias, ¡matadle!
PUEBLO.
¡Muera!
REYNAL.
Esperad.
PUEBLO.
Perezca con su guardia,
si le defiende.
REYNAL.
No; no haya más sangre
que la suya.
ELISA.
¡Ay hermano de mi alma!
REYNAL.
Tirano, ven. ¿Adónde estás, tirano?
¿Por qué te escondes? Ven...
ELISA.
¡Reynal!
REYNAL.
Aparta.
ARNALDO.

  (Adelantándose y conteniendo a REYNAL.) 

Soldados, ¿defendéis a ese perverso?
Ved que es usurpador. Ved que manchada
en la sangre de Alberto está su diestra.
Abandonadle, pues. Dejad las armas,
que no son para apoyo de tiranos,
sino para defensa de la patria.
Este es vuestro señor.

 (Señalando a REYNAL.) 

PUEBLO.
Reynal lo es sólo.
GUARDIAS.
Pues a Reynal seguimos.
 

(Se van al lado del pueblo, abandonando a EUDÓN, a cuyo lado quedan los dos jefes de ella.)

 
EUDÓN.
¡Negra rabia!...
Todos, todos traidores... Pues yo quito
a tu pecho el placer de la venganza.

 (Arranca el puñal de uno de los jefes, y se hiere y cae en sus brazos.) 

TODOS.
¡Viva Reynal!
ELISA.

  (Abrazando a REYNAL) 

¡Hermano idolatrado!
REYNAL.
Padre, vengado estás. Sombra, descansa.
ARNALDO.
El justo Cielo siempre a los tiranos
fin tan horrendo, inexorable, guarda.




 
 
FIN DE «EL DUQUE DE AQUITANIA»