El Gran Bailongo
Carlos Franz
En este
ensayo, Carlos Franz enfoca el pesimismo predominante en el cambio
de siglo en Chile. Al hacerlo, propone que el presente dilema
nacional -caso particular de uno muy latinoamericano- es la
oscilación entre dos momentos anímicos extremados: el
utopismo fundacional y el fatalismo violento. Estas dos
categorías de un mismo ser permitirían explicarse una
constante en nuestra historia: la seguidilla de entusiasmos
fundacionales que rápidamente son abandonados a manos de un
desaliento rabioso. Los utopistas exhiben esa fe exagerada en las
soluciones repentinas y completas para nuestros males, que es
propia de los entusiasmos de los comienzos. Y que es peligrosa
porque su precio, cuando la utopía se demora en llegar, es
el paso a un fatalismo violento que quiere condenarnos a un atraso
crónico. Al final, como antídoto contra esos
extremismos utópicos o fatalistas, el autor propone
«un nuevo tono social»
,
una actitud de «moderación
irónica»
.
Propongo un
viajero extranjero, ilustrado y curioso, que hubiera llegado a
Chile a comienzos del siglo pasado, exactamente en 1901. Imaginemos
que en su afán por enterarse se hubiera mezclado entre los
jóvenes que repletaban el Ateneo de Santiago, para
oír sus debates y conocer sus opiniones. Supongamos que lo
hizo precisamente esa noche de un lunes en la que Enrique Mac Iver,
en un rapto de inspiración, formulaba su inquietud sobre el
Chile de entonces con unas frases afortunadas para un asunto
desdichado: «Parece que no somos felices.
Se nota un malestar que no es de cierta clase de personas, ni de
ciertas regiones del país, sino de todo el país y de
la generalidad de los que lo habitan. La holgura antigua se ha
tornado en estrechez, la energía para la lucha por la vida
en laxitud, la confianza en temor, las expectativas en decepciones.
[...] ¿Por qué nos detenemos? ¿Qué
ataja el poderoso vuelo que había tomado la
República...?»1
.
Estiremos un
poquito más la imaginación. Supongamos ahora un viaje
en el tiempo, una distracción de Cronos, una de esas
jugarretas metafísicas a las que era aficionado Borges.
Hagamos al viajero no sólo ilustrado y curioso, sino
inmortal. Supongamos que volvió a Chile exactamente cien
años después, a mediados del 2001, a visitarnos.
Pongamos que recorrió el país y fue encontrando en
todas partes los reclamos de esa rara campaña millonaria de
publicidad social que se lanzó en esos días. En los
diarios y radios, en las vallas publicitarias, en esa gran
«valla» de la conciencia nacional, la
televisión, leyó el mismo mensaje imperativo. Hasta
sobre el pequeño letrero municipal en una esquina del Centro
donde dice el nombre de la calle «Huérfanos»,
nuestro viajero en el tiempo constató un disco con un dedo
pulgar como de emperador romano indicando hacia arriba, hacia la
vida, con una leyenda que ordenaba: «Piensa Positivo»
. (Difícilmente
pudo evitar sonreírse al leer esta poesía urbana que
condensaba nuestra fatalidad y nuestra utopía:
«Huérfanos, piensen positivo», nos ordenaba a
los chilenos ese letrero).
Puestos a
imaginar, imaginemos que este viajero inteligente e inmortal
concluyó, seguramente, que el tiempo no sólo
había jugado con él, sino con toda esta flaca tierra
austral. Pues entre sus dos viajes había transcurrido
exactamente un siglo y, sin embargo, encontró que los
chilenos nos internamos en el nuevo milenio presididos por la misma
admonición, por el mismo desánimo que nos
jodía hace cien años. Además, el
viajero pudo asumir que, esta vez, no se trata sólo de un
malestar de las elites, sino de una picazón que recorre de
cabo a rabo al país, poniendo a medio mundo de malas pulgas.
¿Qué otra explicación justificaría una
inversión en terapia sicosocial de esa envergadura? En
efecto, tuvo que concluir que a un número alarmante le
parece, en izquierdas y derechas, entre políticos,
empresarios, intelectuales y «la gente»,
(denominación políticamente correcta de lo que hace
un siglo era sencillamente el pueblo) que «no somos felices»
.
El discurso de Enrique Mac Iver, ¡podría ser de hoy! (si hoy hubieran políticos capaces de esa sinceridad y elegancia).
Pero las
perplejidades del curioso viajero intemporal no acabarían
ahí. Lo más asombroso de todo, la auténtica
extravagancia chilena, tuvo que notar, consiste en que la
«gallada» de este país escoge deprimirse cuando
le va comparativamente mejor. En efecto, el viajero tuvo que
observar que durante sus dos visitas, la previa al primer
Centenario y ahora en la inminencia del segundo, nos
encontró en períodos históricos caracterizados
por una objetiva paz, interna y externa -tanto más valiosa
pues ha seguido a grandes convulsiones-, por una relativa
prosperidad económica y por aparentes promesas para el
porvenir. Como en pocos momentos de su historia, Chile tuvo que
parecerle en 1901 y mucho más en el 2001, una promesa
posible. Debió constatar, sin duda, que si bien no vivimos
en el mejor de los mundos, en el siglo que empieza disfrutamos de
un par de privilegios raros, quizá únicos en nuestra
región e historia. Por primera vez en mucho tiempo tenemos
un acuerdo nacional extenso sobre el tipo de economía
-liberal, con una sana discusión sobre sus límites y
opciones sociales; y en política, tenemos una
transición democrática que a saltos y tropezones ha
traído de nuevo un presidente socialista a la Moneda,
cerrando el círculo de sangre que se abrió hace 30
años. Otros países vecinos y lejanos -tuvo que
reflexionar el viajero, que los ha recorrido todos en el curso de
su inmortalidad-, implorarían por la mitad, por un cuarto de
esto. Y sin embargo los chilenos, de nuevo, «parece que no somos felices»
.
Dejemos hasta aquí a nuestro viajero inmortal, no sea cosa que se nos acuse de usar demasiado la imaginación, pecado gravísimo en el Chile «positivo», de ayer y de siempre. Y dejémoslo antes de que se nos tilde de proponer una concepción cíclica de la historia. No, la historia no se repite (aunque tampoco ame la originalidad). Nuestros modos de enfrentarla, en cambio, sí. No sugiero una repetición histórica, pero sí una reiteración histérica.
Por ejemplo, creo que no habría que ser un viajero -e inmortal, por añadidura-, para advertir la histeria en esta ridícula sobredosis de desaliento, ante tropiezos comparativamente menores. Este temperamento pendular, que fluctúa entre la euforia ingenua y la depresión más negra, nos está indicando una violencia de nuestro ánimo completamente opuesta a la idea convencional de nuestra prudencia. Un extremismo temperamental. Ayer estábamos a punto de ser felices, hoy parece que no lo somos. Ayer íbamos derecho al Mundial, hoy nacimos malos para la pelota. La confianza en una felicidad posible es tan exagerada entre nosotros, como la desesperanza rabiosa que la sigue; la ingenuidad tan acentuada como el escepticismo picado.
En Chile, cuando no somos utopistas somos fatalistas.
Y lo somos con dos apellidos muy latinoamericanos. Nuestro utopismo es fundacional y nuestro fatalismo es violento.
Nuestros Utopistas Fundacionales exhiben esa fe exagerada en las soluciones repentinas y completas, para nuestros males, que es propia del entusiasmo de los comienzos. Y suele agotarse con ellos. Cuando se apodera de nosotros una utopía no la situamos en un lugar distante, o como una meta simbólica, inalcanzable, sino que la imaginamos como una refundación posible a partir de mañana mismo. Porque lo esencial de este utopismo fundacional es que conlleva una incapacidad de aceptar y asumir la gradualidad, la lentitud, la parcialidad de todo proyecto social, su ineficacia relativa. La incapacidad para distinguir entre la Utopía, y el día a día.
¿Cuántas veces Chile se ha prometido a sí mismo fundarse de nuevo? Cuántas veces ha importado el modelito político y económico más reciente, la utopía de moda, para desengañarse en el corto tranco. Se dirá que todos los pueblos necesitan y se hacen esa promesa de un porvenir renovado, de tanto en tanto. De acuerdo, pero son los pueblos que se ven a sí mismos eternamente jóvenes, nuevos, perpetuamente recientes (como los latinoamericanos), los que comulgan con este mito de la refundación constante y repentina, de un modo más cándido y más peligroso.
Peligroso porque su precio es el fatalismo violento. El escepticismo de los Fatalistas Violentos es el reverso necesario de ese optimismo cándido. Cuando la más reciente de las máquinas sociales que hemos importado para sacarnos de un solo golpe del atraso -marxismo revolucionario de antaño, neoliberalismo de hogaño- se tranca, cuando tose y echa humo, cuando intuimos que es lenta, que no es perfecta y que sus virtudes dependen del uso que les demos, pero sobre todo que estas virtudes son relativas y no nos aliviarán del trabajo de adaptarlas a nuestros propios fines, entonces nos deprimimos. Y nos enojamos. Volvemos a la inseguridad, y a la rabia que esa inseguridad produce, al mito de nuestra inferioridad atávica y al resentimiento que conlleva. Hasta el próximo entusiasmo. El fatalista de hoy es el utópico de ayer. Y ambos son el chileno extremista, el de 1901 y el del 2001.
Por mi parte, me da un poco de risa cuando nos da por encarnar a los Fatalistas Violentos: ¡nuestro ojeroso determinismo, y nuestra ojeriza a ese destino! Pero también me parece ridícula nuestra tenida cuando amanecemos de Utopistas Fundacionales, con la camisa sintética del futuro, y nuestras ansias maniáticas de soluciones repentinas y totales, que nos cambiarán de la noche a la mañana. Ambos son extremos de nuestra psiquis, propios de un país que ha escogido creerse, durante mucho tiempo, la versión de su prudencia, y ha escondido de ese modo la verdad de su violencia.
Por cierto, la dicotomía que propongo -o más bien, que le robo al viajero inmortal- es una descripción posible, un ángulo de mirada que, si no tiene otro mérito, que sirva al menos para evitarnos los binomios más trillados, entre derechas e izquierdas, entre liberales y estatistas, entre conservadores y renovados, que arrastran nuestro debate.
En las líneas que siguen intentaré señalar cómo esa pareja de payasos nuestros, el Utopista Fundacional y el Fatalista Violento, han lanzado y truncado, ensalzado y denostado, cantado y ridiculizado, algunos de nuestros sueños políticos, económicos y culturales, en las fiestas más recientes del ¡Gran Bailongo de Chile!
Patricio Aylwin,
el primer mandatario electo después de la dictadura,
pasará a la historia -como suele ocurrir en Chile- no por su
papel en recuperar la democracia o por el triste rol que tuvo en su
pérdida, sino por una frase: «justicia en la medida de lo posible»
.
La dijo, como todos recordarán, cuando le pidió al
país que aceptáramos una justicia incompleta para los
casos de violación de derechos humanos. No les falta
razón a los fatalistas, en este caso. Aunque encarna la
tradición legalista chilena, o por eso mismo, el profesor de
Derecho Administrativo (la más latera de las disciplinas
jurídicas), hijo de un Presidente de la Corte Suprema,
confundió los términos, sufrió un aparente
lapsus en el recién reestrenado juego de las palabras
libres. Es la política el arte de lo
posible
, según la célebre frase del
prusianísimo y cínico Otto von Bismarck. Y no la
justicia. Esta aspira a la perfección, a la plena equidad,
al restablecimiento de un orden natural quebrantado. Que era lo que
pedía legítimamente el Chile herido, empezando por
las víctimas.
Esta «confusión» original del primer líder de la nueva democracia, es ejemplo y paradigma de tantas otras que vendrían, e inaugura como un frontispicio la nueva era. Pero no como piensan los teóricos del «transformismo» (o sea del fatalismo), al estilo de Tomás Moulian, porque esa frase delate una traición, porque don Pato nos estuviera tratando de pasar gato por liebre. Al contrario, es emblemática porque nos indicaba clara y melancólicamente que no estábamos entrando en el reino de la libertad, la felicidad o la Utopía Fundacional. Sino en el reino borroso, opaco, y sin gloria, de la simple democracia.
Democracia que es, como se sabe, el ambiente paradójico en el cual los profesionales de ella complican más su lengua, en lugar de simplificarla. Tal vez las dos décadas previas a los 90 con su abierta violencia en los discursos -además de las acciones- nos habían hecho olvidar lo que fuera uno de nuestros escasos activos auténticamente civilizados, el sentido común de pueblo pobre. Sentido que nos decía que cuando hay elecciones «los patrones hablan raro», no claro... La democracia no es, como quisieran los Utopistas Fundacionales, la ocasión de las palabras claras, sino por el contrario, la oportunidad de los lenguajes oscuros. Lenguajes matizados por múltiples contradicciones y compromisos, por su variedad de sentidos -incluso opuestos-, en lugar de por su exactitud.
Por el contrario, las dictaduras, los períodos totalitarios y autoritarios, son las épocas de los discursos unívocos, de las grandes verdades transformadas en mentiras colosales, por ser únicas. La democracia es lo opuesto, es la ocasión de los discursos confusos, que mezclan las ideas, que toman prestadas banderas o las arrebatan, discursos en-redados que por eso mismo contribuyen a crear una red. Red que por una parte nos atrapa obligándonos a vivir juntos y por otra parte -mágica ambigüedad de las palabras-, es el tejido mismo de una sociedad.
Esa es la aburrida, la prosaica lengua de la democracia. Expresión libre y conciencia herida de sus límites. En-redo. Confusión que significa a la vez fusión con, la desagradable unión de los contrarios en una convivencia forzada.
A lo largo de la década de los noventa, el transparente discurso político Fundacional propuesto por el Utopista fue enredándose o mostrando sus enredos, matizándose o revelando sus matices, y sobre todo fue mostrando su lentitud, que es siempre menor a la velocidad de la Utopía. Es decir, fue haciéndose real. Más temprano que tarde estas complicaciones y dilaciones colmaron la paciencia -siempre de mecha corta- de nuestro Utopista y el péndulo osciló hacia el otro extremo de nuestro espíritu.
La elección
presidencial del 99 dio indicios sobre cual era el lenguaje y las
actitudes que secretamente volvíamos a añorar. Entre
el dedazo de hombre fuerte de Lagos, y las diez medidas de
Lavín para solucionarlo todo, el electorado
debía escoger entre un par de líderes mucho
más personalistas que los dos anteriores de la
Concertación. Y dos discursos con nostalgias utópicas
mal disimuladas (utopías que limitaban, por suerte, la
quiebra casi completa de esas utopías en el ancho mundo). El
primero evocando a menudo una mitología arcaica, secreta
nostalgia de «cuando Chile era
mejor»
; y el segundo, en nombre de una fantasía
futurista y demagógica, en la que todo iba a cambiar.
Las elecciones siguientes (hasta la parlamentaria del 2001, recién resuelta cuando bosquejo este ensayo) han confirmado esa tendencia al engordar los extremos de nuestras alianzas -la UDI y el PPD/PS- a costa de adelgazar a los partidos de centro. Imposible más sintomático de nuestro extremismo: en Chile el «bipartidismo» no refuerza el centro de gravedad de nuestra política sino que lo debilita; no premia a la moderación, sino que refuerza a los extremos2. (Alguien argumentará que este extremismo es más bien propio de nuestras cúpulas políticas y que nuestra sociedad civil es más moderada que sus líderes. Sin embargo, la triste realidad es que esa sociedad civil dista mucho de ser algo más que un nombre en Chile. Prueba de ello es su conducta errática, imprevisible, que tanto castiga, a veces, a la exageración, como premia muchas otras a los exagerados).
Como sea, el 99 llegó Lagos al poder -como podría haber llegado Lavín-, y en lugar de cortar con su índice los nudos gordianos que nos apresan, restituirnos ese Chile mejor que habíamos perdido, resultó que el hombre fuerte sólo podía negociar, seguir transando, ir pasito a pasito, con el tranco corto de percherón chileno, en lugar de colocarnos a todos con un chirlo de su dedazo en la utopía. Resultó que el Presidente sólo podía seguir jugando el juego «sucio», confuso, de la democracia, hablar su lenguaje de medias palabras, teniendo en cuenta que medio país no votó por él. ¡Que deprimente!
Y a la voz de «depresión» el Fatalista Violento terminó de volver para instalarse. Exagerado y sentimentaloide, contraparte de nuestra fanfarronada criolla, llegó para decirnos que luego de creernos los fundadores más o menos heroicos de una nueva república, volvíamos a ser esos huérfanos de la calle Huérfanos. Huachos rencorosos, picados con las limitaciones de una transición imperfecta, en un mundo imperfecto, que -salvo que le hagamos violencia- sólo mejora paulatinamente, con nuestro trabajo, y no a saltos o revoluciones.
Esta historia de la década pasada ya se ha contado varias veces. Sólo propongo que este modo de contarla puede aportarnos algunas luces sobre su sentido. Esta es la historia no de una carrera -lineal- sino de un baile -circular-, en el que nuestro Fatalista asoma para bailar la contradanza de nuestro Utopista. Y la melodía chúcara de este bailongo oscila entre algunos de los siguientes extremos.
Nuestra tendencia a esperar que las soluciones lleguen desde arriba y no desde nosotros mismos, nos induce a taimarnos cuando estas no caen del cielo. Nuestra flojera democrática, que vuelve el acto eleccionario una suerte de rito mágico sexenal durante el que pedimos milagros de estos pequeños dioses a los que elegimos, se convierte después en nuestro rabioso desentendernos de ellos, y dejarlos a su -mala- suerte. Nuestra perversa confusión utópica entre el sentido de comunidad y el colectivismo -esa manera de disolver la responsabilidad personal en la masa-, se transforma en la plañidera queja del Fatalista pidiendo que las instituciones sean menos burocráticas y corruptas que nosotros mismos. El Utopista sueña que un sistema podrá cambiar de la noche a la mañana nuestros viejos temas: nuestra falta de palabra, nuestra impuntualidad -cronológica y moral-, nuestro ventajismo y chaqueteo. Y se niega a entender que no puede haber ciudadanos sino hay primero individuos.
Y el Fatalista luego se pone violento, porque el país -el gobierno- resulta menos nuestro sueño de felicidad que el reflejo de nuestra orfandad.
Parece que no somos felices... Partí imaginando un viajero que hubiera oído esas palabras de Mac Iver, de hace justo un siglo, y que hubiera vuelto hace poco para oír casi lo mismo. En plena cúspide del estado liberal y parlamentario decimonónico, próspero y pacífico, ¿qué podía justificar tal desánimo social?
Se ha propuesto varias veces una hipótesis que alcanza sólo a la dimensión económica pero que explica mucho: había una realidad que no veíamos del todo, una realidad escondida en esa época y que poco después asomaría su fea cabeza (en la escuela Santa María de Iquique, por ejemplo): la feroz injusticia social de una revolución industrial tardía combinada con un feudalismo agrario perenne.
Si el paralelo que he propuesto es válido (no el de la repetición histórica, sino el de la reiteración histérica), en medio de la relativa prosperidad actual, ¿cual es la maldad económica escondida, la cara fea que no vemos, o apenas entrevemos? Muchos afirman que sigue siendo la abrumadora diferencia de ingresos.
Conforme, aunque todas las cifras indican que han subido los ingresos de los pobres, no cabe duda que para quienes continúan en la indigencia y para las regiones atrasadas, y para el 10% de cesantes promedio, esta explicación lo explica todo.
Pero ¿qué decir del resto, del 90% de la fuerza de trabajo que no ha perdido la pega, de la nueva clase media de La Florida, y de los empresarios que ahora ganan un poco menos que mucho...? ¿Basta con el miedo del trabajador a perder su puesto, y la ansiedad del empresario al que se le desdibuja un poco el negocio, para explicar el bailongo de Chile?
En 1911,
exactamente 10 años después de Mac Iver, Francisco
Antonio Encina anotaba, en Nuestra Inferioridad
económica, una descripción más radical.
La comprensión de nuestros problemas debía buscarse
en la pobreza de nuestro territorio y, sobre todo, en la debilidad
de nuestra raza; los que sumados producían: «Un estado orgánico crónico, una
postración permanente, un debilitamiento económico
antiguo y persistente»3
.
Estoy seguro que el Fatalista Violento de nuestros días
suscribiría alegremente esa tesis -con esa triste
alegría de las profecías auto cumplidas.
Por su parte, los Utopistas Fundacionales de entonces y de ahora, responderían que el animal económico es un ente universal. Aquí y en la quebrada del ají. Acá o en el Extremo Oriente, -donde cazan esos «tigres asiáticos» con los que nos gustaba compararnos hasta hace poco-, un país pobre y anticuado puede convertirse en uno rico y moderno, con sólo liberar las ocultas fuerzas del mercado, o de «la libre concurrencia», como la llamaba Courcelle-Seneuil al fundar nuestro experimento liberal del siglo antepasado. Y todo puede hacerse en menos de una o dos generaciones.
¿Qué falló entonces y qué está fallando ahora? Sospecho que esta dialéctica extremista, entre utopismo y fatalismo, esta ansiedad que nos lleva a bailar entre la solución total y la desilusión absoluta, puede ayudar a comprender algo del fenómeno, o al menos a presentárnoslo ante la imaginación de un modo más fresco.
Los Utopistas Fundacionales -esta vez los de Chicago- adoptaron el modelo con la fe del carbonero propia de los pueblos importadores de tecnologías, materiales y sociales. Creyéndose ultramodernos, en realidad son muy antiguos, arcaicos. El último invento importado siempre ha tenido, entre nosotros, esa cualidad mágica que el imán del gitano Melquíades tenía para el primero de los Buendía, en Cien años de soledad. José Arcadio, padre nuestro, creía que si el imán atraía metales, entonces debía servirle para encontrar oro.
Nuestro Utopista esperaba que el invento nuevo -el imán neoliberal- le permitiría hallar oro (fundar la edad dorada chilena, de un golpe). Y durante un tiempo pareció que le daba en el gusto, y a la velocidad récord que siempre exige la utopía. Las nuevas clases medias en La Florida hallaron cosas que nunca antes habían esperado, desde la casa propia, hasta el auto coreano y el viaje de novios a Brasil, más toda la línea blanca. El empresario exportador se ungió de innovador despachando nuevas materias primas extraídas o apenas elaboradas con el viejo recurso de una obra de mano barata, a precios de jauja (en una economía global que también crecía como en jauja). El industrial que sobrevivió o se reconvirtió en importador después de la desprotección arancelaria, se hartó de copar capacidades ociosas y proveer a esa nueva clase de consumidores ávidos que brotaban como callampas (desmintiendo de pasada el mito de nuestra sobriedad ancestral). Parecía que íbamos derechito a la utopía...
Y luego resultó que el modelo no era perfecto, que conoce ciclos o interrupciones. Y sobre todo que, si se quiere sacarle provecho, es necesario dejar de considerarlo un imán mágico capaz de hacernos crecer de la noche a la mañana, para entender que es necesario hacerlo crecer con nosotros, adaptándolo a las curvas de nuestro desarrollo (que no son las de las de la Barbie que nos lo vendió, sino las caderas anchas, las patitas cortas, los brazos gruesos de nuestra Bárbara, hija de nuestro mestizaje hispano araucano).
El exportador descubrió que las materias primas bajan de precio bruscamente y que las famosas ventajas comparativas nos las copian y superan, si no creamos otras nuevas (y de pasada más justas que una mano de obra eternamente barata). El industrial copó todas sus capacidades ociosas y habría tenido que ampliarse una vez más, pero eso requiere capital fresco o sea más deuda, o sea más riesgo; ¿y para qué seguir arriesgándose si es más fácil vender a un extranjero? (especialmente si con eso su propia «capacidad para el ocio» quedará satisfecha de por vida).
¿Y el trabajador? De pronto también él llegó al límite de sus capacidades ociosas. Necesitaría aprender más, reconvertirse; deberá buscar pega, pues lo echaron en el último ajuste. ¿Y cómo aprenderá una nueva? Sobre todo si nunca le enseñaron realmente a aprender...
Aprender para qué sirve realmente un imán, exige saber aprender. ¿Qué esperanza de un desarrollo auto sustentable puede tener un país donde -según estudios internacionales4- sólo el 2,6% de la población adulta tiene un adecuado nivel de comprensión aritmética? La educación como valla insoslayable, con la que tropezamos cuando la capacidad ociosa del modelo terminó su inercia y necesitamos no sólo materias primas yacentes y ventajas comparativas antiguas, sino ideas nuevas. Esta frustrante falta de educación opera en el círculo vicioso de nuestro fatalismo. A falta de educación más espacio para nuestros atavismos. Y la depresión consiguiente, como respuesta rabiosa a la percepción de nuestras limitaciones. La falta de educación como falta de libertad. Y la rabia consiguiente. El mal es tan extenso que abarca tanto a los trabajadores que no entienden sus nuevas pegas, como a sus jefes que no saben explicarlas; a indios y toquis. Según los mismos estudios, sólo el 9.8% de la población con educación superior terminada -sector que a su vez es un fragmento ínfimo de nuestra población total- tiene una adecuada comprensión de lenguaje. ¿Cómo extrañarnos de que el resto, el 90% de esa gente «educada», no nos entendamos a nosotros mismos y que ante esa rabia, pateemos la mesa, la señora, y al propio país? ¿Y cómo extrañarse entonces de que el resto de nuestra sociedad -ahogándose en el marasmo de la ignorancia- lo haga?
¿Cómo puede dudarse entonces, ante estas cifras de «capital humano», que nuestro problema económico tiene, entre otras, una componente cultural profunda? No es la raza como quería Encina, y dudo que sea el territorio; pero la mala educación chilena, incluyendo la de nuestras elites, tiene mucho que ver. Tan «maleducado» es el Utopista que importa su idea nueva y quiere imponerla de la noche a la mañana, a rompe y raja, como el Fatalista que se deprime -y se enoja y se taima-, porque el imán no funciona como le habían dicho que lo haría, y no encuentra oro, al día siguiente.
Hay quienes dicen que este imán neoliberal sirve para todo y que en realidad somos nosotros los que tenemos miedo a encontrar oro, o a pagar el precio que hallarlo supone: el cambio brusco en nuestras vidas. Se dice que somos reacios al cambio, no sólo los chilenos, sino los latinoamericanos en general5. Esto explicaría nuestra depresión ante la inherente inseguridad que este poderoso imán conlleva (José Arcadio sólo encontró una fúnebre armadura enterrada). Tendríamos miedo a los vertiginosos cambios de un sistema todavía nuevo en Chile, que funciona por la movilidad constante de los factores de producción, empezando por el trabajo. Encina, probablemente, habría estado de acuerdo. Por mi parte, hasta cierto punto: ese conservadurismo pusilánime es expresión de nuestro fatalismo, es cierto. Pero el cuadro nacional no puede completarse sin considerar también la otra cara de nuestro Jano: el utopismo. Nuestra ingenua inclinación por las novedades importadas, nuestra fanática propensión a esperar cambios totales, de la noche a la mañana, especialmente si vienen de afuera y desde arriba.
Si se duda de lo anterior, a explicarse entonces la seguidilla de cambios político-económicos que hemos adoptado con entusiasmo y abortado con impaciencia, en las últimas décadas: comunitarismo social cristiano, socialismo marxista, neoliberalismo, y ahora último el encantamiento de algunos con una «tercera vía» (metáfora ferrocarrilera que sólo por su facilidad ya parece sospechosa).
El punto no es criticar la relativa utilidad del imán, sino nuestra manera de usarlo. El punto no es negar que hay causas económicas para la más reciente depresión chilena. El punto es afirmar que esas causas pueden ser, entre otras, económicas, pero la manera de reaccionar a ellas es cultural. Y que esta manera chilena debe ser abordada, junto con cualquier bandera nueva de desarrollo que decidamos adoptar.
Porque el nuevo experimento liberal en Chile, para variar, fue adoptado pero no adaptado. No basta con pensar un proyecto de economía liberal -o de cualquier otro signo- para Chile. Este deberá encarnar en algo específicamente chileno (o si se quiere, por lo menos latinoamericano) so pena de que las fuerzas del bailongo, el extremismo característico de nuestra idiosincrasia, lo deformen hasta frustrarlo. Un siglo y medio de fracasos económicos debieran ser prueba suficiente. Y esta síntesis criolla no podrá imponerse desde arriba, sino que hay que permitirle que se exprese desde abajo. Los Utopistas deberían admitir que esa encarnación es necesaria, y los Fatalistas admitir que es posible.
Los Utopistas Fundacionales que aplican a rajatabla y «desde arriba» el modelo neoliberal, por purismo chicaguiano o macroeconomicista, no saben en realidad cuan latinoamericanos son, cuan devotos de los sistemas totales, cuan temerosos al cambio -que a su vez exigen a la sociedad- y la adaptación necesaria. Cuan poco liberales, en el sentido amplio del término, que siempre estará más cerca de la adaptación pragmática que de la adopción dogmática.
Adaptación pragmática. ¿Cómo haremos para lograr que el profesor chileno eduque para una ética del trabajo que concilie el negocio con nuestra legítima cultura del ocio -que no vale la pena perder? ¿Cómo haremos para tener una educación del espíritu capitalista que considere un activo emprendedor nuestro potencial de comunidad? ¿Cómo haremos sino es a partir de una síntesis nueva y nuestra -o digamos latinoamericana-, que encarne el modelo sin mutilarnos?
Tal vez sea pedir demasiado a la impúber discusión económica de hoy, que se da en términos de equilibrios «macro» y globalización, y cuyo largo plazo apenas llega al fin del sexenio laguista (típico horizonte corto, fundacional). Pero la depresión y la rabia del Chile fatalista actual amerita al menos considerar pragmáticamente esas tendencias culturales chilenas, y latinoamericanas, si no queremos perdernos la lección que nos deja este paso de baile: de la euforia utópica al ridículo del fatalismo.
De lo contrario, seguiremos condenados a buscar oro con el imán de Melquíades.
De los dos capítulos anteriores podría seguirse que una pista para entender los escollos políticos y económicos que hoy nos afectan, estaría en hacer una crítica cultural. Una crítica, por ejemplo, de esos extremos de nuestra cultura: el Utopismo Fundacional y el Fatalismo Violento. Pero para que dicha crítica sea honesta -y «científica»- debería partir necesariamente por una autocrítica en los observadores profesionales de estos fenómenos, en nuestros intelectuales. ¿Están los médiums culturales dispuestos a hacer esa autocrítica? ¿Estamos dispuestos a abandonar los extremos retóricos de nuestro entusiasmo o nuestra rabia, para observar el centro de nuestros asuntos?
No hace mucho me encontraba en Hamburgo, invitado a uno de esos inevitables foros latinoamericanos para consumo europeo. Tema: el compromiso del actual escritor latinoamericano con sus sociedades. Imprudentemente, había aceptado ir sin informarme bien y sólo poco antes supe que el otro ponente de esa noche sería un escritor colombiano entre cuyos datos esenciales estaba el de ser confidente y biógrafo autorizado del líder guerrillero de las FARC, Arturo Marulanda, alias «Tirofijo».
Apenas me enteré empecé a sudar frío, imaginé al escritor y biógrafo guerrillero con su traje de combate y sus libros «comprometidos» brotando de los grandes bolsillos camuflados que poco antes llenaban las granadas. Y yo, el pacífico escritor chileno, pequeño burgués santiaguino, nacido demasiado tarde para cualquier revolución y justo a tiempo para el escepticismo. Llegó la hora del debate y haciendo de tripas corazón subí al escenario del teatro, tomé aliento y pedí lanzar primero mi tímida arenga, antes que me fallara el valor y saliera arrancando. Hablé de una transición lenta pero segura, como es Chilito, de una prosperidad que ya dábamos por descontada, justo cuando empieza a faltarnos, de un régimen de libertades burguesas y democracia liberal medianamente convencionales, de una paz social que para algunos ya pasa por aburrimiento. Dije que lo lamentaba, pero que todo eso no me parecía tan mal.
Cuando se me
acabó el rollo, cerré los ojos y aguardé lo
peor: un tomatazo del público teutón
-¡qué latinoamericano sin cojones nos han
traído!-, una granada del guerrillero... Y entonces esa voz
lenta, cansada, que me costó calzar con la de mi
«ché» imaginario, habló desde el otro
lado del escenario. «40 años de
guerra civil en Colombia»
, suspiró, y se
quedó callado un rato, como reflexionando: «Creo que a mí me gustaría vivir en
Chile»
.
Oyendo al guerrillero cansado, recordé, cómo no, a algunos de nuestros revolucionarios de café santiaguino, algunos de nuestros iracundos intelectuales, escritores y artistas, que se aburren en la paz. Esos que vuelven a jugar con el fuego de las palabras, que siempre anuncia y propicia los otros fuegos. Nuestros intelectuales, mayoritariamente Fatalistas Violentos, que ya están a punto de decir, o lo dicen, como en la España posfranquista: «Contra Pinochet estábamos mejor». Su inconsciente, o su irresponsable nostalgia de un Chile más cerca de «Colombia», que de estos detestables consensos nuestros.
Y al recordarlos, inevitablemente y con vergüenza, me recordé a mí mismo. Recordé que varias veces me he quedado callado ante su retórica, que he tenido miedo de expresar mi disidencia moderada. Ya que propongo una autocrítica, sirva de mínimo ejemplo la mía. Yo también he sido un Utopista, y con más frecuencia un Fatalista. Me creí el cuento fundacional de la transición, y me ha dado una rabia fatal nuestra tardanza en llegar a la utopía. Pero esto no ha sido lo más serio; en esto no he sido sino hijo de mi país y de mi época. Lo más grave es que incluso alguna vez -para oír yo también el aplauso del monstruo- me he subido al escenario a jugar con esas llamas y alentar esas ansias bárbaras. Yo también he bailado al son de la danza sincopada de Utopistas y Fatalistas.
Y después, pasada la exaltación, retornando a mi centro, me ha trabajado una depresión conocida, una sensación de inautenticidad, la vergüenza de haber cometido el peor ridículo en el que puede incurrir un creador: el plagio. No el plagio de ideas o imágenes, entiéndase lo que digo. Sino ese plagio mucho más obsceno, porque en su cuasi unanimidad apenas lo notamos: la imitación de un tono, de aquel tono furibundo que pasa por ser el único recurso intelectual efectivo en nuestra provincia.
¿Por qué un segmento importante de nuestros intelectuales se cree obligado a emplear ese tono que tiñe sus ideas de románticos visos de violencia, aunque sean -y sobre todo si son- moderadas? Aventuro una respuesta simple: la moderación no tiene prestigio intelectual, entre nosotros... Es más, lo intelectual no tiene prestigio entre nosotros. Y entonces, en un país de escaso interés por la cultura, sus agentes deben gritar mucho para hacerse oír. Nuestra exageración intelectual es hija -y madre- de nuestro sopor social. Con lo que se instala el círculo vicioso de La Tempestad chilena: la cultura, cuando aparece en escena, lo hace casi siempre en la figura desgreñada y aullante de un Calibán, rara vez en la más serena, la de Ariel.
¿Que esto ocurre en muchos sitios? ¿Que es un efecto probable de la época descastada y frívola que vivimos, no sólo entre los intelectuales chilenos sino entre los de medio mundo, especialmente los de habla hispana? ¿Que quizá es el sino eterno del intelectual ante su radical falta de auténtico poder?
Conforme. Pero en Chile, como en el resto de Íbero América, nuestra violencia intelectual es quizá más grave porque nuestra ignorancia social es mayor. El tono violento de algunos de nuestros discursos anula la crítica a lo peor de nuestra ignorancia, a saber: que esta ignorancia es una forma -quizá la más grave- de nuestra violencia.
Para muestra de cómo ese tono inmoderado contribuye al statu quo arcaico entre nosotros, basta un botón: la reciente moda intelectual de aborrecer la palabra «consenso». El genio natural chileno para la transacción y el compromiso, indispensable en un país pobre y potencialmente violento, le repugna a algunos intelectuales influyentes, ahora que les dio la paz para poder expresarse sin peligro. Y así odiamos de pasada uno de nuestros pocos acervos francamente civilizados. El que nos brindó una república un poco más estable en medio de las anarquías latinoamericanas.
En realidad, me parece natural que odiemos ahora esta aptitud para los consensos que nos caracteriza. Es otra prueba de ese fatalismo violento que cada tanto nos gana. Especulo una razón: en el fondo sospechamos que nuestra relativa habilidad para los acuerdos, es síntoma palpable de nuestra necesidad de ellos. Y el que necesita acordar, transar, comprometer, es porque no es fuerte o teme usar su fuerza, porque es pobre o vive con el fantasma de serlo, porque es débil o se siente tal, porque está inseguro de sus razones o sospecha que en la convivencia social no hay razones ciento por ciento seguras. Y nuestro narcisismo de pueblo adolescente odia verse en ese retrato que lo muestra pobre, débil, inseguro. Como somos. Entonces, a los que emplean la palabra consenso, como a los comparativamente pocos intelectuales que en izquierdas y derechas se atreven a llamarse renovados, la furia del Fatalista Violento los condena como si fueran traidores.
Traidores, otro botón de muestra. Hemos oído la palabra demasiadas veces durante nuestra traidora transición; mucho menos entre «la gente», eso hay que reconocerlo, que en boca de intelectuales que debieran saber mejor. Por ejemplo, para referirse a los derechistas que se esfuerzan en dejar atrás a Pinochet. Por ejemplo, para referirse a la llamada ala de los autocomplacientes de la Concertación. Este uso irresponsable de las palabras. Quien desprecia la voz «consenso» y emplea la palabra «traición» -y en ese tono jupiterino de los poseedores de la verdad- legitima otra vez en Chile el lenguaje de la violencia. Tanto texto airado, iracundo, entre nuestros escritores, tiene la ambigüedad de ser ejercicio legítimo de una libertad de expresión -que por su pura posibilidad modera la crítica a pesar del que la hace-; y a la vez violencia verbal que legitima a la otra. Nada nos garantiza que Chile no pueda volver a polarizarse y enfrentarse en un futuro más o menos cercano. La polarización ya se divisa en este progresivo debilitamiento de los partidos de centro; y el enfrentamiento ya ocurrió en el pasado -cuando cándidamente negábamos esa posibilidad- y podrá ocurrir de nuevo, si hoy sembramos los vientos de estas voces airadas.
Esta actitud descuidada con el lenguaje de la democracia que estamos entre todos hablando (no con el poder gubernamental y fáctico que deben ser pasibles de toda crítica, entiéndase lo que digo), suena a marca de inmadurez en una parte significativa de nuestro mundo intelectual y creativo. Así como expresión de una inmadurez general que nos afecta. Y que nos lleva -conciente o inconscientemente-, con muchos de nuestros intelectuales a la cabeza, a despreciar la transición hacia una mayor libertad política y económica que vamos dificultosamente haciendo, amenazando frustrarla.
Los intelectuales chilenos -quizá no la mayoría, pero sí algunos de los más oídos-, han practicado un tipo de crítica más cercana al desahogo, que a la reflexión. El desahogo del Utopista que clama por su respectiva copia feliz del edén, o el del Fatalista que se lamenta por sus paraísos perdidos. Latinoamericanos -ibéricos- inevitables, hemos olvidado una vez más que el pensamiento o el arte honestos no ofrecen respuestas simples -extremas- sino que ayudan a formular mejor las preguntas complejas -las centrales. Y en un tono que permita oírlas, el moderado.
En el nuestro, y en los países ibéricos en general, empezando por España, esa actitud moderada es el verdadero desafío para un intelectual. Donde tantos «ilustrados» parecen creer que tiene la razón quien habla más fuerte, y más enojado, sólo proponer moderación ya exige una dosis de coraje (apenas lo tengo). Ya que la mayoría de los artistas e intelectuales desprecian esta moderación o al menos desconfían de ella, el verdadero desafío crítico para un intelectual empieza por ir contra esa corriente dominante de nuestro pensamiento. No cuesta nada proponer peleas, amparado en la simpatía reconfortante del grupo de pares, del gremio que pide sangre desde el borde del ring. Pensar en forma independiente, en primer lugar independiente de nuestras cofradías, aunque nos quedemos solos en un rincón de nuestras sobremesas, ya es otra cosa.
En el Chile intelectual sobran los gritos y los gemidos, los alegatos justos que se autodestruyen por su intolerancia a otras justicias. Y faltan con urgencia los argumentos, dichos y oídos con paciencia. ¿Hasta cuándo? ¿Hasta cuando perdamos otra vez lo que los «colombianos» de este mundo desean?
Al comienzo
propuse la parábola de un viajero inmortal que, en 1901,
hubiera escuchado las palabras de Enrique Mac Iver: «parece que no somos felices»
. Y en el
2001 nos hubiera oído lamentándonos de lo mismo. La
parábola nos sugiere que, a la luz de nuestra historia, el
paso del Utopismo Fundacional al Fatalismo Violento, en este cambio
de siglo, habría sido bastante obvio y predecible. Tanto que
ameritaría mucho más humor ambiente, que esta negra
gravedad andina. Daría para una comedia agridulce, en la que
nos reiríamos de nuestros propios payasos danzantes, no para
un drama.
Y sin embargo no
nos reímos, salvo en algunos desahogos histéricos, o
momentáneos, como en algunas de las buenas páginas de
The Clinic
(las menos rabiosas). No nos reímos sino que nos
sentimos. Alguna vez dijo Neruda que había que
tener cuidado con Chile que es el país de «los sentidos»
; esos personajes que van
por ahí rascando la llaga de una afrenta antigua, para
mantenerla siempre fresca. ¿Y qué otra cosa es un
«sentido» -en este sentido- sino un Utopista
«fatalizado»?
En vez de reírnos nos sentimos. En vez de reconocer -sin ambigüedades- la paternidad de estos hijos mediocres y enclenques que llamamos democracia en transición y economía de mercado, bautizarlos con nuestro nombre, enseñarles a enderezarse y educarlos «a la chilena», para que salgan de una vez de la edad del pavo crecidos y mejores que nosotros mismos. En vez de eso, los -nos- dejamos en la orfandad. En vez de criticarnos a nosotros mismos, escabullimos nuestra responsabilidad echándoles a otros la culpa de sus fealdades relativas -como toda belleza es también relativa-, y a ellos los indicamos con el dedo. Síntoma violento de nuestro espíritu de resentimiento, tan latinoamericano y tan chileno, hemos vuelto a elegir un Presidente para tener alguien visible a quien acusar de nuestros males. Y el Presidente de la República irá quedando solo -abandonado por su propia gente, como tradicionalmente ha sido en la histérica historia de Chile- atareado en la tarea latera de recordarnos que el Estado encarna la nación que a su vez somos nosotros, y que sin sus desagradables equilibrios y transacciones podríamos volver a la barbarie de la que apenas ayer salimos.
Esto no implica negar los escollos que el proyecto liberal y democrático enfrenta en Chile: un empresariado reaccionario, una prensa oligopólica, una iglesia conservadora, un ejército acromegálico, unos políticos mayoritariamente sordos -a no ser por su gran oreja para el eco del poder. Sin embargo, atrapados entre las pinzas de esas violencias muy reales, una mayoría de los chilenos alentamos soluciones utópicas o diagnósticos fatales. Cortamos por los atajos de nuestro ánimo, en lugar de tomar por el camino largo de nuestra responsabilidad.
¿Es esta
oscilación entre Utopismo Fundacional y Fatalismo Violento
una condición de la identidad chilena? Pienso que sí.
(No comparto la moda intelectual de decretar el fin de la
identidad; idea, como la del fin de la historia, tan frívola
que basta encontrarnos con otro diferente para volver a
preguntarnos quienes somos). Pero esta es una condición ni
inamovible ni fatal. Es una identidad que refuta el mito de nuestra
insularidad, de nuestra particularidad y diferencia excepcionales
(«los británicos de
Latinoamérica»
, monería propia de
provincianos). Esta es una identidad que nos identifica
con nuestros congéneres del resto de Latinoamérica.
Con los cuales compartimos el problema, pero también las
opciones.
La opción, por ejemplo, de reemplazar esa oscilación improductiva por una concentración creativa. No cabe duda que, ante esta radical mediocridad de la democracia y la imperfección del mercado, que tenemos, cabrían algunas actitudes más creativas que el bailongo actual.
Por ejemplo, la compartida responsabilidad ciudadana en una vigilancia estricta del poder. Lo que exige abandonar la cómoda butaca de una crítica marginal: ofrecer participación y no sólo pedir conducción; ofrecer una acción, en lugar de sólo pedir una solución. Votar y vigilar. Exigirle a nuestros parlamentarios menos denuestos y más argumentos, menos discursos y más diálogos. Sancionar a la prensa triste con nuestra risa, y premiar a los experimentos de prensa libre con nuestras suscripciones. Organizarse, en lugar de esperar que nos organicen. Como trabajadores demostrar más iniciativa -de organización, entre otras-, como consumidores mostrar más resistencia, como empresarios más imaginación, y como ciudadanos más propuestas. Donde el poder cierra las opciones colectivas, abrir alternativas grupales y sobre todo individuales, más incontrolables. Educar al poder, en lugar de esperar que el poder nos eduque.
Y en lo cultural, dejar atrás aquella ridiculez extremista que nos pide: «Huérfanos, piensen positivo». Para reemplazarla por una nueva estética: una moderación irónica. La sonrisa colectiva frente a las limitaciones que tenemos. La capacidad esencialmente civilizada de sonreírse ante esta imperfección intrínseca de la democracia, la economía y nosotros mismos, puede ser el gesto clave de un proyecto de moderación irónica que supere, sin negarla, la cultura extremista de Chile.
Hablo sobre todo de un tono social moderado, distinto al furibundo que nos ha caracterizado. El tono moderado de una discusión nacional que no tiene por qué ser timorata, como temen los iracundos. Discusión incisiva, aguda, mordaz y siempre irónica, puesto que la época lo merece. Pero no grosera -ese pensar enojado que es por ende grueso, grosero. No violenta -esa violencia verbal que prepara la otra. No absoluta, sino relativa, fundada en la duda en vez de la certeza, en primer lugar en la sana duda de las propias certezas. Es decir, moderada.
Quizá esa estética social de una moderación irónica sea a su vez una utopía. Pero al menos será una utopía que nos señala el centro y no los extremos de nosotros mismos. El centro irónico donde el péndulo se posa, donde el bailongo se suspende, será al mismo tiempo el lugar donde podremos vernos con más claridad, donde nuestra imagen borroneada por la oscilación constante se delineará un poco, liberada de los payasos de nuestros extremos. Y allí, al reconocernos desde esa distancia irónica, quiero creer que no nos espantaremos, ni nos infatuaremos con Chile. Sino que nos sonreiremos. Esbozaremos esa moderada sonrisa que es el gesto por excelencia del reconocimiento entre personas civilizadas, el que no implica ni acatamiento ni burla, sino simple, humana, tolerancia con el otro, que somos nosotros mismos.
Por supuesto, una estética no puede constituir una política; la solución de nuestros males no es la ironía, sino que esta es una manera de afrontarlos. Pero es que, como escritor, desconfío de las soluciones, de los finales cerrados. Y, en cambio, tengo fe en que cambiar la forma de enfrentar nuestras penas y ridiculeces, sea el comienzo de otro modo de contarnos nuestra propia historia. Un modo que nos permita darle la vuelta a la frase cíclica que pronunció hace un siglo Enrique Mac Iver y que hoy se repite. Para poder decir en su lugar, moderadamente optimistas: «me parece que no somos tan infelices».
Creo que los más jóvenes en su sano, muscular, escepticismo, ya están preparando esa frase. No están «ni ahí». Menos mal. Será más difícil para los demagogos de uno u otro bando hacerlos comulgar con las ruedas de carreta que atoraron a generaciones anteriores.
Ojalá, para que cuando le toque volver a aquel viajero inmortal, en el 2101, no nos encuentre otra vez entre la euforia y la depresión, entre la fundación y la violencia, entre la utopía y la fatalidad. Es decir, de payasos, y en el Gran Bailongo.