El infierno de los buenos
Alejandra Costamagna
Una veintena de hombres y mujeres al borde del abismo, que escapan del deseo y se aferran al deber. Vistos de cerca: hombres y mujeres discretamente buenos. Un policía atormentado por la invalidez de su hija; un pandillero de ojos glaucos; un periodista experto en resacas; un capitán sin imaginación que imagina uno de los mejores cuentos del libro; un millonario que no se da el tiempo ni la indulgencia para pensar en otra cosa que no sea trabajar; una prisionera libre en el prostíbulo y en la cárcel; una asistente social desollada por la soriasis; un indígena morado y silencioso, con cara de hombre; un farmacéutico que desenmascara la avaricia del pueblo; un cirujano que alivia el dolor ajeno y se amputa los sentimientos; una esposa en huelga de hambre por las infidelidades de su marido; una novicia sacudida por la caridad, que se deja lamer por la soledad del mundo; un juez aquejado por el infértil sentido del honor; un sacerdote con mal de altura y un perro de nombre Hugo, capaz de liberar la rabia de los más pusilánimes. Seres aparentemente vivos, poseedores de unos sentimientos anteriores a la edad del hielo, que deambulan de un relato a otro intentando dominar la carne. Prisioneros de sí mismos. Seres que ascienden con tanta facilidad como descienden. Vistos de lejos: un ejército de fantasmas.
Como una «región del espíritu»
ha definido Carlos Franz a este pequeño universo cerrado, atemporal, que es el oasis de Pampa Hundida. Emparentada con las míticas Comala, de Rulfo, o Santa María, de Onetti, la ciudad santuario de Franz fue creada para su novela El desierto, publicada hace cuatro años. Pero el autor no se la pudo sacar de encima. La ciudad se afincó en su memoria y ya no fue posible desprenderla más.
Pampa Hundida remite a una atmósfera tan atractiva como asfixiante, que sirve de escenario para el movimiento circular de sus personajes. Que los hunde en sus propios infiernos. Que los aplasta en la inercia de las pasiones contenidas y los cruza en sus vidas mínimas. Se diría que el paisaje desértico es el espejo de estas existencias baldías, condenadas desde un origen mucho más hondo que sus propias edades en la Tierra a perpetuar sus paradojas.
El desierto aparece como un libro indescifrado; «un gigantesco libro de piedras y sal»
, que se traga a la gente. Pero igualmente indescifrado será el cielo que los vigila. Ese Ojo de Dios que espía la ruta del narcotráfico por encima de la estratosfera, a doscientos cincuenta kilómetros de altura. El satélite artificial de la DEA, que orbita allá arriba, pero también la presencia simbólica de un ojo supremo que mantiene a raya las conductas de los ciudadanos. Y los mismos ciudadanos regidos por la rotación y la traslación de la Tierra, por el parpadeo de las estrellas y por esa disciplina personal, tan acorde con el orden de la naturaleza.
Así nos describirá el narrador al protagonista del cuento «La prisionera», el ex alcalde Boris Mamani: «Visto de lejos, se desplazaba con la ligereza de un planeta en el espacio, suave e inaudible. Pero cuando se detenía en algún sitio, nadie podía dejar de sentir la atracción compacta de su masa, que obligaba a otras vidas más livianas a girar como satélites en su órbita»
. Y más adelante será el doctor Montañé (ese pariente ficticio, quizás, del doctor Díaz Grey onettiano) quien aluda a la fuerza gravitacional cuando se observe en un colchón apolillado, junto a su joven amante: «Montañé se preguntó si sería éste el secreto de una pareja bien avenida: un centro de gravedad hacia el cual tendían, sin apelación, dos vidas. Posiblemente. Su propia cama matrimonial había sido una llanura lisa, sin inclinaciones ni declives... Y acá estaba él»
.
El choque persistente entre el deber y el deseo es el motivo clave de La prisionera. Ocho cuentos autónomos que, sin embargo, están vinculados por un elenco móvil de personajes que deambulan de una historia a otra, familiarizando de a poco al lector con sus laberínticos atributos. Como en un tejido infinito, los hilos se irán cruzando gradualmente y conducirán, fragmento a fragmento, hasta ese todo atmosférico que es mucho más que la suma de los argumentos.
En esa atmósfera infecunda será donde el amor emerja como una vara de choclo salvaje. Pero siempre, siempre, la aridez del deber asolará la tierra fértil. El amor como un tallo seco, hundido en la pampa. Hundido también por esos fragmentos del pasado que los personajes no quieren o no pueden desenterrar. Así lo experimenta el protagonista del cuento «El amante imaginario», por ejemplo, que una noche sueña un goce y una paz perfectos, y a la mañana siguiente sólo recuerda la sensación, la música del sueño, pero no las palabras que lo evocan. Y se lamenta: «¿Qué era? ¿Qué había sido? ¿Qué trozo de un amor pretérito y olvidado, del que ya no era capaz, lo alcanzaba en el sueño?»
.
La memoria brota entonces como un desvío en las vidas de los pampinos; una región demasiado antigua de sus almas. Puede ser la memoria espesa y dulzona de un párroco que ha dominado la carne para permanecer el resto de sus días al ras de la tierra. O la misión de un magnate que obedece a un linaje de caciques empobrecidos y toma conciencia de su proceder con estas palabras: «Su vida había consistido en degollar, dentro de él, con el cuchillo de su voluntad, al animal de su deseo que pugnaba por liberarse y escapar»
. Pero la memoria también será anestesiada por el cirujano que, estoicamente, ha aprendido a salvar aquello que aún no está perdido, cortando por lo sano. Porque eso es lo que mejor saben hacer estos personajes: cortar por lo sano. Mutilar el pasado, disciplinar ese presente que acaso sea lo único sólido que posean.
Aunque éste sea el debut de Carlos Franz en los cuentos, estos no son los relatos de un aprendiz ni muchísimo menos. Franz sabe -y lo sabe, quizás, con una sabiduría previa a la edad del hielo- que el cuento es una máquina microscópica, y que un relato visible esconde siempre, de modo más o menos elíptico, un relato secreto. Ésa es la jugada de estas historias: recurrir al corazón mismo de lo inmediato para expresar lo remoto. En el último cuento de la serie, cuyo epígrafe reza: «Espero que haya un infierno para los buenos»
(frase de Eugene O'Neill), el cura Ramiro Valdés es conducido a la cumbre de una ladera para impartir una inesperada bendición. Y así describe su ascenso por la montaña el propio párroco: «De modo que subir hacia esas alturas era como devolverse hacia un pasado inconmensurable. Hacia una región de fósiles tan antiguos que acaso pertenecían a animales contemporáneos a la creación, aquellos que le habían visto el rostro a Dios»
.
Franz conoce bien sus herramientas narrativas: la dosificación, la sugerencia, el dibujo de los personajes como un borrador en proceso infinito, la estocada del instante dramático, el desenlace que condensa las pequeñas tragedias. Pero también la sobriedad de la prosa, el énfasis en los detalles significativos, la ausencia de piruetas verbales, las acertadas descripciones de la estepa desértica, la llanura, las costras de caliche, el sol, la polvareda, el cielo tan odiado. Y la capacidad de aprisionar al lector en esta región tan personal -y sin embargo tan ecuménica, por decirlo así- del espíritu humano.