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ArribaAbajoActo II


Cuadro I

 

La misma escena del acto anterior. Es de noche. Se ven apilados, a derecha e izquierda, varios cajones de madera.

 
 

En escena, al levantarse el telón, están JEREMÍAS, MÁXIMO y EL CABALLERO. MÁXIMO concluye de hacer, apoyado en la cómoda, algunas apuntaciones.

 

CABALLERO.-   (A MÁXIMO.)  Trae, amiguito, déjame ver tus apuntaciones. A mí me gusta llevar las cuentas con mucho orden.

JEREMÍAS.-  A la vejez, viruelas.

CABALLERO.-   (Engolado.)  ¿Cómo se entiende?

MÁXIMO.-  No le haga caso. Son bromas de Jeremías.

CABALLERO.-   (A JEREMÍAS.)  He sido consejero fundador de la Sociedad de Nuevos Aluminios, gerente de Fuerzas Motrices, de Pabellones Metálicos, de Transportes Fluviales, y director de Explotaciones Agrícolas. Y repito que me gusta llevar las cuentas claras, porque después pasan las cosas que pasan.

MÁXIMO.-  Aquí tiene usted éstas, que son la claridad misma.

CABALLERO.-   (Se ajusta el monóculo.)  Veamos. Cajas de galletas, doscientas. Conservas varias, ochocientas. Pasta italiana. Hombre, qué bien; soy aficionado. Ciento sesenta kilos.

MÁXIMO.-  Ciento setenta, señor.

CABALLERO.-   (Con aire inocente.)  Ah, sí; me había equivocado. Leche, quinientos botes. Mermelada, doscientos cincuenta. Corned beef («cornebif»), quinientos. Café, sesenta kilos.

JEREMÍAS.-  Usted es también muy aficionado al café, ¿no?

CABALLERO.-  ¿Yo?... Me lo tienen prohibido.

JEREMÍAS.-  Pues hay setenta.

CABALLERO.-  ¿Dónde aprendió usted los números, amiguito?  (Rectifica con el lápiz.)  Bien. ¿Y esa otra relación?

JEREMÍAS.-  Es de las aves de corral (Con intención) , a las que pienso pasar lista a diario, por si falta alguna.

CABALLERO.-  ¿Y si falta?

JEREMÍAS.-  Primero, la buscaré en su armario o debajo de su cama.

CABALLERO.-  ¡Insolente!

MÁXIMO.-  No se enfade, señor.

JEREMÍAS.-  Si no la encuentro, haré sonar los timbres de alarma.

CABALLERO.-  ¡Qué sandez!

JEREMÍAS.-   Y si no doy con ella, le abriré el estómago, seguro de encontrarla allí.

CABALLERO.-  Más respeto.

JEREMÍAS.-    (Irónico.)  Usted manda, excelencia.

  (EL CABALLERO, dignamente, se aleja un poco de sus compañeros y toma unas notas con un lápiz.)  

Oye, Máximo: ¿te esperabas tú una despensa tan bien surtida?

MÁXIMO.-  Ni por lo más remoto.

JEREMÍAS.-  Cuando pisamos tierra me dije para mis adentros: mal asunto; a apretarse el cinturón, amigo. En la jaula se comía bastante bien.

MÁXIMO.-   ¡Qué sabrás tú de eso...!

JEREMÍAS.-  Pues claro que sé... Siempre estás presumiendo de todo... Recuerdo yo un almuerzo el día de Navidad, que hasta vino gente de fuera para vernos. De mi filete, por ejemplo, sacaron fotografías. Igual que de esos atunes que pescan los ricos. Y valía la pena. Rebosaba del plato y para que saliera en la foto, tuve que comerme primero las patatas.

CABALLERO.-  Si fue usted el que pasó la factura, no me extraña nada.

 

(MÁXIMO y JEREMÍAS se ríen alborozadamente.)

 

CABALLERO.-   (Con aire de superioridad.)  ¡Botarates!...  (Transición.)  

Venga, peones: al trabajo. Ya os estáis llevando esto.

JEREMÍAS.-    (Se le cuadra burlonamente.)  A sus órdenes, excelencia.  (Transición.)  Pero alguna mano sí nos echará, ¿verdad?

 (Entre MÁXIMO y JEREMÍAS se dirigen a la ventana, cerca de la cual hay un saco pesado y grande. ESTHER baja por la escalera. Viste igual que en el acto anterior. Algo busca en la alacena. NANCY llega por la izquierda.) 

CABALLERO.-   (Con la cortesía de un hidalgo.)  Buenas tardes, señorita.

NANCY.-   Buenas tardes.

JEREMÍAS.-    (Al paso.)  Hola, bomboncito.

MÁXIMO.-  A cualquier cosa llamas bombón... Tienes el gusto estragado.

JEREMÍAS.-  Tú, como eres duque.

MÁXIMO.-  Que sé distinguir.

JEREMÍAS.-  Acabarás flirteando con un marinero.

MÁXIMO.-    (Se le acerca, en tono amenazador.)  ¡Jeremías...!

JEREMÍAS.-   (Irónico.)  ¿«Jiu-jitsu»?  (Lo pronuncia con mucho énfasis.) 

CABALLERO.-  No quiero disputas... Hale, coged el saco.

 

(Entre JEREMÍAS y MÁXIMO, en efecto, lo cogen y se lo llevan. Hay un cajón cerca de la cómoda. JEREMÍAS, en broma, le da una patada al salir por la derecha, seguido del CABALLERO.)

 

ESTHER.-  ¿Qué hay, Nancy?

NANCY.-  Tengo que hablarte.

ESTHER.-  Yo creo que se irán, apenas acaben. Espérate.

 

(EL CABALLERO deshace el mutis... JEREMÍAS le detiene.)

 

JEREMÍAS.-  Caballero: es el de la vergüenza. Por el qué dirán, guárdelo usted.

CABALLERO.-  Esa no es mi tarea. Según las instrucciones de Anatol...

MÁXIMO.-  ¡Basta de trabajo de ojo!

JEREMÍAS.-  Alguna vez ya habrá usted hecho del otro.

CABALLERO.-  Sólo para colocar primeras piedras.

JEREMÍAS.-  También el zar de Rusia fue destronado.

 

(EL CABALLERO les mira colérico. Al fin se digna coger el cajón, con el que hace mutis por la derecha. Se le oye tirarlo e instantáneamente regresa limpiándose el polvo de las manos. MÁXIMO y JEREMÍAS le aguardan en la puerta y, burlándose de él, le acosan hasta que los tres desaparecen por la izquierda. ESTHER y NANCY asisten a esta pantomima sin mezclarse en ella.)

 

NANCY.-  Y este del monóculo, ¿quién es?

ESTHER.-  Le llaman «el Caballero». Pero no creo que lo sea. Es un mote que me da mala espina.

NANCY.-  Tiene aire de gran señor.

ESTHER.-  Sí; aire, sí. ¿Qué sucede?

NANCY.-   He visto a Basilio.

ESTHER.-  ¡Ah!... Cuéntame.

 

(Se sientan en torno a la mesa camilla.)

 

NANCY.-  Ayer, de noche. Me desperté... igual que si me hubiesen sacudido. Aún no me explico lo que me pasó. Tuve la corazonada de levantarme. Y le vi enfrente de casa. Me contó que se había puesto a mirar a mi cuarto y a pensar en mí con todas sus fuerzas, y que, gracias a eso, yo me había dado cuenta y me había despertado. ¿Lo crees?

ESTHER.-  No sé, Nancy. ¿Dónde se ha escondido?

NANCY.-  En la cisterna vieja.

ESTHER.-  Dile que se entregue. Tarde o temprano, le descubrirán, y será peor.

NANCY.-  Se lo dije, Esther; pero es inútil.

ESTHER.-   ¿Y dé qué le sirve exponerse a que le pase algo desagradable?

NANCY.-  Él me contesta que es el único hombre libre de la isla y que su deber es salvarnos.

ESTHER.-  No salga escarmentado por meterse a redentor.

NANCY.-  ... que, aunque ahora no suceda nada, acaso, llegue un momento en que las cosas cambien y, que el día en que aparezca el barco puede ocurrir una catástrofe.

ESTHER.-  Bueno. ¿Y qué se le ocurre para evitarla?

NANCY.-  Avisar, avisar es su obsesión. Está resuelto a llegar a la costa.

ESTHER.-  ¿Cómo? Si el barco tarda dos fechas. Además, ¿no ha visto las lanchas en la playa y con el vigilante?

NANCY.-  Sí, menos una... La tuya.

ESTHER.-  ¿La mía?

NANCY.-  Basilio me lo dijo: Recuérdale a Esther que hay una canoa, no sabe bien dónde, de esas de goma que se usaban para salvamento de los aviadores durante la guerra y que le habían dado a tu padre.

ESTHER.-  Ya sé, ya sé, Nancy... ¿Y esa canoa?...

NANCY.-   Según Basilio, le basta para llegar a la costa. O a la altura de algún barco que no pase muy lejos. Saldría de noche, claro, del lado de la ermita. Ahora no hay luna y sería fácil. Lo único comprometido es llevarle la canoa. ¿Qué abulta, plegada? Basilio dice que es como una maleta, y no grande. ¿Es cierto?

ESTHER.-  Sí...

NANCY.-  En tres o cuatro días, supone... Si soplara el viento...

ESTHER.-  Pero tú le habrás disuadido de ese disparate, ¿no?

NANCY.-  Yo...   (Se levanta seguida, a poco, de ESTHER.)  

ESTHER.-  Porque es un disparate, Nancy, y de los grandes. Imagínate ... Primero, el peligro de que le descubran..., que es bien grave... Ya puedes suponerte que no se andarían con contemplaciones ... Después, el de que se le trague el mar... Hartas estamos de oír hablar de naufragios, y aun de barcos grandes..., conque, un cascarón de nuez... Y más en esta época. ¿Tú le has hecho ver todo eso?

NANCY.-  ¿Sabes lo que sucede, Esther? Basilio me convence siempre de que lleva la razón.

ESTHER.-  Pero no en este caso.

NANCY.-   Pues mira, Esther... También en este caso..., no te lo niego... Es tan fuerte, tan decidido... Da tanta confianza... Y, además...., es que siento un miedo atroz de lo que vaya a sucedernos. Así, que, cualquier proyecto..., no sé..., me sugestiono y acabo encontrándolo bueno.

ESTHER.-  Cuidado, cuidado, Nancy. No echemos todo al traste y nos arrepintamos después. Las cosas ya no son como al principio.

NANCY.-  ¡Oh, aquéllo fue espantoso! Así, hubiera sido mejor morirse. Baltasar, «la Cebra» era un loco. Dios le haya perdonado.

ESTHER.-  Anatol es muy distinto.

NANCY.-  El jefe, le llaman.

ESTHER.-  Y lo es.

NANCY.-  Pero ya estarás enterada de que fue el que mató al presidente Araballe.

ESTHER.-  Sí... Las ideas ciegan igual que las pasiones; ahora que, claro, no es lo mismo matar por eso..., por estar ciego..., envenenado, que por robar...  

(NANCY la mira como si quisiera sorprender las secretas razones de su defensa.)

  Yo lo pienso así... ¿No crees tú?

NANCY.-  Sí, claro.

ESTHER.-  Ahora, Anatol los tiene sometidos, y le obedecen. Sabe mandarles, ¿comprendes? Y, mientras se siga así, estoy segura de que no correremos ningún peligro. Anatol nos defendería..., no hay duda..., nos defendería...

NANCY.-  Muy segura me pareces.

ESTHER.-  Son cosas que... no sé ..., se sienten... como si estuviesen en el aire... A lo mejor me equivoco, pero no creo; la verdad.

NANCY.-  Mucho confías en él.

ESTHER.-    (Se analiza a sí misma.)  Pues sí, ¿por qué negarlo? Confío.

 

(NANCY la mira, a medias en son de reto, a medias inquisitorialmente.)

 

NANCY.-  Ya.

ESTHER.-    (Resuelta a afrontar todas las insinuaciones.)  ¿Qué miras, Nancy?

NANCY.-  Nada, nada, Esther.  (Transición.)  Bien. ¿Qué le contesto a Basilio?

ESTHER.-  Dile que buscaré la canoa. Así, muy exactamente, no sé dónde puede estar.

NANCY.-  Bueno, cuando la encuentres me lo dices por Úrsula. ¿Te parece?

ESTHER.-  Sí.

NANCY.-  Adiós, Esther.

ESTHER.-  Adiós, Nancy.

 

(NANCY se marcha por la izquierda. ESTHER, apenas ha cerrado la puerta, se queda pensativa un instante. Vacila de modo visible. Va a la alacena. Hay en su estante unos cuchillos de mesa. Parece buscar entre ellos uno que le sirva. En este momento, ANATOL pasa por delante de la ventana de la izquierda. ESTHER lo ve, aunque el espectador no. Rápidamente se acerca a la ventana y la entreabre.)

 

¡Anatol!

 

(Después, un poco inquieta, como preocupada por lo que ha hecho y, acaso más aún, por lo que va a hacer, espera, desde el centro de la escena, la entrada de ANATOL.)

 

ANATOL.-    (Por la izquierda.)  ¿Qué me quieres?

ESTHER.-  No, no, nada... He visto que han varado las lanchas en la playa.

ANATOL.-  Sí. ¿Le extraña?

ESTHER.-  No, ¿por qué? Me parece natural. No vaya a servir cualquiera de ellas para avisar a la costa.

ANATOL.-  Es usted muy inteligente.

ESTHER.-  ¿Y no hay más en la isla?

ANATOL.-  ¿Usted sabe de alguna?

ESTHER.-  Sí.

ANATOL.-  ¿Dónde está? Le exijo que me lo diga.

ESTHER.-   Es absurdo que me lo ordene así, tan autoritariamente. Comprenda que, si le he llamado, es justo para decírselo.  (Le señala la puerta de la derecha.)  Baje al sótano. La verá en la estantería, en una caja. Es una canoa de goma...

 

(ANATOL mira escrutadoramente a ESTHER, cuya actitud no entiende. Abre la puerta de la derecha y hace mutis por ella. ESTHER va a la alacena, que había dejado cerrada, y la abre.)

 

¿Dio con ella?

ANATOL.-  Sí.

ESTHER.-  ¿Ve usted como tenía razón?

ANATOL.-  ¿Hay un cuchillo o una navaja por aquí?

ESTHER.-    (Con enigmática presteza.)  En la alacena encontrará lo que quiere.  (ANATOL se dirige a la alacena.)  ¿Qué va a hacer?

ANATOL.-  Inutilizarla.

ESTHER.-  No se me había ocurrido.

 

(ANATOL ha encontrado una navaja, que se guarda en el bolsillo. Desde el umbral de la puerta de la derecha. Con cierta destemplanza.)

 

ANATOL.-  Me gustaría saber por qué... o por quién ha hecho usted esto.  (Mutis por la derecha.) 

ESTHER.-    (Concentrada y oscuramente.) Si yo lo supiera...


 
 
TELÓN
 
 


Cuadro II

 

La misma escena de los cuadros anteriores. El ventanal y la ventana están cerrados. Es de noche.

 
 

Al levantarse el telón, ANATOL está en escena, en pie, un poco en segundo término, cerca del arranque de la escalera. La puerta de la izquierda se abre y entran MÁXIMO y JEREMÍAS.

 

ANATOL.-  ¿Qué hay?

MÁXIMO.-  Acertamos. El ladronzuelo era el Caballero. No podía ser otro.

JEREMÍAS.-   Con truquitos a nosotros... ¡Que no, hombre, que no! ¡Que hemos sido cocineros antes que frailes!

ANATOL.-  ¿Y cantó?

MÁXIMO.-  A los pocos minutos de tratamiento.

JEREMÍAS.-  Hubiera cantado ópera, si lo hubiéramos querido.

ANATOL.-  Pobre diablo.

MÁXIMO.-  No hizo falta que nos esforzáramos mucho. Yo sé «jiu-jitsu».

ANATOL.-  Ya.

MÁXIMO.-  Total, que a la segunda llave...

JEREMÍAS.-  Como un pajarito.

ANATOL.-  ¿Y qué?

JEREMÍAS.-  Nada. Aquí están las dos moneditas de oro.

ANATOL.-  ¿Y dé quién eran?

JEREMÍAS.-  De una vieja chocha que llaman... ¿cómo, tú?

MÁXIMO.-  La Gorriona.

JEREMÍAS.-   Eso. Una usurera, la tía, de tomo y lomo, que bebe más que una esponja.

MÁXIMO.-  A mí ya me extrañaba que las cajas de ginebra fueran de diez botellas, según sus cuentas. Eran de doce. Las dos sobrantes se las había vendido, bajo cuerda, a esa bruja.

ANATOL.-  Desvergonzado tipo.

JEREMÍAS.-  Total, jefe: que la sentencia fue cumplida. Ganas le tenía.

ANATOL.-   (Bromea.)  Supongo que habrá sido estrictamente la sentencia.

JEREMÍAS.-   (Mira a MÁXIMO.)  Creo que sí. Trescientos cintarazos. A cincuenta por botella, barato.

ANATOL.-  ¿Cómo se comportó el reo?

JEREMÍAS.-  Pues..., la verdad, aguantó el tipo más de lo que suponíamos. Desde luego, los cien primeros con monóculo.

ANATOL.-  ¿Quién fue el verdugo?

JEREMÍAS.-  Nos relevamos. Era demasiado rica la cosa, para que la disfrutase uno solo.

ANATOL.-   (Se ríe, a pesar suyo.)  Está bien.

 

(EL CABALLERO surge por la izquierda.)

 

CABALLERO.-  Anatol: lo que se ha hecho conmigo es una vileza.

ANATOL.-  ¿Por qué, querido amigo?  (Avanza al primer término.) 

CABALLERO.-  En primer lugar, se ha incurrido en un error judicial. Yo no di las botellas a la Gorriona. Fue ella quien las robó de la bodega.

MÁXIMO.-  ¿Y las monedas de oro?

CABALLERO.-  Se las exigí yo, como indemnización, cuando descubrí el robo.

MÁXIMO.-  Para quedarte con ellas, naturalmente.

CABALLERO.-  Por dos monedas de oro yo no me vendo. Pensaba entregárselas a Anatol.

MÁXIMO.-  ¿Y por qué no lo hiciste?

CABALLERO.-  Por falta material de tiempo.

JEREMÍAS.-  Historias. No fue eso lo que nos dijiste antes.

ANATOL.-  Tal creo. Mis noticias son que se había declarado culpable.

CABALLERO.-    (Señalando a MÁXIMO.) Este sujeto dijo que me iba a aplicar la droga de la verdad, y, acto seguido, me dobló la muñeca. No he visto una bestia más grande en toda mi vida.

MÁXIMO.-  Cuidado con las palabras, excelencia, o te duplico la dosis.

CABALLERO.-  Dudo mucho que te atrevieras ahora que no me coges desprevenido.

JEREMÍAS.-   Cálmate, excelencia, te lo aconsejo.

CABALLERO.-  Así, bajo la coacción del terror, ¿qué iba a hacer?

ANATOL.-  Todo le acusaba.

CABALLERO.-  También podría acusar yo.

ANATOL.-  ¿A quién?

CABALLERO.-  A estos dos.

MÁXIMO.-  Nosotros no somos descuideros, como tú, excelencia.

CABALLERO.-  ¿Y yo? ¿Con quién te crees, desdichado, que estás hablando?

JEREMÍAS.-    (Le remeda.)  «He sido consejero fundador de Nuevos Aluminios, gerente de Fuerzas Motrices de no sé qué y de Pabellones Metálicos de no sé cuántos:..» ¡Bah, chulo de viejas y sanseacabó!

CABALLERO.-  ¡Cállese el estrangulador!

JEREMÍAS.-  ¡Esto no te lo aguanto!

 

(JEREMÍAS se abalanza sobre él y le da una sonora bofetada. MÁXIMO se interpone a los dos y los separa.)

 

ANATOL.-  ¡Basta!

CABALLERO.-  ¡Miserable! ¡Atreverse a pegar a un cobarde!

ANATOL.-  Convendría que cada uno de nosotros hiciera un esfuerzo para olvidarse del pasado de los demás, para considerarse igual que si la vida nos abriera cuenta nueva, con el activo y el pasivo a cero: esto lo entenderá bien usted.  (Se dirige al CABALLERO.) 

CABALLERO.-  A mí se me ha maltratado injustamente.

ANATOL.-  Excelencia: en esta sociedad resulta que, lo mismo que en aquella otra, cuyas leyes quebrantamos de distintas maneras, robar unas botellas de ginebra es delito. Mi deber consiste en evitar que nadie se tome por su mano lo que no le corresponde. Si venía a protestar, pierde su tiempo.

CABALLERO.-  Habéis nacido para negreros... los tres.

 

(Y se va por la izquierda. ANATOL hace ademán de salir detrás de él. MÁXIMO y JEREMÍAS le contienen. ESTHER aparece en lo alto de la escalera. Trae unas ropas que, a su debido tiempo, guardará en la cómoda.)

 

MÁXIMO.-  Jefe, no le tomes en serio.

ANATOL.-  Tenéis razón.

JEREMÍAS.-  ¿Quieres algo?

ANATOL.-    (Se le ve preocupado.)  No... .

JEREMÍAS.-   Te dejamos, entonces.

MÁXIMO.-  A propósito, ¿oíste hablar de uno que se llama Basilio?

 

(ESTHER, que baja en este momento los escalones, oye el nombre y lo acusa.)

 

ANATOL.-  ¿De los nuestros?

MÁXIMO.-  No, de los del islote.

ANATOL.-  ¿Qué pasa?

MÁXIMO.-  Hemos encontrado la lista para los racionamientos de los que viven aquí. En ella figura un tal Basilio Mendes. Pero el tal Basilio no aparece.

ANATOL.-  Es extraño...

MÁXIMO.-  Estamos preguntando... Ya te tendremos al corriente.

ANATOL.-  Sí, sí, averiguad qué es lo que hay.

 

(MÁXIMO se dispone a marcharse, pero advierte la presencia de ESTHER, que está ya en la cómoda, guardando las ropas.)

 

MÁXIMO.-    (A ANATOL, como si le pidiera la venia.)  Tal vez sepa...  (ANATOL le invita a interrogarla.)  ¿Conoce a un tal Basilio Mendes?

ESTHER.-   (Sin volverse.)  Sí. Vive aquí. Se volvió a la costa en el remolcador.

MÁXIMO.-  ¿El cuatro?

ESTHER.-  Claro.

MÁXIMO.-  La lista es del cinco.

ESTHER.-  Yo nada tengo que ver con eso.

ANATOL.-  Preguntad a los demás. Y decidme lo que saquéis en limpio.

MÁXIMO.-  Adiós.

JEREMÍAS.-  Adiós; jefe.  (Se van por la izquierda.)  

ANATOL.-  Su marido, ¿no sé llamaba Mendes?

ESTHER.-  Sí.

ANATOL.-  ¿Era pariente de Basilio?

ESTHER.-  Usted sabe que hay millares de Mendes. Nada tenía que ver con él.

ANATOL.-  ¿Hace mucho que enviudó?

ESTHER.-  Tres años.

ANATOL.-    (Mira el retrato que hay sobre la cómoda.)  ¿Era éste?

ESTHER.-  Sí.

ANATOL.-  ¿Enfermo ya?

ESTHER.-  Estuvo siempre enfermo.

ANATOL.-  ¿Y usted lo sabía?

ESTHER.-  Claro que sí.

ANATOL.-  ¿Por qué se casó entonces?

ESTHER.-  Creo que me enamoré de su debilidad.

ANATOL.-  Extraño enamoramiento.

ESTHER.-   Poco conoce usted lo que es una mujer si eso le extraña.

ANATOL.-  Posiblemente. El amor ha ocupado una mínima parte de mi vida y yo sé muy poco de sus secretos.

ESTHER.-  Lo siento por usted.

ANATOL.-  No se preocupe. Creo que al amor se le concede demasiada importancia. Cuando se vuelva a la Naturaleza y se le despoje de tantos artificios como le mixtifican, recuperará el puesto que de verdad le corresponde.

ESTHER.-   ¿Y qué nos darán en su lugar que más valga?

ANATOL.-  Hay otras cosas en el mundo que bien merecen que nos apasionemos por ellas.

ESTHER.-  No sé. Seguramente soy muy egoísta. Pero el día en que Willy murió, pensé que la vida se me quedaba vacía.

ANATOL.-  Para usted, en cambio, si no me equivoco, el amor es lo único que cuenta. ¿No es así? Temo que, sin él, se sienta muy desgraciada.

ESTHER.-  La esperanza de enamorarme de nuevo, no me ha abandonado aún. Un día u otro encontraré a alguien y le querré.

ANATOL.-  ¿En estas rocas? Me parece difícil. Márchese, apenas pueda. Y sin miedo a la nostalgia.

ESTHER.-  ¡Bah! Acaso haya quien crea que estas rocas, como usted dice, son lo mejor del mundo. A usted, de momento, le han salvado la vida.

ANATOL.-  Tranquilícese. Probablemente pagaré mi deuda, dejándome la piel en ellas. Si así no fuese, las recordaría siempre con amargura.

ESTHER.-   ¿Por qué?

ANATOL.-  Porque en este pedazo de tierra he vivido una experiencia dolorosa.

ESTHER.-  No sé a qué se refiere.

ANATOL.-  Yo tuve una infancia de niño burgués, en un colegio, con oraciones, con fiestas de familia y con diplomas, del que me escapé porque todo me parecía falso. Y me construí, en la cabeza, un mundo, con unas normas, con unas ideas, con una doctrina, en la que creí ciegamente y por la que luché. Ese mundo que yo me había formado está derrumbándoseme ahora.

ESTHER.-  ¿Y qué puede importarle? Si se derrumba, como usted dice, será porque era falso.

ANATOL.-  ¿Y le parece poco grave el descubrirlo?

ESTHER.-  Más le vale, que seguir en el error.

ANATOL.-  Resultará que yo he ido a conocer la verdad demasiado tarde.

 

(ANATOL rompe su diálogo. Va al ventanal. Golpea el puño izquierdo contra la palma contraria. Él también parece, ahora, presa de sus recuerdos. Se abre la puerta de la izquierda y entra ÚRSULA. ESTHER se levanta y va hacia ella.)

 

ESTHER.-  ¿Cómo está, Úrsula? ¿Se encuentra bien?

ÚRSULA.-  Sí...

 

(Algo hay en la atmósfera que le intranquiliza, que le pone sobre aviso, que le hace contestar maquinalmente.)

 

ESTHER.-   ¿Quiere que subamos?

ÚRSULA.-  Bueno...  (E inician el mutis por la escalera.)  

ESTHER.-  He de hablarle de Basilio.

ÚRSULA.-  Sí...

ESTHER.-   (Le toca la ropa.)  Llovía, ¿no?

ÚRSULA.-  Lloviznaba un poco.  (Se detiene.)  Ese hombre te atrae, ¿verdad Esther?  (ESTHER se calla.)  Ya no soy la madre de Willy, soy solamente la tuya. ¿Te atrae, verdad? Dime...

ESTHER.-    (Hondamente. Como si la confesión la aliviara de un peso enorme.)  Sí.

ÚRSULA.-  Húyele, hija mía.

 

(Todo este diálogo lo han mantenido en voz baja. La réplica de ESTHER es, sin embargo, tan viva que ANATOL la oye.)

 

ESTHER.-  ¿Y si no pudiera?...

ANATOL.-   (Se vuelve hacia ESTHER.)  ¿Sucede algo?

 

(ÚRSULA y ESTHER se turban visiblemente.)

 

ÚRSULA.-  No, nada...

 

(Y hacen mutis. ANATOL, se queda pensativo. Al fin se encoge de hombros. Se encuentra, sin saber por qué, con las dos monedas de oro en las manos y juega con ellas. JEREMÍAS, en este momento, entra por la izquierda.)

 

JEREMÍAS.-  Jefe...

ANATOL.-  ¿Qué hay?

JEREMÍAS.-  Lo de ese Basilio empieza a tomar mal cariz.

ANATOL.-  ¿Por qué?

JEREMÍAS.-   Máximo ha preguntado a varios. Han incurrido en contradicciones. Unos que si se había ido en el remolcador del día cuatro. Otros, que faltaba desde hace mucho. En resumen: mi impresión es que Basilio está en la isla, escondido.

ANATOL.-  Hay que dar una batida. Si se escondió es porque trae algo entre manos, porque prepara algo.

JEREMÍAS.-  Claro, eso pienso yo.

ANATOL.-  ¿Es hombre joven?

JEREMÍAS.-  Treinta años; era el que mandaba aquí.

ANATOL.-  Avisa a los Robson y a Sacha y a Daniel, y mañana, apenas tengamos luz...

 

(NANCY surge, demudada, por la lateral izquierda. La presencia de ANATOL y de JEREMÍAS la intimida; no contaba con ellos y no les saluda. Incapaz de ocultar su zozobra, cruza la escena precipitadamente en derechura de la habitación de ESTHER.)

 

JEREMÍAS.-   Me atrevería a jurar que ésa sabe más que nosotros.

ANATOL.-  ¿Por qué lo dices?

JEREMÍAS.-  Me lo da el corazón.

ANATOL.-  Pues ya verás qué pronto aclaramos las cosas.  (Desde el arranque de la escalera.)  ¡Un momento! ¡Haga el favor!  (Pausa.)  ¿Me oyen? ¿O tengo que subir?

 

(Se percibe algo así como un forcejeo al otro lado de la puerta. ESTHER aparece en el umbral.)

 

ESTHER.-  ¿Qué me quieren?

ANATOL.-  Nada a usted. Es con su amiga con la que hemos de hablar.

ESTHER.-  ¿Qué sucede?

ANATOL.-  Le repito que es a su amiga a la que deseamos hablar personalmente.

ESTHER.-  Bien.  (Hace mutis.)  

JEREMÍAS.-    (A ANATOL.)  ¿Te fijas? Esther daba la cara por ella. Como si la sintiese amenazada. ¿No te parece extraño?

ANATOL.-   (Pensativo.)  Tal vez...

 

(NANCY se presenta en lo alto de la escalera. ÚRSULA y ESTHER la escoltan.)

 

NANCY.-  ¿Me llaman?

ANATOL.-  Sí. Buscamos a un tal Basilio Mendes.

NANCY.-   (Desciende la escalera.)  Basilio Mendes... Muy bien.

ANATOL.-  ¿Le conoce usted?

NANCY.-  Sí.

ANATOL.-  ¿Quién es?

NANCY.-  No entiendo su pregunta... Es un muchacho, como cualquier otro.

JEREMÍAS.-  Su novio, quizás.

NANCY.-  Ese es un asunto que sólo a mí me importa.  (Habla ya desde el centro de la escena, cerca de la mesa.) 

ANATOL.-  ¡Calla, Jeremías! Novio o marido nos es igual. Una sola cosa interesa: ¿dónde está escondido?

NANCY.-  En ninguna parte, que yo sepa. Se fue en el remolcador.

JEREMÍAS.-  ¡Mentira! ¡Hay quien le vio dos días más tarde! Antes de que llegáramos nosotros.

NANCY.-  Imposible.

ANATOL.-    (A ESTHER, que sigue en el rellano.)  Ya oye a Jeremías. ¿Insiste usted en lo que dijo antes?

ESTHER.-  No tengo por qué decir lo contrario.

JEREMÍAS.-  Falso, falso. Hay quien le ha visto.

NANCY.-  Se habrán confundido. Yo misma fui a despedirlo.

JEREMÍAS.-   Eso habría que demostrarlo.

NANCY.-  Esther me acompañó al embarcadero.

JEREMÍAS.-   ¿Y cómo figura en la lista de los residentes?

NANCY.-  Yo no soy quien la hizo.

JEREMÍAS.-   Sería mucha casualidad que se hubiesen equivocado.

NANCY.-  Muy raro no sería tampoco.

ANATOL.-  ¡Basta de maniobras! Basilio se ha escondido en algún rincón de la isla. Si se entrega, poco tendrá que temer. Si así no fuese, no respondo de lo que suceda.

NANCY.-  ¿Le matarán, verdad?

ANATOL.-  Si Basilio se ha escondido, ¿para qué lo ha hecho? Desde que yo mando, ningún crimen se ha cometido, ningún atropello. ¿Por qué lo hizo? Porque lo que se propone es avisar a la costa, aún no sé bien de qué modo, de nuestra presencia en la isla. Acierta usted: si le encontramos podrá costarle muy caro.

NANCY.-  ¿Y eso con qué derecho?

ANATOL.-  ¿Cómo? ¿Con qué derecho? Esta es una sociedad clavada aquí, en un trozo de tierra, que yo he olvidado ya cómo se ha constituido y quiénes la forman, si escapados de presidio o monjes. Me es igual. Yo sé que estoy al frente de ella y que he de defenderla caiga quien caiga. Y esa convicción es la que me da autoridad para acabar con Basilio y con el mundo entero si la pone en peligro.

NANCY.-    (Desafiadoramente.)  ¡Pues no sé dónde está!

ANATOL.-  También yo acabo de comprender que miente. Hay ciertos tonos de voz que no confunden. Por última vez, diga cuanto sepa sobre él, si no quiere llevarle a una catástrofe.

NANCY.-  ¡Nada tengo que decir!

ESTHER.-  ¡Yo sí!  (Baja la escalera.) 

NANCY.-  ¡Esther!

ESTHER.-  Pero pongo un precio: su vida.

ANATOL.-  ¡Sea!

ESTHER.-  Basilio...

NANCY.-   (Se abalanza sobre ella.)  ¡Cállate!

ESTHER.-  Basilio...

NANCY.-  ¡Cállate, cállate! Pero, ¿por qué vas a hablar? ¡Ah, ya comprendo! Por Anatol; es a él a quien quieres proteger... Los demás no contamos para nada. Temes que Basilio, en libertad, sea una amenaza. Y te da miedo... Ahora me explico muchas cosas... Yo sé por qué descubrieron la canoa de salvamento. Fuiste tú quien dijiste dónde estaba escondida. ¡Tú, tú! Si no, acaso a estos bandidos les habrían colgado ya. Y tú lo impediste, porque estás enamorada de Anatol y le defiendes... No pagas con la muerte el daño que vas a hacer a Basilio.

ESTHER.-  Voy a salvarle, aunque tú no lo entiendas.  (A ANATOL.)  Está aquí, en la isla.

ANATOL.-  ¿Dónde?

ESTHER.-  En la cisterna vieja, hasta hace unas horas.  (NANCY, sollozante, se refugia en los brazos de ÚRSULA.) 

ANATOL.-  ¿Cómo hasta hace unas horas?

ESTHER.-  Sí, cuando Nancy fue a verle no le encontró ya.

ANATOL.-   (A JEREMÍAS.)  Pues es preciso dar con él. Y sin perder un minuto. De la isla no ha podido salir. Y hay que encontrarle vivo, ¿me entiendes?

JEREMÍAS.-  Sí, jefe.   (Se dispone a hacer mutis por la izquierda. Un rumor de voces, que viene de fuera, le detiene.)  

ANATOL.-  ¿Qué sucede?

 

(JEREMÍAS abre la puerta. MÁXIMO, TOMMY, DANIEL y EL CABALLERO, en unión de los comparsas, se presentan en escena.)

 

TOMMY.-  ¡Han matado al vigilante!

ANATOL.-  ¿Quién?

TOMMY.-  No lo sabemos. Y una de las lanchas, falta.

JEREMÍAS.-  Basilio ha sido. No hay duda.

ANATOL.-  Tenemos que impedir que escape.

TOMMY.-   (Mordazmente.)  Ya nos dirás cómo, capitán.

UNA VOZ.-   (Desde dentro.)  ¡Ehhh! ¡Ehhh! ¡Mirad, mirad!

 

(La voz lejana debe ser dada desde lo alto del escenario.)

 

JEREMÍAS.-    (Hace mutis por la izquierda. Grita.)  ¿Qué hay, Sacha?

UNA VOZ.-  ¡Mirad, mirad!

JEREMÍAS.-    (Deshace su mutis.)  Es Sacha, desde el faro. Señala al mar.

 

(NANCY, velozmente, abre la ventana del foro. Un gran haz de luz intermitentemente parece proyectarse en la lejanía.)

 

ANATOL.-  ¡Una lancha! ¿No la veis?  (Levísima pausa.)  ¡Ahora, con la luz del faro! ¿La veis?

MÁXIMO.-  Sí, sí.

 

(Todos se han acercado a la ventana. NANCY se despega de ellos y avanza al primer término.)

 

ANATOL.-  ¿Es ese Basilio?

NANCY.-  Sí, ese. ¡Ya no le alcanzáis!

ANATOL.-  Con otra lancha, no. Pero con un rifle, sí. ¡Jeremías! ¿Me oyes? Ya sabes lo que tienes que hacer.

JEREMÍAS.-  Sí, jefe.  (Sale velozmente por la derecha.)  

ANATOL.-  Doce años atrás, mi puntería no fallaba fácilmente en un caso de estos. Creo haber perdido muy pocas facultades.

NANCY.-  ¿Qué intenta, miserable? ¿Asesinarle?

ANATOL.-  ¿Quién habla aquí de asesinatos? Yo voy, sencillamente, a pasarle por las armas.


 
 
TELÓN
 
 



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