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Entrevista a Luisa Valenzuela

Marianella Collette

Luisa Valenzuela

-En muchos de tus artículos hablas sobre una lucha constante con las censuras internas. ¿Cómo logras la transgresión de estas barreras?

Primero hay que alcanzar la barrera que la censura establece. Conviene respetar ese momento de conexión con la mente inconsciente que a veces se alcanza. A eso se le llamó la musa, la inspiración, lo que vos llamás canalizar algo. Es una instancia donde uno entra en contacto con algo que está dentro mismo del lenguaje y que muchas veces asusta. Pero también te pertenece. Por eso una escribe mucho menos de lo que quisiera, porque es la permanente lucha entre esa barrera que se quiere romper y la parte de una que teme romper la barrera. Creo que se puede transgredir estas limitaciones tomándolas por sorpresa. Empiezo a escribir sorpresivamente y después voy aflojando y tirando el hilo sin detenerme ante lo que va surgiendo, sin juzgar. Cuando lo logro es como un pequeño milagro.

-En el cuento «El zurcidor invisible» la voz narrativa dice que «la escritura es un desahogo». ¿Ves a tu escritura como un proceso autorreflexivo de desahogo?

Se trata de una propuesta más, en un caso como el narrado, porque la escritura puede ser también un desahogo, ¿por qué no? La escritura puede ser tantas cosas. Pero no como catarsis. Si todo el mundo empieza a buscar la catarsis, terminamos haciendo mala literatura. No creo que la buena escritura sea exclusivamente un proceso de desahogo. Todo lo contrario: muchas veces puede resultar asfixiante sin que el resultado sea negativo, cavar cada vez más hondo en un mismo tema a veces produce verdaderos hallazgos literarios.

-¿Entras en algún tipo de trance meditativo cuando escribes?

Podría decirse, de cierta forma. Escucho muchas voces cuando escribo. Creo que escucho mis propias voces interiores, por supuesto, no voces de afuera, tan loca no estoy. La información no solo me llega en forma auditiva; mi primera novela, Hay que sonreír, fue visual. Muchos escritores te dirán que la imaginación va pasando como una película interior. Después creo que evolucioné con El gato eficaz. Con esta novela el lenguaje se iba desarrollando por su cuenta, en forma inesperada y lúcida a la vez, sorprendente para mí. Como si me estuvieran dictando. Ahora escucho mucho menos. Pero siempre pasan cosas extrañas: voy siguiendo una pista y de golpe una palabra me toma de sorpresa. Entro en una frase teniendo en cuenta cierta connotación y de golpe termino de escribir y salgo con otra connotación y el mismo lenguaje -hecho acción- me lleva a un lado diferente. Y de golpe me pregunto: «¿dónde me estoy metiendo?, ¿qué estoy haciendo?»; y pienso que me perdí. Sin embargo, empiezan a atarse esos nudos y todo va tomando cuerpo. En Cola de la lagartija esto me ocurría todo el tiempo. Fue algo muy impresionante, surgieron así muchas premoniciones. A veces peleo contra todo esto, no creas: es como estar y no estar.

-¿Por qué te interesan tanto estos temas como la energía y la magia?

Porque los siento muy cercanos y a la vez sorprendentes, inexplicables. Y me gusta ahondar en lo inexplicable, tratar de acercarme al secreto. Vengo trabajando y estudiando el tema de la magia y el chamanismo desde la juventud. Nunca lo pongo en evidencia, pero aflora. En mi libro de cuentos Los heréticos el tema ya está instalado. No trabajé la energía personalmente porque me dijeron de chiquita que no me metiera en eso, no tanto en el trabajo de energía sino en las adivinaciones. Mamá tenía una adivina inglesa que era un encanto de persona y ella me dijo cuando era chica: «vos tenés poderes, pero ni te acerqués». Entonces no me acerqué y esto indudablemente me marcó. Me he pasado leyendo y estudiando porque me interesa mucho el tema. En Francia, cuando me casé, a los veinte años, tuve contacto con gente que estaba en la magia, pero desde una perspectiva muy intelectual. La experiencia fue muy interesante y aprendí muchísimo sobre los mundos mágicos, especialmente la Bretaña, la región más oscura y misteriosa de toda Francia. He trabajado muchísimo el tema de los rituales, las máscaras y el chamanismo. Tengo una biblioteca amplia al respecto. Incluso me apasiona ir a conocer y presenciar rituales, aunque me muera de susto. He viajado a Bahía para ver el Candomblé, a Papúa Nueva Guinea para los sing-sing, al corazón de Amazonas. Presenciar estos rituales ha sido y espero siga siendo de las experiencias más enriquecedoras de mi vida.

-¿Qué te motivó a escribir tu primera novela Hay que sonreír en Francia?

Escribí mi primera novela porque añoraba mucho Buenos Aires. Es una novela que muestra un Buenos Aires totalmente arquetípico. Extrañaba tanto a esta ciudad que me hizo muy bien escribir sobre ella. En este caso en particular la escritura sí fue medio catártica, para mí, porque me puso en el lugar donde yo quería estar. Además me resultó divertida. En esa época por fuerza me tuve que convertir casi en un ama de casa -muy deficiente por cierto- porque tenía una bebita y yo nunca había cocinado ni una papa, de pronto tuve que aprender a hacer todo eso y mucho más. Creo que el escribir esa novela fue una manera de seguir manteniendo vivo mi universo imaginario y creativo.

-¿Cómo surgió el cuento «Si esto es la vida, yo soy Caperucita Roja»?

Fue la primera vez que partí de una teoría. Cierto día iba caminando por la calle y de golpe me dije: «¿por qué la madre de Caperucita Roja la manda al bosque, si el bosque es peligroso?». Es decir, en términos simbólicos, ¿qué se está diciendo detrás de todo eso? Muchas veces yo parto de preguntas para escribir. Me pregunto cosas y para desentrañar la pregunta escribo un texto de ficción. No en este caso. Me puse a reflexionar sobre tan crucial tema y entendí que había un engaño subyacente, que el cuento y su moraleja intentan disfrazar. Algo distinto debió desprenderse de esa historia cuando era oral, antes de Perrault, cuando las viejas se la narraban a las niñas frente al fogón. Veamos: Caperucita entra en la pubertad, ya se sabe, por eso de la capita roja. Sabemos además que el bosque simboliza la vida, y como todo ser humano que se inicia en el mundo ella tiene que atravesarlo. Pero ¿por qué tenés que atravesar la vida por el sendero trillado sin mirar a tu costado, sin apropiarte de nada? Entendí que el camino de Caperucita Roja era el de toda mujer, que como la interpretación de los sueños, todos los personajes de la narración son uno solo: la protagonista. Caperucita es la mujer que a partir de la pubertad debe incorporar su aspecto materno hasta llegar a la abuelez, a su aceptación de ser una anciana. Entonces comencé a pensar que este cuento estaba contado mal porque había sido escrito por un hombre. Este género de historias ejemplares debería de ser contado por mujeres. Por más que sean épocas muy pretéritas, las mujeres no le van a decir a las chicas «pórtense bien, no salgan del camino trillado y tengan mucho cuidado con el lobo». Porque en esta integración de todos los personajes en uno ¿qué representa el lobo? El lobo evidentemente es el inconsciente de la niña, la sombra. Y el consejo para la mujer siempre fue: «apartate de tu sombra, ni la mires». Es un consejo letal. De ahí empecé a teorizar: cuando el patriarcado toma estos cuentos ejemplares los transforma en un arma de sumisión para la mujer. El leer sobre la vida de Charles Perrault, quien escribió los primeros cuentos de hadas, me confirmó la sospecha. Con decirte que él fue quien le escribía los discursos a Colbert en alabanza a Luis XIV, el rey Sol. Escribí entonces todos los Cuentos de Hades como una relectura de los cuentos de Perrault, pensando en cómo habrían contado estas historias ejemplares en verdad las mujeres antes que él.

-En muchos de tus cuentos y novelas como Realidad nacional desde la cama, «Cambio de armas» y «Simetrías», se observa un denodado control hacia el cuerpo de la mujer. ¿Por qué crees que se ha intentado controlar el cuerpo femenino?

Creo que por la capacidad generativa que tiene la mujer. A un nivel muy inconsciente le debe dar una envidia enorme al hombre. Y miedo. Somos el agente activo, a pesar de toda la pasividad que se nos endilga, en la creación de un nuevo ser humano. El hombre también salió de ahí dentro. Cuando mi nieto tenía cuatro años y mi hija estaba embarazada, ella le decía: «aquí está tu hermanito en la panza de tu mamá»; y él le contestaba que él tenía once niñitos en su panza, que iba a nacer cuando fuera más grande. Sonaba a envidia del útero, de la procreación. Al respecto podemos agregar que cuando empezaron los juicios a los comandantes de la dictadura, las testigos contaban que los torturadores les decían que ellas eran mucho más valientes que ellos mismos, porque ellas peleaban por una causa y ellos (los torturadores) solo recibían órdenes. Siempre hay alguna envidia latente en alguna parte, aunque solo se suela pensar y hacer referencia a la muy freudiana envidia del falo.

-En tu artículo «Mis brujas favoritas» mencionas que el hombre, asustado del poder de la mujer, se encargó de amordazarla, acusándola de bruja e histérica. ¿Crees que la mujer se relaciona de una manera diferente con el poder?

Creo que sí. Creo que nos relacionamos con todo lo que nos rodea de una manera diferente, incluso con el lenguaje. Entonces, como nos relacionamos de una manera diferente con el lenguaje todas las distintas formas de relaciones de la vida son diferentes de las del hombre. En su elaboración teórica, sobre todo. Por desgracia, para triunfar en el mundo del poder la mujer por bastante tiempo ha tenido que imitar el modelo de comportamiento del hombre. Por suerte, todo esto ahora está cambiando. El feminismo ha ganado mucho terreno en este sentido. En un comienzo, las mujeres tipo Margaret Thatcher triunfaban porque adoptaban el esquema masculino y, como es el caso de ella, lo llevaban a sus últimas consecuencias. Mi esperanza es que cuando haya más mujeres en el poder cambiará la estructura de poder, se hará más horizontal. Creo que la agresión de la mujer es concreta, va dirigida hacia algo, y la del hombre es mucho más abstracta. Esa agresión abstracta de conquistar territorios a mansalva y caiga quien caiga no parecería ser femenina.

-El abuso del poder masculino y la memoria del horror es muy recurrente en tu obra. ¿Por qué?

El abuso de poder, venga de donde venga, es un tema que conviene tener siempre en cuenta, por doloroso que resulte. En la medida en que continuemos negándolo seguiremos sepultando y perpetuando el daño que se nos hace no solo a nosotras como mujeres sino a la sociedad en pleno. El ocultamiento del horror, la pérdida de la memoria, no solo enferma individualmente sino que daña profundamente el tejido social.

-Volviendo al tema de la relación de la mujer con el lenguaje, la crítica feminista estadounidense ha demostrado muchísimo interés en El gato eficaz, la consideran una de tus mejores novelas. ¿Piensas que tiene algo que ver con una forma peculiar de escritura?

El gato eficaz fue una novela de ruptura. Primero porque fue una novela muy temprana, fue publicada en 1972 cuando pocas escritoras latinoamericanas arriesgaban la ruptura del lenguaje y la dialéctica feroz entre las fuerzas femeninas y masculinas, entre muchos otros temas y corrientes encontradas. Hay una conciencia de género en esa ficción que yo no había hecho aún consciente en mi vida real. La escritura de esta novela fue un verdadero vómito del alma, de sus vericuetos más oscuros, me salió realmente de adentro y avasalló todas las barreras y estructuras. El proceso de escritura de El gato eficaz fue una experiencia muy enriquecedora para mí. Creo que ahí realicé un trabajo profundo del lenguaje de la mujer, con todas esas ideas viscerales. Pero no visceral en el sentido de contar menstruaciones y partos sino para enfrentar al mundo y mirarnos en él.

-En tu libro de Antología personal comentas que los libros son como hijos pero tienes dos cuentos predilectos, «Cambio de armas» y «Simetrías». ¿Por qué?

Estos cuentos son tan fuertes que nunca me había creído capaz de escribir algo semejante. No fue mi intención escribirlos pero me venció el tema tan feroz, el de la tortura, tan difícil de trabajar. Me alegró poder meterme en él en forma legible, fui jugando con otros niveles. Lo curioso es que cuando escribí «Cambio de armas» en 1977 yo no se lo podía mostrar a nadie en Argentina, por eso decidí irme del país. Sabía que había tortura y desaparecidos, este término no estaba todavía acuñado pero la idea flotaba en el ambiente. Pero con mi cuento, en aquella época, creí estar exagerando. Sin embargo, cuando vinieron los juicios del '84 y se supo que los militares sacaban a las prisioneras a pasear, y por lo tanto mucho de lo que había escrito pudo haber ocurrido, supe una vez más que la realidad supera a la ficción. Y así «Simetría», tantos años más tarde, apoyada en una realidad atroz: se supo que los militares de la dictadura a veces sacaban a pasear a las detenidas, las maquillaban, les tapaban las cicatrices y les ponían la ropa que robaban evidentemente a otras mujeres. Las prisioneras no podían decir absolutamente nada porque de otra manera corrían peligro sus hijos y todos sus familiares. Una forma sutil y perversa de tortura, el tenerlas en un lugar público, aparentemente libres pero aterradas y maniatadas simbólicamente por la amenaza de venganza. Me sorprendió el haber logrado del concepto de una anécdota atroz a la posibilidad de armar una obra «escrita», en la cual lo que debe funcionar no es necesariamente la denuncia -ya estaba en los diarios de los juicios, y con mucho mayor intensidad- sino la forma de verle el revés de la trama; no tanto la comprensión de un hecho imposible de aceptar sino la metaforización de algo que nos permita desentrañar un nudo de maldad. Y encontré una manera de narrar esta historia, en fragmentos, como los cuerpos fragmentados de las mujeres torturadas. Son dos cuentos que aunque separados por más de ocho años están muy unidos, por eso me alegra la aparición del libro que al respecto publicó la editorial ExCultura, de Venezuela y Valencia.

-¿Piensas que la fragmentación corporal que se genera durante la dictadura está perpetuando esta estética inalcanzable que genera desórdenes alimenticios en la mujer en Argentina?

Esto tiene que ver con lo que está pasando simbólicamente en el país. Eso habría que analizarlo con más profundidad, porque también la identidad se nos ha ido al demonio. Ya nada nos pertenece, perdimos todo, se ha privatizado absolutamente todo. No tenemos ninguna noción de identidad y todo por construir una imagen falsa y el engañoso e idiota sueño de ingresar al primer mundo. La paridad del peso argentino con el dólar es un invento descabellado. Solo tienes que salir trescientos metros más allá de Argentina y el peso no vale nada y sin embargo en el país vale un dólar. Entonces debe de estar pasando algo parecido con la estética y su mensaje de querer ser lo que no somos. (Esta entrevista fue hecha unos meses antes del «corralito»).

-Con respecto al tema de la identidad pero en relación al lenguaje, comentas en tu artículo «La identidad de las palabras» que hay una relación particular entre la mujer y el lenguaje. ¿Podrías elaborar sobre este tema?

A mí me parece muy importante dicha relación porque creo que las mujeres ingresamos al lenguaje por el camino de atrás. El que nos impone el patriarcado, o al menos nos impuso desde siglos, y esas marcas quedan. Últimamente he estado trabajando en esta temática desde otro ángulo, porque la palabra literaria de la mujer puede resultar muy amenazadora. Las mujeres fuimos relegadas, en el mapa del lenguaje, a las tierras cenagosas, las zonas inestables contaminadas. Con el lenguaje se nos minimizó, se nos denigró desde tiempo inmemorial, y hoy podemos usar esa situación aparentemente negativa en nuestro favor, puesto que conocemos bien la parte oculta de las palabras, algo así como su maloliente trasero. Partiendo de lo cual tenemos la capacidad de decir las cosas desde otro lugar.

-¿Te interesan más las escritoras que tienen esa capacidad de percibir las cosas desde ese otro lado?

Me interesan las escritoras que no siguen los caminos trillados, las que dicen la verdad y no las que están atendiendo modas o reclamos del mercado. Las escritoras que a mí me interesan son las que escriben justamente desde esta ambigüedad del lenguaje y realizan un trabajo profundo de escritura. A mí me importa mucho que se escriba bien. ¡Que se escriba! Porque eso de contar cuentos por más divertidos que sean no me interesa para nada. Por eso es que me gusta tanto el trabajo de Marcela Solá, Tununa Mercado, Elsa Osorio, Liliana Heer, Elvira Orphée, Sara Gallardo, entre otras. Y Clarice Lispector, la ineludible. Es una lista así, al voleo, porque hay más, pero por supuesto no las he leído a todas.

-¿En qué sentido te influyó tu madre Luisa Mercedes Levinson?

Ella era una persona muy espiritual y muy particular. Mi madre tenía unos insights maravillosos. También usaba el lenguaje femenino de mujer fuerte. Yo la admiraba mucho, pero solíamos tener posiciones opuestas frente a la escritura y a veces discutíamos. Ella decía que yo era demasiado inteligente para ser una buena escritora, lo que significa que no me dejaba llevar libremente por la intuición, y yo le reprochaba su falta de rigor a pesar (o a causa) del enorme talento que tenía. Eran enfrentamientos llenos de cariño, eso sí. Mi madre nunca me motivó para que siguiera sus pasos, y eso le agradezco. Ella estaba en lo suyo. Vivía instintivamente en contacto con lo maravilloso y mi admiración hacia ella me hizo pensar que la literatura era un mundo maravilloso y mágico. Ella aglutinaba a muchos de los escritores más importantes de su época a su alrededor. Era un ser profundamente carismático. Yo soy mucho más crítica.

-¿Cómo fue tu experiencia como periodista en el suplemento de La Nación?

Ambrosio Vecino era el director del suplemento cuando yo entré a trabajar allí. Hay que recordar que era el suplemento llamado Gráfico, no era el literario, pero para mi enorme fortuna no era un hombre apasionado por la literatura. Muchos años después le dediqué un libro, porque realmente me enseñó a escribir con verdadero rigor. Vecino era egresado del Profesorado de Letras, había sido condiscípulo y gran amigo de Cortázar. Ambos eran los protegidos de Vicente Fatone, uno de nuestros mayores filósofos, un hombre extraordinario. Del periodismo aprendí la concisión en la escritura. Por eso en el proceso de escritura de novelas me cuestan mucho abundar en descripciones. Mientras trabajaba en el Suplemento Gráfico tuve la maravillosa oportunidad de recorrer el país. Cuando empecé a viajar por trabajo siempre trataba de llegar a los países o provincias limítrofes y me escapaba por dos o tres días para conocer lo que había más allá de las fronteras. Una curiosidad que conservo hasta la fecha.

-La revista Sur editada por Victoria Ocampo llegó a ser en su tiempo el centro de mayor difusión de la intelectualidad argentina e internacional. ¿Cómo observas la influencia de Sur dentro de la literatura argentina?

Sur tuvo mucha influencia en la literatura argentina porque dio a conocer literatura extranjera a los argentinos. Victoria Ocampo trajo a escritores importantísimos, hicieron presentaciones muy valiosas, también realizaron traducciones muy significativas al castellano. Sin embargo, se le achacaba a Sur el no haber prestado atención a una gran cantidad de escritores argentinos muy talentosos, y sobre todo a casi ninguna escritora. Victoria Ocampo en ese sentido era bastante celosa de su territorio. Pero eso no quita su importancia crucial, porque Argentina era un país que llegó a tener una cultura y una literatura sofisticadísima gracias a Sur. Más adelante fue la revista Ficción, de Juan Goyanarte, la que llenó ese vacío y se centró en la buena literatura que estaba produciendo el país.

-A mediados de los cuarenta se evidenciaron cambios radicales en la participación de la mujer en la vida política del país, más concretamente con el reconocimiento del derecho al voto de la mujer impulsado por Eva Perón. ¿Cómo ves a la controvertida figura de Evita en relación al movimiento feminista de Argentina?

No le resto méritos a Eva Perón, que los tuvo, pero hay que reconocer que muchos de los logros en cuanto al derecho de los trabajadores eran en ese momento una necesidad histórica. En cuanto al voto femenino, mujeres del temple de Alicia Moreau de Justo lo venían peleando desde mucho antes. Sin duda que Evita Perón consiguió otorgarle el voto a la mujer, cosa bien importante, pero todo fue implementado como en forma demagógica. Para mí, el peronismo es un arma de doble filo. Estamos donde estamos a causa del peronismo, su política demagógica y su populismo paternalista que le ha hecho y le sigue haciendo mucho daño al país.

-Dedicas el cuento «La llave» a Renée Eppelbaum y por extensión a las Madres de Plaza de Mayo. ¿Por qué?

Porque es la relectura del cuento de «Barba azul», donde la curiosidad de su joven esposa la llevó casi a la condena por usar la llave prohibida y espiar el cuarto donde estaban las mujeres degolladas. A pesar de lo que dice el cuento tradicional, es una curiosidad no solo sana sino vital: ¿cómo vivir en un castillo donde hay una perdida habitación llena de mujeres degolladas? Aunque se ignore su existencia, la vida en dicho castillo está envenenada. Como en nuestro país, con relación a los desaparecidos. Por eso son doblemente admirables las Madres, porque ellas desoyeron la orden de olvidar, e insisten e insisten en buscar aquello que se pretende ocultar. La idea de las desapariciones es la de borrar de la memoria la vida de quienes fueron «desaparecidos». La idea de las Madres de Plaza de Mayo es que se preserve su historia, para no hacerles el juego a los genocidas. Hasta que no se sepa el paradero de la última persona desaparecida, las madres continuarán haciendo su ronda en la Plaza de Mayo.

-En alguna entrevista comentaste que querías escribir un libro sobre Juana Azurduy. ¿Qué pasó?

Pasaron dos cosas casi simultáneas. Primero apareció el libro de Juana Azurduy de Pacho O'Donnell, entonces pensé que me había quemado el tema. Si bien el libro de Pacho no es una novela sino una biografía bastante superficial, en ese momento ya el personaje quedaba cubierto.

Al mismo tiempo me dio la sensación de que yo ya había contado toda su vida de tanto comentar sobre mi futura novela, y no me estimula en absoluto escribir sobre lo que ya sé, me interesa sobre todo indagar en lo desconocido. Después empezó a ponerse de moda la novela histórica y el proyecto perdió toda consistencia. Ojalá la hubiera escrito en aquel momento. Ahora estoy intercalando todo este valioso material en una novela que estoy escribiendo. Me parece que viene muy al caso.

-¿Qué te impulsó a escribir La travesía?

Casi podría decir que fue el tema del Secreto, del que recién tomaría conciencia más tarde. Pero estaría latiendo en alguna parte cuando nació el personaje de esa mujer que ha escrito unas cartas procaces de las cuales ya no quiere saber nada. Pero todo vuelve, y con furia, cosa que desencadena la historia. Fue un verdadero ejercicio de apropiación, y de exploración del secreto y del deseo, y cómo se entrelazan. El secreto y el deseo como poder, y poder sobre el otro. La fui armando -es decir se fue armando- como una travesía hacia el autorreconocimiento. El camino de esta escritura se me fue sembrando de paradojas: intenté escribir una autobiografía apócrifa, y le regalé a la protagonista de esa historia ficcional muchas de mis introspecciones, y le regalé a mis amigos: artistas geniales que viven o vivieron en Nueva York haciendo una obra magnífica gracias a la cual pude armar un entramado de vidas que colisionan y se imbrican hasta crear un mundo muy propio. Pero como suele suceder, la protagonista se independizó de la autora, y tomó voz propia al empujarme a una necesidad de distancia que me llevó a pasar toda la novela de la primera a la tercera persona. Cosa que, creo y espero, le confirió una mayor profundidad, es decir una distinta proyección de sombras.

-¿Qué me puedes decir de tu último libro de ensayos Peligrosas palabras?

Que es mi penúltimo libro, porque acaba de aparecer en México otro titulado Escritura y Secreto. Peligrosas Palabras se lo debo en buena medida a Jorge Scarfi, el dueño y creador de esa bella pequeña editorial llamada Temas, que me alentó mucho para ponerme a rearmar y acondicionar un material que tenía disperso y que era en parte conferencias, notas, ensayos para alguna publicación específica. En realidad, son más que nada reflexiones de una escritora. La ficción me fascina desde todos los ángulos, y no puedo menos que pensar en este misterio de la escritura en cada etapa de mi vida, por cierto muy variada.

-¿Qué estás escribiendo ahora?

Ahora estoy en medio de otra novela. Por ahora se llama El mañana. Es una futurología bastante oscura pero a la vez divertida, que empieza con las escritoras argentinas en arresto domiciliario. Ya veo las alegorías que muchos/as derivarán del tema, y no me asusta: más bien me estimula. A veces una escribe como una forma de provocación.