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ArribaAbajoLibro tercero

Era ya muy tarde cuando llegaron al mesón pero Hardyl no se había acostado esperando a Eusebio. Éste, viéndolo con un libro en la mano, comienza a excusar su tardanza con el motivo del lord Som... -¿Y qué necesidad tenéis, le dice Hardyl, de darme excusas? ¿No sois dueño de vuestras acciones? No me debéis dar cuenta ninguna de ellas, ni la quiero recibir -Enhorabuena, no pasaré adelante; pero mañana os contaré el terrible lance que me jugó milord, pues ahora es demasiado tarde y querréis ir a la cama. -No, no, contadlo. Entonces Eusebio le hace entera relación de la cena, del lance con Hernestina y de la confesión que le acababa de hacer el lord de haberlo tramado todo para probarlo.

Hardyl, habiendo oído esto con suma complacencia, le dijo: Nada extraño, Eusebio, de la cabeza de Som... y si no hubiese estado asegurado de vuestros sentimientos desde el principio de vuestra amistad, os hubiera aconsejado a romper con él con buen modo. ¿Pero en adelante cómo pensáis comportaros? -Con algo más de reserva, pero no menos amigo, si busca mi afecto con buenas intenciones. No sé quebrar mi amistad por una ofensa, de que me pidió perdón a su modo, y que procede antes de liviandad que de mal corazón, que no tiene. -No me atrevo a desaprobar vuestra determinación; veremos con qué rostro se nos presenta mañana. -Con la misma franqueza que siempre, no lo dudéis. Su alma está tan disipada que ninguna cosa le hace impresión, si no es cuando le nace algún capricho que satisfacer.

Diciendo esto, se desnudaban para irse a la cama, y con el motivo de quitarse Eusebio el traje a la francesa que había llevado todo aquel día, recayó su conversación sobre él, diciendo Eusebio que aunque perdiese los treinta luises, no se lo pondría al otro día por el embarazo que le había causado y por no ponerse otra vez en manos del peluquero; sobre estos discursos dejáronse entrambos apoderar del sueño.

Al día siguiente, después de haberse levantado, mientras renovaba el discurso sobre el caso con Hernestina, descubriendo Eusebio a Hardyl los diversos afectos que había sentido y todos los sentimientos de su corazón, se ven comparecer al lord Som... en el cuarto, haciendo sonar en la mano los treinta luises que Eusebio le había ganado por la apuesta sobre el vestido, diciendo: Creía despertaros al son de estas campanillas, pero me habéis ganado la mano. Ahí tenéis, don Eusebio, lo que os debo por haber mudado de traje; no hay para qué exija más condiciones. -A mí nada me debéis, milord, sino a la familia del ciego. -No me acordaba más de aquel picarón, ni de sus hijas. Vamos, pues, esta mañana misma a llevarles estos luises, y con este motivo veremos si son hermosas; tengo ganas de ver hijas de un aguador. -Si hemos de ir con esa intención, milord, podéis dispensarme de acompañaros. -Os prometo, a fe de mi sinceridad, que no trato engaño. -No lo temo tampoco, milord; pero si debo ir con vos, ha de ser con el fin de socorrer a una pobre familia. -¿Pues qué, esperáis indulgencia plenaria para ello? -La espero de la satisfacción y complacencia que tendré de ayudar a una familia menesterosa, y no la espero de la liviandad de ver hijas de un aguador.

Algún desquite había de haber por lo de ayer, pero enhorabuena; si quedáis satisfecho con ello, lo quedo yo también, y vamos allá. -No es desquite, milord, sino tomar el mismo tono de franqueza que debe concederme la vuestra. -Eso es cabalmente lo que me agrada: hombre franco, hombre de bien. Mandad poner vuestros caballos, que hoy quiero ir con vuestro coche; vos iréis con la pía y devota intención de socorrer a las muchachas, y yo de verlas y de divertirme un poco con ellas, pero os prometo que la lengua y manos no se desmandarán.

Eusebio condesciende, manda poner sus caballos y, haciéndose acompañar de uno de los criados de la posada que sabía la casa del tío Antón, se encaminan a ella. No estaba ni él ni sus hijas, sino su mujer, la cual, aunque extrañaba la venida de aquellos caballeros que querían ver a su marido, pero sospechando que fuesen aquellos que le habían dado los treinta luises, les dice que había ido con sus hijas a componer la tienda que quería abrir. ¿Y en dónde está esa tienda?, le pregunta el lord Som... -Aquí cerca, responde ella; si queréis, señor, iré a llamar a mi marido. El lord le dice que sí y da orden al cochero que siga a aquella mujer, que iba desalada hacia la tienda, y paran a la puerta en que ella entró. El lord, sin esperar, baja del coche seguido de Eusebio y entra inmediatamente.

Antón, que estaba sobre un banco proveyendo un estante de papeletas de polvos, avisado de su mujer, se vuelve; y viendo a su bienhechor que entraba, salta del banco y con transporte de júbilo, le dice, señalándole con la mano los estantes de la tienda: Ved, milord, los efectos de vuestra beneficencia. ¿Y los efectos de vuestro amor, le dice el lord, dónde están? Antón se para al oír esta pregunta, y luego le dice: ¿Señor, qué efectos de mi amor queréis decir? -Vuestras hijas, vuestras hijas. -¡Ah, ah, ah! Aquí dentro, están: Julia, Liseta, venid acá. Julia y Liseta comparecen limpiándose sus rostros enharinados y hacen su inclinación al lord, diciéndoles su padre, señalándoles con la mano al lord, que aquél era su singular bienhechor.

No, graciosas doncellas, les dice entonces el lord, que vuestro bienhechor es este caballero, mostrándoles a Eusebio. -¡Yo, milord! No quisisteis que lo fuese. Hijas, no es así: el dinero que recibió vuestro padre, lo dio todo milord Som... -Bien, sea así; sea Som..., el que dio el dinero, todo eso no monta un caracol. Pero decidme, Antón, ¿bastaron los treinta luises para poner la tienda? -Bastaron, milord; ¡pero encuentro tantos agujeros que tapar! -Ved aquí, dijo el lord, cómo el hombre jamás llega a contentarse. Cuando os di los treinta luises, os pareció que os daba un tesoro, y ahora no os satisfacen. -Perdonad, milord, no es porque pretenda recibir más de vuestra excelencia, habiendo recibido sobrado de vuestra suma generosidad.

¡Voto a tal, que no sé comprender cómo os resolvisteis a privaros de la vista por un muerto, para dejar de ver a estos dos vivos luceros de la mañana! Sin duda tendrán ya las dos sus amantes, eso ya se sabe; son como pan de diezmo que no puede faltar. -¡Oh!, no señor, dijeron ellas; y Julia añadió: No tenemos dote. -¿Cómo no?, dice el lord, pues ¿y vuestra hermosura no es dote bastante para encontrar mil adoradores? -No, señor, dijo Liseta, mirándose las dos con risa; que somos feas. -¿Os parece, don Eusebio, que sean feas estas muchachas? -No oísteis, milord, la razón que dieron para serlo, que no tenían dote? Podemos repartir entre las dos los treinta luises, pues se lo merecen; según veo aman el trabajo y el trabajo es un gran preservativo para las doncellas. -¿Preservativo? ¿De qué, de mal de corazón? ¿Pues qué, no queréis que tengan marido? -Antes bien lo digo, milord, para que lo tengan cuanto antes, y así, no les difiramos este consuelo.

Ved, muchachas, cuán compasivo es este caballero, dijo el lord Som..., pues a trueque de que no se os difiera el gozo de recibir de su generosidad treinta luises, quiere que me prive del gusto de oíros y de contemplar vuestra hermosura. Vamos, pues, a contentaros, y hagamos partes iguales. Al sacar el lord Som... el bolsillo las muchachas mirábanse entre sí por lo que acababan de oír, centelleando en sus ojos la gozosa admiración de lo que esperaban y no acababan de creer. A Antón y a su mujer bailábales el alma en el cuerpo, mirando al lord y a su bolsillo con ojos preñados de sorpresa, de júbilo y de ternura. Eusebio, con gozo enternecido, contemplaba todos aquellos afectos y movimientos, mientras el lord con insensible despejo y liviandad contaba los treinta luises sobre el mostrador. Imagen de todos aquellos que, corriendo en pos de los placeres que, probados, engañan al corazón y que tal vez lo amargan, pasan después con desdeñosa indiferencia por encima de aquellos que, apegándose al alma y a su memoria, dejan en ella impresa la dulce complacencia que ninguna desgracia ni contratiempo puede jamás enturbiar.

Divididos los treinta luises en dos porciones, tomólas una tras otra el lord y las puso en las manos de cada una de las muchachas, apretándolas con la suya. Mas al tiempo que lo hacía con Julia, entra de repente en la tienda Gil Altano acompañado de otro criado del mesón, diciendo a Eusebio que lo enviaba Hardyl para darle la noticia que acababa de recibir cartas de Londres, y que creía que las inclusas eran de la América. No sintió tanto gozo Edipo cuando le anunció el pastor la elección que hicieron de él por su rey los corintios, cuanto Eusebio con la noticia que Altano le traía. Agitado de la esperanza de ver carta de Leocadia, se prestaba al sumo alborozo de su imaginación, bien ajeno del golpe terrible que le esperaba. -Milord, le dice, no puedo detenerme más tiempo, perdonad; me son de suma importancia las cartas que llegaron. -Vámonos pues. Adiós, niñas de mis ojos, vendré a ver la tienda cuando esté acabada y a vosotras también: esto es lo principal.

¡Oh, milord!, exclamó Antón, ¿cómo podré agradecer vuestra real generosidad? -Del mejor modo del mundo, amigo; os lo diré otro día, pues ahora no hay tiempo para explicarme. Adiós, adiós. Y diciendo esto, sube al coche en que estaba ya el impaciente Eusebio. La madre, encogida y alborozada, las hijas, más alegres y agradecidas, y su-padre Antón, salen todos a la puerta, desde donde con mil inclinaciones respetuosas daban muestras al lord Som... de su reconocimiento.

Eusebio, enajenado del gozo de la noticia de las cartas, sin atender a lo que el lord le decía sobre las gracias y hermosura de aquellas muchachas, especialmente de Julia, que decía agradarle sobremanera, no veía ni oía sino su amada Leocadia, que le hablaba a su exaltada fantasía e imaginación. Llegados a la posada, el lord deja a Eusebio, que corre apresurado a verse con Hardyl. Éste le entrega una carta sola que venía inclusa en el pliego que John Bridge le remitía desde Londres, habiendo querido encargarse él mismo de recoger las cartas de los mercaderes para darles esta nueva prueba de su afectuosa memoria. Eusebio, conociendo el sobrescrito de la que Hardyl le entregaba, que era de Henrique Myden; ¿cómo, dice, no hay carta de Leocadia? ¿Puede ser que esté aquí dentro inclusa? Rompe la nema; la carta era sencilla, aunque larga. ¡Cielos, Leocadia no responde! Y comienza a leer de pies como estaba; tiene que sentarse y apoyar los brazos a la mesa: el temblor le turbaba la vista.

«Hijo mío Eusebio:

»En las fatales circunstancias que se acumularon por todas partes en tu daño, sírvenme, hijo mío, de no poco consuelo, los buenos sentimientos que animan toda la carta en que me participas tu llegada a Londres. A la verdad, necesitas de gran virtud para acabar de leer ésta mía sin que padezca quiebra, como lo espero, la constancia de ánimo con que llevaste la pérdida del coche y de las cédulas de cambio en Dartford. Desgracia que puedo remediar, como lo hago, enviándote otras cédulas abiertas por los mismos mercaderes para que te aproveches de ellas, en caso que no hayan comparecido las perdidas.

»¡Pobre Eusebio! ¿Reducido otra vez al oficio de cestero en el centro de Londres? ¡Quién lo hubiera creído ni se lo hubiera podido imaginar, sino ese incomparable Hardyl, cuya prudencia y virtud, precaviendo los lances que pudiesen acontecer, preparó desde la niñez tu ánimo para llevar con fortaleza las desgracias que te tocan ahora de lleno!

»Te confieso, hijo mío, que cuando él te instruía en aquellas sus severas máximas para que te acostumbrases a sufrir sin alteración ni abatimiento los trabajos que pudiesen caer sobre ti, lo tachaba de sobrado austero. Mas ahora veo, por prueba, la sobrada razón que para ello tenía, no sólo en la pérdida del coche, sino también en las otras desgracias que ignoras y que no debo ocultarte, asegurándome de la entereza de ánimo con que sabrás recibirlas, sin que sean capaces de alterar tu salud, que es para mí la más preciosa de todas las riquezas de la tierra.

»Sabe, pues, lo primero que, aunque vive Leocadia, no responde a tu carta por la grave enfermedad que le sobrevino hace dos días, y se teme que sean las viruelas. Diferí cuanto pude el escribir para poder darte más individuales noticias, pero no me permiten más tiempo las instancias del capitán del paquebot que debe llevar la carta, y que la espera con impaciencia para zarpar. Yo me revisto de los sentimientos de tu corazón para compadecer el que te podrá causar esta noticia cuando la leas; pero me lisonjeo que sabrás poner esta desgracia en el número de la pérdida del coche y del dinero, que llevaste con tanta indiferencia, o a lo menos, sin gran dolor.

(Eusebio deja caer la carta de las manos para cubrir con ellas el llanto que le arrancaba tal nueva, diciendo: ¡Oh cielos, murió Leocadia! ¡Hardyl, perdí para siempre mi Leocadia! Hardyl, a quien Eusebio leía la carta en voz alta, se siente conmovido de su llanto y, dejándoselo desahogar un poco, le dice: ¿De dónde inferís que murió? ¿No dice expresamente Henrique Myden que vive?-¿Dónde lo dice? -Vedlo donde comienza a hablar de su enfermedad. Eusebio se enjuga sus ojos empañados de lágrimas y advierte lo que le decía Hardyl, no habiéndolo reparado por la turbación con que leyó el preámbulo de las desgracias. Ya algo sereno prosigue a leer la carta.)

»Todos los días va y viene un propio de Salem a Filadelfia para informarme del estado de su salud; pero como la miro como a hija, me determino a partir mañana para quedarme allí hasta que se recobre. Llevaré conmigo uno de los médicos más acreditados y, en caso de necesidad, haré venir al doctor Thaley, que me dicen acaba de llegar con el gobernador de la Nueva Jersey. Descansa, pues, tu corazón sobre mi afecto por lo que toca a Leocadia y vamos a encarar el más terrible golpe que la suerte te amenaza.

»Me hallo con carta de tu apoderado en S... en que me da parte de quedar embargadas tus haciendas, en fuerza del pleito que te puso en la Audiencia un tío tuyo, hermano de tu padre, que dice haber llegado del Perú. Las razones que alega para pretender la herencia de tu padre y defraudarte de ella en favor de sus hijos son que, habiendo naufragado el navío en que ibas con tu padre a la Florida, no era verosímil que solo te hubieses salvado, niño de seis años, habiendo perecido toda la tripulación. Que es mucho más probable que hayas sido substituido con otro niño, no bastando el testimonio de un marinero que podía tener interés en la dicha declaración. Alega otras razones a estas semejantes que, aunque falsas a los ojos de quien te sacó de las olas con sus manos, pueden hacerse fuertes en las de los abogados para tu daño.

»Mi parecer es, pues, que te embarques cuanto antes para España, en donde encontrarás orden del padre de Leocadia, enviado a don Juan Sauz para que se te dé todo el dinero que necesitares; y si el pleito se enmaraña, te ruego, hijo mío, que no difieras a tu padre el consuelo de volverte a ver cuanto antes en Filadelfia, donde te quedarán bienes bastantes para llevar una vida descansada con tu Leocadia y con tus hijos, si los tuvieres. Esto sólo te ruega cuan encarecidamente puede.

Tu padre Henrique.

»P. D. Todos mis cuidados descansan sobre Hardyl, a quien dirás que lo amo, que lo venero y que en él repongo toda mi confianza. Recibid mis tiernos abrazos.»

Luego que acabó de leer Eusebio la carta, fijando sus ojos turbados en Hardyl, le dice: ¿Cuándo partimos, Hardyl? Hardyl, más turbado y desconcertado que Eusebio, teniéndole clavados los ojos de hito en hito, no le da respuesta. Eusebio extraña aquella manifiesta consternación de Hardyl sin comprender el motivo. ¿Cómo era posible que lo comprendiese, si Hardyl le ocultaba todavía el gran secreto? Pero de allí a poco, rompiendo su silencio, le dice: ¿Tenéis, Eusebio, alguna especie de haber visto en vuestra niñez algún tío, o de haber oído decir que lo tuvieseis? -No, por cierto, ninguna especie tengo de ello; ¿por qué lo preguntáis? Oído esto, se levanta Hardyl con ímpetu, echa los brazos al cuello de Eusebio y, con enérgica ternura acompañada de lágrimas, exclama: ¡Oh, hijo mío!

Eusebio, penetrado de aquel enternecimiento de Hardyl, prorrumpe también en llanto. Su corazón estaba ya tan conmovido con la carta de Henrique Myden, que necesitaba de poco impulso para llorar Hardyl, sin decirle otra cosa, después de haberlo abrazado, se desprende de él y se sale del aposento. Quedó Eusebio solo, ocupado de aquella tan extraña demostración de Hardyl, y mucho más de verlo llorar. Pero como Henrique Myden le hablaba del pleito que le había puesto su tío, se imaginó que aquella demostración procediese de afecto compasivo por el riesgo que corría de perder sus haciendas y creyó que su pregunta sobre el tío procediese sólo de afectuosa curiosidad.

Pero vuelto en sí su amorosa fantasía voló en busca de Leocadia. Ahora le parecía, solo como estaba y pensativo, que asistía a la cabecera de su lecho, rodeado de sus afligidos padres; ahora la veía salir sana y recobrada de su enfermedad para recibirlo en sus brazos; ahora se la representaba el temor afeada de las viruelas. Esta idea terrible, cebándose en su imaginación, luchaba con su amor y se culpaba a sí mismo por la inconsideración de no haberse informado antes de enamorarse y de darle palabra de casamiento, si las había tenido; pues la podían afear horriblemente y hacer funesta su temprana elección.

Esta idea comenzó a hacer tan profunda impresión en su ánimo que casi lo sacó fuera de sí, representándosele vivamente ajada su tierna hermosura y las finas y cumplidas facciones de su rostro devoradas de un mal tan carnicero. Aquí fueron las angustias y los reproches amargos que daba a la fatal sensibilidad de su corazón, contra la cual le había predicado tanto Hardyl; pues debía esperar a hacer la elección de su casamiento después de haber visto los varios y hermosos objetos que se le hubieran podido presentar en el viaje, como se le habían presentado. Acuden entonces a su imaginación, en tropa, todas las hermosas doncellas que había visto en Inglaterra, entre las cuales sobresalía la hija de Howen, mucho más hermoseada de sus arrepentidos pensamientos.

Luego el mismo amor a su Leocadia, animado de las lisonjeras esperanzas del restablecimiento de su salud sin tacha, le hacía sacudir todas aquellas representaciones como enemigas de la palabra que le había dado y de la fidelidad y amor eterno que le tenía prometido; pero luego, también avivado el temor de aquel mismo mal que podía acabar con ella, hacíasela ver difunta (¡Qué extravagancias no propone la alterada fantasía!). Difunta, no como pudiera temerlo, negra y desfigurada de las viruelas, sino cual hubiera podido quedar si hubiese muerto de amor; revestido su hermoso cadáver del candor de la inocencia y su rostro de la modestia de la virginidad, comunicando el alma al cuerpo antes de desprenderse de él la hermosura de su pureza, viéndola tendida en el lecho de la muerte con los mismos ojos con que el sensible Petrarca vio a su difunta Laura.


Pallida no, ma piu che neve bianca,
Che senza vento in un bel colle fiochi,
Parea posar, come persona stanca.



A tan triste representación, el amor, la ternura, el desconsuelo y la flaqueza se apoderan a una de su conmovido pecho y dan con él en el suelo; y sin levantarse de él, tendiendo el brazo sobre el asiento de la silla, apoyó sobre el codo su mejilla bañada de lágrimas, sollozando tan recio que, oyéndole el lord Som... que estaba en el cuarto inmediato pasa al de Eusebio y, viéndolo en aquella postura, acude a él algo asustado y compadecido, diciéndole:-¿Qué os sucede, don Eusebio?, ¿qué accidente tan extraño ha podido conmoveros tanto? -¡Oh cielos!, yo muero, milord, perdí mi Leocadia -¿Quién es esa vuestra Leocadia? Eusebio no había hablado jamás de ella con el lord Som... y éste extrañaba oír tal nombre de su boca; pero atendiendo antes a consolarlo que a informarse de lo que no entendía, asiéndolo del brazo, lo exhortaba a que se levantase, diciendo: -Alzaos, don Eusebio, no os es decente esa postura; alzaos. -¡Ah, milord, si supieseis cuán grande es mi dolor! -Por grande que sea, no lo remediará, ciertamente, el estar sentado en el suelo.

Hardyl, que entraba entonces, viéndolo también en aquella postura, se asusta y acude también diciendo:-¿Qué es, milord, qué sucede? ¿Eusebio, hijo mío, qué tenéis?-¡Oh mi amado Hardyl!... Este y el lord lo reponen en la silla, arreciéndosele los sollozos a la vista de Hardyl que lo consolaba. -¿Mas se puede saber ahora, dijo el lord, quién es esa Leocadia? -¿Pues qué, milord, recae sobre ésa el llanto de Eusebio? -A ésa llora según parece. -Eusebio, hijo mío, ¿es posible que os haya podido abatir tanto vuestra alterada fantasía? El primer transporte lo compadezco: es debido a la naturaleza; mas, ¿la razón y la virtud no han de merecer antes el lugar en vuestro pecho que el abatimiento y la desesperación? Porque, ¿a qué fin fomentar un dolor por un mal imaginario?

¿No se puede saber, Hardyl, preguntó entonces el lord, quién sea esa Leocadia? -Es su prometida esposa, de quien tiene noticia hallarse tal vez con las viruelas. -¿No hay otro mal que ése? -Nada más. -¡Locura, locura! ¿Desesperarse por una mujer? ¡Quién lo creyera! ¿Teméis acaso, don Eusebio e os falten otras si esa llega a morir? Eusebio, teniendo cubierto su rostro con el pañuelo, nada respondía. El lord prosigue diciendo a Hardyl: Os confieso que ayer lo puse en trote de curarle ese mal de amor y desechó la medicina; ahora lo paga.

Eusebio, rompiendo entonces el silencio, dice: Prefiero, milord, el dolor que me devora a todos los placeres de la tierra a que me podáis convidar. -A eso no sé qué decir, sino que volváis a tenderos por el suelo y renovéis los sollozos por las viruelas, que tal vez no tiene vuestra amable Leocadia. Yendo Eusebio a responder, lo interrumpe Gil Altano que entraba diciendo a Hardyl que había llegado el escribano que mandó llamar. Hardyl dice entonces al lord Som... si quería ser testigo del testamento que había de otorgar. El lord, aunque extrañó la petición de Hardyl, condescendió de buena gana. Y como Eusebio había de ser parte interesada en dicho testamento, no pudiendo hacer de testigo, no quería Hardyl dejarlo solo en el cuarto, temiendo que fomentase sus melancólicos pensamientos. A este fin, ocurrióle que Altano era a propósito para divagárselos, y así, le mandó, después que salieron del cuarto, que fuese a hacerle compañía.

Entretanto la mente afligida de Eusebio, herida de aquella extraña novedad del testamento que iba a otorgar Hardyl, perdió casi enteramente todas las demás especies que lo habían entristecido tanto; y formando sobre ella mil nuevos discursos, se decía a sí mismo: ¿Hardyl hacer ahora el testamento que no le ocurrió hacer en toda su vida, ni aún en Chantilly, cuando parecía que se le agravaba la enfermedad, hacerlo en un mesón, qué viene a ser esto? ¿Qué necesidad? ¿A qué fin? Pero él se conmovió sobremanera al oír el pleito que me puso mi tío. Luego me preguntó si me acordaba de haber oído decir que tuviese algún tío o de haberlo visto; y diciéndole yo que no, me vino a dar aquel abrazo tan tierno, tan expresivo, acompañado de llanto, siendo así que no lo vi llorar jamás. ¿Que sea él tío mío? ¿Mas esto cómo puede ser? Un cestero en Filadelfia, tío de un español nacido en S... pudo, es verdad, haber pasado a la América: ¿mas su apellido no es Hardyl? Y aun dado que todas estas sospechas fuesen verdaderas, ¿cómo era posible que se ocultase un tío a un sobrino por tanto tiempo, amándome tan entrañablemente y tratándome con tanta familiaridad, si yo fuese sobrino suyo?

Altano, enviado de Hardyl, entra a cortar estos discursos, diciendo a Eusebio: Muy impaciente estoy, mi señor don Eusebio, de saber la causa del llanto de vmd. y de tan gran dolor como padeció. ¿Murió por ventura mi señor Henrique Myden? ¿Qué hace mi señora doña Leocadia? ¡Qué carta tan dulce habrá recibido vmd. de sus blancas manos! -Carta, ninguna; antes bien es ella la que causó mi aflicción hallándose gravemente enferma, y se teme que sean viruelas. -Vale más que las tenga en ausencia de vmd., porque así, cuando volvamos allá, la encontraremos hecha un pinito de oro acrisolado, que será un encanto el verla. -¿Mas no puede también morir? -Eso, también pudimos morir nosotros cuando las tuvimos; y con todo, vamos por ese mundo adelante, que vida mejor no la tuvieron los doce pares.

Eso queda para vos, que no sentís desazones ni cuidados. -¿Pues qué, vmd. los tiene tan graves?, ¿tan gran pena le da la enfermedad de mi señora Leocadia? A la verdad, yo sintiera que se fuese al mundo de allá. Es tan dulce y afable de genio y tan agraciada, que sería lástima que muriese; pero no hay que temer que muera. -¿Y quién os lo asegura? -No hay sino formar buen agüero para que salga verdadero, porque el que malo lo toma a ése le asoma. Créame, vmd., que yerro rara vez si me pongo a pronosticar, o si el pronóstico me sale de la manga sin pensar en ello, desde que una gitanilla sevillana me enseñó el arte de agorar -No sabía que poseyeses esa ciencia. -Sépalo, pues, vmd., para su consuelo, pues aunque dicen que es ciencia de engañabobos, se acierta con ella muchas veces. Me entiendo, señor, de esa ciencia ligera, que consulta el curso de los astros y los pliegues de la palma de la mano; no la de aquellos magos endiablados que se meten en las cuevas, en donde los enseña el demonio a labrar menjurjes, antídotos y melecinas haciéndoles ver en barreños llenos de agua los sucesos pasados y por venir.

¿Y creéis que haya de esos magos? -¡Y cómo si los hay! Siendo yo rapazuelo oí decir que había uno muy célebre en los montes de Úbeda, donde habitaba entre riscos en una cueva llamada Lobona, que después se convirtió en ermita, que se ve todavía blanquear entre los picachos de aquellas sierras. El mago se llamaba Trigueros, que obró muchos prodigios por aquellas serranías, en donde era tenido en suma veneración, de modo que lo iban a consultar en sus cuitas muchos de aquellos rústicos montesinos, y cuando lo hacían era poniéndose de rodillas sobre una piedra que les tenía allí dispuesta a este fin, distante de la cueva como un tiro de ballesta, de donde les vedaba pasar adelante. -Eso lo haría él para ganarse mayor concepto de aquellas gentes y para que ninguno pudiese ver lo que hacía allá dentro. Mucho es que le dejasen ganar tanta opinión por aquellos contornos sin prenderlo.

Ahí verá vmd., qué tal era él; pues habiendo caído por dos veces en las zarpas de la Santa Hermandad, ambas a dos se les escapó con un pasagonzalo. ¿Pues qué, no había que querer prender al mago Trigueros, y prenderle? Oiga, vmd., lo que le sucedió por dos veces a la Santa Hermandad cuando le vino el desventurado pensamiento de quererlo prender.

Mas primero ha de saber, vmd., que el quedarse aquellos rústicos serranos que lo iban a consultar algo apartados de la cueva sobre la piedra que dije, no era porque Trigueros quisiese ganarse concepto, que para nada lo necesitaba, sino por temor que tenían aquellos hombres a los fieros lobos y osos que siempre lo acompañaban, acariciándolos como cariñosos perros que se paraban a oírlo con las cabezas levantadas, sentados sobre sus rabos como si oyesen un sermón cuando entonaba algunas de sus profecías desde la cueva a los que iban a pedírsela. Éranle muy obedientes aquellos voraces animales, por temor de la vara de ébano reluciente que llevaba siempre en su mano; y que era de virtud tan singular, que luego que con ella hería el suelo, salía un denso vapor, el cual extendiéndose por la atmósfera, cuajábase en una nubada tan terrible, que lanzaba de su negro seno mil rayos, precedidos de truenos tan horrendos, que parecía que fuesen rodando por las nubes cubas tamañas como la Giralda de Sevilla llenas de peñascos.

Esto decían que lo hacía solamente cuando quería dar a entender a la tierra su enojo, o porque habían murmurado de él o porque dejaban de ofrecerle cumplidamente los dones acostumbrados cada semana, que eran como un diezmo que exigía Trigueros de aquellos páparos para mantenerse, porque sin duda no gustaba mucho de hacer el aljongero. Y así, lo primero que enseñaban aquellas gentes a sus hijos era el no decir mal del viejo de la montaña, que también lo llamaban así por antoniomasa. -¿Antonomasia queréis tal vez decir? -Eso mismo; el Antonio que se me atraviesa me hace siempre equivocar; pero volviendo a mi historia, Trigueros llegó a tanta soberbia que era poco menos que un diosezuelo en aquellas tierras, pues aquellos dones o diezmos, ve vmd. que olían a sagradas ofrendas. -No lo extraño si lo temían tanto aquellos rústicos, pues el temor es el que hizo tantos dioses. -A la verdad, él era maravilloso; porque otras veces para ostentar su poder, hiriendo el suelo con aquel mismo cayado de ébano, hacía brotar de repente de aquellos duros peñascos árboles tan frondosos, fuentes tan regaladas, prados con flores tan bellas y tan varias, pájaros tan peregrinos y vistosos, que enamoraban a la vista.

Pues dicen también que lo interior de la cueva era una obra sin igual, por lo maravilloso de su materia y de su labor, teniéndola dividida en otras espaciosas grutas, que se seguían y enlazaban unas tras otras, cuyas paredes eran de pórfido tan singular que echaban de sí claridad igual a la del mediodía. -¡Rara cueva era esa, y muy poderoso ese mago Trigueros!-¿También lo confiesa vmd.? Pues añádese que todavía no he concluido lo de la cueva. Sus pavimentos eran de diáspero, como las techumbres de donde se desprendían follajes de oro, que diz que sacaba de tino su prodigiosa labor. Lo más particular eran las alcándaras de plata que tenía en cada rincón de las cuevas, donde conservaba pájaros de plumaje y cantos tan admirables que encantaban los sentidos, sin que comiesen ni bebiesen, y por consiguiente, ya me entiende vmd., pero lo diré de modo que no ofenda a su oído: sin que ensuciasen jamás aquellos preciosos pavimentos.

Vamos a la manera cómo lo quisieron prender, pues esto es lo que pudiera de algún modo interesar mi curiosidad; porque de esos y otros tales encantamientos están llenas las novelas y romances, efecto de la libre fantasía de los autores, que ensayan ficciones insulsas, sin instrucción ni provecho de quien las lee y de quien las oye. Puesto que vmd. no gusta de cosas tan bellas y maravillosas, dejaré de decir los deliciosos jardines y viveros, y las hermosísimas ninfas que allí tenía nuestro mago; aunque estoy seguro que, si las oyese del modo como yo se lo contase, le supiera mal que no hubiese pasado adelante en mi narración; pero ya que no lo quiere oír, lo tendré en el buche y diré de su prisión; voy a ello.

Estuvo algunos años encerrada la fama de este prodigioso mago en aquellas serranías, pero, como sabe vmd. que la Santa Hermandad no duerme, llegó a saberlo y sobre la marcha envió gente para prenderlo. Esta gente, pues, muy ufana y confiada en su número, en sus armas y oficio, como si fuesen a prender una zona, trepa por aquellas breñas arriba, guiadas de algunos serranos prácticos de las sendas. Éstos les avisaron que no pasasen de aquella piedra donde ellos se ponían de rodillas para consultarlo, pero ellos, riéndose del aviso, iban con resolución de acometer al mago en su misma cueva. Luego que la avistaron, estando poco distantes de la piedra que los serranos les decían, he aquí que el mago se asoma a la boca, con una barba que le pasaba la cintura, vestido todo de negro y cubierta la cabeza con un manto como el que llevan las mujeres, y empuñando la vara maravillosa, que le aseguro a vmd. que hacía una figura de reverendo diablo.

A tal vista, páranse de repente aquellos animosos cofrades, temblando entonces como azogados, sin atreverse a pasar adelante y sin poder volver atrás como lo querían, hasta que, saliendo de repente de la cueva una caterva de osos y de lobos, como toros agarrochados, los embisten despedazando a los que pudieron alcanzar y haciendo despeñar a otros por aquellos cerros abajo para escarmiento de los que intentasen volver a perturbarlo. Pero como los valientes se esfuerzan tanto más, cuanto es mayor el peligro y mayor la vergüenza que se les sigue por dejarlo de acometer, ofrécense muchos sabedores del caso a prender nuestro Trigueros, a pesar de todos los diablos que se pusiesen a defenderlo.

Ármanse todos de cabeza a pies. Llevados de su ruidoso empeño, se encaminan hacia la sierra, llevando también su insignia delante, que era..., lo tengo en la punta de la lengua, pero no acaba de salirme... -No importa, abrevia, porque tengo ganas de verlo preso. -Llegan, pues, a vista de la cueva como los primeros y, antes de pasar adelante, forman una especie de consejo de guerra para tratar del modo cómo lo podrían prender, teniendo entre tanto todos el ojo alerta a la cueva por si acaso se asomaba el mago. Pero él estaba tan lejos de temerlos, que verá vmd. lo que sucedió.

Luego que convinieron en el modo, que sería largo de contar con los dimes y diretes que tuvieron entre sí, se esfuerza cada uno de ellos para acometer aquella terrible empresa; pero al tiempo de mover el pie para embestir, oyen de repente a sus espaldas el eco horrible de un cuerno que, resonando por las concavidades y valles de aquellos montes, los hacía temblar, infundiendo tal espanto y terror a los armados, que hubieran caído muertos si al mismo tiempo no los tuviera atado con fuerza oculta y tan prodigiosa, que no los dejaba mover de la postura en que el sonido los cogió, con el paso adelante como cuando los soldados hacen la descarga, quedándoles sólo libres las cabezas, las cuales podían mover y volver cuanto se lo permitía la postura en que quedaron, dándoles angustias mortales el formidable son del cuerno, que a cada instante cobraba mayor cuerpo, cuanto más se iba acercando el viejo de la montaña, que él era el que le sonaba, seguido de sus osos y lobos que bajaban por la cuesta de un monte muy enhiesto, acompañando con sus roncos berridos y aullidos el destemplado son del cuerno retorcido.

Cuando lo reconocieron de cerca, cuajáseles a todos la sangre en las venas, conservando sus ojos y bocas abiertas la consternación espantosa que les causaba el no poder huir de aquel terrible peligro por más que se esforzasen; mucho mas al oír las graves pisadas de los osos y de los lobos que Trigueros envió delante de sí, habiéndoles tocado antes con la vara para que no despedazasen a ninguno, con la intención que llevaba de darles doctrina en una juiciosa arenga que les quería hacer; de modo que aquellos fieros animales iban y venían con terrible pausa por medio de aquel escuadrón de la Santa Hermandad, sin hacer más que olerles en cierto paraje para ver si había obrado el miedo; y en algunos obró tanto, que hicieron retirar a los lobos, que dicen que son de olfato algo delicado.

En esto llega Trigueros, el cual, poniéndoseles delante, después de haberlos mirado con terrible y silencioso ceño, les dice así: Temerarios mortales, ¿qué os movió tan desacertadamente a venir a perturbar la tranquilidad de quien gozaba en estos montes, lejos de vuestros engaños, fraudes y maldades, una vida acreedora a la inmortalidad? ¿Por ventura creéis que fenecieron los oráculos que tan venerados eran de los antiguos, y que para consultarlos iban en romería a la Trevede Pifia y a la de Jove Ramón? Eusebio, a pesar de su tristeza, al oír estos desatinos proferidos con una serenidad sin igual, no pudo contener su risa y rompió la narración de Altano, el cual muy maravillado, le dice:-¿Cómo, se ríe vmd.? ¿Qué hay ahí que reír? -¿De adónde habéis sacado esa Trevede Pifia y esa otra de Jove Ramón? -Pues qué, no lo cree vmd.? -Créalo yo o no lo crea, ese es otro cuento. De lo que río es que llaméis Trevede Pifia a la Pitia y de Jove Ramón a la de Júpiter Amón. ¿-Pues qué, no hay mas que acordarse de esos nombres tan raros? -Pero si no os acostumbráis a proferirlos, los erraréis de nuevo, si se os ofrece contar otra vez ese cuento.

¿Cómo cuento? No es cuento esto, señor, que por cosa muy averiguada me lo contó la gitanilla. ¿Pues qué, no cree vmd. que hay hombres que tienen pacto con el demonio? -Primero quiero saber qué viene a ser este pacto; si se hace con juramento de palabra o por escrito. -Eso sí que yo no sé decirle. -Eso, pues, se llama creer de corrillo; pero prosigue tu narración, si no, no acabaremos en todo el día. -Enhorabuena, señor, proseguiré. El mago Trigueros...

Al ir a proseguir Altano entra Hardyl en compañía del lord Som... y con rostro teñido de la ternura de su afecto, entrega a Eusebio copia del testamento que acababa de otorgar, diciéndole: Aquí tenéis, Eusebio, el testamento que acabo de hacer en favor vuestro. Otros bienes no poseo que la casa y huerto que tengo en Filadelfia, pero sabed que son ya vuestros. No había ninguna necesidad de que yo hiciese por ahora el testamento; pero no pude resistir al compasivo impulso que me causó la noticia del pleito que os puso vuestro tío; y lo hice porque siempre es bueno prevenir los accidentes de esta vida, y el testamento es una de las cosas que jamás se ha de diferir. Ahí lo tenéis, y os lo entrego sellado para que sólo lo abráis después de mi muerte.

Eusebio, sorprendido de tan extraña resolución, no sabía a cuál de los afectos excitados de tan singular demostración entregaría primero su pecho. La modesta y agradecida confusión con que miraba aquel papel, como don sagrado y digno de su veneración por las respetables manos de quien le venía, preponderó en su agradecimiento, y le hizo decir: Lo acepto, Hardyl, con todo el tierno reconocimiento de que es capaz el amor y el respeto que os profeso, y os aseguro que la mayor herencia de la tierra que pudiese venirme de otra voluntad que la vuestra, no me merecería tan grande ni tan pura gratitud. Proseguía a decirle otras expresiones a este tenor, pero el lord Som..., que no podía estar tanto tiempo sin hablar hablando otros en su presencia, movida también su compasiva generosidad de la aflicción de Eusebio, quiso darle prueba de su garbosa amistad, ofreciéndole una de las tierras que poseía en Inglaterra y que más le agradase, donde pudiese vivir como dueño de ella en caso que llegase a perder el pleito con su tío.

Sospechaba el lord Som... que el llanto que vio derramar a Eusebio procedía antes del temor y aflicción por la pérdida del pleito, que del amor que protestaba a Leocadia, pues no podía comprender tan puro y ardiente afecto en el amor de Eusebio; por lo mismo atribuía su tristeza a una causa que pensaba remediar con su oferta generosa, dando ocasión a Eusebio para agradecérsela; y empeñados en estos afectuosos cumplimientos, los llamaron a comer, quedando Gil Altano muy desabrido por no haber podido acabar su cuento.

Con todo, había dejado con él bastante serenado a Eusebio, y la extraña demostración de Hardyl borró enteramente todas las tristes especies que le había excitado la carta de Henrique Myden. Al salir del aposento para ir a la mesa, recibe aviso el lord Som... que acababa de llegar al mesón el duque de D... y como eran amigos grandes, fue inmediatamente a darle la bienvenida; pero como el duque saliese de su cuarto para ir a la mesa y se encontrase con el lord, diéronse mutuos abrazos con gran alborozo y jovialidad. Sentados a la mesa, comienza a preguntar lord Som... al duque nuevas de Londres, de donde venía; y después de haberle satisfecho sobre ellas, le dijo que le daría otras de París que tal vez él no sabía, aunque hacía tiempo que estuviese en aquella ciudad. Curioso el lord Som... de saberlas, le pregunta cuáles eran. El duque le dice entonces que el rey de Francia se casaba con madama Maintenon y que, a más de esto, se trataba en la corte de tomar una ruidosa satisfacción de la de Roma por una injuria hecha a su embajador.

Esto dio motivo para hablar de Roma, e insensiblemente vino a caer el discurso, sobre la religión. El duque era partidario de los delirios de Hobbes y de Spinoza, haciendo, por consiguiente, ostentación de incrédulo y de despreciador de todo culto. El lord Som... en medio de su libertinaje, aunque miraba tal materia como indiferente a sus costumbres, instigado con todo del duque de D... seguía el discurso sin dificultad ni reparo. Sabíale mal a Hardyl que se hubiese empeñado la conversación sobre tal materia en pública mesa; y por más que procuró romperla con preguntas extravagantes, viendo que nada aprovechaba para hacerles desistir, inclinándose algo hacia el lord Som... que le estaba al lado, le dice en voz baja: Milord, estamos a mesa redonda y alguno de los presentes se escandalizará tal vez de ese discurso. El sabio, decía Catón, ve, piensa y calla.

No se lo dijo Hardyl con voz tan baja que no lo oyese el duque y no se resintiese vivamente por ello, tomándolo como dicho para sí; y como no conocía a Hardyl, le pregunta al lord Som... con altanero desabrimiento: ¿Quién es ese imprudente y atrevido? El lord Som..., que conocía el genio impetuoso y arrogante del duque, no halló mejor expediente para sosegarlo que inclinarse hacia Hardyl, poniéndole la una mano en el pecho y la otra a la espalda, diciendo, vuelta la cabeza al duque: Éste es amigo mío, milord, y tiene autoridad para acordarme un dicho de Catón. El duque, al ver la demostración del lord Som... calló. Hardyl, insensible como si no hubiera advertido en el ultraje del duque, dijo sólo al lord Som..., que le tenía puesta todavía la mano sobre la espalda: Milord, se os enfría el budín, y os aseguro que es delicado.

Con esto se atajó el discurso sobre la religión y pasaron a hablar de otras noticias, entre las cuales contó también el duque el casamiento que acababa de hacer el lord Hams... con Nancy Tomson, tachándolo de insensato por haberse casado con una persona de tan inferior condición. Eusebio, que tuvo parte en aquel casamiento, oyendo que el duque proseguía en hablar mal del lord Hams... no pudo contenerse de no decir: ¿Qué importa todo eso, milord, si milady Hams... es una persona de belleza y virtud cumplida? El lord Som..., temiendo que el duque se alterase de nuevo, preguntó luego a Eusebio si la conocía. No sólo la conozco, le responde, sino que también me hallé presente a sus bodas. Cuento al lord Hams... en el número de mis mayores amigos. Lo podéis contar también, dijo entonces el duque, en el número de los mayores insensatos.

Eusebio, al oír esto, viendo cuan espinoso y difícil de manejar era el duque, tomó el partido de callar, dejándole decir algunos embustes sobre aquel casamiento, con que dieron fin a la comida. El lord Som... se fue en compañía del duque y Hardyl y Eusebio se retiraron a su apartamento donde, apenas llegados, le dice Eusebio: -Temí mucho, Hardyl, que el duque se propasase con vos. -Se propasó bastante y, aunque estaba resuelto a sufrir sin alteración todo exceso de su desvanecido aturdimiento, estaba también resuelto a hacerlo sin bajeza y sin temor. Estos tales quieren ser mirados como deidades, ante cuya arrogancia deben postrar sus frentes todos los demás, estando ellos acostumbrados desde niños a recibir adoraciones del respeto de los que los rodean y que participa de abatimiento adulador, el cual, tanto más los engríe, cuanto más propenso es su genio a la altanería.

Por lo que visteis y oísteis, habréis conocido cuán odiosa y despreciable se hace a todos esta imperiosa soberbia con que creen deber mirar a los otros como gusanos, que hizo nacer la suerte del polvo de la tierra, para hacerlos comparecer a ellos mayores en su grandeza y para hollarlos por capricho si les cruzan el camino. Se persuaden que se adquieren tanta veneración, cuanto con ceño más erguido miran allá abajo a los demás y cuanto con mayor dureza los tratan.

A la verdad, ellos lo consiguen exteriormente en cierta manera. El temeroso y forzado respeto se encoje ante su orgulloso acatamiento; pero sólo es para incensarlos, como decía Epicuro, con una inmunda ventosidad luego que les vuelvan la espalda, con lo cual vengan su humillación con más ultrajante desprecio. Así yerran y pierden el fin de su ambición altanera; pues en vez de granjearse la verdadera adoración y estima, que nace del íntimo concepto y del amor del corazón, obtienen sólo el aparente y momentáneo respeto, que es la capa con que se cubre el más fino menosprecio20.

¡Qué efectos tan diversos no produce la blanda y afable humanidad en aquellos mismos hombres, en cuyas frentes parece que grabaron su excelso carácter los honores y la fortuna! ¡Con qué dulce fuerza no arrebata nuestros ánimos aquella adorable bondad con que condecora su presencia la moderación! La mansedumbre misma con que se presentan a los humildes que los veneran, infunde a sus rostros un aire de divinidad y de respetable soberanía, ante la cual se postra con toda la efusión de la voluntad el más tierno afecto del ánimo reconocido.

Tememos, es verdad, a Dios cuando nos parece que en el exceso de su enojo tiende el tenebroso manto de las nubes, cubriendo la tierra de terrible lobreguez y levantando su fulminante brazo para vibrar con mayor fuerza el fuego rápido y devorador, ministro de sus iras. Los mortales postran entonces sus ánimos amedrentados en el polvo de tierra, en que los confunde el terror con los más viles insectos. ¿Mas quién es el que entonces lo ama? ¿Quién es el que siente entonces aquel ímpetu suave, que procede del cariñoso afecto y del tierno agradecimiento con que quisiéramos tributarle el corazón que se transporta de afectuoso júbilo, cuando vemos la misma divinidad revestida del luminoso manto de su bondad, rigiendo al carro del sol por la pura y clara atmósfera, alargando su omnipotente mano para derramar sobre el suelo los dones de su beneficencia? Parece que vemos brillar entonces su divino rostro de afabilidad celestial con que infunde vida a todas las criaturas, arrebatando con la dulzura de su afable majestad, y sin parecer exigirlo, las más tiernas y afectuosas adoraciones de los hombres.

Ved un bosquejo de esto en el exterior humano y afable de los señores y poderosos, cuyos amables genios, o por educación o por naturaleza o por máximas de sabiduría, se granjean la benevolencia y el íntimo y sincero respeto y adoración de todos aquellos con quienes se humanizan; mereciéndose, al contrario, los altaneros, con sus modos ásperos y arrogantes, el desprecio y el odio de los que los respetan en apariencia. Esta arrogancia de trato puede nacer de dos principios igualmente odiosos y despreciables: o de necedad o de genio ruin. Defectos que pueden prevenirse o moderarse, no cuando cobraron fuerzas en los adultos, sino cuando la edad tierna deja arbitrio a las máximas de una buena educación para sofocarlos. De este defecto son generalmente tachados los españoles, mas no sé cómo ha cundido esta opinión entre las demás naciones, siendo así que entre ellas se ven frecuentemente de estos defectos de jóvenes capitolinos, que causan risa y compasión al mismo tiempo, viéndolos ir espetados y más llenos del propio concepto de sí mismos y de su grandeza que los odres de Ulises.

Insensiblemente me llevó la materia más adelante de lo que hubiera querido: perdonémoselo al duque de D... y vamos a tratar de lo que nos interesa, que es el viaje; pues veis que no sólo os lo pide Henrique Myden, sino que también lo exige el pleito que os puso vuestro tío. Y así no trato de que partamos cuanto antes de París, sino del camino que debemos tomar para ir a España. Porque, como habíamos determinado pasar a Italia, no sé si querréis privaros de verla, pudiéndonos ser también camino para España, embarcándonos en Nápoles después de haberla corrido toda; pero si lo hacemos así, alargamos mucho el camino, y las ciudades y tierras de Italia son poco más o menos semejantes a las de Francia. El traje, el genio puede diversificar un poco las naciones, pero los hombres y las pasiones son siempre los mismos.

Los restos de la grandeza de los romanos atraen particularmente a la Italia los forasteros, pero para sacar utilidad de todos aquellos desenterrados objetos necesitaríais de más tiempo de que os permiten las circunstancias del pleito, pues no sé si preponderaría en vos la curiosidad material a que os deberíais limitar en un viaje arrebatado a las molestias del camino. -Os aseguro que nada me interesa tanto en la tierra cuanto Leocadia; la pérdida misma de la herencia, si llego a perderla, no creo que me será tan sensible cuanto la de su salud y vida. Y si mal no conozco los afectos de mi corazón, poco después que reflexioné sobre la noticia del pleito, os confieso que sentí impulsos de ceder espontáneamente las haciendas a mi tío antes que enredarme en pleitos. La interior seguridad que me da de mi subsistencia el saber un oficio y el haber acomodado mi ánimo a él, pruebo que es un gran preservativo contra el sentimiento y aflicción que pudiera causarme la desgracia.

No hay duda que lo es; pero, ¿ceder la herencia, por qué? No veo ni motivo ni razón; antes bien debéis seguir el pleito, por la obligación en que os pone el derecho legítimo de conservarla a vuestros hijos, si los tuviereis, habiendo dado palabra de casamiento; pues sólo debéis reputar por vuestro el uso de la propiedad, que queda también adjudicada por las leyes a vuestros herederos. Va bien que sintáis interior confianza y seguridad de saber el oficio de cestero, pero esto es un bien interior, que sirve de remedio a la virtud contra las mudanzas de la suerte, contra las cuales es bien que el hombre esté prevenido; pero es un bien mayor la seguridad de la hacienda, en quien sin anhelarla ni afanarse por conseguirla, la recibe de sus mayores. Y así como es imprudencia el poner en ella sobrada confianza como si no se pudiera perder, así es inconsideración abandonarla a quien la pretende, por eximirse de los enfados y desazones que los pleitos acarrean.

Al cabo, el pleito no es otra cosa que la apelación de los litigantes al tribunal de la justicia para que éste aclare la verdad del derecho legítimo y la decida. ¿Y quién prohíbe que esta apelación se haga con toda la amistad y con toda la buena inteligencia y, atrévome a decir, con todo el sagrado candor y sencillez con que apelaron al juicio de Palemón sobre su rústica disputa Menalcas y Dameta? Verdad es que me llevaría un bufido del ambicioso y del codicioso que me oyeran decir esto; pero de hecho, quitad los anhelos y temores a la codicia, y la cosa se reduce a lo mismo aunque para ello se requiere el desinterés de Stilpón que, perdida su casa y hacienda, decía a los que pretendían compadecerlo que nada había perdido, que sus bienes los llevaba consigo.

Bien sé que sucede diversamente en el mundo, que la intimación del pleito se mira como la declaración de guerra, del odio y de la enemistad. ¿Pero el odio y la enemistad les harán ganar el pleito? O, si lo pierden, ¿los exentarán del dolor, de las angustias, de la confusión y de las zozobras que siguen y acompañan tales desgracias? Ved cuán útil es para entonces el oficio de cestero y las máximas de la virtud. Cada día se ven familias reducidas a la mendicidad, o privadas de gran parte de sus bienes por vía de pleitos y de otros siniestros accidentes; pero ninguno piensa en precaver tales desgracias, contentándose con llorar y lamentarse de su suerte para ser compadecidos de quien tal vez no lo hace, ni aún con un mendrugo si se le pide.

En vano la virtud, desde el oscuro asilo en que la arrinconó el menosprecio de los hombres, les está diciendo, a pesar de su ingratitud: ¡Oh mortales!, todas esas desgracias que os pueden sobrevenir yo las remediaré; prestaos a mis consejos y con ellos os enseñaré la moderación y la indiferencia que se merecen todos esos bienes que tanto apreciáis y que presto o tarde debéis perder o dejar. Y aunque sea muy sensible perderlos en vida, mis consejos y los sentimientos que con ellos infundiré en vuestros corazones os resarcirán ese daño. Si la fortuna, a quien adorabais como a vuestra mayor deidad, os ha reducido a un estado muy inferior, aunque sea al de pobreza, venid, acogeos a este asilo infeliz en apariencia, a que me redujo vuestra codicia y ambición; aquí, entre esta escasa pala que me dejaron por lecho yo os infundiré un consuelo sublime y celestial y haré vuestros trabajos mismos preferibles a las delicias de la grandeza.

¿Pero quien es el que da oído a estas voces o quién es el que no las reputa? ¡Cosas buenas de decirse pero extravagancias en la ejecución! La desgracia llega, truena; el hombre se ve derribado al suelo: el llanto, la desesperación, la confusión, la ignominia que acuden a vengarse de la confianza del caído, lo huellan en el polvo en que lo ven revolcado. ¿Qué remedio? Ninguno entonces, sino la muerte infeliz a quien reputó extravagancias las máximas de la virtud y ridiculez el aprender a hacer cestos. -No quise decir; Hardyl, que dejaría de seguir el pleito, sino que quise manifestaros cuáles eran mis sentimientos en caso de haberlo de seguir; y que éste no era tampoco el motivo porque dejaba de ver a Italia, sino el deseo de ver cuanto antes a Leocadia. Y así, dirigid el viaje por donde queráis y partamos cuanto antes si os parece bien.

Creo que habréis visto cuanto hay que ver en esta capital, y nada nos detiene. Mañana y después de mañana, podemos emplear en cumplir con las personas que nos han agasajado y en disponer algunas cosas para el viaje, y, al día siguiente, partiremos. Bien hubiera deseado que antes de dejar París, hubieseis tomado alguna idea de la química, habiendo aquí hombres muy experimentados en esa ciencia, pero conviene acomodaros con las circunstancias. -Hablóme sobre ella el otro día el lord Som... y parece que me dijo había mandado hacer varios vasos, alquitaras y destiladores de vidrio para ello; pero no me siento con inclinación para esas cosas que piden mucha flema. -Para todo es menester de ella; y aunque el estudio de la química parezca enfadoso en sus principios, y tal vez estéril, es con todo la ciencia a quien más deben los humanos conocimientos y una de las que más empeñan la afición de los que la ejercitan.

No lo digo por el prurito codicioso que muchos de ellos fomentan de transformar en oro o en la materia que más se allega a este metal precioso, las tierras vírgenes y otros metales inferiores, sino por los curiosos y útiles hallazgos de que es y fue siempre causa, y de los otros muchos que se harán en lo por venir. Esto prueba la sinrazón de aquellos que miran con desprecio los químicos, creyendo que su fin sólo es el dar con la rica piedra filosofal o con la panacea de la vida. -¿Qué viene a ser esa panacea de la vida? -Es una materia medicinal que pretenden formar algunos de ellos, con la cual dicen que los hombres que la usan pueden vivir más años que Néstor, y renovar con ella su edad, como lo hizo Medea con Esón, introduciéndole en las venas la sangre del cordero.

¿Y no creéis que se pueda encontrar esa panacea? -El hombre no puede decidir de lo que es capaz la industria de los hombres; el acaso les presenta a la vista cosas que parecían imposibles de encontrar y estamos todavía en la infancia de muchos conocimientos. Lo que no creo es que se haya encontrado, como algunos lo pretenden; y están tan persuadidos de ello, que he oído nombrar a dos sujetos de quienes aseguran haber vivido cuatrocientos años, y aún más; sin duda por haberles oído decir, como Pitágoras, que se acordaban de haber sido Euforbo en la guerra de Troya. Y no hay apearles de su opinión aunque con objeciones indisolubles, fomentando su credulidad con cuentos, que lisonjean su codicia y sus deseos de vivir mucho, saliéndoles muy al revés los naipes, pues empobrecen y acaban más presto la vida. Pero vamos a dar un paseo y en él trataremos del camino que debemos tomar para ir a España.

Antes de salir del mesón, Eusebio quiere ir a ver al lord Som..., pero su criado James le dice que acababa de salir a caballo con el lord T... habiéndose desafiado a correr en presencia del duque de D... que había de hacer de juez. Con esto se salieron a paseo sin verlo, volviendo a la conversación del camino que debían tomar para restituirse a España, pudiendo ir o por Bayona o por León, y entrar, o por Cataluña o por Navarra. Con el motivo de determinarse a tomar el camino de León, entablaron la conversación sobre España, haciendo Eusebio sobre ella varias preguntas a Hardyl, que lo debieron embarazar sobremanera estando firme, como siempre lo estuvo, en no descubrirse a Eusebio por ninguna vía. Y aunque Eusebio no lo conoció por entonces, ignorando el secreto, después que se lo descubrió antes de morir, echó de ver la gran presencia de ánimo y la fortaleza de los sentimientos de aquel hombre singular, especialmente las veces que se acordaba Eusebio de las conversaciones que tuvo con él pertenecientes al secreto, especialmente sobre el pleito que le movió su tío. Y como tratasen de esto aquella misma tarde, quiso decirle Eusebio las sospechas que le vinieron la mañana, cuando se separó de él para otorgar el testamento, de si acaso él era su tío.

Esta ocurrencia de Eusebio empeñó sobremanera los tiernos sentimientos de entrambos, dándose mutuamente pruebas de su virtuoso y sublime cariño en sus expresiones; Hardyl por ver buscado en su corazón el secreto de la inocencia del afecto de Eusebio, éste por reconocer en las palabras de Hardyl una unción de ternura y de cariño que, aunque destruía las sospechas que le habían ocurrido sobre su parentesco, se granjeaba en su alma un amor igual y una confianza tan cariñosa, como si de hecho hubiera descubierto que Hardyl le tocaba tan de cerca como en efecto era. Sus almas, absortas en tan deliciosa conversación y paseo, no les dejó advertir que se habían alejado demasiado de la ciudad, de suerte que volvieron al mesón ya entrada la noche y bien ajenos de encontrar en él la novedad de la grave dolencia sobrevenida al lord Som..., pues aunque éste se sentía algo indispuesto de antemano, quejándose de su inapetencia, obraba como sano, sin sentir otro efecto del mal, que tal vez llevaba oculto y que, irritado aquella tarde con la corrida a caballo y con un vaso de agua fría que quiso beber después de ella, hallándose muy acalorado, manifestó repentinamente toda su violencia.

A esto se atribuyó su enfermedad y su muerte temprana en la edad de veinticinco años, sin que pudiesen precaverla los más hábiles médicos de París. Y aunque luego que Eusebio llegó al mesón le agravaron los criados del mismo lord las circunstancias del mal, concibió mejores esperanzas de él; pero al otro día, como los médicos comenzasen a explicarse con términos poco favorables, le aumentaron el sentimiento que, a pesar de sus esperanzas, sentía por el estado de su amigo; pues aunque la conducta desarreglada del lord Som... no le merecía su aprobación, tenía con todo otras excelentes partidas que lo hacían muy amable; y la sola oferta que hizo a Eusebio el día antecedente con su acostumbrada franqueza y generosidad de una de sus tierras en Inglaterra, era bastante motivo para que Eusebio, aun sin aceptarla se sintiese muy agradecido, y para darle también prueba de esto en su enfermedad, como lo hizo, ofreciéndole en ella su asistencia y servicio.

Hízole saber Eusebio estos sus deseos por medio de James, camarero del lord, y la respuesta fue que no tendría mayor consuelo que el que recibiría de su compañía, si no le era molesto estar con un enfermo que lo hacía dueño de entrar en su aposento cuando quisiese. Eusebio va a verse con él inmediatamente, y acercándose a la cama para tomarle la mano, viéndolo muy encendido de rostro y con los ojos cerrados, lo avisa de su llegada preguntándole por su salud. El lord, alzando entonces sus agravados párpados ve a Eusebio, y le dice: ¡Ah, don Eusebio, muy malo me siento! ¿En qué vendrá a parar esto? -Milord, no todo es calma en esta vida; ha de haber también sus borrascas, pero no todos perecen en ellas. Tened buen ánimo lo primero, pues el sosiego del corazón contribuye para no agravar el mal. Dicho esto, le toma la mano que tenía el lord fuera de la sábana y se la aplica al corazón, estrechándola contra él en demostración de su tierno y compasivo afecto.

El lord no dio muestras de sentirlo, volviendo a cerrar los ojos. En esto llega el cirujano mandado llamar a toda priesa para sangrarlo. James y Wilks preparan lo necesario y el cirujano avisa al lord de lo que venía a hacer, después de haberle tomado el pulso. El lord se altera, no quiere sangría y ordena al cirujano que se le quite de delante, que se vaya. Milord, le dice éste, la sangría es muy necesaria; no tiene más eficaz remedio la inflamación. ¿Inflamación la mía? No es posible tan presto; esperemos a ver si se declara más el mal; no me sangré en mi vida; mañana tal vez estaré mejor. El cirujano hace nuevas instancias; no hay remedio que el lord se quiera dejar sangrar. La costumbre y hábito de ser atendidos en todo, y de no hacer sino lo que les da gana sin oposición, forma insensiblemente los ánimos tenaces.

El cirujano hallábase embarazado sin osar replicar. Eusebio, que veía la necesidad del remedio, y que echaba de ver que el lord no quería dejarse sangrar por temor de la sangría, no pudo dejar de empeñarse en quitarle aquel miedo, y así le dice: Milord, los médicos a una voz os recetan la sangría; ¿a tan poca costa no queréis conservar una vida en que se interesa tanto mi afecto? -Siento suma repugnancia, don Eusebio, no es posible. -¿Pero, milord, repugnancia, de qué? No creo que cause dolor la lanceta. Oigo decir que la picadura de un mosquito es más sensible. Tampoco yo me sangré jamás; con todo, si queréis que se haga en mí la prueba, me dejaré picar la vena aquí en presencia vuestra. La esforzada resolución vence al temor hasta determinarse. Ved, milord, qué caso merece la sangría; dicho esto, saca el brazo de la casaca para ofrecerlo al cirujano.

¡La expresión de una amistad sincera es tan persuasiva! ¿Cuánto más si la acompaña el ejemplo? El lord, al ver a Eusebio en pie al lado de su cama desabrochándose el brazo y llamando al cirujano para que lo sangrase, siente toda la fuerza del sincero interés que toma en su salud el afecto de Eusebio, mucho más viendo impresa en la seriedad de su rostro y en el firme y denodado ademán con que ofrecía su brazo desnudo al cirujano la resolución de sangrarse, afloja un poco de su rogada pertinacia y cede a la fuerza del ejemplo que no lo rogaba. -¿Qué vais a hacer, don Eusebio, sangraros sin necesidad? -Gustaré, milord, de que veáis brotar, mezclado con mi sangre, el amor que la agita de vuestro bien; dejad hacer, y vos picad, amigo. -No, don Eusebio, no lo permitiré; lo veo bastante, me dejaré sangrar. -Ea, pues, os tendré yo mismo el brazo, no hay que perder tiempo.

Como estaba ya todo dispuesto, se da priesa el cirujano para aprovecharse de aquel momento favorable. Eusebio se apodera del brazo, James alumbra, el cirujano tienta la vena, la pica, la sangre brota. Estáis sangrado, milord, le dice Eusebio. El lord alza su rostro risueño para mirar a Eusebio sin decirle nada; ¿pero cuánto no le decía con aquella blanda risa, aunque silenciosa y oprimida del mal? El cirujano se despide, sálense los criados y Eusebio queda con el lord consolándolo y esforzándose en apartar de su imaginación las tristes ideas que el mal le sugería, hasta que lo llamaron a comer.

Estaban ya sentados a la mesa los demás forasteros, y sabiendo el duque de D... que Eusebio venía del cuarto del lord, le pregunta por su salud. Eusebio le manifiesta sus temores y le dice el fatal pronóstico que había hecho el cirujano sobre su sangre. ¿Según eso, dijo el duque, puede ser contagiosa su enfermedad? -No oí decir jamás, milord, que la inflamación sea contagiosa. -Puede serlo a las veces, dijo otro caballero queriendo congraciarse con el duque. Si la de milord Som... lo fuese, dice Eusebio, y se me pegase, tengo el remedio a la mano. -¿Pretendéis, pues, dijo el duque, asistir al enfermo, como si éste se hallase falto de criados? -Sus criados, milord, no me dispensan de las obligaciones que tengo contraídas con él. -¿Sin duda lo diréis, replicó el duque, por la obligación de la cena que os dio con Armanda?

Perdonad, milord, los desaciertos de un amigo no acostumbro ponerlos en el número de mis obligaciones, ni creo que milord Som... os haya contado el caso de modo que desmienta su relación la sinceridad y pureza de mi reconocimiento a otros favores verdaderos que de él tengo recibidos, dignos del nombre que les doy de obligaciones. El duque de D..., a quien el lord Som... había contado el caso de la cena y dado noticia del carácter de Eusebio y de Hardyl con el motivo de la disputa del día antes, echó de ver por la respuesta que Eusebio le dio la modesta entereza de sus sentimientos, pero no sabiendo qué decirle, torció la conversación a otro asunto, sin hablarse más del enfermo mientras duró la mesa.

Acabada ésta, Eusebio propuso a Hardyl el diferir el viaje hasta ver el éxito de la enfermedad del lord; Hardyl lo aprueba, y habiendo ido juntos a ver al enfermo, Hardyl lo dejó sólo con él después de haberse informado de su salud. Poco después que se salió Hardyl, llega uno de los médicos que lo visitaban. Éste pulsa al enfermo y nota que la calentura cobraba fuerzas a pesar de la sangría. Ve la sangre y con sus torcidos gestos pronostica mal de ella. Vuelve a la cabecera, y vuelve a tomarle el uno y el otro pulso; aplícale la mano al costado, de cuyo dolor el lord se resentía; luego se asienta otra vez, y apoyando sus brazos encorvados sobre las rodillas, fija sus ojos en el suelo entre las piernas separadas, como meditando lo que debía recetar. De allí a poco dirige la palabra a Eusebio, que estaba allí de pies y silencioso, y lo tutea pidiéndole recado para escribir creyéndolo criado del lord.

Eusebio, de primera impresión, se resiente un poco, no tanto por oírse tutear, estando acostumbrado a oírlo entre los cuáqueros, cuanto por el tono imperioso y arrogante con que el médico lo trataba. Pero volviendo luego sobre sí y reflexionando la desazón que le causaba aquel súbito movimiento de su resentida vanidad, se resuelve a servir al médico con ánimo determinado de evitar en gesto, en ademán y en postura, el darse a conocer por otro del que era tenido de quien no lo conocía; y pasando a su cuarto, trae el tintero, pluma y papel que se le pedía. No son éstas pequeñeces, aunque tales puedan parecer a muchos de los que las leen. De ellas se forma el estudio de la verdadera sabiduría, obra de la ciencia moral, cuyo fin es purificar los sentimientos y afectos desordenados, como es fin de las otras ciencias y estudios purificar los errores y preocupaciones falsas del entendimiento.

La vanidad del hombre es vicio del corazón, todo efecto de vanidad que asoma al exterior lo descompone y da en rostro a los que lo notan, haciéndose aborrecible; ninguno excusa al vano, al presumido; ellos llevarán siempre la tacha de mentecatos. El Galateo, puesto que se da este nombre a la educación física, limita su instrucción a echar de la presencia del hombre los odiosos asomos de su altanería. ¿Mas esto basta por ventura para que el hombre deje de ser vano, para que deje de sentir la cólera y la desazón que causa en su interior, donde queda reconcentrada su presunción si llega a ser tocada? No, por cierto, si la ciencia moral no purifica sus sentimientos y si no previene con la moderación los sensibles efectos que le puede causar.

¡Un caballero ser tuteado y tenido por criado de un médico! ¿Te resientes por ello?, ¿qué venganza quieres tomar? Cualquiera que ella sea, ya manifiestes tu amarga desazón con rostro sañudo y preñado de colérico silencio, ya de palabra, pidiendo a las claras, o por embarazados rodeos, una satisfacción insulsa, te vas a descubrir por hombre vano y arrogante, sin que puedas evitar que el padecido resentimiento no te roa el corazón. ¿Qué remedio, pues? Búscalo cuanto quieras: no hay otro que el de la virtud. El mundo, el trato de los hombres, te dará a cada paso que sentir sin que lo puedas evitar, si no haces estudio de la moderación, si con ella no entras en tu interior, y si no armas tu corazón con el desprecio de la injuria. Eusebio sintió de improviso la llamarada de su resentimiento, pero prevenido de antemano de las máximas de la modestia, la sofocó sobreponiéndose a un efecto desordenado, y sacando así de tal vencimiento el puro consuelo y satisfacción que no probará jamás el que se abandona a las desazones de su vanidad resentida.

No limitó Eusebio la superioridad de sus sentimientos a sobreponer su ánimo a una inconsiderada ofensa de quien no sabía quién fuese. Impelido de la complacencia que le daba su recobrada moderación, se adelanta al médico que se despedía del lord para abrirle la puerta, y lo precede hasta la escalera, donde lo deja haciéndole una modesta inclinación de cuerpo como si de hecho fuese un criado; y hubiera vuelto al cuarto del lord riéndose de sí mismo, si los tristes pronósticos del médico no le hubiesen agravado el sentimiento por el terrible estado de la salud de su amigo. El lord, viéndolo entrar, le pregunta qué era lo que había dicho el médico: -Milord, otra sangría. -¡Ah!, no es eso lo que os pregunto, sino lo que dice de mi mal. -No le hablé sobre ello, milord; yo fío poco en dichos en que puede tener parte el interés y la vanidad. A las veces se suele agravar el de un enfermo para encarecer la habilidad; y así, milord, sosegaos y esperemos bien. -¡Temo que se me agrave la enfermedad! Este dolor no me deja sosegar.

James, que entraba con un billete para el lord Som..., interrumpe su discurso, diciendo: Milord, me entrega este billete con instancia un moro que acaba de llegar y que desearía la respuesta. El lord ruega a Eusebio que lo lea y que le diga su contenido. Eusebio lo lee y le dice: Este billete, milord, os lo envía sir Eduardo Towsend, primo hermano de vuestro padre, y dice en él que habiendo servido muchos años de capitán de navío en la marina del rey, se ha visto obligado a escapar de Inglaterra con dos hijas suyas y refugiarse a París, donde recurre a vuestra piedad en el infelicísimo estado en que se encuentra, habiéndole sido confiscados sus bienes. El lord, oído esto, se altera; y, vuelto a James, le dice que no estaba para recibir recados.

Sintió Eusebio esta indiferencia del lord para con un pariente suyo que se hallaba en tan infelices circunstancias. Y aunque se sentía movido a compasión para interceder por él, pero lo contuvo la alteración que había manifestado el mismo lord, temiendo agravarle el mal. ¡Que comúnmente se deban manifestar los hombres más duros con sus parientes que con los extraños! ¿Será esto tal vez porque esperan granjearse concepto de aquellos que nada les pertenecen y porque se lisonjean de tenerlo ganado de aquellos necesitados de cuyo parentesco no se dignan? Pero si la consanguinidad interesa nuestra ambición y vanagloria cuando la vemos coronada, o de los honores o de la fortuna, ¿por qué razón no deberá a lo menos interesar nuestra compasión cuando la suerte abate a nuestros allegados? La razón es clara. La vanidad todo lo corrompe.

Aunque Eusebio calló por entonces para no alterarlo más, no dejó pasar con todo aquella noche sin interesarse en favor de su infeliz pariente y de sus hijas doncellas, para las cuales, antes que para el padre, pudo recabar del lord que James les llevase doce luises. Eusebio, que había velado a este fin al enfermo hasta muy tarde, luego que lo consiguió se fue a dormir; dejándolo encomendado a uno de sus criados.

La calentura cobraba fuerzas a pesar de las sangrías; y Hardyl, que había ido aquella misma noche a visitar al lord, dio a Eusebio pocas esperanzas de su vida. Cargóle el dolor de costado al otro día y los médicos, hallando empeorado el mal, tuvieron su consulta en la cual resolvieron hacer avisar al enfermo del estado peligroso de su salud, para que pudiese tener tiempo de hacer el testamento y disponerse para morir. La consternación y el duelo se apoderan de los ánimos de los criados que amaban mucho a su amo: era generoso. Eusebio experimenta más que nunca la ternura del afecto que le profesaba, creciendo sus temores por la pérdida del lord en la flor de su edad, en el seno de la riqueza y de los placeres, ausente de su patria y de los suyos que lo adoraban.

¿Pero quién será el que querrá encargarse de dar al enfermo esta terrible noticia? Los médicos lo rehúsan, aunque parece que ésta sea incumbencia indispensable de su profesión. El duque de D... que se profesaba muy amigo y confidente del lord, había bien sí estado el día antes a visitarlo, pero en pie y de corrida, como visitan los perros al Nilo por temor del zarpazo del caimán. ¿Cómo podía querer detenerse a darle parte de lo que tanto le amedrentaba al mismo? James implora la bondad de Eusebio para que hiciese presente al lord la fidelidad con que le había servido tantos años.

Eusebio se rinde a las súplicas y al llanto de James; entra en el cuarto y, después de llamar por rodeos la atención del enfermo para no alterarle la fantasía, le dice: Milord, si se restablece vuestra salud quiero ir con vos a Montpellier, pues según oigo decir, aquellos aires serían muy favorables para vuestra convalecencia. -Sí, iremos. -Pero antes de emprender ese viaje, me ocurre que sería bien que los dos imitásemos a Hardyl, haciendo el testamento como él lo hizo antes de ayer. -¿Testamento? No hago testamento sino a la hora de mi muerte. -Bien, milord, ¿pero esa hora quién nos la determina? Podemos morir dentro de un año, de un mes, de una semana, mañana mismo.

El lord Som... vuelve los ojos consternados hacia Eusebio y le dice: Don Eusebio, ¿qué me queréis decir?, ¿qué han dicho los médicos?-Que vuestra enfermedad, milord, se agrava, y que, aunque se lisonjean de restituiros la salud, temen también que pueda cobrar sobradas fuerzas vuestro mal. -¿Y aunque las cobre, qué sucederá por eso? -Lo que os insinué, milord, que podemos morir; pues tarde o temprano es éste el término de la vida. -No me habléis más de eso, don Eusebio, me inquieta demasiado ese discurso. -No esperaba, milord, que un corazón magnánimo como es el vuestro, y que os hizo hacer frente a la muerte armada de fuego y bayonetas en el campo de guerra en la tierna edad de dieciocho años, sintiese inquietud por oírla ahora mentar. Más joven soy que vos y no vi jamás el rostro a la muerte; con todo, me complazco en hablar de ella, y lo hago frecuentemente con Hardyl, el cual me hace sobre ella tales reflexiones, que me parece la recibiría con tranquilidad de alma, antes que con inquietud, si viniese a exigirme el tributo indispensable de la vida. -Os lo parece; ¡mas si os vierais en el lance!...

Pudiera ser que entonces la temiese; no pretendo hacer antes de tiempo el esforzado, pero si oyeseis, milord, las máximas de Hardyl sobre el término de su vida, tal vez mudaríais de concepto. Desprended del corazón el sobrado amor a las riquezas, los anhelos y esperanzas de la ambición, el enajenamiento de los placeres y de la desvanecida holganza del mundo, y veréis cuántos menos motivos le quedan al ánimo para temer la muerte. -No estoy para esas reflexiones, don Eusebio, dejadme quieto os ruego. -Os dejo, milord; me intereso demasiado en vuestro bien para que quiera obstinarme en inquietaros; pero permitidme que os diga solamente que por hacer testamento no morimos, y sintiera que murieseis sin dejar a vuestra familia prueba de vuestra generosa compasión; y si lo diferís por sobrada confianza, tal vez debo temer, milord, que no tengáis tiempo.

-¡No tendré tiempo!, ¡tan grave se hizo mi enfermedad! -Sí, milord, cuanto más consulto el afecto que me habéis merecido, veo tanto más que faltaré a la amistad si os dejo ignorar el estado en que os halláis, pudiendo interesar este conocimiento no menos a la generosidad de vuestro corazón, que al bien de vuestra familia y de vuestra conciencia. -¡Ah, don Eusebio, me dais la muerte!, ¿mi conciencia?... Dejadme estar, por Dios; me amarga sobremanera ese recuerdo. -Milord, hay remedio para endulzarlo: la bondad infinita de vuestro Criador. -¡Oh desvanecidos deleites! ¡Oh disolución! ¡Cuán diferente aspecto tomáis para despedazarme el alma! -Lo toman, milord, para que os echéis en los brazos de vuestro misericordioso hacedor; fomente vuestro presente desengaño esta dulce idea. Ella os podrá sólo consolar en el trance en que todas las cosas de la tierra dejan al hombre desnudo, desamparado y solo en el borde de la eternidad, en cuya sima sin fondo nos precipita la muerte. La misma mano omnipotente que nos sacó de la nada, se extiende, milord, a quien la implora para acogerse a ella en el trance de la muerte. Obra suya somos: y si nos hemos manchado de los lodazales de la tierra, puede lavarnos el sincero arrepentimiento.

¡Ah, morir en la flor de la edad! ¡Haber de desprenderme para siempre de las comodidades y riquezas de una vida que no padeció quiebra en la salud! ¡Será posible que se haya de acabar todo para mí tan joven como soy y de salud tan robusta!... El lord no puede contener el llanto a que se abandona, gimiendo dolorosamente. Eusebio, enternecido de su llanto, le toma la mano llorando con él, y diciéndole: Esas ideas, milord, os afligirán sólo sin ningún provecho. Aunque no debáis morir de esta enfermedad, aprovechaos del dolor que os causa para conocer la vanidad de las cosas mundanas y para más apreciar y amar la virtud. Ella es tan amable, milord, y de tanto consuelo en el trance de nuestras angustias.

La desconocí demasiado, don Eusebio, para que pueda consolarme, no tengo sino motivos de acerbo dolor y de amargos remordimientos. -Esos mismos pueden contribuir para purificar vuestra conciencia, y para encaminar vuestro corazón al seno de la infinita misericordia. La divina clemencia compadecerá vuestras flaquezas, si le ofrecéis vuestra alma contrita y reconocida. ¡Debe costar tan poco a vuestro desengaño este tributo a la Divinidad! Él puede sosegar enteramente los temores y angustias de vuestro pecho. -Lo veo, don Eusebio, lo veo; no me quedan otras mejores lisonjas y no las puedo esperar mejores. ¡Ah! ¿De qué me sirvió el nacimiento y la riqueza, sino es para fomentar los vicios y para hacerme más doloroso y amargo el trance de la muerte?

En él os puede también servir, milord, de consuelo, el haber satisfecho a las obligaciones de reconocimientos con vuestros deudos y parientes, y con los que emplearon sus sudores y fidelidad en serviros. Ellos son acreedores a vuestra conmiseración; y puesto que tenéis tiempo, sería bien que os aprovechaseis de él para hacer testamento. -Deberé pensar en ello, ya que me lo pide vuestra amistad. -Si queréis, pues, haré venir el escribano. -Como queráis; hacedlo venir.

Eusebio se aprovecha de este momento favorable y sale inmediatamente a consolar los criados del lord, dando orden a James para que fuese a llamar a un escribano. Entretanto que éste llegaba, volvió Eusebio a consolar el ánimo del lord con sus santos consejos y reflexiones; pero luego que tuvo aviso de la llegada del escribano, se ausenta del cuarto, no queriendo asistir al testamento; ni el lord quiso tampoco hacerle quedar, deseando darle una demostración de la estima y afecto que le profesaba y de la sincera oferta que le hizo de una de sus tierras en Inglaterra, en caso que llegase a perder el pleito con su tío. Otorgó, pues, el testamento en lengua francesa, mandando se abriese inmediatamente después de su muerte.

Los médicos, interesados en la salud del enfermo, no ahorraban pasos ni visitas; pero su salud empeoraba a pesar de su ciencia. El lord llega a persuadirse de su muerte; la inevitable necesidad a que nos somete la naturaleza, hace doblegar al ánimo más terco y obstinado. El lord se llega a conformar, aunque con llanto, al terrible anuncio y muestra deseos de tener a su cabecera un ministro protestante, y se lo dice a Eusebio. Éste recurre al duque de D... el cual envió a llamar algo atemorizado al ministro que tenía consigo el embajador de Inglaterra. Pero hallándose aquél casualmente enfermo, no fue posible que viniese, ni que el lord viese cumplidos sus deseos.

La religión, cualquiera que ella sea, graba tan profundamente sus máximas en el corazón del hombre, que son raros los que llegan a borrar sus impresiones y a sacudir los temores y remordimientos con que apremian a la conciencia los refractarios sentimientos. Los afanes y dolores del mal, los temores y angustias de la muerte que se le presenta como inevitable, el horror de la eternidad, la memoria amarga de las culpas, la lobreguez y silencio de la estancia del moribundo, la pálida consternación y duelo de los presentes, la vanidad, los honores, las riquezas que se manifiestan entonces como un sueño y vana ilusión a los anhelos de la burlada y turbada fantasía, el mundo que deja y pierde para siempre para entrar en otro desconocido, que se le representa como noche eterna e incomprensible; todo concurre para que el alma consternada recurra al altar de la religión, que le extiende sus brazos para reconciliarla con el Criador, como solo árbitro omnipotente de la vida inmortal, a que va a nacer con la separación del cuerpo mortal y corruptible que deja.

El lord Som..., aunque libertino y de costumbres desarregladas, probando las amargas desazones que infunden en aquel funesto trance los vicios, debió también probar los remordimientos de la conciencia por la desamparada y desatendida religión. El espontáneo llamamiento del ministro protestante lo manifestaba. Pero como la circunstancia de hallarse éste enfermo y la dificultad de encontrar otro en París, no permitiesen al lord disfrutar de este consuelo y satisfacción, que lo es grande para el alma temerosa, Eusebio hubo de suplir con sus exhortaciones y consejos.

Acudió entonces el lord a las demostraciones de arrepentimiento, siendo una entre otras, la de pedir perdón a Eusebio por el engaño que le urdió para corromper su virtud la noche de la cena con Armanda y Hernestina. Luego prorrumpía en llanto, lamentos y exclamaciones que denotaban el sentimiento que lo avasallaba por deberse desprender del mundo y de sus riquezas en la flor de su edad.

Eusebio, viéndolo llorar, se enternece otra vez y llora con su tristísimo amigo, dándole mil demostraciones de afecto, acompañadas de ruegos y consejos para apartar su descarriada imaginación de los objetos que irritaban su desesperación y llamarla al arrepentimiento, a fin de que hiciese caer aquel mismo llanto sobre su corazón contrito, para que lavado con sus lágrimas lo ofreciese purificado a la clemencia de su Criador. Pero era demasiado viva la impresión que en él hacía el mundo y la grandeza que dejaba, hiriéndole sobremanera su exaltada fantasía; la cual, encendida al mismo tiempo de la violencia del mal, comenzó a alterarse de modo que vino luego a dar en tal frenesí, que perdiendo el conocimiento de su oficioso amigo y de sus criados, fue necesario amarrarlo a la cama después que los hubo maltratado para contenerlo y para impedir mayores violencias.

Así murió al séptimo día de su enfermedad el joven lord Som... dejando a todos sumergidos en una profunda tristeza y consternación, especialmente a su amigo Eusebio, que más que todos se interesaba por su salud. ¡Cuán ajeno estaba el lord ocho días antes de su vecino fin! ¿Mas quién es el que no cree que le está siempre lejana su muerte? El que la medita.

¡Oh mortal! no te pese acostumbrar tu mente y tu memoria a tu fin inevitable. La idea de la muerte solo amedrenta al que rehuye familiarizarse con ella. No es esa armazón de descarnados huesos, ni esa desdentada y vacía calavera, ni ese esqueleto armado con esa guadaña, nada de todo eso es la muerte, bien sí sus necesarias consecuencias. El que te propone todo eso para meditar, el que te pinta el cadáver yerto, horrible, frío y hecho ya pasto de gusanos, amedrenta tus sentidos y fantasía; mas no te da idea verdadera de lo que es la muerte.

Morir es el romperse las ataduras de la admirable e incomprensible organización del cuerpo, del cual como de cárcel disoluble, huye el alma libre... ¿A dónde? ¡Oh cielos!... Tiembla, mortal: esos huesos, esas cenizas, esa tumba, ya no te pertenecen. Pero ese ilimitado y tenebroso seno de la eternidad que presenta a tu alma dos caminos tan opuestos; esa incertidumbre terrible de errar la vía, pasando de la vida breve y mortal a la inmortal y eterna, rota la unión de tu alma y cuerpo, la cual ni es dolorosa ni perceptible, puede sin asco y sin temor del aspecto de un objeto que te es ajeno, ocupar tu imaginación y llamar con fuerza tus sentimientos al estudio de la virtud, desprendiendo tu corazón de los bienes inciertos y perecederos que, como ciertos y eternos, nos representan las deslumbradas pasiones.

Morir es acabarse el plazo que dio a la vida el que la formó al impulso de los decretos de su infinita sabiduría, y que no hará más breve ni el imaginario peligro que te inquieta, ni el hierro del enemigo, ni tu desesperación, ni el rayo que discurre y centellea sobre tu cabeza, ni la tempestad que brama en torno de tu navío y que no hará más larga, ni la ciencia del médico acreditado, ni tus riquezas, ni los votos de tu temor, ni tus medrosos ruegos, ni la eficaz virtud de la buscada planta. ¡Oh hombre!, morir es acabarse las penas, las zozobras, los cuidados y continuas desazones que no quedan resarcidas ni con la breve risa, ni con el placer incierto y momentáneo, ni con la voluble holganza, ni con todas las ilusiones de la desvanecida fantasía, sueños de las ansias y deseos insaciables de los infelices mortales.



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