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Fama y olvido

Alfonso Sastre



PERSONAJES
 

 
SASTRE.
SOMBRA.




SASTRE.-  Despierta, sombra, que voy a decir algo importante.

SOMBRA.-   Aquí estoy, jefe.

SASTRE.-  Leyendo la lista de mis obras dramáticas que no se han estrenado, me da pena el teatro español, hija mía.

SOMBRA.-    (Descolocada.)  ¿Cómo?

SASTRE.-   (Como si hablara en serio.)  ¡Sí, que yo digo que qué pena es para el teatro español que me ignoren, hija mía!

SOMBRA.-   ¿Melancólico estás?

SASTRE.-   Es que constato lo que pasa, y nada más.

SOMBRA.-   ¿Y qué es lo que te pasa, a estas alturas, hombre?

SASTRE.-   Que estoy -ay- entre la fama y el olvido, digámoslo así. ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay!

SOMBRA.-   Vaya escandalera. Es lo que tú llamas las paradojas propias del teatro. ¿Y ahora te extraña?

SASTRE.-   No, pero me fastidia un poco. Es una puñalaíta que llevo encima y que a veces me molesta; sobre todo cuando me río.

SOMBRA.-   Vaya, vaya. ¿Y te da pena, dices? ¿Y te da pena del teatro español? Perdona pero no me hagas de reír, que tengo el labio partió. ¡Pues no funciona poco bien sin ti el teatro español, sin que nadie te eche de menos en él! Tan ricamente funciona él sin tus obritas.

SASTRE.-   Qué vulgaridad. ¿Qué casticismo es ése del «labio partío»?

SOMBRA.-   Es que, de darte pena, debería darte pena de ti, chalao, que eres un chalao: que a ti nadie te ha dado vela en este entierro.

SASTRE.-   ¿En qué entierro?

SOMBRA.-   En el del teatro español.

SASTRE.-   ¡Qué mala sombra eres! Me has llamado chalao. ¡Qué falta de respeto! Si te comportas así, vas a dejar de ser mi sombra. ¡Maldita sea mi sombra!

SOMBRA.-   «El hombre que perdió su sombra». Eso es una novela. Pero, en la realidad, ¿cómo voy a dejar de ser yo, mientras tú existas?

SASTRE.-   Dejando de existir yo, maja, y entonces tú a ver de qué vas a ser sombra, majadera.

SOMBRA.-   Eso son palabras mayores. Tranquilízate.

SASTRE.-   Estoy tranquilo, imbécil.

SOMBRA.-   No te me enfades. O, bueno, no se me enfade usted, porque a un autor tan importante como usted habrá que tratarle así, de usted.

SASTRE.-    (Hay una pausa como de paz. Reflexivo ahora.)  Es curioso el destino de los autores.

SOMBRA.-    (Reconciliada, vuelve a un tuteo respetuoso.)  ¿Tan curioso te parece?

SASTRE.-    (Entre poético y filosófico.)  Somos como una espuma del teatro. El teatro son ellos.

SOMBRA.-   ¿Quiénes son ellos?

SASTRE.-   Ahora los programadores, los directores y, en cierto modo, los actores. Nosotros somos unos meros huéspedes, a veces gentilmente aceptados, a veces rechazados, a veces simplemente olvidados en los libros en los que fueron editados sus textos. ¿Quién conoce hoy, en los teatros, a un autor tan grande como Eugene O'Neill? ¿O a Henri René de Lenormand? ¿O a Ernst Toller?

SOMBRA.-   Pero hay una minoría de autores «eternos», digámoslo así, que siempre son elevados a los escenarios: Molière, Shakespeare, Lope de Vega. En cuanto a ti, jefe, ya deberías estar acostumbrado a no existir.

SASTRE.-   También es verdad.

SOMBRA.-   Acuérdate de cuando apareció una lista de los cincuenta autores españoles «de interés cultural», y tú no figurabas en ella. O de cuando alguien hizo una historia sobre la presencia de las tabernas de Madrid en el teatro español, y su autor se olvidó de tu taberna fantástica.

SASTRE.-   Efectivamente, yo estoy acostumbrado a no existir, y al teatro español vuelvo a decirle hoy como ya hice ayer: Anda y que te zurzan.

SOMBRA.-   ¿Y al teatro vasco no le dices nada?

SASTRE.-   No hay un teatro vasco, hoy por hoy. Lo que hay es una sucursal del teatro madrileño, que a su vez es una sucursal de los grandes éxitos que se producen en las metrópolis culturales europeas y norteamericanas. Aquí, en esta península, hay, eso sí, y excelente, un teatro andaluz (La Zaranda, La Cuadra...), y un teatro catalán (La Fura dels Baus, Els Joglars...), y pare usted de contar. Lo demás son imitaciones y vacío, una seudocultura, el producto de una colonización.

SOMBRA.-   Igual tienes razón, maestro. También es posible, por lo que yo misma -una sombra enamorada de usted, jefe- he observado que haya desaparecido del mapa, al compás de los tiempos, aquella especie humana que se llamaba el «autor consagrado» cuyas obras eran siempre representadas, al menos durante el devenir de su vida personal. Era todo un status que acorazaba al autor que lo conseguía contra el olvido inmediato y aún durante algunos años más, posteriores a su muerte.

SASTRE.-   En realidad, lo que hoy ha desaparecido -porque han desaparecido los grandes autores- es la noción de «gran autor». No hay grandes autores. La escritura dramática es particularmente desdeñada y ya no se escriben «dramas» -si se escriben, es como si no se escribieran- sino «guiones» para espectáculos. Ha ocurrido que, en lugar de conquistar los guiones cinematográficos una calidad de obras literarias análoga a la de los dramas (lo que parecía que iba a ocurrir, y llegaron a editarse los guiones cinematográficos como obras literarias), se ha rebajado la calidad de estos -de los dramas- a la de meros guiones que se usan y que, una vez usados en el trabajo de los escenarios, de los platós, se pueden tirar tranquilamente.

SOMBRA.-   Algo así hay, jefe, algo así hay. Y dejémoslo aquí, que, aaahhh, me ha dado sueño.

SASTRE.-   Duerme, duerme, negrita.

SOMBRA.-   Le quiero mucho, jefe.  (Se quedan dormidos, abrazados, Sastre y su sombra.) 

junio, 2005




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