|
SASTRE.- Despierta, sombra, que voy a decir algo
importante.
|
|
SOMBRA.-
Aquí estoy, jefe.
|
|
SASTRE.- Leyendo la lista de mis obras
dramáticas que no se han estrenado, me da pena el teatro
español, hija mía.
|
|
SOMBRA.-
(Descolocada.)
¿Cómo?
|
|
SASTRE.- (Como si hablara en
serio.) ¡Sí, que yo digo que qué
pena es para el teatro español que me ignoren, hija
mía!
|
|
SOMBRA.-
¿Melancólico estás?
|
|
SASTRE.-
Es que constato lo que pasa, y nada más.
|
|
SOMBRA.-
¿Y qué es lo que te pasa, a estas
alturas, hombre?
|
|
SASTRE.-
Que estoy -ay- entre la fama y el olvido,
digámoslo así. ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay!
|
|
SOMBRA.-
Vaya escandalera. Es lo que tú llamas las
paradojas propias del teatro. ¿Y ahora te
extraña?
|
|
SASTRE.-
No, pero me fastidia un poco. Es una
puñalaíta que llevo encima y que a veces me molesta;
sobre todo cuando me río.
|
|
SOMBRA.-
Vaya, vaya. ¿Y te da pena, dices? ¿Y te
da pena del teatro español? Perdona pero no me hagas de
reír, que tengo el labio partió. ¡Pues no
funciona poco bien sin ti el teatro español, sin que nadie
te eche de menos en él! Tan ricamente funciona él sin
tus obritas.
|
|
SASTRE.-
Qué vulgaridad. ¿Qué casticismo
es ése del «labio partío»?
|
|
SOMBRA.-
Es que, de darte pena, debería darte pena de
ti, chalao, que eres un chalao: que a ti nadie te ha dado vela en
este entierro.
|
|
SASTRE.-
¿En qué entierro?
|
|
SOMBRA.-
En el del teatro español.
|
|
SASTRE.-
¡Qué mala sombra eres! Me has llamado
chalao. ¡Qué falta de respeto! Si te comportas
así, vas a dejar de ser mi sombra. ¡Maldita sea mi
sombra!
|
|
SOMBRA.-
«El hombre que perdió su sombra».
Eso es una novela. Pero, en la realidad, ¿cómo voy a
dejar de ser yo, mientras tú existas?
|
|
SASTRE.-
Dejando de existir yo, maja, y entonces tú a
ver de qué vas a ser sombra, majadera.
|
|
SOMBRA.-
Eso son palabras mayores. Tranquilízate.
|
|
SASTRE.-
Estoy tranquilo, imbécil.
|
|
SOMBRA.-
No te me enfades. O, bueno, no se me enfade usted,
porque a un autor tan importante como usted habrá que
tratarle así, de usted.
|
|
SASTRE.-
(Hay una pausa como de paz. Reflexivo
ahora.) Es curioso el destino de los autores.
|
|
SOMBRA.-
(Reconciliada, vuelve a un tuteo
respetuoso.) ¿Tan curioso te parece?
|
|
SASTRE.-
(Entre poético y
filosófico.) Somos como una espuma del
teatro. El teatro son ellos.
|
|
SOMBRA.-
¿Quiénes son ellos?
|
|
SASTRE.-
Ahora los programadores, los directores y, en cierto
modo, los actores. Nosotros somos unos meros huéspedes, a
veces gentilmente aceptados, a veces rechazados, a veces
simplemente olvidados en los libros en los que fueron editados sus
textos. ¿Quién conoce hoy, en los teatros, a un autor
tan grande como Eugene O'Neill? ¿O a Henri René de
Lenormand? ¿O a Ernst Toller?
|
|
SOMBRA.-
Pero hay una minoría de autores
«eternos», digámoslo así, que siempre son
elevados a los escenarios: Molière, Shakespeare, Lope de
Vega. En cuanto a ti, jefe, ya deberías estar acostumbrado a
no existir.
|
|
SASTRE.-
También es verdad.
|
|
SOMBRA.-
Acuérdate de cuando apareció una lista
de los cincuenta autores españoles «de interés
cultural», y tú no figurabas en ella. O de cuando
alguien hizo una historia sobre la presencia de las tabernas de
Madrid en el teatro español, y su autor se olvidó de
tu taberna fantástica.
|
|
SASTRE.-
Efectivamente, yo estoy acostumbrado a no existir, y
al teatro español vuelvo a decirle hoy como ya hice ayer:
Anda y que te zurzan.
|
|
SOMBRA.-
¿Y al teatro vasco no le dices nada?
|
|
SASTRE.-
No hay un teatro vasco, hoy por hoy. Lo que hay es
una sucursal del teatro madrileño, que a su vez es una
sucursal de los grandes éxitos que se producen en las
metrópolis culturales europeas y norteamericanas.
Aquí, en esta península, hay, eso sí, y
excelente, un teatro andaluz (La Zaranda, La Cuadra...), y un
teatro catalán (La Fura dels
Baus, Els
Joglars...), y pare usted de contar. Lo demás
son imitaciones y vacío, una seudocultura, el producto de
una colonización.
|
|
SOMBRA.-
Igual tienes razón, maestro. También es
posible, por lo que yo misma -una sombra enamorada de usted, jefe-
he observado que haya desaparecido del mapa, al compás de
los tiempos, aquella especie humana que se llamaba el «autor
consagrado» cuyas obras eran siempre representadas, al menos
durante el devenir de su vida personal. Era todo un status que
acorazaba al autor que lo conseguía contra el olvido
inmediato y aún durante algunos años más,
posteriores a su muerte.
|
|
SASTRE.-
En realidad, lo que hoy ha desaparecido -porque han
desaparecido los grandes autores- es la noción de
«gran autor». No hay grandes autores. La escritura
dramática es particularmente desdeñada y ya no se
escriben «dramas» -si se escriben, es como si no se
escribieran- sino «guiones» para espectáculos.
Ha ocurrido que, en lugar de conquistar los guiones
cinematográficos una calidad de obras literarias
análoga a la de los dramas (lo que parecía que iba a
ocurrir, y llegaron a editarse los guiones cinematográficos
como obras literarias), se ha rebajado la calidad de estos -de los
dramas- a la de meros guiones que se usan y que, una vez usados en
el trabajo de los escenarios, de los platós, se pueden tirar
tranquilamente.
|
|
SOMBRA.-
Algo así hay, jefe, algo así hay. Y
dejémoslo aquí, que, aaahhh, me ha dado
sueño.
|
|
SASTRE.-
Duerme, duerme, negrita.
|
|
SOMBRA.-
Le quiero mucho, jefe. (Se quedan
dormidos, abrazados, Sastre y su sombra.)
|
|
junio, 2005
|