Selecciona una palabra y presiona la tecla d para obtener su definición.
Anterior Indice Siguiente



  -[64]-     -[65]-  

ArribaAbajoSegunda parte


ArribaAbajo- I -

Véanse ahora los artificios que en la conducta del Marqués de Feramor determinaba su segunda naturaleza, el ser urbano y correcto, pues el impulso adquirido le llevó a distancias considerables de su verdadera índole interna, petrificada en el egoísmo. Aquella noche y las siguientes, platicando en su tertulia con las personas graves de ambos sexos que a ella concurrían, indicó con discreta jactancia su propósito de coadyuvar a las empresas religiosas de su hermana la Condesa. Verdad que todo esto era de dientes afuera. Hay que manifestar que le incitaba a la expresión de tales ideas y otras semejantes la atmósfera que reinaba en su tertulia, y que no era más que una prolongación del ambiente total. Porque en aquellos días, que no están muy lejanos, había venido sobre la sociedad una de esas rachas que temporalmente la agitan y conmueven, racha que entonces era religiosa, como otras veces ha sido impía. El fenómeno   -66-   se repite con segura periodicidad. Vienen vientos diferentes sobre la conciencia pública a veces como una moda de exaltaciones democráticas; a veces la moda del ideal contrario. En literatura también vienen y van ventoleras furibundas, que harían grandes estragos si no pasaran pronto. Sopla a veces un realismo huracanado que todo lo moja; a veces un terral clásico que todo lo seca.

La religión no se libra de esta elasticidad atmosférica, que en cierto modo es saludable, dígase lo que se quiera. Vienen altas presiones de indiferentismo; siguen otras de piedad. En los días a que me refiero, la racha religiosa venía con fuerza, y en los salones de Feramor se arremolinaba furibunda. Hablábase con preferencia de Roma y del Santo Padre; a cualquiera se le ocurrían frases felices para ridiculizar a los incrédulos, o para encomiar las hermosuras del simbolismo cristiano y de las artes auxiliares del culto; otros señalaban decadencia, síntomas de ruina moral en los países protestantes. Sostenían estos la frecuencia de las conversiones al catolicismo, y aquellos recordaban con encarecimiento las vidas de santos y fundadores, encontrándolas más bellas que las de los héroes de Plutarco. Se proyectaban viajes en cuadrilla para admirar catedrales y huronear monasterios derruidos, y los aficionados a la   -67-   estética reconocían más talento en los escritores ortodoxos que en los impíos o indiferentes. Algunos que nunca fueron beatos, enseñaban bajo la mundología una punta de oreja pietista, y los que lo eran se crecían y amenazaban comerse el mundo. De fuera, por el vehículo de la prensa, que siempre ha sido extraordinariamente sensible a estas mudanzas atmosféricas, venía la racha, empujando más cada día, porque los periódicos tachados de librepensadores y que lo eran realmente, al llegar Semana Santa, salían con todas sus columnas abarrotadas de una santurronería que habría hecho palidecer de ira a los progresistas de hace treinta años. Las señoras, naturalmente, aventaban más y más la racha con el aire de sus abanicos y con el aliento de su apasionada fraseología, hasta conseguir que se hinchara como tromba. Ignoraban que cuando se apaciguaran aquellos vientos, vendrían otros con nuevas ideas y pasiones nuevas.

Pues bien, en una atmósfera densa de revindicaciones4 religiosas, vertía el Marqués de Feramor sus ideas artificiales, que se llaman así para diferenciarlas de las ideas verdaderas, encerraditas muy adentro, lejos del histrionismo seco de la buena educación. Se esforzaba en mostrarse contento por auxiliar a su hermana doña Catalina en las formidables empresas cristinas que acometería muy pronto. ¡Oh, como   -68-   representante de las clases directoras, él estaba obligado a contribuir a cuanto favoreciera los grandes intereses espirituales de la sociedad! No todo había de ser fomentar obras públicas, y defender como artículo de fe la asociación mercantil. Había que mirar al más allá, enseñar a las clases proletarias el olvidado camino del Cielo, y preparar la vuelta de los grandes ideales. De este modo daba alimento a su vanidad, preconizando en público lo que en su fuero interno detestaba, y hacía propósito de sacar partido de lo que tan contra su voluntad se fraguaba, en el piso segando de su casa, entre la testaruda Condesa de Halma y el complaciente D. Manuel Flórez.

Los concurrentes a su tertulia se veían obligados a mayores alabanzas que las que constantemente le tributaban por su sentido inglés, y su desprecio de las exageraciones. A excepción del Conde de Monte-Cármenes, equilibrista incorregible, que se ponía siempre en un justo medio muy cómodo, equidistante del misticismo y de la impiedad, los amigos de Feramor le veían con gusto en aquel camino. Naturalmente, los hombres de capacidad intelectual y pecuniaria como él, estaban obligados a dar vigor al poder público, vigorizando el resorte religioso. El Marqués de Cícero no podía contener su entusiasmo; Jacinto Villalonga, que al   -69-   conseguir la senaduría vitalicia se había constituido en adalid de los grandes principios, deploraba no ser rico para ayudar a la Condesa de Halma en sus empresas espirituales, que eran lo mismo que una gran batalla dada a las revoluciones; los Trujillos, los Albert y Arnaiz, de la nobleza frescachona, opinaban que los títulos debían ponerse al frente del movimiento de regeneración; el Conde de Casa-Bohío, Tellería de nacimiento, casado con una cubana rica, declaraba su conformidad y aprobación entusiasta... en nombre de Europa y América. El general Morla no hacía más que repetir y confirmar sus ideas de toda la vida. Severiano Rodríguez cerdeaba un poco; pero sin lanzarse resueltamente a la oposición, porque su urbanidad se lo vedaba.

Pero el que con mayor vehemencia y aspavientos más enfáticos hizo la apología de los intereses espirituales, fue un tal José Antonio de Urrea, primo del Marqués, parásito en la casa por temporadas, hombre inconstante, ligero y de dudosa reputación. Más joven que Feramor, algo se le parecía en lo físico, en lo moral poco, porque era la cabeza más destornillada de la familia, y la mayor calamidad que pesaba sobre ella. El Marqués le profesaba una antipatía que a veces era mortal odio, y había hecho los imposibles por mandarle a Cuba, a Filipinas,   -70-   al fin del mundo, y librarse de sus furiosas acometidas en demanda de socorros pecuniarios. Las adulaciones del dichoso pariente le sacaban de quicio, porque tras ellas venía siempre el golpe inexorable.

Verdaderamente, José Antonio de Urrea era más desgraciado que perverso. Huérfano en edad temprana y sin patrimonio, no tuvo quien le mandase a estudiar a Inglaterra ni a parte alguna. Los parientes ricos quisieron darle carrera; empezó sucesivamente tres o cuatro, Infantería, Montes, Administración Militar, Telégrafos, y no llegó ni a la mitad de ninguna. A los veintidós años, fue preciso conseguirle un destino. Feramor contaba por centenares los viajes al Ministerio para pedir la reposición o el traslado. Ello es que le echaban de todas las oficinas, porque, o no iba, o iba arde, y no hacía más que fumar, dibujar caricaturas y enredar con los compañeros. Abandonado de sus parientes, dedicábase a desconocidos negocios. Veíasele algún tiempo bien vestido, gastando en coche y teatros, sin que nadie supiese de dónde salían aquellas misas. Tras un largo período de eclipse, aparecía mi José Antonio hecho una lástima, enfermo, roto, muerto de hambre; pero con ideas de un gran negocio, que estudiaba y que seguramente sería su salvación. Feramor y su mujer, la Duquesa de Monterones y su marido   -71-   le compadecían, y haciéndole prometer la enmienda, se dejaban expoliar. El pícaro se valía de mil graciosas artimañas para conquistar los de las señoras; on el socorro que recogía restauraba su ropa o la hacía nueva, y allá le teníais otra vez de punta en blanco, día y noche, de servilleta prendida, y amenizando las tertulias con su fácil ingenio.

Su inconstancia no era inferior a su desvergüenza: a veces desaparecía de las casas de Feramor y Monterones, y parasiteaba en otras, donde sin duda le pagaban con el plato sus amenidades, que no siempre eran de buen gusto. Ello es que en la mesa y tertulia de la parentela pagaba el trato con una adulación asfixiante, y en las casas ajenas se vengaba de la humillación recibida hablando mal de su familia, ridiculizando el anglicanismo de su primo, las vanidades de la Marquesa y de Ignacia Monterones. Tras esto solía venir otro largo chapuzón en obscuridades desconocidas, para resurgir luego arrepentido, implorando misericordia. En cuanto su primo le veía con el incensario en la mano, se echaba a temblar, porque las lisonjas eran siempre precursoras de un golpe despampanante con el mandoble, que manejaba como nadie. Y así, cuando le vio tan entusiasta de los ideales religiosos, el Marqués se dijo: «Este viene armado esta noche. Preparémonos».

  -72-  

En efecto, aprovechando una ocasión propicia, José Antonio le asaltó en un ángulo del billar, y allí, con alevosía, premeditación y ensañamiento, descargó sobre su cabeza el filo cortante, quedándose el Marqués tan aturdido del tremendo golpe, que no supo contestarle. El terrible sablista mostrose muy animado con la esperanza de un seguro negocio, para el cual reunía el capitalito necesario, y sólo le faltaba una cantidad, una miseria, que su primo, su querido primo, su opulento primo y Mecenas le facilitaría al día siguiente... si podía ser por la mañana, mejor.




ArribaAbajo- II -

«¿Pero tú estás loco? ¡Que te dé mil pesetas! -le dijo la víctima poniéndole la mano en el pecho, y apartándole de sí como un peso que se le venía encima-. ¡Vaya una historia! ¿Negocios tú...? Y qué es, ¿se puede saber?».

-Un negocio editorial, pero seguro, Paco, tan seguro, que ganaré con él en poco tiempo, unos cuantos miles de duros.

-Echa por esa boca. La historia de siempre. ¿Y con mil pesetas estableces una casa editorial?

-¿No me has oído? Tengo más; pero me falta ese pico.

  -73-  

-Lo que a ti te falta es vergüenza -respondió el Marqués, que ante aquella calamidad de la familia se veía privado hasta de su buena educación-. Déjame en paz, o te echo de mi casa.

-Bueno, no es motivo para que te enfades. Me niegas el auxilio que yo, pobre industrial, vengo a pedirte. Y luego me decís: «Trabaja, trabaja, sé hombre, sienta la cabeza». Pues señor, siento la cabeza, me descrismo trabajando; pero ¡ay!, la pícara ley económica se interpone... ¿El capital dónde está? Lo busco; encuentro parte; voy a mi opulento primo a que me lo complete, y mi opulento primo me echa de su casa, me condena a la miseria, me ata las manos... Bien, Paco bien... Siempre te querré, y te respetaré siempre...

-¡A fe que están los tiempos para poner dinero en empresas editoriales..., precisamente cuando hemos convenido en dedicarlo a las espirituales!

-Tú puedes atender a todo. Estás en el deber de fomentar lo de Dios y lo del César.

-Sí, sí, con la saca que me espera estos días. ¿Sabes que tengo que dar a mi hermana...?

-Lo sé. Le das lo suyo.

-Pero...

-Convenido; tu hermana está loca.

-Habla con más respeto.

  -74-  

-Loca perdida. Locura sublime, si quieres. Yo que tú, no le daba un cuarto. Lo sublime deja de serlo en cuanto le pones dinero encima. Dame a mí lo que te pido, que estoy bien cuerdo y bien pedestre, con mi trabajito metódico, y mis hábitos de hombre previsor y ordenado.

En efecto, dígase porque es verdad, el pobre Urrea llevaba medio año de vida totalmente contraria a la que le diera fama tan triste. Había conseguido dar forma práctica a su habilidad para la fotografía, y asociándose con un industrial muy activo, hizo una excursión por las provincias andaluzas, y se trajo una colección de clichés de monumentos, que le valieron algunos cuartos. Esto le alentó. Fundó un periódico, estudiando la Cincografía5 y el Heliograbado; pero la endeblez de la parte literaria hizo fracasar la publicación. Con nuevos elementos intentaba la creación de otro semanario ilustrado, esperando obtener considerables ganancias, y juntaba dinero para el material indispensable, y para los primeros gastos. El impresor le exigía, a más del papel, una cantidad en fianza para responder de la composición y tirada de los dos primeros números. Hablando de estas materias, metiéndose de lleno en la explicación técnica del negocio por ver si ablandaba a su primo, afiló más el arma, llegando a fijar en dos mil pesetas la suma que necesitaba.

  -75-  

-¡Dos mil!

-Sí, y tú me las vas a dar. Eres mejor de lo que tú mismo crees.

-No; si yo me tengo por inmejorable. Por serlo, no te doy las dos mil pesetas: sería lo mismo que tirarlas a la calle... Oye: una cosa se me ocurre. Pídeselas a mi hermana, que ahora tiene dinero, o lo tendrá pronto, y según dice D. Manuel, lo dedica al socorro de la miseria humana. Claro que tú, con tu flamante industria editorial, estas comprendido en esa humanidad miserable, a la cual piensa Catalina redimir.

-Pues mira tú, no es mala idea... ¡Ah!, tu hermana es una santa, una heroína cristiana. Yo la admiro, y siempre que la veo, me dan ganas de arrodillarme delante y rezar... Mi palabra de honor... Pues sí, ¡famosa idea!

-Hazle comprender que la protección a las industrias nacientes y a los hombres emprendedores y formales como tú, debe contarse entre las obras de misericordia, y que la caridad empieza por la familia... ¿entiendes? ¡Quién sabe, hombre, quién sabe si...!

-No lo tomes a broma, que bien podría... Se intentará, hombre, se intentará, Catalina es realmente un ángel, y sus desgracias le dan una extraordinaria penetración para comprender las ajenas. Bien mirado el asunto, debe comenzar   -76-   su campaña caritativa por mí, el más desgraciado de la familia, más que ella seguramente, más, más. Y creo que, en conciencia, bien puedo pedirle tres mil pesetas.

-Sí... sube, hijo, sube.

-Pero ¡ay! -exclamó Urrea desalentado súbitamente, llevándose la mano al cráneo-, no me acordaba de... ¡Ay, no puede ser, Paco de mi alma, no puede ser! ¡Qué tontos tú y yo! Claro que dejándose llevar mi prima de su magnánimo corazón, no habría caso. Pero como el que gobierna en su voluntad es ese congrio de D. Manuel... Figúrate.

-No te permito hablar así de nuestro dignísimo amigo.

-Perdóname... No le ofendo. ¡Triste de mí! ¡Cuando digo que la mayoría de los males que afligen a la humanidad son de un origen eclesiástico...! ¡Ah!, pues si yo cogiera libre a mi prima, quiero decir, en el libre ejercicio de su misericordia, créete que mis cuatro mil pesetillas no habría quién me las quitara. Mi palabra...

-Veo que si no te las dan pronto, acabarás por pedir un millón.

-Se me ocurre una idea... Quizás podríamos... Hay que verlo. ¿Puedo contar contigo?

-¿Conmigo?, ¿para qué?

  -77-  

-Para apoyarme, en caso de que ese reverendísimo percebe informe, como parece natural, en contra de mi pretensión.

-Yo... ¿Cómo?

-Diciéndole a la señora Condesa de Halma que ya no soy lo que era, que me he corregido, que trabajo, que con mi pequeña industria doy de comer a multitud de familias indigentes, en fin, que defiendo a raja tabla los grandes ideales cristianos, y que sería obra de caridad muy meritoria auxiliarme con cinco mil...

-¡Calla, hombre, calla! Yo no puedo apoyarte. Creerán que me he vuelto loco. En todo caso, demuéstrame que tus propósitos de enmienda son verdaderos, y tus planes de trabajo cosa seria y decisiva.

Dijo esto el Marqués, pasando al salón próximo, como si por la fuga quisiera librarse de mosca tan importuna; pero el pariente pobre le seguía, cosido a sus faldones, desplegando la pertinaz voluntad de esos caracteres que no desmayan hasta no conseguir lo que se proponen. Minutos después, Feramor se sentó en un diván para hablar de política con Manolo Infante. El parásito hubo de agregarse con oficiosidad pegajosa; la conversación rodó insensiblemente hacia el terreno periodístico, y al instante Urrea se dejó caer con esta indirecta: «Como yo consiga echar a la calle mis Sabatinas, verán ustedes.   -78-   Cosa nueva, la actualidad presentada con arte y chic, precio fenomenal, digo, baratísimo; la parte literaria de primera, la heliografía ídem de lienzo, en fin, un negocio que sólo espera un poquitín de apoyo para enriquecer a alguien. El primer número, que ya está preparado, lo dedico al célebre apóstol de nuestros tiempos, el gran Nazarín, de quien presento noticias estupendas, la biografía completa, retratos de él y sus discípulas...».

-Pero ese Nazarín, ¿qué es? -preguntó el Marqués a Manolo Infante-. Ya nos trae locos la prensa con la dichosa cuadrilla nazarista, y el proceso, y las interviews... ¿Le has visto tú?

-No necesito verle -replicó Infante-, para pensar, como tu primo, que es el pillo más ingenioso que ha echado Dios al mundo.

-Poco a poco -dijo Urrea con el desparpajo que gastar solía, para desmentirse-. Yo no pienso tal cosa.

-Hace un rato nos contabas a Severiano y a mí que le habías visto, y charlado con él y sus compañeras, y que le tenías... son tus palabras... por un impostor vulgarísimo.

-¿Eso dije?... Vamos, os revelaré todo el intríngulis de mi diplomacia. Por desorientaros a ti y a Severiano os dije la opinión corriente y vulgar, reservando para mi público la novedad, la sorpresa. Yo presento a Nazarín como resulta   -79-   del sondeo que he hecho de su carácter, visitándole en el hospital uno y otro día.

-Y opinas que es un santo. Pues eso no es nuevo, porque no ha faltado quien lo haya sostenido ya.

-Pero no presentan los elementos de prueba que presentaré yo. Es un hombre extraordinario, un innovador, que predica con actos, no con palabras, que apostoliza con la voluntad, no con la inteligencia, y que dejará, no se rían ustedes de lo que afirmo, un profundo surco en nuestro siglo.

-¡Pero si nos has dicho hace media hora que ni siquiera es loco, sino un aventurero que se hace el demente para vivir sobre el país!

-No me convenía hace media hora decirte mi verdadera opinión. En diplomacia y en industria es permitido el engaño. Antes no me convenía propagar la verdad; ahora me conviene.

-A este le entiendo yo mejor que nadie -dijo Feramor riendo-. Tiene sus planes, persigue su negocio, y repentinamente, un cambio atmosférico le hace cambiar de rumbo para llegar más pronto a donde se propone. Es muy astuto mi primo, y ahora quiere ponerse a bien con los que dedican su dinero a los eternos ideales, a las campañas de la caridad evangélica. ¿Es esto, sí o no? Y a propósito, Manolo, ¿sabes tú   -80-   de alguien que quiera tomar parte en una empresa editorial, con tendencias religiosas, nota bene, con tendencias religiosas, haciendo un pequeño sacrificio de seis mil pesetas?

-Poco a poco... -dijo con viveza José Antonio-. La participación en los beneficios no puede darse sino aportando al negocio siete mil pesetas.

Feramor e Infante rompieron a reír, y el otro, sin cortarse ni abandonar el campo de su formidable sport, prosiguió de este modo:

«A reír, a reír... Ya veremos quién se ríe el último. Y volviendo a mi héroe, les enseñaré algunas pruebas de las diferentes fotografías que he podido sacarle en el Hospital... También tengo las de sus compañeras. Verán».

Echando mano al bolsillo, mostró distintas pruebas fotográficas, obra suya, las cuales fueron examinadas con intensa curiosidad por las distintas personas que al instante formaron grupo.

«¿Con que este es el famoso Nazarín?... A ver, a ver...».

-Digan ustedes si cabe en lo humano un rostro más inteligente.

-Parece moro.

-Lo que parece es una figura bíblica.

-¿Y esta mujer...?

-Vean, vean esa cabeza, y díganme si la impostura   -81-   puede llegar jamás a esa ideal belleza.

-Bonito perfil. Pero aquí hay retoque.

-Más que la Beatrice del Dante, parece un Dante joven.

-Digan que es una pitonisa, con la inspiración pintada en sus ojos.

-O una Santa Clara.

-Eso no; no es figura medieval, es bíblica.

-Del Antiguo Testamento. No confundir...

-¿Y este? ¿Qué mico es este?

-Esa es Ándara... la monstruosa, porque en su rostro hay un guiño del infierno y otro del Cielo...

-¡Ándara!... ¡Jesús, qué endiablada fisonomía!

-Todo es extraño, sublimente enigmático y misterioso en esa familia, o dígase tribu... Pero fíjense, fíjense bien en la cara de Nazarín. ¿Es Job, es Mahonia, es San Francisco, es Abelardo, es Pedro el Ermitaño, es Isaías, es el propio Sem, hijo de Noé? ¡Enigma inmenso!

Desembuchaba estos calurosos encarecimientos el bueno de Urrea, como un viajante que enseña las muestras de los artículos que ofrece al comercio. Y en tanto, las fotografías corrían de mano en mano. Las señoras principalmente las arrebataban, y ponían en ellas su atención con una curiosidad intensísima, insaciable, febril.



  -82-  

ArribaAbajo- III -

«Pero, amigo Urrea -dijo el Marqués de Cícero con sinceridad infantil-, esto debe publicarse».

-Se publicará.

-¿Y el texto... cosa buena?

-¡Ah!...

-Pero es tan considerable el gasto -dijo Feramor-, que la empresa que ha tomado a su cargo la propaganda nazarista, solicita una subvención de ocho mil pesetas.

-¡Oh!... No has exagerado, querido primo -manifestó Urrea-. Y también te aseguro, palabra de honor, que para hacerlo bien, a la altura del asunto, no vendrían mal nueve mil.

-Chico, más vale que llegues de una vez a la cifra redonda: dos mil duros.

-Para mil cosas baladís han dado eso, y mucho más, Mecenas que yo conozco. Palabra que sí. Lo que se pretende ahora está circunscrito dentro de los términos de una modestia casi inverosímil: diez mil pesetas. ¿Qué menos?

-No me parece mucho. Que se las dé a usted el Gobierno.

-O pedirla a las Sacramentales -dijo Manolo Infante-, que tienen la contrata de la conducción a la vida inmortal.

  -83-  

-Mejor a las empresas funerarias, porque el nazarismo hace propaganda de la muerte.

-Pues yo que usted, Urrea -indicó una dama que sabía tomar el pelo con suave mano-, pediría la subvención al gremio de constructores de imágenes y de pasos para la Semana Santa.

No se acobardaba el ingenioso aventurero por la rechifla graciosa con que los amigos de la casa acogían sus proyectos; antes bien, hallábase excitado, sentía en su mente audaces iniciativas y una pasmosa fecundidad de recursos para trabajar en aquel negocio. La idea sugerida por Feramor era felicísima. ¡Ah, si él pudiera maniobrar en terreno libre, es decir, en el bondadoso corazón de su primal! Pero aquel intruso y pegadizo. D. Manuel Flórez, tamiz por donde pasaban todos los pensamientos y actos de Catalina de Halma, le desconcertaba, infundiéndole la tormentosa duda del éxito. Para discurrir a sus anchas sobre problema tan difícil, necesitaba estar solo, aguzar su ingenio hasta lo increíble, prepararse, en fin, con todo el aparato de artimañas y sutilezas que, en su larga experiencia de aquella esgrima, le habían dado tantas victorias. Despreciando las burlas de que era objeto en casa de Feramor, salió de allí presuroso, sin despedirse de nadie; contra su costumbre, se fue a su casa, y en su reducida alcoba   -84-   se encerró a meditar el plan de ataque, tratando de prever las posiciones del enemigo para escoger bien el palmo de terreno en que embestirle debía. Al meterse en la cama, con los pies fríos y la cabeza caliente, se dijo: «No hay que achicarse: la timidez será mi fracaso. Concretando mi honrada petición a dos mil duros, podrían creer que es para vicios. Para que vean que es un negocio serio, un asunto en que median los grandes intereses del espíritu humano, necesito correrme a tres mil».

Durmiose a la madrugada, y si al principio soñó que D. Manuel Flórez, al oír su demanda, le disparaba a quemarropa un cañón Hontoria, su sueño fue después optimista y placentero, porque se vio abrazado tiernamente por el dicho Flórez, mientras Catalina sacaba del vargueño una arqueta gótica, y de ella muchos fajos de billetes de Banco, de los cuales daba una parte a Nazarín y otra a él; y como Nazarín era todo abnegación y menosprecio de los bienes terrestres, le regalaba su parte sin mirarla siquiera. El movimiento pudoroso del apóstol mendigo al coger el dinero, prevaleció en la mente de Urrea aún después de haber pasado de aquel sueño a otro bien distinto. Soñó que con parte de aquel numerario compraba una mina de hierro, que en poco tiempo le daba rendimientos fabulosos; con las ganancias de la mina compraba   -85-   dos manzanas de casas, y mucho papel del Estado, y negociando por alto, llegaba a hacerse dueño de toda la red de ferrocarriles de España... aquí que no peco... y de Francia o Inglaterra... Y todas estas, Nazarín apartando de sí la resma de billetes con apostólica repugnancia.

Al romper el día, mientras cosas tan inauditas pasaban en el cerebro de un hombre dormido, D. Manuel Flórez, que vivía en la misma calle, frente por frente al soñador Urrea, salía de su domicilio. Fue con vivo paso a decir su misa, entretuvo después un par de horas en esta y la otra iglesia, y a eso de las diez se dejó caer en la casa de Feramor. Entrando sin anunciarse en el despacho del Marqués, que trabajaba con su administrador y apoderado, le dijo: «Querido Paco, quisiéramos que eso se ultimara pronto, si fuera posible, hoy».

-¿Pues no ha de ser posible? Hoy mismo, mi querido D. Manolo. Mucha prisa tiene la redentora por entrar en funciones.

-La miseria humana, hijo mío, es la que tiene prisa, el hambre humana, la sed y la desnudez humanas.

-Pues por mí no quede.

Terció el administrador, asegurando que ya estaba avisado el notario para preparar la documentación, y que si terminaba aquel día, en el   -86-   siguiente quedaría hecha la entrega de la legítima de la señora Condesa, parte en fincas o valores, parte en dinero contante.

-Perfectamente -dijo el buen sacerdote acariciándose una mano con otra-. Y ya que estás hoy de vena de amabilidad...

-¿Pero no se sienta, D. Manuel?

-No; me voy en seguida. Digo que ya que te encuentro en vena de concesiones, me atrevo a hacerte presente un antojito de tu hermana, cosa insignificante; verás...

-Acabe usted pronto, que ya empiezo a sentir escalofrío.

-¿Por qué, hijo de mi alma?

-Porque podría ser que para redimir a la pobrecita humanidad, no lo bastase su legítima, y en nombre del Dios Uno y Trino me pidiese también la mía... y podría suceder que usted se empeñase en que se la diera.

-Vamos, no bromees. Lo que te pide es que le adjudiques la torre de Zaportela, en Aragón. En esa casona destartalada pasó ella parte de su infancia con tu tía doña Rudesinda. Tiene recuerdos...; en fin, que para nada te sirve a ti ese nidal de lagartijas, y ella tiene el capricho de restaurarlo, y...

-Es que la casa de Zaportela y dos predios adyacentes se los tengo dados en usufructo a los Urreas, los tíos de este perdido de José Antonio,   -87-   pedigüeños insaciables como él, que practican la mendicidad por el terror. Si les echo de allí, son capaces de quemarme todas las casas que tengo en Aragón.

-Bueno, pues en vez de Zaportela, le darás el castillo de Pedralba en esta provincia, término de San Agustín; ya sabes... un caserón viejo, con una torre, y no sé qué ruinas de un monasterio cisterciense... Con que no hay que vacilar, hijo mío, y agradéceme que abra anchos horizontes a tu generosidad. Eres un ángel, y el perfecto tipo del caballero cristiano.

-Basta, basta. No necesita usted emplear la lisonja para desbalijarme. Eso se arreglará. Particípele usted a su discípula que no llore por el castillo. Pedralba será suyo.

-Se lo participarás tú, porque yo no subo hasta la tarde -dijo Flórez mirando su reloj-. Tengo mucha prisa. A las once he de ver al señor Vicario; y a las doce me esperan en Gracia y Justicia para ir a la Nunciatura... Bueno, señor, bueno.

-¿Qué más?

-Nada más. ¿Te parece poco?

-Creí que me iba usted a pedir el coche para todos esos viajes.

-No pensaba pedírtelo; pero lo tomo si me lo das. Está Madrid perdido de barros. Bueno, señor, bueno.

  -88-  

Poco después salía gozoso y vivaracho el buen D. Manolo, y en el portal, ¡zas! José Antonio de Urrea que entraba. Quedose el joven como quien ve visiones, y no acertaba a saludar al respetable limosnero de la casa.

«¡Pepillo, dichosos los ojos...! ¡Ven acá, hijo mío, dame un abrazo! -le dijo el clérigo con efusión-. ¿Pero qué tienes? Te has puesto pálido. ¿Estás enfermo...? Tiemblas».

-No señor... La emoción... Cabalmente venía pensando en usted -replicó Urrea besándole la mano-. ¿Cree usted que ver, después de tanto tiempo, a este amigo venerable, a este ángel tutelar de toda la familia, no es cosa que impresiona...?

-Calla, calla, zalamero.

-Deme usted a besar otra vez esas manos.

-Basta, basta. Ya sé, ya sé que estás muy corregido. Sé que trabajas, que has sentado la cabeza. Ya era tiempo, hijo mío.

-¿Quién se lo ha dicho a usted? -preguntole Urrea con cierta alarma, temiendo las ironías de su primo Feramor.

-Me lo han dicho... ¿A ti qué te importa? Tus primas, las de Hinestrosa me lo han dicho, ea.

-Soy otro hombre. ¡Y que bueno es ser bueno, D. Manuel! ¡Qué hermosura es una conciencia tranquila, una pobreza honrada, y una conducta   -89-   normal, ordenada y perfectamente correcta! ¡Qué descanso la pureza de las intenciones, la sujeción de los deseos, la adaptación de nuestros goces a la medida de la realidad! ¡Qué consuelo tan grande vivir en armonía con todo el mundo, y sentirse querido, respetado!...

-Sí, hijo mío, sí.

-Verdad que mi vida es azarosa, pues no puedo prescindir de ciertos hábitos de decencia, y careciendo de bienes de fortuna, el pan de cada día, mi queridísimo D. Manuel, representa para mí esfuerzos hercúleos.

-Dios bendecirá tu trabajo. Adelante por ese camino. Persiste en tus ideas; ten constancia, valor, confianza en ti mismo.

-Así lo haré. Descuide.

-¿Vas a ver a Consuelo?

-No, voy a visitar a Halma.

Con esta brevedad familiar, Halma, nombraba comúnmente el parásito a su prima.

«Bien, bien. ¡Acompañar a los desgraciados, endulzar su tristeza con palabras de consuelo! La pobrecita te lo agradecerá mucho. Hazme el favor de decirle que no puedo ir hasta la tarde... ¡ah!, y que eso, ya sabe lo que es, quedará ultimado mañana. Anda, anda, hijo mío. Y que el Señor te conserve en esa buena disposición. Adiós...».

Volvió a besarle la mano, y después de acompañarle   -90-   a entrar en el coche, subió el gran Urrea, más que gozoso, ebrio de entusiasmo y felicidad, porque las cosas se lo deparaban mejor de lo que en los desenfrenos de su optimismo hubiera podido imaginar. Primer golpetazo de la suerte: encontrarse a D. Manuel Flórez en aquel pie de increíble benevolencia, enterado ya de sus nuevas costumbres laboriosas. Segundo golpetazo: saber que hasta la tarde no iría el susodicho a la débil fortaleza, amenazada de un terrible asedio. Cierto que el enemigo podía presentarse a última hora con un socorro formidable, ideas y autoridad de refresco; pero también podía suceder que llegase tarde, y que, arrancada por el sitiador una promesa, la egregia dama no tuviera más remedio que cumplirla. El hombre se creció moral y hasta físicamente al subir la escalera, derecho al cuarto segundo. Se sentía impetuoso, audacísimo, invencible, y sobre todo grande, enorme. Creía tocar con su cabeza en el tramo alto de la escalera, y que las puertas no tenían bastante hueco para darle entrada. Sin duda la Providencia Divina se ponía de su parte. ¡Qué bien había hecho aquella mañana en rezar al Padre Eterno, a la Virgen y a San Antonio bendito, implorando su eficaz auxilio! ¡Qué diantre! ¿No era él un pobre, no era un triste, un mísero? ¿Pues qué hacía más que pedir una limosna, y proporcionar   -91-   a las buenas almas el ejercicio de la más hermosa de las virtudes, la caridad?

«Fuera timideces, fuera mezquindades que podrían comprometer el éxito -se dijo al traspasar la puerta, soberbio y arrogante, como un campeón que anhela engrandecer los peligros para que sea mayor la gloria de vencerlos-. Allá van los hombres valientes. Le pido... pst... veinte mil pesetas».




ArribaAbajo- IV -

Siempre que entraba D. Manuel, después de larga ausencia de medio día o día entero, en el cuarto de su noble amiga la Condesa de Halma, engontrábala sumergida en una melancolía profunda y tenebrosa, como nadadora que bucea en una cisterna. Abierto sobre la falda el libro de la Ciudad de Dios, de San Agustín, o alguna otra obra mística; apoyada la mejilla en la mano derecha, el codo del mismo lado sostenido en la mano izquierda y esta en la rodilla derecha, que se elevaba por tener el pie sobre un taburete, parecía un Dante pensativo, revolviendo en su mente los círculos negros del Infierno, o los luminosos del Paraíso. Viéndola en tales tristezas negada, silenciosa y ceñuda, procuraba D. Manuel alegrarle los ánimos con su grata conversación, y unas veces lo conseguía y otras no.   -92-   Pues aquella tarde ¿cual no sería la sorpresa del simpático Flórez al encontrar a su ilustre amiga en un estado de inquietud placentera? No daba crédito a sus ojos viéndola en pie, corriendo de un lado a otro de la estancia, como si arreglara y pusiera en orden los libros y objetos de devoción que en varios estantillos tenía. Y lo más extraño era que en su rostro resplandecían la animación, la vida. Sus ojos, siempre apagados, brillaban con fulgor de fiebre; sus mejillas, siempre macilentas, habían tomado un rosado tinte, como si volviera de un paseo por el campo, harta de sol y de aire.

«¿Qué tiene usted, mi noble y santa amiga? -le preguntó el sacerdote-. ¿Qué le pasa?».

-Nada, no me pasa nada. Estoy contenta. ¿Esto es pasar algo?

-Sí... Me alegro mucho de verla tan gozosa. No conviene dejar caer el espíritu en la tristeza. La virtud es por naturaleza alegre, y la conciencia pura se regocija en sí misma...

-Siéntese usted si gusta, y déjeme a mí en pie. Siento una inexplicable necesidad de andar, de moverme. De repente, la quietud ha empezado a serme molesta.

-La he recomendado a usted un ejercicio prudencial. La virtud no requiere precisamente la postración sedentaria, que hasta puede llegar a ser un vicio y llamarse pereza.

  -93-  

-Y ahora me preguntará usted el motivo o razón de este contento que en mí observa.

-En efecto, señora mía, se lo pregunto a usted.

-Y yo le respondo que no lo sé; que no puedo explicar qué pasa esta tarde en mi alma. Veremos si llego a darme cuenta de ello. Y ahora, voy a interrogar yo. Dígame: ¿quién es Nazarín?

Quedose un rato suspenso el buen Flórez, y miró el rostro de la Condesa como quien quiere descifrar un obscuro acertijo.

«Pues Nazarín...» murmuró.

-¿Qué hombre es ese? ¿Le conoce usted?

-Sí señora.

-¿De ahora, o le conoce usted hace tiempo?

-Es un sacerdote, manchego, de mediana edad. Hace dos o tres años, no recuerdo bien la fecha, tuve ocasión de tratarle en la sacristía de San Cayetano. Pareciome un hombre excelente, de costumbres purísimas, humilde, de no común inteligencia, parco de palabras... Después me le encontré alguna que otra vez en la calle; hablamos. El infeliz parecía disgustado; revelaba una pobreza honda, sin quejarse de ella. Creí que su cortedad de genio y su extremada delicadeza le tenían en tal estado, y le aconsejé que se sacudiera, procurando adquirir un poco de don de gentes. Después le he visto   -94-   incluido en un proceso escandaloso, y su nombre arrastrado por la vía pública. Francamente, me supo muy mal que un sacerdote viniese a tal situación, ya fuese por debilidad de carácter, ya por verdadera malicia. Supe que estaba en el hospital, convaleciente de un tifus agudísimo, y, ¿qué cree usted?... me fui a verle. Yo soy así: me gusta enterarme por mí mismo. Le vi, hablamos largamente, y...

-¿Opina usted como casi todo el mundo, que es un pobre loco?

-Esa es la opinión general.

-Pero la de usted, la de usted es la que yo quiero saber.

-La mía no tiene importancia. Expertos facultativos le han examinado, profesores de enfermedades mentales y nerviosas.

-Pero usted tiene bastante entendimiento para no necesitar de los juicios ajenos para formar el suyo. Dígame lo que piensa, en conciencia, de ese hombre. ¿Es un pillo?

-Creo que no.

-¿Firmemente que no?

-Sostengo con plena convicción que no es un malvado.

-Luego, es un loco.

-No me atrevo a decir tanto.

-Luego, es un hombre de miras elevadas, un hombre que...

  -95-  

-Tampoco afirmo eso.

-Luego, usted no ha podido formar una opinión concreta.

-No señora, no he podido. Y, créame usted, ha sido para mí el tal Nazarín objeto de grandes confusiones.

-¿Cómo no me había hablado de eso, don Manuel?

-Porque no pensaba que tal asunto mereciera fijar la atención de la señora Condesa.

-¿Sabe usted que anda por ahí un libro que trata de Nazarín, en el cual se cuenta cómo salió a sus peregrinaciones, cómo encontró prosélitos, cómo realizó actos de verdadero heroísmo y de sublime caridad?

-He leído ese libro, que me regaló su autor, con una dedicatoria muy expresiva. Pero no me fío de lo que allí se cuenta, por ser obra más bien imaginativa que histórica. Los escritores del día antes procuran deleitar con la fantasía que instruir con la verdad.

-¿Puedo yo leer ese libro?

-Seguramente. Pero sin olvidar que es novela.

-Entonces prefiero otra cosa.

-¿Qué?

-Ver al propio Nazarín. El sujeto vivo dará más luz que una historia cualquiera, aun suponiendo que no fuese fantástica, y tan solo escrita   -96-   para entretenimiento de los desocupados.

-¿Ver a Nazarín? ¿Dónde?...

-En cualquier parte. En el hospital..., aquí.

-Eso me parece más grave. Con todo, no digo que no.

-Diga usted que sí, y acabaremos más pronto. Ahora, punto y aparte: hablemos de otra cosa.

-Pues a otra cosa -repitió Flórez, algo caviloso por el repentino salto de la tristeza al contento en el ánimo de la ilustre señora-. Ya sabe usted que mañana se hará la entrega de la legítima. Ya hemos salido de eso.

-¡Gracias a Dios! Mucho tengo que agradecer también a mi hermano -dijo Catalina sentándose algo fatigada, cual si sus excitados nervios entraran en sedación-. Si he de decirle a usted la verdad, veo con absoluta indiferencia la llegada de ese dinero a mis pobres manos.

-La persona que mira al cielo -dijo el cura entornando los ojuelos para ver mejor el rostro de su amiga-, se acostumbra mejor que otras a despreciar los bienes terrenales.

-Y respecto al empleo que debemos dar a ese capitalito, ya hablaremos despacio.

-Si no recuerdo mal, ya hemos hablado bastante. Convinimos en que usted fundaría, en pleno campo y lejos del bullicio, un instituto de caridad, con rentas propias...

  -97-  

-Y que antes, se reservaría una suma para repartirla entre los necesitados.

-Sí; pero eso es difícil, porque no tendríamos ni para empezar. La caridad debe hacerse con método, apoyándose en el criterio de la Iglesia, y favoreciendo los planes de la misma. No vale dar limosna sin ton ni son. Falta saber a quién se da, y cómo se da.

-¿Sabe usted, mi buen D. Manuel, que no entiendo bien eso?

-Se lo expliqué a usted con toda latitud ayer mismo.

-Pues lo he olvidado. Poro no hay que repetirlo. Ya lo comprenderé cuando tenga la cabeza más serena.

De repente, el buen clérigo se dio un golpe en la frente, como si quisiera matar un mosquito que le picaba, y exclamó: «¡Ah, ya caigo, ya, ya!».

-¿Qué?

-Nada, que mientras hablábamos, me devanaba yo los sesos pensando quién habría estado aquí hoy de visita. Y ahora me ha venido súbitamente a la memoria.

-Mi primo Pepe Antonio de Urrea.

-Le encontró en el portal: él entraba, yo salía. Me han dicho que es hombre corregido.

-Así parece... ¡pobrecillo! Me ha conmovido contándome sus apuros para ganarse la vida con un rudo trabajo.

  -98-  

-Y seguramente le ha pedido a usted dinero para sus empresas.

-Sí...

-Y le ha hablado a usted de Nazarín.

-Exactamente.

-Pero no puedo encontrar la relación entre Nazarín y los conflictos pecuniarios del descendiente de los Urreas.

-Le he prometido estudiar su petición, y resolverla de acuerdo con usted.

-Lo menos le habrá pedido a usted dos o tres mil reales.

-Algo más: cinco mil duros.

-¡Ave María purísima!... ¡San Antonio bendito!

-Crea usted que me reí, y desde que me habló de esto, empecé a sentirme alegre. Los apuros de un hombre por cosa que tan poco vale, como es el dinero, me causan alegría. Es como el rechazo de todo lo que yo he sufrido por el maldito dinero, en los días terribles en que me hacía tanta falta. Y ahora que en nada de mi propio interés puedo emplearlo, pues perdí el bien de mi vida, ahora que tengo bajo tierra los restos del que era mi único amor, y considero en el cielo su alma, me alegra el gemido de los que piden dinero con apremiante necesidad, y al ver que lo tengo, me alegro más. Experimento, créalo usted, como un secreto anhelo   -99-   de venganza..., sí, quiero vengarme de mi destino, que a tantas privaciones me sujetó, y tantas amarguras me hizo pasar... Y cuando se acerca a mí un desgraciado pidiéndome aquello que yo no pude tener cuando lo necesitaba, y que poseo ahora que no lo necesito...

-Se venga usted... negándoselo.

-No señor, dándoselo... Es una venganza en la cual confundo a mi destino y al mismo dinero, materia vil y despreciable, cuyo reparto no debe someterse a ninguna regla de orden y gobierno. Las leyes económicas de mi hermano me parecen una de las más infames invenciones del egoísmo humano.

-¿De modo que usted, señora mía, cree que para despreciar al dinero y castigarlo por su vileza, debe dárselo al primer loquinario que lo pide sin que sepamos en qué lo ha de emplear?

-Creo que el empleo final de la moneda es siempre el mismo, dese a quien se diere. Caiga donde caiga, va a satisfacer necesidades. El manirroto, el disipado, el vicioso mismo, lo hacen pasar a otras manos, que lo aprovechan en lo que debe aprovecharse. Lance usted un puñado de billetes a la calle, o entrégueselo al primer perdido que pase, al primer ladrón que lo solicite, y ese dinero, como van todas las aguas a los ríos, y los ríos al mar, irá a cumplir su objeto   -100-   en el mar inmenso de la miseria humana. Cerca o lejos, aquí o allá, con ese dinero arrojado por usted a la calle se vestirá alguien, alguien matará su hambre y su sed. El resultado final de toda donación de numerario es siempre el mismo.

-Señora mía -dijo D. Manuel un poco aturdido-. No seamos paradójicos..., no seamos sofísticos. Si usted me permite que la contradiga, que le llaga una demostración clara de su error en esa materia...

El hombre no podía expresarse bien. Estaba sofocadísimo, sentía calor, y se abanicaba con su teja.




ArribaAbajo- V -

«Por más que usted diga -prosiguió la Condesa-, yo creo que la limosna consiste esencialmente en dar lo que se tiene al que no lo tiene, sea quien fuera, y empléelo en lo que lo empleare. Imagine usted las aplicaciones más abominables que se pueden dar al dinero, el juego, la bebida, el libertinaje. Siempre resultará que corriendo, corriendo, y después de satisfacer necesidades ilegítimas, va a satisfacer las legítimas. ¡Dar a los pobres, nada más que a los pobres! Sobre que no se sabe nunca quiénes son los verdaderos pobres, todo lo que se da va a   -101-   parar a ellos por un camino o por otro. Lo que importa es la efusión del alma, la piedad, al desprendernos de una suma que tenemos y que otro nos pide».

-¿Y usted siente esa efusión del alma al dar a su primo el auxilio que solicita?

-Sí señor; la siento, porque veo tras su petición un mundo de necesidades abrumadoras, de martirios horribles, en que igualmente gimen el alma y el cuerpo. Veo la falta de alimento, la estrechez de la vivienda, la persecución de los acreedores, la vida angustiosa, llena de humillaciones y vergüenzas ocultas, la disparidad terrible entre los medios de existencia y el nombre retumbante que se lleva en el mundo. Yo creo que en mi primo son ciertos los propósitos de enmienda; pero demos de barato que no lo sean; admitamos que nos engaña, que es un perdido, un tronera lleno de vicios, entre los cuales descuella el de la postulación a diestro y siniestro. ¿Y qué hará usted para sacarle del infierno de esa vida? ¿Predicarle? Nada se conseguirá mientras no se lo ponga en condiciones de variar de conducta, y por más que usted se devane los sesos, no hallará otra manera de redención que darle lo que no tiene, porque su mala vida no es más que el resultado fatal, inevitable, de la pobreza.

-¿Según eso, señora mía -dijo el sacerdote   -102-   con cierta severidad-, usted piensa darle a José Antonio los cinco mil duros que le pide?

-Sí señor, he resuelto dárselos, y así se lo he prometido. Mi palabra es oro. Pero...

-¿Pero qué?...

-¡Oh!, aún falta lo mejor. Para que vea usted que no soy paradójica ni sofista, se los doy y no se los doy.

-¿Se los presta usted?

-Tampoco. Se los doy en una forma que usted ha de aprobar seguramente. Le adjudico la cantidad, quedando esta en mis arcas, a disposición de sus administradores.

-Que son...

-Usted y yo. Nosotros nos encargamos de arreglarle una casa decente, de asegurarle la subsistencia durante el tiempo que se determinará, y, por añadidura, le pagamos sus deudas, le rompemos esas cadenas infames que le condenan en vida a un horrible infierno, le libramos de la vergüenza del sablazo, de la humillación de carecer de todo. Completaremos nuestra obra dándole medios de trabajar en esa empresa que dice trae entre manos, especulación que conviene estudiar detenidamente para ver si en efecto es tal que en ella puede formarse un hombre honrado. Vamos, ¿qué me dice de esta forma de practicar la caridad? ¿Cree uste que hay otra manera de traer al buen camino   -103-   a un hombre lleno de defectos, desquiciado, empedernido en mil hábitos perniciosos?

-Contesto, señora mía, que en principio aplaudo su pensamiento. Respecto a la práctica... no sé... Dígame usted: ¿José Antonio acepta el auxilio en la forma y condiciones que usted acaba de indicarme?

-El pobrecillo se echó a llorar. Bien conocí que sus lágrimas brotaban del corazón. «Eres la Providencia misma -de decía-, y realizas el sueño de mi vida; tú me salvas, tú me redimes, tú haces de mí otro hombre, y por ti, Halma, bien puedo decir que vuelvo a nacer». Y diciendo esto me besaba las manos.

-Y yo también se las beso a usted ahora -dijo D. Manuel, haciéndolo con verdadero enternecimiento-. Es usted una santa... a su manera, quiero decir que cada día saca usted una nueva forma de santidad. Debo decirle, en conciencia, que en estas cosas, la originalidad suele ser un poquitín peligrosa; pero hasta ahora vamos bien, y que siga el Señor inspirándole esas benditas iniciativas.

-Me complace que usted apruebe mi plan -dijo Catalina, excitada por el aplauso-, y que se compadezca de ese desgraciado primo mío, el cual, claramente lo veo, tiene más viciada la cabeza que el corazón. Cierto que es la informalidad andando, que no acaba cuando se pone a   -104-   embustes, que por procurarse el pan de cada día, comete mil bajezas. Por eso mismo, por ser un enfermo del alma, le está perfectamente indicada la medicina de la caridad tutelar y educativa. ¿No estoy en lo cierto?

-Sí, señora mía -replicaba Flórez entornando los párpados, y afirmando con la cabeza.

-La caridad se ha de ejercer en toda clase de enfermos y en toda clase de miserables, y este Urreíta es un pobre de solemnidad... de tres capas, un desgraciado, cuyas angustias parten los corazones. Él me lo decía, haciéndome reír y llorar al mismo tiempo: «Querida prima, el último de los pordioseros es un millonario comparado conmigo. Recoge zoquetes de pan y peladuras de patatas; pero se lo come en paz, y su espíritu vive con la serenidad y la alegría del pájaro, que al amanecer canta saludando al día... Hasta los ciegos que andan por ahí tocando la flauta o el violín son menos desdichados que yo. Envidio a los vendedores de periódicos, a los mozos de cuerda, y a los poceros de la Villa. Todos comen su bazofia sin comerse al propio tiempo la vergüenza, que es amarga como la hiel». ¡Pobrecillo de mi alma! No puedo menos de considerarle, Sr. D. Manuel, como un niño mañoso a quien hay que educar. Le haremos todo el bien posible, sin escatimar los azotes. Porque eso sí, mucha caridad, pero mucho rigor.

  -105-  

Eso, eso; y si conseguimos su enmienda, habremos hecho una obra meritoria y grande -dijo suspirando el sacerdote, que si al principio sintió su poquito de resquemor ante la hermosa iniciativa de su discípula, no tardó en apropiarse las ideas de ella, con la mira de vigorizarlas y recobrar de este modo su magisterio.

-Y nadie me quita de la cabeza -prosiguió Halma-, que el corazón de Pepe es bueno, y que hay en él, aunque por muy escondido no se vea, materia abundante para obtener la verdadera virtud. De niño era un ángel. Somos de la misma edad, y juntos vivimos algún tiempo en Zaportela: su madre, mi tía Rudesinda, me quería locamente, y como yo era endeblilla y enfermucha, me llevaba consigo al campo para que me repusiera. Pepe Antonio y yo pasábamos largas temporadas hechos unos salvajes, corriendo por praderas y sembrados, declarando la guerra a los pobres grillos, y comiéndonos no sólo la fruta madura, sino la verde. Pues mire usted: yo era mucho más traviesa que Pepe Antonio, yo solía tener malicias, inocentes, eso sí, pero malicias, y él no, él parecía un santito en agraz; y no es que fuera hipócrita, no; era la bondad misma, la pureza y la abnegación. Un día, delante de mí, se quitó la camisita para, dársela a un niño pobre. Todo lo daba,   -106-   no era glotón, ni avaricioso, ni envidiosillo, como todos los chicos. Mis faltas las tomaba para sí, y se dejaba castigar para que no me castigaran. Luego, tomó camino tan diferente del mío, que estuvimos sin vernos muchísimo tiempo. Cuando volvimos a encontrarnos, ya era él un hombre, y hacía en Madrid una vida de vértigo y desorden. La orfandad, la miseria vergonzante corrompieron aquella alma buena, que parecía creada para el bien.

-¡Qué cabeza la mía, señora Condesa! -dijo D. Manuel, que con un gesto renegaba de su flaca memoria-. ¿Pues no se me había olvidado darle la buena noticia?... Esos recuerdos infantiles de Zaportela me hacen recordar que el señor Marqués ha convenido conmigo en adjudicar a usted, no esa finca, sino otra mejor, el castillo de Pedralba, en esta provincia. ¡Tanto le dije, que...!

-¡Oh, qué dicha!... ¿Pero es cierto? ¡Pedralba nada menos! Tiene usted razón, mi hermano es la misma bondad, y yo no sé cómo agradecerle tantos beneficios. De niña, también viví en Pedralba: no puede usted figurarse el cariño que tengo a las viejas y carcomidas piedras del castillo, que de tal no tiene más que el nombre.

-Y la propiedad de esa finca sin duda facilita los proyectos de fundación... ¿No es eso, señora Condesa?

  -107-  

Doña Catalina no contestó, y su meditación silenciosa llenó nuevamente de recelo el espíritu del buen sacerdote. La pregunta que antecede había sido formulada por Flórez con objeto de explorar el pensamiento de su noble amiga, el cual cada día se concentraba más, arrojando de súbito alguna claridad esplendorosa, que al propio tiempo que deslumbraba al buen maestro, le ponía en gran confusión. Tras largo silencio, la Condesa reanudó el diálogo diciendo: «Quedamos en eso».

-En que... si... en que Pedralba puede servir de base...

-No pensaba yo en Pedralba. Lo que digo es que usted no se opone a que vea yo a ese que llaman Nazarín.

-¡Ah!... sí... en efecto... Pues, sí, no hay inconveniente...

-¿Usted no se atreve a afirmar si es loco o santo?

-Al menos, hasta ahora...

-Pues yo quiero saberlo, me conviene saberlo con certeza.

-Espero llegar a la certidumbre con sólo tratarle un poco, analizar sus ideas y someter a un examen prolijo sus acciones.

-Y aunque para mi convencimiento me baste el dictamen de usted, ¿será impropio, será impertinente que yo misma le vea y le hable,   -108-   si no por otro motivo, por satisfacer una curiosidad que me inquieta?

-No creo improcedente que usted aprecie por sí misma su estado cerebral -repuso el clérigo, midiendo bien las palabras-. Pero antes conviene que le examine yo, que hablemos despacio. Luego determinaremos en qué sitio y ocasión puede usted satisfacer su curiosidad.

-Perfectamente... Pero prontito, D. Manuel.

-Mañana mismo le haré una visita en el hospital. Ea, es muy tarde, y usted va a comer, y yo a mi casa. Es de noche. Adiós, amiga mía, y a descansar. Descanse no sólo el cuerpo sino el pensamiento, que harto trabaja en idear cosas grandes. Adiós... Hasta mañana.




ArribaAbajo- VI -

Retirose D. Manuel bien embozadito en su luenga pañosa, porque apretaba el frío, y meditabundo y un poco descontento de sí, por el camino se decía: «Esta doña Catalina es el demonio... ¡qué barbaridad! Quiero decir que es un ángel, un ser extraordinario. Ya no me queda duda. Tiene mucho más talento que yo, sabe más que yo, y descubre cosas que nadie ve, que si al principio parecen disparates, bien examinadas resultan con toda la hermosura y toda la grandeza de Dios. Cada día sale con una novedad.   -109-   ¿Y qué ideas, Dios mío? ¿Qué me reservará para mañana?».

Esto decía, sintiendo un poquitín la humillación del maestro que se ve convertido en educando. Pero como era tan buena persona, y no dejaba entrar nunca en su alma la ruin envidia, y además estimaba cordialmente a la Condesa, en vez de enojarse neciamente por el gradual desgaste de su autoridad, se apropiaba las ideas de la discípula, y haciéndolas suyas las presentaba de nuevo en forma metódica y sistemática, con lo cual creía resultar a los ojos de ella, y aun a los suyos propios, como el verdadero inspirador, siendo en verdad el inspirado. Hombre flexible, creado para las adaptaciones sociales, y para aplicar y defender la santa doctrina según el medio y las ocasiones en que le correspondía actuar; bastante sagaz para conocer lo bueno donde quiera que saliese, y bastante práctico para saber aprovecharlo, obraba como obran siempre los caracteres de su complexión y hechura, no poniéndose frente a ninguna fuerza que creen útil, sino dejándose llevar por dicha fuerza, con tanto estudio y picardía en la postura, que parezca que la dirigen y conducen.

Metiose el buen clérigo en su casa pensando en la corrección de Urrea, y pues la señora confiaba en su ayuda para lograrla, hacía propósito de adelantarse a ella en el desarrollo de   -110-   aquel pensamiento, de hacerlo suyo, agregándole pormenores que lo harían de seguro más eficaz. Pero lo que le desconcertaba era no saber qué nuevas invenciones sacaría de su inspirado caletre la Condesa, pues a lo mejor salía por donde menos se esperaba. Las iniciativas de él casi nunca cuajaban; las de ella venían con tal fuerza, que al punto conquistaban al maestro, y no había más remedio que seguirlas, componiéndolas y retocándolas después para conservar las preeminencias exteriores del poder gobernante. En suma, que si al principio Halma parecía una reina constitucional a la moderna, que reinaba y no gobernaba, poco a poco iba sacando los pies de las alforjas, y picando en absoluta soberana. Mas era tan buena, tan discreta y piadosa, que se arreglaba habilidosamente para dejar a su ministro las satisfacciones y aun la creencia de la iniciativa gubernamental.

«Bueno, Señor, bueno -decía D. Manuel, poniéndose ante su cena, tan frugal como bien condimentada-. Y esto de querer avistarse con el desdichado Nazarín, ¿para qué será? ¿Qué objeto lleva, qué ideas le mueven, qué planes acaricia? No lo entiendo. Pero allá veremos por dónde sale, y quiera Dios que sea por un registro fácil de entender, y más fácil de manejar».

A la misma hora que el respetabilísimo Flórez   -111-   cenaba, pero no aquel día, sino pasados dos o tres, José Antonio de Urrea comía con su primo Feramor en casa de los Duques de Monterones. Fácil es comprender de qué hablarían, al encontrarse solos en el salón, poco antes de la comida.

«No lo creo, aunque me lo jures -le decía el Marqués, sin poder contener la risa-. Tú estás soñando, Pepe, o quieres burlarte de mí. ¿Y dices que te lanzaste a fijar tu petición en la fabulosa cantidad de...?».

-Cinco mil duros. Y aún creo que me quedé corto. Entré en la mística celda decidido a plantear el negocio sobre la base de los cuatro mil... Claro, las bromas o pesadas o no darlas... Y en el curso de la conferencia, viendo las buenas disposiciones de Halma, me arranqué a los cinco mil. Éxito completo. ¡Ah!, bien puedo decir ahora que tu hermana es una santa; pero así como suena, ¡una santa!... todo lo contrario de ti, que eres el Sumo Pontífice del egoísmo. ¡Qué bondad, qué dulzura, qué penetración, qué talento sutil para comprender las circunstancias en que yo vivo! Sostengo que ella tiene más talento que tú, y que es mucho más práctica, sublimemente práctica. La indulgencia noble con que iba puntualizando mis miserias, mis acciones indecorosas, me llegó al alma, Paco, porque al propio tiempo que me reñía dulcemente   -112-   por mi conducta, la disculpaba, atribuyéndola, más que a perversión moral, al inexorable despotismo de la necesidad, del hábito... ¡Oh, qué mujer, qué alma grande y hermosa! Cree que me hizo llorar... mi palabra que sí. Llegué a figurarme que era un chiquillo, que me regañaban por la travesura de romper un juguete de precio, prometiéndome comprarme otro. En fin, que el cielo se ha abierto al fin para mí, después de haber llamado a su puerta inútilmente tanto tiempo. Estoy salvado, Paco; tu hermana me salva... Creo en la Providencia, en Dios... Soy feliz, seré otro hombre, gracias a ella, a ese ángel más talento que todos los Artales y Feramor de este siglo y de todos los pasados siglos, amén.

-Pues te doy mi enhorabuena -le dijo el Marqués con sorna-. ¿Ves como acerté, al indicarte...? Me daba el corazón que mi hermana se gastaría su dinero en la regeneración de los perdidos de la familia. Obra laudable, a la fe.

-Si te burlas, peor para ti.

-No me burlo. Ahora, lo que importa es que tu honradez esté a la altura de la virtud de Catalina, so pena de que resulte una santidad no sólo inútil, sino merecedora del manicomio antes que de los altares.

-No temas nada. En primer lugar, no me dan el dinero a mí, lo que en verdad no me importa.   -113-   Mejor, mejor es así. No me lo dan; lo dedican a la grande y hermosa obra de remediar las penas del primer desdichado del mundo, y de socorrer la miseria más angustiosa y lacerante que alumbran el sol y la luna.

Después de la comida, excitado el hombre por la nutrición abundante y la copiosa bebida, volvió a charlar con su primo mientras fumaban, y se enterneció al referir las bondades de Halma. Colmaba también de elogios a D. Manuel Flórez, llamándole padre de los pobres, apóstol de gentiles, lumbrera de la caridad, y al fin, charla que te charla, por entre los entusiasmos del hombre extraviado, deseoso de redención, asomó el cinismo del aventurero arbitrista.

«Tengo además otro proyectillo. A ver qué te parece. Tu hermana adoraba a su marido, aquel pobre besugo alemán, que vino aquí a que le matáramos el hambre. La memoria de Carlos Federico es su única pasión mundana, y su espíritu se alimenta de la idea del muerto, como planta que vive de lo que extraen las raíces. Hablando conmigo, se dejó decir que su mayor gusto sería transportar a España el cuerpo, que debe de estar incorrupto, de su esposo querido, para sepultarse ella con él, naturalmente, cuando se la llevó Dios... Pues bien; se me ha ocurrido proponerle la traída del difunto...   -114-   Vamos, que le contrato la conducción de las cenizas preciosas por cinco mil duros, siendo de mi cuenta todos los gastos, embarque, transportes por ferrocarril, aduanas..., porque las momias también pagan derechos. ¿Qué te parece?».

-Que es una contrata como otra cualquiera. Redacta tu pliego de condiciones, estudia el asunto...

-Se pueden ganar un par de mil duros... palabra que sí. Me planto en Corfú, hago la inhumación, y me comprometo a traerlo decorosamente, con una cuadrilla de frailes franciscanos, que vengan cantando responsos por toda la travesía. Y me encargo de asegurar el féretro, de envasarlo convenientemente, y de hacer la entrega en el punto de España que ella designe. He de percibir a toca teja dos mil duros, antes de partir para Corfú, y tres mil en el acto de entregar la santa reliquia.

-¡Pobre hermana mía! -exclamó el Marqués, viendo súbitamente las extravagancias de su primo bajo el aspecto serio y peligroso-. Esto le pasa por querer gobernarse sola, desconociendo su incapacidad. Ya vera, ya verá... José Antonio, te prevengo que si continúas inspirando a mi desgraciada hermana esas que no sé si son tonterías o locuras, tendré que intervenir como jefe de la familia.

  -115-  

Dejole con la palabra en la boca, mascullando el cigarro. «Te desprecio -murmuró Urrea viéndole partir-, egoistón, eterno inglés de la humanidad desvalida, usurero... Shylock disfrazado de aristócrata...».

No tardó en circular en la tertulia de Monterones la noticia de la redención del perdido con los dineros y la piedad de Catalina de Halma, y los despiadados comentarios que sobre ello se hicieron, no sólo herían a la noble señora, sino a su respetable maestro espiritual.

«Porque yo me explico todo -decía la Duquesa-; me explico las debilidades de mi pobre hermana, cuya cabeza se destornilló lastimosamente desde antes de casarse; me explico las audacias de Pepe Antonio; lo que no entiendo es que D. Manuel autorice tales despropósitos».

Consuelo Feramor, que no hacía buenas migas con su hermana política, y censuraba sin piedad su retraimiento, tachándolo de mojigatería y orgullo, llegó a decir a su marido: «La culpa la tienes tú... y algo le toca al angelical D. Manuel. ¡Pues si fuera cierto lo que me dijeron hoy en casa de Cerdañola! No, no puede ser... Lo cuento como chiste. Pues que Catalina ha suplicado a Flórez que le traiga a Nazarín... Esto sería demasiado, ¿verdad? Pero qué sé yo... lo creo, me inclino a creerlo. Un entendimiento   -116-   soliviantado que se dispara, ¿a qué tonterías, a qué extravagancias no llegará?».

-Dejémosla disponer de su dinero como guste -dijo la de San Salomó, menos intransigente que sus amigas, sin duda por no ser de la familia-, y alabemos a Catalina de Halma, si nos da lo que a pedirle vamos. Y no hay que diferir nuestro sablazo, señoras mías. Podría suceder que llegáramos tarde, y encontráramos agotado el filón. Reunámonos mañana, plantémonos allá las tres, levantados en alto los terribles alfanjes de oro... y ¡zas!

Consuelo Feramor, María Ignacia Monterones y la Marquesa de San Salomó eran al modo de presidentas, vicepresidentas o secretarias en estas o las otras Juntas benéficas señoriles que reúnen fondos, ya por medio de limosnas, ya con el señuelo de funciones teatrales, rifas y kermessas6, para socorrer a los pobres de tal o cual distrito, edificar capillas, o atender al inconmensurable montón de víctimas que los desatados elementos o nuestras desdichas públicas acumulan de continuo sobre la infeliz España. No hay que decir que las tres cayeron sobre la solitaria y triste viuda con el furor de piedad que desplegar solían en semejantes casos. Recibiolas Catalina con atento agasajo y finísimas demostraciones de amistad; pero con la misma urbanidad serena que empleó en las cortesanías,   -117-   negoles el socorro que solicitaban. El redondo, en seco: que cada cual debía entenderse a solas para practicar la caridad.

Salieron desconcertadas, confusas, rabiosas, y en el paroxismo de su ira, Consuelo dijo a su marido: «Si no fuera ella quien es, y nosotros quien somos, creería yo que la residencia natural de tu hermana era un santo manicomio».




ArribaAbajo- VII -

Feramor las calmaba, haciéndoles ver cuánta impertinencia revelaba su enojo, pues cada cual es dueño de hacer el bien, si lo hace, en la forma que más le acomode. Con su claro talento, su fácil palabra, mitad en serio, mitad en broma, logró poner las cosas en su punto, demostrando que si Catalina, por su exagerado individualismo y la salvaje independencia que iba descubriendo, podía merecer censura, no merecía execración, ni menos ser condenada a perpetuo encierro en una casa de orates. Pero si Feramor lograba calmar los ánimos, creando una situación de relativa tolerancia, muy del gusto y del género inglés, no así D. Manuel Flórez, el cual, cuando cayeron sobre él furibundas las tres damas, pidiéndole explicaciones de la increíble conducta de la Condesa, no sabía qué contestar, ni por dónde salir; tales eran su   -118-   confusión y azoramiento. En los días siguientes le traían loco, con preguntas, comentarios y mortificantes indagatorias.

«Pero dígame, D. Manuel, ¿lo de la corrección de José Antonio, fue idea de usted?».

-De ella..., mía no... La que no comprenda que es una idea hermosísima, que no cuente conmigo para nada.

-Hermosísima, y sobre todo práctica.

-Hemos de ver eso. La silba que se llevará D. Manuel, si la corrección fracasa, se ha de oír en Pekín.

-Y sepamos otra cosa: ¿es también de usted el pensamiento de traer a Nazarín?

-Sí señora mío es -dijo valientemente y tragando saliva el buen sacerdote, decidido a corroborar siempre las ideas de doña Catalina para no perder su autoridad-. Si no comprenden la delicadeza, el noble fin que encierra, peor para ustedes.

-Pues mire usted, no lo comprendemos, y yo lo declaro, aunque usted nos tenga por... indoctas. Somos muy bárbaras, queridísimo don Manuel.

-¿Pero es cierto que traerán a casa a ese pobre demente?... o criminal... vaya usted a saber -dijo Consuelo escandalizada.

-¡Oh!, yo voto porque venga -manifestó la de San Salomó, y las mismas demostraciones   -119-   hizo la Duquesa-. Yo rabio por ver al famoso mendigo y apóstol Nazarín.

-Sí, que le traigan. Y que avisen con tiempo para invitar a todas nuestras amigas.

-Y veremos también a Beatriz, la mística mostolense, de quien decía un periódico que era una especie de Eloísa7 sin Abelardo.

-El Abelardo es Nazarín... Y que venga también Ándara. Queremos ver toda la tribu. Sí, D. Manuel, que vengan todos.

-Como no se trata de satisfacer una insana curiosidad, no les verán ustedes.

-Pues nos oponemos a que entren en casa.

-No, no. Lo que haremos es reconocer y proclamar el delicado pensamiento de Catalina, si los traen y nos permiten verles y hablar con ellos... Pero que conste: ha de venir también Ándara. Ese tipo de travesura procaz y temeridad heroica, me interesa extraordinariamente.

-Hablaremos con ellos, nos explicarán su doctrina.

-Les daremos una merienda.

-Ea, basta -dijo Flórez incomodándose-. No vendrán. Las mujeres nazaristas, no se ha pensado en traerlas. Él, el desdichado sacerdote melancólico y errabundo, no vendrá tampoco, sencillamente porque no quiere venir.

-¡Ah!, nuestro gozo en un pozo.

  -120-  

-Entonces, irá Catalina a verles al hospital. Me parece muy inconveniente.

-Me parece una necedad formidable.

-Menos pareceres y más juicio, señoras mías. Lo que disponga este cura en asuntos para los cuales no debe faltarle competencia, al menos por su edad, ya que no por su saber, no debe ser discutido ni menos ridiculizado por mis buenas amigas, alguna de las cuales (lo decía por la de Monterones) recibió de estas manos el agua del bautismo. Con que no digo más por hoy.

Con esta admonición, en que advirtieron las tres damas un marcado acento de severidad y amargura, cosa muy rara en D. Manuel, que era un almíbar en el trato social, especialmente con señoras, se reprimieron, dando a sus críticas un tono puramente amistoso. Pasaron algunos días, en los cuales no tuvo Flórez ocasión de sacar las disciplinas; pero al ser puesto en práctica el plan de corrección del pobre Urrea, las hablillas recrudecieron. ¡Santo Cristo! Cuando se corrió la voz de que le ponían casa a José Antonio, de que doña Catalina le cuidaba la ropa, y D. Manuel andaba por todo Madrid a la husma de los usureros que desollaban vivo al primo de Feramor, levantose un tumulto tan imponente, que el bueno de Flórez tuvo que plantarse. Todo lo consentía, menos que su autoridad   -121-   fuese puesta en solfa. Que se hicieran comentarios más o menos discretos de sus acciones, no le importaba; pero que sus acciones se desfiguraran maliciosamente, no podía quedar sin correctivo. Fue, ¿y qué hizo? Convocó a las tres damas que eran cabeza de motín, y les echó un sermón por todo lo serio, dejándolas, si no convencidas, calladas, y con pocas ganas de meterse en vidas ajenas. Retirose el buen limosnero a su casa, fatigado de aquellas luchas a que la genial iniciativa de la Condesa le comprometía, rompiendo la placidez fácil de su religioso gobierno, y al introducirse en la cama, después de sus rezos, o entreverando el rezo con la meditación profana, se decía: «¡Cuánto mejor que esta buena señora siguiera los caminos ya hechos y despejados, en vez de empeñarse en abrirlos nuevos, desbrozando la trocha salvaje! ¡Cuánto más cómodo para todos que acatara lo establecido, y se echara en brazos de los que ya tienen perfectamente organizados los servicios de caridad, las Juntas de damas, las archicofradías, las hermandades, mis colectas para escuelas, mis...! ¡Cuánto mejor abrazarse a lo establecido, Señor, que...!».

A pesar de los pesares, D. Manuel dormía como un bendito. No así José Antonio, que en la casa frontera (calle del Olivar) se pasaba las noches en claro, por causa de la exaltación de   -122-   su felicidad, pues la onda venturosa, cuando viene con fuerza, se parece a la onda del infortunio en que quita el sueño y aun el apetito. Tan grande novedad era para él ver definitivamente resuelto el problema alimenticio, no vivir mañana y tarde discurriendo en qué rama posarse para comer, que el mismo asombro de su dicha le tenía como en ascuas, receloso de su destino. ¡Le parecía tan inverosímil ser amo de su casa, es decir, estar en seguras paces con el casero, ver un principio de arreglo en las cosas necesarias para vivir; tener en su comedor loza modesta, pero loza al fin, en vez de los dos o tres platos rotos que eran su único ajuar; encontrarse los armarios surtidos de ropa blanca, que la misma Catalina con solícita mano materna había puesto allí! Todo esto era como un sueño, como un pasaje fantástico de las Mil y una noches. Temía despertar, y que tantos bienes desaparecieran en un restregar de ojos, volviéndole a la tristísima realidad de su vida anterior. Y para colmo de ventura, podría consagrarse seriamente a un trabajo fácil y muy de su gusto, la cincografía, pues ya le iban a disponer local y aparatos a propósito. ¡Qué dicha, qué gloria, qué divina lotería! ¿Con qué lengua, con qué voces bendecirla a su celestial Providencia, la santa y amorosa Halma?

Su nueva vida apartó al parásito de los sitios   -123-   que ordinariamente frecuentaba, sin dejar de concurrir alguna noche a las casas de sus parientes. Y al conocer allí los comentarios zumbones que del nobilísimo acto de su prima se hacían, perdió el hombre los estribos, cruzó palabras agrias con el Duque de Monterones y con dos o tres sujetos más, cuyas esposas o hermanas se habían permitido ridiculizar a la Condesa, y seguramente, si él fuera otro y en más le estimaran, de sus destempladas expresiones hubiera resultado algún lance. Feramor le calmaba, pues sus principios de buena educación repugnaban aquella forma violenta, y hasta cierto punto española, de tratar asunto tan delicado. Cuanto menos se hablara de ello, mejor. Pero Urrea estimaba el silencio como una complicidad cobarde con los murmuradores, y quería, por el contrario, hablar hasta que le oyeran los sordos, proclamar a gritos, no sólo la inmaculada virtud de Catalina, sino su talento, y la superioridad de sus ideas, que aquel vulgo elegante y corrompido no podría comprender nunca. Feramor lo dijo con gravedad: «La forma, mi querido José Antonio, es cosa de suma importancia en la vida social, y no es posible desconocer su valor positivo, sin exponerse a gravísimos males. Todo se puede hacer haciéndolo bien; nada es factible con malas formas».

Retirose Urrea maldiciendo a su primo, a   -124-   quien llamaba el hombre de cartulina Bristol, y a la mañana siguiente muy temprano se fue a ver a la Condesa, hacia la cual una atracción invencible le arrastraba en cuerpo y alma. El agradecimiento vivísimo se transformaba en una adhesión caballeresca, en un cariño fraternal o filial, que así debe llamársele para expresar bien su pureza, en el deseo de serle útil, y prestarle algún servicio proporcionado a la inmensidad del bien que de la ilustre señora había recibido. Pero siempre que a ella se acercaba, sentíase agobiado de tristeza, porque su conciencia le acusaba de agravios inferidos anteriormente a la generosa viuda, y aquel día hizo propósito firme de descargar su alma de aquel peso, confesando a su bienhechora los pecados que contra ella había cometido. Encontrola dobladillando, con la ayuda de su criada Prudencia, las sábanas y ropa de comedor que faltaban para completar el ajuar del perdis redimido. Retirose Prudencia, y prima y primo hablaron lo que sigue:




ArribaAbajo- VIII -

«Halma, de hoy no pasa que yo tenga contigo una explicación. Mi conciencia me lo pide, me lo exige. Gracias a ti, no sólo tengo casa y cama en que dormir, y platos en que comer,   -125-   sino conciencia. Esta me abruma: siempre que vengo, me digo: 'De esta vez, se lo confieso'. Y siempre me falta valor. Pero lo que es hoy, querida prima, hoy, o canto o reviento».

-¿Pero qué es eso, José Antonio, has hecho alguna cosa inconveniente?

-No, no: no temas que yo falte a lo tratado. Mi corrección es tan cierta como que ahora vivimos tú y yo. Trátase de pecadillos antiguos, que no tienen en sí mucha gravedad, quiero decir, sí la tienen por ser contra ti. Cualquier falta cometida contra ti es gravísima. Yo quiero confesarlos hoy... Verás...

-Pero, hijo, vale más que se lo cuentes a un confesor. Por mí, tus pecadillos están perdonados. Falta que Dios te los perdone.

-Yo no tengo que buscar más perdón que el tuyo.

-Eso... casi casi es una irreverencia.

-Tú eres mi confesor, mi altar; tú eres mi santa, mi Virgen Santísima, mi...

-Calla, y no digas más desatinos. Pareces un chiquillo.

-Lo soy. Tú me has vuelto a la infancia, a la inocencia, a la edad aquella venturosa en que correteábamos los dos por los andurriales de Zaportela. Soy y quiero ser un niño, y como niño, a ti, que eres como mi madre, te confieso mis horribles pecados. Atiende. Lo primero...   -126-   cuando tu hermano me sugirió la idea de pedirte socorro, yo no tenía más objeto que darte lo que llamamos un sablazo, ni más intención que emplear tu dinero en pagar algunas deudas apremiantes, quizás en probar fortuna al juego para sacar cantidad mayor. Pues cuando tu hermano me lo indicó, yo dije que tú estabas loca. ¡Ya ves qué insolencia!

-¿Y no es más que eso? -dijo Catalina riendo, y rasgando a tirón un gran pedazo de lienzo, de modo que su risa y el estridor de la tela se confundían-. Pues con muchas abominaciones como esa, tu rinconcito en el Infierno no hay quien te lo quite.

-Es más, es mucho más -añadió Urrea suspirando fuerte-. Dije también que tú eras tonta.

-¡Bah, bah!

-¡Llamarte tonta a ti, que eres la misma inteligencia...! El tonto es él, tu hermano, con la tiesura planchada de su alma inglesa, él, incapaz de nada grande, ni de un rasgo de sensibilidad...

-Eh... caballero; está usted pecando en el mismo confesonario. Por un lado se sincera, y por otro se carga con nuevas culpas, haciendo juicios temerarios.

-Pues no digo nada de tu hermano. Sabrás que también hablé pestes del bonísimo don Manuel, y le llamé congrio, y...

  -127-  

-Ja, ja... de seguro que te lo perdonará si lo sabe.

-Y después, una noche que comí en casa de Monterones, hablamos tu hermano y yo. Siempre que estoy a su lado, me siento con malos instintos, no puedo resistir las ganas de chafar su pulcra educación inglesa, como la felpa planchada y lisa de los sombreros de copa. Me gusta cepillarla a contrapelo, expresar conceptos que le contraríen y le hieran. Pues con esa intención, y sin ánimo de ofenderte, dije que yo pensaba contratar contigo, en cinco mil duros, la conducción a España de las cenizas de tu querido esposo, y añadí mil tonterías... Te advierto, en descargo mío, que había bebido más de la cuenta... Lo peor fue que no hablé del pobre Carlos Federico con el respeto que merece su memoria. Mi palabra que no.

-Eso es un poquito más grave -dijo Halma con severidad, fijos los ojos en su costura-; pero te lo perdono también, puesto que declaras que no sabías lo que hablabas, y que no tenías intención de agraviarme. ¿Qué más?

-Por ahora nada más. ¿Te parece poco? Me quedo muy tranquilo, después de habértelo confesado. Y ahora vamos a otra cosa. ¿Sabes que tu hermana y tu cuñadita, y todo el enjambre de amigas te critican acerbamente, por no haber correspondido a sus cuestaciones como   -128-   ellas esperaban, y que además te ponen en solfa a ti y a D. Manuel por lo que estáis haciendo por mí?

-¿Y qué? No me afano por eso. Les perdono cuanto digan de mí, ya sea impertinencia sin malicia, ya malicia verdadera.

-No se detienen en la línea del chiste más o menos discreto, sino que la traspasan, llegando a ofenderte con apreciaciones calumniosas. La de San Salomó dice que eres una hipócrita, y que las visitas que me has hecho estas mañanas para arreglarme el cuarto, no pertenecen al orden de la beneficencia domiciliaria.

-Todo eso es para mí -dijo la viuda con augusta serenidad-, lo mismo que el ruido del viento entre las tejas de la casa... Dios conoce mi interior, y ante Él expongo mi conciencia como realmente es. Los juicios de los hombres para mí no existen.

-¡Oh, yo no tengo esa virtud! ¡Claro, cómo he de tener esa que es tan difícil, si otras muy fáciles no las puedo tener! Lo que yo siento es furor de venganza al oír tales infamias. Sería feliz si pudiera retorcerle el pescuezo a la bribona que tal piensa y dice.

-¡Oh, por Dios, Pepe, no sigas por ese camino, si no quieres lastimarme, y perder en absoluto mi estimación!

-Anoche tuve dos o tres agarradas en las   -129-   casas de Monterones y de Cerdañola por defenderte, porque para mí no hay mayor gloria que poner tu nombre y tus actos por encima de cuanto hay en el mundo. Yo me pelearía con todo el que no te confesase como la virtud más grande y pura que conocen Madrid y España entera; y haría morder el polvo al que pusiese en duda tu santidad, tu honestidad, tu entendimiento soberano.

-¡Jesús, cállate por Dios, y no disparates más, primo! ¿Estás loco?

-Y si te conviene probarlo, dime quién te ha ofendido en tu dignidad, en tu honor, o siquiera en tu amor propio, para aplastarle contra el suelo como un reptil, Catalina, para hacerle polvo...

Decía esto en pie, accionando con calor énfasis de personaje heroico. Su prima, después de romper un hilo con los dientes, mirándole asustada, le calmó con una franca y placentera sonrisa.

«Dije que eras un niño, y ahora lo pareces más que nunca. Nadie me ha ofendido en mi dignidad ni en mi honor; pero aunque alguien me ofendiera, no consentiría yo que tú hicieses por mí el paladín en esa forma criminal y anticristiana. Estoy pasmada de tu falta de cristianismo. ¿Pero de dónde sales tú, desdichado? ¿En qué mundo de soberbia y de errores has vivido?   -130-   Primo mío, si quieres que yo te proteja y mire por ti hasta hacerte persona regular, no me traigas acá bravatas caballerescas. ¡Matar! ¿Creas tú que puedo yo estimar a quien hiera a su semejante por un dicho, por una opinión, ni aun por un hecho ofensivo? No, José Antonio, eso conmigo no te vale. Ahoga esos sentimientos de crueldad, de venganza, y de despreció de las leyes divinas. Si no, no te quiero, no podré quererte, no serás nunca el niño bueno, con el cual quiero hacer un hombre... mejor».

Desbordábanse en el alma de Urrea la gratitud y el afecto filial, y reconociendo que Halma hablaba conforme a sus cristianos sentimientos, replicó manifestando su incondicional sumisión a cuanto la dama pensara y resolviera. Despidiose, porque tenía que ver y escoger aquel mismo día unos aparatos para su industria, y preguntando a su protectora si debía volver por la tarde, díjole ella que no sólo se lo permitía, sino que le rogaba que volviese después de comer.

A poco de salir Urrea, entró D. Manuel Flórez, el cual, después de informar a la soberana de los pasos dados para recoger cuentecillas y pagarés del primo pobre, le dijo que había visto a Nazarín; pero que aún no podía formar juicio definitivo de aquel hombre sin semejante. Por cierto que el Marqués, con quien hablado   -131-   había del propio asunto (y esto se lo dijo Flórez a la Condesa en la forma más delicada), no encontraba pertinente que el infeliz sacerdote manchego fuese llevado a su casa, porque siendo el tal, en aquellos días, objeto de las indagaciones informativas de los noticieros de la prensa, si estos se enteraban de que había sido conducido a la casa de Feramor, armarían un alboroto que a él no le gustaba. Por respeto de su casa, por consideración al mismo apóstol vagabundo, a quien él sabía respetar también, no era procedente, no era correcto, no era oportuno..., pues...

«Mi hermano tiene razón -dijo Halma, anticipándose al consejo de su canciller-. No es conveniente, mientras no se calme el rebullicio del público. Desista usted pues, por ahora...».

-No, si ya he desistido -replicó D. Manuel, queriendo hacer constar su iniciativa.

Y sin hablar cosa de más provecho, se retiró. Después de anochecido, cuando la viuda acababa de comer, entró José Antonio, y movido de nerviosa impaciencia, no aguardó mucho tiempo para decirlo: «Vengo furioso, querida prima. ¿Sabes que abajo hacen mil catálogos, y se permiten indicaciones ridículamente maliciosas...? Aciértame por qué... Dicen que anoche saliste con tu criada a eso de las nueve, y que no volviste hasta muy tarde. Están locas.   -132-   Es mucho cuento que no puedas tú salir y entrar cuando gustes. Y puesto que a esa hora no hay novenas, ni sermón, ni Cuarenta Horas, ni costumbre de pasear, ni tú frecuentas los teatros, aquí tienes a tres señoras de alta alcurnia devanándose los sesos por averiguar a qué sitio, que no sea iglesia, ni paseo, ni teatro, puede ir una dama virtuosa entre nueve y diez de la noche».

-Déjalas que digan lo que quieran. Con eso se entretienen las pobres. En medio de su frivolidad, y del tumulto que las rodea, ¡se aburren tanto!... Pues sí, anoche salimos. ¿Sabes a qué hora regresamos? Ya habían dado las once.

Y volviéndose a su criada, que recogía la costura, le dijo: «Prudencia, no recojas. Esta noche te quedas aquí cosiendo. Mi primo me acompañará».

-¿Sales también esta noche? -le dijo el de Urrea estupefacto.

-Sí, y te llevo de rodrigón, por si tuviera algún mal encuentro. ¿Por qué pones esa cara? Prudencia, mi abrigo, mi mantilla.

En un momento se dispuso para salir. Cogiendo un lío de ropa, bien envuelta dentro de un pañuelo prendido con alfileres, lo entregó a su primo, y sin tomarle el brazo, bajaron y salieron a la calle. A excepción del portero, nadie les vio salir.

  -133-  

«Aunque no es muy lejos -dijo Catalina guiando hacia Puerta Cerrada-, como los pisos están malísimos, tomaremos un coche, si te parece».

Así lo hicieron, y la Condesa dio las señas: San Blas, 3.

«¿Sabes a quién vi cuando pasábamos frente a San Justo? -le dijo Urrea, no bien empezó a rodar el pesetero-. Pues a Perico Morla. Sin duda iba a tu casa. Se paró para mirarnos. Ese llevará el cuento a Consuelo».

-Déjale que lleve todos los cuentos que quiera.

-Y de seguro ha venido en acecho hasta Puerta Cerrada, y nos ha visto entrar en el simón. Veras qué pronto da la noticia, que será la novedad de esta noche.

-Bien. ¿A ti te importa algo?

-¿A mí? Absolutamente nada. Palabra...

-Pues a mí tampoco...

-Lo que más me ha inquietado al ver a Morla, dejándome muy mal sabor de boca, es que... ¿Quieres que te lo diga?

-Sí, hombre, dímelo.

-Pues que le debo doce duros. Ya se me había olvidado...

-¡Ah!, pues recuérdamelo mañana para mandárselos, es decir, para que se los mandes tú.

No tardaron en llegar al término de su viaje,   -134-   que era una casa de apariencia bastante mediana, con estrecho portal y una escalera sucia, desquiciada y bulliciosa. Desde los descansos veíase un patio de corredores, y en estos, arriba y abajo, multitud de puertas entornadas, por las cuales salía ruido de voces, claridad y tufo de petróleo, olores de cenas pobres. Subieron Catalina y su acompañante al tercero, y cuando se aproximaban a la puerta, Urrea lanzó una exclamación, diciendo: «¡Ah!, ya sé a dónde vamos, prima. Desde que entré por el portal, me pareció reconocer la casa. Pero no caía, ¡qué confusión!, no daba en lo cierto. Ya sé, ya sé. Como que aquí estuve yo la semana pasada con los periodistas. Aquí vive Beatriz, la discípula de Nazarín».

-Es verdad. Llama.





Anterior Indice Siguiente