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En el manuscrito de Panes se lee: Un cantonaz oncontlahuitz oncan yarque aya monscan, cuya lectura no es menos bárbara. Torquemada nos ha conservado esta tradición y la respuesta del oráculo, quien les dijo que aquel lugar «no era el propio de su asiento, que fuesen buscando el día y el sol. Este modo de hablar (agrega) cuentan las historias Tlaxcaltecas que se los dijo el ídolo por estas palabras: Oncantonaz, oncantlahuiz, ocanyazque ayamonican; quiere decir: Adelante habéis de pasar que aún no es aquí a donde ha de amanecer y salir el sol, queriéndoles decir en esto, que estaba adelante su ventura y señorío». R.
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Este pasaje nos proporciona la ocasión de desvanecer un error del Sr. Seler, sostenido en el Congreso de Americanistas de 1890, y que prohíja en un opúsculo del año siguiente el ilustrado Sr. Desirè Pector. Según él, Anahuac significa siempre hasta las costas del mar, y no era el Valle de México. Además de que tal aseveración tiene en contra la mayoría de autoridades, desde Motolinía hasta Clavijero, debemos manifestar que Anahuac significa solamente junto al agua; y que así se aplicó este nombre lo mismo a Anahuac Ayotla y a Anahuac Xicalanco, lugares que estaban junto al mar, que al Valle de México donde las principales ciudades estaban a orillas de los lagos. Este Valle se llamó Anahuac por excelencia, y es el Cemanahuac de Xolotl de que nos habla Ixtlilxochitl.
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Esto es; que tenía señoreado allí. R.
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Este camino que siguieron los teochichimecas, prueba su derrota y expulsión, pues hubieron de pasar por la fragosísima sierra de Tlaloc, por no poder tomar, ni el camino de Apam, pues se los estorbaban los texcocanos, ni el de los volcanes, pues se los impedían los chalcas. Resulta, pues, falso lo que dice el autor al fin del capítulo, de que alguno tomaron el camino de Tollantzinco y otros el de Amaquemecan, pues aquí los confunde con otras tribus chichimecas.
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Estas montañas son el Popocatepetl y el Iztacihuatl. Ésta, por la figura que semeja de una mujer blanca acostada, se llama así; y aquélla, desde su erupción tomo el nombre de cerro que humea, pues antes tenía el de Xalliquehuac: esta erupción tuvo lugar en el año de 1347, según Chimalpain.
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En la impresión de 1871 dice: «el año de tres Calli, y el año de cuatro Tochtli, y el año de cinco Acatl, y el año de seis Tecpatl, y el año de diez Tecpatl, y el año de once Calli, y el año de doce Tochtli, y el año de trece Acatl, y el año de ce Tecpatl, y el año de dos Calli». Esta cronología es más correcta. Si la tomáramos al pie de la letra, resultaría que los teochichimecas habían estado en Poyauhtlan solamente unos catorce o quince años; y ya hemos visto que llegaron el año de 1208, y salieron el 1350. La repetición de un mismo signo cada cincuenta y dos años en el calendario nahua, expone a estas equivocaciones; pero en este caso tenemos un dato preciso, pues el suceso pasó bajo el reinado de Quinatzin, y como este murió en 1357, el año de ce Tecpatl correspondiente fue el 1350.
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Esta leyenda del paso del estrecho de mar, que repiten varios cronistas no se encuentra apoyada en las pinturas jeroglíficas. Fue una invención de ellos para seguir las ideas bíblicas del monogenismo, y traer a todos los habitantes de América y del Viejo Continente. Aquí el autor hace pasar a los chichimecas ese estrecho, y después llegan a las siete cuevas del Chicomoztoc. Esto no es exacto, pues como hemos visto, el Chicomoztoc fue el punto de partida de todas las tribus mecas: éstas pertenecían a nuestra raza autóctona.
Sin embargo, los cronistas, como se ve en Torquemada, habían buscado el modo de apoyar estas ideas en una pintura, la cual parece ser la tira de la Peregrinación, existente en la actualidad en el Museo de México. Pero ya el Sr. D. José Fernando Ramírez, en las explicaciones que de esa tira dio en el Atlas del Sr. García Cubas, ha demostrado que el primer lugar de ese jeroglífico era una isla en donde residieran los mexicas al llegar al Valle, la cual estaba inmediata a Culhuacan del mismo Valle de México. Ya fuera esta isla un segundo Aztlan, como se anota en el códice Aubin, o Acocolco como resulta de la lectura jeroglífica de la pintura de Sigüenza, no importa: siempre es una isla en nuestro Valle, y el agua que la rodea la del Lago de Chalco y Xochimilco.
Con menos razón podría sostenerse la opinión del Sr. Buelna (Peregrinación de los Aztecas. 1892), quien cree ver en el jeroglífico que hay sobre el templo de esa isla, el nombre de la Atlántida. Para esto supone, que dicho jeroglífico se compone del signo del agua atl, lo cual es cierto, y del arma atlatl, lo que es inexacto. Esta figura no es la del atlatl, cuya forma conocemos, porque hay dos ejemplares de esa arma rarísima en el Museo; y no es tampoco su forma jeroglífica, pues también conocemos ésta y es muy diferente, como puede verse en la página 33 del códice de Aubin, en el signo gráfico Atlacuihuayan, hoy Tacubaya. La figura en cuestión, no es más que una asta de flecha; y la flecha es el signo del día acatl, como puede verse en muchas pinturas, y entre ellas en el códice Borgiano, en casi todas sus páginas.
Además, los jeroglíficos de lugar siempre están solos o sobre un cerro, nunca sobre un templo. Esto demuestra que aquí el jeroglífico se refiere a la deidad de la tribu. Esta deidad se llamaba, pues, Aacatl. ¿Será el mismo Huitzilopochtli, y éste su segundo nombre, como lo era Ceacatl de su gemelo Quetzalcoatl?
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Creo que debe leerse «y a Xiuhnel». R.
49
En el manuscrito de Panes se lee Tepeñaque, pero ni de esta palabra, ni de la de Tepenenec se puede deducir la significación de Cerro del Eco. R.
50
En la impresión de 1871 dice: «pasaron de allí a Comallan».