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Carta de Fernández de Córdoba al Rey, escrita en Yumbel el 10 de enero de 1628.



 

241

Un documento contemporáneo de estos horrores, los refiere en la forma siguiente: «Los indios que (los soldados) cogen en la guerra, chicos y grandes, hierran en el rostro, y pasan como esclavos de unas manos a otras, vendidos, y la mayor parte han sacado a vender al Perú, y ha habido una (india) entre muchas que viéndose herrar, daba voces diciendo: 'no me hierres que soy hija de cristiana española de las cautivas que tienen los indios'. Y soy informado que habiéndola herrado, la enviaron a las hijas del virrey marqués de Guadalcázar. Cáusame compasión ver una crueldad tan grande: y he sabido que ningunos malos tratamientos que los españoles de esta tierra han hecho a los indios, han irritado tanto a los de guerra como éste; y han propuesto en sus juntas herrar con herraduras en el rostro a los españoles y españolas que cautivasen». Carta del obispo de Santiago don Francisco de Salcedo al Rey, de 20 de enero de 1630.

Estos horrores siguieron repitiéndose hasta que el temor a las represalias de los indios vino a corregirlos.



 

242

El padre Rosales, en los capítulos 5 y 6 del libro VII de su Historia jeneral ha hecho una exposición noticiosa, aunque desordenada e incompleta de estos incidentes y de las discusiones a que dio lugar la cuestión de saberse si se debía herrar a los indios en el rostro.



 

243

Carta de Fernández de Córdoba al Rey, de 10 de enero de 1628. Rosales, libro VII, capítulo 7.



 

244

Carta de Fernández de Córdoba al Rey, de 1 de febrero de 1629. La relación que hace de este combate el padre Rosales en el capítulo 8 del libro VII de su Historia, no se aparta en su fondo de la que contiene la carta del Gobernador, pero consigna más pormenores.



 

245

Fernández de Córdoba ha referido estos hechos en la carta citada; y el padre Rosales los cuenta también con bastante exactitud en el lugar que recordamos en la nota anterior. El sitio llamado entonces Talcamávida es, como hemos dicho en otra parte, el lugar en que hoy existe Santa Juana, esto es, en la ribera sur del Biobío.



 

246

Rosales, Historia jeneral, libro VII, capítulo 8.



 

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Bascuñán ha referido en los capítulos 3, 4 y 5 del discurso I del Cautiverio feliz la muerte del corregidor de Chillán y la batalla de las Cangrejeras en que él mismo quedó prisionero. Pero su relación, recargada de pedantescas digresiones y de referencias a la historia sagrada y a las obras de los santos padres o de algunos escritores antiguos, es de tal manera fatigosa que cuesta trabajo seguir el hilo de los sucesos. Conviene recordar que el Cautiverio feliz de Bascuñán se halla publicado en el tomo II de la Colección de historiadores de Chile con una biografía del autor.

Más adelante tendremos que hablar de ese libro.



 

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El gobierno interino de don Luis Fernández de Córdoba pone término al período histórico en que se ensayó el sistema que patrocinaba el padre Luis de Valdivia para reducir a los indios de Chile. Ese ensayo de conquista pacífica, en que se mandó suspender la guerra efectiva, y en que se creyó poder asentar la dominación del rey de España, por medio de la predicación religiosa, merecía ser estudiado prolijamente. Ocupó sobremanera a los contemporáneos de esos sucesos, y envuelve para la posteridad una gran enseñanza por cuanto deja ver lo que puede esperarse de esos medios para la civilización de los bárbaros.

Pero ese estudio es más difícil de lo que parece. Sobran, es verdad, los documentos; pero ellos mismos complican la verdadera inteligencia de los sucesos. Desde los primeros días en que se trató de poner en planta este sistema, estuvieron divididas las opiniones acerca de sus ventajas e inconvenientes, se suscitaron contradicciones apasionadas y violentas, y nacieron intereses opuestos. Tanto los sostenedores como los adversarios de ese sistema nos han dejado en sus escritos copiosas noticias; pero el historiador no puede descubrir en ellos la verdad sino después de un examen atento y comparativo de los documentos emanados de las dos partes.

En el curso de los capítulos destinados a referir estos sucesos, hemos creído explicar los intereses y las doctrinas opuestas que originaron esta discusión y las resistencias que halló entre los mismos españoles el sistema de conquista pacífica. Haciendo aquí abstracción de los propósitos de engrandecimiento de su orden que guiaban a los jesuitas en la defensa de ese sistema, y de la codicia de los encomenderos que querían tener indios para su servicio y para sus trabajos industriales, en esas ardientes discusiones estaban en lucha dos ideas opuestas que importa conocer.

Sostenían los primeros que la resistencia de los indios a aceptar la dominación española era producida por el mal trato que se les daba, que como todos los hombres, éstos eran susceptibles de reducirse por los medios de la persuasión, y que la enseñanza de la religión cristiana debía aplacar sus instintos feroces y convertirlos en seres pacíficos, laboriosos y civilizados. En este concepto entraba por mucho la creencia religiosa en la intervención de un poder sobrenatural que transformaba radical y esencialmente a los indios haciéndoles modificar sus ideas y sus hábitos con sólo echar sobre sus cabezas el agua del bautismo.

Los militares y los letrados que impugnaban ese sistema, aunque profundamente religiosos, eran mucho más prácticos y positivos. Ellos creían que los indios, por la inferioridad de su civilización, no estaban preparados para experimentar una transformación de esa naturaleza, y sostenían que todos los esfuerzos que se hicieran para reducirlos por los medios pacíficos, para hacerles abandonar sus supersticiones y sus costumbres y para inclinarlos a tomar hábitos de orden y de trabajos, habían de ser ineficaces. Ellos veían que la conversión de esos indios al cristianismo o, más bien dicho, que el bautismo que recibían inconscientemente, era una ceremonia estéril que no modificaba en nada sus creencias ni su manera de ser. Los indios, decían ellos, no pueden reducirse sino por el rigor, sometiéndolos a la obediencia por la fuerza.

Tanto los jesuitas como los militares y los letrados apoyaban sus sistemas respectivos en los hechos que consignaban en sus relaciones, presentando estos hechos como comprobantes de los principios que defendían. De aquí nacen las divergencias que hallamos en los antiguos documentos, no sólo en la apreciación de los sucesos sino en los accidentes de que están revestidos. Los jesuitas, contando con el crédito que les daban las ideas religiosas de la época, con hombres más diestros en el arte de defender sus opiniones por escrito y con mayores medios de influencia, consiguieron hacer aceptar su sistema por la Corte y por sus más caracterizados representantes, y durante mucho tiempo lograron imponerlo en la historia presentándolo como el más ventajoso, y exaltando los pretendidos beneficios alcanzados por él.

Durante el curso de esta contienda, los jesuitas publicaron tres opúsculos debidos a la pluma del padre Valdivia. Dos de ellos, como hemos referido en nuestras notas, fueron dados a la luz en Lima en 1611 y 1613, y el tercero en   -164-   Madrid en 1621. Al mismo tiempo, las cartas anuas o relaciones, que el padre provincial de la Compañía de Chile escribía al general de la orden sobre los sucesos de cada año, llevaban las noticias de estos hechos presentados de la manera más favorable a la causa que defendían. Esos documentos fueron la base de las historias que acerca de estos sucesos escribieron entonces los cronistas de la Compañía. El padre Alonso de Ovalle, que publicaba en Roma en 1646 su Histórica relacion del reino de Chile, los utilizó ampliamente en los capítulos del libro VII que destinó a referir compendiosamente los sucesos de este período.

Pero en esta misma época referían estos sucesos dos jesuitas que desempeñaron un papel importante entre los religiosos de su orden, el padre Diego de Rosales y el padre Juan Pastor. El primero de ellos escribía su Historia jeneral del reino de Chile, y consagraba todo el libro VI a los trabajos del padre Valdivia y a los acontecimientos de la guerra defensiva. En posesión de los archivos de su orden, y conociendo, además, otras relaciones, le fue fácil reunir un vasto caudal de noticias que, sin embargo, expuso con poco método, sin arte, sin relieve y sin colorido, de manera que si su obra puede ser utilizada por el historiador, ofrece una lectura demasiado monótona y fatigosa. Por lo demás, ese libro que permaneció inédito hasta el año de 1877, no ha podido ser utilizado sino en nuestros días.

El padre Juan Pastor escribió una extensa historia de los jesuitas del Paraguay en que hizo entrar todos los sucesos de la guerra defensiva de Chile, que conocía por los documentos y por el trato con muchos de los jesuitas que habían intervenido en ellos. Ese religioso falleció en 1658: su libro quedó inédito, y ahora parece perdido para siempre. Pero su manuscrito fue conocido por otros historiadores de la Compañía que lo utilizaron ampliamente. Uno de ellos fue el padre Pedro Lozano, jesuita español, natural de Madrid, que habiendo vivido largos años en América, compuso, entre otras obras justamente estimadas, una Historia de la provincia del Paraguai de la Conipañía de Jesus, de que sólo alcanzó a dar a luz dos gruesos volúmenes en 4.º mayor de cerca de 800 páginas cada uno, en Madrid, 1755. Disponiendo de todos los documentos guardados en los archivos de los jesuitas y de numerosas relaciones así impresas como inéditas, el padre Lozano escribió una crónica que, aunque concebida con el propósito de hacer la defensa sistemática de su orden, puede considerarse un monumento histórico por su extensión, por el acopio de los datos, por la claridad en la exposición, a pesar de la difusión del estilo, y por el esmero con que ha recogido y ordenado todo lo que hallaba en los documentos, reproduciendo muchos de éstos íntegros o por extensos fragmentos. Inspirada por el espíritu de secta, recargada de los elogios más ardorosos a todo lo que se relaciona con la Compañía, llena de milagros y de prodigios que pudieron ser creídos en otros tiempos, pero que parecen indignos de un libro serio publicado en la mitad del siglo XVIII, la obra del padre Lozano, aunque sólo es la historia desde el punto de vista exclusivamente jesuístico es, sin embargo, la relación más minuciosa, más completa y más ordenada que se hubiera hecho de aquellos sucesos. Pero el autor dejó suspendida su obra en los acontecimientos de 1615, de manera que no alcanzó a referir el desenlace final y definitivo de la empresa a que dio su nombre el padre Valdivia.

Otro cronista de la Compañía, que escribía en Chile por los años de 1730, el padre Miguel de Olivares, conoció estos sucesos mucho más imperfectamente; y queriendo contarlos en su Historia de la Compañía de Jesus, consagró una extensa porción del capítulo IV a la relación clara, pero compendiada de cuanto se relaciona con los trabajos del padre Valdivia. Si ese capítulo no es propiamente fundamental en la materia, el historiador no puede dejar de consultarlo porque allí hallará algunos accidentes que lo ayudan a conocer esos sucesos.

Los cronistas posteriores del reino de Chile, don Pedro de Córdoba y Figueroa, don José Pérez García y don Vicente Carvallo y Goyeneche, no conocieron más fuente de información que las relaciones emanadas de los jesuitas, y no les fue posible dar una luz segura sobre esos hechos, no sólo porque carecieron de documentos en que apoyarse sino porque el respeto religioso que les inspiraban los jesuitas les impedía ser más explícitos. La porción de sus obras que se refiere a la guerra defensiva es sumamente superficial, y adolece, además, de todo género de errores. El abate don Juan Ignacio Molina, en las pocas páginas que destina a estos sucesos en su Compendio, y los redactores de esta parte de la historia que lleva el nombre de don Claudio Gay, no han hecho más que repetir las noticias consignadas por los cronistas que pudieron conocer, sin adelantar la investigación. Lo mismo debe decirse de la Memoria sobre el servicio personal de los indíjenas i su abolicion escrita por don José Hipólito Salas, más tarde obispo de Concepción, y publicada en Santiago en 1848, en un opúsculo de 108 pp. en 4.º. El autor tuvo a la vista las obras citadas de Ovalle, de Olivares y de Lozano; y apoyándose en ellas y en los documentos que contienen, escribió una disertación, más bien que una memoria histórica, en que los hechos no están referidos con la conveniente extensión ni en la forma a propósito para dar una idea clara de ese período de nuestra historia.

Las obras de los escritores jesuitas que hemos citado más arriba, por útiles que sean para el historiador, eran deficientes para llegar al conocimiento cabal y definitivo de aquellos hechos. En este proceso histórico no se conocían más que los alegatos de una parte. El testimonio de los adversarios de los jesuitas no había sido oído, y no   -165-   era posible dar un fallo acertado, ni siquiera hacer la exposición razonada y verdadera de los sucesos, sin conocer los informes que acerca de ellos daban los militares en documentos más o menos extensos, guardados escrupulosamente en los archivos del Rey y sustraídos al conocimiento de los cronistas e historiadores.

Pero, además de los documentos de esta clase, existieron extensas relaciones históricas, perdidas unas, desconocidas otras, que habría importado estudiar. En 1625, Felipe IV nombraba cronista de Indias a un literato español llamado Luis Tribaldos de Toledo. En esos momentos, el Rey abandonaba el quimérico pensamiento de reducir a los indios de Chile por medio de misiones y de la guerra defensiva. Sea por encargo de la Corte o por inspiración propia, Tribaldos de Toledo se propuso contar la historia de la tentativa del padre Valdivia, y acometió la formación de una obra a que dio por título Vista jeneral de las continuadas guerras i difícil conquista del gran reino de Chile. Mal preparado para trabajos de ese orden, con escasos conocimientos de la historia y de la geografía de este país, se limitó a copiar o extractar los documentos que pudo consultar en los archivos, ligándolos entre sí por medio de generalidades escritas con aparato literario, pero de escaso valor histórico. Es posible, sin embargo, que continuando su trabajo, Tribaldos de Toledo hubiera podido utilizar mejor sus materiales y dejar un libro más bien ordenado y dispuesto; pero sólo alcanzó a trazar un cuadro rudimentario, una especie de borrador preparatorio, que, además, no comprende más que los hechos que determinaron el establecimiento de la guerra defensiva. Aun en esa forma, su manuscrito es útil para los que se proponen hacer un estudio detenido de estos sucesos; y por esa razón lo insertamos en el tomo IV de la Colección de historiadores de Chile con una reseña bibliográfica del autor.

En esa misma época, dos capitanes de la guerra de Chile escribieron otros libros de un carácter histórico en que impugnaban el sistema patrocinado por el padre Valdivia. Uno de ellos llamado Domingo Sotelo de Romai, al cual hemos hecho referencia en algunas notas anteriores, formó una historia de Chile en que, según parece, la relación de los sucesos de su tiempo tenía un alto valor; pero ese libro desgraciadamente no ha llegado hasta nosotros, si bien fue conocido y utilizado por el padre Diego de Rosales, que probablemente debió a ese manuscrito el haber podido dar a esta parte de su historia la exactitud material de los hechos. El otro cronista a que nos referimos es don Melchor Jufré de Águila, autor de un poema narrativo publicado en Lima en 1630 con el título de Compendio historial del descubrimiento, conquista i guerras del reino de Chile. Ese libro, que seguramente llamó poco la atención de los contemporáneos, debió ser objeto de una destrucción tenaz y sistemática hasta el punto de llegar a ser casi absolutamente desconocido para la posteridad. Más adelante, en un capítulo especial que destinamos al movimiento literario en el siglo XVII, hallará el lector más amplias noticias acerca de estos dos escritores y de sus obras.

Hemos dicho que la historia verdadera de estos sucesos no podía escribirse sin oír a las dos partes y que hasta hace poco sólo se conocían los libros que hacían la defensa de los jesuitas. Mientras tanto, los archivos estaban repletos de documentos y relaciones de otro orden que era indispensable estudiar. Los informes de los militares y de los letrados y las piezas que los acompañaban, debían dar nueva luz sobre los hechos y esclarecer al historiador para que pronuncie su juicio. Don Claudio Gay, que visitó el Archivo de Indias después de publicada toda la parte de su Historia relativa a la Conquista y a la Colonia, tomó copia de algunas piezas referentes a la guerra defensiva, que dio a luz en 1852 en el II tomo de Documentos. Aunque por error de copia o por descuido de impresión, se publicaron esos documentos imperfectamente, ellos contienen importantes revelaciones históricas de que han podido aprovecharse los historiadores subsiguientes. Don Miguel Luis Amunátegui, con el auxilio de esas piezas y con un conocimiento entero y cabal de los escritos que nos legaron los historiadores de la Compañía, ha trazado un notable capítulo (el 4.º del tomo II) de Los precursores de la Independencia de Chile en que los sucesos de la llamada guerra defensiva están expuestos en sus rasgos principales con tanta claridad como solidez. En el plan de su libro no entraba el hacer la historia prolija y completa de ese período, pero el capítulo citado hasta para conocerlo en su conjunto y en algunos de sus pormenores y para indicar el juicio definitivo de la historia.

Creyendo que convenía dar a conocer este ensayo de conquista pacífica en todos sus complicados accidentes, nosotros recogimos pacientemente documentos de cualquier origen que se refieren a estos sucesos. En el Archivo de las Indias hallamos la principal parte de ellos, pero también sacamos copia de muchos otros en la Biblioteca Nacional de Madrid y en las ricas colecciones de manuscritos de la Academia de la Historia de la misma ciudad. Estas diligencias nos han permitido contar todo lo que se refiere a la guerra defensiva con una gran amplitud de pormenores. El deseo de dejar suficientemente esclarecida esta parte de la historia nacional, nos ha arrastrado a consagrarle cinco extensos capítulos y a emplear una prolijidad que habrá de parecer fatigosa a muchos de nuestros lectores. De todas maneras, las noticias que hemos reunido en ellos pueden ser utilizadas por los historiadores futuros, descartando los detalles que parecieren de interés secundario, pero que siempre sirven para dejar bien caracterizados los acontecimientos.



 

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Así lo dice expresamente el oidor decano de la real audiencia de Santiago doctor Luis Merlo de la Fuente en carta escrita al Rey desde Lima, en 20 de mayo de 1620. El oidor doctor Gabriel de Celada en el informe fechado en 6 de enero de 1610 acerca del estado de Chile, da cuenta de la pobreza general del país, y añade: «Así no corre en él moneda». Pero esta indicación no debe tomarse literalmente, porque consta de todos los documentos que desde diez años antes se comenzó a pagar en moneda sellada una parte del sueldo de las tropas. Sin duda, en 1610 era todavía muy escasa la moneda en Chile, no circulaba más que en algunos puntos del reino, y, además, era recogida empeñosamente por los comerciantes para hacer sus compras en el Perú.



 
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