Olivares, Historia de la Compañía de Jesus en Chile, p. 42.
Relación que el príncipe de Esquilache hace al marqués de Guadalcázar sobre el estado en que deja el virreinato del Perú, § 95.
El padre Valdivia recordaba este hecho en el memorial que publicó en Madrid en 1521, presentándolo como una prueba de los benéficos resultados de su sistema de conquista pacífica.
Carta del obispo de Concepción don fray Luis Jerónimo de Oré al Rey, de 4 de marzo de 1627. Los informes de los gobernadores, según ha podido verse, y como se verá más adelante, eran todavía menos favorables a las misiones, que según ellos no habían producido otra cosa que aumentar los gastos.
La Inquisición habría tenido un abundante trabajo si hubiera extendido hasta a los indios su jurisdicción para castigar los delitos de herejía, impiedad, hechicería, etc. Pero Felipe II al establecer en América aquel tribunal en 1570 declaró a los indígenas exentos de su tremenda jurisdicción, y sólo estaban sometidos a la inspección de sus obispos diocesanos. Recopilacion de las leyes de Indias, libro VI, tít. I, ley 35.
El texto original de este edicto se halla publicado con el tercer concilio de Lima, y puede verse en la Collectio maxima conciliorum omnium Hispaniœ et Novi Orbis del cardenal Aguirre, Roma, 1755, tomo VI, pp. 57-59.
Véase entre otros pasajes el capítulo 20, § 5, de la parte III.
Carta de Fernández de Córdoba al Rey, de 10 enero de 1628.
Don Miguel Luis Amunátegui ha dado noticia de esta contienda publicando un importante documento que a ella se refiere, en la p. 166 y ss. de El terremoto del 13 de mayo de 1647.
Tendríamos que llenar muchas páginas si hubiéramos de contar, aunque fuera sumariamente, estas frecuentes y escandalosas reyertas de frailes. Los padres de San Juan de Dios, introducidos en Chile por empeño de Alonso de Ribera, no se sustrajeron a estos desórdenes. El obispo de Santiago, don Francisco Salcedo, escribía el 12 de abril de 1633 lo que sigue al fiscal del Consejo de Indias: «Recibí con la carta de vuestra merced la cédula de Su Majestad y forma que por ella manda se guarde en los hospitales que hay en este reino. Vino muy a tiempo porque trece o catorce hermanos que hay en el hospital de esta ciudad trataban de hacer provincial y prior y visitador y no sé qué otras dignidades; y sobre esto andaban para darse de palos unos a otros. Ella es gente sin letras ni obligación de coro, ni iglesia, ni calidad, sino la más soez que hay en este reino, que ni para guerra ni para paz no han podido ser de provecho. Véolos andar más bien vestidos que los de San Francisco, con buenas camisas, jubones y zapatos y con sombreros que no cuestan menos de veintidós reales de a ocho, y cuando este hospital no tuviera más renta así de hacienda como de limosnas que para sustentarlos a ellos, no quedara con qué curar a los pobres. La forma muy buena estará para otros hospitales, pero no para Santiago de Chile, donde bastarían tres o cuatro que lo sirviesen con los negros que quisiesen, y no trece o catorce que se coman lo que es de los pobres».
Carta del obispo Pérez de Espinoza al Rey, de 1 de enero de 1609. El padre Diego de Rosales ha consignado la noticia siguiente que contribuye a dar a conocer la situación moral e intelectual del clero de Chile. «Este año (1631) llegó una cédula al gobernador don Francisco Lazo de Su Majestad, expedida el año antes de 1630, en que le manda que exhorte al obispo de la Concepción, don Jerónimo de Oré, para que se enmiende en la facilidad que tiene de ordenar sacerdotes a hombres incapaces, inícuos, sin letras, fascinerosos y de vil nacimiento. Y sobre lo mismo escribe también al Virrey para que se ponga remedio porque el buen Obispo, aunque era un santo y de loable vida, ya por la necesidad que tenía de sacerdotes, ya por la bondad de su natural, ordenaba sin distinción de personas, y ordenó a muchos indignos del sacerdocio, que movió a las personas celosas a dar cuenta a Su Majestad para que le fuese a la mano y reprimiese tanta facilidad con su exhortación, que es severo mandato. Pero llegó tarde, que ya había muerto cuando llegó esta cédula», Historia jeneral, libro VII, capítulo 16.