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Carta al Rey del obispo Salcedo, de 10 de febrero de 1632, de que hemos reproducido algunos pasajes en la nota 39 de este mismo capítulo.



 

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«El privilegio de una compañía es justificable, dice J. B. Say, cuando es el único medio de abrir un comercio nuevo con pueblos lejanos y bárbaros. Se hace entonces una especie de privilegio exclusivo cuya ventaja cubre los riesgos de una empresa aventurada y los costos de una primera tentativa; pero como los otros privilegios exclusivos, este privilegio no debe durar más que el tiempo necesario para indemnizar completamente a los empresarios de sus anticipos y de sus riesgos. Pasado ese término, no es más que un obsequio que hace el gobierno a ciertos individuos a expensas de sus conciudadanos que tienen por la naturaleza el derecho de procurarse los artículos de que tienen necesidad, donde pueden y al más bajo precio posible». J.B. Say, Traité d´economie politique, libro I, chap. 17.



 

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Adam Smith, condenando este sistema de monopolio establecido para el comercio de las colonias, formulaba los principios siguientes que están confirmados por los hechos: «El comercio exclusivo de las metrópolis tiende a disminuir a la vez las comodidades y la industria de todos estos países en general y de la América en particular, o a lo menos tiende a mantenerlos más abajo del grado a que se elevarían por otros medios. Es un peso muerto que gravita sobre la acción de uno de los principales resortes de que recibe su impulso una gran parte de los negocios humanos. Haciendo los productos de las colonias más caros en todos los otros países, el comercio exclusivo hace menor el consumo, y por esto mismo debilita la industria de las colonias y disminuye a la vez las comodidades y la industria de todos los otros países, puesto que éstos se dan menos comodidades cuando es menester pagarlas más caro, y que al mismo tiempo producen menos cuando sus productos dan menos provecho. Haciendo los productos de los otros países más caros en las colonias, debilita de la misma manera la industria de todos estos países al mismo tiempo que priva a las colonias de sus comodidades y de su industria». Adam Smith, Wealth of nations, book IV, chap. 7. Estas verdades que ahora nos parecen tan rudimentarias, eran una novedad en la época en que escribía el insigne economista, y envuelven una crítica profunda del sistema comercial de las colonias del rey de España.



 

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Don Bernardo de Ulloa, Restablecimiento de las manufacturas i del comercio español, Madrid, 1740, parte II, p. 191. Este libro, más conocido por una traducción anónima francesa, publicada en Amsterdam en 1753, es de gran utilidad para conocer las causas de la decadencia industrial y económica de España, y merece por tanto ser estudiado por los historiadores.



 

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Son notables las apreciaciones que a este respecto hace un distinguido economista de nuestros días en las palabras siguientes:

«El descubrimiento de América, habría podido, bajo el punto de vista político, producir a la metrópoli recursos importantes y duraderos por el desarrollo de la marina. Si el comercio con la América hubiese sido libre para todos los españoles, esta competencia feliz, disminuyendo los fletes, habría multiplicado el tráfico, los viajes y los retornos. Todos los puertos de la península habrían tomado parte en la prosperidad común: la vida habría penetrado por las costas en todas las provincias interiores vecinas, y una marina mercante numerosa, perfeccionada y progresiva no habría tardado en surcar los mares. Habría resultado para la España, además de un acrecentamiento de riqueza, un aumento de poder. Ella se habría hallado en condiciones mejores para explotar, para proteger, para desarrollar sus dominios de ultramar. Pero el régimen de los galeones y de la flota reducía a las proporciones más mínimas la marina mercante española. Treinta grandes naves, pesadas, lentas en su marcha, hacían una vez al año el viaje de España a América y de América a España. La falta de concurrencia condenaba esta marina a la inmovilidad: ésta no hacía ningún progreso, y era en el siglo XVIII lo que había sido en el siglo XVI. Cuando ella se vio enfrente de esas legiones de buques mercantes ingleses y holandeses, buques ligeros, de poco calado, de marcha rápida, experimentó cuánta fecundidad posee la competencia y cuánta esterilidad produce el monopolio». Paul Leroy-Beaulieu, De la colonisation chez les peuples modernes, libro I, chap. I, p. 41.



 

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Se sabe que los monarcas españoles ponían entonces el más celoso empeño en mantener envuelto en secreto todo lo que se refería a las rentas y riquezas que producían sus colonias de América, creyendo alejar, así, las expediciones de extranjeros que pretendiesen apoderarse de esos recursos o hacerse dueños de algunas de estas posesiones. Así, los antiguos cronistas no hablan de esos recursos sino en términos generales, fundándose muy pocas veces en datos precisos y seguros, y refiriéndose casi siempre a lo que se contaba. De todas maneras, esta política produjo un efecto contrario al que se buscaba, y la fama de los inmensos tesoros que América producía a la Corona se extendió en toda Europa. El célebre historiador alemán Leopoldo Renke, después de comparar todas las indicaciones y noticias que ha podido hallar, sostiene que las rentas con que América socorría al tesoro español en el siglo XVI eran bien inferiores a lo que se ha creído generalmente, puesto que según sus cálculos no pasaban de medio millón de pesos por año. Véase L'Espagne sous Charles V Philippe II et Philippe III, trad. J.B. Haiber, chap. 4.

Sin embargo, nosotros tenemos sólidos fundamentos para apartarnos de su opinión y para sostener la exactitud de la cifra aproximativa que damos en el texto. Sin querer apoyarnos en otros documentos, vamos a recordar uno solo, que es incontrovertible. En 1605, Simón Contarini, embajador de Venecia en Madrid, daba al Senado de esa república una Relacion acerca del estado de España, que deja ver el estudio más prolijo, y que por su escrupulosa exactitud en los más menudos detalles, hace de ella un documento capital, como son ordinariamente los informes de los embajadores venecianos, tan justamente estimados por los historiadores. Al terminar esa Relacion, Simón Contarini recapitula ordenadamente los gastos y entradas de la Corona; y coloca en primera línea entre estas últimas, lo que sigue: «Lo que viene de las Indias un año con otro, 3000000 de ducados»; que son cerca de cuatro millones de pesos; fuera de otra suma menor producida por la aduana de Sevilla sobre el comercio de las colonias. El embajador veneciano tiene cuidado de advertir que el servicio de las flotas de Indias costaba al Rey casi otro tanto. La importante Relacion de Simón Contarini, ha sido publicada en castellano bajo el cuidado del célebre erudito español don Pascual de Gayangos como apéndice a las Relaciones de las cosas sucedidas en la corte de España desde 1599 hasta 1614 por el cronista don Luis Cabrera de Córdoba, Madrid, 1857, que hemos citado en otras ocasiones.



 

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Informe dado por el contador Fernando de la Guerra, en Concepción a 1 de abril de 1620.



 

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El curioso documento que extractamos, demuestra que en 1628 se fabricaban en Chile los naipes que se expendían en número muy considerable. Esta fabricación se limitaba a la impresión de los cartones que se traían de España con moldes grabados o fundidos sobre metal, que también se traían de España.



 

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Llamábase mesada el derecho que percibía el Rey pagándose el sueldo de todo beneficio eclesiástico durante el primer mes después de cada nombramiento.



 

319

Carta al Rey, del tesorero Jerónimo Hurtado de Mendoza, escrita en Santiago el 5 de febrero de 1628.



 
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