Selecciona una palabra y presiona la tecla d para obtener su definición.
Indice


360

Quinientos amigos, dice Tesillo; pero Arbieto, que parece haber escrito bajo la inspección inmediata del mismo Gobernador, dice setecientos. El padre Rosales, que además de sus propios recuerdos y de las noticias recogidas entre los contemporáneos, ha tenido a la vista esas dos relaciones, ha seguido en este punto la de Arbieto.



 

361

Esta batalla, mencionada en las antiguas relaciones con los nombres de Petaco, Arauco, o la Albarrada, ha sido referida por Lazo de la Vega en su carta al cabildo de Santiago, y por Tesillo, Arbieto, y el padre Rosales en las obras citadas (véase Tesillo, pp. 39-41 y Rosales, libro VII, capítulo 14), con bastante conformidad, pero sin muchos accidentes, porque parece, en efecto, que la victoria de los españoles se pronunció en corto tiempo y sin otros movimientos que los que dejamos apuntados. En la cuenta de los muertos y prisioneros hay, sin embargo, notable divergencia entre esas relaciones. Así, Arbieto, dice que los muertos fueron 812 y los prisioneros, 173; Rosales da también esta última cifra; pero eleva el número de los muertos a 1400. La carta de Lazo de la Vega, escrita inmediatamente después de la victoria, habla en general de 600 muertos y de 800 prisioneros. Nosotros seguimos en el texto la relación de Tesillo que nos parece la autoridad más digna de crédito.



 

362

Acuerdo del cabildo de Santiago de 24 de enero de 1631, a fojas 242 del libro II de la corporación.



 

363

Acuerdo del cabildo de Santiago de 29 de marzo de 1631.



 

364

Algunos de los antiguos cronistas han reprobado a Avendaño el no haber hecho nada por el reino de Chile en el desempeño de su misión, limitándose a pedir para sí el gobierno de Tucumán. Esta acusación es infundada, como lo veremos en el capítulo siguiente, y nacida de que esos escritores no conocieron los documentos relativos a los trabajos y gestiones de este emisario.

Don Francisco de Avendaño era natural de Concepción, e hijo del general don Miguel de Avendaño y Velasco, que, como se recordará, había figurado mucho en tiempo de Valdivia, de Hurtado de Mendoza y de sus sucesores. Don Francisco entró a desempeñar el gobierno de Tucumán en junio de 1637, y allí murió a principios de 1642. Durante este tiempo fue también gobernador interino de Buenos Aires. Véase sobre él lo que dice el padre Lozano, Historia de la Conquista del Paraguai, etc., libro IV, capítulo 17.



 

365

Esta ruidosa competencia que no creemos necesario referir en todos sus complicados accidentes, fue largamente debatida, y fue motivo de extensos memoriales que hemos tenido a la vista al escribir estas páginas. Los promotores de la resistencia, que opuso el supremo tribunal, fueron: los oidores doctor don Cristóbal de la Cerda, doctor don Gaspar de Narváez y Valdelomar y el licenciado don Rodrigo de Carvajal y Mendoza, el último de los cuales falleció ese mismo año de 1631 durante el curso de la competencia. El licenciado don Hernando Machado de Chávez había dejado de ser oidor de la audiencia de Chile y partido al Perú y, por lo tanto, no tomó parte en estos acuerdos. El fiscal don Jacoho de Adaro y San Martín, que en marzo de 1632 pasó a ser oidor de la audiencia, se mostró partidario del Gobernador en aquella contienda, así como don Pedro Machado de Chávez, hijo del ex oidor don Hernando, que llegó en mayo de este último año a reemplazar a Adaro y San Martín en el cargo de fiscal. En cambio, el oidor Narváez y Valdelomar levantó informaciones secretas contra el Gobernador, y alentó por todos los medios la resistencia de los vecinos. La muerte lo sorprendió en 1632, a poco de haber llegado la resolución del Virrey.

Don Francisco Lazo de la Vega dio cuenta al Rey de todas estas ocurrencias con fecha 20 de marzo de 1632, y su carta forma un documento indispensable para entenderlas. Pero el obispo de Santiago, don Francisco de Salcedo, pronunciándose abiertamente en contra de la Audiencia, y en favor del Gobernador, ha referido los mismos hechos en sus cartas al Rey de 1631, 32 y 33, pidiendo empeñosamente la supresión de ese tribunal, al cual acusa de ser origen de todas estas dificultades y de muchos otros males.

A pesar de la decisión con que el obispo Salcedo estuvo en esas circunstancias de parte del Gobernador, no vaciló en ponerse en contra de él cuando en uno de los incidentes de esta competencia creyó vulnerado el derecho de asilo que entonces se reconocía a las iglesias. Tal vez parecerá interesante el siguiente episodio de aquella reñidísima contienda.

En octubre de 1631 llegó a Santiago la falsa noticia de haberse visto cerca de Chiloé cinco naves que parecían holandesas. «Con esta nueva, dice un antiguo documento, el Gobernador hizo echar bandos mandando que se arbolasen las banderas y saliesen las compañías y se pusiesen en armas todos los vecinos y moradores, como se pusieron, y ordenó a cinco capitanes reformados a la costa de la mar con gente bastante cada uno de ellos a la parte y punto que se le señaló, a vigilar y estar de centinela, y a hacer retirar los ganados, y (que) le diesen aviso de lo que hubiese para dárselo al Virrey. Y habiendo sabido de ello los cuatro capitanes en ejecución de la orden de su Capitán General, el quinto que fue el capitán Francisco Fuenzalida (tío de don Antonio de Escobar), dejó de ir y se retrajo en la Compañía de Jesús, de donde fue sacado y puesto en el cuerpo de guardia preso. Y el Obispo excomulgó por ello al Capitán General; y por obviar mayores inconvenientes éste le volvió a la iglesia; y estando en ella fue procesado por el Capitán General, llamándole por edictos, pregones y bandos, y puso la causa en estado de sentencia. Y el dicho capitán Fuenzalida, estando retraído, apeló a la Audiencia, donde fue oído y amparado contraviniendo a las cédulas reales que, aun, cuando la Audiencia tuviera conocimiento, que no le tienen por ser caso militar, no le debieron oír hasta presentarse en la cárcel de corte, y finalmente dieron por nulos los autos hechos contra él por el Capitán General, y con esto salió de la iglesia y se anda paseando». Carta al Rey del fiscal de la audiencia de Chile doctor don Jacobo de Adaro y San Martín, escrita en Santiago el 1 de diciembre de 1631.

Cuatro años más tarde, en 1635, el capitán Fuenzalida pagó a los padres jesuitas el servicio que le prestaron en aquellas circunstancias, haciéndoles donación de una casa situada en el centro de la ciudad, en el sitio en que hoy se levanta el palacio de los tribunales. Pero esa casa pertenecía a los hijos del capitán Fuenzalida, y éstos, que no tenían otros bienes, reclamaron su devolución, y siguieron un largo y ruidoso litigio, acerca del cual el lector puede hallar noticias en una nota que pusimos a la p. 132 de la Historia de los jesuitas en Chile, por el padre Miguel de Olivares.



 

366

Informe acerca de estos sucesos dado por Lazo de la Vega al cabildo de Santiago en 22 de septiembre de 1631. Relación de los sucesos que ha tenido el Gobernador desde abril de 1631 hasta abril de 1632, documento importante que junto con otros análogos, publicamos como apéndice del libro de Tesillo en la reimpresión que hicimos en el V tomo de la Colección de historiadores de Chile. Tesillo, en las páginas 51 y 52 del libro citado, y Rosales, en el capítulo 16 del libro VII, han contado estos mismos sucesos con gran abundancia de detalles que no tenemos para que recordar. El último de estos cronistas refiere que Quempuante fue traicionado por una de sus mujeres, que ella fue la que enseñó a los españoles la manera de sorprenderlo, y que siguiendo sus indicaciones, lograron éstos el objetivo de aquella expedición.



 

367

Los anuncios de la reaparición de los holandeses en nuestras costas eran incesantes en esa época, y mantenían el temor y la alarma en los puertos y en las ciudades. Los holandeses, rechazados un momento en el Brasil, habían vuelto otra vez a ese país, y en febrero de 1630 se apoderaron de Pernambuco. No pudiendo acometer otras empresas contra las colonias españolas, se habían limitado a acercarse a algunos puntos de la costa vecina a Buenos Aires y a arrojar en tierra impresos y proclamas escritas en español en que estimulaban a los habitantes de estas colonias a sublevarse contra el rey de España. En 1628 la audiencia de Santiago recibió de Buenos Aires una de esas publicaciones, un opúsculo escrito contra la religión católica y contra el monarca español. En acuerdo de 30 de octubre de ese año, resolvió que «sin que lo viese otra persona alguna se cerrase y sellase y guardase para llevarlo al tribunal de la Inquisición que reside en Lima». Esta providencia que, sin duda, habría hecho reír a los autores de aquel escrito, no podía calmar los temores que en estos países inspiraba la anunciada reaparición de los corsarios. En los últimos meses de 1631 se anunció en Santiago que en las islas de Chiloé se habían visto cinco naves sospechosas. Lazo de la Vega, dando crédito a esta noticia, despachó al capitán Pedro de Recalde con algunos buques a recoger noticias del enemigo en aquellos archipiélagos y en las islas de Juan Fernández. Esta alarma, destituida de todo fundamento, había hecho renacer la inquietud en esos días.



 

368

Acuerdo del cabildo de Santiago de 18 de noviembre de 1631, a fojas 380-82 del libro II.



 

369

Lazo de la Vega da cuenta de esta epidemia en los términos siguientes: «Me ha sido de grande embarazo en la prosecución de tan buenos efectos como se han conseguido este verano en la guerra, una peste general de un romadizo con dolor de costado de que ha enfermado casi toda la gente del ejército y del reino. Algunos se han muerto de repente, y a Dios gracias va cesando con mucha mejoría». Carta de Lazo de la Vega al Rey, escrita en Concepción el 20 de abril de 1632. Probablemente, esta enfermedad fue sólo un catarro epidémico semejante al que conocemos con el nombre francés de grippe, y al cual achacaban los contemporáneos las muertes que ocurrieron esos días sin causa conocida.



 
Indice