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Copio estas palabras textuales de un memorial presentado al Rey en 1613 por el padre Francisco de Figueroa como representante y apoderado en Madrid del padre Luis de Valdivia. El padre Rosales ha referido el mismo hecho en el capítulo 12, del libro VI de su Historia jeneral, pero manifiesta que todo ello sirvió de poco, porque Dios había «dado licencia a los demonios para estorbar por sus ocultos juicios y por nuestros pecados o los de los indios, su conversión, porque viendo que por estos medios les habían de quitar tantas almas y hacerles cruda guerra, se armaron todas las furias infernales para estorbar los pasos y la conversión de los infieles». La filosofía histórica del padre Rosales, como la del mayor número de historiadores españoles de su siglo, incluso don Antonio de Solís, que es el más elegante y académico de todos ellos, es de esta misma fuerza.



 

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Certificado dado por la audiencia de Santiago en 29 de marzo de 1613 a petición del procurador de ciudad para enviarlo a España como justificativo contra aquella acusación.

Entre los mismos jesuitas de Chile hubo algunos que consideraron quiméricos los proyectos del padre Valdivia; pero se vieron obligados a guardar silencio por la actitud decidida que tomó el provincial Diego de Torres. El capitán Diego de Mercado, en un extenso memorial que dirigió al Rey en 19 de abril de 1613, le dice «que el padre Francisco Gómez de la dicha Compañía, de muy cristiana y ejemplar vida», que había misionado largo tiempo entre los indios, y que creía que éstos eran irreductibles por los medios pacíficos, sostuvo esta opinión con alguna entereza, pero que se le dio la orden de partir a Tucumán y tuvo que cumplirla en virtud de la ley de santa obediencia. Seguramente por la misma causa se atrajo las persecuciones de sus superiores el padre Manuel Fonseca, al cual se le mandó partir para Lima; pero poniéndose bajo el amparo del obispo de Santiago, don fray Juan Pérez de Espinoza, abandonó la Compañía y se quedó en Chile burlando las órdenes del padre provincial, que parecía singularmente encarnizado en contra suya. El padre Lozano, que ha contado este hecho extensamente en el capítulo 15 del libro VII de su obra citada, no es bastante explícito para dar a conocer la causa que motivó la persecución del padre Fonseca.



 

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El padre Lozano dice en el libro VII, capítulo 8 que no ha podido conocer los trabajos de este emisario, y que probablemente murió a poco de haber llegado a España.

El padre Valdivia tenía, además, en la Corte otro apoderado, el padre Francisco de Figueroa que en 1613 presentó al Rey dos memoriales sobre las cosas de Chile y en defensa del nuevo sistema de guerra, que se conservan en el Archivo de Indias. En 1615 el padre Valdivia dirigía a éste extensas noticias de lo que pasaba en este país para que sirvieran en las gestiones que se hacían en Madrid.



 

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«He visto muchas veces como lengua (intérprete) del padre Valdivia, que andaba siempre a su lado, que a todos los indios que venían de tierra de guerra y decían que los enemigos querían aceptar la paz, los acariciaba y regalaba y les daba de lo que tenía; y a los que decían que era trato doble el que trataban, los maltrataba y ultrajaba de palabra». Declaración del capitán Juan B. Pinto dada en 27 de febrero de 1614. Como es fácil comprender, con un procedimiento semejante, los mensajeros indios habían necesariamente de dar noticias favorables a la paz.



 

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Los documentos contemporáneos dan dos versiones enteramente opuestas de estos sucesos. Las relaciones del padre Valdivia y de los otros jesuitas dicen que los indios ofrecían sinceramente la paz. Las que provienen de los militares refieren que sólo pensaron en engañar a los españoles. El mismo sargento Meléndez cuenta las cosas diversamente en dos declaraciones que prestó, diciendo en la última que el padre Valdivia, obstinado en hacer creer en las disposiciones pacíficas de los indios, había alterado lo que él le refirió al salir del territorio enemigo. En vista de este embrollo de contradicciones de los documentos y relaciones, nosotros hemos seguido la versión que nos ha parecido más autorizada. Es ésta la de fray Juan Falcón, religioso lego dominicano, que cayó prisionero de los indios en la toma y ruina de la ciudad de Valdivia en noviembre de 1599 y que sólo fue rescatado en 1614. En 18 de abril de este año prestaba ante el cabildo de Santiago una prolija declaración de cuanto había visto durante su cautiverio. Hablando perfectamente la lengua chilena y viviendo entre los indios en la época a que nos referimos, él fue testigo de todo lo que pasó durante la misión del sargento Meléndez, y lo ha referido con el aire de la más absoluta sinceridad. Su declaración es muy curiosa por los datos que contiene acerca de la vida de los indios y de la condición de los prisioneros.



 

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Declaración citada del capitán Juan B. Pinto, intérprete del ejército español.



 

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El virrey del Perú quería que se conservase en pie este fuerte para defensa de la frontera, pero eran tan sinceros sus deseos de realizar la pacificación de Chile, que cuando supo que el padre Valdivia había ofrecido a los indios despoblarlo, encargó que se cumpliera esta promesa. En carta escrita a Ribera en 20 de febrero de 1613 le decía lo que sigue: «Cuidado me ha dado tratar de desamparar el fuerte de San Jerónimo, porque el intento de resistir las fronteras de Catirai y Guadaba era considerable: pero será forzoso el hacerlo supuesto que el padre Valdivia lo ofreció a los indios; y por excusar semejantes ocasiones y apretura, es bien no entrarse muy adentro el padre Valdivia en esta demanda, como tengo advertido». Cuando esta carta llegó a Chile, habían cambiado mucho las condiciones de la guerra, y el padre Valdivia había desistido definitivamente de entrar a la tierra enemiga a tratar con los indios.



 

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Eran éstos, además del Gobernador y del padre visitador, los maestres de campo: Álvaro Núñez de Pineda y Alonso Cid Maldonado y el capitán Francisco Galdames de la Vega, a quienes el Virrey había nombrado consejeros en los asuntos de guerra, y el maestre de campo Jerónimo Peraza, los castellanos de Paicaví y de Arauco Guillén Asmes de Casanova y Juan de Ugalde, y los capitanes Francisco Gil de Negrete, don Pedro Ramírez de Velasco, Hércules de la Vega, don Antonio Buitrón Mujica, Juan Domínguez y Juan Cortés, hijo este último del coronel Pedro Cortés. El acta de esta junta de guerra se conserva en el Archivo de Indias de donde tomamos la copia que tenemos a la vista.



 

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Carta de Alonso de Ribera al Rey, escrita en Concepción el 17 de abril de 1613.



 

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Relación escrita por el padre Valdivia en diciembre de 1612. Fue publicada en Lima el año siguiente, y se halla reimpresa por don Claudio Gay en las pp.281-294 del segundo tomo de Documentos.



 
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