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Cabrera, obra citada, libro I, cap. 4, p. 19.
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Esta exigencia del Consejo de Indias parece estar fundada, en cierto modo, en las solicitudes anteriores de Alderete. En uno de los memoriales que éste presentó a la Corte poco después de su arribo a España, había pedido, contrariando en este punto las instrucciones de Valdivia, «que pues él (Alderete) ha navegado hasta el estrecho y conoce aquella costa, cuyo descubrimiento es utilísimo, se capitule con él y se le dé la gobernación desde los fines de la de Valdivia cuanto duren las costas del sur y del estrecho». En la minuta escrita para resolver lo pedido en este memorial, se leen las palabras siguientes: «Que Alderete ha venido aquí y ha informado a Su Majestad de lo del estrecho, y de la importancia que es acabarle de descubrir y poblarle y hacer algunas fortalezas, así por la noticia que los portugueses tienen a poner allí el pie, como porque se sabe que cerca de allí hay cantidad de especería y es de la misma calidad. Por éstos y otros reparos parece bien conceder al dicho Alderete la gobernación de la parte del estrecho y que se haga con él la capitulación que se acostumbra». Este acuerdo del Consejo tiene la fecha de 27 de abril de 1554. El viaje a Inglaterra del príncipe don Felipe impidió, sin duda, que se llevase a efecto.
El padre jesuita Diego de Rosales, que ha contado con los mayores errores que es posible concebir, las negociaciones de Alderete en la corte de España para obtener el título de Gobernador, refiere en el cap. 9, lib. IV de su Historia jeneral de Chile, que el título de reino que durante los tiempos coloniales se daba a nuestro país, provino de una conversación que tuvo Alderete con Carlos V en Flandes, en la cual el Emperador habría dicho: «Pues hagamos reino a Chile». La anécdota es de pura invención; ni Alderete estuvo en Flandes ni conversó nunca con Carlos V. A Chile se le daba de tiempo atrás el título de reino en numerosos documentos emanados del cabildo de Santiago. Por no alargar esta nota, nos limitaremos a citar dos de ellos: los poderes conferidos a Francisco de Riberos, en 1554, y a Arnao Segarra y Ponce de León, en 1555, para gestionar en su representación cerca de la audiencia de Lima.
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Estos últimos documentos han sido publicados por don Miguel L. Amunátegui en La cuestión de límites entre Chile i la República Arjentina, tomo I, cap. 9.
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El nombramiento de Villagrán está publicado en el libro del cabildo de Santiago, en sesión de 11 de mayo de 1556. En este nombramiento no se dice una palabra de que la Audiencia supiese ya que el Rey había nombrado a Alderete gobernador propietario. Sin embargo, además de que esta circunstancia se infiere del orden de las fechas y de haber dado a Villagrán el simple título de corregidor, los cronistas Herrera, dec. VIII, lib. VII, cap. 8 y Góngora Marmolejo, cap. 22, lo dicen expresamente.
En esta determinación de la Audiencia debió influir alguna recomendación venida de la corte de España, que nosotros no conocemos. En efecto, el soberano se había mostrado favorable a Villagrán. El 31 de marzo de 1555, el mismo día que la Princesa gobernadora nombraba a Alderete adelantado de Chile, expedía en favor de Villagrán el título de Mariscal o, más propiamente, la confirmación de este título, que le había dado Valdivia. El 29 de mayo, después de firmar el segundo nombramiento de Alderete con la ampliación de los límites de su gobernación, la Princesa escribía una carta a Villagrán en que aprobaba su conducta y le ofrecía tener memoria de sus servicios para premiarlos. Decíale que, habiendo nombrado antes a Alderete gobernador de Chile, no había podido atender debidamente su petición y la de algunos cabildos de este país. En el mismo sentido escribió la Princesa a estos cabildos. Estas comunicaciones eran expedidas por la Princesa gobernadora, según órdenes expresas del Príncipe regente que desde Londres seguía entendiendo en todos estos negocios.
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Cabildo de 11 de mayo de 1556.
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No es posible poner en duda el viaje de Villagrán a La Serena, por más que de él no hable el cabildo de Santiago. Lo refiere Mariño de Lobera, cap. 50, confundiendo la época en que tuvo lugar, y Góngora Marmolejo, cap. 22, diciendo expresamente que se hizo en la primavera de 1556. En efecto, del libro del cabildo de Santiago, se ve que el corregidor, que tenía la costumbre de presidir sus sesiones, deja de hacerlo después de la de 14 de septiembre, y sólo vuelve a presidir el Cabildo más de tres meses después, esto es, el 22 de diciembre, si bien aparece que el día anterior, esto es, el 21 de diciembre, ya estaba en Santiago. Este período de tres meses es el que a nuestro entender ha empleado Villagrán en el viaje a La Serena de que hablan aquellos cronistas.
Don Alonso de Ercilla, contando las operaciones militares que tuvieron lugar al sur de Santiago en aquella primavera, quiere explicar la razón por que el general Villagrán no tomó parte en ellas, y dice (La Araucana, canto XI, estrofa 46) que el corregidor se hallaba enfermo. Ercilla no estaba entonces en Chile y, además, no debe exigirse en su poema la escrupulosa prolijidad de la historia. Mientras tanto, consta de una manera evidente que Villagrán estaba ausente de Santiago en esa época. En los cabildos de 7 y de 14 de diciembre se dice que se habían recibido cartas del corregidor; pero la redacción de esas actas es tan imperfecta que no se indica de dónde venían esas cartas ni se hace un resumen de su contenido. Sin embargo, la carta a que se hace referencia en la primera de esas actas, venía junto con otra carta de la audiencia de Lima que había llegado a La Serena por el camino de tierra. La destrucción casi completa del antiguo archivo del cabildo de La Serena, cuando esta ciudad fue incendiada en 1680 por el corsario inglés Sharp, no permite esclarecer más estos hechos con el apoyo de documentos incontrovertibles.
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Constan estos hechos de una real cédula firmada en Valladolid por la Princesa gobernadora el 24 de diciembre de 1555. Refiere allí lo que dejamos contado en el texto, y manda a los oficiales reales de Tierra Firme que suministren a Alderete dos mil pesos de oro para auxiliarlo en su viaje y para indemnizarlo por el importe de los gastos que había hecho en Cádiz.
El inca Garcilaso de la Vega, que escribía más de medio siglo después la segunda parte de sus Comentarios reales del Perú, refiere en el lib. VIII, cap. 3, que la nave que montaba Alderete se incendió en el mar por el descuido de una cuñada de éste, la cual, siendo muy devota, tenía luz en su cámara para rezar, y agrega que en este incendio perecieron muchas personas y entre ellas un hijo de Alderete. Aunque este viaje está referido en varios documentos de ese tiempo, tales como la correspondencia del virrey Hurtado de Mendoza y varios memoriales y peticiones de la familia de Alderete, en ninguna parte he hallado la menor noticia de aquel incendio. Diego Fernández, más conocido con el nombre de el Palentino, por ser natural de Palencia, escritor contemporáneo, ha contado con bastante exactitud el viaje de Alderete en la parte II, lib. II, cap. 3 de su Historia del Perú, Sevilla, 1571, y tampoco menciona este incidente. Creo que la historia del incendio del buque de Alderete es uno de los tantos cuentos que abundan en las historias de Garcilaso, y que si no es una pura invención, es el resultado de una confusión con un hecho análogo ocurrido a cualquier otra persona.
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Carta del virrey Hurtado de Mendoza al Rey, escrita en Lima en 15 de septiembre de 1556.
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Góngora Marmolejo, cap. 22. Al leer en este cronista la relación de este hecho de que no se encuentra mención clara y directa en los documentos contemporáneos, y al comparar que según esa relación Villagrán debió saber en La Serena en noviembre de 1556 que don García Hurtado de Mendoza venía de gobernador a Chile, mientras el nombramiento de éste sólo fue extendido en Lima el 9 de enero de 1557, se creería que Góngora Marmolejo ha incurrido en una de esas confusiones y anacronismos que no son raros en las historias primitivas, y muy frecuentes en los cronistas posteriores.
Sin embargo, basta recorrer la carta de don Andrés Hurtado de Mendoza al Rey, de 15 de septiembre de 1556, para convencerse de que en esa época ya el Virrey tenía resuelto el viaje de su hijo a Chile, y que sólo lo había retardado por los aprestos que era preciso hacer. Esta carta, de que conservo copia en mis colecciones de documentos inéditos, ha sido publicada en la Colección de Torres de Mendoza, tomo IV, pp. 84-111.
Más todavía. El doctor Suárez de Figueroa ha publicado en el lib. I de sus Hechos de don García Hurtado de Mendoza, Madrid, 1613, la carta circular del Virrey a los cabildos de Chile, en que les da cuenta de que su hijo vendría pronto en el carácter de Gobernador, pero ha omitido la fecha de ese documento. Esta fecha es, como decimos en el texto, 21 de julio de 1556.
Aunque tenemos a la vista la edición original de Suárez de Figueroa, como es uno de los libros más raros de la literatura española, preferimos citar la reimpresión que nosotros mismos hicimos en el V tomo de la Colección de historiadores de Chile. La carta del Virrey a los cabildos de Chile está en la p. 16 de dicho tomo.
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Góngora Marmolejo, cap. 22. Es indudable que Villagrán cumplió lealmente este encargo. En el acta del Cabildo de 7 de diciembre se leen las palabras siguientes: «En este cabildo se abrieron una carta del señor visorrey de las provincias del Perú, y otra del licenciado Juan Fernández, y otra del general Villagrán, y por mí el escribano fueron leídas a los dichos señores estando todos juntos». El acta no hace la menor referencia a lo que decían esas cartas ni al lugar desde donde escribía Villagrán. El encadenamiento lógico de los sucesos, sirve para explicar lo que la imperfecta e incompleta redacción del acta ha dejado de decir. Aquellas tres cartas que llegaban juntas a Santiago, venían de La Serena y comunicaban el nombramiento de don García Hurtado de Mendoza.
El licenciado Juan Fernández, de que habla el acta citada, era uno de los oidores de la audiencia de Lima a quien el virrey Hurtado de Mendoza había nombrado asesor letrado de su hijo, con quien debía venir a Chile. Véase la carta citada al Rey, de 15 de septiembre de 1556. Más tarde fue reemplazado por otro oidor de la Audiencia, el licenciado Hernando de Santillán, que fue el que acompañó a don García.