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ArribaAbajoMiiii Buenos Aaires queriiidooo...

Me pasé una larga noche escuchando los camiones de los «operativos», que se detenían frente a los edificios. Salían de aquellos seis o siete hombres con fusiles o metralletas, junto con algunos soldados, también armados hasta los dientes. Entraban en las casas del vecindario rompiendo puertas y al cabo de un rato (¿veinte minutos?) salían con diez o doce vecinos, a los que obligaban a subir a los camiones: ponían el motor en marcha y, después de roncos estampidos, desaparecían. Con frecuencia venían dos o tres veces al mismo edificio, buscando aparentemente a alguien. Y no se iban. Merodeaban por las calles, disparaban tiros amedrentadores contra las paredes, disparos que rebotaban en las aceras o en el asfalto, silbando siniestramente en el silencio de la noche. Se quedaban dentro de los camiones militares pintados de gris, o en los Fords Falcon sin chapa, y observaban las casas, los departamentos, los negocios, las esquinas, y si en eso veían alguna luz, disparaban en el acto descargas continuas que casi siempre concluían eliminando cualquier signo de vida. Y al cabo de varias horas, cuando alguien, un ser anónimo cualquiera, quería entrar en su casa, lo detenían con violencia, lo esculcaban como a un criminal y casi siempre concluían metiéndolo dentro de los camiones o en el Falcón de turno. Yo los esperaba en cualquier momento. Mi familia era reducida. Y si mi hijo hubiera salido por cualquier motivo, estoy seguro que después de agarrarlo a él, nos pondrían en el   —62→   camión a Carmen y a mí. La noche era larga y oscura. Arriba, en el cielo, brillaban las estrellas. Y enfrente les tocó la mala suerte a los Urizar, pobre gente que vino desde Jujuy buscando mejores horizontes. Se los llevaron a todos, hasta a un niño de tres años y su madre embarazada. Era gente muy callada, servicial, y no tengo la menor idea de por qué cargaron con ellos. Por fin llegó la mañana. ¡Cómo tarda, durante los inviernos, en hacerse de día! Y noches como las que vamos pasando desde hace dos meses no terminan nunca. Han logrado crear científicamente, siguiendo los diarios de los jefes nazis, un desorden emocional que bien podría llamarse pánico colectivo. Y se sienten muy ufanos de controlar todo, sin un rechiste de nadie.

En manos de ellos, la vida no tiene ningún valor. Desde el mismo momento se puede esperar cualquier cosa. El ser humano está a expensas del humor de cualquier elemento de ese submundo criminal. Deben hacer méritos, demostrando ferocidad y odios atávicos.

Me vestí con calma. Carmen preparó el desayuno. Le dije a mi hijo Luis que no fuera al colegio, que yo informaría que estaba enfermo, pues sabía de varios muchachones que nunca retornaron de las aulas donde, precisamente, los iban a buscar. Luis, con sus escasos 10 años (como era alto, parecía de más edad), no creo que entendiese claramente a qué se debía mi extrema precaución. Yo sé que no hay lógica. De todas formas, si me quieren eliminar no les va a costar nada. Floto sin anclas. Soy un exiliado que vino en 1947 buscando protección.   —63→   Logré, hasta este año, pasar inadvertido. La verdad es que no quería espichar tan estúpidamente; no quería ser víctima de un final descabellado y bruto... Y eso que sabía lo absurdas que a veces son las avenidas del destino. Carmen intuía exactamente lo que yo pensaba. Las palabras sobraban. No quería asustar a Luis más de lo necesario. Tomé el café con pan viejo (era muy peligroso ir a comprar temprano). Abrí la puerta del zaguán y salí despacio. La calle estaba desierta. La niebla se iba disipando de a poco. Temía y casi esperaba ser detenido en cualquier momento por algún matón disfrazado de paramilitar y listo para demostrar que él también era capaz de realizar «actos antiterroristas». Caminé una cuadra y media hasta Rivadavia y llegué a la boca del subte. Estaba totalmente copada por soldados con uniforme de combate. Una larga fila de militares a cada lado, y yo que tenía que pasar por el medio. Me miraban con atención. Cualquiera de ellos estaría listo para detenerme. Yo bajaba con las manos en los bolsillos, tocando mi cédula de identidad. Seguí lentamente. Escuchaba los trenes del subte. Al llegar al último escalón, se adelantó alguien (no recuerdo si era civil o militar) y me dijo:

-Documentos.

Con calma saqué mi cédula de identidad y se la extendí. Yo sabía que mi vida no valía un corno y estaba totalmente a merced de un desconocido, probablemente un facineroso liberado de las cárceles para realizar lo que llamaban «el trabajo sucio». Ésa era mi impresión de todos ellos, ya que procedían con arbitrariedad y alevosía.

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-¿Adónde va?

-A mi trabajo.

-¿Qué hace?

-Linotipista y corrector de pruebas.

-¿Dónde? -(Mientras hablaba no me miraba. Mantenía los ojos bajos y parecía concentrarse en las baldosas o el cemento).

-Moliniers y Cía., en la calle Moreno, Barrio Congreso.

Me miró finalmente con desconfianza y dijo:

-Lo veo a esta hora todos los días.

-Bueno, si uno es empleado, no tiene más remedio que cumplir un horario.

-No me responda, no me hace falta su respuesta.

Acto seguido dijo a dos soldados:

-Deténganlo hasta que yo vuelva -subió y habló con otro tipo que estaba de plantón en la boca del subte. Transcurrió un rato y al parecer llegaron a un acuerdo. Bajó de nuevo.

-Y, ¿por qué, siendo paraguayo, está en Buenos Aires?

-Señor, estoy desde hace treinta años. Hay muchos argentinos ahora en el Paraguay.

-Cállese, quién le pregunta eso. Cállese, le digo. -Me dio un fuerte empujón y caí contra la grada. La gente pasaba y se hacía la desentendida. Miré, en cosa de segundos, a más de un transeúnte, y les vi doblar la cara. Al caer, me golpeé la cara y empecé a sangrar. El tipo (no sé quién es, ni qué grado tiene), al verme reincorporar, me devolvió la cédula.

-Paraguayo muerto de hambre -me dijo con odio. Los demás soldados me miraban impasibles.

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-Que no lo vuelva a ver por aquí. ¿No sabe que andamos buscando a los terroristas? ¿Cómo se viene a meter aquí?

-¿Me permite que le dé una explicación? Y al decirle eso, me separé de él, pues el muy valiente era capaz de cualquier cosa.

-¿Qué quiere? ¡Hable!

-Yo vivo en la esquina y necesariamente debo ir a mi trabajo todos los días, así que me parece difícil que si usted está de nuevo mañana aquí, no me vuelva a ver.

-¿Por qué no se va de una vez? ¿Qué espera? -Al concluir su grito intentó una patada, pero yo estaba alerta y rápidamente me escabullí hacia el subte. Deposité la ficha y subí.

Dentro del tren venían soldados y jefes de diversas graduaciones. O iban o volvían de algún «operativo», palabra que quería decir irrupción violenta en las residencias de un vecindario (casas o departamentos), obligando a todos los habitantes a ensardinarse dentro de los camiones y liquidando allí no más a alguno que se resistiese, para seguir después la caza de brujos o brujas. O la pesca de fantasmas. Porque, en realidad, al menos para cierto sector de la población, sólo quedaban espectros en Buenos Aires... Bajé en Congreso y salí a la calle. Al doblar hacia Entre Ríos, me gritó un militar:

-Quieto. No se mueva -me apuntó con su metralleta. Avanzó. Llegó hasta mí. Sus pasos resonaban en el asfalto. Me palpó por todos lados. Yo no dije una palabra. Si nota que soy paraguayo, me irá mucho peor.

-¿Adónde va?

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Le expliqué casi con los mismos términos, como al otro criminal.

-Las imprentas están llenas de subversivos. -Tenía un acento germano; era indudablemente una adición al ejército argentino, de origen foráneo.

-Yo me gano la vida desde 1947 haciendo mi labor de corrector de pruebas.

-¿Chileno?

-No.

Me miró. No insistió. No le interesaban, al parecer, mis datos personales.

-¡Siga!

Esta vez fue fácil. Cuando llegué a la imprenta, pude constatar, sin hablar con nadie, que Gilberto y Guillermo no habían venido. El jefe estaba como siempre, en mangas de camisa. No me atreví a preguntar nada. Sabía que tenía que trabajar doble. A las cinco y media le dije:

-Debo irme. Se hace cada vez más difícil caminar por Buenos Aires. Y no quisiera agregar una cifra más a los desaparecidos. Tengo mucho por delante, si no me matan.

-No, Félix. No venga mañana. Usted lleva demasiados años aquí y yo lo aprecio; cuando esté todo más apaciguado y cesen los actos operativos lo llamaré de nuevo. Pero por ahora no use el teléfono. -Me miró fijamente por encima de sus bifocales y después se acercó, abrazándome con afecto. Lo que me sorprendió, pues el jefe nunca había manifestado ninguna muestra especial de amistad hacia mí.

Salí con temor, lo que era lógico. Estaban matando indiscriminada y arbitrariamente. Varios camiones militares y Falcones siniestros   —67→   estaban apostados en la esquina. Al caminar unos pasos, gritaron a todo pulmón:

-¡Aaaltooo!

Me detuve al instante, esperando un tiro en cualquier momento. Como si me hubiesen estado aguardando. Y, en realidad, sonaron varios disparos, algunos muy cerca de mí, levantando pedazos de asfalto o rompiendo las paredes.

-¿De dónde viene? -La voz era áspera y llena de seguridad. (La que solía al encarar a un linotipista exiliado y sin forma de expresarse). Me di cuenta que nadie más transitaba a esa hora por Congreso.

-De mi trabajo, en la imprenta de enfrente. ¿La ve?

-Quieto. Documentos. -Le pasé mi cédula de identidad y mi carnet gremial.

-Esta cédula no vale. Necesita documentación argentina.

-No la dan a los extranjeros. Piden recomendaciones y hay que hacer cola durante un año o más. Y yo tengo que trabajar para vivir.

-¿Qué hace en Buenos Aires?

Esta vez me animé a una respuesta peligrosa:

-Hay cincuenta mil argentinos, o más, en La Asunción, y no sé cuántos paraguayos puedan existir en la Argentina. El último censo daba arriba de un millón. Yo soy uno de ellos...

-¿Es usted subversivo?

-No señor, mi oficio es la linotipia. Además, corrijo pruebas.

Mi respuesta le molestó tremendamente. Se acercó y me dio un golpazo en la cara que me tumbó. No sé cuánto tiempo tardé en recuperarme. Una vez que volví a la realidad, me sentí   —68→   dolorido y al principio no vi a nadie. Estaba tirado en un charco de sangre, que me inundada la cara, el cuello, el pecho. Me sentía pegajoso y sucio. Miré a mi alrededor y vi otros como yo, que también estaban tratando de recuperarse. Casi al mismo tiempo, observé varios cadáveres tirados en la acera de enfrente. Moviéndome despacio, atiné a llegar a una farmacia. El dueño, un gordo pelado y de andar pachorriento, estaba aterrorizado:

-Señor, por lo que más quiera, no entre aquí. Nos están vigilando desde la casa de enfrente. ¡Si no sale enseguida nos harán trizas a todos!

Comprendí que tenía razón y rajé. Con el movimiento, una herida en la cara, un tajo largo sobre el ojo izquierdo, comenzó a sangrar de nuevo. Con los dedos hice presión y seguí caminando. Llegué sin otros sobresaltos mayores a la entrada del subte. El tren, providencialmente, estaba saliendo hacia Caballito. Puse la ficha y logré agarrarlo. Los demás pasajeros me miraron con terror. Nadie me dirigió la palabra. Uno de ellos sacó un pañuelo del bolsillo y me lo pasó. No le dije gracias. No estaba para cortesías. Me sentía tan perturbado que me pareció natural que alguien me ayudara. Los demás pasajeros me atisbaban de reojo; al ver que retornaba la mirada hacia ellos, doblaban la cara. Me pareció que el subte iba muy despacio, que apenas se movía. Era sólo una impresión. Los subtes vuelan cuando van hacia el oeste. De repente, se apagaron las luces y una voz estentórea gritó:

-¡Que bajen los subversivos y que se presenten al puesto de salida! -Todas las miradas se centraron en mí. Y en realidad, ya nada me importaba;   —69→   mi reacción fue más fuerte que mi instinto de sobrevivir: grité con voz más fuerte aún que la anónima e intimidatoria:

-¡Que se baje de una vez el subversivo! ¡Todos lo vieron: que se baje, carajo!

Y nadie bajó. Cesaron de mirarme, leyendo los anuncios del techo. (Habían prendido las luces de nuevo). Volví entonces, con más energía:

-¡Que se baje de una vez el subversivo que nos está atajando!

Reinó un silencio de muerte. El tren, lentamente, recomenzó el despegue y vi brillar los anuncios de diferentes tonos, mezcla de estrellas y circulitos multicolores. Se detuvo el subte. Bajé y me dirigí a casa. Para sorpresa mía, no encontré gorilas. Caminaba con pasos rápidos y decididos. Llegué a casa. Cuando Carmen me vio, pudo decir:

-¡Que no te vea Luis!

Fui al baño y me lavé la cara. Descubrí que mi ojo izquierdo estaba rodeado de un enorme halo azul. Me cambié la camisa y lavé como pude mi ropa ensangrentada. Los golpes eran lo de menos, dejando incluso de lado las humillaciones. Lo esencial para mí constituía la infamia de no tener nada que ver y ni siquiera poder hablar, explicar las cosas en forma racional...

«Ordenes Superiores», «Operaciones del Comando». ¿Pero quién era el responsable del comando? ¿De qué comando hablaban? ¿Qué tengo yo que ver con el comando o con lo que fuera? Las ideas volaban y me producían un odio atroz, no sabía a quién. Teníamos que salir de este país. Lo esencial era huir y llegar a algún   —70→   lugar donde no hubieran fuerzas ciegas, incontroladas. El terror que crean es insano. Me pregunto, una y otra vez, ¿por qué no pueden poseer información más eficaz y certera? Y la respuesta es obvia. Solamente les interesaba crear un clima de terror. El terrorismo de estado que existió en Alemania e Italia. Una influencia directa de Pinochet o de sus congéneres. Sí, teníamos que salir, y pronto. Estaban matando niños. Llevaban rehenes o detenidos sin causa y nadie sabía dónde ni para qué. A los que eran arrinconados en los camiones del ejército, nunca más se los veía, ni se volvía a saber de ellos. Pero... ¿dónde irme? Haría un esfuerzo riesgoso: me llegaría a la Embajada de México y trataría de investigar las posibilidades de escapar con toda mi familia. Pero huir, ¿por qué? ¿No existiría una bendita persona en esta ciudad de ocho millones o más de habitantes que pudiera defender la inocencia de un refugiado político? Si hubiera habido una razón lógica para justificar todo lo que estaba sucediendo, por la vida, por los diez años de mi hijo y por mi mujer trataría de cambiar cualquier cosa. Y el espanto seguía: esperaba a los terroristas en cualquier momento. Al vecino de enfrente, a la izquierda del zaguán, lo secuestraron anoche. Y, que yo sepa, ya no volvió, ni creo que retorne. Vivía solo: eso era peor, era presa fácil que se eliminaba sin rastros. Pero parece que a los que, como yo, poseen una familia, por más pequeña que sea, les cuesta un poco más y no se animan (por ahora) muy abiertamente. Aunque ya no era así; se llevaban a todos, hasta a las embarazadas. Por añadidura, estaba físicamente   —71→   adolorido. Con gusto me hubiera ido a alguna farmacia, pero no podía hacerlo, ya que comprometería al propietario.

Y los hospitales, todos rodeados de soldados, no dejaban entrar sino a los heridos que ellos traían. Decidí que no saldríamos de casa ni contestaríamos a la puerta durante tres días, para ver si mejoraba la situación y estudiar los movimientos de los milicos y de los Falcones. Cuando los observo bajar de los camiones militares los noto feroces. Y pienso que serían muy buenos soldados si tuvieran que pelear con algún enemigo fuerte. Pero en realidad no pueden juzgarlos por sus acciones presentes. Ya los encontramos en 1865 y los episodios fueron realmente diferentes. Pero no debo hacer historia ahora que son otros los problemas.

La primera decisión está tomada: mañana nadie sale de casa. No hay cartero ni vecino que valga. No estamos. Felizmente tenemos leche en polvo y comida enlatada para varios días. No prenderemos las luces y haremos la experiencia de los topos. Le hablé a Luis con toda seriedad:

-Estamos en grave peligro. Tendremos que hacer una vida diferente. -Le expliqué los planes y le pareció que era capaz de soportarlos. Nadie se puso los zapatos. Andábamos con medias largas, para no resfriarnos. El primer día pasó sin inconvenientes mayores. Teníamos por delante la primera noche. Nos acostamos temprano. Escuchábamos la radio lo más bajo posible. Carmen rezaba y a veces lloraba. Trataba de calmarla, pues no era cuestión de entregarse antes de probar. A eso de las once y media   —72→   de la noche golpearon la puerta con fuerza. La patearon varias veces. Un ruido que resonó en todas las piezas. Yo estaba dispuesto a vender caro el pellejo, si entraban por la fuerza. Tenía mi pistola lista y haríamos un buen cambio de vidas, a no ser que ellos comenzaran a disparar a quemarropa desde afuera. Carmen temblaba. Luis estaba en una esquina y le di precisas instrucciones de que, si entraban, saltase por la muralla inmediatamente, corriera hasta el subte y se fuera a cualquier lado. Volvieron a golpear la puerta y las ventanas de la calle. Eran soldados. Vinieron en un camión gris con techo verde, de lona. Los llegué a ver por el hueco de la ventana que me servía de punto de observación. Los escuché. Uno de ellos dijo:

-Pero si en estas casas ya no vive nadie. Se fueron o los llevamos a todos.

Uno, que parecía jefe del operativo, dijo:

-Rompan la puerta.

Los latidos de mi corazón se hicieron tumultuosos. Pero logré controlarme. Era imperioso que alguien conservara el ánimo. No escuchamos nada durante unos segundos. Ya tenía mis dedos sobre el gatillo. Luis estaba listo para saltar la muralla y yo, decidido a lo que fuera. La suerte estaba echada. Se escuchó otra voz:

-No queda nadie. Ya limpiamos todo. Vamos hacia Flores. Aquí tengo la lista.

Los pasos resonaron en el silencio de la noche. Lentamente salieron del zaguán y comenzaron a subir al camión. El ruido del arranque nos dio nuevo aliento. Vino Luis y me dijo:

-Se fueron, papá, ¡qué alivio!

Carmen, en la esquina de la sala, seguía rezando   —73→   y llorando. Me acerqué y le estampé una frase que estaba siempre en labios de mi padre, viejo campesino de Yegros:

-Carmen... Nadie muere en la víspera. -Logré hacerla sonreír. Trataba de tranquilizarlos, y de a poco lo iba logrando. Seguía con mi plan: si sólo lograra sacar a Carmen y a Luis de Buenos Aires, o mejor aún, fuera de la Argentina, me sentiría tan feliz... Estudié con detenimiento el plano de la inmensa ciudad. Yo sabía que existían barrios enteros intocados por esta vorágine. No sé quién habría sido el sujeto que buscaban aquí, pero de todos modos era una pesquisa infame. Un procedimiento no sólo inadmisible, sino cochino y canallesco. ¡Brutal y digno de pueblos antropófagos!

Probé el teléfono y andaba. Desde luego que nadie contestaría si llamasen. Pero era imprescindible que funcionara. Trataría de establecer contacto con la Embajada de Venezuela, o la [de] México, y les plantearía mi problema. Aunque era peligroso. Tenía localizadores y fácilmente sabrían de dónde venía el llamado. Una vez, no hacía mucho de ello, un empleado de la Embajada de Venezuela había venido a la imprenta, dejando tarjeta. Si lograra hallarla, lo llamaría a su casa. No creí que fueran tan efectivos rastrillando las pistas de innumerables teléfonos. Aunque no, últimamente habían importado equipos norteamericanos especializados, y a lo mejor ya estaban entrenados. Los noticiosos de la radio y la TV nada decían. Si uno se hubiera dejado llevar por la paz que traslucían, podría pensarse que todo estaba calmado.

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El plazo que nos dimos ya pasó. Carmen dijo, con decisión:

-Voy a la esquina a buscar provisiones para el almuerzo. No podemos seguir viviendo así.

-No. Voy yo.

-A vos te tienen junado. Aunque nunca hiciste nada, sos el «tipo» que buscan. Tenés cara de tragalibros. Unos golpes más, y no volvés a casa.

No pude retenerla. En la calle no había nadie. Era temprano, cerca de las nueve, y abrían la despensa a esa hora. Carmen salió con determinación. La vi pasar por la ventana. Caminó cincuenta metros y dobló hacia Rivadavia. Al cabo de media hora comencé a notar que los latidos de mi corazón se agolpaban, y me sentí culpable. Carmen no volvía. ¡Para qué la dejé salir! ¡Es mucho peor sufrir las desgracias de otro!

Comencé a vestirme. Le dije a Luis:

-Voy a buscar a tu mamá. Si no volvemos dentro de una hora, llamá a este número y explicale al señor Avendaño lo que sucede.

Luis asintió, con un estremecimiento. Yo sabía que todo esto era demasiado para él. Lo estreché con emoción y salí. En ese mismo instante, Carmen volvía. Al entrar nos abrazamos y no hablamos hasta cerrar la puerta.

-Han desaparecido casi todos los vecinos. Están buscando a un tal Garrotti y creen que está escondido por aquí cerca. Los soldados me miraron con atención, pero creo que no me siguieron. Yo no miré hacia atrás, por las dudas. Al llegar a la despensa, don Camilo sólo atinó a decir:

-¡Pero qué hace aquí, señora! -Estaba temblando y me miraba con miedo. Le dije-:   —75→   Necesito verduras, carne, leche...

Me dejó buscar todo lo que quería, y cuando le pagué me soltó:

-¡No vuelva más, señora! ¡Están totalmente desbocados y locos...!

*  *  *

PS: Este relato fue hallado por la Comisión de Derechos Humanos en una modesta casa de los alrededores de Buenos Aires. No se pudo establecer quiénes eran los que en él figuran, si bien los centros especializados vigentes, desde que el Presidente Raúl Alfonsín asumió el mando, están haciendo lo posible por localizar a los desaparecidos durante la era infame (¡y tan reciente!) que le precedió en el gobierno. Cerca de quinientos desaparecidos son de nacionalidad o de ascendencia paraguayas. La Comisión visitó la imprenta de Moliniers hermanos y, como cambió de propietario, no existen listas de los empleados anteriores. No se puede precisar el barrio a que hace referencia el documento, pues lo mismo sucedió en varios lugares simultáneamente. Teniendo en cuenta la importancia de este testimonio, no hemos cambiado nada del original que ha sido reproducido fielmente con errores y aciertos, que de alguna forma indican la personalidad del autor. En el legajo correspondiente al Paraguay, cada día se agregan nuevos nombres. Por las indicaciones de este hallazgo, creemos que la familia pudo salvarse y está actualmente en México o en Venezuela. Los «operativos» del ejército no dejaron listas de los ejecutados y toda búsqueda debe hacerse   —76→   sólo con datos proporcionados por madres, hermanos, hijos o amigos. Textos muy parecidos han sido encontrados en casas o departamentos abandonados, y serán gradualmente publicados para ilustrar al mundo acerca de los amargos días que vivió el pueblo argentino, poco antes de la catástrofe capitulación de su ejército en las Islas Malvinas, episodio, por cierto, donde no se pudo comprobar tanta energía por parte de los guerreros...

Diciembre 1984



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ArribaAbajoLluvia

El invierno llegó a Asunción sin anunciarse. Bruscamente, el viento sur cristalizó su presencia, ocupó la ciudad y se cribó por entre las rendijas de todas las puertas y ventanas, azotando los árboles y obligando a las personas a correr desordenadamente, buscando refugios en las casas, en los tranvías o en los negocios que todavía quedaban abiertos. Por las calles, las muchachas caminaban precipitadamente ya que habían salido esa mañana desabrigadas y el frío les helaba las piernas y los brazos. En realidad, todos quedaron sorprendidos por la inusitada aparición, a fines de marzo, de un frío desconsiderado y realmente a destiempo. Bramaba el viento y el cielo se puso plomizo y agresivo. Una lluvia bastante densa comenzó a azular las calles. En poco tiempo el tránsito se hizo recargado. Por las ventanillas de los tranvías se veían caras serias, de pasajeros ensimismados en sus periódicos, que parecían más bien vivir en otra dimensión ajena al ajetreo de lluvias, fríos y vientos repentinos.

Juan Carlos, con sus escasos veintitrés años, estaba impaciente y muy molesto en el living de su casa. Se miró al espejo. Su frente amplia, los tonos firmes de su piel morena y sus ojos marrones, inquirieron al mercurio reflexivamente. ¿Vendrá? Se rió al ver su incertidumbre reflejada. Dio varias vueltas y miró la hora. Su reloj pulsera lo angustiaba con su curso implacable y su desplazamiento de manecillas que más bien parecía una carrera. «Con esta lluvia estúpida y   —78→   este frío infame no va a venir...» Salió un rato afuera y desde el portal de su casa miró la calle con atención y ansiedad, como queriendo tragarse el horizonte con sus ojos febriles y anhelantes. «¡Esta mañana, tan lindo tiempo, ahora todo, todito perdido por esta lluvia...!» Entró y se sentó en un sofá. Vio sobre la mesa un libro de patología médica y comenzó a hojearlo. Las enfermedades descritas con menudos detalles y letras pequeñas al pie de página no le convencían en ese momento. Cerró el libro y con fuerza lo tiró sobre la mesa. Se acercó al tocadiscos y comenzó a buscar algo que le entretuviera mejor que su libro médico. En realidad, su pulso, que lo sentía golpetear en sus sienes, y su tremenda frustración, le dificultaban decidir cualquier acción. Echaba la culpa al maldito viento sur que se llegó con su cortejo de lluvias y granizos. Lo que inicialmente pensó que sería un chaparrón, era ahora una bien formada inundación tropical. Cerró las ventanas. Desde el alféizar de la última que aún continuaba abierta, miró afuera. Vio la noche que se hizo en pocos minutos, cerrada y hosca. Las calles todavía estaban a oscuras. Encendían la luz a las seis y eran recién las cuatro y media. Los relámpagos amenazantes y los truenos que se reproducían en cadena, daban la impresión de que la lluvia no terminaría jamás. Y ella le dijo una vez, lo recordaba con nitidez: «si llueve, nunca esperes que me meta en los raudales ni por todo el oro del mundo...». Su voz, la expresión ausente, le sonaba tan tierna y musical. Y cada vez la sentía más y más cerca... «Pero si llueve podemos quedarnos más tiempo.» Y suspiraba con una   —79→   evidente tristeza. No podía concebir una intromisión atmosférica tan calamitosa. Comenzó a meditar. ¿Podría vencerla? Definitivamente no. La calle Perú había sitiado, aislado totalmente al centro de sus barrios circunvecinos y era muy riesgoso intentar avasallarla. Su auto no pasaría los aluviones líquidos y enloquecidos que bajaban de la parte alta de la ciudad a velocidades tremendas y con fuerza titánico devastadora. No quería acabar en el río como otros alocados automovilistas que no pudieron contar su historia... Pero la inacción dentro de su casa, lo enervaba. Se llegó hasta su colección de discos. Uno de los Beatles, daba el tono que él necesitaba para apagar sus tribulaciones. La música estridente, mezcla de baladas angloirlandesas y de música negra, con su ritmo dominante, fue su elección casi instintiva. Odiaba la lluvia y tenía que vencerla con rock'n roll. Puso el tocadiscos lo más alto que daba, con el volumen totalmente a la derecha. Fue al comedor. De la heladera sacó varios cubos de hielo y se fabricó un Martini de 5 x 1. Al poco tiempo, se puso de mejor humor y empezó a marcar el ritmo, primero con las manos y después con los pies. Los hombros siguieron con un movimiento de vaivén y todo él se puso convulso y trepidante. Ya no escuchaba a nadie ni nada. Era un long playing y había para rato, pues otro disco -éste de hard rock- caería automáticamente al final del primero. Cogió la botella de gin y puso en el vaso otra alta dosis con unas gotas nada más de vermouth claro. Ya las proporciones y las medidas habían desaparecido y todo se hacía a muñeca. Del bolsillo de atrás   —80→   de su pantalón sacó un paquete de cigarrillos y encendió uno. Comenzó fumando primero con bocanadas pequeñas, después, aspirando hasta la raíz de sus pulmones. ¡Qué le importaba, Helena ni su pavor a las lluvias! ¡A la mierda todas las mujeres y sus fobias! ¡Mueran los libros! ¡Esta noche será de total olvido y de nuevas alegrías!

Si sus padres estuviesen en la ciudad, le hubieran recriminado acerba y ásperamente. «¡Al diablo con ellos! Seguro que estarán ahorita mismo gozando con los mugidos de las vacas, entre mosquitos y garrapatas!»

El estereofónico con sus micrófonos desafiaba la lluvia y todos los chirridos habidos y por haber.

Afuera, Helena seguía golpeando desesperadamente la puerta. Traía la ropa adherida al cuerpo. La blusa, casi transparente, dibujaba las manzanas de los pechos con los círculos marrones en cada centro. Comenzó a gritar con desesperación. La falda, hecha una toalla, le marcaba las nalgas como un traje de baño. Se pasaba las manos por la cara para secarse, ya que los goterones le tapaban la vista. Lo tenía que hacer con frecuencia, pues la lluvia no cedía en intensidad. Comenzó a tener miedo. Estaba sola y era una oscuridad de lobos. ¿Cómo volvería? Convencida ya de que Juan Carlos no estaba o no la había esperado -que para el caso era lo mismo-, abandonó sus intentos y se adentró en la lluvia, en medio de su negra inclemencia. «Pelotudo, me dejó plantada y con las ganas. ¡Ya me las pagará!»

*  *  *

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A la mañana siguiente, Juan Carlos despertó con un tremendo dolor de cabeza. «Pendeja de mierda. ¡Alguna vez sabrás quién soy yo...!» Se dio un baño rápido, tomó dos aspirinas y un vaso de leche. Tenía clase a las nueve.

Afuera, el sol radiante arrojaba sus dorados espinos a las calles, a los muros, a los árboles. Las hojas, lavadas por la intensa lluvia del día anterior, se presentaban verdes y brillantes, casi inmóviles, en la quietud que sigue a los diluvios tropicales.

1979



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ArribaAbajoDerrumbe

Mediodía del sábado 12 de agosto. De repente, las dos torres de la catedral, comenzaron a moverse. Oscilaban de un lado a otro en forma casi sincrónica. Después, empezaron a dislocarse los ladrillos de la parte alta y un lento desplome comenzó a notarse. Lo primero en caer fue la cruz metálica del centro, que se hundió en los jardines, entre los rosales, produciendo un raro sonido metálico que pudo escucharse nítidamente. En seguida, se estremeció la tierra tan intensamente, a tal punto que los árboles centenarios que están frente a la catedral, fueron violentamente arrancados y cayeron al suelo, mostrando las manos abiertas de sus raíces profundas y pulposas. Poco después, se precipitaron las campanas de la torre que está hacia la derecha, seguidas por las gemelas del lado izquierdo, haciéndose añicos: sus pedazos de bronce volaron en mil direcciones. Algunos fragmentos se clavaron en las ventanas de las casas próximas; otros, fueron dando saltos en las calles hasta quedar aprisionados en los albañales o entre los raíles de los tranvías. Cayeron después las dos torres. Antes de desplomarse, un polvo rosa amarillo envolvió totalmente a la catedral, de tal forma que por breve momento, se vio una especie de neblina, como si un esfumigado pictórico enorme quisiera dar una imagen impresionista de lo que venía derrumbándose. Todo hacía un ruido ensordecedor. Los testigos presenciales (que fueron puestos en cana por haber sido meramente testigos circunstanciales)   —84→   decían que era algo parecido a un terremoto, pero que estaba circunscrito a un solo edificio: a la vieja y casi centenaria catedral. Después se vino al suelo el frente. El golpetazo de los ladrillos produjo el estruendo de varios cañonazos. Los jardines quedaron cubiertos de polvo y de piedras que enseñaban todas las proporciones imaginables, seguían moviéndose en forma de reptiles sospechosos e inquietantes. El estridor continuaba. Ahora temblaban las paredes laterales que desprendían enormes trozos de revoques por doquier. Las lajas al caer, dejaban ver estratos de múltiples irisaciones, que demostraban el esfuerzo de varias generaciones de fieles creyentes. Algunas eran blancas, se podían notar otras grises o azules. La capa de más afuera, de rosa subido y tocante a rojo. El temblor seguía. Ahora los ladrillos volaban a grandes distancias y más de un habitante de la ciudad sufrió el empellón agresivo de un ladrillazo. Volaban como a cien metros de altura, y caían después en los lugares más impensados. El edificio de la policía local, fue sin lugar a dudas el blanco directo de la pared del sur, mientras que la del norte lanzaba sus terrones cocidos al estadio de fútbol, confundiendo a los jugadores con más de un objeto volador. La gente corría desordenadamente, por todos lados: la incertidumbre de no saber exactamente qué estaba sucediendo y dónde, agregaba pánico y desazón. Era realmente inexplicable. Los ladrillos comenzaron a moverse en el aire como si fuesen proyectiles dirigidos, dando vueltas a la izquierda y a la derecha, de arriba para abajo, como si obedecieran al control remoto de alguna fuerza nueva y peligrosa. Tenían   —85→   un impreciso color rosado o marrón subido. Los transeúntes vacilaban, tratando de evitar los balazos aéreos. Un torrejón bien rectangular pareció disminuir su velocidad y cayó en el medio de la calle mayor, errando por pocos milímetros un camión cuyo chófer venía anunciando con unos micrófonos aullantes e infames, la próxima corrida de toros en Fuenternillo de la Paloma. El estrépito fue seco, como si fuera el ruido de una balaustrada que se derrumba súbitamente. En realidad, explotó como una bomba. Las esquirlas revolotearon a tremendas velocidades y con fuerza se embutieron en los sólidos ventanales del Banco de Finanzas. Después de dar contra las paredes, rebotaban y volvían a resonar en otros lugares. En su trayecto, las rabiosas esquirlas rompían ventanas, tumbaban transeúntes, vendedores ambulantes, turistas, perros vagabundos y burros impasibles, que irrumpían en destemplados rebuznos. Los trozos finales, no cesaban de ser peligrosos hasta que por último, por acción del desgaste traumático, se convertían en polvo. No había forma de medir el tiempo que duraba la metamorfosis de los ladrillos, desde su rectangular apariencia inicial hasta el momento en que se convertían en polvo y tierra. Según los más serios observadores -unos norteamericanos con enormes cronómetros microcomputarizados y antenas radarizadas- era cosa de segundos. Apretaban los botones de sus aparatos y no bien gritaban «watch out!» la cosa era polvo. Pero surgían discrepancias considerables. Un chileno de barba cana que un tiempo antes de jubilarse -fue profesor en Columbia, Carolina del Sur, calculó en su cuaderno (regalo   —86→   de Neruda) que desde el momento en que se desprendían de la catedral, hasta el descenso explosión transcurría más de una hora. Los norteamericanos con radar quedaron estupefactos. Uno de ellos dijo «there is something definitevely wrong» a lo que el chileno respondió: «cállense, gringos pinochetistas llenos de instrumentos guerreros...». La esposa que era alemana, lo trató de calmar diciendo (recitando a Goethe): «Mit hundert schwarzen Augen sah!», porque le tenía terror a la CIA local, que contrataba informantes nativos (de piel morena) para sus espionajes.

Toda la ciudad quedó como engalanada con banderolas rojizas en las paredes de las casas. Los trozos cayeron con más intensidad en la parte céntrica, cerca del Oratorio y del Banco de Finanzas. Para limpiar las manchas y revocar los agujeros se necesitarían varias semanas y cientos de obreros, muchos más que los que existían en la ciudad. No era fácil tarea. La gente humilde y trabajadora, altamente religiosa y al mismo tiempo muy supersticiosa, no quería saber nada de tocar los ladrillos del templo. Eran como la hostia, pedazos sagrados. Venían de un santuario donde los ritos pontificales eran la ley, por lo tanto, constituían la voluntad divina y por otro lado -lo más importante quizá- monseñor no se había pronunciado sobre ese punto. Para ello, era necesaria una larga campaña desde el púlpito, sermones aclaratorios y más aún, acción periodística, radial y televisiva, para convencer a los obreros de que los ladrillos no eran sino pedazos de ladrillos.

Cuando todo cesó y la calma retornó a la   —87→   ciudad, el comisario y sus oficiales más próximos en jerarquía hicieron una inspección in loco de los daños causados por la caída del templo y sus ladrillos. Iban apuntando con detalle todo lo que observaban, pues de alguna forma pensaban discutir las indemnizaciones con monseñor. «Esto no puede quedar así», decían. Comenzaron por la calle mayor. La parte más dañada era la esquina en que convergían Guarnipit y Cronopio, de fundamental importancia, pues allí se hacían todas las citas y en ella desembocaban los caminos que conducían a los bancos, negocios, hoteles y aerolíneas. Los asuntos importantes y encuentros claves, se originaban allí. En esa encrucijada convocaba Ernesto Jopará a sus amigos. Ernesto era muy popular, pues dirigía la Banda Okara y un cenáculo literario muy serio. En el Banco de Finanzas, violento escenario de ladrillazos recalcitrantes, no quedó una sola ventana sana. Los vidrios, trizas esparcidas y distribuidas hasta a cien metros de distancia. La ostentosa placa de cobre en que brillaba su nombre, parecía un colador. Solamente las letras A. N. O. quedaron visibles y la gente comenzó a llamarlo así, con gran enojo del gerente, quien quiso corregir inmediatamente dicha bochornosa situación. Sin embargo, no logró un alma que quisiera trabajar un fin de semana. En realidad era peligroso tratar de hacer nada. Todo era tan inseguro a pesar de las horas transcurridas. El riesgo estaba allí, latente pero real. Los pedazos de ladrillos se desprendían sin razón alguna y seguían dando quehacer a los peatones, quienes con adiestramiento y cierta picardía, habían aprendido a desviarse del itinerario impredecible   —88→   de municiones rojas o anaranjadas. Caminaban a saltitos de canguro y con frecuencia, llevándose a los demás transeúntes por delante. Tenían que mirar hacia el cielo y a los costados, en constante estado de alerta. Ese lunes, por primera vez en cien años, hubo feriado bancario, porque los empleados no pudieron entrar en sus oficinas, totalmente copadas las puertas por curiosos que querían ver las intimidades bancarias, por casualidad expuestas a todo el mundo esta vez. Periodistas nacionales y extranjeros se acomodaron como mejor pudieron y con cámaras filmadoras esperaban, con una concentración mental pocas veces vista, los esporádicos vuelos de ladrillos (los últimos) y filmaban todo. Un norteamericano, desde un helicóptero, se ligó un regio chichón en el cráneo. Nadie en realidad, pudo explicarle claramente en qué consistía el fenómeno, y como disponía de todo, creyó por un instante que su coverage sería el más espectacular. Hubo orden de dispersión y la gente abandonó el escenario nodular, que había conglomerado a toda la población alrededor de la calle mayor y adyacentes arterias de tránsito, olvidándose de la catedral, que ya no existía sino en forma de un pozo enorme y rectangular, lleno de maderos y de trozos de mármoles añosos.

1979



  —89→  

ArribaAbajoGamarra


I

«Estimado señor: ayer por la tarde el sargento se sintió muy mal. Cayó de bruces en el patio cerca del oratorio. Como no sabía qué hacer con él (yo sólo entiendo de partos) fui a la policía y desde allí pidieron una ambulancia a los primeros auxilios. Lo atendí como pude, le di unos tragos de agua, pues parecía que tenía sed. Se incorporó por unos minutos, y de uno de sus bolsillos, con una enorme dificultad, logró sacar esta bolsita marrón que aquí le envió a pedido muy especial de él. Salúdole atentamente, Jovita Cabrera. Villa Aurelia, 15 de marzo de 1936.»




II

Deseo comenzar aclarando que no pretendo hacer un relato. Sólo deseo hablar del sargento Gamarra. Últimamente su recuerdo me obsesiona y, sin querer, termino pensando en él. Cuando se arrastraba con sus años y sus desdichas a cuestas por las calles del barrio, lo mirábamos sin hacerle caso. Lo veíamos con frecuencia. Se lo escuchaba desde lejos monologando y su voz retumbaba en las luengas siestas tropicales, cuya calma era turbada solamente por el trencito de chispas, que pasaba frente a mi casa. La monotonía se interrumpía con los alaridos del sargento, quien hablaba a gritos (y eso que no era sordo sino que hacía hincapié en que se lo escuchara), peleándose consigo mismo y, a veces,   —90→   agrediendo violentamente a las plantas de piño lechoso de los cercos, con su bastón arqueado y brilloso, de color amarillo, que a la vez le servía como una tercera pierna. Venía a casa con frecuencia, sin tener un día fijo para sus visitas. Por lo menos una vez por semana golpeaba el portón lateral con las manos, hasta que alguien salía a recibirlo. Preguntaba por mí. Con mis siete años escasos, era su amigo. Al menos sabía, intuía que algo existía entre nosotros.

Lo hacía pasar, le servía un refresco o a veces nada más que un vaso de agua recién sacada del pozo. Tomaba unos sorbos, sonreía. La piel arrugada de su cara parecía darle una aura añosa y remota. De ojos vivaces y marrones, poseía la belleza que los tiempos dan a ciertas almas superiores, o sencillamente, era dueño del señorío de los años... Cuando estaba absolutamente seguro de que lo escuchaba, en un perfecto guaraní evocaba:

-El 11 de diciembre de 1868, en Abay, seguimos al general Caballero. Estábamos dispuestos a morir; total, ¿qué era la vida para nosotros? La cuestión era seguir aguantando. De entre mis compañeros de batallón, no quedó nadie con vida. Una feroz batalla tuvo lugar, lo recuerdo tan bien.

Abría los ojos, pues al principio parecía que estuviera hablando medio entre sueños y me miraba fijamente. Luego seguía:

-Recuerdo que caí de espaldas. Cuando me desperté, fue en el rancho de una señora, quien me explicó que después de la batalla, mientras buscaba a su compañero entre los muertos, me encontró sangrando y moribundo, con una herida   —91→   en el cuello. Me arrastró hasta su rancho. Me alimentó con caldo de gallina, que me lo hacía tragar con una bombilla. Me cuidó tres meses.

Lo miraba con seriedad. Me impresionaba la cicatriz del cuello, arrugada, enorme, profunda. A pesar de sus años (¿quién podría saber su edad?) era coherente y concreto cuando hablaba. Difícil sería creer que el sargento que narraba sus pasos guerreros, fuese el mismo que en la calle andaba a los bramidos.

Caminaba con dificultad, renqueando. Una vez sentado, parecía otro hombre, hasta lucía más joven. De cutis moreno, era de indudable origen hispánico. Hablaba el castellano con dificultad, pero hacía un gran esfuerzo cada vez que quería saludar a mi padre:

-Nde ko karaí guasú -le decía.

Y se abrazaba con el viejo madrileño, quien sentía por él un gran cariño y respeto. Siempre que le veía venir, me decía:

-Atiende al sargento, está sentado debajo de los mangos.

Era indudable que su presencia me agradaba. Ñe hablaba de remotas gestas. De ásperos caminos llenos de karaguatáes y de espinos ponzoñosos. De insectos raros y de víboras enormes. Sus relatos bélicos me producían una rara congelación del espinazo. Me parecía estar en medio del fragor de las batallas. En Villa Aurelia, era conocido por todos. No lo tomaban en serio, y lo más triste del caso, es que le tiraban naranjas podridas y mandarinas verdes y pequeñas, que abundaban en esa época. Se paraba en las esquinas y gritaba a los grandullones que lo hostigaban:

  —92→  

-O gualalá lo kambá
o sununú lo cañón

¡a la orden mi general!

Y seguía su larga mención de remotos fastos. Debo confesar que nunca le tiré naranjazos. Sin embargo, hoy, ya en plena era de sinceridad quiero agregar que nada hice para defenderlo. El sargento era parte del barrio. Fundador de Villa Aurelia, compartió sus meandros con tigres y víboras, antes de que llegasen a sus entrañas los Campos Cervera. Vivió, corrió y cercenó los yuyos y arbustos voraces de su villa primitiva, sin preocuparse jamás de alambrar una mísera tajada de terreno, en épocas en que el suelo que lo vio nacer, no valía nada.




III

La siesta del 3 de febrero de 1934 era pegajosa y terrible. No daban ganas ni de moverse. La guerra del Chaco seguía y el barrio se había quedado vacío. Para más, una sequía interminable había liquidado hasta las más recónditas reservas de agua y los pozos se iban quedando negros y sin ojos. La opaca negrura de la sed. Ya nadie regaba las plantas. La presencia espectral de los árboles con sus hojas alicaídas y amarillentas, agregaban silencio a las calles y a los patios. A lo lejos, vi al sargento que venía arrastrándose y me anticipé a ayudarlo. Cuando llegué hasta él, como todo saludo, comenzó:

-Jha lo kambá ñande jukapáta tekotevê roñorairô ro potipapevé!

-Pero sargento - e interrumpí-, esa guerra   —93→   terminó hace ya mucho tiempo. Ahora vivimos otra guerra, y ésta la vamos a ganar.

No hubo forma de romperle su obsesión. Con los ojos cerrados, y todas las ganas de gritar que muy frecuentemente se apoderaban de él, me contestó:

-Oú jeýma lo kambá tepotí!

No me cabía la menor duda de que él comprendía perfectamente que la guerra del Chaco era contra Bolivia, pero seguía culpando de ella a los brasileros. Le abrí el portón del patio, y debajo del mango rosa lleno de frutos, con sus miles de avispas y abejas, le puse una silla y le serví en un vaso un poco de caña con agua (una mezcla que me la preparó mi padre). Cubría su cuerpo un pantalón roto, de color marrón oscuro y una chaqueta gris, llena de agujeros. Unos zapatos de cuero negro agrietado lo defendían del suelo arenoso y escaldado. Mi curiosidad histórica lo estimulaba y en el fondo lo hacía feliz.

Me relataba un sartal de nombres legendarios, y hoy, con cierto pudor, reconozco que no le creía del todo. Cuantas menciones hacía, eran apelativos de titanes. Me parecía imposible que este pobre hombre cargara en sus hombros y en su lejanía, todos los anales y el dolor de una tragedia inconclusa, al menos para él. Después de un rato, le pregunté:

-Sargento, ¿usted vio de cerca al Mariscal alguna vez?

Con el vaso en la mano, se levantó tambaleando y se puso serio. Por los agujeros de la chaqueta, asomaba su carne viva. El pantalón le quedaba ancho y largo, y dos reventones irregulares   —94→   mostraban sus rodillas. Con sus ojos menudos y su cara rasgada por avenidas profundas, parecía una estatua llovida y abandonada. Con voz gutural me contestó:

-Siempre me hacen la misma pregunta. Estuve con él hasta la cordillera de Azcurra. Lo vi de cerca.

Se volvió a sentar. Me miró durante algunos minutos y prosiguió:

-Asunción quedó sin un alma. Cuando yo volví, después de la guerra, me refugié en este bosque, que es el lugar donde hoy está tu casa. Por eso es que siempre vuelvo aquí. Los árboles fueron mis primeros amigos y los brasileros no habían llegado sino hasta la Recoleta. Más allá, no quedaba nada más para robar.

Tenía que ir a la escuela y no había concluido con mis deberes y, le dije que nos veríamos la semana próxima. Al salir, siguió hablando solo y el eco de su voz saltaba de árbol en árbol:

-Oú jeýma lo kambá!




IV

Mi padre abrió con un cortaplumas la bolsita que acompañaba la carta de ña Jovita. La sacudió varias veces y finalmente cayó al suelo un objeto metálico. Lo alcé con cuidado. Era una bala de color gris azulado. Recordé, después de un rato, la cicatriz del cuello, honda, cubierta por una costra de mil años.

1980





  —95→  

ArribaAbajoViaje

El lodo hacía difícil caminar y los nubarrones agresivos indicaban claramente que seguiría lloviendo. Tenían la ropa empapada y la espera era agobiante. Lo poco que lograron salvar, cabía en dos valijas de tamaño mediano. No hablaban. Algunas señas eran suficientes para el tipo de comunicación que precisaban. Después de una larga espera, divisaron por fin un enorme bulto gris opaco que avanzaba hacia ellos. Era el camión. La esperanza renacía. El niño suspiraba ansiosamente y comprendía al mirar el rostro de su madre que una ilusión volvía a comenzar. Ella no tendría más de treinta años, pero aparentaba más edad con su cara ajada por surcos incipientes, que parecían acentuarse aún más con el sudor y el polvillo pegajoso.

Pusieron las maletas en el medio del camino. Ya habían pasado dos camiones anteriormente sin detenerse. Estaban repletos de pasajeros. El niño era flaco, de tez morena y pálida, de movimientos torpes y de cara triste. Tendría ocho años o quizá menos. Dejaron el rancho de paja con dos frescos túmulos. Uno, el que contenta los restos de don Agustín, era más grande y sobresalía más que el otro, bien pequeño, el de León, recién nacido que no pudo soportar las privaciones del sitio.

La guerra había terminado y no les restaba otro recurso que ir a la ciudad. En la chacra, nada quedaba que fuese de valor. Todo era un montón de recuerdos humeantes, desolación y   —96→   tristeza a la que querían dar olvido con la evasión, la fuga definitiva.

Doña Lucía no vio otra alternativa. Tenía parientes y amigos en la ciudad. No sufriría allí el miedo que le inspiraban los desmovilizados, a veces abusivos, que asomaban ocasionalmente en el paraje, completamente despistados después de varios años de ausencia.

El camión llegó medio agonizante y se detuvo, casi llevándose por delante las valijas.

-¡Saquen esas porquerías del camino!

Doña Lucía, implorando se acercó al chófer:

-Señor, ¿nos lleva a la ciudad por favor? ¡Tenemos para pagar el pasaje! ¡Por favor, señor, tenga compasión!

No hubo respuesta inmediata. Pasaron unos segundos tremendos. La cara agobiante de doña Lucía logró apaciguar al chófer.

-Señora, yo manejo un camión colmado hasta el tope. No entra nada más, créame.

-Haga un esfuerzo, se lo suplico de nuevo. El pueblo está vacío.

-¡Qué cosa más molesta! ¡Yo no sé de dónde nacen tantos mendigos!

-Ya le dije, señor, que tenemos forma de pagar el pasaje...

No bien concluyó de hablar, del pliegue de entre los senos sacó un manojo de billetes -especie de húmeda gelatina amarillenta- y los desenrolló frente al chófer, quien siguió un rato titubeante y finalmente bajó del camión con definitiva resignación, empujó las dos valijas en el agujero lateral de los bultos y apretó a los nuevos pasajeros contra la masa humana que iba con él. El camión recomenzó la marcha. El chófer   —97→   miró su reloj. Por lo menos seis horas más para llegar a la ciudad. No recordaba cuándo había salido y tenía muchas ganas de volver.

Consiguió doña Lucía atajarse de una barra de madera que desde el techo, servía de asidero. El niño se amarró primero a su cintura pero como ello no le daba suficiente estabilidad, se colgó después de sus piernas como pudo. El calor hacía muy denso el poco aire que sobraba. Los olores ácidos y pegajosos de los pasajeros, quienes también como ellos venían huyendo y las caras herméticas que alcanzaba a ver de vez en cuando, la habían intimidado en cierta forma. Decidió seguir callada, padeciendo lentamente el correr de los tumultuosos kilómetros. Una voz tronó desde un asiento, cerca del chófer:

-¿Por qué tiene que seguir cargando a todo el mundo? ¿No ve que ya no entra más nada ni nadie en éste su miserable camión? ¿No le importa nuestra comodidad? ¿A quién se le ocurre actuar de ambulancia, cuando lo que pagamos es un servicio de transporte?

Doña Lucía tembló. Durante algunos segundos creyó que sus fuerzas la abandonaban. Tenía miedo, pues no sabía quién era el que tan bruscamente levantó la voz y rompió el silencio. El chófer no dijo nada. Con sus dos manos en el volante, seguía avanzando. Comenzó a llover. Era una región diferente, y el barro rojo reemplazó al gelatinoso lodo gris de horas atrás. Gemía en primera el viejo motor, una queja casi humana. A veces parecía que se iba a trancar entre las sacudidas violentas y las convulsiones penosas. Afuera, no se veía nada. La lluvia   —98→   arreciaba con furia. La misma voz gruesa volvió a estallar:

-Estos camiones deberían pasar al museo de antigüedades, por viejos, por inservibles. ¡Y a los dueños, a la cárcel, por desconsiderados!

Le contestó un cura, con voz firme:

-Si no le gusta el camión, ¿por qué no baja? ¿No se da cuenta usted que el pobre chófer está haciendo hasta lo imposible?

No hubo respuesta a las palabras del cura. Parecía un cura de campaña, de esos que últimamente organizan a los campesinos en las Ligas Agrarias Cristianas. Su sotana era de color negro verdoso con roturas visibles. Su gesto, amable, pero firme. Miró al gritón sin ánimos de pelea, como tratando de expresarle un mensaje conciliatorio. El camión siguió trepidando entre el barro y las hondonadas.

Doña Lucía apenas se sostenía. El sudor le corría por la frente y le mojaba todo el cuerpo. El pequeño, de repente cayó al piso del camión totalmente exhausto, acabado. Lo sintió la madre en su aflojamiento paulatino, como si sus piernas se hubiesen liberado de algo, un desprendimiento que la dejó por un instante sin respiro y aterrorizada. Trató de levantarlo, pero ni un solo resquicio sobraba. Pidió ayuda a una señora obesa, quien también venía sufriendo las peripecias del viaje. Se hizo un pequeño espacio y levantaron al niño. Tenía la cara blanca, la piel muy fría y la frente cubierta por gotitas de sudor. Respiraba con dificultad doña Lucía sólo atinó a soplarle la cara. Alguien le dio un abanico. El camión seguía sus tremendos tumbos y el equilibrio era casi imposible. Los pasajeros   —99→   entrechocaban unos con otros. Para sorpresa de todos el de la voz dura y desagradable, se levantó:

-Haga sentar al niño. Yo también tengo un hijo, señora...

Este acto inesperado, sorprendió a la madre, quien colocó al hijito en el asiento. Al poco rato, al poder cambiar de posición y descansar, el pequeño se reanimó y al ver al gritón parado, le quiso dar el asiento.

-No, mi hijo, sentate no más.

*  *  *

El chófer de repente detuvo el camión. No se escuchaba sino el recargado ritmo, medio jadeante, de la respiración de los pasajeros.

-No sé dónde estoy. Hace rato que vengo tratando de orientarme y no alcanzo a ver huellas conocidas. Voy a bajar a mirar el camino, para ver si algo logro reconocer. Realmente este paraje es extraño.

-Esto es el colmo -volvió el de la vozarra-. ¡Este bendito chófer no sabe adónde vamos ni dónde estamos!

El chófer no le hizo caso. Lo ignoró. Bajó del camión lentamente, con una rara calma. Había cesado la lluvia. Las gotas dibujaban delicadas filigranas en los vidrios de las ventanillas. Los pasajeros bajaron ordenadamente. Era una felicidad inhalar el aire puro de afuera, refrescado por la lluvia y no se preocupaban de nada. La tregua les venía a tiempo y muchos de ellos creyeron que el chófer se había apiadado de tan horrendo calor y les daba este respiro. Doña   —100→   Lucía pensó en su marido, en el dulce olor de los cocoteros en flor y en la fragancia de la tierra roja, cuando arrancaba los bulbos gruesos y los raigones de la mandioca. Salió tanta gente del camión, que el chófer se asustó. ¿Cómo volverían a entrar? Pero -en medio de sus conjeturas- lo más importante para él era saber dónde estaba. Avezado en el duro oficio de manejar entre zanjas y arroyos, le desconcertaba la geografía tan tremendamente distinta y nunca vista. Y no estaba dispuesto a retornar ni a seguir. Vino el cura, quien le sugirió:

-Sigamos. Vámonos a cualquier lado. Algún refugio hallaremos. El chófer lo miró con asombro.

-¿Cómo a cualquier lado? Corremos el riesgo de perdernos en el desierto. Y la gasolina que sobra en el tanque apenas alcanza para llegar a la ciudad, si supiéramos el camino con precisión.

El de los gritos no pudo contenerse:

-¿Qué? ¿Que nos va a dejar plantados? ¡A quién se le ocurre! Yo tengo que ver al señor Ministro mañana, aunque siga tronando. Es una cita ineludible, ¿entiende?

Cierto tono de aflicción y de nerviosismo se había adueñado de su voz. Ya no era explosivo ni violento. Estaba sencillamente aterrorizado. El cura volvió pausadamente. Traía un mapa enorme en las manos y llamó al chófer. Conferenciaron un rato. Después, sin perder el ánimo, volvió a enrollar el mapa. Sus ademanes eran serenos. Concluyó:

-Tendremos que esperar auxilio.

El chófer parecía resignado.

-Deberíamos volver -dijo-, pero lo malo es   —101→   que tampoco sé el camino de vuelta. Y mañana el sol saldrá como siempre después de las lluvias, picante y terrible.

El gritón estaba escuchando el diálogo entre el cura y el chófer. No pudo con su genio:

-Pero si éste es un camino desconocido y raro, ¿de quién espera auxilio? ¿A quién se le va a ocurrir venir a buscarnos?

El chófer, mirando fijamente hacia la loma que parcialmente tapaba el horizonte, sin dudar del valor de sus palabras, contestó:

-Bueno, Dios no irá a abandonarnos en este apremio, ¿verdad?

-¿Cómo, ahora dependemos de Dios? ¿Qué es eso? Yo creí que su desorientación era momentánea, cosa de mirar la ruta en el mapa y seguir.

No respondió el chófer en forma inmediata. Aspiró hondamente el aire fresco, miró a los pasajeros tendidos por todos lados y contestó:

-Ya no hay ruta. Los mapas no valen Es peor, teóricamente ya llegamos, aunque esto parezca una locura. Es el fin. Además, permítame señor que le diga una cosa: no es solamente ahora cuando dependemos de Dios...

El cura escuchó al chófer. Lentamente se separó del grupo y comenzó a caminar en silencio. El chófer y el gritón seguían sus discusiones teológicas, mientras los demás pasajeros, un centenar acaso, desperdigados, esparcidos y caídos o reclinados a la orilla del camino fangoso algunos, otros tirados bajo el tendal natural ofrecido por los árboles próximos, no demostraban mayor importancia a lo ocurrido. Se había apoderado de ellos una rara inercia, una mezcla de sopor   —102→   y fatiga, como si hubiesen cesado de pensar. El chófer lentamente comenzó a caminar cuesta arriba. El cura, desde lejos le gritó:

-¿Adónde va? ¿Y nosotros?

No contestó el chófer. Siguió su ascensión, hasta que llegó a la parte más elevada de la loma. Miró hacia abajo y vio el espectáculo de su camión y sus pasajeros desparramados e hizo una señal con la mano derecha en alto, agitándola. Era un gesto amable; como el adiós que se hace cuando un barco se está separando lentamente de las amarras que lo atan al muelle. Después, se perdió de vista. Los pasajeros, agobiados por tan prolongada agonía, ni siquiera notaron su deserción. Al cabo de media hora o menos, quedaron dormidos plácidamente. No se escuchaba queja alguna. Un viento refrescante soplaba desde el sur.

El cura encendió un cigarrillo y dio una honda fumarada que debía haberle llegado hasta el fondo de sus entrañas. Miró el cielo azul oscuro, con algunas estrellas. La noche se venía apaciblemente. Apagó el cigarrillo recién prendido y se sentó sobre el césped húmedo. Después se tiró de espaldas y al poco rato quedó profundamente dormido.

A la mañana siguiente, en contra de las predicciones, amaneció nublado. El cura se despertó con una tremenda fatiga. Miró hacia la loma y con gran sorpresa, vio la silueta apenas dibujada, de un hombre que venía bajando. Se levantó y fue hacia él. El extraño cargaría unos treinta y cinco años o menos. No bien vio al cura, le habló con voz decidida y convincente:

  —103→  

-No se preocupen ya más. Los llevaré de vuelta. Conozco el camino.

El cura demostró su asombro con una pregunta:

-¿Quién es usted y cómo sabe nuestros problemas?

El aparecido, con una rara sonrisa, y en forma enigmática, no contestó. Observó el camión, miró a los pasajeros y les gritó:

-¡Súbanse, que vamos a la ciudad, ahora mismo!

Se produjo una zozobra colectiva, y en pocos minutos las dos puertas de acceso al camión, se vieron colmadas por los ansiosos pasajeros. Cuando doña Lucía iba a subir con su hijito, el extraño le dijo:

-Déjeme el niño. Yo me encargo de él. Usted súbase y pronto, que quiere llover.

Una vez que todo el pasaje hubo ocupado los posibles espacios del camión y antes de que comenzaran a sufrir el efecto de la aglomeración, el estruendo del motor recomenzó su euforia. El nuevo chófer tenía una gran confianza y manejaba a una velocidad poco común. Los árboles apenas mostraban sus troncos húmedos y marrones. Parecía que volaban. El cura, que iba sentado al lado del chófer, le llamó la atención:

-Me parece que va muy rápido para un camino tan lleno de agujeros.

-No se preocupe. Yo sabré cuándo detener el velocímetro. Después prosiguió:

-Se imagina usted -miró al cura fijamente-, ¿cómo supe de ustedes?

-No. Verdaderamente no me lo sospecho. Cuéntemelo.

  —104→  

El chófer siguió conduciendo, siempre a velocidades increíbles.

El camión, por momentos, rozaba las copas de los árboles. Sonriendo con dulzura dijo:

-Pasaba por la Gruta del Olvido, que está debajo del quebracho, al otro lado de la loma, y hallé a un hombre muy triste que lloraba amargamente. Me contó que se había perdido y me habló de ustedes.

El camión definitivamente se desplazaba por encima de los árboles, que se veían pequeños, verdes y brillantes desde las ventanillas. Prosiguió el chófer:

-Entonces le miré los ojos y vi en ellos una infinita aflicción.

-¿Y?

El cura miró al chófer. Estaba convencido que era de cristal. Transparente y azuloso.

-Sé que le va a ser difícil creerme -dijo el chófer-, pero hice lo que un ángel debe hacer en dichas circunstancias.

-No le entiendo. Explíquese por favor.

Detuvo el camión por un instante, y una vez vuelto a tierra contestó con una voz bien modulada y sin altibajos:

-Me arranqué las alas y se las di. Cuando lo vi volar de lejos y remontarse hacia las nubes, me sentí muy feliz de volver a tierra. Extrañaba a mi hijo.

Contempló al pequeño, que seguía en su regazo, le sonrió suavemente, en forma apenas perceptible, y volvió a poner el motor en marcha...

1980



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ArribaPromesa formal1

Yo no sé a qué se debe el prurito de querer escribir esta especie de confesión, pero en realidad en la vida no todo tiene explicación satisfactoria y la lógica de un acto cualquiera, cuando las causas del mismo han pasado, a nadie interesa: es pura historia, hojarasca o polvo. O una montaña remota cubierta de humo y niebla. Pero de toda forma, mis hermanos se ocupan de mí y cargan la tinta más de lo debido y soy yo, en última instancia, el punto nodal, la sal y la pimienta de las innumerables murmuraciones familiares. Me acostumbré con los años a ser la oveja negra o amarilla que deshonra el clan. Y ello no es culpa mía. Es más fuerte que yo (en realidad me gusta la cosa) y he prometido con seriedad hacer cambios importantes en mi ruta y en mis hábitos y lograr así, con enorme esfuerzo y brío titánico, revertir el problema, participar en un nuevo plano vital y ser aceptable para mi familia, a quien desde luego respeto y aprecio por encima de muchas linduras. Al menos eso creo. En realidad, yo quisiera que me dejaran en paz, que no se entrometieran en mis actos personales. Pero comprendo: no soy independiente y me es imposible sobrevivir como me gusta si me cortan el cordón umbilical o si me rebelo abiertamente, lo que no haría jamás, me gusta la buena vida y me consumo   —106→   en el placer. Ayer vino Mario, mi hermano. Llegó del cortijo extremeño. Me dijo que yo me estaba devorando gran parte de mi herencia en parrandas y juergas con los escritores, que según él (¡qué disparate!) me aceptan en sus bohemias porque soy desprendido, o como él dice, dilapidador Por otro lado, Mario tuvo el descoco de enumerar mis debilidades.

Uno por uno, como si fuera una lección aprendida de memoria, fue detallando mis nidos amorosos en Mesonero Romanos, Noviciado y San Bernardo. Para calmarlo, le hice una promesa nacida desde el fondo de mi desdicha. Dejaría todo. Yo pensé que me produciría una pena enorme renegar de toda una forma de vida y verme obligado a tomar mis cazallas y cervezas sólo, en algún jardín del Retiro, como si fuera un pingüino en un zoológico tropical. Concluyó su visita y me dijo contundentemente que debería reencauzar los pasos hacia una existencia higiénica. ¡Gran consejo a esta altura de mi vida! Debo tratarme y curarme, y me habló del doctor Mellado -recién llegado de Viena- que recetaba unas pociones y ungüentos mercuriales o arsenicales, no recuerdo bien de qué minerales habló. Debo admitir que me asustó con las complicaciones de mi enfermedad cuando me dijo textualmente: «verás la muerte de cada parte de tu cuerpo, se te caerán a pedazos las vísceras y si dejas avanzar la enfermedad, no podrás hacer nada para defenderte». ¡Esto asusta a cualquiera, coño! Y conociendo por el Duque de Peñalba lo serio que es el doctor Mellado en dichos campos secretos, creo que debo hacerle caso a Mario en este punto. Prometo pues una   —107→   enmienda. Tomaré la vida con total responsabilidad, lo que no es fácil en mi caso. Me reconozco íntegramente impredecible y a lo mejor hasta algo insensato. Ya en la puerta, al salir, siguió Mario augurando lúgubres sucesos: que nuestras posesiones en Badajoz están a punto de ser rematadas, en cuyo caso nos quedaríamos con lo que saliese del remate, y después a lo que diga Dios y aguantaremos. Lo acompañé hasta la esquina (para que se fuese de una vez) y habló de finanzas de nuevo: «cada duro que gastes en adelante, deberías sopesarlo, pues van siendo más escasos los recursos. Los árboles de alcornoque tienen la corteza más fina cada año y todo allá se vuelve terra extrema et dura para la familia». Estábamos solos en la calle del Marqués de Urquijo. Levantó la voz y concluyó mirándome con firmeza: «Hacer, una vida que te aleje de las tentaciones, y de una vez por todas aceptar que estás enfermo por causa de las mujeres. Tu mal no es en el fondo tan malo, pues una vez pasada la etapa aguda, resta un largo tiempo de vida que hasta puede ser benigno».

¡Cuántas cosas me dijo Mario! ¡Cuántos sustos me dio! Y no era cuestión de hacer oídos sordos. Después de todo es mi hermano y sé que bien me quiere. Me defendí como pude. Le dije que recordara que más de una vez fuimos juntos a Mesonero y gozamos de la Lucila, de la misma Lucila de ojos azules... Debo reconocer que yo caí con mala estrella. Al cabo de un mes, comenzó a agrietarse mi fortuna, ¡lo recuerdo tan bien! Pero, ¿por qué yo? Le inquirí repetidamente a Mario, y nada. Estaba más   —108→   sano que un toro antes de corrida. Y ahora él se me presentaba como un santo varón, comedido y receloso. Para él, las mujeres no eran todo, sino una mínima porción vital. Cabrón, a lo mejor impotente, ¡coño! Recuerdo que me siguió predicando: «Tú, Pepe, que posees cultura y culminaste los estudios en la Universidad Central mientras nosotros, tus tres hermanos, nos pudríamos de aburrimiento controlando los bienes del lagar, puedes corregirte. Por las tardes, te vas al Ateneo o al teatro. Posees el francés, y con tiempo y el apoyo de nuestros amigos, podrás hacer una vida académica admirable. Es más -siguió-, podrías ir a casa de Viriato en Burdeos y hacer algo útil como él, enseñar, escribir, pasear por las Landas, lo que te permitiría alejarte de esta proterva compañía». Yo sé que Mario tenía razón. Tengo el alma destrozada. Trataré de dormir con alguna píldora de bromuro y mañana será otro día...

Me desperté con ganas de hacer algo diferente. Puse los libros en orden. Mi apartamiento, que tenía tres piezas en un tercer piso del Barrio de Argüelles, era un verdadero desastre. Como si hubiesen dormido varios caballos y desparramado los muebles, los libros, la ropa, todo. Y comencé la faena. Si reformas había de hacer, por casa comenzaría. Utilicé un cajón viejo de basurero y allí fueron a parar todas las pertenencias innecesarias. Llamé a Paco, el de la portería, y por un duro fue dejando espacio y haciendo lugar para los muebles. Casimira, la mujer de Paco, se encargó de los pisos y de la ropa. Después de trabajar los tres durante todo el día, mi habitación y la sala de estar quedaron   —109→   irreconocibles. Podría recibir a cualquier amigo y no sentir vergüenza (como siempre me sucedía, y me pasaba un buen rato dando excusas) y con Paco envié una noticia a Mario para que viniese cuanto antes, sin explicarle la causa de mi apuro. Compré mi ejemplar de «El Debate» y con una taza de café, hice tiempo hasta que viniera. Al cabo de una hora, poco más o menos, llegó Mario. Golpeó la puerta varias veces, con nerviosismo. Traía el rostro desencajado, pues Paco nada le dijo de mis razones. Por fin, le abrí y no pudo creer nada de lo que vio. Fue de pieza en pieza exclamando exageradas notas de admiración. Se llegó hasta mí y me dijo: «¡vamos festejar este primer paso de tu existencia renovada!»

Bajamos y nos llegamos a la taberna de don Manrique. Pedimos cognac (hacía frío, pleno diciembre) y seguimos hablando. Mario tenía planes a montones para mí. Hasta pensó que sería mejor que me fuera al cortijo y que me ocupara allí de los libros de asiento y si me sobrara tiempo, escribir, hacer un plan de reformas para salvar lo último que nos quedaba. Le expliqué, como mejor pude, que para eso no eran mis estudios y que si yo fuera al cortijo, sería para descansar y por sobre todas las cosas, para pensar qué hacer con mi vida, ya que después de todo, mis veinte y cinco años, sólo indicaban el comienzo. Estábamos en dicha plática cuando inesperadamente entró en la taberna una hermosa niña, de no más de veinte años (yo al menos, no le daba más de eso) y se sentó próxima a nuestra mesa. La miré fijamente y me pareció que podría seguir adelante. Yo nunca me   —110→   equivoco en estos negocios. Pero estaba con Mario. Primera confrontación con una inesperada realidad asombrosa y estupenda. Mario me miró con dureza. Y yo, haciendo de tripas corazón, permití que se sentara a su mesa otro parroquiano, a quien miré con una mezcla de odio y de envidia. ¡Pues ayer nomás, otra hubiera sido mi actitud! Mario me lanzó una mirada de aprobación.

Como si fuera un profesor de moral en el liceo, dijo con tono austero:

-Poco a poco, comprenderás que no es tan perentorio ni importante conquistar a la primera mujer que se te aparece en una taberna. Comprendo -continuó, como si no existiera nada a su derredor, y estábamos a medio metro de una belleza devastadora y despampanante-, que no es fácil. Al contrario, las tentaciones son numerosas cuando hay crisis en el mundo, pero yo te ayudaré y reconquistarás tu poderío, tu personalidad se integrará en el marco que le corresponde.

-Gracias, hermano. Comprendo lo que dices. Hablé sin pensar y casi mecánicamente, como entre sueños. En realidad, si bien le charlaba aprobatoriamente, yo seguía embelesado con la niña. Sus facciones eran diferentes y la hacía del norte, gallega quizá, no lo sabía, pues mi estudio era obstruido por la emoción. Era esbelta, de nariz respingada y hasta se parecía a una de las bellezas que visitaba al marqués de Cuevas cuando la mujer de este noble amigo viajaba por giras de beneficencia a través de las provincias, con el séquito real.

Mira, Pepe, a mí también me gusta la hula   —111→   esa, está muy bien, de acuerdo. Pero me contengo y me sobran fuerzas para resistir...

No le respondí. Pensaba en las confesiones de Lucila y estaba totalmente convencido de que Mario era impotente. O al menos neutro. En el fondo, sentía compasión por él y su abstención, ya que después de todo no estudiaba para seminarista. Yo era diferente, ¡lo podía intuir al ver pasar las yeguas de raza! ¡Dios mío, cada ejemplar de pedigrí en los desfiles de la Gran Vía!

Esa noche fui a casa de Cansinos. Estaba escribiendo un artículo para Helios. Cuando Cansinos empezaba a escribir, nada lo detenía. Sin embargo, estaba furioso. En una lista de autores le habían robado la s a su apellido y estaba desconsolado. Traté de calmarlo y respondió con ira:

-¡Pero sucedió en HELIOS! ¡En nuestra revista! ¡Es cosa del colombiano que anda por ahí!

-Rafael -le dije-, he cambiado. Soy otra persona. No me reconozco y no me creía capaz de tan enorme coraje.

Rafael interrumpió su escritura y me dijo:

-Hombre, has cambiado tantas veces, que quisiera ahora ver cuál es el cambio que con tanta solemnidad anuncias.

-Te explicaré después. Vamos a cenar, pues lo que te quiero explicar demanda tiempo y calma.

Fuimos al Restaurant Inglés. Cansinos cambió de humor y comenzó a hablarme en francés. Le expliqué mis problemas y en forma concluyente me dijo:

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-Todo está en tus manos. Cada cual con sus problemas. No puedo dar yo consejos y sé que en última instancia tú harás lo que te dé la real gana.

Cada vez que tenía un problema, lo visitaba. Era un hombre de inmensa cultura y se unía siempre a nuestro grupo. Pero él tenía razón. Me escuchaba y me decía la verdad. Él sabía que yo no era fácil. Y me lo decía sin ambages. Me despedí de Cansinos y escogí una calle al azar, total me daba lo mismo. No tenía interés en llegar a casa, donde nada me esperaba. Cuando pude darme cuenta, después de una hora de zigzagueo me entré a una taberna y pedí una copa de ojén. Yo era el único en toda la enorme habitación. Mi entrada en las tabernas era algo casi instintivo. Pude hacer un autoanálisis ayudado por el silencio. La meditación comenzó a darme cosquillas. Mario tenía razón. No podía, o al menos no debía seguir derrochando la vida, mi propia vida. Dejaría el tabaco, las bebidas (después del próximo ojén que es perentorio para seguir meditando) y trataría de olvidar las mujeres. Y comenzaría de una vez por todas la etapa de recuperación de mi identidad. Iría al campo, me llegaría al cortijo. Me pondría al tanto en el manejo de la finca y sería yo quien en adelante revisase los números y distribuyese las ganancias (si las hubiese). ¡Hermosas reflexiones y magníficos proyectos! ¿Cómo es posible que no me hubiera dado cuenta antes? Mario era un santo. Me abrió los ojos. En adelante el orden y sólo el orden. ¿Cómo es posible que yo, doctor de la Universidad Central, fuese un parásito de la sociedad?   —113→   ¡Jamás! Pagué la cuenta, pues ya iba amaneciendo y estaban cerrando. Dejé un duro de propina. Bailó el tabernero de alegría y me trató de señor nobilísimo. Me dijo que yo era de muy buena familia, sin lugar a dudas. Por lo menos un conde. Le di otro duro. Me gusta que me reconozcan mis méritos reales. Me fui a casa para descansar. Me sentaba mal el ojén. El sereno me abrió el portal y me acosté vestido. Quedé profundamente dormido. Tuve un sueño raro. Estaba en Extremadura, el lugar exacto no recuerdo. Varias zagalas me seguían. Una de ellas era bien formadita y de bellas facciones. Me acerqué y le dije:

-¿De dónde eres?

Me respondió con una sonrisa cautivamente y se perdió en una nebulosa indecisa y remota. Cuando me desperté, me di cuenta -atando memorias- de que la niña del sueño era la que estaba en la taberna ayer no más, al mismo tiempo que Mario me gruñía. Y me entraron unas ganas locas de volver a verla. Porque esto es diferente. Esta niña es ya un sueño y mis promesas no pertenecen a dicho mundo de cosas inefables. Yo sabía dónde estuve con Mario. Volvería. Sí. Buscaba a la misma hora. Ahora me iría con Manolo, a quien le gusta la vida alegre casi tanto como a mí. Fui a su casa... y no estaba. Me atendió Antonio, con su natural timidez. No. ¡Con Antonio a ningún lado! Le dejé el recado a Manolo y me fui a la taberna. Estaba con la sincera ilusión o esperanza (da lo mismo) de volver a ver a la moza del sueño. No es por nada. Lo juro. Sólo para hablarla y saber algo más de su vida (que nada sabía, sino que era muy bella). Me   —114→   atraen las cosas impensadas. Y ésta era una de ellas...

Entré al bodegón, que parecía más oscuro que de costumbre. Una lámpara de gas en una esquina, dibujaba impalpables, tenues figuras de los parroquianos. Unos bebiendo cerveza, otros con copas alargadas libando con zacalla u ojén. La concurrencia no hacía alboroto y era posible amadrigarse en una esquina sin ser fastidiado por retumbos aturdidores. Miré por todos lados. Lo hacía con verdadera ansiedad y hasta con pena y no vi rastros de la zagala. Pocas veces sucede que un concurrente vea totalmente desconocido en su esfera de acción, en su hábitat. Con ánimos de recuperar la imagen extraviada cuya semblanza se hacía obsesiva (debo reconocerlo) tomé coraje (para estas circunstancias no soy tan fuerte, prefiero que mis acciones no requieran la ayuda de nadie, eso es feo) y me llegué hasta el tasquero:

-Perdone señor -la voz me salía insegura y velada-, ayer por la tarde vi una mujercita muy bonita, diría un pimpollo, de muy buenas proporciones...

Bruscamente me cortó las palabras el tabernero y casi agresivamente me dijo:

-Pues figúrese usted, si tuviera yo que guardar los pasos y las marcas de cada furcia que asoma por estos lugares, pues...

Esta vez lo interrumpí yo. Sé cómo hay que tratar a estos títeres, y a este caballo lo domo con arte. Saqué el portamonedas de mi chaqueta y le hice brillar dos duros, sin violencia. Su rostro se iluminó y parecíamos amigotes del mismo corral.

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-Bueno, hablemos pues. Ya sé... es la Mercedes, de Noviciado. Deme usted sus señas y se las haré llegar.

Poco después, llegó Manolo, contento, con su fuerte acento andaluz que aún no se le había desteñido. Pidió un cognac. Lo calentaba con su mano derecha y lo olía con fruición. De ojos vivaces, cejas pobladas, cutis mediterráneo, era una bella compañía. Miró las paredes de la taberna. Le gustaba el color gris del muro rústico. Hablamos un buen rato.

-Figúrate cuánta historia ha pasado por aquí.

-Y la que aún no ha llegado, que se está engendrando -le dije.

-Bueno, algo la hacemos nosotros todos los días, ¿no te parece?

-No sé. Se me ocurre que cada tasca es como Pombo. Sólo que falta la pluma que describa lo que va acaeciendo...

Poco después, salimos a pasear por los alrededores. Lo esencial era entrar en calor. Antes que ir por el Parque del Oeste, decidimos caminar por Buen Suceso. Me gustaba esa pátina de los viejos edificios, descascarados y grises. Pero tan acogedores. ¡Tanta vida! Caminábamos con cuidado pues las veredas rotas hacían difícil una total abstracción. Comenzó a lloviznar. No nos quedaba el recurso de detenernos en lo de Viriato, pues nos había abandonado por Burdeos. Transitaban mujeres de todo tipo con paso más bien precipitado. Algunas muy atractivas. Manolo lanzaba sus requiebros poéticos con harta frecuencia pero sin vistas a obtener favores, lo hacía sencillamente porque le gustaban las mujeres. Mientras caminábamos, me iba   —116→   recuperando del sermón de Mario, que me seguía calentando el cerebro. Manolo no estaba con ganas de hacer locuras, al menos esta noche. Era alegre y me hacía mucho bien su compañía. Mi recuperación, sin embargo, cosa muy relativa. Nada más que una promesa a mí mismo y... a Mario. No había aún pasado por una prueba trascendente. Yo sabía que lo que dijo Mario tenía mucho de cierto. Pero quien camina en el abismo, sólo precisa un pequeño empujón y ¡zas! se repite el golpe... No. No sería ése mi caso. Me aguarda toda una vida y el siglo recién comienza. ¡Al que se fue, todavía lo estamos saludando! ¡Y el que comienza, se viene con tan bellos colores!

Me despedí de Manolo en la esquina de la Calle del Rey Francisco y retorné hacia Marqués de Urquijo, caminando pausadamente. Con cierta fatiga, ascendí los pisos que conducen a mi habitación. Iba pensando: la soledad, qué pesada se pone a medida que vuelan los años. Durante mi vida de estudiante, jamás se me ocurrió cavilar de los días y meses que se fugan como relámpagos... Mercedes, a la que apenas vi, no es sino un recuerdo, esfumado e incierto. Viriato, profesor en Francia, mis hermanos, dispersos en provincias. La vida en Madrid requiere compañía. Quizás fuese cierto en cualquier parte del universo, ¡pero mi experiencia es aquí, en Madrid! Fríos inviernos, tristes y el viento del Guadarrama. Y la monotonía de no saber qué hacer mañana que me distraiga, que sea diferente... De súbito, al llegar a mi puerta, me di cuenta de que no estaba solo. La niña del sueño me estaba esperando. ¡La misma!   —117→   Sin decir palabra, la sujeté de las manos por un rato. Después abrí la puerta y entramos. Era la misma. Se reía vaga y remota. Seguí soñando por largo rato y prometía no despertarme nunca más.





1982-83



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