José Pascual Buxó, entre Ícaro y Penélope
Ascensión H. de León-Portilla
No son frecuentes en la historia los textos en los que el autor se desnuda completamente y nos transmite sus sentimientos más íntimos, los que por años fueron dando forma a su personalidad, a su identidad. Ni siquiera en la literatura de memorias es fácil encontrar una verdadera confesión. Es más, en muchas de ellas se percibe un espacio sellado, en el que el autor guarda sus sentimientos más íntimos y al que el lector no puede entrar.
El homenaje que ahora hacemos un grupo de amigos a José Pascual Buxó es para mí motivo de reflexión sobre estos textos de confesiones tan escasos en la historia. Porque estamos ante uno de los pocos autores que se han atrevido a romper el sello de ese espacio cerrado y al romperlo genera un testimonio de gran valor histórico sobre su sentir y, en cierta manera, sobre el sentir de la generación a la que él pertenece, la conocida como hispano-mexicana.
¿Cuál es el nombre de este texto que José Pacual ha tenido la valentía de escribir? Es un ensayo breve, pero intenso, en el que su propia confesión aparece cobijada en el mito de Ícaro. «Las alas de Ícaro» es su nombre y apareció en 1995 en el libro Poesía y exilio (Pascual Buxó 1995: 391-397). Allí, con lenguaje poético y contenido erudito, relata lo que él llama «los muchos riesgos y las contadas venturas de mi generación poética»
(392). Una generación que Buxó compara a Ícaro, siempre infeliz en los laberintos que su padre, el ateniense Dédalo, construyó en el destierro, primero en Creta y después en otra lejana tierra. El viejo mito toma nueva vida y reencarna en personas y circunstancias del mundo contemporáneo. Así Dédalo simboliza a los padres del exilio, los que en su intento de construir una España democrática fracasaron y tuvieron que abandonar su tierra. Como Dédalo al huir de Minos, los padres del exilio llevaron a sus hijos con ellos y, en la nueva tierra, se dieron a la tarea de hacer un laberinto en el que pudieran ser fieles a sí mismos y sus hijos fueran herederos de sus valores. José Pascual, en una de las posibles lecturas del mito, «la más apócrifa», dice él, se identifica con el Ícaro, que, después de huir de Creta, experimenta con su padre «el más extraño de los destierros: vuelto el pensamiento al pasado vivieron (ambos, padre e hijo) ausentes del presente; héroes de la huida, sólo fueron capaces de ensoñarse en la ambición de un posible retorno». Finalmente Ícaro, presa de la angustia, emprende nuevo vuelo y se pierde en el Hades «donde continúa preguntándose en vano el nombre de su patria y de su origen»
(395, 397).
Ante un texto tan íntimo, tan valioso como testimonio histórico para España y para México, yo me atrevo a plantear que, aun aceptándolo en su parte nuclear, substancial, es posible hacer de él otra lectura e incluso enlazarlo con otros mitos. Porque como el mismo José Pascual acepta, no puede haber una sola versión de cada mito. Antes bien, el mito es interpretable una y otra vez por nosotros y por otros muchos hombres de espacios y tiempos diferentes.
Dedicaré pues unos minutos a dar una nueva interpretación de este Ícaro hispano-mexicano e intentaré, apelando a otros mitos como el de Penélope, que su final sea diferente. Un final más optimista, sin que con ello yo quiera terminar como en los cuentos de hadas y menos cuando se lleva un exilio a cuestas. Veamos pues la nueva versión.
Estamos ya en el año de 1953 y José Pascual, a punto de terminar su tesis de maestría en la Universidad Nacional, es invitado a formar parte del claustro de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Guanajuato. Durante dos años enseña y aprende y, sobre todo, comparte sus sentimientos de trastierro con varios jóvenes de su generación, hijos también del exilio: Luis Rius, Luis Villoro, Horacio López Suárez y el mexicano Adolfo García Díaz. Es seguro que en aquella tranquila ciudad pasarían muchas horas preguntándose quiénes eran, qué eran, cuál era su mundo y cómo sería su futuro. Quizá allí consolidaron su gusto por las letras, especialmente por la poesía, destino inescapable heredado de su linaje heredado de los grandes poetas de la Edad de Plata, de Machado, de Unamuno, de Juan Ramón; destino que cada noche refrendaban con la presencia y la voz de Pedro Garfias.
Los jóvenes profesores, Ícaros de Guanajuato, que se sentían melancólicos y dolientes, eran parte del grupo de hijos del exilio que hacia 1950 empezó a manifestarse como generación. Me refiero a la que pronto fue conocida como Generación Hispano-mexicana, Generación de 1950, y también Generación nepantla, vocablo que en náhuatl quiere decir «en medio». Su actitud melancólica, doliente, su falta de arraigo total a México justifica bien este último nombre1.
Si miramos el panorama del exilio, el año en que empieza a manifestarse este grupo coincide con la desaparición de los más viejos, de los representantes de la Generación del 98. Me refiero concretamente a Rafael Altamira que murió en México en 1951, después de haber tenido en esta tierra una vejez de oro. Parecería como si el final de los hombres del 98, que habían hecho nacer la Edad de Plata, coincidiera con el surgir de la última generación de esta fecunda edad, es decir con el de la generación hispano-mexicana2.
Pero volviendo a Buxó, de esta época de Guanajuato es su obra Tiempo de soledad, testimonio elocuente de un Ícaro que vive en un laberinto interior lleno de interrogantes, preocupaciones y angustias. Tiempo de soledad salió a la luz en 1954, el año que volvió a México y que se casó con Myrna Soto. A ella está dedicado el libro y a ella van destinados muchos de sus versos:
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Otros poemas son los depositarios de la desventura que el joven Buxó, como varios de su generación, siente en un laberinto que no ha hecho suyo:
| (Pascual Buxó 1954: 27, 57) | ||
Desde 1953, ya profesor de la UNAM, Ícaro se involucra más y más con el grupo de su generación; ahora dan clases en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, escriben poemas y editan revistas en las que expresan su nostalgia. Poco antes, en 1948, había aparecido Presencia, dirigida por Jomi García Ascot y Clavileño, por Luis Rius. El año siguiente, Tomás Segovia funda Hoja. En 1951 Arturo Souto Alabarce publica Segrel. De corta vida, estas revistas son como manifiestos en los que la generación de la que hablamos se recrea en dar forma al mundo poético de sus sentimientos dentro de un pasado que, como en el ciclo de romances de «Don Rodrigo y la pérdida de España», era sombra constante de sus vidas y desgarro de sus almas.
En este contexto, José Pascual funda, en 1954, una nueva revista con Benjamín Orozco, Ideas de México. En ella escribieron los mejores de su generación tanto españoles del exilio como mexicanos y algunos extranjeros, franceses y españoles principalmente3. El mismo Buxó publicó varios poemas en los que vuelve a sonar la soledad, la angustia y la muerte. En verdad, la revista, aunque no tuvo larga vida, fue un valioso intento de integrar a los jóvenes poetas, tanto españoles como mexicanos y de unir sus esfuerzos y metas en la búsqueda de logros comunes. Fue también un impulso por crear un espacio para dar a conocer en México a los jóvenes que en España empezaban a hacer poesía, de entrar en contacto con ellos, de tender un puente entre ambas orillas del Atlántico. De hecho el último número está íntegramente dedicado a estos jóvenes españoles presentados por Max Aub dentro de una breve antología4.
En aquella revista, Arturo Souto Alabarce publicó su célebre ensayo titulado «Nueva poesía española en México» (Souto 1954), que con el tiempo ha venido a ser la primer semblanza, el primer intento de perfilar los sentimientos de una generación que entraba de lleno en las letras mexicanas. «¿A qué mundo pertenecen?; ¿a qué mundo pertenecemos?», se preguntaba Souto, al hablar de los Ícaros melancólicos perdidos en su laberinto. ¿Es la tierra lo que imprime carácter? Como protagonista y espectador a la vez, confiesa a sus compañeros y les dice que no han resuelto su posición dual, que es benéfica y dañina; que han creado una atmósfera encerrada en el destierro de sus mayores con una España idealizada; que esta situación anímica les entorpece el interés por su propio momento histórico, por los temas de su generación.
En resumen y siguiendo el mito, estos hijos de Dédalo de cuerpos juveniles, languidecían por la nostalgia de un pasado que los sumía en un eterno desasosiego; en su nuevo laberinto porfiaban por seguir siendo duales, atormentados, infelices. Podría decirse que habían creado su propia atmósfera de «existencialismo poético», con la presente sombra de la muerte. Pero, para comprenderlos mejor no hay que olvidar que eran los tiempos de la filosofía existencialista en los que en todo el mundo se leía a Heidegger, y París no se entendía sin la presencia del binomio Sartre-Beauvoir.
En medio de su melancolía, Ícaro emprende nuevos vuelos quizá en busca de laberintos menos aprisionantes. En 1957 funda y dirige la Escuela de Letras de la Universidad Veracruzana, invitado por Fernando Salmerón. Poco después vuelve de nuevo a la Universidad Nacional atraído por Henrique González Casanova. Posiblemente aquí se hubiera quedado si no topa con uno de los dirigentes de la Universidad del Zulia, Maracaibo. En Zulia necesitaban universitarios serios, jóvenes cerebros diríamos ahora, para la rica y recién creada universidad. José Pascual y su amigo Adolfo García Díaz fueron conquistados por la oferta venezolana y se instalaron en Maracaibo a fines de 1959. Allí Buxó permaneció hasta 1972, exceptuando los años de 1966 y 1968 que pasó en Italia.
En su nuevo laberinto no descansó. Fundó y dirigió la Escuela de Letras de la Universidad del Zulia y sacó una nueva revista, Anuario de Filología. Clases, investigaciones, tareas administrativas llenaron sus años venezolanos. Además en sus ratos libres escribía poesía. Frutos de estos ratos libres son varios libros de poemas, entre ellos Memoria y deseo, Boca del solitario y Materia de la muerte, publicados por la Universidad del Zulia. De nuevo, el Ícaro inquieto y sin reposo vuelve a sus recuerdos de la niñez, a imaginar,
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| (Pascual Buxó 1966: 23, 24) | ||
Como en Guanajuato, en Maracaibo tampoco estuvo solo. Cerca de él estaba su maestro y amigo Agustín Millares Carlo, quien animado por el mismo José Pascual había decidido pasar unos años en aquella universidad venezolana. Don Agustín era un torbellino para el trabajo, todo el mundo lo sabe, y en Venezuela, como en México, y antes en España, se volcó en sus afanes: clases de latín y paleografía, grandes investigaciones de los archivos y bibliotecas de Venezuela, biografía de las figuras próceres de la historia venezolana. Además, en la Universidad de Caracas estaba Pedro Grases, otro español de éxodo con quien ambos siempre estuvieron en contacto.
Aunque estaban muy ocupados, José y don Agustín encontraban tiempo para reunirse a menudo, para disfrutar de la amistad y desde luego para tomar una copa so pretexto de volver juntos del trabajo. Ambos prepararon un homenaje a Antonio Machado, el poeta que guio a los escritores de la Edad de Plata; en aquella ocasión Myrna hizo un dibujo de don Antonio, y Millares, siempre galante y caballeroso, le dedicó unos versos que ella conserva con gran cariño.
Pero, como dice Buxó en su libro Materia de la muerte, «no es Maracaibo / la tierra donde un hombre / pueda quedar a solas con la luz del silencio»
(23). La realidad fue que en su nuevo laberinto venezolano, José Pascual se sintió «doblemente desterrado», como escribió en su ensayo La poesía desarraigada (Pascual Buxó 1962: 10). De manera que en 1966, aprovechando un sabático, el peregrino Ícaro se instala en Florencia para hacer su doctorado. Y pienso yo que también, ¿por qué no?, para vivir en Italia, tierra muy deseada por artistas y escritores desde el Renacimiento. En la ciudad de los Médicis, enseñó y aprendió; mientras, hizo su doctorado en la cercana Universidad de Urbino. ¿Por qué escogió Urbino? Dice él que puesto que era investigador invitado en Florencia, quiso presentar la tesis en otra universidad. En el fondo, Urbino no era mala elección, y al estar en dos ciudades, José y Myrna vivieron no sólo el espíritu del Renacimiento florentino sino también el que aún se respira en lo que fue la singular corte de Federico de Montefeltro, señor de Urbino y mecenas magnífico del quattrocento.
En 1972 los Buxó se instalan ya para siempre en México, en la Universidad Nacional. El joven Ícaro, menos joven y menos inquieto, vuelve al laberinto de su juventud, el que su padre Dédalo le había construido como morada. Volvía a él después de no pocos vuelos que siempre hizo siguiendo los prudentes consejos del bachiller Sánchez de Viana, traductor de Ovidio; consejos que él se da a sí mismo:
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Después de un largo caminar como peregrino de destierros, quizá encontró que su antiguo laberinto ahora era más luminoso, menos enredado, y que posiblemente conducía a un camino firme, prometedor, al de una de sus dos raíces, la mexicana. Invitado por Rubén Bonifaz Nuño se instaló en la UNAM; abre un espacio de expresión fundando Acta Poética, en el Instituto de Investigaciones Filológicas (1976) y años después el Seminario de Cultura Literaria Novohispana (1993) en el Instituto de Investigaciones Bibliográficas. Su quehacer se hizo múltiple con un tema constante de reflexión: la poesía del Siglo de Oro, tanto de España como de México. En sus obras de este periodo conviven Garcilaso, Santa Teresa, Góngora y Quevedo con Sandoval Zapata, Fray Miguel de Guevara y Sor Juana Inés de la Cruz. A la luz de las nuevas teorías literarias, del estructuralismo de Roman Jakobson y de la semiótica de Louis Hjelmslev y Charles Peirce, Buxó desnuda a los grandes del Siglo de Oro y los viste con ropas y adornos de nuestra generación. Como ejemplo tenemos su libro Las figuraciones del sentido (1984a), una de las lecturas mejor logradas de los textos clásicos con un nuevo instrumento de análisis, la teoría de los signos.
Ya para ese año, Sor Juana le había robado el sueño. A ella dedicó su discurso de entrada en la Academia Mexicana: Sor Juana Inés de la Cruz en el conocimiento de su sueño (1984b). En él, José Pascual somete al Neptuno alegórico y sobre todo a El sueño de la monja jerónima, a un análisis profundo en el marco de la semiología. Se adentra en lo más profundo del sueño de la musa y muestra cómo ella tomó su «modelo discursivo» de la larga tradición emblemática y neoplatónica alejandrina y latina (Corpus Hermeticum, Sueño de Escipión), pero, afirma, «sin adherirse a las doctrinas herméticas sino más bien reconvirtiendo el tema a las doctrinas teológicas de su época y a la poética culterana: la alusión cifrada y erudita y la multivalencia semántica de la alegoría»
(46-47). Cautivado por Sor Juana, el tricentenario de la monja es motivo para soñar cada vez más con ella. El Ícaro antaño inquieto es aprisionado por esta mujer, la musa emblemática de todo un continente. A ella ha dedicado los mejores esfuerzos de su madurez.
Después de todo esto podemos preguntarnos si Ícaro ha sido verdaderamente atrapado o solamente cautivado. La respuesta es riesgosa y salvo que él demuestre lo contrario, parecería que sí. Góngora, Quevedo, Sandoval Zapata, Fray Miguel de Guevara y sobre todo Sor Juana, han hecho el milagro. José Pascual ha vertido sus sentimientos, ha descargado sus angustias, recuerdos y desasosiegos en el estudio de estos personajes que hicieron posible el Barroco. Los temas españoles y mexicanos que antes eran paralelos para él, ahora se cruzan en un espacio cultural único, el Barroco. Porque el Barroco, más allá de ser el arte de la Contrarreforma, es poesía y pensamiento que unifica, por vez primera, a hombres y pueblos lejanos que hablan en español y portugués y que se han mezclado con hombres y gentes de muchas lenguas en el Nuevo Mundo.
En el Barroco, además, están los temas favoritos de José Pascual y de su generación: allí está la muerte y el desengaño, la soledad del hombre, el tiempo que se escapa, la vida que se acaba. Y también está lo hispánico, el pasado, el amor buscado por los Ícaros en su laberinto, como lo dice Luis Rius en uno de sus más bellos sonetos:
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| (Rius 1984: 66) | ||
Llega el momento de dar una nueva lectura de la parte final del mito. ¿Será posible que un Ícaro atrapado por hombres y sueños del Barroco pueda huir de nuevo y terminar sus días en el Hades preguntándose por el nombre y el origen de su patria como en el mito griego? ¿Será creíble que Ícaro siga viviendo en un laberinto de angustia y desasosiego a causa del «desdoblamiento de personalidad» que hizo en su juventud para conservar su identidad heredada?
Me atreveré a pensar en voz alta el final de la nueva versión. La realidad es que el mito se enlazó hace tiempo con otro mito, de manera que podríamos decir que «entre mitos anda el juego». Pronto apareció Penélope, la esposa y mujer fiel que sabe esperar. Penélope se desdobló en tres para mejor atrapar a este Ícaro inquieto y angustiado. La primera Penélope apareció en forma de amor, de esposa y compañera. Supo escuchar a Ícaro de sus tristezas y desventuras y supo esperar día tras día mientras su nostálgico esposo miraba sin descanso más allá de su laberinto. Incluso se dice que cuando Penélope pintaba llegó a esconder en su bastidor el lino y la cera que Ícaro guardaba celosamente para fabricar las alas ante cuya vista revivía su desasosiego.
La segunda Penélope actuó desde que Dédalo, es decir, los padres del exilio, eligieron esta tierra para vivir y en ella se empatriaron. La tierra es siempre madre acogedora y si Ícaro había perdido su patria, aquí estaba su tierra matria, como diría Unamuno. Una tierra que generosamente se abrió para que los hijos de Dédalo echaran raíces en ella. Esta tierra, la tierra de México, la antigua Nueva España, se llenó de grietas para acoger en ellas a los que llegaron desterrados. Entre aquellas grietas surgió una profunda, cálida, hospitalaria: la Universidad Nacional Autónoma de México. En su morada encontraron cabida muchos maestros de las universidades españolas, humanistas y científicos de gran prestigio que antes del exilio eran ya figuras de la Edad de Plata. Aquí, en la Universidad, reanudaron sus vidas haciendo lo que hubieran hecho en su país. La UNAM no sólo les dio morada para vivir y pensar en libertad, sino también un espacio donde construir una obra imperecedera. El legado de aquellos hombres está sintetizado en las palabras que el rector José Sarukhán pronunció al inaugurar el coloquio Cincuenta años del exilio español en la UNAM: «no hay espacio universitario donde no siga resonando su palabra y donde no siga evocándose su memoria. Son parte entrañable de nuestra mejor tradición contemporánea»
(Sarukhán Kérmez 1991: 12).
Han pasado ya cincuenta años desde que aquellos Ícaros nostálgicos convertidos en poetas existencialistas publicaron sus versos en los cuales la tristeza por el pasado, «que nunca fue», deslucía las ilusiones del futuro. Dice Aurora de Albornoz que en los poetas del exilio la tierra perdida se funde con el tiempo pasado (Albornoz 1976: 41). Si es así, tierra y tiempo seguirán presentes en la memoria de los Ícaros, pero no tanto como conflicto violento sino más bien como ritmo en el latir de su corazón.
Finalmente apareció la tercera Penélope: Sor Juana, quien como vimos lo cautivó hace mucho tiempo. Una vez cautivo, Buxó se aventuró en el mundo íntimo de la monja, en sus pensamientos y sentimientos, en sus fuentes de inspiración: Sor Juana egipciana; Sor Juana, amor y cortesanía; Sor Juana, entre Heráclito y Demócrito. E incluso Sor Juana, monstruo de su laberinto. Esta vez Ícaro, en vez de alas para escapar del laberinto de Dédalo, forjó un laberinto para la monja, enamorado de la mujer que supo escribir Amor es más laberinto. Entre tanto laberinto podemos concluir que Ícaro no sólo ha llegado a ser un enamorado de Sor Juana, sino un apasionado de la monja, dispuesto a pasar noches y días, semanas y años rezando en la capilla de San Jerónimo con la aviesa intención de verla tras la celosía del coro. Es más, muchos pensarían que el sueño por la pérdida de España, que acompañaba al angustiado Ícaro está ahora mitigado por el sueño en Sor Juana y que, sobre esta mujer única del Barroco, Ícaro puede seguir soñando mucho más.
Como reflexión final yo me pregunto: ¿es posible que Ícaro permanezca en el Hades y que sus tres Penélopes no puedan salvarlo como Margarita a Fausto?; o más bien ¿es este Hades sólo «una figuración del sentido», de la que Buxó, como todos los de su generación, no ha podido escapar? Puede que ésta sea la solución final al mito. En este caso las tres Penélopes no tendrían por qué esforzarse en sacarlo de allí, pues este Hades sería la morada ideal donde los Ícaros hispano-mexicanos pudieron hallar su voz. Allí cultivaron su soledad, su desarraigo, sus recuerdos y angustias, su pasado, sombra constante de sus vidas y desgarro de sus almas, su eterno desasosiego con la muerte como fondo. En verdad el Hades fue el aliento de la gran obra que ellos como generación han realizado. Esta obra es posiblemente la mejor expresión del existencialismo poético de nuestro siglo, lo que constituye una singular aportación hispano-mexicana a la literatura universal.
- Albornoz, Aurora (1976), «Poesía de la España Peregrina», en José Luis Abellán, El exilio español de 1939, vol. 4. Madrid: Taurus.
- León-Portilla, Miguel (1976), Culturas en peligro. México: Alianza Editorial Mexicana.
- Pascual Buxó, José (1954), Tiempo de soledad. México: Universidad de Guanajuato.
- —— (1962), «La poesía desarraigada», Prólogo a César Rodríguez Chicharro. La aventura del miedo. Maracaibo: Universidad del Zulia.
- —— (1966), Materia de la muerte. Maracaibo: Universidad del Zulia.
- —— (1984a), Las figuraciones del sentido. Ensayos de poética semiológica. México: Fondo de Cultura Económica.
- —— (1984b), Sor Juana Inés de la Cruz en el conocimiento de su sueño. México: Universidad Nacional Autónoma de México.
- —— (1995), «Las alas de Ícaro», en Poesía y exilio. Los poetas del exilio español en México. México: El Colegio de México.
- Rius, Luis (1984), Cuestión de amor y otros poemas. México: Promexa.
- Sarukhán Kérmez, José (1991), «El exilio español en la UNAM», en Cincuenta años del exilio español en la UNAM. México: Universidad Nacional Autónoma de México.
- Souto Alabarce, Arturo (1954), «Nueva Poesía española en México», I y II, Ideas de México, 1: 6, 240-245; 2: 7-8, 31-37.