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Como expresábamos en la nota precedente, el sitio de la isla en que abordó Ercilla debió de ser la punta indicada:
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«La naturaleza arenosa de Pugueñún, observaba Vidal Gormaz, -en partes aluvial, con sus riberas respaldadas por dunas, matorrales y bosques a trechos,- concuerda perfectamente con la descripción de Ercilla».
¿El paso del canal tuvo lugar ese mismo día? El descubrimiento que hicieron los españoles de que el golfo desaguaba en el mar, se verificó, según queda dicho, al tercer día de viaje y después que habían caminado tres horas. Vinieron en seguida las vacilaciones sobre lo que debían hacer en esas circunstancias; la resolución que el poeta y sus diez compañeros tomaron de atravesar el canal y los preparativos para la jornada; luego, el paso mismo y el regreso al campamento. ¿Hubo tiempo para que todo eso se verificara en una parte de ese día? Difícil parece que tantos acontecimientos se realizarán en tan pocas horas y pudiera persuadirnos a que en todo ello se gastó un día más. Pero de la relación de Ercilla no hay margen para sostener esta hipótesis y debemos optar, por consiguiente, porque todo ello ocurrió ese tercer día de viaje.
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Recuerda Lardner (The Cabinet Cyclopedia, pp. 103-119) a propósito de la inscripción puesta por Ercilla, de todos conocida:
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la del poeta y dramaturgo francés Regnard en su expedición a Laponia, en 1681:
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Esta fecha, tan oportunamente señalada por el poeta y de la cual es imposible apartarse en un ápice, puede decirse que es la piedra angular sobre cuya base tiene que descansar cualquier cómputo cronológico que se haga sobre la expedición de Hurtado de Mendoza al archipiélago de Chiloé. Ella no se aviene, desde luego; con los días de marcha, que según otras fuentes, -sobre todo con la carta del Cabildo de la Imperial que hemos tenido ocasión de recordar más atrás,- acerca del tiempo que el Gobernador permaneció en aquella ciudad a principios del mes de febrero. Por lo que se ha visto, según Ercilla, desde que la columna salió de las orillas del lago de Puyehue en su parte más vecina a Valdivia, hasta que puso el pie más adelante que todos sus compañeros en la isla grande, trascurrieron 15 días, lo que nos da para su partida de aquel punto el 14 de ese mes. No es, ciertamente, imposible que en ese lapso de tiempo don García hubiese podido despachar en la Imperial las providencias que tomó, pasar a Villarrica, atravesar hasta Valdivia y alcanzar a orillas del lago de Puyehue. Por lo demás, la fecha apuntada por el poeta es tan categórica, traza el itinerario desde que salieron de aquel punto hasta su regreso del paso del canal de manera tan precisa, que por fuerza tenemos que atenernos a ella.
Pero, desgraciadamente, no es esta la única dificultad que se ofrece al tratar de señalar esas fechas, pues si se consideran las que traen Mariño de Lobera y Suárez de Figueroa, -pongamos, si se quiere, sólo las del primero, considerando que el apologista de don García se valiera para el caso de los dictados de aquel, cuyo libro conoció,- esa discrepancia es mucho mayor. Refiere, en efecto, que don García y la gente que le acompañaba, en su viaje de ida, vinieron a rematar a la playa del archipiélago el segundo domingo de Cuaresma, «por cuyo respeto se le puso por nombre el archipiélago de la Cananea, porque en aquel tiempo se leía en la Iglesia el evangelio que trata della en la segunda dominica de cuaresma»
. Obra citada, p. 230. Dictado que Suárez de Figueroa vierte en esta forma (p. 92 de la edición príncipe): «En suma, llegaron domingo de la Cananea a la playa de un archipiélago, a quien honraron con el mismo nombre»
. Ahora bien: el miércoles de Ceniza cayó ese año el 23 de febrero, de modo que el primer domingo de Cuaresma se celebró el 27, y el segundo, esto es, aquel que se denominaba de la Cananea, el 6 de marzo. Tal serla entonces la fecha en que tuvo lugar la primera vista del archipiélago, y mientras tanto, según Ercilla y don García; el duodécimo día del viaje por la mañana, esto es, el 25, que fue viernes. Esta dificultad, sin embargo, es más aparente que real. El
señor Barros Arana, que se dio cuenta del anacronismo que resultaba del cotejo de ambas fechas, pretendió conciliarlas, diciéndonos «que el jesuita Escobar, que puso nueva redacción y nueva forma a la crónica de Mariño de Lobera, olvidó también que si bien es cierto que se llamaba entonces Cananea al segundo domingo de Cuaresma, que también se llama de «reminiscere», se daba el mismo nombre de Cananea al primer jueves de cuaresma, al que sigue inmediatamente al miércoles de Ceniza, como puede verse en el «glossaire des dates ou des noms peu connus de certaines jours de la sémaine et du mois», que forma uno de los tratados preliminares de L'art de vérifier les dates de los benedictinos franceses. El jueves denominado Cananea de 1558 cayó en 24 de febrero, día que coincide perfectamente con la cronología de Ercilla». Historia general de Chile, t. II, p. 168, nota.
Pero todo esto es inaceptable. Suponiendo que el día de la semana en que se avistó el archipiélago hubiese sido jueves y no viernes, según decíamos, Marino de Lobera o Escobar, como se quiera llamar al autor del texto que da la noticia, no hablan de un día llamado de la Cananea, sino expresamente de un domingo. ¿Por qué convertir entonces éste en jueves?
En lo tocante a la traslación de la conmemoración de la Cananea, o su duplicación en jueves y domingo, -que no otra cosa importa la noticia que nuestro historiador atribuye al dato que dice tomado de los benedictinos,- no hemos podido comprobar su exactitud en cuanto a la cita, pero, en realidad, no lo necesitamos. Tenemos a la vista el Misal cistercience impreso en 1560, -hay que fijarse en esta fecha, que es posterior en dos años a la de que se trata,- y en él se ve que el evangelio de la Cananea, llamado de reminiscere, se celebraba entonces el segundo domingo de Cuaresma, esto es, conforme a su hilación, el 6 de marzo; de modo que por esta parte no puede decirse que el P. Escobar padeciese un error, sino que, por el contrario, estaba en lo cierto.
En cuanto a la translación -no duplicación- del evangelio de la Cananea, se hizo, efectivamente, por el papa Pío V, llevándolo al jueves inmediatamente anterior al segundo domingo de cuaresma, como puede verse en el Misal romano de 1580 -primero en que apareció la mudanza de la fiesta, Y, según eso, el jueves de la Cananea -suponiendo que ya entonces, esto es, en 1558, hubiese estado en vigor el decreto pontificio,- se habría conmemorado el 3 de marzo.
Por esta parte, pues, no cabe concordancia posible entre la fecha que da el poeta y la que señalan los cronistas para aquella en que se avistó el archipiélago. Por fortuna, esta discrepancia es perfectamente explicable, pero no por los medios de que se pretende echar mano, sino por una razón mucho más fundamental, y que, aunque parezca extraña, es la justa en nuestro concepto, cual es, la de que los cronistas confundieron el viaje de ida con el de regreso de los expedicionarios; y para persuadirse de ello y que todo aparezca perfectamente claro y armónico, no hay más que considerar la descripción del camino que dicen que llevaron a la ida, descripción que corresponde en un todo con el de regreso, según luego lo veremos.
Antes de concluir esta ya larga nota, hemos de preguntar ¿dónde grabó Ercilla su célebre estrofa? ¿En la isla de Chiloé o en el continente? Después de referirnos cómo efectuó su travesía a la isla, cuenta que luego volvió a atravesar el canal, y a renglón seguido, que deseoso de señalarse escribió aquellos ocho versos. Parece, pues, desprenderse de aquí que había vuelto ya al continente cuando tuvo lugar ese hecho. La colocación de la estrofa en el orden en que está en el poema contribuye a afirmar esta opinión; pero, en el último de los versos de esa estrofa expresa que la grabó «volviendo a la dejada compañía»: luego, decimos, fue cuando aun no se había juntado al grueso de la expedición, esto es, cuando estaba todavía con sus diez compañeros en la isla. Desde el continente, en efecto, ¿hacia adonde habría avanzado más que todos ellos? Venía del lado oriental, al norte estaba lo explorado; tenía, por tanto, que referirse al punto más austral que se hubiera alcanzado, que fue en la isla.
Quienes fueron los diez mozos «gallardos, bravos y arriscados», que acompañaron a Ercilla hasta la isla de Ancud, no lo podríamos decir. Con preferencia a los que se quedaron en Osorno, gente, sin duda, de más reposo, debemos buscarlos entre los que hallándose en Lima en 1561 declararon en la información de servicios de Hurtado de Mendoza, cuyos nombres se registran en las primeras páginas del tomo XXVII de nuestra Colección de documentos inéditos.
183
Colección de documentos inéditos, t. XXVII, p. 239.
184
Véanse en nuestra citada Colección de documentos los tomos X, p. 223; XV, 422; XVI, 294, y XXIII, 255. Aludimos con esa última frase a la que dio contestando a la pregunta 10 del interrogatorio de servicios de Martín Ruiz de Gamboa (XIX, 271): «...fui con mis armas y caballos, decía éste, con el dicho gobernador don García de Mendoza a las provincias de Ancud, en que se padecieron muchos trabajos y riesgos...»
; y responde Gutiérrez Altamirano:
«...dijo que [lo sabe] porque este testigo fue capitán en el dicho descubrimiento quel dicho capítulo declara, por mandado del gobernador don García de Mendoza, e lo vido ser e pasar como en el dicho capítulo se contiene».
185
He aquí la parte pertinente de su interrogatorio: «31. Item... con la demás gente fué... al descubrimiento y conquista de los Coronados, donde pasó grandes trabajos y peligros de su persona»
. Documentos inéditos, t. XXVII
, p. 12.
186
Documentos inéditos, t. XXVIII, p. 158.
187
Página 232 de la Relación citada, publicada varias veces, y la última por nosotros, Documentos inéditos, t. XXVIII, ps. 202 y siguientes.
188
Necesitamos entrar en algunas explicaciones para sostener una tesis que está en oposición con la de don Ramón Guerrero Vergara, el comentador de la Relación del viaje de Cortés Ojea a que aludíamos, ya que ese comentario procede de un marino muy competente en su profesión. Dice, pues, el señor Guerrero, (Anuario hidrográfico de la Marina de Chile, Año V, p. 514), que el cabo de la Ballena de que habla Goizueta, debe corresponder a la actual punta de Huechucucuy, situada en el extremo noroeste de la isla de Chiloé, que baten las aguas del Pacífico. Mientras tanto, he aquí las palabras de la Relación respecto a ese cabo: «Este cabo de la Ballena hace el golfo de los Coronados»
; y continua: «é cuando entramos en este dicho golfo de los dichos Coronados, en el paraje de dicho cabo embestimos en una ballena...»
Prosigue luego: «E así entrados en el dicho golfo, no hallábamos do surgir...»
Vuelve después a repetir: «...y en presencia nuestra, iban de dos en dos las canoas, por medio del golfo con la corriente...», «mandó el capitán fuésemos hacia la boca del golfo...»
Por todo esto, nos parece indudable que Cortés Ojea entró en lo que hoy se llama el golfo de Ancud. Poco después de la última frase transcrita viene la parte relativa al apresamiento que hicieron, él o sus compañeros, de los indios
de quienes tuvieron noticia de Altamirano, «yendo costeando las playas a tiro de arcabuz de tierra».
Existe un dató, que podríamos considerar valiosísimo, para señalar el término de las exploraciones de Altamirano, cual es, la carta escrita a Felipe II por el Cabildo de Concepción, con fecha 30 de enero de 1559, si no tuviera sus peros. Háblale, en efecto, en ella de lo que Hurtado de Mendoza hizo en la «reformación» de la Imperial, y continúa: «y luego partió al descubrimiento de Ancud, y llegó, creemos, hasta cuarenta y dos grados»
. Claro está que debemos entender esto en el sentido de que la obra de uno de sus capitanes correspondía a su jefe, y no necesitaría el pasaje otra observación que la de no afirmarse el hecho con toda seguridad, sino fuera que a continuación viene esto otro: «que dio en un archipiélago de islas pobladas, y
llega la mar en parte hasta la cordillera de la nieve, y no habiendo tierra para descubrir, envió unas canoas por mar, que vieron muchas islas, a do, cuando el Estrecho se navegue, podrá, ofreciéndose, hacer escala»
. Documentos inéditos, t. XXVIII, p. 174. Dedúcese, pues, que los capitulares creían que la expedición terrestre habría llegado a esa latitud, lo que resulta casi absurdo con sólo echar una mirada al mapa, y que desde allí, se ordenó despachar las
piraguas. Para que el dato que buscamos tuviese todo su valor, es necesario que supongamos que la latitud señalada por los capitulares
se refiere a la que alcanzaron las piraguas y no a aquella desde donde Hurtado de Mendoza las envió a descubrir. Interpretada así la frase, Gutiérrez Altamirano se habría regresado desde el sitio que hoy se llama Huite.
Mas, todas estas dudas proceden de que estamos partiendo de la base de que los capitulares sabían cual era la verdadera latitud que correspondía al grado 42. Un testimonio de lo más autorizado que cabe nos va a sacar de dudas sobre el particular, cual es, el del P. Rosales. Pues bien, este autor dice: «El
puerto de Carelmapu [está] en 42 grados»
. Historia general, t. I, p. 283. He ahí la explicación de todo. El dato de los capitulares, pues, lejos de echar sombras sobre el punto más austral a que alcanzara por tierra don García,
no hace sino confirmar lo que veníamos diciendo, y aun sirve para señalar, como se ve el sitio mismo en que acampó en su última etapa.
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Hay sólo una circunstancia, en nuestro concepto, que pueda abonar prima facie esa hipótesis, cual es -y ésta en el supuesto de que la deducción que más adelante hacemos sobre la llegada de la columna expedicionaria a orillas del Maullín resulte exacta, como lo creemos,- el que ella tardase seis días hasta llegar allí desde su partida de Carelmapu. En cambio, destruye esa hipótesis lo que afirma Ercilla, que sólo se esperaba su regreso de la isla de Ancud para continuar la jornada de vuelta.
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Los señores Errázuriz y Thayer Ojeda, obras citadas, piensan con razón que Ercilla aludió en la estrofa a que hacemos referencia al fracaso sufrido en su viaje al Estrecho por Cortés Ojea, quien no pudo dar con la embocadura, y
consigna el hecho en el diario que de su jornada escribió, en estos términos: «...habemos llegado a los cincuenta y dos y medio, que dice la relación que está el Estrecho, en el cual dicho paraje no le hallamos ni vemos:»
antecedente que el poeta pudo saber en Chile, pues Cortés Ojea llegó a Valdivia el 1.º de octubre de 1558, cuando aun aquél no había partido para el Perú.