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Suponemos que no se verificara el mismo 28 de febrero, porque si Ercilla grabó su estrofa en la isla a las 2 de la tarde de ese día, llegaría al campamento ya muy avanzada la tarde, tal vez en la noche, que en aquella latitud y en tal época del año comienza allí muy temprano.

 

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Andrés de Morales, uno de los testigos de la información de servicios de Hurtado de Mendoza, asevera, en efecto, que al regreso «se vino hojeando la costa y tierra». Documentos inéditos, t. XXVII, p. 64.

 

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Como hemos insinuado más atrás, la descripción de esta parte del viaje de don García creemos que se ha confundido por Mariño de Lobera y Suárez de Figueroa, que le sigue, con la del camino que llevaron a la ida. Sólo así se explica lo que cuentan ambos: «Y habiendo llegado a un grande lago cerca de la costa, dice el primero, (página 229), donde entra un río muy caudaloso, llamado Puraílla... Y se asentaron los reales junto a la boca del río, en una loma alta de por donde él corre...» Y Suárez de Figueroa:

«En fin, llegados a la parte donde desboca el río en la mar, asentó el General su campo en una loma, mandando se buscasen barcas» (página 92).

Bien sabemos que a la ida, ni se pasó el río que «desboca en la mar», ni que tal pudo ser, por consiguiente, como no lo era, el camino que iban siguiendo, que, lejos de seguir a la vista de la costa, iba por las faldas de la cordillera.

Para la fecha de llegada a la desembocadura del río, señalamos la que los cronistas indican, atribuyéndola al día en que se avistó al archipiélago, pues siendo falsa la base de que partían para indicarla, mal puede corresponder a aquel momento. Está también, como se ha visto, en pugna con todos los antecedentes cronológicos que pueden invocarse para atribuirla al avistar del archipiélago, y, en cambio, se aviene perfectamente con el de la partida de Carelmapu. Es cierto que pueden parecer muchos los días empleados en atravesar el trayecto que media de Carelmapu a la boca del Maullín, pero sin duda tenían que marchar muy lentamente, por el cansancio que llevaban, la falta de caballos y porque la mayoría tenía que hacer el viaje de a pie. Iban, además, descubriendo y quizás muchas veces tenían que efectuar largos rodeos.

En cuanto a que el Puraílla sea el Maullín, no puede caber duda alguna. No hay ningún otro río grande por allí, ni otro que sirva de desaguadero a la laguna de Llanquihue. Bien claro se desprende también de lo que dice el P. Rosales (Historia general, t. I, p. 376): «Cerca de Chiloé desaguan a una los ríos de las lagunas Guañauca y Puraílla, y relanzándose por ellos al mar, abren unas bahías que llaman de Meullín». Conforme dijo Astaburuaga en su Diccionario jeográfico: «Purailla». Nombre que han llevado primitivamente el lago de Llanquihue, su desaguadero y el volcán de Osorno.

 

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Suárez de Figueroa, lugar citado. La desgracia se produjo por causa de haberse empeñado ese soldado en atravesar el río a nado y cargado con sus armas.

 

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El 27, dice Mariño de Lobera, Crónica; p. 231; pero el señor Errázuriz prueba que don García se hallaba ya en Valdivia el 20 de ese mes y, en esa conformidad, refiere la fundación de la ciudad a la fecha que indicamos.

 

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Así consta de La Araucana (139-2-3):


A veinte y tres de abril, que hoy es mediado,
hará cuatro años, cierta y justamente...



 

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La existencia de esa carta y de su contenido constan de la que dirigió al monarca desde Lima en 31 de octubre de 1559. (Documentos, n. XXV). «Desde Chile escribí a V. M. comienza por decirle en ella, haciéndole saber el suceso de aquella tierra lo más verdaderamente que supe hasta aquel punto; después acá ha habido tantas mudanzas como V. M. habrá sabido».

Bien se deja entender que «el suceso de la tierra» no importaba otra cosa que lo acontecido en ella, un compendio histórico, en una palabra, que hace doblemente sensible el que no conozcamos esa carta, la cual no se sabe siquiera si llegó a su destino. Con la expresión «después acá ha habido tantas mudanzas», no vale otra cosa que señalar el límite a que alcanzaba en su relato: la muerte de Valdivia, la derrota de Villagra, la batalla de Mataquito, en que pereció Lautaro; para terminarla en el punto en que él había llegado con don García a Chile, y sólo hasta ahí, pues agrega a continuación, como cosa distinta, lo que él llevaba servido en la pacificación de los indios y en el descubrimiento de otras muchas provincias, esto es, las que se extendían desde los límites de Valdivia al sur hasta el archipiélago de Chiloé.

Referimos la fecha de la carta, que de ninguna fuente consta, a los meses de permanencia de Ercilla en la Imperial; porque fue la única época y la primera en que pudo disfrutar de alguna holgura, o quizás, añadiremos, en los últimos meses de su estada en Chile, cuando estuvo en la prisión impertinente de que habla en su poema, como indicábamos en el prólogo al tomo de Documentos.

 

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Tal era la fiesta que debla celebrarse, según Ercilla (584-1-7), y su testimonio se halla comprobado con el de Góngora Marmolejo, cuyo relato hemos de seguir en el incidente que vamos a contar, porque todo induce a creer que lo presenció: «Don García, estando en este tiempo en la ciudad Imperial regocijándose en juegos de cañas y correr sortija, con otras maneras de regocijo...» Historia, p. 95.

Llamamos la atención hacia este hecho, porque Mariño de Lobera (p. 237), seguido por Suárez de Figueroa (p. 67) y por cuantos han escrito sobre esto, después de ellos, hablan de que aquella fiesta fue con motivo de la jura de Felipe II. Es posible que tal acto se verificase en la Imperial, -cosa que no consta de documento alguno,- pero, en todo caso, ha debido de ser mucho antes, y aquella fiesta no tenia nada de oficial, tanto, que, como lo veremos, el Gobernador salió enmascarado, forma en que, ciertamente, no se habría presentado en público y en tal solemnidad, supuesto que fuera de aquel carácter. En qué consistiera la tal fiesta lo da simplemente a entender el poeta cuando habla de «justa y desafío»; Góngora, en «juegos de caña y correr sortija»; Suárez de Figueroa, «hubo, entre otros regocijos, estafermo».

 

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Citaremos uno de esos casos. Refiere Juan de Cárdenas, que hallándose Pedro de Valdivia en Concepción, llegó allí Gaspar Orense, que «venía de la ciudad de Santiago con una devisa y librea nueva, y con ella le vido jugar la sortija...» Documentos inéditos, t. XI, p. 149.

La sortija, dice Covarrubias, es un «juego de gente militar, que, corriendo a caballo, apuntan coma lanza a una sortija que está puesta a cierta distancia de la carrera». Tesoro de la Lengua Castellana, 1611.

 

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Véase el extracto de ese contrato en los Documentos, página 246.

Pedro de Soto era natural de Alcántara y tenido por hijodalgo. Pasó al Perú en 1542, habiéndose hallado allí en las batallas de Guarina (20 de octubre de 1547) y de Xaquixaguana (9 de abril de 1548), peleando en ésta al lado de Gonzalo Pizarro, por lo cual fue juzgado como reo de lesa majestad, y no habiéndosele hallado bienes, se le condenó en destierro perpetuo a Chile, adonde llegó en ese mismo año. Fue él quien llevó a Villagra, cuando buscaba sitio para fundar una ciudad al sur de Valdivia, la noticia de la muerte del gobernador de este nombre. (Pregunta 23 del interrogatorio de servicios de Jerónimo Núñez, Documentos inéditos, t. XIX, p. 13). Figuró en las campañas de conquista y pacificación del país desde Concepción hasta Castro, según él aseguraba, y se radicó al fin como vecino de Valdivia. En 1569 hubo de seguir un largo pleito en defensa de la encomienda de que disfrutaba. Cerca de Tucapel le mataron los indios un hijo que iba en el ejército, que mandaba entonces el doctor don Melchor Bravo de Saravia. Consta que residía aún en Valdivia en 1579, fecha en que daba poder para que se cobrase a Ercilla el precio del caballo que le había comprado, que le fue pagado dos años más tarde. Enfermo en cama, dio en Santiago poder en forma de testamento a doña Bernardina de Torres, su mujer, y a otros, en 1.º de octubre de 1591. Protocolo de Toro Mazote, vol. 7, hoja 441. Datos acerca de su persona se encuentran en nuestros Documentos inéditos, t. X, 225; XVII, 346; XVIII, 389; XXII, 41.