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En el poema, 603-4-1.
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Góngora Marmolejo, p. 85. Por supuesto, que no iban a ser ahorcados, sino degollados, que era la pena de muerte que correspondía a los reos por su calidad de caballeros. El P. Hojeda recuerda tal práctica en los dos versos siguientes de la hoja 3l2 de La Cristiada:
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El cargo 147 de la residencia de Hurtado de Mendoza contiene sobre este particular lo que sigue: «Item, se le hace cargo al dicho don García qué se gobernaba e gobernó por una doncella, ques la que por la pesquisa secreta consta
de su nombre, y se daban papirotes el uno al otro jugando a (ininteligible) estando a una ventana, que los que pasaban los veían»
.
Tratando de atar cabos para averiguar quién hubiese sido la mujer a la que Ercilla debiera la vida, luego se nos vino a la memoria aquella escena de Trujillo, cuando don García pedía que se asomasen a las ventanas las que acompañaban a la viuda de Alderete. Resultaba claro de esa exigencia, que el futuro gobernador de Chile estaba aficionado a alguna de ellas, y no menos evidente, que su amistad, o, acaso, otro sentimiento más intenso de esa misma mujer hacia Ercilla, en cuya compañía hizo el viaje, fuesen el móvil de su visita nocturna a don García en la Imperial en las circunstancias que sabemos. Procuramos, pues, descubrir si alguna de ellas se hallaba por esos días allí, y, a ese efecto, solicitamos de don Tomás Thayer Ojeda, tan conocedor de ese período de nuestra historia que se sirviese apuntarnos la lista de todas las españolas de quienes tuviese la noticia que buscábamos. He aquí el resultado de sus investigaciones:
«Compañeras de doña Esperanza de Rueda. No tengo noticia de la fecha de su llegada; más tarde fue vecina de Santiago». |
1. Doña Esperanza de Rueda, su sobrina. Casó con Pedro de Miranda, vecino de Santiago.
2. Doña María Osorio. Casó con Diego García de Cáceres, vecino de Santiago.
3. Doña Guiomar Jiménez. Hija de Andrés Jiménez, el soldado herido al defender a Atahualpa, cuñada de Juan de Cuevas, vecino de Santiago.
«Cáceres y Cuevas fueron nombrados encomenderos de la Imperial por don García».
De ninguna de las siguientes hay otra noticia:
4. Doña Elvira Jofré, deudo de Juan Jufré, vecino de Santiago. Muerta soltera antes de 1577.
5. Doña Inés de Villacorta, hermana de la siguiente:
6. Doña Leonor de Villarroel; 7, doña María de Mercado; 8, doña Bernardina de Alderete; 9, doña María Ramírez; 10, doña Constanza de Mendoza; 11, doña Mariana Ferrer; 12, Catalina Hernández; 13, Ana Pérez; 14, María Álvarez; 15, Isabel de Salinas, soltera; 16, Francisca de Talavera, cuñada de la anterior; 17, Beatriz de Salinas, hija de Isabel, ya citada.
¿Cuál de ellas fue la salvadora de Ercilla?
Advertiremos, para concluir, que tal indagación, a que nos induce el justo deseo de saber el nombre de esa doncella nada de desdoroso habría tenido para ella, pues ni don García alcanzó lo que pretendía, ni en aquellos tiempos, sus relaciones, aún sabidas, habrían sido obstáculo para que más tarde se casara, como de ello nos ofrece varios ejemplos la historia de la conquista en Chile.
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Esta importantísima circunstancia y que acaba de dar a aquel lance el más subido tinte dramático, consta de las propias palabras de Ercilla en dos pasajes de La Araucana (603-4-3-4:)
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Y ya había dicho antes (584-2-2, 4:)
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Confírmase aún el dicho del poeta con el relato de Mariño de Lobera (p. 238): «El cual [Don García] como tuvo nueva que ya los dos estaban a pique para ser ajusticiados...»
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Tomamos este dato del mismo Mariño de Lobera: «...envió a toda priesa a don Pedro de Portugal que lo impidiese hasta mirarlo más despacio y hacer la información de lo que entre ellos había pasado...»
¡Por aquí debiera haber comenzado!
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Tal es lo que se desprende del cargo 147 de la residencia, que acabamos de recordar en la primera parte de su texto, que continúa ahora así: «y permitía e permitió que entrase dicha doncella de noche por una ventana, y estando encerrado en su casa y habiendo mandado hacer justicia de don Alonso de Arcila y don Juan de Pineda, por intercesión de la dicha doncella y otra mujer que fue con ella, lo dejó de hacer; y se estuvo jugando con ellas, casi toda la noche, estando los dichos caballeros confesándose
para hacer justicia dellos, y decía y dijo y escribió de su letra, que valía más gobernarse por una india, que no por una puta soberbia»
. (Documentos inéditos, t. XXVIII, p. 403).
La ira y el despecho de don García bien se dejan ver entre líneas a qué obedecían: tildaba de meretriz a aquella mujer porque se había manifestado inflexible, -soberbia, según él,- y hacía el propósito de guiarse en lo de adelante por los dictados de una india.
Considerado este cargo en la sentencia, aparece mal resumido en ella: «Item, en cuanto al cargo ciento e cuarenta e siete, ques que se gobernaba el dicho don García por una india, le pongo culpa grave». Si hubiéramos de estarnos a su tenor, pudiera creerse que la revocación de la sentencia se debió a la intercesión de la india; pero don García no dijo lo que se le atribuye en ella, pues sus palabras consignadas en el cargo respectivo fueron simplemente optativas.
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Ercilla dice a estos respectos (584-3-1 a 4:)
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Un tanto antibiológica resulta ese después, que pudiera parecer que se refiere al tiempo que siguió a su destierro; pero creemos que todo no pasa de ahí y que, en realidad, alude con ese adverbio, -al menos así nos parece- al suceso mismo, esto es, a su sentencia de muerte. Pensamos, pues, que estuvo preso en Chile, y no en Lima, y fijamos en tres meses el tiempo de su prisión, en vista de que, si, como creemos, su lance con Pineda se verificó en los primeros días de julio, ya en los últimos de septiembre, 20 o 22, según el señor Errázuriz, fecha en que don García partió de la Imperial para Cañete, debió de salir con él a campaña, ya que Ercilla dice también que tomó parte en las correrías que se emprendieron, a partir de ese momento, contra los, araucanos.
Condenado a destierro fue, dice él, que, en verdad, otra cosa no importaba el que se le mandase salir
de Chile para el Perú, y tales son también los términos de que se vale Góngora Marmolejo: «les mandó desterrar de todo el reino»
. El que fuese Ercilla enviado al Perú a disposición del Virrey, -resolución, por lo demás, perfectamente conforme con lo que competía en casos de procesos graves tramitados en Chile,- lo tomamos de Mariño de Lobera (página 238): «Y así, mandó don García hacer información muy despacio y viendo que de lo
que de ella resultaba no se podía presumir traición de parte de éstos caballeros, ni otra culpa; más de lo que llanamente parecía de haber sido repentina pasión que entre sí tuvieron, los mandó llevar al reino del Perú ante el
Marqués su padre, para que él determinase en este caso lo que pareciese más conveniente»
.
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El lance de Ercilla y de Pineda salió contado por primera vez en letras de molde por fray Antonio de la Calancha en su Crónica moralizada de la Provincia de los Ermitaños de San Agustín de la Provincia del Perú, Barcelona, 1638, gran folio, con ocasión de haber ingresado en Lima a aquella Orden don Juan de Pineda, relato que, por haber pasado hasta ahora ignorado de los historiadores, daremos a conocer como apéndice a la biografía de don Juan de Pineda.
Con ligeras variantes lo tomó de Calancha su sucesor en la redacción de la crónica de aquella Orden, fray Bernardo de Torres, (relato que insertamos también como apéndice a la biografía de Pineda) y de este autor lo copiaron los
posteriores historiadores del suceso, y bastante a la larga el general don Manuel
de Mendiburu en su Diccionario histórico-biográfico del Perú, en su artículo sobre Pineda; y don Miguel Luis Amunátegui, primeramente en el capítulo V de la Cuarta Parte de su Descubrimiento y Conquista de Chile y después en artículo especial que publicó en la Revista de Santiago, 1872, pág. 248, utilizando, además, los datos de Góngora Marmolejo y Suárez de Figueroa, y, últimamente, con más detalles que ninguno, -como que tuvo a la vista
los documentos en que puede rastrearse, el señor Errázuriz (Don García, capítulo XX). De esos documentos, lo más importante es, sin duda, los cargos hechos a don García en su juicio de residencia y la sentencia del juez pesquisidor,
el licenciado Juan de Herrera, (que publicamos en el tomo XXVIII de nuestra Colección de documentos inéditos), sentencia en la cual se consideró a don García reo de culpa grave, «y la demás pena; dice el juez, remito al fin desta sentencia»
, (página 432). Hállase el original en el Archivo de Indias, Escribanía de Cámara, Consejo, Sentencias de residencia, legajo I, número 1184.
Como contamos, el expediente original del proceso todo, cuyo conocimiento, de seguro, tanto nos habría permitido detallar aquel grave e interesante episodio de la vida de Ercilla, se ha perdido, y ahora diremos cómo.
Los autos de la residencia no se hallan en el Archivo de Indias y sí sólo en el legajo marcado 2-2-5/101, el testimonio de los cargos ya expresado y otro de la entrega que en la Casa de la Contratación se hizo a Egas Venegas, que venía
nombrado oidor de la Audiencia Real que se mandó fundar en Chile en 1567,
de las cédulas, ordenanzas y la residencia misma de don García y de cómo las entregó, a su vez, al Tribunal en Concepción; funcionario que, por lo tocante al proceso, estampó el recibo siguiente: «Item, entregó un envuelto con un encerado encima que según dice que allá le dijeron es la residencia de don García de Mendoza, e abierto pareció venir dentro del seis cuerpos de procesos encuadernados en pergamino y otros dos procesos sin cobertura, lo cual se
entregó a mí el dicho secretario para que lo guardase esta dicha residencia y se proveyese lo que en ello se debía de hacer»
.
Parece, pues, por este documento, que la residencia de Hurtado de Mendoza, después de dictarse sentencia en el Consejo, se remitió a Chile, donde debiera de encontrarse, si no fuera que todos los papeles de ese tiempo y aun mucho posteriores desaparecieron en Concepción con los terremotos y salidas del mar.
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La Araucana (603-4-4:)
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añadiendo a continuación estos otros dos versos, que no importan, ciertamente, un mero encarecimiento poético, pero cuyo verdadero significado no alcanza a traslucirse:
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Este desahogo del poeta es un hecho que hasta ahora ha pasado inadvertido. En el canto IV del poema, en sus comienzos, como se ve, ya daba indicios del estado de ánimo en que la sentencia de muerte dictada contra él por don García, la causa que la ocasionara y el proceder de aquel su juez, le tenían. Léanse, si no, los versos en que lo declara (60-3), y eso, con ocasión de entrar a referir la batalla de Tucapel, trayéndolo muy fuera de tiempo en realidad, según él mismo lo reconocía a renglón seguido, cuando decía, después de estamparlos, que tornaba a seguir el hilo de su narración,
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y al iniciar el canto con una disertación acerca de la bondad e importancia de la justicia:
¿No es verdad que en estas estrofas está retratado al vivo el incidente que le ocurrió con don García en la Imperial? Dejando sentado el hecho, callaba por el momento; remitía a lo por venir el esclarecimiento de aquel lance, calificando de peligroso el rebelarlo entonces, cuando su carrera en la vida no estaba asentada todavía y la familia del que fue su juez era poderosa, para concluir con la reflexión acertadísima de que tales cosas sólo podían producirse a la distancia, lejos de la vista del soberano, donde los que ejercían el mando a su nombre degeneraban en tiranuelos, secuaces de sus caprichos y ciertos de la impunidad.