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Todo esto lo refiere Ercilla (252-1:)


Donde un caricioso acogimiento
a todos nos hicieron y hospedaje,
estimando con grato cumplimiento
el socorro y larguísimo viaje;
y de dulce refresco y bastimento
al punto se aprestó el matalotaje,
con que se reparó la hambrienta armada,
del largo navegar necesitada.



Los vecinos de la Serena no pasaban entonces, de veinte, (en 1551 eran sólo ocho, con dos o tres hombres allegados cada uno (Documentos inéditos, XXIX, p. 181): hecho que debe notarse a fin de apreciar los sacrificios que hubieron de hacer para festejar a tantos y a tan distinguidos huéspedes y cuán dispuestos a encontrarlo todo bueno y agradable se manifestaron éstos después de su viaje.

 

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En esta ocasión fue, según lo refería Oña (canto III. p. 64:)


...cuando el pan del cielo
en procesión al templo se traía,
por dar ejemplo al indio, que atendía,
se derribó a medirse con el suelo,
haciendo que el presbítero, sin duelo,
por cima de él hiciese paso y vía...



Mariño de Lobera, o, mejor dicho, su corrector y adicionador, expresa (p. 198) que tal cosa ocurrió cuando después, el día de San Bernabé (11 de junio) mandó don García que se pusiese el Santísimo en la iglesia, que hasta entonces no lo estaba.

Incidente que hemos querido, recordar, porque, andando el tiempo, habían de repetirlo cronistas y dramaturgos para pintar la gran devoción del joven gobernador y porque se achacó a Ercilla como reproche imperdonable el no celebrarlo en su Araucana.

Quizás, y tal vez sin quizás, al entrar en estos pormenores habremos excedido los límites a que la biografía de Ercilla nos autoriza, tanto más, cuanto que están historiados con toda prolijidad y maestría por el señor Errázuriz; de modo que desde este punto nos ceñiremos a lo indispensable para fijarla en sus líneas principales.

 

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Es curioso observar que el conocimiento de estos hechos se deba a Ercilla, que los consignó en su poema. Respecto al arribo de la gente que iba por tierra con los caballos, dice:


Y en breve tiempo a la ciudad llegados,



después que él estaba allí, verso que había escrito primeramente:


Y desde a poco a la ciudad, llegados.



Y por lo que toca al tiempo que permanecieron allí:


Un mes en mucho vicio reposaron,
Hasta que los caballos reformaron.



 

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Pedro de Oña, el apologista de don García, emite el aserto de que hubo de negarse a pasar a Santiago, por ser


...la vadosa sirte donde encallan
O todos o los más gobernadores
Y adonde, por hablar cosas de amores,
Las del guerrero adúltero se callan...;



y a este tenor otros conceptos en que se pinta a la capital como


Albergue de holgazanes y baldíos
adonde el vicio a sus anchuras mora...



¡Santiago, sitio de placeres en aquellos años! cuando una ola de luto y de miseria envolvía por igual a todos sus moradores, allí, donde en aquellos días, como dice Ercilla (252-3-7, 8)


...Fué do pararon
las reliquias de Penco que escaparon!



Don García no pasó a Santiago; pero, en cambio, envió a ella a su maestre de campo Juan Remón para que prendiese a Villagra, como él lo hizo, en llegando a la Serena, con Aguirre: golpes de autoridad sin razón ejecutados, y sin otra justificación aparente que el temor de que en Chile pudieran repetirse las discordias civiles que ensangrentaron el Perú, que le habrían impulsado a proceder a ejemplo de lo que allí había hecho su padre; pero del último de los cuales llegaría el tiempo en que tendría que arrepentirse. Ercilla, que conocía lo que se achacaba a Villagra y Aguirre, no habla de estos sucesos, si bien se refirió indirectamente a ellos, y aun parece aprobarlos, cuando dice, al dar cuenta de la llegada de los emisarios de Chile a Lima que iban en busca de socorros, que el sentimiento de la muerte de Alderete se acrescentaba al


ver el gobierno y tierra tan perdida,
que cada uno por si se gobernaba:
andaba la desorden ya encendida,
la ambición del mandar se desmandaba;



advirtiendo, sí, que con esos dos primeros versos alude, indudablemente, al gobierno por los Cabildos de las ciudades, régimen establecido por decisión de la Real Audiencia de Lima, que no era posible que diera buenos resultados, dejando al reino sin cabeza que lo rigiese, sobre todo en aquellos días en que la revuelta indígena vencedora y ensoberbecida, amenazaba hasta a la misma capital.

Hemos creído conveniente citar este pasaje de La Araucana para que por él comience a verse ya cómo tales atropellos o, por lo menos, graves yerros de gobierno, que han dado causa a los más duros y sin duda fundados cargos de los modernos historiadores a don García, fueron juzgados y contados por el poeta, en forma, por cierto, muy diversa a la que se han empeñado en suponer que medió de su parte por falta de imparcialidad para con el que fue su jefe y atolondrado juez.

 

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Tan prolijo aún Ercilla en los detalles que venimos haciendo notar, que hasta cuida de prevenir que en el viaje, dejando a la derecha el mar vecino, los que llevaban los caballos, pasaron por la fértil Ligua y, apartándose hasta Quillota, entraron en Santiago.

Más interesante todavía es la fijación que hace de la fecha de la partida de las naves al sur, pues que sólo por su noticia se conoce, y queda, revestida de adornos poéticos, pero fácil y puntualmente precisable, cuando dice, aludiendo a la entrada del solsticio de invierno:


El sol del común Géminis salía
trayendo nuevo tiempo a los mortales,
y del solsticio por zenit hería
las partes y región septentrionales,
cuando es mayor la sombra al mediodía...



Observa el señor Errázuriz con motivo de la fijación de esta fecha del 21 de junio, que ella se halla en completo acuerdo con lo que el Cabildo de Concepción escribía a Carlos V el 12 de mayo de 1558 respecto a la estancia de don García: «tardando dos meses en la Serena», pues, contando los días de la llegada y de la salida, son dos meses completos. Don García de Mendoza, p. 21, nota I.

 

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Al describir esta tormenta, hágase cuenta que, no hemos dicho nada y léase su pintura, -con parte de la cual, como se sabe, dio remate el poeta a la Primera Parte de su Araucana, para con su continuación iniciar la Segunda,- a fin de que pueda apreciarse en toda su magnificencia el talento descriptivo de Ercilla, que nos ha dejado en ella uno de los pasajes más vividos de su existencia y para el que nada hubo de necesitar pedir a la imaginación. Está llena, en verdad, de tanta exactitud, que no es difícil de comprobar algunos de sus trozos culminantes. Véase, por ejemplo, lo que sobre ello dijeron dos de los testigos de la información de servicios de don García, contestando a la pregunta 21 de su interrogatorio. Rodrigo Bravo: «...se pasó harto riesgo e trabajo por haber tenido tormenta e porques peligrosa aquella navegación e más por ser en invierno, y estuvo a punto de perderse el dicho galeón, e le parece a este testigo que milagrosamente escapó, tanto, que vio a mucha gente y a los pilotos e marineros muy afligidos, dándose por perdidos e que no acertaron a hacer lo que convenía...» Juan de Riva Martín: «...oyó decir a un piloto que se llama Diego Gallego y a otros muchos soldados que hicieron la dicha jornada por la mar... que siete u ocho leguas de la dicha Concepción estuvo en grandísimo riesgo de perderse el galeón en que iba el dicho don García, porque estuvo muy cerca de dar en la costa con un temporal que tuvo...» Medina, Docs. inédts., t. XXVII, pp. 35 y 50.

Este piloto Gallego, que fue uno de los llamados a declarar, no dice palabra en su deposición acerca de la tormenta.

Oña, que en el canto III de su Arauco domado ha relatado también la tormenta, no discrepa en nada de lo que cuenta Ercilla, pero añade dos particulares curiosos, que nos han de ayudar a fijar la fecha en que tuvo lugar el arribo de la armada. Dice, pues, (canto citado, p. 72) que la navegación


...aunque era larga sin sentilla
Se ven ya a pique de concluilla;



y que la llegada al puerto se verificó al amanecer (p. 87):


Entonces, cuando el gárrulo grumete
cantando saludaba al claro día,
se descubre a los ojos la bahía
que por la Concepción sus aguas mete.



Pero ni él, ni ningún cronista señalan la duración del viaje, y de los documentos sólo resulta por el dicho de un testigo, que fue de once a doce días76.1 para una de las naves, pues la otra fondeó dos días más tarde76.2. Tales fueron los testimonios que el señor Errázuriz tomó en consideración para señalar la llegada a Penco el 2 o 3 de julio76.3.

Preferible a lo que dicen esos testigos nos parecen los datos que nos suministra Ercilla. Estamos de acuerdo, conforme a lo que éste declara, en que la partida de Coquimbo se verificó el 21 de junio, con buen tiempo; seis días fuimos así, añade (253-1-5), pero al seteno.


...mudó el viento
revolviendo la mar desde el asiento



Según esto, la tormenta comenzó el 27 de junio, y si logramos establecer su duración, tendremos, por lo mismo, fijado el día de la llegada de la capitana. La lectura atenta del poema deja ver que no fue sino de unas cuarenta horas, puesto que en toda la descripción sólo se habla de lo que pasó en ese día 27 y en la noche que le siguió:


Mas la noche con negro torbellino
y las valientes ondas reparando;



para referir enseguida cómo, después de algunos incidentes en la maniobra, el viento barrió la niebla, permitiéndoles descubrir «al leste la Herradura»


Y al sur la isla de Talca levantada...76.1



Oña no dice tampoco otra cosa. Comienza por describir la tormenta, para pintar cómo


El claro sol se fue y la noche escura
batiendo al mar sus negras alas vino.



Suárez de Figueroa da bien claro a entender lo mismo: «Para sello del mayor mal, les sobrevino la noche, tan cerrada y ceñida de oscuridad, que aumentó el espanto y terror de los navegantes...»; y luego: «En fin, luchando con casi todos los elementos; descubrieron al amanecer la bahía de Concepción...»76.1

Tales son los fundamentos en que nos apoyamos para señalar el 28 de junio como el día de la llegada de la capitana a su fondeadero, en Penco. La otra nave habría echado anclas allí, por consiguiente, el 30.

 

76.1

Rodrigo Bravo, en su declaración citada.

 
76.2

Gabriel de la Cruz, en el mismo expediente de don García, p. 22.

 
76.3

Don García de Mendoza, p. 22.

 

76.1

Talca, por Talcagauno. El actual nombre que esa isla conserva es el de Quiriquina, habiendo prevalecido la designación indígena la que sus descubridores le pusieron.

 

76.1

Hechos de Don García, segunda edición, p. 24.

 

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Ercilla, que ha referido con toda prolijidad los preparativos del desembarco y cuanto pasó en él, no apunta esta circunstancia, que hacía notar en su declaración el piloto Diego Gallego cuando años más tarde fue llamado a prestar su declaración en la información de servicios de don García (Documentos inéditos, t. XXVII, p. 218.) Había sí el poeta del «nubloso velo» que ocultaba el cielo en esos momentos.

 

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El citado piloto Gallego expresa que «saltaron en la isla... y salieron indios de guerra a defender que no pasasen arriba a sus buhíos»: y Oña cuenta, a este respecto, (canto IV. p. 88) que hubo en realidad un combate allí y que los indios huyeron al ver caer muerto de un arcabuzaso a uno de los suyos:


Pues como el escuadrón llegase al puerto
do estaba nuestra gente recogida,
en el primer furor y arremetida
cayó de un arcabuz un indio muerto;
en viéndolo, sin orden, sin concierto
los otros se pusieron en huida.
Dejando, a su despecho, libre el paso
en fe de su temor y pecho es caso.



Esteban de Rojas, uno de los testigos de la información de servicios de don García (Docs. inéditos, t. XXVII, p. 281) da por causa de la escapada de los indios el «ver que iba tanta gente».

 

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La leña era escasísima en la isla, pero lograron suplir su falta con los rociados de carbón de piedra, que no escaseaban por allí, según lo refiere Mariño de Lobera (p. 199): «No hallaron los nuestros en esta isla alguna leña de que poder servirse, pero como la providencia del Señor es en todo tan copiosa... ha proveído a esta isla de cierta especie de piedras, que sirven de carbón y suplen totalmente sus efectos, y de éstas se sirvieron los nuestros para sus guisados». Antes que él había dado la misma noticia Pedro de Oña (canto IV, p. 93.):


Hallóse toda la ínsula sembrada
en copia tal, cardumen y caterva.
Que en abundancia frisa con la yerba,
de un género de piedra encarrujada:
la cual, una con otra golpeada,
produce vivo fuego y lo conserva,
sin que se mate en más de medio día,
que tanto tiempo en si lo ceba y cría.



 

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Oña, como que era chileno, ha revestido en esta parte su relato de ciertos detalles de un marcado sabor local, expresando qué clase de paja fue la que utilizaron los españoles para cubrir sus ranchos


Quién el desierto albergue trastornando
en término más breve que de un hora
cargado vuelve y crespo de totora
do están las camaradas aguardando;
quién con la verde juncia rumorando;
quién con la paja seca cortadora;
quién por allá cubierto de carrizo,
más erizado asoma que un erizo.



La totora, la cortadora (que nuestro pueblo llama cortadera) y el carrizo fueron, pues, las yerbas de que echaron mano los españoles para techar y proteger sus chozas.