101
Cotarelo, p. 215, escribe: «27»; por otra parte, las signaturas, hoy caducadas, del documento, apuntadas con leve variante por D. Emilio y Serrano y Sanz, no han permitido localizarlo. Resulta extraño el que no exista en el AHN un libro de correspondencias entre las signaturas antiguas y las modernas, como lo hay por ejemplo, o lo había al menos hace unos años, en la sala de mss. de la Biblioteca Nacional.
102
El segundo reparto, superpuesto al primero, es el de la «reprise» de 4 de octubre de 1807 y corresponde a la compañía del teatro del Príncipe para la temporada de 1807-1808. Curiosamente, el papel del «letrado» don Facundo no lo hizo entonces un cómico, sino el «Contador» (escrito: «Contadador», debido a un «tartamudeo» del copista, en la pág. anterior al acto segundo), es decir, no sin cierta lógica, el encargado de las cuentas de la «troupe», como lo está también don Facundo de los intereses económicos de la familia. Al contador de teatros se le encargó también un papel en La clemencia de Tito, de Zavala, unos años más tarde.
Se advertirá que el papel del joven Faustino lo hizo siempre una cómica. Es de suponer que ya no planteaba ningún problema insoslayable de «decencia» la mujer vestida de hombre en las tablas.
El tercer reparto, también superpuesto, corresponde al año 1824, en que también se repuso la comedia.
103
La «culotte» era el calzón. En el sainete, también comellano, La locura de las modas (1792), se alude a un «Monsieur Culot», convertido en «Señor Simón» tal vez por sonarle a grosería al censor, el cual mandó reescribir las páginas finales. En otro, muy anterior (1772) de Ramón de la Cruz, Cómo han de ser los maridos, «Monsieur Gandul» y «Madama Merlín» son respectivamente peluquero y modista.
104
Sátira segunda A Arnesto (1787), en Poesías de Gaspar Melchor de Jovellanos, ed. José Caso González, Oviedo, 1961, p. 250. «Admiran su solar el alto Auseva, / Limia, Pamplona o la feroz Cantabria»
(ibid.).
105
Véase R. A., «Goya y el temperamento currutáquico», BHS, LXVIII, 1991, pp. 67-89, y «Personajes y rostros de fines del XVIII: el currutaco, según Goya y la literatura de su tiempo», en Francisco de Goya. El rostro, espejo del alma (texto coreano), Mad., Calcografía Nacional - Seúl, National Museum of Contemporary Arts, 2000, pp. 171-179.
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En efecto, en Como son los matrimonios y como debían ser, sainete coetáneo, o poquísimo falta, de Tadeo Moreno, fechado el 15 de agosto de 1804 (BNM, ms. 1452324), la petimetra «en rigor» o «de última moda», llamada doña Cirila, dice a propósito del «mueble» de su marido, también calificado de «mi cotidie», «mi perpetuo», o «mi espantajo»: «... si él va por Atocha,/ yo por la Virgen del Puerto; / ni aun en el lecho me hace / compañía ni le quiero». Una mano piadosa puso los dos últimos versos entre corchetes, que era prohibirlos o desaconsejar su declamación en las tablas. Según reza una nota final, en esta obrita están «con bastante viveza manifiestas las ideas generales del día», entiéndase: la crítica de la «subversión» de la jerarquía conyugal, de la coquetería y despilfarro de las casadas, del cortejo, etc. En el citado folleto Los vicios de Madrid, se refiere el caso de varios «grandes» que han adoptado esta costumbre de no dormir juntos «para ocultarse uno a otro sus respectivos contravandos», y se cita a un mariscal de Castilla y a su esposa que permanecían ocho o quince días sin verse y, al encontrarse en la calle, «se preguntaban mutuamente por sus cortejos, [...] despidiéndose con mucha alegría».
107
En la Villa y Corte de entonces, el autor de Los vicios de Madrid evoca el caso concreto del hijo del marqués de Campollano, cuya «educación la ha tenido entre lacayos y toreros» y, después de casado sigue tratando familiarmente «con cómicos, toreros, caleseros, pinches y truanes», sin olvidar a las prostitutas que «le chupan» parte de su pingüe mayorazgo (pp. 166-167). Otro tipo semejante es el marqués de Perales, «que en su conducta es primo hermano de Tamames» (el anterior) y que se pasea por el Prado vestido de manolo, «con el capote terciado [...] y fumando»; la vida, «la pasa entre toreros y su grande amigo es el pregonero»
(p. 168).
108
BAE, LXXXIII, p. 262. En su Centinela contra franceses (1808) denunciaba también Capmany aquella «relajación» de costumbres: «Los padres e hijos -escribe- se llamaban también amigos y se trataban como tales, y lo más fino de la urbanidad y filosofía sentimental era dejarse aquéllos tutear, por escrito y de palabra, de niños de diez a quince años y un poquito más arriba»
(cito por la excelente ed. de Françoise Etienvre, Londres, Tamesis Books, 1988, p. 136).
109
BAE, XV, p. 195.
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Entonces, «cortejo» era ya prácticamente sinónimo de «amante»; en El egoísta (II, 8), Nancy habla de su «rival» al referirse a la mujer de quien su esposo es cortejo, y el contexto por otra parte no deja lugar para la duda. Por el autor de Los vicios de Madrid (p. 213) nos enteramos de que en 1807 el gran actor Isidoro Máiquez no vive con su mujer, la primera dama Antonia Prado «pues cada uno tiene su cortejo». En La familia a la moda, importa en cambio que no llegue Madama a tener uno legítimo (¡digámoslo así!), y que solamente lo insinúe la gente, para no ridiculizar irremediablemente al cabeza de familia que tiene que recobrar la dignidad de padre y marido en el desenlace.