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121

II, 4; se vale doña Guiomar de la misma palabra: «brillar», para censurar las aspiraciones de sus hermanos.

 

122

Usos amorosos del siglo XVIII en España, M., Siglo XXI de España, 1972, pp. 21 y ss.

 

123

El egoísta, III, 4.

 

124

Ed. Caso González, Oviedo, Cátedra Feijoo, 1971, p. 97.

 

125

Ed. Dupuis-Glendinning, Londres, Tamesis Books Ltd., 1966, Carta XLI, p. 99.

 

126

«La polémica sobre el lujo» (cap. VIII), en María Francisca de Sales Portocarrero, condesa del Montijo, M., Ed. Nacional, 1975, pp. 149 y ss.

 

127

Véase por ejemplo el sainete de Comella La burla de las modas (1799); y también R. A., «Les Français vus par les tonadilleros de la fin du XVIIIe siècle», B. Hi., t. 96, 1994, 2, pp. 353-375.

 

128

Me refiero a la antes citada Historia del luxo y de las leyes suntuarias de España, M., Imprenta Real.

 

129

M., Imprenta Real, 1788. Agradezco a mi amigo Pedro Álvarez de Miranda la copia de la ed. facsímil por Almarabú y José Esteban, M., 1985.

 

130

P. 12. La última frase evoca unos casos que ejemplifican respectivamente los chismes de la gente en lo que al cortejo de Madama se refiere, la educación pésima de Faustino, y por otra parte aquella prostitución ocasional de que se hacen eco varios sainetes de Cruz (v.g.: Los pobres con mujer rica o el picapedrero) o que impone el protagonista de El egoísta, de María Rosa de Gálvez, a su querida.