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V, 8; véase también III, 6: «...¡oh Monarcas / De Europa despreciados por mi orgullo...!»
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Exclama Leonor en la esc. sexta del acto segundo:
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Las invectivas de Leonor contra la tiranía de la reina Isabel, mucho más violentas que las que sufre Rodrigo por parte de sus vasallos en Florinda, no llamaron, que yo sepa, la atención de la censura, generalmente quisquillosa en lo que a «regalías» se refería; y creo que en este caso se «justifica» tal actitud en primer lugar por la irresponsabilidad mental de Leonor («Ay señora; / Su delirio», le dice para disculparla Lady Pembroke a Isabel), pero también por tratarse de la reina que derrotó dos siglos antes a los «soberbios Españoles» de Felipe II. Se advertirá sin embargo que en el desenlace, la reina de Inglaterra y Leonor, después de interponerse ésta entre aquélla y los conjurados a quienes logra convencer de su error, se abrazan: es la tradicional reconciliación de «dos grandes almas». El conde de Essex histórico fue también ejecutado por mandato de Isabel por conspirar contra ella. No se olvide tampoco que las tragedias se publicaron en un período de tensión y luego de guerra entre Francia e Inglaterra, en la que entró por su parte España después del asalto a cuatro de sus fragatas por unos buques ingleses el 4 de octubre de 1804, y que en Madrid se oponían «anglómanos» y adversarios de la política inglesa (recuérdense tan sólo las Quatro cartas de un español a un anglómano en que se manifiesta la perfidia del gobierno de Inglaterra, de Pedro Estala, publicadas en 1805). Por ello no creo que sean simples coincidencias las distintas menciones (suprimidas en la representación por medio de sendos corchetes marginales) de la codicia de los piratas ingleses que raptaron a Hipólita en el ms. de Las esclavas amazonas.
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| ...Mereciste | |||
| Que elevar te dexase [Zinda] esa morada, | |||
| De altas torres y muros guarnecida, | |||
| Que el mar undoso con sus olas baña; | |||
| Fixaste en ella el portugués dominio... |
| (I, 2) | ||
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Como el señor Vanderdendur (o Vanderdunder), dueño de un esclavo al que han castigado cortándole una mano y una pierna, en el cap. XIX del Cándido de Voltaire.
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Este argumento recuerda el curioso reproche de Tulga a la heroína de Florinda.
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Baste con elegir varios conceptos afines que usa de manera recurrente: «clemencia», «piadosa», «compasión», «humanidad», «tolerancia», etc., amén de la cólera que desatan en ella las actitudes opuestas a esas virtudes y al «derecho de la naturaleza». F. Doménech escribe lindamente que los negros son aquí unos «salvajes ilustrados que hablan como cicerones congoleños». Era la única manera de difundir con alguna eficacia lo que califica, también con razón, de «alegato razonado contra una de las peores lacras de la civilización europea»
(p. 34).
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«Gente llega -dice-; parece la Española / que vino el otro día en aquel barco».
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«El ameno país que me dio amparo»: así califica la colonia americana en la que va a embarcarse con destino a El Ferrol.