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ArribaAbajoElla


Es ángel de esperanza
que al mísero sonríe,
y amándola se engríe
mi triste corazón.

   Porque en la noche oscura
de mi azarosa estrella,
su clara luz destella
con vívido fulgor.




ArribaAbajoSoledad


Imitación del inglés


¿Qué estás mirando en el cielo?
-La estrella de mi destino;
que un mundo se me figura,
como este mundo que habito.
-¡Oh!... ¡no! te engañas... ¿No observas
que es muy süave su brillo,
para abrigar de los hombres
los trastornos, los delitos?
¿Fuera otro Edén esa estrella,
por otra Eva perdido?...
No; que a la luz del crepúsculo
sus célicos rayos miro,
y en lo puros me parece
que algo tienen de divinos.
Su resplandor misterioso,
que es, si profundo, benigno,
a lo lejos entrevelan
los vapores vespertinos.
Es la pupila de un ángel
que nos ve desde el empíreo,
y que a veces por nosotros
llora gotas de rocío.
-Pues si es pupila de un ángel
lo que yo mundo imagino,
en su atracción considero
que ha de ser del ángel mío.
-¿Se llama?- Plácido el nombre
fue que en la tierra le dimos:
por Soledad en el cielo
es ahora conocido.




ArribaAbajoTristezas


¿Por qué estás tan alegre?
      ¡Ay! ¡Tu sonrisa
despierta en mí memorias
      que me lastiman!
      -No así te afanes:
hoy es mi cumpleaños;
      me llamo Carmen.

¡Dichosa niña! ¿Acaso
      no hay en tu mente
nada que te contriste,
      que tu alma aqueje?
      -Jugando gozo;
jugando paso el día;
      yo nunca lloro.

¡Feliz mil veces, niña!
      ¡Dios, cuando crezcas,
te dé días mejores
      que los que sueñas!
      -Por mi fortuna
sin cesar le bendigo;
      mi dicha es suma!

¡Quién dijera otro tanto!
      ¡Pero es mi signo
ser infeliz!... -Prosigue.
      -No, no prosigo...
      ¡Me faltan fuerzas!
-¿Por qué? -Porque estoy lejos
      ¡ay! de mis prendas.

Porque recuerdo días
      en que gozaba
como tú, niña hermosa,
      dichas colmadas...
      ¡junto a los míos,
eran fiestas del cielo
      mis regocijos!

Nací do el Teide se alza,
      y en mis hogares
tengo una dulce esposa,
      tengo tres ángeles.
      con mano dura
de ellos me ha separado
      suerte iracunda.

Y de mis ojos brotan,
      brotan las lágrimas,
al pensar en las leguas
      que nos separan...
      Porque sus besos
son para mí la vida:
      ¡Sin ellos muero!...

¡Sonríe, niña, y juega!
      Mientras te miro,
me asaltan mil memorias...
      Y lloro y vivo.
      ¡Nunca pesares,
niña de las dulzuras,
      tu vida amarguen!




ArribaAbajoUn episodio


Tinguaro


Allí San Roque está. De heridas lleno,
sube Tinguaro por el risco, y brama.
Lugo venció; se oscureció la fama
del gran Tinerfe, el de la voz de trueno.

   Fatiga al héroe el desigual terreno;
siéntese fallecer, y amor le inflama,
y sigue, y sigue: un español le llama;
vuélvese, y este le atraviesa el seno.

Tinguaro pereció: luto, agonía,
arrastra el eco en pos, de peña en peña:
¡Llora su inmensa soledad Nivaria!

   Y allá del Teide en la caverna umbría
se oye: ¡Murió la independencia isleña!
¡Murió con él la libertad canaria!




ArribaAbajoLucha


¡Qué triste el alma está, Dios poderoso!
Lúgubre, opaca sombra,
se tiende en derredor... Y turbio el río,
y marchitada la campestre alfombra,
ni el cristal de la fuente,
ni de la tarde el perfumado ambiente,
sonríen para mí!... Sólo me agrada
ver cómo muere el día...
¡Verlo al través de lóbrega enramada!
Así mueren las dulces ilusiones,
la cándida alegría,
la esperanza, que es flor... Tienen su aurora,
su sol que el alma dora,
su noche...
      -¡Oh Dios! ¿por qué tu excelsa mano
con tal desigualdad ha repartido
el placer soberano
en este suelo, do el mortal perdido,
como un corcel, sin que le enfrenen vaga?

   ¡Ay! es la vida engañadora maga,
que nos muestra un espejo
cuyo cristal deslumbrador fascina
con límpido reflejo,
y nos lleva tras sí... Mas, de repente
se torna furia la beldad divina,
víboras ciñen su plegada frente,
y el cristal se convierte en una tumba,
do el clamor de los míseros retumba,
de do los escogidos
con presto pie se alejan;
que el dolor es contagio, y nos lo dejan
sólo a nosotros, del edén lanzados
por ellos, los Caines maldecidos
de la agitada humanidad!
      -¡Oh vida!
¡Vida que así los males amontonas
en derredor del que inocente lucha,
del que en su pecho la virtud anida,
y abrumas de coronas
al que la voz de la humildad no escucha,
al que en la senda del placer se engríe,
vida!... ¿Qué enigma encierras en tu breve,
fugaz espacio?... El que de ti se ríe
¿será más cuerdo que el que a solas llora,
cuando el acíbar de tu cáliz bebe,
cuando allá hundido en tus miserias mora?
¿Es la felicidad manjar preciado,
para los más vedado?
¿Flor de un jardín que frecuentar no pueden
sino los favoritos
del potente SEÑOR de los señores,
mientras ¡ay! a nosotros, los precitos,
en su orgullosa caridad, nos ceden
frágiles, secas, deshojadas flores,
cuyo olor aspiramos,
con cuyo olor al ataúd bajamos?...

   ¡Vida! si no eres para mí tortura,
no te comprendo, no!... Parar la rueda
de tu fatalidad; de tu amargura
detener el raudal precipitoso,
cambiar tu cauce, para mí abismoso,
respirar una vez... ¿no lo he intentado?
Como en la tempestad el marinero
busca una estrella que le salve, ¡oh vida!
Así yo tus venturas he buscado,
tu hermosa paz, tu salvador lucero;
e infortunios he hallado,
y agitación, y un flechador certero!

   Hoy... apartado de los míos... triste
y enfermo y soledoso,
un deber sacrosanto me reviste
de fortaleza: el ánimo cansado
quiere cejar un porvenir sombrío
le opone férrea valla...
Mas, aunque contrastado,
siempre el santo deber senderos halla
por do subir entre asperezas rudas...
¡Ay si del arco, al fin, la cuerda estalla!
¡Ay si las crueles dudas
rompen mi pecho y mis entrañas hieren!

   ¡Ten de mí compasión, Dios poderoso,
si no por mí, por mis amados hijos...
Que con los ojos en su padre fijos,
de él su consuelo aguardan, su reposo!
¡Ten de mí compasión, Dios de los cielos!
Enjuga el llanto que mi rostro baña,
pon fin a mis desvelos;
y endereza tu saña
contra el malvado que tu nombre olvida,
¡tu nombre, que es la vida!
¡Tu sacrosanto nombre,
que así en el débil corazón del niño,
como en el fuerte corazón del hombre,
con majestad resuena...
y que rodando por los orbes truena!




ArribaAbajoHija y madre


A ***


El amor de una madre
      es flor del cielo
con que el hogar perfuma
      blando el Eterno...
      ¡En esta vida
feliz tú, que su aroma
      das y respiras!

Las glorias de la tierra
      tan codiciadas,
al lado de tus glorias
      son polvo, nada...
      ¡Ay! hija y madre,
de la vejez apoyo,
      puerto de un ángel!

¡Que nunca los dolores
      surquen tu frente!
¡Que esa flor nunca falte
      de tus vergeles!
      ¡En esta vida
feliz tú, que su aroma
      das y respiras!




ArribaAbajoAmor-Fénix


A orillas del tranquilo Manzanares
contemplo mudo cómo muere el día,
y hundido en mi habitual melancolía
¡ay! me traslado a mis elíseos lares.

   María, Concha, Andrés, Plácido... altares
do culto rinde a Dios el alma mía,
son su ornamento, y el fanal que guía
mi débil barca en tempestuosos mares.

   Amor de esposo en mis adentros mora,
amor de padre en mis adentros crece,
y el corazón sus ídolos adora;

   Que es Fénix este amor, y no perece:
eterna luz que mi horizonte dora,
árbol que eterno en mi jardín florece.




ArribaAbajoRecuerdos


Recuerdos de mi patria,
venid a consolarme,
que lejos de ella gimo,
y lejos de mis ángeles.
Bosques de las Mercedes,
¡cuántos dulces instantes
a vuestra sombra amena
y a vuestros mansos aires
debí en dichosos días
con mi dichosa amante!...
Sentados sobre el musgo
que en vuestras grutas nace,
olvidados de todos,
ajenos de pesares,
amor prestó su aliento
a nuestras almas frágiles.
   ¡Sed benditos, oh bosques
que mi dicha abrigasteis
con vuestra sombra amena
y vuestros mansos aires!

   Campos de la Laguna,
¡cuántas veces robasteis
al estudio mis horas,
mi pecho a los afanes!
Os tendéis, figurando
un prendido de chales,
adornos de una ninfa
bordados de azahares,
con centro de amapolas
y franjas de rosales!...
Al brillo de la luna
vi lucir, cual diamantes,
los álamos pomposos
de vuestros lindos cármenes,
y a lo lejos, hendiendo
regiones celestiales,
como imán de los ojos,
el celebrado Atlante.

   ¡Sed benditos, oh campos
que al estudio robasteis
algunas de mis horas,
y al pecho sus afanes!
¡Sedlo también vosotros,
embalsamados valles,
donde el secreto mora
de suspiros suaves,
de promesas solemnes
y goces inefables!...
Tejen los capirotes,
del ruiseñor rivales,
su nido en vuestros sotos,
al son de sus cantares;
y enriquecen los frutos
de zonas muy distantes,
vuestras verdes colinas
y praderas feraces.

   ¡Cuándo os veré de nuevo,
testigos inmortales
de mis tiernos amores,
de mis dichas fugaces!...
¡Adiós, hermosos campos,
adiós, dulces lugares
do resbaló mi infancia,
do reposan mis padres!




ArribaAbajoLa esperanza


Por entre sombras infeliz viajero,
perdido el rumbo, sin parar camina:
un precipicio aquí, y allá una espina
marcando van su lóbrego sendero.

   «¡Sin fin luchar con mi destino quiero!»
Exclama, y sigue, y la cerviz no inclina;
porque dentro de sí llama divina
siente abrasar su corazón de acero.

   Hondos abismos a su espalda deja,
y zarzales y horror; y el blanco alcanza!
Su triunfo al cabo el vencedor festeja.

   ¿Quién en tan ardua lid la confianza
supo inspirarle y acallar su queja?...
El rayo celestial de la Esperanza.




ArribaAbajoMelodía


Cuando en la noche fiera
de mi dolor, adormecido estaba,
      «Espera, ¡oh padre! espera...»
dijo una voz que angelical sonaba.

      Dulce, como el suspiro
que esparce al viento embalsamada brisa,
      penetró en mi retiro
la blanda voz de la inocente Luisa5.

      ¡Pobre botón de rosa,
que al ir a abrirse el vendaval tronchara!
      ¡Oveja candorosa,
que degolló el destino al pie del ara!

      Cuando sus padres fueron
a recoger el virginal perfume,
      sus adioses oyeron...
¡Ay del que un día asegurar presume!

      Resguardaban la fuente,
y arrebatola el caudaloso río,
      trasformado en torrente...
¡Era su amor... como también el mío!

      ¡Por siempre en mi memoria
quedó su faz, su corazón, su vida!
      Virgen, voló a la Gloria;
hombre, suspiro por la flor perdida.

      «Espera, ¡oh padre! espera...»
Así su voz angelical sonaba,
      cuando en la noche fiera
de mi dolor, adormecido estaba.

      «En mis palabras fía:
¡por ti y los tuyos incesante velo!
      Pronto a llegar va el día
en que dé oído a mi oración el cielo.

      Buen padre y fiel esposo,
Dios tus virtudes premiará con creces,
      que hasta él oloroso
sube el incienso que a su gloria ofreces.

      De tu hogar los dolores
van ya a alejarse: llegarás al puerto;
      y las cándidas flores
en grupos mil alfombrarán tu huerto!»




ArribaAbajoReunión


¡Ellos son, ellos son! Del coche saltan
la dulce madre, la inocente hija,
los pequeñuelos... Con la vista fija
los busco: perlas su semblante esmaltan.

   ¡En tal momento las palabras faltan
al labio paternal! Ni a quien elija
sabe mi corazón, en la prolija
lucha de afectos que en tropel lo asaltan.

   Tras larga noche su apacible lumbre
me brinda amiga la risueña aurora,
y evito la enojosa muchedumbre;

   Y solo al fin con los que el pecho adora,
al Dios bendigo que del alta cumbre
mi pobre hogar con sus destellos dora.
Madrid, Noviembre de 1851.




ArribaAbajoA mi hija


Hija, los días de la infancia tierna
huyeron al no ser; a los albores
de la risueña aurora
sustituyó la luz que el orbe dora,
al capullo las flores.
El sentimiento de tus ojos mana,
vivo, pero inocente,
y aunque puro, vehemente.
En tus mejillas vese ya la grana
aparecer, si alguno lisonjero
te dice que tu rostro es hechicero,
o jura (las más veces con mentira)
que te idolatra, que por ti delira.

   Has entrado en la edad de las pasiones,
de los peligros... y contarte quiero
una sencilla historia
que grabada tendrás en la memoria,
para que en los bajíos
del tempestuoso mar que llaman vida,
no vayas a estrellarte inadvertida.

   En un pueblo de corto vecindario
dos jóvenes moraban
que desde niños con ardor se amaban.
No te diré si el cielo de hermosura
los dotó con usura,
ni atañe a nuestro asunto
esclarecer tan delicado punto.
Eran, sí, de alma cándida, no viendo
en derredor sino un plantel de flores,
y a este mundo creyendo
asilo de la paz y los amores.
Sus padres conocían
el cariño inocente que abrigaban,
y a él no se oponían
porque sus suertes enlazar pensaban.

   Un día... el padre de la joven tuvo
que marchar a la corte,
sin que el porqué ni el cómo nos importe;
y persuasión no hubo
capaz de detener en sus hogares
al joven tierno, que lloraba a mares.
Pusiéronse en camino
todos, y acaso una tristeza leve
de tiempo en tiempo vino
a oscurecer el horizonte hermoso
de sus dichas futuras...
¡Como si de almas puras
fuese la previsión dote precioso!
Atrás dejaban la serena fuente
deslizando suave
por el prado su límpida corriente;
el canto no aprendido con que el ave
al despertar el sol los saludaba;
y en la corte tal vez los aguardaba
con sus tormentas mil el Océano,
la garra del milano!...
En estas reflexiones embebidos,
no es de extrañar que triste
el viaje a los amantes pareciera;
mas luego, introducidos
en la ciudad, do la ilusión primera
seduce con su encanto,
tornó la risa y acabose el llanto.

   De diversión en diversión corrían
al impulso cediendo
de raudo torbellino;
y la embriaguez felicidad creían;
y gozando y riendo
¡ay! celebraban su feliz destino.

   Mas, a poco, la joven a su lado
tan complaciente no miró al amado;
y al oír sus excusas, en sus ojos
leyó una cosa extraña...
(¡Que en esto nunca la mujer se engaña!)
Y expresó sus enojos
dulce al principio, desdeñosa luego,
y al fin con ira, con pasión, con fuego.
Y de llorar cansada,
advirtió cierto día
en la tierna mirada
de uno que a todas partes la seguía.
Pudorosa, los ojos apartando,
pensó en su amante y continuó llorando.
Pero... la soledad en que vivía...
el femenil despecho...
la aparición constante de aquel hombre...
lograron... (Hija mía, no te asombre
tal proceder, pues te refiero un hecho
que es, por lo natural, inevitable,
sin que tachar se pueda de mudable
a la mujer cuya pasión sincera
un pago tan indigno recibiera)
Lograron que por fin correspondiese
al nuevo amante; y pareciole entonces
sin gracia el otro, de modales rudos,
y los dichos agudos
y gentil apostura
admiró del Adonis cortesano
que en estilo galano
sin cesar ponderaba su hermosura.
¡Cuántas víctimas hace
la lisonja en el sexo femenino!
Pues si del corazón no satisface
el impulso divino,
arrastra la voluble fantasía...
¡Jamás su voz escuches, hija mía!

   En tanto el joven, cuyo amor tan puro
y acrisolado en el recinto fuera
de los patrios hogares,
vivo, inexperto, presuntuoso, impuro,
el grito ahogó de su pasión primera
en los brindis de infectos lupanares.

   Así se destruían
los planes de ventura
que en su inocente edad formado habían;
y una dicha segura
dejaban por correr tras una sombra
que el mundo dicha en su delirio nombra.

   La joven, halagada
por las promesas de su nuevo amante,
creyó ¡desventurada!
ante sí ver un porvenir brillante,
diverso del que un día le ofreciera
el aura mansa de gentil pradera.
Los ruidosos placeres de la corte,
las alfombras riquísimas de Oriente,
un mundo maldiciente,
al corazón sin velo,
a la pura alegría,
al florecido suelo
de su nativo hogar anteponía.

   Una noche... Magníficos estaban
los salones de baile, do la moda
era la reina; y sin cesar cruzaban
rápidas como el viento,
al compás de una orquesta numerosa,
parejas elegantes
de orgullo, pompa y juventud radiantes.
Nuestra joven seguía
con los ávidos ojos
a su nuevo amador, cuyos antojos
eternamente dominar creía.
Mirole de improviso
fijar la vista en una dama bella,
del lujoso salón brillante estrella;
y leve nubecilla el paraíso
de su ventura oscureció. Sonaron
los acordes de un wals, y en el momento
el joven y la dama se lanzaron
con raudo movimiento.
Miradas elocuentes
entre ellos se cruzaban,
y casi se tocaban
sus encendidas frentes...
Entretanto, allí había
quien de celos moría,
quien su existencia diera
porque el wals infernal se concluyera.

   Y el wals se concluyó; mas la infelice
siguió sumida en el dolor más hondo,
y una voz desde el fondo
del corazón, «¡Es un traidor; te vende!»
sin cesar le gritaba;
«Mintió cuando te dijo que te amaba.»

   Y la joven celosa,
cuanto celosa ciega,
como ciega perdida
en un mar de encontradas reflexiones,
al huracán que la envolvió se entrega,
y ya desvanecida,
allí mismo le pide explicaciones.
«¡Explicaciones!... ¿y por qué? no estamos
en la aldea, querida;
ni aquí, mi bien, como en el pueblo amamos.
¿Ves? Me has puesto en ridículo con ese
lujo de amor, y todo el mundo ríe.»
Así contesta, y vase, y a la dama,
que su triunfo celebra, y de él se engríe,
refiere el caso; a la infeliz proclama
reina de tontas... Una polka suena,
y con la dama lánzase a la arena.

   Ella... roto el encanto
del porvenir dichoso que entrevía,
lloró en su casa hasta aclarar el día;
mas con la luz del sol cesó su llanto.
Cesó, que el alma recobró su imperio,
gozando al fin de los sentidos libre;
y en el supremo instante
de aquella gran victoria,
oyó la joven a su antiguo amante
apellidarla su deidad, su gloria!

   Víctimas de una loca fantasía,
ventura ambos creyeron
lo que era sólo vanidad, falsía;
y el pago recibieron
que en el mando reciben
los que de vanas ilusiones viven.

   «¡Huyamos! «dijo, en éxtasis divino
la joven sepultada:
«Dejemos esta corte, do el destino
desuniera al amado de su amada!»
«¡Huyamos, sí!» con júbilo el mancebo
repitió, y juntos a la par gritaron:
«¡Serán de hoy más mi norte, mis delicias,
la sencillez, el campo, tus caricias!»

   Inútil es decir si se casaron,
y si dichosos fueron...
¡Ovejas que un instante se extraviaron,
y arrepentidas al redil volvieron!

   Hija mía, en el mundo,
si se deja arrastrar de los sentidos,
sus días mira para el bien perdidos
la infelice mujer: duelo profundo
la aguarda en pos, y la insultante mofa
de los mismos que viles
marchitaran la flor de sus abriles!
¡Hija! los goces que del alma nacen
a los demás prefiere;
que los sentidos, si un momento acaso
al hombre satisfacen,
perecederos son, y ella no muere.




ArribaAbajoLágrimas


Las perlas que derraman
      tus ojos bellos,
semejan resplandores
      ¡ay! del lucero...
      Llora, ¡mi vida!
que mirarme en tus ojos
      es mi delicia.

Si es de amores tu llanto,
      siento yo amores;
si te le arrancan penas
      triste me pones...
      Llorando, ¡oh cara!
presides mis destinos;
      no ruegas, mandas!

Cuando descienden tersos
      por tus mejillas
los hilos de diamantes
      que te hacen rica,
      mirar yo creo
las estrellas que cruzan
      el firmamento.

¿Qué me importa la risa
      de otras mujeres,
si lágrimas tus párpados
      para mí tienen?
      ¡Llora, mi vida!
que mirarme en tus ojos
      es mi delicia.




ArribaAbajoRecuerdos


A mi esposa


De una enfermedad terrible.
apenas salido habías,
y a respirar te llevaron
el aura de las campiñas;
esa atmósfera tan pura,
de ciudades enemiga,
que al semblante del enfermo
torna el color y la vida.
¿Te acuerdas?... Al despedirnos
la palidez te cubría,
y tus ojos, que otras veces
un dulce fuego vertían,
con trabajo los alzabas
y hacia mí los dirigías.
Tus labios, antes la fuente
de do manaba mi dicha,
con acento moribundo
un triste adiós repetían...
¡Y apenas entre tus manos
pudiste estrechar las mías!

*  *  *

   Era una tarde apacible...
el aura quieta dormía
en el seno de las flores
que son sus fieles amigas.
Hacia poniente sus rojos
cabellos el sol tendía,
a la enamorada tierra
dando así la despedida.
El mar, ese inmenso espejo
en que el Eterno se mira,
sus matices ostentaba
y su rica pedrería.
Santa Cruz, hermoso pueblo
de las Fortunadas islas,
con sus blancos edificios
y su atmósfera tan limpia,
Divisábase a lo lejos,
como quien busca en la orilla
del Atlántico el aroma
de sus benéficas brisas.

   El toque de una campana
melancólico se oía,
que como nos dice Dante
en su epopeya divina
pareciera que lloraba
al ya moribundo día.
¡Todo era solemne! ¡Todo
revelaba la infinita
idea del Ser, que es fuente
de tan altas maravillas!

*  *  *

   En esa tarde sublime
volé en alas de mi dicha
al campo donde tus fuerzas
poco a poco reponías.
¡Aquel sitio, aquella tarde
no olvidaré mientras viva!...
Cuando mi alma inundaba
de placer tal perspectiva,
te vi venir... más ligera
al correr por la campiña
que una sílfide, y tendiendo
los brazos, de amor henchida,
hacia mí, que te aguardaba
con la inefable delicia
del náufrago que la tierra
de salvación cerca mira.
Un sombrerillo de paja
en la cabeza traías,
y este adorno tan sencillo
con sus flores y sus cintas
mejor que blondas y encajes
cuadraba a tus formas lindas.
Pero ¡los ojos!... En ellos
la felicidad lucía,
y con ternura indecible
en los míos la infundías!
¡Felicidad del que siente
en sí la llama divina
del amor, y en pecho digno
del suyo la ve prendida!
¡Felicidad del que sabe
que en la tierra noche y día
hay quien su imagen presente
tenga, y el culto le rinda
que el hombre de honor tributa
a la que su honor le fía!

*  *  *

   Ya no eras la enferma joven
de faz pálida y marchita;
otra vez brotaban frescas
las rosas en tus mejillas;
esas rosas que los años
respetan, y que armonizan
con la hermosura del alma
que dentro de ti se abriga.
¡Cómo mi mano estrechaste
en tu amor embebecida!
¡Qué música oí en tus labios!
¡Qué magia vi en tu sonrisa!
¡Qué juramentos hicimos
ante la escena magnífica
de la noche que empezaba
y el sol que se despedía!...

*  *  *

   Hoy... que los años han ido
destruyendo tan aprisa
las risueñas esperanzas
de mi virgen fantasía,
el recuerdo de esa tarde
mi espíritu reanima.
Hoy... al ver que mis promesas
han sido todas cumplidas,
que el ósculo del esposo
el pacto que nos unía
selló, y eres la corona
de mi hogar, de mi familia,
las tinieblas que oscurecen
mi porvenir se disipan,
y Dios con su santo fuego
mi corazón ilumina.




ArribaAbajo¡Pobre Narciso!6


En las elíseas llanuras
modesta fuente brotaba,
y de las flores más puras
las campestres amarguras
con sus linfas endulzaba.

   Galán de las rosas bellas
un Narciso allí lucía;
con el alba sonreía,
y a la luz de las estrellas
sus aromas esparcía.

   Era abundosa la fuente,
sobraba a la flor donaire;
pero un día, de repente,
tragose a aquella un torrente
y a la flor faltole el aire.

   ¡Pobre Narciso!... perdiendo
fue sus hermosos colores
y poco a poco muriendo,
desde que no vio corriendo
la fuente de sus amores!

   Si un soplo vivificante
su tallo a tiempos mecía,
relámpago era brillante
que deslumbraba un instante
y veloz desparecía.

   ¡Cayó por fin marchitado!
Ya no baña en sus olores
las frescas yerbas del prado,
porque le dejó olvidado
la fuente de sus amores.




ArribaAbajoLa verdadera dicha


¿Quieres, niña, que cante
una tonada alegre,
cuando en redor no miro
sino vicios aleves,
y espantosas miserias
que el ánimo entristecen?
¿Dó iré a buscar imágenes
de esas que te divierten,
si el porvenir me asusta
y me agobia el presente?...
-Deja, deja esos vicios,
en miserias no pienses,
que la virtud sonríe
en tus hogares siempre,
fada de hermosos ojos
y de serena frente!
No hay nada comparable
a la dicha de verse
en medio de los suyos,
con el alma inocente.
En ti la atroz sospecha
nunca el puñal aleve
clavó, feliz esposo,
padre feliz mil veces!
Cuando, tras la fatiga
de trabajos perennes,
en los brazos del sueño
buscas reposo breve,
a él te entregas, seguro
de que no habrá quien vele
junto a ti, meditando
faltar a sus deberes.
Mucho, lo sé, te cuesta
luchar con la corriente
de ese mar, cuyas olas
a tantos enaltecen;
sé que contigo cruda
se ha mostrado la suerte,
negándote riquezas
y honores... (que así entiende
el mundo la fortuna,
sin que nunca escarmiente);
pero esas dichas todas
cual humo desparecen,
porque son, como el humo,
vanas, fugaces, leves,
y la que tú disfrutas
ni aun acaba en la muerte!
Deja, pues, esos vicios,
en miserias no pienses,
que la virtud sonríe
en tus hogares siempre,
de tu hija en los ojos,
de tu esposa en la frente.




ArribaAbajoUn episodio


Las Canarias


¡Bramó el mar, gimió el viento!
¡Las olas en las nubes se estrellaron,
y al orbe desgarraron
con vórtice violento!
Despedazado el cuerpo del gigante,
hundiose en el abismo el grande Atlante.

   Y al cesar la tormenta
viéronse allí sobrenadar galanas
siete rocas hermanas...
De la ruina sangrienta
brotaron lindas, y un jardín de flores
las convirtió en Edén de los amores.

   Afortunadas fueron,
y Afortunadas las llamó la tierra;
que no allí de la guerra
los clarines se oyeron,
ni su suelo se vio de sangre tinto.
La Paz moraba en su feliz recinto.

   Un cielo azul, brillante,
un blando clima, un encumbrado monte
que en el terso horizonte
brilla, inmenso diamante,
y señala su rumbo al marinero,
y da esperanza al infeliz viajero;

   Los valles misteriosos
que a amar convidan con su sombra amena,
donde el arroyo suena,
y en trinos melodiosos
pájaros mil saludan a la aurora,
que allí sus perlas más preciosas llora;

   De Elíseos les valieron
el grato nombre en el antiguo mundo,
do en sosiego profundo
a las almas fingieron
de los que justos proclamó la historia.
¡Única cierta y merecida gloria!

*  *  *

   El tiempo su carrera
precipitó: la tempestad sombría
volvió a tronar un día,
y estremeció la esfera!
Hombres sin compasión, civilizados,
en sangre hundieron los elíseos prados.

   ¡Ay de los habitantes
que en paz vivían y en amor soñaban!
¡Del sueño despertaban
para morir gigantes!
Bencomo el Grande, Tanausú, Tinguaro,
Doramas... ¡Ay de su valor preclaro!

   ¡Héroes del suelo mío!
Lágrimas doy a vuestra acerba suerte,
a vuestra heroica muerte,
a vuestro excelso brío!...
¡Mártires de la patria, una mirada
a ella volved, de la eternal morada!

   ¿No la veis cómo llora
y os tiende triste sus amantes brazos?
¡Ay, que rota en pedazos
un cáncer la devora!...
Sus hijos son los que su pecho hieren,
sus hijos son los que matarla quieren!

   El Bátavo cayendo
sobre el jardín que el Guiniguada riega,
creyó en su furia ciega
dominarlo tremendo;
pero se alzó la patria esclarecida,
y puso al invasor en torpe huida.

   El adalid britano
que venció en Abukir, al Teide altivo
se figuró cautivo...
Y al alargar la mano
hacia el gigante, la perdió, y con ella
Nelson perdió su venturosa estrella.

   ¡Magníficos blasones!
¿Y aspiráis a empañar tan noble historia,
legando a la memoria
vuestras ruines pasiones?...
¡Si ansiáis gozar de más dichosos hados,
vuestras fuerzas unid, desventurados!

   ¡Piedad de nuestro clima,
de nuestro fértil y encantado suelo,
de nuestro hermoso cielo!...
Vais a abrir honda sima
con esas tristes disensiones locas
a las un día afortunadas rocas.

Agosto de 1854.




ArribaAbajoLa huérfana7


Imitación del alemán


En medio de un manso río,
que nace allá no sé dónde,
hay una isla cercada
de mil pintorescos bosques.
Entre copudas encinas
un templo antiguo se escondo,
y apenas vense sus puertas,
y están veladas sus torres;
porque las plantas silvestres
penden formando festones,
y ciñen de enredaderas
muros que la edad corroe.
En el atrio de aquel templo
un gremio de pescadores
celebraba los domingos
sus sencillas reuniones.
Allí hablaban de sus redes,
de los mercados mejores,
de las últimas ganancias,
o del vuelco de algún bote.
De tiempo en tiempo se oían
más altas conversaciones;
y eran los recién llegados
de la poderosa corte
que contaban las riquezas
de sus magníficos coches,
de sus soberbios palacios,
de sus estatuas de bronce...
Deslumbrábanse al principio
con tal lujo y tales goces;
pero llevábase el viento
sus doradas ilusiones
cuando el orador hacía
la pintura de los pobres
que los alcázares cercan
con la ropa hecha girones.
Ellos ni harapos vestían,
ni andaban tras los señores,
mugriento pan aguardando
y sufriendo humillaciones.

   Un día... El sol alumbraba,
con más claros resplandores,
más azul que de costumbre
lamía el agua los bordes
del abrillantado río,
jardín de silvestres flores.
Un anciano venerable
ante el gremio presentose
con una niña en los brazos,
y así a los demás habloles:
-¡Hermanos! Dios recompensa
con sus celestiales dones
al que es de piedad ejemplo,
al que la orfandad acoge.
En una cuna de mimbres,
hará seis o siete noches,
a esta linda criatura
junto a la margen hallose.
¿La adopta el gremio por hija?
-¡Sí! exclamaron muchas voces.
Y prosiguiendo el anciano,
dijo: -¡El Cielo sus favores
os dispense, camaradas,
pues sois de virtudes norte!
Pero es preciso que alguno
a su cuidado la tome,
y al través de los bajíos
que pavor al alma ponen,
sobre los mares del mundo
guíe sus inclinaciones.
De su educación los gastos
por cuenta del gremio corren:
¿No es así, amigos? -¡En ello
estamos todos acordes!
Gritaron: dará con gusto
cada cual lo que le toque.
-Pues el que quiera encargarse
de la inocente, que apronte
para abrazarla, sus brazos,
para amarla, sus amores!

   Calló el anciano, y silencio
todos guardaron entonces.
Nadie sus brazos abría...
Mirábanse aquellos hombres,
esperando unos por otros,
cual si abrigaran temores
de romper el cauce estrecho
a sus caras afecciones.
De repente, un mozo alto,
robusto y de rostro noble,
se adelantó. -¡Viva! ¡Viva
el rey de los pescadores!
Gritó el venerable anciano:
-¡Viva! exclamaron los jóvenes.
El mozo impuso silencio,
y dijo: -Oíd mis razones.
Yo me llevo a esta inocente;
y ofrezco al abuelo Cosme,
para abrazarla, mis brazos,
para amarla, mis amores.
Pero aceptad las que os pongo
necesarias condiciones:
La porción que a cada uno
suministrar corresponde
para el sostén de la huérfana,
la acepto... para su dote!
Deposítese anualmente
En este templo... -¡Conformes!
Gritaron todos: no hay nadie
que a tales proposiciones
se niegue: ¡Pedro, buen Pedro,
Dios de venturas te colme!
Y a la encantadora niña
entre los brazos del joven
puso el generoso viejo,
cual tierna vid junto a un roble.

   El sol continuó alumbrando
con más claros resplandores,
y azul, más que de costumbre,
lamía el agua los bordes
del abrillantado río,
jardín de silvestres flores.




ArribaAbajoMelodía8


Cuando en el tierno júbilo
de la madre y la esposa
alzabas tu alma a Dios,
sombra terrible y fúnebre
en noche tenebrosa
hundió tu claro sol!

   ¡Ay de la esposa cándida!
¡Ay de la madre pura
que imaginó un Edén!
Sopló viento fatídico
y abrió una sepultura
en medio del vergel.

   Dentro tu seno púdico
formábase el tejido
de una rosa gentil;
mas la violenta ráfaga
dejó desvanecido
su vívido carmín.

   Nave del cierzo víctima
que azotó la onda amarga
del tormentoso mar,
y en revuelta vorágine
sepultó con su carga
la ronca tempestad!

   ¡Carmen! Huiste el lóbrego
abismo de este suelo,
de crímenes mansión;
y la espléndida bóveda
cruzaste de ese cielo,
dosel del Criador.

   Una ofrenda de lágrimas
tributa a tu memoria
de tu madre el pesar;
porque el hogar doméstico
en ti perdió su gloria,
¡oh esposa virginal!




ArribaAbajo¡Niños del alma!


¡Helos ahí! ¡qué hermosos!
      Saltan y juegan,
como dos cervatillos
      en la pradera...
      ¡Niños del alma!
De mis días oscuros
      sois la alborada.

Ya enlazándose luchan
      con tiernos brazos,
ya ruedan por el suelo,
      ya están en alto...
      El que los mira,
de la niñez los dulces
      goces envidia.

¡Cómo de la inocencia
      vense las rosas
naciendo en sus mejillas,
¡ay! y en sus bocas!
      Si acaso sufren,
dora la edad sus penas,
      cual sol las nubes.

Pendientes de mi cuello,
      forman conmigo
la imagen de la parra
      con sus racimos.
      miel grata y pura
en mis labios de padre
      sus labios buscan.

Brota en ellos la risa,
      como en el campo
las delicadas flores
      que engendra Mayo.
      Naturaleza
posándose en sus rostros
      los hermosea.

Hijos, ¿qué vale el oro
      si se compara
con las preciosas perlas
      de vuestras almas?
      Perlas de amores,
que a las demás prefieren
      los corazones.

¡Volad! que en mis rodillas
      sentaros quiero;
por vosotros suspiro
      cuando no os veo!...
      ¡Niños del alma!
De mis días oscuros
      sois la alborada.




ArribaAbajoPreludio


¿Qué ves allá en la espesura,
cuando el día va a morir?
-Veo a un ángel sonreír
con tu sonrisa tan pura.

   ¿Qué miras, di, de esa fuente
en el clarísimo espejo?
-De un astro miro el reflejo,
e imagino que es tu frente.

   ¿Qué buscas en las auroras,
al verlas, di, despuntar?
-Busco en su blando llorar
las lágrimas que tú lloras.

   Porque eres en mis hogares
ángel de paz y consuelo,
aurora en mi triste cielo,
astro en mis inquietos mares!




ArribaAbajoUna virgen más9


A mi hija Concha


¡Murió!... Los querubines
ante el trono de Dios cantan hosanna;
pues llega a los confines
de la celeste bóveda una hermana.
¡CARMEN! ¡Bendito tu dichoso nombre
en los labios del ángel y del hombre!

   ¡Llora, hija mía, llora,
que consuela el llorar, luz de mi vida!
Y perla de la aurora
era en tu amante corazón prendida:
¿Cómo de allí arrancarla sin herirte,
¡ay! sin el tierno corazón partirte?

   En el aire vagando
suspira con la brisa, ángel de amores!
Y nos está mirando
coronada la sien de blancas flores;
porque virgen murió, cándida y pura,
tesoro de inocencia y de dulzura.

   Cuando un alma tan bella
como la suya dentro el pecho anida,
¡ay! nos lleva tras ella,
como lleva a su sombra el cuerpo asida,
si desparece, fáltanos el aura
que las fatigas del vivir restaura.

   ¡Por eso en triste llanto,
hija, se anegan tus hermosos ojos!
Disipose tu encanto,
y en vez de flores encontraste abrojos.
¡Ay infeliz del que ilusiones sueña,
y luego en un abismo se despeña!

   ¡Ay de los padres tiernos
que en su preciosa juventud gozaban,
y creían eternos
los dones del amor que atesoraban!
Rujió la tempestad; y desengaños
sólo ya restan a sus viejos años.

   ¡Llora, hija mía, llora,
que consuela el llorar, luz de mi vida!
Y perla de la aurora
era en tu amante corazón prendida:
¿Cómo de allí arrancarla sin herirte,
¡ay! sin el tierno corazón partirte?




ArribaAbajoAbel-Caín


Episodio de la historia danesa


A mi querido amigo el Sr. D. Luis Benítez de Lugo, marqués de la Florida



- I -

   Rey Erico, rey Erico,
¿dónde vas tan afanoso?
Mira que vas a caer
oveja en boca del lobo.
-El palacio de mi hermano
no abriga fieras ni monstruos;
en abrazos ahogaremos
Abel y yo nuestros odios.
-Rey Erico, no te fíes
de banquetes suntüosos,
de cariñosas palabras,
de amables, melifluos rostros.
Bajo las flores más bellas
¡ay! el áspid ponzoñoso
está en acecho de incautos...
¡Rey Erico, el plazo es corto!

*  *  *

   Fiestas solemnes prepara
en su espléndido palacio
de Slesvig el duque Abel
para obsequiar a su hermano.
Risueños están los rostros
en la ciudad y en los campos,
las cabalgatas son muchas...
¡Qué festines! ¡qué saraos!
Pero no hay nada que iguale
por el lujo y el boato
al banquete que en el río
da Abel a su soberano.
Las flores con su perfume
y las aves con su canto
celebran a los dos príncipes
que así olvidan sus agravios.
Dinamarca ver espera
brillar horizontes claros
tras las tormentas civiles
que su seno han destrozado.
El rey Erico sonríe
a sus leales vasallos,
y aplaude el paciente vulgo,
y aplauden los cortesanos.
Sólo en la frente de Abel
se advierte un matiz opaco
que enturbia la limpia atmósfera
de aquel cielo sonrosado.

   -¡Bendiga Dios la entrevista!
Exclama Erico, y hagamos
que a renovarse no vuelvan
esos días tan aciagos.
Diciendo así, escancia el vino
en la copa de su hermano,
y a brindar con él le invita
por la paz de los Estados.
Se oscurece más la frente
de Abel... -Hoy hace dos años,
acuérdate, rey Erico,
que el país entraste a saco,
y que obligaste a mi hija
a andar con los pies descalzos
entre mendigos oculta...
¿Lo has, rey Erico, olvidado?
-Cálmate, Abel, que aún conservo
¡vive Dios! bienes sobrados
para a tu hija indemnizar...
-Guarda, Erico, tus regalos.
-Duque Abel, la misma sangre
corre en las venas de entrambos.
-Rey Erico, ese recuerdo
no detuvo, no, tu brazo
cuando huérfanos y viudas
lloraban su desamparo.
-Duque Abel, el mismo padre
nos engendró, y perdonarnos
debemos nuestras injurias
al fin, cual buenos cristianos.
-Rey Erico, ¿te acordaste,
di, de serlo hace dos años?

   Y al punto, a una seña suya,
de Erico se apoderaron
los sayones que dispuestos
tenía para aquel acto.
Pusiéronle en una barca
sujeto de pies y manos,
y llevolos la corriente
río abajo, río abajo.

   -¡Vas a morir, rey Erico!
-Lo sé; ¡conozco a mi hermano!

   Y la cabeza del cuerpo
los sayones separaron;
atáronle gruesas piedras;
que atribuir al acaso
el fratricida quería
su traidor asesinato;
mas a la orilla las olas
el cadáver arrastraron,
y en la superficie iba
la diestra mano flotando,
en ademán de pedir
venganza a Dios soberano.

*  *  *

   Rey Erico, te fiaste
de banquetes suntuösos,
de cariñosas palabras,
de amables, melifluos rostros,
y fuiste ¡ay mísero! a dar
oveja en boca del lobo.


- II -

   Hasta las nubes el triunfo
del nuevo Caín alzaron
veinticuatro caballeros
dignas ramas de aquel árbol.
Y de Lund el arzobispo
su ministerio manchando,
la corona al fratricida
ciñó con trémulas manos.
Las fiestas se sucedieron,
no escasearon los aplausos,
¡que hay siempre quien solemnice
al delito coronado!
Todo al principio fue júbilo,
todo flores, todo encanto;
Dinamarca parecía
dormirse al arrullo manso
de engañadoras promesas,
de juramentos violados.
Era que el lobo acechaba
su presa, la hora aguardando
de hincarle el agudo diente
en el abierto costado.
Y Abel concedió franquicias
a sus súbditos incautos,
y libertades mintiendo,
fue los derechos robando.

   De repente un ruido sordo,
como el que anuncia cercano
terremoto, por los aires
se esparció; voces llegaron
precursoras del peligro
al alcázar soberano.
-¡Son los traidores de Frisia!
Gritó Abel: ¡A ellos! ¡Corramos!
¡Mis armas! ¡Mis caballeros!
-¡La venganza de tu hermano!
Dijo una voz sepulcral
al oído del malvado.
Conmoviose el reino; aceros
con aceros se cruzaron;
de Frisia los campeones
llenos de heroico entusiasmo
ofrecieron libertar
la tierra de aquel tirano.
-Rey Abel, ¿a dónde corres?
¡Erico te está llamando!
-Que me espere, y lucharemos.

-¡Fratricida! -¡Hermano! ¡Hermano!

   Abel cruzó las llanuras,
y penetró en los pantanos
de la Frisia, y al pasar,
por su destino impulsado,
el cauce estrecho del Eider,
en el pegajoso fango
con el peso de sus armas
quedó el triste aprisionado.
Esfuerzos terribles hizo
para romper aquel lazo
de inmundo cieno, mas todos
a romperlo no bastaron.
Y oía desde su cárcel
sonar los ferrados cascos
de los corceles de Frisia
que iban allí a pisotearlo.

   ¡Abel-Caín, no te quejes
de morir acuchillado,
que así murió el rey Erico,
el rey Erico, tu hermano!

   El cuerpo del fratricida
sus parciales rescataron;
honras fúnebres le hicieron
que en espléndido boato
dejaron atrás la pompa
de los más ricos Estados.
Pero el sepulcro al impío
no fue lugar de descanso;
que el alma de Abel, errante
en los solitarios claustros,
en los parajes sombríos,
en la iglesia, en el palacio,
por do quier iba esparciendo
mudo horror, mortal quebranto!
Para ahuyentar al vampiro
el cadáver exhumaron;
lleváronle de allí lejos,
y en sitio agreste, apartado
de las humanas viviendas,
con pavor lo sepultaron.
¡Ah! ¡Ni aun así el fratricida
durmió en paz! Gritos extraños
en las aldeas más próximas
oían los aldeanos,
y entre las voces el nombre
de Erico siempre sonando.

*  *  *

   Hoy... en el bosque, se suele
oír el tañido sonoro
de una trompa, y a la caza
parten jinetes monstruosos
en magníficos bridones
que tienen rayos por ojos.
Al frente va el rey Abel
montado en un negro potro,
y es tan veloz la carrera,
y los momentos tan cortos,
que aparece y se disipa
el torbellino en un soplo.
Al sonido de la trompa
acompaña un grito ronco:
-¡Fratricida! ¡Fratricida!
¡Jamás hallarás reposo!




ArribaAbajoLa flor y la niña


¿Por qué reflejan tus ojos,
niña, esa dulce tristeza?
-Flor, porque siento en el alma
un malestar que me inquieta.
-Niña hermosa, niña hermosa,
esos pesares destierra...
-¿Cómo podré desterrarlos,
flor, si el corazón me llenan?
-¡Lástima grande me inspira
tu padecer, niña bella!
-¿Por qué? -Porque estoy mirando
que tu libertad no aprecias,
que a la esclavitud caminas,
que van a ahogarte las penas.
-Me asustan, flor, tus pronósticos!
Sigue, aunque de susto muera.
-Hay, pobre niña, en el mundo
una voz que el alma impregna
de placeres ilusorios,
de desdichas verdaderas.
Voz armoniosa, encantada,
que cuando al oído suena
de una joven candorosa
sus mejillas sonrosea...
Voz que un ángel inventara,
pero que luego en la tierra
adulteró, como siempre,
el que todo lo adultera;
el hombre. -Flor, por tu vida,
dime qué palabra es esa.
-A tu corazón pregunta,
que él te dará la respuesta.
-Su nombre... -¿No lo adivinas?
Te lo diré, pues te empeñas.
El amor. -¡Ah! -¿Lo estás viendo?
Una amapola semejas.
¡Pobre niña, pobre niña,
ya estás muerta, ya estás muerta!
Como el viento me deshoja,
y los calores me secan,
amor ajará tus galas,
galas que a brillar empiezan.
Flor del jardín de la vida,
de candor sencillo emblema,
en mí de cuanto te he dicho
tienes la más clara muestra.
Nací hermosa: me llamaron
de los vergeles la reina...
Pero amé... y estoy marchita...
-¡Calla, por Dios, flor siniestra!...
-¿Por qué? -Porque tu discurso
es tósigo que envenena
las más caras ilusiones
de mi juventud risueña;
y dentro del alma siento
una voz que se rebela
contra tus tristes augurios,
contra tu dura sentencia.
-¿Y qué te dice esa voz?
-Que si hay un amor que quema,
hay otros que purifican...
El de una casta doncella,
el de una madre piadosa,
el de una amiga sincera.
-¡Pobre niña, pobre niña,
ya estás muerta, ya estás muerta!
-Te engañas, hermosa flor;
me has curado: ¡ya estoy buena!