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La Generación del 40 y Eduardo Jorge Bosco1

Verónica Zumárraga

En abril de 1952 Ediciones del Ángel Gulab publicó en Buenos Aires Obras, de Eduardo Jorge Bosco, en dos tomos, con texto establecido por Josefa Sabor, Alberto Salas y Daniel Devoto. Egresados de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, los tres llegarían a ser brillantes exponentes de la Generación del 40, en materia de bibliotecología, de arqueología y de poesía. Cuando encararon la fijación de estos textos inéditos ya tenían esas capacidades en ciernes. Compartían también el dolor por la ausencia del amigo, quien había muerto en 1943 a los treinta años. Era poco mayor que los tres, pero había ejercido, lingüísticamente, un incuestionable magisterio. Autorizados por la familia Bosco, trabajaron con rigor profesional en sus papeles durante años, hasta llegar al resultado final.

Este trabajo se propone acercarse al contenido de estas Obras. En ellas se destaca el interés de Bosco por la poesía gauchesca y la admiración, que llegó a ser una pasión, por la vida y la obra de Hilario Ascasubi. El «criollo lindo» que Bosco vio en Ascasubi se conecta con el interés que Amado Alonso mostró por tantos asuntos genuinamente argentinos.

Sabor, Devoto y Salas ante la obra de Eduardo Jorge Bosco

El Instituto de Filología de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires fue siempre objeto de interés, estudio y admiración. Su nacimiento hace cien años se debe a los convenios que la Junta de Ampliación de Estudios y el Centro de Estudios Históricos, con Ramón Menéndez Pidal a la cabeza, establecieran con la Universidad de Buenos Aires, mediante gestiones de Ricardo Rojas. Nuestro grupo de Pensamiento Español, de la Fundación Ortega y Gasset Argentina, estudia su trayectoria, como la de otras instituciones, dado que apuntamos a destacar la presencia de intelectuales y científicos españoles en la Argentina entre 1900 y 1950.

En ese marco se formó un grupo de amigos que creció en el ambiente excepcional de la Buenos Aires de los años 40, y más precisamente en el de la Facultad de Filosofía y Letras y su Instituto de Filología.

Daniel Devoto (1916-2001), Alberto Mario Salas (1915-1995) y Josefa Sabor (1916-2012) se unieron todavía más cuando, ya cursadas sus Carreras de grado, ocurrió la muerte de Eduardo Jorge Bosco (30 de diciembre de 1943), otro compañero de Letras, tres años mayor que ellos y todavía alumno de la Facultad. En febrero de 1944 Devoto publicó «Presencia de Eduardo Jorge Bosco», a modo de despedida. En marzo de 1945 Ediciones del Ángel Gulab publicó de Alberto Salas «Recordación del amigo», texto tan breve como el anterior, e igualmente elegíaco. Compartiré ambos con ustedes porque me parece el modo más directo de entrar en materia: la publicación de la obra de Bosco, totalmente inédita, en dos volúmenes, a cargo de Ediciones del Ángel Gulab, en abril de 1952, con texto fijado por estos tres estudiosos.

El material que sustenta este trabajo procede, en gran medida, de los archivos personales y bibliotecas de Stella Maidana Bonet y de su amiga Laura Monti, alumnas de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires entre los años 1935 y 1940, período en el que también cursaban sus estudios Devoto, Salas, Sabor y Bosco, de quienes fueron compañeras y amigas. Devoto era el editor de su propia obra poética y de la de algunos amigos (Ediciones del Ángel Gulab y también Gulab y Aldabahor) y ponía tanto cuidado en su elaboración como en la distribución. Cuando son de su puño y letra, las dedicatorias de estos libros son muy expresivas, y merecerían un estudio aparte, pero también hay ejemplares en los que el nombre del destinatario está impreso. Actualmente estos libros son muy buscados por bibliófilos de todas partes.

El magisterio de Amado Alonso contribuyó de manera directa o indirecta a la formación de ese ambiente de la Facultad de Filosofía y Letras, y recibió de este ambiente el mejor de los estímulos. Es oportuno señalar que la presencia de mujeres en el alumnado de la Universidad de Buenos Aires fue temprana, sobre todo si la comparamos con la de universidades de EE. UU. Recordemos que Radcliffe, la Escuela creada dentro de Harvard para el estímulo de las mujeres universitarias, es de 1960, por lo que Pepita Sabor y sus compañeras se pueden considerar pioneras. Por de pronto, no eran universitarias la mayoría de sus contemporáneas. Tampoco había todavía profesoras universitarias. Un detalle curioso de esos tiempos: a la Facultad se iba con sombrero. Y cuando dejó de usarse, las mujeres seguían llevándolo y lo sostenían en la mano.

En carta a Stella Maidana Bonet, fechada el 9 de febrero de 1949 (tenían ya varios años de egresadas), Pepita informa:

Daniel, Salas y yo hemos visto llegar a su fin el original de la obra de Bosco, que está lista para la imprenta. Ahora veremos qué dice la familia, pues el presupuesto que esperamos de Colombo debe ser bastante salado. Ellos tienen dinero, pero hay muchas cosas encontradas, y no sabemos si esto no nos traerá algún dolor de cabeza.


Ha de haber traído más de un dolor de cabeza porque median tres años entre este comentario y la publicación de Obras. Curiosamente en 1952, y por la presión del peronismo, Devoto se fue de la Argentina para no volver. Desarrolló una brillante carrera en Francia, bajo la dirección de Marcel Bataillon, y estableció el fichero de los libros españoles de las cinco grandes bibliotecas parisienses, además de enseñar en la Sorbonne, París XIII, como nos recuerda José Luis Moure en una Comunicación publicada en el Boletín de la Academia Argentina de Letras, a la que me referiré más adelante.

Al cumplirse diez años de la muerte de Bosco, Pepita Sabor firma, así con su sobrenombre, en el número 15 de la revista Buenos Aires Literaria «Eduardo Jorge Bosco, vida y poesía». Aquí estamos ya ante un análisis de la obra, por lo que también me ocuparé de este aporte que en su brevedad es un modelo de análisis literario.

Lo notable es que la palabra «suicidio» no aparece ni una vez en los textos mencionados, como si entre los tres autores hubiera habido un acuerdo. Sin embargo, si hoy en día se busca en Google «Eduardo Jorge Bosco» no solo se habla de su suicidio, sino de toda una serie de sospechas que han dado pie incluso a la redacción de una obra aparecida en España en 2021 con el título La valija del suicida, cuyo autor es Jesús Rubio Jiménez. Que Devoto y su mujer, María Beatriz del Valle-Inclán, donaran sus archivos al Museo Lázaro Galdiano, de Madrid, y que se encontraran allí diversas pistas en torno al final de la vida del amigo y las búsquedas de Devoto, que no dejó de indagar en su misterio, parecieran ser el origen de esta obra.

Que un joven dedicado a la poesía se muera a los treinta años es un hecho suficientemente inquietante como para generar un revuelo que al presente por lo visto no ha perdido vigencia. Lo habrá generado en su momento, y los interrogantes habrán seguido apareciendo, porque Pepita Sabor empieza así su estudio de 1953:

A diez años de su muerte, la figura de Eduardo Jorge Bosco sigue inquietando por igual a quienes lo frecuentaron y a los que, al margen de su difícil y siempre esquiva intimidad, compartieron con él charlas fugaces o largas noches de versos y calles porteñas.


A continuación, se centra en la producción de Bosco, a la cual cita obviamente por la edición que ella, Devoto y Salas habían publicado en 1952. Lo hace con un rigor y una objetividad totales, pero no solo no refiere el suicidio, sino que, rigurosa como será a lo largo de su extensa carrera, nada dice acerca del noviazgo que mantuvo con Bosco a lo largo de cuatro años, siendo la persona que quizás mejor lo conoció. Por el contrario, sostiene que nadie puede atribuirse el conocimiento de la persona de Bosco, así como nadie puede sostener que, en vida de Bosco, conoció su obra.

Por tanto, se trata de tres estudiosos que ponen cuidado en apartarse de los episodios finales de la vida de Bosco para enfocarse en su obra, la cual, gracias a su minucioso trabajo está al alcance de los lectores, de entonces y de ahora, si bien nadie tuvo más interés en esa producción que estos notables exhumadores. Tan rigurosos los tres, tan cercanos entre sí, tan subyugados por la persona de Bosco que se podría decir que la obra la han escrito entre los cuatro, caso rarísimo de creación, que solo pudo ocurrir en ese momento y en ese lugar. Si además tenemos en cuenta que trabajaron con una maraña de papeles, con una obra en pleno proceso de elaboración, congelado por la muerte, veremos la excepcionalidad de esta publicación. Por otra parte, los temas de Bosco encuentran en nuestra pampa argentina, así como en las cuchillas uruguayas, su mejor escenario de desarrollo, por lo que podemos decir que estamos ante una obra representativa de la particularidad geográfica, histórica y cultural del Río de la Plata y sus dos orillas.

Cabe subrayar que de este cuarteto de amigos el rigurosamente discípulo de Amado Alonso fue Daniel Devoto, pero también quiero destacar que la influencia del filólogo navarro fue tan fuerte que su entorno se vio enriquecido de manera creciente durante los veinte años de su dirección, y obviamente, ha de haber influido en los otros tres integrantes del cuarteto. Stella Maidana Bonet, estudiante de Filosofía, asistía con sus compañeros en calidad de oyente a las clases que dictaba «Amadito» en la carrera de Letras, por el solo placer de escuchar su perfecta dicción. La ciudad de Buenos Aires, su Universidad, la Facultad de Filosofía y el Instituto de Filología fueron conformando un ambiente cultural que dio lugar al nacimiento de la Generación del 40, de la que estos cuatro amigos formaron parte. La Facultad tenía entonces una población escasa que fácilmente entraba en contacto con otras Facultades y así, por ejemplo, Eduardo Catalano, el arquitecto que en 2001 regaló a Buenos Aires su escultura llamada «Floralis Generica» (como un modo de agradecer a su ciudad la formación que había recibido, la cual posibilitó que desarrollara su carrera en EE. UU.), ilustraba los libros de poesía de Daniel Devoto, publicados por él mismo con exquisito cuidado durante la década del 40.

Antes de centrarnos en los textos mencionados, digamos resumidamente algo sobre la trayectoria de Devoto, Sabor y Salas:

Daniel Devoto fue recordado por José Luis Moure en una Comunicación leída en la sesión de la Academia Argentina de Letras del 12 de diciembre de 2002. Amigo de Alberto Salas («acaso el intelectual que más he respetado en la vida»), resolvió comunicarle su muerte a Devoto y empezó así un intercambio epistolar que le hace decir a Moure: «pude acceder sorprendido a una parte de aquel mundo de seres excepcionales, a los que aunaban la edad, la formación, compartidas convicciones políticas e intereses artísticos y culturales, allí donde estaban también Cortázar, Jorge D'Urbano, Olga Orozco, Josefa Sabor, Enrique Molina, y las preciosas ediciones, hoy inhallables, del Ángel Gulab, costeadas por Devoto». (Agrego a Miguel Etchebarne, además del mencionado Eduardo Catalano. Y hay muchos más nombres, en distintos puntos del país).

Invitación a un recital organizado por Daniel Devoto en su casa.

Invitación a un recital organizado por Daniel Devoto en su casa

Esta invitación2 a un recital que se llevaría a cabo en casa de Daniel Devoto ilustra acerca de su condición de músico, de poeta, de filólogo, de amigo y de humorista, pero fundamentalmente ilustra acerca del momento, del ambiente y del modo de relacionarse entre sí que estos estudiantes universitarios tenían. Tengamos en cuenta que son jóvenes que rondan los veintidós años, que se divierten reuniéndose en torno a un pianista y a una soprano, que Devoto musicalizó y ejecutó las piezas que figuran en el programa, pero también lo mecanografió y lo repartió entre sus amigos... y los obligó a asistir.

Moure cierra de esta manera su comunicación (que se puede leer en el Boletín de la Academia Argentina de Letras, julio-diciembre de 2002): «Si, como afirman los hebreos, cuando muere un hombre muere un mundo, con Devoto se extinguió un universo de conocimiento, de palabras y de música, trabajado todo con sobresaliente competencia de filólogo y delicadeza de orfebre. Como las ediciones del Ángel Gulab, fue un ejemplar valioso, minoritario y difícilmente repetible».

El académico Moure dice al principio de su Comunicación: «A la manera de un sabio renacentista, Daniel Devoto fue filólogo, crítico, bibliógrafo, traductor, poeta, musicólogo y ejecutante, todo ello en un alto grado de perfección. Hasta cierto punto desconcierta la pluralidad de sus temas». Al respecto quiero contar que lo conocimos en Madrid en 1982, y nos llamó la atención que Devoto, que tenía una limitación visual, se ofreciera a pasar las páginas de la partitura en la pieza para piano con la que se cerró aquel congreso en la Universidad Autónoma dedicado a Américo Castro, y que lo hiciera con la precisión de un profesional. Se lo comenté a Stella Maidana Bonet y ella me contó la historia de La Torre Interior:

Siendo Daniel Devoto una criatura de meses alguien con un alfiler de gancho había herido involuntariamente su ojo derecho, de manera tan desafortunada que los médicos habían pronosticado que no solamente perdería la vista del ojo herido, sino que en torno a los dieciocho años podría llegar a quedar totalmente ciego. Ante semejante pronóstico, Devoto, lejos de desesperarse, se aplicó a sí mismo, en su temprana madurez, la leyenda de La Torre Interior, la cual cuenta que a un príncipe niño le comunicaron que, para protegerlo de determinados peligros, a los dieciocho años lo encerrarían en una torre de la que no saldría hasta la muerte. Sabedor de su destino, el príncipe resolvió dedicar los años de libertad que le quedaban a hermosear dicha torre con todo lo que las ciencias y las artes pudieran ofrecerle, de modo tal que cuando llegó el momento de ingresar para siempre en ella, lo hizo con la seguridad de entrar a un sitio conocido y querido, que le proporcionaría felicidad hasta el fin de sus días. Por todo lo anterior, Devoto, a fin de decorar su torre interior, se entregó al estudio de diversas lenguas, de la música, de las letras, de las artes plásticas y de las ciencias con una voracidad y una urgencia que lo convirtieron en un sabio a los dieciocho años... Y la ceguera, afortunadamente, no llegó nunca. En cambio, entre otras muchas cosas, pudo brindar a sus compañeros de Facultad muchos recitales de obras vocales como el que acabamos de mostrar (tanto en su casa como en la Facultad) y puso su «delicadeza de orfebre» al servicio de las obras propias y de sus amigos.

Josefa Sabor es la máxima autoridad de la bibliotecología en la República Argentina. Fundó en 1967, con apoyo de la UNESCO, el Centro de Investigaciones Bibliotecológicas (INIBI), primero en su tipo en América Latina. Son tantos sus cargos que remito a los interesados al trabajo de Susana Romanos de Tiratel, «El legado bibliográfico-bibliotecológico de Josefa Emilia Sabor», publicado en el INIBI. Aquí me interesa centrarme en lo que ella sostuvo en el Día del Bibliotecario de 1991, cuando cumplía 50 años con la profesión: «Hace 50 años, corría exactamente el año 1941, y quizás no sea una mera coincidencia que hayamos tenido en la Argentina una generación poética notablemente fecunda llamada "Generación del cuarenta", y otra de bibliotecarios, que también puede reivindicar para sí esa misma denominación. Fuimos contemporáneos, los que renovaban la poesía y los que intentábamos renovar los viejos moldes de la bibliotecología».

Alberto Mario Salas, doctor en Filosofía y Letras, tuvo que dejar su cargo cuando la Facultad fue intervenida durante el primer gobierno de Perón. Trabajó en el Museo Etnográfico de la Universidad de Buenos Aires, realizó investigaciones arqueológicas en el interior del país como becado por la Comisión Nacional de Cultura y llegó a decano de la Facultad de Filosofía y Letras.

En la mencionada carta del 9 de febrero de 1949 Pepita Sabor cuenta la visita que Juan Ramón Jiménez hizo a la Argentina en 1948, invitado por Anales de Buenos Aires, la revista que dirigía la señora de Ortiz Basualdo. Esto le permite explayarse acerca de las tres revistas culturales del momento: la ya mencionada, Sur, de Victoria Ocampo, y Realidad, de la señora de Grondona. Miranda Lida nos cuenta en su estudio Amado Alonso en la Argentina que el director del Instituto de Filología (entre 1927 y 1946) había conquistado también estos espacios culturales, fuera de la universidad. Es notable que en esta década del 40 convivieran las tres revistas, y otras, como la prestigiosa Nosotros, lo cual prueba que el ambiente de Buenos Aires era efectivamente rico en esos años. Alberto Salas, que como cuenta Pepita en esta carta había perdido su puesto en la Facultad, fue el secretario de Juan Ramón Jiménez, propuesto a la señora de Ortiz Basualdo por su mujer, Etelinda Lordi, quien por esas fechas trabajaba en la redacción de Anales. Con mucha gracia, Pepita cuenta que la señora de Ortiz Basualdo empezó a considerar a Juan Ramón una pertenencia exclusivamente suya, cosa que Juan Ramón no estaba dispuesto a tolerar, por lo que pronto surgieron problemas entre ellos, los cuales crearon cierta tensión entre Salas y el ilustre visitante, dado que Juan Ramón entendía que Salas era un empleado de la señora de Ortiz Basualdo, cuando lo que estaba haciendo era acompañar, generosamente, a un visitante ilustre, poniendo toda su capacidad intelectual en esa tarea de guía. Fue Daniel Devoto quien resolvió acercarse a Juan Ramón para contarle quién era Salas y aclararle que en modo alguno estaba subordinado a la señora de los Anales de Buenos Aires. Todo se aclaró y el episodio hizo posible que Devoto organizara en su casa dos encuentros para homenajear a Juan Ramón y Zenobia Camprubí, similares al que ya hemos mencionado, en los que también cantó Dora Berdichevsky, y en los que todos disfrutaron, empezando por Pepita, autora de esta interesante carta. Juan Ramón dio una conferencia sobre poesía joven argentina, en la que se ocupó de la obra de Devoto, Orozco y Molina, tres exponentes de la Generación del 40.

Obras es un interesantísimo libro, único en su especie, porque de la maraña de papeles estos tres amigos extraen la poesía, la prosa, las variantes, los borradores, los proyectos, los apuntes del amigo «sin apuro». Por eso el epígrafe que eligió Salas para su elegía: «Nada puede ser más útil a un hombre que la decisión de no permitir que le den prisa», de Henry D. Thoreau.

La lectura de Obras permite acceder a un universo literario profundamente marcado por la reflexión sobre el tiempo, la memoria y el destino. Como señala Sabor en su estudio de 1953, la producción de Bosco se caracteriza por la tensión entre la idea de un destino prefijado y, por oposición, la certeza, siempre rehuida, de una responsabilidad indeclinable frente a la vida, que inútilmente se intenta olvidar. Están presentes también el horror al tiempo que huye, a la desaparición y al olvido, así como la presencia del pasado y su lenta reconstrucción, que es otra forma de eludir el presente, y la constante interacción del uno sobre el otro.

Sabor tiene suficiente autoridad como para sostener en este estudio que Bosco estaba lleno de terror a la nada y a la desaparición, como también lo estaba del temor al olvido. Para paliar estos miedos, se aferraba a principios como este: «Que el fin de la vida es hacerse un alma», tema muy de Unamuno, otra de sus grandes y nunca olvidadas admiraciones.

Y así, sin haberse decidido a publicar todo lo que había investigado sobre Ascasubi y su obra, lo sorprende en 1943 Manuel Mujica Láinez con la publicación de su biografía de Hilario Ascasubi, Vida de Aniceto el Gallo. Fue el principio del fin para Bosco, porque como estudio es débil, y fundamentalmente, porque Ascasubi era suyo, porque nadie tenía derecho a acercarse a él, si atendemos a estas palabras de Pepita:

La figura de Ascasubi apasionó a Eduardo Jorge Bosco, porque fue verdaderamente una pasión lo que sintió por aquel hombre, por el reflejo ya tan lejano y casi sin contorno que nos ha quedado de él. A través de una obra poética fue Bosco acercándose a un autor, y de pronto se le reveló como «su hombre», su tema. A ningún otro dedicó mayores entusiasmos, más firmes desvelos [...] La vida de Ascasubi llenó el final de la suya, y llegó a sentir que le pertenecía como cosa propia, que integraba su misma persona, que nadie tenía el menor derecho a disputársela, a profanarla. La sola noticia de que alguien incursionaba en ese campo lo llenaba de amargura, de indignación.


Según Jorge Luis Borges, Ascasubi tiene un envión, una facilidad que lo lleva a la «felicidad belicosa», siempre con la necesidad del estímulo de una batalla o de las vísperas de una batalla. Del Santos Vega de Ascasubi dice que es «la totalidad de la Pampa», que tiene un ritmo «indolentísimo y descansado» y que su pulso es un «pulso de recordación». Esto es justamente lo que fascina a Bosco, quien concluye que Santos Vega o Los mellizos de la Flor, con sus 13 000 versos, es una obra insostenible, y que en ella Ascasubi, por primera vez sin propósitos políticos, está evocando su vida entera, desde París, cercano a la muerte, y con el propósito de justificarse a sí mismo mediante sus recuerdos de la patria lejana y de toda su vida.

Ceder la palabra al poeta Eduardo Jorge Bosco nos parece la mejor manera de cerrar este acercamiento a la Generación del 40:

Eduardo Jorge Bosco, «Milonga», en Obras I, Buenos Aires, Ediciones del Ángel Gulab, 1952, p. 62.

Eduardo Jorge Bosco, «Milonga», en Obras I, Buenos Aires, Ediciones del Ángel Gulab, 1952, p. 63.

Eduardo Jorge Bosco, «Milonga», en Obras I, Buenos Aires, Ediciones del Ángel Gulab, 1952, p. 63.

Eduardo Jorge Bosco, «Milonga», en Obras I, Buenos Aires, Ediciones del Ángel Gulab, 1952, p. 63.

Eduardo Jorge Bosco, «Milonga», en Obras I, Buenos Aires, Ediciones del Ángel Gulab, 1952, pp. 63-64

Eduardo Jorge Bosco, «Soneto de los amantes», en Obras I, Buenos Aires, Ediciones del Ángel Gulab, 1952, p. 70.

Eduardo Jorge Bosco, «Soneto de los amantes», en Obras I, Buenos Aires, Ediciones del Ángel Gulab, 1952, p. 70

Eduardo Jorge Bosco, «Fragmentos de "Uruguay"», en Obras I, Buenos Aires, Ediciones del Ángel Gulab, 1952, p. 89.

Eduardo Jorge Bosco, «Fragmentos de "Uruguay"», en Obras I, Buenos Aires, Ediciones del Ángel Gulab, 1952, p. 89

Eduardo Jorge Bosco, «Patio de Figari (Quinta Zúñiga)», en Obras I, Buenos Aires, Ediciones del Ángel Gulab, 1952, p. 49.

Eduardo Jorge Bosco, «Patio de Figari (Quinta Zúñiga)», en Obras I, Buenos Aires, Ediciones del Ángel Gulab, 1952, p. 50.

Eduardo Jorge Bosco, «Patio de Figari (Quinta Zúñiga)», en Obras I, Buenos Aires, Ediciones del Ángel Gulab, 1952, p. 51.

Eduardo Jorge Bosco, «Patio de Figari (Quinta Zúñiga)», en Obras I, Buenos Aires, Ediciones del Ángel Gulab, 1952, pp. 49-51

Conclusión: una generación y un legado

La Generación del 40 surgió en un momento de intensa efervescencia cultural, favorecido por instituciones como la Universidad de Buenos Aires y su Instituto de Filología. En este contexto, figuras como Bosco, Devoto, Salas y Sabor encarnan un modo de entender la literatura como espacio de amistad, rigor intelectual y búsqueda estética.

La temprana muerte de Bosco contribuyó a forjar una figura enigmática, cuya obra continúa suscitando interés. No obstante, más allá de las circunstancias de su vida, lo que perdura es el esfuerzo de sus amigos por rescatar y preservar su legado.

Como ha señalado la crítica, cada muerte implica la desaparición de un mundo. En el caso de Bosco, ese mundo fue parcialmente reconstruido gracias a la dedicación de quienes supieron reconocer, en su obra inconclusa, una voz singular dentro de la literatura argentina.

Bibliografía citada

  • BOSCO, Eduardo Jorge, Obras, Buenos Aires, Ediciones del Ángel Gulab, 1952, 2 tomos.
  • CORTÁZAR, Julio, Cartas a los Jonquières, ed. de Aurora Bernárdez y Carles Álvarez Garriga, Madrid, Alfaguara, 2010.
  • DEVOTO, Daniel, «Presencia de Eduardo Jorge Bosco», Ínsula, año I, n.º 4 (1944).
  • MOURE, José Luis, «In memoriam Daniel Devoto», Boletín de la Academia Argentina de Letras, tomo LXVII, n.º 265-266 (julio-diciembre 2002), pp. 309-315.
  • MUJICA LÁINEZ, Manuel, Vida de Aniceto el Gallo (Hilario Ascasubi), Buenos Aires, Kapelusz, 1974.
  • SABOR, Josefa Emilia, «Eduardo Jorge Bosco, vida y poesía», Buenos Aires Literaria, año II, n.º 15 (diciembre 1953), pp. 1-14.
  • SALAS, Alberto Mario, «Recordación del amigo», Los Anales de Buenos Aires, n.º 20, 21 y 22 (octubre, noviembre y diciembre 1947), pp. 62-64.
  • ROMANOS DE TIRATEL, Susana, «El legado bibliográfico-bibliotecológico de Josefa Emilia Sabor (1916-2012)», Información, cultura y sociedad, n.º 27 (2012), pp. 11-34.
  • RUBIO JIMÉNEZ, Jesús, La valija del suicida. Eduardo Jorge Bosco en situación, Binges, Orbis Tertius, 2021.
  • ZUMÁRRAGA, Verónica, «Lengua y Literatura. Para una prosopografía de Buenos Aires, 1940-1950», Revista Iberoamericana de Lingüística: RIL, n.º 7 (2012), pp. 153-168.