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León Felipe y su símbolo parabólico del fuego

Concha Zardoya

Hemos afirmado muchas veces que León Felipe ocupa un lugar exclusivo y único en la poesía española del siglo XX. Es un poeta sin compromisos, que no está «ni con el canónigo ni con el regidor»1, ni con la política, ni siquiera con la polémica. Porque, para León Felipe, el poeta «es el hombre desnudo que habla y pregunta en la montaña, sin que le espere ya nadie en la ciudad». Habla siempre dentro. Las tribunas políticas eran, para él, «guillotinas del amor» (p. 118). Cuanto dice es como si fuese la última palabra que tuviera que pronunciar. Contra toda dialéctica -si no es la del éxodo y del llanto-, su poesía lanza sus parábolas o, sucesiva y entreveradamente, desarrolla sus insistentes símbolos parabólicos, asumiendo el papel de un nuevo Job, de un nuevo Jonás, de un nuevo Segismundo, de un nuevo Fausto, de un nuevo Whitman, etc.: la piedra, el viento, la estrella, el polvo, el hacha, la noria, el reloj, el ciervo... León Felipe es el «poeta prometeico» para quien la poesía es fuego organizado, señal, llamarada, y para quien la canción es una tea encendida, grito o lamento del hombre. En Ganarás la luz (1943), nos advierte: «El poeta no es aquel que juega habilidosamente con las pequeñas metáforas verbales, sino aquel a quien su genio prometeico despierto lo lleva a originar las grandes metáforas: sociales, humanas, históricas, siderales» (p. 229). Con estas palabras se autodefine como poeta y establece, al mismo tiempo, que esas «grandes metáforas» no son juegos verbales ni sensoriales, sino profundas significaciones, totales contenidos humanos. Es decir, esas «grandes metáforas» son parábolas, metáforas o símbolos parabólicos. Y, parabolizando, León Felipe las justificará así, tras afirmar que la Poesía era la palabra -el Verbo- que luego corrompieron los fariseos y los mercaderes:

La parábola... aún no está corrompida. La parábola es una manera oblicua y perifrástica de hablar que no pueden usar los mercaderes porque no se acomoda al mecanismo desvergonzado y cínico de las transacciones.

En esas parábolas, Biografía, Poesía y Destino se hacen términos equivalentes: Historia viva. En ellas se expresa León Felipe, «poeta prometeico». En este, poeta y hombre sufren eternamente, y a ambos, por sufrir, no les preocupan ni la belleza ni la música, arrastrados por el implacable viento de Dios o del Destino. León Felipe no se siente vinculado a Orfeo en modo alguno, sino a Prometeo, benefactor de los hombres que, por serlo, sufre terribles castigos. Prometeo donó el fuego a los humanos. El «poeta prometeico» regala constantemente el fuego del espíritu, la incandescencia interior, y con su fuego eternizará a los mortales. El «poeta prometeico» es un poeta titánico, hijo de la tierra y del mar.

El símbolo del fuego enciende toda la poesía de León Felipe, vinculándola no solo a Prometeo sino también a Heráclito, para quien el fuego actuaba como «el agente de la transmutación», puesto que todas las cosas se derivan de él y a él han de volver. El fuego es semilla que se reproduce en cada vida sucesiva. Es el mediador entre las formas que se desvanecen y las formas que se crean. Es un símbolo, pues, de transformación y de regeneración. De aquí que represente a León Felipe -poeta de un modo esencial y ontológico-. Según los antropólogos, el fuego aspira a purificar y destruir las fuerzas del mal. Estas hipótesis no se oponen entre sí sino que se complementan. Así obra el fuego en la poesía leonfelipiana. Poder triunfante y vitalidad solar -analógicamente, espíritu del Origen- que ha de vencer a las fuerzas de la oscuridad. Tal purificación tendría un significado sacrificial, junto a un sentido de sublimación mística. En la poesía de León Felipe el fuego es una constante imagen de energía espiritual. Y si recordamos a Gaston Bachelard, bien podemos considerarlo el elemento que opera en el centro de todas las cosas, siendo un factor unificador y estabilizador. Aún más. El fuego parabólico de León Felipe pudiera recordarnos a Paracelso, que demostró el paralelismo entre el fuego y la vida, señalando que de ambos nos nutrimos para mantenernos vivos. Prometeo robó el fuego de los dioses para darlo a los humanos. Empédocles propiciaba que el hombre se diese a sí mismo al fuego. Pero, además, el fuego es ultra-vida y abraza la vitalidad y la destrucción. Implica, por último, el deseo de aniquilar al tiempo y llevar las cosas a su propio fin. El fuego es imagen arquetípica de los fenómenos que rodean al hombre y que se producen en el cosmos. Todos estos valores serían identificables en la poesía de León Felipe. El fuego, entonces, irradia múltiples simbolismos parabólicos que conmueven al lector, invitándole a sentirse también hijo de Prometeo y seguidor del «poeta prometeico», que no le arrastra a la alegría sino al sufrimiento como purificación.

Examinemos ahora algunos ejemplos de este fuego que -con el Viento- traspasa la poesía de León Felipe, aunque esté ausente de su teatro.

En «¿Y si me llamase Prometeo?», el poeta no es nada más que carne encendida y la Poesía es una llama sin tregua. León Felipe añade todavía:

El verso anterior al mío es una antorcha que traía en la mano el poeta delantero que me buscaba, y el verso que me sigue es una luz que está encendiendo otro en las sombras espesas de la noche, viendo mis señales.

(p. 226)



Olímpica carrera que no acaba ni acabará con su «Poética de la llama». «Riman los sueños y los mitos con los pasos del hombre sobre la Tierra. Y más allá y más arriba de la Tierra» (p. 227). Es una música encendida que es necesario aprender a escuchar para movernos en las tinieblas y «dar a la vida el ritmo luminoso del poema» (Ibidem).

Según León Felipe, tal es la fórmula de Prometeo: «Lo importante es este fuego que lo conmueve todo por igual -lo que viene en el viento y lo que está en mis entrañas- este fuego que lo enciende, que lo funde, que lo organiza todo en una arquitectura luminosa, en un guiño flamígero bajo las estrellas impasibles» (p. 236). La Poesía, en consecuencia, no ha de ser música ni medida, sino fuego. Y como tal se ha comportado la de León Felipe. Por eso dirá a los filósofos en «¿Cara o cruz? ¿Águila o sol?»:

Filósofos,

para alumbrarnos, nosotros los poetas

quemamos hace tiempo

el azúcar de las viejas canciones con un poco de ron.

Y aún andamos colgados de la sombra


(p. 258)



En «Un grito no es una canción» afirmará:

   Un grito no es una canción. Todavía no es una canción.

Pero la Poesía

se apoya en la biografía

y de la leche agria... se hace el requesón


(p. 270)



Sin embargo, no sabe qué es, en esencia, la Poesía. Ni tampoco le importa definirla exactamente. Solo le basta saber «que hay un solo camino para llegar a ella: el camino del infierno» (p. 271). Es decir, el camino que le señala el fuego. Siéntese 'poeta maldito', aunque antes se creyera «poeta prometeico». El «infierno» es, así, el reino del fuego y el reino del dolor:

El infierno es la vuelta, el regreso hacia las lágrimas... hacia la piedra de afilar otra vez. Y desde el infierno, desde este infierno, ganaremos la luz.

(p. 272)2



En el libro VIII de Ganarás la luz, nos hablará de su estancia en el infierno, «El cual no cabe dentro de ninguna de las nobles y clásicas latitudes poéticas» (p. 275). Y en «Las coplas del Gran Conserje Pedro» aseverará que «El infierno no es un fin, es un medio... / (Nos salvaremos por el fuego)» (p. 283). Y el poema terminará con estos versos:

Se va del salmo al llanto,

del llanto al grito,

del grito al veneno...

¡Arre! ¡Arre!

¡Y se gana la luz desde el infierno!


(p. 285)



Tras el descenso, la subida a la luz: catarsis y éxtasis del poeta y del hombre. Toda la poesía de León Felipe ha sido una larga ofrenda de dolores y de lágrimas que han ido a parar al infierno para purificarse en la llama y ser luz. El poeta se ha buscado en la Biblia y en Leaves of Grass, en Cristo, en don Quijote, en Sancho... En ellos se ha reconocido, para dar a los hombres pan y luz. Y ha entrado en el infierno, precisamente, para libertar a la Luz, en donde estaba cautiva y encadenada.

En el «Epílogo» a este gran libro que es Ganarás la luz, afirmará que ha salido del mar pero que acabará en el fuego (p. 297).

En Llamadme publicano (1950), la Poesía es fuego que quema las entrañas (p. 306). Será «el último fuego glorioso que quede ya sobre la Tierra» (p. 325).

En El ciervo (1958) -libro de intenso pesimismo, escrito en soledad, tras la muerte de su compañera Berta-, nos dirá que el poema es «esta rosa de sangre y de fuego», pero nada en conclusión: «fuegos fatuos entre los escombros de los muertos» (p. 363). Los poemas -parábolas-, tremendos, conmovedores, se suceden unos tras otro, dejándonos emoción y escalofrío, la dolorosa certeza de su verdad irrevocable: triste historia del hombre en la tierra. En ellos, por detrás de ellos, late siempre el ansia viva del poeta anciano: dormir, dormir en la Nada, porque esta es para él «el para siempre detenido reloj del Universo»: el calendario muerto. León Felipe no cree ya ni en el poema que escribe. Sábese pan, vino, aceite de todas las bocas, sí, pero, en consecuencia, «barro de camposanto y excremento». El poema es un fantasma -una sombra, nada-, y el hombre también lo es. Su total nihilismo le lleva a considerar al hombre como un poema mal hecho que hay que arrojar, inservible, al cesto de los papeles: a la fosa. Dispuesto a morir, el poeta no tiene más documento de sí mismo que el barro de que está hecho, «en el que nadie podrá jamás su orgullo... / ni los hombres, ni Dios... ni yo tampoco» -asegura-. Y anhela volver a la pella inicial, al horno, al fuego en que se hizo.

El libro se acerca a su fin y a su culminación. En «Testamento», León Felipe lega al fuego cuanto posee. Nada deja al gusano de la tierra: «Todas mis pertenencias para el fuego». Su carne, su sangre, su esqueleto, el mirlo ciego que antes fuera. «Al fuego todo» -exclama-. En «Cenizas» se confiesa hijo del agua y de la tierra pero con sepultura final en el Viento:

Que él recoja el legado de polvo y de ceniza, el mineral residuo, la ingrávida reliquia que no se trague el fuego.

(p. 386)



Fuego y viento serán su tumba: en ellos se disolverán los ápices últimos de sus cenizas. León Felipe no anhela ni la resurrección ni la supervivencia. Su postrera súplica a Dios es esta: «No me despiertes más».

Con estas palabras termina el lamento de impotencia, el largo y continuado poema sin artificios, la voz valerosa y pura, la grandiosa elegía de León Felipe, poeta español que empezó rezando oraciones de caminante y cuyos versos últimos ardieron en Méjico para consumir su propio espíritu. Definitiva renuncia de un Prometeo desengañado. Legado final que recibimos con pena pero que nos negamos a aceptar. Porque creemos en la incesante solidaridad de los hombres, a pesar de naufragios y de guerras. Aspiramos a la Luz que redime nuestra pequeñez y nos salva de la tristeza total. Como el mismo León Felipe afirmó en un verso suyo: aspiramos a la Luz que «es una dimensión que nosotros no conocemos todavía». Y no queremos dejar de recordar que «el poeta prometeico... viene a dar testimonio de la Luz...». Y que «la Poesía entera del mundo... tal vez sea la Luz».

Así culminan la lógica y dialéctica del fuego, tan verdaderas como las de la razón: «La Poesía de esta hora, para ganar un lugar en las avanzadas del conocimiento, no ha de ser música ni medida, sino fuego» (p. 236). Deseamos que persista la validez de la fórmula prometeica en la que León Felipe creyó por mucho tiempo. En ella se enraíza la vigencia de su obra poética, inspirada por el fuego: de sus salmos y de sus blasfemias, de su canción y de sus oraciones, de su «testamento» y de sus paráfrasis.