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Los criaderos humanos

(Épica de los desamparados)

Miguel Méndez

Dedico esta obra a El Claro, Sonora, México, pueblecito ejidal donde pasé mis primeros quince años; a Bisbee, Arizona, pueblo minero que fue mi cuna; también a mis compañeros de labor en los campos agrícolas y en la industria de la construcción. Al lado de ellos supe de alegrías y aprendí del dolor.

Los criaderos humanos

(Épica de los desamparados)

¿Cómo he llegado hasta aquí?

No sé.

Quizá la perennidad

me envolvió en las rotaciones

de este globo
5

que gasta su materia vana

siempre rodando

contra un espacio

sin ayer

ni mañana....
10

Por muchos años

he caminado

viendo

buscando mis raíces

mi rumbo
15

mi esencia.

Sólo sé

que he llegado

a donde la tristeza es reina

y soberana la miseria.
20

¡Dios mío!

¿Qué mundo es éste

que oprime y lacera el alma?

Letanías de cigarras secas

chillan estridencias que se apagan.
25

Vana crucifixión

sin sangre

sin agua.

Riveras y milpas

ansían el torrente
30

cual hembras olvidadas.

Tejen la atmósfera

sollozos secreteados

ruido de arroyos

ramajes rezando
35

desde parajes perdidos

en las entrañas de antaño.

Siluetas de ataúdes

andan el filo del alba.

Cubren los sombreros
40

los rebozos guardan

dolor petrificado

llanto de estatuas.

Allá va la procesión.

Pisa campos cadavéricos
45

al son de cánticos

humillados.

La tierra

se traga a la tierra.

¿Qué mundo es éste
50

que entierra a sus niños en la alborada?

¿No hay pájaros aquí?

¿Nadie canta?

Voces superficiales

de arena
55

me golpean con la fiebre

negra

de palabras

hundidas en la tierra.

Solamente los búhos
60

con su lenguaje nocturno

sondean la madrugada

sin el cristal del río

ni ecos de la luna

florecidos en campanadas.
65

¡Qué tierra tan lúgubre

Los ojos de sus seres son luciérnagas disecadas

sin fosforescencia verde de ilusiones.

Continuación de la tierra los jacales empolvados.

Polvo los dientes que no ríen
70

polvo la huella de los pasos...

Lengua de sol murianciano

áurea agonía de otoño

remolineo cascabelero de risas pretéritas.

El viento de la tarde
75

arrastra trinos

corazones de alamedas.

Alas secas

flotan

ruedan.
80

¿Qué pueblo es éste?

Me hace llorar

sólo con ver sus calles solitarias.

Tal escenario trágico

poblado de actores sin alma
85

sin obra

ni drama literarios.

¡Señor caminante!

¡Este es un criadero humano!

Yo
90

hace años trato de huir de sus murallas de cristal.

¡Mírame!

No puedo

estoy aferrado.

¡Dios!
95

¿Quién es este ser

que responde a mi llamado?

Tenía los pies hundidos en el suelo.

Inútil jaloneo.

Sus dedos eran garfios enraizados.
100

Un tono verde le coloreaba el pelo.

Rezumaban savia los labios.

Flores marchitas eran

de sedientos geranios.

¡Deténgase señor!
105

Vuelva sus pasos.

Aquí

solamente la resurrección de la clorofila

es esperanza de vida.

Dolor de humanidad
110

es reconocer la propia culpa

y aceptar la acusación de la conciencia.

Quise penetrar al pueblo raro

caminar por sus callejas

para sentir muy dentro
115

si la conmiseración puede brotar de la vergüenza.

Me estremeció un lloro horrible y aullidos desaforados.

¡Detén tu brazo injusto

hombre sin misericordia!

Volteó soltando el látigo
120

sabedor en su propia carne

que abusar de la fuerza

es propio de cobardes.

Señor,

martirizamos a nuestras mujeres
125

azotamos a los pequeñuelos

y torturamos a estas bestezuelas.

Son frágiles.

No pueden defenderse.

No podemos maltratar a otros hombres
130

porque somos nosotros

los más débiles.

Cayó el hombre

tal el árbol derribado.

Sus cabellos
135

ramas de sauces dolidos

caían flotando en reverencia al llanto.

El perro torturado lamió las manos del amo.

Hay que comprender,

señor,
140

para perdonar.

Yo amo y he perdonado.

¡Veme!

Yo como ustedes

también fui fiera.
145

Ya soy manso.

Se alejó humillado.

Caminaba replegando la cabeza a los cuadriles

torcido el lomo

como arco.
150

Tenía la tristeza y la inocencia

de los que han pagado grandes culpas con dolor

moneda de los redimidos

el mirar húmedo

profundo
155

como han mirado los santos.

Yo seguía caminando.

Algo me lastimaba ya

aún sin confrontarlo.

Escudriñé las distancias
160

hasta diluir la visión

en las paredes de la nada.

Contemplé mi derredor.

Millones de mariposillas

cristalinas
165

flotaban en la atmósfera

aleteando.

Habían perdido sus colores.

Revoloteaban

buscando
170

desesperadas.

Fugaces sombras de murciélagos

cruzábanse en pena

añorantes de tinieblas.

Yo proseguía mi caminata
175

sorteando lagunas luminosas

que el hada de los espejismos

dibujaba con su magia.

De trecho en trecho

cubría mis ojos
180

cegado por resplandecientes espejos

los tales

tendían su luna

a lo argo y a lo ancho

tal alfombra que cubriera suelos.
185

El sol arriba

tenía potestad en los desiertos.

Como un dios arbitrario y asesino

arrojaba a mansalva

agudos reflejos de cuchillos.
190

¿Qué veo?

¿Son verdad estos seres?

Fieros y rabiosos aparentan

ambos.

Quise averiguar todo
195

lo de aquel pueblo hambriento

por eso me acerqué a ellos

atrevido pero temblando.

¡Dios mío!

¿Me matarán?
200

El padre nuestro seguiré rezando....

Por favor

quisiera saber la vida

y la historia de estos campos.

Habló con voz de niño desnutrido:
205

Dicen que todo esto era un gran pueblo

habitado por seres de clorofila.

Los Rapiña les hicieron la guerra

desde los remotos tiempos de la piedra.

Derribaban a muchos
210

pero los brotes tenían tiempo de crecer.

Un día

aparecieron los Rapiña

con guillotinas eléctricas.

Decapitaron los árboles
215

con máquinas trompudas.

Arrancaban de raíz sus cuerpos.

Arrasaron con todo.

Donde hubo arboledas

quedaron oquedades y lamentos.
220

No restó sombra

ni alimento.

Alborear de los yermos agua inexistente.

Reptaba la fauna.

Se tendía a morir
225

perezosamente.

Llanto de pájaros

huérfanos de atalayas

caía sobre el polvo

en lluvia inerte.
230

Verdes lodazales

se iban destiñendo.

La tierra desmayaba

sin vida

pálida.
235

¡Crueles!

Asesinos de pájaros

de fuentes y venados.

¡Los Rapiña!

Cebados en su saña
240

inventaron aparatos voladores

que tenían forma de cruces.

Herían la atmósfera arrancándole bramidos de monstruo enrabiado.

De güeveras diabólicas arrojaban óvulos repletos de odio.

Hacían tremar a la madre tierra.
245

Tan horribles las explosiones

que sangraban con el estruendo las orejas.

Arroyos y ríos fueron como tripas rotas.

Debajo de los cadáveres

de añosos árboles
250

niños

mujeres

ancianos

y animales inocentes

víctimas de los viles
255

se pudrían en la muerte.

De la cumbre orgullosa de las montañas

brotaban chorreras de pus.

Aullaban de dolor las cavernas.

Ya no rió el viento entre la hojarasca
260

ni halló a las plantas para jugar con ellas.

Bajaba llorando

pegado a las heridas del suelo

buscando a la vida

para darle aliento.
265

¡Nunca!, Señor,

reinaron tanto la maldad y la indolencia.

Pasados los años

llegamos muchos seres de sangre

enamorados de la tierra.
270

La amábamos

atendíamos su preñez.

Ella nos premiaba con el fruto de su natural pródigo.

Pero nos descubrieron los Rapiña

los hombres de las jeringas succionadoras de sangre.
275

Imagínese, señor,

la convierten en oro.

Somos un pueblo anémico.

Veneros bermejos de metal líquido

recorren nuestras vetas.
280

La voz era de ternerito

pero su cuerpo era de toro.

A pesar de sus enormes corpachones y de sus cuernos de cimitarras

no eran temibles.

El otro ser permaneció inclinado soñoliento
285

Se notaban cansados

mansos.

Me dominó la curiosidad.

¿Qué clase de toros son ustedes?

Bajaron la cabeza sonriendo con mucha timidez.
290

Se uncieron a la yunta

empezaron a tirar del arado

voltearon denotando pena y humillación

sin brillo en los ojos.

Me dijeron con la mirada:
295

perdónenos por favor

este sufrir tan grande.

Ya ye.

Lo aceptamos.

Nosotros,
300

señor,

somos los Humillados.

El arado egipcio removía la tierra seca

como entraña de mujer

paridora de escuálidos enanos
305

sin la voluntad y energía

que dan los mantos de los fresnos

los álamos

y el don gracioso de los verdores enérgicos.

Epopeyas grandiosas
310

techos estrellados

brisas de ternura

pasión que es fuego

yunque

hierro
315

aletargados en servidumbre.

Aberración de güevos pisoteados

tronar de cáscaras frágiles

zapatos de lujo calzados por ateos

botas aplanadoras de soldados.
320

Yo había caminado por parajes desnudos.

Sólo la huella de las sombras

pude entrever de la antigua floresta

que no era ya más

que no volvería a ser.
325

Mal podía importarme mi destino

si buscaba mi origen perdido...

Así

por azar

tropecé un día
330

con uno de los infames criaderos.

Raro... un hombre de aspecto repulsivo

que parecía cucaracha

me hacía señas

para que me acercara al árbol
335

a cuyo copo estaba encaramado.

Sentí miedo y algo eléctrico en el espinazo.

Acércate tú

le sugerí.

Contestó que no
340

oscilando la cabeza

repetidamente

lo mismo que hacen las serpientes.

Pensé:

¿Será de la especie de los changos?
345

Caminaba discerniendo

a qué tipo de humanos

pertenecían los Humillados.

Una voz me volvió de mi letargo.

¡Ay señor!
350

Son bueyes mansos.

Son de la misma especie de los oledores de pan.

Así permanecen por años

millones de éstos

recluidos en los aledaños de la muerte
355

sin más alimento que el olfato.

El gobierno manda peritos a descifrarlos.

Por mucho tiempo quedan arrumbados

confundidos con hierros

carbón
360

petróleo.

Un científico aseguraba que eran hongos

pues se mecían ligeramente con el viento.

Los zopilotes descubrieron el misterio.

Ya muertos los Humillados
365

hedía la carroña

igual que la de cristianos.

Eran de sangre

poseídos de pavorosa epidemia.

¡Hambre!
370

Los sirvientes de los Rapiña

temerosos del contagio

acusaron a los Humillados

de asaltantes y revolucionarios.

El gobierno es perdonó la vida.
375

A cambio

serían esclavos.

A los tercos que pugnaban por justicia

se les sellaba como malhechores

para así eliminarlos.
380

La sangre

siempre ha rebozado la huella de los redentores.

Los más grandes explotadores de criaderos humanos

son los Hombres de Cristal.

¿Qué cosa me está contando?
385

¿Hay hombres de cristal acaso?

Sí, los hay.

Tienen ojos

tal lagos azules muy hermosos.

Le suplico que me siga platicando.
390

Con mucho gusto señor...

Los Hombres de Cristal

ya habían sojuzgado a los tintos de azabache

que son de carbón y de chapopote.

Los Rapiña de mucho pueblos
395

son tributarios de los de Cristal.

Estos

tienen la regia prestancia

majestad y belleza de las águilas

tremenda fuerza
400

agudas y filosas garras.

Vuelan tan alto

tan alto

que tienen nidos en la luna

y rayos del sol prisioneros.
405

A los pueblos que les niegan sus tributos

cubren los cielos de puñales

y arrasan a fuego.

¡Ay de aquéllos que disputen sus posesiones

o toquen sus imperios!
410

¿Usted quién es buen anciano?

Un veterano

tan viejo soy

que me confunden con sabio.

He visto al terror ofuscado
415

correr con piedras en las manos

también manos peludas

cuando empuñaban armas de fierro templado.

Cuando joven

fui mecido por la risa de los niños
420

los seres felices

y los enamorados.

He visto a la muerte

montada en piafantes corceles

en tierra
425

en maquinaria funesta.

En los cielos

navegando la vi

como una estrella.

Conozco desde la cuna
430

la tragedia del ingenio humano.

El viejo

¿Milenario?

estaba desnudo.

Tenía un cuerpo extraño
435

cubierto de cicatrices.

Me dijo

desde la gruta de su laringe:

¡Mire!

Estas son huellas de pedradas.
440

Esto

un colazo de iguanodonte.

Me han herido con cuchillo de piedra.

Tengo además

señales de serrucho eléctrico.
445

Su voz gruesa

fue adelgazando

hasta terminar en hebra

luego en flotante pelusa

que fue yéndose dispersa.
450

De pronto ya no habló.

Emitía el mismo chiflido del viento

cuando es prisionero de botellas abandonadas.

Me fijé que tenía los genitales petrificados.

El rostro se perfiló en relieve cascaroso.
455

Era el culo como ventana de barco.

Quise despertarlo

palmeándole la espalda.

Se me rebosó la mano con puñados de escamas.

Deduje:
460

seguramente es un pez antediluviano.

No le haga caso, señor.

¡Dios Santo!

Esto parece un fantasma.

La vieja llegó por la retaguardia.
465

Tan largo tenía el pelo

que le arrastraba.

Le cubría el cuerpo todo

también la cara.

Habló con voz hueca y acampanada:
470

Este viejo hablantín es un árbol milenario

embustero y fantasioso.

Cierto que desvaría con el saber de los siglos.

Cayó cuando la gran batida de los clorofilarios.

Porque ha de saber usted
475

que todo esto era un bosque frondoso.

A los Rapiña no les basta la sangre.

Aquí derramaron la clorofila

talaron todo

chicuelos y renuevos
480

sin dejar semilla.

Los pocos que usted ve

quedaron de milagro

testigos del pasado.

¿Nota usted el vientre arrugado de la madre tierra?
485

A este pobre lo dejaron muy mal herido

con hachazos en todo el cuerpo.

Le quedó una raíz.

Renace

platica una vez al año
490

llora en otoño de verse enjuto y calvo

añora el amor de las abejas y sus labios.

Ya no tiene semilla

ni flores ni polen

sólo recuerdos
495

y un tronco que se seca

pleno de ilusos resabios.

Los segundos enfilados van tejiendo su mortaja

¡Mirelo!

Está hueco.
500

En la noche se llena de pájaros.

No lo han hecho leña

porque yo lo cubro con mi greñero.

Luego

todo fue gorjeos y trinos
505

de volátiles

que llegaban en parvadas

sumiéndose en el vientre sin entrañas.

La señora Enredadera

cesó su parloteo
510

a tiempo que cubría a su abuelo.

El reacomodo de pajarillos

sonó como triperío pedigüeño

de estómagos exigentes e indiscretos.

¡Otra vez el hombre extraño! Me dio miedo.
515

Caminaba tan agachado

que semejaban sus pies a las mismas manos.

Tenía mirada torva

boca pronunciada.

Lo nimbaba una extraña aureola de hilillos iluminados.
520

Desde las chozas de ocotillo y barro

me llegó una advertencia:

¡Cuídese!

no se acerque a ése

es de la especie venenosa de los intrigantes.
525

Comercia con la traición.

El engaño es su arte

vende a sus hermanos

sin omitir a la madre.

Caía la tarde.
530

El sol en el ocaso aún hacia daño.

Huía el maldito

cual rufián sádico

que va dejando a su paso

un mundo de cadáveres.
535

Llegué a donde las chozas.

Me asombró la rara artesanía con que hacían a los niños.

¿Son piñatas de cuero,

señora?

Tenían vientres como vejigas
540

brazos y piernas de cañajotes

nalguitas del tamaño de aguacates

caritas arrugadas de viejos nonagenarios.

Me rodearon riendo.

Pelaban los dientitos como topos ahogados.
545

Señor,

éstos casi no son de sangre.

¿Sabia usted que este pueblo

es criadero de los hombres Rapiña?

Estos ancianos en realidad son niños
550

hijos de madres muertas de hambre.

A nosotras antes de parirlos

se nos seca y se nos pega el ombligo

como no le pasa nada...

Los Rapiña...
555

vienen cada semana

a sacarnos la sangre

con sus pavorosas jeringas.

Ya ve que la usan para fabricar oro.

Ellos tienen mucho.
560

A nosotros

ya sólo nos escurre clarita de huevo.

¿Son ustedes de pura albúmina?

¡Ay, señor de mi alma!

Anhelamos tanto ser de savia de clorofila.
565

¡Si pudiéramos ser plantas!

De pronto

vi que se introducía la mano en el vientre

que era como el de los canguros.

De entre una docena de hijuelos
570

sacaba uno

retorciéndose encogido

extraña apariencia

entre raíz y entre niño.

¡Fíjese!
575

exclamó emocionada

a tiempo que lo sacudía.

Percibí que la caca

los mocos y la saliva

eran de un verde babosiento.
580

Lo abrazaba llorosa

vehemente.

¡Las venas de la tierra

están henchidas de savia!

Queremos huir.
585

Ya no queremos ser de sangre.

En los trópicos

trepando montañas

sobre lomeríos

a lo largo de los ríos
590

coronando las lagunas

doquiera el ramerío

pregona la vida.

Con el hierro y por el oro

nos explotan y asesinan.
595

¡Queremos que nuestros hijos se vuelvan vegetales!

Devuélvase, señor.

Los Rapiña no tardan.

Huya de aquí

no vuelva nunca.
600

¡Sálvese!

Los Aguijón torturan y matan.

Una anciana que daba la espalda al cielo

y a la tierra la cara

habló con tenue vocecilla
605

amarga y dulce sonrisa desdentada.

Afigúrese que aquí ni cae agüita, señor.

Ni tan sólo los pajaritos cantan.

Este río está sordo.

Ni el cielo siquiera
610

se acuerda de nosotros.

Aquí la humedad,

señor, solamente de las lágrimas.

Un niño rompió a llorar

asustado.
615

Se le puso que yo escondía una jeringa.

¡Mamá!

Ese homble es un Lapiña.

La madre espantada me preguntó.

¿Usted quién es, señor?
620

Soy maestro.

A la juventud doy consejo y amo.

Soy un poeta

un hermano.

Examinaron mi traje viejo
625

polvoso y harapiento.

Además iba descalzo.

Tiene dulzura y tristeza

donde otros guardan la furia.

¡Vengan es un poeta!
630

Alegres propagaban la noticia:

Es un maestro del campo.

De las bolsas de los vientres de los jacales

y no sé de dónde

empezaron a surgir muchísimos chamacos.
635

Me rodearon disputándose mi proximidad.

Se paraban en sus patitas traseras

mostrándome los dientes triangulares.

¡Empezaron a roer la tela podrida de mis pantalones!

Estuve a punto de correr asustado.
640

¿Serán pirañas?

¡Los terribles caribes!

Sentí que replegaban a mis piernas

las caritas huesudas.

Sus cuerpecillos manaban inocencia
645

tibia ternura

reclamos de amparo.

Me besaban la mano

de cuyos dedos escurría saliva.

Sentí angustia.
650

Me invadió una tristeza profunda.

Cerré los ojos.

Quería ignorarlo todo:

los mares de hiel

el miedo
655

los sollozos

el hambre de los seres desdichados

la amenaza continua.

Quería borrar

todo aquel mundo sombrío
660

que animaba mis retinas.

Sentí que mis sienes

eran débiles paredes

que la fiebre golpeaba

con sus puños de fuego.
665

Desde la lejanía

presentí las bestias

resonar sus patas

contra la tierra.

Crecía un murmullo
670

de ríos mal heridos

montañas moribundas

árboles degollado

vientos enloquecidos.

Ya no eran susurros.
675

Eran voces altas

las que llegaban

en viaje de siglos.

¡Aaaay aay ay!

Un grito filoso rasgó la atmósfera
680

tal la piel de un ser humano.

El pánico rojo

prendió terror primitivo en ojos desorbitados.

¡Los Rapiña!

¡Ya vienen los Rapiña!
685

La desesperación y el miedo arrancaban alaridos.

¡A morir peleando!

gritó un esquelético.

Algunos harapientos le siguieron.

Un dedo de acero señaló a los renuentes.
690

¡Aaay aay ayaayayay!

Las puntas de las cañas amargas

y las crueles granizadas con su traqueteo.

Pechos de mancebos

oradados
695

boquetes exangües de jóvenes bellas:

Vil muerte impune que dan los déspotas.

Corrí aterrorizado a replegarme al Milenario

tras la vieja Enredadera.

Los hombres Rapiña en realidad eran muy pocos
700

pero venían flanqueados por legiones

que marchaban en cuadros

vestidos con trajes de un verde oscuro.

Eran los insensibles hombres Aguijón.

Esporádicamente
705

se rebelaban los del criadero.

Entonces

los Aguijón perpetraban matazones

para que los hambreados tomaran escarmiento.

Eran los hombres Aguijón
710

a ratos humanos

en sus misiones perversas

cual si hubieran sido hipnotizados.

Se volvían fieras carniceras

con la consigna de no dejar vida a su paso
715

ni cosa que se moviera.

Con garras

dientes puñales y rifles

desollaban la carne de los rebeldes

que osaban levantar los puños cerrados.
720

Los Aguijón

eran también esclavos de los Rapiña.

Ya estaba en acción la misión sanguinaria.

Vi a un Aguijón que succionaba la sangre de un anciano.

Reía luciendo la jeringa
725

a medias vacía la mitad con sangre.

Como leña seca

tornábase el viejo en su agonía.

Con la sangre de los jóvenes

rebozaban las jeringas
730

y por jóvenes les restaba aún

la gracia de un hálito de vida.

Tampoco perdonaban a los niños

pues de la sangre inocente de los infantes

fabricábanse joyas
735

las más graciosas y brillantes.

Con la sangre extraída de los criaderos

se ornaban las aristocracias.

Pulseras

anillos
740

collares

brillaban adornando a caballeros y damas.

Eran los tales ornamentos

lágrimas y sangre de los seres de los criaderos.

Con el mismo oro hecho de la misma sangre
745

lucían rutilantes los templos religiosos.

Los seres que se cubrían del metal maldito

pregonaban con brillo

la complacencia en el genocidio.

Vi que los Aguijón
750

húmedos de rojo

descargaban sus jeringas en grandes depósitos.

El aire se teñía de espumarajos.

Al ver los Rapiña regocijados

el éxito del comercio sangriento
755

acariciaban a los hombres Aguijón

y los premiaban con el mismo metal

que rendía el asesinato.

Reían los hombres Rapiña con malicioso alarde

a tiempo que los serviles Aguijón
760

cantaban himnos al deber cumplido

y a la disciplina criminal y cobarde.

Lloraban los indefensos seres de los criaderos

con el son monocorde de la música de sus ancestros.

Con lágrimas añoraban al mar
765

dolor de la vida

nostalgia del nacimiento.

En un tiempo pasado había sucedido algo extraordinario:

un criadero se había rebelado.

Tras un lucha cruenta
770

los hambrientos derrotaron a los Rapiña.

Los ejecutaron.

Tras la venganza

pareció haber llegado la justicia.

Entonces
775

se operó una metamorfosis rarísima:

los caudillos del movimiento revolucionario

se transformaron a su vez en Rapiñas

olvidando su origen.

Desde mi refugio podía identificarlos:
780

chapeados de oro

sañosos

eran los más crueles

los más ostentosos

más avorazados.
785

Torturaban

envilecían a las mujeres

que antes fueron sus hermanas

soldaderas

y causa de sus nacencias.
790

A los niños sin signos en las manos

de risas asesinadas

los mecían en brazos.

Las huellas de la barbarie en la anemia de sus caras

desangrados
795

como muñecos de hilacho.

Los Rapiña ensayaban su oratoria cotidiana:

los niños son el porvenir de la patria.

¡Oh las madres hambrientas!

Cabelleras de pasto marchito
800

fuga de vida por los ombligos

fuentes de leche

senos de canastos vacíos

prados de flores silvestres

rosarios de lágrimas.
805

¡Pobrecillas! Poesías amargas.

Vida que se moldea en sus vientres de barro

industria dolorosa

sin sueño

ni descanso
810

instintiva ternura desde los tiempos primarios

celo de recién paridas

defensivo empeño de bestezuelas.

¡Pobres madres hambrientas!

Hechas de mar y de tierra.
815

Un viejo enclenque

hambriento y enfermo

se acercó hasta un Rapiña

de alegre dentadura.

Abriendo los brazos imploró:
820

No es de ley,

señor,

ni es de justicia.

Este crimen no puede estar en la letra

de las leyes humanas y divinas.
825

Mira, viejo,

las verdaderas razones son las únicas que pesan.

No te fíes de la ley escrita

la que se impone la trae la hembra desde la matriz

y se pasea en el semen del macho
830

antes de que los seres se forjen

de la carne que se unifica.

Sobre colinas y sierras

sobre toda pradera

sin que abarcara la vista
835

contempló el viejo las matas

reverdecidas y erectas.

Vio prados de maíz creciendo

si bien inermes en su prematura

crecidos espigando bayonetas.
840

Los Aguijón seguían su horrenda tarea

sordos a los gritos de clemencia.

Sus ojos enrojecidos soles eran

sanguinolenta lluvia las manos

los corazones cuchillos de piedra.
845

¡Cuánto placer a los Rapiña!

¡Cómo crecía la riqueza!

Piedra filosofal que no falla:

ambición

barbarie
850

vileza.

¡Este es un criadero humano!

Aquí la vergüenza del género

aberración del universo.

Aquí brota el dolor como esencia
855

gesta al arte

en sus formas groseras.

De los veneros de la amargura

se nutre el genio del espíritu

que labra en bruto la materia.
860

Aquí el rencor y el odio crecen como el coral.

Aquí la tara biológica arma a los crueles

que aun siendo victimas y explotados

fustigan a niños y mujeres

sin más motivo que estar frustrados
865

y el ser más fuertes.

Aquí el hambre que fustiga

que barrena las tripas

que desespera en rugir

casi en bramar de bestias.
870

Aquí el dolor desesperado

aquí la degollina.

¡Este es un criadero humano!

Ayes hirientes

lenguas hambrientas
875

lamían la tierra sin verdores

plateando la erosión con la baba trágica.

Era el chillar desgarrante

de mujeres sin consuelo

y lapsos pétreos de los hombres
880

sin palabras ni lamentos,

cenizas y llamarada.

El hambre les atrofiaba el don del pensamiento

aún punzando la mente.

Eran como trozos de tierra
885

que se están pudriendo fétidos.

Hedía la carne de los vivos

como la carroña de los muertos.

Los lamentos y el lloro

como el viento y el polvo
890

se untaban ondulantes en la tierra

hundiéndose en sus grietas

en un coro que oradaba las piedras.

Yo contemplaba mimetizado entre mis hermanos de savia.

Un tremor sacudía al árbol viejo
895

hasta donde los siglos habían hundido las raíces

que los mismos siglos secaban.

Murmuraba ahogado y reticente

tal el habla de quien se embriaga

o como quien solloza inundando las palabras.
900

El Milenario trataba de decir algo:

Malditos los que fingen ternura

los huérfanos de humanidad malditos.

Mil veces malditos quienes instigan las guerras.

Malditos los que pronuncian en falso
905

el nombre del Bendito

que expiró en la madera de mis brazos.

El viejo Milenario

con voz estropajeada

maldijo a sabiendas
910

que sus voces acusativas

se repetían por siglos

igual que hojarascas vencidas.

Sentí que mi amiga Enredadera se cimbraba.

Un goterío perlado
915

cual brisa del abismo oceánico

inundaba mi cara

escurría mis manos.

Mojaba mis labios apenas

el sabor amargo
920

y un espeso salado.

¡De pronto!

¿Qué veo en el fondo de tan terrible cuadro?

Entre bárbaros y masacrados

mis abuelos y biznietos
925

en uno y en otro bando.

Yo mismo me miraba

agonizando desangrado.

Pero al instante

puñal en mano
930

hería a mis propios hijos.

¡Dios mío!

Por un momento

sentí pena de haber nacido.

Pensé en otro mundo distante.
935

¿Marte?

Poblado de volcanes y cráteres.

¿La luna?

Inútil misterio del espacio.

Venus en hervor continuo.
940

¿A dónde ir?

Si todos los mundos están vacíos sin seres vivos

ni siquiera vegetales.

¿Qué son los mundos en el tiempo cósmico?

Efímera trayectoria que arde.
945

¿Y la vida del hombre qué?

Sólo un fugaz instante.

Salí de mi escondite

contemplé el rojo del crimen

y el agónico amarillento de las anemias múltiples.
950

En los oídos se me clavaban los ayes

alfileres, aleznas y puñales.

Invocaciones de la esencia dolorosa

que arranca de la entraña del sufrir humano.

Sentí pena
955

por mi parte tributaria

a la culpa universal

de tan enorme infamia.

Lloré minutos fugaces de arrepentimiento

renegué de la impotencia
960

de no anular dentro de mí mismo

la maligna condición que nos convierte

tal como son las bestias.

Cruzaba entre las víctimas.

Me llamó la atención algo:
965

mocetones con plantas exóticas

semi cubiertas de tierra.

Me acerqué con curiosidad de botánico.

¡Eran niños!

Casi plantas.
970

¡Empezaban a brotarles espinas en las manos!

Huí.

Miraba las cabelleras de los muertos

tendidas.

Trigales marchitos
975

parecían

entre los dedos del viento.

Se alejaban los verdugos

hartos de crueldad.

Lejos
980

se iba licuando el crepúsculo

llorando sobre la mar.

Ya el fondo de los ríos

se plagaba de estrellas.

Viaje de plata y de murmullos.
985

Búhos

campesinos

pabomas

grillos

y nostálgicos aullidos
990

coreaban las notas fosforescentes

de un nocturno de lágrimas.

Triunfo sempiterno de los poderosos.

Con sangre construían lujos:

abrigos de pieles
995

automóviles

cuantiosos caudales en los bancos

y la soberbia de sus palacios.

Volvían los Rapiña a sus hogares

bien custodiados.
1000

Los hombres Aguijón

cumplían su deber

guardias tenebrosos

inconscientes y bárbaros.

Los verdugos se marchaban cantando:
1005

somos los libertadores

la emancipación de los pobres.

Había dolor en el eco de sus voces.

Parecía que el mecanismo de sus mentes

no vencía el olvido
1010

que sepulta lo no deseable.

Tal un presente perenne

que guarda épocas y episodios

pese a tiempos ya pasados.

Emergían insistentes los recuerdos:
1015

Un niño que lleva a cuestas

el doloroso heroísmo de los harapos

un joven bravío

pleno de arrestos redentores

y hondos ideales humanitarios
1020

yacían recluidos

al fondo de sus almas aceradas.

Lloraban a solas

añorantes.

Pisoteaban con egoísmo fatalizado
1025

un pasado vuelto maraña

de la felicidad

entretejida en selva laberíntica

de lianas de oro y plata.

Les dolía la entraña
1030

dolor de hombre que acuchilla su niñez

estrangula su juventud

embarca su senilidad ciega de ideales

en las cañadas turbulentas

que bajan a los abismos oscuros
1035

de la subconciencia.

Cataratas de agujas y alacranes

roedores hambrientos

¡Insensatos!

Corruptores de su propia historia.
1040

¡Cuántas veces acercaron la noche

al balcón de sus mansiones áureas!

¡Cuántas veces lloraban remembranzas

ancestros inoportunos

fantasmas tercos
1045

genealogía tesonera

que hinca sus garras en el alma!

¡El abuelo albañil!

encorvado y reumático

el mismo
1050

que con millones de ladrillos

se construía una prisión a diario.

¡La abuela!

Pobrecita vieja

atada al fuego de una hornilla
1055

lavando ropa ajena

a cose y cose en horas de sueño

condenada a la miseria

por cada día que amaneciera.

Aquel adorado viejo
1060

campesino

el que antes de morir ya era tierra.

¡Hermoso antepasado!

Humillado

caminaba mirando el ras del suelo
1065

de donde brotan las plantas.

¡El padre!

De manos y rostro siempre sucios.

Limpia la mirada

bondadoso
1070

recto

justiciero.

El que murió ajeno a los trapecios de la aristocracia

consumido como topo ciego

en las entrañas de la tierra.
1075

En las cavernas mineras

arañaba el metal con que se hacen monedas.

¡Y ellos!

Enriquecidos y poderosos

ignoraban el dolor de su especie
1080

¡Qué vergüenza!

Pero una ráfaga de viento

doblaba la página añorante.

La meditación

la nostalgia
1085

pasaban como las ánimas.

Entretenían a sus hijos

contándoles heroicas hazañas

fabulosos episodios revolucionarios

justificaciones falsas.
1090

Estos

avezados y listos

fingían creer.

Empezaba a crecer el cinismo

lodo que cubre y arrasa....
1095

Me fui alejando

en pos de un abril con primavera.

Ya estaba el sol ausente

concedía una tregua.

Brillaba la luna indiferente
1100

fingiéndose soberana de las estrellas.

Inexplicable dualidad de los humanos

con la misma ilusión que animan la esperanza

alimentan al buitre que los devora.

A un lado de la vereda
1105

donde iba sembrando mis huellas

como a semilla estéril

vi el esqueleto de un árbol gigantesco

que hermoso en su mocedad

lucia aún airosa muerte.
1110

Me alegró la idea de su fronda.

Iba a tenderme a su amparo.

Ensueños de ramas verdes

tejíanseme en la frente.

De pronto
1115

me detuvo un presagio.

Arriba

coronando de infamia el árbol

estaba el hombre extraño.

Tenía el labio inferior caído.
1120

Pensé:

Es taciturno.

¿Búho?

Torció medio labio alargándolo.

No.
1125

Es rencoroso vengativo.

¡Está acechando!

¿Felino?

Sonrió fingiéndose dormido.

Lo denunció la lengua y su resuello zumbante.
1130

¡Sentí cascabeles en los oídos!

¿Será víbora el desgraciado?

Desde aquí estoy a salvo,

grité,

maldito intrigante.
1135

¡Un chispazo!

Me aterrorizó ver que se lanzaba al vacío

directo al espacio

que violaba con mi cuerpo.

Bajaba balanceándose
1140

acróbata maligno.

En un trapecio brillante

hacía de su baba un hilo.

¡Arácnido!

Huí lleno de pánico.
1145

Curioso

tejían los arácnidos

a la luz de todo el mundo

con tan fina y abundante baba

que a sabiendas de la perfidia
1150

que los embargaba

no escaseaban los crédulos.

Estos se enredaban estúpidamente

en sus trágicas redes

y aún los había que sucumbían
1155

víctimas

creyendo redentores

a quienes siendo falsarios

son criminales

ladrones
1160

bribones armados de labia

crueles

mentirosos.

Quise conciliarme de las visiones horrendas.

Contemplé en los campos
1165

la sal y la ceniza.

Gestos de niños inocentes:

las piedras y la arena sonreían

la brisa

la plata
1170

la luna

el mar

y los rosarios de nácar.

Me interné sin rumbo en los parajes semidesérticos

burlando la caricia de los cactos.
1175

Meditaba:

¡qué paradójico

los seres de los criaderos!

Son en realidad los que semejan buitres

tan flacos y agudos los rostros
1180

casi pura osamenta.

En cambio los Rapiña

son rechonchos

gordinflones

muy pulcros
1185

siempre rasurados

con algo maternal en el aspecto.

Parecen pollos recién pelados

listos para hornearse.

Oí risas por todos lados.
1190

Sin darme cuenta

había ido monologando en voz alta.

Se carcajeaban de contento los cactos

comunicándose a risa y risa

el motivo de hilaridad tan sonora.
1195

Yo caminaba riendo.

Un sahuaro

al que se le miraban las costillas

me dijo resoplando.

¿Conque pollos pelones rostizados?
1200

No, señor,

Yo dije que pollos pelones

listos para el horno.

Volvieron a reír todos

con júbilo escandaloso
1205

porque el sahuaro se había equivocado.

Las nopaleras torteaban las pencas colmadas de alegría.

Una biznaga chistosa

obvia su preñez

se inflaba y se inflaba de la risa.
1210

Se festejaron hasta las calabacillas silvestres.

Tanto se sacudían

que remedaban arroyos

en rastra de campanillas.

Me senté cabizbajo ensimismado.
1215

¿Estás enfermo hijo?

Susurró una cholla.

No madrecita

estoy muy cansado...

Duérmete junto a nosotros.
1220

Te cuidaremos de los bichos malos.

Yo te guardaré de las fieras

agregó un sahuaro.

Con los cactos me ligaba

particularmente
1225

una amistad entrañable

desde la infancia.

Agradecido les contesté:

seres de clorofila

¡Cuánto los amo!
1230

Me despertaron en la madrugada

para no mojarme

a la hora en que beben agua los cactos.

Un cielo tiernecito

nacía brando serenamente.
1235

Sentí muchas ansias de volver a mi casa.

Me fui llorando

como un niño extraviado

con la pesadumbre

que la soledad y la ausencia
1240

nos hace sonar alguna vez.

que llegamos a casa

llamando con desesperación

sin quién nos conteste

ni nadie en el mundo
1245

que abra aquella puerta...

No podía acordarme

de dónde había partido.

Quería esclarecer el presente

y el rumbo que seguía
1250

en busca de un destino

que el misterio parecía

ocultar para siempre.

Preguntaba a todos por mi hogar.

Quién sabe...
1255

Me contestaban como única respuesta.

¿Vendré del mar?

¿De los desiertos habré emergido?

Quizá de las montañas

o de alguna nave
1260

que antaño descendiera de lo ignorado.

Caminaba llorando

abstraído.

Cuando salió el sol

me di cuenta
1265

que eran mis pasos sobre las aguas de un río.

¡Contra la corriente!

La tierra de mi nacencia.

¡Dios mío!

Me espera al fin de mi camino.
1270

No quiero

que mi tumba sea dentellada del infierno

ni sea mi sepultura

zaguán de la inexistencia.

Quiero que bajo la tierra
1275

mi cuerpo sin alma

se convierta

de la podredumbre nauseabunda

de fosa alfombrada de gusanos

con su terrible parto a la inversa
1280

en la semilla de un árbol hermoso

que crezca con algarabía de hojas risueñas

y armonioso cántico del viento.

Un susurro suave

melodioso
1285

brote de su follaje

y consuele a los seres que se duelen

con la eterna canción que inspira Dios:

amor

universo.
1290

Quisiera ser un hermano de savia y de clorofila

que alegre y amigo

ofrende su sombra

en los cementerios.

¡Oh ciudad encantada!
1295

Eres tú

la ruta de mi destino....


Sahuaros

Pósase el firmamento sobre el suelo.

De lejos

parece agua lo que solamente es azul.

El páramo luce claro

como una cripta transparente.
5

Los desiertos calvos

arrugados

semejan

cadáveres de viejos derruidos por los años.

Brillo del agua ausente
10

sed milenaria de los arenales

baba de caballos afiebrados.

Trasciende un sol llameante desde cristales subterráneos.

Lejos

trotando por los caminos del instinto
15

una procesión de camellos fantasmales

a beber va de ciegos oasis

inundados con sed de mortales.

Bramar remoto de anfibios.

Verde
20

mar

lujuria

dolor

sangre.

Ciénegas verdirrojas
25

se retuercen y paren.

Rocas resquebrajadas

remolidas

polvoreadas.

Quietud pálida.
30

Eco sin humedad.

Huesos.

Vitrina del oriente.

Irradiantes marfiles de nívea albura.

Rebelión de la tierra estéril
35

furia en las tolvaneras

terregales

fuego

viento.

Van furiosas contra el sol
40

las muy densas polvaredas.

Odio van remolineando

cubriéndolo de alas negras.

Beatitud frustrada:

rabia en las miradas verticales de los reptiles heroicos.
45

Viento horizontal:

baberío de norias interestelares.

Redes de arácnidos plateros

brillosas agujas de obsidiana

instantes de flamas negras.
50

¡Crepúsculo!

Humillación de los instintos

ungidos por áurea melancolía.

Granada encendida

troca su vida por la negación tenebrosa de los colores.
55

Los gallos perforan los techos de tinieblas

cuelgan hileras de universo

entretejiendo destellos:

trenzas de luz y fuego.

Las miradas saltan
60

se trapecian por los cielos enjoyados.

El alma es la placenta del ánima.

Cielo de parras simula

el candil de las estrellas.

¡Qué lindos se ven los astros!
65

Prendidos a fuer de perlas.

Dios intuyendo estrellas y pupilas

crea universo y vida.

Finitud presa en la redondez del tiempo.

La luna
70

golpea a las piedras con su llanto.

Riñe con espejos a cuchilladas.

En los estanques de hielo

besa ranas

moscas
75

culebras.

Magia de luceros

diamantes y esmeraldas.

Las sábanas del alba

se crispan de rosas
80

espuma y púrpura.

Llora la madrugada

perlas efímeras.

Aroma de azahar

nimba a las margaritas.
85

Hunden púas los cardos.

La flor del geranio se ilumina.

Trinos y sonrisas.

Alados pianos y arpas.

Amanecer:
90

piel de vírgenes ruborizadas.

¡Enrojeced!

Faz de la tierra

hembra fogosa.

¡Loor a Tonatiuh!
95

Garañón que cubre a la naturaleza.

En el inmenso lecho azul

dos amantes se recrean.

Entre bramidos y truenos

llueve semen.
100

Tonatiuh

preña a la tierra.

Ella se retuerce

gotea leucocitos

ululante de ombligos verdes.
105

Génesis de la savia y de la sangre.

Orgasmos cósmicos.

Potestad del rey supremo.

Se yerguen de la tierra los gigantes erectos.

... Nacen los sahuaros
110

hijos de Tonatiuh.

Tonatiuh: padre de los aztecas.

Aztlán:

caballeros verdes

hermanos del Anáhuac
115

guardan tus linderos.

¡Los espíritus de Huitzilopochtli te contemplan!

Aztlán

vergel triunfante

contra el afán voraz del desierto.
120

¡Ay! el fuego que tuesta

lame los campos y los seres.

Quiere teñir los pálidos arenales

con el verde de las plantas

y el rojo de la sangre.
125

De tarde en tarde

ríos y arroyos enchocolatados

zumban poseídos

de voces arrollantes.

Amenazan con su instante de muerte
130

a los que confían en el largo silencio de sus cauces.

Tucson:

azul con horizontes de leyenda

posta de golondrinas alegres

saludo cordial en español y en inglés,
135

¡Buenos días, mi amigo!

Good morning, my friend!

Mira, extranjero:

sígueme a los caminos del ensueño,

no temas a la risa trágica de los cascabeles
140

mientras tus pies no horaden sus nidos morados

hinchados de rabia y de ponzoña.

¿Ves ese cerro de barbas amarillentas?

Viejo cavernario

duerme
145

petrificado

tembloroso de pájaros

lagartijas y liebres

al reventar la alborada

y cuando la tarde muere
150

coronada de grillos

coyotes

búhos

y aves que graznan.

Si lo contemplas cuando es de día
155

chispea de microsoles

que hunden espolones en los ojos

y tornan oscura la vista.

Brilla en la atmósfera

el canto de las cigarras
160

como un tejido de cuerdas

que con el fuego vibrara.

Las chicharras hincan sus manecitas.

Se abrazan a las ramas

llore y llore
165

sin lágrimas

los designios de un destino sin agua.

Bajando desde las cimas

fincándose sobre los planos

viven los seres hermosos.
170

¡Sahuaros!

Cuadro ocre pintado de bastos.

Místicos verdes

pericos extasiados

meditando.
175

En las tardes ensangrentadas

caramelos fosforescentes.

En las noches

monarcas indios encantados.

Nobles caballeros
180

naturales de estos lares.

Antigua estirpe sobreviviente

que no desalojaron de su espacio

ni la ambición

la indolencia
185

ni la infamia.

¡Míralos!

¡Qué dignos!

Rectos y valientes.

¿Te gustaría platicar con ellos?
190

Hablan el lenguaje universal.

Son esculturas de pensamientos

o pensamientos cincelados.

La elocuencia de los siglos

ellos la cuentan callando.
195

Sígueme,

turista hermano.

Entremos al país de los sahuaros.

Visten surcados de espinas.

Tócalos con Carrión.
200

Así, con cuidado.

Son de savia generosa

y de corazones blandos.

Adivínalos a la hora en que los oídos y las voces

se topan en las encrucijadas
205

de los caminos muertos.

¡Qué majestad de seres tan callados!

Luna

sombras

siluetas.
210

¿Oyes el silencio sacro?

Selene prendió en las piedras

la luz que brilla en los astros.

Mientras que las piedras duermen...

¡Dios mío!
215

Se oye el sueño de los pájaros...

Rezan los sahuaros

tal feligreses devotos

enlutados.

Espejos con luz de arenas.
220

La montaña iglesia

el cielo altar

tremando de cirios universales

que brillan y se apagan como promesas.

Hermano:
225

¿No te sientes montado sobre la fluidez del tiempo?

No es otra cosa que el lomo de la muerte.

Sus pasos suenan latiendo dentro

como si volvieran de muy lejos...

Los sahuaros prendidos a la vida
230

se aferran a lo profundo

contra la sequía que los cerca.

Beben historia para crecer soberbios

desafiando enardecidos

la negación de la existencia.
235

¡Qué sabio arquitecto

quien diseño a estos seres orgullosos!

¡Qué artista prodigioso!

¡Tal maravilla de cuadro!

¡Cuán soberbios y elegantes!
240

¡Cuánta hermosura de los sahuaros!

Mira, extranjero.

Observa la ternura de ese amante enamorado

flaco anguloso

porta lanza
245

ciñe espada.

Desfacedor de agravios.

Se oprime el corazón amante.

Mientras le escurren los sesos como requesón

los ojos se le tornan de espaldas al paisaje.
250

Loco hecho de ira y de filosofía.

Saco de huesos

cual espadas braveras

rompen su mismo cuero.

Gritos agudos de rabia apostólica.
255

¡Conmigo sois en batalla

malandrines y fulleros!

¡Aquí!

Mira éste.

Señala el horizonte
260

tal vigía

que se apresta a descubrir un continente

hendiendo el grito de

¡Tierra! ¡América India y España!

Que rodara por los siglos rotantes
265

que el espacio se traga.

¡Dios santo!

Un crucificado.

Esencia de color para teñir el arte trágico.

Cruz hecha de siglos infames.
270

Mercado del dolor.

Verónicas industriales.

Clavos

martillos

clavos.
275

Ternura del cordero agonizante.

Afrenta de los ríos de labiosa perjura

asquerosa baba de los hipócritas

mancha la pureza de la sangre martirizada.

¡Ahorcan palomas!
280

Incendian pueblos

asesinan nonatos.

No saben lo que hacen, padre...

perdonadlos.

¡Fíjate!
285

Aquel sahuaro

mira por las cuencas.

Le sacaron los ojos

los pájaros que visten de prisioneros escapados.

¡Diablo de pareja!
290

¡Que no vean las niñas!

Están llamando a la cigüeña.

Quieren poblar a los campos

para que la tierra no perezca.

¡Vea!
295

Dos sahuaros de la mano

tal enemigos reconciliados.

Perdieron la sangre en un albur de puñales y plomo

para hermanarse en la clorofila.

Aquel ciego juglar
300

contémplalo

al lado de noble lazarillo.

Tiende humilde los hilos de los años que se mueren

y de los que no han nacido.

Contó historias de cuando el mundo era niño.
305

Ahora calla y escucha al viento

que es el telégrafo de los muertos.

Caminemos hacia allá.

Aquel descarnado

luce a medias su esqueleto.
310

Seguirá, señor, de pie

después de muerto

cual un Cid victorioso

sin calor y sin alientos.

¿Dónde la pulpa que modeló su figura?
315

¿La savia que lo vivificó, dónde?

¿Qué de la clorofila verde vida?

¿De las espinas que lo ornaban, qué?

Sólo los proyectiles vanos de la lluvia

y el viento que le arranca sollozos añorantes.
320

Algún búho anacrónico

desde su cúspide

augura a la media noche

irónico

el exterminio de los indios...
325

Te sonríses, forastero...

¿Algo descubres?

¡Que se volteen las damas!

¡Vaya!

Ese pícaro sin rubor
330

vive clamando su virilidad

apuntando a los arenales

con el símbolo erecto.

Clamando corajudo contra el desierto impío

sin mengua de ser obsceno.
335

¿Divisas acullá

a la distancia?

Son aquellos platónicos amantes

estirando los brazos para unirse,

pero la muralla del espacio transparente
340

convierte sus horas paralelas

en lago dibujado

como anhelos sin cristal

o lágrimas sin llanto.

¡Contemplad a los sahuaros!
345

Verde ejército encantado;

Simulan procesión de hombres de palo

estáticos y contemplativos.

Quieren que los paisajes trasciendan alma

para saber de una tierra amada.
350

Lloran con guitarras que afina el abandono.

Rezan con palabras de abuelos sepultos.

Un Díaz de Vivar les demanda hazañas.

Un Cuauhtémoc irredento los constriñe y los estruja

mientras el embrión de Huitzilopochtli
355

gesta sueños de venganza en sus entrañas.

¡Ey, tu!

Joaquín Murrieta.

No, no es él.

Es un sahuaro que remeda hombre a caballo
360

un puño cerrado

en la otra mano un látigo,

¿No adivinas por ventura

al mentado Gerónimo?

Arroyos broncos bramando
365

espumarajos

tierra remota

y el eco de un rayo.

¡Mira allá!

Aquel que parece cruzar...
370

El santo Eusebio tan esforzado y manso.

Halo de palomas lucientes de cantos amorosos.

Jinete sembrador de rosarios.

Constelación de palabras alumbrando.

¿Vas a San Xavier del Bac?
375

Dulce padrecito blanco.

¿Qué hacen estos seres enclavados?

¿Son acaso jeroglíficos vivos?

¿La historia de los humanos

se cifrará en estos signos?
380

¿No sientes ante la majestad de estos cactos

algo del ayer antiguo

miradas y pensamientos

otras voces y otros cantos?

¿Un paisaje
385

que recorrió los luengos caminos de la genealogía

para entrar a tus ojos

con las retinas de ignotos progenitores?

Misterio universal

el contemplar lo remoto y reconocerlo
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sin haberlo vivido.

¡Sahuaros!

hermanos míos

hemos nacido en el mismo lugar

hace siglos
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bajo el mismo signo.

Sois vosotros de Tucson,

del padre Tonatiuh hijos.

Lo soy también yo lo mismo.

Esta tierra
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este paisaje

todo es Aztlán

con el alma universal del indio.

¿Decías?

Sí,
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tienes razón.

También parecen soldados que han vuelto de la guerra

hastiados de la barbarie y de las vilezas

sin saber qué es triunfo

qué es derrota
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ni cuál la justicia verdadera.

Los sahuaros se van secando

cavan los días y los años vencidos.

Se extinguen.

En los anales de mañana se leerá:
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fueron.

No pueden preservar la vida

contra el designio que llevan en la entraña.

Los vence y los domina.

¡Temporalidad!
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Doblega y mata

fabricando recuerdos a cada instante de su marcha.

Sahuaros.

¡Os amo tanto!

¡Sois los seres más dignos!
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¡Qué hermosos y cuán derechos!

¿Quiénes más honrados?

¿Cuáles más hidalgos?

Monologa con los sahuaros, visitante.

¡Un museo en vivo!
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¡Qué multiplicidad de figuras

ideas, sentimientos y sugerencias!

Cada quien que los admire

encarnará fantasmas en su conciencia.

Dime, caminante,
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¿Dónde has visto tantas estatuas

esculpidas por otro maestro

de tal maestría y tanta gracia?

Aquí, en Tucson, viajero.

Lindo pueblo
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con la gracia de la vida

que brota como venero

del mero fondo del desierto....