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Los problemas del pan

Antonio López

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Hace unos días me sorprendió un griterío de mujeres que habitan en los alrededores de Jaén. Venían por la carretera largas y sucias de lengua, descompuestas, con gestos desairosos, los brazos groseramente expresivos. Les faltaba el pan de aquel día y se dirigían a voz en grito hacia el gobernador. Es justo que si tú no pruebas hoy el pan por motivos de la guerra no lo pruebe yo, y que los dos dejemos de comerlo, porque lo coman los soldados en el frente. No es justo que en la ciudad, por privilegios o deficientes administradores de la harina, tengan pan unos y otros dejen de tenerlo. Las mujeres que digo se quejaban, tal vez con razón, de que, cuando a otros vecinos no, a ellas les faltaba. Pero perdían toda razón con la locura que traían para explicarla. Siempre han sobrado los gritos en las razones; mucho más en estos días de tantos problemas, además de los del pan: que la razón siempre vence, pero antes, y sobre todo, cuando se explica con palabra templada y disposición serena, sin aspavientos.

Estamos en guerra. Todos hemos de ser conscientes de la situación. El pueblo de España, que todavía cuenta con abundantes provisiones, debe disponerse a soportar cuanto adverso venga a lo largo de la ensangrentada lucha contra el fascismo. El sufrido pueblo de ayer no puede ser hoy una impaciente ganadería que se alborota apenas no recibe los pastos en su hora. Pido al pueblo mío abnegación. El sufrimiento no es abnegado si se hace alarde de él, y la privación resulta ridícula cuando se entera de ella a todo el mundo. En las ciudades de la España leal todavía se come y se bebe mejor, mucho mejor de lo que el trance de cerca de un año de pelea prometía en sus comienzos. Aún conseguimos artículos que no son de primera necesidad, como la cerveza. La serenidad y la cordura han de mover la vida de la España que procura su destino venturoso. Con ellas, y con el sentimiento y el conocimiento plenos del significado de esta guerra, debemos reforzarnos para recibir inmutables las adversidades que nos lleguen. Si falta pan, comeremos lo que haya sin pan y sin protestas mientras lo haya.

La desordenada dirección de las provincias, la descuidada administración de sus provisiones provocan a cada instante conflictos y problemas. Un gobernador que quiera perdurar en su gobierno andará atento a la solución inmediata y justa de aquellos. Hoy cuenta la República española con el trigo suficiente para abastecer su territorio durante varios meses. Bien administrado, no es posible que falte el pan a nuestros españoles. Pero piensen estos, el día que les falte, en los hombres de otras naciones que declaran la huelga del hambre para enviarnos víveres, como ese millón de estudiantes americanos han hecho recientemente, y vayan a remediar la falta de la más sencilla manera.

Antonio LÓPEZ