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El ingenioso procedimiento de San Martín consistió en usar las firmas de los espías españoles en Cuyo, a quienes se sorprendía, para mandar falsas informaciones a Osorio primero y más tarde a Marcó del Pont. Estos métodos, a veces, entrañan originales caracteres y se emplean las firmas recortadas de los corresponsales para imitarlas cuidadosamente y ganar la confianza de las autoridades españolas.

 

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Bartolomé Mitre, Historia de San Martín, Tomo I, páginas 443-445.

 

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En octubre de 1815, a causa de la contribución mensual que se impuso a todos los habitantes pudientes de Chile, se presentaron al Gobierno español numerosas solicitudes en que se pedían excepciones del pago. Juan Martínez Luco de Aragón, vecino acaudalado de Santiago, sostenía que por los vetustos privilegios de su casa se le debía eximir del pago. Osorio puso al pie de esa pintoresca solicitud: «Como Luco y Aragón, libre de contribución. Como vecino y pudiente, pagará al día siguiente». -Barros Arana, Historia General de Chile, Tomo X, página 110.

 

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La cronología de las actuaciones de Rodríguez ofrece algunas dificultades, pero no rompe la armonía de un relato. El 26 de mayo de 1816 solicita a San Martín desde San Fernando que entregue cien onzas a José Godomar, quien lo secunda en Colchagua y mueve a los arrieros que van a Cuyo. Contra lo que opina Barros Arana y otros historiadores, es más probable suponer que Rodríguez no hizo tres viajes a Mendoza, como se ha dicho, sino que vivió todo el año 1816 oculto en Chile. Conocemos comunicaciones suyas fechadas en marzo de ese año y lo probable es que enviase arrieros al otro lado de la cordillera con el fin de solicitar dinero e instrucciones.

 

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José Magnas da a Rodríguez 275 pesos el 14 de junio de 1815. Manuel y José María Bravo le proporcionan cien pesos el mismo día. San Martín también entregó doscientos treinta y tres pesos el 14 de octubre de 1815 a Juan Pablo Ramírez.

 

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Sobre los primeros tiempos del gobierno de Marcó hay un documento muy curioso debido a la pluma de Rodríguez Aldea:

«Ya no hubo chileno con empleo y representación -dice-; todos son separados y substituidos por españoles y europeos; hasta los escritos y memoriales se encabezaban con lo de natural de España, y se quedaba seguro del buen éxito. Los subdelegados americanos y los comandantes militares en todos los partidos, desde Copiapó a Chiloé, fueron quitados; el mando del batallón de Concepción se arrancó al antiguo teniente coronel Boa y se le dio a Campillo; el de Dragones se le quita a Santa María y se entrega a Morgado; del de Chillán se despoja a Lantaño para darlo a Alejandro; del de Valdivia a Carvallo, para poner a Piquero. Todos los días había ascensos militares, y no se dio ejemplo que un americano participase de aquella prodigalidad. Campillo que salió de España subteniente de milicias y llegó a Chile con el grado de capitán, en menos de tres meses se vio teniente coronel de ejército y comandante; Alejandro, de teniente ayudante se viste de coronel y obtiene una comandancia; Piquero, capitán, es hecho coronel comandante, todos los oficiales de Talavera subieron en razón de lo que bajaban los del país; hasta los sargentos, cabos y soldados se transformaron repentinamente en oficiales, y hubo un gitano, cabo segundo de Talavera, que fue hecho oficial de un cuerpo de caballería por la razón que alegó, de que el rey hacia nobles a todos los que venían de España desde que pasaban el Cabo, etc.»



Vid. Carta de don Cayetano Requena, capellán mayor de la escuadra de Chile, a un sacerdote del Perú, escrita por don J. A. Rodríguez Aldea, 1820.

 

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Sobre tales obras dice Rodríguez:

«Estas fortalezas se hallan sin adelantamientos notables, sólo la del norte que mira la entrada de la plaza por el sud está principiada a fosar, puesto cimientos y cerca los ladrillos de sus murallas, el piso va enlozado, ya hay piedra sobrada.

El foso del cerro está a mucho menos de la mitad. La fortaleza del sud, que mira al occidente por la calle de San Agustín, tres cuadras al sur de la plaza, no ha salido de la imaginación, como ni la principal nombrada castillo, en la cima y queda entre las dos. Para hacer su plan se piensa romper a fuego las piedras».



 

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La tradición guarda por muchos años en Santiago el recuerdo de los horrores de este tiempo. Por entonces estaba ya en desuso la pena de la horca y las ejecuciones capitales se hacían a bala. El verdugo de la cárcel de Santiago no tenía experiencia en la tarea de ahorcar y tuvo que ensayarse con algunos carneros que eran colgados como si fuesen patriotas.

 

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En varias cartas de Rodríguez hay referencias a la Recolección Franciscana. El 13 de marzo de 1816 dice:

«El papel que acompaño, del que encargo mucha reserva aún con su mayor amigo me ha impedido hasta ahora tratar con los frailes Recoletos».



El 16 de abril agrega:

«El viernes santo fue San Bruno a la Recoleta Franciscana y dejó arrestado al padre fray Francisco Javier Ureta, hombre de 70 años y tullido, hizo lo mismo con el padre definidor Vidal, luego pasó a llevarse presos a don José Antonio Prieto y a don Nicolás Mujica, vecinos de dicho convento; el por qué es digno de risa, afirman que estos individuos todos inhábiles tenían fraguada una conspiración, lo que es muy falso, pues todos, a excepción de Prieto, son inválidos, ello es que quedan presos y que el denunciante ha sido un lego Chávez de allí mismo y una beata dicen que son 22 los cómplices de este figurado crimen y que desciende de mucho miedo, de sumo celo, o según acá juzgamos del odio implacable con que nos miran...»



Es otra carta del 20 de abril de 1816 comunica la prisión de un padre Bacho. Es indudable que los frailes de la Recolección Franciscana, por documentos que hemos leído del Archivo San Martín, ayudaron a la obra de los independientes.

 

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Sobre esta sumisión de la clase alta dice lo siguiente Barros Arana:

«En Chile, todos los poseedores de títulos nobiliarios, con excepción de uno solo, se habían pronunciado contra la revolución. Aún ese uno, que era el conde de Quinta Alegre, don Juan Agustín Alcalde, aunque miembro del Cabildo de 1810, y del Congreso de 1811, no era patriota resueltamente declarado por tal, de manera que bajo el Gobierno de la Reconquista, quedó viviendo tranquilo en Santiago, sin que Osorio ni Marcó lo molestaran un sólo día».


Barros Arana, Historia General de Chile, Tomo XI, página 26.                


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